lunes, 5 de enero de 2026

Breve Historia de Esparta - Parte II: Auge y caída

 BREVE HISTORIA DE ESPARTA

Inicio de la historia

Los heráclidas

El ''retorno'' de los heráclidas

Con la llegada de los Heráclidas comienza propiamente la historia de Esparta, aunque todavía envuelta en lenguaje mítico. A diferencia de Lélege, Lacedemón o los reyes laconios antiguos, los Heráclidas no representan la antigüedad del suelo, sino la irrupción de un linaje conquistador que se considera a sí mismo legítimo heredero del Peloponeso. 

En el período en que se sitúa la llegada de los Heráclidas, Grecia atraviesa una época de transición profunda, situada entre el colapso del mundo micénico y el lento surgimiento de las poleis arcaicas. El sistema palacial que había dominado gran parte de la Grecia continental durante la Edad del Bronce tardía se había desintegrado, dejando tras de sí ciudades arruinadas, redes comerciales fragmentadas y una notable pérdida de escritura y centralización política. Este tiempo, a menudo denominado “Edad Oscura”, no fue un vacío absoluto, sino una etapa de reorganización social, marcada por migraciones, conflictos locales y la emergencia de nuevas identidades colectivas. La autoridad ya no se concentraba en grandes reyes palaciales, sino en jefaturas guerreras, linajes y comunidades rurales que buscaban estabilidad en un mundo más inseguro.

En esta Grecia postmicénica, la movilidad humana es una constante. Grupos armados se desplazan, se instalan o se imponen sobre poblaciones anteriores, mientras los relatos míticos transforman estos procesos en genealogías heroicas y retornos legítimos. La economía es fundamentalmente agraria y de subsistencia, con intercambios limitados y una fuerte dependencia del entorno inmediato. La guerra no es aún una empresa estatal organizada, sino una práctica recurrente entre comunidades vecinas, orientada al control de tierras, ganado y personas. En este contexto, la memoria del pasado micénico no desaparece, pero se reinterpreta: los grandes reyes de antaño se convierten en héroes épicos, y las antiguas ciudades en escenarios míticos.

Dentro de este marco general, el Peloponeso ocupa una posición singular. Se trata de una gran península unida al resto de Grecia por el istmo de Corinto, lo que la convierte en un espacio naturalmente delimitado y relativamente fácil de aislar. Esta configuración geográfica favorece el desarrollo de identidades regionales fuertes y de comunidades que, aunque relacionadas entre sí, conservan una notable autonomía. El Peloponeso no es un territorio homogéneo, sino un conjunto de regiones bien diferenciadas, separadas por cordilleras abruptas y valles cerrados.

Desde el punto de vista geográfico, el Peloponeso está dominado por sistemas montañosos que dificultan la comunicación interior. Estas montañas fragmentan el territorio en llanuras fértiles relativamente aisladas, como Argólide, Mesenia o Laconia. Los ríos suelen ser cortos y de caudal irregular, pero algunos, como el Eurotas en Laconia o el Alfeo en Elis, crean corredores agrícolas esenciales. La combinación de aislamiento y fertilidad localizada favorece el surgimiento de comunidades autosuficientes, poco inclinadas a la centralización temprana.

En términos de recursos, el Peloponeso ofrece una base agrícola sólida, aunque desigual. Mesenia destaca por la riqueza de sus tierras, aptas para cereales y olivo, mientras que Laconia es más austera, con suelos menos generosos que exigen una explotación intensa y organizada. La ganadería, especialmente de ovinos y caprinos, complementa la agricultura y se adapta bien a las zonas montañosas. Los recursos minerales no son abundantes en comparación con otras regiones del Egeo, lo que limita el desarrollo temprano de una economía artesanal compleja y refuerza la orientación agraria y guerrera de muchas comunidades.

Este paisaje físico tiene consecuencias políticas decisivas. La dificultad para controlar amplios territorios desde un solo centro fomenta la fragmentación del poder y la persistencia de linajes locales fuertes. Al mismo tiempo, la existencia de llanuras fértiles rodeadas de montañas hace que la conquista de un valle implique la dominación prolongada de su población, más que su simple expulsión. De ahí que en el Peloponeso se desarrollen formas tempranas de sometimiento colectivo, como las que más tarde cristalizarán en el sistema de hilotaje en Esparta.

Así, cuando los Heráclidas llegan al Peloponeso, no irrumpen en un espacio vacío ni primitivo, sino en una región antigua, compleja y duramente modelada por su geografía. Grecia se encuentra entonces en un momento de redefinición, y el Peloponeso ofrece tanto oportunidades —tierras fértiles, defensas naturales— como desafíos —aislamiento, resistencia local—. La historia de Esparta, que comenzará a desplegarse desde este escenario, no puede entenderse sin este trasfondo: un mundo sin grandes palacios, pero cargado de memoria, conflicto y potencial para nuevas formas de poder.

La tierra prometida

Los Heráclidas son los descendientes de Heracles, hijo de Zeus y Alcmena. Heracles, aunque actuó extensamente en el Peloponeso, nunca reinó allí; estuvo subordinado a Euristeo, rey de Micenas, y murió sin ejercer el poder que, según el mito, le correspondía por derecho. Tras su muerte, sus hijos fueron perseguidos y obligados al exilio. De este modo, los Heráclidas se conciben a sí mismos como un linaje desposeído, portador de una herencia prometida pero aplazada. No proceden de Laconia: vienen de fuera, tras generaciones de errancia, refugiados primero en Grecia central y en Ática, protegidos por reyes como Demofonte de Atenas.

El llamado “retorno de los Heráclidas” no es un regreso inmediato, sino un proceso largo y fallido en sus primeros intentos. La tradición insiste en que los Heráclidas fracasan varias veces porque no interpretan correctamente los oráculos de Apolo. Solo cuando el rito, el tiempo y la vía son los adecuados —no por el istmo, sino por el mar; no antes, sino “en la tercera cosecha”— la empresa tiene éxito. Este énfasis subraya un principio fundamental del mundo griego: la conquista solo es legítima cuando está religiosamente justificada.

Los Heráclidas regresan acompañados por los dorios, un grupo guerrero que el mito presenta como aliado y ejecutor de la reconquista. Históricamente, este relato encubre lo que la arqueología y la historiografía identifican como la migración doria (siglos XII–XI a. C.). 

Entre los Heráclidas destacan tres figuras principales, cada una asociada a una región del Peloponeso. Témenos recibe Argos; Cresfontes, Mesenia; y Aristodemo, Lacedemonia. Aristodemo muere antes de ejercer el poder, y por eso la realeza laconia recae en sus hijos gemelos, Eurístenes y Procles, fundadores de las dos casas reales espartanas. Desde su origen, por tanto, Esparta no tiene un rey único: nace ya como diarquía, y esta forma de gobierno es presentada como consecuencia directa del reparto heraclida, no como una innovación posterior.

Cuando los Heráclidas llegan a Lacedemonia, no encuentran una tierra vacía ni una ciudad organizada como la Esparta clásica. Se enfrentan a una región antigua, con aldeas dispersas, poblaciones sometidas y una memoria mítica profunda. Amiclas, Faris, Terapne y otras comunidades laconias preceden a la polis unificada. Tampoco encuentran un Estado centralizado, sino un mosaico de linajes locales, restos del viejo orden laconio que había pasado por reyes como Tindáreo, Menelao y los Atridas. La llegada heraclida no continúa ese orden: lo sustituye.

Sin embargo, los heráclidas no expulsan a nadie, solo reorganizan las aldeas que ya existían. 

