Juan Luis Vives (1492/1493-1540) fue uno de los grandes representantes del humanismo renacentista europeo y una figura clave en la transición entre el pensamiento medieval y la filosofía moderna. Nacido en Valencia en el seno de una familia de judíos conversos, desarrolló la mayor parte de su vida intelectual fuera de España y entró en contacto con algunas de las personalidades más importantes de su tiempo, como Erasmo de Róterdam y Tomás Moro. Filósofo, pedagogo y estudioso de la naturaleza humana, Vives cuestionó diversos aspectos de la enseñanza escolástica y defendió una mayor atención a la experiencia, la observación y el estudio concreto de las facultades humanas. Su vida, profundamente marcada por el humanismo y por la persecución inquisitorial sufrida por su familia, constituye una excelente puerta de entrada a las grandes transformaciones intelectuales del siglo XVI.
JUAN LUIS VIVES
Antecedentes
Abuelos
El abuelo paterno pertenecía a la familia Vives, una familia judeoconversa valenciana vinculada al mundo mercantil. De esta rama procedía Lluís Vives Valleriola, padre del filósofo. Los Vives formaban parte de aquella burguesía conversa valenciana que, aunque oficialmente cristiana, continuó siendo vigilada por la Inquisición debido a sospechas de conservación clandestina de prácticas judías. Las investigaciones modernas han establecido que la ascendencia judía de Juan Luis Vives por esta rama no era una mera tradición posterior, sino que está respaldada por documentación inquisitorial.
La abuela paterna es especialmente importante porque explica el segundo apellido del padre: Vives Valleriola. Los Valleriola constituían otra familia conversa valenciana. La documentación histórica permite relacionar estas familias con el mundo económico de Valencia: comercio, tejidos y otras actividades mercantiles eran habituales entre los antepasados de Vives. El propio Lluís Vives Valleriola sería un comerciante relativamente acomodado.
El abuelo materno pertenecía a la familia March. Su hija fue Blanquina March, nacida hacia 1473, madre de Juan Luis Vives. Esta rama familiar también era de origen judeoconverso.
Pero aquí tenemos que hacer una precisión importante respecto de algo que aparece repetido en muchas biografías: que Blanquina estaba emparentada con el poeta Ausiàs March. Algunas fuentes siguen afirmándolo, pero yo no lo incorporaría todavía como un hecho demostrado en tu biografía. Compartir el apellido March en la Valencia conversa no basta para establecer el parentesco.
La abuela materna es probablemente la más fascinante de los cuatro para comprender el trasfondo religioso de Vives.
Sabemos de ella indirectamente gracias al proceso inquisitorial contra Blanquina March. Cuando Blanquina declaró ante la Inquisición en 1491, recordó prácticas religiosas de su infancia. Según su testimonio, cuando tenía unos nueve años su propia madre, es decir, la abuela materna de Juan Luis Vives, hacía que la familia observara el Yom Kippur incluso después de haberse convertido formalmente al cristianismo.
Padres
El padre de Juan Luis Vives fue Luis Vives Valeriola, miembro de una familia judeoconversa valenciana y dedicado al comercio, especialmente de sedas y paños. Las fuentes lo describen como negociante y sitúan a la familia dentro del activo mundo mercantil de Valencia.
Su condición de cristiano converso no acabó con las sospechas sobre sus prácticas religiosas. Hay quienes señalan que ya había sido procesado por practicar clandestinamente el judaísmo antes del nacimiento de Juan Luis. Posteriormente, en 1500, fue detenido después del descubrimiento de una sinagoga clandestina en Valencia, aunque en aquella ocasión quedó libre por falta de pruebas suficientes.
Su madre fue Blanquina March y Almenara, nacida hacia 1473, también en el seno de una familia judeoconversa. Su historia con la Inquisición comenzó muchísimo antes que la de su marido y antes incluso del nacimiento de Juan Luis.
Blanquina compareció ante la Inquisición siendo todavía muy joven. La documentación del proceso indica que en diciembre de 1487, con unos catorce años, fue acusada de judaizar. Finalmente abjuró el 6 de junio de 1491.
La fecha es especialmente significativa: estamos solamente un año antes de 1492, cuando los Reyes Católicos decretaron la expulsión de aquellos judíos que permanecieran como tales. Cuando Juan Luis nació, por tanto, la experiencia inquisitorial de su madre era extraordinariamente reciente.
Blanquina contrajo matrimonio con Luis Vives Valeriola y tuvieron cinco hijos: Juan Luis, Jaime, Beatriz, Leonor e Isabel-Ana. Juan Luis fue el mayor.
Blanquina murió en septiembre de 1508, en Llosa de Ranes, cerca de Játiva; algunas fuentes atribuyen su muerte a la peste. Juan Luis tenía alrededor de quince años.
En 1528, aproximadamente veinte años después de la muerte de Blanquina, el Santo Oficio abrió un nuevo proceso contra ella. La acusación sostenía que durante su antiguo proceso había ocultado ciertas prácticas judaizantes y no había denunciado a otras personas implicadas.
El 31 de enero de 1530, la Inquisición de Valencia dictó sentencia y la declaró hereje. Como Blanquina llevaba más de dos décadas muerta, se ordenó exhumar sus restos y quemarlos.
Nacimiento
Juan Luis Vives nació en Valencia el 6 de marzo de 1493, aunque durante mucho tiempo se aceptó 1492 como año de nacimiento y todavía aparece así en numerosas biografías.
Su nacimiento tuvo lugar en una Valencia particularmente próspera y dinámica, capital del Reino de Valencia e integrada en la Corona de Aragón. A finales del siglo XV, la ciudad era un importante centro comercial mediterráneo y estaba viviendo un notable desarrollo cultural. Vives nació, por tanto, en un ambiente urbano y mercantil, no en un medio rural ni apartado. Su propia familia participaba de ese mundo: sus padres, Luis Vives Valeriola y Blanquina March, procedían de familias vinculadas al comercio y pertenecientes a la comunidad judeoconversa valenciana.
Pero ese período de prosperidad coincidía con una profunda transformación religiosa. Vives nació apenas unas décadas después de las conversiones masivas provocadas por las persecuciones antijudías de 1391 y en una sociedad en la que los conversos seguían constituyendo un grupo importante. Algunas investigaciones han reconstruido precisamente los antecedentes de los Vives dentro de esa comunidad: tras las persecuciones de 1391, miembros de antiguas familias judías adoptaron nuevos apellidos cristianos y se integraron en la sociedad cristiana valenciana, aunque conservaron vínculos familiares y culturales entre ellos.
Si aceptamos la fecha de nacimiento actualmente considerada más probable, Vives nació en marzo de 1493, menos de un año después del decreto de expulsión de los judíos de las Coronas de Castilla y Aragón de marzo de 1492. Su madre, Blanquina, se había convertido formalmente al cristianismo en 1491. Su padre también pertenecía a una familia conversa y ya había sido investigado por prácticas judaizantes antes del nacimiento de Juan Luis. De modo que el filósofo vino al mundo cuando la cuestión de la identidad religiosa de su familia estaba lejos de ser un asunto remoto.
El niño nació, sin embargo, como cristiano y fue educado como tal. Esto es importante para evitar una simplificación frecuente: Vives no debe ser descrito sencillamente como un «filósofo judío». Fue un pensador profundamente cristiano. Otra cuestión es que procediera de una familia de ascendencia judía en la cual algunos miembros continuaron siendo acusados de practicar clandestinamente el judaísmo. Esa tensión entre integración cristiana, ascendencia judía y persecución inquisitorial acompañaría a la familia durante toda la juventud de Vives.
También es importante el contexto político. Juan Luis nació durante el reinado de los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, cuando avanzaba la construcción de una mayor uniformidad religiosa de sus reinos. La Inquisición española, establecida pocas décadas antes, tenía precisamente entre sus principales objetivos investigar a conversos sospechosos de mantener prácticas judaicas. Por ello, la familia Vives vivía una situación paradójica: podía participar activamente en la economía urbana valenciana y, al mismo tiempo, encontrarse permanentemente expuesta a investigaciones sobre la sinceridad de su cristianismo.
Estudios
Hay además otro acontecimiento valenciano que resultaría decisivo para su formación: en 1500 se creó el Estudi General de Valencia, antecedente directo de la actual Universitat de València. Vives estudiaría allí entre aproximadamente 1507 y 1509, antes de marcharse a París. Es decir, nació justo en una generación que pudo beneficiarse del nuevo desarrollo universitario y humanístico valenciano.
Sus estudios en París
En 1510, Juan Luis Vives tenía unos 17 años y se encontraba en París, adonde había marchado desde Valencia en 1509 para continuar su formación. París era entonces uno de los grandes centros intelectuales de Europa y su universidad seguía dominada por las distintas corrientes de la escolástica tardomedieval. Vives estudió en el Collège de Beauvais, integrado en el ambiente de la Universidad de París, donde recibió una formación intensiva en lógica, dialéctica y filosofía aristotélica. Entre los maestros relacionados con su formación parisina estuvieron Jan Dullaert de Gante, representante del nominalismo parisino, y otros profesores vinculados a la tradición lógico-escolástica.
La experiencia parisina resultaría decisiva precisamente porque Vives acabaría reaccionando contra el tipo de filosofía que allí aprendió. La enseñanza filosófica se concentraba en problemas lógicos, comentarios de Aristóteles, disputas y cuestiones formuladas mediante un lenguaje técnico que Vives consideraría posteriormente excesivamente artificial.
Además, el París que conoció Vives se encontraba en plena tensión entre escolástica y humanismo renacentista. El redescubrimiento filológico de los autores clásicos y el interés humanista por las lenguas y la educación estaban ofreciendo una alternativa al método universitario tradicional. Vives comenzó así a desplazarse intelectualmente desde la lógica escolástica hacia un programa humanista que privilegiaría el estudio de los clásicos, el lenguaje, la educación y, posteriormente, la observación de la naturaleza humana y la experiencia.
Según la reconstrucción biográfica más reciente, Vives había comenzado en el Collège de Lisieux, pero pronto pasó al Collège de Beauvais, donde estudió con el filósofo y lógico flamenco Jan Dullaert de Gante (Jean Dullaert). Dullaert es importante para entender qué estaba aprendiendo Vives. Era un especialista en lógica y filosofía natural aristotélica, relacionado con la tradición terminista de París. Precisamente en 1511 apareció una nueva edición de sus Quaestiones sobre la Física y el De caelo de Aristóteles. Esto nos permite hacernos una idea bastante concreta del ambiente intelectual en el que se encontraba el joven Vives: Aristóteles, lógica, filosofía natural, análisis de términos y disputaciones escolásticas.
En París también estaban activos varios intelectuales españoles vinculados a esta tradición. Por ejemplo, Luis Núñez Coronel publicó precisamente en 1511 sus Physicae perscrutationes, obra dedicada a cuestiones de filosofía natural aristotélica y problemas como el movimiento y el infinito. Era el tipo de filosofía académica que dominaba el París que conoció Vives.
En 1512 comenzó a asistir a las lecciones del aragonés Gaspar Lax (1487-1560) en el Collège de Montaigu, después de haber estudiado principalmente con Jan Dullaert.
Gaspar Lax era solamente unos seis años mayor que Vives, pero ya ejercía como profesor y era una figura destacada de la lógica escolástica parisina. Procedía de Sariñena, Aragón, y trabajaba especialmente en lógica, matemáticas y filosofía natural. Justamente en diciembre de 1512 publicó en París sus Obligationes, obra perteneciente al complejo mundo de la lógica escolástica que Vives estaba aprendiendo. La Bibliothèque nationale de France conserva registrada esta edición, fechada el 3 de diciembre de 1512.
Esto hace de 1512 un año muy interesante para entender la posterior evolución de Vives. El joven valenciano estaba recibiendo una formación extremadamente técnica en dialéctica y lógica, trabajando dentro de la tradición que más adelante atacaría por considerar que había degenerado en discusiones artificiales y alejadas del lenguaje y de la vida real. Sin embargo, sería incorrecto imaginar que en 1512 Vives ya rechazaba completamente a sus profesores: primero se formó seriamente en esa tradición y solo posteriormente elaboró su crítica.
Al mismo tiempo, Vives comenzó a acercarse al humanismo parisino. La figura decisiva fue Nicolas Bérault, relacionado con Guillaume Budé. A través de Bérault, Vives entró en contacto con un ambiente intelectual muy diferente del de sus maestros escolásticos: mayor atención a los autores clásicos, al latín, a la retórica y al estudio filológico de los textos.
En 1513 murió Jan Dullaert de Gante, uno de los principales maestros que Vives había tenido anteriormente en el Collège de Beauvais. Dullaert había formado al valenciano en lógica y filosofía natural aristotélica. La relación debió de ser intelectualmente importante, pues Vives escribiría posteriormente una breve Vita Ioannis Dullardi, publicada en París en 1514.
En Brujas
Vives permaneció vinculado a París hasta 1514, cuando abandonó la ciudad sin obtener ningún grado académico formal y se trasladó a los Países Bajos.
Sin embargo, existe evidencia de que Vives ya había establecido contacto con Brujas hacia 1512. Incluso una carta de Vives a Francisco Cristóbal puede fecharse en París entre abril y mayo de 1514 y apareció impresa el 30 de mayo junto con una obra de Dullaert. Vives no salió de París enemistado personalmente con todos sus maestros. Su ruptura fue principalmente metodológica e intelectual y se radicalizaría posteriormente.
Brujas era una de las grandes ciudades comerciales de los Países Bajos y mantenía fuertes conexiones con mercaderes de la península ibérica. Había allí castellanos, vascos, catalanes y valencianos, de manera que para un joven procedente de Valencia no suponía entrar en un mundo completamente extraño. Un estudio histórico sobre Vives describe precisamente los Países Bajos —y particularmente Brujas— como una especie de prolongación del ambiente peninsular debido a la presencia de esas comunidades mercantiles.
Entre aquellas familias estaba una que sería decisiva para el resto de su vida: los Valldaura.
Bernardo Valldaura era un comerciante valenciano establecido en Brujas. Vives encontró alojamiento en su casa y se convirtió en maestro de sus hijos. Años más tarde, en 1524, terminaría casándose con una de sus hijas, Margarita Valldaura.
Por tanto, el traslado tenía también una lógica práctica. Vives pasaba de ser estudiante universitario a comenzar una existencia económicamente vinculada con aquello que sería fundamental para muchos humanistas del Renacimiento: la enseñanza privada y el patronazgo.
El cambio geográfico coincidió con un cambio intelectual. Durante sus últimos años parisinos, Vives había comenzado a aproximarse al humanismo, particularmente a través de Nicolas Bérault. En los Países Bajos encontró un ambiente mucho más favorable para desarrollar esa orientación.
Esto es importante porque el humanismo del joven Vives era cristiano. No consistía simplemente en admirar a Cicerón, Virgilio o los demás autores antiguos. El propósito era recuperar las bonae litterae —las «buenas letras»— y utilizarlas para mejorar la educación, el lenguaje, la moral y la vida cristiana.
Sus primeras obras muestran precisamente esa transición. Ya en 1514 había publicado textos como Christi Iesu Triumphus y Virginis Dei Parentis Ovatio, en los que utilizaba formas y referencias procedentes de la cultura clásica para desarrollar temas cristianos.
Al año siguiente, Francisco I ascendió al trono de Francia y obtuvo su famosa victoria de Marignano. En los Países Bajos, el joven Carlos de Habsburgo, futuro Carlos V, fue declarado mayor de edad y comenzó a gobernar personalmente. En Roma gobernaba León X.
Y solamente faltaban dos años para 1517, cuando Martín Lutero desencadenaría la controversia que terminaría fracturando la cristiandad occidental.
Vives pertenece precisamente a esa generación de humanistas que alcanzó la madurez inmediatamente antes de la Reforma protestante.
Encuentro con Erasmo de Roterdam
Erasmo de Róterdam tenía unos cincuenta años y era ya una celebridad intelectual europea, mientras Vives era un joven humanista todavía construyendo su reputación. Precisamente en 1516 aparecieron algunas de las obras fundamentales de Erasmo: su edición del Nuevo Testamento griego y la Institutio principis Christiani (Educación del príncipe cristiano). Vives entraba, por tanto, en contacto directo con Erasmo en uno de los momentos culminantes de su carrera.
No debemos imaginar que Erasmo descubrió accidentalmente a un joven completamente desconocido. Desde aproximadamente 1514, Vives había comenzado a introducirse en los ambientes humanistas de los Países Bajos, y ya había publicado varios pequeños escritos.
Además, el ambiente era extraordinariamente propicio. Los Países Bajos constituían uno de los grandes centros del humanismo septentrional. Allí coincidían profesores universitarios, impresores, diplomáticos, comerciantes e intelectuales procedentes de distintos países.
Para Vives, aquella relación sería fundamental. Erasmo encontró en el valenciano a un joven humanista excepcionalmente preparado, conocedor de la filosofía escolástica pero cada vez más crítico con sus métodos y profundamente interesado en las lenguas clásicas, la educación y la renovación moral del cristianismo. Vives, por su parte, encontró en Erasmo una figura que representaba buena parte del camino intelectual hacia el cual él mismo estaba avanzando: recuperación de los autores clásicos, cultivo de un latín elegante, crítica de las disputas escolásticas excesivamente abstractas y defensa de una formación orientada hacia la vida moral. Sin embargo, no conviene reducir a Vives a un simple discípulo de Erasmo. La influencia fue enorme, pero Vives desarrollaría progresivamente un pensamiento propio y llegaría incluso a discrepar de su amigo en determinadas cuestiones.
El ambiente intelectual que rodeaba a Vives en 1516 era excepcional. Durante aquellos años también se encontraba en los Países Bajos Tomás Moro, quien había participado en una misión diplomática y había trabajado allí en su célebre Utopía. La primera edición de esta obra apareció precisamente en Lovaina en diciembre de 1516. Vives todavía no mantenía con Moro la estrecha amistad que desarrollaría posteriormente, pero estaba entrando en la misma red internacional de humanistas. Erasmo acabaría siendo uno de los principales vínculos entre ambos. De esta manera, el joven valenciano comenzaba a aproximarse a un círculo intelectual en el que se encontraban algunos de los pensadores más importantes de su generación.
Lovaina
Después de sus años de formación escolástica en París y de su progresiva incorporación a los círculos humanistas flamencos, Vives encontró una posición que le proporcionaría mayor estabilidad y, sobre todo, acceso a uno de los ambientes intelectuales más importantes del humanismo europeo. Hacia esta época fue nombrado preceptor de Guillermo de Croy (Guillaume de Croÿ), joven perteneciente a una de las familias aristocráticas más poderosas de los Países Bajos.
Guillermo de Croy era considerablemente más joven que Vives. Había nacido en 1497 y pertenecía a la influyente casa de Croÿ, estrechamente relacionada con la corte de los Habsburgo. Su carrera eclesiástica había avanzado con extraordinaria rapidez gracias a sus conexiones familiares: siendo todavía muy joven recibió importantes dignidades eclesiásticas y llegaría a ser obispo de Cambrai y cardenal. Para Vives, convertirse en su maestro significaba mucho más que obtener un empleo como profesor particular: suponía entrar en contacto con las redes aristocráticas, eclesiásticas y políticas de los Países Bajos.
