Juan de Mariana (1536-1624) fue uno de los intelectuales más destacados del Siglo de Oro español. Jesuita, historiador, teólogo, filósofo político y pensador económico, desarrolló una obra de extraordinaria amplitud que abarcó desde la historia de España hasta los fundamentos del poder político y la justicia. Formado en Alcalá, Roma y París, participó activamente en los grandes debates religiosos e intelectuales de su tiempo, convirtiéndose en una autoridad respetada dentro y fuera de la Compañía de Jesús. Su defensa de la verdad histórica, su crítica a los abusos del poder y su preocupación por el bien común hicieron de él una figura singular en la Europa de los siglos XVI y XVII, cuyo legado continúa siendo objeto de estudio y admiración hasta nuestros días.
JUAN DE MARIANA
VIDA Y OBRA
Ascendientes
Antes de hablar de Juan de Mariana es necesario detenerse brevemente en sus padres. La investigación histórica ha permitido identificar como progenitores a Juan Martínez de Mariana y Bernardina Rodríguez, ambos vinculados a la ciudad de Talavera. Juan Martínez de Mariana era deán de la colegiata de Talavera y ejercía además como visitador general, cargos de considerable relevancia dentro de la estructura eclesiástica de la época. Bernardina Rodríguez, por su parte, era natural de la misma villa y pertenecía a una familia local.
La relación entre ambos dio origen a Juan de Mariana en una circunstancia que no estaba plenamente ajustada a las normas eclesiásticas vigentes, pues su padre era clérigo. Como consecuencia, Mariana nació como hijo natural, ilegítimo, una condición relativamente frecuente en la España del siglo XVI, aunque socialmente delicada. Esto hizo que Mariana recibiera muchas burlas, lo que posteriormente forjó su carácter retraído y a veces violento. Esta situación explica que durante mucho tiempo existieran dudas acerca de su origen de registros parroquiales, documentos privados y diversas fuentes dispersas.
Estudios
Tras cursar sus primeras letras en Puebla Nueva, Juan de Mariana continuó su formación en la prestigiosa Universidad de Alcalá a los 16 años, uno de los principales centros intelectuales de la España del siglo XVI. Allí estudió Artes y Teología, disciplinas fundamentales para la formación humanista y religiosa de la época. Durante estos años tuvo la oportunidad de aprender de destacados maestros, entre ellos Fray Cipriano de Huerga, reconocido teólogo y catedrático de Sagrada Escritura, y el jesuita Jerónimo Nadal, uno de los colaboradores más cercanos de San Ignacio de Loyola y una de las figuras más influyentes de la naciente Compañía de Jesús.
En Alcalá destacó rápidamente por su inteligencia y capacidad académica. Obtuvo el grado de Maestro en Artes y comenzó a ganarse una reputación entre sus profesores y compañeros. Según el historiador George Ticknor, su extraordinario talento llamó muy pronto la atención de los jesuitas, quienes vieron en él a un joven de grandes posibilidades intelectuales y espirituales.
El 1 de enero de 1554, con apenas diecisiete años, Juan de Mariana ingresó en la Compañía de Jesús en Alcalá. Entre quienes ingresaron junto a él se encontraba Luis de Molina, quien llegaría a ser uno de los teólogos más influyentes del catolicismo y protagonista de las célebres controversias sobre la gracia y la libertad humana. Poco después de su ingreso, Mariana fue enviado a Simancas, donde realizó el noviciado. Su admisión definitiva fue examinada el 29 de abril de ese mismo año por el jesuita Manuel López.
Durante dos años permaneció en el noviciado de Simancas, una de las casas de formación más importantes de la joven Compañía de Jesús en Castilla. Este establecimiento había sido fundado por el Duque de Gandía, quien más tarde sería conocido como San Francisco de Borja y llegaría a ocupar el cargo de tercer Superior General de la orden. Simancas se había convertido en un centro privilegiado para la formación espiritual de los nuevos jesuitas procedentes de las universidades de Alcalá, Salamanca y otros lugares del reino.
La vida del noviciado estaba marcada por la disciplina, la oración, el estudio y los ejercicios espirituales inspirados por San Ignacio de Loyola. Según algunas fuentes, durante este período Mariana habría redactado un pequeño tratado de meditaciones espirituales por encargo de sus superiores. Aunque esta obra no se ha conservado, el dato resulta significativo porque muestra que ya desde muy joven destacaba por su capacidad intelectual y por sus aptitudes para la reflexión religiosa.
En Simancas también conoció a importantes figuras de la orden, entre ellas Dionisio Vázquez, quien años más tarde sería rector del Colegio Romano. Estos contactos permitieron a Mariana integrarse en las redes intelectuales de la Compañía de Jesús, algo que sería decisivo para su posterior carrera académica y docente. Finalizados los dos años de noviciado, regresó a la Universidad de Alcalá para continuar sus estudios de teología, preparado ya para emprender el camino que lo convertiría en uno de los pensadores más importantes del Siglo de Oro español.
Docente
En 1561, Juan de Mariana fue llamado a Roma por Diego Laínez, sucesor de San Ignacio de Loyola como Superior General de la Compañía de Jesús. La orden se encontraba organizando el recién fundado Colegio Romano, institución destinada a convertirse en uno de los principales centros de formación intelectual del catolicismo. Que Mariana fuera convocado para participar en este proyecto demuestra el prestigio que ya había alcanzado pese a su juventud.
En el Colegio Romano enseñó Teología Escolástica y Sagrada Escritura, disciplinas que ocupaban el centro de la formación teológica de la época. Allí recibió la ordenación sacerdotal y tuvo entre sus alumnos a Roberto Belarmino, quien más tarde sería cardenal, teólogo de primer orden durante la Contrarreforma y, siglos después, proclamado Doctor de la Iglesia. Mariana se encontraba así en contacto directo con algunas de las figuras más importantes del pensamiento católico del siglo XVI.