Reyes de Esparta

Eurístenes y Procles

Eurístenes y Procles son los primeros reyes de Esparta en sentido histórico-institucional, aunque todavía se muevan en el umbral entre mito y protohistoria. Ambos son hijos gemelos de Aristodemo, uno de los Heráclidas, descendientes directos de Heracles, y de Argía, mujer de linaje noble peloponesio. Aristodemo muere antes de asumir el poder en Lacedemonia, lo que provoca una situación excepcional: el territorio asignado a su casa pasa simultáneamente a sus dos hijos, sin que pueda establecerse con claridad quién nació primero. 

Eurístenes es considerado el fundador de la dinastía agíada, que la tradición presenta como la rama “mayor” o más antigua, aunque no superior en atribuciones. Su nombre, compuesto por eurýs (amplio) y sthénos (fuerza), refuerza la imagen de una realeza asociada a la potencia guerrera y al prestigio ancestral. Los agíadas conservarán siempre una fuerte carga simbólica y religiosa, y de esta línea procederán figuras emblemáticas de la Esparta clásica, como Leónidas. Eurístenes no funda una ciudad ni promulga leyes; su papel consiste en encarnar la legitimidad heraclida en un territorio recién conquistado y todavía fragmentado en aldeas.

Procles, por su parte, funda la dinastía euripóntida, cuyo nombre procede precisamente de él. El sentido de su nombre se ha vinculado al verbo prokaléō, “llamar hacia delante” o “convocar”, lo que la tradición posterior interpretó como una realeza más orientada a la organización interna y a la continuidad política. A lo largo de la historia espartana, los euripóntidas aparecerán con frecuencia asociados a reformas, ajustes institucionales y liderazgo estratégico, sin que ello implique una jerarquía inferior respecto de los agíadas. Desde el origen, ambas casas reales son iguales en dignidad y limitadas en poder.

Los dos reyes gobiernan conjuntamente este espacio, apoyados en su linaje heraclida y en la fuerza militar de los dorios que los acompañan, pero sin un aparato estatal centralizado ni una legislación escrita.

En cuanto a la cronología, no existen fechas exactas para sus reinados, ya que Esparta carece en este período de registros escritos contemporáneos. Sin embargo, la tradición antigua (Heródoto, Pausanias) y la reconstrucción moderna basada en listas reales y cómputos generacionales permiten situarlos a comienzos del siglo XI a. C., aproximadamente entre 1100 y 1050 a. C.

El gobierno de Eurístenes y Procles no se recuerda por grandes campañas ni por reformas decisivas, sino porque inaugura una forma de poder duradera. Con ellos, la realeza espartana deja de ser un liderazgo heroico individual y se transforma en un cargo compartido, vigilado y limitado desde su origen. La diarquía no surge como teoría política, sino como respuesta práctica a un problema sucesorio y de control en una sociedad conquistadora y minoritaria.

En cuanto a las muertes de estos reyes, no hay un registro o una narración que nos pueda ayudar. Eurístenes no tiene una muerte narrada en la tradición mítica ni histórica conservada. A diferencia de héroes como Heracles, Teseo o incluso Aristodemo, Eurístenes no muere en combate, ni asesinado, ni castigado por los dioses. Las fuentes simplemente lo dan por sucedido por sus descendientes dentro de la dinastía agíada. Esto ha llevado a la mayoría de los historiadores a concluir que su muerte fue natural, probablemente tras un reinado relativamente largo para los estándares de la época. La ausencia de un relato trágico no es un vacío accidental: indica que Eurístenes no pertenece al mundo heroico, sino a un tiempo de estabilización política, donde lo importante no es la gesta individual, sino la continuidad institucional.

Algo muy similar ocurre con Procles. Tampoco existe un relato mítico sobre su muerte, ni referencias a violencia, exilio o castigo divino. Procles desaparece de la narración del mismo modo que aparece: sin drama, dejando paso a la sucesión regular dentro de la dinastía euripóntida. Las listas reales conservadas por autores como Pausanias simplemente lo sitúan como primer eslabón de una cadena dinástica, sin detenerse en su final. De nuevo, todo apunta a una muerte natural, probablemente en edad madura.

Agis I y Euripón 

En la dinastía agíada, sucede a Eurístenes su hijo Agis I, quien da nombre definitivo a la casa real: desde él, los reyes de esta línea serán conocidos como Agíadas. Agis I gobierna en una etapa aún muy arcaica, cuando Esparta sigue siendo una confederación de aldeas y el dominio heraclida se está afianzando sobre la población local. La tradición no le atribuye grandes hazañas militares ni reformas políticas, lo que sugiere que su función principal fue asegurar la continuidad del poder y mantener la cohesión de la élite conquistadora. Su reinado suele situarse, de forma aproximada, en la segunda mitad del siglo XI a. C. (c. 1050–1020 a. C.).

En paralelo, en la dinastía euripóntida, sucede a Procles su hijo Euripón. A diferencia de los agíadas, la casa euripóntida toma su nombre de este rey y no del fundador original, lo que indica la importancia estructurante de su gobierno dentro de la tradición espartana. Euripón es recordado por haber contribuido a definir y reforzar el equilibrio institucional entre reyes, consejo de ancianos y comunidad guerrera, aunque estas atribuciones son más bien retrospectivas. Su reinado se sitúa en el mismo marco cronológico que el de Agis I, también hacia mediados del siglo XI a. C.

Con Agis I y Euripón, Esparta entra ya en una fase claramente histórica, aunque todavía sin fechas exactas ni relatos detallados. La sucesión regular dentro de ambas dinastías demuestra que la realeza espartana ha dejado de depender de figuras heroicas singulares y pasa a funcionar como institución hereditaria estable. Los reyes siguen siendo sagrados y guerreros, pero cada vez más limitados por la costumbre y por el equilibrio interno.

Equéstrato y Soos

En la dinastía agíada, tras Agis I gobierna Echestratus (Équestrato). Su figura es extremadamente oscura, lo que es habitual en esta fase temprana. No se le atribuyen reformas ni campañas destacadas, y su importancia reside en haber mantenido la línea sucesoria sin conflictos internos. Su reinado suele situarse hacia finales del siglo XI a. C. o comienzos del siglo X a. C., aproximadamente c. 1020–990 a. C..

A Équestrato le sucede Labotas, también conocido en algunas fuentes como Leobotes. Con él, la casa agíada sigue consolidándose como una realeza hereditaria estable, aunque todavía sin un perfil político definido. Labotas gobierna en un período en que Esparta sigue siendo una confederación de aldeas dominantes sobre poblaciones sometidas, sin expansión territorial mayor. Su reinado se sitúa de manera aproximada en el siglo X a. C..

En paralelo, en la dinastía euripóntida, tras Euripón gobierna Soos. Soos aparece en las fuentes con rasgos más concretos, especialmente militares. La tradición le atribuye conflictos tempranos con pueblos vecinos de Laconia y Arcadia, lo que refleja una fase en que Esparta aún está asegurando su dominio territorial. No se trata todavía de grandes guerras panhelénicas, sino de enfrentamientos locales, propios de una polis que está consolidando su hegemonía regional. En este sentido, Soos representa al rey espartano como jefe militar activo, no como figura meramente simbólica.

La anécdota más famosa asociada a Soos —transmitida por Plutarco— lo muestra como un gobernante astuto y pragmático. En una campaña, su ejército se queda sin agua y el enemigo ofrece permitirles beber a cambio de una concesión territorial. Soos acepta el trato, deja que todos beban excepto él mismo, y luego reclama que el acuerdo no es válido porque no todos bebieron. El episodio, más allá de su literalidad, construye una imagen de Soos como rey inteligente, duro y poco sentimental, rasgos que la tradición considera típicamente espartanos. Es importante notar que este tipo de relatos ya no son mitos cosmogónicos, sino ejemplos morales y políticos.