La tarea de Vives consistía fundamentalmente en encargarse de la formación humanística del joven Croy. Esta experiencia es importante para comprender el desarrollo posterior de su filosofía de la educación. Vives no fue solamente un teórico que escribiera desde su escritorio acerca de cómo debían educarse los jóvenes; durante buena parte de su vida trabajó directamente como maestro y preceptor. La enseñanza de las lenguas clásicas, la literatura, la moral y la formación cristiana constituían elementos centrales de ese modelo educativo humanista. La educación debía formar no solamente una inteligencia capaz de argumentar, sino también una persona capaz de vivir moralmente.
Lovaina ofrecía además un ambiente extraordinariamente favorable para esta transformación intelectual. Su universidad seguía contando con una importante tradición escolástica, pero simultáneamente estaba convirtiéndose en uno de los grandes centros del humanismo cristiano del norte de Europa. Precisamente en 1517 se fundó allí el Collegium Trilingue, impulsado gracias al legado del humanista Jerónimo de Busleyden y apoyado decididamente por Erasmo. La institución estaba dedicada al estudio de las tres grandes lenguas consideradas necesarias para regresar a las fuentes de la cultura clásica y cristiana: latín, griego y hebreo. Su aparición representaba perfectamente el ideal humanista de los studia humanitatis y del retorno a los textos originales.
Para Vives, que había pasado años estudiando las complejas técnicas de la dialéctica parisina, encontrarse en este ambiente significaba vivir directamente la transformación de la educación europea. Frente al predominio de comentarios, cuestiones y disputaciones escolásticas, los humanistas defendían la lectura de Cicerón, Séneca, Virgilio y otros autores clásicos, junto con un conocimiento más riguroso de las Escrituras y de los Padres de la Iglesia. Vives comenzaba así a construir la concepción educativa que posteriormente desarrollaría con mucha mayor profundidad en De disciplinis de 1531.
Su relación con Erasmo de Róterdam también adquirió mayor importancia durante esta etapa. Después de haber entrado en contacto con el gran humanista durante los años anteriores, Vives comenzó a incorporarse cada vez más claramente a su círculo intelectual. Erasmo podía proporcionarle algo que las aulas parisinas no le habían dado: acceso a una red europea de humanistas, formada por escritores, profesores, impresores, diplomáticos, eclesiásticos y miembros de las cortes. Gracias a este ambiente, el valenciano comenzaría progresivamente a ser conocido fuera de los círculos españoles y flamencos.
Ese mismo año Martín Lutero inició la controversia sobre las indulgencias que tradicionalmente se relaciona con sus noventa y cinco tesis del 31 de octubre. Evidentemente, nadie podía saber todavía que aquel conflicto terminaría fracturando permanentemente la cristiandad occidental. Pero para Vives este acontecimiento sería decisivo a largo plazo. El humanismo cristiano al que pertenecían Erasmo y Vives había defendido una reforma intelectual, educativa y moral del cristianismo; ahora comenzaba una controversia teológica que acabaría transformándose en un conflicto religioso y político de dimensiones europeas.
Existe además una interesante coincidencia: mientras Lutero comenzaba su enfrentamiento con las autoridades eclesiásticas, Vives se encontraba precisamente dentro de un círculo humanista que también criticaba numerosos defectos de la cultura religiosa y universitaria, aunque desde una perspectiva diferente. Vives deseaba reforma, educación y renovación moral, pero no terminaría adhiriéndose a la Reforma protestante. Su preocupación creciente sería precisamente evitar que las controversias doctrinales destruyeran la concordia entre los cristianos.
La formación de Guillermo de Croy continuaba siendo una de las principales ocupaciones de Vives. El joven aristócrata poseía una carrera eclesiástica extraordinariamente prometedora y había recibido dignidades muy importantes a una edad sorprendentemente temprana. Vives debía proporcionarle una educación apropiada para alguien destinado a ocupar posiciones relevantes dentro de la Iglesia y de la sociedad política. Esta experiencia práctica como preceptor resulta importante para comprender al Vives posterior: muchas de sus reflexiones acerca de la educación surgieron de años dedicados directamente a enseñar jóvenes, y no solamente de una reflexión teórica sobre la pedagogía.
Durante estos años se fortaleció también la relación de Vives con Erasmo. El valenciano estaba pasando rápidamente de ser un joven admirador a convertirse en un miembro reconocido de su círculo. Erasmo apreciaba su talento y contribuiría a introducirlo en una red internacional de intelectuales. Esta relación tendría una consecuencia particularmente importante: a través del mundo erasmiano, Vives comenzó a aproximarse a Tomás Moro, con quien acabaría desarrollando una estrecha amistad. El círculo de Erasmo conectaba así los Países Bajos, Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y otros territorios mediante una enorme correspondencia humanística.
Su relación con Guillermo de Croy seguía siendo fundamental. Croy pertenecía a una de las familias más poderosas de los Países Bajos y, a pesar de su juventud, acumulaba importantes dignidades eclesiásticas. Vives estaba encargado de proporcionarle una educación humanística y cristiana apropiada para alguien destinado a ocupar posiciones de gran responsabilidad. Esta experiencia reforzó una convicción que posteriormente aparecerá constantemente en sus escritos pedagógicos: la educación no debía limitarse a transmitir conocimientos, sino formar moralmente a la persona. Para Vives, saber hablar, argumentar o conocer los textos clásicos tenía sentido solamente si ese conocimiento contribuía también a desarrollar prudencia, virtud y responsabilidad.
Durante estos años Vives comenzó además a enseñar públicamente en Lovaina. Su situación era algo peculiar porque había abandonado París sin conseguir un grado universitario. Sin embargo, su creciente reputación intelectual le permitió desarrollar actividades docentes vinculadas al ambiente universitario. Entre las materias sobre las que impartió lecciones se encontraban autores clásicos como Cicerón, Virgilio y Plinio, lo que muestra claramente cuánto había cambiado desde sus primeros años parisinos. El joven que había estudiado las complejidades de la lógica terminista estaba ahora dedicando buena parte de su actividad al comentario de los clásicos desde una perspectiva humanista.
En 1519 también podemos observar con mayor claridad el crecimiento de su producción literaria. Entre sus trabajos de esta etapa se encuentran escritos y comentarios relacionados con Cicerón, particularmente con el Somnium Scipionis (Sueño de Escipión), la famosa sección final del De re publica. Vives desarrollaría posteriormente un comentario importante sobre este texto, publicado dentro de su producción lovaniense. Su interés por Cicerón no era simplemente filológico. Los humanistas encontraban en los autores antiguos ejemplos de retórica, filosofía moral, política y educación que podían utilizarse para reformar la cultura cristiana contemporánea.
Precisamente durante esta etapa comenzó a madurar la crítica que muy pronto dirigiría contra los dialécticos escolásticos de París. Después de varios años alejado de las aulas donde había estudiado con Jan Dullaert y Gaspar Lax, Vives podía evaluar aquella formación desde una perspectiva diferente. Su problema no era que la lógica careciera de utilidad, sino que ciertos profesores habían convertido la dialéctica, según su juicio, en un mundo autónomo de términos artificiales, problemas innecesariamente complejos y disputas alejadas del lenguaje ordinario y de las necesidades concretas de los seres humanos.
El 12 de enero murió el emperador Maximiliano I, abuelo de Carlos de Habsburgo. Después de una intensa competencia por la corona imperial, Carlos fue elegido rey de Romanos el 28 de junio de 1519, convirtiéndose en el futuro emperador Carlos V. Para Vives este acontecimiento tenía una dimensión particular: Carlos era al mismo tiempo señor de los Países Bajos y, desde 1516, rey de Castilla y Aragón. El valenciano vivía, por tanto, dentro de los dominios septentrionales del mismo monarca que gobernaba su tierra natal.
La elección imperial de Carlos alimentó grandes expectativas entre los humanistas. Muchos esperaban que un soberano cristiano capaz de reunir extensos territorios pudiera contribuir a garantizar la paz de Europa y la concordia de la cristiandad. Estas esperanzas serán importantes para comprender los escritos políticos posteriores de Vives, quien insistirá reiteradamente en que los gobernantes cristianos debían abandonar sus guerras entre sí y preocuparse por el bienestar de sus pueblos.
Mientras tanto, la controversia iniciada por Martín Lutero continuaba creciendo. En 1519 tuvo lugar la famosa Disputa de Leipzig, donde Lutero debatió con Johann Eck y defendió posiciones cada vez más difíciles de reconciliar con la autoridad eclesiástica tradicional. Para los humanistas del círculo erasmiano, la situación era inquietante. Muchos compartían algunas críticas contra los abusos eclesiásticos y defendían reformas educativas y religiosas, pero contemplaban con preocupación la posibilidad de que las disputas teológicas terminaran destruyendo la unidad cristiana. Vives desarrollaría posteriormente una posición muy característica: reforma, sí; ruptura de la cristiandad, no.
Pseudodialécticos
En 1520 Juan Luis Vives tenía 27 años y continuaba establecido en Lovaina, donde enseñaba y seguía ejerciendo como preceptor del joven Guillermo de Croy. Para entonces había recorrido un camino intelectual considerable desde su llegada a París en 1509. Había sido formado intensamente en lógica escolástica, había estudiado con maestros como Jan Dullaert y Gaspar Lax, había entrado después en contacto con el humanismo y finalmente se había integrado en el ambiente intelectual de los Países Bajos y en el círculo de Erasmo. En 1520 esa evolución se manifestó abiertamente con la publicación de una de sus primeras obras filosóficamente importantes: In pseudodialecticos, generalmente traducida como Contra los pseudodialécticos.
La obra apareció en Lovaina en 1520 y fue concebida como una carta dirigida a su amigo Juan Fort (Joannes Fortis), quien se encontraba en París. Esto es especialmente significativo porque el verdadero objetivo de Vives era precisamente el tipo de enseñanza filosófica que había conocido durante sus años parisinos. No hablaba desde el desconocimiento: él mismo había pasado aproximadamente cinco años dentro de aquel sistema educativo. Había aprendido sus métodos, dominaba su terminología y conocía personalmente a algunos de sus principales representantes. Su crítica era, por tanto, la reacción de un antiguo estudiante contra una forma de filosofía que consideraba intelectualmente deformada.
El término «pseudodialécticos» resume bastante bien la acusación. Vives no pretendía eliminar la dialéctica ni negar la utilidad de la lógica. Lo que sostenía era que ciertos profesores habían convertido una herramienta destinada a ayudar a razonar correctamente en una disciplina artificial, cargada de tecnicismos y problemas que apenas tenían relación con el conocimiento o con la vida. La lógica, según Vives, debía ayudarnos a comprender, argumentar y comunicarnos mejor; cuando comenzaba a producir problemas solamente porque podían ser formulados técnicamente, había perdido su finalidad. Esta distinción es fundamental: Vives no era antilógico; era contrario al abuso de la lógica.
Uno de sus principales ataques se dirigía contra el lenguaje utilizado por los dialécticos. Los escolásticos habían desarrollado durante siglos un vocabulario técnico extremadamente preciso para analizar proposiciones, términos, inferencias y relaciones lógicas. Vives consideraba que ese lenguaje se había alejado excesivamente del uso común. Para él, el lenguaje no debía convertirse en un sistema cerrado que solamente pudieran comprender quienes habían sido entrenados durante años en sus reglas. El filósofo debía prestar atención a cómo hablan realmente los seres humanos, especialmente a la lengua utilizada por los grandes autores. Esta preocupación por el lenguaje será una característica permanente de su pensamiento.
Frente al latín técnico de las escuelas, Vives defendía el estudio de los grandes escritores latinos, especialmente Cicerón. La buena filosofía necesitaba también un lenguaje claro y comprensible. Esto no era simplemente una cuestión estética. Vives pensaba que la corrupción del lenguaje podía producir también una corrupción del pensamiento: si los estudiantes dedicaban años a aprender expresiones artificiales y discutir problemas creados por esas mismas expresiones, podían terminar confundiendo la habilidad para disputar con el verdadero conocimiento.
La crítica tenía también una dimensión pedagógica. Vives sabía por experiencia cuánto tiempo podía consumir el currículo escolástico. Había pasado buena parte de su juventud estudiando aquellas materias en París y ahora consideraba que muchos estudiantes desperdiciaban años decisivos de su formación intelectual aprendiendo sutilezas que después tendrían poca utilidad. El problema, por tanto, no afectaba solamente a la filosofía: afectaba al sistema educativo completo. Esta preocupación crecerá durante los años siguientes hasta desembocar en su gran tratado educativo y filosófico, De disciplinis de 1531, donde intentará explicar cómo se habían corrompido las distintas disciplinas y cómo podían ser reformadas.
Mientras Vives discutía contra los dialécticos, Europa entraba en una crisis religiosa cada vez más profunda. En 1520 el papa León X promulgó la bula Exsurge Domine contra varias proposiciones de Martín Lutero y amenazó al reformador con la excomunión. Lutero respondió publicando algunos de sus escritos más radicales de reforma y, en diciembre, quemó públicamente la bula papal. La controversia que en 1517 todavía podía parecer una disputa académica se estaba convirtiendo rápidamente en una ruptura religiosa de consecuencias imprevisibles.
En 1521 Juan Luis Vives tenía unos 28 años y continuaba vinculado a Lovaina, pero este sería un año bastante más difícil que los anteriores. Hasta entonces había disfrutado de una situación relativamente favorable gracias a su actividad docente y, sobre todo, a la protección de su discípulo y mecenas Guillermo de Croy (Guillaume de Croÿ). Esa estabilidad desapareció repentinamente cuando Croy murió prematuramente a comienzos de 1521.
La muerte de Croy fue un golpe especialmente serio porque Vives perdió no solamente a un antiguo alumno, sino también a uno de sus principales protectores y fuentes de sustento. Erasmo comprendió inmediatamente la gravedad de la situación. En una carta a Guillaume Budé del 16 de febrero de 1521, manifestó su preocupación porque Vives había perdido un patrono difícil de reemplazar. La consecuencia fue una creciente inseguridad económica que obligaría al valenciano, durante los años siguientes, a buscar nuevos protectores.
Sin embargo, justamente en enero de 1521 Vives emprendió uno de los proyectos intelectuales más importantes de su juventud. Erasmo estaba preparando una gran edición de las obras de san Agustín de Hipona y, debido a la magnitud del trabajo, distribuyó distintas partes entre varios colaboradores. A Vives le encomendó nada menos que la revisión, corrección y elaboración de un extenso comentario de los veintidós libros de De civitate Dei (La ciudad de Dios). Vives aceptó entusiasmado y originalmente pensó que podría terminar sus comentarios en dos o tres meses. En realidad, la empresa acabaría ocupándolo aproximadamente un año y medio.
El trabajo era gigantesco. Vives no se limitaba a resumir a Agustín. Tenía que enfrentarse con problemas filológicos, históricos, filosóficos y textuales, comparar lecturas y explicar las innumerables referencias que aparecen en La ciudad de Dios a la historia romana, filosofía antigua, religión pagana, literatura clásica y cristianismo. Esto resulta particularmente importante para comprender su evolución intelectual: después de haber atacado las abstracciones de los pseudodialécticos, Vives se encontraba ahora practicando el ideal humanista que proponía como alternativa, es decir, volver directamente a un gran texto antiguo, establecerlo cuidadosamente y comprenderlo mediante la historia y la filología.
La empresa terminó afectando incluso a su salud. Mientras trabajaba intensamente sobre Agustín, Vives enfermó y tuvo que interrumpir temporalmente sus labores y regresar a Brujas para recuperarse. Una fuente biográfica antigua habla concretamente de una fiebre terciana. La correspondencia posterior muestra que Vives se sintió presionado por Erasmo para avanzar con mayor rapidez y tuvo que justificar los retrasos alegando precisamente su enfermedad.
Este episodio produjo además las primeras tensiones importantes entre Vives y Erasmo. Hasta entonces la relación había tenido bastante claramente una estructura de maestro y joven protegido. Pero Vives estaba desarrollando progresivamente una personalidad intelectual independiente. Erasmo quería que el trabajo sobre Agustín avanzara; Vives, enfermo y enfrentado además a las consecuencias económicas de la muerte de Croy, no podía mantener el ritmo esperado. La amistad no se rompió —continuarían colaborando y escribiéndose—, pero la relación comenzó a ser menos sencilla que durante los primeros años.
También continuaba su actividad como profesor en Lovaina. Vives había obtenido el 5 de mayo de 1520 una licencia para enseñar y había comenzado a impartir públicamente lecciones, especialmente sobre Cicerón, las Geórgicas de Virgilio y la Historia natural de Plinio el Viejo. Esto confirma nuevamente el carácter humanista que había adquirido su enseñanza: los grandes textos clásicos habían desplazado las disputaciones lógicas que dominaron su formación parisina.
Durante su estancia en Brujas en 1521 ocurrió además un encuentro especialmente importante para su futura relación con Inglaterra. En julio de 1521 Enrique VIII y Catalina de Aragón visitaron Brujas, acompañados por miembros destacados de la corte inglesa, entre ellos Tomás Moro. Una fuente biográfica señala que Vives fue presentado entonces a los monarcas ingleses. Catalina, además, ya había mostrado interés por su compatriota valenciano y le había concedido una pensión.
Los Commentarii in XXII libros De civitate Dei divi Aurelii Augustini aparecieron finalmente en Basilea en 1522. El trabajo muestra perfectamente la transformación intelectual que Vives había experimentado desde sus años parisinos. Ya no encontramos principalmente al especialista en las sutilezas de la dialéctica, sino al humanista que intenta comprender un texto mediante la filología, la historia, la filosofía y el conocimiento de la Antigüedad clásica. La ciudad de Dios constituía además un desafío extraordinario porque Agustín discutía allí cuestiones de filosofía, política, historia, religión romana, literatura y teología. Los comentarios de Vives tuvieron considerable difusión y serían reimpresos posteriormente junto con el texto agustiniano.
El proyecto también había sido agotador. Vives había calculado inicialmente que podría realizarlo con relativa rapidez, pero terminó trabajando durante aproximadamente un año y medio. Durante ese período sufrió problemas de salud y tuvo que interrumpir temporalmente su trabajo. También surgieron ciertas tensiones con Erasmo por los retrasos. El episodio resulta revelador de la evolución de su relación: Vives continuaba admirando enormemente al humanista neerlandés, pero ya estaba dejando de ser simplemente uno de los jóvenes intelectuales protegidos por él. Comenzaba a poseer una reputación propia dentro del humanismo europeo.
Precisamente en esta época aparece con creciente importancia Tomás Moro. Vives había entrado en el amplio círculo intelectual relacionado con Moro y Erasmo, y durante estos años comenzó a desarrollarse entre el valenciano y el autor de Utopía una auténtica amistad. Los dos compartían numerosos intereses: la recuperación de los clásicos, la reforma de la educación, la filosofía moral, el cristianismo humanista y la preocupación por los problemas políticos de Europa. Moro sería además fundamental para facilitar la entrada de Vives en los ambientes intelectuales y cortesanos de Inglaterra.
La relación inglesa de Vives estaba especialmente favorecida por Catalina de Aragón. La reina de Inglaterra era hija de los Reyes Católicos y había recibido una excelente educación humanista, circunstancia excepcionalmente importante para comprender su interés por Vives. Catalina dominaba el latín y había crecido en una corte donde la educación de las mujeres de la familia real había recibido considerable atención. Cuando conoció la creciente reputación del humanista valenciano, encontró en él a un intelectual particularmente apropiado para sus propios intereses educativos.
