miércoles, 9 de septiembre de 2026

Fabio Quintiliano - Vida y obra (35 - 96)

MARCO FABIO QUINTILIANO

VIDA Y OBRA

Quintiliano nació aproximadamente hacia el 35 d. C., probablemente en Calagurris, en Hispania Tarraconense, la actual Calahorra, España. CalahorraNo debemos imaginar la Hispania de Quintiliano como un territorio recién conquistado y completamente ajeno a Roma. Para el siglo I d. C., amplias zonas llevaban generaciones experimentando un intenso proceso de integración política, jurídica, económica y cultural en el mundo romano.

Calagurris tenía además una historia particular. Había sido escenario de las guerras civiles romanas del siglo I a. C., pero durante el período imperial se encontraba incorporada al sistema romano. De hecho, la ciudad llegó a utilizar el título Calagurris Iulia Nassica.

Por tanto, Quintiliano nace siendo un provincial del Imperio, pero dentro de una sociedad profundamente romanizada.

Cicerón había muerto en 43 a. C., casi ocho décadas antes del nacimiento de Quintiliano. Por tanto, Quintiliano nunca lo conoció: lo recibió como modelo literario y retórico.

Para Quintiliano, Cicerón representaba prácticamente la culminación de la elocuencia latina. Le interesaba su amplitud de vocabulario, la construcción equilibrada de los períodos, su capacidad argumentativa y la combinación entre filosofía, derecho, política y retórica.

Esto resulta fundamental para comprender la Institutio Oratoria. Quintiliano no quiere formar simplemente a alguien capaz de pronunciar discursos bonitos. Busca recuperar el ideal ciceroniano del orador inttegral, ampliamente educado.

Educación

La educación de Quintiliano se desarrolló principalmente en Roma, aunque no podemos reconstruir con exactitud todas sus etapas ni sabemos con certeza a qué edad llegó desde Hispania. Lo que sí sabemos por sus propias referencias es que durante su juventud tuvo contacto con importantes intelectuales y oradores de la época.

Su formación habría seguido aproximadamente el modelo educativo romano de las élites: primero el estudio de la gramática y la literatura, y posteriormente una preparación especializada en retórica y oratoria.

El grammaticus no enseñaba simplemente reglas gramaticales. El estudiante analizaba grandes obras griegas y latinas, aprendiendo vocabulario, estilo, interpretación, historia y mitología. Esta formación literaria será posteriormente fundamental en el pensamiento educativo de Quintiliano: para aprender a escribir y hablar hay que leer a los mejores autores.

Después venía la formación con el rhetor, orientada directamente hacia la oratoria. El estudiante aprendía las diferentes partes de la construcción del discurso y realizaba ejercicios progresivamente más complejos, especialmente las suasoriae y controversiae.

Durante su juventud, Quintiliano pudo además escuchar personalmente a algunos de los grandes oradores de su tiempo. Entre ellos destacó Domicio Afro, a quien posteriormente recordaría con gran admiración. Afro murió en el año 59 d. C., cuando Quintiliano tendría aproximadamente veinticuatro años. También escuchó a Servilio Noniano, conocido como historiador y orador. El contacto con estas figuras permitió que su aprendizaje no dependiera únicamente de los libros: podía observar directamente cómo un orador experimentado construía argumentos, utilizaba la voz, presentaba los hechos y buscaba persuadir a su audiencia.

Sin embargo, el gran modelo intelectual y estilístico de Quintiliano fue Cicerón. Aunque había muerto décadas antes de su nacimiento, sus discursos y tratados continuaban siendo fundamentales en la enseñanza de la oratoria romana. Quintiliano admiraba especialmente su capacidad para combinar argumentación, conocimiento, elegancia estilística y persuasión. De ahí surgirá posteriormente su insistencia en la imitatio: el estudiante debe estudiar a los mejores autores, comprender las razones de su excelencia e incorporar progresivamente sus virtudes, sin limitarse a copiarlos mecánicamente.

Las primeras planteaban problemas deliberativos: el alumno debía aconsejar a un personaje histórico o legendario qué decisión tomar.

Las controversiae, en cambio, se parecían mucho más a casos judiciales ficticios: había una norma, unos hechos problemáticos y dos posiciones enfrentadas. El estudiante tenía que construir la acusación o la defensa.

Regreso a Hispania y relación con Galba

Después de completar una parte importante de su formación en Roma, Quintiliano regresó a Hispania, aunque desconocemos la fecha exacta y las razones concretas de este regreso. Las fuentes conservadas no permiten reconstruir detalladamente qué hizo durante estos años, por lo que debemos ser prudentes. Lo importante es que esta etapa coincide con un período decisivo de la historia romana: los últimos años del gobierno de Nerón y el progresivo deterioro de su autoridad.

En Hispania aparece una figura que tradicionalmente se relaciona con el siguiente gran cambio en la vida de Quintiliano: Servio Sulpicio Galba. Galba pertenecía a una antigua familia aristocrática romana y había desarrollado una extensa carrera política y militar. Durante el reinado de Nerón fue nombrado gobernador de la Hispania Tarraconense, provincia en la que se encontraba Calagurris, la ciudad tradicionalmente considerada lugar de nacimiento de Quintiliano. Galba permaneció allí durante varios años, hasta que la crisis política del año 68 d. C. transformó completamente su situación.

En el año 68 d. C., varias rebeliones comenzaron a debilitar definitivamente el gobierno de Nerón. Uno de los principales movimientos fue encabezado en la Galia por Cayo Julio Vindex, quien se rebeló contra el emperador y buscó el apoyo de Galba. Aunque Vindex fue derrotado, la crisis continuó. Finalmente, Nerón perdió el respaldo político y militar necesario para mantenerse en el poder y se suicidó en junio del año 68. Con su muerte terminó la dinastía Julio-Claudia, que había gobernado Roma desde Augusto.

Galba fue reconocido entonces como emperador y abandonó Hispania para dirigirse a Roma. Es en este contexto donde tradicionalmente se sitúa el regreso de Quintiliano a la capital alrededor del año 68 d. C. Algunas reconstrucciones biográficas sostienen que viajó a Roma relacionado con Galba o formando parte de su entorno. Sin embargo, este punto debe formularse con cautela: no tenemos evidencia suficiente para afirmar que Quintiliano fuera un colaborador cercano de Galba ni conocemos con precisión las circunstancias de su traslado.

Quintiliano tendría entonces aproximadamente treinta y tres años. Por tanto, ya no era el joven estudiante que anteriormente había acudido a Roma para formarse. Regresaba como un hombre adulto que poseía una sólida preparación retórica y que estaba en condiciones de comenzar una carrera profesional. Este segundo establecimiento en Roma será fundamental, porque desde entonces su vida quedará estrechamente vinculada a la capital imperial.

La situación política que encontró era extremadamente inestable. Galba apenas permaneció unos meses en el poder. En enero del año 69 d. C. fue asesinado, iniciándose el turbulento período conocido como el Año de los Cuatro Emperadores, durante el cual Galba, Otón, Vitelio y finalmente Vespasiano disputaron el poder. Quintiliano, por tanto, se instaló en Roma precisamente cuando el Imperio atravesaba una de sus crisis políticas más graves desde las guerras civiles que habían terminado con la República.

La caída de Galba, sin embargo, no significó el final de la carrera de Quintiliano. Este dato resulta importante porque muestra que su futuro profesional no dependía exclusivamente de la protección del efímero emperador. Quintiliano consiguió establecerse en Roma y comenzó a desarrollar una reputación propia, particularmente en dos ámbitos que estaban íntimamente relacionados en la sociedad romana: los tribunales y la enseñanza de la retórica.