Cronológicamente, el reinado de Soos suele situarse a finales del siglo XI o comienzos del siglo X a. C., aproximadamente entre c. 1020–980 a. C., aunque, como en toda esta etapa, las fechas son aproximadas. Su gobierno se desarrolla en un momento en que Esparta aún no ha emprendido las Guerras Mesenias, pero ya muestra una tendencia clara hacia la expansión armada y la disciplina colectiva.

Doriso y Pritanis

En la línea agíada, a Equéstrato le sucede Labotas (también llamado Leobotes en algunas fuentes). Labotas gobierna en un período todavía arcaico, sin grandes expansiones ni reformas conocidas. Su importancia es dinástica, no política: asegura la continuidad de la casa agíada y transmite el trono sin conflictos internos. Su reinado suele situarse en el siglo X a. C., de manera aproximada, dentro del largo proceso de consolidación del dominio espartano sobre Laconia.

Tras Labotas, la tradición sitúa a Doryssus, una figura aún más oscura. De él no se conservan relatos, leyes ni campañas, lo que es significativo: el silencio de las fuentes indica que la realeza agíada está funcionando como pieza de un engranaje, no como motor de cambio. Doryssus pertenece plenamente a la fase en que Esparta se mantiene, más que se expande.

En la dinastía euripóntida, después de Soos gobierna Eurypon (en algunas tradiciones considerado ya fundador epónimo de la casa). Su reinado refuerza la identidad propia de la línea euripóntida y consolida la sucesión hereditaria. Bajo Eurypon, la monarquía espartana aparece ya claramente subordinada a la costumbre, sin rasgos heroicos ni míticos destacados.

A Eurypon le sucede Prytanis, otro rey del que apenas sabemos nada más allá de su lugar en la genealogía. Su gobierno se sitúa también en el siglo X a. C., y pertenece a esta misma etapa silenciosa de la historia espartana, en la que lo decisivo no es la acción individual, sino la permanencia del sistema.

Agesilao I

En la línea agíada, tras Doriso gobierna Agesilaus I (no confundir con el famoso Agesilao II del siglo IV a. C.). Agesilaus I reina aún en el siglo X a. C., en un contexto de consolidación interna. Su figura sigue siendo oscura, pero su presencia marca una continuidad clara del linaje, que ya no se interrumpe ni se ve amenazada por disputas sucesorias. Con él, la casa agíada se presenta como una institución hereditaria plenamente establecida.

A Agesilaus I le sucede Archelaus, otro rey poco documentado, pero importante como eslabón de la cadena dinástica. Su reinado pertenece todavía a la larga etapa previa a las grandes expansiones espartanas. La tradición no le atribuye guerras decisivas ni reformas, lo que confirma que, en este período, la función del rey es preservar el orden, no transformarlo.

En paralelo, en la dinastía euripóntida, tras Prytanis gobierna Polydectes. Su figura es relevante porque aparece ya asociada a un episodio clave: es durante su reinado —o inmediatamente después— cuando emerge la tradición de Licurgo como legislador. Polydectes muere sin dejar heredero adulto, lo que abre un interregno delicado y prepara el escenario para una reorganización profunda del sistema espartano.

Tras Polydectes accede al trono Charilaus, todavía niño al comienzo de su reinado. Charilaus gobierna durante un período prolongado, ya a caballo entre los siglos IX y VIII a. C., y es el rey euripóntida más estrechamente vinculado a la tradición licúrgica. Bajo su reinado, según las fuentes, se fijan o consolidan las instituciones que darán forma definitiva a la Esparta clásica.

Este momento —Agesilaus I y Archelaus entre los agíadas; Polydectes y Charilaus entre los euripóntidas— es decisivo porque marca el tránsito desde la pura continuidad dinástica hacia la institucionalización plena. Esparta deja de ser solo una diarquía hereditaria estable y se convierte en un Estado con normas, educación común y disciplina colectiva. A partir de aquí, ya no hablamos solo de reyes, sino de un sistema político completo.

Teleclo y Alcamenes

En la línea agíada, a Arquelao le sucede Teleclo. Teleclo es una figura clave porque aparece ya asociado a la expansión territorial de Esparta. La tradición le atribuye la conquista de Amiclas, una antigua comunidad laconia que hasta entonces había conservado cierta autonomía. Este episodio es importante porque muestra que Esparta empieza a absorber definitivamente las aldeas vecinas, dejando atrás la simple coexistencia y avanzando hacia una polis dominante. Teleclo muere de forma violenta, asesinado —según la tradición— en un santuario, lo que indica que el proceso de expansión interna no estuvo exento de resistencias y conflictos.

Tras Teleclo gobierna Alcámenes, cuyo reinado se sitúa ya claramente en el siglo VIII a. C.. Alcámenes es una figura de transición: no inaugura conquistas espectaculares, pero gobierna en el momento en que Esparta empieza a mirar más allá de Laconia, hacia Mesenia. Bajo su reinado se prepara el escenario político, social y militar que desembocará en las Guerras Mesenias, uno de los acontecimientos más decisivos de la historia espartana.

Carilao y Licurgo

En la dinastía euripóntida reina Carilao. El reinado de Carilao ocupa un lugar silencioso pero fundacional en la historia de Esparta, porque es en su tiempo cuando la ciudad deja de ser solo un dominio heráclida recién asentado y comienza a transformarse en un orden político único en Grecia. Carilao pertenece a la dinastía euripóntida, descendiente directa de los heráclidas, y gobierna en una época temprana, generalmente situada por la tradición entre finales del siglo IX y comienzos del siglo VIII a. C.. Su reinado no es recordado por grandes conquistas ni por gestas militares espectaculares, sino por algo más decisivo: haber permitido —y sobrevivido a— la instauración del sistema licúrgico.

Las fuentes antiguas describen a Carilao como un rey débil de carácter pero dócil a la ley, y esa aparente debilidad es, paradójicamente, una de sus grandes virtudes históricas. Esparta, en ese momento, ya tiene doble realeza, control territorial sobre Laconia y una población sometida (los futuros hilotas), pero carece todavía de un equilibrio interno estable. Las tensiones sociales, la desigualdad y el riesgo de guerra civil amenazan la continuidad del dominio heráclida. Es precisamente en este contexto cuando aparece la figura de Licurgo.

Según Plutarco, Licurgo es tío de Carilao y asume inicialmente el papel de tutor y regente, ya que el rey aún es joven. Aquí comienza la fusión entre mito e historia. Algunas tradiciones lo presentan como un aristócrata ambicioso que podría haber usurpado el trono; otras, como un hombre profundamente consciente del peligro de la tiranía. En ambos casos, el relato coincide en lo esencial: Licurgo renuncia al poder personal para instaurar el poder de la ley. Su autoridad no se apoya en la fuerza, sino en la legitimidad religiosa y moral.

Antes de legislar, Licurgo emprende un largo viaje. Históricamente, estos desplazamientos son imposibles de verificar, pero su significado es claro. Se dice que visita Creta, donde observa leyes austeras; Asia Menor y Egipto, donde contempla sociedades jerárquicas y disciplinadas. El mito del viaje cumple una función precisa: Licurgo no impone un orden improvisado, sino uno deliberadamente elegido tras comparar formas de vida. A su regreso, consulta al oráculo de Delfos, que le entrega la Gran Retra, una constitución oral y sagrada.

Las leyes atribuidas a Licurgo transforman radicalmente Esparta. En el plano político, consolida la gerusía (consejo de ancianos), regula la apella (asamblea) y limita el poder de los reyes sin abolirlos, integrándolos en un sistema de contrapesos. En el plano social, introduce la redistribución de la tierra en klêroi, elimina el lujo, sustituye la moneda preciosa por hierro, impone los comedores comunes (syssitia) y subordina toda la vida privada al bien colectivo. La educación (agōgē) se convierte en el eje del sistema: los ciudadanos no se forman para sí mismos, sino para ser útiles a la polis.

