jueves, 1 de enero de 2026

Breve historia de Esparta (Parte I: El mito)

La historia de Esparta no comienza con leyes ni batallas, sino con la memoria mítica de la tierra y del linaje. Antes de ser una polis temida, Esparta fue un territorio habitado por reyes primigenios, ríos divinizados y genealogías que explicaban quién tenía derecho a gobernar y por qué. Figuras como Lélege, Eurotas, Lacedemón o los antiguos reyes laconios no narran hechos verificables, sino algo más profundo: el origen del orden, del conflicto y de la identidad colectiva. El mito espartano no es un adorno poético, sino el lenguaje con que los griegos explicaron la antigüedad, la legitimidad y el destino de una comunidad que se concebía a sí misma como distinta desde el comienzo.

BREVE HISTORIA DE ESPARTA

Origen mítico

Reyes de Laconia

Lélege aparece como rey primigenio de Laconia, a veces presentado como autóctono, es decir, nacido de la propia tierra. De él descienden los léleges, un pueblo prehelénico que las fuentes antiguas describen como habitantes primitivos del Egeo, dispersos por Laconia, Mesenia, Caria y otras zonas. No forman una polis organizada, sino comunidades antiguas, rurales y arcaicas. En el relato mítico, Lélege encarna el estrato más profundo del pasado, anterior a la historia política propiamente dicha.

La etimología de Lélegos es incierta y probablemente pregriega. Muchos filólogos consideran que el nombre no puede explicarse satisfactoriamente desde el griego indoeuropeo, lo que refuerza su carácter de población anterior a los helenos. En las fuentes, “léleges” funciona casi como un término genérico para designar a “los antiguos”, “los que estaban antes”, del mismo modo que los pelasgos en otras regiones. El mito conserva aquí una memoria difusa de poblaciones preindoeuropeas del Egeo.

En la genealogía mítica laconia, Lélege es padre de Eurotas, el dios-río, y abuelo de Esparta, lo que sitúa su linaje en la base misma del territorio. Este detalle es crucial: mientras Heracles y los Heráclidas traen legitimidad guerrera y dinástica, Lélege aporta antigüedad territorial

El hijo del rey Légele pasaría al dominio de Laconia, su nombre era Miles. Miles (Μίλης, Mílēs) pertenece al mismo estrato mítico arcaico que Lélege, pero cumple una función distinta: mientras Lélege representa la antigüedad autóctona, Miles encarna el paso hacia la fundación urbana y colonial

Miles, como vimos, es un fundador que vence y se desplaza; su descendencia, en cambio, se enraíza. Eurotas ya no es un oikistḗs (fundador oficial de una ciudad) que funda ciudades lejos, sino un rey autóctono y, sobre todo, un dios-río. El tránsito de padre a hijo es simbólico: del movimiento al fluir estable; del viaje al cauce permanente. El río Eurotas se convierte así en el principio vital de Laconia, aquello que hace habitable, fértil y continua la tierra.

El nombre Εὐρώτας (Eurṓtas) se asocia generalmente a eurýs (εὐρύς), “amplio, extendido”, unido a una raíz hidráulica arcaica vinculada al correr del agua. El sentido es transparente: “el de amplio fluir”. No es un nombre personal en sentido estricto, sino un nombre territorial, casi geográfico desde su origen. Por eso Eurotas no destaca por hazañas, guerras o leyes, sino por su función generativa: es padre, no héroe.

En el mito, Eurotas no tiene hijos varones, solo hijas, y este detalle es capital. La más importante es Esparta (Σπάρτη), epónima de la ciudad. Al no haber heredero masculino, Eurotas transmite el territorio por vía femenina, lo que refuerza la idea de que la tierra no se conquista todavía, sino que se recibe. Esparta, hija del río, personifica la ciudad como extensión del suelo y del agua, no como construcción política autónoma.

El origen mítico de Esparta se remonta a una figura epónima: Lacedemón (Λακεδαίμων), héroe fundador y primer rey de la región. Según la tradición, Lacedemón era hijo de Zeus y de la ninfa Taigete, una de las Pléyades, lo que inscribe desde el inicio a Esparta en una genealogía divina. El nombre Lakedaimōn suele interpretarse como “el que pertenece al daimōn”, es decir, al poder tutelar o destino propio de un territorio. Esta etimología no alude a un demonio en sentido cristiano, sino al daimōn griego como fuerza intermedia entre los dioses y los hombres, lo que sugiere que Esparta nace bajo una protección numinosa específica, distinta del mero azar humano.