Abogado y profesor

Cuando Quintiliano se estableció nuevamente en Roma hacia el año 68 d. C., tenía aproximadamente treinta y tres años y comenzaba la etapa decisiva de su carrera. Ya poseía una sólida formación retórica y había conocido personalmente a importantes oradores de la generación anterior. A partir de entonces desarrolló dos actividades estrechamente relacionadas en el mundo romano: la práctica de la oratoria forense y la enseñanza de la retórica. No debemos imaginarlo, por tanto, únicamente como un profesor dedicado a estudiar discursos antiguos; también conocía desde dentro el funcionamiento de la argumentación ante los tribunales.

Su actividad como abogado y orador forense tuvo una importancia considerable para su posterior pensamiento. Quintiliano intervino en causas judiciales y alcanzó reputación como orador. Aunque conservamos muy poco de sus actuaciones concretas, él mismo hace referencias en la Institutio Oratoria a casos en los que participó. Esta experiencia práctica explica por qué su tratado presta tanta atención a cuestiones como la construcción de argumentos, la presentación de pruebas, el interrogatorio, la credibilidad de los testigos, la narración de los hechos y las estrategias destinadas a convencer a los jueces.

Para Quintiliano, por tanto, la retórica no podía reducirse a producir discursos elegantes. Un abogado debía saber analizar un caso, descubrir cuáles eran sus puntos fuertes y débiles, anticipar los argumentos del adversario y presentar los hechos de la manera más favorable para su posición. En este sentido, buena parte de la Institutio Oratoria posee una dimensión claramente forense. Sus reflexiones procedían no solamente de la tradición teórica de Cicerón y otros autores, sino también de su propia experiencia dentro de los tribunales romanos.

Paralelamente, Quintiliano comenzó a desarrollar una importante carrera como maestro de retórica. La educación retórica representaba la etapa superior de la formación de muchos jóvenes pertenecientes a las élites. Después de estudiar lengua y literatura con el grammaticus, quienes aspiraban a carreras públicas o jurídicas acudían al rhetor, donde aprendían a construir y pronunciar discursos. Quintiliano se convirtió progresivamente en uno de los profesores más prestigiosos de Roma.

Sus estudiantes practicaban mediante ejercicios de dificultad creciente. Entre ellos destacaban las declamaciones, especialmente las suasoriae y las controversiae. En las primeras, el alumno debía aconsejar a un personaje sobre una determinada decisión; en las segundas se enfrentaba a un conflicto jurídico ficticio y tenía que elaborar la acusación o la defensa. Quintiliano valoraba estos ejercicios, pero también era consciente de sus peligros: si las situaciones planteadas eran excesivamente fantasiosas, el estudiante podía acostumbrarse a una retórica espectacular que después resultara poco útil en los tribunales reales.

Su enseñanza, por ello, buscaba mantener una relación entre teoría y práctica. El futuro orador debía leer a los grandes autores, analizar discursos, escribir constantemente, realizar ejercicios, memorizar, escuchar a buenos oradores y finalmente practicar él mismo. Quintiliano tampoco creía que bastara con proporcionar al estudiante una colección de reglas. El maestro tenía que identificar las capacidades de cada alumno y conducirlo progresivamente hacia formas más complejas de expresión y argumentación.

Esta experiencia docente explica también la enorme importancia que Quintiliano concedería posteriormente a la figura del maestro. El profesor debía poseer conocimientos, paciencia y capacidad para corregir sin humillar. Pero además tenía una responsabilidad moral, porque los estudiantes jóvenes podían imitar tanto sus virtudes como sus defectos. El maestro era, por consiguiente, algo más que un transmisor de técnicas retóricas: debía convertirse en un modelo de conducta.

El gran cambio en la posición profesional de Quintiliano se produjo durante el gobierno de Vespasiano. Después de las guerras civiles del año 69, Vespasiano consiguió imponerse y fundó la dinastía Flavia. Su gobierno buscó estabilizar las instituciones y las finanzas del Imperio después de la crisis que había seguido a la muerte de Nerón. Dentro de ese proceso, la educación retórica recibió también atención imperial.

La tradición antigua, especialmente a través de Suetonio, relaciona a Vespasiano con el establecimiento de remuneraciones públicas para profesores de retórica griega y latina. Quintiliano suele ser identificado como uno de los principales beneficiarios de esta política y tradicionalmente se lo presenta como el primer profesor de retórica latina remunerado con fondos públicos en Roma. Conviene formularlo de esta manera y no como si hubiera sido un «profesor universitario» moderno: Roma no poseía una universidad pública en nuestro sentido contemporáneo. Lo significativo es que la autoridad imperial estaba otorgando reconocimiento y apoyo económico a la enseñanza profesional de la retórica.

Relación con la élite romana

Después de años ejerciendo como abogado y maestro de retórica, Quintiliano alcanzó una posición extraordinariamente prestigiosa dentro de la sociedad romana. Su reputación no procedía únicamente de sus conocimientos teóricos, sino de la combinación de experiencia forense, capacidad como orador y una larga trayectoria dedicada a la enseñanza. Durante aproximadamente veinte años formó a jóvenes destinados, en muchos casos, a desenvolverse en los tribunales, la administración y los círculos políticos del Imperio. La retórica constituía una parte esencial de la educación superior de las élites romanas y, por ello, convertirse en uno de sus principales maestros significaba ocupar una posición intelectualmente muy influyente.

Entre las figuras tradicionalmente vinculadas con su enseñanza destaca Plinio el Joven, nacido hacia el año 61 o 62 d. C. Plinio desarrollaría posteriormente una importante carrera como abogado, senador, funcionario y escritor, y sus Cartas constituyen una de nuestras principales fuentes para conocer la sociedad romana de su tiempo. La relación de Plinio con Quintiliano permite apreciar el tipo de formación que podía proporcionar un maestro de retórica prestigioso: no se trataba simplemente de enseñar técnicas para pronunciar discursos, sino de preparar a jóvenes que posteriormente participarían activamente en la vida jurídica, administrativa y política del Imperio.

La influencia de Quintiliano llegó también al mundo literario. Marcial, poeta nacido en Bilbilis, en Hispania, fue contemporáneo suyo y se refiere a Quintiliano como una figura destacada de la educación de la juventud romana. Es interesante que ambos procedieran de Hispania y terminaran desarrollando sus carreras en Roma. Para finales del siglo I, Quintiliano ya no era simplemente un provincial que había conseguido establecerse en la capital: se había convertido en una figura reconocida dentro de la cultura romana.

Su prestigio terminó acercándolo incluso a la casa imperial. Durante el gobierno de Domiciano, Quintiliano recibió el encargo de participar en la educación de los jóvenes hijos de Flavio Clemente y Flavia Domitila, parientes del emperador. Domiciano había señalado a estos niños dentro de la sucesión dinástica y les había dado los nombres de Vespasiano y Domiciano. Que Quintiliano fuera escogido para participar en su educación constituye una señal particularmente clara del prestigio que había alcanzado como pedagogo.

Retiro

Quintiliano se retiró de la actividad docente, probablemente hacia finales de la década de los 80 d. C. Para entonces había alcanzado una posición excepcional dentro de la sociedad romana: había ejercido como orador forense, formado a jóvenes de las élites y conseguido reconocimiento incluso en los círculos vinculados a la casa imperial. Su retiro, sin embargo, no significó el abandono de la actividad intelectual. Al contrario, durante esta etapa comenzó a concentrar buena parte de su experiencia en la obra que terminaría convirtiéndose en la Institutio Oratoria.