Al recordar aquellos años, Mariana evocaba con admiración el extraordinario ambiente intelectual que reinaba en Roma. Entre sus colegas se encontraban Francisco de Toledo, Benito Pereira, José de Acosta, Pedro Juan Perpiñá y Cristóforo Clavio, este último uno de los matemáticos más destacados de su tiempo. El Colegio reunía a más de doscientos estudiantes procedentes de numerosos países, convirtiéndose en un auténtico centro internacional del saber. Mariana conservaría durante toda su vida un profundo afecto por aquella etapa, que consideraba una de las más enriquecedoras de su formación.
Sin embargo, sus primeros años como profesor no estuvieron exentos de dificultades. Diego Laínez observó que Mariana poseía una inteligencia excepcional y una gran erudición, pero que a veces tenía problemas para adaptar sus explicaciones a estudiantes menos preparados. En otras palabras, comprendía las materias con tanta profundidad que no siempre lograba exponerlas de forma sencilla.
Posteriormente fue destinado a otros cargos dentro de la Compañía. Entre 1565 y 1567 ejerció como rector del colegio jesuita de Loreto, y entre 1567 y 1569 enseñó teología en Mesina, en Sicilia. Allí contribuyó a organizar la enseñanza teológica de los jesuitas en la isla, participando activamente en la consolidación del sistema educativo de la orden. Durante estos años comenzó además a reunir materiales para una Historia Eclesiástica de España, obra que nunca llegó a publicar de forma independiente, pero que serviría de base para su futura y célebre Historia de España.
En París
En diciembre de 1569, Juan de Mariana fue destinado a París, una de las ciudades más importantes del mundo intelectual europeo y el mismo lugar donde décadas antes se había formado San Ignacio de Loyola. Allí permanecería durante cinco años, entre 1570 y 1574, enseñando Teología en el Colegio de Clermont, el principal centro educativo de los jesuitas en Francia. Durante este período obtuvo además el grado de doctor en Teología, consolidando definitivamente su prestigio académico.
En el Colegio de Clermont impartía sus lecciones siguiendo la Summa Theologica de Santo Tomás de Aquino, obra que constituía el fundamento de la enseñanza teológica católica. Su labor docente fue muy apreciada y las fuentes señalan que enseñó con gran reputación. Entre sus colegas se encontraba Juan de Maldonado, uno de los más destacados biblistas y exégetas del siglo XVI, cuya fama atrajo incluso a figuras como Michel de Montaigne, uno de los grandes escritores y filósofos del Renacimiento francés.
La estancia parisina de Mariana coincidió con uno de los momentos más dramáticos de la historia de Francia. La tensión entre católicos y protestantes alcanzó su punto culminante en la Matanza de San Bartolomé, ocurrida en agosto de 1572. Durante aquella noche y en los días siguientes, miles de hugonotes —nombre que recibían los protestantes franceses— fueron asesinados en París y otras ciudades del reino. Mariana fue testigo directo de aquellos acontecimientos y pudo observar de cerca las consecuencias del fanatismo religioso y de las luchas por el poder que desgarraban a Europa.
Además de enseñar, aprovechó su estancia en Francia para ampliar sus conocimientos históricos. Estudió las principales obras de la historiografía francesa de su tiempo, familiarizándose con métodos de investigación y narración histórica que posteriormente influirían en la redacción de su propia Historia de España. París no solo perfeccionó al teólogo, sino también al historiador que años después alcanzaría fama internacional.
Cuando abandonó Francia en 1574, Juan de Mariana ya no era simplemente un profesor jesuita prometedor. Había enseñado en algunos de los centros más prestigiosos de Europa, había convivido con las principales figuras intelectuales de su tiempo y había presenciado acontecimientos históricos que marcarían profundamente su visión de la política, la religión y la sociedad.
España nuevamente
Después de pasar aproximadamente trece años en Italia, Sicilia y Francia, Juan de Mariana regresó definitivamente a España en 1574. Antes de volver, es posible que realizara una breve estancia en Flandes por encargo de San Francisco de Borja. De ser así, habría tenido contacto con algunas de las imprentas más avanzadas de Europa, experiencia que posteriormente le sería de gran utilidad en la publicación de sus obras históricas y teológicas.
Una vez de regreso, se estableció en Toledo, ciudad en la que residiría durante la mayor parte del resto de su vida. Aunque ocasionalmente visitó Talavera de la Reina y más tarde pasó una temporada forzada en Madrid durante su encarcelamiento, Toledo se convirtió en su verdadero hogar intelectual. Allí encontró un ambiente favorable para el estudio, la escritura y la reflexión, protegido en gran medida por el arzobispo Gaspar de Quiroga.
Su regreso coincidió con una época de tensiones dentro de la Compañía de Jesús. Existían debates sobre el gobierno de la orden y sobre el papel que debían desempeñar los jesuitas españoles dentro de una institución cada vez más internacional. En este contexto, Mariana redactó hacia 1580 un Defensorio de la Compañía de Jesús por encargo de sus superiores, aunque la obra nunca llegó a publicarse. Este episodio muestra que, además de historiador y teólogo, participaba activamente en las discusiones internas de la orden.
En Toledo convivió con algunos de los jesuitas más destacados de su tiempo, entre ellos Pedro de Rivadeneyra, Luis de la Palma y Dionisio Vázquez. Especialmente importante fue su amistad con este último, hombre de gran influencia dentro de la Compañía y colaborador en varios de sus proyectos intelectuales. El círculo de estudiosos que se formó en torno al colegio jesuita de Toledo se convirtió en uno de los focos intelectuales más activos de la España de finales del siglo XVI.
Aunque su salud comenzó a resentirse después de los años de intensa actividad académica en Europa, Mariana no abandonó sus ocupaciones. Continuó estudiando con enorme disciplina, ejerció como confesor, predicador y consejero espiritual, y desarrolló una intensa labor intelectual. Sus contemporáneos destacaban su extraordinaria elocuencia y capacidad oratoria, cualidades que posteriormente se reflejarían en la fuerza y claridad de sus escritos históricos y políticos.
