Sin tener la intención de establecer un gran sistema de principios morales, el legado que nos deja Ibn Gabirol es absolutamente imprescindible. Ibn Gabirol escribió la Ética como una obra preliminar a su tratado filosófico principal, el Fons Vitae. En la Ética, analiza las facultades del alma humana, es decir, los impulsos naturales que, si se gobiernan adecuadamente, conducen a la virtud, pero si se dejan sin control, llevan al vicio. Este texto tiene un enfoque práctico y moral, basado en la experiencia humana, y busca mostrar cómo el alma puede elevarse espiritualmente mediante la autodisciplina.
LA MEJORA DE LAS CUALIDADES MORALES
PARTE I:
Capítulo I: Tratado del orgullo
Ibn Gabirol inicia su reflexión destacando el peligro de una actitud común pero mal entendida: la soberbia. Observa que incluso entre los sabios y personas virtuosas hay quienes dan demasiada importancia al orgullo, hasta convertirlo en un hábito que deforma su carácter. Esta disposición, particularmente presente en los jóvenes de temperamento ardiente, se manifiesta en formas como la vanidad, la jactancia y la arrogancia. Para Gabirol, estos rasgos están ausentes en los antiguos santos y sabios, cuyas virtudes verdaderas se oponían a tales excesos.
Como remedio, propone una reflexión sobre la fragilidad y transitoriedad de la existencia. Recordar que todos los seres están destinados a la disolución —incluyendo el propio cuerpo— lleva al alma altiva a la humildad. La soberbia, sostiene, no aporta beneficio alguno; por el contrario, aleja al individuo de la sabiduría y lo conduce al error, especialmente cuando lo lleva a rechazar el consejo ajeno. Gabirol respalda su advertencia con ejemplos bíblicos de figuras arrogantes que terminaron humilladas, como Faraón, Goliat o Nabucodonosor.
Además, advierte sobre las consecuencias sociales del orgullo. El hombre soberbio desprecia a sus compañeros, se vuelve altanero con sus familiares y actúa guiado únicamente por su juicio, creyéndose superior a los demás. Aunque algunos intentan justificar esta actitud como un impulso natural hacia la excelencia, Gabirol muestra que ese argumento encubre una pasión desordenada. Solo cuando el orgullo se transforma en firmeza de carácter orientada al bien y al servicio de Dios, puede ser considerado aceptable.
Finalmente, recurre a la sabiduría clásica, citando a Sócrates y Aristóteles, quienes también criticaban el orgullo desmedido y exaltaban la virtud del carácter.
Sócrates: “¿De quién nunca se aparta la decepción? De aquel que busca un rango para el cual su capacidad es demasiado débil.”
Sócrates: “El que se erige como sabio será tenido por necio por los demás.”
Sócrates: “Se siente aversión por quien tiene una naturaleza malvada, tanto que los hombres huyen de él.”
Aristóteles: “Así como la belleza de la forma es una luz para el cuerpo, así la belleza del carácter es una luz para el alma.”
Aristóteles: “No muestra mucha nobleza de propósito un rey que domine sobre los hombres; y menos aún, un hombre sobre otro hombre.”
Recurre a proverbios, relatos y versos que ridiculizan la vanagloria y recuerdan la humildad propia de quien reconoce su condición mortal. Se recuerda a Ardeshir:
Se cuenta de Ardeshir, el rey, que dio un libro a un hombre que solía estar a su lado y le dijo: ‘Cuando me veas encolerizarme con violencia, dámelo’. Y en el libro estaba escrito: ‘Contrólate, pues no eres Dios; eres solo un cuerpo, una parte del cual está a punto de consumir a la otra, y en poco tiempo te convertirás en gusano, polvo y nada’.
Con ello, Ibn Gabirol invita a cultivar una humildad lúcida, consciente del límite humano, abierta al consejo y orientada a la perfección espiritual.
Capítulo II: Tratado sobre la mansedumbre
Ibn Gabirol nos dice que alcanzar este estado es una de las cosas más perfectas en el hombre.
Gabirol elogia la humildad como una de las disposiciones más nobles del alma humana, digna de alabanza y símbolo de verdadera grandeza. Afirma que esta virtud fue propia de los profetas y sabios, quienes, a pesar de su elevada dignidad espiritual, se reconocían como “polvo y ceniza” (Génesis 18:27) o como “gusano y no hombre” (Salmo 22:7). Estas expresiones no rebajan su dignidad, sino que revelan su sabiduría y cercanía a Dios. Gabirol enseña que la humildad no solo conduce al honor y la prosperidad, sino que también facilita el logro de los fines en esta vida, como lo demuestra el caso del tercer capitán de Acazías, quien, al hablar con respeto al profeta Elías, salvó su vida (II Reyes 1:13). La conclusión es clara: la recompensa de la humildad es riqueza, honor y vida, tal como lo enseña el proverbio (Prov. 22:4).
