miércoles, 30 de septiembre de 2026

Juan Luis Vives - Deberes del marido (1528)

DEBERES DEL MARIDO

Dedicatoria

En esta dedicatoria e introducción de De officio mariti (1528), Vives explica primero el origen mismo de la obra. Señala que, cuando escribió De institutione feminae Christianae, no había pensado en redactar después un tratado paralelo destinado al marido. Por eso, en aquella obra anterior incluyó enseñanzas que podían aplicarse indistintamente a ambos cónyuges. El éxito que obtuvo el tratado sobre la mujer cristiana provocó, sin embargo, que numerosos lectores le pidieran una obra semejante dedicada específicamente a los deberes del esposo.

Vives insiste en que el nuevo tratado no surge inicialmente de un proyecto personal, sino de las solicitudes de quienes lo rodeaban. Destaca particularmente a Álvaro de Castro, con quien había convivido en Londres y a quien describe prácticamente como un hermano. Para responder a su petición comenzó a anotar, primero en castellano, distintas ideas sobre la conducta del marido. Posteriormente revisó, amplió y corrigió ese material, hasta transformarlo en la obra latina que dedica a Juan de Borja, duque de Gandía.

La dedicatoria a Juan de Borja también cumple una función humanista característica. Vives afirma que el duque no necesita realmente sus consejos, pues tanto él como su esposa serían ya ejemplos de virtud. La dedicatoria sirve más bien como testimonio público de amistad y reconocimiento. Vives elogia además el interés de Borja por los estudios y las letras, especialmente su apoyo a la enseñanza en Gandía. De esta manera, la obra queda situada dentro de una red de relaciones intelectuales propia del humanismo renacentista: amistad, mecenazgo, educación y difusión del conocimiento.

Pero el pasaje más importante aparece cuando Vives justifica por qué considera necesario escribir sobre el matrimonio. Le sorprende que existan tratados minuciosos acerca del cuidado, doma y conocimiento de animales —menciona al asno, al buey y especialmente al caballo— y que, en cambio, se haya escrito tan poco acerca de algo mucho más importante: cómo escoger marido o esposa, cómo convivir con ellos y cómo mantener adecuadamente un matrimonio. Para Vives existe aquí una contradicción cultural: las personas dedican gran atención a conocimientos relativamente secundarios, pero descuidan el arte de organizar correctamente la vida doméstica.

A partir de esta observación, introduce una explicación de los matrimonios desgraciados. Según Vives, muchos hogares se encuentran llenos de conflictos porque se cometen errores tanto en la elección del cónyuge como posteriormente durante la convivencia. Utiliza la imagen de las riendas: ambos esposos quieren dirigir la relación, pero ninguno conoce verdaderamente el arte de hacerlo. El matrimonio aparece entonces como una realidad que requiere aprendizaje, prudencia y disciplina, y no simplemente como una institución que funcionará espontáneamente.

Hay que detenerse, sin embargo, en la comparación que utiliza Vives entre gobernar una mujer y dominar un caballo. Para un lector contemporáneo resulta evidentemente problemática porque sitúa al esposo en una posición jerárquica y describe a la mujer mediante una metáfora de domesticación. Esta comparación refleja una concepción patriarcal del matrimonio propia de su contexto histórico, en la cual el marido posee una función de dirección dentro del hogar. No obstante, en el desarrollo del texto veremos que Vives no entiende esa autoridad simplemente como poder arbitrario: el marido debe aprender una serie de virtudes y obligaciones precisamente porque considera que gobernar una familia exige dominio de sí mismo y prudencia.

Aquí aparece además una idea que será fundamental: el amor como ley del matrimonio. Vives dice que para la buena esposa que ama a Dios y a su marido prácticamente no hace falta otra ley, porque «el amor es su ley». El problema surge cuando las pasiones desordenadas dominan a alguno de los cónyuges. En ese caso, tanto marido como mujer pueden convertirse en servidores de sus propias pasiones, a las que Vives denomina metafóricamente un «tirano importunísimo». La verdadera amenaza para el matrimonio, por tanto, no procede únicamente del otro cónyuge, sino del descontrol de los afectos humanos.

También es interesante la metáfora militar de las «minas» y «contraminas». Los afectos desordenados encuentran caminos ocultos para penetrar en el alma; frente a ellos, el esposo debe conocer ciertas estrategias destinadas a impedir que esas pasiones destruyan la convivencia matrimonial. Con esta imagen Vives adelanta uno de los propósitos fundamentales del tratado: ofrecer una especie de educación práctica y moral del marido.

Por eso, aunque la obra conserva una estructura claramente jerárquica entre hombre y mujer, sería incompleto leerla solamente como un manual acerca de cómo el marido debe mandar a su esposa. Vives está planteando también algo más amplio: el marido necesita ser educado para ser marido. El matrimonio exige conocimientos, carácter, prudencia y autodominio. De hecho, uno de los argumentos centrales de esta introducción es precisamente que resulta absurdo preparar cuidadosamente a los seres humanos para actividades mucho menos importantes y no prepararlos para una relación que determinará buena parte de su vida.

Introducción

Vives comienza con una idea teleológica de la naturaleza: los seres vivos son mortales, pero la generación permite que cada especie alcance una especie de “inmortalidad sucesiva”. El individuo muere, pero el linaje continúa. En los animales, esta reproducción ocurre por instinto; sin embargo, Vives observa que incluso algunas especies —cisnes, tórtolas, cornejas y palomas— mantienen parejas estables y podrían, según él, “enseñar” a muchos seres humanos castidad, fidelidad y amor recíproco. La comparación sirve para introducir una tesis central: si incluso ciertos animales manifiestan estabilidad en la pareja, con mayor razón el ser humano, dotado de razón y destinado a la vida social, debe organizar su sexualidad mediante normas.

A continuación aparece la fundamentación bíblica. Vives recurre al Génesis y a la frase «No es bueno que el hombre esté solo», para sostener que Dios no entrega la mujer al varón únicamente para la reproducción, sino también para constituir una comunidad de vida. Esto es importante, porque para Vives el matrimonio no se reduce a la procreación: implica compañía, cooperación, convivencia y participación mutua en los acontecimientos favorables y adversos de la existencia.

Después aparece una argumentación que hoy resulta especialmente problemática. Vives considera que el matrimonio ordena la sexualidad y evita disputas entre hombres por las mujeres. Describe hipotéticamente una situación en que, si las relaciones fueran indiscriminadas, surgirían rivalidades, violencia y luchas por la posesión sexual. Su lenguaje trata frecuentemente a la mujer como objeto de disputa, incluso usando expresiones vinculadas al «dominio» o la «pertenencia». Desde una lectura histórica, esto muestra con claridad la estructura patriarcal dentro de la cual piensa Vives; pero el argumento que intenta construir es fundamentalmente social: la regulación matrimonial contendría la violencia producida por los deseos sexuales desordenados.

Para respaldar esta idea cita numerosos ejemplos históricos y legendarios de conflictos originados por pasiones sexuales: Helena de Troya, Lucrecia, Virginia, la Cava y episodios asociados a la monarquía inglesa. Todos cumplen la misma función retórica: demostrar que la sexualidad sin freno puede afectar no sólo a individuos, sino también a familias, ciudades e incluso reinos. En la antropología moral de Vives, la pasión sexual pertenece a aquellas fuerzas que, cuando no son gobernadas por la razón, pueden convertir al hombre en esclavo de sus propios afectos.

Aquí reaparece una idea que ya encontrábamos en la dedicatoria: la verdadera libertad exige dominio de las pasiones. El hombre tiene razón, pero esa razón puede quedar oscurecida. Vives describe al sujeto dominado por sus pasiones como alguien que pasa al «señorío ajeno»: paradójicamente cree seguir su voluntad, pero en realidad se convierte en esclavo del deseo. De ahí la necesidad de educación, hábitos y disciplina.

Esto conduce a uno de los pasajes pedagógicamente más interesantes. Vives afirma que la naturaleza humana necesita tiempo, cuidado, hábito, corrección y oportunidad. No siempre hay que corregir inmediatamente; algunas veces conviene esperar, otras reprender, otras castigar, y otras usar la suavidad. La imagen de «azucarar la acedía con un poco de miel» refleja una pedagogía bastante matizada: la educación moral no consiste únicamente en castigar, sino en saber cuándo y cómo intervenir.

Después Vives vincula el matrimonio con la educación de los hijos. La estabilidad matrimonial permitiría identificar claramente la filiación y reforzaría el compromiso de los padres con la crianza. A diferencia de los animales, cuyos hijos se independizan rápidamente, el ser humano necesita una educación prolongada porque sus capacidades racionales y morales deben desarrollarse. Los padres no sólo alimentan: forman, corrigen, instruyen y apartan del vicio.

Desde ahí amplía el argumento hacia la formación de la sociedad. El afecto entre padres e hijos se extiende a yernos, nueras, nietos, parientes y demás vínculos familiares. Así, el matrimonio aparece como el núcleo desde el cual se forman redes de solidaridad que terminan contribuyendo al nacimiento de casas, linajes y ciudades. Hay aquí una concepción organicista de la sociedad: la familia es una especie de célula primera del orden político.

Vives introduce además una crítica interesante de la nobleza hereditaria. El linaje, dice, puede ser algo excelente si transmite a los descendientes ejemplos de virtud; pero cuando sirve solamente para alimentar la vanidad, puede convertirse en un “semillero de crímenes y maldades”. En otras palabras, la sangre por sí misma no ennoblece. La verdadera dignidad de una familia depende de que transmita una forma honrada de vivir.

Luego desarrolla ampliamente la defensa de la monogamia. Para Vives, la unión matrimonial adecuada se compone de «uno con una». Lo justifica recurriendo a la naturaleza, al Génesis, a las palabras de Cristo y a San Pablo. Su argumento psicológico es también interesante: cree que resulta prácticamente imposible amar a varias personas de manera absolutamente igual, porque aparecerían celos, rivalidad y competencia. Por eso entiende la exclusividad matrimonial como una condición de la tranquilidad doméstica.

Esta tranquilidad del hogar tiene gran importancia en su concepción del matrimonio. El marido, cansado de las ocupaciones exteriores, debería encontrar en casa una especie de puerto de descanso. Si el hogar está dominado por rivalidades, celos y peleas, pierde precisamente esa función. Aquí vemos otra vez una división tradicional de los espacios: el esposo aparece vinculado prioritariamente a los asuntos exteriores y públicos, mientras que la casa aparece asociada en gran medida al trabajo y administración de la esposa.

Cuando analiza las prohibiciones del incesto, Vives ofrece además una explicación social: obligar a buscar cónyuges fuera del propio núcleo familiar permitiría crear nuevas alianzas y ampliar los vínculos de amistad. El matrimonio deja entonces de ser solamente una unión entre dos individuos y se convierte en un instrumento de conexión entre familias, ciudades e incluso naciones.

Hacia el final de la introducción incorpora el cristianismo de manera todavía más explícita. Reconoce que para la tradición cristiana existe una forma de vida superior asociada a la continencia y a la dedicación absoluta a Dios, pero insiste en que no todos poseen ese don. Por eso cita la conocida doctrina paulina de que es preferible casarse que “abrasarse”. El matrimonio adquiere así una segunda función: además de haber sido instituido para la procreación, constituye un remedio contra la incontinencia sexual.

Dice Vives:

El matrimonio es el legítimo ayuntamiento de un varón y de una mujer para convivencia y comunidad de toda la vida.

La expresión clave es «comunidad de toda la vida». Para Vives, el matrimonio no es sólo reproducción, sexualidad legitimada ni contrato patrimonial. Es una unión estable destinada a construir una vida común.