En Inglaterra
En 1522 Vives viajó por primera vez a Inglaterra, aunque mantuvo sus vínculos con los Países Bajos y no debemos imaginar todavía una instalación permanente. Su entrada en Inglaterra representaba una oportunidad intelectual, pero también económica. Después de perder a Guillermo de Croy, Vives necesitaba nuevos protectores, y la corte de Enrique VIII y Catalina de Aragón podía proporcionárselos. Su prestigio como colaborador de Erasmo y comentarista de san Agustín le permitía ahora presentarse ante la corte no simplemente como un profesor valenciano expatriado, sino como un humanista reconocido internacionalmente.
Una carta escrita a Erasmo el 10 de mayo de 1523 indica que Vives salió de Brujas aproximadamente al día siguiente y que contemplaba un viaje que finalmente debía conducirlo incluso hasta España. Según investigaciones recientes sobre su correspondencia, el proyecto español terminó abandonándose, una decisión comprensible teniendo en cuenta la persecución inquisitorial que estaba afectando a su familia. Vives permaneció en Inglaterra y fortaleció sus relaciones con Enrique VIII y Catalina de Aragón.
Su principal centro académico fue Oxford. Vives residió en el recién fundado Corpus Christi College, institución particularmente relacionada con el nuevo humanismo inglés. Las fuentes antiguas no permiten determinar con absoluta precisión todos los detalles administrativos de su posición, pero sí existe evidencia suficiente de que vivió y enseñó en Corpus Christi. El 10 de octubre de 1523 presentó formalmente en Oxford una solicitud de incorporación académica.
Su enseñanza en Oxford estaba orientada hacia las humanidades y los autores clásicos. Vives impartió lecciones relacionadas con la literatura, la retórica y la filosofía, contribuyendo a la introducción del nuevo programa humanista dentro de la universidad. Era, en cierto modo, la culminación del cambio iniciado una década antes: el estudiante que había conocido en París una educación dominada por la lógica escolástica aparecía ahora como profesor humanista en Oxford, defendiendo una educación fundamentada en los clásicos, el buen uso del lenguaje y la formación moral.
Su prestigio llegó incluso hasta Enrique VIII. Existen testimonios de que el rey y miembros de la corte asistieron a algunas de sus lecciones en Oxford. Esto muestra el extraordinario ascenso social e intelectual experimentado por Vives: aproximadamente catorce años después de abandonar Valencia, aquel hijo de una familia conversa perseguida por la Inquisición podía enseñar ante la corte del rey de Inglaterra.
Pero la figura fundamental para Vives en 1523 fue Catalina de Aragón. La reina compartía con él lengua, cultura peninsular y, sobre todo, un enorme interés por la educación humanista. Catalina había recibido ella misma una formación extraordinariamente cuidada en la corte de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Ahora quería proporcionar una educación igualmente rigurosa a su hija María Tudor, que tenía siete años y era entonces la única hija legítima superviviente de Enrique VIII. Catalina recurrió a Vives para que participara en la planificación de aquella educación.
Matrimonio
Vives comenzó 1524 en Inglaterra. Había pasado la Navidad anterior en la corte, en Windsor, y el 10 de enero regresó a Oxford. Su relación con la corte Tudor se encontraba entonces en un momento favorable. Catalina de Aragón valoraba especialmente sus conocimientos pedagógicos y Vives estaba relacionado con la formación de María Tudor, que tenía ocho años. Además, mantenía su vinculación con Corpus Christi College, Oxford, donde desarrollaba actividad docente. No debemos imaginar, sin embargo, que Vives permaneciera constantemente en Inglaterra: entre 1523 y 1528 realizó varias visitas y pasó temporadas intermedias en Brujas.
Precisamente una de esas salidas ocurrió en la primavera de 1524. El 24 de abril había regresado a Brujas. La razón principal era profundamente personal: Vives había decidido casarse. El 26 de mayo de 1524 contrajo matrimonio en Brujas con Margarita Valldaura, hija del comerciante valenciano Bernardo Valldaura. Una carta enviada por Vives a Erasmo desde Brujas el 16 de junio confirma que había abandonado temporalmente Inglaterra para celebrar su matrimonio.
Margarita no era una desconocida. Vives conocía desde hacía años a la familia Valldaura, comerciantes valencianos establecidos en Brujas, y había estado estrechamente relacionado con su hogar desde sus primeras estancias en los Países Bajos. Margarita era considerablemente más joven que él y había formado parte del ambiente familiar en el que Vives había ejercido también funciones educativas. La boda consolidó todavía más la relación del filósofo con Brujas, ciudad que acabaría convirtiéndose en su verdadero hogar durante el resto de su vida.
El matrimonio es interesante también desde el punto de vista intelectual. Vives acababa de dedicar una de sus principales obras a reflexionar precisamente sobre la educación y la vida de las mujeres, De institutione feminae Christianae (La educación de la mujer cristiana), publicada en 1524 y dedicada a Catalina de Aragón. En ella distinguía las distintas etapas de la vida femenina —doncella, esposa y viuda— y defendía que las mujeres debían recibir educación, particularmente religiosa, moral y literaria, aunque dentro de una concepción social del matrimonio y de los papeles de género que seguía siendo característica del siglo XVI. La obra se convertiría en uno de sus escritos más difundidos internacionalmente.
También en 1524 apareció la Introductio ad sapientiam (Introducción a la sabiduría), una obra breve pero muy importante para comprender la filosofía moral de Vives. Se trata de una especie de manual de vida compuesto por máximas y consejos destinados a enseñar cómo debe conducirse racional y moralmente una persona. En él confluyen el estoicismo antiguo y el cristianismo, una combinación característica del humanismo cristiano de Vives.
Muerte de su padre
Vives permaneció durante algunos meses en los Países Bajos, pero a comienzos de octubre de 1524 regresó a Inglaterra, iniciando su segunda gran estancia inglesa. Se dirigió inicialmente a Londres y continuó relacionado con la corte. Su situación parecía bastante prometedora: tenía acceso al rey y a la reina, estaba relacionado con Oxford, participaba en la formación de María y contaba entre sus amigos con Tomás Moro.
Pero mientras Vives construía esta nueva vida entre Brujas e Inglaterra, en Valencia estaba ocurriendo una tragedia familiar.
Su padre, Luis Vives Valeriola, llevaba años siendo investigado por la Inquisición por presuntas prácticas judaizantes. El procedimiento culminó en septiembre de 1524. Fue condenado por herejía y entregado al brazo secular. Poco después fue ejecutado en la hoguera. Para Juan Luis Vives, que acababa de casarse y se encontraba construyendo una carrera extraordinariamente prometedora fuera de España, la noticia significaba la destrucción definitiva de una parte fundamental de su familia.
Este acontecimiento permite comprender mejor por qué Vives nunca regresó a establecerse en España. Sin embargo, debemos evitar afirmar que tomó precisamente en septiembre de 1524 una decisión formal de «no volver jamás» si no disponemos de una declaración suya que lo confirme. Lo históricamente seguro es que había abandonado Valencia en 1509, que su familia estaba siendo perseguida y que, después de la ejecución de su padre, continuó viviendo fuera de España hasta su muerte.
La tragedia era especialmente dura porque Vives ya había perdido a su madre, Blanquina March, en 1508. Todavía no había ocurrido, sin embargo, el episodio más macabro relacionado con ella. Años después la Inquisición reabriría su proceso y, en 1530, ordenaría exhumar y quemar sus restos. Por eso es importante no mezclar ambos acontecimientos: 1524 corresponde a la ejecución del padre; 1530, a la condena póstuma y quema de los restos de la madre.
Existe además una interesante posibilidad frustrada en esta etapa. Tras la muerte de Antonio de Nebrija en 1522, Vives recibió una invitación para ocupar una posición académica en la Universidad de Alcalá de Henares. Vives no aceptó. En el contexto de lo que estaba sucediendo con su familia, resulta tentador relacionar ambas cosas, aunque nuevamente debemos ser prudentes: podemos señalar el contexto inquisitorial como un elemento relevante, pero no atribuir una motivación concreta sin documentación suficiente.
La Guerra Europea
Después de haberse casado con Margarita Valldaura el año anterior, Brujas se consolidaba como su hogar familiar, mientras Inglaterra seguía siendo el principal escenario de su carrera profesional. Vives disfrutaba todavía del favor de Enrique VIII y Catalina de Aragón, mantenía una estrecha amistad con Tomás Moro y continuaba relacionado con la formación de la princesa María. Sin embargo, sus intereses comenzaban a desplazarse cada vez más desde la pedagogía hacia los grandes problemas políticos europeos, especialmente la guerra y la necesidad de concordia entre los príncipes cristianos.
El gran acontecimiento político del año fue la batalla de Pavía del 24 de febrero de 1525. Las tropas imperiales de Carlos V derrotaron decisivamente al ejército francés y el propio Francisco I de Francia fue capturado. El resultado alteró completamente el equilibrio político europeo: Carlos V parecía encontrarse en condiciones de establecer una enorme hegemonía sobre Europa occidental. Para Vives, que observaba con creciente preocupación las guerras entre los monarcas cristianos, Pavía no era simplemente una victoria militar de un soberano sobre otro. Era una nueva manifestación de aquello que consideraba uno de los grandes males de su época: cristianos combatiendo constantemente contra otros cristianos mientras Europa se encontraba simultáneamente dividida por conflictos religiosos.
Vives reaccionó directamente ante estos acontecimientos. En 1525 escribió De pace inter Caesarem et Franciscum Galliarum regem (Sobre la paz entre el César y Francisco, rey de Francia), dirigido a Enrique VIII. En esta obra intentaba convencer al monarca inglés de que utilizara su influencia para promover la reconciliación entre Carlos V y Francisco I. Vives no quería que Inglaterra aprovechara la derrota francesa para obtener nuevas ventajas militares, sino que actuara como mediadora de la paz europea.
La posición era coherente con el humanismo cristiano al que pertenecía. Para Vives, la guerra entre gobernantes cristianos constituía una contradicción moral. Los reyes afirmaban compartir una misma religión y, sin embargo, sacrificaban miles de vidas por territorios, prestigio y rivalidades dinásticas. La función del gobernante cristiano debía ser proteger a sus súbditos y garantizar su bienestar, no utilizarlos como instrumentos para satisfacer su ambición personal. Esta preocupación por la paz acercaba nuevamente a Vives a Erasmo, uno de los grandes críticos humanistas de la guerra.
Pero la reflexión política de Vives no era puramente abstracta. Él estaba conectado personalmente con prácticamente todos los bandos involucrados. Había nacido en Valencia, por lo que era súbdito de Carlos V; vivía y trabajaba en los dominios de los Habsburgo en los Países Bajos; recibía protección de la corte de Enrique VIII; y se encontraba intelectualmente vinculado a una comunidad humanista internacional que atravesaba las fronteras políticas. Las guerras europeas podían destruir precisamente ese ideal de una República de las Letras en la que los intelectuales se comunicaban por encima de las divisiones nacionales.
La batalla de Pavía también tuvo consecuencias especialmente interesantes para Catalina de Aragón. Carlos V era sobrino de Catalina, hijo de su hermana Juana de Castilla. Por tanto, la espectacular victoria imperial fortalecía aparentemente la posición internacional de la reina inglesa. Nadie podía prever todavía completamente que Enrique VIII comenzaría pronto a buscar la anulación de su matrimonio con ella y que Carlos V terminaría siendo uno de los principales obstáculos políticos para conseguirla.
Durante 1525 Vives continuó también relacionado con la educación de María Tudor, que tenía nueve años. El programa educativo elaborado durante los años anteriores estaba dando resultados extraordinarios. María recibió una formación humanista que incluía latín, literatura, religión y música, y llegó a desarrollar un notable dominio lingüístico. Vives seguía siendo una referencia intelectual para la concepción general de esa educación, aunque no debemos imaginarlo impartiendo personalmente todas las clases cotidianas de la princesa.
En este período Vives también trabajó en una obra directamente vinculada con María: De ratione studii puerilis, cuyo programa original había redactado en 1523. Sus ideas pedagógicas insistían en que la educación debía adaptarse progresivamente a las capacidades del estudiante y que el aprendizaje lingüístico debía partir del contacto con objetos, palabras y experiencias concretas. La memoria era importante, pero no debía reducirse la enseñanza a una acumulación mecánica de reglas. Esta atención a la manera concreta en que aprende el estudiante anticipa algunas de las preocupaciones que desarrollará posteriormente en De disciplinis y De anima et vita.
También continuaba su actividad literaria y filosófica. Durante estos años escribió varios pequeños tratados morales y religiosos que muestran una característica cada vez más marcada de su pensamiento: la filosofía debía tener consecuencias prácticas. La educación debía mejorar al estudiante; la política debía garantizar la paz; la religión debía conducir a una transformación moral. Frente a la filosofía puramente disputativa que había criticado en In pseudodialecticos, Vives buscaba constantemente conectar el conocimiento con problemas concretos de la existencia humana.
En 1525 escribió De pace inter Caesarem et Franciscum Galliarum regem (Sobre la paz entre el César y Francisco, rey de Francia), dirigido a Enrique VIII. En esta obra intentaba convencer al monarca inglés de que utilizara su influencia para promover la reconciliación entre Carlos V y Francisco I. Vives no quería que Inglaterra aprovechara la derrota francesa para obtener nuevas ventajas militares, sino que actuara como mediadora de la paz europea.
La posición era coherente con el humanismo cristiano al que pertenecía. Para Vives, la guerra entre gobernantes cristianos constituía una contradicción moral. Los reyes afirmaban compartir una misma religión y, sin embargo, sacrificaban miles de vidas por territorios, prestigio y rivalidades dinásticas. La función del gobernante cristiano debía ser proteger a sus súbditos y garantizar su bienestar, no utilizarlos como instrumentos para satisfacer su ambición personal. Esta preocupación por la paz acercaba nuevamente a Vives a Erasmo, uno de los grandes críticos humanistas de la guerra.
Pero la reflexión política de Vives no era puramente abstracta. Él estaba conectado personalmente con prácticamente todos los bandos involucrados. Había nacido en Valencia, por lo que era súbdito de Carlos V; vivía y trabajaba en los dominios de los Habsburgo en los Países Bajos; recibía protección de la corte de Enrique VIII; y se encontraba intelectualmente vinculado a una comunidad humanista internacional que atravesaba las fronteras políticas. Las guerras europeas podían destruir precisamente ese ideal de una República de las Letras en la que los intelectuales se comunicaban por encima de las divisiones nacionales.
La batalla de Pavía también tuvo consecuencias especialmente interesantes para Catalina de Aragón. Carlos V era sobrino de Catalina, hijo de su hermana Juana de Castilla. Por tanto, la espectacular victoria imperial fortalecía aparentemente la posición internacional de la reina inglesa. Nadie podía prever todavía completamente que Enrique VIII comenzaría pronto a buscar la anulación de su matrimonio con ella y que Carlos V terminaría siendo uno de los principales obstáculos políticos para conseguirla.
Durante 1525 Vives continuó también relacionado con la educación de María Tudor, que tenía nueve años. El programa educativo elaborado durante los años anteriores estaba dando resultados extraordinarios. María recibió una formación humanista que incluía latín, literatura, religión y música, y llegó a desarrollar un notable dominio lingüístico. Vives seguía siendo una referencia intelectual para la concepción general de esa educación, aunque no debemos imaginarlo impartiendo personalmente todas las clases cotidianas de la princesa.
En este período Vives también trabajó en una obra directamente vinculada con María: De ratione studii puerilis, cuyo programa original había redactado en 1523. Sus ideas pedagógicas insistían en que la educación debía adaptarse progresivamente a las capacidades del estudiante y que el aprendizaje lingüístico debía partir del contacto con objetos, palabras y experiencias concretas. La memoria era importante, pero no debía reducirse la enseñanza a una acumulación mecánica de reglas. Esta atención a la manera concreta en que aprende el estudiante anticipa algunas de las preocupaciones que desarrollará posteriormente en De disciplinis y De anima et vita.
También continuaba su actividad literaria y filosófica. Durante estos años escribió varios pequeños tratados morales y religiosos que muestran una característica cada vez más marcada de su pensamiento: la filosofía debía tener consecuencias prácticas. La educación debía mejorar al estudiante; la política debía garantizar la paz; la religión debía conducir a una transformación moral. Frente a la filosofía puramente disputativa que había criticado en In pseudodialecticos, Vives buscaba constantemente conectar el conocimiento con problemas concretos de la existencia humana.
Del Socorro de los pobres
Se encontraba entre Brujas e Inglaterra, aunque este año su relación con Brujas adquirió una importancia especial. Allí llevaba casado desde 1524 con Margarita Valldaura y conocía directamente una ciudad comercial próspera, pero también enfrentada a un problema muy visible: la pobreza urbana. Precisamente en este contexto escribió una de las obras más originales e influyentes de toda su carrera, De subventione pauperum, sive de humanis necessitatibus libri II (Del socorro de los pobres, o sobre las necesidades humanas), publicada en Brujas en 1526. La obra ocupa un lugar importante en la historia del pensamiento social europeo porque Vives intentó transformar la asistencia a los pobres desde una cuestión fundamentalmente privada y caritativa en un problema que también debía ser organizado por las autoridades municipales.
El punto de partida de Vives seguía siendo profundamente cristiano. Ayudar al necesitado constituía un deber moral y religioso. Sin embargo, Vives observaba que la limosna individual y desorganizada no bastaba para afrontar adecuadamente la pobreza de una gran ciudad. Había personas realmente incapacitadas para trabajar, enfermos, ancianos, huérfanos y familias sin recursos, pero también existía una población itinerante que dependía permanentemente de la mendicidad. Para Vives, dejar simplemente que cada persona pidiera limosna en las calles no solucionaba el problema. Había que conocer quién necesitaba ayuda, cuáles eran sus necesidades y qué podía hacerse para que recuperara su autonomía.
Aquí aparece una de las propuestas más innovadoras del tratado: Vives quería que las autoridades de la ciudad investigaran y registraran a los pobres. Hospitales y otras instituciones asistenciales debían ser examinados, sus ingresos y gastos debían conocerse y las autoridades tenían que identificar a quienes necesitaban ayuda. En otras palabras, la pobreza dejaba de aparecer únicamente como el encuentro privado entre una persona rica que da limosna y una persona pobre que la recibe. Se convertía también en un problema de administración pública. Por eso la historiografía ha considerado De subventione pauperum un texto importante en el desarrollo histórico de las políticas de asistencia social.
Pero Vives no defendía un sistema de ayuda incondicional comparable al Estado de bienestar contemporáneo. Su propuesta incluía una fuerte obligación de trabajar para quien estuviera en condiciones de hacerlo. Las autoridades debían proporcionar ocupación a los pobres capaces de trabajar, adaptar las tareas a las capacidades físicas de cada persona y reservar la asistencia directa para quienes verdaderamente no pudieran mantenerse por sí mismos. Incluso estudios contemporáneos que ven en Vives un remoto antecedente de políticas de garantía económica subrayan precisamente esta diferencia: para él, recibir asistencia estaba relacionado con la obligación de trabajar cuando ello fuera posible.
También atribuía una enorme importancia a la educación de los niños pobres. La pobreza podía perpetuarse de generación en generación si los niños crecían sin educación ni preparación para ejercer un oficio. Por ello, la respuesta no debía limitarse a proporcionar alimento inmediato: había que educar, enseñar habilidades y preparar a las personas para que pudieran mantenerse en el futuro.
