viernes, 28 de marzo de 2025

Avicebrón - La Fuente de la Vida (Fons vitae) (Tratado V)

El Libro V de Fons Vitae de Ibn Gabirol es el punto culminante de su pensamiento filosófico, donde aborda de manera definitiva la relación entre la materia y la forma universal en sí mismas. Si en los tratados anteriores el filósofo andalusí había argumentado sobre cómo la forma se imprime en la materia y cómo ambas interactúan en la jerarquía del ser, aquí da un paso más: busca comprender la esencia misma de estos dos principios fundamentales sin depender de su manifestación en el mundo sensible.


TRATADO V

De la materia universal y la forma universal en sí

El maestro comienza explicando que la materia y la forma universales son los principios últimos de todas las cosas creadas. Para comprenderlas, el discípulo debe trascender lo sensible y purificar su intelecto, despojándose de las limitaciones materiales. En este proceso, la inteligencia juega un papel crucial, pues su naturaleza le permite conocer tanto la materia como la forma.

El discípulo plantea una duda fundamental: si la inteligencia está compuesta de materia y forma, ¿cómo puede conocerlas separadamente?. El maestro responde que la inteligencia, al conocer su propia esencia, se percata de que está formada por materia y forma, y por lo tanto, puede comprenderlas. La inteligencia reconoce que es forma y que necesita de la materia para existir, lo que le permite distinguir ambas entidades.

Luego, el maestro diferencia la materia de la forma en cuanto a su función: la materia es el sustento y la forma es lo sustentado. Sin embargo, esta diferencia solo es válida cuando se consideran como compuestas; en su esencia pura, la materia y la forma son entidades completamente opuestas sin un punto común de coincidencia.

El discípulo se enfrenta a otra dificultad: ¿cómo imaginar la diversidad entre la materia y la forma si están en la más íntima unión?. El maestro le ofrece analogías para facilitar su comprensión, comparando la relación entre materia y forma con la del cuerpo y el color, el alma y el cuerpo, o incluso la luz y el aire. 

Así como el color no puede existir sin un cuerpo que lo sostenga, la forma no puede manifestarse sin la materia. Esto muestra que la forma es el principio que da identidad y diferenciación, mientras que la materia es el sustrato en el que se manifiesta.

Otra analogía importante es la del alma y el cuerpo. Aquí, la materia se compara con el cuerpo, que es un soporte físico, y la forma con el alma, que es el principio que da vida y esencia. Así como el cuerpo sin alma es inerte, la materia sin forma no tiene existencia real, ya que solo adquiere ser cuando la forma le otorga estructura.

También se utiliza la relación entre inteligencia y alma para explicar la unión entre materia y forma. La inteligencia es descrita como más simple y elevada, parecida a la forma, mientras que el alma es más ligada al cuerpo y menos sutil, como la materia. Esta comparación ayuda a entender cómo dos elementos pueden estar unidos sin ser lo mismo, del mismo modo que la forma y la materia se combinan sin perder su individualidad.

Para ilustrar la interacción entre forma y materia, el maestro usa la analogía de la luz y el aire. En este caso, el aire representa la materia y la luz representa la forma. Así como la luz necesita del aire para difundirse y ser visible, la forma necesita de la materia para existir. Sin un medio que la sostenga, la forma carece de manifestación concreta.

Otra comparación útil es la del tono musical y la voz. Aquí, la voz es la materia, pues es el soporte físico del sonido, mientras que el tono es la forma, ya que da estructura y significado a la voz. Esto refuerza la idea de que la forma no puede existir sin la materia, de la misma manera que un tono no puede sonar sin una voz que lo emita.

Estas comparaciones buscan mostrar que, aunque la materia y la forma sean distintas, su unión es indispensable para la existencia de cualquier cosa.

Más adelante, el discípulo desea entender cómo la materia universal y la forma universal pueden existir por sí mismas, sin depender la una de la otra. El maestro explica que la materia, por sí sola, no posee forma ni determinación, mientras que la forma es la luz que da estructura y especie a las cosas. Sin embargo, la imaginación humana tiene dificultades para concebir la materia sin forma, ya que nuestra percepción está basada en objetos compuestos de ambas.

Finalmente, el discípulo llega a una conclusión crucial: si el ser solo se da por la forma, la materia en sí misma es la privación. Es decir, la materia no tiene existencia real sin la forma, pues solo adquiere ser cuando se une a ella. Esta idea remite a la concepción aristotélica de la materia prima como potencia pura, es decir, una capacidad de recibir forma sin tener ninguna determinación por sí misma.

