martes, 26 de mayo de 2026

Sexto Empírico - Contra profesores (Libro VI: Contra los músicos)

En Contra los músicos, Sexto Empírico dirige su método escéptico contra una de las disciplinas más valoradas del mundo griego. Lejos de ser entendida únicamente como entretenimiento, la música era considerada por filósofos y educadores como una fuerza capaz de formar el carácter, ordenar las pasiones, educar ciudadanos e incluso reflejar la armonía misma del universo. Frente a estas elevadas pretensiones, Sexto emprende una investigación crítica que no busca negar la experiencia musical ni el placer que produce, sino examinar si posee fundamentos suficientemente sólidos para ser considerada una verdadera ciencia. A través de un análisis progresivo que pasa por la utilidad moral de la música, la naturaleza del sonido, las notas, las melodías, el ritmo y el tiempo, Sexto intenta mostrar que aquello que parecía descansar sobre principios firmes se sostiene en conceptos inciertos y problemáticos.

SEXTO EMPÍRICO

CONTRA PROFESORES

CONTRA LOS ASTRÓLOGOS 

Sexto comienza conceptualizando la música de dos formas formas:

  1. Ciencia que se ocupa de la melodía, las notas, la creación de ritmos y cosas parecidas
  2. La práctica instrumental,como cuando llamamos «músicos» a quienes se sirven de clarinetes y cítaras

La distinción se entiende como la música en sí misma, y la música en la práctica; quien conoce la teoría musical, y aquellops que ejecutan un instrumento sin comprender necesariamente la teoría musical.

Los conceptos musicales se traspasaron también a otras artes, por ejemplo, que tal pintura sea armoniosa, o un pintor inspirado por las musas. 

Música como ciencia teórica

La idea de Sexto es atacar la teoría musical porque a partir de aquí, se destruirá el resto. 

Sería inútil atacar a un simple intérprete de flauta o a un tañedor de cítara. Nadie afirma que tocar un instrumento produzca conocimiento universal. Lo que sí sostenían muchos filósofos era algo mucho más ambicioso: que la música poseía principios racionales, proporciones matemáticas y efectos éticos objetivos sobre el alma. Esa es la verdadera fortaleza que Sexto quiere derribar.

Luego explica que, igual que hizo en su crítica a la gramática, existen dos caminos de refutación.

El primer camino consiste en un ataque directo o “dogmático”. Algunos críticos sostienen que la música no solo no ayuda a alcanzar la felicidad (eudaimonia), sino que incluso puede perjudicarla. Para hacerlo examinan las afirmaciones de los músicos y tratan de demostrar contradicciones o errores. En otras palabras, aceptan discutir dentro del terreno del adversario: toman sus teorías y las combaten con otras teorías.

El segundo camino es mucho más propiamente escéptico y más cercano al método de Sexto. En lugar de entrar a discutir detalles particulares, intenta destruir los fundamentos mismos sobre los que se apoya la música. 

Si aceptamos que la filosofía mejora el alma y ordena la vida humana, entonces deberíamos aceptar con mayor razón la música. ¿Por qué? Porque la filosofía enseña mediante razonamientos, argumentos y disciplina intelectual, mientras que la música parece producir efectos similares de manera más suave y casi natural. Sexto resume la posición de sus adversarios diciendo que la música dicta sus órdenes no por la fuerza sino por cierta seducción persuasiva.

La expresión es importante. La música no obliga; atrae. No impone una norma mediante demostraciones racionales, sino que transforma los estados internos mediante placer, ritmo y emoción. La idea de fondo es que la música actuaría como una especie de medicina del alma.

Luego aparece el ejemplo de Pitagoras. Se relata que encontró a unos jóvenes completamente alterados por la embriaguez y el frenesí —Sexto habla de una “exaltación báquica”, es decir, semejante al éxtasis asociado a Dioniso— y ordenó al músico cambiar la melodía. Cuando la música cambió, los jóvenes recuperaron la calma.

Los pitagóricos creían que el universo entero estaba estructurado por proporciones numéricas y armonías. Si el alma caía en desorden, determinadas relaciones musicales podían restaurar el equilibrio perdido.

Luego Sexto añade el ejemplo de Solon y de los espartanos. Los espartanos marchaban y combatían acompañados por música. Esto puede parecer extraño hoy, pero tenía una función práctica: el ritmo unificaba el movimiento colectivo, evitaba el caos y reforzaba el valor. Una formación militar que avanza al mismo compás adquiere cohesión y disciplina.

La música como terapia

De hecho, la música posee un poder terapéutico y moral sobre el alma. la música puede devolver la razón a los alterados, dar valor a los cobardes y calmar la ira. En otras palabras, la música sería una fuerza capaz de modificar los estados interiores humanos. El alma aparece aquí como algo que puede quedar desordenado y luego volver a armonizarse.

Para apoyar esto se menciona a Aquiles. Según el relato homérico, cuando los embajadores llegan a verlo durante su intensa cólera, lo encuentran tocando una lira y recreando su espíritu. Los defensores de la música interpretan esto de manera simbólica: Aquiles no estaría simplemente entreteniéndose; estaría utilizando la música como una forma de moderar su pasión.

En la tradición griega la ira (thymos) era una fuerza poderosa que podía conducir a acciones heroicas, pero también a la destrucción. Aquiles representa precisamente eso: una energía inmensa fuera de control. La música aparece aquí casi como una medicina capaz de ordenar aquello que está desordenado.

Luego aparece otro ejemplo tomado del mundo heroico: los músicos como guardianes de la virtud doméstica. Se menciona que Agamemnon dejó junto a Clytemnestra un aedo o cantor, encargado de velar por su conducta durante su ausencia.

¿Por qué dejar a un músico como guardián? Pero el aedo en la cultura griega no era solamente un cantante. Era también un transmisor de memoria, de valores y de tradición moral. Cantaba las hazañas de héroes y los modelos de virtud. Su presencia representaba una influencia educativa y ética.

Luego aparece Aegisthus, quien para seducir a Clitemnestra primero elimina al aedo abandonándolo en una isla desierta. El mensaje que los defensores de la música quieren extraer es muy claro: mientras el músico estaba presente, existía una especie de vigilancia moral; al desaparecer, el orden se rompe.

Formación moral

Platón dice que el sabio es semejante al músico porque tiene su alma “en armonía”, no se refiere a que el filósofo toque instrumentos. La palabra “armonía” (harmonia) para los griegos significaba originalmente ajuste correcto, unión proporcional o equilibrio de partes.

Así como una lira desafinada produce sonidos desagradables porque sus cuerdas están desordenadas, también el alma humana puede quedar desordenada por deseos, miedos, ira o placeres excesivos. El filósofo sería alguien que logra que las distintas fuerzas interiores entren en equilibrio.

Para Plato el problema principal de la vida humana no es simplemente ignorar cosas, sino vivir con un alma dividida y caótica. La música se transforma entonces en una metáfora del orden interior.

Después aparece Socrates recibiendo lecciones de cítara incluso siendo anciano. Esto parece extraño, porque Sócrates suele ser presentado como alguien dedicado únicamente al razonamiento filosófico. Pero aquí el argumento es otro: incluso alguien considerado sabio no se avergonzaba de seguir aprendiendo música.

La frase atribuida a Sócrates es interesante: “es mejor ser considerado lento para aprender que ignorante”. El énfasis no está tanto en la música misma como en la actitud intelectual: la vergüenza no consiste en aprender tarde, sino en rechazar el conocimiento.

Luego Sexto introduce una defensa preventiva. Los partidarios de la música parecen anticipar una objeción: alguien podría decir que la música contemporánea es superficial o decadente. Ellos responden que eso no desacredita la verdadera música.

Después aparece el caso de Atenas. Los atenienses son presentados como un pueblo preocupado por la moderación y la educación, que consideraba la música una de las disciplinas esenciales para formar ciudadanos.

La música contemporánea estaba corrompiendo las costumbres y debilitando el carácter. Cuando Sexto menciona melodías “chirriantes” y ritmos “mujeriles”, está reproduciendo una opinión antigua según la cual ciertas formas musicales suaves, ornamentadas o excesivamente emotivas podían volver al individuo menos firme y disciplinado.

No debe entenderse literalmente como una crítica a las mujeres. En la mentalidad griega clásica, lo “varonil” (andreia) significaba sobre todo fortaleza, autocontrol, firmeza y valor, mientras que lo “afeminado” era asociado —correctamente o no— con blandura, exceso de sensibilidad y pérdida de disciplina.

