domingo, 24 de mayo de 2026

Sexto Empírico - Contra Profesores (Libro V: Contra los astrólogos)

En este libro, Sexto Empírico dirige su mirada hacia una de las disciplinas que más fascinación y autoridad despertaba en el mundo antiguo: la astrología. Los caldeos afirmaban que los movimientos del cielo revelaban el destino humano y que las estrellas escribían, desde el instante mismo del nacimiento, la trama de la vida. Pero Sexto no se conforma con cuestionar predicciones particulares; va directamente a los fundamentos del sistema. Con la paciencia del escéptico, examina los horóscopos, las configuraciones astrales y los métodos de observación, preguntando si aquello que parece un conocimiento profundo del cosmos no será, en realidad, una construcción humana sostenida sobre conjeturas, imprecisiones y supersticiones. Lo que comienza como una investigación sobre las estrellas termina convirtiéndose en una reflexión sobre los límites del conocimiento humano mismo.

SEXTO EMPÍRICO

CONTRA PROFESORES

CONTRA LOS ASTRÓLOGOS

Primero aclara aquello que no está criticando. No ataca la matemática compuesta por geometría y aritmética, porque considera que ya la refutó en los capítulos anteriores. Tampoco ataca la astronomía observacional cultivada por personajes como Eudoxo e Hiparco. Esa disciplina consistía en estudiar fenómenos celestes y establecer regularidades empíricas: observar los ciclos de los astros para prever estaciones, sequías, inundaciones, terremotos y fenómenos naturales. Sexto la compara con la agricultura y la navegación, porque ambas dependen de la experiencia y de la observación repetida.

Lo que realmente quiere atacar es la astrología genetlíaca, es decir, la astrología natal que pretende determinar el destino humano a partir de la posición de los astros en el momento del nacimiento.

Observando los principios

Primero presenta la base sobre la que descansa toda la astrología antigua: la idea de que los cuerpos terrestres y los cuerpos celestes se encuentran en simpatía o correspondencia mutua.

La palabra que aparece aquí, compadecen (sympatheia), no significa compasión en el sentido moderno, sino una especie de conexión universal. La idea es que existe una relación invisible entre el cielo y la tierra, de modo que los movimientos de los astros producirían efectos sobre las cosas terrenas. El ser humano, los animales, las estaciones y los acontecimientos de la vida estarían afectados por emanaciones o influencias provenientes del cielo.

Sexto incluso cita un verso antiguo:

“cual es el día que el padre de dioses y hombres les depara”

La idea es que el destino humano quedaría determinado por condiciones cósmicas previas al individuo mismo.

Sobre esa base, los caldeos construyen su teoría: los siete astros conocidos en la antigüedad —Sol, Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno— serían causas activas de los acontecimientos humanos. Pero no actuarían solos: también participarían las regiones del cielo conocidas como signos del zodiaco.

Sexto entonces explica la maquinaria astrológica:

  • El zodiaco se divide en 12 signos.
  • Cada signo se divide en 30 partes.
  • Cada parte en 60 minutos, considerados elementos mínimos.

Luego aparece toda una clasificación simbólica:

Signos masculinos y femeninos:
Se les atribuía capacidad para favorecer nacimientos masculinos o femeninos.

  • Aries → masculino
  • Tauro → femenino
  • Géminis → masculino
  • y así sucesivamente.

Aquí Sexto menciona algo interesante: cree que incluso los pitagóricos pudieron inspirarse en estas asociaciones para asignar géneros a los números:

  • Unidad → masculina
  • Díada → femenina
  • Tríada → masculina

Es decir, el simbolismo matemático y el astrológico comenzaban a mezclarse.

Después aparecen los signos bicorporales:

  • Géminis
  • Sagitario
  • Virgo
  • Piscis

Reciben ese nombre porque poseen una naturaleza doble o compuesta.

También menciona los signos trópicos y fijos, que tienen relación con cambios y estabilidad en el movimiento solar.

  • Aries → primavera
  • Cáncer → verano
  • Libra → otoño
  • Capricornio → invierno

La palabra trópico viene precisamente de la idea de giro o cambio. Para los astrólogos estos signos poseían una naturaleza dinámica porque estaban asociados a transformaciones y transiciones.

Luego aparecen los signos fijos, como:

  • Tauro
  • Escorpión
  • Leo
  • Acuario

Estos representaban estabilidad, permanencia y continuidad.

Hasta aquí parece una clasificación astronómica mezclada con simbolismo, pero Sexto llega ahora a algo más importante: los cuatro centros (kentra), que constituían el corazón mismo de la interpretación astrológica.

Estos cuatro puntos son:

Horóscopo → signo que asciende en el horizonte cuando termina el nacimiento.

Meridiano → cuarto signo desde el horóscopo.

Poniente → signo opuesto al horóscopo.

Subterráneo-antimeridiano → signo opuesto al meridiano.

Podría representarse así:

Meridiano
|
Poniente ← • → Horóscopo
|
Subterráneo

Sexto incluso entrega un ejemplo:

Si Cáncer es el horóscopo:

  • Aries → meridiano
  • Capricornio → poniente
  • Libra → subterráneo

Después introduce otros dos términos:

Declinación: signo anterior a un centro.
Ascensión: signo posterior a un centro.

Lo llamativo es que la astrología antigua no consistía simplemente en decir: “eres Aries”. Era una maquinaria enorme que requería cálculos de posiciones, oposiciones, ascensos y relaciones geométricas entre los astros.

Regiones del cielo

Cada región del cielo recibe nombres morales, espirituales y corporales.

Cada posición del zodiaco recibe una función:

  • Genio malo → asociado a influencias negativas.
  • Genio bueno → asociado a influencias favorables.
  • Dios → fuerza superior beneficiosa.
  • Diosa → contraparte simbólica.
  • Buena fortuna → suerte favorable.
  • Mala fortuna → influencia perjudicial.
  • Inactivo → regiones de menor fuerza.

