martes, 13 de enero de 2026

Pederastia en la Antigua Grecia

Pederastia en la antigua Grecia

La pederastia fue una práctica social y culturalmente regulada en determinados contextos de la Antigua Grecia, especialmente durante los períodos arcaico y clásico. El término designa una relación asimétrica entre un varón adulto y un adolescente púber, inserta —al menos en su justificación ideal— dentro de un marco educativo, formativo y cívico, y no concebida originalmente como una relación con niños pre-púberes. En la mentalidad griega, estas relaciones se vinculaban al eros, entendido no solo como deseo, sino como fuerza de atracción hacia la virtud, el honor y la excelencia moral (aretḗ).

Sin embargo, la pederastia no fue una práctica homogénea ni exenta de críticas: distintos autores antiguos expresaron reservas éticas, límites normativos y preocupaciones sobre el abuso, la corrupción moral o la reducción del vínculo a lo puramente sexual. Por ello, su análisis exige evitar anacronismos: no puede identificarse sin más con categorías modernas como la pedofilia, que es un concepto clínico y jurídico contemporáneo, pero tampoco puede idealizarse sin atender a sus tensiones internas y a sus implicancias morales. Estudiarla implica comprender cómo una sociedad histórica pensó la educación, el deseo y el poder, sin convertir esa comprensión en justificación.

Confusión de conceptos

La pederastia, la pedofilia y la paidofilia son términos que a menudo se confunden, pero pertenecen a planos conceptuales distintos —histórico-cultural, clínico-jurídico y etimológico— y deben diferenciarse con precisión para evitar anacronismos y errores interpretativos.

La pederastia es una categoría histórica y social, propia de determinados contextos del mundo griego antiguo. Designa una relación asimétrica entre un varón adulto y un adolescente púber, generalmente inscrita —al menos en su justificación ideal— dentro de un marco educativo, moral y aristocrático. El joven (erómenos) no es un niño pre-púber, y la relación se concibe como transitoria, ligada a la formación del carácter y a la transmisión de valores. No se trata de una categoría médica ni jurídica moderna, sino de una práctica cultural específica, que además fue objeto de críticas internas ya en la Antigüedad.

La pedofilia, en cambio, es un concepto clínico y jurídico contemporáneo. Se define como una atracción sexual persistente hacia niños pre-púberes, es decir, menores que no han alcanzado la madurez sexual. Esta condición está descrita por la psiquiatría moderna y se encuentra tipificada penalmente en los ordenamientos jurídicos actuales. La pedofilia no tiene un marco educativo ni simbólico: se entiende como una desviación patológica del deseo y como una forma grave de violencia sexual. Por ello, no puede aplicarse retrospectivamente a sociedades antiguas sin incurrir en un anacronismo conceptual.

Personas

En el mundo griego antiguo, especialmente en la Grecia arcaica y clásica, la relación pederástica se estructuraba en torno a dos roles claramente diferenciados: el erastés y el erómenos. Estos términos no designan identidades personales permanentes, sino posiciones relacionales dentro de un vínculo social, educativo y erótico marcado por la edad, la experiencia y el estatus.

El erastés era el varón adulto. Su papel combinaba deseo, iniciativa y responsabilidad. Era quien amaba, cortejaba y, en el ideal cultural, debía guiar y formar al joven. El erastés no solo buscaba la belleza del muchacho, sino que se suponía que valoraba su carácter y su potencial. Desde esta perspectiva normativa, su deber era educar, proteger y ofrecer un modelo de virtud, autocontrol y conducta cívica. Cuando el adulto actuaba movido únicamente por el placer corporal, se consideraba que traicionaba el sentido legítimo del vínculo.

El erómenos era el joven amado, normalmente un adolescente púber. Su rol no era activo en el mismo sentido: debía recibir el cortejo, evaluar la calidad moral del erastés y responder con aceptación o rechazo. La belleza del erómenos era central, pero no bastaba por sí sola; se esperaba que mostrara moderación, pudor y resistencia al deseo inmediato, ya que ceder con demasiada facilidad era visto como signo de falta de carácter. Su posición era transitoria: con el paso del tiempo dejaría de ser erómenos y podría convertirse, eventualmente, en erastés.