De la vida privada de Quintiliano conocemos relativamente poco, pero existe una excepción extraordinaria: el propio autor habla de su esposa y de sus hijos en términos profundamente personales. El testimonio aparece especialmente en el prólogo del Libro VI de la Institutio Oratoria. Gracias a estas páginas podemos conocer un aspecto de Quintiliano muy diferente del profesor sistemático y del teórico de la retórica: el de un hombre que sufrió sucesivamente la muerte de las personas más cercanas a él.

Quintiliano se casó con una mujer considerablemente más joven que él. No conocemos con seguridad su nombre. Según el propio Quintiliano, ella murió cuando tenía aproximadamente diecinueve años. Sus palabras muestran que la pérdida lo afectó profundamente. Habla de su esposa con admiración y destaca sus cualidades personales, presentándola como una mujer cuya madurez y virtudes superaban lo que cabría esperar de su corta edad.

Después de la muerte de su esposa, Quintiliano quedó a cargo de sus dos hijos. En ellos depositó buena parte de sus esperanzas personales y familiares. Sin embargo, poco después sufrió una segunda tragedia: murió su hijo menor, cuando tenía aproximadamente cinco años. Quintiliano recuerda especialmente la dulzura y el afecto del niño, y su descripción transmite un dolor que resulta poco habitual encontrar expresado con tanta intimidad en un tratado antiguo dedicado a la retórica.

Todavía le quedaba su hijo mayor, hacia quien dirigió entonces sus esperanzas. Quintiliano veía en él grandes capacidades intelectuales y esperaba poder transmitirle personalmente todo aquello que había aprendido durante su carrera. Esta circunstancia tiene una importancia especial para comprender la Institutio Oratoria: la obra que explica cómo formar al orador ideal tenía también, al menos en parte, una dimensión relacionada con la educación que Quintiliano esperaba proporcionar a su propio hijo.

Pero el hijo mayor también murió, aproximadamente a los diez años de edad. Quintiliano había perdido así, en un período relativamente breve, a su esposa y a sus dos hijos. En el prólogo del Libro VI expresa abiertamente la devastación que estas muertes le produjeron. Incluso se pregunta por qué continúa viviendo después de haber sobrevivido a quienes esperaba que lo sobrevivieran a él.

La muerte del hijo mayor fue especialmente dolorosa porque Quintiliano había comenzado a imaginar en él la continuación de su propio proyecto intelectual. Había observado sus capacidades para aprender y hablar y esperaba personalmente acompañar su educación. Por eso la pérdida no significó solamente la muerte de un hijo, sino también la desaparición de un futuro que Quintiliano había comenzado a imaginar.

Institutio Oratoria

Después de retirarse de la enseñanza profesional, Quintiliano concentró buena parte de su experiencia en la obra que aseguraría su lugar en la historia: la Institutio Oratoria, conocida en español como Institución oratoria. Fue compuesta durante los últimos años de su vida profesional y publicada probablemente hacia el 95 d. C. Para entonces Quintiliano llevaba décadas vinculado a la retórica como estudiante, abogado y profesor, de modo que la obra constituye en gran medida la sistematización de toda una vida dedicada a estudiar cómo se forma un buen orador.

Quintiliano explica que decidió escribir porque existía interés en conocer sus ideas sobre la educación y la retórica. Sin embargo, su proyecto terminó siendo muchísimo más ambicioso que un simple manual para aprender a pronunciar discursos. Su intención fue seguir todo el proceso de formación del orador, comenzando prácticamente desde el nacimiento y terminando con el profesional completamente formado. Por eso la Institutio Oratoria es simultáneamente una obra sobre educación, literatura, lenguaje, argumentación, ética y retórica.

La obra está dedicada a Marco Vitorio Marcelo, una figura prominente de la Roma de Domiciano. Quintiliano presenta su tratado también pensando en la educación del hijo de Marcelo. Esto refuerza una característica fundamental del libro: no está escrito solamente para profesores profesionales de retórica, sino también para quienes tienen la responsabilidad de formar a una nueva generación.

La Institutio Oratoria está dividida en doce libros. El primero comienza con algo sorprendente para quien espera encontrarse inmediatamente con técnicas de persuasión: la educación del niño. Quintiliano habla de los padres, las nodrizas, el aprendizaje del lenguaje, la lectura, la escritura, la elección de maestros y la conveniencia de la educación pública frente a la enseñanza exclusivamente doméstica. Para él, la formación del orador comienza mucho antes de que el estudiante pronuncie su primer discurso.

El Libro II aborda progresivamente la transición hacia la enseñanza de la retórica. Quintiliano analiza el papel del maestro, los primeros ejercicios del estudiante y la naturaleza misma de la retórica. Aquí empieza además a defender una idea fundamental: la retórica no debe entenderse como una simple técnica que permite persuadir independientemente de la verdad o de la moralidad. La verdadera retórica debe estar vinculada al hablar bien y, en última instancia, al carácter del orador.

Los Libros III al VII constituyen buena parte del núcleo técnico de la obra. Quintiliano estudia los diferentes géneros de discurso, la búsqueda de argumentos, la organización del material y las distintas partes de una intervención oratoria. Aquí aparece con fuerza su experiencia jurídica. Analiza cómo presentar los hechos, establecer el punto central de una controversia, utilizar pruebas, responder a los argumentos contrarios y construir una estrategia adecuada para cada caso.

Los Libros VIII y IX están dedicados principalmente a la expresión y el estilo, la elocutio. Quintiliano examina la elección de palabras, las figuras retóricas, los tropos y la construcción de las frases. Pero vuelve a insistir en que el estilo no debe convertirse en un fin en sí mismo. Una expresión excesivamente ornamentada puede perjudicar el discurso si distrae de aquello que el orador intenta demostrar. La belleza del lenguaje debe estar subordinada a la claridad, la adecuación y la eficacia.

El Libro X es uno de los más conocidos actualmente porque contiene una extraordinaria reflexión sobre la lectura y la imitación de los grandes escritores. Quintiliano realiza allí una especie de recorrido crítico por la literatura griega y latina, comentando poetas, historiadores, filósofos y oradores. Homero, Demóstenes, Platón, Virgilio y especialmente Cicerón aparecen como grandes referentes. No propone copiarlos mecánicamente: el estudiante debe comprender qué hace excelente a cada autor y aprender de diferentes modelos hasta desarrollar su propia capacidad.

En este mismo contexto aparece su famosa valoración de Séneca. Quintiliano reconoce su inteligencia y talento, pero considera peligroso que los estudiantes jóvenes lo adopten como principal modelo estilístico. Le preocupaban particularmente su gusto por las frases breves y brillantes y la búsqueda constante del efecto. Quintiliano prefería como fundamento educativo el estilo más amplio, equilibrado y argumentativamente desarrollado que encontraba en Cicerón.

El Libro XI estudia cuestiones fundamentales para transformar un texto escrito en una verdadera actuación oratoria. Aquí aparecen la memoria y la pronunciación o actio. El orador debe saber recordar un discurso, controlar la voz, utilizar adecuadamente los gestos, adaptar su expresión facial y comprender cómo su propio cuerpo participa en la persuasión. Para Quintiliano, un argumento excelente podía perder buena parte de su fuerza si era presentado de manera deficiente.

Finalmente, el Libro XII presenta al orador completamente formado. Es aquí donde culmina todo el proyecto educativo. Quintiliano adopta la célebre definición asociada a Catón el Viejo del orador como:

vir bonus dicendi peritus,

es decir, «un hombre bueno, experto en hablar».

Esta fórmula resume prácticamente toda la obra. Quintiliano no quiere producir simplemente un individuo capaz de persuadir. Una persona malvada que domina extraordinariamente las técnicas retóricas no representa su ideal de orador. La excelencia retórica necesita estar acompañada por la excelencia moral. Por ello, la educación que comenzó en el Libro I con un niño aprendiendo sus primeras letras termina en el Libro XII con un adulto que debe poseer conocimientos, experiencia, capacidad de expresión y virtud.