Fue precisamente en Toledo donde Juan de Mariana comenzó a elaborar las grandes obras que le darían fama duradera. El profesor y teólogo formado en Roma y París empezó a transformarse en el historiador de España y en el pensador político que, años más tarde, desafiaría algunas de las ideas más consolidadas.
Trabajos
En 1577, Juan de Mariana recibió uno de los encargos más delicados de toda su carrera: examinar las acusaciones de heterodoxia formuladas contra la llamada Biblia Regia de Amberes, una monumental edición políglota de las Sagradas Escrituras dirigida por Benito Arias Montano. La obra había sido patrocinada por Felipe II y representaba uno de los proyectos editoriales más ambiciosos de la Contrarreforma católica.
La controversia surgió cuando algunos teólogos, especialmente el profesor salmantino León de Castro, acusaron a Arias Montano de introducir interpretaciones excesivamente cercanas al judaísmo y al erasmismo. Según sus críticos, la utilización de textos hebreos, siríacos y caldeos podía poner en peligro la fidelidad doctrinal de la edición respecto de la Vulgata latina de San Jerónimo, considerada entonces el texto oficial de la Iglesia católica.
La situación era particularmente compleja porque las acusaciones no eran meramente académicas. En plena época de la Contrarreforma, una sospecha de desviación doctrinal podía destruir una carrera, provocar investigaciones inquisitoriales e incluso derivar en condenas. Además, Arias Montano mantenía relaciones difíciles con algunos miembros de la Compañía de Jesús, lo que hacía aún más importante la imparcialidad del examen.
Durante aproximadamente dos años, Mariana estudió cuidadosamente el expediente y los distintos textos involucrados. Su tarea consistía en determinar si las acusaciones tenían fundamento o si respondían simplemente a rivalidades intelectuales y personales. El prestigio del jesuita era tal que incluso el Papa solicitó conocer los informes elaborados durante la investigación.
Tras su regreso a Toledo, Juan de Mariana se convirtió en una de las figuras de mayor confianza del arzobispo Gaspar de Quiroga, quien además ejercía como Inquisidor General. Gracias al prestigio que había adquirido por sus estudios teológicos y por su actuación en el caso de la Biblia Regia, Mariana fue consultado en numerosas cuestiones doctrinales, disciplinarias y editoriales que afectaban a la Iglesia española.
Como examinador sinodal, participó activamente en diversas tareas relacionadas con el gobierno eclesiástico. Colaboró en proyectos vinculados a la recopilación de concilios hispánicos y en la revisión de textos destinados a la administración de los sacramentos. Uno de sus trabajos más importantes consistió en la revisión del Manual de los Sacramentos promovido por el cardenal Quiroga. El propio Mariana afirmaba que muchas de las exhortaciones dirigidas a los fieles durante la administración de los sacramentos habían sido redactadas por él.
También desempeñó un papel fundamental en el Concilio Provincial de Toledo de 1582. Cuando los decretos inicialmente redactados no satisfacieron a los responsables del concilio, fueron entregados a Mariana para su revisión. El trabajo fue tan intenso que, según su propio testimonio, afectó seriamente su salud. Sin embargo, el resultado fue muy apreciado tanto por las autoridades eclesiásticas como por la Corona.
Otra de sus tareas más relevantes fue su participación en la elaboración del Índice Expurgatorio de 1584, instrumento utilizado para señalar correcciones o supresiones en obras consideradas problemáticas desde el punto de vista doctrinal. Mariana trabajó durante años en la revisión de numerosos libros, contando incluso con varios escribientes que le ayudaban a procesar la enorme cantidad de material que debía examinar. Aunque esta labor era de enorme importancia para la Iglesia y la monarquía, él mismo afirmaba que nunca recibió recompensa económica especial por ella ni la había solicitado.
Su prestigio como erudito llevó además a que interviniera en la revisión de numerosas obras bíblicas, históricas y teológicas. Entre ellas destacan diversas ediciones del Nuevo Testamento, textos de historia eclesiástica y obras genealógicas de gran relevancia para la nobleza y la monarquía españolas.
Uno de sus proyectos más importantes fue la edición de las obras completas de San Isidoro de Sevilla, emprendida a finales del siglo XVI por iniciativa de Felipe II. Mariana participó activamente en la corrección y preparación de varios textos isidorianos, contribuyendo a rescatar y difundir la obra de uno de los mayores intelectuales de la España visigoda. El propio rey manifestó su satisfacción por el trabajo realizado, lo que demuestra la enorme consideración que Mariana había alcanzado tanto en los círculos eclesiásticos como en la corte.
Obras
Historia de España
En 1592 Juan de Mariana publicó la primera versión de la obra que lo convertiría en uno de los historiadores más importantes de la España moderna: la Historia de rebus Hispaniae, o Historia de España. Fruto de décadas de estudio, investigación y recopilación de fuentes, esta obra representaba el intento más ambicioso realizado hasta entonces para narrar de forma sistemática el pasado de la nación española.
La primera edición apareció en Toledo en la imprenta de Pedro Rodríguez bajo el título Historiae de Rebus Hispaniae Libri XX. Estos veinte libros recorrían la historia de España desde los tiempos legendarios atribuidos a Túbal, considerado por la tradición medieval uno de los primeros pobladores de la península, hasta los conflictos entre Castilla y Aragón en el siglo XV. Aunque inicialmente se anunciaron veinticinco libros, diversos problemas retrasaron la publicación completa de la obra.
Mariana continuó ampliando y revisando su trabajo durante los años siguientes. En nuevas ediciones fueron incorporándose más libros hasta completar treinta, llevando el relato histórico hasta el reinado de los Reyes Católicos. La obra fue traducida posteriormente al castellano por el propio autor, lo que permitió que alcanzara una difusión mucho mayor entre los lectores españoles.
La importancia de esta Historia de España fue extraordinaria. Durante más de dos siglos se convirtió en una de las principales referencias para el estudio del pasado español. Numerosos historiadores posteriores utilizaron la obra de Mariana como punto de partida para sus propias investigaciones, y su influencia se extendió tanto dentro como fuera de España.