Numerosas anécdotas subrayan el carácter radical del legislador. Se cuenta que prohibió las casas lujosas y ordenó que se construyeran solo con herramientas simples, para impedir la ostentación; que obligó a los ilotas a embriagarse en público como advertencia moral; que defendía respuestas breves y severas, dando origen al célebre estilo lacónico. Todo esto, sea histórico o legendario, apunta a una misma idea: Licurgo educa tanto por la ley como por el ejemplo escénico.

En medio de estas reformas, Carilao no se opone. Muy al contrario, la tradición afirma que su docilidad permitió que el nuevo sistema se afianzara sin guerra civil. Plutarco incluso recoge la opinión de que Carilao fue un rey “mejor gobernado por la ley que gobernante por sí mismo”. En términos históricos, esto significa que el reinado de Carilao es el puente entre la realeza heráclida y la Esparta institucional. Sin su aceptación, el sistema licúrgico habría sido inviable.

El final de Licurgo es tan simbólico como su vida. Una vez establecidas las leyes, pide a los espartanos que juren no modificarlas hasta su regreso, y luego abandona Esparta voluntariamente. Nunca vuelve. Algunas versiones dicen que muere de inanición para garantizar que el juramento sea eterno; otras, que fallece en Delfos o en Creta, y que sus restos son dispersados para evitar su culto. El sentido es inequívoco: Licurgo desaparece para que la ley no tenga rostro humano que pueda ser desafiado.

Desde una mirada histórica moderna, es muy probable que Licurgo no haya sido un individuo único, sino la personificación de un proceso largo de reformas desarrolladas durante varias generaciones. Pero para Esparta —y para la memoria griega— eso es secundario. Licurgo existe como fundador mítico del orden, y Carilao como el rey que permitió que ese orden naciera.

En paralelo, en la dinastía euripóntida, tras Carilao gobierna Nicandro. Nicandro es el primer rey espartano claramente vinculado a una guerra de expansión externa, ya que durante su reinado comienza la Primera Guerra Mesenia. Esto marca un antes y un después: Esparta deja de consolidarse solo internamente y pasa a construir un imperio territorial basado en la conquista y la sujeción de otra región griega.

Después de Nicandro accede al trono Teopompo, una de las figuras más importantes de la monarquía arcaica. Teopompo gobierna durante buena parte del siglo VIII a. C. y es tradicionalmente asociado tanto a la conducción de la Primera Guerra Mesenia como a la consolidación de las instituciones espartanas. La tradición afirma que él mismo aceptó limitar el poder real en beneficio del equilibrio político, lo que refuerza la idea de una monarquía cada vez más subordinada al sistema.

En paralelo, en la dinastía euripóntida, tras Teopompo gobierna Arquídamo I. Su reinado se sitúa también en el siglo VIII a. C., y continúa el proceso iniciado por su predecesor: la consolidación del dominio espartano sobre Mesenia y la transformación de los mesenios en hilotas. Con Arquídamo I, Esparta ya no es simplemente una potencia regional en formación, sino un Estado militarizado, estructuralmente dependiente de la dominación de una población sometida.

En la línea agíada, sucede a Alcámenes Polidoro. Polidoro gobierna en la segunda mitad del siglo VIII a. C., aproximadamente c. 750–665 a. C., y es una figura crucial porque su reinado coincide con el apogeo y desenlace de la Primera Guerra Mesenia. A diferencia de muchos reyes anteriores, Polidoro aparece claramente vinculado a conflictos sociales internos: la tradición lo presenta como un rey moderado, preocupado por contener tensiones entre ciudadanos espartanos tras décadas de guerra. Su asesinato —probablemente por un miembro de la aristocracia— muestra que Esparta ya no solo enfrenta enemigos externos, sino conflictos políticos internos derivados de su propia expansión.

Guerras Mesenia

La Primera Guerra Mesenia marca el momento en que Esparta pasa de ser una potencia regional en formación a convertirse en un Estado conquistador estructuralmente violento. Tradicionalmente se sitúa entre c. 740 y 720 a. C., en un contexto de presión demográfica, desigualdad interna y necesidad de asegurar recursos agrícolas. Mesenia era una de las regiones más fértiles del Peloponeso, mucho más rica que Laconia, y su control ofrecía a Esparta algo decisivo: tierras abundantes sin necesidad de colonizar fuera. La guerra no estalla por un solo incidente, sino como resultado de una expansión deliberada.

El conflicto fue largo y extremadamente duro. Las fuentes hablan de una guerra que se prolongó cerca de veinte años, lo que indica que Mesenia no fue conquistada fácilmente. Los mesenios resistieron desde posiciones fortificadas, especialmente en el monte Itome, que se convirtió en símbolo de la resistencia. Esparta, por su parte, tuvo que sostener un esfuerzo militar prolongado, algo inusual para la época, lo que obligó a disciplinar a sus propios ciudadanos y a mantenerlos bajo una lógica de guerra permanente. Aquí comienza a perfilarse la necesidad de una sociedad militarizada.

El desenlace de la Primera Guerra Mesenia fue la derrota mesenia y la transformación de su población en hilotas. Este punto es crucial: los mesenios no fueron expulsados ni exterminados, sino sometidos colectivamente y ligados a la tierra para trabajarla en beneficio de los espartanos. Esparta no crea un imperio exterior, sino un imperio interior, asentado sobre una mayoría esclavizada que sostiene a una minoría armada. Desde este momento, la supervivencia del Estado espartano dependerá del control constante de los hilotas.

La Segunda Guerra Mesenia, situada tradicionalmente entre c. 685 y 668 a. C., no es una nueva conquista, sino una guerra de rebelión. Tras décadas de sometimiento, los mesenios —apoyados por otros pueblos del Peloponeso, especialmente Arcadia y Argos— se levantan contra el dominio espartano. Esta guerra es aún más reveladora del carácter del Estado espartano, porque pone en evidencia su vulnerabilidad interna: Esparta es fuerte hacia fuera, pero vive permanentemente amenazada desde dentro.

Durante esta segunda guerra, la resistencia mesenia vuelve a concentrarse en el monte Itome, que funciona otra vez como bastión simbólico y militar. Esparta se enfrenta no solo a enemigos externos, sino al riesgo existencial de perder la base económica que sostiene todo su sistema. La respuesta es una radicalización del modelo espartano: mayor disciplina, control social más estricto y una organización militar aún más cohesionada. En este contexto aparece también la poesía de Tirteo, que cumple una función claramente política: movilizar, exhortar y disciplinar a los ciudadanos mediante la palabra.

La derrota definitiva de los mesenios en la Segunda Guerra Mesenia sella el destino de Esparta. El hilotaje se endurece, el miedo a la rebelión se convierte en una constante y el Estado adopta mecanismos de control extremo, como la vigilancia permanente y la educación orientada casi exclusivamente a la guerra. A partir de este momento, Esparta ya no puede relajarse sin ponerse en peligro: su estabilidad depende de una tensión continua.

La llamada Tercera Guerra Mesenia no fue una guerra de conquista, sino una gran insurrección que reveló hasta qué punto el dominio espartano sobre Mesenia seguía siendo precario incluso siglos después de las guerras arcaicas. Tras la Primera y la Segunda Guerra Mesenia, el sometimiento no había sido absoluto: persistían redes de resistencia y apoyos externos. Ciudades como Tegea, pese a tratados formales con Esparta, auxiliaban en secreto a grupos mesenios, manteniendo viva una guerrilla de baja intensidad que erosionaba el control espartano.

