jueves, 21 de mayo de 2026

Najmánides - Vida y obra (1194 - 1270)

Moshé ben Nahmán, más conocido como Najmánides o Rambán (1194–1270), fue uno de los más grandes pensadores judíos de la Edad Media, destacando como rabino, filósofo, médico, jurista, cabalista y comentarista bíblico. Nacido en la ciudad de Gerona, desarrolló una obra que combinó la tradición talmúdica, la interpretación bíblica, la reflexión filosófica y el misticismo judío. Vivió en una época marcada por intensos debates entre la filosofía aristotélica y la tradición religiosa, participando en importantes controversias teológicas y defendiendo la fe judía frente a críticas externas. Sus escritos ejercieron una profunda influencia en el pensamiento posterior, especialmente sus comentarios a la Torá, donde unió análisis literal, interpretación espiritual y elementos cabalísticos, convirtiéndose en una figura esencial para comprender la historia intelectual y religiosa del judaísmo medieval.


NAJMÁNIDES

VIDA Y OBRA

Ascendencia

Es difícil encontrar la ascendencia de Najmánides pero hay algunas cosas que podrían servirnos como antecedentes preliminares.

Respecto de su familia, las tradiciones genealógicas señalan que descendía de Isaac ben Reuben Albargeloni, talmudista y poeta, relacionado con círculos rabínicos contemporáneos de Isaac Alfasi. También se menciona que su madre era hermana de Abraham, padre de Jonah Gerondi, por lo que Najmánides y Yonah Gerondi habrían sido primos. Esto sitúa a Najmánides dentro de una red familiar de importantes eruditos y autoridades religiosas, lo que ayuda a comprender el ambiente intelectual en el que se formó.

Infancia

El nacimiento de Moshé ben Nahmán se sitúa tradicionalmente en el año 1194, en la ciudad de Gerona, que en ese momento formaba parte de la Corona de Aragón y constituía uno de los centros más importantes de la vida intelectual judía medieval. Gerona poseía una comunidad judía particularmente activa en el estudio del Talmud, la filosofía y las primeras corrientes cabalísticas, contexto que ejerció una influencia decisiva en su formación temprana.

Nació dentro de una familia, como habíamos señalado anteriormente, de prestigio rabínico y académico, vinculada a importantes linajes de eruditos judíos. Este entorno favoreció que desde muy joven recibiera una educación rigurosa en la interpretación bíblica, la ley judía y las tradiciones intelectuales hebreas. Años más tarde, aquel niño nacido en Gerona llegaría a convertirse en una de las figuras más influyentes del judaísmo medieval, uniendo exégesis bíblica, filosofía y misticismo en una obra que marcaría profundamente el pensamiento judío posterior.

Estudios

Los estudios de Moshé ben Nahmán comenzaron desde una edad muy temprana dentro del modelo educativo judío medieval, basado en el aprendizaje intensivo de textos religiosos y jurídicos. En Gerona recibió una formación rigurosa centrada primero en el estudio de la Torá, el Talmud y la tradición rabínica. Su educación no consistía únicamente en memorizar textos: implicaba discusión, análisis, comparación de interpretaciones y resolución de problemas legales derivados de la ley judía. Este método buscaba desarrollar la capacidad de razonamiento y argumentación más que la simple acumulación de información.

Bajo la enseñanza de maestros como Judah ben Yakar y Nathan ben Meir de Trinquetaille, adquirió una sólida preparación en la Halajá (ley judía) y en la interpretación talmúdica. Durante esta etapa también asimiló las tradiciones intelectuales provenientes de las escuelas rabínicas francesas y españolas, que buscaban armonizar el estudio detallado del texto con la argumentación lógica.

Su formación, sin embargo, fue más amplia que la de un simple jurista religioso. Estudió filosofía, medicina, gramática hebrea y conocimientos científicos propios de la Edad Media. Aunque conocía el pensamiento filosófico de autores influyentes, mantenía una postura cautelosa frente a la excesiva dependencia de la filosofía racional. Consideraba que la razón humana era una herramienta valiosa, pero insuficiente para comprender plenamente los misterios divinos.

Otro aspecto decisivo de sus estudios fue su contacto con las primeras corrientes de la Cábala desarrolladas en Girona. Mientras muchos eruditos se limitaban al análisis legal y textual, Najmánides comenzó a integrar interpretaciones místicas de la Escritura, sosteniendo que la Torá contenía niveles profundos de significado oculto. Su maestro en Cábala fue Azriel de Gerona. Esta combinación de exégesis bíblica, derecho religioso, filosofía y misticismo sería una de las características distintivas de toda su obra posterior. 

Rabino y maestro

Tras completar su formación en las ciencias rabínicas, la filosofía y las primeras enseñanzas místicas, Najmánides comenzó a destacar rápidamente por su extraordinaria capacidad intelectual. A una edad relativamente temprana adquirió prestigio como jurista, comentarista y maestro, convirtiéndose poco a poco en una de las voces más respetadas del judaísmo medieval de Cataluña. 