El tratado contiene además una crítica moral bastante fuerte contra la acumulación de riqueza. Vives parte de la tradición cristiana según la cual los bienes de la creación fueron dados para beneficio de todos los seres humanos. Consideraba moralmente censurable que una persona acumulara bienes superfluos mientras otras carecían de aquello indispensable para vivir. Su argumentación no equivale a una abolición moderna de la propiedad privada, pero sí impone sobre ella una obligación moral hacia la comunidad y especialmente hacia los necesitados.
Además, 1526 fue importantísimo para el pensamiento político internacional de Vives. Ese año publicó también De Europae dissidiis et bello Turcico (Sobre las discordias de Europa y la guerra contra los turcos), obra en la que regresó al problema que venía preocupándolo desde los enfrentamientos entre Carlos V y Francisco I: Europa estaba destruyéndose mediante guerras internas mientras el Imperio otomano avanzaba hacia Europa central. La obra adopta la forma literaria de un diálogo y utiliza personajes como Escipión el Africano para examinar históricamente las rivalidades que habían conducido a las guerras europeas.
Crisis con Enrique VIII
Catalina de Aragón era una de sus principales protectoras, Vives había intervenido en la planificación de la educación de la princesa María y Enrique VIII había reconocido su prestigio intelectual. Sin embargo, durante este año comenzó a desarrollarse la crisis matrimonial de Enrique VIII, un acontecimiento que terminaría destruyendo la posición que Vives había construido en Inglaterra.
El problema fundamental era conocido desde hacía años: Catalina de Aragón no había proporcionado a Enrique VIII el heredero varón superviviente que el rey deseaba. De sus embarazos solamente María, nacida en 1516, había sobrevivido hasta la edad adulta. Hacia 1527 Catalina tenía más de cuarenta años y las posibilidades de que tuviera otro hijo eran prácticamente inexistentes. Enrique comenzó entonces a buscar una forma de conseguir la nulidad de su matrimonio, mientras aumentaba su interés por Ana Bolena.
El argumento de Enrique se centraba en el matrimonio anterior de Catalina con su hermano Arturo Tudor, fallecido en 1502. Para que Enrique pudiera casarse con la viuda de su hermano había sido necesaria una dispensa pontificia. Décadas después, Enrique comenzó a sostener que aquella unión contrariaba la ley divina, apoyándose especialmente en un pasaje del Levítico según el cual un hombre que toma a la mujer de su hermano quedaría sin hijos. El problema era evidente: Enrique y Catalina sí tenían una hija, María, pero el rey interpretaba la ausencia de un heredero varón superviviente como posible señal de que su matrimonio estaba bajo condena divina.
Para Juan Luis Vives, la situación era especialmente delicada. Catalina no era simplemente la reina de Inglaterra. Había sido durante años su protectora, había encargado trabajos pedagógicos al valenciano y había confiado en él para la educación de María. Vives sentía hacia ella una fuerte lealtad personal. Pero al mismo tiempo dependía económicamente del favor de la corte inglesa. Defender demasiado abiertamente a Catalina podía significar enfrentarse directamente con Enrique VIII.
En un primer momento Vives intentó actuar con prudencia. Comprendía que el problema matrimonial estaba adquiriendo dimensiones políticas y religiosas enormes y trató de aconsejar a Catalina. Sin embargo, su posición era difícil: la reina quería defender la legitimidad de su matrimonio y, con ello, la legitimidad de María, mientras Enrique buscaba argumentos jurídicos y teológicos para conseguir su anulación. El filósofo que durante años había escrito sobre concordia y resolución pacífica de los conflictos se encontraba ahora atrapado personalmente dentro de uno de los conflictos dinásticos más importantes del siglo XVI.
Además, la situación internacional de 1527 hacía todavía más difícil la posición de Catalina. Su sobrino Carlos V era el hombre más poderoso de Europa y constituía el principal apoyo internacional de la reina. Enrique necesitaba que el papa Clemente VII declarara inválido el matrimonio, pero ese mismo año ocurrió un acontecimiento extraordinario: el Saco de Roma.
El 6 de mayo de 1527, las tropas imperiales vinculadas a Carlos V entraron violentamente en Roma. La ciudad fue saqueada y Clemente VII tuvo que refugiarse en el Castel Sant'Angelo. Posteriormente quedó prácticamente sometido a la presión política imperial. Esto complicó enormemente las aspiraciones de Enrique VIII. El papa al que el rey inglés necesitaba convencer se encontraba ahora bajo la enorme influencia del emperador, y Carlos V era precisamente sobrino de Catalina de Aragón.
La situación debió resultar especialmente preocupante para Vives. Durante los años anteriores había pedido insistentemente a los gobernantes europeos que abandonaran sus guerras. Ahora podía contemplar una de las imágenes más extremas de aquello que había denunciado: Roma, el centro de la cristiandad occidental, había sido saqueada por un ejército perteneciente al mundo cristiano. Para los humanistas preocupados por la paz europea, el Saco de Roma constituyó una demostración brutal de hasta dónde habían llegado las rivalidades políticas entre los príncipes cristianos.
La Reforma protestante seguía avanzando simultáneamente. Diez años después de las controversias iniciales de Lutero, la división religiosa estaba adquiriendo una dimensión cada vez más política. Vives veía así cómo sus dos grandes preocupaciones políticas convergían: la guerra entre los gobernantes y la división religiosa de Europa. La esperanza humanista de conseguir una reforma pacífica del cristianismo parecía cada vez más difícil de mantener.
Vives escribió en 1527 uno de sus textos políticos más interesantes, De Europae dissidiis et republica, una colección relacionada con las discordias europeas y la necesidad de recuperar la concordia. Su pensamiento político durante estos años insistía una y otra vez en que los gobernantes estaban sacrificando el bienestar de sus pueblos a sus ambiciones dinásticas. Para Vives, Europa necesitaba menos conquistas y más negociación, menos gloria militar y mayor preocupación por las personas que terminaban pagando materialmente las guerras.
Su relación con Enrique VIII comenzó inevitablemente a deteriorarse. Vives podía intentar mantener una posición moderada, pero existía una línea que difícilmente podía cruzar: abandonar a Catalina de Aragón. Su relación personal con la reina y su vinculación con María hacían imposible que contemplara la cuestión matrimonial como un simple problema jurídico.
Además, Vives comprendía perfectamente que la suerte de María Tudor estaba vinculada a la de su madre. Si el matrimonio de Enrique y Catalina era declarado inválido, entonces surgía inmediatamente una pregunta extremadamente peligrosa: ¿qué ocurría con la legitimidad de María? La niña cuya educación Vives había ayudado a diseñar podía pasar de ser heredera legítima del rey a ser considerada hija ilegítima. El conflicto afectaba así directamente a una de las personas con las que Vives había mantenido una relación pedagógica durante los años anteriores.
Ruptura con Enrique
La crisis matrimonial entre Enrique VIII y Catalina de Aragón, que había comenzado a afectarlo directamente durante el año anterior, terminó por obligarlo a tomar partido. Vives eligió apoyar a Catalina, su antigua protectora y madre de María Tudor, y esa decisión le hizo perder definitivamente el favor del rey. El año 1528 como el año que marca el final de la etapa inglesa de Vives: fue puesto bajo arresto domiciliario y, después de ser liberado, regresó a Brujas.
La situación ya era extremadamente peligrosa a comienzos del año. Vives había regresado a Inglaterra en octubre de 1527 para continuar enseñando latín a la princesa María. Sin embargo, al mismo tiempo mantenía conversaciones privadas con Catalina de Aragón acerca de la crisis matrimonial. El 28 de enero de 1528, Vives escribió a su amigo Francisco Cranevelt manifestando que estaba siendo estrechamente vigilado y temía incluso por su seguridad.
El problema era que Catalina se encontraba cada vez más aislada. Enrique VIII y el cardenal Thomas Wolsey intentaban conseguir la declaración de nulidad del matrimonio, mientras que los contactos de la reina con representantes de su sobrino Carlos V eran observados con enorme sospecha. Vives se había convertido en alguien particularmente incómodo porque reunía varias características peligrosas para el gobierno inglés: era español, gozaba de la confianza personal de Catalina, conocía a María y podía comunicarse con personajes vinculados al mundo imperial.
Vives había ayudado además a Catalina a transmitir información sobre su situación. A petición de la reina, se puso en contacto con Íñigo López de Mendoza, embajador imperial en Inglaterra, para que informara a Carlos V y al papa Clemente VII sobre lo que estaba ocurriendo. Para Wolsey y el gobierno inglés aquello podía interpretarse como una intervención extranjera en un asunto extremadamente sensible de la monarquía.
A comienzos de febrero de 1528, Wolsey interrogó personalmente a Vives acerca de sus conversaciones con Catalina. Le exigió que revelara qué había hablado privadamente con la reina. El episodio resulta especialmente interesante desde el punto de vista del pensamiento moral de Vives porque este protestó contra la obligación de quebrantar la confidencialidad de una conversación privada. En su relato llegó a invocar lo que denominaba humanum ius, el derecho humano, sosteniendo que buena parte de las relaciones entre las personas depende precisamente de poder confiar en que determinadas conversaciones permanezcan secretas.
Vives terminó admitiendo que Catalina había confiado en él y que había solicitado al embajador imperial que comunicara su situación. Su defensa fue esencialmente moral: ¿cómo podía reprochársele que escuchara y consolara a una mujer afligida que, además, era una reina cuyos padres habían sido sus propios soberanos? La respuesta no convenció a Wolsey. Vives fue puesto bajo arresto domiciliario a finales de febrero de 1528.
Las fuentes presentan pequeñas diferencias respecto de la duración exacta del confinamiento. La cronología documental moderna lo sitúa aproximadamente entre el 28 de febrero y el 1 de abril, mientras otras reconstrucciones comienzan el 25 de febrero; Vives mismo habló posteriormente de unas seis semanas. En cualquier caso, estuvo privado de libertad durante aproximadamente cinco o seis semanas. No fue encerrado en una mazmorra de la Torre de Londres, como a veces podría imaginarse al hablar de su «encarcelamiento»: se trató fundamentalmente de custodia o arresto domiciliario.
Cuando finalmente fue liberado, se le impuso una condición muy significativa: no podía volver a presentarse en el palacio real. Catalina comprendió que la posición de su antiguo consejero se había vuelto peligrosa y le recomendó que abandonara Inglaterra. Vives siguió su consejo y el 7 de abril de 1528 estaba nuevamente en Brujas. Curiosamente, durante algún tiempo continuó recibiendo la pensión real, lo que muestra que la ruptura no fue inicialmente una declaración formal de enemistad absoluta con Enrique VIII.
Pero la historia todavía no había terminado. A finales de 1528 Catalina volvió a recurrir a Vives. El papa Clemente VII había enviado al cardenal Lorenzo Campeggio a Inglaterra para examinar junto con Wolsey la validez del matrimonio real. Catalina necesitaba especialistas capaces de ayudarla a preparar su defensa y volvió a confiar en el humanista valenciano.
Por eso Vives realizó algo sorprendente: regresó voluntariamente a Inglaterra en noviembre de 1528, a pesar de haber sido detenido solamente unos meses antes. Fue su sexta y última visita al país. Llegó acompañado por dos juristas flamencos que podían colaborar con la defensa jurídica de Catalina.
Sin embargo, en esta ocasión surgió una diferencia importante entre Vives y la propia Catalina. Vives llegó a la conclusión de que la reina tenía pocas posibilidades de obtener una solución favorable enfrentándose directamente al rey y le recomendó una estrategia más conciliadora. Según la cronología conservada, incluso le aconsejó abandonar la lucha contra la anulación. Catalina reaccionó con indignación. Para ella no se trataba solamente de conservar su posición personal como reina: aceptar que el matrimonio era inválido implicaba cuestionar también la legitimidad de su hija María.
Este episodio muestra algo importante sobre Vives. Apoyar a Catalina no significaba aceptar necesariamente toda su estrategia. Vives podía considerarla injustamente tratada y simultáneamente pensar que continuar el enfrentamiento podía provocar consecuencias todavía peores. Era coherente con la concepción política que venía desarrollando desde hacía años: frente al conflicto abierto prefería negociación, prudencia y concordia.
Catalina, sin embargo, estaba decidida a defender la validez de su matrimonio. La relación entre ambos se enfrió y Vives comprendió que ya no tenía una función efectiva que desempeñar en Inglaterra. Poco después abandonó el país y regresó definitivamente a Brujas. Nunca volvería a Inglaterra. Sus pensiones procedentes tanto de Enrique como de Catalina terminaron cesando.
Así terminó una etapa extraordinaria de su vida que había comenzado en 1523. Durante aproximadamente cinco años Vives había enseñado en Oxford, frecuentado la corte de Enrique VIII, trabajado bajo el patronazgo de Catalina de Aragón, participado en la educación de María Tudor y mantenido amistad con algunos de los principales humanistas ingleses, especialmente Tomás Moro. Entre 1523 y 1528 realizó seis visitas a Inglaterra, pero después de los acontecimientos de este último año volvió definitivamente a los Países Bajos.
En 1529 Juan Luis Vives tenía 36 años y vivía ya definitivamente en Brujas. El año anterior había abandonado Inglaterra tras su enfrentamiento con Enrique VIII por la causa de Catalina de Aragón, poniendo fin a una etapa que había durado casi seis años. Aunque perdió el favor de la corte inglesa y varias de sus pensiones, este regreso a los Países Bajos inauguró el período más fecundo de toda su producción intelectual. Libre de las obligaciones cortesanas, Vives concentró sus esfuerzos en escribir obras de filosofía política, moral y educativa que lo convertirían en uno de los grandes humanistas del Renacimiento.
El acontecimiento intelectual más importante de 1529 fue la publicación de *De concordia et discordia in humano genere* (Sobre la concordia y la discordia en el género humano). Se trata de uno de sus tratados políticos más ambiciosos y una síntesis de preocupaciones que venía desarrollando desde hacía varios años: las guerras entre los príncipes cristianos, la expansión del Imperio otomano, la Reforma protestante y la creciente violencia política en Europa. Para Vives, el gran problema de su tiempo no era únicamente la pobreza o la mala educación, sino la incapacidad de los seres humanos para vivir en concordia.
La obra comienza con una idea profundamente filosófica: la concordia pertenece a la naturaleza humana, mientras que la discordia nace de las pasiones y de la corrupción moral. Vives sostiene que los seres humanos fueron creados para vivir en comunidad y ayudarse mutuamente. La amistad, la familia y la sociedad son expresiones naturales de esa inclinación. Sin embargo, la ambición, la avaricia, el orgullo y la ira rompen esa armonía y producen conflictos entre individuos, ciudades y naciones. En este punto se aprecia claramente la influencia del cristianismo y del estoicismo, dos corrientes que Vives había intentado reconciliar desde sus primeras obras morales.
Una parte importante del tratado está dedicada a analizar las causas de las guerras. Vives critica duramente a los gobernantes que buscan gloria personal mediante campañas militares. Según él, las guerras suelen comenzar por intereses de unos pocos, pero terminan siendo pagadas por miles de personas inocentes. Los campesinos, artesanos y comerciantes pierden sus hogares, sus bienes y sus familias mientras los príncipes discuten por territorios, prestigio o sucesiones dinásticas. Esta crítica refleja claramente el impacto que tuvieron en Vives las guerras entre Carlos V y Francisco I, así como el reciente Saco de Roma de 1527.
Vives también desarrolla una reflexión muy original sobre la discordia dentro de la Iglesia. La Reforma protestante ya había fracturado buena parte de Europa y las discusiones teológicas se estaban convirtiendo en conflictos políticos y militares. Sin defender las doctrinas de Lutero, Vives lamenta que los cristianos se persigan mutuamente y sostiene que muchas controversias deberían resolverse mediante el diálogo, la prudencia y el estudio de las Escrituras, no mediante la violencia. Su posición se aproxima aquí a la de Erasmo: reforma moral y educativa de la Iglesia, pero rechazo a la ruptura y a la guerra religiosa.
Otro aspecto importante de la obra es su concepción del gobernante cristiano. Vives afirma que un rey no debe buscar su propia grandeza, sino el bien común de sus súbditos. El poder político es un servicio, no un privilegio. Un buen príncipe debe ser prudente, moderado y amante de la paz, porque la verdadera fortaleza de un reino no consiste en conquistar más territorios, sino en garantizar justicia, prosperidad y tranquilidad a su pueblo. Esta idea conecta directamente con las cartas y tratados políticos que Vives había dirigido anteriormente a Enrique VIII y a otros gobernantes europeos.
En 1529 Vives publicó también *De pacificatione* (Sobre la pacificación), un tratado complementario dedicado al arzobispo Alfonso Manrique, inquisidor general de Castilla. Mientras De concordia analiza las causas del conflicto, De pacificatione propone los medios para restaurar la paz. Vives insiste en que la reconciliación requiere humildad, perdón y capacidad de negociar. Para él, la paz no es simplemente la ausencia de guerra, sino una virtud que debe cultivarse tanto en la vida privada como en la vida política.
El contexto europeo daba enorme actualidad a estas obras. En junio de 1529 se firmó la Paz de Cambrai, conocida también como la Paz de las Damas, negociada por Luisa de Saboya y Margarita de Austria. El tratado puso fin temporalmente a una nueva fase de la guerra entre Carlos V y Francisco I. Vives vio en este acuerdo una confirmación de una idea que defendía desde hacía años: incluso los conflictos más graves podían resolverse mediante la negociación antes que por la destrucción militar.
Mientras tanto, la situación inglesa seguía presente en su vida. Aunque ya no residía en Inglaterra, mantenía correspondencia con amigos ingleses y seguía con preocupación el desarrollo de la causa de Catalina de Aragón. Sabía que el proceso de anulación matrimonial continuaba y que el futuro de María Tudor era cada vez más incierto. La experiencia inglesa reforzó todavía más su reflexión sobre la fragilidad del poder político y sobre cómo las pasiones de un gobernante podían alterar el destino de un reino entero.
Proceso contra su madre
El año 1530 estuvo marcado por un acontecimiento familiar particularmente brutal: la Inquisición valenciana culminó el proceso póstumo contra su madre, Blanquina March, fallecida más de veinte años antes, y sus restos fueron exhumados y quemados públicamente. Al mismo tiempo, Vives se encontraba trabajando intensamente en las ideas que desembocarían al año siguiente en su gran obra filosófica y pedagógica, De disciplinis.
La historia de Blanquina March requiere cierta explicación. La madre de Vives procedía de una familia de origen judío convertida al cristianismo y había muerto en 1508, probablemente durante una epidemia de peste, cuando Juan Luis era todavía adolescente. Su muerte no puso fin, sin embargo, a las sospechas inquisitoriales sobre ella. Muchos años después fue acusada de haber continuado practicando secretamente ritos judíos y, en particular, de haber frecuentado una sinagoga clandestina. La Inquisición podía procesar incluso a personas fallecidas, porque la condena por herejía tenía consecuencias sobre la memoria, los bienes y los descendientes del acusado.
La persecución de Blanquina estaba directamente relacionada con el ambiente converso en el que había crecido Juan Luis Vives. No estamos ante una sospecha aislada contra una persona de la familia: los Vives y los March habían sufrido investigaciones inquisitoriales durante décadas. Su padre, Luis Vives Valeriola, había sido procesado por prácticas judaizantes y finalmente condenado y quemado en 1524. De esta manera, en menos de una década Vives tuvo que contemplar desde el extranjero cómo la Inquisición destruía judicialmente la memoria de sus dos padres: primero ejecutando a su padre vivo y después persiguiendo a su madre muerta.
