viernes, 14 de agosto de 2026

Luis de Molina - Vida y obra (1535 - 1600)

Luis de Molina (1535-1600), jesuita español y gran figura de la Escuela de Salamanca, buscó armonizar la libertad humana con la gracia divina y la omnisciencia de Dios. En su célebre Concordia formuló la doctrina de la scientia media, una audaz síntesis entre teología y libertad que desató la famosa controversia de auxiliis. A la vez, en su De iustitia et iure sentó bases del derecho y la economía modernos, defendiendo el valor del trabajo, el precio justo y la dignidad del individuo. Su pensamiento representa el esfuerzo más lúcido del Siglo de Oro por unir fe, razón y justicia.


LUIS DE MOLINA

Padres

Los datos sobre los padres de Luis de Molina no son del todo consistentes en las fuentes, lo que sugiere cierto grado de incertidumbre historiográfica. Algunas fuentes afirman que fue hijo de Diego Orejón y Muela y Ana García de Molina.

Nacimiento

Luis de Molina nació en Cuenca, en la Corona de Castilla, en septiembre de 1535. La fecha que tradicionalmente se señala es el 29 de septiembre de 1535, aunque algunas fuentes biográficas se limitan a indicar septiembre, por lo que, si quieres máxima rigurosidad en el video, conviene advertir esa diferencia.

Cuenca era entonces una ciudad castellana relativamente próspera, especialmente vinculada a la producción textil y al comercio de la lana. No estamos hablando, por tanto, de que Molina naciera en uno de los grandes centros universitarios como Salamanca, sino en una ciudad castellana importante desde la cual posteriormente tendría que desplazarse para desarrollar su formación.

Hay además una coincidencia histórica interesante: Molina nace en 1535, apenas cinco años antes de que el papa Paulo III aprobara oficialmente la Compañía de Jesús (1540). Aquella orden, todavía inexistente oficialmente cuando Molina nació, terminaría determinando prácticamente toda su vida intelectual.

Estudios y La Compañía de Jesús

Molina no terminó convirtiéndose simplemente en jurista salmantino. Después de un período de estudios jurídicos, se trasladó a Alcalá de Henares.

Y allí tomó una decisión que determinaría todo lo que vendría después: en 1553, con unos 18 años, ingresó en la Compañía de Jesús. Esto significa que estamos ante un joven que había comenzado formándose en derecho y que abandona ese camino para incorporarse a una orden religiosa que apenas tenía trece años de reconocimiento pontificio.

En 1554 ocurre un momento importante en la formación de Luis de Molina: la Compañía de Jesús lo envía a Portugal, poco después de su ingreso en la orden.

Molina había ingresado en la Compañía de Jesús en Alcalá de Henares en 1553, con unos 18 años. Al año siguiente, 1554, es destinado a Coímbra, uno de los grandes centros intelectuales portugueses.

Portugal tenía una relación especialmente estrecha con los primeros jesuitas. La Compañía había desarrollado allí rápidamente una importante red educativa.

Molina fue enviado inicialmente al Colegio de Jesús de Coímbra, donde continuaría su formación. Sin embargo, hay que distinguir esta etapa de la posterior, porque su trayectoria portuguesa comprende Coímbra y Évora, y las biografías a veces resumen esos desplazamientos de manera diferente.

Durante estos años comienza su formación sistemática en filosofía escolástica, particularmente dentro de la tradición aristotélica.

Y Portugal terminará siendo muchísimo más que una breve etapa estudiantil para Molina: pasará allí gran parte de su vida académica.

Para 1555, Molina tiene unos 19-20 añosEse año el rey Juan III de Portugal entregó a la Compañía de Jesús la dirección del prestigioso Colégio das Artes de Coímbra. Los jesuitas pasan así a controlar una institución fundamental para la enseñanza filosófica portuguesa.

Molina se encuentra, por tanto, prácticamente en el lugar y momento exactos en que se está construyendo uno de los grandes centros de filosofía jesuita del siglo XVI.

Su enseñanza seguía fundamentalmente el modelo aristotélico-escolástico. Esto implicaba estudiar lógica y filosofía natural antes de avanzar hacia cuestiones más complejas de metafísica y filosofía moral. Para comprender al Molina posterior, estos años son importantes: muchas de sus discusiones sobre causalidad, contingencia, conocimiento y libertad utilizarán categorías procedentes precisamente de esta tradición aristotélica.

Pero 1556 es importantísimo por el contexto jesuita. Ese año, el 31 de julio de 1556, muere Ignacio de Loyola, fundador y primer superior general de la Compañía de Jesús. Molina era todavía un joven jesuita en formación cuando murió Ignacio. Es decir, había ingresado en una orden extraordinariamente joven y alcanzó incluso a vivir durante los últimos años de vida de su fundador.

Después de la muerte de Ignacio, la Compañía continuó expandiendo rápidamente su red educativa europea. Para Molina esto resulta particularmente relevante, porque su carrera estará profundamente ligada a ese proyecto: primero será estudiante y posteriormente se convertirá él mismo en profesor de filosofía y teología.

En 1558, Molina comienza inmediatamente sus estudios de Teología. Este paso es fundamental: hasta entonces se había formado principalmente en la tradición aristotélica; ahora comienza a estudiar sistemáticamente las grandes cuestiones de la teología escolástica, especialmente a través de Tomás de Aquino. En Coímbra probablemente tuvo como profesor universitario al dominico Martín de Ledesma, además de recibir enseñanza complementaria dentro del colegio jesuita de Jorge Serrão y, posteriormente, de Marco Jorge.

Empieza a enfrentarse directamente con problemas que posteriormente serán centrales en su pensamiento: la gracia divina, la providencia, la predestinación, el conocimiento de Dios y el libre albedrío humano. Todavía no podemos hablar de una doctrina molinista propiamente tal ni de la scientia media ya desarrollada, pero comienza la etapa teológica de la cual surgirá posteriormente ese pensamiento.

El 20 de septiembre de 1558, el papa Paulo IV expide la bula que permite la creación de la Universidad de Évora, promovida por el cardenal Enrique de Portugal y estrechamente vinculada a los jesuitas. La universidad comenzará efectivamente sus actividades al año siguiente.

Esto terminará siendo importantísimo para Molina, porque Évora se convertirá posteriormente en uno de los grandes escenarios de su vida académica.

Sacerdote

En 1564, Luis de Molina tiene 28 años y se encuentra todavía en Portugal. Este es un año importante porque estamos ya en la fase final de su formación teológica y comienza la transición hacia su carrera académica.