Materia y forma

El discípulo busca claridad sobre cómo la materia puede ser concebida sin forma en la sabiduría de Dios. El maestro responde con una analogía: así como un concepto existe en la mente de alguien antes de ser expresado, la materia existe en la sabiduría del Creador antes de recibir su forma. A partir de esto, se refuerza la idea de que la materia no está absolutamente privada de ser, pues si lo estuviera, no podría recibir la forma ni salir a la existencia. La materia es descrita como aquello que sostiene la forma y le permite manifestarse, lo que demuestra su papel esencial en la composición de todo lo existente.

A lo largo del diálogo, el discípulo cuestiona por qué la materia es considerada existente solo en potencia y no en acto. El maestro explica que la materia, en sí misma, no posee una manifestación propia, sino que depende de la forma para actualizar su existencia. Comparándola con el aire oscuro que solo se vuelve luminoso cuando recibe la luz, se ilustra cómo la materia necesita de la forma para alcanzar su plena realidad. De esta manera, se sostiene que la materia tiene un ser en potencia, pero no en acto hasta que recibe la forma.

El diálogo también introduce la distinción entre la materia universal y la forma universal, conceptos que abarcan no solo los elementos físicos, sino también las entidades inteligibles. El maestro explica que la materia universal es la base de todas las cosas materiales, mientras que la forma universal es el principio que otorga especificidad y realidad a cada ser. Se establece que el conocimiento de la materia y la forma universales se puede alcanzar mediante un análisis conceptual que permite comprender sus propiedades y su existencia en todo lo que es.

Uno de los temas más profundos del diálogo es la relación entre la inteligencia y la forma universal. El maestro sostiene que la inteligencia contiene en sí todas las formas de manera simple y espiritual, lo que significa que la totalidad de las formas existe dentro de ella en un estado de unidad. La inteligencia es la base del conocimiento porque comprende y sostiene todas las formas, permitiendo su manifestación en la realidad sensible. Se argumenta que, cuanto más elevada y simple es una sustancia, mayor es su capacidad para recibir y contener múltiples formas.

Finalmente, el maestro concluye que todo lo que existe está compuesto de materia y forma, incluyendo las sustancias inteligibles. La materia es el principio receptivo, mientras que la forma es el principio activo que determina la identidad de cada cosa. A través de un riguroso razonamiento filosófico, el diálogo presenta una visión en la que la materia es la base potencial de todo lo creado, mientras que la forma es el principio que le otorga existencia plena. 

Lo diverso de las formas

El discípulo pregunta por qué las substancias simples reciben más formas que las compuestas. El maestro responde que las substancias compuestas, al tener partes, obstaculizan la penetración de las formas. En cambio, las substancias simples no tienen divisiones ni resistencias internas, por lo que pueden acoger muchas formas al mismo tiempo. Así, cuanto más pura y simple es una substancia, más formas puede contener. La inteligencia es la más simple de todas y, por lo tanto, la más receptiva

El discípulo se pregunta de dónde obtiene la inteligencia sus formas. El maestro explica que provienen de la voluntad divina, en la cual están todas las formas de manera perfecta. La inteligencia recibe esas formas no directamente como están en la voluntad, sino en la medida en que está preparada para recibirlas. Las formas existen con más plenitud en las causas (como la voluntad o la inteligencia) que en los efectos (como la materia o los cuerpos).

Aquí el maestro cita a Platón, quien decía que las formas pasan de un nivel a otro por "mirada". Esta "mirada" no es visual, sino simbólica: representa la relación de cercanía ontológica y transmisión de esencia entre los distintos niveles del ser. Así, la voluntad “mira” a la inteligencia y le comunica las formas, la inteligencia “mira” al alma, el alma a la naturaleza, y así sucesivamente.

El discípulo duda de cómo pueden unirse muchas formas en una misma substancia si son distintas. El maestro aclara que en las substancias simples —como la inteligencia— las formas no se oponen entre sí, porque no ocupan espacio ni se excluyen. La inteligencia, al ser simple y no compuesta, contiene las formas en unidad, sin dispersión. Así, la inteligencia es como un “lugar” de las formas inteligibles, de manera análoga a cómo la materia es el lugar de las formas sensibles.

El Discípulo le pregunta si puede la materia universal contener todas las formas. El maestro afirma que sí: todas las formas están en la materia universal, al igual que están en la inteligencia y en el alma, aunque de manera distinta. Las formas pueden coexistir en una sola substancia sin confundirse, como el alma distingue diversas partes del cuerpo aunque estén unidas.