El procedimiento contra Blanquina resulta especialmente impresionante porque llevaba muerta aproximadamente veinte años cuando comenzaron las actuaciones que desembocaron en su condena póstuma. Finalmente, sus restos fueron exhumados y quemados públicamente. La documentación inquisitorial conservada sobre el proceso de Blanquina March ha sido precisamente una de las fuentes fundamentales que permitió a los historiadores modernos reconstruir los verdaderos orígenes judeoconversos de Vives, que durante mucho tiempo habían permanecido oscurecidos en las biografías tradicionales. La propia Universitat de València destaca la importancia de los Procesos inquisitoriales contra la familia judía de Juan Luis Vives para reconstruir esta historia familiar.
Mientras ocurría todo esto, Vives continuaba trabajando. 1530 se encuentra inmediatamente antes de la publicación de su obra más ambiciosa, De disciplinis libri XX, que aparecería en Amberes en 1531. El tratado sería el resultado de aproximadamente dos décadas de experiencias acumuladas como estudiante, profesor, preceptor y humanista. En él volvería sobre una pregunta que lo perseguía desde sus años parisinos: ¿por qué se había deteriorado el conocimiento y cómo podía reconstruirse la educación?
Esta cuestión era mucho más ambiciosa que la crítica que había presentado en In pseudodialecticos diez años antes. Allí había atacado principalmente los excesos de ciertos dialécticos. Ahora Vives quería realizar prácticamente un diagnóstico general de la cultura intelectual europea. Examinaría las causas de la corrupción de las artes y las ciencias, criticaría el abuso de las disputas, la obediencia excesiva a las autoridades intelectuales y la falta de buenos métodos de estudio, para después proponer una reconstrucción de las disciplinas.
Una de las ideas que estaba madurando resulta particularmente importante para la historia de la filosofía: ninguna autoridad humana debía considerarse infalible simplemente por su prestigio. Vives respetaba profundamente a los autores antiguos, pero consideraba absurdo convertirlos en autoridades intocables. Aristóteles podía equivocarse. Los comentaristas medievales podían equivocarse. Los profesores universitarios podían equivocarse. El estudiante debía conocer la tradición, pero también observar, comparar, razonar y juzgar por sí mismo.
De disciplinis, la gran obra de su madurez
En julio de 1531 apareció en Amberes, impresa por Michael Hillen, su monumental De disciplinis libri XX (Veinte libros sobre las disciplinas), una obra de enormes dimensiones en la que Vives intentó hacer algo mucho más ambicioso que proponer un nuevo método pedagógico: quiso explicar por qué se había corrompido el conocimiento humano y cómo podían reconstruirse las ciencias y la educación. La edición original conservada confirma la impresión en Amberes en julio de 1531.
La obra era el resultado de prácticamente toda su experiencia intelectual anterior. Vives había estudiado la escolástica en París, había conocido desde dentro la lógica terminista, se había aproximado posteriormente al humanismo, había enseñado en Lovaina y Oxford, había trabajado como preceptor de Guillermo de Croy, había participado en el programa educativo de María Tudor y había dedicado años al estudio de autores clásicos y cristianos. De disciplinis puede entenderse como el momento en que todas esas experiencias se transforman en un programa filosófico sistemático de reforma del conocimiento.
La estructura de la obra permite comprender la magnitud del proyecto. De disciplinis consta de veinte libros distribuidos en tres grandes conjuntos. Los primeros siete forman De causis corruptarum artium (Sobre las causas de la corrupción de las artes); los cinco siguientes constituyen De tradendis disciplinis (Sobre la transmisión o enseñanza de las disciplinas); y los ocho restantes corresponden a tratados agrupados bajo De artibus, dedicados principalmente a problemas de lógica, conocimiento y metafísica.
La primera parte comienza con una pregunta extraordinariamente ambiciosa: ¿por qué se han deteriorado las disciplinas humanas? Vives no acepta simplemente que los antiguos hubieran descubierto la verdad y que la misión de las universidades consistiera en transmitirla. Intenta reconstruir históricamente el nacimiento, desarrollo y decadencia de diferentes campos del conocimiento. Para él, las ciencias y las artes son actividades humanas y, precisamente por eso, pueden progresar, estancarse o corromperse.
Aquí aparece uno de los aspectos filosóficamente más interesantes de Vives: su actitud frente a la autoridad intelectual. Vives admiraba profundamente a Aristóteles, pero rechazaba que el filósofo griego pudiera convertirse en una autoridad prácticamente incuestionable. El hecho de que Aristóteles hubiera afirmado algo no demostraba que aquello fuera verdadero. Los antiguos eran seres humanos y, por tanto, podían equivocarse. El conocimiento debía avanzar examinando sus argumentos, comparándolos con otros autores y confrontándolos con la razón y la experiencia.
Esto suponía un cambio importante respecto de determinados hábitos universitarios que Vives había conocido. Su crítica no consistía en decir simplemente «Aristóteles estaba equivocado», sino en cuestionar una manera de hacer filosofía: ¿por qué deberíamos pensar que una cuestión queda resuelta solamente porque podemos citar a una autoridad? La antigüedad de una doctrina no garantiza su verdad. El estudiante debe aprender de los grandes pensadores, pero no convertirse en su prisionero intelectual.
Esta idea conduce a otro elemento fundamental de De disciplinis: el conocimiento humano es limitado. Vives adopta una posición relativamente cautelosa respecto de nuestra capacidad para conocer las causas últimas de la naturaleza. Podemos observar fenómenos, establecer relaciones, comparar experiencias y formular explicaciones, pero debemos reconocer los límites de nuestra inteligencia. Esta modestia epistemológica diferencia su pensamiento de la confianza excesiva que atribuía a ciertos sistemas filosóficos.
Vives comienza a desplazar la pregunta desde «¿qué es una cosa en su esencia última?» hacia «¿cómo actúa y cómo podemos conocerla?». Ese desplazamiento será especialmente fecundo cuando trate la mente humana.
También encontramos en De disciplinis una defensa muy importante de la experiencia y la observación. Esto ha provocado que algunos historiadores hayan presentado a Vives como un precursor directo de Francis Bacon o incluso del empirismo moderno. Hay que ser cuidadosos con esa interpretación. Vives no era un empirista en el sentido de Locke, ni desarrolló un método científico equivalente al de la revolución científica del siglo XVII. Sin embargo, sí criticó una filosofía excesivamente encerrada en palabras y disputas y reclamó que el investigador prestara mayor atención a las cosas mismas y a la experiencia.
La diferencia puede expresarse fácilmente. Para Vives, si queremos conocer la naturaleza, no basta con discutir durante horas acerca de lo que Aristóteles dijo sobre ella. Tenemos que observar la naturaleza. Si queremos comprender cómo aprende un niño, no basta con repetir una teoría tradicional sobre la educación: debemos observar cómo aprende realmente. Y si queremos comprender las pasiones humanas, debemos prestar atención a cómo se comportan realmente las personas. Esta orientación hacia la observación se convertirá en una de las características más interesantes de su filosofía posterior.
La segunda gran sección, De tradendis disciplinis, intenta responder a una pregunta distinta: si la educación existente está corrompida, ¿cómo debemos reconstruirla? Aquí aparece plenamente el Vives pedagogo. La educación debe comenzar teniendo en cuenta al estudiante concreto. No todos poseen las mismas capacidades, inclinaciones ni ritmos de aprendizaje. El maestro debe observar a sus alumnos y adaptar la enseñanza a sus características.
Esto explica la extraordinaria importancia que Vives concede al profesor. El maestro no debe limitarse a transmitir información. Tiene que conocer a sus estudiantes, observar sus capacidades intelectuales, identificar sus inclinaciones y decidir qué tipo de estudios resultan más apropiados para cada uno. En otras palabras, la enseñanza debe partir parcialmente del conocimiento psicológico del alumno.
La memoria también desempeña un papel fundamental. Vives considera que existen diferencias individuales en la memoria, la imaginación, la atención y otras capacidades intelectuales. El educador debe aprender a reconocerlas. Esta preocupación constituye un puente entre su pensamiento pedagógico y la obra psicológica que publicará posteriormente, De anima et vita.
La educación, además, nunca es para Vives una actividad puramente intelectual. Saber más no significa necesariamente ser mejor. Un individuo puede conocer perfectamente la lógica, la filosofía o la literatura y ser moralmente corrupto. Por eso el objetivo último de la educación debe ser la formación completa de la persona. Inteligencia y virtud deben desarrollarse conjuntamente.
Su antigua batalla contra la dialéctica escolástica reaparece dentro de este proyecto. La lógica sigue siendo necesaria, pero debe recuperar su función instrumental. Vives insiste en que la dialéctica sirve a las demás disciplinas; no debe convertirse en un mundo independiente dedicado a producir problemas cada vez más complicados únicamente para que otros dialécticos puedan resolverlos. Esta idea continúa directamente el ataque que había iniciado en In pseudodialecticos en 1520.
También resulta fundamental su preocupación por el lenguaje. Para Vives, pensamiento y lenguaje están profundamente relacionados. Las disciplinas lingüísticas —gramática, retórica y dialéctica— deben estudiar cómo utilizan realmente el lenguaje los seres humanos. Por eso critica expresiones escolásticas artificiales que podían ser técnicamente manipulables dentro de una disputa pero que prácticamente nadie utilizaría en una conversación normal. La Stanford Encyclopedia of Philosophy destaca precisamente que Vives exigía que las reglas de la dialéctica respetaran las reglas del lenguaje ordinario.
Hay además una dimensión social de la educación. Vives considera que las escuelas necesitan buenos profesores y condiciones materiales adecuadas. El conocimiento no prospera simplemente porque existan personas inteligentes. Hace falta organizar instituciones capaces de enseñar correctamente, seleccionar profesores competentes y proporcionarles una situación que les permita dedicarse a la enseñanza. De este modo, la reforma del conocimiento exige también una reforma institucional de la educación.
La obra estaba dedicada a Juan III de Portugal, otro detalle que demuestra la dimensión europea que había adquirido la carrera de Vives. El antiguo estudiante valenciano que había abandonado París sin obtener un grado escribía ahora una auténtica enciclopedia de reforma intelectual dirigida a un monarca europeo. La investigación bibliográfica sobre la edición original confirma tanto esta dedicatoria como que los veinte libros fueron incorporados conjuntamente en la edición príncipe de Amberes de 1531.
En 1532, Vives dirigió su atención hacia el lenguaje y la retórica, concluyendo De ratione dicendi, un tratado en tres libros que constituye una de sus contribuciones más importantes a la teoría renacentista del discurso.
La obra suele aparecer con pequeñas diferencias de datación bibliográfica: algunas bibliografías registran su publicación en 1533, mientras que otras la sitúan en Brujas, 1532. Lo importante para nuestra cronología es que Vives terminó De ratione dicendi en 1532, mientras su circulación impresa pertenece a este tránsito entre 1532 y 1533. Por ello, es más preciso decir que 1532 fue el año de composición o conclusión del tratado, sin forzar una única fecha editorial cuando los catálogos difieren.
El título De ratione dicendi podría traducirse aproximadamente como «Sobre el método o arte de hablar», aunque habitualmente se presenta simplemente como la Retórica de Vives. Sin embargo, no debemos imaginarla como un manual que se limita a enseñar recursos para pronunciar discursos persuasivos. Vives intenta comprender algo mucho más amplio: cómo utilizamos el lenguaje para comunicar lo que pensamos a otros seres humanos.
Esto enlaza directamente con su filosofía. Desde In pseudodialecticos había criticado a los filósofos que construían lenguajes técnicos cada vez más alejados del habla humana. En De disciplinis había insistido en que las disciplinas relacionadas con el lenguaje debían recuperar su relación con el uso efectivo de las palabras. Ahora, en De ratione dicendi, intenta desarrollar positivamente esa alternativa. La filosofía no puede separarse completamente de la manera en que los seres humanos hablan, explican, argumentan, narran y persuaden.
El primer libro se concentra principalmente en los componentes del discurso. Vives analiza las palabras, su orden, los sonidos, las sílabas, la extensión del discurso y la construcción de los períodos. Es decir, comienza desde los elementos relativamente básicos mediante los cuales construimos el lenguaje. Pero su interés no consiste solamente en elaborar reglas gramaticales: quiere comprender cómo la disposición de las palabras afecta la claridad y eficacia de aquello que comunicamos.
El segundo libro amplía extraordinariamente el análisis. Allí estudia cuestiones como el estilo, la proporción entre las partes del discurso, la erudición, el juicio, las emociones, las costumbres y la dignidad del lenguaje. También analiza tres funciones fundamentales del discurso: enseñar, persuadir y mover las emociones.
Este último punto es especialmente interesante si pensamos en el futuro De anima et vita. Vives comprende que los seres humanos no somos convencidos solamente mediante razonamientos abstractos. Las emociones influyen profundamente en nuestra recepción de un discurso. Un buen orador necesita conocer no solamente las reglas de la argumentación, sino también las características psicológicas de quienes lo escuchan.
De este modo empiezan a conectarse tres grandes campos de su pensamiento: lógica, retórica y psicología. La lógica estudia cómo razonamos; la retórica, cómo comunicamos esos pensamientos a otras personas; y la psicología permite comprender cómo esas personas reciben, recuerdan y reaccionan emocionalmente frente a aquello que escuchan. Esta conexión será cada vez más importante durante los últimos años de su vida.
El tercer libro de De ratione dicendi es particularmente rico porque Vives estudia diferentes formas de discurso: la descripción, la narración, la historia, las fábulas, la poesía, los comentarios, los resúmenes, las paráfrasis y finalmente la traducción.
Precisamente su reflexión sobre la traducción resulta extraordinariamente interesante. El capítulo se titula Versiones seu interpretationes. Vives entiende la traducción fundamentalmente como trasladar un contenido de una lengua a otra conservando el sentido. Pero reconoce que no todas las traducciones tienen exactamente la misma finalidad y desarrolla una clasificación que supera la simple oposición entre traducción literal y traducción libre. Por eso Vives ocupa también un lugar relevante dentro de la historia de la teoría de la traducción.
Aquí encontramos nuevamente una preocupación profundamente humanista. Vives vivía intelectualmente entre varias lenguas. Había nacido en Valencia, había estudiado en París, vivía en los Países Bajos, había trabajado en Inglaterra y escribía principalmente en latín, la gran lengua internacional de los intelectuales europeos. Sabía perfectamente que transmitir una idea de una lengua a otra no consistía simplemente en reemplazar mecánicamente una palabra por otra.
La historia también recibe atención especial en el tercer libro. Para Vives, el historiador debe intentar presentar los acontecimientos de manera clara y ordenada, distinguiendo el relato histórico de otras formas narrativas. Esta preocupación es coherente con su concepción general del conocimiento: comprender una disciplina requiere también comprender cómo se desarrolló históricamente. Ya había utilizado ampliamente esta perspectiva en De disciplinis, donde reconstruía el nacimiento y la corrupción de las artes.
Desde el punto de vista filosófico, De ratione dicendi muestra algo fundamental: Vives considera que el conocimiento no puede separarse completamente del lenguaje mediante el cual lo expresamos. Pensamos, enseñamos y discutimos utilizando palabras. Por eso una filosofía que descuida el lenguaje corre el peligro de producir disputas que nacen más de las palabras que de las cosas.
Esta preocupación lo coloca en una posición muy interesante dentro del Renacimiento. Vives no está desarrollando todavía una filosofía analítica del lenguaje en el sentido contemporáneo, por supuesto, pero sí advierte un problema que reaparecerá constantemente en la filosofía posterior: algunas controversias filosóficas pueden mantenerse porque los participantes no están utilizando adecuadamente las palabras o no están entendiendo de la misma manera aquello que dicen.
Además, Vives seguía manteniendo en 1532 una extensa red de correspondencia humanista. Por ejemplo, conservamos una carta escrita desde Brujas a Guillaume Budé el 1 de septiembre de 1532, en la que menciona expresamente sus libros De disciplinis. Esto demuestra que continuaba buscando la evaluación de otros grandes humanistas europeos sobre su obra recién publicada.
Su situación intelectual resulta entonces muy diferente de la que tenía una década antes. Ya no dependía de permanecer en Oxford o junto a la corte inglesa para tener influencia. Sus obras circulaban internacionalmente y su nombre estaba asociado con Erasmo, Tomás Moro, Guillaume Budé y otros representantes destacados del humanismo europeo.
Tiempos peligrosos
En Inglaterra, Enrique VIII culminaba su ruptura con Roma; su antiguo amigo Tomás Moro fue encarcelado; en España algunos humanistas cercanos al erasmismo sufrían persecución; y la propia relación de Vives con Erasmo se encontraba ya muy deteriorada. Una carta escrita por Vives en mayo resume magníficamente el ambiente: eran tiempos en los que tanto hablar como guardar silencio podía resultar peligroso.
El acontecimiento que más directamente afectó a su antiguo círculo inglés fue el encarcelamiento de Tomás Moro. Después de haber renunciado al cargo de lord canciller en 1532, Moro había intentado mantenerse apartado de la controversia sobre el matrimonio de Enrique VIII. Pero existía un límite que su conciencia no le permitía atravesar: reconocer las pretensiones religiosas del rey en los términos exigidos por la Corona. Cuando se negó a prestar el juramento que se le presentó en relación con la nueva situación sucesoria y eclesiástica, fue detenido y el 17 de abril de 1534 ingresó en la Torre de Londres. Allí permanecería hasta su ejecución al año siguiente.
Para Vives aquello era profundamente personal. Moro no era simplemente otro humanista famoso: era uno de sus amigos. Los dos habían formado parte de la red intelectual construida alrededor de Erasmo y habían compartido intereses sobre educación, filosofía moral, lenguas clásicas y reforma cristiana. Vives había conocido una Inglaterra en la que Enrique VIII, Catalina de Aragón, María Tudor y Tomás Moro podían todavía aparecer como integrantes del mismo mundo cortesano. En 1534 ese mundo estaba prácticamente destruido.
Tenemos una prueba excepcional de que Vives seguía atentamente lo que ocurría. El 10 de mayo de 1534, menos de un mes después del encarcelamiento de Moro, escribió desde Brujas a Erasmo y mencionó expresamente que Tomás Moro y el obispo John Fisher habían sido encarcelados en Inglaterra. Vives comparaba esas persecuciones con lo que estaba ocurriendo en España, donde intelectuales como Juan de Vergara y su hermano Bernardino Tovar habían sufrido también prisión inquisitorial.
Fue entonces cuando Vives escribió una de las frases más impresionantes de su correspondencia:
«Vivimos tiempos difíciles, en los que no podemos hablar ni callar sin peligro.»
La frase resulta extraordinariamente representativa del mundo intelectual de 1534. Los humanistas cristianos habían comenzado el siglo confiando en que el estudio de las lenguas, la recuperación de los clásicos, la educación y una reforma moral del cristianismo permitirían mejorar Europa. Treinta años después, las posibilidades de mantener una posición intermedia se estaban reduciendo. En territorios protestantes podía resultar peligroso defender determinadas posiciones católicas; en territorios católicos, algunas ideas vinculadas al erasmismo podían despertar sospechas; y en Inglaterra cuestionar la política religiosa de Enrique VIII podía convertirse en un problema de lealtad política.