DEBERES

Capítulo I: De la elección de esposa

Comienza con una condena muy clara de quienes no “eligen” esposa, sino que prácticamente la capturan, engañan o fuerzan. Vives considera absurdo pretender construir una convivencia permanente mediante la violencia. Incluso utiliza una comparación comercial para rechazar esa conducta: aunque una mercancía pudiera obtenerse mediante algún artificio y conservar después su utilidad, una esposa no puede ser tratada de esa manera, porque será una “compañera indisoluble”. Si no existe afecto, las riquezas, la belleza o el linaje no compensarán una convivencia dominada por el rechazo.

Aquí aparece una formulación especialmente interesante:

«Amor con amor se gana, y con honradez y con fidelidad; no se extorsiona con la violencia».

Es una frase importante porque, aunque Vives mantiene después una concepción fuertemente jerárquica del matrimonio, en el momento mismo de su formación exige consentimiento afectivo y reciprocidad. El marido puede poseer, por así decirlo, las ventajas externas de la esposa —su riqueza, belleza o posición—, pero Vives advierte que nunca poseerá verdaderamente “a la esposa” si ésta no lo ama.

Después contrapone juicio y pasión. Según Vives, el gran error consiste en “anticipar el amor al juicio”: enamorarse primero y pensar después. La elección matrimonial debe comenzar por una reflexión sobre la finalidad del matrimonio. Si ésta consiste fundamentalmente en la prole y la convivencia, debe escogerse a la persona atendiendo precisamente a su aptitud para compartir ambas cosas. La pasión, en cambio, puede oscurecer el entendimiento.

Por eso compara el matrimonio con la amistad, pero lo sitúa todavía por encima de ella. La esposa será la persona que compartirá la casa, la mesa, el lecho, la intimidad, los hijos, los bienes, las alegrías y las desgracias. Una amistad equivocada puede abandonarse con relativa facilidad; una mala elección matrimonial, en cambio, afecta prácticamente toda la existencia cotidiana. De ahí la imagen dramática de Vives: un buen matrimonio puede aproximarse al cielo; una convivencia dominada por el odio se parece al infierno.

Resulta muy significativa su referencia a Hércules en la encrucijada, procedente de Pródico y Jenofonte. El matrimonio es presentado metafóricamente como una bifurcación entre felicidad y miseria. Antes de entrar en él es preciso deliberar porque, una vez realizada la elección, las consecuencias serán duraderas.

Vives considera que los jóvenes se encuentran particularmente expuestos a tomar malas decisiones porque poseen poca experiencia y sus pasiones son más intensas. Por eso recomienda que los padres participen activamente en la elección matrimonial. Según su razonamiento, los padres poseen dos ventajas: mayor experiencia y una menor exposición a las pasiones propias de la juventud.

Pero aquí introduce una limitación importante: tampoco pueden los padres utilizar el matrimonio de sus hijos para satisfacer su propia ambición. Vives critica expresamente al padre que busca riqueza, prestigio, poder o alianzas sociales y sacrifica por ello la felicidad matrimonial del hijo. En ese caso, el padre convierte al hijo en instrumento de su codicia.

Así, la posición de Vives no es simplemente: “los padres deben escoger”. Más exactamente sostiene que el matrimonio debe decidirse con prudencia desinteresada, venga ésta de los propios contrayentes, de sus padres o de personas experimentadas y benevolentes.

También rechaza la presión social. Su descripción del “vulgo” como “bestia de muchas cabezas” expresa su desconfianza humanista hacia la opinión colectiva irreflexiva. No se debe escoger esposa simplemente porque los demás consideran deseable determinado tipo de mujer.

Vives introduce después otra dimensión: la elección humana no basta. Recomienda pedir a Dios una buena esposa, recurriendo a los Proverbios y al Eclesiástico. Las riquezas pueden heredarse, pero la esposa prudente aparece como un don particularmente valioso.

Esto revela la doble estructura de su pensamiento: el matrimonio exige toda la prudencia humana posible, pero finalmente también depende de la Providencia.

A continuación Vives intenta explicar la “condición natural” de la mujer. Éste es uno de los fragmentos donde más claramente aparece la antropología médica y social del siglo XVI.

Vives adopta concepciones fisiológicas heredadas de la tradición aristotélico-galénica: interpreta al varón como resultado de un mayor “calor” corporal y a la mujer como poseedora de menor calor natural. A partir de esta supuesta diferencia fisiológica deriva características psicológicas: debilidad física, temor, recelo, preocupación por los detalles, envidia, locuacidad, superstición, irritabilidad, etc.

Naturalmente, estas afirmaciones no constituyen conocimiento biológico válido en la actualidad. Lo importante para comprender históricamente a Vives es que él cree poder derivar diferencias morales y psicológicas de una determinada constitución corporal.

Sin embargo, introduce inmediatamente una matización bastante interesante. Afirma que esos defectos no son exclusivos de las mujeres y que también pueden encontrarse en los hombres. Además dice expresamente:

«Ni todas las mujeres tienen todos los achaques aquéllos, ni las que los tienen los poseen en un mismo grado».

Es decir, Vives formula generalizaciones sexuales muy fuertes, pero simultáneamente reconoce la variabilidad individual.

Incluso menciona mujeres que considera superiores en fortaleza a numerosos hombres: Cleobulina, Hiparquia, Diótima, Lucrecia, Cornelia, Porcia, Clelia y Sulpicia, además de las mártires cristianas.

Y dedica un elogio extraordinario a Catalina de Aragón, esposa de Enrique VIII, presentándola como ejemplo de constancia, entereza y fortaleza moral. Para Vives, Catalina demuestra que una mujer puede poseer un carácter más firme que el de muchos varones.

Aquí aparece una cuestión filosóficamente interesante. Vives distingue entre lo que considera naturaleza y lo que puede cambiarse mediante educación y hábito.

Según él, las inclinaciones básicas no desaparecen completamente, pero pueden ser disciplinadas:

la mujer «podrá volverse mejor y llegar al dominio de sus pasiones con la educación y la costumbre».

Y esto no lo aplica solamente a las mujeres. Su antropología es bastante pesimista respecto del ser humano en general. Hombre y mujer son seres débiles, cambiantes, sometidos a enfermedades y propensos a las pasiones. La disciplina y el hábito son precisamente los instrumentos mediante los cuales la persona puede corregirse.

Por tanto, detrás de afirmaciones que hoy identificamos como claramente sexistas existe una tesis humanista mucho más general: la naturaleza humana necesita educación.

Después aparece uno de los pasajes más inequívocamente patriarcales del capítulo. Vives sostiene que la mujer fue creada para vivir bajo la autoridad del marido. Incluso utiliza la comparación entre “dueño” y “esclavo” y afirma que el esposo podrá gobernar determinados defectos femeninos mediante autoridad, ingenio, prudencia y experiencia.

Aquí no estamos simplemente ante diferencias de funciones: Vives formula explícitamente una relación jerárquica.

Su razonamiento consiste en afirmar que, si la mujer poseyera la misma fuerza corporal y anímica atribuida al varón, disputaría la autoridad doméstica y dejaría de cumplir las tareas que Vives asigna al sexo femenino. Así justifica la división sexual del trabajo desde una supuesta disposición providencial de la naturaleza.

Según este esquema:

el marido se ocupa principalmente de los asuntos exteriores, públicos y económicamente mayores;

la esposa conserva la casa, administra los elementos cotidianos, cuida a los niños, mantiene la limpieza y proporciona compañía y descanso al marido.

Esto permite observar claramente que la “comunidad de vida” de la que hablaba anteriormente no significa igualdad de funciones ni de autoridad.

Hay una idea que conviene no perder: Vives no recomienda buscar simplemente una mujer “perfecta”. La elección debe hacerse atendiendo también a cómo es el propio marido.

Por eso enumera preguntas:

¿Es irascible?
¿Es tranquilo?
¿Es ahorrador o derrochador?
¿Es viudo?
¿Tiene hijos?
¿Es rico o pobre?
¿Es instruido?
¿A qué se dedica?
¿Cuál es su edad y su salud?

Esto introduce una idea bastante moderna en apariencia: compatibilidad.

No existe una esposa abstractamente adecuada para todos. Una determinada característica puede ser conveniente para un tipo de marido y perjudicial para otro.

Su ejemplo es muy gráfico: casar a una mujer pendenciera con un hombre iracundo sería, dice, como “casar la estopa con el fuego”.

Entre todas las cualidades, Vives coloca en primer lugar la piedad.

Pero distingue entre religiosidad externa y religiosidad interior. Una mujer puede ayunar, rezar, peregrinar o participar en prácticas religiosas y, sin embargo, aquello no demuestra necesariamente verdadera virtud.

Para Vives, señales más auténticas de piedad son preocuparse por:

Dios, la fugacidad de la vida, la vanidad de las riquezas y honores, el amor al prójimo, los pobres, el respeto matrimonial, el gobierno del hogar, la educación de los hijos, la muerte y la vida eterna.

Hay aquí una crítica bastante clara a la religiosidad meramente ritual.

Vives sabe que las características físicas pueden observarse fácilmente, pero el carácter permanece oculto. Por eso dedica bastante atención a los indicios de personalidad.

Considera particularmente importante la palabra. Recuerda la anécdota socrática:

«Habla, mozo, porque te vea».

La manera de hablar permitiría conocer inteligencia, carácter, modestia, arrogancia, agresividad o serenidad.

También aconseja observar:

las amistades que mantiene la mujer, las personas de las que disfruta rodearse, la manera en que trata a sus sirvientas, aquello que le divierte, cómo reacciona ante la prosperidad y la adversidad y cómo se ha comportado anteriormente.

La idea general es:

el carácter se revela mediante los hábitos.

Y aquí aparece nuevamente una tesis profundamente humanista: somos influidos por las personas con quienes convivimos. De ahí su utilización de la máxima bíblica según la cual quien convive con el virtuoso tenderá a la virtud y quien frecuenta al perverso corre el riesgo de corromperse.

Vives desconfía profundamente de escoger esposa por belleza, riqueza o abolengo.

No sostiene que sean males en sí mismos. Su temor consiste en que produzcan soberbia.

Especialmente con respecto a la belleza desarrolla una posición intermedia. Una belleza extraordinaria puede fomentar vanidad y provocar celos; una apariencia extremadamente desagradable también podría generar dificultades en la convivencia. Por eso recoge la antigua idea de una “belleza matrimonial”, es decir, una apariencia moderadamente agradable.

Lo verdaderamente importante es que Vives subordina la belleza a la virtud y compatibilidad. Critica expresamente al hombre que se casa con una mujer poco inteligente únicamente porque es hermosa. La compara provocativamente con poseer una bella estatua: puede ser agradable a la vista, pero ¿qué compañía proporcionará frente a la enfermedad, la tristeza o la adversidad?

Éste es uno de los mensajes más reiterados del capítulo: el matrimonio no debe escogerse para el placer inmediato, sino para toda una vida.

También recomienda que exista cierta semejanza en la condición social. Recurre al consejo atribuido a Pítaco de Mitilene:

«Toma la igual».

La razón no es únicamente económica. Vives teme que una gran desigualdad de riqueza o linaje genere relaciones de dependencia, humillación o arrogancia.

Incluso cuenta dos ejemplos precisamente para demostrar que las apariencias sociales engañan: una mujer pobre y humilde puede resultar arrogante y una mujer rica y noble puede comportarse con enorme dedicación hacia su marido.

Con ello vuelve a una idea fundamental: la educación y los hábitos importan más que el origen social por sí mismo.

Capítulo II: Víspera de la boda

Vives distingue dos elementos: “ayuda” significa utilidad y colaboración; “semejante” significa amor. Con esto intenta diferenciar a la esposa del siervo o del jornalero. El criado sirve por obligación o salario; la esposa, en cambio, estaría unida al marido por una relación mucho más íntima, estable y afectiva.