Relata la anécdota de un rey ilustre que, durante una reunión, se levantó para encender una lámpara por sí mismo. Al preguntarle por qué no dio la orden a un sirviente, respondió: “Como rey me levanté, y como rey vuelvo a sentarme”, mostrando así que el verdadero poder se manifiesta en la humildad. Este rey solía decir: “Toda gracia humana es envidiada, excepto la mansedumbre”.
La sabiduría oriental también respalda esta virtud. El filósofo Buzurjmihr decía que “los frutos de la humildad son el amor y la tranquilidad”. Ibn Gabirol añade que honrar al prójimo es honrarse a uno mismo, y que la verdadera humildad se expresa en gestos cotidianos: saludar primero, tratar con amabilidad a todos, y no temer descender de rango si es necesario.
Junto a la mansedumbre, el autor exalta la virtud de la contentación (satisfacción con lo que se tiene), a la que considera una forma de sabiduría. Quien posee esta virtud ya ha alcanzado una forma de superioridad. Cita el proverbio: “A quien Dios ama, lo inspira con contentamiento”, y recuerda que “el justo come hasta saciar su alma, pero el vientre del malvado tendrá necesidad” (Prov. 13:25). Para Gabirol, la verdadera riqueza no es material, sino interior: la tranquilidad, la paciencia y la conformidad con lo suficiente.
Advierte que estas virtudes no deben practicarse sin discernimiento. Aclara que no es correcto humillarse ante los malvados, ya que eso no es verdadera humildad, sino una forma de degradación. Cita el proverbio bíblico (Proverbios 25:26): “El justo que cae delante del impío es como fuente turbia y manantial corrompido”, lo que indica que someterse ante la injusticia equivale a deshonrar la virtud.
Para reforzar su argumento, Gabirol recoge sabiduría de diversas tradiciones. En los dichos de Lokman el sabio, se señala que “cuando el noble abandona el mundo, se vuelve humilde; pero el innoble, al hacerlo, se vuelve altivo”, lo que implica que la humildad verdadera surge del carácter elevado, no de la debilidad. Asimismo, cita el Libro de al-Kuti, que enseña: “Sé humilde sin arrastrarte, y viril sin ser arrogante”. Esta máxima distingue entre la humildad digna y la sumisión indigna, y afirma que la arrogancia es como un desierto, un extravío voluntario sin rumbo ni sentido.
Capítulo III
Tratado sobre la modestia
Ibn Gabirol comienza este capítulo señalando la estrecha relación entre la modestia y la inteligencia. Un sabio, al ser preguntado por el significado de la inteligencia, respondió que era la modestia, y cuando le preguntaron por la modestia, contestó que era inteligencia. Esto sugiere que ambas cualidades son inseparables y que la modestia es una manifestación de la inteligencia verdadera. Aunque se parece a la mansedumbre, la modestia tiene un rango más alto por estar vinculada directamente con la razón.
El intelecto, según el autor, es lo que distingue al ser humano del animal, ya que permite dominar los impulsos naturales y las pasiones. Gracias a él, el ser humano puede adquirir conocimiento, comprender la naturaleza de las cosas, reconocer la unidad de Dios y asemejarse moralmente a los ángeles. Por lo tanto, si la inteligencia es tan elevada, la modestia, que se le parece, también lo es. La prueba de esta relación es que no se encontrará un hombre inteligente que no sea modesto, ni un modesto que no sea inteligente.
Dado esto, Ibn Gabirol aconseja poner todos los esfuerzos en cultivar esta cualidad. La modestia debe ser preferida a los impulsos naturales y vista como superior a otras cualidades, porque gracias a ella se obtienen muchas virtudes y se ocultan los vicios. Quien es vestido por la modestia, dice el texto, verá que sus errores no son fácilmente notados por los demás. La modestia, entonces, trae dignidad, honor y aceptación ante Dios, y es fuente de guía y enseñanza espiritual, como indican los textos bíblicos citados.
El autor señala que la modestia no debe ejercerse solo en público, sino también en soledad. Se dice que la fe y la modestia son inseparables, y que una no está completa sin la otra. También se cita a poetas y sabios árabes que alaban la modestia como marca del noble, y se la asocia con la verdadera fe, en oposición a la impudencia que se relaciona con la incredulidad. Para adquirirla, uno debe rodearse de personas modestas, y se alaba al amigo que, incluso cuando es ofendido, actúa con comprensión y humildad.