Lacedemón se une en matrimonio con Esparta (Σπάρτη), hija del dios-río Eurotas. Este matrimonio no es solo narrativo, sino simbólico: la ciudad recibe su nombre de una mujer, algo poco común en el mundo griego, lo que sugiere una personificación territorial. El nombre Spártē suele vincularse al verbo speírō (σπείρω), “sembrar, esparcir”, y al sustantivo spárta (σπάρτα), “matorrales, arbustos dispersos”. De este modo, Esparta sería etimológicamente “la tierra esparcida” o “no concentrada”, lo que armoniza con el hecho histórico de que Esparta no fue una ciudad compacta, sino un conjunto de aldeas (obai) unidas por un mismo orden político.

El padre de Esparta, Eurotas (Εὐρώτας), es el dios-río que atraviesa Laconia. Su nombre combina eurýs (εὐρύς), “amplio, extenso”, con una raíz hidráulica arcaica relacionada con el fluir. Eurotas no es solo un accidente geográfico divinizado, sino el principio vital de la región: agua, fertilidad y permanencia. En el mito, Eurotas no engendra hijos varones, sino hijas, lo que refuerza la idea de una transmisión territorial más que dinástica. Esparta, como hija del río, encarna la tierra misma, mientras que Lacedemón aporta el principio político y guerrero.

De la unión entre Lacedemón y Esparta nacen Amiclas, Eurídice y Asine. Amiclas (Ἀμύκλας) es particularmente relevante, pues da nombre a Amiclas, una de las aldeas más antiguas de la futura Esparta histórica. El nombre Amýklas podría derivar de una raíz prehelénica, lo que sugiere la absorción de poblaciones anteriores a los dorios. En términos simbólicos, Amiclas representa la continuidad entre lo indígena y lo conquistador, una tensión que marcará toda la historia espartana, especialmente en su relación con los hilotas.

Esparta también se vincula míticamente a los Dióscuros, Cástor y Pólux, hijos de Leda. Aunque no fundadores, estos gemelos heroicos son patronos de la ciudad y encarnan valores centrales del ethos espartano: fraternidad, disciplina y muerte gloriosa. El nombre Dióskouroi significa literalmente “hijos de Zeus”, y su culto en Esparta subraya la doble naturaleza —humana y divina— del ideal guerrero. Cástor, mortal, y Pólux, inmortal, representan dos destinos posibles del ciudadano: morir por la polis o ser glorificado por ella.

Luego tenemos a Cinortas. Cinortas (Κυνόρτας, Kynórtas) pertenece al estrato mítico más antiguo de la realeza laconia, anterior a Ébalo, a Tindáreo y, por supuesto, a los Heráclidas. Su figura no está asociada a guerras, conquistas ni grandes gestas heroicas, sino a la continuidad silenciosa del linaje y a la transmisión de la soberanía territorial en un tiempo en que Esparta aún no existe como polis.

Cinortas es presentado habitualmente como hijo de Amiclas, rey epónimo de Amiclas, una de las aldeas más antiguas de Laconia, integrada después en el conjunto espartano. Este dato es esencial: el poder de Cinortas no se ejerce sobre una ciudad unificada, sino sobre una realidad aldeana, fragmentaria y profundamente arcaica. El mito conserva aquí el recuerdo de una Laconia preurbana, organizada por linajes y territorios locales, no por instituciones estatales.

La etimología de Kynórtas es incierta y probablemente prehelénica, aunque el elemento kyn- recuerda al término griego kýōn (κύων, “perro”). En el imaginario arcaico, el perro no simboliza nobleza heroica, sino custodia, vigilancia y fidelidad al territorio. Si esta asociación es correcta, Cinortas encarnaría al guardián del suelo, no al conquistador ni al legislador. Es un rey que vigila y conserva, no uno que transforma.

Cinortas ocupa un lugar crucial en la genealogía porque es el padre de Ébalo, con quien comienza a perfilarse una realeza más reconocible y una sucesión que desembocará en los conflictos dinásticos de Tindáreo e Hipocoonte. En este sentido, Cinortas funciona como el último rey plenamente “antiguo”, anterior a la inestabilidad, a la intervención de Heracles y a la inserción de Esparta en el gran ciclo heroico panhelénico.

El mito no le atribuye reformas ni fundaciones porque su función no es innovar, sino transmitir. Con Cinortas, la realeza laconia es todavía natural y genealógica, no política en sentido fuerte. El poder se hereda como la tierra, sin necesidad de justificación divina explícita ni de conquista armada. Precisamente por eso, esta forma de reinar está destinada a desaparecer: no puede resistir la irrupción de héroes, usurpadores y linajes conquistadores.