Sexto resume luego el sistema mostrando que estas posiciones dependen de las declinaciones y ascensiones respecto de los cuatro centros principales:

Horóscopo → declinación = genio malo / ascensión = inactivo
Meridiano → declinación = dios / ascensión = genio bueno
Antimeridiano → declinación = diosa / ascensión = buena fortuna
Poniente → declinación = mala fortuna / ascensión = inactivo

Lo importante es que Sexto agrega una observación fundamental: los astrólogos no consideraban estas clasificaciones un simple adorno simbólico. Creían que la posición exacta modificaba la intensidad de la influencia astral. Un planeta podía perjudicar o favorecer más dependiendo de si estaba en un centro, una ascensión o una declinación.

Después aparece algo fascinante: la correspondencia entre el cuerpo humano y el zodiaco.

Los caldeos distribuyen el cuerpo entero entre los signos:

Aries → cabeza
Tauro → cuello
Géminis → hombros
Cáncer → pecho
Leo → costados
Virgo → nalgas
Libra → flancos
Escorpión → órganos sexuales y matriz
Sagitario → muslos
Capricornio → rodillas
Acuario → tobillos
Piscis → pies

La idea sigue siendo la misma: la sympatheia, la correspondencia universal entre cielo y tierra. El cuerpo humano sería una especie de reflejo reducido del cosmos.

Los signos zodiacales no se establecieron observando directamente divisiones grabadas en el cielo. El cielo no tiene líneas ni fronteras visibles. Los astrólogos tuvieron que construir esas divisiones mediante cálculos y observaciones humanas.

Sexto describe el procedimiento atribuido a los antiguos. Vigilaban la aparición de una estrella brillante dentro del zodiaco y utilizaban una clepsidra o reloj de agua: una vasija perforada que dejaba salir agua lentamente hacia otro recipiente.

El procedimiento era aproximadamente este:

  1. Se observaba el momento en que una estrella aparecía.
  2. Comenzaba a fluir el agua.
  3. Se esperaba hasta que la misma estrella reapareciera.
  4. Se suponía que se había completado una revolución entera.
  5. Luego dividían el agua recogida en doce partes iguales.
  6. Cada parte representaba una sección del círculo celeste.

Es decir:

círculo completo → totalidad del agua
signo zodiacal → una doceava parte del agua

Lo fascinante es que Sexto todavía aparenta estar describiendo neutralmente el sistema, pero aquí ya puede verse una futura grieta: las divisiones zodiacales dependen de:

  • observaciones humanas;
  • instrumentos materiales;
  • mediciones temporales;
  • cálculos aproximados.

Y la pregunta escéptica comienza a asomar:

"¿Qué ocurre si la observación fue inexacta?"

"¿Qué ocurre si el flujo del agua no fue uniforme?"

"¿Qué ocurre si la estrella observada cambió de posición aparente?"

El escéptico está preparando algo muy sutil: las líneas entre Aries, Tauro o Géminis no aparecen naturalmente en el cielo; son construcciones humanas derivadas de métodos de medición.

Los astrólogos no consideraban estas divisiones como detalles secundarios o decorativos. Para ellos constituían el mecanismo mismo mediante el cual el cielo actuaba sobre la vida humana.

Resume las relaciones así:

Horóscopo:

  • declinación → genio malo
  • ascensión → inactivo

Meridiano:

  • declinación → dios
  • ascensión → genio bueno

Antimeridiano:

  • declinación → diosa
  • ascensión → buena fortuna

Poniente:

  • declinación → mala fortuna
  • ascensión → inactivo

La idea fundamental es que un planeta no ejerce siempre el mismo efecto. Un astro considerado perjudicial podría volverse más o menos dañino según su posición exacta dentro de estas regiones. Para los caldeos, el cielo era una especie de sistema dinámico de fuerzas, donde las posiciones modificaban intensidades y resultados.

Luego Sexto introduce una parte particularmente interesante: el cuerpo humano como reflejo del cosmos. Los caldeos sostenían la doctrina de la sympatheia (simpatía universal), es decir, una correspondencia entre los acontecimientos celestes y las partes del cuerpo humano.

La distribución era:

Aries → cabeza
Tauro → cuello
Géminis → hombros
Cáncer → pecho
Leo → costados
Virgo → nalgas
Libra → flancos
Escorpión → órganos sexuales y matriz
Sagitario → muslos
Capricornio → rodillas
Acuario → tobillos
Piscis → pies

La lógica es la siguiente: si un planeta perjudicial aparecía en un determinado signo durante el nacimiento, podía producir un defecto o enfermedad en la parte corporal correspondiente.

Cómo se construyó el horóscopo

Los signos del zodiaco no aparecían naturalmente delimitados en el cielo, sino que los antiguos debieron establecer esas divisiones mediante observaciones y mediciones. Para ello vigilaban una estrella brillante y utilizaban una vasija perforada con agua —una clepsidra— dejando fluir el agua hasta que la misma estrella reapareciera. Suponían entonces que se había completado una revolución entera del cielo y dividían el agua recogida en doce partes iguales, considerando que cada una correspondía a una duodécima parte del zodiaco. A partir de allí fijaban los límites de cada signo.

Lo importante es que Sexto deja entrever una dificultad: las divisiones zodiacales no estaban grabadas en el cielo mismo, sino que dependían de instrumentos, observaciones y cálculos humanos. Esto es significativo porque una disciplina que pretende determinar el destino entero de una persona comienza a descansar sobre procedimientos susceptibles de error.

Después describe cómo se determinaba el horóscopo de un nacimiento. Un astrólogo se situaba en una altura observando los astros mientras otro esperaba junto a la mujer que iba a dar a luz. En el momento exacto del nacimiento, el segundo avisaba mediante un gong y el observador anotaba qué signo estaba surgiendo sobre el horizonte. Ese signo se convertía en el horóscopo de la persona.

Los astrólogos sostenían que los astros no tenían todos la misma naturaleza: algunos eran considerados beneficiosos, otros perjudiciales y otros ambiguos. Júpiter y Venus eran vistos como favorables; Marte y Saturno como dañinos; y Mercurio ocupaba una posición intermedia, pues podía comportarse como beneficioso o perjudicial dependiendo de los astros con los que se encontrara asociado.