Un acontecimiento fundamental de esta etapa es su ordenación sacerdotal. Las biografías suelen situarla alrededor de 1564, aunque las fuentes no siempre coinciden en el año exacto. Por eso, para un relato biográfico riguroso, yo diría que Molina fue ordenado sacerdote hacia 1564, evitando presentar una fecha concreta como absolutamente segura.

Molina comienza a vincularse más directamente con la enseñanza de filosofía, particularmente con el estudio sistemático de Aristóteles. Esto es importante porque la enseñanza universitaria escolástica obligaba al profesor no solo a explicar las autoridades, sino también a enfrentarse a problemas mediante quaestiones: se planteaba una cuestión, se presentaban argumentos contrapuestos y finalmente se defendía una solución.

Precisamente en torno a 1565-1566 se sitúa el paso decisivo hacia Évora. La Universidad de Évora era muy reciente —había comenzado sus actividades en 1559— y estaba estrechamente vinculada a la Compañía de Jesús. Molina terminará enseñando allí Filosofía, iniciando la carrera académica que posteriormente lo llevará a ocupar una cátedra de Teología.

De hecho, su experiencia docente produjo un tratado completo de Artes, que posteriormente Molina quiso incorporar al gran proyecto filosófico de los jesuitas de Coímbra, el futuro Cursus Conimbricensis. Ese proyecto no llegó a concretarse para los escritos de Molina y su tratado permaneció inédito. 

Investigaciones recientes de la Universidad de Oporto han estudiado manuscritos de las escuelas jesuitas de Coímbra y Évora porque existen indicios de que, entre 1555 y 1566, ya circulaban ideas sobre una forma intermedia del conocimiento divino. Existe incluso una discusión historiográfica sobre cuánto corresponde a Molina y cuánto a Pedro da Fonseca, estudioso erudito de Aristóteles, en el desarrollo temprano de esta idea.

Después de terminar este ciclo docente en filosofía, Molina se concentra nuevamente en la Teología. Este paso es importante porque su carrera se irá desplazando progresivamente desde la filosofía hacia los grandes problemas teológicos que posteriormente lo harán famoso. La filosofía aristotélica seguirá proporcionándole buena parte de su vocabulario conceptual, pero ahora cuestiones como la gracia, la providencia, la predestinación, el conocimiento divino y el libre albedrío adquirirán cada vez mayor importancia.

A Évora

En 1568, Luis de Molina dejó Coímbra y, por disposición de sus superiores de la Compañía de Jesús, se trasladó a Évora, ciudad que ya conocía por su formación anterior. Llegaba ahora en una condición muy distinta: después de haber completado un ciclo como profesor de Filosofía en Coímbra, fue destinado a la Universidad de Évora para dedicarse a la enseñanza de la Teología. En el otoño de ese año asumió la cátedra de Vísperas, desde la cual comenzó a comentar y enseñar sistemáticamente la teología de Tomás de Aquino.

La cátedra de Vísperas era una de las principales cátedras universitarias de Teología en las universidades ibéricas de la época. Su nombre no se refiere a una materia llamada «Vísperas», sino fundamentalmente al horario en que se impartían las lecciones, por la tarde, próximas a la hora litúrgica de vísperas.

Existía una jerarquía entre las cátedras. La más prestigiosa normalmente era la cátedra de Prima, llamada así porque sus lecciones se impartían por la mañana, asociadas originalmente con la hora canónica de prima. La cátedra de Vísperas ocupaba generalmente un lugar inmediatamente inferior, pero seguía siendo una posición académica de gran importancia. Por tanto, que Molina asumiera Vísperas significaba que ya estaba entrando seriamente en la carrera universitaria teológica.

En el caso de Molina, la cátedra implicaba enseñar y comentar sistemáticamente la Summa Theologiae de Tomás de Aquino. No era simplemente una exposición del texto: el profesor planteaba cuestiones, examinaba argumentos contrapuestos, presentaba objeciones y desarrollaba soluciones siguiendo el método escolástico.

Después de varios años dedicado a la enseñanza de la teología, obtiene el grado de doctor en Teología por la Universidad de Évora. Molina tenía entonces unos 35 años y llevaba ya cerca de dos décadas dentro de la Compañía de Jesús.

El doctorado tenía una importancia considerable. No era simplemente un título que certificara sus estudios: significaba que Molina había alcanzado el grado académico superior dentro de la disciplina y podía ocupar las posiciones más prestigiosas de la enseñanza teológica universitaria. Su trayectoria desde sus primeros estudios jurídicos en Salamanca, pasando por la filosofía y la teología en Portugal, culminaba así con su reconocimiento formal como doctor en Teología.

Después de obtener el doctorado se produce además un importante ascenso académico. Molina pasa a ocupar la cátedra de Prima de Teología de la Universidad de Évora. Como vimos anteriormente, la cátedra de Prima era superior en prestigio a la de Vísperas y constituía la principal cátedra teológica de la universidad. Sus clases se impartían por la mañana, de donde procedía tradicionalmente su nombre.

Este ascenso resulta especialmente importante para el desarrollo de su pensamiento. Como catedrático de Prima, Molina debía enfrentarse sistemáticamente a las cuestiones más complejas de la teología escolástica y comentar a Tomás de Aquino. Las relaciones entre gracia, libre albedrío, providencia, predestinación y conocimiento divino pasan a ocupar un lugar fundamental dentro de su actividad intelectual.

Crisis de la sucesión portuguesa

En 1580, Luis de Molina continúa en Évora. Sin embargo, este año es especialmente interesante porque el mundo político que rodeaba a Molina cambió radicalmente: se produjo la crisis sucesoria portuguesa que terminaría incorporando Portugal a la Monarquía Hispánica.

El problema había comenzado con la muerte del joven rey Sebastián I de Portugal en la batalla de Alcazarquivir en 1578. Como Sebastián murió sin descendencia, fue sucedido por su tío, el anciano cardenal Enrique, que tampoco tenía herederos. Cuando Enrique murió el 31 de enero de 1580, se abrió una grave crisis para determinar quién debía ocupar el trono portugués.

Uno de los principales pretendientes era Felipe II de España, que podía reclamar derechos sucesorios por ser hijo de Isabel de Portugal. Frente a él apareció, entre otros candidatos, Antonio, prior de Crato. El conflicto terminó inclinándose militarmente hacia Felipe después de la batalla de Alcántara, el 25 de agosto de 1580, en la que las fuerzas dirigidas por el duque de Alba derrotaron a las de Antonio.