El detonante fue el gran terremoto de 464 a. C., que devastó Laconia. Gran parte de Esparta quedó destruida; un gimnasio colapsó y murieron numerosos efebos en entrenamiento. En ese momento crítico, cuando el ejército espartano marchaba hacia Tasos para auxiliarla en su rebelión contra Atenas, los hilotas mesenios se sublevaron masivamente. A ellos se sumaron, en menor número, hilotas de Laconia y ciudades periecas de la costa como Turia y Etea. La rebelión se organizó en torno al monte Itome, símbolo histórico de la resistencia mesenia, dando lugar a lo que las fuentes conocen como la rebelión del Itome.

La guerra estuvo lejos de resolverse rápidamente. Esparta, debilitada por el desastre natural, comprobó que su sistema podía colapsar si la mayoría sometida actuaba de forma coordinada. Ya desde finales del siglo VI a. C., Heródoto había puesto en boca de Aristágoras una advertencia elocuente: los mesenios eran “casi tan fuertes como los espartanos”, y por ello especialmente peligrosos. Los hechos parecieron darle la razón. Esparta se vio obligada a recurrir a sus aliados —Egina, Platea, Mantinea e incluso Atenas—, una señal inequívoca de la gravedad del conflicto. En la batalla de Esteníclaro (según la tradición), murieron trescientos Iguales, una pérdida simbólicamente devastadora para una sociedad que se definía por su minoría ciudadana armada.

El final llegó en 454 a. C., no por aniquilación, sino por compromiso. Esparta aceptó una salida excepcional: los rebeldes que controlaban Itome abandonarían el Peloponeso. Con mediación ateniense, fueron asentados en Naupacto, bajo protección de Atenas. Este desenlace tuvo consecuencias estratégicas inmediatas: acentuó la desconfianza espartana hacia Atenas (que había enviado tropas y luego fue rechazada), profundizando la brecha que desembocaría, años después, en la Guerra del Peloponeso.

Estabilización y endurecimiento

Luego de las Guerras Mesenias, Esparta entra en una fase decisiva de estabilización y endurecimiento, en la que deja de ser una potencia en expansión violenta y se convierte en un Estado obsesionado con la conservación del orden que ha creado. La conquista de Mesenia y la transformación de su población en hilotas proporcionan a Esparta una base económica sólida, pero también un problema permanente: una mayoría sometida que supera ampliamente en número a los ciudadanos espartiatas. Desde este momento, toda la política espartana estará orientada a evitar una nueva rebelión interna.

En la dinastía agíada, tras Polidoro, gobierna Eurícrates (siglo VII a. C.), un rey poco visible en las fuentes, pero clave para la continuidad institucional tras el trauma mesenio. Le sucede Anaxandro, bajo cuyo reinado Esparta consolida su posición hegemónica en el Peloponeso. Más tarde gobierna Eurícratidas, ya en un contexto de estabilidad interna y predominio regional.

En paralelo, en la dinastía euripóntida, después de Arquídamo I, gobierna Anaxidamo, seguido por Zeuxidamo. A este último le sucede Anaxidamo II, cuyo reinado enlaza ya con el período arcaico tardío y prepara el escenario para las grandes confrontaciones del siglo V a. C.

León de Esparta fue rey de la dinastía euripóntida, y su reinado se sitúa aproximadamente entre c. 600 y 560 a. C.. Es una figura histórica, aunque poco desarrollada por las fuentes, lo que es típico de la monarquía espartana antes de las Guerras Médicas. León no es recordado por grandes campañas ni reformas, sino por algo estructuralmente más importante: pertenece al momento en que Esparta ya es una potencia hegemónica del Peloponeso, con la Liga del Peloponeso en funcionamiento.

León es hijo de Eurícrates y padre de Anaxándridas I (no confundir con Anaxándridas II, que es agíada). Bajo León, la realeza euripóntida aparece plenamente integrada en el sistema, sin protagonismos personales: el rey manda ejércitos aliados, preside rituales y representa la continuidad, pero no gobierna en solitario. Es el tipo de rey que confirma que Esparta ha entrado definitivamente en la época arcaica tardía estable, donde la innovación es sospechosa y la tradición es ley.

Anaxándridas II fue rey agíada de Esparta, hijo de León y que nació aproximadamente entre c. 560 y 520 a. C., y su importancia no reside tanto en campañas militares como en una crisis dinástica sin precedentes que revela cómo funcionaba realmente el poder en Esparta. Casado inicialmente sin descendencia, fue presionado por los éforos para tomar una segunda esposa —algo excepcional— con el fin de asegurar la sucesión. De este segundo matrimonio nació Cleómenes I, mientras que de la primera esposa, posteriormente, nacieron Dorieo, Leónidas y Cleómbroto.

En el plano social, se consolida definitivamente la división tripartita de la población: espartiatas, periecos e hilotas. Los espartiatas pasan a definirse exclusivamente como clase guerrera, liberada del trabajo productivo. Los periecos conservan su libertad y autonomía local, pero sin derechos políticos, y cumplen funciones económicas y artesanales. Los hilotas, especialmente los mesenios, quedan ligados a la tierra y sometidos a un régimen de vigilancia y violencia sistemática. Esta estructura no es accidental: es el resultado directo del trauma de las guerras y de las rebeliones posteriores.

En el plano institucional, tras las guerras mesenias se afianza el sistema político clásico de Esparta. La diarquía continúa, pero con reyes cada vez más limitados en la práctica. Ganan peso el Consejo de Ancianos (Gerusía) y la asamblea de los ciudadanos (Apella), mientras que, con el tiempo, los éforos se convierten en una magistratura clave para el control interno, incluso sobre los propios reyes. Todo el sistema está diseñado para impedir desviaciones individuales y garantizar la cohesión del grupo dominante.

En el plano militar, Esparta se transforma en una sociedad permanentemente armada. La experiencia de las guerras largas y de la rebelión mesenia demuestra que la improvisación es peligrosa. Se refuerza la agogé, se sistematiza el entrenamiento colectivo, se exige disciplina absoluta y se construye una identidad basada en la obediencia, el sacrificio y la igualdad entre los homoioi. La guerra deja de ser un episodio excepcional y pasa a ser un estado latente.

En el plano exterior, Esparta cambia de estrategia. Tras asegurar Laconia y Mesenia, abandona la expansión directa y opta por un modelo de hegemonía indirecta: la Liga del Peloponeso. En lugar de conquistar y someter como en Mesenia, Esparta establece alianzas militares desiguales con otras poleis, que conservan su autonomía interna pero reconocen el liderazgo espartano en política exterior y guerra. Este sistema reduce riesgos internos y evita la incorporación de nuevas poblaciones hostiles.

Culturalmente, Esparta se cierra. A diferencia de otras ciudades griegas del período arcaico, limita el comercio exterior, desconfía de la innovación y desprecia el lujo. Esta austeridad no es solo moral: es una estrategia política para evitar desigualdades internas que puedan debilitar la cohesión de la clase guerrera. El ideal espartano —disciplina, silencio, resistencia— nace directamente del miedo a repetir las crisis del pasado.

Liga del Peloponeso

La Liga del Peloponeso fue el instrumento con el que Esparta transformó su dominio regional en una hegemonía política estable, sin recurrir a la anexión territorial directa. No fue una liga en sentido moderno ni una confederación igualitaria, sino una red de alianzas militares desiguales, diseñada para garantizar la seguridad interna de Esparta y su liderazgo indiscutido en el Peloponeso.

Su origen se sitúa progresivamente entre los siglos VI y V a. C., cuando Esparta, ya consolidada tras las Guerras Mesenias, decide abandonar la expansión violenta y optar por el control indirecto. La experiencia mesenia había demostrado que incorporar poblaciones sometidas era peligroso; la Liga permite a Esparta mandar sin absorber, evitando nuevos focos de rebelión interna.