El discípulo se pregunta si, al contener formas, la materia puede tener conocimiento. El maestro aclara que la ciencia surge de la unión entre la forma y la inteligencia, no de la simple contención de formas como ocurre en la materia. Por eso, aunque la materia contenga formas, no las conoce como la inteligencia.

Cuando el discípulo pide definiciones, el maestro aclara que no pueden definirse con precisión, pero sí describirse por sus propiedades:

  • La materia es lo que sustenta, es receptiva, una y oculta.
  • La forma es lo que da ser, perfecciona a la materia y es manifiesta.

La forma es más digna que la materia en cuanto que le da ser, aunque también depende de ella para existir en acto.

Preocupado por la relación entre ambas, el discípulo pregunta si la forma es verdaderamente substancia, siendo que necesita de la materia para existir. El maestro le explica que, aunque la forma no existe por sí sola en acto, sí lo hace en potencia y por concepto. Por eso es substancia, aunque no se sostenga por sí misma como lo haría una substancia independiente.

El discípulo quiere saber si, en algún sentido, la forma es más digna que la materia. El maestro responde que sí: la forma es más digna porque da el ser a la materia, porque es como el alma para el cuerpo. Sin embargo, también la forma necesita a la materia como sustento. Esta dualidad se debe al orden del ser y a la necesidad de que lo creado tenga distinción y multiplicidad, lo cual no sería posible si solo existiera unidad absoluta como en Dios.

Finalmente, el discípulo pregunta si tiene sentido preguntar por qué son la materia y la forma, siendo simples. El maestro responde que en las substancias simples no se pregunta por causas externas, sino por su ser mismo. En ese sentido, materia y forma proceden de Dios, y su única causa es Él. Para ordenar esto, el maestro le enseña que hay cuatro niveles de pregunta sobre el ser: si es, qué es, cuál es y por qué es. A Dios solo se pregunta si es; a la inteligencia, qué es; al alma, cuál es; y a la naturaleza, las cuatro.

Unidad necesaria

El discípulo plantea al maestro una duda sobre por qué, si lo creado debía ser doble, uno de los elementos es sustinente y el otro sustentado. El maestro responde que la perfección divina se refleja mejor en una creación que reproduce la relación entre elementos diversos y complementarios. Crear sólo un tipo sería incompleto. Además, como el creador no es ni sustinente ni sustentado, lo creado, al ser múltiple, debía contener en sí esa dualidad para manifestar plenitud. El sustinente necesita al sustentado y viceversa; solo en su relación logran ser completos, puesto que la perfección en lo creado solo surge de la interdependencia.

Al considerar que todo lo creado es finito, se deduce que necesita de límites y determinaciones. De ahí surgen la materia, como principio receptivo y pasivo, y la forma, como principio activo que actualiza. La forma da estructura, ser y finalidad a la materia, que por sí sola es pura potencialidad. Esta dualidad refleja el equilibrio entre lo que espera ser y lo que le da ser, entre lo que es sustento y lo sustentado. Así, el mundo se compone de estas dos raíces que se unen por necesidad y por un principio más alto que las contiene y les da cohesión.

Cuando el discípulo pregunta por qué hay una sola materia y muchas formas, el maestro aclara que la forma sustancial primera es una, mientras que las formas accidentales parecen muchas porque se diversifican según los sujetos en que residen. Pero todas participan de una sola esencia de forma. La materia es única y universal; lo que cambia es la forma que en ella se imprime. La multiplicidad no proviene de la esencia de la forma sino de su manifestación en la diversidad de las cosas materiales.

Respecto a por qué la forma es manifiesta y la materia oculta, el maestro responde que la forma es acto y perfección, mientras que la materia está en potencia y es más cercana a la privación. La forma ilumina y organiza lo que la materia sostiene; por eso se muestra más claramente en las cosas sensibles. La forma se compara con el vestido y la materia con lo que está vestido: lo primero llama más la atención porque es lo que da figura. La materia, en cambio, permanece invisible, oculta en su función de sostener y esperar.

La forma da unidad a la materia, la mantiene recogida y estructurada, mientras que la materia tiende por su naturaleza a dividirse y multiplicarse. Por eso, la unidad es lo que impide la dispersión. Sin forma, la materia no puede ser ni perfeccionarse. Ella no tiene ser por sí misma, sino que es movida por su necesidad de recibir la forma. Así se convierte en actual y existente. Es por la forma que la materia deja de ser pura posibilidad y entra en el mundo del ser.