La relación entre erastés y erómenos era asimétrica, pero no concebida idealmente como dominación absoluta. Estaba atravesada por normas implícitas: el adulto debía dominar su deseo y orientar al joven; el joven debía preservar su dignidad y no convertirse en objeto pasivo de uso. Por eso, el vínculo se situaba en una zona ambigua entre el eros, la amistad y la educación, y su legitimidad dependía del equilibrio entre deseo y virtud.

Veamos cómo surgió este concepto.

Teognis de Megara

Teognis de Mégara fue un poeta elegíaco griego del siglo VI a. C., originario de Mégara, cuya obra se conserva de manera fragmentaria en lo que hoy se conoce como el Corpus Theognideum. Es una de las voces más tempranas y significativas de la lírica arcaica, y su poesía refleja con particular crudeza las tensiones sociales, políticas y morales de la aristocracia griega en un contexto de crisis y transformación. Teognis escribe desde la experiencia del exilio, la pérdida de estatus y la descomposición del orden nobiliario tradicional, lo que imprime a sus versos un tono a menudo amargo y moralizante.

La poesía de Teognis no es meramente lírica en sentido amoroso, sino profundamente normativa y educativa. Sus elegías están dirigidas con frecuencia a un joven llamado Cirno, destinatario ideal de exhortaciones morales, consejos políticos y advertencias sobre la amistad, la lealtad y la virtud. En este sentido, Teognis participa plenamente del modelo arcaico de la paideía aristocrática, donde la poesía cumple una función formadora: enseñar a distinguir a los nobles de los vulgares, a los fieles de los traidores, y a preservar la excelencia (aretḗ) frente a la corrupción social.

En sus Elegías, Teognis dice a Cirno:

Amigo, seamos compañeros desde lejos:
de todo hay saciedad, menos del dinero.
Seamos amigos por largo tiempo,
pero trata también con otros hombres
que conozcan mejor tu manera de pensar.

Mi corazón está en frágil equilibrio
cuando se trata del amor que siento por ti:
no puedo odiarte, pero tampoco amarte del todo.
Pues cuando un hombre tiene un amante,
es difícil odiarlo,
y también es difícil amarlo
aunque uno no lo quiera.

Teognis alude al mito de Zeus y Ganímedes como paradigma del amor hacia el joven varón, y esa referencia cumple una función legitimadora y ejemplar, no meramente ornamental.

En la tradición mítica griega, Zeus se enamora del joven Ganímedes, cuya belleza es tan extraordinaria que el dios lo rapta y lo lleva al Olimpo para convertirlo en copero de los dioses. Este mito no se presenta como una transgresión escandalosa, sino como una exaltación de la belleza juvenil masculina, capaz incluso de atraer al soberano del cosmos. Ganímedes es amado precisamente por ser joven, bello y noble, rasgos que coinciden con el ideal aristocrático del erómenos.

Anacreonte

Anacreonte, poeta lírico del siglo VI a. C., escribe desde un mundo aristocrático refinado, vinculado al banquete, el vino, la música y el placer. En sus poemas el deseo se dirige tanto a jóvenes varones como a mujeres, sin jerarquías morales explícitas ni pretensión pedagógica. El muchacho bello es objeto de atracción inmediata, comparable al vino o a la danza: algo que se disfruta y que se pierde con el tiempo. Aquí el eros no forma, seduce.

A diferencia de Teognis, Anacreonte no se presenta como educador del joven ni como garante de su virtud futura. Tampoco expresa la angustia moral, los celos profundos o la preocupación por la corrupción del amado. El poeta acepta la inconstancia del deseo con ironía: los jóvenes huyen, envejecen, prefieren a otros, y eso forma parte del juego erótico. El tono es liviano, incluso humorístico, muy lejos del dramatismo elegíaco.

Por esta razón, hablar de pederastia en Anacreonte exige cautela. Hay deseo hacia jóvenes, sí, pero no el modelo erastés–erómenos que estructura la pederastia clásica. Falta el elemento central: la asimetría educativa y moral. El joven no es un proyecto cívico ni un futuro ciudadano a formar; es simplemente un cuerpo bello que despierta deseo.