Por eso el argumento es: si la música moderna produce decadencia, el problema no es la música misma, sino una versión degenerada de ella. La música antigua sería distinta: seria, sobria y formadora del carácter.

Luego el razonamiento cambia de dirección y se vuelve más intelectual. Los defensores dicen: si la poesía es útil para la vida, y la música embellece la poesía mediante melodía y canto, entonces la música también debe ser útil.

Para los griegos la poesía no era principalmente un objeto para leer silenciosamente. Los poemas eran cantados.

Por eso se dice que incluso los versos de Homero eran interpretados con acompañamiento musical. Los poemas homéricos no eran simplemente textos escritos; eran acontecimientos sonoros.

También se menciona la tragedia griega. En ella existían partes cantadas por coros y secciones líricas donde música, palabra y movimiento formaban una unidad inseparable.

En contra

La naturaleza de la música

Ahora, Sexto comienza con la pregunta ¿cómo sabemos que provienen de la naturaleza misma de la música?

La crítica se concentra en la expresión “por naturaleza”. Los defensores suponían que ciertas melodías son naturalmente tranquilizantes y otras naturalmente excitantes. Sexto responde que esto no puede aceptarse sin demostración. Según él, quizá no son las melodías las que poseen esas propiedades, sino nosotros quienes se las atribuimos. No niega que una persona pueda sentirse calmada o conmovida; cuestiona que esa reacción esté contenida objetivamente en los sonidos.

Para explicar esto recurre al ejemplo de los epicúreos y el trueno. Algunas personas oían un trueno y creían que un dios se manifestaba. Los epicúreos respondían que era simplemente un ruido producido por choques materiales y que los hombres proyectaban sobre él significados religiosos. Sexto hace algo parecido con la música: las personas escuchan una melodía y le atribuyen tristeza, valentía o serenidad, pero quizá esas cualidades no pertenecen realmente al sonido.

El ejemplo de los caballos es particularmente agudo. Una misma melodía puede excitar a los caballos y no producir el mismo efecto en quienes están escuchando en un teatro. Incluso puede que ni siquiera excite a los caballos, de hecho, los puede perturbar. El punto es que el efecto cambia según quien recibe el sonido. Entonces Sexto introduce una sospecha: si la melodía tuviera una fuerza natural fija, debería actuar siempre del mismo modo. Como eso no ocurre, parece más razonable pensar que la reacción depende del oyente y no de la música misma.

Ahora bien, supongamos que ciertas melodías realmente calman o excitan el alma. Aun así —dice— eso no demostraría que la música sea útil para la vida.

La distinción que introduce es muy fina. Según Sexto, la música no cura; distrae. Hay una diferencia enorme entre ambas cosas. Curar significaría eliminar la causa de un problema interior; distraer significa apartar momentáneamente la atención de él. Por eso compara la música con el sueño y el vino. Cuando alguien duerme o bebe puede olvidar temporalmente una pena, pero la tristeza no desaparece realmente; permanece suspendida y vuelve a aparecer cuando el efecto pasa. Ocurre algo semejante con la música: mientras dura la melodía, la mente se desplaza hacia otra cosa y experimenta alivio, pero el estado interior profundo sigue intacto.

Luego viene un ataque casi irónico a Pitagoras. Sexto dice que si Pitágoras corrigió a los jóvenes ebrios mediante música, entonces sin darse cuenta está reconociendo algo extraño: parecería que los músicos tienen más poder para reformar a las personas que los filósofos. Hay una especie de sarcasmo escondido aquí. Si un filósofo necesita recurrir a melodías para corregir el alma, ¿no estaría confesando la insuficiencia de la propia filosofía?

Después vuelve sobre el caso de los espartanos y las marchas militares. Antes sus defensores afirmaban que la música producía valentía. Sexto lo interpreta de otra manera: los soldados no utilizan música porque esta cree valor, es porque desvía la mente del miedo y de la angustia. La música sería semejante al canto de los trabajadores que cargan pesos o reman: el ritmo hace más soportable el esfuerzo porque ocupa la atención y disminuye la conciencia del sufrimiento.

Muchos pueblos considerados bárbaros también iban a la guerra con tambores, trompetas o conchas sonoras, pero eso no los volvía automáticamente valientes. Con ello intenta destruir la conexión necesaria entre música y coraje.

Aquiles era una persona inclinada a los placeres y poco moderada, por lo que no resulta extraño que disfrutara de la música. Con esto intenta rebajar la fuerza del ejemplo. En lugar de un héroe que se cura mediante armonía, aparece alguien que simplemente busca placer.

Luego vuelve a la historia de Agamemnon y Clytemnestra. Sexto responde que estas historias son mitos y además contienen contradicciones. Si realmente la música fuera capaz de corregir las pasiones humanas, ¿cómo explicar que Clitemnestra terminara asesinando a Agamenón? Y añade otro ejemplo: Penelope, quien permitió la permanencia de numerosos pretendientes en el hogar de Odysseus. La idea es clara: si la música y los músicos fueran guardianes efectivos de las costumbres, esos relatos no deberían terminar así.

Lo interesante es que Sexto no está tratando de demostrar que esas mujeres sean culpables o inmorales; lo que hace es algo mucho más lógico: usa las mismas historias que empleaban sus adversarios y muestra que también pueden interpretarse en sentido contrario.

Después introduce una oposición filosófica importante entre Plato y Epicurus. Los partidarios de la música citaban a Platón como autoridad. Sexto responde: ¿por qué aceptar a Platón y no a Epicuro? Epicuro sostiene precisamente lo contrario: que la música puede volver a las personas ociosas, amantes del vino y descuidadas respecto de asuntos importantes.

Si autoridades igualmente respetadas se contradicen, ¿con qué criterio elegimos una sobre otra? Sexto no necesita probar que Epicuro tenga razón; le basta mostrar el conflicto.

Hay quienes ducen que la música es útil porque acompaña a la poesía. Dice que ese razonamiento es ingenuo, porque incluso suponiendo que la poesía sea útil, no se sigue que la música lo sea también. La música se ocupa de melodías y sonidos; la poesía además trabaja con ideas y significados. Por tanto, si algo educa o mejora a las personas, podría ser el contenido racional de la poesía y no la música misma.

Utilidad de la música

Para verificar la utilidad de la música, Sexto distingue entre las cosas necesarias y aquello que es agradable. El hambre necesita alimento; la sed necesita bebida; el frío necesita calor. Son necesidades reales. El placer musical no pertenece a esa categoría. Nadie muere por no escuchar melodías. Así intenta rebajar la importancia que sus adversarios atribuían a la música.

Incluso si el placer musical fuera algo deseable, no hace falta poseer conocimientos musicales para experimentarlo. Los niños pequeños se duermen con canciones; los animales responden a ciertos sonidos; incluso se decía que los delfines seguían barcos atraídos por melodías. Ninguno de ellos estudia teoría musical. 

Una persona puede disfrutar una comida sin ser cocinero y puede disfrutar un vino sin ser catador. Del mismo modo alguien puede disfrutar una melodía sin comprender armonías, intervalos o ritmos complejos. El experto quizá reconozca detalles técnicos que otros no perciben, pero Sexto niega que eso implique un placer mayor en sentido profundo.

Antes algunos sostenían que la música conducía a la sabiduría y modelaba el alma. Ahora Sexto invierte completamente la idea: sostiene que puede producir el efecto contrario. En vez de fortalecer el carácter, puede volver a las personas blandas, distraídas y excesivamente entregadas al placer.

El amante obsesivo de la música aparece como alguien absorbido por los cantos hasta el punto de descuidar su casa, su ciudad y sus amigos. El obsesivo es “un fantasma para sus amigos”: un individuo sigue existiendo físicamente, pero se ha vuelto ausente para la vida real porque persigue continuamente placeres agradables. 

Tampoco puede demostrarse la utilidad de la música porque comparta elementos con la filosofía. Los defensores habían sugerido que ambas trabajaban con armonía, orden y formación del alma. Sexto responde prácticamente: aunque existiera algún parentesco, de ahí no se sigue que la música contribuya a la felicidad.

Luego aborda una de las ideas más importantes del pensamiento pitagórico: que el universo entero está gobernado por armonías. Los pitagóricos pensaban que las proporciones musicales reflejaban el orden mismo del cosmos; las relaciones entre los astros, los números y la realidad estarían estructuradas por armonías invisibles. Para ellos comprender música era, en cierta medida, comprender el universo.

