lunes, 8 de diciembre de 2025

Ibn Jaldún (ابن خلدون.) - Vida y obra (1332 - 1406)

Considerado uno de los pensadores más originales del mundo islámico medieval, Ibn Jaldún (1332–1406) destacó como historiador, jurista, diplomático y visionario de las ciencias sociales. Su obra cumbre, la Muqaddima, anticipó conceptos modernos como la sociología, la economía política y la teoría del Estado, además de ofrecer una explicación profunda del ascenso y caída de las civilizaciones basada en la cohesión social (ʿasabiyya) y los ciclos históricos. Su vida, marcada por cargos políticos, viajes, exilios y encuentros con figuras como Tamerlán, nutrió una mirada crítica y sorprendentemente actual sobre el poder, la cultura y la naturaleza humana. Estudiarlo es descubrir un pensamiento que sigue iluminando nuestro presente.

IBN JALDÚN

VIDA Y OBRA

Familia

Antepasados

Su familia pertenecía, según la tradición, a la tribu árabe de Hadramaut, en el sur de Arabia, que habría emigrado al occidente islámico en los primeros siglos de expansión musulmana. Desde temprano se asentaron en al-Andalus, donde alcanzaron prestigio como juristas, funcionarios y hombres de letras, particularmente en Sevilla, ciudad en la que la familia floreció durante generaciones.

Señala que los Khaldūn descendían de un personaje vinculado a Waʾil ibn Ḥujr, un noble yemenita y uno de los ṣaḥāba, es decir, compañeros del profeta Mahoma. Sin embargo, esta información aun sigue en controversia. 

Padres

Su padre, Muhammad ibn Muhammad ibn Jaldún, fue un erudito formado en la tradición malikita, dedicado a la enseñanza, la escritura y el estudio del Corán; aunque provenía de una familia tradicionalmente involucrada en la administración y la política, él eligió una vida más intelectual y piadosa tras las convulsiones políticas que afectaron al Magreb. La madre de Ibn Jaldún, cuyo nombre no ha llegado a nosotros de manera segura en las fuentes, también pertenecía a una familia de origen andalusí asentada en Túnez, y murió —como su padre— durante la terrible epidemia de peste negra que azotó el norte de África en 1348. La educación inicial del joven Ibn Jaldún se vio profundamente marcada por este entorno familiar cultísimo y por la pérdida temprana de ambos padres, que lo dejó huérfano alrededor de los dieciséis años, impulsándolo a una vida de estudio, servicio político y reflexión sobre la fragilidad de las sociedades humanas.

Nacimiento

La Reconquista, el largo proceso mediante el cual los reinos cristianos avanzaron desde el norte de la península Ibérica para recuperar progresivamente los territorios musulmanes desde el siglo VIII al XV, marcó profundamente el destino de al-Andalus y de miles de familias. Uno de sus episodios decisivos fue la caída de Sevilla en 1248, cuando Fernando III de Castilla tomó la gran capital andalusí, obligando a gran parte de su población musulmana —entre ellos los antepasados de Ibn Jaldún— a abandonar la ciudad. Aquella élite andalusí, culta y experimentada en la administración, cruzó el estrecho y se instaló en el Magreb, donde encontró un mundo políticamente fragmentado pero intelectualmente vibrante, dividido entre hafsíes, meriníes y zayyānidas. Los hafsíes surgieron como una rama del Imperio almohade. Su nombre proviene de Abū Ḥafṣ ʿUmar, un importante líder de la tribu Hintata y cercano a los fundadores del movimiento almohade.

Inicialmente, eran gobernadores al servicio de los almohades en el norte de África. Sin embargo, cuando el poder almohade comenzó a debilitarse, aprovecharon la situación para independizarse. La familia Jaldún se asentó en Túnez, integrándose rápidamente en la alta burocracia y manteniendo viva la tradición intelectual que había florecido en Sevilla. 

No obstante, la inestabilidad política continuó marcando su destino. Golpes de poder, rebeliones e intrigas llevaron a la caída y persecución de algunos miembros de la familia. Uno de los abuelos de Ibn Jaldún fue encarcelado, despojado de sus bienes y finalmente ejecutado, lo que refleja la fragilidad de las posiciones políticas en ese tiempo.

En este contexto nació Ibn Jaldún en 1332, heredero de un linaje marcado por el exilio, la educación refinada y la experiencia política. La mezcla entre el recuerdo de al-Andalus perdido, la complejidad política del Magreb y la tradición familiar de servicio al Estado formó la matriz vital que alimentó su mirada crítica sobre la historia, el poder y el destino de las sociedades, y que culminaría en su obra magistral, la Muqaddima.

A pesar de estos acontecimientos, la familia logró mantenerse influyente. Algunos descendientes continuaron sirviendo en la corte, mientras otros optaron por retirarse de la vida política y dedicarse a la religión y al estudio. Este fue el caso del padre de Ibn Jaldún, quien abandonó la carrera pública para consagrarse al conocimiento, especialmente al estudio del Corán, la jurisprudencia islámica y la lengua árabe.

Su nombre es Abū Zayd ʿAbd al-Raḥmān ibn Muḥammad ibn Khaldūn al-Ḥaḍramī, más conocido como Ibn Jaldún.

Infancia

La infancia de Ibn Jaldún transcurrió en Túnez, en un ambiente privilegiado y profundamente intelectual, que marcó para siempre su formación. Creció rodeado de juristas, literatos, teólogos y funcionarios. Desde muy pequeño recibió una educación rigurosa en Corán, gramática árabe, poesía, lógica, jurisprudencia malikí y matemáticas, siguiendo el modelo clásico de las familias cultas del Magreb. Su padre, que había abandonado la política para dedicarse al estudio, supervisó personalmente su instrucción, mientras que su entorno familiar —refugiado de Sevilla tras la Reconquista— le transmitió el orgullo de un pasado andalusí perdido y la disciplina administrativa heredada de generaciones.

Educación

Desde joven, se dedicó intensamente al estudio del Corán, aprendiendo no solo su contenido de memoria, sino también sus distintas formas de recitación, conocidas como las “siete lecturas”, bajo la guía de maestros reconocidos. Esta formación religiosa fue profunda y sistemática, incluyendo múltiples repeticiones y análisis detallados.

Paralelamente, estudió obras fundamentales de la tradición islámica, como tratados sobre las tradiciones del Profeta (hadices), jurisprudencia y textos clásicos de enseñanza. Su educación no se limitó a lo religioso, ya que también cultivó con gran dedicación la lengua árabe, especialmente la gramática, la poesía y la filología, áreas en las que alcanzó un alto nivel de dominio. Asimismo, recibió autorizaciones formales de enseñanza (idjāzas), lo que acreditaba su conocimiento y le permitía transmitirlo.

Su padre desempeñó un rol esencial en su educación, especialmente en el ámbito de la lengua árabe. Bajo su dirección, Ibn Jaldún comenzó a estudiar gramática, disciplina que luego perfeccionó con maestros como ʿAbd Allāh Ibn al-ʿArabī al-Ḥaṣāʾirī, Ibn al-Shawwāsh al-Zarzālī y Abū al-ʿAbbās Ibn al-Qaṣṣār. Estos profesores le proporcionaron un dominio técnico del lenguaje, clave para su posterior trabajo como historiador y pensador.

Uno de los maestros más influyentes fue Abū ʿAbd Allāh Muḥammad Ibn Baḥr, a quien el propio Ibn Jaldún describe como un “océano” de conocimiento. Bajo su tutela, se adentró en la filología y la literatura árabe, memorizando poesía clásica y desarrollando una profunda sensibilidad lingüística. Esta formación le permitió manejar el idioma con gran precisión y elegancia.

En el ámbito de las tradiciones islámicas, Shams al-Dīn Muḥammad Ibn Jābir al-Qaysī fue una figura clave, ya que le enseñó importantes obras como el Muwatta y otros textos fundamentales. 

Finalmente, en el campo del derecho, estudió con maestros como Abū ʿAbd Allāh Ibn al-Jayyānī, Abū al-Qāsim Ibn al-Qaṣīr e Ibn ʿAbd al-Salām, quienes lo formaron en la jurisprudencia malikí.. En conjunto, todos estos maestros moldearon a Ibn Jaldún como un erudito completo, con una formación equilibrada entre religión, lengua y derecho.

Jaldún continuó ampliando su formación al entrar en contacto con grandes sabios que acompañaban al sultán Abū al-Ḥasan. Entre ellos destacó Abū ʿAbd Allāh Muḥammad Ibn Sulaymān as-Sittī, gran muftí malikí del Magreb, cuyas enseñanzas fueron especialmente útiles para profundizar en el derecho islámico. Asimismo, Abū Muḥammad ʿAbd al-Muhaymin al-Ḥaḍramī, reconocido tradicionista y gramático, influyó de manera decisiva en su formación, no solo transmitiéndole conocimientos sobre hadices y textos fundamentales.

Otro maestro relevante fue Abū al-ʿAbbās Aḥmad az-Zuāwī, especialista en recitación coránica, bajo cuya dirección Ibn Jaldún continuó perfeccionando su dominio de las lecturas del Corán en la gran mezquita. Sin embargo, la figura más influyente en el ámbito de las ciencias racionales fue Abū ʿAbd Allāh Muḥammad Ibn Ibrāhīm al-Ābbilī, un sabio profundamente versado en lógica, teología, jurisprudencia y matemáticas. Ibn Jaldún estudió con él de manera constante, logrando grandes avances y recibiendo incluso elogios directos de su maestro, lo que evidencia el impacto decisivo de su enseñanza en la formación filosófica del autor.

También mantuvo estrecha relación con Abū al-Qāsim ʿAbd Allāh Ibn Yuṣuf Ibn Riḍwān, jurista y secretario del sultán, quien destacaba por su erudición, su estilo literario y su dominio de diversas disciplinas. Aunque no fue formalmente su maestro, Ibn Jaldún se benefició de su conocimiento a través de la cercanía personal. En conjunto, estos sabios reforzaron su formación en derecho, tradiciones islámicas, ciencias racionales y literatura, completando así una educación excepcionalmente amplia y profunda.

La Peste Negra

Sin embargo, su infancia no estuvo exenta de tragedias: la Peste Negra de 1348 se llevó a su padre, a su madre y a varios de sus maestros, dejándolo huérfano a los dieciséis años. Este golpe tempranísimo lo forzó a ingresar prematuramente en la vida pública y alimentó su conciencia sobre la fragilidad de los ciclos sociales, un tema central en su obra posterior. De hecho, una de las frases que repetirá será la siguiente:

“Doblo la alfombra con todo lo que había sobre ella”

“los notables, los dirigentes y todos los sabios murieron, así como mis padres, sobre quienes sea la misericordia de Dios.”

Todo un mundo cultural fue arrancado de golpe; mueren los seres y también los pilares de su formación intelectual. Esto evidencia que la peste significó, para él, una ruptura vital y académica.

Esta pérdida casi lo llevó a abandonar sus estudios y emigrar a Mauritania, siguiendo a profesores y amigos que habían huido de la catástrofe.

A pesar de todas estas dificultades, Jaldún, ya adolescente, seguía teniendo ese ímpetu de curiosidad y conocimiento que lo caracterizaba. Asistió con regularidad a las clases de Abu Abdallah Al Abbalí, sin embargo, cuando éste fue llamado por el sultán Abu Inan, Jaldún fue requerido por su maestro para servir como secretario ante Abu Ishaq, el soberano. Posteriormente, su trayectoria da un giro hacia la vida pública cuando es invitado por Ibn Tafragīn, figura influyente en Túnez, a ocupar el cargo de secretario del “ʿalāma” al servicio del sultán Abū Isḥāq. Este cargo tenía una función simbólica y administrativa importante, pues consistía en escribir fórmulas oficiales en los documentos del soberano. Su nombramiento ocurre en un contexto político tenso, marcado por preparativos militares y amenazas externas, lo que evidencia que su ingreso al aparato estatal no fue solo académico, sino también político. Sería nombrado “portador del sello”.

Ser “portador del sello” significaba ocupar un cargo administrativo clave dentro de la corte, encargado de autenticar oficialmente los documentos emitidos por el soberano. En un sistema político donde la autoridad del sultán se expresaba por medio de decretos y cartas selladas, esta función era esencial: nada tenía validez sin el sello real. Ese cargo, aparentemente técnico, significaba entrar oficialmente en la burocracia estatal y participar en la emisión de decretos y documentos oficiales. 

A comienzos del año 753 (1352), partió desde Túnez junto a las tropas, aunque lo hizo con desgano, ya que le afectaba profundamente estar alejado de sus maestros y no poder continuar sus estudios. Su deseo era abandonar esa vida militar en cuanto tuviera la oportunidad.

Cuando las fuerzas meriníes comenzaron a retirarse de Ifrīqiya y regresaban al Magreb llevándose consigo a sabios y jeques, Ibn Jaldún vio en ello la ocasión ideal para reunirse nuevamente con el mundo del conocimiento. Sin embargo, su hermano mayor lo convenció de no hacerlo en ese momento, por lo que decidió permanecer en su cargo de secretario de la ʿalāma, manteniendo la esperanza de trasladarse más adelante.

Durante la campaña, el ejército al que acompañaba fue derrotado completamente en la llanura de Mermadjenna. Tras esta derrota, Ibn Jaldún huyó y se refugió en distintas ciudades, pasando por Obba, Tebessa y luego Gafsa, donde esperó a que las rutas fueran seguras para continuar su camino. 

En ese contexto, entra en contacto con el faqih (jurista) Muḥammad, hijo de Manṣūr Ibn Moznī. Este personaje había abandonado Túnez para unirse al emir Abū Zaid durante el sitio de la ciudad. Al mismo tiempo, llegan noticias de importantes acontecimientos en el Magreb: el sultán Abū Inān había tomado Tremecén, eliminado a sus gobernantes y continuado su avance, logrando también el control de Bugía mediante acuerdos políticos y nombrando nuevas autoridades.

Ante este escenario, el emir Abū Zaid decide levantar el sitio de Túnez y retirarse, pasando por Gafsa junto a Ibn Moznī. Es en ese momento cuando este último se encuentra con Ibn Jaldún y lo invita a acompañarlo hacia la región del Zab. Ibn Jaldún acepta, y al llegar a Biskra se instala en casa del hermano de Ibn Moznī, donde permanece durante el invierno.

Tras el nombramiento de ʿUmar Ibn ʿAlī como gobernador por parte del sultán Abū Inān, un liberto llamado Fareh conspiró contra él y logró que fuera asesinado mientras ejercía sus funciones. Aprovechando el caos, Fareh tomó el control de la ciudad e intentó consolidar su poder llamando en su apoyo al emir Abū Zaid. Sin embargo, los notables de Bugía, temiendo represalias del sultán, se sublevaron, mataron a Fareh y restauraron la obediencia al poder central.

Para reafirmar su autoridad, el sultán envió a su háyib (primer ministro) Muḥammad Ibn Abī ʿAmr con tropas y dignatarios, quien tomó posesión de la ciudad. En este contexto, Ibn Jaldún decidió dirigirse hacia el sultán en Tremecén, pero en el camino se encontró con Ibn Abī ʿAmr, quien lo trató con gran consideración y lo llevó consigo a Bugía. Allí, Ibn Jaldún quedó impresionado por el respeto y la atención que recibía, pese a su juventud.

Ibn Jaldún es incorporado directamente a la corte del sultán Abū Inān en Fez, marcando un avance decisivo en su carrera intelectual y política. Tras el regreso del sultán, los sabios comenzaron a reunirse en torno a él, y en una de esas asambleas se habló de Ibn Jaldún. Sus antiguos maestros lo recomendaron como un joven apto para participar en discusiones sobre derecho y literatura, por lo que el soberano ordenó su traslado a la corte. Una vez allí, fue integrado en los círculos científicos del sultán, se le concedió el honor de acompañarlo en la oración y, poco después, fue nombrado secretario encargado de redactar decisiones oficiales.