Solón

Solón fue uno de los grandes legisladores y poetas de la Atenas arcaica, activo a comienzos del siglo VI a. C., y es recordado como una figura clave en la transición desde un orden aristocrático rígido hacia una polis más equilibrada jurídicamente. Nombrado arconte con poderes extraordinarios, Solón emprendió una profunda reforma legal y social destinada a poner fin a los conflictos entre ricos y pobres, reorganizar la ciudadanía y establecer un marco normativo que permitiera la convivencia cívica. Su autoridad no provino solo de la ley, sino también de su prestigio moral y poético, pues, al igual que Teognis, expresó sus ideas en elegías dirigidas a educar a sus conciudadanos.

Una de lasc cuestiones que se observavan en la antigua Grecia era que los jóvenes que entraban al gimnasio, lo hacían desnudos. Sus cuerpos al descubierto no solo llamaban la atención de sus compañeros sino que también de los hombres maduros. Solon quiso proteger a los niños

Podemos ver en Solón el concepto de pederastia no porque la haya teorizado explícitamente, sino porque legisla sobre los límites del eros en relación con los jóvenes, lo que supone reconocer la existencia social de estas prácticas. En la Atenas de Solón, la relación entre hombres adultos y jóvenes púberes formaba parte del paisaje cultural; por ello, el legislador no actúa como si el fenómeno no existiera, sino que interviene para regular sus efectos sobre la comunidad política. El hecho mismo de legislar implica que el vínculo erótico con jóvenes era lo suficientemente relevante como para requerir control jurídico.

La pederastia aparece en Solón de manera indirecta, a través de normas que protegen al joven ciudadano y preservan su dignidad cívica. Las leyes atribuidas a Solón castigaban la prostitución de jóvenes libres y excluían de la participación política a quienes hubieran vendido su cuerpo en la juventud.

Píndaro

Píndaro fue un poeta lírico griego del siglo V a. C., originario de Tebas, célebre por sus odas epinicias, compuestas para celebrar a jóvenes vencedores en los juegos panhelénicos. Su poesía está profundamente vinculada al mundo de la aristocracia, al honor, a la nobleza heredada y al ideal de excelencia (aretḗ). En ese contexto, la juventud masculina aparece como un momento privilegiado, cargado de belleza, fuerza y promesa de gloria futura.

En Píndaro, la belleza del joven varón es exaltada de manera constante, pero no en clave confesional o afectiva como en Teognis. El joven bello es símbolo de armonía entre cuerpo y virtud, y su esplendor físico se presenta como reflejo visible de una nobleza interior. El vocabulario pindárico une kállos (belleza), aretḗ (excelencia) y timḗ (honor), de modo que el cuerpo juvenil se convierte en signo de valor moral y prestigio social.

Por esta razón, Píndaro no describe pederastia como relación erótica concreta, ni habla de amantes y amados. Sin embargo, su poesía alimenta el mismo imaginario cultural que hace posible la pederastia aristocrática: la convicción de que el joven varón bello es digno de admiración, de amor y de atención especial. El eros aquí se sublima en forma de admiración pública y celebración ritual, desplazándose del ámbito íntimo al espacio cívico y religioso.

Licurgo

Licurgo es una figura fundamental para entender la pederastia en Esparta, porque en su caso el fenómeno no aparece como experiencia privada ni como práctica social espontánea, sino como parte de un sistema educativo estatal. Licurgo, legislador mítico-histórico situado tradicionalmente entre los siglos IX y VIII a. C., es presentado por las fuentes antiguas como el fundador de la agōgḗ, el rígido sistema de formación pública de los ciudadanos espartanos. Todo en Esparta —el cuerpo, la educación y el eros— debía estar subordinado al bien de la polis.