Sexto rechaza esto de dos maneras. Primero dice que la afirmación puede mostrarse falsa. Pero añade algo aún más fuerte: incluso si fuera verdadera, tampoco demostraría que la música sea útil para alcanzar la felicidad. Y usa una comparación muy simple: un instrumento musical puede estar perfectamente afinado y armónico, pero eso por sí mismo no hace feliz a nadie. Así intenta separar una estructura objetiva del mundo de una utilidad real para la vida humana.

Después viene el cambio decisivo. Sexto prácticamente dice: hasta ahora discutimos las consecuencias; ahora discutiremos los fundamentos.

Su razonamiento es el siguiente: la música es definida como una ciencia de lo afinado y desafinado, de lo rítmico y lo no rítmico. Pero una ciencia necesita un objeto real sobre el cual apoyarse. Por tanto, si se demuestra que las melodías y los ritmos —en el sentido técnico que los músicos les atribuyen— no poseen una realidad clara o consistente, entonces la propia ciencia musical pierde su fundamento.

Y aquí aparece algo muy característico de Sexto: ya no quiere discutir si la música educa, distrae o produce placer. Va hacia una pregunta más elemental:

¿Qué es realmente una melodía?

Eso puede parecer extraño porque todos creemos saber qué es una melodía. Pero el escéptico sospecha que cuando intentamos definirla rigurosamente empiezan los problemas. Una melodía está formada por sonidos sucesivos: algunos ya desaparecieron, otros aún no llegan y solo uno existe en el instante presente. Entonces surge la dificultad: ¿Cómo puede existir como una unidad algo cuyas partes desaparecen continuamente?

El Sonido

El sonido es el objeto propio del oído. Cada sentido tiene aquello que le corresponde por naturaleza. La vista percibe colores, el olfato olores, el gusto sabores; de igual modo el oído percibe sonidos. Hasta aquí Sexto no está discutiendo nada; está exponiendo la teoría musical tradicional.

Después viene algo muy interesante: la explicación de los sonidos “agudos” y “graves”. Sexto señala que esos nombres son en realidad metáforas tomadas del tacto. Esto es más profundo de lo que parece. Cuando algo es “agudo” para el tacto, nos referimos a algo punzante o cortante; cuando algo es “grave” o pesado, hablamos de algo que oprime o presiona. Luego esas sensaciones táctiles fueron trasladadas al ámbito auditivo.

Así, un sonido agudo sería uno que parece “cortar” el oído, mientras uno grave parece ejercer una especie de presión o peso.

Sexto añade otro ejemplo aún más extraño: hablamos de sonidos “oscuros”, “negros” o “brillantes”. Pero los sonidos no poseen color. Estamos tomando términos de la visión y aplicándolos al oído.

El punto todavía no es destruir nada; está preparando una sospecha. Empieza a insinuar que gran parte de nuestro lenguaje musical está construido mediante traslados metafóricos entre sentidos diferentes.

Luego aparece la definición técnica de la nota musical: una nota es un sonido mantenido en una misma tensión sin desviarse hacia algo más grave o más agudo.

Después distingue entre notas homófonas y no homófonas. Las homófonas son aquellas que no difieren en altura; las otras sí presentan diferencias.

Pero lo importante no son todavía esas clasificaciones. Lo verdaderamente interesante es el movimiento de Sexto. Antes atacó la utilidad de la música; ahora está desmontando sus fundamentos desde abajo.

Si incluso las categorías más básicas —agudo, grave, oscuro, brillante— dependen de metáforas tomadas de otros sentidos, ¿hasta qué punto estamos describiendo algo que existe realmente y hasta qué punto estamos imponiendo nombres humanos sobre nuestras experiencias?

Volviendo a la clasificación de las notas, las homofonas se dividen en disonancia y consonancia. os músicos antiguos sostenían que algunos sonidos producen una impresión fragmentada, áspera o irregular sobre el oído, mientras otros producen una sensación uniforme y continua. A los primeros los llamaban disonantes y a los segundos consonantes.

Lo interesante es el ejemplo que Sexto utiliza: el gusto. Dice que algunas bebidas o mezclas poseen una composición suave y homogénea, mientras otras permiten percibir componentes distintos que parecen competir entre sí. El oído funcionaría de modo semejante. Una consonancia sería una combinación sonora cuyas partes parecen unirse armónicamente; una disonancia sería una combinación donde el oído percibe una cierta ruptura o choque.

Lo importante aquí es que Sexto vuelve a algo que venía insinuando antes: todas estas definiciones dependen finalmente de una experiencia sensorial. Los músicos hablan de consonancia como si fuera una propiedad objetiva y perfectamente delimitada, pero la explicación termina remitiendo a cómo algo “afecta” o “excita” al oído.

Luego aparecen los intervalos musicales, es decir, la distancia entre notas. Cuando una nota asciende hacia sonidos más agudos o desciende hacia sonidos más graves se generan determinadas relaciones entre los sonidos. Algunos intervalos se consideran agradables y armónicos; otros no.

Entre ellos menciona tres famosos:

  • diatesarón: intervalo de cuarta;
  • diapénte: intervalo de quinta;
  • diapasón: intervalo de octava.

Estas relaciones eran extremadamente importantes para los músicos antiguos y especialmente para los pitagóricos, porque creían haber descubierto en ellas proporciones matemáticas fundamentales del universo.

Pero aquí empieza a verse la estrategia de Sexto. Aunque parece una explicación técnica inocente, hay una tensión escondida. Los músicos describen las consonancias como relaciones objetivas, pero las definen mediante expresiones como:

"excitar el oído uniformemente"
"producir una impresión continua".

Y ahí aparece una posible dificultad: ¿estamos describiendo propiedades reales del sonido o simplemente describiendo cómo nosotros lo sentimos?

Intervalos musicales

Menciona la díesis (aproximadamente un cuarto de tono), el semitono y el tono completo, mostrando que los músicos construían toda una arquitectura precisa de relaciones entre sonidos. La música antigua intentaba presentarse como una ciencia muy rigurosa: los sonidos no eran vistos como simples impresiones agradables, eran elementos ordenados mediante proporciones y relaciones exactas.

Luego Sexto da un paso más y pasa desde los sonidos aislados a las melodías completas. Dice que así como los intervalos dependen de notas, también existen ciertas configuraciones musicales que producen determinados tipos de disposiciones del alma. Aquí aparece la palabra griega éthos (ἦθος), que es extremadamente importante.

El éthos no significa simplemente “emoción” o “estado de ánimo”. Se refiere más bien a una disposición estable del carácter, una manera de ser. De esta palabra proviene posteriormente el término “ética”.

La teoría musical antigua sostenía que las melodías poseían diferentes éthē (plural de éthos). Algunas producirían gravedad, serenidad y nobleza; otras despertarían sensualidad, embriaguez, lamento o blandura moral.

La comparación que hacen los músicos es con los caracteres humanos. Así como unas personas poseen firmeza y dominio de sí mismas mientras otras son inconstantes o entregadas a los placeres, las melodías también tendrían una especie de personalidad propia que actuaría sobre quien las escucha.

Aquí aparece algo muy importante para comprender a Plato y gran parte de la educación griega. La música no era vista como entretenimiento neutral. Se creía que determinadas armonías y modos musicales podían literalmente modelar ciudadanos diferentes. Un tipo de música podría formar guerreros disciplinados; otro podría producir individuos débiles o entregados al placer.

Sin embargo, Sexto introduce una observación muy sutil al final. Dice que los músicos llaman éthos a ciertas melodías porque las consideran formadoras del carácter, pero luego añade ejemplos como “pálido temor” o “vientos perezosos”.

Cuando decimos “pálido temor”, el temor en sí mismo no posee palidez; somos nosotros quienes nos volvemos pálidos debido a él. Y cuando hablamos de “vientos relajantes” tampoco el viento posee relajación; simplemente produce ciertos efectos.

Sexto parece estar preparando una duda muy importante: cuando decimos que una melodía es “noble”, “grave” o “formadora del carácter”, quizá estamos hablando impropiamente y confundiendo la causa con el efecto.

En otras palabras, quizá la música no contiene valentía, tristeza o nobleza dentro de sí misma; quizá somos nosotros quienes atribuimos esas cualidades a partir de las reacciones que observamos.