Sin embargo, ni siquiera eso era totalmente fijo. Algunos astrólogos pensaban que ningún astro era bueno o malo por naturaleza absoluta; todo dependía de la posición que ocupara y de sus relaciones con los demás cuerpos celestes. Un astro perjudicial podía suavizar su influencia y uno beneficioso podía perder parte de su poder. Sexto parece mostrar cómo el sistema comienza a llenarse de excepciones y condiciones.

El Sol y la Luna ocupaban un lugar privilegiado. Eran considerados los dos grandes gobernantes del cielo y los demás astros actuaban con menor fuerza. Los egipcios los comparaban con una corte real: el Sol era el rey y el ojo derecho; la Luna la reina y el ojo izquierdo; los cinco planetas restantes eran los asistentes o chambelanes, mientras las estrellas fijas constituían el resto del pueblo.

Además los planetas poseían sus propias “casas”, “elevaciones”, “depresiones” y “límites”. Así Leo era la casa del Sol, Cáncer la de la Luna, Capricornio y Acuario las de Saturno, y así sucesivamente. También existían lugares donde los astros se sentían fortalecidos —las elevaciones— y otros donde su poder disminuía —las depresiones—. Aries, por ejemplo, era la elevación del Sol, mientras el signo opuesto representaba su debilitamiento.

Critica a la astrología

Primero añade nuevas relaciones entre los astros: habla de estrellas que son “custodiadas”, es decir, aquellas que aparecen entre otras dos dentro de un mismo signo. También explica que los astros pueden “mirarse” entre sí cuando forman ciertas figuras geométricas, especialmente triángulos y cuadrángulos. Estas figuras no eran simples formas matemáticas; para los astrólogos tenían consecuencias reales sobre la vida humana. Una estrella perjudicial, por ejemplo, podía suavizar su influencia si formaba un triángulo con una beneficiosa, mientras que un cuadrángulo podía producir efectos opuestos.

Luego Sexto distingue entre dos tipos de predicción. Había formas simples, como afirmar: “tal planeta en tal signo produce personas de cierta clase”. Pero también existían procedimientos mucho más complejos que combinaban múltiples factores simultáneamente: posición de cada astro, centros, configuraciones y relaciones entre signos. El destino humano se convertía así en una enorme ecuación celeste.

Y entonces ocurre algo importante: Sexto declara que ya ha explicado lo suficiente y que ahora puede comenzar la refutación.

El futuro

Los astrólogos creen que pueden anunciar acontecimientos futuros. Pero los acontecimientos solo parecen pertenecer a tres grupos posibles: unos ocurren por necesidad, otros por azar y otros dependen de nuestras propias decisiones.

Si los astrólogos predicen algo que ocurre por necesidad, aparece un problema. Imagina que una enfermedad, una muerte o un hecho debe suceder inevitablemente. Aunque alguien lo anuncie con anticipación, nada podría evitarlo. La predicción perdería utilidad práctica porque el acontecimiento sucedería de todos modos.

Luego vienen los sucesos fortuitos. Si algo ocurre verdaderamente por azar, entonces no sigue una regla fija ni una estructura estable. Y si no existe una estructura constante, tampoco parece posible construir una predicción segura sobre ello.

Finalmente quedan las acciones que dependen de nosotros mismos. Supón algo cotidiano: mañana puedes decidir salir o quedarte en casa. Si esa decisión realmente nace de tu voluntad y no está determinada de antemano por una cadena necesaria de causas, nadie podría predecirla con certeza absoluta.

Así la crítica parece cerrar todas las puertas:

  • lo necesario → puede anunciarse, pero sería inútil;
  • lo azaroso → no puede anunciarse;
  • lo voluntario → tampoco puede conocerse de antemano.

Y entonces Sexto introduce algo muy interesante: llama a estos ataques “escaramuzas”. Eso es casi una pequeña ironía. Está diciendo:

"Todo esto son golpes menores."

Porque su intención no es quedarse en discusiones sobre destino o libre albedrío. Quiere repetir la misma estrategia que usó contra los aritméticos: destruir los principios fundamentales

Horóscopo como cimiento

El horóscopo es el signo que está surgiendo en el instante exacto del nacimiento. A partir de ese punto se calculan el meridiano, el poniente, el antimeridiano, las ascensiones, declinaciones, triángulos y todas las demás configuraciones. Es decir:

horóscopo → centros → configuraciones → predicciones

Por tanto Sexto dice algo muy fuerte:

"Si el horóscopo cae, todo lo demás cae con él."

Luego comienza a atacar el proceso mismo por el cual se obtiene el horóscopo. Dice que para determinarlo correctamente tendrían que cumplirse tres condiciones extremadamente difíciles:

Primero, conocer con absoluta precisión el instante exacto del nacimiento.

Segundo, el instrumento utilizado para registrar ese momento tendría que ser perfectamente infalible.

Tercero, habría que observar con total exactitud qué signo estaba elevándose en ese instante.

Y aquí aparece el problema. Sexto dice que ninguna de estas tres cosas parece segura.

Piensa en algo sencillo. Un niño nace y el astrólogo debe registrar el instante exacto:

¿Es cuando aparece la cabeza?
¿Cuando sale completamente del cuerpo?
¿Cuando corta el cordón?
¿Cuando respira por primera vez?
¿Cuando emite el primer llanto?

Ya solo ahí surge una enorme dificultad.

Después aparece el problema del instrumento: relojes de agua, observaciones visuales, relojes solares, señales mediante gong. Todo eso puede contener errores mínimos.

Y finalmente está el problema del cielo mismo: observar exactamente qué signo estaba elevándose sobre el horizonte tampoco parece sencillo.

El nacimiento

¿Cómo saben exactamente cuándo comienza una vida?

Los astrólogos podían tomar dos puntos de referencia: la concepción o el parto. Sexto empieza por la concepción y trata de mostrar que es prácticamente imposible fijarla con precisión.