Ese mismo año el Parlamento inglés aprobó el Acta de Supremacía de 1534, mediante la cual Enrique VIII fue reconocido como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra. La crisis matrimonial que Vives había conocido personalmente durante sus últimos años ingleses había desembocado así en algo muchísimo mayor que la cuestión de Catalina: una transformación de las relaciones entre la Corona inglesa y la Iglesia de Roma. La negativa de Moro a aceptar las nuevas exigencias asociadas al orden religioso y político terminaría costándole la vida.
Mientras tanto, Catalina de Aragón permanecía separada de su hija y se negaba a reconocer que su matrimonio con Enrique hubiera sido inválido. María Tudor, cuya educación Vives había ayudado a planificar una década antes, había perdido su condición de princesa y era oficialmente considerada ilegítima. Por tanto, hacia 1534 prácticamente todo el proyecto inglés de Vives se había desmoronado: Catalina había sido apartada, María degradada y Moro encarcelado.
Pero 1534 también fue productivo intelectualmente para Vives. Ese año apareció De conscribendis epistolis (Sobre la escritura de cartas), tratado dedicado al arte epistolar. La obra había sido preparada para Alonso de Idiáquez, secretario de Carlos V, y fue publicada en 1534.
A primera vista podría parecer una obra menor: ¿qué importancia filosófica puede tener un manual sobre cómo escribir cartas? Sin embargo, encaja perfectamente en la evolución intelectual que venimos siguiendo. En De ratione dicendi, Vives había estudiado ampliamente cómo los seres humanos utilizan el lenguaje para comunicar pensamientos. Ahora aplica esa preocupación a una de las formas de comunicación más importantes del Renacimiento: la carta.
Para comprenderlo debemos recordar que una carta del siglo XVI cumplía muchas de las funciones que hoy desempeñan conjuntamente el correo electrónico, los mensajes privados, los artículos, las comunicaciones académicas e incluso parte de las redes sociales. La República de las Letras existía gracias a una gigantesca red de correspondencia. Erasmo, Moro, Budé, Vives y otros humanistas podían vivir en países diferentes y, sin embargo, mantener discusiones intelectuales mediante cartas que además eran copiadas, compartidas y algunas veces publicadas.
Vives rechazaba la idea de que todas las cartas debieran construirse siguiendo una fórmula retórica rígida. La manera de escribir debía depender de quién escribe, quién recibe la carta, cuál es la relación entre ambos y cuál es la finalidad de la comunicación. Una carta dirigida a un amigo no debía sonar igual que una dirigida a un monarca; una petición no debía escribirse como una felicitación; y una comunicación privada requería un tono diferente de un escrito destinado potencialmente a circular públicamente. Esta insistencia en adaptar el lenguaje a la persona y a la situación concreta es profundamente característica de su pensamiento lingüístico.
También encontramos aquí nuevamente una característica fundamental del humanismo de Vives: el lenguaje debe servir a la vida humana y no al revés. Las reglas son instrumentos. Si una regla retórica impide que una persona comunique adecuadamente aquello que necesita decir, entonces hay que revisar la regla y no sacrificar la comunicación.
En 1534 apareció asimismo en Lovaina una obra histórica atribuida a Vives, Epitome sive compendiaria descriptio temporum et rerum a populo Romano gestarum, un compendio dedicado a la historia romana desde la fundación de Roma hasta el nacimiento de Cristo. La edición de Lovaina de 1534, impresa por Rutger Rescius, está documentada bibliográficamente. Esto vuelve a mostrarnos el amplio espectro de intereses de Vives: lógica, pedagogía, retórica, historia, filosofía moral, política y, pocos años después, psicología.
Tomás Moro
En Inglaterra, su antiguo amigo Tomás Moro fue ejecutado por orden de Enrique VIII; en los Países Bajos y Alemania, Vives contemplaba con preocupación la radicalización religiosa asociada a la rebelión anabaptista de Münster. Su respuesta a este último acontecimiento fue De communione rerum ad Germanos inferiores, publicada en Colonia en 1535, una obra breve pero muy interesante porque Vives aborda allí directamente cuestiones como la propiedad privada, la comunidad de bienes, la desigualdad y los límites de la reforma social. La edición de 1535 está bien documentada: fue impresa en Colonia por Johann Gymnich.
El acontecimiento personal más doloroso del año probablemente fue el destino de Tomás Moro. Moro llevaba encarcelado en la Torre de Londres desde abril de 1534 por negarse a prestar el juramento exigido en relación con el nuevo orden sucesorio y religioso. Después del Acta de Supremacía de noviembre de 1534, negar la supremacía eclesiástica de Enrique VIII podía constituir traición. Moro intentó protegerse mediante el silencio, pero finalmente fue acusado, juzgado en Westminster Hall el 1 de julio de 1535, condenado por alta traición y decapitado el 6 de julio.
Para Vives, aquello significaba la pérdida de uno de los grandes amigos de su vida intelectual. Había conocido personalmente a Moro durante su etapa inglesa y ambos habían formado parte de la red humanista vinculada a Erasmo. Moro había contribuido a introducirlo en los círculos ingleses y compartía con él numerosas preocupaciones: educación, cultura clásica, cristianismo, reforma moral y filosofía política. El mundo que Vives había conocido durante sus años ingleses estaba desapareciendo rápidamente: Catalina de Aragón había sido apartada, María Tudor había sido declarada ilegítima y ahora Moro era ejecutado.
Pocas semanas antes había ocurrido algo igualmente impactante. El 22 de junio de 1535 fue ejecutado John Fisher, obispo de Rochester, también por negarse a reconocer la supremacía religiosa del rey. Fisher había sido otra figura destacada del humanismo cristiano inglés y mantenía vínculos con Erasmo. La ejecución de Fisher y Moro mostró hasta qué punto la controversia que Vives había conocido inicialmente como una cuestión matrimonial había terminado transformándose en una revolución político-religiosa.
Para comprender la posición de Vives resulta especialmente interesante recordar lo que había escrito a Erasmo el año anterior: vivían en unos tiempos en los que resultaba peligroso tanto hablar como guardar silencio. El destino de Moro parecía demostrarlo literalmente. Moro había intentado recurrir precisamente al silencio para evitar enfrentarse abiertamente al rey; finalmente, ni siquiera aquello logró salvarlo.
Pero 1535 también obligó a Vives a mirar hacia Alemania, donde se había producido una forma completamente diferente de radicalización religiosa. Desde 1534, la ciudad de Münster había caído bajo el control de anabaptistas radicales. Allí se intentó establecer una nueva comunidad religiosa y social, acompañada por transformaciones radicales de las estructuras tradicionales, incluida la comunidad de bienes. El movimiento terminó adoptando características teocráticas y violentas. En junio de 1535 las fuerzas que sitiaban Münster recuperaron finalmente la ciudad.
Vives reaccionó escribiendo De communione rerum ad Germanos inferiores, literalmente Sobre la comunidad de bienes, a los germanos inferiores. El texto está directamente relacionado con la crisis anabaptista y pretendía dirigirse especialmente a quienes podían sentirse atraídos de buena fe por aquel movimiento. La historiografía especializada identifica precisamente los graves acontecimientos de Münster como el origen inmediato del tratado.
Aquí encontramos un problema filosófico fascinante porque nueve años antes Vives había escrito De subventione pauperum. En aquella obra había defendido que las autoridades municipales debían intervenir activamente para combatir la pobreza, organizar la asistencia, proporcionar trabajo y garantizar ayuda a quienes realmente no pudieran mantenerse. Ahora se enfrentaba a una pregunta distinta y más radical:
Si existen pobreza y desigualdad, ¿no sería mejor eliminar la propiedad privada y compartir todos los bienes?
La respuesta de Vives es esencialmente negativa. La comunidad cristiana exige solidaridad, caridad y preocupación por los necesitados, pero de ello no se sigue que toda propiedad deba ser abolida. Vives se opone a convertir la comunidad espiritual cristiana en un programa político revolucionario que elimine compulsivamente la propiedad. Estudios sobre su pensamiento social destacan precisamente que De subventione pauperum y De communione rerum responden a problemas diferentes: la primera intenta organizar la asistencia a los pobres; la segunda responde al radicalismo anabaptista.
Esto permite hacer una distinción importante en el pensamiento social de Vives. Defender la propiedad privada no significa que el propietario pueda hacer moralmente cualquier cosa con sus bienes. En De subventione pauperum, Vives ya había insistido en las obligaciones hacia quienes padecen necesidad. Su pensamiento combina así dos ideas que podrían parecer contradictorias: reconoce un orden de posesiones particulares, pero sostiene simultáneamente una fuerte obligación cristiana de compartir con el necesitado.
Por eso sería anacrónico presentar a Vives simplemente como «capitalista» o «socialista». Las categorías pertenecen a épocas muy posteriores. Su pregunta se plantea dentro de la ética cristiana del siglo XVI: qué significa poseer algo cuando otros miembros de la comunidad carecen de lo necesario para vivir.
Fin de una generación humanista
Si 1535 había estado marcado por la ejecución de su amigo Tomás Moro, 1536 profundizó todavía más la sensación de desaparición del mundo humanista en el que Vives había construido su carrera. En apenas siete meses murieron Catalina de Aragón y Erasmo de Róterdam, dos personas fundamentales en su trayectoria. Mientras tanto, Carlos V y Francisco I volvieron a entrar en guerra, demostrando una vez más el fracaso de aquella concordia europea que Vives llevaba más de una década defendiendo.
La primera pérdida ocurrió muy pronto. Catalina de Aragón murió el 7 de enero de 1536 en el castillo de Kimbolton, después de años de aislamiento y de separación de su hija María. Para Vives desaparecía una de sus grandes protectoras. Catalina había sido fundamental para su etapa inglesa: había confiado en él, había favorecido su presencia en Inglaterra y, sobre todo, había solicitado su asesoramiento para la educación de María Tudor. La relación se había deteriorado en 1528 cuando Vives recomendó una estrategia más conciliadora en la cuestión matrimonial, pero aquello no elimina la enorme importancia que Catalina tuvo en su vida.
La muerte de Catalina tenía además un significado simbólico para Vives. La corte inglesa que había conocido durante la década de 1520 prácticamente había desaparecido. Tomás Moro había sido ejecutado en julio de 1535; Catalina murió en enero de 1536; María había sido declarada ilegítima y se encontraba sometida a Enrique VIII. El proyecto humanista y educativo en el que Vives había participado en Inglaterra había terminado de una manera que difícilmente habría podido imaginar cuando llegó a Oxford en 1523.
Pocos meses después ocurrió otro acontecimiento espectacular: Ana Bolena fue ejecutada el 19 de mayo de 1536. Vives llevaba años fuera de Inglaterra y no debemos atribuirle una reacción concreta sin documentación que la pruebe, pero el acontecimiento mostraba hasta qué punto se había transformado la corte que él había conocido. Enrique VIII se casó con Jane Seymour solamente once días después, el 30 de mayo.
Para María Tudor, sin embargo, la desaparición de Ana Bolena no significó una restauración inmediata. Enrique VIII exigió que reconociera tanto su propia ilegitimidad como la supremacía religiosa del rey. María terminó sometiéndose a las exigencias paternas en junio de 1536. Para Vives debía de resultar particularmente significativo que aquella niña para cuya educación había diseñado un programa humanista se encontrara ahora en el centro de una crisis política y religiosa de enormes proporciones.
Pero la segunda gran muerte del año afectó todavía más directamente al mundo intelectual de Vives. El 12 de julio de 1536 murió Erasmo de Róterdam en Basilea.
La relación entre Vives y Erasmo había sido compleja. Erasmo había desempeñado un papel extraordinario en la carrera del joven valenciano. Lo había introducido en algunas de las principales redes humanistas europeas, había promovido su reputación y, en 1521, le había confiado la enorme responsabilidad de preparar los comentarios a La ciudad de Dios de san Agustín para la edición erasmiana de las obras del santo.
Durante muchos años, Vives había formado parte del círculo intelectual asociado con Erasmo. Sin embargo, la relación entre ambos se había ido enfriando. Existieron desacuerdos personales, tensiones relacionadas con sus colaboraciones editoriales y diferencias de carácter. Hacia 1534 prácticamente había terminado su correspondencia. Por ello, no debemos imaginar la muerte de Erasmo como la pérdida de un maestro con quien Vives todavía mantenía la misma intimidad de veinte años antes. Pero intelectualmente su importancia seguía siendo enorme.
Hay una dimensión generacional muy llamativa. En julio de 1535 había muerto Tomás Moro; en enero de 1536 Catalina de Aragón; en julio de 1536 Erasmo. En aproximadamente un año, Vives perdió a tres personas que habían sido fundamentales durante la etapa central de su vida. Él era ahora uno de los grandes supervivientes de aquella generación del humanismo cristiano del norte de Europa.
Y el proyecto de esa generación parecía encontrarse en serias dificultades. Erasmo, Moro y Vives habían compartido, con importantes diferencias entre ellos, la esperanza de que la educación, el regreso a las fuentes, el estudio de las lenguas, la reforma moral y la prudencia política pudieran contribuir a renovar la cristiandad. En 1536, Europa estaba mucho más dividida religiosamente que cuando Vives había llegado a Lovaina.
Además, justamente ese año comenzó una nueva guerra entre Francisco I de Francia y Carlos V. Francisco invadió Saboya y Piamonte; Carlos respondió invadiendo Provenza. Era una nueva fase de las Guerras Italianas, que se prolongaría hasta la Tregua de Niza de 1538.
Para Vives aquello debía de resultar especialmente frustrante desde el punto de vista de sus ideas políticas. Llevaba desde la década anterior intentando convencer a los gobernantes europeos de que abandonaran sus rivalidades. Después de la batalla de Pavía había pedido a Enrique VIII que favoreciera la reconciliación entre Carlos V y Francisco I, y en sus escritos posteriores había insistido repetidamente en que los príncipes sacrificaban el bienestar de sus pueblos a sus ambiciones dinásticas. La investigación sobre su pensamiento político destaca precisamente cuánto le preocupaban las continuas guerras entre Francia y el Imperio.
En 1536, entonces, los mismos dos gobernantes estaban otra vez en guerra.
Nuevos mecenazgos
Seguía teniendo su residencia principal en Brujas, pero durante este período adquirió especial importancia su relación con Mencía de Mendoza, marquesa del Zenete y esposa de Enrique III de Nassau-Breda. Vives frecuentó su corte en Breda, que se había convertido en un notable foco de cultura humanista. Después de las pérdidas de Tomás Moro, Catalina de Aragón y Erasmo entre 1535 y 1536, esta relación proporcionó a Vives un nuevo ambiente de patronazgo y conversación intelectual durante sus últimos años.
Mencía de Mendoza merece detenernos un momento porque no era simplemente una aristócrata que financiaba intelectuales. Nacida en 1508, pertenecía a una de las familias nobiliarias más importantes de Castilla y poseía una considerable formación cultural. Tras casarse con Enrique III de Nassau en 1524, pasó largas temporadas en los Países Bajos y convirtió su entorno cortesano en un espacio abierto a humanistas, artistas y estudiosos. Se interesó por el latín, el griego, la literatura y las artes, y reunió además una extraordinaria colección de libros y obras artísticas.
Vives había entrado en relación con Mencía algunos años antes, pero en 1537 tenemos documentada claramente su presencia en Breda. El 10 de marzo de 1537 fechó allí la dedicatoria de una de sus obras a la propia Mencía. Su relación tenía además una dimensión pedagógica: Vives participó en la formación humanística de la marquesa, orientando sus estudios y recomendándole lecturas. De alguna manera, reaparecía una actividad que había acompañado toda su vida: primero Guillermo de Croy, después María Tudor y ahora Mencía de Mendoza.
Pero existe una diferencia fundamental: Mencía era una mujer adulta, no una niña cuya educación había que diseñar desde el comienzo. La relación intelectual entre ambos era, por tanto, distinta de la que Vives había mantenido con María. Mencía estaba construyendo conscientemente una corte humanista y utilizaba sus recursos para rodearse de libros, profesores y artistas. Para Vives, aquello proporcionaba un espacio extraordinariamente favorable para continuar trabajando durante los últimos años de su vida.
Precisamente en 1537 Vives publicó una obra que refleja muy bien sus preocupaciones religiosas de madurez: De officio mariti y otros escritos morales continuaban circulando, mientras que uno de sus proyectos centrales de estos años estaba orientado hacia la vida cristiana y la meditación. Conviene, sin embargo, no llenar artificialmente 1537 con grandes publicaciones: las dos obras fundamentales de esta última etapa aparecerán en 1538, y buena parte de la importancia de 1537 consiste precisamente en el trabajo preparatorio que conduce hasta ellas.
La primera será Linguae Latinae exercitatio, conocida tradicionalmente en castellano como los Diálogos de Vives. Se trata de una colección de conversaciones destinadas originalmente a enseñar latín mediante situaciones de la vida cotidiana. Esta obra resulta fascinante porque aplica prácticamente muchas de las ideas pedagógicas que Vives había defendido teóricamente durante décadas.
En lugar de enseñar una lengua exclusivamente mediante reglas gramaticales abstractas, Vives presenta personas hablando en situaciones concretas: levantarse por la mañana, vestirse, acudir a la escuela, conversar con amigos, comer, desplazarse por una ciudad o participar en otras actividades cotidianas. El estudiante aprende el latín observando cómo se utiliza el vocabulario dentro de contextos reconocibles.
Para alguien que había comenzado su carrera atacando el lenguaje artificial de los pseudodialécticos, el método resulta perfectamente coherente. Vives quería que el lenguaje estuviera conectado con las cosas y con la experiencia humana. Una palabra se comprende mucho mejor cuando sabemos a qué objeto, acción o situación corresponde que cuando simplemente memorizamos una definición aislada.
Esto hace que los Diálogos tengan además un enorme valor histórico. Vives pretendía enseñar latín, pero al describir escenas cotidianas terminó dejando una especie de ventana hacia la vida del siglo XVI: aparecen escuelas, casas, comidas, vestidos, juegos, relaciones familiares, profesores, estudiantes, criados y diferentes espacios urbanos. El texto permite observar cómo imaginaba Vives la vida cotidiana que debía servir como escenario para aprender una lengua.
El segundo gran proyecto que Vives estaba preparando era muchísimo más filosófico: De anima et vita.
Aquí llegamos a uno de los puntos culminantes de toda su trayectoria. Desde De disciplinis, Vives había insistido en que el conocimiento debía comenzar prestando atención a la experiencia y a las operaciones concretas. Ahora aplicaría esa idea al problema tradicional del alma.
La filosofía escolástica había discutido largamente preguntas como qué es el alma, cuál es su esencia, cuáles son sus facultades y cómo se relaciona con el cuerpo. Vives no elimina esas cuestiones, pero introduce un desplazamiento metodológico muy interesante: antes de intentar determinar exhaustivamente qué es el alma, debemos estudiar qué hace.
Ese cambio es fundamental.
Si queremos comprender la memoria, observemos cómo recuerdan realmente los seres humanos. Si queremos comprender la imaginación, examinemos cómo producimos imágenes mentales. Si queremos comprender las emociones, estudiemos cómo aparecen el miedo, la ira, el amor, la esperanza o la tristeza y qué efectos producen sobre nosotros.
Por ello Vives será considerado posteriormente una figura importante dentro de la prehistoria de la psicología empírica. Hay que evitar convertirlo anacrónicamente en «el fundador de la psicología moderna», pero sí existe en su pensamiento una orientación muy clara hacia la observación de los fenómenos psíquicos.