La Retórica

Para Quintiliano, la retórica no consiste simplemente en poseer la capacidad de convencer a otras personas. Esta cuestión era fundamental porque desde hacía siglos existía una discusión acerca de la verdadera naturaleza de la retórica. Si la definimos únicamente como el arte de persuadir, surge inmediatamente un problema: una persona puede persuadir diciendo algo falso o defendiendo una causa injusta. El éxito persuasivo, por sí mismo, no demuestra que alguien sea un buen orador.

Quintiliano analiza distintas definiciones propuestas anteriormente y termina defendiendo una fórmula que procede de la tradición retórica: la retórica es la bene dicendi scientia, es decir, aproximadamente, «la ciencia o conocimiento de hablar bien». La palabra «bien» resulta fundamental. No significa únicamente hablar de manera elegante o gramaticalmente correcta. Para Quintiliano, hablar bien posee también una dimensión moral. El verdadero orador debe poseer tanto capacidad técnica como un carácter adecuado.

Esta concepción responde en cierta medida a una antigua crítica contra la retórica. Desde Platón existía la sospecha de que el dominio de la persuasión podía transformarse en una herramienta peligrosa. Una persona suficientemente hábil podría conseguir que una audiencia aceptara una posición falsa o injusta. Quintiliano intenta solucionar el problema incorporando la virtud del orador a su propia concepción de la retórica. La formación técnica y la formación moral deben desarrollarse conjuntamente.

Sin embargo, esto no significa que Quintiliano desprecie la persuasión. Evidentemente, el orador pretende convencer. Su experiencia como abogado le permitía comprender perfectamente que un discurso forense busca obtener una determinada decisión de los jueces. Lo que rechaza es identificar completamente retórica y persuasión. Una persona puede persuadir accidentalmente sin conocer retórica y, a la inversa, un excelente orador puede realizar técnicamente un magnífico discurso y aun así perder una causa por factores que escapan a su control.

La retórica es para Quintiliano un arte que puede aprenderse. Existe ciertamente una disposición natural: algunas personas tienen mejor memoria, mayor facilidad verbal o una voz especialmente adecuada. Pero el talento natural no basta. El futuro orador necesita educación, conocimiento de los grandes autores, ejercicios constantes y experiencia. La naturaleza proporciona determinadas capacidades; la enseñanza debe desarrollarlas.

Quintiliano recoge además la tradicional división de la actividad retórica en cinco grandes partes: inventio, dispositio, elocutio, memoria y actio o pronuntiatio. Estas categorías permiten comprender todo el proceso que existe detrás de un discurso.

La inventio consiste en encontrar qué decir. El orador debe descubrir los argumentos, pruebas y recursos que resulten útiles para defender su posición. Imaginemos un juicio: antes de preocuparse por utilizar palabras elegantes, el abogado necesita determinar qué hechos favorecen a su representado, qué pruebas puede utilizar, cuál será probablemente el argumento contrario y cómo puede responderlo. Todo ese proceso pertenece fundamentalmente a la inventio.

La dispositio consiste en organizar aquello que hemos encontrado. Tener buenos argumentos no basta si están presentados de manera caótica. El orador debe decidir qué explicar primero, cuándo presentar las pruebas más fuertes, dónde responder al adversario y cómo terminar su intervención. La disposición convierte una colección de argumentos en un discurso estructurado.

La elocutio corresponde a la manera de expresar las ideas. Aquí aparecen la selección de palabras, la construcción de las frases, las figuras retóricas, los tropos y las diferentes cualidades del estilo. Quintiliano concede enorme importancia a esta dimensión, pero advierte contra el exceso de ornamentación. El lenguaje debe servir al argumento y no transformarse en un espectáculo que haga olvidar aquello que se intenta demostrar.

La memoria permite al orador retener el contenido y la estructura del discurso. En una cultura profundamente oral como la romana, esta capacidad tenía una importancia extraordinaria. El orador debía poder desarrollar intervenciones extensas sin depender constantemente de un texto escrito. Quintiliano analiza técnicas para organizar mentalmente la información y facilitar su recuperación durante el discurso.

Finalmente encontramos la actio o pronuntiatio, que corresponde a la ejecución del discurso. Aquí intervienen la voz, el ritmo, las pausas, la expresión facial, la mirada y los gestos. Para Quintiliano, un excelente argumento puede perder fuerza si es presentado de manera monótona o inadecuada. El orador persuade no solamente mediante las palabras que ha elegido, sino también mediante la manera en que las pronuncia.

Muerte

Después de retirarse de la enseñanza y dedicarse a la composición de la Institutio Oratoria, Quintiliano entró en una etapa de su vida sobre la que nuevamente poseemos poca información segura. Hacia mediados de la década del 90 d. C. era ya un hombre de aproximadamente sesenta años, con una larga carrera detrás de él como abogado, profesor y escritor. Había alcanzado un prestigio considerable en Roma y había estado relacionado incluso con la educación de jóvenes pertenecientes al entorno de la familia imperial.

La Institutio Oratoria fue terminada probablemente hacia el 95 d. C. y constituye nuestra principal referencia para esta última etapa de su vida. Para entonces Quintiliano había sufrido las pérdidas de su esposa y de sus dos hijos, de modo que sus circunstancias familiares habían cambiado dramáticamente. A pesar de ello, consiguió completar los doce libros de su gran tratado, reuniendo en ellos buena parte de los conocimientos acumulados durante décadas de enseñanza y práctica oratoria.

Durante estos años continuó el reinado de Domiciano, emperador desde el 81 hasta el 96 d. C. Como vimos, Quintiliano estuvo relacionado con la casa imperial y habla favorablemente de Domiciano en su obra. Sin embargo, no sabemos con precisión cómo experimentó personalmente los últimos y más represivos años de aquel gobierno. Conviene evitar atribuirle una oposición secreta al emperador, porque no disponemos de evidencia que permita demostrarlo.

Domiciano fue asesinado en septiembre del 96 d. C., y el Senado reconoció como emperador a Nerva. Con ello comenzó una nueva etapa política para Roma. Es probable que Quintiliano todavía estuviera vivo durante estos acontecimientos, aunque a partir de este momento las noticias acerca de él se vuelven extraordinariamente escasas.

Existe además una cuestión complicada respecto de otras obras atribuidas a Quintiliano. Han llegado hasta nosotros dos colecciones conocidas como Declamationes Maiores y Declamationes Minores, las Declamaciones mayores y Declamaciones menores. Tradicionalmente fueron transmitidas bajo su nombre, pero la autoría quintilianea es discutida y actualmente no deben presentarse simplemente como obras indudablemente escritas por él. Probablemente reflejan, al menos en parte, el ambiente de enseñanza retórica relacionado con su época y tradición.

Quintiliano también había escrito anteriormente una obra titulada De causis corruptae eloquentiae, aproximadamente «Sobre las causas de la corrupción de la elocuencia». Desgraciadamente, esta obra se ha perdido. Por lo que podemos reconstruir, allí habría abordado el problema del deterioro que percibía en la oratoria contemporánea. Su pérdida es especialmente lamentable porque probablemente nos habría permitido comprender mucho mejor sus opiniones sobre la cultura literaria y retórica de su época.

También circularon textos de carácter retórico vinculados con sus enseñanzas que Quintiliano no necesariamente había preparado personalmente para publicación. Esto ayuda a comprender una de las razones por las que decidió elaborar la Institutio Oratoria: quería presentar de manera organizada y autorizada su propia concepción de la educación y de la retórica, en lugar de depender exclusivamente de materiales derivados de sus clases.