Uno de los aspectos más notables de la obra es la amplitud de fuentes utilizadas. Mariana combinó crónicas medievales, documentos eclesiásticos, relatos clásicos y estudios históricos modernos para construir una narración coherente del pasado nacional. Su formación internacional en Alcalá, Roma, Sicilia y París le permitió además conocer métodos historiográficos que enriquecieron notablemente su trabajo.
Sin embargo, la Historia de España no fue concebida únicamente como una recopilación de hechos. Mariana entendía la historia como una maestra de la vida. A través de los acontecimientos del pasado pretendía extraer enseñanzas morales y políticas para sus contemporáneos. Por ello, junto a la narración de batallas, reinados y acontecimientos religiosos, encontramos constantes reflexiones sobre el buen gobierno, la justicia, la corrupción, la libertad y el abuso del poder.
La publicación de la Historia de rebus Hispaniae en 1592 fue solo el comienzo de un proyecto que Juan de Mariana continuaría ampliando y perfeccionando durante años. A pesar de sus problemas de salud, que lo acompañaron durante gran parte de su vida adulta, emprendió una tarea gigantesca: reunir, ordenar y dar forma literaria a toda la historia de España conocida hasta entonces.
Lo más notable es que Mariana no pretendía simplemente recopilar datos. Su objetivo era ofrecer a España una gran historia nacional escrita en latín, la lengua internacional de los eruditos europeos. En una época en que las principales obras de teología, filosofía y derecho seguían redactándose en latín, Mariana quiso demostrar que la historia española podía presentarse con la misma dignidad que las historias de Roma, Francia o Inglaterra. Él mismo afirmaba que España carecía de una obra histórica de alcance comparable a las que poseían otras naciones europeas.
Inicialmente había pensado concluir su relato con la muerte de Fernando el Católico. Sin embargo, el estímulo de amigos y corresponsales, especialmente del profesor Paulo Ferrer, lo llevó a prolongar la narración hasta épocas más cercanas a la suya. Aun así, Mariana reconocía que escribir sobre acontecimientos demasiado recientes resultaba peligroso, pues podía ofender a personas poderosas si decía la verdad o faltar a ella si la ocultaba. Esta preocupación revela el delicado equilibrio que debía mantener un historiador que escribía bajo la monarquía de los Austrias.
La obra alcanzó un éxito inmediato. Fue leída por eruditos dentro y fuera de España, utilizada en universidades y citada por numerosos autores extranjeros. Incluso en la Universidad de Salamanca se conservan testimonios que muestran cómo la obra fue incorporada rápidamente a sus bibliotecas. Para muchos contemporáneos, Mariana había logrado algo que nadie antes había conseguido: ofrecer una visión global, coherente y elegante de la historia española.
Aunque utilizó abundantes materiales recopilados por cronistas anteriores, Mariana nunca ocultó este hecho. Con notable sinceridad reconocía que había empleado los trabajos de otros historiadores como los materiales con los que levantar su propio edificio. Su mérito consistió precisamente en organizar, seleccionar, comparar y presentar ese enorme conjunto de informaciones dispersas dentro de una narración unificada y literariamente brillante.
La Historia de España también destacó por su estilo. Inspirado por autores clásicos como Tácito y Salustio, Mariana entendía que la historia debía enseñar y agradar al mismo tiempo. Por ello no se limitó a enumerar hechos, sino que procuró explicar las causas de los acontecimientos, analizar las virtudes y defectos de los gobernantes y extraer lecciones morales y políticas para sus lectores.
Como ocurre con todas las grandes obras históricas, la Historia de rebus Hispaniae recibió críticas. Algunos autores le reprocharon haber aceptado tradiciones legendarias o haber cometido determinados errores. Otros se sintieron ofendidos porque ciertas familias nobles, personajes influyentes o instituciones no aparecían retratados de la manera que esperaban. Sin embargo, incluso sus adversarios reconocían la extraordinaria calidad literaria y la enorme importancia de la obra.
De rege et regis institutiones
En 1599 Juan de Mariana publicó una de sus obras más influyentes y controvertidas: De Rege et Regis Institutione ("Sobre el rey y la educación del rey"). El libro fue dedicado al joven Felipe III y había sido concebido originalmente como un manual para la formación de príncipes cristianos por encargo de García de Loaysa, uno de los principales consejeros de la Corona.
A primera vista, la obra parece pertenecer al género tradicional de los llamados "espejos de príncipes", textos destinados a enseñar a los gobernantes cómo ejercer correctamente el poder. Sin embargo, Mariana fue mucho más allá de las recomendaciones morales habituales. Aprovechó la ocasión para desarrollar una profunda reflexión sobre el origen del poder político, los límites de la autoridad real, la relación entre el rey y las leyes, y los derechos de la comunidad frente a los abusos del gobierno.
La idea central del libro es que el rey no está por encima de la ley. Aunque Mariana defendía la monarquía como forma legítima de gobierno, sostenía que la autoridad del soberano debía ejercerse dentro de ciertos límites morales y jurídicos. El monarca debía gobernar buscando el bien común, respetando las leyes fundamentales del reino y protegiendo la libertad y la propiedad de sus súbditos. Cuando un gobernante abandonaba estos principios y actuaba exclusivamente en beneficio propio, dejaba de comportarse como rey y se transformaba en tirano.
Fue precisamente esta reflexión sobre la tiranía la que hizo célebre la obra. Mariana argumentó que el poder político no era absoluto y que, en circunstancias extremas, una comunidad podía resistir a un gobernante que hubiera destruido las leyes y libertades fundamentales del reino. Aunque estas ideas tenían antecedentes en la tradición escolástica medieval y renacentista, Mariana las formuló con una claridad y una radicalidad poco comunes para su tiempo.