El maestro explica que, aunque en el tiempo no hay separación entre materia y forma, inteligiblemente puede decirse que la forma existía previamente en la ciencia divina. La forma fue concebida antes de su unión con la materia, aunque esta unión no tenga tiempo. Lo que hay es una diferencia inteligible, no cronológica: la forma como idea es anterior, pero su unión con la materia ocurre sin dilación temporal. Ejemplos como la unión del alma con el cuerpo o de la luz con el aire sirven para entender cómo la materia y la forma se integran sin dejar de ser distintas.

La materia y la forma son finitas, ya que pueden disolverse cuando se separan. Si la materia fuera infinita, no se podría dividir ni modificar, pero como la forma la determina, se comprueba que tiene fin. Aunque la forma parezca infinita desde el punto de vista de su origen —la voluntad divina— en su contacto con la materia se delimita. Esta limitación no disminuye su valor, sino que hace posible la variedad y la concreción del mundo sensible.

La forma determina a la materia dándole figura, límites y especie. Nada sensible o inteligible tiene existencia sin forma. No hay parte alguna de la materia que esté completamente sin forma, porque siempre está preparada para recibir una. Aunque alguna materia carezca de formas específicas, siempre está abierta a la posibilidad de adquirirlas. Así como hay materia espiritual que no posee formas corporales y materia corporal sin ciertas formas espirituales, siempre hay alguna forma presente o posible en la materia.

Para imaginar esto, el maestro invita al discípulo a pensar la creación como un eje vertical, con un extremo que asciende hacia el principio de la unión de materia y forma —lo espiritual— y otro que desciende hacia el límite del reposo —lo corporal. Cuanto más se asciende, más simple y unido es el ser; cuanto más se desciende, más denso y dividido. El discípulo entiende que la materia es una, y que toda diversidad viene de las formas, que se imprimen en ella según la altura o profundidad de su manifestación.

La forma es llamada luz porque, al igual que la luz, penetra, manifiesta y revela lo que antes estaba oculto. La forma da ser y saca a la materia de su estado de privación, así como la luz revela lo que estaba en la oscuridad. Esta luz no es sensible sino inteligible, proveniente del verbo divino cuya mirada impone la forma en la materia. La forma no solo da ser, sino que también permite conocer, porque al hacerse presente ilumina y define.

En cuanto al lugar, se dice que la materia es el lugar de la forma porque la sostiene. Ambas, sin embargo, requieren de la voluntad para existir. El lugar no es solo espacial o físico, sino también espiritual. Así como la forma ocupa la materia, la voluntad sostiene a ambas. Lo mismo se dice del tiempo: no es solo una medida del cambio físico, sino una manifestación de la unión de los principios en los distintos niveles del ser.

La forma actúa sobre la materia, la perfecciona, la realiza. La materia, en cambio, está en potencia y no actúa por sí misma. No hay prioridad entre una y otra, porque siempre están unidas; pero la materia no tiene ser formal si no es por la forma, lo cual confirma que su existencia deriva de la forma y está subordinada a ella.

Ambas comenzaron a ser, no son eternas. Como todo lo que es procede de su contrario, el ser viene del no-ser, y la materia y la forma surgieron de la privación. Si hubieran existido siempre, habría un retroceso infinito en las causas. Pero al tener origen en la voluntad, tienen un principio y, por tanto, son finitas.

La unidad es el principio que une y mantiene juntas a la materia y la forma. Su unión no se entiende sin una fuerza superior que las vincule. Cuanto más se alejan del origen de la unidad, más se diversifican y se dispersan. Su cohesión es prueba de la influencia de esa unidad superior, que no permite que la creación se disgregue completamente. La separación es señal del alejamiento del origen; la unión, de su proximidad.

La unión de materia y forma, siendo esencialmente distintas, muestra el poder del principio creador. No hay semejanza entre ellas, pero la necesidad las une. Esa unión forzada por la voluntad es signo de obediencia y sumisión al principio supremo. La materia se mueve a la forma como el alma se mueve al conocimiento que no tiene. Busca completarse y perfeccionarse.

El movimiento de la materia hacia la forma se debe al deseo de alcanzar el bien, que es la unidad. Así como todo ser tiende hacia lo que lo perfecciona, la materia busca la forma. Pero no puede hacerlo sin una chispa de luz o deseo que proviene del origen. Aunque la materia no conoce por sí misma, su cercanía al principio le permite recibir esa inclinación hacia el bien. Su movimiento es deseo y amor, porque quiere unirse a aquello que le da ser.