Esto afectaba directamente al entorno en que vivía Molina. Desde hacía más de veinte años residía en Portugal y buena parte de su formación y carrera académica se había desarrollado allí. Ahora Portugal pasaba a compartir monarca con los demás dominios de Felipe II, dando comienzo al período conocido como Unión Ibérica (1580–1640).

Felipe II de España fue reconocido como Felipe I de Portugal en las Cortes de Tomar de 1581. Portugal mantuvo formalmente sus propias leyes, instituciones y administración, pero pasó a compartir monarca con la Monarquía Hispánica. Molina, que era castellano de nacimiento pero llevaba gran parte de su vida en Portugal, se encontraba así en una situación curiosa: los dos espacios fundamentales de su vida quedaban ahora bajo el mismo soberano.

Etapa de escritura

En 1583 ocurre un cambio bastante importante en la vida de Luis de Molina. Tenía 47 años y llevaba unos quince años enseñando Teología en la Universidad de Évora. Este año termina, en la práctica, su larga carrera docente regular en la universidad. Las fuentes señalan que fue eximido de sus obligaciones docentes por razones de salud.

Esto es importante porque Molina llevaba tiempo queriendo disponer de mayor libertad para dedicarse a escribir. De hecho, una biografía antigua señala que hacia 1582 ya tenía preparados cinco gruesos volúmenes de su trabajo sobre De iustitia et iure. Durante el curso iniciado en el otoño de 1583, tras enfermar, queda liberado de las clases y puede concentrarse fundamentalmente en la preparación de sus obras para la imprenta.

Cartas de Luis de Molina a Claudio Acquaviva

Acquaviva era desde 1581 el Prepósito General de la Compañía de Jesús, es decir, la máxima autoridad de la orden. Se conserva un conjunto de 17 cartas de Molina a Acquaviva entre 1581 y 1595; para 1584 están documentadas dos, fechadas el 22 de marzo y el 21 de abril.

Estas cartas muestran que Molina estaba muy preocupado por el destino de sus escritos. Llevaba años acumulando materiales procedentes de sus clases y quería convertirlos en grandes obras publicables. De hecho, en la extensa carta del 29 de agosto de 1582 explica al general sus ambiciosos proyectos literarios y llega a expresar el deseo de disponer de muchos años más para ordenar y perfeccionar sus manuscritos

Molina tenía conflictos dentro del propio ambiente jesuita. Quería que se utilizara para el proyecto filosófico de la Compañía el curso de Artes que él había elaborado durante sus años como profesor en Coímbra. Molina defendía la calidad de aquellos materiales y sostenía que sus explicaciones superaban buena parte de lo que hasta entonces se había impreso o dictado sobre filosofía.

Esto lo puso en una situación delicada respecto del proyecto que posteriormente desembocaría en los Conimbricenses. Molina consideraba que ya había realizado un trabajo suficientemente bueno y no veía sentido en encargar nuevamente la tarea a otros. 

En una carta del 21 de abril, le hacían una crítica bastante concreta: el latín de Luis de Molina era considerado poco elegante y necesitaba corrección antes de que sus escritos pudieran publicarse. No se cuestionaba que Molina supiera latín —evidentemente lo dominaba y escribía obras académicas enteras en esa lengua—, sino la calidad estilística de su latín.

En el contexto de sus escritos filosóficos, Molina recibió observaciones sobre el estilo y la expresión. Esto le molestaba porque él consideraba que el verdadero valor de su trabajo estaba en el contenido filosófico y en la claridad y profundidad de sus explicaciones, mientras que algunos de sus compañeros jesuitas insistían en que el texto debía mejorar también desde el punto de vista lingüístico.

La cuestión tiene que entenderse además dentro del humanismo renacentista del siglo XVI. Ya no bastaba necesariamente con utilizar el latín técnico de la escolástica medieval. Existía una creciente preocupación por escribir un latín más cuidado, elegante y próximo a los modelos clásicos. Un teólogo podía presentar argumentos extraordinariamente sofisticados y, aun así, ser criticado porque su latinidad resultara pesada, escolástica o poco pulida. 

Confección de las obras

Disponía de más tiempo para revisar, organizar y preparar para la publicación los materiales que había elaborado durante sus muchos años como profesor de filosofía y teología.

Una de sus principales preocupaciones seguía siendo conseguir que sus escritos fueran aprobados dentro de la Compañía de Jesús. Como jesuita, Molina no podía simplemente entregar un manuscrito a un impresor por iniciativa propia: sus obras tenían que someterse al examen de sus superiores y censores.

En 1586, Molina se trasladó de Évora a Lisboa, donde podía ocuparse más directamente de las gestiones necesarias para conseguir la aprobación y publicación de sus escritos. El traslado a Lisboa tenía una finalidad fundamentalmente editorial e institucional. Molina llevaba años trabajando con los materiales acumulados durante su carrera docente, pero, como jesuita, necesitaba que sus escritos fueran examinados y autorizados por la Compañía de Jesús antes de publicarlos. Lisboa ofrecía mejores condiciones para gestionar estas revisiones y tratar con quienes participarían en el proceso de impresión.

Para entonces, uno de los proyectos que Molina quería llevar a la imprenta era precisamente el que terminaría convirtiéndose en la Concordia liberi arbitrii cum gratiae donis. Su preocupación central era ya claramente la relación entre libre albedrío y gracia divina: ¿cómo puede Dios conocer y gobernar nuestras acciones sin destruir la libertad con la que las realizamos?

Sin embargo, hubo un problema especialmente importante con una de sus obras, el comentario a la Prima Pars de Tomás de Aquino. Su origen estaba en las lecciones que Molina había impartido en Évora entre 1570 y 1573. Después de abandonar la docencia regular, Molina retomó esos materiales y, aproximadamente entre 1583 y 1585, los revisó, corrigió y preparó como una obra destinada a la publicación.

El manuscrito fue examinado en Portugal por jesuitas entre los que estaban Jorge Serrão, Fernando Pérez y António Carvalho; otras reconstrucciones incluyen también a Luís de Cerqueira en la comisión que intervino en el proceso. 