La fama del libro aumentó considerablemente tras el asesinato del rey Enrique IV de Francia en 1610. Algunos enemigos de los jesuitas acusaron a Mariana de haber inspirado indirectamente el atentado debido a sus reflexiones sobre los tiranos. El Parlamento de París ordenó públicamente la quema de la obra y las autoridades francesas la condenaron con dureza. Sin embargo, no existía ninguna relación entre el regicida François Ravaillac y el texto de Mariana. La condena obedecía más al temor que provocaban ciertas ideas políticas que a una influencia real sobre el asesino.
Como consecuencia de la polémica, incluso la propia Compañía de Jesús ordenó que no se defendieran públicamente algunas de las tesis más delicadas del libro. Mariana observó así cómo una obra escrita para educar a un príncipe terminaba convirtiéndose en uno de los tratados políticos más discutidos de la Europa moderna.
No obstante, reducir De Rege al problema del tiranicidio sería una simplificación injusta. La obra es, ante todo, una defensa de la limitación del poder, del sometimiento de los gobernantes al derecho y de la necesidad de construir una comunidad política basada en la justicia. Por ello, numerosos estudiosos modernos han visto en Mariana un precursor de las ideas constitucionales posteriores. Su preocupación principal no era justificar la violencia, sino impedir que el poder se volviera arbitrario y destruir las libertades de la sociedad.
De ponderibus et mensuris
El mismo año en que publicó su célebre tratado político De Rege et Regis Institutione, Juan de Mariana dio a la imprenta otra obra muy diferente, titulada De ponderibus et mensuris ("Sobre los pesos y las medidas"). Publicada en Toledo en 1599, esta obra muestra una faceta menos conocida del autor: la del erudito interesado por los detalles técnicos que permiten comprender adecuadamente los textos antiguos.
El propósito del tratado era estudiar los sistemas de pesos, medidas y monedas utilizados por los pueblos de la Antigüedad, especialmente los hebreos y los romanos. Para los estudiosos del siglo XVI esta cuestión tenía una enorme importancia, ya que muchos pasajes de la Biblia y de los autores clásicos hacían referencia a unidades de medida que habían desaparecido o cuyo significado exacto resultaba incierto. Comprender correctamente estos valores era indispensable para interpretar adecuadamente los textos históricos, jurídicos y religiosos.
La obra se inserta dentro de una tradición humanista que buscaba reconstruir con precisión el mundo antiguo. Mariana siguió así el camino abierto por otros eruditos como Antonio de Nebrija y Juan Bautista de Villalpando, quienes también habían investigado cuestiones relacionadas con la metrología antigua. Sin embargo, el jesuita aportó su propio rigor crítico y una enorme capacidad para reunir y comparar información procedente de diversas fuentes.
Aunque pueda parecer una materia menor en comparación con sus grandes obras históricas y políticas, De ponderibus et mensuris refleja una característica fundamental del método intelectual de Mariana: la convicción de que los grandes problemas históricos y teológicos solo podían resolverse mediante un estudio cuidadoso de los detalles. Antes de formular amplias interpretaciones sobre el pasado, era necesario comprender con exactitud los textos, los términos y las realidades materiales a las que estos hacían referencia.
Historia General de España
La traducción castellana de la Historia General de España apareció por primera vez en Toledo en 1601. Sin embargo, lejos de considerar la obra terminada, Juan de Mariana continuó revisándola y ampliándola durante el resto de su vida. Nuevas ediciones fueron apareciendo en 1608, 1616 y 1623, cada una de ellas enriquecida con correcciones, añadidos y modificaciones introducidas por el propio autor.
La importancia que Mariana concedía a esta obra fue tan grande que llegó a preocuparse personalmente de su impresión. En 1622, ya anciano, solicitó ayuda económica al rey Felipe IV para poder costear una nueva edición. El Consejo de Cámara respondió destacando que Mariana había prestado un servicio extraordinario a la Corona al haber elevado la historiografía española a un nivel comparable al de las grandes naciones europeas. Como reconocimiento a esta labor, recibió apoyo para la publicación y fue considerado cronista real.
Uno de los aspectos más llamativos de esta Historia es que el propio Mariana realizó la traducción del latín al castellano. Lo hizo porque consideraba que cada vez menos personas dominaban el latín y porque temía que un traductor ajeno pudiera alterar o empobrecer el sentido de su obra. Sin embargo, no se limitó a trasladar el texto de una lengua a otra. Él mismo confesó que había procedido como autor y no como intérprete. Modificó expresiones, corrigió datos, añadió nuevas informaciones e incluso cambió algunas opiniones cuando consideró que la investigación posterior le había permitido alcanzar conclusiones más acertadas.
Esta actitud revela una característica esencial de Mariana como historiador: entendía la historia como una búsqueda permanente de la verdad. Consideraba que la primera ley de la historiografía era la fidelidad a los hechos. Por ello procuró revisar cuidadosamente las cronologías, armonizar las fechas cristianas y musulmanas, identificar correctamente lugares antiguos y contrastar las fuentes disponibles. Su intención era ofrecer una historia de España lo más rigurosa posible para los conocimientos de su época.
Al mismo tiempo, Mariana no pretendía escribir una simple colección de datos. Inspirado por los grandes historiadores de la Antigüedad, creía que la historia debía enseñar y formar a los lectores. Por ello incorporó reflexiones morales, discursos, análisis de personajes y juicios sobre los acontecimientos. Su obra buscaba explicar no solo lo que había ocurrido, sino también las causas y consecuencias de los hechos.
Como era inevitable en una empresa de semejante magnitud, la Historia recibió numerosas críticas. Algunos autores señalaron errores cronológicos o discutieron determinadas interpretaciones. Pedro Mantuano publicó advertencias contra la obra y otros historiadores cuestionaron algunos de sus planteamientos. Sin embargo, Mariana reaccionó con notable serenidad. Afirmaba que no había pretendido investigar cada detalle por sí mismo, sino ordenar y dar forma a los materiales reunidos por generaciones anteriores de cronistas. Además, rechazó entrar en polémicas personales y prefirió dejar que el tiempo juzgara el valor de su trabajo.