Cleómenes I, rey agíada (c. 520–490 a. C.), es la figura que politiza decisivamente la Liga del Peloponeso. Bajo su reinado, Esparta deja de limitarse a garantizar el equilibrio regional y comienza a intervenir directamente en los asuntos internos de otras poleis, especialmente en Atenas. Cleómenes impulsa una política exterior agresiva, convencido de que la estabilidad del Peloponeso depende de impedir el surgimiento de regímenes hostiles, en particular democracias radicales.

En este contexto, la Liga del Peloponeso funciona como brazo militar de la diplomacia espartana. Cleómenes la utiliza para movilizar contingentes aliados y legitimar intervenciones que, de otro modo, parecerían actos unilaterales. Su intento de reinstaurar a Hipias en Atenas muestra los límites del sistema: muchos aliados se resisten a seguir a Esparta cuando perciben que esta defiende intereses propios más que el bien común de la Liga. Este episodio es crucial, porque revela que la Liga no es un imperio: los aliados pueden decir no.

Cleómenes también emplea la religión y los oráculos como herramientas políticas, lo que refuerza su autoridad, pero al mismo tiempo genera desconfianza. Su liderazgo es eficaz, pero personalista e inestable. Finalmente, su caída —acusado de locura y de abusos— muestra que incluso un rey poderoso puede ser neutralizado por las propias instituciones espartanas. Con Cleómenes, la Liga alcanza una gran proyección, pero también toca sus límites políticos internos.

Demarato, rey euripóntida (c. 515–491 a. C.), representa el contrapeso institucional dentro de la diarquía y, por extensión, dentro del liderazgo de la Liga. A diferencia de Cleómenes, Demarato es prudente, conservador y reacio a las intervenciones arriesgadas. Su política favorece la estabilidad interna del Peloponeso por sobre aventuras externas que puedan desunir a los aliados.

El enfrentamiento entre ambos reyes se manifiesta de forma clara cuando Demarato se opone a la expedición contra Atenas. Esta división es excepcionalmente visible y pone de relieve una característica esencial del sistema espartano: ni siquiera en política exterior Esparta actúa siempre con una sola voz. La Liga del Peloponeso, lejos de ser un bloque monolítico, refleja estas tensiones internas.

La derrota política de Demarato es también reveladora. Cleómenes logra su deposición mediante maniobras legales y religiosas, cuestionando su legitimidad dinástica. Demarato se exilia y termina en la corte persa, donde asesora a Darío y Jerjes. Paradójicamente, el antiguo rey espartano se convierte en fuente de información estratégica para Persia, lo que muestra hasta qué punto los conflictos internos de Esparta podían tener consecuencias internacionales.

La estructura de la Liga era sencilla pero eficaz. Cada polis aliada firmaba un tratado bilateral con Esparta —no con el conjunto de los aliados—, comprometiéndose a seguirla en guerra y a no actuar contra sus intereses. A cambio, Esparta respetaba la autonomía interna de cada ciudad: no imponía constituciones, no exigía tributos regulares y no estacionaba guarniciones de forma permanente (salvo casos excepcionales). Esto hacía la Liga atractiva para muchas poleis oligárquicas, que veían en Esparta una garante del orden tradicional frente a revoluciones internas.

Entre los miembros destacados se encontraban Corinto, Mantinea, Elis y numerosas ciudades de Arcadia. Es importante notar que Argos quedó casi siempre fuera de la Liga, actuando como rival regional, lo que explica muchas tensiones internas del Peloponeso.

El funcionamiento político de la Liga reforzaba el liderazgo espartano. En caso de guerra, los aliados se reunían y votaban, pero Esparta convocaba, dirigía y ejecutaba. Formalmente, cada polis tenía un voto; en la práctica, la autoridad moral y militar de Esparta hacía muy difícil oponerse. La Liga no tenía tesoro común ni burocracia central: su cohesión descansaba en la reputación militar espartana y en el miedo compartido a enemigos externos, especialmente Atenas.

Sin embargo, la Liga tenía límites estructurales. Dependía casi por completo del prestigio de Esparta y carecía de mecanismos fuertes de coerción interna. 

Guerras Médicas

Las Guerras Médicas (490–479 a. C.) fueron el gran enfrentamiento entre el Imperio persa y el mundo griego, y constituyen el momento en que Esparta pasa de hegemonía regional a potencia panhelénica, asumiendo un liderazgo militar que marcará toda la época clásica. El conflicto nace cuando el Imperio persa, bajo Darío I, intenta someter las ciudades griegas del Egeo y castigar a aquellas que habían apoyado la rebelión jonia; lo que estaba en juego no era solo territorio, sino la autonomía política de las poleis griegas, algo incompatible con el sistema imperial persa.

La Primera Guerra Médica culmina en Maratón (490 a. C.), donde Atenas derrota a los persas sin ayuda espartana directa, debido a retrasos religiosos. Aunque Esparta no participa en la batalla, el episodio es importante porque muestra que, desde ese momento, la defensa de Grecia exigirá una coordinación mayor, y Esparta emerge como el único poder capaz de organizarla a gran escala. Tras la muerte de Darío, su hijo Jerjes I prepara una invasión mucho más ambiciosa, que dará inicio a la Segunda Guerra Médica.

Cuando Jerjes invade Grecia en 480 a. C. con un ejército masivo, Esparta asume el liderazgo terrestre de la coalición helénica. El rey espartano Leónidas I encarna este papel de forma decisiva en la batalla de las Termópilas. Con un pequeño contingente de griegos —entre ellos los célebres 300 espartanos—, Leónidas bloquea el paso estrecho durante varios días, sacrificándose deliberadamente cuando la posición se vuelve insostenible. Su muerte no es una derrota estratégica, sino una victoria moral: demuestra que el ejército persa puede ser resistido y convierte a Esparta en símbolo del valor griego.

Tras Termópilas, el mando espartano no desaparece. El rey Leotíquidas asume un papel central en la fase posterior de la guerra, comandando fuerzas griegas en el Egeo y contribuyendo a la expulsión persa del territorio continental. Paralelamente, aunque Atenas domina el mar con figuras como Temístocles, Esparta sigue siendo el eje de la guerra terrestre, sosteniendo la cohesión de la alianza helénica.

El momento culminante para Esparta llega en Platea (479 a. C.), donde el ejército griego derrota definitivamente a los persas en tierra firme. Aquí destaca el regente espartano Pausanias, primo de Leónidas y tutor del joven rey Plistarco. Pausanias dirige el ejército aliado con disciplina espartana y obtiene una victoria decisiva que pone fin a la amenaza persa en Grecia continental. Aunque más tarde su figura quedará empañada por acusaciones de traición, en ese momento representa el apogeo del prestigio militar espartano.

Las Guerras Médicas consolidan a Esparta como primera potencia militar de Grecia, especialmente en tierra, y legitiman su liderazgo dentro de la Liga del Peloponeso. Sin embargo, también fijan una división duradera: Esparta domina la guerra terrestre y el orden tradicional; Atenas, la guerra naval y la expansión imperial. Esta dualidad, nacida durante la lucha contra Persia, desembocará inevitablemente en la Guerra del Peloponeso.

Guerra del Peloponeso

La Guerra del Peloponeso (431–404 a. C.) fue el gran momento en que Esparta y Atenas se enfrentaron por modelos opuestos de poder, hegemonía y organización política. No fue una guerra inevitable por odio ancestral, sino el resultado de una tensión estructural surgida tras las Guerras Médicas: Atenas había convertido su liderazgo naval en un imperio marítimo (Liga de Delos), mientras Esparta encabezaba una hegemonía terrestre conservadora (Liga del Peloponeso). Cuando el equilibrio dejó de ser tolerable, la guerra estalló.