Aunque aceptó el cargo con cierta resistencia (le repugnaba) —pues no era una función tradicional en su familia—, continuó dedicándose intensamente al estudio. En Fez tuvo acceso a un ambiente intelectual de alto nivel, donde pudo aprender de sabios del Magreb y también de eruditos provenientes de Al-Ándalus. 

Entre los sabios más destacados de la corte se encontraban Ibn aṣ-Ṣaffār, especialista en las lecturas coránicas; al-Maqqarī, jurista y gran cadí de Fez; al-Sharīf al-Ḥasanī al-ʿAlawī, erudito en teología, filosofía y derecho; al-Bordjī, secretario de Estado y luego juez militar; y Ibn ʿAbd al-Razzāq, reconocido por su vasto saber. La cercanía con estas figuras consolidó la formación de Ibn Jaldún y lo integró plenamente en el mundo intelectual y político de su tiempo.

Carrera diplomática

Inicialmente, el sultán Abu Inan le otorgó gran confianza, integrándolo en su secretaría, permitiéndole participar en debates literarios del palacio y encargándole la redacción de documentos oficiales. Sin embargo, este ascenso despertó envidias y acusaciones en su contra, lo que llevó al sultán a desarrollar una fuerte aversión hacia él.

La situación se agravó por su cercanía con el príncipe hafsí Abū ʿAbd Allāh Muḥammad, antiguo emir de Bugía. Se difundieron rumores de que Ibn Jaldún colaboraría en la huida de este príncipe con la intención de convertirse en su primer ministro. A raíz de estas sospechas, el sultán ordenó su arresto, maltrato y encarcelamiento. Aunque el príncipe fue liberado rápidamente, Ibn Jaldún permaneció preso durante casi dos años.

Antes de morir, el sultán recibió un poema de 200 versos que Ibn Jaldún le había dirigido en súplica, lo que lo conmovió y lo llevó a prometer su liberación. Sin embargo, falleció poco después sin cumplir esa promesa. Tras su muerte, el nuevo regente ordenó liberar a Ibn Jaldún, le restituyó sus cargos y lo honró públicamente. A pesar de su deseo de regresar a su tierra natal, tuvo que permanecer en la corte, beneficiándose nuevamente del favor político.

Con la llegada de Abu Salim, Jaldún tuvo otras experiencias. Este príncipe decidió tomar el poder y se apoyó en diversas redes de lealtad, y fue a través de Ibn Marzūq que recurrió a Ibn Jaldún, confiando en sus vínculos con los jefes meriníes. Ibn Jaldún desempeñó entonces un papel importante al convencer a estos líderes de apoyar a Abū Sālim, contribuyendo así al éxito de su causa.

En medio de intrigas políticas, cambios de lealtades y un prolongado sitio en Fez, los jefes meriníes terminaron por abandonar al gobernante anterior y reconocer la autoridad de Abū Sālim. Ibn Jaldún formó parte de la delegación que fue a recibir al nuevo sultán y le comunicó los acontecimientos, alentándolo a marchar hacia la capital. Tras consolidarse en el poder y entrar en Fez en 1359, el sultán recompensó a Ibn Jaldún por su apoyo.

Como resultado, Ibn Jaldún fue nombrado secretario privado del sultán y encargado de la correspondencia oficial, es decir, director de la cancillería. En este cargo redactaba los documentos del Estado, destacando por su estilo claro y eficaz, aunque también dominaba formas más elaboradas como la prosa rimada. Él mismo decía que no había nadie como él. 

Durante el reinado de Abū Sālim, continuó desempeñando funciones importantes como secretario, dedicándose a la redacción de documentos oficiales y, en paralelo, cultivando la poesía. Con el tiempo, también fue encargado de la reparación de agravios, lo que le permitió intervenir en favor de personas que buscaban justicia.

Sin embargo, su posición se vio amenazada por la envidia y las intrigas, especialmente por parte de Ibn Marzūq, cuyas calumnias contribuyeron al clima de inestabilidad política que terminó con la caída y muerte del sultán. Tras estos acontecimientos, el nuevo hombre fuerte del Estado, el visir ʿUmar, lo confirmó en su cargo y aumentó sus beneficios. No obstante, Ibn Jaldún reconoce que su propia ambición y exceso de confianza deterioraron su relación con este visir, quien comenzó a mostrar frialdad hacia él.

Al ver que ʿUmar no le concedía el puesto que deseaba, Ibn Jaldún reaccionó alejándose de él: dejó de frecuentarlo y de asistir a la corte, mostrando abiertamente su descontento. Este distanciamiento provocó un cambio en la actitud del visir, quien pasó de la cercanía a la frialdad, deteriorándose completamente la relación entre ambos.

Además, la situación se agravó por el contexto político, ya que Ibn Jaldún intervino en favor del sultán de Granada, Muḥammad V, ayudándolo a recuperar poder en Al-Ándalus. Esto generó tensiones adicionales con ʿUmar, contribuyendo a la ruptura definitiva.

Ante esta situación, solicitó permiso para abandonar el país, pero inicialmente le fue negado por razones políticas. Persistió en su intención hasta que finalmente logró autorización para marcharse, con la única condición de no dirigirse a Tremecén. Decidió entonces partir hacia España, enviando previamente a su familia a Constantiná para resguardarla.

En España

A comienzos del año 764 (1362), llega a Ceuta, donde es recibido con extraordinaria hospitalidad por el sharif Abū al-ʿAbbās Aḥmad al-Ḥusaynī, quien lo aloja en su propia residencia y lo trata con un cuidado que él mismo compara con el de un soberano. Este gesto culmina simbólicamente cuando el anfitrión lo ayuda personalmente a embarcar rumbo a la península, mostrando el alto aprecio que ya despertaba.

Tras desembarcar en Gibraltar, Ibn Jaldún escribe al sultán de Granada, Muḥammad V, y a su visir Ibn al-Jaṭīb, anunciando su llegada. Continúa su viaje y, antes de entrar a la ciudad, recibe una respuesta cordial del visir, quien expresa su entusiasmo por recibirlo. Al día siguiente, es acogido con gran ceremonia: una comitiva de honor sale a su encuentro y el propio sultán lo recibe con muestras explícitas de gratitud por los servicios que anteriormente le había prestado. Le otorga un lugar destacado en su corte, lo convierte en su confidente y lo integra en su círculo más íntimo, participando incluso en sus actividades personales y recreativas.

Al año siguiente, su prestigio se traduce en una importante misión diplomática: es enviado ante el rey de Castilla, Pedro I, con el encargo de ratificar un tratado de paz. Lleva consigo valiosos presentes, como telas finas y caballos ricamente adornados. En Sevilla, ciudad vinculada a sus antepasados, observa con emoción los vestigios de su antiguo poder familiar. El rey castellano lo recibe con gran honor, influido en parte por las referencias de su médico, el judío Ibrāhīm Ibn Zarzar, quien conocía a Ibn Jaldún desde su estancia en el Magreb. El rey incluso le ofrece restituirle las propiedades de sus ancestros en Sevilla, gesto que Ibn Jaldún declina respetuosamente, manteniendo sin embargo la buena relación.

De regreso en Granada, el sultán recompensa sus servicios otorgándole una propiedad —la aldea de Elvira— como muestra de su satisfacción. Ibn Jaldún participa activamente en la vida cultural de la corte, especialmente en celebraciones religiosas y eventos oficiales, donde recita poemas de su autoría. Destacan su participación en la festividad del nacimiento del Profeta y en la ceremonia de circuncisión del hijo del sultán, donde compone y declama una casida acorde a la ocasión.

Ya instalado en España, gozando de la plena confianza del sultán Muḥammad V, logra reunir a su familia, que había quedado en el norte de África. A petición suya, el sultán organiza su traslado: viajan desde Constantina hasta Telmecén y luego embarcan rumbo a Almería en una nave dispuesta especialmente para ello. Ibn Jaldún acude personalmente a recibirlos y los instala en Granada en una casa bien provista, con jardín, tierras y todo lo necesario para una vida cómoda, lo que refleja el alto nivel de favor y estabilidad que había alcanzado.

Sin embargo, esta tranquilidad se ve amenazada por intrigas y envidias en la corte. Sus enemigos, mediante calumnias persistentes, logran despertar la sospecha del visir Ibn al-Jaṭīb, quien comienza a incomodarse por la cercanía de Ibn Jaldún con el sultán y por la estima que este le demuestra. Aunque el visir mantenía gran poder, no pudo evitar sentir recelo, y esta tensión se manifestó en su actitud hacia él.

En este contexto, Ibn Jaldún recibe cartas del emir Abū ʿAbd Allāh Muḥammad de Bugía, quien, tras recuperar el poder, lo invita a unirse a su corte. Viendo en esto una oportunidad, solicita al sultán de Granada permiso para partir. El sultán accede, aunque con pesar por su partida, y le proporciona los medios necesarios para el viaje, incluyendo un salvoconducto oficial. Ibn Jaldún, por lealtad a su amistad con el visir, decide no revelar las tensiones existentes.

En Bugía

Uno de los momentos más altos —y también más inestables— de la carrera política de Ibn Jaldún, cuando pasa de su experiencia en España a ocupar un cargo de poder absoluto en Bugía. Todo comienza con sus gestiones anteriores, gracias a las cuales el emir hafsí Abū ʿAbd Allāh logra regresar a su territorio. Antes de separarse, este príncipe le promete por escrito que, una vez consolidado en el poder, le otorgará el cargo de ḥājib, es decir, jefe de la administración del Estado, una función que implicaba dirigir el gobierno y servir de intermediario entre el soberano y sus funcionarios.

Tras su paso por Granada y su decisión de abandonar España, Ibn Jaldún viaja a Bugía en 1365. Su llegada es triunfal: es recibido con honores extraordinarios, acompañado por una comitiva de dignatarios, mientras la población lo aclama públicamente. El sultán lo recibe con entusiasmo, le agradece sus servicios y cumple su promesa nombrándolo ḥājib. Desde ese momento, Ibn Jaldún asume el control efectivo de la administración, organizando el Estado con energía y dedicación. Además, ejerce funciones religiosas y académicas, predicando en la mezquita y enseñando jurisprudencia.

Sin embargo, esta etapa de poder pronto se ve sacudida por conflictos políticos. Estalla una guerra entre el sultán de Bugía y su primo, el señor de Constantina, motivada por disputas territoriales. Ibn Jaldún participa activamente en la gestión del conflicto, incluso dirigiendo campañas contra tribus rebeldes para asegurar recursos fiscales. A pesar de estos esfuerzos, el sultán sufre una derrota militar y, poco después, muere en una emboscada mientras enfrentaba a su rival.

Tras la muerte del soberano, la situación se vuelve crítica. Algunos notables de la ciudad proponen proclamar a uno de sus hijos, pero Ibn Jaldún se niega a involucrarse en esa maniobra. En lugar de ello, decide salir de la ciudad y reconocer al vencedor, Abū al-ʿAbbās, a quien entrega Bugía. Este gesto le asegura inicialmente una buena acogida y restablece el orden.

No obstante, las intrigas vuelven a aparecer. Pronto comienzan a circular sospechas sobre él, presentándolo como un personaje peligroso. Ante este nuevo clima de desconfianza, Ibn Jaldún solicita permiso para retirarse. Aunque el nuevo sultán accede, lo hace con dudas, y poco después toma represalias indirectas, como el encarcelamiento de su hermano y el registro de su casa.

Finalmente, Ibn Jaldún abandona la región y se dirige hacia territorios donde espera encontrar apoyo, siendo acogido favorablemente por antiguos aliados. Incluso en la cúspide de su influencia, Ibn Jaldún se ve obligado a navegar entre alianzas, guerras, traiciones y cambios repentinos de fortuna. 

Jefe de gobierno

Tras su salida de Bugía, la detención de su familia y la confiscación de sus bienes por orden de Abū al-ʿAbbās, se encontraba en una situación incierta, refugiado entre tribus árabes. En ese contexto, el sultán de Tremecén, que preparaba una campaña contra Bugía, le envía una invitación para que se una a él, reconociendo su experiencia, sus relaciones con las tribus y su valor político. En un primer momento, Ibn Jaldún rechaza la propuesta, alegando la complejidad de su situación.

Sin embargo, el sultán insiste y le dirige una carta solemne, acompañada de una nota personal, en la que no solo lo invita nuevamente, sino que le ofrece un cargo de máxima relevancia: el de ḥājib (jefe de gobierno) y secretario de la ʿalāma. En la carta, Abū Ḥammū destaca sus cualidades intelectuales, su saber en ciencias y letras, su lealtad pasada y su idoneidad para ocupar un puesto tan elevado. Le promete además honores, riquezas, cercanía directa al poder y acceso a los secretos del Estado, asegurándole que no tendrá rivales en ese cargo.

El ofrecimiento refleja el alto prestigio que Ibn Jaldún había alcanzado, siendo considerado no solo como un administrador competente, sino como un hombre de confianza capaz de sostener el gobierno. Asimismo, muestra cómo los gobernantes de la época buscaban atraer a figuras como él para consolidar su poder, en un contexto donde la política dependía tanto de la fuerza como de la inteligencia y las alianzas.

Al servicio de Abu Hammu

Tras recibir las cartas del sultán Abū Ḥammū, fechadas el 27 de rajab del año 769 (20 de marzo de 1368), Ibn Jaldún decide colaborar indirectamente con él, aunque evita asumir personalmente el cargo ofrecido. En ese momento se encontraba en Biskra, y utiliza su influencia para convencer a las tribus árabes —especialmente los Dawāwida y otros grupos riyāḥidas— de abandonar a Abū al-ʿAbbās (señor de Bugía) y apoyar al sultán de Tremecén. Su gestión es exitosa: los jefes tribales cambian de bando y se integran en la causa de Abū Ḥammū.

A pesar de este éxito político, Ibn Jaldún ya se muestra cansado del poder. Decide no involucrarse directamente en la administración y envía a su hermano Yaḥyā como su representante ante el sultán, mientras él permanece en segundo plano, con la intención de volver al estudio. Sin embargo, sigue participando en la articulación de alianzas, especialmente en la coordinación entre Abū Ḥammū y el sultán de Túnez, Abū Isḥāq, fortaleciendo una alianza motivada por su enemistad común con Abū al-ʿAbbās.

La situación militar se deteriora rápidamente. La expedición contra Bugía fracasa, y al mismo tiempo surge un nuevo conflicto: Abū Zayyān, rival de Abū Ḥammū, provoca una guerra civil al refugiarse con la tribu de los Hoṣayn. Hacia mediados del año 769 (1368), el sultán lanza una campaña contra ellos en la región de Titteri, mientras Ibn Jaldún participa indirectamente organizando el despliegue de las tribus aliadas. Sin embargo, la operación fracasa: las fuerzas aliadas se dispersan ante el ataque de otras tribus (como los Zogba), y Abū Ḥammū se ve obligado a retirarse a Tremecén.

Durante los años siguientes, el sultán intenta recomponer su poder mediante nuevas alianzas. Finalmente, a fines del año 771 (julio de 1370), logra reunir fuerzas suficientes —incluyendo a los Zogba— y se prepara para una nueva campaña. Ibn Jaldún se reúne con él en el Baṭḥā y participa en gestiones diplomáticas, incluso interviniendo en ceremonias religiosas como la predicación oficial.

Sin embargo, la situación vuelve a cambiar abruptamente. Llegan noticias de que el sultán meriní ʿAbd al-ʿAzīz ha consolidado su poder en Marruecos tras un largo asedio, ejecutando a su rival. Ante la amenaza de una nueva invasión, Abū Ḥammū abandona sus planes militares y decide retirarse hacia el desierto. En ese contexto de incertidumbre, Ibn Jaldún concluye que le será imposible continuar su misión con las tribus, y decide partir hacia España.

Obtiene autorización para viajar y se dirige al puerto de Honein. Sin embargo, allí no encuentra embarcación disponible. En ese momento, es víctima de una falsa acusación: alguien informa al sultán meriní que Ibn Jaldún transporta un tesoro destinado al rey de Granada. Como consecuencia, es detenido por tropas enviadas desde Taza y conducido ante el sultán.