El discípulo concluye que, si la materia se mueve hacia la forma por deseo del bien, debe haber alguna forma de conocimiento en ella. El maestro responde que, por estar próxima a la unidad, la materia recibe cierta capacidad de aprehensión, la cual se activa plenamente cuando se une a la forma. Entonces conoce, se perfecciona y se realiza, del mismo modo en que el aire se ilumina poco a poco con la llegada del sol. Así, la materia sale del no-ser al ser, impulsada por el deseo de alcanzar su perfección en la unión con la forma.

Materia, forma y voluntad

El Discípulo busca comprender el origen y la estructura del ser, guiado por el Maestro, quien lo introduce en una metafísica de gran profundidad. Desde el comienzo, se plantea que todo lo que existe, desde los seres más simples hasta los más perfectos, participa de un movimiento universal hacia el principio del que provienen. Todo ser busca al “hacedor primero” y se mueve hacia él, aunque lo hace de manera distinta según su cercanía o lejanía respecto a ese origen. Esta tendencia, que se manifiesta como deseo, aspiración o impulso interior, está presente en todos los niveles de la realidad: la materia particular desea una forma particular, como sucede con la materia de los vegetales o de los animales, que se mueve para alcanzar la forma que les corresponde. Del mismo modo, el alma sensible se orienta hacia las formas sensibles, y el alma racional hacia las inteligibles. Esta jerarquía del deseo revela un orden cósmico ascendente en el cual la materia, en su forma más baja, aspira a recibir cada vez formas más elevadas, pasando de la mineral, a la vegetal, a la sensible, a la racional y finalmente a la inteligible, hasta unirse con la forma de la inteligencia universal. A medida que los seres ascienden, el movimiento y el deseo disminuyen, ya que se acercan a la perfección, a la unidad, y por tanto, al descanso. Cuanto más perfecto es un ser, más estable es su acción, más simple y más duradera, y cuanto más se aproxima al origen de la unidad, su obrar es más uno, más intenso y sin tiempo, porque la acción pura no necesita extensión temporal.

El Maestro enseña que en el nivel más elevado de esta jerarquía está la unión perfecta entre materia y forma, mientras que en el nivel más bajo se halla la multiplicación y diversidad, producto de la condensación de la materia. Sin embargo, incluso en la diversidad, las cosas buscan la unidad. Las diferencias, las oposiciones, los géneros, especies y accidentes se mueven también hacia la concordia, porque en lo más profundo, la unidad lo vence todo, lo penetra todo y lo retiene todo. Así, el deseo de unión no es exclusivo de los seres superiores, sino que está presente también en los inferiores, donde hay mezcla, como reflejo imperfecto de la unión superior. Esta idea de unidad que lo abarca todo conduce a considerar los principios del ser: la materia y la forma no son autosuficientes; requieren de un tercer principio que les dé origen, dirección y cohesión. Aquí es donde el Maestro introduce el concepto central de la voluntad, como una virtud divina que no sólo une materia y forma, sino que las crea, las sostiene y actúa en ellas.

La voluntad no es materia ni forma, sino aquello que las trasciende y que las pone en movimiento. Es una fuerza espiritual que, como el alma en el cuerpo, como la luz en el aire o como la inteligencia en el alma, se difunde en todas las cosas y las transforma desde dentro. El movimiento, en tanto fuerza de obrar y padecer, proviene de la voluntad. Pero hay una diferencia esencial: la voluntad es propia de las substancias espirituales y confiere ciencia y vida; en cambio, el movimiento es propio de las substancias corporales, y permite la acción y la transformación en el mundo material. La voluntad es, por tanto, el principio por el cual todo se hace y todo se mueve. Su acción se adapta a la capacidad de las cosas: cuanto más espiritual es una sustancia, más plenamente recibe la acción de la voluntad; cuanto más corporal, más debilitada es esa recepción. Esta desigualdad no proviene de la voluntad misma, que es una y simple, sino de la diversidad de las sustancias que la reciben, lo que refleja su alejamiento o cercanía respecto del origen.