En el bando espartano, el rey central en el inicio del conflicto fue Arquídamo II, quien dio nombre a la fase arquidámica de la guerra (431–421 a. C.). Arquídamo no era un belicista imprudente: advirtió que Atenas tenía recursos y flota suficientes para resistir una guerra larga. Sin embargo, la presión de los aliados empujó a Esparta a intervenir. Su estrategia fue clara: invasiones terrestres anuales del Ática, devastando los campos para forzar a Atenas a una batalla decisiva que nunca llegó. Atenas, dirigida por Pericles, evitó el combate terrestre y confió en su flota y en su imperio.

Pericles fue el gran arquitecto de la resistencia ateniense en la primera fase. Defendió una estrategia defensiva basada en el control del mar y la protección tras las murallas, aceptando la devastación del campo. Su muerte por la peste debilitó a Atenas política y moralmente, mientras la guerra se extendía sin resultados concluyentes. En este período destaca también el general espartano Brasidas, una figura excepcional: flexible, carismático y activo fuera del Peloponeso. Brasidas llevó la guerra al norte del Egeo, debilitando el imperio ateniense; su muerte en Anfípolis (422 a. C.), junto con la del ateniense Cleón, facilitó una tregua.

Esa tregua fue la Paz de Nicias (421 a. C.), llamada así por Nicias, un político moderado ateniense. La paz, sin embargo, fue frágil y nominal: no resolvió las causas profundas del conflicto y muchos aliados siguieron combatiendo. En Esparta, el rey Agis II asumió un papel cada vez más activo, menos prudente que Arquídamo, y la guerra pronto se reanudó con mayor intensidad.

La fase decisiva del conflicto se abre con la expedición siciliana (415–413 a. C.), una empresa ateniense impulsada por Alcibíades, figura brillante y profundamente ambigua. Atenas intentó conquistar Siracusa para ampliar su imperio; el resultado fue una catástrofe total. Esparta intervino enviando al general Gilipo, quien reorganizó la defensa siracusana y logró destruir por completo el ejército y la flota ateniense. Este episodio marca el giro irreversible de la guerra.

Desde entonces, Esparta adopta una estrategia nueva y más agresiva, apoyada por financiación persa. Bajo el liderazgo del rey Agis II y, más tarde, con la influencia decisiva del navarco Lisandro, Esparta construye una flota eficaz y ataca directamente el corazón del poder ateniense. Lisandro no es rey, pero se convierte en el hombre más poderoso de Esparta durante la fase final: crea redes políticas, impone regímenes oligárquicos y actúa con una libertad inédita para un espartano.

El desenlace llega en 405 a. C., con la batalla de Egospótamos, donde Lisandro destruye la flota ateniense casi sin combate. Atenas, privada de su arma principal, se rinde en 404 a. C.. Esparta vence, pero la victoria tiene un precio: debe administrar un imperio que nunca quiso. Se instauran gobiernos oligárquicos afines (como los Treinta Tiranos en Atenas), y el ideal espartano de hegemonía limitada se transforma en dominación directa.

La Guerra del Peloponeso concluye con Esparta vencedora y agotada. Ha derrotado a Atenas, pero ha aprendido que gobernar Grecia exige prácticas —dinero, flotas, guarniciones— incompatibles con su sistema tradicional. Reyes como Agis II y, después, Agesilao II heredarán un poder inmenso pero inestable. Así, la guerra que Esparta gana militarmente prepara las condiciones de su caída, porque la obliga a abandonar la contención que había garantizado su supervivencia durante siglos.

Hegemonia Espartana

Después de la Guerra del Peloponeso (404 a. C.), Esparta entra en una fase que los historiadores llaman hegemonía espartana, un período breve pero crucial en el que Esparta gobierna Grecia por primera y única vez, y en el que quedan al descubierto los límites estructurales de su modelo político y social.

Tras la derrota de Atenas, Esparta impone su autoridad sobre el mundo griego. Bajo la influencia decisiva de Lisandro, se instauran regímenes oligárquicos afines en muchas poleis, el caso más famoso es el de los Treinta Tiranos en Atenas. Aunque Lisandro no era rey, concentra un poder inmenso y actúa como verdadero arquitecto del nuevo orden. Esto supone una ruptura profunda con la tradición espartana: por primera vez, Esparta interviene directamente en el gobierno interno de otras ciudades, algo que antes había evitado.

En paralelo, los reyes espartanos heredan un poder sin precedentes. Destaca especialmente Agesilao II, uno de los monarcas más activos y ambiciosos de la historia espartana. Agesilao lleva la guerra incluso a Asia Menor contra Persia, intentando presentarse como libertador de las ciudades griegas de Anatolia. Sin embargo, esta expansión exterior tensiona gravemente el sistema espartano, pensado para la defensa del Peloponeso y el control interno, no para campañas lejanas y prolongadas.

La hegemonía espartana genera resistencias crecientes. Antiguos aliados se vuelven contra Esparta, y Atenas, Tebas y Corinto, con apoyo persa, se enfrentan a ella en la llamada Guerra de Corinto (395–387 a. C.). Aunque Esparta logra resistir y obtiene una paz favorable (la Paz del Rey o de Antálcidas), el costo es alto: su prestigio moral se erosiona y su dependencia de Persia resulta profundamente contradictoria para una polis que se había presentado como defensora de la libertad griega.

Batalla de Leuctra

El golpe definitivo llega en 371 a. C., en la Batalla de Leuctra. Allí, el ejército tebano, dirigido por Epaminondas, derrota de manera aplastante a la falange espartana mediante una táctica innovadora. Por primera vez en siglos, el ejército de Esparta es vencido en combate frontal, y el mito de su invencibilidad se derrumba ante los ojos de toda Grecia.

Las consecuencias son devastadoras. Tebas invade el Peloponeso y libera Mesenia, fundando la ciudad de Mesene y poniendo fin al sistema de hilotaje mesenio. Con ello, Esparta pierde la base económica que había sostenido su poder durante generaciones. El número de ciudadanos-soldados cae drásticamente, las desigualdades internas se agravan y el modelo espartano entra en una crisis irreversible.

A partir de este momento, Esparta ya no vuelve a ser una gran potencia. Conserva su prestigio histórico y simbólico, pero queda relegada frente a Tebas primero y, más tarde, frente a Macedonia y Roma. El sistema que había sido extraordinariamente eficaz para dominar un territorio cercano y mantener una élite guerrera se muestra incapaz de adaptarse a un mundo griego más amplio, dinámico y competitivo.

Después de Leuctra (371 a. C.) y de la liberación de Mesenia, Esparta entra en su larga etapa final, que ya no es de hegemonía, sino de supervivencia en un mundo que ha cambiado definitivamente. Esta fase abarca el período helenístico y culmina con la integración de Esparta en el dominio romano.

En el siglo IV a. C. tardío, Esparta queda reducida a una potencia regional menor. Intenta resistir la supremacía de Tebas, pero sin éxito, y pronto debe enfrentarse a un poder aún mayor: Filipo II de Macedonia

Batalla de Queronea

El ejército macedónico, dirigido por Filipo II, avanza hacia Beocia tras una serie de maniobras diplomáticas y militares destinadas a aislar a Atenas. Frente a él se forma una coalición griega encabezada por Atenas y Tebas, que decide presentar batalla en las cercanías de Queronea para bloquear el paso macedónico hacia el sur de Grecia. No se trata de una emboscada ni de un encuentro fortuito, sino de una batalla buscada conscientemente por ambos bandos.

En el despliegue inicial, los griegos ocupan una posición aparentemente sólida. Los atenienses se sitúan en el ala izquierda, los tebanos en la derecha, con el célebre Batallón Sagrado formando el núcleo de su línea. El terreno es irregular pero favorable a la defensa hoplítica tradicional: una llanura limitada por colinas y el río Cefiso, que restringe las maniobras amplias. Los griegos confían en la solidez frontal de su infantería pesada y en la idea clásica de que una falange bien cerrada puede resistir cualquier empuje directo.