Consideraba que las enseñanzas de los sabios de la Mishná, el Talmud y de los Geonim no debían ser sometidas a duda o crítica ordinaria. Según sus propias palabras, el creyente debía inclinarse ante ellos y aceptar sus enseñanzas incluso cuando la razón de ciertas afirmaciones no resultara completamente evidente. Esta postura reflejaba una profunda reverencia hacia la tradición recibida y una convicción de que generaciones anteriores poseían una comprensión espiritual y religiosa superior.

Esta posición probablemente tuvo varias causas. Por una parte, puede explicarse por su profunda religiosidad y por la influencia de las escuelas rabínicas del norte de Francia, caracterizadas por una gran fidelidad a las autoridades anteriores. Pero también parece haber sido una reacción al crecimiento de la filosofía greco-árabe entre los judíos de España y Provenza, especialmente tras la difusión de la obra Guía de los Perplejos de Moses Maimonides. Mientras algunos pensadores comenzaron a interpretar numerosos relatos bíblicos de manera alegórica y a disminuir el carácter milagroso de las Escrituras, Najmánides adoptó una postura más conservadora. Defendió con fuerza la realidad histórica y espiritual de los milagros y sostuvo que la razón filosófica no debía reemplazar la autoridad de la revelación y de la tradición rabínica.

Esto no significa que Najmánides rechazara completamente la filosofía; conocía muy bien el pensamiento racional de su tiempo. Sin embargo, buscó establecer límites claros: la razón humana podía servir como herramienta para comprender ciertos aspectos de la realidad, pero no debía convertirse en juez supremo sobre la fe ni sobre la herencia espiritual recibida de los antiguos sabios.

Después de completar su formación inicial, Moshé ben Nahmán comenzó a adquirir fama desde muy joven por su extraordinaria capacidad intelectual. Según los testimonios conservados en las responsa de Shlomo ibn Aderet, también habría estudiado medicina, disciplina que muchos sabios judíos medievales cultivaban junto con las ciencias religiosas. Durante su adolescencia su reputación como erudito empezó a extenderse, y hacia los dieciséis años ya había iniciado la redacción de obras jurídicas, algo notable para alguien de su edad.

Entre sus primeras obras destacó Milhamot Hashem (Guerras del Señor), texto en el que defendió las decisiones legales de Isaac Alfasi frente a las críticas de Zerachiah ha-Levi de Girona. Esta obra temprana ya permitía observar uno de los rasgos centrales que caracterizarían toda su producción intelectual: una enorme reverencia hacia las autoridades rabínicas del pasado.

Najmánides sostenía que la sabiduría de los sabios de la Mishná, del Talmud y de los Geonim poseía una autoridad casi incuestionable. Consideraba que sus enseñanzas no debían ser sometidas a una crítica ordinaria, afirmando: “Nos inclinamos ante ellos, e incluso cuando la razón de sus palabras no nos resulta completamente evidente, nos sometemos a ellas”. Para él, las generaciones anteriores habían recibido y transmitido una comprensión religiosa que merecía una profunda confianza y respeto.

Maimónides

Esta actitud puede entenderse tanto por su profunda religiosidad como por la influencia de las escuelas rabínicas francesas. Sin embargo, muchos estudiosos consideran que también fue una reacción frente a la rápida expansión de la filosofía greco-árabe entre los judíos de España y Provenza, especialmente tras la difusión de la Guía de los Perplejos de Moses Maimonides. Mientras algunos intérpretes comenzaron a explicar los relatos bíblicos como símbolos o alegorías y a disminuir el carácter milagroso de las Escrituras, Najmánides defendió una posición mucho más tradicional, insistiendo en la realidad de los milagros y en la autoridad de la tradición recibida. Incluso llegó a mostrarse extremadamente cauteloso respecto a cuestionar las palabras de discípulos cercanos a los Geonim.

Hacia el año 1238, Najmánides fue llamado a intervenir en el conflicto surgido entre partidarios y opositores de Maimónides. La disputa se había intensificado después de que Solomon ben Abraham de Montpellier, crítico de ciertos aspectos del pensamiento filosófico maimonidiano, fuera excomulgado por seguidores de Maimónides. Debido a su enorme prestigio intelectual, Najmánides fue visto como una figura capaz de mediar entre las partes. En respuesta, escribió cartas dirigidas a las comunidades judías de Aragón, Navarra y Castilla, donde criticó duramente los excesos y agresividad que habían aparecido dentro del conflicto.

Sin embargo, Najmánides ocupó una posición compleja. Aunque mantenía importantes diferencias con Maimónides, especialmente en el grado de confianza otorgado a la filosofía racional, sentía un enorme respeto por él como autoridad religiosa y jurídica. Debe recordarse que cuando Najmánides nació, Maimónides tenía aproximadamente cincuenta y ocho años y ya era una figura de enorme influencia. Esa admiración, unida a su carácter moderado, impidió que se alineara completamente con los grupos antimaimonidianos.

En una carta dirigida a rabinos franceses, Najmánides elogió particularmente la obra Mishné Torá, señalando que lejos de suavizar las exigencias de la ley judía, en muchos casos incluso podía interpretarse como más rigurosa. Respecto de la Guía de los Perplejos, sostuvo que debía entenderse adecuadamente: no estaba destinada a creyentes firmes en su fe, sino a personas confundidas o influenciadas por la filosofía no judía, especialmente por las ideas de Aristóteles y Galeno.