Se cita una enseñanza profética que dice: “Si no tienes pudor, haz lo que quieras”, lo que indica que la ausencia de pudor abre la puerta al pecado. Un poeta señala que quien posee modestia irradia luz y piedad. Al-Fadil indica que las personas se mantienen unidas primero por la fe y luego por la modestia y la integridad. Aristóteles también elogia la modestia, señalando que ella multiplica los amigos y se refleja en los rostros de los niños castos. Pudor y vida están, incluso lingüísticamente, relacionados.
Se destaca que la modestia se mantiene incluso en la ira, y que la enemistad de un modesto es menos peligrosa que la amistad de un necio. Sin embargo, Ibn Gabirol advierte contra el uso excesivo del pudor cuando se trata de decir la verdad, promover el bien o difundir la religión. En esos casos, la modestia no debe impedir la acción. Cita el salmo: “Hablaré de tus testimonios ante los reyes y no me avergonzaré”, como ejemplo de valor virtuoso.
Finalmente, recuerda cómo Saúl, elegido por Dios como rey, se ocultó con modestia entre los utensilios, lo que fue visto como una señal de su humildad y valía. Concluye afirmando que, para los filósofos y sabios, la modestia es una de las virtudes más nobles del alma, comparable al alma misma en relación con el cuerpo. Un filósofo define la modestia como la capacidad de actuar del mejor modo posible y de preservar lo mejor en las cosas. El hombre modesto, en última instancia, alcanzará el poder.
Capítulo IV:
Tratado sobre la impudicia
Ibn Gabirol comienza reconociendo que mientras dedicó muchas palabras a ensalzar la modestia, bastan pocas para condenar su opuesto: la impudencia. Esta cualidad, afirma, es reprobable a los ojos de Dios. Cita a Jeremías para describir a los impúdicos como personas endurecidas, incapaces de arrepentirse. Son comparados con quienes tienen el rostro más duro que una roca, lo que indica una falta total de vergüenza o autocrítica.
Luego, refuerza la crítica con un proverbio bíblico: “Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra”, lo cual sugiere que la impudencia, que suele acompañar al orgullo, conduce inevitablemente al desprecio social. Incluso si el impúdico es sabio o instruido, la gente no lo respeta ni lo toma en serio como lo haría con una persona modesta. Por eso se afirma que la sabiduría se encuentra con los humildes, no con los soberbios.
Aquel que es sabio y desea seguir el camino aceptable ante Dios debe alejar de su alma esta mala disposición. Ibn Gabirol cita otro proverbio: “Orgulloso y arrogante escarnecedor es su nombre”, lo que indica que Dios castigará al impúdico conforme a sus acciones. Esta impudencia se manifiesta también como una actitud provocadora que irrita a los demás, por lo cual merece reprensión.
Cuando esta cualidad se arraiga en el carácter de una persona, quienes conviven con ella deben corregirla con firmeza, incluso incomodándola, hasta que logre liberarse de esa disposición. Esto se vincula con otra cita: “El hombre malo endurece su rostro”, es decir, se vuelve insensible y obstinado.
Sin embargo, Ibn Gabirol introduce una matización importante: la impudencia puede ser positiva si se manifiesta como audacia en defensa de la religión, al realizar el servicio a Dios o al decir la verdad. En esos contextos, la valentía que supera la timidez es virtuosa. Pero si esa audacia se usa para oponerse a los justos o a los profetas, se convierte en pecado. Así lo demuestra una cita de Ezequiel que denuncia a los “hijos impúdicos y de corazón obstinado”.
Por último, advierte que si una persona tiene una constitución física colérica (de naturaleza biliosa) y muestra esta tendencia desde joven, debe esforzarse por contrarrestarla con su opuesto. Confíe en Dios, dice Ibn Gabirol, y con práctica podrá habituarse a evitar esta cualidad reprobable y dominarla.
PARTE II:
Capítulo II: La cualidad del amor
Ibn Gabirol inicia este capítulo señalando que el amor, o más precisamente el deseo apasionado, es casi inevitable en el ser humano. Sólo aquel cuya razón domina completamente su naturaleza podría librarse de él, y este tipo de hombre es muy raro y excepcional. El deseo, afirma, es una parte fundamental de la naturaleza humana, pero quien aspire a gobernarse a sí mismo debe rechazarlo, evitarlo y no usarlo, ya que se trata de una cualidad inferior.