Ontología de la música

Los músicos distinguían tres géneros principales de melodía: el enarmónico, el cromático y el diatónico. No eran simplemente escalas distintas; cada uno poseía un supuesto efecto moral y psicológico propio.

El género enarmónico era considerado austero y solemne; el cromático era penetrante y melancólico; el diatónico aparecía como más rudo y simple. Nuevamente vemos la vieja idea griega del éthos: la música no sería algo neutral, sino que cada forma melódica poseería una especie de personalidad propia que influiría sobre el alma.

Pero Sexto abandona rápidamente esa descripción y da un giro muy brusco. Dice algo parecido a:

"Toda esta construcción depende finalmente de las notas. Si las notas desaparecen, la música desaparece."

Las notas son especies de sonido; por tanto, si se demuestra que el sonido no posee existencia firme, la música pierde su fundamento.

Lo interesante es el método que utiliza. Sexto no intenta probar por sí mismo que el sonido no existe. Toma las doctrinas de distintos filósofos y las vuelve unas contra otras.

Los Democritus y Plato son mencionados porque ciertas interpretaciones de sus doctrinas reducían la realidad sensible a algo problemático o derivado. Si los objetos sensibles poseen una existencia dudosa, el sonido —que es un objeto sensible— también se vuelve dudoso.

Luego menciona a los cirenaicos. Los cirenaicos sostenían que lo único verdaderamente seguro eran nuestras afecciones o impresiones subjetivas. No conocemos cosas externas; conocemos únicamente cómo nos afectan.

Y Sexto aprovecha esto inmediatamente:

Si el sonido no es la afección misma sino aquello que produce la afección, entonces el sonido como realidad independiente queda sin fundamento.

Después introduce otra dificultad:

Si existe el sonido, tendría que ser o corpóreo o incorpóreo.

Pero —dice— los filósofos tampoco logran ponerse de acuerdo aquí:

  • los peripatéticos niegan una alternativa;
  • los estoicos niegan la otra.

Y Sexto explota nuevamente la contradicción.

Si el alma no existe, entonces tampoco existen los sentidos, porque serían partes del alma. Si no existen sentidos, tampoco existen objetos sensibles, porque estos se definen en relación con aquellos. Y si no existen objetos sensibles, tampoco existe el sonido.

Duración del sonido

Sexto recuerda una discusión anterior contra los gramáticos sobre sílabas y palabras y plantea una dificultad: el sonido no puede entenderse simplemente como algo breve o largo. Pero la cuestión profunda no es lingüística; es ontológica, es decir, sobre el modo mismo de existir del sonido.

Luego introduce la idea decisiva: el sonido no es una cosa estable, sino un proceso que está ocurriendo. No es una sustancia que permanece delante de nosotros como una piedra o una mesa. Existe únicamente mientras sucede.

Y aquí Sexto introduce una comparación importante: una casa en construcción todavía no es propiamente una casa terminada; un barco que aún se está construyendo tampoco es plenamente un barco. Está en proceso de llegar a ser, pero aún no es completamente aquello que será.

Aplica exactamente el mismo razonamiento al sonido. Mientras el sonido está produciéndose, está continuamente apareciendo y desapareciendo. Nunca se presenta como algo completamente constituido y estable.

Esto es importante porque ataca algo que solemos dar por evidente. Nosotros pensamos espontáneamente:

"Escucho una melodía; luego la melodía existe."

Pero Sexto pregunta:

"¿Dónde existe exactamente?"

La primera nota ya desapareció. La siguiente todavía no llega. Solo el instante presente está sonando. Pero ese instante desaparece inmediatamente.

Entonces surge una dificultad:

¿Cómo puede existir como una unidad algo cuyas partes dejan de existir continuamente?

Y luego Sexto realiza el golpe final mediante una especie de efecto dominó:

Si el sonido no posee una existencia estable, entonces tampoco existe la nota, porque la nota era una especie particular de sonido. Si no existe la nota, desaparecen los intervalos musicales; si desaparecen los intervalos, desaparecen los acordes; si desaparecen los acordes, desaparecen las melodías; y si desaparecen las melodías, desaparece la música misma.

El ritmo

Sexto parte diciendo que el ritmo está compuesto por pies métricos; los pies están compuestos por ársis (elevación) y thésis (descenso); y estas elevaciones y descensos ocupan determinados tiempos. Así como las palabras se forman de sílabas y las sílabas de letras, el ritmo depende finalmente de unidades temporales.

Entonces Sexto cambia de objetivo y pregunta: ¿qué es el tiempo?

La respuesta escéptica es devastadora. Si el tiempo existe, tendría que ser o limitado o ilimitado. Pero ambos caminos conducen a dificultades. Si fuera limitado, tendría que haber un momento en que el tiempo no existía y otro en que dejaría de existir. Pero si fuera ilimitado, aparecen problemas igualmente graves relacionados con pasado y futuro.

Luego introduce uno de los argumentos más famosos de la filosofía antigua. El tiempo parece estar formado por:

  • pasado,
  • presente,
  • futuro.

Pero el pasado ya no existe, porque desapareció; el futuro todavía no existe, porque aún no llega; y el presente mismo es problemático.

Si el presente es indivisible, no tendría partes, ni comienzo ni final, y prácticamente desaparecería como duración real. Pero si es divisible, entonces se divide nuevamente en partes temporales que presentan exactamente el mismo problema.

El resultado es casi paradójico: el tiempo parece estar compuesto por cosas que no existen.

La imagen podría expresarse de manera más simple:

Imagina una melodía. La primera nota ya terminó. La siguiente todavía no llega. Solo queda la nota que suena exactamente ahora. Pero ese “ahora” desaparece inmediatamente.

Entonces Sexto pregunta:

¿Dónde está realmente la melodía completa?

Y ahora la pregunta se vuelve todavía más profunda:

¿Dónde está el ritmo completo?

Porque el ritmo necesita duración; la duración necesita tiempo; y el tiempo mismo parece escurrirse entre pasado, presente y futuro.

Por eso el razonamiento final adquiere forma de efecto dominó:

Si el tiempo no existe → los pies métricos no existen → los ritmos no existen → la ciencia del ritmo no existe → la música como ciencia tampoco existe.

Lo interesante es que Sexto no está diciendo literalmente que nunca escuchemos música. Evidentemente todos escuchamos melodías y ritmos. Lo que intenta negar es algo más específico: que la música posea un fundamento absolutamente seguro como ciencia rigurosa.

Sexto considera que ha derribado las disciplinas liberales desde sus propios principios. No necesitó demostrar una teoría alternativa; le bastó mostrar que cuando uno intenta definir con absoluta precisión sonido, nota, melodía, ritmo y tiempo, aparecen dificultades que impiden afirmar algo con certeza.

Conclusión

La conclusión de Sexto Empírico contra los músicos no pretende demostrar que la música no pueda producir placer, emocionar o acompañar la vida humana, sino cuestionar su pretensión de constituirse como una ciencia verdadera y firmemente fundada. A lo largo de su crítica va desmontando progresivamente sus fundamentos: primero pone en duda que la música forme el carácter o conduzca a la virtud; luego cuestiona la existencia objetiva de las notas y los sonidos; y finalmente dirige su ataque hacia el ritmo y el tiempo mismo, mostrando que aquello sobre lo que la música pretende edificarse descansa en conceptos filosóficamente problemáticos y discutibles. De este modo, la música aparece para Sexto no como una disciplina capaz de ofrecer conocimiento seguro, sino como una construcción apoyada en percepciones, convenciones y supuestos inciertos. Su objetivo final no es reemplazar la teoría musical por otra doctrina, sino conducir a la suspensión del juicio y mostrar que incluso aquello que parece tan armónico y evidente puede desvanecerse cuando se somete a un examen filosófico riguroso.

domingo, 24 de mayo de 2026

Sexto Empírico - Contra Profesores (Libro V: Contra los astrólogos)

En este libro, Sexto Empírico dirige su mirada hacia una de las disciplinas que más fascinación y autoridad despertaba en el mundo antiguo: la astrología. Los caldeos afirmaban que los movimientos del cielo revelaban el destino humano y que las estrellas escribían, desde el instante mismo del nacimiento, la trama de la vida. Pero Sexto no se conforma con cuestionar predicciones particulares; va directamente a los fundamentos del sistema. Con la paciencia del escéptico, examina los horóscopos, las configuraciones astrales y los métodos de observación, preguntando si aquello que parece un conocimiento profundo del cosmos no será, en realidad, una construcción humana sostenida sobre conjeturas, imprecisiones y supersticiones. Lo que comienza como una investigación sobre las estrellas termina convirtiéndose en una reflexión sobre los límites del conocimiento humano mismo.