Con el propósito de poner fin a la controversia, Najmánides propuso una solución intermedia: levantar las prohibiciones dirigidas contra el Mishné Torá, pero mantener restricciones sobre el estudio público de la Guía de los Perplejos, además de conservar ciertos límites respecto de interpretaciones alegóricas excesivas de la Biblia. Su intención era preservar la unidad comunitaria y evitar extremos doctrinales. Sin embargo, su propuesta fue rechazada por ambos bandos. Paradójicamente, ni los defensores más radicales de Maimónides ni sus opositores quedaron satisfechos con la mediación, demostrando que incluso la autoridad y prestigio de Najmánides tenían límites frente a divisiones intelectuales tan profundas.

Disputa de Barcelona

Hasta ese momento Najmánides había llevado una vida relativamente tranquila como rabino de Girona y posteriormente como una de las mayores autoridades religiosas de Cataluña. Sin embargo, en 1263 su vida cambió profundamente cuando fue convocado a defender públicamente el judaísmo frente a acusaciones formuladas por Pablo Christiani, un antiguo judío convertido al cristianismo que actuaba con el apoyo de Raymond de Penyafort y de la corte del rey James I of Aragon.

Antes de aceptar, Najmánides exigió una condición esencial: libertad absoluta de expresión. El rey aceptó, y durante cuatro días —entre el 20 y el 24 de julio de 1263— se desarrolló el debate en presencia del rey, miembros de la corte y representantes de la Iglesia. Las cuestiones discutidas fueron centrales para las diferencias entre judaísmo y cristianismo: si el Mesías ya había aparecido, si el Mesías era una figura divina o humana y cuál de las dos religiones representaba la verdadera fe.

Pablo Christiani intentó demostrar la verdad del cristianismo utilizando pasajes talmúdicos y rabínicos, afirmando que los propios sabios judíos habrían reconocido a Jesús como el Mesías. Najmánides respondió que tales interpretaciones desfiguraban completamente el sentido original de los textos. Argumentó que si los sabios del Talmud realmente hubieran creído que Jesús era el Mesías, entonces ellos mismos habrían sido cristianos y no judíos. Además, sostuvo que las profecías mesiánicas anunciaban un futuro de paz universal y justicia que evidentemente aún no se había realizado.

Durante la disputa formuló también una de sus observaciones más conocidas y audaces: señaló que le parecía extremadamente difícil aceptar racionalmente la idea de que el Creador del universo hubiera nacido como un ser humano, crecido, sufrido y muerto. Afirmó que tales doctrinas eran aceptadas por costumbre y educación, pero que una persona que las escuchara por primera vez siendo adulta probablemente tendría dificultades para admitirlas.

Según numerosos relatos, la discusión pareció inclinarse a favor de Najmánides. El propio rey expresó admiración por su capacidad argumentativa y le entregó trescientas monedas de oro como muestra de respeto. Se conserva una famosa frase atribuida al monarca: “Nunca he visto a un hombre que, estando equivocado, defendiera tan bien su causa.”

Sin embargo, la victoria intelectual tuvo consecuencias dolorosas. Los dominicos declararon haber triunfado y denunciaron posteriormente ciertas expresiones utilizadas por Najmánides como blasfemias contra el cristianismo. Aunque el rey reconoció que Najmánides únicamente había repetido argumentos expuestos bajo la libertad que él mismo le había concedido, terminó siendo condenado al exilio. Inicialmente la sanción era de dos años, pero la intervención papal la convirtió prácticamente en un destierro permanente. Este hecho provocó que abandonara su tierra natal y emprendiera el camino hacia la Tierra de Israel, una experiencia que marcaría profundamente sus últimos años.

Después de la disputa

Tras las consecuencias de la Disputa de Barcelona y su posterior exilio, abandonó Aragón y permaneció durante algunos años entre Castilla y el sur de Francia. Finalmente, en 1267 emprendió su viaje hacia Eretz Israel buscando refugio y la posibilidad de vivir en la tierra que consideraba el centro espiritual del pueblo judío.

Al llegar a Jerusalén encontró una ciudad profundamente empobrecida y casi vacía de población judía. A pesar de esa situación, emprendió un esfuerzo por restaurar la vida religiosa y comunitaria. La tradición sostiene que estableció una sinagoga en la Ciudad Vieja, posteriormente conocida como la Sinagoga Rambán, considerada uno de los símbolos más importantes de la renovación de la presencia judía en Jerusalén. Más tarde se trasladó a Acre, donde desarrolló una intensa actividad educativa y reunió un círculo de discípulos alrededor suyo.

Su influencia fue tan amplia que personas de regiones muy alejadas acudían para escuchar sus enseñanzas. Algunas tradiciones incluso sostienen que miembros de grupos caraítas asistían a sus lecciones, aunque ciertos historiadores posteriores cuestionaron la exactitud de ese relato. Fue precisamente durante esta etapa cuando, con el propósito de despertar un renovado interés por el estudio bíblico, trabajó en la elaboración y revisión de su gran Comentario sobre la Torá, obra que terminaría convirtiéndose en una de las más influyentes del judaísmo medieval.