El sabio no alcanza la perfección hasta que su alma somete sus pasiones. Las acciones del hombre cuyo intelecto domina sobre su deseo son dignas de alabanza. En cambio, la satisfacción de los deseos suele conducir al infortunio. Uno de los signos del hombre dominado por el deseo es la inestabilidad: cambia fácilmente, es inquieto y su habla es voluble. Esta situación se agrava cuando la persona tiene una constitución colérica, está en la juventud y en la primavera del año, momento en que los impulsos son más intensos.
Por ello, el sabio debe apartarse del deseo, ya que trae consigo desprecio, oscuridad y humillación. Ibn Gabirol recuerda el caso bíblico de Amnón, quien fue destruido por seguir ciegamente su deseo. El deseo, sostiene, debe emplearse solo en el servicio a Dios y a su ley, como lo indican los salmos que hablan del deleite en la Ley del Señor.
Una forma de alejarse del deseo es el estudio, tanto del conocimiento teórico como de la ética práctica, pues quien se dedica a la sabiduría no tiene tiempo para las pasiones. Un sabio aconseja: si te ocurre algo y no sabes a quién consultar, aléjate de aquello que despierte tu pasión, ya que el deseo es enemigo del corazón. Otro dicho afirma: quien se somete al deseo, está perdido; quien se rebela contra él, obtiene la victoria.
El deseo es atractivo para los necios por el placer inmediato que proporciona, así como por la diversión, el canto y el entretenimiento. Pero ignoran el sufrimiento que vendrá después. Se entregan al placer presente porque el gozo de la sabiduría o de servir a Dios les parece lejano. Sin embargo, dice Ibn Gabirol, ese gozo no está lejos en realidad, sino que solo lo parece desde una mente no cultivada.
Por tanto, el amor debe dirigirse hacia Dios, como ordena el Deuteronomio: “Amarás al Señor tu Dios”. También debe aplicarse al amor del alma, como en el afecto entre Jonatán y David; al amor por los parientes, como el de Jacob por Raquel; a los hijos, como el de Israel por José; a la patria, como lo expresa la nostalgia del regreso a la tierra propia; a los amigos, a la esposa y, especialmente, al amor por la sabiduría, que alegra al padre del sabio. Moralmente, este amor debe mostrarse hacia todos los hombres, ya que el beneficio genera amor así como el daño engendra odio.
Ibn Gabirol advierte también contra los deseos imposibles de alcanzar. El hombre sabio debe entrenarse para mantenerse alejado de ellos, pues solo conducen al cansancio del alma, la inquietud constante y el desasosiego prolongado. Cita a poetas que describen esta frustración: durante el día se busca el entretenimiento, pero llega la noche y se encuentra dolor. Se disfruta como reyes, pero al amanecer solo queda la pobreza.
Cuando el deseo domina el alma, los sentidos se embotan y la persona pierde conciencia, entregada por completo al placer. Esto recuerda a quienes llaman al mal “bien” y al bien “mal”. Un sabio afirma que el amor por algo nos vuelve ciegos y sordos. Otro sostiene que no se alcanza lo que se ama sin sufrir por lo que se aborrece, ni se escapa de lo que se detesta sin pasar antes por el sufrimiento causado por lo que se ama.
Este capítulo, en suma, expone una visión filosófica y ética del amor y el deseo, subrayando la necesidad de que la razón y la virtud guíen las pasiones, y que el amor se oriente hacia fines nobles, no hacia placeres pasajeros que ciegan y degradan al alma
Capítulo II: Tratado sobre el odio
Ibn Gabirol comienza este capítulo afirmando que quien odia a los demás, inevitablemente será odiado por ellos. El odio, una vez que se arraiga profundamente en el alma, acaba por destruirla, ya que puede llegar incluso a hacer que la persona deteste lo que le permite vivir, como la comida y la bebida. Además, el que odia se expone al daño de la hostilidad ajena, quedando vulnerable ante las represalias o el aislamiento.
El autor observa que cuando el amor se dirige excesivamente hacia lo que no es divino, suele transformarse en odio intenso. Cita el caso bíblico de Amnón, quien tras obtener lo que deseaba de Tamar, inmediatamente la odió con gran violencia. Esto sirve como advertencia: el amor condicionado por intereses o pasiones es inestable y puede volverse destructivo cuando desaparece la causa que lo originó.
En este sentido, Ibn Gabirol aconseja no confiar en los “consejos del enemigo”, pues como dice Proverbios, los besos del enemigo son engañosos. A partir del odio surge el resentimiento, una actitud crítica y constante que ha sido ampliamente censurada, ya que el resentido nunca se encuentra en paz, no tiene amigos, y vive siempre en una condición perturbada y miserable.