SEXTO EMPÍRICO

CONTRA PROFESORES

CONTRA LOS ASTRÓLOGOS

Primero aclara aquello que no está criticando. No ataca la matemática compuesta por geometría y aritmética, porque considera que ya la refutó en los capítulos anteriores. Tampoco ataca la astronomía observacional cultivada por personajes como Eudoxo e Hiparco. Esa disciplina consistía en estudiar fenómenos celestes y establecer regularidades empíricas: observar los ciclos de los astros para prever estaciones, sequías, inundaciones, terremotos y fenómenos naturales. Sexto la compara con la agricultura y la navegación, porque ambas dependen de la experiencia y de la observación repetida.

Lo que realmente quiere atacar es la astrología genetlíaca, es decir, la astrología natal que pretende determinar el destino humano a partir de la posición de los astros en el momento del nacimiento.

Observando los principios

Primero presenta la base sobre la que descansa toda la astrología antigua: la idea de que los cuerpos terrestres y los cuerpos celestes se encuentran en simpatía o correspondencia mutua.

La palabra que aparece aquí, compadecen (sympatheia), no significa compasión en el sentido moderno, sino una especie de conexión universal. La idea es que existe una relación invisible entre el cielo y la tierra, de modo que los movimientos de los astros producirían efectos sobre las cosas terrenas. El ser humano, los animales, las estaciones y los acontecimientos de la vida estarían afectados por emanaciones o influencias provenientes del cielo.

Sexto incluso cita un verso antiguo:

“cual es el día que el padre de dioses y hombres les depara”

La idea es que el destino humano quedaría determinado por condiciones cósmicas previas al individuo mismo.

Sobre esa base, los caldeos construyen su teoría: los siete astros conocidos en la antigüedad —Sol, Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno— serían causas activas de los acontecimientos humanos. Pero no actuarían solos: también participarían las regiones del cielo conocidas como signos del zodiaco.

Sexto entonces explica la maquinaria astrológica:

  • El zodiaco se divide en 12 signos.
  • Cada signo se divide en 30 partes.
  • Cada parte en 60 minutos, considerados elementos mínimos.

Luego aparece toda una clasificación simbólica:

Signos masculinos y femeninos:
Se les atribuía capacidad para favorecer nacimientos masculinos o femeninos.

  • Aries → masculino
  • Tauro → femenino
  • Géminis → masculino
  • y así sucesivamente.

Aquí Sexto menciona algo interesante: cree que incluso los pitagóricos pudieron inspirarse en estas asociaciones para asignar géneros a los números:

  • Unidad → masculina
  • Díada → femenina
  • Tríada → masculina

Es decir, el simbolismo matemático y el astrológico comenzaban a mezclarse.

Después aparecen los signos bicorporales:

  • Géminis
  • Sagitario
  • Virgo
  • Piscis

Reciben ese nombre porque poseen una naturaleza doble o compuesta.

También menciona los signos trópicos y fijos, que tienen relación con cambios y estabilidad en el movimiento solar.

  • Aries → primavera
  • Cáncer → verano
  • Libra → otoño
  • Capricornio → invierno

La palabra trópico viene precisamente de la idea de giro o cambio. Para los astrólogos estos signos poseían una naturaleza dinámica porque estaban asociados a transformaciones y transiciones.

Luego aparecen los signos fijos, como:

  • Tauro
  • Escorpión
  • Leo
  • Acuario

Estos representaban estabilidad, permanencia y continuidad.

Hasta aquí parece una clasificación astronómica mezclada con simbolismo, pero Sexto llega ahora a algo más importante: los cuatro centros (kentra), que constituían el corazón mismo de la interpretación astrológica.

Estos cuatro puntos son:

Horóscopo → signo que asciende en el horizonte cuando termina el nacimiento.

Meridiano → cuarto signo desde el horóscopo.

Poniente → signo opuesto al horóscopo.

Subterráneo-antimeridiano → signo opuesto al meridiano.

Podría representarse así:

Meridiano
|
Poniente ← • → Horóscopo
|
Subterráneo

Sexto incluso entrega un ejemplo:

Si Cáncer es el horóscopo:

  • Aries → meridiano
  • Capricornio → poniente
  • Libra → subterráneo

Después introduce otros dos términos:

Declinación: signo anterior a un centro.
Ascensión: signo posterior a un centro.

Lo llamativo es que la astrología antigua no consistía simplemente en decir: “eres Aries”. Era una maquinaria enorme que requería cálculos de posiciones, oposiciones, ascensos y relaciones geométricas entre los astros.

Regiones del cielo

Cada región del cielo recibe nombres morales, espirituales y corporales.

Cada posición del zodiaco recibe una función:

  • Genio malo → asociado a influencias negativas.
  • Genio bueno → asociado a influencias favorables.
  • Dios → fuerza superior beneficiosa.
  • Diosa → contraparte simbólica.
  • Buena fortuna → suerte favorable.
  • Mala fortuna → influencia perjudicial.
  • Inactivo → regiones de menor fuerza.

Sexto resume luego el sistema mostrando que estas posiciones dependen de las declinaciones y ascensiones respecto de los cuatro centros principales:

Horóscopo → declinación = genio malo / ascensión = inactivo
Meridiano → declinación = dios / ascensión = genio bueno
Antimeridiano → declinación = diosa / ascensión = buena fortuna
Poniente → declinación = mala fortuna / ascensión = inactivo

Lo importante es que Sexto agrega una observación fundamental: los astrólogos no consideraban estas clasificaciones un simple adorno simbólico. Creían que la posición exacta modificaba la intensidad de la influencia astral. Un planeta podía perjudicar o favorecer más dependiendo de si estaba en un centro, una ascensión o una declinación.

Después aparece algo fascinante: la correspondencia entre el cuerpo humano y el zodiaco.

Los caldeos distribuyen el cuerpo entero entre los signos:

Aries → cabeza
Tauro → cuello
Géminis → hombros
Cáncer → pecho
Leo → costados
Virgo → nalgas
Libra → flancos
Escorpión → órganos sexuales y matriz
Sagitario → muslos
Capricornio → rodillas
Acuario → tobillos
Piscis → pies

La idea sigue siendo la misma: la sympatheia, la correspondencia universal entre cielo y tierra. El cuerpo humano sería una especie de reflejo reducido del cosmos.

Los signos zodiacales no se establecieron observando directamente divisiones grabadas en el cielo. El cielo no tiene líneas ni fronteras visibles. Los astrólogos tuvieron que construir esas divisiones mediante cálculos y observaciones humanas.

Sexto describe el procedimiento atribuido a los antiguos. Vigilaban la aparición de una estrella brillante dentro del zodiaco y utilizaban una clepsidra o reloj de agua: una vasija perforada que dejaba salir agua lentamente hacia otro recipiente.

El procedimiento era aproximadamente este:

  1. Se observaba el momento en que una estrella aparecía.
  2. Comenzaba a fluir el agua.
  3. Se esperaba hasta que la misma estrella reapareciera.
  4. Se suponía que se había completado una revolución entera.
  5. Luego dividían el agua recogida en doce partes iguales.
  6. Cada parte representaba una sección del círculo celeste.

Es decir:

círculo completo → totalidad del agua
signo zodiacal → una doceava parte del agua

Lo fascinante es que Sexto todavía aparenta estar describiendo neutralmente el sistema, pero aquí ya puede verse una futura grieta: las divisiones zodiacales dependen de:

  • observaciones humanas;
  • instrumentos materiales;
  • mediciones temporales;
  • cálculos aproximados.

Y la pregunta escéptica comienza a asomar:

"¿Qué ocurre si la observación fue inexacta?"

"¿Qué ocurre si el flujo del agua no fue uniforme?"

"¿Qué ocurre si la estrella observada cambió de posición aparente?"

El escéptico está preparando algo muy sutil: las líneas entre Aries, Tauro o Géminis no aparecen naturalmente en el cielo; son construcciones humanas derivadas de métodos de medición.

Los astrólogos no consideraban estas divisiones como detalles secundarios o decorativos. Para ellos constituían el mecanismo mismo mediante el cual el cielo actuaba sobre la vida humana.