Por eso insiste en que la esposa no es simplemente alguien útil para administrar la casa. Es la persona que permanece junto al marido de manera permanente. Vives incluso llega a decir que la unión conyugal es más estrecha que la relación entre padres e hijos, porque los hijos finalmente forman nuevas casas, mientras que marido y mujer permanecen unidos en la misma comunidad de vida.

A partir de ahí formula una tesis muy fuerte: la felicidad o infelicidad matrimonial depende en gran medida del amor que uno mismo sea capaz de sentir. Vives sostiene que odiar a la esposa convierte la convivencia en miserable, incluso aunque uno sea amado por ella. En cambio, amar produce ya una forma de felicidad interior. De ahí su idea de que «dentro de mí mismo está la fuente de la felicidad; dentro de mí mismo, la de mi miseria». Aquí aparece casi una ética interiorista: lo decisivo no es únicamente lo que el otro haga, sino la disposición afectiva del propio sujeto.

Luego vuelve al Génesis para explicar la unidad matrimonial mediante la fórmula «serán una sola carne». Para Vives, el ideal de la amistad es una unión tan profunda que cada uno llegue a considerar al otro como una especie de otro yo. Por eso recurre también a ejemplos clásicos y mitológicos para expresar el deseo de los amantes de convertirse simbólicamente en uno solo.

La consecuencia es que el amor conyugal debe superar incluso otros afectos familiares. Vives cita a Héctor y Andrómaca para mostrar que el marido puede sentir por su esposa una preocupación más intensa incluso que por padres o hermanos. Y también utiliza la historia de Tigranes y su esposa para mostrar un principio que repite muchas veces: el amor genera amor.

Después desarrolla extensamente la comparación cristiana entre Cristo y la Iglesia. El marido debe amar a su esposa como Cristo ama a la Iglesia. Esto implica algo mucho más exigente que una mera autoridad doméstica: Vives sostiene que el marido debería estar dispuesto incluso a afrontar la muerte por la salvación y el bien de su esposa.

Aquí aparece un límite muy importante en su pensamiento: el esposo no debe sacrificarse por las vanidades de la esposa —riquezas, vestidos, lujos, prestigio—, sino por aquello que Vives considera verdaderos bienes: vida, salud, castidad, pudor, virtud y salvación.

Esta distinción revela muy bien cómo entiende el amor. Para Vives, amar no significa simplemente satisfacer los deseos del otro. El verdadero amor debe orientarse hacia el bien moral del amado.

De ahí su insistencia en que el marido debe amar a la esposa cualquiera sea su condición concreta. Una vez celebrado el matrimonio, ya no corresponde preguntarse si es suficientemente hermosa, rica, noble o saludable. Debe amarla entera, tal como es, porque el vínculo ya la ha convertido en una sola realidad con él.

Por eso utiliza nuevamente a San Pablo: «el que ama a su esposa, a sí mismo se ama». Aquí Vives combina la idea paulina con la concepción clásica de la amistad como relación entre dos personas que se consideran mutuamente otro sí mismo.

Hay un pasaje especialmente interesante cuando afirma que entre los esposos no debería existir simplemente una relación entre superior e inferior, sino una especie de comunidad de cuerpo y alma. Dice que la belleza, la fealdad, la riqueza, la pobreza, la salud, la enfermedad e incluso la prudencia o imprudencia dejan de pertenecer exclusivamente a uno, porque el matrimonio ha hecho comunes sus circunstancias.

Esto modera, aunque no elimina, la jerarquía que Vives mantiene en otros lugares.

Otro punto importante es la diferencia entre amor corporal y amor moral. Para Vives, el amor basado exclusivamente en belleza, riqueza o linaje es inestable porque depende de cosas que pueden desaparecer. La belleza envejece, las riquezas pueden perderse y la posición social puede cambiar.

En cambio, el amor fundado en la virtud puede ser permanente. Incluso llega a decir que puede sobrevivir simbólicamente a la muerte.

Con ello introduce una distinción entre dos formas de amor que toma de la tradición platónica: un amor terreno, ligado al cuerpo, al dinero y al placer, y un amor celestial, dirigido al alma y a la virtud. El marido verdaderamente prudente debería amar de esta segunda manera.

También rechaza la famosa máxima atribuida a Bías según la cual habría que «amar como si algún día fuéramos a odiar». Vives considera que esa actitud destruye la confianza. Propone exactamente lo contrario:

amar como si nunca hubiéramos de odiar.

Esto es especialmente importante en los primeros tiempos del matrimonio. Para Vives, el amor es un hábito que se fortalece mediante actos repetidos. Por eso recomienda evitar las primeras ofensas, sospechas y conflictos, pues una relación recién formada todavía es frágil.

Aquí aparece una intuición psicológica interesante: las primeras experiencias de convivencia pueden establecer patrones duraderos. De ahí que el comienzo del matrimonio deba caracterizarse por amabilidad, suavidad y ausencia de sospechas innecesarias.

Después reaparece con mucha fuerza la estructura jerárquica del pensamiento de Vives. El marido aparece como cabeza y la esposa como subordinada. Él insiste en que el esposo debe conservar autoridad, mientras que la esposa debe unir al amor el respeto.

Sin embargo, introduce una precisión esencial: la autoridad no se obtiene mediante violencia. El respeto verdadero no puede imponerse. Según Vives, debe ganarse mediante virtud, prudencia, carácter y buen trato.

Ésta es probablemente una de las tesis centrales del capítulo:

el marido no debe exigir respeto; debe hacerse digno de él.

La autoridad legítima procede de cualidades personales: prudencia, justicia, fortaleza, buena conducta y capacidad para gobernarse a sí mismo y a su casa.

Por eso distingue claramente entre aparentar virtud y poseerla realmente. La esposa puede detectar eventualmente una autoridad fingida. Vives utiliza la imagen de un anillo solamente dorado por fuera: tarde o temprano aparecerá el material real.

De ahí que considere muy importantes las primeras impresiones antes de la boda. El futuro marido no debería comportarse durante el cortejo como un adulador ridículo o esclavo de la pasión para intentar después convertirse súbitamente en jefe autoritario. La esposa recordará la imagen que él mismo le presentó inicialmente.

Esto produce una fórmula característica de Vives: el marido debe equilibrar amor y autoridad.

Ni tiranía sin afecto ni afecto que destruya toda responsabilidad.

Él mismo lo expresa prácticamente así: cuando el marido ama, no debe olvidar que tiene responsabilidades; cuando gobierna, no debe olvidar que ama.

Desde nuestra perspectiva contemporánea, esta concepción continúa siendo claramente patriarcal porque atribuye al marido el gobierno doméstico y sitúa a la esposa bajo su autoridad. Pero dentro del propio sistema moral de Vives existe una limitación importante: el marido no obtiene legitimidad por el mero hecho de ser hombre, sino que debe demostrar prudencia, virtud, justicia y amor auténtico.

Después aparece otra idea muy significativa: la esposa que se siente verdaderamente amada tenderá, según Vives, a responder con amor. Por eso vuelve constantemente al principio:

«amor con amor se paga».

La mejor forma de mantener el matrimonio no sería entonces multiplicar reglas o amenazas, sino conseguir que exista un afecto recíproco tan fuerte que las reglas resulten casi innecesarias. Vives llega a decir que, cuando existe verdadero amor, “al que ama no se ha puesto ley”.


Capítulo III: Formación de la mujer

La mujer debe ser educada, y el marido tiene una responsabilidad directa en esa formación. El capítulo es especialmente interesante porque combina una defensa bastante firme de la instrucción femenina con una concepción restrictiva acerca de qué debe aprender una mujer y para qué debe aprenderlo.

Vives comienza desde una idea política y moral general: las mejores leyes no son aquellas que simplemente castigan, sino las que forman ciudadanos rectos. Si una persona ha sido bien educada y acostumbrada a actuar correctamente, necesita menos amenazas, premios o coacción. La educación, por tanto, debe anticiparse al castigo. Esta necesidad de formación afecta tanto a hombres como a mujeres, pues ambos sexos comparten una naturaleza moral vulnerable y necesitan disciplina para corregir sus inclinaciones.

A partir de aquí Vives entra en una cuestión muy discutida en su época: si conviene o no que las mujeres sean instruidas. Su respuesta es afirmativa. Considera equivocado identificar cultura o educación con corrupción. Lo importante es distinguir qué tipo de conocimiento se transmite. Existe una literatura que busca solamente embellecer el lenguaje, otra que excita los placeres y las pasiones, otra dirigida al conocimiento de la naturaleza y otra destinada a mejorar el alma. Esta última es, para Vives, necesaria tanto para hombres como para mujeres.

Su razonamiento es bastante contundente: si una mujer puede aprender sin dificultad a preocuparse por los vestidos, los adornos, la apariencia, la vanidad o incluso conductas moralmente malas, resulta absurdo impedirle aprender aquello que puede enseñarle a despreciar esas cosas y cultivar la virtud. Si la ignorancia hiciera mejores a los seres humanos, entonces habría que mantenerlos prácticamente como animales. La educación no es enemiga de la virtud, sino uno de los principales medios para alcanzarla.

Vives llega a decir expresamente que “la mujer es un animal dotado de razón, como el hombre”. Dentro del contexto del siglo XVI, esta afirmación tiene importancia porque reconoce explícitamente una capacidad racional común a ambos sexos. También critica a quienes, a partir del mal comportamiento de algunas mujeres, condenan al sexo femenino en su conjunto, pues nadie condena a todos los hombres porque entre ellos existan ladrones, hechiceros o delincuentes. Incluso afirma que, según su propia experiencia, las mujeres instruidas que había conocido tendían a ser honradas y cuidadosas de su reputación, mientras que muchas mujeres mal formadas eran ignorantes.

Para sostener su posición recurre también a Sócrates, a través de Jenofonte, según el cual el ingenio femenino no es por naturaleza incapaz, sino que necesita enseñanza y consejo. Desde el cristianismo añade otro argumento: si Dios admite a las mujeres a los sacramentos y las destina a la misma salvación eterna que a los hombres, significa que son capaces de comprender los misterios religiosos y de recibir formación moral. De ahí concluye que, si las mujeres no llegan a ser mejores, parte de la responsabilidad corresponde a quienes les han negado la educación.

Aquí aparece directamente el deber del marido. Si Vives considera al esposo cabeza, guía y maestro de la mujer, entonces enseñar a la esposa se convierte en una obligación. El marido que no la instruye falta a sus deberes. Esta enseñanza debe centrarse principalmente en el conocimiento de sí misma, en la comprensión de su origen y finalidad, en la religión cristiana, en el amor a Dios y al prójimo, en el respeto hacia el marido, en la administración doméstica, en la crianza de los hijos, en la castidad, en el pudor, en el cuidado de la reputación y en la capacidad de soportar con moderación tanto la prosperidad como la adversidad.

Vives distingue, sin embargo, entre una educación que considera apropiada para la mujer y otra que reserva principalmente a los hombres. Recomienda para ellas libros piadosos, filosofía moral, vidas de santos, ejemplos históricos de virtud, conocimientos sobre administración doméstica, crianza de los hijos y nociones sencillas de medicina familiar. Entre los autores que estima útiles menciona a Platón, Cicerón, Séneca, Plutarco, Valerio Máximo, Jenofonte y Aristóteles. Si la mujer desea leer poesía, recomienda autores cristianos como Prudencio, Arator, Sedulio y Juvenco.