Durante el interrogatorio, Ibn Jaldún logra demostrar la falsedad de la acusación. El sultán, satisfecho con sus explicaciones e incluso interesado en su conocimiento sobre Bugía, ordena su liberación al día siguiente. Este episodio marca un punto decisivo en su vida: profundamente cansado de las intrigas, guerras y peligros constantes, decide retirarse de la vida política.

Partido de Abd-al-Aziz

Tras la ocupación de Tremecén por el sultán meriní ʿAbd al-ʿAzīz, Ibn Jaldún decide finalmente ponerse a su servicio, abandonando su intento previo de retirarse a la vida intelectual. Este cambio se produce cuando el nuevo soberano, consciente de su influencia sobre las tribus árabes del Magreb central, lo llama para que actúe como intermediario y atraiga a estas tribus —especialmente los Dawāwida y otros grupos riyāḥidas— hacia su causa.

En ese momento, Ibn Jaldún se encontraba retirado en el cenobio de Bu Medin, dedicado al estudio, pero ante la insistencia del sultán acepta la misión. Es recibido con honores, investido nuevamente y encargado oficialmente de transmitir las órdenes del soberano a las tribus. El día de la ʿĀshūrā del año 772 (principios de agosto de 1370), parte en dirección al Baṭḥā para iniciar su tarea política.

Avanza hacia el territorio de los riyāḥidas, llegando a la región de M’sila, donde logra un éxito importante: convence a los jefes tribales de reconocer la autoridad del sultán ʿAbd al-ʿAzīz. Gracias a su gestión, estos líderes envían delegaciones de sumisión al visir Abū Bakr Ibn Ghāzī, quien operaba en el terreno militar. Paralelamente, en Biskra, también consigue que otros jefes influyentes —como Yaʿqūb Ibn ʿAlī— acepten someterse al nuevo poder.

Sin embargo, la situación militar es volátil. Mientras se intenta consolidar el dominio sobre Bugía, se produce un giro inesperado: las fuerzas aliadas atacan el campamento de Abū Ḥammū (antiguo sultán de Tremecén), capturan sus bienes y dispersan a su familia. Este episodio ocurre en el contexto de las campañas que siguen a la reorganización del poder meriní en la región.

Posteriormente, Ibn Jaldún se dirige a Tremecén junto a una delegación de jefes tribales y es recibido con gran honor por el sultán. Sin embargo, la región sigue inestable: surgen nuevas rebeliones, como la de Ḥamza Ibn ʿAlī, lo que obliga al sultán a desplegar fuerzas para sofocar estos levantamientos. La represión es dura y ejemplar, buscando restablecer el orden en el Magreb central.

Más adelante, el conflicto se traslada a la montaña de Titteri. A comienzos del año 774 (julio de 1372), Ibn Jaldún recibe la orden de movilizar nuevamente a las tribus Dawāwida para colaborar en el asedio de la zona. Participa activamente en la coordinación de estas fuerzas, reuniéndose con el visir y asegurando la cooperación tribal. El sitio resulta efectivo: los enemigos, debilitados, abandonan sus posiciones y huyen hacia el desierto, dejando el territorio bajo control del sultán.

Ibn Jaldún recibe una nueva misión: capturar al rebelde Abū Zayyān. Sin embargo, al llegar a la región, descubre que este ha huido nuevamente, refugiándose en zonas desérticas. Con esto, la campaña pierde su objetivo inmediato. Ibn Jaldún regresa entonces a Biskra, donde se reúne con su familia y permanece a la espera de nuevas órdenes del sultán.

De vuelta en Magreb

Mientras Ibn Jaldún se encontraba en Biskra al servicio del sultán meriní ʿAbd al-ʿAzīz, vivía bajo la protección de Aḥmad Ibn Moznī, señor de la ciudad, quien ejercía gran influencia sobre las tribus riyāḥidas. Sin embargo, al notar que Ibn Jaldún comenzaba a tener ascendiente sobre esas mismas tribus, Ibn Moznī empezó a sentir celos y sospechas. Escuchó acusaciones en su contra y, en un arrebato, envió quejas al consejero del sultán. Como resultado, el propio sultán llamó a Ibn Jaldún a su presencia.

Ibn Jaldún partió entonces de Biskra con su familia el año 774, el día del Mawlid (10 de septiembre de 1372). Durante el viaje, al llegar a Miliana, recibió noticias decisivas: el sultán ʿAbd al-ʿAzīz había muerto y su hijo, aún niño, Abū Bakr Saʿīd, había sido proclamado bajo la tutela del visir Ibn Ghāzī. Este último, en un movimiento estratégico, se dirigía rápidamente hacia Fez con el joven soberano.

En medio de esta inestabilidad, Ibn Jaldún continuó su viaje acompañado por contingentes tribales. Sin embargo, la situación se volvió peligrosa cuando Abū Ḥammū, antiguo rival político, recuperó Tremecén y gran parte de la región. Al enterarse de que Ibn Jaldún transitaba por territorios cercanos, ordenó su captura. En el lugar llamado Ras al-ʿAyn, su grupo fue atacado: algunos lograron escapar a caballo, pero Ibn Jaldún y otros tuvieron que huir a pie, perdiendo todos sus bienes. Tras dos días de penoso avance por el desierto, lograron reunirse nuevamente en Debdou.

Finalmente, Ibn Jaldún llegó a Fez en el mes de ŷumādā de 774 (noviembre-diciembre de 1372). Allí fue recibido con gran honor por el visir Ibn Ghāzī, quien no solo lo acogió favorablemente, sino que le otorgó recompensas y lo reintegró a una posición destacada en el gobierno. Durante un tiempo, gozó de prestigio y estabilidad, participando en el consejo y dedicándose también al estudio.

No obstante, la situación política volvió a deteriorarse rápidamente. Estalló una nueva revolución que destronó al joven Saʿīd. Desde Granada, el sultán Muḥammad V intervino indirectamente enviando a África al príncipe meriní ʿAbd al-Raḥmān, quien fue proclamado en el Rif. Poco después, este reconoció como sultán a Abū al-ʿAbbās, y juntos sitiaron Fez, obligando al visir a rendirse. Abū al-ʿAbbās entró en la ciudad el 20 de junio de 1371 (según el texto, en referencia al proceso político previo), consolidando así un nuevo poder.

Donde los Aulad Arif

Tras salir de Fez junto al emir ʿAbd al-Raḥmān, Ibn Jaldún decide separarse de él y, gracias a la mediación de Wenzemmar Ibn ʿĀrif, obtiene finalmente autorización para regresar a España. En el mes de rabīʿ del año 776 (agosto-septiembre de 1374) desembarca en Al-Ándalus con la intención de establecerse definitivamente y dedicarse al estudio y la vida retirada. Al llegar a Granada, es recibido nuevamente por el sultán Muḥammad V (Ibn al-Aḥmar) con su habitual benevolencia.

Sin embargo, su situación pronto se complica. En Gibraltar se encuentra con Ibn Zamrak, sucesor de Ibn al-Jaṭīb como secretario de Estado, y le pide que gestione el traslado de su familia desde el Magreb. Pero los ministros meriníes se oponen, sospechando de Ibn Jaldún y temiendo su influencia política. Incluso presionan al sultán de Granada para que lo entregue o lo expulse, acusándolo de haber intervenido en el caso de Ibn al-Jaṭīb. Finalmente, el propio sultán, influido por estas sospechas y por informes adversos, ordena que Ibn Jaldún sea desembarcado en la costa africana, en Honein.

Por otro lado, un hecho que lo afectó profundamente fue la muerte de su amigo Lisān al-Dīn Ibn al-Khaṭīb (1313–1374). Ibn al-Khaṭīb y Ibn Jaldún se conocieron en la corte meriní de Fez. Admiraron mutuamente su talento, aunque también hubo tensiones: Ibn al-Khaṭīb vio en Ibn Jaldún a un joven brillante pero ambicioso. Ibn Jaldún reconoció en él a un maestro en diplomacia y literatura, aunque criticó ciertos excesos de su estilo. Ambos compartieron el drama del exilio, la política inestable y la caída en desgracia.

De regreso en el Magreb, su situación sigue siendo delicada. El sultán Abū Ḥammū, a quien anteriormente había combatido indirectamente, ve con recelo su presencia. No obstante, gracias a mediaciones, permite que Ibn Jaldún se establezca en Tremecén. Allí se instala en el cenobio de al-ʿUbbād. Poco después, el año 776, en la fiesta de la ruptura del ayuno (5 de marzo de 1375), su familia logra reunirse con él, marcando un momento de relativa estabilidad.

Aunque intenta llevar una vida dedicada al estudio y comienza a impartir lecciones públicas, el sultán intenta nuevamente involucrarlo en la política, encargándole una misión ante las tribus árabes Dawāwida. Ibn Jaldún, ya decidido a abandonar la vida pública, acepta solo en apariencia. En el camino, se desvía deliberadamente y se dirige hacia el territorio de los Awlād ʿĀrif, quienes lo reciben con honores. Allí decide establecerse definitivamente, haciendo llegar excusas al sultán para evitar cumplir la misión.

Posteriormente, se instala con su familia en Qalʿat Ibn Salāma, una fortaleza situada en territorio de los Banū Tūdjīn. En este lugar permanece durante cuatro años, completamente apartado de la política, en un ambiente de tranquilidad y recogimiento. Es en este retiro donde inicia la redacción de su gran obra histórica y filosófica, incluyendo la famosa Muqaddima (Prolegómenos), concebida como un proyecto original basado en una vasta recopilación de conocimientos.

Regreso a Tunez

Ibn Jaldún se instala en un amplio pabellón construido por Abū Bakr Ibn ʿĀrif y vive allí una etapa decisiva de retiro intelectual. Durante varios años se aleja completamente de la política del Magreb y de Tremecén, dedicándose exclusivamente a la redacción de su obra. En este período compone los Prolegómenos (Muqaddima) y comienza su historia universal, trabajando en gran parte de memoria. Sin embargo, una grave enfermedad amenaza su vida, lo que refuerza su deseo de abandonar el retiro y trasladarse a una ciudad donde pudiera acceder a libros y continuar su trabajo con mejores recursos.

Movido también por un impulso personal —volver a Túnez, su ciudad natal, donde estaban las tumbas de sus padres— solicita permiso al sultán hafsí Abū al-ʿAbbās. Este accede y lo invita a su corte. Ibn Jaldún inicia entonces su viaje en el mes de rajab del año 780 (octubre-noviembre de 1378), atravesando el desierto hasta Doucen y luego ascendiendo hacia las regiones del Tell. En el camino es acompañado por tribus aliadas hasta llegar al campamento del príncipe Ibrāhīm, hijo del sultán de Túnez, quien lo recibe con gran amabilidad y le permite dejar a su familia bajo su protección en Constantina.

Posteriormente, Ibn Jaldún se dirige a encontrarse con el sultán Abū al-ʿAbbās, a quien alcanza cerca de Susa. El soberano lo recibe con benevolencia, le consulta sobre asuntos importantes y luego lo envía a Túnez con instrucciones de que se le otorgue alojamiento, estipendio y todos los medios necesarios. Ibn Jaldún llega finalmente a Túnez en el mes de shaʿbān de 780 (noviembre-diciembre de 1378), donde se reúne con su familia y se establece en condiciones favorables bajo la protección del sultán.

Durante la ausencia del soberano —que se encontraba en campaña en el Djerid sofocando rebeliones—, Ibn Jaldún permanece en la ciudad. A su regreso, el sultán reafirma su confianza en él, admitiéndolo tanto en audiencias públicas como en conversaciones privadas. Sin embargo, como en etapas anteriores, su cercanía al poder despierta celos. Los cortesanos comienzan a intrigar contra él, pero al no lograr influir en el sultán, buscan apoyarse en su antiguo rival, Ibn ʿArafah, muftí e imán principal de la gran mezquita, quien ya lo detestaba desde su juventud.

La rivalidad se intensifica cuando Ibn Jaldún comienza a enseñar en Túnez, atrayendo a numerosos estudiantes, incluso discípulos del propio Ibn ʿArafah. Esto provoca un conflicto abierto: el muftí intenta impedir que los alumnos asistan a sus clases, sin éxito, lo que incrementa aún más su hostilidad.

Al mismo tiempo, continúan las intrigas cortesanas. Sus enemigos intentan desacreditarlo incluso en el ámbito cultural, acusándolo de no elogiar al sultán en poesía. Para contrarrestar estas calumnias, Ibn Jaldún decide presentar su obra al soberano y recitar un poema en su honor, justificando así su dedicación a estudios más serios.

Durante este período, completa partes importantes de su obra histórica, incluyendo la historia de los bereberes y de los zanata, así como relatos sobre las dinastías islámicas. Incluso entrega una copia de su trabajo a la biblioteca del sultán, a causa de que sus enemigos le decían al sultán que Jaldún no componía poesías para él porque no lo consideraba digno. Al presentarle la copia de la obra, Jaldún le dedicó un poema. 

Incapaces de perjudicarlo directamente, idean una estrategia más sutil: convencer al soberano de que su permanencia en la capital era peligrosa para el Estado. Incluso logran influir en el gobernador de Túnez, Fareḥ, haciéndole temer su presencia. Finalmente, Ibn ʿArafah presenta formalmente esta acusación ante el sultán.

Aunque el soberano inicialmente desestima estas advertencias, termina cediendo parcialmente a la presión y decide alejar a Ibn Jaldún de la capital. Le comunica entonces que emprenderá una campaña militar y que deberá acompañarlo. A pesar de su disgusto, Ibn Jaldún no tiene otra opción que obedecer. Parte con el ejército hacia Tebessa, desde donde el sultán planeaba continuar hacia Tozeur para recuperar la ciudad, que había sido tomada en el año 783 de la Hégira (1381-1382) por Ibn Yemloul.

Sin embargo, en el momento de abandonar Tebessa, el sultán cambia de decisión y le ordena regresar a Túnez. Ibn Jaldún vuelve entonces a la capital y se retira temporalmente a sus tierras en Ar-Raiḥān para ocuparse de sus cosechas. Posteriormente, regresa junto al sultán tras el éxito de la campaña.

La situación vuelve a tensionarse cuando el sultán prepara una nueva expedición, esta vez contra el Zab, en el mes de shaʿbān del año 784 (octubre de 1382), debido a que el gobernante de esa región protegía a su enemigo Ibn Yemloul. Temiendo verse nuevamente obligado a participar en una campaña militar —y probablemente deseoso de escapar definitivamente de las intrigas políticas—, Ibn Jaldún decide buscar una salida definitiva.

Aprovechando la presencia en el puerto de un barco con destino a Alejandría, solicita al sultán permiso para realizar la peregrinación a La Meca. El soberano accede. Así, Ibn Jaldún se dirige al puerto acompañado por numerosos estudiantes, cortesanos y figuras destacadas que acuden a despedirlo.

Finalmente, se embarca el 15 de shaʿbān del año 784 (25 de octubre de 1382). Con este viaje, logra liberarse del entorno político que durante años lo había rodeado y se encamina hacia una nueva etapa de su vida, orientada plenamente al estudio y la reflexión. 

En el Cairo

Ibn Jaldún llega a Alejandría el 1 de shawwāl del año 784 (noviembre de 1382), después de una travesía de aproximadamente cuarenta días. Poco antes de su llegada, el sultán mameluco al-Malik al-Ẓāhir Barqūq había tomado el poder, lo que confirma la inestabilidad política que también caracterizaba Oriente. Inicialmente permanece un mes en Alejandría con la intención de peregrinar a La Meca, pero por diversas circunstancias decide trasladarse a El Cairo.

Entra en esta ciudad el 1 de dhū al-ḥijja (5 de febrero de 1383), y queda profundamente impresionado por su grandeza, describiéndola como el centro del mundo islámico, una ciudad incomparable en población, riqueza y cultura. Poco después de su llegada, comienza a enseñar en la mezquita de al-Azhar, respondiendo a la demanda de estudiantes que buscan su enseñanza. El sultán lo recibe con favor, le concede una pensión y lo integra en el ambiente intelectual de la ciudad. Más adelante, es nombrado profesor en el colegio de al-Qamhiyya.