Resume las relaciones así:

Horóscopo:

  • declinación → genio malo
  • ascensión → inactivo

Meridiano:

  • declinación → dios
  • ascensión → genio bueno

Antimeridiano:

  • declinación → diosa
  • ascensión → buena fortuna

Poniente:

  • declinación → mala fortuna
  • ascensión → inactivo

La idea fundamental es que un planeta no ejerce siempre el mismo efecto. Un astro considerado perjudicial podría volverse más o menos dañino según su posición exacta dentro de estas regiones. Para los caldeos, el cielo era una especie de sistema dinámico de fuerzas, donde las posiciones modificaban intensidades y resultados.

Luego Sexto introduce una parte particularmente interesante: el cuerpo humano como reflejo del cosmos. Los caldeos sostenían la doctrina de la sympatheia (simpatía universal), es decir, una correspondencia entre los acontecimientos celestes y las partes del cuerpo humano.

La distribución era:

Aries → cabeza
Tauro → cuello
Géminis → hombros
Cáncer → pecho
Leo → costados
Virgo → nalgas
Libra → flancos
Escorpión → órganos sexuales y matriz
Sagitario → muslos
Capricornio → rodillas
Acuario → tobillos
Piscis → pies

La lógica es la siguiente: si un planeta perjudicial aparecía en un determinado signo durante el nacimiento, podía producir un defecto o enfermedad en la parte corporal correspondiente.

Cómo se construyó el horóscopo

Los signos del zodiaco no aparecían naturalmente delimitados en el cielo, sino que los antiguos debieron establecer esas divisiones mediante observaciones y mediciones. Para ello vigilaban una estrella brillante y utilizaban una vasija perforada con agua —una clepsidra— dejando fluir el agua hasta que la misma estrella reapareciera. Suponían entonces que se había completado una revolución entera del cielo y dividían el agua recogida en doce partes iguales, considerando que cada una correspondía a una duodécima parte del zodiaco. A partir de allí fijaban los límites de cada signo.

Lo importante es que Sexto deja entrever una dificultad: las divisiones zodiacales no estaban grabadas en el cielo mismo, sino que dependían de instrumentos, observaciones y cálculos humanos. Esto es significativo porque una disciplina que pretende determinar el destino entero de una persona comienza a descansar sobre procedimientos susceptibles de error.

Después describe cómo se determinaba el horóscopo de un nacimiento. Un astrólogo se situaba en una altura observando los astros mientras otro esperaba junto a la mujer que iba a dar a luz. En el momento exacto del nacimiento, el segundo avisaba mediante un gong y el observador anotaba qué signo estaba surgiendo sobre el horizonte. Ese signo se convertía en el horóscopo de la persona.

Los astrólogos sostenían que los astros no tenían todos la misma naturaleza: algunos eran considerados beneficiosos, otros perjudiciales y otros ambiguos. Júpiter y Venus eran vistos como favorables; Marte y Saturno como dañinos; y Mercurio ocupaba una posición intermedia, pues podía comportarse como beneficioso o perjudicial dependiendo de los astros con los que se encontrara asociado.

Sin embargo, ni siquiera eso era totalmente fijo. Algunos astrólogos pensaban que ningún astro era bueno o malo por naturaleza absoluta; todo dependía de la posición que ocupara y de sus relaciones con los demás cuerpos celestes. Un astro perjudicial podía suavizar su influencia y uno beneficioso podía perder parte de su poder. Sexto parece mostrar cómo el sistema comienza a llenarse de excepciones y condiciones.

El Sol y la Luna ocupaban un lugar privilegiado. Eran considerados los dos grandes gobernantes del cielo y los demás astros actuaban con menor fuerza. Los egipcios los comparaban con una corte real: el Sol era el rey y el ojo derecho; la Luna la reina y el ojo izquierdo; los cinco planetas restantes eran los asistentes o chambelanes, mientras las estrellas fijas constituían el resto del pueblo.

Además los planetas poseían sus propias “casas”, “elevaciones”, “depresiones” y “límites”. Así Leo era la casa del Sol, Cáncer la de la Luna, Capricornio y Acuario las de Saturno, y así sucesivamente. También existían lugares donde los astros se sentían fortalecidos —las elevaciones— y otros donde su poder disminuía —las depresiones—. Aries, por ejemplo, era la elevación del Sol, mientras el signo opuesto representaba su debilitamiento.

Critica a la astrología

Primero añade nuevas relaciones entre los astros: habla de estrellas que son “custodiadas”, es decir, aquellas que aparecen entre otras dos dentro de un mismo signo. También explica que los astros pueden “mirarse” entre sí cuando forman ciertas figuras geométricas, especialmente triángulos y cuadrángulos. Estas figuras no eran simples formas matemáticas; para los astrólogos tenían consecuencias reales sobre la vida humana. Una estrella perjudicial, por ejemplo, podía suavizar su influencia si formaba un triángulo con una beneficiosa, mientras que un cuadrángulo podía producir efectos opuestos.

Luego Sexto distingue entre dos tipos de predicción. Había formas simples, como afirmar: “tal planeta en tal signo produce personas de cierta clase”. Pero también existían procedimientos mucho más complejos que combinaban múltiples factores simultáneamente: posición de cada astro, centros, configuraciones y relaciones entre signos. El destino humano se convertía así en una enorme ecuación celeste.

Y entonces ocurre algo importante: Sexto declara que ya ha explicado lo suficiente y que ahora puede comenzar la refutación.

El futuro

Los astrólogos creen que pueden anunciar acontecimientos futuros. Pero los acontecimientos solo parecen pertenecer a tres grupos posibles: unos ocurren por necesidad, otros por azar y otros dependen de nuestras propias decisiones.

Si los astrólogos predicen algo que ocurre por necesidad, aparece un problema. Imagina que una enfermedad, una muerte o un hecho debe suceder inevitablemente. Aunque alguien lo anuncie con anticipación, nada podría evitarlo. La predicción perdería utilidad práctica porque el acontecimiento sucedería de todos modos.

Luego vienen los sucesos fortuitos. Si algo ocurre verdaderamente por azar, entonces no sigue una regla fija ni una estructura estable. Y si no existe una estructura constante, tampoco parece posible construir una predicción segura sobre ello.

Finalmente quedan las acciones que dependen de nosotros mismos. Supón algo cotidiano: mañana puedes decidir salir o quedarte en casa. Si esa decisión realmente nace de tu voluntad y no está determinada de antemano por una cadena necesaria de causas, nadie podría predecirla con certeza absoluta.

Así la crítica parece cerrar todas las puertas:

  • lo necesario → puede anunciarse, pero sería inútil;
  • lo azaroso → no puede anunciarse;
  • lo voluntario → tampoco puede conocerse de antemano.

Y entonces Sexto introduce algo muy interesante: llama a estos ataques “escaramuzas”. Eso es casi una pequeña ironía. Está diciendo:

"Todo esto son golpes menores."

Porque su intención no es quedarse en discusiones sobre destino o libre albedrío. Quiere repetir la misma estrategia que usó contra los aritméticos: destruir los principios fundamentales

Horóscopo como cimiento

El horóscopo es el signo que está surgiendo en el instante exacto del nacimiento. A partir de ese punto se calculan el meridiano, el poniente, el antimeridiano, las ascensiones, declinaciones, triángulos y todas las demás configuraciones. Es decir:

horóscopo → centros → configuraciones → predicciones

Por tanto Sexto dice algo muy fuerte:

"Si el horóscopo cae, todo lo demás cae con él."

Luego comienza a atacar el proceso mismo por el cual se obtiene el horóscopo. Dice que para determinarlo correctamente tendrían que cumplirse tres condiciones extremadamente difíciles:

Primero, conocer con absoluta precisión el instante exacto del nacimiento.

Segundo, el instrumento utilizado para registrar ese momento tendría que ser perfectamente infalible.

Tercero, habría que observar con total exactitud qué signo estaba elevándose en ese instante.

Y aquí aparece el problema. Sexto dice que ninguna de estas tres cosas parece segura.

Piensa en algo sencillo. Un niño nace y el astrólogo debe registrar el instante exacto:

¿Es cuando aparece la cabeza?
¿Cuando sale completamente del cuerpo?
¿Cuando corta el cordón?
¿Cuando respira por primera vez?
¿Cuando emite el primer llanto?