Sin embargo, aunque estaba rodeado de discípulos y admiradores, Najmánides experimentó profundamente el dolor del exilio. En una de sus cartas escribió palabras de gran carga emocional: “Dejé a mi familia, abandoné mi hogar... allí quedaron mis hijos e hijas, los dulces y queridos niños que crié junto a mis rodillas; allí quedó también mi alma.” Durante los tres años que permaneció en Tierra Santa mantuvo una constante correspondencia con España. En una carta dirigida a su hijo Nahmán describió la desolación de Jerusalén y señaló que apenas encontró dos habitantes judíos permanentes, dos hermanos dedicados al oficio de teñidores. En otras cartas dejó consejos morales a sus hijos: recomendó la humildad como la primera y más importante de las virtudes, insistió en la importancia de la oración diaria y advirtió especialmente sobre la necesidad de mantener una conducta moral íntegra. Estas cartas revelan un aspecto profundamente humano de Najmánides: detrás del gran rabino, filósofo y cabalista existía también un hombre que nunca dejó de sentir el peso de la separación y la nostalgia por su hogar.

Rishonim

Moshé ben Nahmán perteneció al grupo de sabios conocidos como los Rishonim, término hebreo que significa literalmente “los primeros”. Esta denominación fue utilizada para designar a las grandes autoridades rabínicas medievales que sucedieron al período de los Geonim y precedieron a los Acharonim. Vivió entre 1194 y 1270, en una época de enorme actividad intelectual dentro del judaísmo, cuando florecían debates sobre filosofía, interpretación bíblica, derecho religioso y misticismo. Fue contemporáneo de algunas de las figuras más influyentes del pensamiento judío medieval y heredó siglos de tradición rabínica acumulada.

Sin embargo, Najmánides no fue simplemente otro integrante más entre los Rishonim; llegó a convertirse en una de sus figuras más destacadas. Su singularidad radicó en que reunió áreas del conocimiento que a menudo aparecían separadas: dominó la Halajá o ley judía, desarrolló comentarios bíblicos de enorme profundidad y además incorporó enseñanzas místicas relacionadas con la Cábala. Mientras algunos sabios de su tiempo, como Moses Maimonides, buscaban una mayor armonía entre la razón filosófica y la religión, Najmánides insistía en la importancia de preservar el misterio, la tradición y las dimensiones ocultas de las Escrituras. Por ello, generaciones posteriores lo recordarían como una de las grandes autoridades del judaísmo medieval y como un puente entre el pensamiento rabínico clásico y el desarrollo del misticismo judío posterior.

Nombres

Moshé ben Nahmán recibió varios nombres y títulos a lo largo de la tradición judía y de las fuentes medievales. Los más conocidos son:

  • Moshe ben Nahman (משה בן נחמן) → su nombre original hebreo, que significa “Moisés, hijo de Nahmán”.
  • Rambán (רמב״ן) → el nombre por el que es más conocido dentro del judaísmo. Es un acrónimo de Rabbi Moshe ben Nahman.
  • Rabenu Moshe ben Nahman → “Nuestro maestro Moisés hijo de Nahmán”, una fórmula de gran respeto.
  • Moses Gerondi o Moshe Gerondi → “Moisés de Gerona”, porque nació en Gerona.
  • Najmánides → forma latinizada utilizada posteriormente en estudios históricos occidentales.
  • Bonastruc ça Porta → nombre utilizado en documentos catalanes medievales. Algunos investigadores identifican a Najmánides con este nombre civil o administrativo, aunque ha existido discusión histórica sobre esa identificación.

Dentro de la tradición rabínica, la forma más habitual y respetuosa era simplemente Rambán. Del mismo modo que a Moses Maimonides se le conoce como Rambam, a Najmánides se le terminó llamando Rambán, nombre que con el tiempo prácticamente sustituyó a su nombre completo.

Muerte

La muerte de Moshé ben Nahmán ocurrió en la Eretz Israel alrededor del año 1270, después de haber superado los setenta años de edad; algunas tradiciones señalan que habría alcanzado aproximadamente los setenta y seis años. Sus últimos años transcurrieron dedicados a la enseñanza, la escritura y al fortalecimiento de la vida religiosa judía en Tierra Santa, después de una vida marcada por el estudio, la controversia intelectual y el exilio.

Sin embargo, el lugar exacto de su sepultura permanece envuelto en cierta incertidumbre histórica. Diversas tradiciones posteriores han señalado lugares distintos como sitio de su entierro. Algunas sostienen que fue enterrado en Haifa, otras mencionan Acre, mientras ciertas tradiciones lo sitúan en Hebrón o incluso en la llamada Cueva del Rambán. La falta de documentos definitivos ha impedido resolver completamente esta cuestión.

Pensamiento

Vida después de la muerte

Entre las doctrinas místicas que aceptó se encontraba la idea de la transmigración o reencarnación de las almas (gilgul neshamot). Según esta concepción, el alma puede volver a este mundo en más de una ocasión para completar una tarea espiritual o corregir aspectos que quedaron incompletos en una vida anterior.