Su argumento es el siguiente: aunque alguien sepa el momento exacto de la relación sexual, eso no significa que conozca el momento exacto de la concepción. Porque el esperma no necesariamente actúa de inmediato. Sexto usa una comparación interesante. Dice que podría ocurrir instantáneamente, como la levadura que cae sobre un horno muy caliente y se adhiere al instante; pero también podría ocurrir lentamente, como una semilla que se deposita en la tierra y tarda tiempo en echar raíces.

Luego añade una consideración fisiológica: entre la entrada de la matriz y el lugar donde los médicos antiguos creían que ocurría la concepción hay una distancia que el esperma debe recorrer. Ese recorrido requiere tiempo. Pero ¿cuánto tiempo? Ahí está el problema: nadie lo sabe con exactitud.

Y Sexto complica aún más la situación. A veces el esperma puede avanzar directamente; otras puede dispersarse y reunirse después. Incluso menciona teorías médicas según las cuales el esperma debía sufrir una transformación previa dentro de la matriz antes de producir la concepción. Además, las mujeres no reaccionan todas igual: unas podrían concebir más rápidamente y otras más lentamente.

El golpe escéptico es muy fuerte:

"Si no puedes saber el instante exacto de la concepción, no puedes usarlo para construir un horóscopo exacto."

Y luego Sexto destruye una posible respuesta. Algunos podrían decir:

"Pero existen señales: cambios físicos, interrupción del flujo menstrual, deseos extraños o síntomas."

Sexto responde que esas señales aparecen después, a veces varios días más tarde, y muestran solo que la concepción probablemente ocurrió, no el momento exacto en que ocurrió.

Y aquí aparece el corazón del problema:

Los caldeos necesitan precisión extrema. No necesitan saber:

"La concepción ocurrió aproximadamente esta semana."

Necesitan algo mucho más exacto:

"Ocurrió exactamente en este momento."

Porque un cambio pequeño puede alterar completamente el signo ascendente y, con ello, modificar todo el sistema de predicciones.

¿Cuándo nace realmente una persona?

¿Nace cuando la cabeza comienza a salir? ¿Cuando el cuerpo sale completamente? ¿Cuando el recién nacido toca el suelo? Cada posibilidad cambia el instante exacto. Y para la astrología eso es gravísimo, porque un pequeño cambio temporal puede modificar el signo ascendente y alterar toda la carta astral.

Además Sexto señala que ningún parto es idéntico a otro. Intervienen múltiples factores: la constitución del cuerpo, la posición del niño, la experiencia de la comadrona y muchas otras circunstancias. No existe un instante universal y perfectamente delimitado.

Pero después viene un argumento aún más interesante: el problema del gong.

Recuerda la escena que Sexto describió antes: un observador está junto a la parturienta y otro en una montaña observando el cielo. Cuando nace el niño, el primero golpea un gong y el segundo registra el signo ascendente.

Sexto dice: incluso si concediéramos que el instante exacto del nacimiento existe y puede conocerse, todavía surge otro problema:

El sonido tarda tiempo en viajar.

Usa un ejemplo cotidiano: cuando alguien tala un árbol en una montaña, primero ocurre el golpe y solo después escuchamos el sonido. El ruido necesita un tiempo para llegar al oyente.

Entonces el problema sería este:

Nacimiento → golpe del gong → viaje del sonido → recepción → observación del cielo

Y mientras ocurre todo eso, el cielo sigue moviéndose.

Aquí aparece uno de los golpes más finos de Sexto:

"El universo no espera al astrólogo."

Mientras el observador escucha, mira y trata de determinar la posición de la Luna y de los demás astros, las estrellas ya han cambiado de posición. El cielo continúa moviéndose con rapidez constante.

Luego añade otro problema: las observaciones nocturnas podrían ser relativamente posibles porque se ven las estrellas, pero ¿qué ocurre con los nacimientos de día? Allí solo puede observarse el Sol. Y además existen nubes, niebla o mal tiempo.

Tercer problema

¿Cómo saben exactamente cuándo comienza y termina un signo?

Los astrólogos habían dividido el zodiaco usando las vasijas con agua, pero Sexto intenta mostrar que ese método es inseguro. Dice que el agua no fluye siempre igual. Cuando la vasija está llena puede salir a una velocidad; cuando está medio vacía a otra; y cuando queda poca agua puede comportarse de otra manera distinta. Además el aire mismo influye: si está húmedo, denso o brumoso podría alterar el flujo; si está limpio y ligero podría facilitarlo.

El problema es que el cielo se mueve con regularidad constante, mientras que el instrumento humano no.

La idea es casi esta:

movimiento del cielo → constante
instrumento humano → variable

Pero después Sexto presenta un argumento aún más interesante. Dice que los signos del zodiaco no son líneas dibujadas en el cielo. Aries no termina con una raya visible y Tauro no comienza con otra. Los signos están formados por estrellas dispersas, separadas por espacios vacíos.

Entonces imagina a alguien observando desde la tierra:

"¿Lo que estoy viendo es el final de Aries o el comienzo de Tauro?"

Sexto dice que el observador podría confundirse fácilmente, porque no hay límites visibles exactos.

Y remata con otra dificultad inesperada: incluso el lugar desde donde observamos cambia. Las montañas, colinas y terrenos pueden alterarse por terremotos, lluvias o inundaciones. Un observador situado en una elevación ve el cielo de una manera distinta a alguien que observa desde una llanura.

Cuarto problema

Las personas no ven igual. Algunos tienen una vista más aguda que otros. Utiliza el ejemplo de las águilas y los halcones: estas aves distinguen objetos a enormes distancias que los seres humanos todavía ni siquiera perciben.

Sexto aplica esto a los astrólogos. Imagina dos observadores mirando el horizonte:

  • uno tiene una vista muy aguda;
  • otro una vista menos precisa.

El primero podría decir:

"El signo ya apareció."

Y el segundo:

"Todavía no."

Entonces surge un problema enorme: ¿cuál de los dos determina el horóscopo verdadero?