Su ascenso culmina cuando, en el año 786 (1384), el sultán lo nombra cadí malikí (juez supremo de la escuela malikí), uno de los cargos judiciales más importantes de Egipto. Aunque intenta rechazar el nombramiento, se ve obligado a aceptarlo. Desde ese momento, se dedica a ejercer la justicia con rigor, sin dejarse influir por el poder o el estatus social de las partes.

Durante su ejercicio como cadí, Ibn Jaldún emprende una profunda reforma del sistema judicial. Detecta graves irregularidades entre los ʿudūl (testigos oficiales), muchos de los cuales eran corruptos, manipulaban documentos o validaban actos fraudulentos. También denuncia abusos en el manejo de los waqf (bienes religiosos o fundaciones pías), que eran objeto de fraudes legales mediante artificios jurídicos. Frente a esto, actúa con severidad: sanciona a los culpables, excluye a testigos indignos y busca restablecer la integridad del sistema.

Asimismo, enfrenta problemas con los muftíes, quienes emitían dictámenes jurídicos contradictorios o interesados, muchas veces en contra de sentencias ya dictadas, favoreciendo a litigantes mediante maniobras legales. Ibn Jaldún intenta poner orden en este caos jurídico, limitando abusos y defendiendo una aplicación más estricta de la ley.

Estas reformas, sin embargo, le generan numerosos enemigos: falsos juristas, escribanos corruptos, grupos religiosos oportunistas e incluso sectores del aparato judicial se vuelven contra él. Se organizan para difamarlo, atacarlo en su honor e influir negativamente en el sultán. A pesar de ello, el soberano no da crédito a estas acusaciones y mantiene su confianza en él.

Jaldún mantiene una postura firme e inflexible en la administración de justicia, rechazando cualquier tipo de presión social o política. A pesar de las recomendaciones de sus colegas —quienes le sugerían favorecer a los poderosos o al menos “salvar las apariencias”—, él decide actuar con rigor absoluto, guiándose únicamente por la ley y la prueba. Esta actitud lo enfrenta directamente con otros jueces, muftíes y sectores influyentes que estaban acostumbrados a un sistema más flexible y corrupto.

Ante su negativa a ceder, sus adversarios forman una alianza contra él. Apoyan a quienes se quejan de sus decisiones, desacreditan sus fallos y buscan presentarlo como un juez arbitrario. Se genera un clima de fuerte oposición: se levantan voces en su contra y se intenta convencer al sultán de que su conducta es injusta. Incluso se reúne una gran asamblea de juristas para examinar las acusaciones. Sin embargo, Ibn Jaldún logra salir completamente absuelto, demostrando la rectitud de su proceder, lo que refuerza su posición ante el soberano.

Pese a este triunfo, las intrigas no cesan. Sus enemigos continúan actuando en secreto, influyendo sobre figuras cercanas al sultán y difundiendo acusaciones graves para dañar su reputación. Aunque muchas de estas calumnias son falsas, comienzan a afectar su imagen en la corte y a disminuir la benevolencia que antes le mostraban los hombres del gobierno.

En medio de estas tensiones, Ibn Jaldún sufre un golpe devastador en su vida personal: su familia, que viajaba desde el Magreb para reunirse con él, muere en un naufragio durante una tormenta. Este acontecimiento lo deja profundamente afectado, arrebatándole de una vez a sus seres queridos, su estabilidad emocional y gran parte de su felicidad.

A raíz de esta tragedia y del desgaste causado por los conflictos en la corte, considera renunciar a su cargo. Sin embargo, por prudencia y respeto al sultán, permanece un tiempo más en su puesto. Finalmente, el propio soberano accede a liberarlo de sus funciones, permitiéndole abandonar el cargo de cadí.

A partir de entonces, Ibn Jaldún se retira de la vida pública. Recupera su tranquilidad y es rodeado de respeto y simpatía por parte de la sociedad, que reconoce su integridad. Aunque conserva el favor del sultán y sus privilegios, decide consagrarse plenamente a la vida intelectual y espiritual: se dedica a la enseñanza, a la lectura del Corán y a la redacción de sus obras, orientando su vida hacia la reflexión y la búsqueda de la felicidad en la otra vida.

Peregrinación

Tres años después de su destitución como cadí —es decir, hacia 789 de la Hégira (1387)— Ibn Jaldún decide finalmente cumplir con la peregrinación a La Meca, uno de los grandes objetivos espirituales de su vida. Tras despedirse del sultán y de los emires, quienes lo proveen generosamente para el viaje, parte desde El Cairo a mediados del mes de ramaḍān de 789 (octubre de 1387) en dirección al puerto de Tor, ubicado en la costa oriental del mar Rojo.

El día 10 del mes siguiente (shawwāl de 789) se embarca en Tor, iniciando una travesía marítima que dura aproximadamente un mes, hasta llegar al puerto de Yenbo, en la costa de Arabia. Allí se encuentra con el maḥmil, la caravana oficial de peregrinos, a la cual se une para continuar el viaje por tierra hacia La Meca. Finalmente, arriba a la ciudad santa el 2 de dhū al-qaʿda de 789 (1387), donde cumple con todos los ritos de la peregrinación.

Tras completar el ḥajj, regresa al mes siguiente a Yenbo, donde permanece durante cincuenta días, esperando condiciones favorables para el viaje de retorno. Cuando finalmente embarca, los vientos contrarios impiden el arribo al puerto de Tor, obligando a la nave a desviarse y desembarcar en la costa occidental del mar Rojo, en el puerto de al-Qusayr.

Desde allí, Ibn Jaldún continúa el trayecto por tierra, escoltado por tribus árabes, hasta llegar a Qūṣ, en el Alto Egipto. Luego de un breve descanso, se embarca en el Nilo y, tras treinta días de navegación, regresa a El Cairo en el mes de ŷumādā (mayo-junio de 1388).

A su llegada, se presenta ante el sultán, informándole que había rezado por su prosperidad durante la peregrinación. El soberano lo recibe con gran cortesía y mantiene su protección hacia él. Aunque el sultán atraviesa posteriormente una crisis política, logra recuperar el trono, y con ello Ibn Jaldún continúa gozando de su favor.

Desde entonces, y hasta comienzos del año 797 (fines de octubre de 1394), Ibn Jaldún vive en un período de relativa paz: se dedica al estudio, la enseñanza y la vida retirada, disfrutando de buena salud y alejándose definitivamente de las turbulencias políticas que marcaron gran parte de su vida.

Vuelta a la vida pública

En el Cairo nuevamente

Tras su regreso de la peregrinación y su retiro dedicado al estudio, Ibn Jaldún vuelve a ser llamado a la vida pública en Egipto. El 10 de ramaḍān del año 801 (17 de mayo de 1399), mientras residía en una aldea del Fayum, recibe una orden para trasladarse a El Cairo y asumir nuevamente el cargo de cadí malikí. Este nombramiento es significativo, ya que el puesto había sido disputado incluso mediante ofrecimientos económicos que el sultán rechazó, lo que muestra la confianza depositada en él.

Cinco días después, el 15 de ramaḍān de 801 (1399), llega a El Cairo y asume el cargo, sucediendo a un cadí recientemente fallecido. Fiel a su carácter, inicia de inmediato una labor de reforma moral y judicial: investiga la conducta de los testigos, combate la corrupción y ordena el cierre de tabernas. Sin embargo, estas medidas severas generan resistencia, y muchas de sus reformas son revertidas tras su destitución.

El contexto político era altamente inestable. El mismo año, el 15 de shawwāl de 801 (21 de junio de 1399), muere el sultán Barqūq, quien había sido su principal protector. Esto debilita su posición y abre paso a nuevas intrigas. En este ambiente, los cargos judiciales se vuelven inestables y sujetos a constantes cambios.

Así, el 12 de muḥarram del año 803 (4 de septiembre de 1400), Ibn Jaldún es destituido de su cargo de gran cadí, siendo reemplazado por otro juez, aparentemente por compromisos políticos. Según otras fuentes, la causa principal fue su severidad en la aplicación de la justicia, que le generó numerosos enemigos. Incluso llega a ser detenido brevemente. Posteriormente, es designado profesor en un colegio malikí, retornando parcialmente a la vida académica.

Ese mismo año, la situación da un giro aún más dramático. En el mes de rabīʿ II de 803 (noviembre-diciembre de 1400), el sultán al-Nāṣir Faraj recibe noticias de que Tamerlán (Timur) ha conquistado Alepo. Temiendo la caída de Damasco, el sultán parte desde El Cairo hacia Siria con su ejército, acompañado por altos dignatarios, incluidos los principales cadíes de las distintas escuelas jurídicas.


En este contexto, Ibn Jaldún mantuvo inicialmente una posición protegida, dedicándose al estudio y la enseñanza. Sin embargo, pronto surgieron nuevas tensiones: el emir ʿAbd al-Raḥmān comenzó a mostrarle aprecio y a consultarlo frecuentemente, lo que despertó los celos del visir Muḥammad Ibn ʿUthmān. Este último logró influir en el sultán para que Ibn Jaldún fuera encarcelado.

La situación dio un giro inesperado cuando el propio emir ʿAbd al-Raḥmān intervino en su favor, declarando que abandonaría el campamento si no se le liberaba. Gracias a esta presión, Ibn Jaldún fue liberado pocos días después. Tras la separación de los dos soberanos, decidió acompañar al emir hacia Marruecos, aunque pronto, inseguro de su situación, optó por intentar regresar a España.

Con la ayuda de intermediarios, logró finalmente obtener el permiso del sultán, no sin dificultades y retrasos causados por opositores en la corte. Así, se preparó para abandonar nuevamente el Magreb, cerrando otra etapa marcada por intrigas, peligros y cambios constantes de poder.

Ibn Jaldún se ve envuelto en uno de los episodios más dramáticos de su vida. El 6 de ŷumādā I del año 803 (24 de diciembre de 1400), el sultán egipcio entra en Damasco con su ejército, pero al enterarse de la proximidad de las fuerzas de Timur, sale a enfrentarlo. Tras dos combates, la situación se vuelve crítica debido a la traición de varios emires mamelucos, que abandonan al sultán. Este, temiendo por su seguridad, huye secretamente hacia Egipto, dejando la ciudad prácticamente indefensa.

Damasco queda así a merced de Timur. Sus habitantes, al verse rodeados, intentan negociar enviando una delegación de notables, juristas y comerciantes. Sin embargo, la situación se deteriora rápidamente: Timur, tras exigir tributo, aprovecha una oportunidad para tomar la ciudad por la fuerza. Sigue entonces una devastación total: saqueos, ejecuciones, cautiverio masivo y el incendio de la ciudad.

En medio de este caos, Ibn Jaldún, que se encontraba en Damasco, toma una decisión extraordinaria. Desciende desde la muralla de la ciudad mediante una cuerda para dirigirse directamente al campamento de Timur. Este gesto muestra tanto su audacia como su capacidad de adaptación a situaciones extremas.

Al presentarse ante Timur, es recibido con gran respeto. El conquistador queda impresionado por su porte, su erudición y su capacidad discursiva. Lo acoge en su propio pabellón, lo honra y mantiene con él largas conversaciones. Durante estos encuentros, Timur le pide información detallada sobre el Magreb: sus territorios, tribus y organización. Ibn Jaldún incluso le presenta escritos sobre historia, incluyendo referencias al propio Timur, lo que despierta aún más el interés del conquistador.

En estas conversaciones, Timur llega a proponerle que lo acompañe a su imperio. Ibn Jaldún, con gran prudencia, responde que primero debe regresar a Egipto para resolver sus asuntos, prometiendo eventualmente ponerse a su servicio. Timur acepta esta explicación, satisfecho con su inteligencia y su actitud.

Finalmente, Ibn Jaldún obtiene permiso para partir, junto con otros prisioneros a quienes ayuda a liberar. Regresa a El Cairo el 1 de shaʿbān del año 803 (17 de marzo de 1401), portando un salvoconducto firmado por el propio Timur (“Timur Gurgan”).


Muerte de Ibn Jaldún

Tras su regreso desde Siria y su encuentro con Timur o Tamerlán, Ibn Jaldún vuelve a El Cairo en ramadán del año 803 (abril de 1401) y retoma rápidamente la vida pública. Ese mismo mes es nuevamente nombrado gran cadí malikí de Egipto, lo que demuestra que, pese a las intrigas y conflictos anteriores, seguía gozando de gran prestigio.

Sin embargo, esta etapa se caracteriza por una notable inestabilidad en el cargo. En el mes de ŷumādā II del año 804 (enero de 1402) es destituido y reemplazado. Poco después, en el mes de dhū al-ḥijja de 804 (julio de 1402), vuelve a ser nombrado cadí, pero nuevamente es sustituido en rabīʿ I de 806 (septiembre de 1403). Estos constantes cambios reflejan el contexto político de la época, en el que los cargos judiciales dependían de equilibrios de poder, influencias cortesanas y rivalidades personales.

A pesar de estas destituciones, Ibn Jaldún continúa siendo una figura indispensable. En el mes de shaʿbān de 807 (febrero de 1405) es nombrado por quinta vez gran cadí, aunque nuevamente es reemplazado en dhū al-qaʿda de 807 (mayo de 1405). Finalmente, en ramadán de 808 (marzo de 1406), vuelve a ocupar el cargo una vez más, en sustitución de su rival Al-Bisāṭī.

Sin embargo, este último nombramiento coincide con el final de su vida. Apenas unos días después, el 25 de ramadán de 808 (15 de marzo de 1406), Ibn Jaldún fallece en El Cairo, a la edad de 74 años.

Obras

Durante gran parte de su vida en el Occidente islámico, Ibn Jaldún alternó sus cargos diplomáticos y políticos con una actividad intensa de estudio, enseñanza y escritura. Aunque muchas de sus obras menores fueron producidas antes de 1375, se subraya que su producción más significativa solo apareció cuando logró encontrar un retiro estable en Qalʿat ibn Salamah. Allí, el intelectual liberado del caos político pudo convertirse plenamente en autor. El primer libro que completó, Lubāb al-Muḥaṣṣal, se sitúa en el campo teológico-filosófico y fue escrito a los 19 años bajo supervisión docente.

Otros textos de juventud, como el comentario a una poesía jurídica (usūl al-fiqh), fueron elaborados en periodos de viajes y cargos cortesanos. Escribió tratados sobre misticismo (como Shifā’ al-Sā’il) y deja abierta la discusión sobre la autoría de su autobiografía, cuestión que algunos disputan porque su tono subjetivo no encaja con el rigor que se espera del historiador. No obstante, la autobiografía está vinculada deliberadamente al Kitāb al-ʿIbar, reforzando la idea de que Ibn Jaldún entendía su vida como parte de su proyecto intelectual.

El momento decisivo llega cuando, retirado temporalmente del torbellino político del Magreb, Ibn Jaldún dedica casi cuatro años completos a redactar su obra monumental, el Kitāb al-ʿIbar, una historia universal centrada en los poderes musulmanes y en el devenir del mundo medieval. El libro se abre con una introducción extensa y metodológica —la Muqaddimah— que se convertirá en una obra independiente de enorme influencia. Esta introducción constituye el primer volumen de los siete que componen el Kitāb al-ʿIbar, y los seis restantes se dividen entre la historia musulmana del oriente y occidente.

Su aporte más original fue la creación de una filosofía de la historia y una ciencia de la sociedad humana. La Muqaddimah es presentada como un texto metodológico que formula principios generales para estudiar el desarrollo histórico, y pocos autores —según Toynbee— han producido una obra semejante. Ibn Jaldún afirma explícitamente que está inaugurando una ciencia nueva cuyo objeto es la civilización humana, sus instituciones y su organización social. Entre sus problemas principales destacan los factores naturales y no naturales que moldean el comportamiento humano, como el clima, la vida nómada, la geografía y los incentivos psicológicos. Uno de sus conceptos más influyentes, es el de ‘asabiyya, la cohesión grupal que impulsa a una tribu o grupo a conquistar el poder y fundar un Estado. 