El resentido es comparado con el perezoso que ni siquiera aprovecha lo que ha cazado, como dice el proverbio: “El perezoso no asa lo que ha cazado”. Esto subraya su incapacidad de disfrutar o valorar lo que tiene, a causa de su amargura. Además, Ibn Gabirol señala que muchas personas aparentan amistad con sus palabras, pero en realidad ocultan odio en sus corazones. Por eso, advierte que no se debe confiar ni siquiera en el discurso amable de alguien, pues podría ser una trampa, como ocurrió con Joab o Ismael en las Escrituras, quienes simularon afecto antes de cometer traición.
El proverbio “quien siembra odio, cosechará remordimiento” resume bien la enseñanza del capítulo: el odio no solo es dañino para los otros, sino también para quien lo alberga. La persona odiosa es incapaz de actuar correctamente ni siquiera en asuntos personales, y con mayor razón fallará en su relación con Dios. Puede parecer que reza o actúa con piedad, pero sus pensamientos son hipócritas y falsos. Así lo describen los salmos: "Le halagaban con su boca, pero mentían con su lengua."
Ibn Gabirol recuerda una enseñanza atribuida a Sócrates, en la que advertía a sus discípulos sobre el peligro del odio en el corazón, ya que los corazones de los hombres son como espejos: lo que sientes, otros lo reflejan. Es decir, si odias, tarde o temprano serás odiado. Por eso, se dice también que así como el rostro se refleja en el agua, el corazón del hombre refleja al de su prójimo.
Finalmente, el autor considera que el odio más persistente y destructivo es el que nace de la envidia. Un poeta citado afirma que todo tipo de enemistad puede curarse, excepto la que proviene de la envidia. Para cerrar, Ibn Gabirol cita el Libro de al-Kutī, donde se dice que lo mejor que puede esperarse respecto a un enemigo es lograr que vuelva a amarte, si ello es posible. Con esta idea, propone como ideal la transformación del odio en reconciliación.
Capítulo III: Tratado de la cualidad de la compasión y la misericordia
La misericordia y la compasión son cualidades que reflejan directamente la naturaleza divina del Creador. Por lo tanto, estas virtudes se vinculan con los atributos de Dios descritos en la tradición, conocidos como los trece atributos de misericordia, entre los que se cuentan ser clemente, piadoso, lento para la ira, abundante en bondad, y perdonador de la iniquidad. El sabio, dice el autor, debe esforzarse por imitar estos atributos en su conducta diaria, tanto como le sea posible.
Así como el ser humano desea que se le trate con misericordia cuando se encuentra en necesidad o aflicción, también debe mostrarse misericordioso con quienes recurren a él. Esta cualidad es sumamente loable, y según Ibn Gabirol, Dios ha distinguido a sus siervos justos precisamente por su amor hacia la misericordia. Cita como ejemplo a José, cuando se dice que “sus entrañas se conmovieron por su hermano”, señal de su compasión genuina.
La misericordia, explica, surge naturalmente en el alma del hombre sabio e íntegro. Es fruto de la bondad y la honestidad del carácter. En este sentido, también recuerda cómo el rey Salomón exhorta a socorrer a los que están en peligro de muerte, como muestra de verdadera compasión, al decir: “Si te abstienes de liberar a los que son llevados a la muerte…”
Ibn Gabirol señala que uno de los aspectos más bellos de esta virtud, cuando se piensa en Dios, es que su misericordia se extiende a todas sus criaturas, como lo dice el salmo: “El Señor es bueno con todos, y sus misericordias están sobre todas sus obras.” Esto implica que el modelo de misericordia divina debe guiar también la conducta humana.
En apoyo a esto, el autor cita el Libro de al-Kutī, donde se exhorta a no escatimar esfuerzo en salvar a quienes enfrentan la muerte. También se condena la injusticia contra los débiles, recordando que su protector es Dios mismo, el poderoso. Quien tiene un corazón compasivo y humilde, afirma el texto, encontrará prosperidad. En cambio, quien no es misericordioso, morirá a manos de otro que tampoco lo será. Esta advertencia subraya que la misericordia no solo es una virtud espiritual, sino también una necesidad práctica para la convivencia y la protección mutua entre los seres humanos.
Capítulo IV: Tratado de la dureza del corazón
Ibn Gabirol comienza afirmando de forma categórica que la dureza de corazón no se encuentra entre los hombres justos ni entre los sabios. Esta cualidad la asocia más bien con personas cuya naturaleza es similar a la de una bestia feroz, como el león, cuya hambre nunca se sacia. Esta analogía sirve para ilustrar el carácter salvaje e insaciable de quienes actúan sin compasión, y los vincula con los pueblos descritos en Deuteronomio como “una nación de rostro fiero”, lo cual es símbolo de brutalidad y falta de humanidad.