Sobre la fecha exacta de su muerte no poseemos certeza. Tradicionalmente suele situarse alrededor del año 100 d. C., aunque algunas reconstrucciones permiten extender su vida algunos años dentro del siglo II. Por ello es preferible decir que murió hacia finales del siglo I o comienzos del siglo II d. C., probablemente durante los primeros años de la dinastía Antonina o poco antes de su consolidación.

Tampoco conocemos con seguridad dónde murió ni cuáles fueron las circunstancias de su muerte. No existe un relato antiguo comparable al que poseemos para personajes políticos o militares. Quintiliano simplemente desaparece progresivamente de nuestras fuentes. Esto resulta bastante característico de su biografía: conocemos muchísimo mejor sus ideas como educador que los acontecimientos privados de sus últimos años.

Su vida había recorrido, sin embargo, una trayectoria extraordinaria. Había nacido en Hispania hacia el 35 d. C., se había formado en Roma, había regresado a su provincia, vuelto posteriormente a la capital, ejercido como abogado, enseñado retórica durante aproximadamente veinte años, alcanzado reconocimiento imperial, formado a miembros de las élites y finalmente compuesto uno de los tratados educativos más importantes conservados de la Antigüedad.

Además, su vida atravesó un período políticamente extraordinario. Quintiliano nació durante los últimos años de Tiberio, vivió los gobiernos de Calígula, Claudio y Nerón, presenció la crisis del Año de los Cuatro Emperadores, desarrolló gran parte de su carrera bajo Vespasiano y Tito y alcanzó su madurez durante Domiciano. Si sobrevivió hasta alrededor del año 100, habría conocido además los gobiernos de Nerva y los comienzos del de Trajano.

Conclusión

Quintiliano fue una de las figuras más importantes de la educación y la retórica romana. Desde sus orígenes en Hispania hasta su prestigiosa carrera como abogado y maestro en Roma, dedicó gran parte de su vida a comprender cómo debía formarse un buen orador. Su experiencia profesional, sus lecturas y también las tragedias de su vida familiar terminaron confluyendo en la Institutio Oratoria, obra en la que reunió décadas de reflexión y enseñanza. Su trayectoria demuestra que, para Quintiliano, aprender a hablar bien era el resultado de toda una vida de educación, práctica y formación personal.

martes, 8 de septiembre de 2026

Juan Luis Vives - Quienes fueron los godos y cómo ganaron a Roma (1522)

 QUIENES FUERON LOS GODOS Y CÓMO GANARON ROMA

Vives parte de un acontecimiento histórico muy concreto: el saqueo de Roma por los godos y su relación con La ciudad de Dios de san Agustín. Como explica al comienzo, Agustín había aprovechado la caída de Roma para responder a quienes responsabilizaban al cristianismo de las desgracias del Imperio. Vives quiere ir «más arriba»: antes de entrar en las consecuencias intelectuales y religiosas de la caída de Roma, quiere averiguar quiénes eran esos godos, de dónde procedían y cómo llegaron hasta Roma.

Esto nos muestra inmediatamente un Vives bastante historiográfico y filológico. No comienza narrando batallas, sino intentando resolver un problema de identificación: ¿quiénes eran realmente los godos? Su primera tesis es que los pueblos posteriormente denominados godos habrían sido conocidos antiguamente como getas. Según Vives, se produjo una transformación lingüística del nombre: «a los que la edad anterior había llamado getas, los llamó godos la edad que la siguió».

Para demostrarlo, Vives no se limita a afirmarlo, sino que acumula autoridades textuales. Cita a Rutilio, Claudiano, Orosio y san Jerónimo. Especialmente importante es Orosio, cuya formulación —«Los getas, que ahora se llaman también godos»— parece proporcionar a Vives una prueba explícita de continuidad entre ambos nombres. San Jerónimo también le sirve para reforzar la identificación al decir que los godos eran denominados getas por la antigua erudición.

Hay que hacer aquí una distinción importante para nuestra lectura: estamos reconstruyendo lo que sostiene Vives, no afirmando que la historiografía moderna identifique simplemente a getas y godos como un mismo pueblo. Su procedimiento corresponde a la historiografía humanista de comienzos del siglo XVI, basada en la comparación de testimonios antiguos y en la búsqueda de continuidad entre nombres étnicos encontrados en las fuentes.

Después de establecer provisionalmente esa identificación, Vives intenta localizar geográficamente a los getas. Para ello vuelve a recurrir a autoridades clásicas como Estrabón, Pomponio Mela y Plinio. Los sitúa principalmente alrededor del bajo Danubio, en una extensa región relacionada con Escitia y Tracia. Introduce además un detalle literario muy característico de un humanista: menciona Tomos, lugar célebre porque allí fue desterrado Ovidio, quien habla repetidamente de vivir entre los getas en sus Tristes y Pónticas.

El procedimiento es interesante porque Vives está construyendo una especie de mapa histórico mediante textos. Las obras de geógrafos, historiadores, poetas y autores cristianos funcionan conjuntamente como testimonios. Ovidio, por ejemplo, no es citado simplemente por su valor poético: su experiencia del destierro sirve también como evidencia acerca de la presencia de los getas en aquella región.

Surge entonces un nuevo problema: la relación entre getas y dacios. Estrabón sostiene, según Vives, que ambos pueblos hablaban la misma lengua, aunque reserva denominaciones diferentes según su situación geográfica. Plinio, en cambio, parecería sugerir que la diferencia es fundamentalmente nominal: aquellos a quienes los griegos llamaban getas serían los mismos que los romanos denominaban dacios.

Y aquí aparece algo que ya habíamos observado en Orígenes, escuelas y loores de la filosofía: Vives compara fuentes que no coinciden completamente y toma una decisión. No oculta la discrepancia. Dice explícitamente: «Yo, por lo que a mí toca, en este caso concreto seguiré a Estrabón». 

La llegada de los godos a Roma no fue un acontecimiento repentino: detrás del saqueo de la ciudad existía, según su reconstrucción, una larga historia de enfrentamientos entre este pueblo y Roma. Por eso retrocede varios siglos y presenta una sucesión de invasiones, derrotas, recuperaciones y nuevas incursiones.

La caracterización inicial es muy fuerte: los getas serían una nación «bárbara y fiera, de corpulencia y ánimo descomunal». Vives explica especialmente su desprecio de la muerte mediante sus creencias acerca del alma. Siguiendo a Pomponio Mela, señala que pensaban que las almas regresaban o que, después de morir, emigraban hacia una existencia mejor. Lo importante para Vives no es determinar exactamente cuál de esas creencias tenían, sino explicar una consecuencia militar: un pueblo que no teme morir resulta especialmente peligroso en combate.

La frase según la cual, bajo cualquiera de esas creencias, «la muerte es más apetecible que la vida» debe entenderse dentro de esa descripción de los getas y no necesariamente como una afirmación general de Vives sobre la muerte. Está reconstruyendo una mentalidad en la cual la muerte deja de representar el peor de los males y, por tanto, pierde parte de su capacidad para intimidar al guerrero.

Vives intenta después explicar la división entre ostrogodos y visigodos mediante la geografía: unos estarían asociados al Oriente y otros al Occidente. Además relaciona a los antiguos getas con los ostrogodos y a los dacios con los visigodos. Pero vuelve a introducir una advertencia historiográfica muy importante: «los autores, así los modernos como los antiguos, con harta frecuencia confunden esas denominaciones». Es decir, Vives sabe que las fuentes no proporcionan una terminología étnica perfectamente estable. Nuevamente vemos al humanista intentando ordenar testimonios contradictorios.