Pensamiento

Filosofía

Ibn Jaldún ya había demostrado dominio de la teología y de la filosofía en obras como al-Muḥaṣṣal fī uṣūl al-dīn. Allí no innova mucho, pero sí resume, critica y ordena la tradición anterior con gran rigor. Su capacidad reside menos en crear un sistema propio y más en reorganizar el conocimiento existente, eliminar lo superfluo y aclarar lo esencial. Este método anticipa su estilo en la Muqaddimah: un espíritu sistemático y crítico que intenta ordenar la complejidad del saber islámico.

Sufismo

En Shifā’ al-sā’il, Ibn Jaldún aborda un tema central en su época: si es necesario un maestro sufí para alcanzar el camino espiritual. El problema requería una fatwā, pero él no se limitó a emitir un dictamen; elaboró un tratado completo sobre el sufismo. Su posición es ambivalente: por un lado reconoce el valor moral y religioso del sufismo, y lo integra dentro de la teología; por otro, lo encierra dentro de los límites del fiqh (jurisprudencia), no dentro de la metafísica. Con esto se distancia de al-Ghazālī, que distinguía entre bāṭin (interioridad mística) y ẓāhir (práctica externa). Ibn Jaldún rechaza esa división y reabsorbe el sufismo en lo jurídico-religioso. Su crítica tiene un objetivo claro: evitar que las experiencias místicas se conviertan en doctrinas filosóficas o en interpretaciones metafísicas desligadas de la ley islámica.

Para Ibn Jaldún la autoridad del maestro sufí se parece a la autoridad legal del profeta. Esto revela que él ve la vida espiritual no como un sistema metafísico sino como una forma elevada de obediencia religiosa. Lo místico es permitido siempre que se mantenga dentro del marco de la Sharī‘ah. De esta forma, Ibn Jaldún respeta la experiencia espiritual pero se opone a su uso para construir doctrinas ontológicas independientes.

Intelecto

Ibn Jaldún utiliza una metáfora potente:

“El intelecto es una balanza apropiada para pesar oro, pero a veces se usa indebidamente para pesar montañas.”

Esto significa que la razón es válida y precisa, pero tiene límites naturales. No se puede usar para cuestiones que van más allá de sus capacidades, como la esencia de Dios, la profecía o el mundo del más allá. Intentarlo no invalida a la razón, sino que la descoloca de su función propia. Esta idea coincide con la línea de al-Ghazālī: razón sí, pero dentro de sus límites.

Felicidad

Ibn Jaldún critica la tesis filosófica —de raíces avicenianas— según la cual la felicidad consiste en conocer las cosas tal como son y unirse al intelecto activo. Para él, esa unión intelectual promete una beatitud irreal, porque supone que la mente humana puede abarcar la totalidad del ser. En su visión, ni la existencia entera es cognoscible por la mente humana, ni la felicidad suprema se alcanza por especulación racional sino por obediencia revelada.

Historia

Ibn Jaldún entiende la historia como una ciencia que busca comprender las causas de los acontecimientos humanos. En la Muqaddima explica que el historiador debe investigar los hechos, analizarlos racionalmente y no aceptar versiones sin crítica. Para él, la historia debe indagar por qué ocurren los fenómenos sociales y políticos, y no limitarse a repetir relatos provenientes de cronistas anteriores. En su reflexión insiste en que la historia es también una ciencia social, porque requiere observar la organización de las sociedades, su economía, sus costumbres, su religión y sus instituciones. Según Ibn Jaldún, solo comprendiendo estos elementos es posible explicar el surgimiento y la caída de los Estados, la aparición de nuevas dinastías o el fracaso de otras. Así, la historia deja de ser un simple registro para transformarse en una disciplina interpretativa.

Ibn Jaldún es crítico de los historiadores tradicionales, a quienes acusa de aceptar relatos fantásticos, exageraciones o propaganda política. Dice que muchos episodios transmitidos por la tradición son inverosímiles si se comparan con las leyes que gobiernan la vida social. Por eso propone verificar, contrastar y examinar racionalmente toda noticia histórica, aplicando un criterio científico y no meramente narrativo.

Concibe la historia como una filosofía de la sociedad, cuyo objeto es descubrir las reglas que rigen la vida colectiva y los ciclos de nacimiento, apogeo y decadencia de los Estados. Su teoría de la ‘asabiyya muestra cómo la fuerza grupal origina nuevas potencias políticas, pero también cómo el lujo y la corrupción conducen a la decadencia. En este sentido, la historia es una lección para el presente y un instrumento para comprender la fragilidad del poder humano. 

Economía

Al abordar la obra de Ibn Jaldún, es importante evitar una lectura anacrónica que lo sitúe directamente dentro de categorías modernas. En rigor, no puede considerarse un economista en el sentido técnico contemporáneo, ya que no desarrolló una disciplina autónoma ni un sistema formal de teoría económica como los que surgirán siglos después. Su pensamiento no separa la economía como un campo independiente, sino que la integra dentro de una visión más amplia donde confluyen la política, la religión, la moral y la vida social. Sin embargo, esta constatación no disminuye en absoluto la profundidad ni la originalidad de su obra. 

Por el contrario, Ibn Jaldún destaca precisamente por su capacidad para observar con extraordinaria lucidez fenómenos como el trabajo, los impuestos, la producción o el rol del poder, insertándolos en un análisis global de las sociedades y su devenir histórico. Así, más que un economista en sentido estricto, se presenta como un pensador de enorme alcance, cuya reflexión permite comprender lo económico en su contexto más amplio y verdaderamente humano.

Assabiya

Uno de los aportes más influyentes es su concepto de ʿasabiyyah: cohesión social, solidaridad grupal o sentimiento de pertenencia colectiva. Según Ibn Jaldún, la fuerza de una civilización depende del grado de cohesión entre sus miembros. Grupos pequeños —al comienzo tribales o nómadas— pueden conquistar y formar Estados gracias a una fuerte ʿasabiyyah; pero cuando el lujo, la corrupción y la comodidad debilitan esa cohesión, la sociedad entra en decadencia. Esta explicación cíclica del auge y caída de civilizaciones es una teoría sociológica completa, no sólo una observación histórica.

Su sociología es también multidimensional: analiza la relación entre organización política, economía, urbanismo, cultura y religión. Distingue entre sociedades nómadas y sedentarias, explica la formación de ciudades y la división del trabajo, y describe cómo surgen las burocracias y las instituciones. Además, incorpora factores psicológicos, religiosos y culturales, integrándolos en un análisis global del cambio social. De esta forma, anticipa enfoques que hoy llamaríamos sociología política, sociología urbana y sociología económica.

La frase de los tiempos difíciles

La frase Tiempos difíciles crean hombres fuertes; hombres fuertes crean buenos tiempos; buenos tiempos crean hombres débiles; hombres débiles crean tiempos difíciles” suele atribuirse con frecuencia al historiador y pensador musulmán Ibn Jaldún, pero en realidad no aparece en sus obras. En particular, no se encuentra en su obra más importante, la Muqaddimah, donde desarrolla su famosa teoría sobre el origen, desarrollo y decadencia de las civilizaciones. La atribución es, por tanto, incorrecta desde el punto de vista histórico.

La confusión surge porque el pensamiento de Ibn Jaldún contiene una teoría histórica que, en cierto modo, recuerda la idea resumida por esa frase. En su análisis de la historia, Ibn Jaldún explica que las sociedades atraviesan ciclos. Los grupos que viven en condiciones duras —especialmente en regiones desérticas o en la periferia de los grandes imperios— desarrollan una fuerte cohesión social que él denomina ʿasabiyya. Esta solidaridad colectiva les otorga disciplina, resistencia y capacidad militar, lo que les permite conquistar ciudades o imperios más ricos pero debilitados.

Una vez que esos grupos alcanzan el poder y se establecen en las ciudades, comienza un proceso gradual de transformación. La prosperidad, el lujo y la estabilidad generan comodidad y reducen el espíritu de sacrificio que había permitido la conquista inicial. Con el paso de las generaciones, esa cohesión social se debilita. Los descendientes de los conquistadores se acostumbran a una vida más fácil y pierden la fortaleza y disciplina de sus antepasados.

Como consecuencia de ese debilitamiento interno, el poder termina pasando a otro grupo que aún conserva una fuerte cohesión social y una vida más austera. De esta manera, Ibn Jaldún describe un ciclo de ascenso y decadencia de las dinastías, que suele extenderse aproximadamente durante tres o cuatro generaciones. Su análisis es considerado uno de los primeros intentos sistemáticos de explicar científicamente los procesos históricos y el funcionamiento de las sociedades.

La formulación moderna de la frase que circula hoy en redes sociales no proviene de Ibn Jaldún, sino que suele atribuirse al escritor contemporáneo G. Michael Hopf, quien la incluyó en su novela Those Who Remain publicada en 2016. Allí aparece prácticamente con la misma estructura que hoy se difunde ampliamente en internet.

Conclusión

Ibn Jaldún fue mucho más que un historiador: fue el primer gran anatomista de las civilizaciones. Desde los tribunales mamelucos hasta las tribus del Magreb, observó el poder desde adentro y desde sus márgenes, y transformó esa experiencia en una teoría capaz de explicar por qué nacen, florecen y caen los imperios. En un mundo marcado por guerras, exilios y epidemias, convirtió el caos político en pensamiento sistemático y abrió una puerta que la sociología, la ciencia política y la filosofía apenas siglos después comenzarían a recorrer. Su legado no está en el pasado: sigue latiendo cada vez que intentamos comprender por qué la historia —como la vida— nunca permanece quieta.

sábado, 6 de diciembre de 2025

Plutarco - Moralia: Cómo sacar provecho de los enemigos

Plutarco nos invita, en este brillante tratado, a mirar el conflicto desde un ángulo inesperado: el enemigo como maestro involuntario. A través de una carta inicial a Cornelio Pulcher y un exordio que fija el tono, el autor despliega una idea audaz: los adversarios, lejos de ser obstáculos, pueden convertirse en los más rigurosos artesanos de nuestro carácter. Sus críticas nos fuerzan a la sobriedad, sus ataques nos exigen control, y su vigilancia constante nos obliga a vivir con mayor virtud que nunca. En esta obra —alimentada por ecos cínicos y peripatéticos— Plutarco muestra que los enemigos son espejos severos, capaces de revelar nuestros defectos y de templar nuestro ánimo mejor que muchos amigos. Convertir la hostilidad en ocasión de excelencia: esa es la sorprendente lección que este tratado pone en nuestras manos.

CÓMO SACAR PROVECHO DE LOS ENEMIGOS

Capítulo 1. La inevitabilidad del enemigo y su función en la vida política

Plutarco inicia su tratado dirigiéndose a Cornelio Pulcher, a quien reconoce por haber adoptado un estilo de gobierno suave, útil para el Estado y agradable para quienes tratan con él. Sin embargo, incluso un político moderado no puede escapar a la enemistad: la vida pública, afirma Plutarco, produce envidia, celos y rivalidades con la misma inevitabilidad con que un territorio produce animales salvajes. La anécdota de Quilón —que preguntaba si quien dice no tener enemigos carece también de amigos— subraya que la enemistad es un fenómeno social ligado inseparablemente a la amistad y a la participación activa en la comunidad. Con esta base, Plutarco recurre a Jenofonte, quien enseñaba que el hombre inteligente sabe sacar provecho incluso de los enemigos. A partir de esa idea, el autor presenta el tratado como un complemento práctico a sus Preceptos políticos, orientado a mostrar no solo cómo evitar el daño, sino cómo convertir la enemistad en instrumento de fortalecimiento moral.

Capítulo 2. Convertir lo adverso en recurso: metáforas naturales y ejemplos filosóficos

Plutarco despliega una serie de comparaciones que ilustran cómo aquello que parece hostil puede transformarse en fuente de utilidad. Tal como los antiguos buscaban solo evitar el ataque de las fieras, pero sus herederos aprendieron a obtener de ellas alimento, abrigo y medicinas, así también el político debe aprender a extraer provecho del enemigo. El agricultor utiliza incluso los árboles infecundos, y el cazador, animales indomesticables; del mismo modo, quien vive rodeado de adversarios —algo inevitable en la vida pública— debe descubrir el arte que permite utilizar esa hostilidad para mejorar su propio carácter. Plutarco amplía esta idea con imágenes como el mar, peligroso pero navegable, o el fuego, que quema al imprudente pero ilumina y calienta al hábil. Finalmente, apela a ejemplos filosóficos: Diógenes, Crates, Zenón y otros que transformaron enfermedades, trabajos, pérdidas y destierros en oportunidades de sabiduría y libertad interior. Así, como los animales robustos digieren incluso sustancias dañinas, el sabio convierte la adversidad —y especialmente la enemistad— en ocasión de virtud, mientras que el necio destruye incluso aquello que le es favorable.

Capítulo 3. Cómo la vigilancia del enemigo puede hacernos más prudentes y virtuosos

El enemigo, movido por la hostilidad, observa nuestra vida con una atención que muchas veces ni siquiera nuestros amigos tienen. Revisa nuestras acciones, examina nuestras decisiones, indaga a través de familiares y conocidos, busca fallas, errores y debilidades. Esta vigilancia constante actúa como una presión moral que nos obliga a vivir con mayor cautela, moderación y autocontrol. Lo que en otro contexto sería una carga, aquí se convierte en una fuente indirecta de disciplina.

Plutarco utiliza imágenes contundentes: así como los buitres solo perciben cuerpos muertos, los enemigos perciben las “zonas enfermas” de nuestra vida: descuidos, malas decisiones, errores domésticos o afectivos. Precisamente por eso, sabiendo que la mirada del enemigo está alerta, el hombre prudente se esforzará en no dar ocasión a la censura, viviendo con rectitud, control de pasiones y sentido de responsabilidad. Con el tiempo —dice Plutarco— esta vigilancia produce una “costumbre de vivir bien”. Es decir, el hábito moral, una disciplina constante semejante a la de una ciudad que, acosada por guerras, acaba organizándose mejor. El enemigo se transforma, así, en una especie de supervisor involuntario que nos protege de la negligencia y del exceso de confianza.

Cuando Roma eliminó a Cartago y quedó sin rivales, Escipión Nasica advirtió que, precisamente entonces, corría mayor peligro, porque ya no tenía a nadie a quien temer ni ante quien avergonzarse. La ausencia de enemigos puede engendrar relajación, decadencia e imprudencia; su presencia, en cambio, obliga a la sobriedad. Por eso Plutarco afirma que la enemistad, si se usa correctamente, puede conducir a una vida más ordenada, prudente y virtuosa.

Capítulo 4. La mejor venganza: superarse moralmente y vivir mejor que el enemigo

La enseñanza se vuelve aquí explícita: la venganza verdaderamente filosófica no consiste en dañar al enemigo, sino en ser mejor que él. Plutarco recoge un dicho de Diógenes: “¿Cómo vengarme de mi enemigo? Siendo bueno y honrado.” Esta respuesta resume toda la estrategia moral del capítulo: la virtud es la forma más eficaz de superar al adversario. El enemigo sufre cuando ve prosperar al rival, cuando observa que vive con rectitud, es respetado y admirado. No puede soportar perder en la comparación moral. Así, la virtud del sujeto es el arma más hiriente para quien lo odia, porque lo derrota en aquello que él mismo considera superior.

Plutarco insiste en que la humillación moral del enemigo no se logra insultándolo, denunciando sus defectos o haciéndolo quedar en ridículo, sino perfeccionándose uno mismo. Si el enemigo te acusa de ignorante, cultiva más el estudio; si te tacha de cobarde, demuestra valentía; si te llama libertino, practica la templanza. Lo decisivo es no caer en aquello que él critica, para que la censura rebote contra quien la pronuncia. Así como el viento del nordeste arrastra las nubes, la vida mala atrae sobre sí misma los reproches. Quien obra mal no necesita enemigos para ser condenado: es su propia conducta la que lo delata.