Al mismo tiempo rechaza los libros caballerescos y amorosos, como los relatos de Tristán, Lancelot, Amadís y otros semejantes, porque considera que despiertan pasiones desordenadas. Aclara que estas lecturas pueden perjudicar también a los hombres. No obstante, su defensa de la educación femenina tiene límites claros: no considera necesario que la mujer profundice en filosofía natural, gramática, dialéctica, ciencia política, matemáticas, teología especulativa o retórica. Su ideal no es una igualdad completa de educación entre ambos sexos, sino una formación orientada principalmente a hacer de la mujer una buena cristiana, esposa, madre y administradora del hogar.

Dentro de esta misma concepción, Vives insiste mucho en el silencio como virtud femenina. Considera que una mujer culta no debe identificarse con una mujer que habla constantemente o que busca exhibir públicamente su erudición. Debe hablar con sencillez, prudencia y moderación. Desde una perspectiva contemporánea, esta idea refleja claramente los límites patriarcales impuestos a la expresión femenina, aunque dentro del razonamiento de Vives el objetivo es distinguir entre conocimiento verdadero y ostentación superficial.

La formación de la esposa tampoco puede depender únicamente de libros o discursos. Vives sostiene que el ejemplo del marido tiene una eficacia incluso mayor que sus palabras. Compara su posición con la del príncipe respecto de sus súbditos: así como el gobernante debe demostrar con su conducta aquello que exige a los ciudadanos, el esposo debe practicar aquello que pretende enseñar en su casa. Por eso quien se casa debe abandonar las costumbres juveniles irresponsables y adquirir mayor madurez y prudencia.

Vives plantea ejemplos muy directos. Un marido borracho no puede exigir sobriedad a su esposa. Un marido adúltero no puede predicarle continencia. Un hombre dominado por sus propias pasiones pierde autoridad cuando pretende gobernar las de los demás. El marido debe traducir en actos aquello que ordena mediante palabras. De esta manera, su autoridad no depende solamente del hecho de ser hombre, sino también de la coherencia moral de su comportamiento.

También recomienda utilizar ejemplos de mujeres virtuosas para fomentar la formación de la esposa. Menciona figuras bíblicas, clásicas y cristianas como Sara, Rebeca, Penélope, Andrómaca, Lucrecia, Hipatia, Porcia, Cornelia, Santa Inés, Santa Catalina, Santa Águeda y Santa Mónica, además de Catalina de Aragón y otras mujeres contemporáneas. Incluso menciona a su propia madre. Considera especialmente eficaces los ejemplos cercanos, como los de una madre, una abuela, una hermana o una amiga, porque aquello que se contempla directamente puede imitarse con mayor facilidad.

Otra vía fundamental de formación es la conversación cotidiana entre marido y mujer. Deben hablar con frecuencia sobre religión, costumbres, errores del vulgo, experiencia de la vida, administración de los bienes familiares, educación de los hijos y manera de enfrentar los cambios de la fortuna. Pero Vives también permite momentos de recreación, bromas y conversaciones ligeras, siempre que no degeneren en obscenidad, chisme o curiosidad desordenada por la vida ajena. Esto muestra que no concibe el matrimonio únicamente como una relación disciplinaria, sino también como una convivencia que requiere descanso, conversación agradable y familiaridad.

En una parte extensa del capítulo Vives aborda también la sexualidad matrimonial. Considera que incluso dentro del matrimonio el deseo debe estar sometido a moderación. El hecho de que la relación sexual sea legítima no significa que cualquier manera de vivirla sea moralmente correcta. El marido no debe convertir a su esposa en objeto de una pasión descontrolada, sino preservar lo que él entiende como castidad matrimonial. Matrimonio y castidad no son para Vives conceptos incompatibles: la castidad del casado consiste en ordenar la sexualidad dentro del vínculo legítimo y sujetarla a la razón.

Hay aquí también un elemento de reciprocidad importante. Vives recuerda la doctrina paulina según la cual el marido no dispone exclusivamente de su propio cuerpo, porque también pertenece a la esposa, y la esposa tampoco dispone exclusivamente del suyo. De este modo, la infidelidad masculina constituye una injuria hacia la mujer de la misma manera que la infidelidad femenina constituye una injuria hacia el marido. Vives critica así a los hombres que pretenden exigir fidelidad mientras ellos mismos mantienen relaciones extramatrimoniales.

También recomienda períodos de continencia dedicados a la oración y a la disciplina espiritual, pero señala que esta abstinencia debe acordarse por consentimiento de ambos esposos. En este punto reconoce que determinadas decisiones de la vida íntima no corresponden exclusivamente a la voluntad del marido.

Hacia el final del capítulo vuelve al propósito principal de la educación femenina. Una esposa bien formada permitirá una mejor administración doméstica, una mejor educación de los hijos, un mayor dominio de las pasiones y una convivencia más tranquila. Pero Vives añade algo especialmente significativo: una mujer instruida puede transformarse en auxiliar, confidente y consejera del marido. El esposo podrá comunicarle sus preocupaciones, sus proyectos y sus dudas, y ella podrá ayudarlo a deliberar gracias a la prudencia adquirida mediante la formación.


Capítulo IV: De la casa

Vives pasa desde la relación íntima y moral entre los esposos hacia la organización concreta de la vida doméstica. Su preocupación principal es que la casa no se gobierne imitando ciegamente las costumbres ajenas, sino conforme a la razón, la prudencia y lo que considera el orden querido por Dios. Comienza criticando con fuerza la tendencia humana a hacer las cosas simplemente porque los demás también las hacen. Para Vives, seguir la costumbre sin preguntarse si es buena o mala constituye uno de los grandes errores de la vida. Que muchas personas actúen de determinada manera no convierte esa conducta en correcta. El marido debe ser capaz de apartarse de la opinión del vulgo cuando ésta contradice la razón o la virtud.

Por eso sostiene que la primera guía de la vida doméstica debe ser la ley divina. Dios aparece como el único que conoce plenamente el camino correcto, mientras que las opiniones humanas pueden estar equivocadas. Después de Dios pueden servir de ejemplo los santos, los sabios y aquellas personas que han vivido conforme a la razón y la virtud. Vives reconoce que resulta difícil apartarse de las costumbres mayoritarias, pero precisamente considera que la virtud se demuestra cuando una persona es capaz de mantenerse firme frente a la presión colectiva.

Esta crítica de las costumbres sociales prepara su defensa de una casa organizada mediante el trabajo, la economía y la frugalidad. Para Vives, estas prácticas no tienen solamente una utilidad económica, sino también moral. El trabajo, la moderación y el ahorro favorecen virtudes como la templanza, la continencia, la fidelidad y la castidad; en cambio, la ociosidad, el lujo y la prodigalidad favorecen los vicios. La economía doméstica aparece así como una verdadera disciplina moral.

Sin embargo, Vives también advierte contra el extremo contrario. Criticar el lujo no significa vivir deliberadamente en condiciones miserables. Si alguien viste seda, no es necesario responder vistiendo cáñamo; si otro come alimentos refinados, no es necesario alimentarse de manera desagradable o dañina. En este punto reaparece una concepción clásica de la virtud como término medio. La prudencia consiste precisamente en descubrir los límites adecuados y mantenerse dentro de ellos, sin caer ni en el exceso ni en el defecto.

Al entrar propiamente en la estructura del hogar, Vives rechaza la igualdad absoluta entre sus miembros. Para él, una casa necesita jerarquía de la misma manera que una ciudad necesita autoridades distintas de los ciudadanos particulares. Afirma que el marido y la mujer son los “reyes de la casa”, pero inmediatamente establece una diferencia entre ambos: el marido es el señor principal del hogar y la esposa gobierna bajo su autoridad. Aquí aparece de manera inequívoca la concepción patriarcal de Vives.

A pesar de ello, esta autoridad no significa que el marido deba decidir personalmente absolutamente todo. Vives reconoce distintos ámbitos de competencia. Hay asuntos que considera especialmente reservados al marido, como recibir determinadas personas en la casa o tomar decisiones importantes respecto de los hijos. Otros asuntos pueden quedar enteramente en manos de la esposa, especialmente la organización de la servidumbre femenina, la cocina y buena parte del ajuar. Existen además materias intermedias, como compras y ventas domésticas, que pueden delegarse dependiendo de la prudencia, capacidad y honradez de la mujer.

Esto introduce un elemento significativo: Vives no aplica exactamente la misma regla a todas las esposas. Reconoce que algunas mujeres poseen tal capacidad práctica y prudencia que él mismo confiaría en ellas incluso para asuntos importantes, mientras que otras carecen de las condiciones necesarias para administrar incluso materias menores. De este modo, aunque mantiene la jerarquía general entre marido y mujer, admite que la distribución concreta de funciones debe considerar las capacidades individuales.

Vives reconoce también que las costumbres domésticas varían enormemente entre países. Menciona Egipto y Holanda como ejemplos de lugares donde las mujeres participan más directamente en actividades económicas exteriores. Sin embargo, rechaza estas costumbres porque considera que contradicen lo que él entiende como división natural entre los sexos. Según su concepción, el hombre está preparado para buscar fuera de la casa los recursos necesarios para la familia, mientras que la mujer está destinada principalmente a conservar y administrar aquello que el marido obtiene.

Esta división del trabajo está asociada nuevamente a su teoría acerca de la naturaleza masculina y femenina. Vives atribuye al hombre fuerza, iniciativa y capacidad para desarrollar actividades exteriores, mientras que atribuye a la mujer una disposición más doméstica y conservadora. También utiliza las diferencias biológicas relacionadas con embarazo, parto, menstruación y lactancia para justificar esta distribución. Desde una perspectiva contemporánea, estas conclusiones revelan claramente el carácter patriarcal y esencialista de su concepción de los sexos.

Pero justamente porque atribuye al marido el deber de desenvolverse en el exterior, le impone también una obligación muy exigente: debe trabajar para que a su esposa y a su familia no les falte lo necesario. Vives llega a afirmar que el esposo debe esforzarse incluso “a costa de su sangre” por el bienestar de su mujer. De esta manera, la autoridad masculina viene acompañada de una fuerte responsabilidad económica y protectora.

Por eso dirige una crítica especialmente dura contra los maridos que sustraen dinero del hogar para gastarlo en juego, bebida o glotonería. Los considera moralmente inferiores incluso a los animales, porque entre los animales el macho no suele quitar a la hembra aquello que necesita para sobrevivir. Para Vives, el marido que perjudica económicamente a su propia familia traiciona directamente uno de los deberes fundamentales derivados de su posición dentro del hogar.

Cuando pasa a describir las tareas de la esposa, Vives insiste en que ésta debe participar personalmente en la administración doméstica. No basta con ordenar a los criados: debe conocer el estado de la cocina, revisar la casa, verificar los utensilios, detectar aquello que necesita reparación y avisar al marido cuando sea necesario adquirir algo. También debe mantener contacto con los hijos y con las criadas. En cambio, recomienda limitar el trato estrecho de la esposa con los criados varones y, recíprocamente, el del marido con las criadas.

Otro elemento central es su condena de la ociosidad. Vives considera peligroso que la mujer permanezca sin ocupación, incluso cuando la familia sea rica. El trabajo útil mantiene ocupada la mente, crea hábitos de disciplina y prepara a la familia frente a posibles cambios de fortuna. No obstante, añade una limitación importante: el marido debe tener en consideración la salud y condición física de la esposa. No debe permitir que permanezca completamente ociosa, pero tampoco exigirle trabajos capaces de perjudicarla, especialmente durante menstruaciones difíciles, embarazo, parto o recuperación posterior.

A continuación aparece uno de los aspectos más restrictivos del capítulo: Vives recomienda que la esposa salga poco de casa. La casa debe constituir prácticamente su mundo habitual, y las salidas deberían reservarse para aquellas situaciones en que resulten realmente necesarias. Critica especialmente el hábito de ir frecuentemente de casa en casa porque lo asocia con ociosidad, conversación inútil, curiosidad y posibles vicios. Incluso la asistencia al templo debe estar guiada por la verdadera piedad y no por el deseo de concurrir a reuniones numerosas.