Ya solo ahí surge una enorme dificultad.

Después aparece el problema del instrumento: relojes de agua, observaciones visuales, relojes solares, señales mediante gong. Todo eso puede contener errores mínimos.

Y finalmente está el problema del cielo mismo: observar exactamente qué signo estaba elevándose sobre el horizonte tampoco parece sencillo.

El nacimiento

¿Cómo saben exactamente cuándo comienza una vida?

Los astrólogos podían tomar dos puntos de referencia: la concepción o el parto. Sexto empieza por la concepción y trata de mostrar que es prácticamente imposible fijarla con precisión.

Su argumento es el siguiente: aunque alguien sepa el momento exacto de la relación sexual, eso no significa que conozca el momento exacto de la concepción. Porque el esperma no necesariamente actúa de inmediato. Sexto usa una comparación interesante. Dice que podría ocurrir instantáneamente, como la levadura que cae sobre un horno muy caliente y se adhiere al instante; pero también podría ocurrir lentamente, como una semilla que se deposita en la tierra y tarda tiempo en echar raíces.

Luego añade una consideración fisiológica: entre la entrada de la matriz y el lugar donde los médicos antiguos creían que ocurría la concepción hay una distancia que el esperma debe recorrer. Ese recorrido requiere tiempo. Pero ¿cuánto tiempo? Ahí está el problema: nadie lo sabe con exactitud.

Y Sexto complica aún más la situación. A veces el esperma puede avanzar directamente; otras puede dispersarse y reunirse después. Incluso menciona teorías médicas según las cuales el esperma debía sufrir una transformación previa dentro de la matriz antes de producir la concepción. Además, las mujeres no reaccionan todas igual: unas podrían concebir más rápidamente y otras más lentamente.

El golpe escéptico es muy fuerte:

"Si no puedes saber el instante exacto de la concepción, no puedes usarlo para construir un horóscopo exacto."

Y luego Sexto destruye una posible respuesta. Algunos podrían decir:

"Pero existen señales: cambios físicos, interrupción del flujo menstrual, deseos extraños o síntomas."

Sexto responde que esas señales aparecen después, a veces varios días más tarde, y muestran solo que la concepción probablemente ocurrió, no el momento exacto en que ocurrió.

Y aquí aparece el corazón del problema:

Los caldeos necesitan precisión extrema. No necesitan saber:

"La concepción ocurrió aproximadamente esta semana."

Necesitan algo mucho más exacto:

"Ocurrió exactamente en este momento."

Porque un cambio pequeño puede alterar completamente el signo ascendente y, con ello, modificar todo el sistema de predicciones.

¿Cuándo nace realmente una persona?

¿Nace cuando la cabeza comienza a salir? ¿Cuando el cuerpo sale completamente? ¿Cuando el recién nacido toca el suelo? Cada posibilidad cambia el instante exacto. Y para la astrología eso es gravísimo, porque un pequeño cambio temporal puede modificar el signo ascendente y alterar toda la carta astral.

Además Sexto señala que ningún parto es idéntico a otro. Intervienen múltiples factores: la constitución del cuerpo, la posición del niño, la experiencia de la comadrona y muchas otras circunstancias. No existe un instante universal y perfectamente delimitado.

Pero después viene un argumento aún más interesante: el problema del gong.

Recuerda la escena que Sexto describió antes: un observador está junto a la parturienta y otro en una montaña observando el cielo. Cuando nace el niño, el primero golpea un gong y el segundo registra el signo ascendente.

Sexto dice: incluso si concediéramos que el instante exacto del nacimiento existe y puede conocerse, todavía surge otro problema:

El sonido tarda tiempo en viajar.

Usa un ejemplo cotidiano: cuando alguien tala un árbol en una montaña, primero ocurre el golpe y solo después escuchamos el sonido. El ruido necesita un tiempo para llegar al oyente.

Entonces el problema sería este:

Nacimiento → golpe del gong → viaje del sonido → recepción → observación del cielo

Y mientras ocurre todo eso, el cielo sigue moviéndose.

Aquí aparece uno de los golpes más finos de Sexto:

"El universo no espera al astrólogo."

Mientras el observador escucha, mira y trata de determinar la posición de la Luna y de los demás astros, las estrellas ya han cambiado de posición. El cielo continúa moviéndose con rapidez constante.

Luego añade otro problema: las observaciones nocturnas podrían ser relativamente posibles porque se ven las estrellas, pero ¿qué ocurre con los nacimientos de día? Allí solo puede observarse el Sol. Y además existen nubes, niebla o mal tiempo.

Tercer problema

¿Cómo saben exactamente cuándo comienza y termina un signo?

Los astrólogos habían dividido el zodiaco usando las vasijas con agua, pero Sexto intenta mostrar que ese método es inseguro. Dice que el agua no fluye siempre igual. Cuando la vasija está llena puede salir a una velocidad; cuando está medio vacía a otra; y cuando queda poca agua puede comportarse de otra manera distinta. Además el aire mismo influye: si está húmedo, denso o brumoso podría alterar el flujo; si está limpio y ligero podría facilitarlo.

El problema es que el cielo se mueve con regularidad constante, mientras que el instrumento humano no.

La idea es casi esta:

movimiento del cielo → constante
instrumento humano → variable

Pero después Sexto presenta un argumento aún más interesante. Dice que los signos del zodiaco no son líneas dibujadas en el cielo. Aries no termina con una raya visible y Tauro no comienza con otra. Los signos están formados por estrellas dispersas, separadas por espacios vacíos.

Entonces imagina a alguien observando desde la tierra:

"¿Lo que estoy viendo es el final de Aries o el comienzo de Tauro?"

Sexto dice que el observador podría confundirse fácilmente, porque no hay límites visibles exactos.

Y remata con otra dificultad inesperada: incluso el lugar desde donde observamos cambia. Las montañas, colinas y terrenos pueden alterarse por terremotos, lluvias o inundaciones. Un observador situado en una elevación ve el cielo de una manera distinta a alguien que observa desde una llanura.

Cuarto problema

Las personas no ven igual. Algunos tienen una vista más aguda que otros. Utiliza el ejemplo de las águilas y los halcones: estas aves distinguen objetos a enormes distancias que los seres humanos todavía ni siquiera perciben.

Sexto aplica esto a los astrólogos. Imagina dos observadores mirando el horizonte:

  • uno tiene una vista muy aguda;
  • otro una vista menos precisa.

El primero podría decir:

"El signo ya apareció."

Y el segundo:

"Todavía no."

Entonces surge un problema enorme: ¿cuál de los dos determina el horóscopo verdadero?

Después introduce un argumento todavía más refinado: el aire mismo altera la percepción.

Dice que cuando el aire es muy denso o cargado, la luz puede reflejarse y producir ilusiones ópticas. Utiliza el ejemplo del Sol reflejado sobre el agua: muchas veces creemos estar viendo el Sol cuando en realidad estamos viendo una imagen reflejada.

La idea es esta:

objeto real → luz → aire → ojo

Pero si el aire modifica la trayectoria de la luz, el observador podría creer que un signo ya está elevándose cuando todavía sigue por debajo del horizonte.

Luego llega a lo que él llama prácticamente el argumento decisivo.

Dice: si el mismo signo zodiacal apareciera exactamente igual para todos los habitantes del mundo, podría existir alguna seguridad. Pero eso no ocurre.

Una persona en Egipto, otra en Grecia y otra en regiones más lejanas no observan el cielo desde la misma posición. Para unos una estrella aparece antes; para otros aparece después.

Por eso sucede algo absurdo para la astrología:

El signo que para una persona ya es el horóscopo, para otra todavía puede encontrarse bajo el horizonte.

Y Sexto ofrece una prueba observable: estrellas como Arturo o Sirio no se vuelven visibles al mismo tiempo en todas las regiones del mundo.

La mayoría de las personas que consultan a un astrólogo nunca observó personalmente el instante exacto de su nacimiento. El asunto requiere conocimientos técnicos enormes: observación astronómica, instrumentos, cálculos y mediciones. El individuo común simplemente llega y dice algo parecido a:

"Nací alrededor de tal hora."

Y ahí aparece un problema enorme: el astrólogo no conoce el momento directamente; depende del testimonio de otra persona. Pero esa persona probablemente tampoco lo sabe con precisión, ya sea porque nadie lo registró o porque simplemente nunca se prestó atención exacta al instante.