Capítulo 5. La corrección personal como respuesta a la censura del enemigo

Ante el mal ajeno, el sabio debe volver la mirada hacia sí mismo. Cita a Platón, quien al ver conductas torpes en otros se preguntaba si él mismo no tendría esos mismos defectos. De esta manera introduce la idea de que toda crítica, especialmente la que proviene de un enemigo, ofrece ocasión de examen y rectificación. Una censura sólo tiene valor si impulsa a corregir la propia conducta; de lo contrario, se vuelve vana y ridícula. Por eso Plutarco recuerda ejemplos irónicos: quien es calvo no debería burlarse del calvo, ni quien carga su propia desgracia culpar a los otros por la misma. El discurso muestra que ridiculizar lo que uno también padece produce un efecto boomerang moral: la crítica vuelve contra el que la formula, como un reproche que se revierte.

Nadie debería injuriar a otro si no está en condiciones de ser irreprochable en lo mismo. La censura moral exige coherencia entre lo que se critica y la propia vida. Por eso afirma que el mandato “conócete a ti mismo” alcanza su máxima exigencia en el que critica a otros: para no oír contra sí aquello mismo que pronuncia contra el prójimo. Así, el enemigo —al acusar— obliga al sujeto a preguntarse si su reproche no señala, indirectamente, su propio defecto. La censura ajena se vuelve espejo.

Capítulo 6. Saber escuchar la injuria: el enemigo como corrector involuntario.

Plutarco critica a quienes, al ser acusados, no examinan si la censura es justa, sino que buscan atacar a quien censura. Ambos terminan cubiertos de “polvo moral”, ensuciándose mutuamente. El sabio, por el contrario, debe purificarse de la falta señalada, incluso si la crítica es exagerada o injusta. Porque una acusación falsa puede, no obstante, indicar la apariencia de un defecto, y por ello invita a examinar si existe una falta parecida o próxima. Plutarco aporta ejemplos históricos de sospechas infundadas que, sin embargo, tenían una causa aparente (el peinado de Lacedes, el gesto de Pompeyo, la relación de Craso con una vestal). Incluso acusaciones falsas permiten descubrir comportamientos imprudentes, apariencias dañinas o señales ambiguas. Hasta la sospecha injusta puede servir para corregir actitudes.

Capítulo 7. Cuando la acusación es falsa: la sospecha como ocasión de examen interior

Plutarco continúa desarrollando la idea de que incluso la mentira o la acusación injusta pueden servir para nuestro bien si aprendemos a examinarlas correctamente. La actitud natural sería despreciar la calumnia por ser falsa; sin embargo, el autor recomienda preguntarse qué apariencia, gesto, relación o costumbre pudo dar ocasión a esa sospecha. La clave está en averiguar si existe algo en nuestra conducta que, sin ser un vicio real, se parezca demasiado a él y permita la interpretación maliciosa. Aun una acusación infundada se convierte así en señal de vigilancia sobre uno mismo.

Plutarco apoya esta tesis en varios ejemplos. La cita de Mérope, según la cual el destino convierte el dolor en sabiduría, expresa la idea de que la adversidad —en este caso, la enemistad— puede enseñar. Y la anécdota de Hierón muestra cómo incluso un defecto evidente puede ser ignorado por los más cercanos, mientras que el enemigo lo percibe inmediatamente. La explicación es psicológica: el amor ciega, el odio observa. De este modo, el enemigo funciona como un maestro involuntario que detecta aspectos de nuestra vida que los próximos no ven. La hostilidad ajena se convierte, paradójicamente, en fuente de autoconocimiento, si es recibida con humildad y prudencia.

Capítulo 8. Dominar la lengua: el silencio como virtud frente al ultraje

Plutarco traslada la utilidad del enemigo al terreno de la disciplina emocional. La lengua, dice, es difícil de gobernar porque está ligada a pasiones fuertes como la cólera; por eso, una palabra impulsiva puede acarrear graves consecuencias, tanto humanas como divinas. Frente a la injuria, el impulso natural es responder, pero Plutarco propone lo contrario: callar. El silencio no solo evita conflictos mayores, sino que constituye un ejercicio ético que fortalece el alma.

Manejar la ira ante los enemigos entrena el ánimo para convivir sin violencia con los cercanos: el cónyuge, los amigos, los padres. La virtud consiste en contener la reacción inmediata que busca devolver el golpe. La idea central es que el enemigo sirve como “gimnasio moral”: si logras soportar al adversario que te insulta, con mayor razón serás capaz de tolerar las molestias de la vida cotidiana. Así, la enemistad se convierte en un ejercicio de autocontrol y preparación para las relaciones humanas más difíciles.

Capítulo 9. La generosidad hacia el enemigo como ejercicio supremo de virtud

Debemos demostrar mayor magnanimidad y honradez frente a los enemigos que frente a los amigos. La razón es simple: hacer bien al amigo es esperado y relativamente fácil, pero hacer el bien al enemigo cuando está necesitado revela verdadera grandeza moral. Incluso renunciar a una oportunidad de venganza constituye una victoria ética más alta que la represalia. Plutarco ejemplifica esta enseñanza con casos históricos: César, al restaurar las estatuas de Pompeyo, no solo honró al rival caído sino que engrandeció su propia fama; el gesto noble hacia el adversario repercute en beneficio propio.

Quien aprende a alabar justamente a sus enemigos, estará mucho más lejos de sentir celos o resentimiento cuando vea prosperar a sus amigos o familiares. La enemistad contiene pasiones peligrosas —odio, envidia, rencor— que, si no son controladas, se arraigan y contaminan todas las relaciones, incluso las cercanas. Por eso Plutarco advierte que comportarse con astucia, engaño o malicia “solo contra los enemigos” es peligroso: estas prácticas, si se convierten en hábito, terminan aplicándose también contra los amigos. Así, el enemigo sirve como ocasión para extirpar esas pasiones y transformarlas en virtud: generosidad, justicia, altura de ánimo. La anécdota de Escauro (que devuelve al esclavo espía a su amo) y la conducta de Catón (que no aprovechaba la información obtenida por medios ilícitos) muestran que la justicia frente al enemigo prepara la justicia frente al amigo. La excelencia moral con el adversario purifica la conducta completa.

Capítulo 10. Convertir la rivalidad en mejora personal: el enemigo como motor de superación

Plutarco explora una utilidad psicológica adicional de la enemistad: canalizar la rivalidad y la envidia hacia un objetivo positivo. La naturaleza humana —dice— produce inevitablemente celos y competitividad. Estas pasiones, si no encuentran una “salida” adecuada, pueden dirigirse peligrosamente contra amigos, familiares o colegas. Tener un enemigo visible permite desviar esas pulsiones lejos de las relaciones cercanas, exactamente como los antiguos recomendaban dejar algunos adversarios en la ciudad para evitar conflictos internos.

Pero Plutarco no se queda en la contención negativa: propone transformar la rivalidad en emulación virtuosa. En lugar de resentirse por los éxitos del enemigo, hay que preguntarse por qué los obtiene, qué cualidades o esfuerzos lo han llevado a triunfar, e intentar superarlo en diligencia, inteligencia o laboriosidad. La referencia a Temístocles es ejemplar: la victoria de Milcíades no lo martirizaba por envidia, sino que lo impulsaba a superarse. La envidia improductiva —sentirse mal por el éxito ajeno sin hacer nada— es inútil y corrosiva. En cambio, la rivalidad activa convierte al enemigo en estímulo para la excelencia. Así, Plutarco culmina el argumento: la enemistad, si se usa con sabiduría, no solo disciplina la vida moral, sino que despierta un deseo de perfección personal que, al final, beneficia al propio carácter y a la ciudad.

Capítulo 11. La virtud frente al éxito del enemigo: la verdadera victoria

Incluso cuando los enemigos obtienen poder por medios indignos —adulación en palacio, corrupción, compra de voluntades, maniobras políticas— eso no debería provocarnos irritación, sino casi alivio, porque nos ofrece la oportunidad de contrastar nuestra conducta con la suya. Mientras ellos ascienden por intrigas, nosotros podemos sostener una vida limpia, libre y honesta, recordando que, según Platón, ninguna riqueza se compara con la virtud. También recupera a Solón para insistir en la idea esencial: la excelencia moral nunca se cambia por privilegios materiales ni honores conseguidos a través del vicio.

No hay que alegrarse sin más por los fracasos del enemigo ni entristecerse por sus éxitos; eso sería pasivo e inútil. En cambio, hay que aprender de ambos: de sus errores, guardándonos de cometerlos; de sus aciertos, imitando aquello que sea noble, evitando lo que derive de la maldad. Se trata, en definitiva, de un arte ético: convertir la enemistad en una escuela moral permanente. Plutarco deja claro que el enemigo no es un obstáculo para la virtud, sino una ocasión para perfeccionarla, y que la verdadera victoria no está en vencer al rival, sino en ser mejor que él por virtud propia.

Conclusión

La enseñanza final de Plutarco es rotunda: el enemigo no es solo un peligro, sino una oportunidad moral. Lejos de hundirnos en la venganza, la envidia o el resentimiento, su presencia obliga a vigilar nuestra conducta, a corregir nuestros defectos, a cultivar la templanza, el silencio, la prudencia y la justicia. El enemigo nos observa, nos juzga y nos empuja —sin quererlo— a vivir con mayor rectitud. Por eso, convertir su hostilidad en una escuela de virtud es la victoria más alta: ganar no cuando el otro cae, sino cuando nosotros ascendemos moralmente gracias a él.

Plutarco - Moralia: Sobre la virtud moral

Este breve tratado sobre la virtud moral es, en realidad, una pieza clave para comprender cómo Plutarco concibe el alma humana y el origen mismo de la virtud. Aquí, el autor no solo polemiza con los estoicos –acusándolos de reducir las pasiones a simples juicios–, sino que reivindica con audacia la herencia platónica y aristotélica para mostrar que la virtud nace del equilibrio entre las fuerzas racionales y afectivas del alma. Se trata, pues, de una obra menos ornamentada que otras, pero sorprendentemente incisiva, donde Plutarco desvela su visión más íntima sobre la formación moral del ser humano.

SOBRE LA VIRTUD MORAL

Plutarco nos dice el objetivo central del tratado: explicará qué es la virtud moral, cómo se diferencia de la virtud contemplativa, de qué manera se relaciona con la parte racional del alma y qué papel desempeñan las pasiones en su constitución. La afirmación inicial es fundamental: la virtud moral tiene como “materia” la pasión y como “forma” la razón, lo que implica que la vida ética no depende solo de un razonamiento abstracto, sino del modo en que la razón ordena, regula y da forma a los impulsos afectivos. Plutarco plantea: si la parte del alma donde se asienta la virtud posee razón propia o solo participa de la racionalidad superior del entendimiento. Incluso anticipa la tesis de que la virtud puede existir sin mezcla de pasiones, lo cual remite a la discusión acerca de si la vida moral es purificación o armonización. Antes de exponer su postura, decide revisar brevemente la tradición, para fundamentar mejor sus propias conclusiones.

Menedemo y Aristón defendían la idea de que todas las virtudes son esencialmente una misma realidad, pero que reciben nombres distintos según la situación en que actúan, del mismo modo que la visión es una pero se denomina “blanca” o “negra” según el color percibido. Esta postura unitaria también aparece en Zenón, fundador del estoicismo, quien interpretaba las virtudes como expresiones diferentes de un solo conocimiento práctico. Con ello, la prudencia, la templanza, la justicia o la fortaleza serían modalidades de un mismo saber orientado a la acción recta.

Plutarco, sin embargo, advierte que este intento de reducir la pluralidad de virtudes puede llevar a posiciones insostenibles. Así critica a Crisipo, quien trató de derivar nuevas virtudes a partir de adjetivos éticos, multiplicando innecesariamente los nombres y términos, lo que a juicio de Plutarco —siguiendo una observación atribuida a Platón— termina generando un “enjambre” de categorías que oscurecen más que aclaran. Al mostrar estos excesos, Plutarco prepara al lector para su propia tesis: la virtud moral debe ser comprendida desde una estructura del alma en la que razón y pasión se articulan, evitando tanto la reducción a una sola virtud indiferenciada como la proliferación artificial de virtudes puramente nominales.

Plutarco recoge la tesis común de los filósofos mencionados: para ellos la virtud es una disposición de la parte racional del alma y, en último término, una razón estable y correcta. Según esta visión, lo irracional no sería una parte distinta del alma, sino la misma razón cuando se desordena a causa de juicios erróneos y de impulsos excesivos. Así, lo pasional no tendría una naturaleza propia, sino que sería la razón “pervertida”. Plutarco reconoce que esta explicación tiene coherencia interna, pero advierte que todos estos filósofos pasan por alto un problema decisivo: el ser humano está compuesto por una doble realidad interna, y no basta entender las pasiones como un simple desvío intelectual para comprender la estructura moral.

A partir de aquí, Plutarco desarrolla una concepción más compleja del alma. Afirma que en su interior hay un verdadero “compuesto” entre razón e irracionalidad, como si una parte ajena se añadiera a la otra: no es solo una razón que se vuelve pasional, sino una mezcla de elementos distintos. Esta tesis se apoya en tradiciones antiguas que reconocen esa dualidad, desde la música pitagórica —capaz de armonizar la parte indómita del alma— hasta la psicología platónica, que describió la coexistencia entre la facultad racional y los impulsos concupiscibles e irascibles. De este modo, Plutarco introduce una antropología más rica, donde la educación moral debe actuar no solo mediante argumentos, sino mediante persuasiones más amplias que “moldeen” la parte rebelde del alma.

El alma humana imita la estructura del alma del mundo y, por lo tanto, contiene principios diversos que pueden entrar en conflicto. La razón está llamada a gobernar, pero necesita un “vigilante” sobre las fuerzas que tienden hacia el placer o la ira. Plutarco adopta el esquema tripartito platónico —razón, irascible, concupiscible—, aunque también señala que Aristóteles reinterpretó esta división, reconduciendo la ira al ámbito del deseo. Con ello, Plutarco muestra que ambas tradiciones coinciden en reconocer una distinción fundamental dentro del alma, capaz de explicar por qué el ser humano puede actuar contra la razón y, al mismo tiempo, ser educado hacia una vida virtuosa.

 ¿Cómo puede algo “irracional” obedecer a la razón? Para él, los que se sorprenden de esa obediencia no han considerado la enorme fuerza persuasiva de la razón, la cual gobierna no mediante violencia, sino mediante dirección suave y eficaz. Plutarco ofrece ejemplos fisiológicos: el cuerpo —irracional por naturaleza— responde a la intención racional con absoluta obediencia; basta querer correr para que los pies se dispongan al movimiento. La parte irracional del alma puede someterse espontáneamente a la guía racional, del mismo modo que el cuerpo obedece a la mente sin resistencia visible.

Plutarco utiliza luego un célebre pasaje de la Odisea para mostrar cómo incluso las emociones intensas pueden plegarse a la decisión racional. Ulises, conmovido hasta las lágrimas, logra contener sus impulsos para no delatar su identidad, ejemplo que ilustra el poder de la razón sobre la afectividad más profunda. El argumento se refuerza con casos cotidianos: el cuerpo se inhibe ante deseos ilícitos (como el enamoramiento inadvertido de un pariente), o incluso reacciona con rechazo físico —náuseas, vómitos— cuando la razón descubre que algo placentero fue ilícito. 

A continuación, Plutarco recurre a ejemplos musicales y animales para profundizar la idea de obediencia; incluso instrumentos inanimados parecen “acompañar” pasiones humanas cuando son dirigidos por manos racionales. Si objetos y animales pueden adaptarse al orden racional, cuánto más lo hará la parte irracional del alma, que no está separada de la razón, sino vinculada a ella de manera natural. El propósito es eliminar la idea de que la razón domina por imposición externa: gobierna porque forma parte de una estructura interna común con las pasiones.