En este contexto resulta especialmente interesante su tratamiento de las emociones o pasiones. Vives no las considera simples perturbaciones irracionales que deban eliminarse. Intenta comprender cómo surgen, cómo se relacionan entre sí, qué efectos corporales producen y de qué manera influyen en nuestras decisiones. Amor, odio, esperanza, miedo, alegría, tristeza, ira, envidia y compasión se convierten así en auténticos objetos de investigación filosófica.
Esto también conecta con su retórica. En De ratione dicendi había observado que un orador necesita comprender las emociones para persuadir a sus oyentes. Ahora la pregunta se vuelve más profunda: ¿qué son esas emociones y cómo funcionan dentro del ser humano?
También la memoria adquiere enorme importancia. Vives llevaba décadas trabajando como educador y había observado que los estudiantes poseen capacidades muy diferentes para recordar. En lugar de tratar la memoria únicamente como una facultad abstracta del alma, se interesa por factores que pueden fortalecerla o debilitarla: atención, repetición, asociaciones, estado físico y características individuales.
Aquí podemos ver la extraordinaria coherencia de su trayectoria. El profesor Vives proporciona materiales al filósofo Vives. Décadas observando estudiantes, enseñando lenguas y pensando sobre educación terminan convirtiéndose en observaciones acerca de cómo funciona la mente humana.
Su propia salud, entretanto, estaba deteriorándose. Durante los últimos años de su vida sufrió diferentes enfermedades y períodos de considerable debilidad física. Las fuentes hablan particularmente de gota, además de otros problemas. Su producción continuó siendo extraordinaria, pero el Vives que trabajaba entre Brujas y Breda durante estos años no gozaba ya de la salud del joven profesor de Lovaina.
El contexto europeo tampoco ofrecía demasiadas razones para el optimismo. Carlos V y Francisco I continuaban en guerra, mientras la división entre católicos y protestantes se consolidaba. Vives había pasado buena parte de su vida pidiendo concordia entre los gobernantes cristianos y ahora podía comprobar que aquellas rivalidades seguían prácticamente intactas.
Sin embargo, 1537 muestra a un Vives que no abandona su proyecto intelectual. Había perdido protectores y amigos, había sufrido la persecución de su familia en Valencia, había sido expulsado prácticamente de la vida cortesana inglesa y padecía problemas de salud. Aun así, continuaba escribiendo, enseñando y desarrollando algunos de sus proyectos más ambiciosos.
De anima et vita
Dos obras convierten 1538 en un año fundamental: De anima et vita libri tres (Tres libros sobre el alma y la vida) y Linguae Latinae exercitatio (Ejercicios de lengua latina o Diálogos). Son textos muy diferentes, pero ambos muestran perfectamente al Vives maduro: uno estudia cómo funciona el ser humano; el otro aplica sus principios pedagógicos a cómo aprendemos una lengua. De anima et vita apareció en Basilea, en la imprenta de Robert Winter, en septiembre de 1538.
De anima et vita es especialmente importante para la historia de la filosofía y de la psicología. Vives parte de una cuestión antiquísima: ¿qué es el alma? Platón, Aristóteles, Agustín y los escolásticos habían elaborado respuestas muy complejas. Vives conocía perfectamente esa tradición, especialmente la aristotélica, pero realiza un desplazamiento metodológico que resulta extraordinariamente interesante. Considera que nuestras posibilidades de conocer directamente la esencia del alma son limitadas. En cambio, podemos estudiar sus operaciones. En términos sencillos: quizá no podamos determinar perfectamente qué es la mente, pero podemos observar qué hace.
Esta idea ayuda a comprender por qué Vives aparece frecuentemente en la historia de la psicología. No creó la psicología experimental moderna y sería anacrónico presentarlo como si realizara experimentos psicológicos en el sentido contemporáneo. Pero sí defendió una investigación de la vida mental mucho más atenta a la observación de uno mismo y de los demás. Su interés se dirige hacia procesos concretos como la sensación, la memoria, la imaginación, el conocimiento, las emociones y las relaciones entre los estados mentales y el cuerpo.
La obra está dividida en tres libros. El primero estudia principalmente las funciones relacionadas con la vida vegetativa y sensitiva, incluyendo los sentidos y la manera en que recibimos información del mundo exterior. El segundo se ocupa de las facultades racionales y analiza cuestiones relacionadas con memoria, conocimiento, juicio y voluntad. El tercero adquiere especial importancia porque Vives realiza allí un extenso análisis de las pasiones o emociones humanas.
La sensación constituye un punto de partida fundamental. Los seres humanos entramos en contacto con el mundo mediante nuestros sentidos. Vives presta atención a la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto, pero le interesa especialmente lo que ocurre después de recibir esos estímulos. Percibir no consiste simplemente en que algo afecte físicamente a nuestros órganos: esa información debe ser procesada por las facultades internas.
Esto conduce a la imaginación. Podemos representar mentalmente cosas incluso cuando ya no están presentes. Puedo cerrar los ojos y representar una casa, el rostro de una persona o un lugar que visité hace años. La imaginación permite conservar, combinar y manipular representaciones y desempeña por ello una función esencial en nuestra vida cognitiva.
Pero uno de los aspectos más interesantes de Vives es su análisis de la memoria. Sus décadas de experiencia como profesor seguramente proporcionaron un contexto importante para su interés por este fenómeno, aunque debemos ser cuidadosos antes de atribuir cada teoría a una experiencia biográfica concreta. Vives observa que los seres humanos no recordamos todas las cosas de la misma manera y que existen importantes diferencias individuales.
Además, comprende que memoria y asociación están relacionadas. Una representación puede conducirnos hacia otra porque ambas han quedado conectadas mediante la experiencia. Determinados lugares pueden hacernos recordar personas; determinadas palabras pueden despertar acontecimientos pasados; una emoción puede reactivar recuerdos asociados con experiencias semejantes. Los historiadores de la psicología han señalado precisamente la importancia de Vives en el desarrollo temprano de una teoría de la asociación de ideas.
Y aquí aparece algo todavía más moderno: memoria y emoción interactúan. No recordamos simplemente información neutra almacenada mecánicamente. Las experiencias emocionalmente significativas pueden establecer asociaciones particularmente fuertes. Vives reconoce así conexiones entre asociación, emoción y recuerdo, un aspecto por el que De anima et vita ha recibido considerable atención dentro de la historia de la psicología.
El tercer libro, dedicado ampliamente a las pasiones, probablemente sea una de las partes que más vale la pena estudiar para Filosofía Apuntes. Vives examina sistemáticamente fenómenos como amor, odio, deseo, esperanza, miedo, ira, alegría, tristeza, envidia, celos y compasión. No los trata únicamente como conceptos morales, sino como fenómenos que tienen causas, relaciones entre sí y consecuencias tanto psicológicas como corporales.
El miedo, por ejemplo, no es simplemente una decisión racional según la cual concluimos que algo es peligroso. Produce cambios corporales. Vives presta atención precisamente a las manifestaciones fisiológicas asociadas a las emociones. La importancia histórica de sus observaciones sobre los efectos físicos del miedo ha sido destacada posteriormente por historiadores de la medicina y la psicología.
Esto significa que para Vives alma y cuerpo no pueden estudiarse completamente separados cuando analizamos la experiencia humana. Una emoción pertenece a nuestra vida psíquica, pero produce efectos corporales; a su vez, determinadas condiciones corporales pueden modificar nuestro estado mental. Aquí encontramos una aproximación mucho más concreta que la simple discusión metafísica sobre la naturaleza del alma.
El amor ocupa una posición especialmente importante porque muchas otras pasiones pueden comprenderse en relación con aquello que consideramos bueno o malo para nosotros. Deseamos aquello que amamos; sentimos alegría cuando conseguimos un bien; esperanza cuando pensamos que podemos conseguirlo; miedo cuando creemos que podemos perderlo; tristeza cuando lo perdemos; odio hacia aquello que percibimos como contrario a nuestro bien. Vives intenta así mostrar que las emociones forman relaciones y secuencias, en lugar de constituir fenómenos completamente aislados.
También resulta interesante que Vives no considere las pasiones simplemente como enemigas de la razón. Pueden conducirnos a comportamientos irracionales cuando son desordenadas, pero pertenecen naturalmente a la vida humana. El objetivo no es convertirse en un ser humano incapaz de sentir, sino comprender las pasiones y aprender a regularlas mediante razón, educación y hábitos adecuados.
Aquí aparece la conexión con toda su obra anterior. ¿Por qué un pedagogo necesita comprender la psicología? Porque enseñar significa intervenir sobre memoria, atención, motivación, emociones y hábitos. Si desconocemos cómo aprende realmente una persona, podemos construir un sistema educativo perfectamente ordenado sobre el papel y completamente ineficaz en la práctica.
Su segunda gran obra de 1538, Linguae Latinae exercitatio, permite ver esta filosofía pedagógica aplicada concretamente. Vives terminó la obra en Breda el 2 de julio de 1538 y la dedicó al joven príncipe Felipe, futuro Felipe II de España, que entonces tenía once años. La obra fue impresa ese mismo año y alcanzaría una enorme difusión posterior.
Los Diálogos están construidos mediante conversaciones sobre situaciones cotidianas. Los personajes se levantan, se visten, comen, van a la escuela, conversan, pasean, juegan y participan en diferentes actividades. Vives utiliza esas escenas como instrumentos para enseñar latín.
El vocabulario aparece dentro de contextos significativos. Es una aplicación práctica de algo que Vives llevaba años defendiendo: la enseñanza debe relacionar las palabras con las cosas y con la experiencia.
Los Diálogos contienen además una preciosa conexión con su propia biografía. En uno de ellos Vives realiza una descripción de Valencia, la ciudad que había abandonado en su juventud y a la que nunca regresaría. La presencia de Valencia en una obra escrita hacia el final de su vida resulta especialmente llamativa: después de décadas en París, Lovaina, Brujas, Oxford y Breda, su ciudad natal seguía formando parte de su mundo intelectual. La obra fue escrita en el entorno de Mencía de Mendoza, quien posteriormente regresaría precisamente a Valencia.
También resulta significativo el destinatario: Felipe, futuro Felipe II. Vives había participado décadas antes en la educación de María Tudor y ahora dedicaba un libro educativo al niño que, muchos años después de la muerte del filósofo, terminaría casándose precisamente con María Tudor en 1554. Vives murió mucho antes de poder contemplar aquella unión, pero biográficamente la coincidencia resulta extraordinaria.
Hay además un tercer trabajo relacionado con estos años de Breda. Vives había preparado una interpretación alegórica de las Bucólicas de Virgilio, terminada en 1537 y publicada por primera vez en 1538. Esto nos recuerda que su interés por psicología y pedagogía no significó que abandonara la filología clásica: continuaba siendo plenamente un humanista renacentista, dedicado simultáneamente a filosofía, educación, lenguas y literatura antigua.
Regreso a Brujas y muerte
La salud de Vives llevaba años siendo problemática. Padecía ataques de gota, además de otros problemas físicos que se agravaron durante sus últimos años. No conviene, sin embargo, presentar 1539 como si Vives hubiese dejado completamente de trabajar y estuviera simplemente esperando la muerte. Continuaba escribiendo, revisando obras anteriores y preparando nuevos textos. De hecho, todavía estaba trabajando en uno de sus proyectos más ambiciosos: De veritate fidei Christianae (Sobre la verdad de la fe cristiana), que no llegaría a publicar en vida. La obra aparecería póstumamente en 1543.
Este último proyecto resulta particularmente interesante porque nos muestra al Vives filósofo de la religión. De veritate fidei Christianae pretendía ofrecer una defensa racional y sistemática del cristianismo. Vives intenta mostrar que la fe cristiana no constituye simplemente una colección arbitraria de afirmaciones que deban aceptarse sin reflexión, sino que puede ser defendida mediante argumentos filosóficos, históricos y morales.
La obra acabaría estructurándose en cinco libros y abordaría cuestiones extraordinariamente amplias: Dios y sus atributos, la creación y el orden del mundo, la naturaleza humana, Cristo, las Escrituras y la relación del cristianismo con otras tradiciones religiosas. Resulta especialmente interesante porque Vives dedica partes de la obra a discutir con judíos y musulmanes, intentando demostrar la verdad del cristianismo frente a ambas religiones. Desde nuestra perspectiva actual, algunas de sus argumentaciones son claramente polémicas y pertenecen al contexto apologético cristiano del siglo XVI; no deben confundirse con un estudio neutral de las otras religiones.
Esto tiene además una dimensión biográfica delicadísima. Vives procedía de una familia judeoconversa perseguida por la Inquisición: su padre había sido ejecutado y su madre había sido condenada póstumamente. Sin embargo, en sus escritos públicos Vives aparece inequívocamente como un humanista cristiano católico. No tenemos base documental suficiente para convertir secretamente a Vives en judío o atribuirle una identidad religiosa clandestina simplemente por sus antecedentes familiares. Su pensamiento religioso conocido debe analizarse a partir de aquello que efectivamente escribió.
Precisamente durante estos últimos años se aprecia cada vez más claramente que para Vives filosofía y religión no eran proyectos rivales. Su crítica a la escolástica nunca había significado una crítica al cristianismo mismo. Vives podía rechazar determinadas disputas metafísicas, criticar a los dialécticos, defender la experiencia y cuestionar el abuso del principio de autoridad mientras seguía considerando que la finalidad última del conocimiento estaba vinculada a Dios y a la vida moral cristiana.
En este contexto adquieren especial importancia sus Excitationes animi in Deum, que podríamos traducir como Elevaciones o excitaciones del alma hacia Dios. La obra pertenece al final de su vida y fue publicada en 1540, pero una versión castellana relacionada con estos escritos espirituales apareció ya en Burgos en 1539, bajo el título Comentarios para despertamiento del ánimo en Dios y preparación del ánimo para orar. La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes conserva el registro de esa edición de 1539.
Estos escritos nos muestran un Vives bastante diferente del autor polémico de In pseudodialecticos. Ya no estamos ante el joven humanista que se burla de las complicaciones de los lógicos parisinos, sino ante un hombre cercano al final de su vida que reflexiona sobre la oración, la conciencia, Dios, la muerte y la preparación espiritual.
Pero hay una continuidad profunda entre ambos momentos. Vives siempre había desconfiado de una filosofía convertida únicamente en ejercicio intelectual. Desde sus primeros escritos había insistido en que el conocimiento debía transformar la vida. En sus obras pedagógicas había sostenido que saber sin virtud era insuficiente; en sus escritos políticos había subordinado el poder al bien común; en De subventione pauperum había exigido que la moral cristiana tuviera consecuencias sociales concretas. Ahora esa misma exigencia se dirige hacia el interior: ¿de qué sirve conocer muchas cosas si el conocimiento no transforma a quien conoce?
También resulta significativo que sus obras anteriores continuaran circulando ampliamente. En 1539 apareció en Zamora una nueva edición castellana de La instrucción de la mujer cristiana, y tenemos además otra edición de ese año vinculada a Zaragoza. Esto demuestra hasta qué punto un libro que Vives había escrito muchos años antes seguía encontrando lectores en la Península Ibérica.
Lo mismo ocurrió con Linguae Latinae exercitatio. Aunque había aparecido en 1538, ya encontramos una edición parisina de 1539. La rapidez de la reedición constituye un buen indicio de la recepción que comenzarían a tener los Diálogos. La obra terminaría convirtiéndose en uno de los textos pedagógicos más difundidos de Vives.
También apareció en Basilea en 1539 su In Bucolica Vergilii interpretatio, potissimum allegorica, su interpretación principalmente alegórica de las Bucólicas de Virgilio, impresa por Robert Winter. El texto había sido preparado anteriormente, pero su publicación en este momento demuestra que Vives continuaba presente también como filólogo y comentarista de los clásicos, incluso durante esta última etapa religiosa de su producción.
Al mismo tiempo, el ambiente europeo continuaba siendo muy diferente del que Vives había soñado durante su juventud. La división entre católicos y protestantes se había consolidado; Inglaterra permanecía separada de Roma; Tomás Moro y John Fisher estaban muertos; Erasmo había muerto en 1536; y las guerras entre los grandes monarcas europeos continuaban amenazando periódicamente la paz. El proyecto de una cristiandad humanista reconciliada mediante educación y concordia parecía cada vez más distante.
Muerte
El Vives de estos últimos meses era físicamente muy distinto del joven estudiante que había abandonado Valencia tres décadas antes. Las fuentes biográficas mencionan especialmente sus repetidos ataques de gota, que padecía desde hacía años y que podían dificultarle incluso escribir. También sufrió otros dolores y problemas físicos. Las reconstrucciones posteriores hablan de cólicos o cálculos y problemas renales o biliares, aunque no podemos establecer un diagnóstico médico moderno con completa seguridad. Lo históricamente prudente es afirmar que Vives padecía una salud muy deteriorada y que sus dolencias se habían agravado considerablemente hacia 1539-1540.
Su esposa, Margarita Valldaura, adquirió por ello una importancia todavía mayor durante esta última etapa. Según la tradición biográfica, cuando los ataques de gota dificultaban que Vives escribiera personalmente, Margarita lo ayudaba escribiendo al dictado, pasando textos a limpio y colaborando en la preparación de sus escritos para la imprenta. No fue, por tanto, una figura irrelevante en los últimos años del filósofo. Vivieron juntos desde su matrimonio en 1524 hasta la muerte de Vives en 1540 y no tuvieron hijos.
Uno de los libros publicados precisamente en 1540 fue Excitationes animi in Deum (Elevaciones/Excitaciones del alma hacia Dios), impreso por Robert Winter. Se trata de una colección de escritos espirituales que incluye una preparación para la oración, comentarios sobre el Padrenuestro y diferentes oraciones y meditaciones. La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes documenta una edición de 1540, aunque también existen numerosas ediciones posteriores.
La obra resulta particularmente apropiada para comprender al último Vives. Después de haber escrito sobre lógica, educación, pobreza, política, guerra, retórica, lenguaje, memoria, imaginación y emociones, ahora aparece con mucha fuerza la vida interior y religiosa. No significa que Vives abandonara la filosofía, sino que para él la filosofía nunca había estado completamente separada de la formación moral y espiritual de la persona.
En las Excitationes, la oración no aparece simplemente como repetición mecánica de fórmulas. Vives insiste en la disposición interior de quien ora. El ser humano debe examinarse, concentrar su atención y orientar adecuadamente sus pensamientos y afectos hacia Dios. Es interesante observar que incluso aquí aparecen preocupaciones que conectan con De anima et vita: atención, voluntad, emociones, conciencia e interioridad.
También apareció en Basilea en 1540 una edición conjunta de varios de sus escritos sobre educación y vida familiar: De officio mariti, De institutione feminae Christianae y los libros sobre la educación de jóvenes. Lo particularmente importante es que la edición señala que los textos habían sido revisados, ampliados y reorganizados por el propio autor (ab Autore ipso recogniti, aucti ac reconcinnati). Esto demuestra que Vives seguía revisando su producción anterior durante la etapa final de su vida.
Pero había una obra que Vives no alcanzaría a ver publicada: De veritate fidei Christianae (Sobre la verdad de la fe cristiana).
Esta obra constituye una especie de testamento intelectual y religioso. Es su exposición más extensa sobre los fundamentos de la fe cristiana y combina filosofía, teología, historia y apologética. Vives intenta argumentar racionalmente en favor de la verdad del cristianismo y discutir las posiciones de otras tradiciones religiosas y filosóficas.