La voluntad es, así, el verdadero autor, y la materia y la forma son lo hecho. La voluntad produce la forma universal en la materia de la inteligencia, y también las formas particulares en las almas, dotándolas de vida, movimiento y conocimiento. En los cuerpos, la voluntad causa los movimientos locales, las figuras, las transformaciones. Pero en todos los casos, el principio es el mismo: todo movimiento y toda acción proviene de la voluntad, que actúa sin necesidad de tiempo ni de movimiento. El Discípulo, sorprendido, pregunta cómo puede la voluntad, siendo quietud en sí misma, llegar a ser causa de movimiento. El Maestro responde que esto se debe a la materia, que por su densidad y lejanía del origen no puede recibir la acción de la voluntad sin mediar el tiempo, y por tanto, es menester que sea movida a lo largo del tiempo. Así, el tiempo y el movimiento aparecen como consecuencias del estado imperfecto de la materia, no de la voluntad.

Para ilustrar cómo la voluntad actúa sobre la materia, el Maestro recurre a imágenes: la materia y la forma son como el aire y la luz, o como el cuerpo y el alma. La voluntad se difunde en ellas sin mezclarse, y su acción no les quita su ser, pero les da plenitud. También se dice que la voluntad es como el arte de escribir, la forma como la escritura misma, y la materia como el pergamino donde se inscribe. Esta comparación muestra que la voluntad es principio activo, la forma un resultado, y la materia el soporte pasivo. Además, se explica que, aunque la forma penetra la materia, no lo hace por sí misma, sino por la virtud que le da la voluntad. Por ello, se dice que la forma retiene a la materia, pero en verdad es la voluntad, a través de la forma, la que ejerce esa acción. La forma es el vínculo entre voluntad y materia, y recibe de la primera la capacidad de actuar sobre la segunda.

El Discípulo, ya profundamente iluminado, reconoce que ha comprendido la materia y la forma, que las ve ahora como un libro abierto, donde la forma son las letras y la materia el soporte. Pero desea saber si hay algo más allá, si hay un camino que lo lleve más arriba aún. El Maestro, entonces, le responde que la ascensión a la esencia primera, al origen absoluto, es imposible; pero sí es posible —aunque muy difícil— alcanzar el conocimiento de aquello que le sigue, es decir, de la voluntad. La materia y la forma son como dos puertas cerradas para la inteligencia; quien logra abrirlas y pasar a través de ellas, se convierte en un ser espiritual, divino, satisfecho, porque ha alcanzado la cercanía con la voluntad perfecta. La ciencia de la voluntad es, por tanto, la más alta de todas, y sólo ella puede dar sentido pleno a la existencia, porque es la que explica el origen, el orden y el fin de todas las cosas.

El Maestro concluye afirmando que todo lo que se manifiesta en la creación no es sino la impresión de la sabiduría divina en la materia, y que toda forma es un signo, una huella, una palabra pronunciada por el origen. Como en el caso del habla humana, donde la voz (materia) se ordena por el pensamiento (forma) gracias a la voluntad del hablante, así también en la creación: la materia universal es como la voz, la forma es como el concepto significado, y la voluntad es la que da unidad al conjunto. Esta analogía permite comprender que la creación es una especie de lenguaje divino, en el cual la voluntad expresa su sabiduría al imprimir formas en la materia. Y como en el lenguaje humano toda palabra necesita un autor, así también la materia y la forma necesitan de la voluntad que las produzca y las sostenga.

En el tramo final del diálogo, el Discípulo quiere saber qué queda después de este conocimiento. El Maestro le señala que el siguiente paso es conocer la causa por la cual todo es, esto es, la ciencia del universo divino, que es el todo máximo. Para llegar a esta ciencia dignísima, hay dos caminos: uno, conocer la voluntad tal como está infundida en la materia y la forma; otro, conocer la voluntad en su estado puro, sin mezcla de materia ni de forma. Este segundo camino exige una ascensión del alma, una elevación interior por la vía del conocimiento y del desapego. El fruto de ese estudio supremo es la liberación de la muerte y la unión con el origen de la vida. El auxilio para lograrlo es la purificación: alejarse de lo sensible, penetrar lo inteligible, y confiarse plenamente al Dador de la bondad. Solo así, la inteligencia se esclarece, el alma se eleva, y el ser humano se acerca al misterio de la creación y al conocimiento de la verdad.

Conclusión

El Libro V de la Fons Vitae cierra revelando que todo lo existente es expresión de una voluntad divina que, al unirse con la materia y la forma, da origen al ser. Conocer esta estructura no es solo comprender el mundo, sino prepararse para ascender espiritualmente hacia la fuente de la vida, donde cesa el movimiento y comienza la verdadera unidad.

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