Los censores no rechazaron simplemente el libro. Lo examinaron durante mucho tiempo y pidieron a Molina aclaraciones y modificaciones. Algunas eran estilísticas —aquí entra la cuestión que comentábamos sobre su latín—, pero otras eran mucho más importantes porque afectaban a cuestiones doctrinalesEl problema estaba especialmente en ciertas controversias que Molina había incorporado dentro de su comentario a la Prima Pars. Al comentar cuestiones relacionadas con el conocimiento de Dios, había desarrollado largas discusiones sobre libre albedrío, concurso divino, capacidades naturales de la voluntad, gracia, providencia y predestinación. Los censores consideraron problemática, entre otras cosas, la concentración de tantas controversias alrededor de determinados artículos de la Summa.

Pero aquellas controversias estaban creciendo tanto y contenían posiciones suficientemente originales como para que los censores comenzaran a preguntarse si debían permanecer dentro del comentario.

Y Molina inicialmente se resistió a desmembrarlas. Para él no eran añadidos accidentales: formaban una argumentación unitaria. Además, la censura portuguesa avanzaba lentamente y algunas cuestiones terminaron siendo examinadas también en Roma

Esto produjo una situación bastante paradójica. La primera obra que Molina quería publicar no consiguió salir inmediatamente a la imprenta. Los Commentaria que había enviado a censura en 1585 no aparecerían publicados hasta 1592, en Cuenca.

Pero precisamente ese fracaso inicial provocó algo muchísimo más importante.

En junio de 1587, después de casi dos años de dificultades con los censores, Molina escribió al general de los jesuitas, Claudio Acquaviva, proponiendo sacar del gran comentario las controversias relacionadas con libertad, gracia, presciencia, providencia, predestinación y reprobación y reunirlas en un libro independiente. Acquaviva terminó permitiéndoselo. 

Ese nuevo libro sería la: Concordia liberi arbitrii cum gratiae donis divina praescientia, providentia, praedestinatione et reprobatione. Fue impresa por António Ribeiro, impresor real, y la primera edición tenía más de quinientas páginas.

Antes de llegar a la imprenta, Molina tuvo que superar el proceso de aprobación que veníamos siguiendo. Después de obtener la autorización del general de los jesuitas, Claudio Acquaviva, presentó la Concordia ante la Inquisición portuguesa. El examen fue confiado al dominico Bartolomé Ferreira, quien consideró que la obra era conforme con la fe católica y útil para la Iglesia. Finalmente, el 21 de junio de 1588 recibió autorización para publicarla.

El título completo es muy revelador porque explica exactamente qué pretendía hacer Molina: lograr una «concordia» entre el libre albedrío y los dones de la gracia, pero también con la presciencia, providencia, predestinación y reprobación divinas. Incluso el título indica que estas discusiones habían surgido a propósito de determinados artículos de la Prima Pars de Tomás de Aquino.

El problema central era formidable. Molina quería sostener simultáneamente que Dios conoce infaliblemente lo que sucederá, gobierna providencialmente el mundo y concede su gracia, pero que el ser humano conserva una verdadera libertad. Para explicarlo desarrolla la doctrina que terminará identificándose especialmente con él: la ciencia media, mediante la cual Dios conoce qué haría libremente cada criatura en cualquier conjunto posible de circunstancias.

Lo interesante es que la publicación de la Concordia no puso fin al problema; lo convirtió en una controversia enorme. Las posiciones de Molina suscitaron fuertes objeciones entre teólogos dominicos, especialmente porque consideraban que su explicación de la gracia y de la libertad podía disminuir la eficacia de la causalidad divina. En ese contexto cobrará una importancia enorme Domingo Báñez, que defendía una interpretación distinta de la relación entre la gracia divina y la voluntad humana. 

Controversias

A comienzos de enero de 1589, Molina intentó presentar personalmente uno de los primeros ejemplares al cardenal archiduque Alberto de Austria, que era virrey e inquisidor general de Portugal. Molina esperaba probablemente una buena recepción, porque la obra ya había pasado por la censura portuguesa. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario: Alberto había sido advertido de que algunas doctrinas de la Concordia podían coincidir con proposiciones que habían sido censuradas anteriormente por la Inquisición castellana. En consecuencia, ordenó que se suspendiera provisionalmente la venta y distribución del libro.

El asunto era bastante serio. Las sospechas se relacionaban con dieciséis proposiciones que habían sido censuradas en Castilla en el contexto de controversias anteriores sobre la gracia y el libre albedrío. Se encargó entonces un nuevo examen de la Concordia. En marzo de 1589, Molina recibió censuras que sostenían que algunas de sus posiciones coincidían con aquellas proposiciones condenadas; además, se formularon 17 observaciones adicionales contra su doctrina.

Molina reaccionó defendiendo enérgicamente su libro. Su argumento fundamental era que él no sostenía las proposiciones condenadas en el sentido que se le atribuía. Preparó una respuesta detallada explicando sus posiciones y dirigió también una defensa al propio archiduque Alberto. Esto es importante porque Molina no modifica simplemente su doctrina para terminar con el problema: intenta demostrar que sus afirmaciones son compatibles con la doctrina católica y que sus adversarios están interpretando incorrectamente sus palabras.

Finalmente consiguió imponerse en esta primera batalla. Después de varios meses de examen, en julio de 1589 Alberto permitió que la Concordia pudiera circular. Molina incorporó además una defensa de sus posiciones mediante el Appendix ad Concordiam, publicado en Lisboa ese mismo año, en el que respondía a tres objeciones y diecisiete observaciones formuladas contra su obra.

Pero solucionar el problema portugués produjo prácticamente el comienzo de otro mucho mayor. La Concordia comenzó ahora realmente a circular, y los teólogos dominicos españoles reaccionaron contra ella. Entre quienes se convertirán en sus adversarios más importantes estará Domingo Báñez, profesor de Salamanca. 

Controversia De Auxilis

La controversia De auxiliis fue una de las grandes disputas teológicas de finales del siglo XVI y comienzos del XVII. Enfrentó principalmente a jesuitas, asociados a las posiciones de Luis de Molina, y dominicos, asociados especialmente a Domingo Báñez. El nombre procede del latín de auxiliis divinae gratiae, es decir, «sobre los auxilios de la gracia divina».

Báñez nació en 1528 y entró en la Orden de Predicadores, los dominicos, en 1547. Estudió y enseñó en distintos centros —Salamanca, Ávila, Alcalá y Valladolid— hasta desarrollar la parte más importante de su carrera en la Universidad de Salamanca, donde enseñó desde 1577 y llegó a ocupar la prestigiosa cátedra de Prima de Teología.