Declara que la dureza de corazón es una cualidad completamente despreciable, sin importar su grado, ya sea leve o extremo. Esta condición, explica, surge cuando el espíritu de la ira se apodera del hombre. Es decir, no es una cualidad natural del alma racional, sino una deformación provocada por la cólera desmedida. Si bien esta dureza puede llegar a utilizarse como mecanismo para ejercer venganza contra enemigos, Ibn Gabirol aclara que el sabio no debería buscar la venganza, pues eso es indigno. Para reforzar esta idea, cita Proverbios: “No te alegres cuando caiga tu enemigo”.
El uso de la dureza de corazón para hacer daño a los demás, matar sin razón, o apoderarse de los bienes de alguien inocente, es completamente condenable. Ibn Gabirol ruega a Dios que lo libre de personas así, y recuerda un salmo que muestra cómo la protección divina libró a Israel de la furia de tales enemigos despiadados: “Nos habrían tragado vivos, cuando su ira se encendió contra nosotros”.
Luego señala que incluso cuando los malvados aparentan misericordia, esta no es más que una forma de crueldad. Cita el proverbio: “Las ternuras del impío son crueles”, para mostrar que no puede esperarse verdadera piedad de un corazón endurecido. Esta dureza es, por lo tanto, una señal inequívoca de impiedad y corrupción del alma.
Finalmente, Ibn Gabirol menciona a Platón, quien en sus leyes sobre la venganza aconsejaba que quien quiera vengarse de su enemigo debe hacerlo superándolo en excelencia. Es decir, que la verdadera “venganza” del sabio no es castigar al enemigo, sino perfeccionarse a sí mismo, actuar con virtud y elevarse por sobre la ofensa. Con esto, Ibn Gabirol concluye que la dureza de corazón no tiene cabida en el alma noble.
PARTE III:
Capítulo I: Tratado del júbilo
Ibn Gabirol comienza reconociendo que la alegría se manifiesta de manera distinta en las personas, y en algunos casos es natural. Esta forma de alegría natural se encuentra especialmente en aquellos cuya complexión es cálida y húmeda, es decir, personas sanguíneas, sanas, con esperanzas ordenadas y libres de sufrimiento o aflicción. En ellas, la alegría se expresa en un exterior saludable, una constitución robusta y una vejez que llega sin prisa. Cita Proverbios para reforzar esta idea: “Un corazón alegre es buena medicina, pero el espíritu triste seca los huesos”.
Otra forma de alegría aparece cuando se logra un deseo o se cumple un anhelo. A veces, esta alegría se muestra en una sonrisa constante y sin causa aparente. Sin embargo, Ibn Gabirol advierte que esta forma de alegría superficial muchas veces va acompañada de liviandad, de la cual se burla el Eclesiastés: “Como el crujir de los espinos bajo la olla, así es la risa del necio”. La risa sin motivo es señal de necedad, según un dicho que cita el autor.
A pesar de estas reservas, Ibn Gabirol sostiene que la verdadera alegría se encuentra sobre todo en las almas puras, justas y piadosas, aquellas destinadas al Reino Celestial. Estas almas se alegran plenamente en su estado de servicio a Dios y encuentran un gozo profundo en la adoración. Para sustentar esta visión cita el Salmo 32: “Alegraos en el Señor y regocijaos, justos; y cantad con júbilo, todos los rectos de corazón”.
Aun así, Ibn Gabirol señala que el hombre bien educado debe evitar reír excesivamente en público, ya que la risa excesiva disminuye el respeto que otros le tienen y quita el velo de la dignidad. La alegría mal encauzada puede volverse frívola. Así como la ansiedad provoca lágrimas, la alegría intensa puede producir risa. Sin embargo, estas manifestaciones pertenecen al alma animal, no al alma racional, siguiendo la línea de pensamiento de Galeno. Prueba de esto es que, a veces, el hombre ríe incluso en momentos trágicos, sin poder evitarlo.
Esto lleva a Ibn Gabirol a afirmar que el ser humano debe esforzarse por someter su alma animal a su alma racional, permitiendo que la inteligencia gobierne sobre la naturaleza. Quien logra esto se convierte en uno de los hombres excelentes. Cita a Sócrates, quien dijo que todo lo que causa alegría puede también causar tristeza, mostrando así la doble cara de los afectos humanos.