Esta idea muestra con mucha claridad el modelo femenino que Vives considera ideal: una mujer fundamentalmente doméstica, reservada y apartada de una presencia social demasiado intensa. Su elogio de la costumbre de cubrir la cabeza y su preocupación por las miradas entre hombres y mujeres forman parte de la misma concepción de la modestia y del pudor.

También recomienda que la esposa no salga completamente sola, pero tampoco acompañada de una comitiva excesiva. Demasiados acompañantes implican gasto, ostentación y deseo de prestigio. Quienes la acompañen deben proteger su dignidad sin suscitar sospechas respecto de su conducta.

En conjunto, el capítulo muestra que para Vives la casa no es simplemente un lugar físico, sino una pequeña comunidad política y moral. El hogar posee gobierno, jerarquías, funciones diferenciadas y reglas de convivencia. El marido ocupa la autoridad principal, pero esa autoridad implica trabajo, responsabilidad económica, buen juicio y protección. La esposa administra gran parte del espacio doméstico, conserva los bienes, cuida la organización cotidiana y puede recibir amplias facultades cuando demuestra prudencia y capacidad.

Puede admitir que una mujer sea excelente administradora e incluso digna de tomar decisiones relevantes, pero no cuestiona que, en último término, la autoridad superior corresponda al marido. Del mismo modo, exige al hombre trabajar intensamente para el bienestar familiar, pero limita en gran medida la autonomía exterior de la esposa.

Capítulo V: De puertas afuera

Vives amplía el problema del matrimonio hacia el entorno social. Su idea principal es que la vida doméstica no puede aislarse completamente de la sociedad, porque las costumbres ajenas influyen constantemente en quienes viven dentro de la casa. Para él, los seres humanos se contagian moralmente unos a otros del mismo modo que puede extenderse una corrupción entre frutos o animales. Ese contagio entra por los sentidos: por los oídos, mediante las palabras; por los ojos, mediante las acciones y los ejemplos. Por eso considera fundamental escoger bien las amistades, los vecinos y las personas que entran al hogar.

Vives aconseja, si es posible, vivir en una ciudad moralmente ordenada; si eso no puede hacerse, al menos buscar un buen vecindario y, en último término, vigilar cuidadosamente a quienes frecuentan la casa. El problema no está sólo en los enemigos declarados, sino también en los falsos amigos. Una persona puede entrar en la casa bajo apariencia de amistad y, sin embargo, llevar consigo malas costumbres, rumores, escándalos o deshonra. Por eso recomienda examinar tanto la conducta de los amigos como la reputación que tienen en la comunidad.

En este punto introduce una idea importante acerca de la amistad matrimonial. El principio clásico según el cual “entre amigos todo es común” no puede aplicarse sin límites cuando existe matrimonio. La amistad auténtica, si realmente fuera perfecta, debería servir para proteger la virtud del amigo y también la castidad de su esposa, no para aprovecharse de la intimidad doméstica. Para Vives, una amistad que empeora moralmente al otro deja de ser verdadera amistad.

También insiste en vigilar las relaciones con los parientes de la esposa. No basta con conocer a la mujer; hay que conocer también el ambiente humano que la rodea. El carácter y las costumbres de familiares y conocidos pueden influir directamente en la vida matrimonial.

Uno de los elementos centrales del capítulo es la preocupación por las conversaciones obscenas. Vives rechaza la idea de que hablar de sexualidad de manera grosera sea simplemente una forma de urbanidad o entretenimiento. Utiliza la máxima paulina según la cual “las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres”. Para él, las palabras no son moralmente neutras: pueden introducir imágenes, deseos y hábitos en el alma.

La misma lógica aplica a las imágenes. Critica las pinturas obscenas y especialmente a los maridos que las colocan en la habitación matrimonial. Su razonamiento es coherente con lo que viene sosteniendo desde capítulos anteriores: si las pasiones son fácilmente excitables, resulta imprudente llenar el entorno cotidiano de estímulos que las fortalezcan.

Por eso censura también las reuniones frecuentes de jóvenes en la casa cuando se convierten en ocasión de bailes, comidas, juegos o diversiones que, según él, pueden perjudicar la economía, la tranquilidad doméstica y la castidad. No sólo recomienda impedir esas reuniones en la propia casa, sino también no llevar a la esposa o a las hijas a ambientes semejantes. Su expresión “no lleves la estopa al fuego” resume perfectamente su concepción preventiva: no hay que confiar únicamente en la resistencia moral de la persona, sino también evitar las situaciones que facilitan la tentación.

Vives concede una importancia extraordinaria a la reputación femenina. La esposa debe aprender a valorar el buen nombre y a temer la mala fama. Desde una perspectiva contemporánea, esta insistencia refleja una sociedad en que la reputación sexual femenina estaba sometida a una vigilancia mucho más intensa que la masculina. Para Vives, sin embargo, el buen nombre no es sólo apariencia social; funciona también como un mecanismo moral. La persona que sabe que es considerada virtuosa puede sentirse impulsada a comportarse de manera coherente con esa reputación.

Por eso utiliza ejemplos tomados del mundo antiguo para mostrar cómo la alabanza puede estimular la virtud. El individuo que sabe que otros esperan de él valentía, honestidad o buen comportamiento puede esforzarse por mantenerse a la altura de esa imagen. Vives aplica esta lógica a la esposa: el marido debe fomentar su amor por la buena reputación y por la virtud, pero no mediante amenazas constantes, sino haciendo visible que las buenas acciones son reconocidas y las malas producen deshonra.

Al mismo tiempo introduce una advertencia muy interesante al propio marido: debe ser extremadamente prudente cuando habla de su esposa ante otras personas. Vives considera que las intimidades matrimoniales deben permanecer en secreto. Aquí el límite es muy claro: la vida privada de los esposos no pertenece a los amigos, parientes ni conocidos. Revelar detalles íntimos puede generar humillación, conflictos y enemistades.

Incluso la alabanza pública de la esposa debe ser moderada. Esto resulta paradójico, porque Vives considera que una mujer virtuosa merece reconocimiento, pero teme que una alabanza excesiva atraiga atención indeseada. Por eso menciona el ejemplo de Candaules, rey de Lidia, cuya historia funciona como advertencia contra el marido que exhibe a su esposa ante otros. La mujer no debe convertirse en objeto de ostentación del propio marido.

También aquí aparece la lógica preventiva de Vives: no basta con confiar en que nadie actuará mal; hay que evitar las ocasiones que puedan favorecer el pecado, el deseo o el escándalo. Por eso termina recordando la petición cristiana de no ser conducidos a tentación.


Capítulo VI: De los atavíos

Su punto de partida es que la ropa nació por dos motivos legítimos: primero, por pudor, pues Adán y Eva cubren aquello que podía producir vergüenza; segundo, por necesidad, para proteger el cuerpo del frío o del calor. A estas funciones se añadió después una tercera, el buen parecer. El problema comienza, según Vives, cuando el vestido deja de servir al pudor, la necesidad y una apariencia moderadamente agradable, y se convierte en instrumento de vanidad, prestigio y competencia social.

Su crítica se dirige tanto a mujeres como a hombres, aunque reconoce que considera esta tendencia especialmente frecuente entre las mujeres. La persona que se enorgullece de sus vestidos termina atribuyéndose, irónicamente, méritos que en realidad pertenecen a los materiales con que está confeccionada la ropa. De ahí la anécdota del filósofo que pregunta al hombre orgulloso de sus prendas cuándo dejará de apropiarse “el mérito de la oveja”. Lo que se critica es confundir el valor de la persona con el valor de aquello que lleva puesto.

Vives recuerda que en la Antigüedad hubo leyes suntuarias y magistrados encargados de limitar los excesos en el vestir. Como en su tiempo esas regulaciones ya no tienen la misma fuerza, considera que cada marido debe ejercer dentro de su propia casa una especie de regulación prudente del gasto y de los adornos. Esto vuelve a situar al marido como responsable del orden económico y moral doméstico.

La tesis de Vives respecto de la mujer casada es muy clara: ya no debe adornarse principalmente para atraer las miradas ajenas, pues ya tiene marido. Su adorno fundamental debe ser la virtud. Al esposo deberían interesarle mucho más la prudencia, la fidelidad y el carácter de su mujer que su collar, su vestido o sus cosméticos. Incluso considera peligroso que el propio marido estimule en exceso el arreglo físico de su esposa, porque estaría fomentando una relación basada principalmente en la atracción sensual.

El problema del lujo no es sólo moral, sino también psicológico y social. Vives observa que una mujer excesivamente preocupada por su apariencia puede terminar convirtiéndose en una especie de esclava de su propio vestido. Deja de realizar otras tareas por temor a ensuciarse o descomponerse y dedica gran parte de su tiempo a conservar intacto su aspecto. De este modo, aquello que debía estar al servicio de la persona termina dominándola.

Además, el lujo genera comparación. Una mujer observa el vestido de otra y quiere superarlo; la siguiente intenta hacer lo mismo, y así se crea una competencia sin término. Vives ofrece como ejemplo un episodio de Barcelona, donde, según relata, las esposas de comerciantes enriquecidos por el comercio con Alejandría llegaron a competir en lujo con las mujeres de la nobleza. Su interés no está únicamente en el gasto, sino en el fenómeno de la emulación social: cada grupo intenta diferenciarse de quienes están inmediatamente por debajo, y éstos intentan alcanzar a quienes están por encima.

De esta forma, una prenda lujosa exige otra que esté a su altura. Un vestido caro requiere cintas apropiadas; éstas, un collar; el collar, pieles, joyas, guantes, pendientes y otros complementos. Vives describe así una especie de espiral del consumo: una vez iniciado el lujo, cada objeto nuevo genera la necesidad de otro. Por eso considera que el lujo, a diferencia del vestido sencillo, carece de medida interna.

Esta competencia perjudica especialmente a quienes poseen menos recursos. Las mujeres de familias modestas pueden sentirse obligadas a imitar a las más ricas para no parecer inferiores. Vives ve aquí un grave problema, pues la apariencia termina imponiéndose sobre la situación económica real. De ahí su utilización del discurso de Catón contra la derogación de la ley Oppia: cuando desaparecen los límites sociales al lujo, las ricas quieren distinguirse todavía más y las pobres intentan imitarlas, incluso más allá de sus posibilidades.

La consecuencia afecta directamente al marido. Si el gasto de la esposa supera los recursos familiares, el esposo puede verse obligado a buscar dinero por cualquier medio. Vives menciona trabajos agotadores, actividades odiosas e incluso conductas moralmente ilícitas. En este punto el lujo doméstico deja de ser una simple cuestión estética y pasa a convertirse en causa potencial de corrupción económica y moral.

Por eso critica duramente una relación matrimonial basada en la capacidad económica del esposo. Si la mujer ama al marido solamente porque le proporciona vestidos, comodidad y lujo, no ama propiamente al marido, sino los beneficios que obtiene de él. Cuando desaparece la riqueza, desaparece también el fundamento de ese afecto. Vives vuelve aquí a una idea ya desarrollada en capítulos anteriores: el verdadero amor debe dirigirse a la persona y a la virtud, no a ventajas accidentales como dinero, belleza o posición social.

Al mismo tiempo, reaparece claramente la jerarquía matrimonial propia de su pensamiento. Vives afirma que la esposa debe ser auxiliar y compañera del marido, no su señora ociosa, y que el gobierno principal corresponde a él. Desde una perspectiva contemporánea, la estructura es evidentemente patriarcal. Sin embargo, dentro del propio razonamiento de Vives, esta autoridad implica también impedir que el hogar sea arruinado económicamente por gastos innecesarios y preocuparse por la verdadera dignidad de la esposa, que identifica con la honestidad y la virtud.