Intelectualmente, Báñez pertenece a la tradición de Tomás de Aquino. De hecho, fue uno de los grandes comentaristas de la Summa Theologiae de finales del siglo XVI. Su propósito era defender lo que consideraba la auténtica doctrina tomista sobre Dios como causa primera, la providencia, la predestinación, la gracia y la libertad humana.

Hay además un aspecto biográfico bastante famoso: Báñez estuvo estrechamente relacionado con Teresa de Ávila, de quien fue confesor y consejero. Por tanto, cuando aparece la Concordia de Molina, Báñez ya era una figura de considerable prestigio dentro de la teología española.

¿Qué era lo que Bañez criticaba a molina?  

Para Molina, Dios concede su gracia, pero esta no determina necesariamente la decisión. La voluntad humana conserva auténtica libertad para cooperar o no cooperar con ella. Dios sabe mediante su ciencia media cómo respondería libremente cada persona en determinadas circunstancias.

Báñez veía aquí un problema muy serio. A su juicio, si finalmente es la decisión humana la que explica por qué una gracia produce efectivamente su resultado en una persona y no en otra, entonces parece que la eficacia última de la gracia depende de la criatura y no suficientemente de Dios. Esta fue una de las críticas fundamentales dirigidas contra Molina: la eficacia de la gracia quedaría, desde la perspectiva dominica, demasiado condicionada por el libre albedrío humano.

Báñez defendía, en cambio, la prioridad de la causalidad divina. Dios no se limita a ofrecer una posibilidad y esperar qué hará el hombre. Dios, como causa primera, mueve eficazmente a la criatura para que realice el acto. La tradición posterior asociará especialmente esta explicación con la denominada premoción física.

Pero aquí aparece inmediatamente la objeción de Molina:

«Entonces, ¿dónde queda la libertad?»

Y Báñez responde que la moción divina no destruye la libertad, porque Dios mueve cada causa conforme a su naturaleza. Si mueve una causa necesaria, esta actúa necesariamente; pero si mueve una voluntad racional, esta actúa libremente. Para Báñez, que Dios cause eficazmente una decisión no significa que el hombre la realice contra su voluntad.

Dios puede disponer esas circunstancias porque, mediante la ciencia media, sabe lo que Pedro hará. Pero la decisión sigue procediendo libremente de Pedro.

Báñez considera que esto invierte el orden correcto. Para él, Dios debe conservar la prioridad causal. Si Pedro realiza finalmente el acto bueno, no puede ser simplemente porque Dios previó cómo utilizaría Pedro una gracia que podía quedar igualmente ineficaz. La gracia eficaz debe producir eficazmente el acto, aunque lo produzca de manera compatible con la libertad de Pedro

Peligros 

Precisamente en 1590 ocurrió algo especialmente peligroso para la Concordia. La Inquisición española estaba preparando un nuevo Índice de libros prohibidos, y entre los teólogos encargados de colaborar en ese trabajo se encontraban Domingo Báñez, dominico y futuro gran adversario intelectual de Molina, y el mercedario Francisco Zumel. Ambos intentaron que la Concordia fuese incluida en el Índice de libros prohibidos, pero no lo consiguieron.

Esto nos muestra que la disputa ya había dejado de ser una simple discusión académica. Si la propuesta de Báñez y Zumel hubiese prosperado, Molina no habría tenido simplemente que responder a otro teólogo: su principal obra habría quedado oficialmente censurada por la Inquisición española. La controversia estaba empezando a involucrar a las instituciones encargadas de determinar los límites de la ortodoxia católica.

El problema doctrinal seguía siendo fundamentalmente el mismo. Los adversarios dominicos consideraban que Molina había llevado demasiado lejos la defensa del libre albedrío y que su explicación podía disminuir la eficacia de la gracia y de la causalidad divina. Molina, en cambio, sostenía que precisamente su sistema permitía afirmar simultáneamente la providencia de Dios y la verdadera libertad del hombre. La scientia media constituía una pieza fundamental de esa solución. La controversia crecería hasta convertirse en una disputa particularmente intensa entre dominicos y jesuitas.

Después de haber pasado más de tres décadas en Portugal, abandona Lisboa y regresa a España, instalándose en su ciudad natal, Cuenca. Tenía 55 años. Las fuentes sitúan con seguridad su regreso durante ese año; sabemos que antes del 1 de abril de 1591 todavía había estado vinculado a la casa jesuita de São Roque de Lisboa.

Su regreso no significó una retirada intelectual. Molina se instaló en Cuenca fundamentalmente para trabajar en sus manuscritos y preparar nuevas publicaciones. Ya había publicado la Concordia en 1588 y su Appendix en 1589, pero todavía tenía una enorme cantidad de materiales procedentes de sus años de enseñanza en Évora. Entre sus principales proyectos estaban sus Commentaria in Primam Divi Thomae Partem y la monumental obra jurídica y moral que terminaría convirtiéndose en De iustitia et iure.

En 1592, Molina finalmente podía publicar el proyecto original. Los Commentaria estaban divididos en dos tomos y constituían una obra enorme: el ejemplar conservado por la Universidad Complutense contiene alrededor de 2.100 columnas de texto, además de índices y materiales adicionales. 

Molina no eliminó de su comentario las ideas fundamentales que había defendido en la Concordia. Por el contrario, incorporó buena parte de aquellas discusiones dentro del comentario a Tomás. Por eso los Commentaria de 1592 son también importantes para estudiar su pensamiento sobre libre albedrío, gracia, providencia, predestinación y conocimiento divino

Habían pasado casi cuarenta años desde que aquel joven castellano había abandonado España para formarse con los jesuitas en Portugal. Ahora regresaba convertido en un teólogo reconocido y, al mismo tiempo, profundamente controvertido por las ideas que había defendido en la Concordia. Pero Molina no se detuvo en la polémica sobre la gracia y el libre albedrío. Ese año comenzó a publicar otra obra monumental: De iustitia et iure, Sobre la justicia y el derecho.

Pero, mientras Molina trabajaba sobre justicia y derecho, la polémica provocada por la Concordia estaba lejos de desaparecer. Por el contrario, durante estos años la discusión entre jesuitas y dominicos sobre la gracia y el libre albedrío se estaba haciendo cada vez más intensa.