Filipo, en cambio, inicia la batalla con una actitud deliberadamente contenida. Coloca a la falange macedónica en el centro y asume personalmente el mando del ala derecha, frente a los atenienses, mientras confía el ala izquierda a su hijo Alejandro Magno, aún muy joven pero ya rodeado de oficiales experimentados. Desde el comienzo, el rey macedonio evita el choque frontal total: sabe que una colisión directa contra la línea griega podría resultar costosa e incierta.

El combate se abre con avances y retrocesos controlados, sin una ruptura inmediata. En el ala derecha macedónica, Filipo ordena una retirada gradual y disciplinada, que no es huida sino maniobra. Los atenienses, interpretando este movimiento como signo de debilidad, avanzan con entusiasmo y rompen la coherencia de su formación. Este momento es crucial: el inicio real de la derrota griega no se produce por un golpe violento, sino por una pérdida de orden provocada por el exceso de confianza.

Mientras el ala ateniense se estira y se desorganiza, en el otro extremo del campo se produce el movimiento decisivo. Alejandro lanza un ataque concentrado contra el ala tebana, apoyado por la caballería y tropas de élite. La presión es rápida y precisa: el Batallón Sagrado, símbolo del poder militar tebano, queda aislado. Aquí la batalla deja de ser simétrica: la línea griega ya no avanza como un todo, sino como segmentos desconectados.

Filipo no busca vencer por fuerza bruta, sino crear una falsa percepción en el enemigo y obligarlo a cometer el error decisivo. Cuando los griegos pierden la cohesión inicial, la batalla ya está, en esencia, decidida. Lo que sigue —la ruptura completa, la masacre del Batallón Sagrado y la victoria macedónica— es la consecuencia directa de ese comienzo cuidadosamente calculado.

Tras la victoria macedonia en Queronea (338 a. C.), casi toda Grecia queda sometida, pero Esparta rehúsa unirse a la Liga de Corinto; una confederación de ciudades griegas bajo liderazgo macedónico. La Liga proclama la paz común (koiné eiréne), garantiza las constituciones internas y prohíbe las guerras entre poleis, pero reserva a Macedonia el mando militar supremo y la dirección de la guerra contra Persia. Filipo es nombrado hegemon; tras su asesinato, Alejandro hereda el cargo. Esparta se niega a ingresar, invocando su tradición de autonomía, lo que la convierte en una excepción orgullosa pero aislada. La Liga de Corinto inaugura un nuevo modelo: Grecia unida, pero subordinada a una potencia monárquica externa.

Durante el período helenístico, Esparta vive una crisis interna profunda. El número de ciudadanos (homoioi) se reduce drásticamente, la desigualdad económica se vuelve extrema y el antiguo sistema licúrgico deja de funcionar. En respuesta, algunos reyes intentan reformas radicales para “restaurar” la vieja Esparta. Destacan Agis IV y Cleómenes III, quienes buscan redistribuir tierras, cancelar deudas y reactivar la educación espartana. Estas reformas, aunque idealistas, provocan resistencias internas y guerras externas.

Batalla de Selasia

La batalla de Selasia es el último gran combate de la historia espartana. Se libra en el norte de Laconia, en un paso estratégico dominado por dos colinas —el monte Evas y el Olimpo— que controlan el acceso a Esparta. En un bando está el rey reformador Cleómenes III, que ha intentado restaurar la Esparta clásica mediante redistribución de tierras, ampliación de la ciudadanía y militarización renovada. En el otro, Antígono III Dosón, al frente de un ejército macedónico reforzado por contingentes de la Liga Aquea, liderada por Arato de Sición.

Cleómenes despliega a sus tropas de forma defensiva y audaz: coloca a los espartanos en las alturas, confiando en el terreno para compensar la inferioridad numérica. En el monte Olimpo se sitúa él mismo con la élite ciudadana; en Evas, su hermano Euclidas. Antígono responde con una maniobra envolvente cuidadosamente coordinada: la falange macedónica presiona el centro, mientras las tropas aliadas atacan los flancos y neutralizan las posiciones elevadas. El combate es feroz y prolongado; los espartanos luchan con disciplina y desesperación, pero la superioridad numérica y táctica macedónica se impone. Euclidas cae combatiendo; el ala espartana colapsa y Cleómenes, comprendiendo la derrota, huye a Egipto para evitar la captura.

Selasia tiene consecuencias históricas irreversibles. Por primera vez, Esparta es ocupada militarmente por un enemigo extranjero. Antígono entra en la ciudad sin destruirla, pero pone fin a su independencia efectiva. El proyecto reformista de Cleómenes se derrumba y la antigua estructura social espartana queda definitivamente quebrada.

Pérdida y caída de Esparta

Tras la derrota del rey reformador Cleómenes III, el vencedor Antígono III Dosón avanza sin oposición hacia Esparta. Antígono entra con prudencia calculada: no arrasa la ciudad ni ejecuta una venganza masiva, pero desmantela su capacidad política autónoma. La ocupación es un gesto simbólico potentísimo: Esparta, que durante siglos había evitado murallas y dominación externa, queda sometida al orden helenístico.

Cleómenes III huye a Egipto ptolemaico, donde busca apoyo del rey Ptolomeo IV. Allí termina suicidándose tras el fracaso de una revuelta, lo que marca el fin del último proyecto serio de restauración espartana. Con su muerte, desaparece la figura del rey reformador que aún creía posible revivir la Esparta clásica mediante igualdad cívica y disciplina militar.

En Laconia, Antígono restaura un orden oligárquico controlado, alineado con Macedonia y con la Liga Aquea. Las reformas sociales de Cleómenes —redistribución de tierras, ampliación de la ciudadanía, cancelación de deudas— son parcial o totalmente revertidas. Esparta conserva instituciones tradicionales de nombre, pero ya no decide su política exterior ni su modelo social: la polis sobrevive, el poder no.

En las décadas siguientes, Esparta se convierte en un actor secundario dentro del tablero helenístico. Ya no lidera ligas ni impone modelos; a veces se alía, a veces resiste, pero siempre desde una posición subordinada. En este contexto aparece una figura tardía y polémica, Nabis, quien a comienzos del siglo II a. C. intenta una última transformación radical: libera hilotas, redistribuye tierras y gobierna de forma autoritaria. Su proyecto, aunque socialmente audaz, rompe definitivamente con la tradición espartana y provoca la intervención de potencias externas.

La derrota y muerte de Nabis frente a Roma sellan el destino final. En 146 a. C., Grecia pasa al dominio de la República romana. Esparta queda integrada en la provincia de Acaya, conservando prestigio simbólico pero sin poder real. Los romanos fomentan una Esparta “arcaizante”, convertida en ciudad-museo, admirada por su pasado pero políticamente inofensiva.

Conclusión

Esparta recorre la historia como una línea recta y severa, nacida de un orden antiguo que la hizo temible y respetada, pero también incapaz de desviarse cuando el mundo cambió. Forjada para resistir, no para transformarse, alcanzó la gloria al defender Grecia, dominó a sus rivales cuando aún creía en su propio modelo y comenzó a declinar en el instante en que la victoria le exigió ser algo distinto de lo que era. Tras Selasia, ya no cayó con estrépito, sino que permaneció como una sombra de sí misma, recordada más por lo que había sido que por lo que podía volver a ser. Así, Esparta no murió derrotada por un enemigo, sino por el paso del tiempo: su mayor fortaleza fue también su límite, y en esa fidelidad inquebrantable a su origen reside tanto su grandeza como su melancolía.

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