Después introduce un argumento todavía más refinado: el aire mismo altera la percepción.

Dice que cuando el aire es muy denso o cargado, la luz puede reflejarse y producir ilusiones ópticas. Utiliza el ejemplo del Sol reflejado sobre el agua: muchas veces creemos estar viendo el Sol cuando en realidad estamos viendo una imagen reflejada.

La idea es esta:

objeto real → luz → aire → ojo

Pero si el aire modifica la trayectoria de la luz, el observador podría creer que un signo ya está elevándose cuando todavía sigue por debajo del horizonte.

Luego llega a lo que él llama prácticamente el argumento decisivo.

Dice: si el mismo signo zodiacal apareciera exactamente igual para todos los habitantes del mundo, podría existir alguna seguridad. Pero eso no ocurre.

Una persona en Egipto, otra en Grecia y otra en regiones más lejanas no observan el cielo desde la misma posición. Para unos una estrella aparece antes; para otros aparece después.

Por eso sucede algo absurdo para la astrología:

El signo que para una persona ya es el horóscopo, para otra todavía puede encontrarse bajo el horizonte.

Y Sexto ofrece una prueba observable: estrellas como Arturo o Sirio no se vuelven visibles al mismo tiempo en todas las regiones del mundo.

La mayoría de las personas que consultan a un astrólogo nunca observó personalmente el instante exacto de su nacimiento. El asunto requiere conocimientos técnicos enormes: observación astronómica, instrumentos, cálculos y mediciones. El individuo común simplemente llega y dice algo parecido a:

"Nací alrededor de tal hora."

Y ahí aparece un problema enorme: el astrólogo no conoce el momento directamente; depende del testimonio de otra persona. Pero esa persona probablemente tampoco lo sabe con precisión, ya sea porque nadie lo registró o porque simplemente nunca se prestó atención exacta al instante.

Entonces Sexto concluye algo muy duro:

los hombres no obtienen predicciones sólidas, sino ilusiones y engañifas.

Pero luego anticipa una respuesta posible de los astrólogos:

"No necesitamos una precisión absoluta; basta una aproximación."

Y Sexto responde con un ejemplo devastador.

Si basta con una aproximación, entonces personas nacidas casi al mismo tiempo deberían compartir destinos semejantes. Sin embargo, observa que esto no sucede.

Usa ejemplos famosos:

Alejandro Magno: millones nacieron aproximadamente en su misma época, pero ninguno conquistó un imperio semejante.

Platón: muchos nacieron en fechas parecidas, pero ninguno llegó a ser Platón.

La crítica es fuerte porque señala una contradicción:

Si pequeñas diferencias temporales no importan → personas nacidas aproximadamente juntas deberían vivir vidas parecidas.

Pero eso no ocurre.

Y luego invierte el argumento aún más. Dice:

Si los astrólogos sostienen que personas con la misma disposición astral tienen destinos iguales, entonces quienes poseen disposiciones distintas deberían terminar de maneras distintas.

Pero tampoco ocurre eso.

Porque vemos continuamente personas muy diferentes:

  • jóvenes y ancianos;
  • ricos y pobres;
  • fuertes y débiles;

que pueden acabar exactamente igual: muriendo en una guerra, en un naufragio o bajo el derrumbe de una casa.

Si la astrología fuera correcta y una determinada posición astral —por ejemplo alguien nacido bajo cierta región de Sagitario— implicara necesariamente morir atravesado por una espada, entonces surge una pregunta: ¿cómo explicar grandes batallas como la de Maratón? Allí murieron miles de personas al mismo tiempo. Es prácticamente imposible que todos hubieran nacido bajo la misma configuración celeste.

Luego usa otro ejemplo: los griegos que regresaban de Troya y perecieron juntos en naufragios cerca de Eubea. Si la astrología dijera que quien nace bajo determinada posición de Acuario está destinado a morir ahogado, habría que suponer que todos aquellos hombres, tan distintos entre sí, habían nacido bajo exactamente la misma disposición astral. Sexto considera esto absurdo.

Y anticipa una respuesta posible de los astrólogos:

"Quizás el destino de una sola persona arrastra a todos los demás."

Es decir, podría decirse que un hombre destinado a morir en un naufragio llevó consigo a todos los otros pasajeros.

Pero Sexto inmediatamente responde con una pregunta demoledora:

¿Por qué el destino de uno prevalecería sobre el de todos los demás?

Y añade una segunda pregunta todavía más peligrosa:

¿Por qué no ocurre lo contrario? ¿Por qué no podría salvarse toda la tripulación por causa de alguien cuyo destino fuera sobrevivir?

El argumento empieza a mostrar una inconsistencia interna: cuando muchas personas participan en un mismo acontecimiento, los destinos individuales comienzan a chocar entre sí.

Después Sexto da un golpe todavía más curioso: introduce a los animales.

Dice: imaginemos un hombre y un asno nacidos exactamente bajo la misma configuración astral y en el mismo momento.

Si los astros determinan la vida, entonces ambos deberían tener un destino semejante.

Pero eso no sucede.

El hombre podría convertirse en gobernante, filósofo o magistrado, mientras el asno terminaría transportando cargas o dando vueltas en un molino.

Rasgos físicos y psicológicos de los astros

Los astrólogos afirmaban cosas como:

  • el nacido bajo Leo será valiente;
  • el nacido bajo Virgo tendrá cierto aspecto físico y cierto carácter.

Sexto prácticamente se ríe de esto. Dice que tales afirmaciones son más dignas de provocar risa que de ser tomadas seriamente.

Su primer golpe es muy simple: si alguien nace bajo Leo y se vuelve valiente porque el león es fuerte y viril, entonces ¿por qué el toro, que también es poderoso y fuerte, recibe una clasificación distinta? El problema es que las asociaciones parecen arbitrarias.

Pero después viene una crítica más profunda. Sexto pregunta:

¿Por qué suponemos que el león celeste tiene algo que ver con el león terrestre?

Y aquí está el punto central. Las constelaciones no son animales reales; son simplemente grupos de estrellas a los que los seres humanos dieron nombres.