Vives no propone, sin embargo, eliminar completamente los adornos. Como había hecho al hablar del lujo en general, busca un término medio. El marido debe vestir con sencillez y elegancia sin afectación; la mujer puede emplear algo más de cuidado y arreglo. Considera apropiados para ella el aseo y la limpieza, pero no el lujo excesivo. Aquí vuelve a distinguir entre necesidad, decoro y ostentación.

Su ideal es un vestido moderado, limpio, serio y agradable. Una apariencia excesivamente lujosa puede hacer que una persona parezca rica, pero también vanidosa. En cambio, la sencillez bien cuidada puede transmitir prudencia y buen juicio. Para Vives, las virtudes deben ser el verdadero “adorno” de la persona.

En la mujer casada esta idea adquiere todavía mayor importancia. Considera que ya no debería preocuparse por aumentar su atractivo para los ojos ajenos. Su verdadera belleza matrimonial debe estar en la prudencia, la fidelidad, la diligencia doméstica y la educación de los hijos. Por eso recuerda el ejemplo clásico de Cornelia, madre de los Gracos, cuya dignidad no dependía del oro o de las joyas.

También introduce una diferencia según la posición económica. Para quien posee pocos recursos, vestir de manera ostentosa resulta especialmente imprudente, porque todos conocen aproximadamente su verdadera situación y la apariencia puede resultar ridícula o sospechosa. Para el rico, en cambio, la moderación es todavía más meritoria, porque demuestra que posee riquezas sin ser dominado por ellas.

La crítica al lujo culmina con un argumento específicamente cristiano. Las riquezas superfluas destinadas a vestidos y joyas podrían utilizarse para ayudar a quienes carecen de lo necesario. Vives recuerda el mandato de dar una de las dos túnicas a quien no tiene ninguna. De este modo, contrapone el gasto suntuario con la caridad.

Sin embargo, tampoco rechaza completamente la posesión de objetos valiosos. Admite que el oro y la plata pueden funcionar como una reserva para futuras necesidades, siempre que no estén trabajados con un lujo desproporcionado. En ese caso, las joyas no deberían concebirse simplemente como objetos de ostentación, sino casi como bienes que la familia conserva para enfrentar contingencias económicas.

Capítulo VII: En ausencia del marido

Idealmente, el marido debería organizar su vida de modo que tuviera que viajar lo menos posible, porque considera que la presencia del dueño de casa favorece el orden doméstico. La comparación con el caballo y el campo apunta justamente a eso: así como el ojo del dueño mejora el cuidado de sus bienes, la presencia del marido contribuiría, según Vives, a que todo funcione correctamente dentro del hogar.

Sin embargo, reconoce que la vida no siempre puede ajustarse a los propios deseos. Si el marido debe viajar, debería procurar que la ausencia sea lo más breve posible y preparar cuidadosamente la casa antes de partir. Vives no concibe la ausencia como una simple retirada temporal, sino como una situación que requiere previsión. El marido debe dejar organizada la autoridad, las responsabilidades y la vigilancia doméstica.

Una de sus recomendaciones principales es dejar en casa a una persona de absoluta confianza, capaz de velar por la buena marcha del hogar. Esa persona debe tener una fidelidad comprobada y suficiente autoridad moral como para ser respetada tanto por la esposa como por los demás miembros de la casa. Vives admite que esta persona de confianza puede ser hombre o mujer, lo que muestra nuevamente que, aunque mantiene una estructura patriarcal general, puede reconocer autoridad práctica a una mujer cuando considera probadas su prudencia y su lealtad.

El énfasis principal del capítulo está puesto en la selección de quienes permanecen o frecuentan el hogar durante la ausencia del esposo. Vives exige que no haya en la casa personas capaces de manchar su reputación mediante conductas deshonrosas. Por eso insiste especialmente en que quienes permanezcan allí sean personas temerosas de Dios, fieles y ocupadas en trabajos honestos.

La ociosidad vuelve a aparecer como uno de los grandes peligros. Para Vives, la persona desocupada y vagabunda constituye una amenaza para el orden moral de la casa porque el ocio facilita malos pensamientos y comportamientos. Esta idea ya había aparecido anteriormente respecto de la esposa, pero aquí se extiende a todos los habitantes del hogar. La casa debe estar compuesta por personas ocupadas, disciplinadas y moralmente confiables.

También es significativa su advertencia sobre los hombres que deja en casa. Recomienda que sean pocos y que su conducta sea irreprochable. El criterio no es únicamente práctico, sino fundamentalmente moral: quiere reducir cualquier circunstancia que pueda generar escándalo, sospechas o tentaciones durante la ausencia del esposo.

Lo mismo ocurre con las sirvientas. Vives recomienda que las doncellas sean de castidad y reputación probadas y que mantengan pocas relaciones con el vecindario. Nuevamente aparece su preocupación constante por la influencia del exterior sobre el hogar. Las relaciones sociales excesivas pueden introducir rumores, conductas o personas que alteren la tranquilidad y reputación familiar.

Esto enlaza directamente con el capítulo anterior. En “De puertas afuera” había insistido en controlar las influencias que entraban desde la sociedad hacia la familia; aquí plantea el mismo problema desde una situación especialmente delicada: cuando el marido no está presente. La ausencia aumenta, a su juicio, la necesidad de seleccionar cuidadosamente a quienes permanecen en contacto con la esposa y la familia.

Hay que advertir, naturalmente, que todo esto refleja una concepción fuertemente patriarcal de la relación matrimonial. Vives parte de la idea de que la ausencia masculina produce un vacío de autoridad que debe ser compensado mediante otra figura de vigilancia. La esposa no aparece simplemente como una adulta autónoma encargada de gobernar la casa durante la ausencia del marido, aunque en capítulos anteriores haya reconocido que algunas mujeres poseen gran capacidad administrativa.

Sin embargo, el pasaje tampoco significa que Vives desconfíe exclusivamente de la esposa. En realidad, su desconfianza se dirige de manera mucho más amplia hacia el entorno doméstico: criados, criadas, conocidos, vecinos y visitantes. Lo que teme es que, desaparecida temporalmente la figura principal de autoridad, disminuya la disciplina general de la casa. 

Capítulo VIII: De la represión y el castigo

Vives se pregunta cómo debe actuar el marido cuando advierte defectos o faltas en su esposa. La idea central del capítulo es que la corrección sólo es legítima si busca la enmienda y no la venganza. Vives comienza recordando la máxima atribuida a Varrón según la cual el vicio de la esposa debe soportarse o eliminarse, pero inmediatamente matiza que lo preferible es intentar corregirlo con prudencia, tacto y constancia. Soportar pasivamente todos los defectos puede terminar normalizándolos, pero reaccionar con violencia también destruye la convivencia.

El marido debe vigilar el buen orden de la casa, pero Vives advierte expresamente contra la sospecha excesiva. No debe imaginar faltas donde no existen ni convertir cualquier detalle en motivo de acusación. Compara al marido celoso y suspicaz con un perro guardián que ladra durante la noche por una falsa alarma, despierta a toda la casa y finalmente acaba siendo castigado por haber provocado un tumulto inútil. La comparación sirve para mostrar que los celos descontrolados no protegen el matrimonio, sino que atormentan al propio marido y pueden convertirlo en objeto de burla pública.

Por eso distingue entre vigilancia prudente y celos. Considera razonable evitar ocasiones de pecado y observar con cierta cautela mientras todavía no se conoce plenamente a la esposa, pero rechaza la pasión celosa como una forma de tormento autoimpuesto. También recomienda no creer fácilmente las acusaciones de terceros, incluso cuando proceden de amigos, pues pueden interpretar de manera maliciosa comportamientos completamente inocentes.

El ejemplo del noble valenciano Carros sirve precisamente para ilustrar esta idea. Sus familiares acusaban reiteradamente a su esposa, pero él investigó y comprobó su inocencia. Cuando continuaron difamándola, defendió públicamente su honor y puso fin a las acusaciones. Lo que Vives elogia en este episodio no es la violencia amenazada en sí misma, sino la decisión del marido de no permitir que rumores sin fundamento destruyeran el buen nombre de su esposa.

Después establece un principio fundamental: el castigo y la reprensión deben dirigirse a la corrección del culpable o al ejemplo de los demás. Si no persiguen uno de estos fines, dejan de ser castigo y se convierten en venganza o crueldad. Recurre a Séneca para expresar que el hombre prudente no castiga simplemente porque alguien pecó, ya que el pasado no puede modificarse, sino para impedir que el mal vuelva a producirse.

Vives distingue luego distintos grados de faltas. Sitúa el adulterio como la más grave porque considera que rompe directamente la fidelidad y la concordia matrimonial. Después existen faltas intermedias y finalmente defectos menores. La consecuencia es que no debe aplicarse el mismo tratamiento a todas las conductas. La corrección debe ser proporcional a la gravedad de la falta.

A continuación recomienda al marido moderar sus expectativas desde el comienzo. Nadie revela completamente su carácter en las primeras etapas de una relación, por lo que es probable que con el tiempo aparezcan defectos que inicialmente no eran visibles. Vives aconseja no idealizar a la esposa hasta el punto de esperar perfección absoluta, porque esa expectativa hará que cualquier defecto posterior sea vivido como engaño o decepción.

En este contexto reaparece su concepción de la mujer como físicamente más débil y sometida a mayores cargas corporales. Menciona menstruación, embarazo, parto y puerperio como motivos por los que el marido debe mostrar comprensión. También repite que considera menor su experiencia y fortaleza moral. Aunque estas ideas reflejan claramente la antropología patriarcal de su época, la consecuencia práctica que extrae es que el marido debe ser más tolerante y paciente, no más severo.

Vives amplía incluso la reflexión hacia una regla más general: el fuerte debe soportar al débil, el sabio al ignorante y quien posee mayor capacidad debe mostrar indulgencia hacia quien posee menos. La paciencia se convierte así en una prueba de la propia superioridad moral. Si el marido presume de prudencia, debe demostrarla precisamente soportando con moderación los defectos menores de su esposa.

La paz doméstica adquiere aquí un valor enorme. Vives considera que muchas faltas pequeñas deben simplemente ignorarse si corregirlas produciría un conflicto mayor. La convivencia entre personas siempre exige soportar defectos. De hecho, llega a decir que la familiaridad puede hacer que ciertos pequeños vicios terminen resultando incluso tolerables o simpáticos.

Pero cuando la reprensión es necesaria, debe administrarse como una medicina. La imagen es importante: una medicina puede ser amarga, pero sólo se utiliza cuando realmente hace falta. Del mismo modo, el reproche excesivo pierde eficacia. Si el marido reprende constantemente, la esposa termina acostumbrándose y la corrección deja de producir efecto. Por eso recomienda reservar las advertencias fuertes para las faltas verdaderamente importantes.

El ejemplo personal vuelve a ser fundamental. El marido pierde autoridad si reprende en su esposa los mismos vicios que él practica. Si su vida enseña el camino del vicio, no puede sorprenderse de que quienes viven con él imiten su ejemplo. Para Vives, la coherencia moral del marido es una condición previa de toda corrección legítima.

También aconseja considerar el momento y el lugar de la reprensión. No debe hacerse impulsivamente, ni delante de extraños ni siquiera necesariamente delante de familiares, porque la humillación pública puede producir heridas difíciles de reparar. La corrección debe realizarse con serenidad, de manera breve y explicando siempre su motivo.

Vives insiste especialmente en que la reprensión no debe estar dominada por la ira. El marido debe mostrar que desaprueba la falta, pero que continúa apreciando a la persona. La diferencia es importante: se corrige una conducta porque se desea el bien de la esposa, no porque se la odie.