Con el paso de los siglos, esa confianza resultó plenamente justificada. Aunque investigaciones posteriores corrigieron numerosos detalles, la Historia General de España sobrevivió como una de las grandes obras literarias e historiográficas del Siglo de Oro. Su influencia fue tan profunda que durante generaciones constituyó la principal referencia para quienes deseaban conocer el pasado de España.
Discurso de las enfermedades de la Compañía de Jesús
Hacia 1605, Juan de Mariana redactó una de las obras más polémicas y menos conocidas de toda su producción intelectual: el Discurso de las enfermedades de la Compañía de Jesús. A diferencia de sus tratados políticos o históricos, este escrito no estaba dirigido al público general ni a los gobernantes, sino a los propios jesuitas. Su objetivo era analizar los problemas que, a juicio del autor, amenazaban la salud espiritual e institucional de la orden fundada por San Ignacio de Loyola.
El texto permaneció inédito durante la vida de Mariana y circuló únicamente en copias manuscritas. Tras su muerte aparecieron versiones publicadas fuera de España y la obra fue prohibida por la Inquisición. Durante mucho tiempo existieron dudas acerca de su autoría, pero hoy la mayoría de los investigadores considera que efectivamente fue escrita por Mariana, aunque algunas copias pudieron sufrir modificaciones menores con el paso de los años.
Lo más llamativo del Discurso es el tono con que está escrito. Mariana no se presenta como un enemigo de la Compañía de Jesús, sino como uno de sus miembros más veteranos y comprometidos. Precisamente porque amaba la orden, consideraba necesario señalar sus defectos para corregirlos. En lugar de atacar a la institución desde fuera, intentaba reformarla desde dentro.
Las críticas del jesuita se concentraban en cuatro grandes áreas. En primer lugar, cuestionaba ciertos aspectos del gobierno interno de la Compañía. Consideraba que la elección de algunos superiores no siempre se realizaba de la mejor manera y que existía un exceso de centralización en la toma de decisiones. Defendía una participación más amplia de los miembros de la orden en los asuntos importantes, comparando en ocasiones las congregaciones jesuíticas con las antiguas Cortes de los reinos.
En segundo lugar, se preocupaba por la formación de los nuevos jesuitas. Pensaba que algunos novicios recibían una educación demasiado aislada de la realidad y que era necesario fortalecer ciertos aspectos de su preparación intelectual y pastoral. Para Mariana, una orden dedicada a la enseñanza debía cuidar especialmente la calidad de la formación de sus miembros.
En tercer lugar, criticaba algunos problemas relacionados con el reparto de responsabilidades y oficios dentro de la institución. Consideraba que determinadas funciones no siempre eran asignadas según el mérito o la preparación de las personas, lo que podía perjudicar el funcionamiento general de la orden.
Finalmente, denunciaba la creciente dependencia de los asuntos económicos y materiales. Temía que la administración de bienes y recursos absorbiera demasiadas energías y desviara a los jesuitas de sus objetivos espirituales y apostólicos. En su opinión, una institución religiosa debía evitar que las preocupaciones temporales ocuparan el lugar central de su misión.
Lo más interesante es que muchas de estas críticas estaban inspiradas por los mismos principios que Mariana había defendido en sus escritos políticos. Del mismo modo que sostenía que un rey debía gobernar con justicia, escuchar a la comunidad y respetar ciertas limitaciones, pensaba que las instituciones religiosas debían regirse por criterios semejantes de prudencia, participación y responsabilidad. Para él, el buen gobierno era una exigencia universal que afectaba tanto a los Estados como a las órdenes religiosas.
Tractatus VII
En 1609 Juan de Mariana publicó una colección de siete tratados bajo el título Tractatus VII. La obra reunía diversos estudios sobre temas históricos, bíblicos, cronológicos, filosóficos y políticos. Entre ellos figuraban escritos sobre la predicación del apóstol Santiago en España, la cronología árabe, la fecha de la muerte de Cristo, la inmortalidad del alma y, especialmente, un tratado que terminaría provocándole serios problemas: De Monetae Mutatione, dedicado a la cuestión monetaria.
Aunque el volumen abordaba asuntos muy variados, fue precisamente el tratado sobre la moneda el que despertó la ira de las autoridades. En él, Mariana criticaba con gran dureza la práctica de alterar el valor de la moneda mediante decisiones gubernamentales. Consideraba que reducir artificialmente el contenido metálico de las monedas o manipular su valor equivalía, en la práctica, a una forma encubierta de confiscación de la riqueza de los ciudadanos. Desde su perspectiva, estas medidas perjudicaban al pueblo y vulneraban principios fundamentales de justicia.
Las críticas resultaban especialmente incómodas porque estaban dirigidas contra una política efectivamente aplicada por el gobierno de Felipe III y promovida en gran medida por el poderoso Duque de Lerma. Mariana no hablaba de teorías abstractas; estaba cuestionando decisiones concretas adoptadas por quienes gobernaban la monarquía española.
La reacción fue rápida. En agosto de 1609 la obra fue denunciada ante las autoridades eclesiásticas e inquisitoriales. Sus adversarios afirmaban que el libro atacaba la autoridad del rey, del papa, de los ministros y de diversas instituciones. También lo acusaban de emplear una libertad de expresión excesiva e impropia para un religioso.
Como consecuencia del proceso, Mariana fue arrestado y trasladado a Madrid, donde permaneció aproximadamente un año privado de libertad en el convento de San Francisco el Grande. Tenía entonces más de setenta años y era ya una de las figuras intelectuales más prestigiosas de España. Aun así, fue sometido a interrogatorios y a una larga investigación.
Durante su defensa, Mariana sostuvo que no había actuado contra el rey, sino precisamente en servicio del reino. Argumentó que simplemente expresaba preocupaciones compartidas por amplios sectores de la población y que sus observaciones estaban fundamentadas en principios de justicia y buen gobierno. Además, recordó que sus escritos habían sido examinados y aprobados por autoridades competentes antes de ser publicados.