La idea es más o menos esta:

Unos antiguos miraron el cielo y dijeron:

"Ese grupo de estrellas parece un león."

Pero Sexto responde:

"Parece un león... ¿a quién?"

Porque las estrellas están separadas unas de otras por enormes espacios vacíos. No existe un león real dibujado en el cielo.

Luego usa ejemplos aún más absurdos. Habla de la Osa y del Dragón:

¿Cómo siete estrellas separadas pueden parecer realmente una osa?

¿Y cómo cinco estrellas aisladas forman la cabeza de un dragón?4

Incluso los nacidos bajo un mismo signo no poseen las mismas características físicas ni el mismo destino. Si alguien nace en Leo y otro también nace en Leo, vemos continuamente diferencias enormes entre ellos. Los astrólogos podrían responder diciendo que las diferencias dependen de subdivisiones más pequeñas del signo, como partes y minutos. Pero Sexto inmediatamente responde que esa salida no funciona, porque ya demostró antes que ellos no pueden determinar con exactitud el momento del nacimiento ni el horóscopo.

Luego plantea una pregunta muy interesante: ¿por qué el nacido bajo Leo sería valiente?

Solo existen dos opciones.

La primera sería decir:

"Porque el signo se llama León."

Sexto prácticamente se burla de esto. Si fuera así, entonces cualquier persona criada junto a un león terrestre también debería volverse valiente simplemente por convivir con algo llamado "león". El nombre mismo no produce ninguna propiedad real.

Entonces queda la segunda opción:

"Porque el león celeste modifica el aire y ese cambio afecta al recién nacido."

Sexto concede momentáneamente esa posibilidad, pero luego pregunta algo demoledor:

El aire podría quizás influir sobre el cuerpo, hacer a alguien más fuerte o más agresivo. Pero ¿cómo podría el aire producir cosas como:

  • ser rey;
  • tener deudas;
  • terminar encadenado;
  • tener pocos hijos;
  • ocupar cargos políticos?

El salto parece absurdo. Una cosa es una influencia física; otra muy distinta es explicar acontecimientos completos de una vida.

Luego introduce un ejemplo muy directo:

Si Virgo produce personas de piel blanca, ojos claros y cabello tieso, entonces ningún etíope podría nacer bajo Virgo. Porque si un etíope naciera bajo ese signo habría que decir algo absurdo: que debería ser blanco.

Los astrólogos sostenían que las configuraciones celestes se repetían en enormes ciclos llamados Gran Año. Sexto menciona un ciclo de 9.977 años. La idea era que después de ese inmenso período los astros volverían a ocupar exactamente las mismas posiciones.

Y Sexto pregunta algo muy simple:

"¿Cómo podrían los seres humanos comprobarlo?"

Porque para demostrar una teoría no basta con verla una sola vez. Habría que observar una determinada configuración astral, registrar qué tipo de vida produjo, esperar casi diez mil años a que reapareciera exactamente la misma configuración y luego verificar si produce los mismos resultados.

Y ni siquiera una sola vez sería suficiente; tendría que repetirse muchas veces para establecer una regla confiable.

El problema es evidente:

La vida humana es demasiado corta.

Ningún observador podría seguir una investigación durante miles de años. Y Sexto añade otro problema: incluso si existieran registros históricos, podrían perderse por guerras, catástrofes o cambios civilizatorios. Incluso menciona la posibilidad —aceptada por algunos filósofos antiguos— de destrucciones periódicas del mundo.

Conclusión

La crítica de Sexto Empírico contra los astrólogos termina siendo mucho más que un ataque a horóscopos o signos zodiacales: es una demolición de sus fundamentos mismos. Los caldeos pretendían leer el destino humano en las estrellas, pero ni podían determinar con exactitud el instante del nacimiento, ni fijar con seguridad el horóscopo, ni demostrar las supuestas influencias celestes, ni observar repetidamente las mismas configuraciones astrales para verificar sus resultados. Allí donde afirmaban descubrir leyes necesarias del universo, Sexto encontró instrumentos imperfectos, observaciones inciertas y asociaciones arbitrarias. El cielo seguía siendo inmenso y admirable; lo que se derrumbaba era la pretensión humana de convertirlo en un libro donde estuviera escrita con certeza la vida de cada hombre.

Sexto Empírico - Contra Profesores (Libro IV: Contra aritméticos)

CONTRA ARITMÉTICOS

Todo está compuesto de números

Los aritméticos tenían una frase:

''Todas las cosas se ajustan al número''

Para los pitagóricos, los números constituían la estructura misma de la realidad: la armonía musical, los movimientos celestes y el orden del cosmos obedecían a principios matemáticos.

Sexto también menciona el juramento pitagórico referido a Pitágoras y a la tetractis.

“No, por aquel que transmitió a nuestra alma la tetractis, fuente y raíz de la naturaleza eterna.”

La tetractis era una figura sagrada formada por los cuatro primeros números: uno, dos, tres y cuatro; su suma produce diez. Los pitagóricos consideraban que el diez era el número perfecto porque parecía cerrar un ciclo y reiniciar la serie numérica. Además lo llamaban “la fuente o manantial que contiene las raíces de la naturaleza eterna”, pues creían que dentro de esta estructura se encontraba el principio organizador de todas las cosas.

Demostración pitagórica

Los pitagóricos intentaban demostrar que los números no eran simples instrumentos para contar, sino la estructura misma de la realidad física.

La unidad (1) aparece como el principio de todos los demás números. Así como en geometría el punto es el origen de las figuras, la unidad sería el origen del número. De la unidad surge la díada (2), y Sexto explica la analogía pitagórica: la unidad ocupa el lugar del punto y la díada el lugar de la línea. La idea es que cuando el pensamiento pasa de un punto a otro se produce una distancia, y esa distancia es longitud.

Luego aparece la tríada (3). Si a la longitud se le añade anchura, surge una superficie. El pensamiento ya no se mueve solo en una dirección, sino en otra adicional; por eso el tres comienza a representar una realidad más compleja.