A partir de allí comienza una larga historia de enfrentamientos con Roma. El patrón narrativo se repite: los godos/getas salen de sus territorios, invaden provincias romanas, son derrotados, regresan y vuelven a atacar años después. Vives menciona una sucesión de generales y emperadores —Lúculo, Augusto, Domiciano, Trajano, Caracalla, Gordiano, Decio, Galieno, Claudio, Aureliano, Constantino— precisamente para mostrar la duración histórica del conflicto.

La figura de Burebista ocupa un lugar importante porque representa la transformación de aquella población guerrera en una fuerza organizada. Vives afirma que la acostumbró «a los trabajos y a la disciplina militar» y que, después de ello, pudo conquistar otros pueblos y amenazar Tracia, Macedonia e Iliria. Aquí aparece una idea militar clásica: la ferocidad natural no basta; cuando se combina con disciplina, se convierte en auténtico poder político y militar.

También resulta importante la imagen que Vives construye de Roma. Aunque continúa siendo una enorme potencia capaz de infligir derrotas devastadoras, los godos aparecen como un problema que Roma nunca consigue eliminar definitivamente. Una victoria romana puede ser extraordinaria, pero después de algunos años los enemigos vuelven a aparecer. Vives incluso expresa su sorpresa ante su capacidad demográfica: «Por fuerza tenían que ser inagotables los recursos humanos de esa nación».

La descripción final resume perfectamente esa dinámica: «vencían con gran daño de los enemigos y eran vencidos con no menor daño propio». Los godos de Vives son una sociedad guerrera extraordinariamente resistente, pero esa resistencia tiene un precio enorme. Su fuerza no consiste en ser invencibles —de hecho, Vives enumera numerosas derrotas—, sino en su capacidad de recomponerse después de ellas y regresar al combate.

Vives dice: «Estas fueron las hazañas de los getas mientras tuvieron moradas fijas». Con esta frase Vives anuncia claramente un cambio de etapa. Hasta ahora ha descrito a un pueblo establecido en un territorio determinado que periódicamente cruza las fronteras romanas, ataca y después regresa. Lo que probablemente seguirá será una situación diferente: el abandono o desplazamiento de esas moradas y el comienzo de grandes migraciones, que finalmente conducirán a los godos hacia el interior del Imperio.

Los godos dejan de realizar incursiones periódicas desde sus territorios y pasan a convertirse en un pueblo desplazado que busca asentarse dentro del Imperio romano. Esto explica la frase con la que había terminado el fragmento anterior: aquellas habían sido sus hazañas «mientras tuvieron moradas fijas». Ahora comienza la etapa en que pierden precisamente esas moradas.

La causa inmediata son los hunos. Vives los presenta como un pueblo todavía más feroz y apartado de la civilización que los propios godos. Su avance obliga a estos últimos a abandonar sus tierras. Hay aquí un cambio interesante en la representación de los godos: antes eran ellos quienes invadían territorios ajenos; ahora son víctimas de otro pueblo invasor. Vives subraya expresamente la ironía: quienes estaban acostumbrados «a invadir las fronteras ajenas» terminan convertidos en personas «huérfanas de patria, de vivienda, de lares, de penates».

Esta situación cambia completamente la naturaleza del problema godo. Ya no se trata simplemente de guerreros que cruzan una frontera para saquear y después regresar, sino de una población que necesita encontrar un nuevo territorio donde vivir. Vives plantea crudamente sus alternativas: afrontar la muerte o instalarse en tierras ajenas. La presión de los hunos pone así en movimiento una cadena de desplazamientos que terminará afectando profundamente al Imperio romano.

Vives vuelve, además, a mostrar cautela frente a las fuentes. Algunos historiadores, señala, consideran que quienes penetraron en territorio romano no fueron exactamente los ostrogodos expulsados directamente por los hunos, sino los visigodos, que, viendo lo sucedido a sus vecinos y aliados, decidieron desplazarse antes de sufrir el mismo destino. Lo importante es que Vives no oculta la discrepancia: nuevamente presenta diferentes versiones y reconoce la dificultad de reconstruir exactamente los movimientos de estos pueblos.

El siguiente elemento es fundamental porque demuestra que, según la narración de Vives, los visigodos no entraron inicialmente como conquistadores enemigos. Enviaron embajadores al emperador Valente solicitando autorización para establecerse en Mesia, al otro lado del Danubio. A cambio ofrecían convertirse al cristianismo, pagar tributos y defender la frontera romana frente a otros pueblos. Es decir, proponían integrarse dentro de la estructura imperial como población asentada y militarmente útil.

Aquí comienza una dimensión política y moral especialmente importante. El emperador acepta, pero los funcionarios encargados del asentamiento, Lupicino y Máximo, actúan —según Vives— con «avaricia y crueldad». Los godos inicialmente soportan los abusos porque se encuentran en una tierra extranjera y no desean provocar un conflicto inmediatamente. Incluso esperan que la codicia de los funcionarios tenga un límite una vez que estos se hayan enriquecido.

Pero sucede exactamente lo contrario. La mala administración de los abastecimientos provoca una hambruna. Vives establece así una relación causal muy clara: la rebelión goda no aparece simplemente como consecuencia de una supuesta ferocidad natural, sino también como resultado del mal gobierno romano. Los godos habían solicitado entrar pacíficamente y habían ofrecido obediencia; la corrupción y crueldad de quienes debían administrar su establecimiento transforman aquella posibilidad de integración en una insurrección.

La expresión con que describe la reacción resulta significativa: los godos se ven «como bestias salvajes alanceados por las fieras embestidas del hambre». El hambre destruye la paciencia inicial y convierte la desesperación en violencia. Matan a los funcionarios y sus escoltas, recorren Mesia armados y penetran después en Tracia. De este modo, Vives convierte un problema administrativo y humanitario en el comienzo de una catástrofe militar para Roma.

El momento culminante es la batalla contra Valente. Históricamente estamos ante el desastre romano de Adrianópolis (378), aunque en este pasaje Vives no utiliza el nombre de la batalla. El ejército romano es derrotado y el emperador muere. Conviene señalar que la versión concreta que reproduce Vives sobre Valente —capturado y quemado vivo— pertenece a las tradiciones que circularon sobre su muerte; las fuentes antiguas transmiten versiones distintas acerca de cómo murió exactamente.

Más importante para comprender la obra es la lógica moral de la narración. Vives parece construir una cadena de causas:

hunos → expulsión de los godos → petición de refugio a Roma → corrupción de los funcionarios romanos → hambre → rebelión → derrota del ejército imperial.

Esta cadena modifica mucho la imagen simplista de «los bárbaros destruyeron Roma». Los godos son violentos, y Vives no disimula su ferocidad, pero Roma también contribuye a producir su propio desastre mediante la codicia, la crueldad y la incompetencia de sus representantes.

Tras derrotar a Valente, los godos intentan incluso avanzar sobre Constantinopla, aunque no consiguen conquistarla. La resistencia de la ciudad detiene momentáneamente su expansión y finalmente los visigodos retroceden. Sin embargo, algo fundamental ya ha cambiado: un pueblo que había solicitado humildemente tierras dentro del Imperio acaba de destruir un ejército romano y provocar la muerte de un emperador.

Mientras existe un poder imperial fuerte y competente, los godos pueden ser contenidos e incluso incorporados al sistema romano. El verdadero deterioro comienza cuando la debilidad política interna permite que las ambiciones particulares utilicen a los pueblos bárbaros como instrumentos.

El gran contraste lo establece Teodosio. Vives lo presenta de manera extraordinariamente favorable: derrota militarmente a los godos, los obliga a solicitar la paz y, una vez sometidos, se la concede. Pero lo más significativo ocurre después: durante su reinado, los godos «militaron bajo sus órdenes» y reconocieron los caudillos designados por el emperador. Es decir, Vives demuestra nuevamente que la convivencia entre Roma y los godos era posible. Los godos podían convertirse en soldados y aliados del propio Imperio cuando existía una autoridad capaz de gobernarlos.