Finalmente, recuerda una enseñanza ética de Diógenes: la alegría es vida y elevación para el corazón, mientras que la tristeza es angustia y destrucción. Esta última reflexión sugiere que, aunque la alegría debe estar gobernada por la razón, es una fuerza vital indispensable para una vida plena y virtuosa.
Capítulo II: Tratado sobre la aflicción
Ibn Gabirol comienza señalando que el dolor o la tristeza profunda suele instalarse en el alma cuando no se cumplen los deseos o cuando se pierden los objetos del amor. Esta emoción puede ser tan intensa que pone al alma al borde de la muerte. Por ello, la define como una cualidad grave y destructiva: un “vivo morir”. El autor anuncia que se detendrá especialmente en este capítulo, con la esperanza de que sus palabras sirvan de consuelo espiritual, ya que —afirma— los males del alma solo se curan con remedios del espíritu.
Esta tristeza tiene una constitución fría y seca, como el humor melancólico (bilis negra), y aunque nadie puede librarse totalmente de ella, hay quienes la sufren en grado extremo, llegando a padecimientos psíquicos. Ibn Gabirol cita Proverbios: “La congoja en el corazón del hombre lo abate”, y recuerda que la tristeza es visible en el rostro, como se ve en las Escrituras: José advirtió la tristeza en los siervos de Faraón por su semblante, y el rey Artajerjes notó el rostro afligido de Nehemías aunque no estaba enfermo.
La tristeza también se manifiesta en quienes aman demasiado este mundo, marcado por la generación y la corrupción. Tales personas buscan gratificaciones sensoriales constantes; si las alcanzan y luego las pierden, caen en profunda melancolía. En cambio, quien se aleja del mundo sensible y se orienta al mundo del intelecto puede liberarse de estos males, inclinándose hacia la ética y la ley divina. Por ello, el sabio debe rechazar tanto las pasiones vulgares como la ostentación de los poderosos.
Si no se puede tener lo que se desea, aconseja el autor, hay que aprender a desear lo que se tiene. No se debe preferir una vida de tristeza constante. Así como aceptamos tratamientos dolorosos (fuego o hierro) para curar el cuerpo, también debemos enfrentar molestias para sanar el alma, con firmeza y propósito. Además, sugiere una actitud filosófica: si creemos que nunca sufriremos, estamos deseando no existir, ya que el dolor es inherente al cambio, y el cambio es esencial para la existencia.
Por tanto, quien desea evitar toda desgracia desea lo imposible, y el deseo imposible lleva al sufrimiento. Ibn Gabirol nos llama a avergonzarnos de ceder al dolor y a aspirar en cambio a la beatitud. Una estrategia es imaginar de antemano la pérdida de aquello que amamos, para que no nos golpee con tanta fuerza si llega a suceder. Así lo enseña un poeta-filósofo: el prudente anticipa sus desgracias y no se aterroriza cuando llegan, pues ya las había contemplado con la mente.
Las almas elevadas no conocen la tristeza en forma profunda, como demuestra la anécdota sobre Sócrates, a quien se le preguntó por qué nunca mostraba signos de tristeza. Respondió que no poseía nada cuya pérdida pudiera lamentar. Ibn Gabirol afirma que todo lo que crece en este mundo empieza siendo insignificante, menos la tristeza, que nace grande y se desvanece con el tiempo. Por eso, el hombre fuerte es aquel que se afirma con todas sus fuerzas en la hora de la aflicción.
Cita una historia de Alejandro Magno, quien para consolar a su madre planeó una fábula: al morir, ella debía reunir una gran ciudad para un banquete, pero prohibiendo la entrada a cualquiera que hubiera conocido una desgracia. Como nadie pudo entrar, entendió que todos sufren, y comprendió el mensaje de su hijo. Alejandro había oído a Aristóteles decir que el dolor daña y destruye el corazón. Para comprobarlo, experimentó con un animal de naturaleza cercana a la humana, y al matarlo encontró que su corazón se había disuelto por la tristeza.
Galen también enseñó que la tristeza consume el corazón, y que la aprensión es una enfermedad del alma. La tristeza se siente por lo que ya ocurrió; la aprensión, por lo que puede ocurrir. Ambas destruyen la vitalidad del hombre. Otro sabio afirma que “beber veneno es más fácil que la aprensión”. Pero incluso el llanto, cuando se produce, puede tener un efecto purificador: al llorar se expulsan humores dañinos que el cuerpo no puede absorber, especialmente en los niños.