Finalmente surge el cuaternario (4). Cuando a la longitud y la anchura se agrega una tercera dimensión, la profundidad, aparece el cuerpo sólido. Sexto menciona la pirámide como ejemplo porque posee las tres dimensiones fundamentales: largo, ancho y profundidad.

El esquema podría visualizarse así:

1 → punto → principio
2 → línea → longitud
3 → superficie → anchura
4 → cuerpo sólido → profundidad

Por eso para los pitagóricos el cuatro tenía un valor especial: en él parecían encontrarse las dimensiones necesarias para construir el mundo físico. Y como 1+2+3+4=10, el diez se convertía nuevamente en el número perfecto y en la famosa tetractis.

El alma y la armonía

Para los pitagóricos el cosmos no era una máquina caótica; era una especie de composición musical gigantesca. Si el universo está gobernado por armonía, entonces el alma humana, como parte del universo, también debía obedecer relaciones matemáticas.

La explicación surge desde la música. Los pitagóricos habían observado que ciertos sonidos resultaban agradables y armónicos cuando sus proporciones numéricas eran simples. Sexto menciona tres intervalos fundamentales:

  • Diapasón (octava): proporción 2:1

  • Diapente (quinta): proporción 3:2
  • Diatesarón (cuarta): proporción 4:3

Por ejemplo, una octava surge cuando una cuerda vibra al doble de otra; una quinta cuando existe la proporción tres a dos; y una cuarta con cuatro a tres. Los pitagóricos pensaban que esto revelaba una verdad extraordinaria: la belleza y la armonía podían expresarse matemáticamente.

Luego intentan trasladar estas relaciones al alma misma. Los cuatro primeros números —uno, dos, tres y cuatro— contienen estas proporciones armónicas:

  • El 4 es doble del 22:1 → octava.
  • El 3 contiene al 2 más su mitad → 3:2 → quinta.
  • El 4 contiene al 3 más su tercera parte → 4:3 → cuarta.

De este modo, la tetractis deja de ser una simple suma. Se transforma en una especie de modelo del universo: contiene la geometría, la música, el alma y el orden cósmico. Por eso los pitagóricos la llamaban “manantial que contiene las raíces de la naturaleza eterna”.

Sexto introduce una idea cercana a Platón: el Uno no sería simplemente el número uno que usamos para contar, sino una realidad más fundamental, algo gracias a lo cual las cosas pueden ser llamadas “una”. Por ejemplo, una planta, un animal o una piedra son llamados “uno”, pero ninguno de ellos sería el Uno en sí mismo; participan del Uno sin ser idénticos a él. Del mismo modo, muchos objetos forman una multiplicidad, pero la multiplicidad tampoco sería idéntica a las cosas múltiples particulares.

Lo que Sexto está preparando es una dificultad enorme. Si el Uno existe separado de las cosas concretas, surge una pregunta: ¿dónde está ese Uno? Porque nunca vemos el Uno por sí mismo; solamente vemos animales, plantas, piedras y objetos particulares. Pero si el Uno existe únicamente en las cosas particulares, deja de ser un principio universal y se transforma simplemente en un atributo de los objetos.

Aquí aparece la maniobra escéptica típica: los filósofos crean una entidad abstracta —el Uno— para explicar por qué las cosas son una, pero esa explicación comienza a generar problemas mayores que aquello que pretendía resolver.

El Uno

Sexto ya no se limita a plantear dudas; intenta demostrar que la idea platónica de una Unidad absoluta se destruye cualquiera sea la forma en que se la entienda.

Primero retoma el dilema anterior: el Uno o existe separado de las cosas particulares o existe junto con ellas. La primera opción fracasa porque jamás encontramos un Uno aislado de los seres concretos; nunca vemos la Unidad pura flotando separadamente de las cosas. Solo encontramos individuos particulares: árboles, piedras, animales o personas.

La segunda posibilidad tampoco funciona. Si el Uno está presente en los seres particulares, deja de ser algo universal e independiente y se convierte simplemente en un atributo más de las cosas. Sexto usa nuevamente el ejemplo del tronco: si algo es uno porque participa de una Unidad universal, el mismo razonamiento debería aplicarse a todo objeto singular. Pero eso hace que la Unidad se disperse entre infinitos seres.

Luego introduce una analogía con la definición universal de hombre. Algunos filósofos definían al hombre como “animal racional mortal”. Sin embargo, ese “hombre universal” no es Sócrates ni Platón. Si fuera Sócrates, nadie más sería hombre; si fuera Platón, ocurriría lo mismo. Pero tampoco puede existir separado de todos los hombres particulares, porque jamás aparece por sí mismo.

La comparación es muy poderosa: así como el “hombre universal” parece ser una construcción abstracta y no una realidad existente, el Uno también parece convertirse en una abstracción sin existencia propia.

El golpe final llega en la última frase:

“Del mismo modo el Uno, al no poder ser concebido ni junto con los particulares numerables ni por sí mismo, sencillamente es inconcebible.”

Ese “sencillamente es inconcebible” es brutal. Sexto está diciendo: si el principio del número no puede siquiera pensarse coherentemente, entonces el edificio entero construido sobre él pierde fundamento.

Lo mismo que ocurrió con el Uno debe aplicarse al dos, al tres y a todos los números. Si el fundamento es inestable, también lo será todo lo que se construya sobre él. Luego plantea un nuevo problema: la idea del Uno puede ser una sola o muchas.

Si hay una sola idea del Uno, surgen dificultades. Esa idea puede ser indivisible o divisible. Si es indivisible, muchos seres no podrían participar de ella simultáneamente. Sexto propone un ejemplo: si el objeto A posee completamente la idea del Uno, el objeto B ya no podría poseerla, porque algo indivisible no puede estar íntegramente en varios lugares a la vez.

Pero tampoco puede ser divisible. Si el Uno se divide para que muchos participen de él, entonces cada objeto recibiría solamente una parte del Uno y no el Uno completo. Además, los propios pitagóricos consideraban a la Unidad como algo indivisible y sin partes. Así que ambas opciones fracasan.