Najmánides encontró indicios de esta doctrina en diversos pasajes bíblicos. Uno de los ejemplos más conocidos aparece en su interpretación del libro de Libro de Job. Basándose en las palabras: “Dios hace estas cosas dos y tres veces con el hombre, para hacer volver su alma del abismo y alumbrarla con la luz de los vivientes” (Job 33:29–30), sostuvo que el sufrimiento de Job podía entenderse desde la perspectiva de la reencarnación. El dolor humano no sería necesariamente un castigo inexplicable o injusto, sino que podría relacionarse con un proceso espiritual más amplio que se extiende más allá de una sola existencia.

Cábala

Aunque no fue el creador de la tradición cabalística, sí actuó como una de las figuras decisivas que la incorporó a la interpretación bíblica y al pensamiento rabínico medieval. Mientras el racionalismo de Moses Maimonides buscaba explicar numerosos aspectos de la religión mediante la filosofía y la razón, Najmánides desarrolló una perspectiva que otorgaba un espacio mucho más amplio a las dimensiones ocultas y místicas de la Escritura. Por ello suele ser presentado como una de las principales figuras que se opusieron al racionalismo maimonidiano más extremo.

Su importancia para la Cábala posterior fue tan grande que muchos estudiosos consideraron que sus comentarios bíblicos contenían enseñanzas místicas muy condensadas y difíciles de comprender para lectores comunes. En particular, su famoso Comentario sobre la Torá está lleno de referencias breves y alusiones a doctrinas cabalísticas que frecuentemente aparecen sin una explicación extensa, pues Najmánides consideraba que ciertos conocimientos esotéricos no debían exponerse abiertamente.

Precisamente por esta dificultad interpretativa, siglos más tarde Yaakov Yehuda Aryeh Leib Frenkel escribió una obra titulada Gevuras Aryeh, publicada originalmente en 1915. Su propósito consistía en explicar y desarrollar sistemáticamente los conceptos cabalísticos presentes en el comentario de Najmánides a los cinco libros de Moisés. La existencia de una obra dedicada exclusivamente a aclarar estos elementos muestra hasta qué punto el pensamiento del Rambán fue considerado una fuente fundamental para comprender el desarrollo del misticismo judío.

Judaísmo ortodoxo

Dentro de la Halajá (ley judía) existe una distinción fundamental entre las leyes llamadas d'Oraita (de la Torá) y las leyes d'Rabanan (de los rabinos). Las primeras son consideradas mandamientos que provienen directamente de la revelación divina y pueden aparecer explícitamente en la Torá, derivarse mediante métodos tradicionales de interpretación o atribuirse a enseñanzas transmitidas a Moisés. Las segundas corresponden a normas establecidas posteriormente por las autoridades rabínicas para responder a nuevas circunstancias o proteger el cumplimiento de la ley religiosa.

El punto controvertido estaba en la naturaleza de la autoridad rabínica. Maimónides sostenía que la obediencia a las disposiciones de los rabinos poseía un fundamento bíblico directo. Según él, el mandato de obedecer a las autoridades religiosas aparecía ya establecido en la Escritura, por lo que el cumplimiento de las decisiones rabínicas era prácticamente una obligación de carácter divino.

Najmánides, sin embargo, adoptó una postura más matizada. No rechazaba la autoridad de los rabinos ni negaba que sus decisiones fueran obligatorias, pero consideraba excesivo equipararlas completamente con los mandamientos revelados por Dios. En su opinión, las disposiciones rabínicas eran vinculantes y debían obedecerse, aunque poseían un nivel normativo diferente y menos estricto que los preceptos directamente revelados.

Esta diferencia produjo consecuencias prácticas en la interpretación jurídica. La tradición talmúdica formuló una regla conocida: cuando existe duda respecto de una norma d'Oraita, debe adoptarse una interpretación más rigurosa; cuando la duda afecta una norma d'Rabanan, puede admitirse una interpretación más flexible. Muchas discusiones legales posteriores giraron precisamente en torno a determinar si una regla concreta pertenecía a una u otra categoría.

Calendario

Según una antigua tradición mencionada por Hai Gaon, Hillel II habría sido responsable de establecer un calendario judío calculado con un ciclo fijo de intercalación alrededor del año 358–359 d.C. Esta reforma habría permitido determinar anticipadamente la sucesión de meses y años sin depender exclusivamente de la observación directa de fenómenos astronómicos o de decisiones periódicas de autoridades religiosas.

Siglos después, Moshé ben Nahmán interpretó las palabras de Hai Gaon de una manera más amplia. Según su lectura, el sistema completo del calendario calculado debía atribuirse a Hillel II. Najmánides entendía que esta decisión había sido tomada como respuesta a las persecuciones y dificultades que enfrentaban las comunidades judías, las cuales podían impedir la continuidad normal del proceso tradicional mediante el cual se proclamaban los meses y los años intercalados.