Finalmente no llegó a dictarse una condena formal definitiva. El proceso se prolongó, pasó a diversas instancias y terminó diluyéndose sin una sentencia concluyente. Mariana recuperó la libertad y pudo regresar a Toledo, aunque la experiencia dejó una profunda huella en sus últimos años.
De monetae mutatione
Entre los siete tratados publicados en 1609, ninguno tuvo un impacto tan profundo ni provocó tantas controversias como De Monetae Mutatione ("Del cambio de moneda"). En esta obra, Juan de Mariana abordó un tema aparentemente técnico, pero de enormes consecuencias políticas y económicas: la alteración del valor de la moneda por decisión del gobierno.
Durante el reinado de Felipe III, la Corona atravesaba serias dificultades financieras. Para obtener recursos, las autoridades recurrieron a diversas manipulaciones monetarias, especialmente mediante la alteración del valor nominal de las monedas y la reducción de su contenido metálico. Aunque estas medidas permitían aumentar temporalmente los ingresos del Estado, también provocaban inflación, encarecimiento de los productos y pérdida del poder adquisitivo de la población.
Mariana observó con preocupación estas políticas y decidió denunciarlas públicamente. Su argumento principal era sencillo pero contundente: el rey no es dueño de los bienes de sus súbditos. Por tanto, no puede apropiarse indirectamente de su riqueza mediante la manipulación artificial de la moneda. Desde su punto de vista, alterar el valor de la moneda equivalía a imponer un impuesto oculto sin consentimiento de la comunidad política.
El jesuita sostenía que la moneda debía conservar un valor estable y que cualquier modificación arbitraria perjudicaba especialmente a las personas más humildes. Cuando los precios aumentan debido a la depreciación monetaria, quienes viven de rentas fijas, salarios o pequeños ahorros son los primeros en sufrir las consecuencias. Por ello consideraba que estas prácticas no solo eran económicamente dañinas, sino también moralmente injustas.
La crítica era extraordinariamente audaz para su tiempo. Mariana no se limitaba a cuestionar una medida concreta; estaba discutiendo uno de los instrumentos fundamentales del poder real. Además, lo hacía utilizando argumentos jurídicos, morales y económicos que desafiaban directamente las decisiones adoptadas por el gobierno de Felipe III y su valido, el Duque de Lerma.
Las consecuencias no tardaron en llegar. De Monetae Mutatione fue el principal motivo de las denuncias que condujeron al proceso inquisitorial contra Mariana y a su encarcelamiento en Madrid. Las autoridades consideraron que sus críticas excedían los límites aceptables y podían socavar el respeto debido al gobierno. Con el tiempo, el tratado sería censurado y señalado en diversos índices de libros prohibidos.
Sin embargo, la posteridad ha visto esta obra de manera muy diferente. Numerosos historiadores del pensamiento económico consideran que Mariana anticipó principios que siglos más tarde ocuparían un lugar central en la teoría monetaria. Su defensa de la estabilidad de la moneda, su crítica a la inflación provocada por el poder político y su preocupación por los efectos sociales de la depreciación monetaria han llevado a algunos autores a considerarlo uno de los pensadores económicos más notables de la España moderna.
Muerte
La muerte de Juan de Mariana tiene algo de simbólico: murió prácticamente como había vivido durante los últimos cincuenta años, retirado en Toledo, dedicado al estudio, la escritura y la reflexión.
Juan de Mariana falleció en Toledo el 17 de febrero de 1624, a los 87 años de edad, una longevidad extraordinaria para la época. Había pasado la mayor parte de su vida adulta en la casa profesa de los jesuitas de Toledo, donde escribió sus obras históricas, políticas, económicas y teológicas más importantes.
Sus últimos años estuvieron marcados por el prestigio intelectual, pero también por las controversias. Había sufrido prisión a raíz de De Monetae Mutatione, había visto cómo algunas de sus obras eran censuradas o discutidas, y había mantenido tensiones tanto con autoridades civiles como con miembros de su propia orden. Sin embargo, nunca abandonó la actividad intelectual. Incluso en la vejez continuó corrigiendo y ampliando su Historia General de España, que consideraba una de las grandes tareas de su vida.
Resulta especialmente significativo que, poco antes de morir, solicitara ayuda económica a Felipe IV para imprimir una nueva edición de su Historia. A pesar de ser uno de los hombres más famosos de las letras españolas, no era rico. Había dedicado su existencia al estudio y a la enseñanza más que a la acumulación de bienes. Según diversas referencias, fue reconocido como cronista real, aunque sin sueldo fijo.
La posteridad ha recordado a Mariana por tres grandes razones. Primero, como autor de la Historia General de España, que durante siglos fue la gran narración histórica de la nación. Segundo, por De Rege et Regis Institutione, donde defendió la subordinación del poder político a la ley y al bien común. Y tercero, por De Monetae Mutatione, donde denunció la manipulación monetaria por parte de los gobernantes.
Pensamiento
El pensamiento de Juan de Mariana se desarrolló dentro de la tradición escolástica española del siglo XVI, pero alcanzó conclusiones originales que le otorgaron una posición singular en la historia de las ideas políticas y económicas. Aunque fue teólogo e historiador, sus reflexiones abarcaron cuestiones tan diversas como el origen del poder político, los límites de la autoridad, la justicia, la propiedad privada, la moneda y el papel de la historia en la educación de los gobernantes. Su obra se caracteriza por una constante preocupación por la libertad humana, el bien común y la subordinación de todo poder a la ley y a la justicia.
El origen del poder político
Siguiendo la tradición de la Escuela de Salamanca, Mariana sostenía que el poder político tiene su origen en la comunidad. Los hombres, para asegurar la convivencia, la paz y la protección de sus bienes, se organizan en sociedad y confían el gobierno a determinadas autoridades. El rey no recibe el poder para beneficio propio, sino para servir al bien común de la comunidad que le ha confiado esa responsabilidad.