En el marco licurgueo, la relación entre hombres adultos y jóvenes no se niega, pero es estrictamente regulada. Autores como Plutarco y Jenofonte señalan que era habitual que un adulto virtuoso se interesara por un muchacho destacado, no para obtener placer, sino para vigilarlo, corregirlo y formarlo. El vínculo tenía una función pedagógica y disciplinaria: el adulto debía servir como modelo de autocontrol, valentía y obediencia a la ley. El eros, lejos de ser eliminado, era canalizado hacia fines educativos.

La diferencia central con Atenas es que, según la tradición, Licurgo rechazaba la dimensión sexual explícita de estas relaciones. El deseo puramente corporal era visto como vergonzoso y contrario al espíritu espartano. Si un hombre buscaba a un joven solo por su belleza física, era censurado; si lo hacía por su carácter y su potencial como futuro ciudadano-guerrero, el vínculo era aceptado. De este modo, la pederastia espartana aparece como un eros disciplinado, sometido a la ley y al interés del Estado, no al capricho individual.

Esta regulación extrema convierte a la pederastia, bajo Licurgo, en un instrumento político. El joven no es principalmente un objeto de deseo, sino un recurso cívico que debe ser moldeado para la guerra y la obediencia colectiva. La relación personal queda absorbida por la estructura estatal: amar al joven significa contribuir a la fortaleza de Esparta. Por eso las fuentes insisten en que el verdadero amor espartano es aquel que produce virtud y cohesión, no placer privado.

Platón

En Platón, especialmente en El Banquete, el eros pederástico es objeto de reelaboración conceptual. A través del discurso de Pausanias, se distingue entre un Eros vulgar, orientado al cuerpo y al placer inmediato, y un Eros celeste, dirigido al alma y a la formación moral. Esta distinción no elimina la atracción hacia los jóvenes, pero la condiciona: el amor solo es legítimo si conduce al crecimiento ético del amado y a la elevación del amante. La relación erastés–erómenos puede ser noble, pero únicamente cuando se aparta del deseo corporal y se orienta a la virtud.

La figura de Sócrates, mediada por Diotima, lleva esta depuración más lejos. El eros ya no se justifica por el cuerpo del joven, sino como impulso hacia lo Bello en sí. El amado concreto se convierte en un escalón dentro de una ascensión espiritual que culmina en la contemplación de la Forma de lo Bello. En este marco, la pederastia deja de ser un fin y se convierte en un medio provisional, cuya legitimidad depende de su capacidad para trascenderse.

Sin embargo, esta tolerancia condicionada se vuelve mucho más restrictiva en Las Leyes. Allí, Platón adopta una postura casi prohibicionista respecto de las relaciones sexuales entre hombres y jóvenes. El legislador platónico considera que el eros corporal desordena el alma y amenaza la cohesión de la polis, por lo que propone reprimir o desincentivar las prácticas pederásticas en su dimensión sexual. El ideal educativo ya no pasa por el vínculo erótico, sino por la ley, la gimnasia y la música, reguladas por el Estado.

Este giro muestra que, para Platón, la pederastia no es una institución intocable, sino una práctica históricamente contingente que debe someterse al criterio del bien común. Lo que en Teognis es experiencia personal y en Solón es objeto de regulación jurídica, en Platón se convierte en materia de filosofía política y moral. El eros hacia los jóvenes solo es aceptable si se sublima; cuando permanece en el plano del cuerpo, es visto como peligroso.

Conclusión

En la Antigua Grecia, la pederastia fue una práctica social históricamente situada, no una realidad uniforme ni unánimemente aceptada, que adoptó formas diversas según la polis, la época y el marco cultural. Articulada en torno a la relación asimétrica entre varón adulto y joven púber, se vinculó idealmente a la educación, la formación del carácter y la transmisión de valores aristocráticos, aunque estuvo siempre atravesada por tensiones éticas, abusos potenciales y críticas internas. Su progresiva regulación legal, problematización filosófica y reinterpretación moral muestran que el mundo griego no la concibió como un fenómeno simple ni incuestionable, sino como una práctica ambigua, situada en el límite entre eros, poder y paideía. Comprenderla exige, por tanto, evitar tanto la idealización como el anacronismo, y leerla dentro de las coordenadas propias de la cultura que la produjo.

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