Por eso la muerte de Teodosio funciona como una auténtica ruptura histórica. Vives lo llama «sin disputa el mejor en la guerra y en la paz», expresión que resume el ideal clásico del buen gobernante: competente tanto para derrotar enemigos como para mantener el orden. Al morir, deja el Imperio dividido entre sus jóvenes hijos, Arcadio en Oriente y Honorio en Occidente. El problema para Vives no parece ser simplemente la división territorial, sino que ambos son demasiado jóvenes y quedan bajo la influencia de quienes deberían protegerlos.

Entran entonces en escena Rufino y Estilicón, y el relato adquiere un carácter abiertamente moral. Vives los presenta como tutores que transforman una responsabilidad pública en una oportunidad para aumentar su riqueza y poder. Especialmente duro es con Estilicón, al que describe como «hombre malvado y de torcidas intenciones». El problema político fundamental es la ambición privada infiltrada en el gobierno.

Vives atribuye a ambos un razonamiento especialmente perverso: necesitan la guerra. En tiempos de paz, sus intenciones podrían quedar al descubierto; en una situación de emergencia, en cambio, los jóvenes emperadores dependerían todavía más de sus consejeros y les entregarían poderes extraordinarios. Es muy significativa la comparación de Vives: la paz es como un «cielo sereno y tranquilo» donde las acciones pueden verse con claridad; la guerra crea confusión y permite ocultar las ambiciones.

Así aparece una de las ideas políticas más interesantes de la obra: la guerra puede ser provocada deliberadamente por quienes esperan beneficiarse de ella. Según la narración de Vives, Rufino y Estilicón incitan a los godos aprovechando su predisposición al combate y ofreciéndoles la expectativa de botín. El enemigo exterior se convierte, por tanto, en una herramienta de las luchas internas romanas.

En este contexto surge Alarico, elegido rey por los godos. Su aparición es fundamental porque será quien finalmente conduzca a los visigodos hasta Roma. Vives presenta su elección como consecuencia de esta nueva movilización: los godos recuperan una dirección política propia y salen nuevamente de sus territorios. Se les suma además Radagaiso con una enorme fuerza, que debe dividirse porque ningún territorio puede alimentar a semejante cantidad de soldados.

Vives introduce entonces un elemento que no debemos pasar por alto: la logística. Los grandes ejércitos necesitan alimentos. La marcha de una masa militar gigantesca explica en parte las devastaciones que acompañan su avance, pero también constituye su mayor debilidad. Precisamente eso destruye al ejército de Radagaiso: queda atrapado en una posición desfavorable, se le cortan los abastecimientos y el hambre acaba con su capacidad militar.

Resulta interesante comparar este episodio con el anterior. Bajo Valente, fueron los funcionarios romanos quienes provocaron un hambre que empujó a los godos a rebelarse; ahora los propios romanos utilizan el hambre como arma militar contra ellos. Vives muestra repetidamente que la guerra no depende solamente del valor en combate: abastecimiento, posición geográfica, disciplina y capacidad estratégica pueden resultar decisivos.

La derrota de Radagaiso parece inicialmente una gran victoria romana. Su ejército queda destruido y los supervivientes son vendidos como esclavos a precios bajísimos. Pero inmediatamente aparece Alarico, y el peligro vuelve a comenzar. De nuevo se confirma el patrón que Vives había establecido anteriormente: los godos pueden sufrir derrotas devastadoras y, sin embargo, reaparecer poco después como una amenaza formidable.

Entonces sucede algo todavía más significativo. Vives afirma que Estilicón podía haber acabado con Alarico. Los romanos tenían inferioridad numérica, pero una clara superioridad en «pericia y disciplina militar». Estilicón derrota repetidamente a los godos y consigue encerrarlos en una posición de la cual podría destruirlos. Sin embargo, deliberadamente no lo hace.

La razón que proporciona Vives es política: Estilicón esperaba la llegada de los vándalos a la Galia porque pretendía aprovechar la descomposición del Imperio para favorecer las aspiraciones de su hijo Euquerio. Por tanto, desde la perspectiva de Vives, Roma no está perdiendo todavía porque sus enemigos sean militarmente superiores. Posee ejércitos capaces de vencerlos. El problema es que algunos de quienes controlan esos ejércitos anteponen sus intereses particulares a la supervivencia del Estado.

Ruptura entre Alarico y el Imperio

Alarico descubre las intenciones de Estilicón y las comunica a Honorio. Al mismo tiempo formula una propuesta: solicita una parte de la Galia donde pueda establecer a su pueblo y promete que los godos vivirán «según las leyes romanas», obedecerán al emperador y contribuirán militarmente a la defensa del Imperio. Esto refuerza una idea que Vives ya había presentado anteriormente: los godos podían convertirse en súbditos y soldados del orden romano, y no necesariamente tenían como objetivo destruirlo.

Honorio acepta porque se encuentra «amenazado con aquella espada de dos filos»: por un lado están los godos y, por otro, la posible traición de Estilicón. Entre ambos peligros, considera preferible conceder territorio a Alarico. Vives presenta esta decisión casi como un cálculo de supervivencia política: integrar a los godos parece menos peligroso que enfrentarse simultáneamente a ellos y a una conspiración dentro del propio gobierno.

Estilicón, sin embargo, ve frustrados sus proyectos y, según la versión de Vives, intenta deliberadamente hacer fracasar el acuerdo. Aquí aparece Saulo, a quien habría sobornado para provocar a los godos. El propósito es muy claro: atacar a algunos de ellos para que un pueblo que Vives considera fácilmente irritable responda violentamente y se rompa así la alianza con Honorio. Estamos nuevamente ante el mismo motivo político del fragmento anterior: la guerra provocada artificialmente para servir a intereses particulares.

La elección del momento del ataque adquiere además una enorme carga religiosa. Saulo ataca un domingo, precisamente cuando los godos están escuchando misa. Vives los presenta aquí explícitamente como cristianos. Ante la agresión incluso dudan inicialmente si defenderse porque sienten escrúpulos de empuñar las armas y derramar sangre durante el día del Señor. Esta representación contrasta radicalmente con la imagen inicial de los getas como pueblo «bárbaro y fiero».

Cuando finalmente se defienden, Vives presenta su reacción como una consecuencia de la necesidad. No serían ellos quienes han decidido profanar voluntariamente el domingo: sus atacantes los han obligado a hacerlo. Por eso, después de vencer, se lamentan de haber tenido que «quebrantar el derecho divino por los violadores de todo derecho». La construcción moral es evidente: los godos siguen siendo violentos y peligrosos, pero en este episodio Vives procura hacer comprensible e incluso justificable su reacción.

Es especialmente significativa la invocación a Cristo. El pacto con Roma había sido sancionado bajo su nombre y ahora los godos consideran que ese pacto ha sido traicionado. El conflicto deja así de aparecer simplemente como romanos cristianos contra bárbaros paganos. Los godos son también cristianos y creen que Roma ha violado un compromiso realizado bajo una autoridad religiosa común.

Este punto es particularmente importante si recordamos el comienzo de la obra. Vives había mencionado que san Agustín escribió La ciudad de Dios porque algunos paganos culpaban al cristianismo de la caída de Roma. La narración que Vives está construyendo hace cada vez más difícil esa explicación simplista. Los propios godos que marcharán contra Roma aparecen aquí celebrando el culto cristiano e invocando a Cristo. Por tanto, el problema no puede reducirse a que el cristianismo haya debilitado a Roma frente a unos enemigos ajenos a esa religión.