Esta doctrina implicaba una limitación fundamental del poder real. Si la autoridad procede en última instancia de la comunidad política, el gobernante no puede considerarse dueño absoluto del reino ni actuar arbitrariamente contra sus súbditos.
La monarquía y el bien común
Mariana consideraba que la monarquía era una forma legítima y eficaz de gobierno cuando estaba orientada al bien común. El rey debía actuar como padre de la comunidad política, velando por la justicia, la paz y la prosperidad del reino.
Sin embargo, rechazaba cualquier forma de absolutismo. El monarca estaba obligado a respetar las leyes fundamentales del reino, las costumbres tradicionales y los derechos de sus súbditos. La autoridad política debía ejercerse dentro de límites morales y jurídicos claramente definidos.
La ley y la justicia
Uno de los principios fundamentales del pensamiento de Mariana es que nadie está por encima de la ley. La autoridad legítima existe para garantizar la justicia y proteger a la comunidad, no para satisfacer los intereses personales de quienes gobiernan.
Por esta razón insistía en que los gobernantes debían someterse al derecho natural, entendido como el conjunto de principios de justicia que derivan de la naturaleza humana y que son anteriores a cualquier ley positiva dictada por los hombres.
La tiranía y el derecho de resistencia
La cuestión más célebre de su pensamiento político es la distinción entre el rey legítimo y el tirano. Mientras el primero gobierna para el bien de la comunidad, el segundo utiliza el poder para satisfacer sus intereses particulares y perjudica a sus súbditos.
Cuando un gobernante destruye las leyes, oprime a la población y actúa contra el bien común, deja de cumplir la función para la cual recibió la autoridad. De esta reflexión surge la famosa doctrina de Mariana sobre la resistencia frente a la tiranía, una de las más discutidas de toda la Europa moderna.
La propiedad privada y la economía
Mariana defendió con firmeza el derecho de propiedad. Consideraba que los bienes legítimamente adquiridos pertenecen a sus propietarios y que el gobernante no puede apropiarse de ellos arbitrariamente.
Esta preocupación se refleja especialmente en su tratado De Monetae Mutatione, donde criticó las alteraciones monetarias realizadas por el gobierno de Felipe III. A su juicio, manipular el valor de la moneda equivalía a perjudicar injustamente a los ciudadanos y constituía una forma encubierta de apropiación de su riqueza.
Influencia y legado
La influencia de Juan de Mariana se extendió mucho más allá de su propia época. Aunque varias de sus obras fueron objeto de censura y controversia, sus ideas continuaron circulando por Europa y ejercieron una profunda influencia en la historiografía, el pensamiento político y la reflexión económica de los siglos posteriores. Con el paso del tiempo, Mariana llegó a ser considerado una de las figuras más importantes del pensamiento español del Siglo de Oro.
Uno de los aspectos más conocidos de su legado fue la repercusión internacional de De Rege et Regis Institutione. Tras el asesinato de Enrique IV de Francia en 1610, sus adversarios utilizaron algunas de sus tesis sobre la tiranía para acusarlo de fomentar el regicidio. El Parlamento de París condenó públicamente la obra y ordenó que fuese quemada. Aunque estas acusaciones eran exageradas y nunca se demostró relación alguna entre Mariana y el asesino del rey francés, el episodio contribuyó a difundir su nombre por toda Europa.
Su influencia fue especialmente importante en el desarrollo de las doctrinas que limitaban el poder de los gobernantes. Muchos historiadores han visto en Mariana un precursor de ciertas ideas que más tarde formarían parte del constitucionalismo moderno. Su insistencia en que el rey está sometido a la ley, en que el poder procede de la comunidad y en que la autoridad debe ejercerse para el bien común anticipa debates que ocuparían un lugar central en la filosofía política de los siglos XVII y XVIII.
También en el ámbito económico su legado ha sido notable. Durante mucho tiempo sus reflexiones monetarias pasaron relativamente desapercibidas, pero a partir del siglo XIX y especialmente durante el siglo XX diversos economistas redescubrieron De Monetae Mutatione. Su análisis de la inflación, de la manipulación monetaria y de los efectos perjudiciales de la depreciación de la moneda llevó a algunos autores a considerarlo uno de los precursores de la teoría monetaria moderna.
Como historiador, su Historia General de España dominó durante siglos la visión del pasado español. Pese a los errores inevitables en una obra de tal magnitud, fue considerada durante mucho tiempo la gran historia nacional de España. Numerosos historiadores posteriores la utilizaron como referencia y su estilo literario fue admirado incluso por quienes discrepaban de algunas de sus conclusiones.
Durante la Ilustración y el siglo XIX, autores como Gaspar Melchor de Jovellanos, Marcelino Menéndez Pelayo y otros eruditos volvieron a interesarse por sus escritos. Menéndez Pelayo, en particular, lo consideró uno de los mayores prosistas de la lengua española y uno de los historiadores más importantes de la tradición hispánica.
En la actualidad, Juan de Mariana sigue siendo objeto de estudio por historiadores, filósofos, juristas y economistas. Su figura resulta especialmente atractiva porque reunió en una sola persona las cualidades de historiador, teólogo, filósofo político y observador de la realidad económica. Pocos autores del Siglo de Oro español ejercieron una influencia tan amplia y duradera.
Conclusión
Juan de Mariana fue una de las figuras más brillantes y complejas del Siglo de Oro español. Jesuita, historiador, teólogo, filósofo político y precursor de importantes reflexiones económicas, dedicó su vida a la búsqueda de la verdad y al servicio del conocimiento. Desde las aulas de Alcalá, Roma y París hasta su retiro intelectual en Toledo, produjo obras que marcaron profundamente la historiografía, la teoría política y el pensamiento europeo. Su defensa de los límites del poder, su preocupación por la justicia y su independencia de juicio le granjearon admiradores y enemigos por igual. Cuatro siglos después de su muerte, su legado permanece vivo como ejemplo de rigor intelectual, valentía moral y compromiso con el bien común.
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