Los 613 mandamientos

Los 613 mandamientos (Taryag mitzvot, תריג מצוות) corresponden, según la tradición judía, al conjunto total de preceptos contenidos en la Torá dada por Dios a Moses en el Monte Sinaí. La idea tradicional sostiene que toda la ley revelada contiene exactamente 613 mandamientos, divididos en dos grupos:

  • 248 mandamientos positivos (mitzvot aseh) → ordenan realizar una acción: honrar a los padres, guardar el sábado, ayudar al necesitado, etc.
  • 365 mandamientos negativos (mitzvot lo ta'aseh) → prohíben determinadas acciones: no robar, no matar, no cometer falso testimonio, etc.

La tradición rabínica encontró además un simbolismo interesante en estos números:

  • Los 248 mandamientos positivos fueron asociados con las partes o miembros del cuerpo humano según antiguas concepciones rabínicas.
  • Los 365 mandamientos negativos fueron relacionados con los días del año solar.

La idea simbólica era que el ser humano entero —cuerpo y tiempo— debía orientarse hacia el servicio divino.

Sin embargo, aquí aparece un problema importante: la Torá nunca entrega una lista explícita diciendo: “estos son los 613 mandamientos”. El número surge de interpretaciones rabínicas posteriores. Una famosa tradición talmúdica afirma:

"Moisés recibió 613 mandamientos."

Pero el desafío estaba en determinar cuáles eran exactamente esos 613.

Por ejemplo:

  • ¿"Creer en Dios" es un mandamiento independiente?
  • ¿"Temer a Dios" es otro mandamiento separado?
  • Cuando la Torá repite una orden varias veces, ¿se cuentan varias mitzvot o una sola?
  • ¿Los mandamientos temporales cuentan o no?

Por esta razón aparecieron listas diferentes elaboradas por distintos sabios medievales.

Entre las más conocidas:

  • Moses Maimonides escribió el Sefer HaMitzvot, donde estableció reglas precisas para determinar cuáles debían contarse.
  • Moshé ben Nahmán criticó varios criterios de Maimónides y añadió o eliminó ciertos mandamientos de la lista.

Najmánides decía algo muy interesante. Admitía que el conteo exacto era discutido entre los rabinos y que no existía total unanimidad, pero al mismo tiempo sostenía que el número 613 tenía una autoridad tradicional tan antigua y tan difundida que probablemente debía considerarse una enseñanza transmitida desde Moisés en el Sinaí.

Es decir, para Najmánides la pregunta no era tanto: “¿existen realmente 613?” sino más bien: “¿cómo debemos identificar correctamente esos 613?”.

Influencia

Abba Mari

Abba Mari se dedicó al estudio de la teología y la filosofía, familiarizándose con las obras de Moses Maimonides, Najmánides y el Talmud. Aunque sentía un profundo respeto por Maimónides y estudiaba cuidadosamente sus escritos, su pensamiento mostró una mayor cercanía hacia las tendencias místicas desarrolladas por Najmánides.

Abba Mari compartía con Najmánides una fuerte confianza en la revelación divina y en la providencia de Dios sobre el mundo. Para él, la fe no debía depender exclusivamente del razonamiento filosófico, sino descansar sobre la tradición revelada transmitida por el judaísmo rabínico. Esta postura lo llevó a mostrarse cauteloso frente al creciente prestigio de la filosofía aristotélica entre algunos intelectuales judíos medievales.

Resulta especialmente reveladora su actitud hacia Aristóteles. Aunque reconocía su grandeza intelectual y lo describía como un “buscador de Dios entre los paganos”, consideraba imposible colocarlo en el mismo nivel que Moses. Con esta afirmación establecía una clara jerarquía: la razón filosófica podía ser una herramienta valiosa para explorar el mundo, pero nunca debía sustituir la autoridad superior de la revelación divina. Esta posición refleja una continuidad con el pensamiento de Najmánides, quien también intentó establecer límites a la influencia de la filosofía cuando esta parecía amenazar la primacía de la tradición religiosa.

Simeón y Levi

La historia comienza con la violación de Dinah por parte de Siquem, relatada en el libro del Génesis. Después del hecho, los hermanos de Dina, Simeón y Leví, reaccionaron con extrema violencia y mataron no solo a Siquem y a su padre Hamor, sino también a los hombres de toda la ciudad. Más tarde, en su lecho de muerte, Jacob no maldijo directamente a sus hijos, sino a su ira: «Maldita sea su ira, porque fue violenta» (Génesis 49). La tradición rabínica interpretó que el problema no era el celo moral en sí mismo, sino una fuerza justa dirigida hacia un objetivo equivocado.

Los comentaristas medievales discutieron intensamente cómo entender la legitimidad de aquella matanza. Maimónides sostuvo que los habitantes de Siquem podían considerarse culpables porque habían incumplido una de las leyes universales dadas a la humanidad, las llamadas leyes de Noé: el deber de establecer un sistema de justicia. Al no castigar el crimen cometido por Siquem, toda la ciudad se volvía responsable.

Najmánides rechazó esta explicación. En su opinión, ese razonamiento era insuficiente, porque el deber de establecer tribunales era un mandato positivo y su incumplimiento no justificaba automáticamente una pena de muerte colectiva. En lugar de ello, propuso otra posibilidad: los habitantes de la ciudad quizá habían cometido otros pecados graves, como idolatría o inmoralidad, lo que podría explicar una responsabilidad más amplia. Esta respuesta es reveladora porque muestra un rasgo característico de su pensamiento: incluso cuando defendía la autoridad de la tradición, procuraba examinar cuidadosamente las consecuencias jurídicas y morales de cada interpretación.