Una vez terminada la corrección, si la esposa acepta mejorar, deben volver inmediatamente la serenidad, las palabras amables y las demostraciones habituales de cariño. Vives quiere evitar que una falta concreta se transforme en resentimiento permanente. La reconciliación forma parte de la corrección.

Hay además un pasaje interesante sobre mujeres de carácter fuerte. Vives reconoce que algunas poseen movimientos de ánimo elevados y generosos que pueden confundirse con arrogancia o obstinación. Advierte que no deben aplastarse esos rasgos, porque pueden ser precisamente la fuente de grandes virtudes. Una mujer de carácter noble puede responder mejor a una mirada, un gesto o el recuerdo de su propia dignidad que a una reprensión agresiva.

Esto conduce al punto más delicado del capítulo: la violencia física. Vives menciona la posibilidad de recurrir “a los puños o al palo”, pero inmediatamente la presenta como señal de fracaso del hogar y declara que no aconsejará al buen marido llegar a esos extremos. Si después de advertencias, reprensiones y otras medidas la esposa sigue siendo difícil, pero conserva su honestidad, Vives recomienda soportarla.

El modelo que propone entonces es Sócrates soportando a Jantipa. La paciencia del marido puede convertirse en ejercicio de virtud. También interpreta las dificultades matrimoniales desde una perspectiva providencial: una esposa difícil puede ser ocasión para ejercitar paciencia y fortaleza.

Capítulo IX: Conforme se avanza en la vida conyugal

El amor entre los esposos no debería disminuir con los años, sino crecer con la experiencia y la convivencia. La familiaridad, lejos de desgastar necesariamente el afecto, puede fortalecerlo. Para Vives, resulta casi contrario a la naturaleza humana que una persona termine sintiendo menos cariño por alguien con quien ha compartido durante largo tiempo la vida cotidiana.

Para explicar esto recurre al ejemplo de Meleagro. Aunque había rechazado las súplicas de ancianos, sacerdotes, padres, hermanos y amigos, finalmente reaccionó cuando su esposa acudió aterrorizada a pedirle ayuda. Vives interpreta este relato como prueba de que el vínculo conyugal puede llegar a sentirse como una verdadera identificación entre marido y mujer. La esposa no sería simplemente alguien cercano, sino alguien incorporado a la propia vida del esposo.

Esta misma idea aparece cuando Vives pregunta qué confianza puede inspirar un hombre que no ama a su propia esposa. Si alguien es incapaz de mantener afecto por la persona con quien comparte la relación más estrecha y prolongada, los demás podrían pensar que tampoco será estable en sus amistades. En ese sentido, la convivencia matrimonial funciona también como una prueba del carácter.

Vives reconoce que en todo matrimonio aparecen defectos. Por eso insiste en que la familiaridad y el tiempo deberían hacerlos más soportables. Nuevamente distingue entre vicios verdaderamente graves y los defectos comunes de cualquier persona. No espera perfección. Si marido y mujer pueden acostumbrarse incluso a las peculiaridades de los animales con los que conviven, con mayor razón deberían aprender a tolerar ciertas imperfecciones recíprocas.

La gran enemiga de esta adaptación no es para Vives la diferencia de carácter, sino la malicia. La costumbre puede unir temperamentos diferentes, pero cuando existe mala voluntad deliberada, la concordia se vuelve mucho más difícil. Por eso compara la malicia con una sustancia que impide que la leche cuaje: destruye aquello que normalmente permitiría consolidar la unión.

Resulta muy significativo que Vives atribuya al marido una responsabilidad especial cuando surge una discordia matrimonial. Precisamente porque lo considera más fuerte, prudente y principal dentro de la estructura doméstica, estima que sobre él pesa una mayor obligación de impedir que el conflicto llegue a la ruptura. Si no supo corregir el problema o no supo tolerarlo, su pretendida superioridad moral queda cuestionada.

También critica con mucha dureza al marido cuyo amor desaparece cuando termina la novedad sexual. Para Vives, si el afecto se enfría simplemente porque la atracción o el deseo han sido satisfechos, entonces aquello nunca fue verdadero amor, sino lujuria. El amor conyugal auténtico debe sobrevivir a la pérdida de novedad y al paso del tiempo.

A esto añade otra razón para que el amor aumente: la memoria de todo lo que la esposa ha hecho y sufrido dentro del matrimonio. Vives recuerda los embarazos, los partos, la crianza de los hijos, la renuncia a su antigua casa y la decisión de unir su fortuna a la del marido. Desde su perspectiva, todo ello debería provocar gratitud creciente. Cuanto más ha compartido una mujer la vida del marido, mayores son las razones para quererla.

Por eso el buen esposo debe mostrar cada vez más confianza y benevolencia. El amor inicial puede haber surgido espontáneamente, pero con el tiempo debería apoyarse en la experiencia concreta de las virtudes de la esposa. El matrimonio maduro se caracteriza entonces por un afecto menos dependiente de la impresión inicial y más sustentado en lo vivido en común.

Ese amor también debe extenderse hacia los familiares de la esposa. Vives considera natural que el cariño hacia ella haga que el marido trate con benevolencia a sus parientes. Del mismo modo, ella debería amar a los familiares de él. Así, el matrimonio no une solamente dos individuos, sino que puede unir también dos redes familiares.

Con mucha mayor razón, ese afecto debe extenderse a los hijos. Para Vives, el amor entre los esposos funciona como una especie de vínculo que mantiene unida a toda la familia. Los hijos comunes, y también aquellos que pudieran proceder de relaciones anteriores, deberían beneficiarse de esa concordia.

Una parte especialmente importante del capítulo aparece cuando Vives habla de las desgracias. Pobreza, enfermedad, cárcel, destierro, pérdida de bienes o deshonra pueden afectar de forma directa a uno solo de los cónyuges, pero el matrimonio convierte moralmente esos males en algo común. Si ambos forman una sola unidad, no debería ser posible que uno considere ajena la desgracia del otro.

Aquí Vives formula una idea muy fuerte de solidaridad conyugal. El marido no debe amar únicamente a la esposa mientras sea joven, hermosa, saludable o afortunada. Precisamente la enfermedad y la adversidad revelan si el amor anterior era auténtico. Si realmente la considera parte de sí mismo, deberá cuidarla cuando esté enferma con la misma diligencia con que cuidaría su propio cuerpo.

De hecho, Vives afirma que la compasión puede hacer que la esposa resulte todavía más querida cuando está enferma o golpeada por la fortuna. Esto es importante porque rompe con una idea puramente utilitaria del matrimonio: la persona no vale menos porque ya no pueda ofrecer belleza, salud, riqueza o comodidad.

El capítulo termina tratando lo que Vives considera pequeñas rivalidades femeninas: cuestiones de precedencia, tratamiento, lugares ocupados en ceremonias o paseos y otras disputas sociales. Aquí reaparecen algunos estereotipos propios de su época, pues atribuye estas preocupaciones especialmente a la debilidad del juicio femenino. El marido, según él, no debería involucrarse seriamente en esos conflictos ni convertirse en vengador de las ofensas sociales que su esposa crea haber recibido.

Su recomendación es relativizar esas cuestiones y orientar a la esposa hacia preocupaciones más importantes. Para Vives, un marido que se deja arrastrar por todas esas pequeñas rivalidades termina participando de la misma frivolidad que debería ayudar a superar.

Capítulo X: Ventajas del amor mutuo entre casados

La concordia entre marido y mujer beneficia directamente al funcionamiento del hogar. Vives compara la casa con una ciudad: así como una comunidad política se desordena cuando sus gobernantes están enfrentados, una familia difícilmente puede vivir en paz cuando los esposos mantienen una disputa permanente. La servidumbre, los hijos y quienes viven en la casa perciben inmediatamente esa tensión.

En cambio, cuando los esposos se tratan con amabilidad y paciencia, ese comportamiento se transmite al resto del hogar. El marido aprende a no reaccionar con ira frente a los errores de los servidores, y la esposa actúa de manera semejante. Como consecuencia, desaparecen o disminuyen los gritos, insultos y castigos impulsivos. Vives considera que el modo en que los esposos se tratan entre sí se convierte así en una especie de modelo para toda la organización doméstica.

Esto permite observar nuevamente una idea recurrente de la obra: el gobierno doméstico no debe fundarse principalmente en el miedo. Los servidores trabajan mejor cuando existe una relación basada en autoridad, benevolencia y estabilidad que cuando todo depende del castigo. Vives dice expresamente que el amor puede ser un estímulo más poderoso que la coerción o la esperanza de una recompensa.

También establece una relación entre el amor conyugal y la autoridad de cada uno de los esposos. El marido fortalece la autoridad de la esposa cuando la respeta y la ama, mientras que ella fortalece la autoridad del marido mediante su deferencia y cooperación. Sigue existiendo la estructura jerárquica que Vives ha defendido durante toda la obra, pero aquí queda claro que esa autoridad doméstica funciona mejor cuando los cónyuges no se desacreditan mutuamente.

La concordia también produce una determinada reputación pública. Para Vives, quien demuestra que puede mantener una casa ordenada y un matrimonio estable será considerado prudente, moderado y capaz de relacionarse correctamente con otras personas. Incluso relaciona el gobierno doméstico con la capacidad política: quien sabe gobernar su propia casa podría parecer más apto para ejercer responsabilidades públicas.

La anécdota de Gorgias sirve para ilustrar justamente lo contrario. Si alguien predica públicamente la concordia pero es incapaz de mantenerla en su propia casa, su discurso pierde credibilidad. Vives vuelve aquí a la importancia del ejemplo: no basta con enseñar principios correctos; hay que demostrar en la propia vida que pueden ponerse en práctica.

La concordia matrimonial genera además confianza social. El hombre que ama sinceramente a su esposa no despierta fácilmente la sospecha de buscar las mujeres ajenas. Vives utiliza el ejemplo de Crates e Hiparquia para mostrar cómo un matrimonio conocido públicamente por su fidelidad y afecto puede generar tanta confianza que otros abran incluso la intimidad de sus hogares.

Después vuelve al ámbito doméstico. Cuando marido y mujer están unidos, pueden colaborar eficazmente en la administración de la familia. Ninguno está distraído por resentimientos, discusiones o deseos de perjudicar al otro. La hacienda familiar recibe mayor atención y la servidumbre tiene instrucciones coherentes. En cambio, cuando los esposos están enfrentados, la propia estructura de gobierno de la casa queda dividida.

Los hijos ocupan un lugar importante en esta argumentación. Vives considera evidente que el amor mutuo de los padres fortalece también el afecto hacia los hijos. Pero añade una afirmación que responde a las concepciones fisiológicas y psicológicas de su época: cree que la armonía entre los padres puede influir incluso en el temperamento con que nacen los niños. Según él, los hijos de padres bien avenidos tenderían a ser más mansos, corteses y amables.

Desde una perspectiva actual, esa transmisión directa de los estados morales de los padres a la constitución del hijo no puede aceptarse como Vives la presenta. Sin embargo, inmediatamente formula una segunda explicación mucho más comprensible: los niños aprenden la mansedumbre y la cordialidad mediante el ejemplo cotidiano de sus padres. En este sentido, su intuición pedagógica es clara: un niño criado en un ambiente de serenidad aprende formas de convivencia distintas de aquel que crece rodeado de gritos y enfrentamientos.

Para Vives, una casa así se aproxima simbólicamente a la vida celestial. La comparación no es simplemente retórica. La armonía doméstica se convierte en una especie de escuela en la que se aprende a amar. Primero se ejercita el amor dentro de la familia y después esa disposición puede extenderse a otras personas.