Plutarco llega entonces al punto doctrinal decisivo: lo “moral” (éthos) designa la cualidad adquirida del elemento irracional, moldeado por la razón mediante la costumbre. No se trata de suprimir la pasión, sino de darle forma, límite y medida. Aquí aparece el principio aristotélico del “término medio”: las virtudes éticas son hábitos adquiridos que ordenan los impulsos, transformando la potencia pasional en una disposición estable conforme a la razón.

Distingue tres realidades: facultad, pasión y hábito. La facultad es la capacidad natural (por ejemplo, ser irascible o temeroso), la pasión es el movimiento de esa capacidad (ira, vergüenza, valentía), y el hábito es la configuración adquirida por la costumbre. Si la razón conduce mal, esa configuración se convierte en vicio; si guía rectamente, se convierte en virtud. 

Virtus moral y virtud contemplativa

Plutarco precisa la diferencia entre virtud moral y virtud contemplativa, mostrando que no todas las virtudes son “término medio” ni pueden llamarse éticas. Parte de una distinción fundamental: algunas realidades existen por sí mismas —como el cielo o el mar—, mientras que otras existen en relación con nosotros —bien y mal, placer y dolor—. La razón puede ocuparse de ambas, pero cuando atiende a las primeras se vuelve contemplativa, y cuando se orienta a las segundas se transforma en deliberativa y práctica. De aquí surge una diferencia esencial: la sabiduría versa sobre lo inmutable y eterno; la prudencia, en cambio, sobre lo cambiante, incierto y humano.

Plutarco explica que la prudencia necesita deliberación porque sus objetos son variables, sujetos al azar y a las pasiones. En cambio, la sabiduría no delibera sobre lo que es siempre igual, como sucede con las certezas matemáticas: el geómetra no “delibera” sobre la suma de ángulos de un triángulo, simplemente la conoce. Así, mientras la sabiduría se mueve en el ámbito de lo eterno, la prudencia debe convivir con la contingencia, y por eso está más expuesta a la confusión del impulso irracional. 

La virtud moral aparece cuando la razón consigue regular los impulsos, evitando tanto el exceso como la falta. Plutarco se apoya explícitamente en Aristóteles: el acierto es uno, el error es múltiple; dar en el punto justo es difícil porque requiere ajustar continuamente la fuerza de la pasión. Según nuestra disposición, podemos “pasarnos” o “quedarnos cortos”, y justamente en esa oscilación interviene la razón práctica, que corrige, modera, anima o detiene según las circunstancias. Es aquí donde la virtud moral se manifiesta como término medio, no en el sentido de tibieza, sino como justa medida del movimiento pasional.

Por último, Plutarco aclara que no todas las virtudes son término medio: la sabiduría no depende de las pasiones y constituye la culminación autosuficiente de la razón. La virtud moral, en cambio, necesita las pasiones como instrumento para actuar en el mundo. No destruye lo irracional, sino que lo ordena y lo pone al servicio del bien práctico. Así, la ética no consiste en una eliminación de la afectividad, sino en su transformación racional: la pasión, lejos de ser un obstáculo, es el material con el que la razón construye la excelencia moral.

El “término medio” y la diferencia entre templar, dominar y destruir las pasiones

Plutarco comienza aclarando que el término medio puede entenderse de muchas maneras (como mezcla, como punto proporcional, como indiferencia), pero insiste en que la virtud moral no debe entenderse como mezcla de vicios ni como una neutralidad sin pasiones. La virtud es término medio solo en sentido musical, como una nota justa que evita lo demasiado agudo y lo demasiado grave. Las virtudes concretas (valor, liberalidad, mansedumbre, templanza, justicia) son ejemplos claros: cada una se sitúa entre dos extremos que distorsionan la vida afectiva y social.

La pasión y la razón son realmente distintas, porque si fueran la misma cosa, no podría haber diferencia entre ser templado y dominarse por la fuerza. Cuando la razón gobierna la pasión de manera natural y amable, hablamos de templanza; en cambio, cuando la razón logra imponerse con lucha y resistencia, se trata de autodominio, que ya no es virtud perfecta, sino algo intermedio, una especie de combate interior aún no resuelto. El mito platónico del carro ayuda a comprender este punto: un caballo dócil obedece, pero el otro es rebelde y obliga al cochero a contenerlo.

De aquí surge otra distinción clave: incontinencia y licencia no son lo mismo. El licencioso actúa sin siquiera oponer razón a la pasión: su deseo se vuelve también juicio, de modo que hay una complicidad interior entre querer y aprobar lo que se quiere. En la incontinencia, en cambio, la razón aún juzga correctamente, pero es arrastrada por el impulso: el sujeto quiere el mal “a pesar suyo”, reconociendo que se aleja del bien. La diferencia se ve en sus palabras: el licencioso celebra el placer como fin supremo; el incontinente se lamenta y reconoce su debilidad, como alguien que es empujado por una fuerza que no logra resistir.

Plutarco presenta la incontinencia como propia de un alma “sofística”: tiene razón, pero una razón que no consigue mantenerse firme ante la presión del deseo. Esto confirma que la virtud moral solo aparece cuando la razón transforma la pasión desde dentro, convirtiendo el antiguo impulso en movimiento ajustado, moderado y voluntario. En el fondo, la excelencia ética consiste en que lo irracional llegue a querer lo que la razón quiere, y no solo a obedecerla por la fuerza: ese es el verdadero “término medio” que Plutarco busca explicar.

La contraposición moral entre continencia, templanza, incontinencia y desenfreno

Así como existe una diferencia entre incontinencia y desenfreno, también hay una entre continencia y templanza. La incontinencia aún conserva remordimiento y pena, mientras que el desenfreno ha eliminado esa voz interior. Paralelamente, la continencia (dominio forzoso sobre el deseo) es distinta de la verdadera templanza (armonía estable entre razón y pasión). El alma verdaderamente templada experimenta una calma interior semejante a un mar sereno, porque la razón ha logrado convencer a la parte irracional y convertirla en colaboradora dócil.

Plutarco ofrece imágenes muy expresivas para mostrar este proceso: la razón puede apagar los impulsos violentos y hacer que los deseos se comporten como “potrillo destetado”, es decir, dócil y dispuesto a seguir sin violencia. Esta mansedumbre no proviene de represión externa, sino de la transformación interna de la pasión. La verdadera virtud consiste en querer lo que la razón quiere; por eso el filósofo es el único que realiza voluntariamente lo que los demás solo hacen obligados por la ley o el miedo.

Luego Plutarco critica abiertamente la tesis estoica según la cual pasión y razón serían la misma cosa en distintos momentos. Si así fuera, no percibiríamos lucha interior, y sin embargo todos sentimos el conflicto entre lo que deseamos y lo que racionalmente juzgamos correcto. Plutarco recurre a un argumento fenomenológico: la experiencia misma del combate interno prueba que hay dos fuerzas reales en el alma. La razón intenta dominar, la pasión resiste, y ambos movimientos se perciben como distintos.

Para reforzar su crítica, distingue entre deliberación racional pura (propia de la contemplación) y deliberación práctica, donde intervienen placer, miedo, ambición o dolor. Allí donde hay mezcla con lo pasional, la razón queda turbada y su juicio se vuelve cuesta arriba. En cambio, en temas puramente intelectuales, la revisión de opiniones no produce dolor ni perturbación, porque la parte irracional no interviene: abandonar una teoría matemática no es lo mismo que renunciar a un deseo.

Cuando la razón combate a la pasión, la división del alma se vuelve evidente, porque la lucha produce dolor y tensión. En cambio, cuando dos razonamientos científicos se corrigen mutuamente, no hay pena, solo duda o revisión racional. Esta diferencia confirma su tesis: la virtud moral se juega en la relación entre dos elementos distintos del alma. La excelencia ética, entonces, no es solo pensar correctamente, sino lograr que la parte irracional se pliegue voluntariamente al gobierno de la razón.

Cuando la pasión coopera con la razón

Si pasión y razón fueran lo mismo, no tendría sentido hablar de acuerdo, porque no puede haber acuerdo entre aquello que es idéntico consigo mismo. Sin embargo, Plutarco observa múltiples situaciones humanas en que la pasión parece ponerse del lado de la razón, intensificando sus decisiones y convirtiendo el deber racional en afecto profundo.

El ejemplo más claro es el amor: uno puede enamorarse de manera irracional y dañina, pero también puede amar justamente a quien es digno de virtud. En este último caso, la pasión acompaña la elección racional y no la contradice. Lo mismo ocurre cuando se siente ira justa frente a un tirano o injusticia, en contraste con la ira irracional contra quienes merecen respeto. Este contraste muestra que la pasión tiene una raíz distinta, pero puede ser educada para servir a la razón.

Plutarco describe también un proceso afectivo más lento: el afecto que surge con el tiempo en el matrimonio o en la relación maestro-discípulo. Primero hay una decisión racional —casarse conforme a la ley, o admirar al maestro por su utilidad—, pero luego la convivencia y la experiencia engendran una pasión que refuerza esa decisión. El afecto nace no contra la razón, sino a partir de ella, como prolongación afectiva de una elección correcta.

Con ello Plutarco demuestra que la pasión no es necesariamente enemiga de la razón: puede ser llevada, persuadida y transformada en colaboradora del bien. La pasión es materia dúctil que, cuando es guiada rectamente, fortalece las decisiones racionales y contribuye a la estabilidad moral. Precisamente en esa posibilidad de cooperación reside el fundamento de la virtud ética, entendida como armonía entre lo que la razón manda y lo que el alma desea.

La pasión no se reduce a juicio: crítica a las “evasiones” estoicas

Plutarco vuelve a cuestionar la doctrina estoica que identifica las pasiones con juicios erróneos. Observa que los propios estoicos, forzados por la evidencia de la experiencia, suavizan el vocabulario para evitar llamar “pasión” a lo que en realidad es pasión, rebautizando el miedo como “precaución”, la vergüenza como “respeto” o el placer como “alegría”. Plutarco no rechaza el uso de nuevos nombres si estos se aplican correctamente a pasiones reguladas por la razón; su crítica apunta a la maniobra lingüística cuando los estoicos cambian el nombre precisamente para negar la naturaleza pasional de fenómenos que manifiestan corporalmente temor, temblor o estremecimiento. Según Plutarco, esto ya no es filosofía sino sofistería verbal.

Plutarco concede, no obstante, un punto positivo: cuando los estoicos reconocen “pasiones buenas”, aceptan implícitamente que la pasión puede existir bien orientada y que no todo sentimiento debe ser eliminado. Aquí Plutarco encuentra terreno común: una pasión es “buena” si la razón no la destruye, sino que la ordena. Pero inmediatamente plantea la objeción decisiva: si la pasión fuera solo juicio, amar u odiar seguiría necesariamente al juicio racional de amar u odiar; sin embargo, ocurre lo contrario. Muchas veces sabemos racionalmente quién merece nuestro afecto, pero sentimentalmente nos inclinamos hacia otra persona, e incluso lo hacemos a pesar de nuestro propio juicio.

De este modo, Plutarco apunta a la contradicción interna de los estoicos: si la pasión fuera idéntica al juicio, no podría desobedecerlo. Pero como la pasión se suma a unos juicios y desobedece a otros, se evidencia que son facultades distintas, como también es distinto lo que mueve y lo que es movido. Incluso Crisipo —máxima autoridad estoica— tuvo que reconocer que fortaleza y continencia son hábitos que siguen a la elección racional, lo que implica que algo en el alma puede obedecer (o no) a esa elección. Plutarco aprovecha este reconocimiento involuntario para concluir que incluso los estoicos terminan aceptando, aunque no quieran, la existencia de una instancia pasional distinta de la razón.

Contra la tesis estoica de que todas las pasiones son errores iguales

El problema, dice Plutarco, es que esta doctrina ignora algo evidente: las pasiones no son homogéneas, sino que difieren en intensidad y naturaleza. La experiencia humana muestra claramente que no es lo mismo un miedo moderado que un terror paralizante, ni una pena mesurada que una desesperación destructiva. Los ejemplos literarios (Dolón y Áyax, Platón y Alejandro, Magas y Nicocreonte) ilustran que la misma pasión puede presentarse en grados muy diferentes y producir acciones radicalmente distintas.

Los estoicos intentan escapar de esta dificultad argumentando que lo que aumenta o disminuye no es el juicio —que sería la pasión según su teoría—, sino la “contracción” corporal causada por lo irracional. Pero esta explicación, para Plutarco, es insuficiente. No solo varían las reacciones corporales, sino también los propios juicios: las personas juzgan la pobreza, la muerte, la salud o la virtud de modos muy distintos, y no todos con igual error. Algunos creen que la pobreza es un mal moderado; otros la consideran el peor de los males, al punto de desear la muerte. Esta diversidad muestra que tampoco los juicios son idénticos ni equivalentes en error, lo que desmonta la idea de igualdad absoluta entre faltas.

Luego Plutarco retoma su punto principal: aun cuando los estoicos intentan mantener la teoría según la cual pasión = juicio, en los hechos reconocen que el elemento irracional existe y aumenta la violencia de las pasiones. Se ven obligados a aceptar que hay un componente afectivo que no es mero pensamiento, porque de otra manera no podrían explicar por qué una misma creencia produce emociones tan diferentes. El propio Crisipo —que Plutarco cita abundantemente— admite que las pasiones “ciegan”, “empujan” y “arrastran” al alma contra la razón, lo cual implica reconocer dos fuerzas distintas: una que razona y otra que empuja.

Plutarco recuerda un argumento decisivo formulado ya por Platón: resulta absurdo decir que uno es “mejor que sí mismo” o “peor que sí mismo” si solo existiera una única facultad. La experiencia de sentirse dividido, de luchar consigo mismo, de arrepentirse y de querer lo contrario de lo que se juzga correcto, muestra que la estructura del alma es dual. 

Doble naturaleza del alma y educación de las pasiones

Plutarco retoma aquí la idea central de todo el tratado: el ser humano tiene una naturaleza doble dentro de sí mismo. Hay un elemento mejor (la razón, de carácter divino) y un elemento peor (la parte pasional, vinculada al cuerpo). Solo si aceptamos esta dualidad tiene sentido decir que alguien es “dueño de sí” o “inferior a sí mismo”. El continente es el que logra que la parte peor obedezca a la mejor; el incontinente, en cambio, deja que la razón quede subordinada al deseo irracional, lo que Plutarco considera literalmente “contra natura”, porque por naturaleza corresponde que la razón gobierne y lo irracional sirva.

Para reforzar esta diferencia, Plutarco vincula la parte pasional con el cuerpo: la concupiscencia “nace” del cuerpo como de una raíz, se alimenta de la sangre, del calor, de los humores. De ahí que los jóvenes, con sangre abundante y caliente, sean más impulsivos, vehementes y ardientes, mientras que en la vejez —cuando el cuerpo se enfría y el hígado, sede simbólica del deseo, pierde fuerza— las pasiones se debilitan y la razón adquiere más estabilidad. No son solo “ideas” las que cambian, sino disposiciones corporales concretas. La fisiología del cuerpo condiciona la forma en que se expresan las pasiones, lo que confirma que éstas no se reducen a juicios, sino que tienen un origen y dinámica propia.

Plutarco indica además la diferencia entre actividad intelectual y pasión observando el cuerpo: ante las pasiones se produce palidez, rubor, temblores, latidos, náuseas; cuando el intelecto piensa “solo”, sin pasión, el cuerpo permanece tranquilo. Solo cuando la inteligencia entra en contacto con la parte irracional el cuerpo se agita. 

Plutarco amplía la perspectiva: el ser humano participa de naturaleza, hábito y razón. Como los animales, se alimenta y reacciona por naturaleza; como los seres que aprenden, se moldea por el hábito; como ser racional, delibera e interpreta. Dentro de esta estructura, la pasión no es algo accidental que podamos extirpar sin más, sino un principio necesario que debe ser educado, no destruido. Por eso critica dos modelos: el “tracio” que arranca de raíz la viña creyendo mejorarla, y la figura de Licurgo que corta violentamente; la razón, en cambio, debe actuar como un dios agricultor o vinicultor, podando lo salvaje, moderando los excesos y cultivando lo útil.