Así, Sócrates afirmaba que las penas son enfermedades del corazón como las enfermedades del cuerpo lo son del organismo físico. Por último, Ibn Gabirol recuerda las palabras de Ptolomeo: “Quien desee vivir mucho, debe prepararse a afrontar las desgracias con un corazón paciente.” Con esto concluye que el dolor, aunque inevitable, puede ser enfrentado con sabiduría, dignidad y una disposición racional del alma.
Capítulo III: Tratado de la tranquilidad
Ibn Gabirol inicia el capítulo señalando que la tranquilidad es una cualidad digna de alabanza cuando se dirige correctamente, es decir, cuando proviene de la fe en Dios y de una confianza total en Él. No se trata de una tranquilidad pasiva o indiferente, sino de una serenidad activa y consciente, basada en la seguridad interior que da el abandono confiado en la voluntad divina. Cita el libro de los Proverbios: “Para que tu confianza esté en el Señor”, como fundamento bíblico de esta actitud.
Este tipo de tranquilidad —la que nace de la fe— es vista como una disposición noble, merecedora de bendiciones y de una gran misericordia divina. El Salmo 32 dice: “Al que confía en el Señor, lo rodea la misericordia”, mostrando así que la tranquilidad del alma que se apoya en Dios atrae el favor divino. Quien vive así, confiando en el Señor, es llamado bienaventurado, como dice Jeremías: “Bendito el varón que confía en el Señor, y cuya confianza es el Señor”.
Ibn Gabirol observa que esta cualidad es propia de los justos, aquellos que temen a Dios y viven de acuerdo con sus preceptos. Son ellos los destinatarios del mandato: “Los que teméis al Señor, confiad en el Señor”, como dice el Salmo 115. La tranquilidad espiritual, entonces, no es fruto del azar ni de la indiferencia emocional, sino el resultado de una vida orientada a lo alto, a la confianza en lo eterno y no en lo pasajero.
Destaca también cómo Dios promete esta tranquilidad a los suyos: la concede a Jacob incluso durante el sueño, como símbolo de su cuidado constante. En Isaías leemos: “No temas, Jacob, siervo mío”, lo cual refuerza la idea de que la tranquilidad se funda en la protección divina. De manera similar, el justo que confía plenamente en Dios no teme las malas noticias, porque su corazón está firme, anclado en esa confianza. Esta última idea la toma del Salmo 112: “No temerá malas noticias; su corazón está firme, confiado en el Señor.”
Con esto, Ibn Gabirol eleva la tranquilidad a la categoría de virtud espiritual: una señal de fe madura, de confianza interior y de una vida alineada con la voluntad de Dios.
Capítulo IV: Tratado de la penitencia
Ibn Gabirol abre este capítulo afirmando que la penitencia es una cualidad que surge cuando una persona abandona un estado de pecado y se arrepiente sinceramente. El arrepentimiento auténtico se manifiesta cuando alguien muestra señales claras de haber cambiado. Para que este arrepentimiento sea completo, deben cumplirse tres condiciones: tener remordimiento por el pecado cometido, pedir perdón, y comprometerse firmemente a no volver a la misma conducta.
Cita a Saadia Gaón (Saadya Alfayumi), quien enseñaba que quien se arrepiente de sus pecados pasados es como si nunca hubiese pecado. Esta visión resalta el valor positivo de la penitencia como medio de renovación moral. Sin embargo, Ibn Gabirol también advierte que hay un aspecto reprobable del remordimiento, y es cuando se asocia con la inconstancia o la debilidad de carácter: personas que dicen “sí” hoy y luego se arrepienten, o que hacen votos —como ayunar o dar limosna— y después se retractan de ellos. Este tipo de arrepentimiento no nace del alma recta, sino de la falta de reflexión previa y la falta de firmeza.
Por ello, el autor sostiene que lo razonable es evitar colocarse en situaciones que puedan llevarnos al arrepentimiento. En otras palabras, actuar con previsión, prudencia y control interior, para no tener que lamentar luego decisiones impulsivas. Aunque reconoce que no todos los hombres pueden dominar por completo sus cualidades desde el inicio, afirma que sí es posible desear y trabajar en una transformación gradual, ascendiendo desde los hábitos bajos hacia una conducta elevada y virtuosa.
La cumbre de la dicha humana, dice Ibn Gabirol, consiste en poder dominar el alma, guiarla y conducirla por el camino correcto. Quien logra someter su naturaleza a la razón se convierte en un hombre noble, su mérito se eleva y sus acciones se vuelven beneficiosas y dignas de alabanza. Así, la penitencia verdadera no solo es un acto de arrepentimiento, sino también un punto de partida hacia la excelencia moral y espiritual.
PARTE IV:
Capítulo IV: Tratado de la ira
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