Éste es probablemente el punto más importante del capítulo. Vives no considera el amor matrimonial como algo encerrado exclusivamente entre dos individuos. El matrimonio funciona como una escuela moral. Aprender a soportar, ayudar, perdonar y amar al cónyuge prepara a la persona para practicar esas mismas virtudes en relaciones más amplias.

Por eso afirma que en la propia casa “aprendemos el amor”. La experiencia conyugal puede formar el carácter y acostumbrar a los esposos a salir de sí mismos, tener en cuenta al otro y dominar las propias pasiones. El matrimonio adquiere entonces una función educativa no sólo para los hijos, sino también para los propios esposos.

Finalmente, Vives lleva esta idea hasta su dimensión religiosa. El amor entre marido y mujer puede convertirse en una preparación para el amor de Dios. La concordia proporciona serenidad interior, y esa tranquilidad facilita la oración, la contemplación y la vida religiosa. El amor conyugal aparece como una pequeña “centella” del amor celestial capaz de orientar gradualmente el alma hacia algo superior.

Esto permite entender que el amor matrimonial, para Vives, no es simplemente afecto romántico o atracción. Tiene una función moral y espiritual. Debe mejorar a quienes participan de él y enseñarles una forma más amplia de benevolencia.

Capítulo XI: De los casados sin hijos

Su primera afirmación es que los hijos dependen, en último término, de la voluntad de Dios: unas veces los concede y otras no, y también puede quitarlos después de haberlos dado. Por eso rechaza que la falta de hijos deba entenderse simplemente como azar o como una desgracia sin sentido. Dentro de su visión providencialista, incluso aquello que parece una pérdida puede responder a un bien que el ser humano no alcanza a comprender.

Vives introduce además una consideración bastante sobria sobre la paternidad. Tener hijos no es necesariamente una felicidad pura. Habla de ellos como un “dulce acíbar”, es decir, una mezcla de dulzura y amargura. Recuerda ejemplos antiguos, como el de Augusto, para mostrar que los hijos pueden proporcionar también grandes dolores, preocupaciones y decepciones. Con esto quiere relativizar la idea de que la descendencia sea siempre un bien indiscutible o que una vida sin hijos deba considerarse necesariamente desgraciada.

A partir de ahí formula una advertencia importante: nadie debe intentar obtener hijos mediante medios ilícitos o moralmente reprobables. Como el beneficio de tener descendencia es incierto y puede venir acompañado de sufrimiento, sería absurdo cometer un mal seguro para alcanzar un bien que tampoco garantiza felicidad.

El punto más significativo del capítulo aparece cuando Vives se refiere directamente a la relación entre marido y mujer. El esposo no debe tratar mal a su esposa por ser estéril. La esterilidad, dice, puede no ser culpa de ninguno de los dos. Con esta afirmación rechaza que la mujer deba ser responsabilizada automáticamente por la ausencia de hijos, algo especialmente relevante en una sociedad en la que con frecuencia la infertilidad recaía simbólicamente sobre ella.

Incluso añade que, según su concepción, las mujeres desean muchas veces tener hijos con mayor intensidad que los hombres. Por eso el marido no debería aumentar con reproches un sufrimiento que la propia esposa ya puede estar experimentando. La respuesta adecuada debe ser el consuelo.

El ejemplo bíblico que utiliza es el de Ana y Elcaná. Ana era estéril y sufría por no tener hijos, pero su marido no la culpa ni la desprecia. Le pregunta: “¿Por ventura no valgo yo para ti más que diez hijos?”. Para Vives, éste es el comportamiento que debe imitar el marido: hacerle sentir a su esposa que su valor dentro del matrimonio no depende exclusivamente de su capacidad para darle descendencia.

Esto resulta especialmente interesante si lo comparamos con los capítulos anteriores. Vives había definido la procreación como uno de los fines principales del matrimonio, pero aquí deja claro que el matrimonio no pierde necesariamente su valor cuando ese fin no puede cumplirse. La relación afectiva entre los esposos continúa teniendo valor por sí misma.

Por otra parte, cuando llegan los hijos, deben ser recibidos con alegría y gratitud, no como una posesión debida, sino como un don. Pero recibirlos no basta: surge inmediatamente la responsabilidad de darles una buena crianza. Para Vives, la verdadera utilidad de tener hijos depende de su formación moral. No se trata simplemente de perpetuar el apellido o asegurar la herencia, sino de formar personas buenas.

Capítulo XII: De la esposa de edad avanzada

Si en los capítulos anteriores justificaba una cierta autoridad del marido sobre la esposa joven, aquí sostiene que, llegada la vejez, esa subordinación debe disminuir hasta prácticamente desaparecer.

Comienza comparando a la esposa anciana con otros seres o personas que, después de largos años de servicio, reciben descanso y consideración. El caballo y el buey son liberados del trabajo; el esclavo es emancipado; el soldado veterano recibe tierras; el servidor fiel es incorporado casi como miembro de la familia. Si se hace eso con animales, esclavos, soldados o servidores, con mucha mayor razón debe tratarse con honra a la esposa que ha compartido durante décadas la vida del marido.

Pero inmediatamente Vives corrige la comparación y eleva mucho más la dignidad de la esposa: no es un animal, no es una criada, no es una jornalera. La llama expresamente “igual”, compañera dada por Dios y unida al marido por una comunidad de vida superior a cualquier otra asociación humana. Este lenguaje es especialmente importante porque contrasta con la jerarquía matrimonial que había defendido en los capítulos anteriores.

Vives llega incluso a decir que la esposa anciana “ya no sea subordinada suya, sino igual”. Su argumento es que aquello que, según su teoría, justificaba la autoridad marital —las pasiones, la inexperiencia y la inestabilidad que él atribuía especialmente a la juventud femenina— ha sido moderado por los años, la costumbre y la experiencia. Si esas causas desaparecen, también disminuye la razón para mantener el mismo grado de mando.

Por eso aconseja que el marido deje de preocuparse celosamente por conservar su autoridad. La relación debe evolucionar hacia una mayor igualdad. Utiliza el ejemplo bíblico de Abraham y Sara para sostener que incluso el marido puede llegar a obedecer el consejo de una esposa anciana y experimentada.

A partir de ahí propone una modificación concreta de la vida doméstica. La mujer de edad avanzada debe ser liberada progresivamente de los trabajos que realizaba cuando era joven. Los criados deben ayudarla y su desgaste físico debe ser tenido en cuenta. Vives aplica aquí una especie de jubilación doméstica: quien ha trabajado durante décadas por la familia merece descanso y consideración.

Al mismo tiempo, la disminución de las obligaciones físicas debe ir acompañada por un aumento de su participación intelectual. Vives recomienda al marido que consulte cada vez más a su esposa, no sólo en asuntos pequeños, sino también en los grandes. La experiencia acumulada la convierte en una consejera valiosa. La mujer que durante mucho tiempo estuvo subordinada puede convertirse ahora en una verdadera copartícipe del gobierno doméstico.

La frase “siendo señora la que tanto tiempo fue sirvienta” resume esta transformación. Aunque desde una perspectiva contemporánea sigue siendo problemática la idea de que la esposa joven haya debido comportarse como sirvienta, es notable que Vives conciba la vejez como una etapa en que la jerarquía matrimonial debe convertirse en una relación de mayor igualdad.

Incluso formula una expresión todavía más llamativa: hay que hacer que “desaparezca la distinción del sexo”. Su razonamiento es religioso. En la vida celestial no existirán las funciones sexuales propias del matrimonio terrestre, porque no habrá necesidad de reproducción. Por eso la vejez puede funcionar como una preparación para esa condición futura: marido y mujer van abandonando progresivamente las diferencias funcionales vinculadas al sexo y acercándose a una relación puramente espiritual.

Esta idea conecta con algo que Vives había repetido durante toda la obra: el amor verdadero debe estar fundado en el alma y en la virtud, no en la belleza, la sexualidad o los bienes externos. En la vejez esto se vuelve especialmente evidente. El atractivo físico disminuye, pero si el amor estaba bien fundado, no disminuye con él.

Por eso sostiene que ese amor puede sobrevivir incluso a la muerte. Si muere la esposa, el marido debe conservar una memoria dulce y agradecida de ella. El vínculo corporal termina, pero el afecto permanece porque estaba arraigado en algo más profundo que el cuerpo.

Esa memoria también debe influir en la relación con los hijos. Los hijos comunes serán todavía más queridos porque proceden de una esposa amada. Incluso si ella tuviera hijos de otro matrimonio, Vives recomienda tratarlos con afecto por ser hijos de aquella mujer que estuvo unida al marido mediante el matrimonio y el amor.

Lo mismo aplica a los familiares de la esposa. La muerte de ella no debe extinguir automáticamente el vínculo con sus parientes. Si durante su vida fueron tratados con benevolencia por amor a ella, ese afecto puede continuar después de su muerte. Vives considera que el lazo creado por el amor puede ser incluso más fuerte que el mero parentesco biológico.

Después contempla la situación contraria: que sea el marido quien muera primero. En ese caso debe dejar testimonio expreso de su agradecimiento hacia la esposa. Debe reconocer públicamente su fidelidad, su piedad, sus servicios y su dedicación. No basta con haber sentido gratitud; conviene que ella sepa antes de la muerte que su vida matrimonial fue valorada.

También debe preocuparse por su situación económica. Vives considera que el marido tiene la obligación de no dejarla desamparada. Debe proporcionarle bienes suficientes para que pueda vivir dignamente después de enviudar. La muerte del marido no debería convertir automáticamente a la esposa en pobre o dependiente de terceros.

Aquí vuelve a introducir su habitual criterio de prudencia individual. No todas las mujeres deben recibir exactamente la misma administración patrimonial. Algunas son prudentes, económicas y capaces de administrar grandes bienes; otras podrían malgastarlos. El marido, después de largos años de convivencia, debería conocer suficientemente bien el carácter de su esposa para decidir lo más adecuado.

Sin embargo, Vives introduce un límite muy claro: sea cual sea su carácter, no debe dejarla en la miseria. Incluso dice que, si hubiera que equivocarse hacia uno de los extremos, preferiría dejarla con demasiados bienes antes que con demasiado pocos. Esta afirmación refuerza la idea de que el deber de protección económica subsiste incluso después de la muerte.

Otro punto especialmente interesante es la libertad de la viuda para decidir si vuelve a casarse. Vives rechaza que el marido moribundo le imponga permanecer viuda en su memoria. Debe dejarla libre para decidir, de acuerdo con su propia conciencia, las circunstancias y el consejo de sus familiares, si le conviene contraer un nuevo matrimonio.

Este final resulta significativo porque, después de una obra construida sobre una estructura claramente patriarcal, Vives termina reconociendo un espacio importante de decisión personal para la mujer viuda. Muerto el marido, ella debe poder determinar su futuro sin quedar encadenada simbólicamente a la voluntad del difunto.

Conclusión

En Deberes del marido, Juan Luis Vives presenta el matrimonio como una comunidad de vida fundada en el amor, la virtud, la prudencia y la ayuda mutua, aunque dentro de una estructura claramente patriarcal en la que el marido conserva la autoridad principal. A lo largo de la obra, sin embargo, esa autoridad aparece limitada por fuertes deberes de fidelidad, ejemplo moral, protección, paciencia, educación y respeto hacia la esposa. Vives rechaza el matrimonio basado únicamente en la belleza, el dinero o el deseo, y propone en cambio una unión que debe fortalecerse con los años hasta transformarse en una relación de confianza, consejo y afecto cada vez más profundo. Su obra refleja muchas de las desigualdades propias del siglo XVI, pero también contiene una defensa significativa de la educación femenina, de la reciprocidad conyugal y de la idea de que el verdadero matrimonio debe avanzar progresivamente hacia una comunidad espiritual cada vez más estrecha.

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