A partir de aquí, Plutarco desarrolla una de las tesis más ricas del tratado: las pasiones, una vez ordenadas, se convierten en auxiliares de la virtud. La cólera moderada refuerza el valor; el odio al mal alimenta la justicia; la indignación ante la prosperidad inmerecida impulsa el sentido de equidad; el amor sostiene la amistad; la compasión profundiza la humanidad. Suprimir las pasiones por miedo a sus excesos sería tan absurdo como suprimir el correr por temor a caer, o eliminar el canto porque algunos desafinan: lo que hace falta no es su destrucción, sino su afinación y medida.

Las metáforas musicales y médicas son decisivas: la música no crea armonía eliminando graves y agudos, sino dándoles proporción; la medicina no produce salud destruyendo calor y frío, sino equilibrando ambos. Del mismo modo, la virtud ética nace cuando la razón consigue un justo equilibrio en alegría, dolor y temor: lo que se parece a un cuerpo enfermo no es sentir, sino sentir “de más”. Homero, al elogiar al valiente que “no teme en demasía”, no suprime el miedo, sino su exceso, que es lo que separa el valor de la temeridad.

Finalmente, Plutarco extiende este principio al plano político y educativo. Los legisladores no eliminaron la ambición o el ardor combativo, sino que los canalizaron: fomentaron la emulación entre ciudadanos y avivaron el coraje en la guerra con trompetas y flautas. Del mismo modo, educar a los jóvenes no es anestesiarlos emocionalmente, sino aprender a tomar “asideros” en sus pasiones —vergüenza, deseo, arrepentimiento, placer, pena, ambición— para orientarlas hacia el bien. El ideal educativo consiste en lograr que el joven goce con los bienes y se aflija con los males, es decir, que su sensibilidad se alinee con la razón. Así, la doble naturaleza del alma no es una condena, sino la condición de posibilidad de la virtud moral: la razón no triunfa suprimiendo lo irracional, sino transformándolo en aliado.

Conclusión

En definitiva, Sobre la virtud moral constituye una de las declaraciones más poderosas de Plutarco sobre qué significa realmente ser humano: no un espíritu puro que deba extirpar sus pasiones, ni un organismo impulsado ciegamente por ellas, sino una naturaleza doble llamada a transformar su propia energía interior en armonía. La virtud no consiste en matar lo irracional, sino en persuadirlo y educarlo hasta convertirlo en colaborador de la razón. Por eso este tratado no solo dialoga con Aristóteles o combate a los estoicos: nos invita a concebir la excelencia humana como un arte de gobierno interior, una música del alma donde cada pasión, afinada por la inteligencia, puede revelar lo más noble de nosotros mismos.

jueves, 4 de diciembre de 2025

Plutarco - Moralia: Antiguas costumbres de los espartanos

Plutarco, fascinado por el ideal espartano, reunió en Antiguas costumbres de los espartanos un conjunto de breves relatos que ilustran la vida cotidiana y la disciplina de aquel pueblo, desde la austeridad en la comida y la educación hasta la firmeza moral que, según él, sostuvo a la pólis durante siglos bajo las leyes de Licurgo. Aunque la autoría exacta del tratado sigue siendo discutida —algunos lo consideran un extracto elaborado por el propio Plutarco o por un continuador, otros una recopilación previa a las Vidas—, el texto ofrece una visión coherente de la admiración del queronense por Esparta y bebe de fuentes clásicas como Heródoto, Tucídides y los escritos atribuidos a Jenofonte. En sus cuarenta y dos anécdotas, Plutarco no solo describe costumbres pintorescas, sino que muestra cómo estas prácticas moldeaban un orden político estable y una reputación de excelencia militar y moral que, en su lectura, se perdió cuando se abandonó la legislación licúrguea.

ANTIGUAS COSTUMBRES DE LOS ESPARTANOS

Disciplina, austeridad y control social en las costumbres espartanas

Plutarco presenta un mundo en el que la vida cotidiana de los espartanos está completamente regulada por normas de silencio, contención y obediencia. El ambiente de las comidas comunes, donde un anciano recuerda que por esas puertas “no sale palabra alguna”, una disciplina interior que se exige a todos: la palabra y el gesto están vigilados, porque la comunidad debe mantenerse unida por autocontrol y sobriedad.

La austeridad aparece no solo en el alimento, ejemplificada por el célebre caldo negro que solo puede apreciar quien ha sido endurecido por la vida espartana, sino también en los hábitos de desplazamiento: los ciudadanos vuelven a sus hogares sin antorcha para entrenar la valentía y la seguridad en la oscuridad. Todo acto cotidiano se convierte en un ejercicio formativo. La educación formal es mínima; aprenden lo estrictamente necesario, porque lo esencial es saber obedecer, resistir y combatir. La vida entera está orientada a forjar carácter más que a alimentar la mente con saberes librescos.

La dureza corporal es igualmente parte del programa educativo. Los espartanos visten poco, usan un único manto durante todo el año y evitan baños y aceites. Los jóvenes duermen en camastros hechos con sus propias manos, sin herramientas, y recurren en invierno a hierbas que consideran generadoras de calor. Cada aspecto del día está pensado para entrenar el cuerpo y, con él, la voluntad. Incluso las relaciones afectivas están reguladas: se permite amar el alma de los jóvenes serios, pero cualquier deshonor corporal se castiga con la pérdida de ciudadanía, porque la virtud individual es un asunto público.

La vigilancia social es constante. Los ancianos cuestionan a los jóvenes sobre sus movimientos y motivos; quien no sabe responder es reprendido, y quien no corrige a tiempo una falta ajena recibe el mismo castigo que el infractor. Así, la comunidad entera se convierte en red de control mutuo. La corrección no es solo externa: el culpable debe cantar su propia censura mientras recorre la ciudad, interiorizando la vergüenza como mecanismo educativo. El respeto por los mayores cierra este cuadro: no solo se obedece a los propios padres, sino a cualquier anciano de la ciudad, de modo que cada ciudadano ejerce autoridad sobre los hijos y bienes del vecino como si fueran propios.

Austeridad extrema, control comunitario y formación moral en Esparta

Plutarco continúa mostrando cómo la educación espartana funcionaba como un sistema coherente de disciplina donde la comunidad tenía autoridad incluso sobre los hijos de otros. Si un niño era castigado y luego su padre no reforzaba ese castigo, ello resultaba vergonzoso: se presumía una confianza absoluta en que ningún ciudadano impondría órdenes indecorosas. 

La práctica del robo como parte del entrenamiento revela el carácter paradójico de la pedagogía espartana: se enseñaba a los jóvenes a sustraer alimentos con destreza, no por corrupción, sino para entrenar audacia, agudeza y resistencia. El castigo recaía no en robar, sino en dejarse atrapar, lo que sugiere el valor del ingenio y el autocontrol. Esta costumbre se vincula directamente con la alimentación deliberadamente escasa: pasar hambre no era una desgracia, sino un ejercicio educativo para templar el cuerpo, volverlo ligero, flexible y capaz de soportar largas campañas militares sin depender de recursos abundantes. La frugalidad, así entendida, producía cuerpos ágiles y espíritus resistentes.

Junto a esta dureza material, Plutarco destaca el papel esencial de la música, concebida no como ocio, sino como un medio para despertar el ánimo, elevar la inteligencia y reforzar la memoria de la virtud. Las canciones exaltaban a los héroes que habían muerto noblemente y censuraban a los cobardes, funcionando como un programa moral colectivo. La estructura de los tres coros —ancianos, hombres maduros y niños— expresaba la continuidad generacional del ideal espartano: pasado, presente y futuro se reconocen mutuamente en un diálogo musical que promete superación constante. Incluso en la marcha militar, la música acompaña el avance para armonizar valor y disciplina; por ello se ofrecían sacrificios a las Musas antes de entrar en batalla.

La defensa de la música tradicional era tan rígida que incluso Terpandro, célebre citarista, fue sancionado por añadir una cuerda adicional a su instrumento, y Timoteo de Mileto enfrentó la posibilidad de ver cortadas sus cuerdas “extra”. Esto muestra un rechazo radical a la innovación artística, pues para Esparta la simplicidad musical estaba unida al carácter moral: lo complejo y lo ornamental se veía como amenaza a la disciplina.

El tratamiento de la muerte también revela la racionalidad austera del sistema licúrgueo. Al permitir que los difuntos fueran enterrados dentro de la ciudad y cerca de los templos, se eliminaba la idea de impureza y se normalizaba la presencia de la muerte como parte de la vida cívica. Se prohibieron los ajuares funerarios, los lamentos excesivos y las inscripciones, salvo para quienes cayeron en guerra. Así, incluso la muerte debía igualar, sobriedad y memoria honorable, reforzando que la verdadera distinción no se basa en riqueza, sino en virtud.

No se permitía viajar sin motivo para evitar que los ciudadanos adoptaran costumbres ajenas más relajadas o corruptas, y se expulsaba a los extranjeros para impedir que introdujeran hábitos contrarios a la disciplina local. Esparta buscaba mantener un ecosistema moral cerrado, donde nada externo pudiera debilitar la cohesión comunitaria ni la dureza del carácter cultivado por generaciones.

Consagración al ideal comunitario y rechazo absoluto de la desviación

La educación descansaba en la confianza mutua entre adultos: si un niño denunciaba un castigo recibido y su padre no reforzaba ese castigo, el reproche caía sobre el padre. 

El ideal comunitario se expresa también en la propiedad y en el uso de los bienes. No se permitía vender, pero todos podían usar los sirvientes, perros o caballos del vecino cuando era necesario, siempre con respeto a la necesidad del dueño. En el campo, quien requería algo podía abrir el compartimento ajeno, tomar lo justo y volver a cerrarlo. Esta práctica revela una ética de confianza y reciprocidad que sustituye la noción de propiedad absoluta por una disponibilidad orientada al bien común.

La guerra, por su parte, se ritualizaba con signos que reforzaban tanto la identidad como la estrategia. Los guerreros vestían de rojo, color viril que camuflaba la sangre y sembraba temor en los inexpertos. La valoración estratégica aparece también en sus sacrificios: un buey si vencían por astucia, un gallo si vencían en batalla abierta, inculcando la idea de que el ingenio vale tanto como el valor. Incluso en la plegaria se observa austeridad: pedían soportar la injusticia y recibir solamente el premio que merecían por su valentía, nunca favores excesivos.

La religiosidad espartana estaba impregnada de espíritu guerrero: veneraban a Afrodita armada y representaban a todos los dioses con lanzas, porque la virtud marcial era atributo universal. Un proverbio característico aconseja “ofrecer la mano cuando la fortuna llama”, lo que resume la doctrina espartana de actuar mientras se invoca a los dioses, nunca esperar pasivamente su ayuda.

El recurso pedagógico de mostrar a los niños a hilotas ebrios servía para aleccionarlos contra la embriaguez, reforzando el ejemplo negativo como forma de educación moral. En la vida privada persistía la austeridad: no golpeaban puertas, sino que llamaban desde afuera, y en lugar de usar raspadores de hierro empleaban instrumentos hechos de caña, evitando cualquier exceso o lujo. Su rechazo a la comedia y la tragedia respondía al temor de escuchar burlas o críticas hacia las leyes de Esparta, lo que podría introducir disenso en una comunidad que dependía del consenso absoluto.

La expulsión de Arquíloco ilustra este rechazo a cualquier expresión que pudiera cuestionar el ideal heroico. Su célebre verso justificando la pérdida del escudo —salvar la vida antes que mantener el arma— resultó intolerable: la cobardía poética era incompatible con la educación cívica. Del mismo modo, quienes cometían actos aparentemente menores —ser engañado por muchos, bordar una túnica en vez de usarla simple, o conocer demasiado bien un camino sospechoso— podían recibir sanción. Esto demuestra que la vigilancia social era tan intensa que cualquier desviación, incluso simbólica, ponía en entredicho el modelo de virtud que la pólis necesitaba preservar.

Decadencia, contradicción y crisis del ideal espartano

Plutarco muestra cómo el rígido sistema licúrgueo, tan admirado por su capacidad para producir disciplina y cohesión, también generó tensiones internas que anunciaban su decadencia. La expulsión de Cefisofonte, quien presumía poder hablar sin cesar sobre cualquier tema, revela el rechazo espartano a la retórica vacía y al discurso desconectado de la acción. Para ellos, la palabra debía corresponder a los hechos, y no existir como habilidad autónoma. Este principio sintetiza la diferencia entre Esparta y el resto de Grecia: mientras otras ciudades cultivaban el diálogo y la técnica oratoria, los espartanos sospechaban de la palabra que no naciera de la virtud.

La “flagelación” ritual en el altar de Ártemis Ortia, donde niños eran azotados hasta límites extremos —a veces mortales—, luce para Plutarco al mismo tiempo terrible y admirable. Su sentido residía en enseñar a soportar el dolor con orgullo, como parte de la formación cívica. El sufrimiento se convertía en competencia y honor, y quien resistía más adquiría una reputación insigne. La pedagogía espartana aparece aquí en su forma más radical: el cuerpo se transforma en instrumento para templar el espíritu, y la comunidad premia la resistencia como virtud suprema.

La abundancia de tiempo libre, que Plutarco considera uno de los mayores beneficios otorgados por Licurgo, muestra la función económica de los hilotas. Al estar prohibido para los ciudadanos el trabajo manual y la acumulación de riqueza, podían dedicarse por entero a la política, la educación y la guerra. Sin embargo, esta estructura se sostenía sobre la explotación de los hilotas, quienes trabajaban la tierra y entregaban tributos fijos. Para evitar abusos, se prohibía pagarles más de lo estipulado, pues cualquier exceso podría despertar aspiraciones o resentimientos. Esparta construyó así un modelo que transformaba la igualdad cívica en privilegio sostenido por una clase subordinada.

La prohibición de ser marinos ilustra el temor a la corrupción moral: el contacto con el mar introducía lujos, comercio y modos de vida considerados indisciplinados. Sin embargo, Esparta terminó necesitando la guerra naval y, al dominar el mar, descubrió también su propio riesgo: la riqueza. Cuando Lisandro trajo a la ciudad oro y plata tras la derrota de Atenas, se abrió la puerta a aquello que un antiguo oráculo había advertido: “El amor a la riqueza matará a Esparta.” Lo que antes era virtud compartida —la pobreza, la frugalidad, la igualdad— empezó a erosionarse cuando el metal circuló y los honores se compraron. La condena a muerte de quienes acumularon dinero muestra el intento desesperado de frenar esa transformación.

Mientras Esparta siguió fiel a la legislación de Licurgo y a los juramentos que la sostenían, fue la primera de Grecia en buen gobierno y reputación durante quinientos años. Pero cuando la ambición y el deseo de lucro se infiltraron, su poder se debilitó, sus aliados se volvieron en su contra y, tras la hegemonía macedonia, solamente Esparta conservó parte de su independencia gracias al pequeño residuo de su antigua disciplina. Todo acabó cuando incluso ese rescoldo desapareció y los propios ciudadanos se tiranizaron entre sí, perdiendo la libertad y la identidad que los habían hecho singulares. La Esparta sometida por Roma no es, para Plutarco, más que una sombra de lo que fue.


Conclusión

Esta breve pero poderosa obra de Plutarco funciona como un espejo fascinante donde vemos a Esparta elevarse hasta la grandeza y caer por la grieta que ella misma abrió; al reunir estas costumbres —tan duras, tan extrañas, tan coherentes entre sí—, Plutarco no solo retrata a un pueblo moldeado por la disciplina y la austeridad, sino que advierte con dramatismo que toda constitución, por invencible que parezca, se destruye cuando traiciona sus propios principios. Esparta brilló quinientos años mientras mantuvo vivo el fuego de Licurgo, pero en cuanto dejó entrar la codicia, el edificio entero se vino abajo: su ejemplo permanece como una lección vibrante sobre cómo la grandeza política depende, en último término, de la fortaleza moral de quienes la sostienen.