Entonces queda una tercera posibilidad: que existan muchas ideas del Uno, una para cada cosa singular. Pero esto tampoco resuelve el problema. Si cada unidad posee su propia idea particular, habría que preguntar si todas esas unidades participan a su vez de una unidad superior común. Si participan, reaparece el mismo problema inicial; y si no participan, entonces las cosas podrían ser llamadas una sin necesidad de ninguna idea universal.

Después Sexto dirige el golpe hacia la díada (el dos). Los pitagóricos pensaban que el dos surgía de la unión de dos unidades. Sexto pregunta: ¿cómo ocurre exactamente esa unión?

Si colocamos una unidad junto a otra, solo hay tres posibilidades:

  • o se añade algo,
  • o se quita algo,
  • o no ocurre ninguna de las dos cosas.

Si no se añade ni se quita nada, simplemente seguimos teniendo una unidad junto a otra unidad; nunca aparece una nueva realidad llamada díada.

Si se quita algo, ambas unidades disminuyen y dejan de ser lo que eran.

Y si se añade algo, surge un problema absurdo: habría dos unidades iniciales más aquello añadido y más la díada resultante, formando cuatro elementos en vez de dos.

El resultado es devastador:

“Por tanto la díada no será nada.”

Y Sexto remata diciendo que el mismo problema afecta a todos los demás números.

Adición y sustracción

Antes había intentado mostrar que la unidad y la díada eran problemáticas; ahora intenta destruir el propio mecanismo mediante el cual nacen los números: la adición y la sustracción. Si el número surge agregando o quitando unidades, y esas operaciones son imposibles, entonces el número entero desaparece.

Sexto comienza con la sustracción y utiliza el ejemplo de una década, es decir, el número diez. La pregunta parece simple: cuando quitamos una unidad al diez y obtenemos nueve, ¿de dónde exactamente se quitó esa unidad?

Según Sexto solo hay dos opciones:

  • la unidad se sustrajo de la totalidad del diez;
  • o se sustrajo del nueve que queda.

Primero examina la idea de sustraerla del diez entero. Si el diez no es algo distinto de las diez unidades particulares que lo componen, sino simplemente la reunión de esas unidades, entonces quitar una unidad del diez equivale a quitar algo de la totalidad misma. Pero aquí aparece el problema: si las unidades constituyen el diez y el diez es idéntico a ellas, tocar una parte afecta la totalidad. Así, la sustracción de una sola unidad terminaría afectando a toda la década.

En otras palabras, Sexto está insinuando algo parecido a esto:

10 = 1+1+1+1+1+1+1+1+1+1

Si el diez es únicamente la suma de esas unidades, no existe un “diez” separado del conjunto. Por ello quitar una unidad equivale a alterar la totalidad de aquello que constituye el diez.

Luego examina la otra posibilidad: que la unidad se sustraiga del nueve restante. Pero esto parece todavía más extraño. ¿Cómo podría existir el nueve antes de haberse realizado la sustracción? Porque el nueve es precisamente el resultado que aparece después de quitar una unidad. Parecería que el nueve ya tendría que existir previamente para poder perder algo.

Así Sexto concluye:

  • la unidad no puede quitarse del diez entero;
  • tampoco puede quitarse del nueve resultante;
  • por lo tanto, la sustracción misma es problemática.

Y si la sustracción fracasa, también fracasa una de las operaciones fundamentales del número.

Supongamos que una unidad se sustrae del nueve restante. Sexto pregunta: ¿de dónde exactamente se quitó? Solo existen dos posibilidades: o se sustrajo de la totalidad del nueve o de la última unidad que lo compone.

Si se sustrae de la totalidad del nueve, el problema es semejante al anterior: el nueve es precisamente el conjunto completo de sus unidades. Tocar cada una de esas unidades equivale a afectar al nueve entero. Así, la operación deja de ser una simple resta de una unidad y amenaza con destruir toda la estructura del número.

La otra posibilidad parece aún más extraña: sustraer la unidad de la última unidad. Pero la unidad era concebida por pitagóricos y platónicos como algo indivisible, una realidad sin partes. Si se le puede quitar algo, entonces la unidad deja de ser indivisible y aparece una contradicción.

Después Sexto formula una aporía todavía más abstracta. La unidad que se sustrae de la década se quita o de una década que existe o de una que no existe.

Si la década existe, mientras siga siendo una década nada puede serle quitado; porque al quitarle algo deja inmediatamente de ser década.

Si no existe, tampoco puede quitarse nada, ya que nadie puede sustraer algo de aquello que no existe.

Y fuera del ser y el no-ser no queda ninguna tercera posibilidad.

Con ello Sexto concluye que la sustracción es imposible.

Pero ahora dirige exactamente la misma arma hacia la adición.

Si añadimos una unidad al diez, esa unidad solo puede agregarse:

  • a toda la década;
  • o a una parte de ella.

Si se agrega a toda la década, como la década es el conjunto de todas las unidades particulares, la adición afectaría simultáneamente a cada una de ellas. Sexto exagera deliberadamente la consecuencia: la década terminaría convirtiéndose en veinte en lugar de once.

Si se agrega solo a una parte, tampoco se resuelve el problema, porque aumentar una parte no implica necesariamente aumentar el conjunto entero.

Luego vuelve a su esquema del ser y del no-ser:

  • o la unidad se añade a una década que permanece siendo década;
  • o a una década que deja de permanecer.

Si permanece idéntica, nada habría cambiado realmente.

Si deja de permanecer, ya no existe aquello a lo cual añadir algo.


Conclusión

Sexto Empírico no intenta destruir las matemáticas en su uso cotidiano; su objetivo es más profundo. Busca mostrar que incluso aquello que parece más cierto puede contener presupuestos ocultos y dificultades conceptuales. Su crítica recuerda que la confianza absoluta en cualquier sistema de conocimiento puede ser cuestionada, incluso cuando hablamos de algo tan aparentemente indiscutible como el número