Molina y sus partidarios consideraban que algunos dominicos estaban presentando su doctrina de una manera injusta, acusándola de aproximarse al pelagianismo, es decir, de conceder demasiado poder a la voluntad humana frente a la gracia de Dios. Al mismo tiempo, desde el lado jesuita comenzó a formularse la acusación contraria: la explicación dominica de la acción divina parecía conceder a Dios una influencia tan determinante sobre la voluntad que podía poner en peligro la auténtica libertad humana.

En este contexto, la controversia dejó progresivamente de ser una simple discusión entre profesores. Molina recurrió a la Inquisición española contra determinadas proposiciones defendidas por Domingo Báñez y otros dominicos, mientras desde el lado contrario también se denunciaban las doctrinas molinistas. La cuestión fundamental seguía siendo la misma: ¿cómo puede la gracia de Dios producir eficazmente una acción sin convertir al ser humano en un agente determinado?

En 1595, los dominicos decidieron organizar una respuesta sistemática contra las doctrinas de Molina. El personaje fundamental fue Domingo Báñez, junto con otros teólogos de su orden. El resultado fue la Apologia fratrum Praedicatorum, presentada en noviembre de 1595. En ella los dominicos defendían su explicación de la eficacia de la gracia y respondían directamente a las posiciones que Molina había desarrollado en la Concordia.

El papa Clemente VIII, preocupado por la gravedad alcanzada por la controversia, ordenó que la documentación del proceso fuese enviada a Roma para que la Santa Sede pudiera estudiar directamente el asunto.

Esto cambia completamente la dimensión del conflicto. Hasta entonces la polémica se había desarrollado principalmente en España y Portugal, entre universidades, órdenes religiosas y la Inquisición. Desde ahora la pregunta sobre si Molina estaba en lo correcto comenzaba a llegar directamente hasta el papado.

En Cuenca apareció el segundo tomo de De iustitia et iure, titulado específicamente De contractibus, es decir, «Sobre los contratos». Fue impreso por Miguel Serrano de Vargas. Es una obra enorme, de más de dos mil columnas, dedicada a estudiar jurídicamente y moralmente los intercambios entre las personas.

Aquí encontramos al Molina que más tarde interesará a los historiadores del pensamiento económico. Analiza cuestiones como compraventa, precio, contratos, préstamos, cambios monetarios y otras formas de intercambio. Su pregunta de fondo es cuándo un intercambio entre dos personas puede considerarse justo. Esto conecta perfectamente con su preocupación general por la libertad: las personas pueden contratar libremente, pero esa libertad debe desenvolverse dentro de las exigencias de la justicia conmutativa.

Mientras Molina publicaba sobre contratos en Cuenca, su otro gran problema estaba llegando a Roma. Clemente VIII había pedido el año anterior que se enviara a Roma la documentación producida en España sobre la disputa entre jesuitas y dominicos. Durante 1597 el asunto comenzó a ser examinado directamente bajo autoridad pontificia. En noviembre se constituyó una comisión romana para estudiar cuidadosamente la Concordia y las acusaciones formuladas contra ella.

Esto significa que la situación de Molina se había vuelto bastante delicada. Ya no se discutía simplemente si Báñez tenía mejores argumentos que Molina. Ahora existía la posibilidad real de que la Santa Sede determinara que determinadas doctrinas de la Concordia eran incompatibles con la enseñanza católica.

Los primeros resultados, de hecho, no fueron favorables a Molina. La comisión romana comenzó a considerar que algunas de sus explicaciones sobre la gracia y la libertad se apartaban de Agustín y Tomás de Aquino. Sin embargo, Clemente VIII no aceptaría precipitadamente una condena y exigirá un examen mucho más profundo de la documentación. 

El 2 de enero de 1598 comenzó a trabajar en Roma una comisión pontificia encargada por Clemente VIII de examinar la *Concordia y las doctrinas relacionadas con la gracia y el libre albedrío. Estaba presidida por los cardenales Girolamo Madruzzo y Pompeo Arrigoni y reunió a distintos teólogos para estudiar cuidadosamente las posiciones de Molina.

Pero aquí ocurrió algo que probablemente salvó a Molina de una condena inmediata. Precisamente en marzo de 1598 llegaron a Roma grandes cantidades de documentación procedentes de España: escritos de dominicos, jesuitas, universidades, obispos y otros teólogos que habían estudiado anteriormente la controversia. Clemente VIII consideró que un asunto tan complejo no podía resolverse precipitadamente y se negó a aceptar inmediatamente la recomendación de la comisión. Ordenó que se volviera a examinar la cuestión teniendo en cuenta toda aquella documentación.

La comisión volvió entonces a estudiar el problema. Sin embargo, en noviembre de 1598 llegó prácticamente a la misma conclusión y volvió a recomendar la condena de Molina. Clemente VIII, nuevamente, no promulgó la condena. En lugar de cerrar la cuestión, decidió profundizar todavía más en ella y exigir que dominicos y jesuitas defendieran directamente sus respectivas posiciones. 

Muerte

En 1600, Luis de Molina tenía 64 años y entraba en el último año de su vida. Hasta entonces había permanecido en Cuenca, concentrado en la preparación de De iustitia et iure. Ese mismo año consiguió publicar allí la primera parte del tercer tomo de la obra, dedicada principalmente a los mayorazgos y los tributos (De maioratibus et tributis). La edición de 1600 está efectivamente documentada en los fondos históricos y fue impresa en Cuenca.

Pero entonces recibió una noticia que parecía abrir una última etapa en su carrera. Sus superiores de la Compañía de Jesús lo llamaron a Madrid para enseñar Teología Moral en el Colegio Imperial. Después de tantos años dedicado fundamentalmente a escribir, Molina debía volver a aquello que había ocupado buena parte de su juventud y madurez: la enseñanza.

Molina abandonó entonces Cuenca y se trasladó a Madrid. Sin embargo, su salud era ya frágil y esta nueva etapa prácticamente no llegó a comenzar. Poco después de su llegada enfermó gravemente; algunas fuentes señalan incluso que no alcanzó a tomar posesión efectiva de la cátedra.

Finalmente, Luis de Molina murió en Madrid el 12 de octubre de 1600, con 65 años recién cumplidos. Había nacido en septiembre de 1535 y moría después de una trayectoria que lo había llevado de Cuenca a Salamanca, Alcalá, Coímbra, Évora, Lisboa, nuevamente Cuenca y finalmente Madrid. 