De ahí tenemos a Ébalo, Ébalo (Ἔβαλος) pertenece a la genealogía mítica laconia previa a los Heráclidas y representa una etapa intermedia entre los reyes puramente territoriales y las grandes figuras épicas. Es presentado como rey de Laconia y, según distintas tradiciones, hijo de Cínortas o de Perieres, lo que ya muestra la fluidez del mito en este período arcaico. Ébalo encarna un poder todavía local y hereditario, ligado al suelo y al linaje, no a la conquista. Su función en la tradición es servir de nexo genealógico entre los antiguos reyes laconios y las figuras que conectarán Esparta con el ciclo heroico panhelénico.

De Ébalo nacen dos figuras decisivas: Tindáreo e Hipocoonte. Aquí el mito introduce un motivo recurrente en la historia espartana: la fractura interna del poder. Hipocoonte usurpa el trono de Esparta, expulsando a su hermano Tindáreo. Su nombre (Hippokoṓn, “el que escucha a los caballos” o “el de los caballos atentos”) lo asocia simbólicamente con la aristocracia guerrera, pero su reinado es presentado como ilegítimo y violento. Hipocoonte gobierna junto a sus hijos, los Hipocoóntidas, y representa un poder cerrado, brutal y arrogante, que rompe el equilibrio del orden laconio.

Tindáreo (Τυνδάρεως), expulsado por Hipocoonte, se refugia fuera de Esparta y solo recupera el trono gracias a la intervención de Heracles, quien mata a Hipocoonte y a sus hijos. Este detalle es capital: antes del retorno de los Heráclidas, Heracles ya interviene en Esparta como restaurador del orden legítimo, no como rey. El reinado de Tindáreo, ya restituido, se caracteriza por la estabilidad y por su papel como padre de figuras centrales del mito griego, lo que convierte a Esparta en un nodo del imaginario heroico.

Tindáreo es célebre sobre todo como padre de Helena, Clitemnestra, Cástor y Pólux (los Dióscuros). Aunque no todos son hijos biológicos suyos —algunos son engendrados por Zeus—, Tindáreo cumple la función política y social de padre legal, lo que refuerza su imagen como garante del orden. El famoso juramento de Tindáreo, mediante el cual obliga a los pretendientes de Helena a defender al esposo elegido, convierte a Esparta en el origen indirecto de la guerra de Troya, proyectando su influencia mucho más allá del Peloponeso.

Tras la guerra de Troya, el trono de Esparta pasa a Menelao (Μενέλαος), esposo de Helena. Menelao no pertenece a la antigua estirpe laconia: es un aquéo, hermano de Agamenón, rey de Micenas. Su reinado marca un momento singular, porque Esparta queda gobernada por un rey no autóctono, legitimado por matrimonio y por prestigio épico. En él, Esparta se integra plenamente al mundo heroico homérico, pero también pierde continuidad dinástica, lo que tendrá consecuencias posteriores.

A la muerte de Menelao, el poder pasa a Orestes (Ὀρέστης), hijo de Agamenón y Clitemnestra, quien se casa con Hermíone, hija de Menelao y Helena. Orestes no hereda Esparta por linaje laconio, sino por recomposición familiar tras la tragedia. Con él, Esparta queda ligada a la casa de los Atridas, una estirpe marcada por la culpa, el matricidio y la expiación. El mito subraya así la idea de un orden inestable, sostenido más por alianzas que por raíces profundas.

Finalmente, el último rey de esta línea es Tisámeno (Τισαμενός), hijo de Orestes. Con él se cierra definitivamente el ciclo aqueo–pelópida en Esparta. Tisámeno es derrotado y expulsado por los Heráclidas durante su retorno al Peloponeso. Este episodio no es un simple cambio de rey: es una ruptura total del orden anterior. La caída de Tisámeno marca el fin de los reyes mítico-épicos y el inicio del dominio heraclida, que dará lugar a la diarquía y, más tarde, al orden licúrgico.

Finalmente, el mito fundacional culmina con la llegada de los Heráclidas, descendientes de Heracles, quienes reclaman el Peloponeso como herencia legítima. 

Conclusión

El mito de Esparta traza una larga secuencia de reyes, usurpaciones, restauraciones y expulsiones que revelan una verdad constante: el poder basado solo en la sangre y el heroísmo es inestable. Desde los reyes autóctonos hasta los grandes nombres del ciclo épico, Esparta aparece como un territorio antiguo pero frágil, marcado por la disputa y la discontinuidad. Al final de este recorrido, el mito deja una pregunta abierta —no una respuesta—: cómo transformar ese pasado de linajes y conflictos en un orden duradero. Con esa pregunta se cierra el tiempo mítico y queda preparado el terreno para que, en la historia, Esparta deje de explicarse por sus antepasados y comience a explicarse por sus instituciones.

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