Más adelante, Judah Loew ben Bezalel replanteó el problema desde otro ángulo. En vez de analizar el hecho como un castigo judicial, sostuvo que podía entenderse como un acto de guerra o represalia. Así, el debate dejó de girar únicamente en torno a la culpabilidad individual y pasó a incluir cuestiones relacionadas con la justicia colectiva y la naturaleza de los conflictos entre pueblos.

La historia también dio origen a otras tradiciones rabínicas posteriores. Shlomo Yitzchaki, por ejemplo, transmitió la idea de que el hijo mencionado en Génesis como “Saúl, hijo de una mujer cananea” podría haber sido en realidad hijo de Dina y Siquem, adoptado luego dentro de la familia de Simeón. Najmánides, sin embargo, rechazó algunos detalles de esta interpretación y ofreció una lectura más moderada del relato. Esto muestra nuevamente una característica constante de su método: respeto por las tradiciones anteriores, pero también disposición a revisarlas críticamente cuando encontraba dificultades textuales o teológicas.

Parashá Vaerá

La palabra Parashá (פרשה, parashah) significa literalmente “sección”, “porción” o “parte separada”. Dentro de la tradición judía, la Torá —los cinco libros de Moisés— se divide en porciones semanales que son leídas y estudiadas a lo largo del año en las sinagogas. Cada semana se estudia una nueva parashá, de modo que al finalizar el ciclo anual se ha leído la Torá completa. Estas divisiones no son simples cortes editoriales; cada parashá suele constituir una unidad temática con una enseñanza particular.

Vaerá (וָאֵרָא) es el nombre de una de esas porciones semanales y corresponde a una parte del libro del Libro del Éxodo. El nombre proviene de sus primeras palabras: “Vaerá el Abraham, el Isaac y el Jacob…” (“Y me aparecí a Abraham, Isaac y Jacob…”, Éxodo 6:3). La expresión Vaerá significa literalmente “Y aparecí” o “Y me manifesté”.

La parashá Vaerá narra un momento decisivo de la historia bíblica: Dios reafirma su alianza con Israel, ordena a Moses enfrentar al faraón y comienzan las primeras plagas de Egipto. También introduce un tema teológico muy profundo: la diferencia entre cómo Dios se reveló a los patriarcas y cómo se revelará ahora a Moisés y al pueblo de Israel. Precisamente sobre esta diferencia desarrolló Najmánides una de sus interpretaciones más conocidas sobre los milagros ocultos y los milagros manifiestos.

En su explicación de Éxodo 6:3, donde Dios declara: «Me aparecí a Abraham, Isaac y Jacob como El Shaddai, pero por mi nombre YHVH no me di a conocer a ellos», Najmánides sostuvo que esta afirmación no significaba simplemente una diferencia de nombres, sino una diferencia en la manera en que Dios se manifiesta en la historia.

Según Najmánides, bajo el nombre El Shaddai, Dios actuaba mediante lo que podrían llamarse milagros ocultos. Son acontecimientos extraordinarios que, aunque dirigidos por la providencia divina, pueden parecer parte del curso ordinario de la naturaleza para quien los observa externamente. Los patriarcas experimentaron este tipo de intervención divina: protección, bendiciones y acontecimientos providenciales que no destruían las leyes aparentes del mundo. En cambio, el nombre YHVH representaba una revelación más directa y poderosa del gobierno divino, manifestada mediante milagros abiertos, es decir, acontecimientos que suspenden o superan claramente el orden natural, como las plagas de Egipto o la apertura del mar.

Esta interpretación se conecta con otro debate exegético sobre las plagas egipcias. Abraham ibn Ezra y Hezekiah ben Manoah explicaban las palabras de los magos egipcios —«Este es el dedo de Dios»— como una señal de que inicialmente ellos pensaban que las plagas podían deberse a un fenómeno natural extraordinario. Según esta lectura, los magos hablaban de “Dios” y no del nombre divino más específico porque aún no comprendían plenamente lo que estaba ocurriendo.

Najmánides rechazó esa interpretación. Argumentó que un acontecimiento casual o simplemente natural no podía llamarse «el dedo de Dios». Para él, esa expresión siempre indicaba una intervención directa y deliberada del poder divino. Como apoyo citó pasajes bíblicos donde expresiones similares aparecen asociadas a juicios y castigos enviados por Dios. Además, señaló un detalle narrativo importante: después de ciertas plagas el faraón dejó de pedir a sus magos que reprodujeran los acontecimientos, lo que indicaba que ellos mismos habían reconocido que aquello ya estaba fuera del alcance de sus artes y que se trataba de una acción divina real.

Obras

Iggeret ha-Kodesh 

Entre las obras que tradicionalmente fueron asociadas a Moshé ben Nahmán se encuentra Iggeret ha-Kodesh (La Santa Epístola), un tratado dedicado a temas como el matrimonio, la santidad y las relaciones conyugales. Durante siglos se creyó que Najmánides había escrito esta obra como un regalo de bodas dirigido a su hijo. Sin embargo, numerosos estudios modernos han cuestionado esta atribución y consideran más probable que el texto haya sido escrito por Joseph ben Abraham Gikatilla u otro autor perteneciente a círculos cabalísticos medievales.