Molina murió sin conocer el resultado de la gran controversia provocada por sus ideas. Cuando murió, Roma seguía examinando su doctrina sobre la gracia y el libre albedrío. No alcanzó a ver que, años después, la Iglesia decidiría no condenar el molinismo ni tampoco la posición dominica.

Tampoco alcanzó a ver terminada la publicación de De iustitia et iure. En vida había podido ver publicados los primeros tomos —1593, 1597 y la primera parte del tercero en 1600—, mientras que otras partes de su monumental proyecto aparecerían póstumamente

Pensamiento

La libertad humana

Para Molina, ser libre significa algo bastante fuerte. No basta con que una persona haga voluntariamente aquello que desea hacer. La voluntad debe poseer una auténtica capacidad de actuar o no actuar, y eventualmente de escoger entre alternativas. Si Pedro elige A, su decisión es verdaderamente libre porque no está determinado de tal manera que resulte metafísicamente inevitable que escoja A.

Este punto será fundamental en su enfrentamiento posterior con los dominicos. Molina teme que determinadas explicaciones de la causalidad divina hagan que las decisiones humanas sean infaliblemente determinadas por una acción previa de Dios. Aunque el individuo actúe voluntariamente, Molina considera necesario explicar en qué sentido conserva una verdadera capacidad de elección.

Los tres conocimientos de Dios

Para resolver el problema, Molina distingue conceptualmente diferentes formas del conocimiento divino. Primero está la ciencia natural. Mediante ella Dios conoce todo aquello que es posible. Dios sabe, por ejemplo, que Pedro podría aceptar una invitación y también que podría rechazarla. Conoce todas las posibilidades y todas las circunstancias posibles en las que Pedro podría encontrarse.

Pero conocer lo que Pedro puede hacer todavía no permite saber qué haría Pedro si estuviera efectivamente situado en una determinada circunstancia. Aquí aparece la gran aportación asociada con Molina: la ciencia media, o scientia media.

Mediante la ciencia media, Dios conoce qué haría libremente cada criatura en cualquier circunstancia posible. Dios sabe, por ejemplo, que si Pedro estuviera en la circunstancia X, elegiría libremente A; mientras que si estuviera en la circunstancia Y, elegiría libremente B. Y Dios conoce esto incluso aunque Pedro nunca llegue efectivamente a encontrarse en X o en Y.

Lo fundamental es que, para Molina, el conocimiento de Dios no causa la elección. Dios no sabe que Pedro elegirá A y, debido a ese conocimiento, obliga a Pedro a elegir A. La relación conceptual es inversa: Dios sabe que Pedro elegiría A porque conoce perfectamente la decisión que Pedro tomaría libremente.

Podemos expresarlo de manera sencilla: Pedro no elige A porque Dios sabe que elegirá A; Dios sabe que Pedro elegirá A porque Pedro libremente lo elegiría.

Ciencia media y providencia

Entonces aparece la providencia. Supongamos que mediante su ciencia media Dios sabe que, si Pedro estuviera en determinadas circunstancias, libremente elegiría A. Dios puede decidir crear un mundo en el cual Pedro efectivamente se encuentre en esas circunstancias. Como Dios conoce perfectamente lo que Pedro hará libremente, sabe que Pedro elegirá A.

De esta manera, Molina considera posible que Dios gobierne providencialmente la historia sin determinar causalmente cada decisión humana. Dios conoce todas las posibilidades, conoce qué haríamos libremente en cada una de ellas y decide qué mundo y qué circunstancias crear.

Una vez que Dios decide crear este mundo concreto, podemos hablar de su ciencia libre: Dios conoce entonces todo aquello que efectivamente sucederá en el mundo que libremente ha decidido crear.

Por tanto, tenemos un orden conceptual: mediante la ciencia natural, Dios conoce lo que podría ocurrir; mediante la ciencia media, conoce qué harían libremente las criaturas en cada circunstancia posible; y mediante la ciencia libre, conoce lo que efectivamente ocurrirá como consecuencia de su decisión de crear este mundo.

La gracia

Pero la Concordia no trata simplemente de la omnisciencia. Su problema central está relacionado con la gracia divina. Molina acepta plenamente que el ser humano necesita la gracia de Dios, pero quiere explicar cómo puede recibir esa gracia sin que su voluntad quede determinada necesariamente por ella.

Dios puede saber mediante su ciencia media cómo reaccionará libremente una determinada persona ante una gracia concreta. Puede saber, por ejemplo, que si Pedro recibe determinada gracia bajo determinadas circunstancias, Pedro cooperará libremente con ella.

Esto permite a Molina afirmar simultáneamente que la gracia procede de Dios y que la respuesta humana continúa siendo libre. Precisamente aquí aparecerá la gran oposición de Domingo Báñez y los dominicos.

Del problema de Dios al problema del derecho

Pero Molina no se quedó en la teología. En su monumental De iustitia et iure trasladó buena parte de su reflexión hacia el terreno de la justicia, el derecho y las relaciones sociales.

Aquí comienza a preguntarse qué significa poseer legítimamente algo, cómo se adquiere la propiedad, cuándo un contrato obliga, cuándo un intercambio es justo, qué hace legítima la autoridad política y cuáles son los límites que deben respetarse cuando una persona ejerce poder sobre otra.

Hay una conexión profunda con su pensamiento teológico. Si los seres humanos son auténticamente libres, entonces pueden ser verdaderos autores de sus actos. Y precisamente porque son autores de sus actos pueden adquirir obligaciones, celebrar contratos, cometer injusticias y ser responsables de ellas.

Los contratos

Molina concede mucha importancia al consentimiento en las relaciones contractuales. Las personas pueden disponer de determinados bienes y establecer voluntariamente relaciones jurídicas entre ellas. Sin embargo, la mera existencia de consentimiento no convierte automáticamente cualquier intercambio en justo.

El fraude, el engaño, la coacción y otras circunstancias pueden alterar profundamente la justicia de un contrato. Por eso la libertad contractual está siempre situada dentro de un marco superior: la justicia conmutativa, que regula las relaciones entre particulares.

El precio justo

Uno de los aspectos más conocidos de su pensamiento económico es su explicación del precio justo. Molina se encuentra dentro de la tradición escolástica, pero desarrolla una comprensión bastante sofisticada de cómo se forman los precios.

El precio de una mercancía no depende simplemente de alguna cualidad física intrínseca del objeto. Puede cambiar dependiendo de circunstancias como la abundancia, la escasez, la necesidad, el número de compradores y vendedores y la estimación común.