Su situación económica durante estos últimos años tampoco parece haber sido especialmente holgada. Vives nunca consiguió construir una gran fortuna. Había dependido durante distintas etapas de pensiones, patronazgo, enseñanza y protección aristocrática. La ruptura con la corte inglesa había perjudicado seriamente su situación y sus problemas de salud dificultaron todavía más sus últimos años.
Finalmente, el 6 de mayo de 1540, Juan Luis Vives murió en Brujas.
Fue enterrado en la iglesia de San Donaciano (Sint-Donaas) de Brujas, concretamente según fuentes locales en la capilla de San José. Allí permanecerían sus restos y posteriormente serían depositados también los de Margarita.
Pero la historia de su tumba tiene un final bastante triste. La iglesia de San Donaciano ya no existe. El edificio, que llegó a convertirse en catedral de Brujas, fue destruido a finales del siglo XVIII durante el período revolucionario francés. Como consecuencia, la tumba de Juan Luis Vives desapareció. Actualmente no poseemos una sepultura conservada del filósofo.
Margarita Valldaura sobrevivió a su marido durante doce años. Murió en 1552 y fue sepultada junto a Vives en San Donaciano. Una tradición epigráfica conservó el recuerdo de ambos como un matrimonio unido tanto intelectual como personalmente.
Hay algo particularmente llamativo en el destino de Vives: murió lejos de Valencia y nunca regresó a la ciudad donde había nacido. Había salido hacia París en 1509 siendo todavía muy joven. Después vinieron París, Brujas, Lovaina, Oxford, Londres y Breda. Su padre fue ejecutado por la Inquisición; su madre fue condenada póstumamente y sus restos exhumados y quemados. Vives, en cambio, permaneció en el norte de Europa hasta su muerte. La SEP confirma que, después de marcharse a París en 1509, nunca volvió a España.
Y resulta incluso simbólico que tampoco su tumba sobreviviera. La casa familiar de Valencia desapareció y la iglesia de Brujas en la que fue enterrado fue destruida. Quedaron fundamentalmente sus libros.
Personalidad
Vives debió de ser una persona muy inteligente, rápida mentalmente y especialmente observadora. Parece haber prestado mucha atención a las personas que lo rodeaban y a pequeños detalles de su comportamiento. Probablemente era de esos individuos que observan bastante antes de emitir un juicio y que rápidamente perciben contradicciones o aspectos absurdos de una situación.
También parece haber sido muy trabajador, posiblemente hasta el exceso. Su ritmo de escritura, correspondencia, desplazamientos, enseñanza y compromisos personales fue considerable, incluso durante períodos en que su salud era mala. No parece haber llevado una vida particularmente relajada. Da más bien la impresión de alguien que estaba constantemente ocupado, leyendo, escribiendo, respondiendo cartas o preocupado por algún asunto pendiente.
Probablemente tenía un carácter nervioso y preocupado. Sus circunstancias personales tampoco favorecieron una existencia tranquila. Durante diferentes momentos de su vida tuvo preocupaciones económicas, problemas de salud, incertidumbre profesional y conflictos políticos alrededor suyo. Parece haber sido una persona a la que las dificultades le daban muchas vueltas en la cabeza, más que alguien capaz de desentenderse fácilmente de ellas.
También debió de ser emocionalmente sensible. Las desgracias de amigos y conocidos parecen haberlo afectado profundamente. Las enfermedades, muertes y dificultades personales aparecen con frecuencia en su correspondencia. No transmite la impresión de una persona emocionalmente distante. Por el contrario, parece haber desarrollado vínculos personales intensos y haber sufrido bastante cuando esas relaciones atravesaban dificultades.
Con sus amigos podía ser afectuoso, cercano y leal. La correspondencia privada nos permite encontrar a un Vives bastante diferente del personaje solemne que muestran sus retratos. Preguntaba por la salud de conocidos, transmitía noticias, hacía recomendaciones, solicitaba favores y comentaba preocupaciones cotidianas. Parece haber valorado enormemente tener personas de confianza con quienes pudiera hablar con cierta libertad.
Pero también podía ser susceptible. Vives no parece haber tenido un temperamento completamente fácil. Cuando creía haber sido tratado injustamente, ignorado o poco valorado, podía sentirse herido. Algunas de sus relaciones personales atravesaron períodos de tensión y distanciamiento. Probablemente tenía cierto orgullo personal e intelectual, aunque normalmente intentara mantener las formas sociales propias de un humanista de su época.
Debió de poseer además un humor bastante irónico. No cuesta imaginarlo haciendo comentarios mordaces en una conversación privada. Parece haber tenido facilidad para detectar lo ridículo y poca paciencia cuando consideraba que alguien estaba diciendo tonterías. Probablemente podía resultar muy entretenido entre personas de confianza, pero bastante incómodo para alguien que se convirtiera en objeto de su ironía.
No parece haber sido particularmente temerario. Más bien encontramos a una persona prudente, consciente de los peligros y preocupada por las consecuencias de sus decisiones. Antes de lanzarse abiertamente a un enfrentamiento, probablemente calculaba qué podía ocurrir. Esto no significa que fuese cobarde: cuando consideraba que determinada línea no podía cruzarse, podía mostrarse sorprendentemente firme. Su personalidad parece combinar prudencia con obstinación ocasional.
En situaciones de conflicto probablemente prefería inicialmente negociar, explicar o buscar una salida, antes que provocar una ruptura definitiva. Pero una vez deteriorada una relación, también podía guardar resentimiento o distanciarse. No parece haber poseído esa facilidad de ciertas personas para discutir violentamente un día y comportarse al siguiente como si nada hubiese sucedido.
También debió de ser una persona bastante seria, aunque no necesariamente solemne. Su vida estuvo atravesada por demasiadas dificultades como para imaginarlo permanentemente despreocupado. Sin embargo, su ironía y sus relaciones personales muestran que tampoco debemos imaginar al Vives de los retratos —inmóvil, severo y vestido de negro— como representación exacta de cómo se comportaba diariamente.
En lo económico parece haber sido preocupado y relativamente pragmático. El dinero constituyó un problema recurrente durante diferentes etapas de su vida. Dependió de empleos, pensiones y protectores, y conoció períodos de incertidumbre financiera. Por eso probablemente prestaba bastante atención a cuánto recibía, cuándo llegaría determinado pago y qué posibilidades laborales podía conseguir. No parece haber sido un hombre completamente indiferente a las cuestiones materiales.
Respecto de su vida cotidiana, probablemente fue una persona más doméstica conforme envejeció, en parte obligada por sus enfermedades. Sus ataques de gota podían dejarlo inmovilizado durante determinados períodos. Durante sus últimos años debió pasar bastante tiempo en casa, acompañado por su esposa Margarita Valldaura, leyendo, conversando, recibiendo visitas y trabajando cuando su salud se lo permitía.
Con Margarita parece haber mantenido una relación estable y cercana, aunque sabemos demasiado poco sobre la intimidad matrimonial como para afirmar mucho más. Permanecieron casados durante aproximadamente dieciséis años, no tuvieron hijos y ella estuvo junto a él durante sus enfermedades. Probablemente Vives llegó a depender bastante de su ayuda durante los períodos en que sus problemas físicos se agravaban.
Hay además un rasgo que parece especialmente probable: debió de ser nostálgico. Había abandonado Valencia siendo muy joven y jamás regresó. Gran parte de su familia sufrió destinos terribles y él terminó construyendo su vida a miles de kilómetros de su ciudad natal. Décadas después seguían apareciendo recuerdos valencianos. Es razonable imaginar que Valencia permaneció emocionalmente presente durante toda su vida, aunque no podamos determinar exactamente qué sentimientos experimentaba al recordarla.
También debió de sentirse en algunos momentos como una persona entre mundos. Era valenciano viviendo en los Países Bajos, había estudiado en Francia, trabajado en Inglaterra y se movía entre círculos internacionales. Probablemente desarrolló una enorme capacidad de adaptación social, pero al mismo tiempo pudo experimentar cierta sensación de no pertenecer completamente a ninguno de esos lugares.
Pensamiento
El pensamiento de Juan Luis Vives se inscribe dentro del humanismo cristiano del Renacimiento, pero posee características propias que hacen difícil reducirlo simplemente a la pedagogía. Vives se interesó por la lógica, el conocimiento, el lenguaje, la educación, la política, la pobreza, la guerra, la psicología, las emociones y la religión. Existe, sin embargo, una preocupación que atraviesa prácticamente toda su producción: el conocimiento debe estar relacionado con la experiencia humana y debe contribuir a mejorar la vida. Para Vives, saber no consiste simplemente en dominar argumentos, memorizar autores o participar exitosamente en disputas académicas; el conocimiento debe ayudarnos a comprender al ser humano y a vivir mejor.
Uno de los puntos de partida de su filosofía fue su crítica de la escolástica universitaria, especialmente de determinadas formas de lógica que había conocido durante sus estudios en París. En In pseudodialecticos de 1520 atacó a los dialécticos que, según él, habían convertido la lógica en un conjunto de problemas excesivamente técnicos y alejados del lenguaje y de la realidad. Vives no rechazaba la lógica como disciplina. Lo que cuestionaba era que dejara de ser un instrumento para pensar correctamente y terminara transformándose en un fin en sí mismo. La lógica debía servir al pensamiento y a las demás ciencias, no obligar al pensamiento a desenvolverse dentro de problemas creados artificialmente por los propios lógicos.
Esta crítica estaba estrechamente relacionada con su filosofía del lenguaje. Vives consideraba que las palabras debían mantener una relación con las cosas y con la manera en que los seres humanos realmente se comunican. Cuando los filósofos crean terminologías extremadamente artificiales pueden terminar discutiendo problemas que nacen más del lenguaje que de la realidad. Esta preocupación aparece nuevamente en De ratione dicendi, donde estudia cómo utilizamos el lenguaje para enseñar, argumentar, persuadir y comunicar nuestros pensamientos. Para Vives, pensar correctamente y expresarse correctamente eran actividades estrechamente relacionadas.
Vives también desarrolló una importante crítica del principio de autoridad. Admiraba profundamente a Aristóteles y a los autores clásicos, pero rechazaba la actitud de quienes consideraban suficiente citar a una autoridad para demostrar una afirmación. Aristóteles había sido un gran filósofo, pero seguía siendo un ser humano y podía equivocarse. La pregunta relevante no era simplemente qué había dicho Aristóteles, sino si aquello que había dicho podía sostenerse mediante buenas razones. Esta actitud aparece especialmente desarrollada en De disciplinis de 1531, donde Vives intenta explicar cómo las diferentes disciplinas habían progresado, degenerado y podían ser reformadas.
Esta crítica de la autoridad no convierte a Vives en un enemigo de la tradición. Su posición es mucho más equilibrada. Considera necesario leer, estudiar y respetar a los grandes autores del pasado, pero también compararlos, examinarlos y corregirlos cuando sea necesario. Los antiguos proporcionan conocimiento, pero no poseen el monopolio de la verdad. De esta manera, Vives representa perfectamente una característica fundamental del humanismo renacentista: recuperar la Antigüedad no significa someterse intelectualmente a ella.
Otro elemento fundamental de su pensamiento es el reconocimiento de los límites del conocimiento humano. Vives desconfía de quienes creen poder determinar con absoluta certeza cuestiones que exceden nuestras capacidades. Esto no significa que sea un escéptico pirrónico ni que considere imposible alcanzar conocimiento. Su posición puede describirse mejor como una forma de modestia epistemológica: debemos distinguir entre aquello que realmente podemos conocer y aquello sobre lo que solamente podemos formular hipótesis o razonamientos probables.
Precisamente por estas limitaciones, Vives concede una enorme importancia a la experiencia y la observación. No puede considerarse un empirista en el sentido que posteriormente tendrán Bacon o Locke, pero sí existe en su pensamiento un claro desplazamiento desde las discusiones puramente abstractas hacia la observación de los fenómenos. Si queremos comprender la naturaleza, debemos observarla; si queremos comprender la educación, debemos observar cómo aprenden realmente los estudiantes; y si queremos comprender al ser humano, debemos observar cómo piensa, recuerda, imagina, desea y siente.
Este principio alcanza su expresión más interesante en De anima et vita de 1538. Allí Vives aborda el tradicional problema filosófico del alma, pero introduce un desplazamiento metodológico fundamental. En lugar de concentrarse exclusivamente en determinar qué es el alma en su esencia, considera mucho más provechoso estudiar sus operaciones. Nuestra capacidad para conocer la esencia última del alma es limitada, pero podemos estudiar cómo funcionan la sensación, la imaginación, la memoria, la inteligencia, la voluntad y las emociones. Esta orientación explica por qué Vives ocupa un lugar importante en la historia temprana de la psicología.
La memoria recibe una atención particularmente interesante. Vives observa que las personas poseen diferentes capacidades para recordar y que determinadas condiciones pueden favorecer o perjudicar la memoria. También comprende que los recuerdos pueden encontrarse relacionados mediante asociaciones: una palabra puede hacernos recordar una experiencia, un lugar puede evocar a una persona y una emoción puede despertar recuerdos relacionados con situaciones anteriores. Estas observaciones hicieron que posteriormente algunos historiadores de la psicología consideraran a Vives un antecedente de las teorías de la asociación de ideas.
Todavía más importante es su estudio de las emociones o pasiones. Vives analiza fenómenos como el amor, el odio, el deseo, la esperanza, el miedo, la alegría, la tristeza, la ira, la envidia, los celos y la compasión. No se limita a clasificarlos moralmente, sino que intenta comprender cómo aparecen, cómo se relacionan entre sí y qué consecuencias producen. También observa que las emociones poseen manifestaciones corporales. El miedo, por ejemplo, no es simplemente una idea: produce determinadas reacciones físicas. Esta atención simultánea a los aspectos mentales y corporales constituye uno de los elementos más interesantes de su psicología.
Vives tampoco considera que las emociones sean simplemente enemigas de la razón. Las pasiones pertenecen naturalmente a la vida humana. El problema surge cuando se vuelven desordenadas y terminan gobernando nuestras acciones. La educación moral debe permitir que la persona aprenda a comprender y regular sus pasiones mediante la razón, los hábitos y la virtud. De esta manera, psicología, ética y educación quedan profundamente conectadas.
Su filosofía de la educación parte precisamente del conocimiento del estudiante. Vives considera que las personas poseen diferentes capacidades, inclinaciones, memorias y ritmos de aprendizaje. Por ello, el profesor debe observar a sus alumnos y adaptar parcialmente la enseñanza a sus características. No basta con poseer conocimientos sobre una materia; el educador necesita también comprender a la persona que está aprendiendo. Esta preocupación constituye una de las razones principales por las que Vives ocupa un lugar destacado en la historia de la pedagogía.
También defendió una educación vinculada con la experiencia concreta. Las palabras deben relacionarse con aquello que significan y el aprendizaje debe producirse dentro de contextos comprensibles. Sus Linguae Latinae exercitatio muestran este principio aplicado al aprendizaje del latín: los estudiantes encuentran conversaciones relacionadas con situaciones cotidianas en lugar de enfrentarse únicamente a listas de palabras y reglas gramaticales abstractas. Vives quería conectar las palabras con las cosas y las cosas con la experiencia.
Su filosofía poseía además una dimensión profundamente social. En De subventione pauperum de 1526 sostuvo que la pobreza no debía quedar exclusivamente entregada a la caridad espontánea de los individuos. Las autoridades municipales tenían responsabilidades frente a quienes carecían de recursos. Debían conocer las necesidades existentes, organizar hospitales, atender a quienes no pudieran trabajar, educar a los niños pobres y proporcionar oportunidades laborales a quienes estuvieran en condiciones de hacerlo. Vives transformaba así la pobreza en un problema que debía preocupar a toda la comunidad política.
Esto no significa que defendiera la abolición de la propiedad privada. En De communione rerum rechazó las propuestas radicales de comunidad de bienes vinculadas al contexto anabaptista. Su posición combina dos principios: reconoce la propiedad particular, pero considera que la posesión de bienes genera responsabilidades morales hacia quienes padecen necesidad. Una persona puede ser propietaria y, al mismo tiempo, estar moralmente obligada a ayudar a otros. Por ello, sería anacrónico intentar clasificar a Vives simplemente mediante categorías económicas modernas.
Su pensamiento político está dominado por la idea de concordia. Vives vivió en una Europa marcada por las guerras entre Carlos V y Francisco I, la Reforma protestante, la ruptura religiosa inglesa, las guerras italianas y los conflictos entre los diferentes Estados cristianos. Frente a este panorama defendió repetidamente la paz y criticó la ambición de los gobernantes. Consideraba absurdo que miles de personas murieran para satisfacer el deseo de gloria, territorio o prestigio de unos pocos príncipes.
Curiosidades
Se ha propuesto que pudo ser el autor del Lazarillo de Tormes. Pero hay que presentarlo como hipótesis de autoría, no como hecho demostrado.
El Lazarillo de Tormes apareció anónimamente en 1554, catorce años después de la muerte de Vives. Esto no excluye automáticamente su autoría, porque el texto podría haber sido escrito mucho antes de su primera edición conocida. De hecho, la fecha de composición del Lazarillo ha sido objeto de una larga discusión académica.
Uno de los defensores más conocidos de la atribución a Vives fue el filólogo Francisco Calero, quien desarrolló extensamente la tesis de que Juan Luis Vives habría escrito el Lazarillo de Tormes. Calero sostuvo que podían encontrarse coincidencias de vocabulario, expresiones, ideas, preocupaciones sociales y procedimientos literarios entre el Lazarillo y las obras de Vives. Su propuesta forma parte de una investigación mucho más amplia en la que atribuyó a Vives diversas obras anónimas o tradicionalmente atribuidas a otros autores.
Hay elementos que hacen que la propuesta resulte, al menos, interesante. Vives conocía profundamente los problemas de la pobreza y la mendicidad; había escrito específicamente sobre ellos en De subventione pauperum. El protagonista del Lazarillo pertenece precisamente al mundo de los marginados, mendigos y personas obligadas a sobrevivir mediante estrategias informales. Además, Vives mostró un interés extraordinario por las situaciones de la vida cotidiana, algo que también puede apreciarse en sus Diálogos.
Otro elemento utilizado por los partidarios de esta atribución es el erasmismo. Desde hace mucho tiempo se han señalado posibles componentes erasmistas o críticas religiosas y sociales en el Lazarillo. Vives perteneció directamente al círculo de Erasmo, por lo que ese ambiente intelectual sería perfectamente compatible con él. Sin embargo, aquí aparece el problema metodológico fundamental: que una obra presente elementos compatibles con Vives no demuestra que Vives la escribiera.
También existe una dificultad cronológica importante. Vives murió en 1540, mientras las primeras ediciones conservadas del Lazarillo son de 1554. Para aceptar su autoría habría que sostener necesariamente que el texto fue compuesto antes de 1540 y permaneció inédito durante al menos catorce años. Esto es posible, pero requiere evidencia adicional.
Además, Vives pasó desde 1509 prácticamente toda su vida fuera de España y nunca regresó. El Lazarillo, en cambio, contiene un conocimiento muy vivo de ambientes, costumbres y registros lingüísticos castellanos. Esto tampoco elimina necesariamente a Vives —un escritor emigrado puede conservar su lengua y recibir información continuamente—, pero constituye una cuestión que cualquier defensa seria de su autoría debe explicar.
Conclusión