El tratado posee una gran relevancia porque presenta una comprensión particular de la sexualidad humana desde una perspectiva religiosa y mística. El autor critica ciertas interpretaciones atribuidas a Moses Maimonides, según las cuales los impulsos sexuales podían ser considerados elementos inferiores o vinculados principalmente con la naturaleza corporal del ser humano. Frente a ello, el texto sostiene una visión distinta: si el cuerpo y todas sus funciones fueron creados por Dios, entonces también participan de un carácter sagrado.

Desde esta perspectiva, las relaciones conyugales legítimas no aparecen como algo vergonzoso o puramente material, sino como una realidad que puede adquirir un significado espiritual. La unión entre hombre y mujer, realizada dentro de un marco de santidad y rectitud, es entendida como una participación en el orden divino mismo. Esta idea tuvo gran influencia sobre el pensamiento cabalístico posterior, donde la vida humana, incluso en sus aspectos corporales, pasó a ser interpretada como una expresión de dimensiones espirituales más profundas.

Comentario sobre la Torah

El Comentario sobre la Torá —los cinco libros de Moisés— fue la última gran obra de Najmánides y la que alcanzó mayor prestigio. En ella combinó interpretación literal, análisis lingüístico, enseñanzas rabínicas tradicionales y elementos místicos provenientes de la Cábala. Frecuentemente dialogaba con comentarios anteriores, especialmente con los de Shlomo Yitzchaki, a quien respetaba profundamente aunque no dudaba en señalar desacuerdos y proponer interpretaciones alternativas cuando consideraba que el texto bíblico permitía otra lectura.

El propio Najmánides explicó que escribió este comentario con varios propósitos. En primer lugar, deseaba satisfacer la curiosidad intelectual de los estudiantes y estimular su pensamiento mediante una lectura crítica del texto sagrado. En segundo lugar, buscaba justificar los caminos de Dios y revelar significados ocultos presentes en las Escrituras, pues sostenía que la Torá contenía misterios profundos y sabidurías escondidas. Finalmente, también pretendía ofrecer explicaciones claras y agradables que ayudaran a los fieles durante la lectura pública de la Torá en sábados y festividades.

Uno de los aspectos más célebres de este comentario aparece en su explicación de la creación del mundo. Najmánides sostiene que Dios creó todas las cosas a partir de la nada absoluta (creatio ex nihilo). Según su interpretación, inicialmente Dios produjo una sustancia extremadamente sutil, carente de corporeidad pero poseedora de potencialidad para recibir formas y desarrollarse. Identificó esta materia primordial con lo que los filósofos griegos denominaban hylē o materia. A partir de esta materia primera, Dios habría dado forma al universo entero. Resulta interesante observar que, aunque utilizó terminología filosófica griega, la subordinó completamente a la doctrina bíblica de la creación divina.

En esta obra también se hacen visibles sus diferencias con filósofos racionalistas, especialmente con Aristóteles y, en ciertos puntos, con Moses Maimonides. Mientras Maimónides tendía a interpretar algunos milagros bíblicos mediante explicaciones más racionales o simbólicas, Najmánides enfatizaba su carácter real y sobrenatural. Llegó a afirmar que nadie podía comprender verdaderamente la Torá de Moisés sin reconocer que tanto la vida colectiva como la individual están continuamente bajo la acción providencial de Dios.

Para Najmánides existían cuatro principios fundamentales que sostenían la fe: la creación a partir de la nada, la omnisciencia divina, la providencia divina y la realidad de los milagros. Estos elementos constituían, en su pensamiento, pilares esenciales de la comprensión religiosa del mundo.

También mantuvo debates con Abraham ibn Ezra. Criticó en ocasiones su actitud hacia la Cábala y algunas interpretaciones exegéticas, aunque simultáneamente manifestó una enorme admiración por su erudición. Curiosamente, el comentario no permaneció estático: estudios posteriores muestran que Najmánides revisó y modificó su obra en más de doscientos lugares, especialmente después de trasladarse desde España a Eretz Israel, lo que revela que seguía reconsiderando y profundizando sus ideas incluso en los últimos años de su vida.

Conclusión

La vida de Moshé ben Nahmán fue la de un hombre que caminó entre mundos: entre la ley y el misterio, entre la razón y la revelación, entre el estudio silencioso y las grandes controversias públicas. Jurista, comentarista, médico, filósofo y cabalista, defendió con firmeza la tradición sin renunciar a la reflexión profunda. Debatió con reyes, desafió corrientes intelectuales de su tiempo, sufrió el exilio y terminó sus días lejos de la tierra que lo vio nacer. Sin embargo, mientras su cuerpo envejecía y cruzaba fronteras, sus ideas seguían construyendo puentes entre generaciones. Najmánides no dejó únicamente libros: dejó una manera de comprender la fe, donde cada palabra de la Escritura podía ocultar un universo entero y donde, detrás de la historia visible, continuaba actuando el misterio de Dios.

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