Por ejemplo, una cantidad determinada de trigo puede tener un precio relativamente bajo después de una excelente cosecha y aumentar considerablemente después de una mala cosecha. El trigo puede ser físicamente idéntico, pero las circunstancias económicas han cambiado.

Por eso Molina concede gran importancia a la estimación común en la determinación del precio. Esto ha hecho que posteriormente sea estudiado dentro de la historia del pensamiento económico. Sin embargo, sería anacrónico convertirlo en un economista liberal moderno. Molina sigue pensando fundamentalmente como teólogo moral y jurista: su pregunta no es simplemente cómo funciona el mercado, sino cuándo un intercambio es justo.

El poder político

Su defensa de la libertad también aparece en su filosofía política. Molina sostiene que toda autoridad procede en último término de Dios, pero eso no significa que Dios entregue directamente el poder político a un monarca particular.

El poder político corresponde originariamente a la comunidad política. Es la comunidad la que puede organizarse y transferir el ejercicio de determinadas facultades a un gobernante. Esto significa que el monarca no posee simplemente a la sociedad como si fuese una propiedad privada.

El gobernante recibe autoridad para perseguir el bien común. Su poder tiene, por tanto, límites y una finalidad determinada. Molina participa aquí de una corriente característica de la segunda escolástica ibérica que encontraremos también, con diferencias importantes, en pensadores como Francisco de Vitoria y Francisco Suárez.

La esclavitud

Molina también estudió extensamente la esclavitud, y aquí encontramos una de las partes más interesantes y difíciles de su pensamiento. Debido a su larga residencia en Portugal, conoció de cerca información relacionada con el tráfico portugués de esclavos africanos e investigó las circunstancias bajo las cuales las personas eran capturadas, vendidas y transportadas.

Molina llegó a considerar que una parte importante de aquel comercio estaba marcada por injusticias gravísimas. Si una persona había sido capturada sin un título legítimo, no podía convertirse justamente en propiedad de otra simplemente porque hubiese sido comprada posteriormente.

Esto tenía consecuencias incómodas para los compradores: pagar por una persona no convertía automáticamente en legítima una esclavitud originalmente injusta.

Sin embargo, Molina no fue un abolicionista en el sentido moderno. Continuó aceptando que podían existir determinadas circunstancias en las que la esclavitud fuese jurídicamente legítima. Su crítica al comercio esclavista fue importante, pero permaneció dentro de las categorías jurídicas y teológicas de su época.

Personalidad

La personalidad de Luis de Molina es más difícil de reconstruir que su pensamiento, porque no disponemos de unas memorias personales comparables, por ejemplo, a las de Montaigne. Sin embargo, sus cartas, las disputas relacionadas con la publicación de sus obras y los testimonios de sus contemporáneos permiten reconstruir algunos rasgos bastante interesantes. Conviene distinguir siempre entre lo que está documentado y lo que podemos inferir prudentemente.

Molina parece haber sido, ante todo, un hombre de enorme confianza intelectual. Estaba convencido de la calidad de su trabajo y no tenía demasiado reparo en defenderlo ante sus superiores. Esto aparece especialmente en las cartas dirigidas al general de los jesuitas, Claudio Acquaviva. Cuando encontraba obstáculos para publicar sus escritos, no reaccionaba simplemente aceptando las críticas: argumentaba, explicaba sus posiciones y trataba de convencer a sus superiores de que su trabajo merecía ser publicado.

Esta seguridad podía convertirse en tenacidad e incluso cierta obstinación. El largo proceso de censura de sus escritos es un buen ejemplo. Cuando algunos censores cuestionaron determinadas partes de sus comentarios, Molina no abandonó fácilmente sus posiciones. Buscó alternativas, escribió a Roma, respondió a las objeciones y finalmente consiguió separar determinadas controversias para convertirlas en la obra que acabaría siendo la Concordia. Estamos ante alguien que podía pasar años defendiendo un proyecto intelectual.

También parece haber sido muy sensible a las críticas. El episodio de las observaciones sobre su latín es revelador. Molina no era indiferente a lo que otros jesuitas decían sobre sus escritos y se preocupaba considerablemente por cómo eran evaluados. Sus cartas muestran que las críticas académicas y las decisiones tomadas sobre sus manuscritos podían afectarlo personalmente.

Al mismo tiempo, parece haber tenido una personalidad combativa. Esto se vuelve especialmente visible después de la publicación de la Concordia. Cuando dominicos como Domingo Báñez atacaron sus posiciones, Molina respondió enérgicamente. No era un autor que publicara una tesis polémica y luego permaneciera al margen de la discusión. Escribió defensas, respondió a censuras y utilizó los procedimientos institucionales disponibles cuando consideró que las posiciones de sus adversarios también debían ser examinadas.

Pero sería injusto convertirlo simplemente en un hombre conflictivo. Molina pasó aproximadamente quince años enseñando Teología en Évora y mantuvo una extraordinaria disciplina intelectual durante décadas. Sus obras son enormes y extremadamente técnicas. De iustitia et iure, por ejemplo, terminó constituyendo un proyecto de seis tomos. Eso revela una personalidad con una enorme capacidad para el trabajo sistemático, la paciencia y la investigación minuciosa.

También encontramos en él una considerable curiosidad por la realidad concreta. Esto resulta especialmente visible cuando estudia cuestiones jurídicas y económicas. Molina no se limitaba siempre a repetir autoridades medievales. Cuando estudió, por ejemplo, el comercio de esclavos africanos relacionado con Portugal, buscó información sobre cómo funcionaban realmente las capturas y compraventas. Esa preocupación por conocer los hechos antes de emitir un juicio jurídico es un aspecto muy interesante de su manera de trabajar.

Conclusión

Luis de Molina murió en 1600 dejando tras de sí una obra que convirtió el problema de la libertad humana en el centro de una de las mayores controversias filosóficas y teológicas de su tiempo. Después de décadas de estudio y enseñanza en Portugal, desarrolló en la Concordia su célebre doctrina de la ciencia media, intentando reconciliar la omnisciencia y la providencia divinas con un auténtico libre albedrío; mientras que en De iustitia et iure extendió su reflexión hacia la justicia, el derecho, los contratos, la economía y el poder político. Molina no llegó a conocer el desenlace de las disputas que provocaron sus ideas, pero su intento de comprender cómo podemos ser verdaderamente libres y responsables en un mundo gobernado por Dios aseguró que su pensamiento continuara siendo discutido mucho después de su muerte.