Tras la provocación y el combate llega la consecuencia decisiva: los godos, «rojos de ira», atraviesan Italia con sus banderas desplegadas y se dirigen «a la propia ciudad de Roma». Hemos llegado finalmente al movimiento que anunciaba el título de la obra. Pero Vives ha dedicado muchas páginas a explicar por qué llegan hasta allí.

Así, cuanto más avanza la obra, menos parece que la respuesta de Vives a «¿cómo ganaron los godos a Roma?» vaya a ser simplemente «porque los godos eran militarmente poderosos». Roma había demostrado repetidamente que podía derrotarlos y también que podía integrarlos. Lo que está destruyendo su capacidad de respuesta es la combinación de corrupción, conspiraciones palaciegas, intereses privados, incumplimiento de pactos y mala administración.

Incluso el último detalle refuerza esa interpretación: Estilicón había licenciado tropas porque aparentemente ya no eran necesarias y ahora, ante una crisis que él mismo habría contribuido a provocar, necesita pedir urgentemente soldados al emperador. Hay una ironía política evidente: quienes manipulan los conflictos creyendo que pueden controlarlos terminan generando una amenaza que ya no pueden manejar fácilmente.

Tras descubrirse la conspiración de Estilicón, Honorio ordena matarlo junto con su hijo. Vives no lamenta especialmente la eliminación del conspirador; el problema está en lo que Honorio hace después: nada. Por miedo a que otro general acumule tanto poder como Estilicón, no nombra un comandante capaz de sustituirlo. La consecuencia es desastrosa: el ejército queda sin una dirección eficaz, sufre derrotas y desarrolla «un profundo terror del nombre gótico». Vives presenta aquí a Honorio como «imprudente e irresoluto»: intenta evitar una posible amenaza política y, al hacerlo, debilita todavía más la defensa del Imperio.

De esta manera, cuando Alarico llega a Roma, el Imperio continúa existiendo, pero su capacidad de respuesta se encuentra gravemente deteriorada. La ciudad es sometida a un prolongado asedio y finalmente conquistada. Pero Vives introduce inmediatamente una precisión fundamental: los godos la saquean «más con alboroto y pillaje que con matanzas y estupros». No niega la violencia de la conquista, pero insiste en que no se produjo, según las fuentes que sigue, el grado de atrocidad que normalmente acompañaba a la toma de una ciudad.

Esto se debe en buena medida a la representación que hace de Alarico. Antes de entrar en Roma habría ordenado evitar asesinatos y violaciones y, sobre todo, respetar a quienes se refugiaran en determinados templos cristianos, especialmente los asociados con san Pedro y san Pablo. La pena para quien incumpliera estas órdenes sería la muerte. Este detalle será fundamental para el argumento religioso que aparecerá al final.

Vives reconoce después algo metodológicamente muy interesante: no sabe con certeza cómo fue tomada Roma. Dice que los historiadores proporcionan pocos detalles y admite incluso: «Yo no he tenido aún la suerte de ver a Procopio». Por eso depende del relato de Bautista Egnazio, a quien considera un escritor diligente. Esta confesión es muy característica del Vives humanista: distingue entre la fuente original que no ha podido consultar y la fuente secundaria de la que depende.

Según ese relato, Alarico habría recurrido a una estratagema después de no conseguir tomar Roma por la fuerza. Trescientos jóvenes godos habrían sido entregados como presentes a importantes romanos; después de ganarse la confianza de sus dueños, debían abrir una puerta de la ciudad en un momento convenido. Vives añade, sin embargo, otra tradición: Proba, movida por compasión ante el hambre y las enfermedades que sufría la población, habría facilitado la entrada de los godos. Nuevamente, en vez de fingir certeza, presenta versiones alternativas.

La imagen del hambre es especialmente significativa. Roma, que durante siglos había dominado pueblos y territorios, aparece ahora con su población muriendo en calles y plazas. La caída no es solamente militar: representa la impotencia de una estructura imperial que ya no consigue proteger ni alimentar adecuadamente a su propia capital.

También resulta muy reveladora la anécdota sobre Honorio. Cuando le comunican que «Roma se había perdido», interpreta inicialmente que se refieren a un atleta llamado Roma con quien se había entretenido. Independientemente del valor histórico de la anécdota, su función literaria es evidente: sirve para representar la desconexión y frivolidad del emperador frente a la magnitud de la catástrofe. Mientras la antigua capital imperial cae, el gobernante aparece preocupado por un entretenimiento personal.

Pero entonces llegamos al verdadero objetivo de toda la obra. Vives recuerda que algunos paganos responsabilizaron al cristianismo de la caída de Roma. Su argumento sería que la ciudad había permanecido segura mientras conservó los cultos tradicionales y que comenzó a sufrir calamidades después de abandonarlos. Precisamente contra esta interpretación había escrito san Agustín los veintidós libros de La ciudad de Dios.

Vives responde mediante un argumento histórico muy sencillo pero poderoso: Roma ya había sufrido calamidades antes de ser cristiana. Los galos habían conquistado y devastado la ciudad siglos antes, cuando los antiguos cultos paganos estaban plenamente vigentes. Por tanto, resulta lógicamente imposible sostener que la adopción del cristianismo sea una condición necesaria para explicar que Roma pudiera ser conquistada.

Añade un segundo argumento: hubo emperadores cristianos que gobernaron competentemente. El ejemplo más claro en la narración precedente había sido Teodosio. Por consiguiente, tampoco puede establecerse una relación automática entre cristianismo y mal gobierno.

Y proporciona todavía un tercer argumento, quizá el más importante históricamente dentro de la obra: la decadencia romana había comenzado antes de la cristianización del Imperio. Vives recuerda los desastres sufridos bajo emperadores paganos como Galieno. El proceso de debilitamiento de Roma, por tanto, posee causas políticas e históricas mucho más profundas.

Así podemos comprender finalmente por qué Vives dedicó tantas páginas a explicar los acontecimientos anteriores al saqueo. Su recorrido histórico funciona como una demostración causal. La caída de Roma se explica mediante invasiones, desplazamientos de pueblos, corrupción administrativa, luchas internas, ambiciones cortesanas, incompetencia militar, ruptura de pactos, debilidad imperial y, finalmente, la desidia de Honorio. No necesita recurrir al abandono de los dioses paganos para explicar lo sucedido.

Incluso hay una ironía adicional: los mismos godos que conquistaron Roma eran presentados por Vives como cristianos, y durante el saqueo respetaron determinados lugares sagrados precisamente por su carácter cristiano. De esta manera, el cristianismo no aparece como causa de una violencia indiscriminada; dentro del relato de Vives funciona incluso como un límite moral impuesto a la violencia de los vencedores.

Con ello comprendemos también la estructura circular de la obra. Vives comenzó diciendo que san Agustín había tomado la «cautividad de Roma» como ocasión para escribir La ciudad de Dios. Después retrocedió para preguntarse quiénes eran los godos y cómo llegaron hasta Roma. Ahora, una vez reconstruida toda esa historia, vuelve exactamente a san Agustín. El recorrido histórico sirve para reforzar la respuesta apologética agustiniana.

Conclusión

En Quiénes fueron los godos y cómo ganaron a Roma, Juan Luis Vives reconstruye el origen de los godos y su prolongado enfrentamiento con el Imperio para demostrar que la conquista de Roma no fue consecuencia del cristianismo, sino de una combinación de presión exterior y decadencia interna. La corrupción, las luchas por el poder, la mala administración y la debilidad de gobernantes como Honorio fueron debilitando a un Imperio que todavía tenía capacidad para contener a los godos. Vives concluye así, siguiendo la defensa de san Agustín, que Roma no cayó por abandonar a los antiguos dioses, sino fundamentalmente por causas políticas, militares y humanas.