Entonces Sexto concluye algo muy duro:

los hombres no obtienen predicciones sólidas, sino ilusiones y engañifas.

Pero luego anticipa una respuesta posible de los astrólogos:

"No necesitamos una precisión absoluta; basta una aproximación."

Y Sexto responde con un ejemplo devastador.

Si basta con una aproximación, entonces personas nacidas casi al mismo tiempo deberían compartir destinos semejantes. Sin embargo, observa que esto no sucede.

Usa ejemplos famosos:

Alejandro Magno: millones nacieron aproximadamente en su misma época, pero ninguno conquistó un imperio semejante.

Platón: muchos nacieron en fechas parecidas, pero ninguno llegó a ser Platón.

La crítica es fuerte porque señala una contradicción:

Si pequeñas diferencias temporales no importan → personas nacidas aproximadamente juntas deberían vivir vidas parecidas.

Pero eso no ocurre.

Y luego invierte el argumento aún más. Dice:

Si los astrólogos sostienen que personas con la misma disposición astral tienen destinos iguales, entonces quienes poseen disposiciones distintas deberían terminar de maneras distintas.

Pero tampoco ocurre eso.

Porque vemos continuamente personas muy diferentes:

  • jóvenes y ancianos;
  • ricos y pobres;
  • fuertes y débiles;

que pueden acabar exactamente igual: muriendo en una guerra, en un naufragio o bajo el derrumbe de una casa.

Si la astrología fuera correcta y una determinada posición astral —por ejemplo alguien nacido bajo cierta región de Sagitario— implicara necesariamente morir atravesado por una espada, entonces surge una pregunta: ¿cómo explicar grandes batallas como la de Maratón? Allí murieron miles de personas al mismo tiempo. Es prácticamente imposible que todos hubieran nacido bajo la misma configuración celeste.

Luego usa otro ejemplo: los griegos que regresaban de Troya y perecieron juntos en naufragios cerca de Eubea. Si la astrología dijera que quien nace bajo determinada posición de Acuario está destinado a morir ahogado, habría que suponer que todos aquellos hombres, tan distintos entre sí, habían nacido bajo exactamente la misma disposición astral. Sexto considera esto absurdo.

Y anticipa una respuesta posible de los astrólogos:

"Quizás el destino de una sola persona arrastra a todos los demás."

Es decir, podría decirse que un hombre destinado a morir en un naufragio llevó consigo a todos los otros pasajeros.

Pero Sexto inmediatamente responde con una pregunta demoledora:

¿Por qué el destino de uno prevalecería sobre el de todos los demás?

Y añade una segunda pregunta todavía más peligrosa:

¿Por qué no ocurre lo contrario? ¿Por qué no podría salvarse toda la tripulación por causa de alguien cuyo destino fuera sobrevivir?

El argumento empieza a mostrar una inconsistencia interna: cuando muchas personas participan en un mismo acontecimiento, los destinos individuales comienzan a chocar entre sí.

Después Sexto da un golpe todavía más curioso: introduce a los animales.

Dice: imaginemos un hombre y un asno nacidos exactamente bajo la misma configuración astral y en el mismo momento.

Si los astros determinan la vida, entonces ambos deberían tener un destino semejante.

Pero eso no sucede.

El hombre podría convertirse en gobernante, filósofo o magistrado, mientras el asno terminaría transportando cargas o dando vueltas en un molino.

Rasgos físicos y psicológicos de los astros

Los astrólogos afirmaban cosas como:

  • el nacido bajo Leo será valiente;
  • el nacido bajo Virgo tendrá cierto aspecto físico y cierto carácter.

Sexto prácticamente se ríe de esto. Dice que tales afirmaciones son más dignas de provocar risa que de ser tomadas seriamente.

Su primer golpe es muy simple: si alguien nace bajo Leo y se vuelve valiente porque el león es fuerte y viril, entonces ¿por qué el toro, que también es poderoso y fuerte, recibe una clasificación distinta? El problema es que las asociaciones parecen arbitrarias.

Pero después viene una crítica más profunda. Sexto pregunta:

¿Por qué suponemos que el león celeste tiene algo que ver con el león terrestre?

Y aquí está el punto central. Las constelaciones no son animales reales; son simplemente grupos de estrellas a los que los seres humanos dieron nombres.

La idea es más o menos esta:

Unos antiguos miraron el cielo y dijeron:

"Ese grupo de estrellas parece un león."

Pero Sexto responde:

"Parece un león... ¿a quién?"

Porque las estrellas están separadas unas de otras por enormes espacios vacíos. No existe un león real dibujado en el cielo.

Luego usa ejemplos aún más absurdos. Habla de la Osa y del Dragón:

¿Cómo siete estrellas separadas pueden parecer realmente una osa?

¿Y cómo cinco estrellas aisladas forman la cabeza de un dragón?4

Incluso los nacidos bajo un mismo signo no poseen las mismas características físicas ni el mismo destino. Si alguien nace en Leo y otro también nace en Leo, vemos continuamente diferencias enormes entre ellos. Los astrólogos podrían responder diciendo que las diferencias dependen de subdivisiones más pequeñas del signo, como partes y minutos. Pero Sexto inmediatamente responde que esa salida no funciona, porque ya demostró antes que ellos no pueden determinar con exactitud el momento del nacimiento ni el horóscopo.

Luego plantea una pregunta muy interesante: ¿por qué el nacido bajo Leo sería valiente?

Solo existen dos opciones.

La primera sería decir:

"Porque el signo se llama León."

Sexto prácticamente se burla de esto. Si fuera así, entonces cualquier persona criada junto a un león terrestre también debería volverse valiente simplemente por convivir con algo llamado "león". El nombre mismo no produce ninguna propiedad real.

Entonces queda la segunda opción:

"Porque el león celeste modifica el aire y ese cambio afecta al recién nacido."

Sexto concede momentáneamente esa posibilidad, pero luego pregunta algo demoledor:

El aire podría quizás influir sobre el cuerpo, hacer a alguien más fuerte o más agresivo. Pero ¿cómo podría el aire producir cosas como:

  • ser rey;
  • tener deudas;
  • terminar encadenado;
  • tener pocos hijos;
  • ocupar cargos políticos?

El salto parece absurdo. Una cosa es una influencia física; otra muy distinta es explicar acontecimientos completos de una vida.

Luego introduce un ejemplo muy directo:

Si Virgo produce personas de piel blanca, ojos claros y cabello tieso, entonces ningún etíope podría nacer bajo Virgo. Porque si un etíope naciera bajo ese signo habría que decir algo absurdo: que debería ser blanco.

Los astrólogos sostenían que las configuraciones celestes se repetían en enormes ciclos llamados Gran Año. Sexto menciona un ciclo de 9.977 años. La idea era que después de ese inmenso período los astros volverían a ocupar exactamente las mismas posiciones.

Y Sexto pregunta algo muy simple:

"¿Cómo podrían los seres humanos comprobarlo?"

Porque para demostrar una teoría no basta con verla una sola vez. Habría que observar una determinada configuración astral, registrar qué tipo de vida produjo, esperar casi diez mil años a que reapareciera exactamente la misma configuración y luego verificar si produce los mismos resultados.

Y ni siquiera una sola vez sería suficiente; tendría que repetirse muchas veces para establecer una regla confiable.

El problema es evidente:

La vida humana es demasiado corta.

Ningún observador podría seguir una investigación durante miles de años. Y Sexto añade otro problema: incluso si existieran registros históricos, podrían perderse por guerras, catástrofes o cambios civilizatorios. Incluso menciona la posibilidad —aceptada por algunos filósofos antiguos— de destrucciones periódicas del mundo.

Conclusión

La crítica de Sexto Empírico contra los astrólogos termina siendo mucho más que un ataque a horóscopos o signos zodiacales: es una demolición de sus fundamentos mismos. Los caldeos pretendían leer el destino humano en las estrellas, pero ni podían determinar con exactitud el instante del nacimiento, ni fijar con seguridad el horóscopo, ni demostrar las supuestas influencias celestes, ni observar repetidamente las mismas configuraciones astrales para verificar sus resultados. Allí donde afirmaban descubrir leyes necesarias del universo, Sexto encontró instrumentos imperfectos, observaciones inciertas y asociaciones arbitrarias. El cielo seguía siendo inmenso y admirable; lo que se derrumbaba era la pretensión humana de convertirlo en un libro donde estuviera escrita con certeza la vida de cada hombre.