SEXTO EMPÍRICO
LIBRO I: SISTEMAS FILOSÓFICOS
Escepticismo
Sexto Empírico comienza desde algo que considera casi evidente: toda investigación humana parece dirigirse hacia uno de tres destinos posibles. Cuando alguien busca una respuesta, puede llegar a creer que la encontró, puede concluir que la respuesta es imposible de alcanzar o puede permanecer investigando. El investigador no puede permanecer indefinidamente sin una actitud frente a aquello que busca: o afirma, o niega la posibilidad de afirmar, o continúa examinando.
El primer grupo está constituido por quienes consideran haber alcanzado la verdad. Son los llamados dogmáticos. Sexto menciona como ejemplos a aristotélicos, epicúreos y estoicos. El término "dogmático" aquí no tiene inicialmente un sentido insultante; simplemente designa a quien sostiene una doctrina afirmando que las cosas son realmente de determinada manera. El aristotélico cree haber descubierto las causas y principios del ser; el epicúreo afirma conocer la estructura material del universo; el estoico cree haber encontrado el orden racional que gobierna todas las cosas. Todos ellos comparten una misma convicción: el conocimiento verdadero es alcanzable y ellos lo poseen. Para Sexto, sin embargo, esta confianza constituye precisamente el punto que debe ser examinado.
Un segundo grupo es el de los académicos, particularmente los seguidores de Clitómaco y Carnéades. Estos sostuvieron que las cosas son inaprehensibles; es decir, que el conocimiento cierto no puede alcanzarse. A primera vista parecen cercanos a los escépticos, pero Sexto marca una diferencia importante: los académicos hacen una afirmación positiva acerca de la realidad, afirman que el conocimiento es imposible. Y en ese momento caen, paradójicamente, en aquello mismo que critican: se convierten en dogmáticos negativos. Han dejado de investigar porque creen haber llegado a una conclusión definitiva sobre la imposibilidad del saber.
Finalmente aparecen los escépticos. Ellos no dicen haber encontrado la verdad, pero tampoco afirman que sea imposible encontrarla. Su actitud consiste simplemente en seguir investigando. Esta posición puede parecer débil o indecisa, pero en realidad constituye una estrategia filosófica extremadamente radical. El escéptico evita comprometerse con afirmaciones definitivas y mantiene abierto el proceso de examen.
Investigación escéptica
Comienza distinguiendo dos formas de exponer la filosofía escéptica: una general y otra específica. Antes de entrar en controversias con otras escuelas, Sexto quiere explicar primero qué es el escepticismo y cuáles son sus elementos fundamentales.
El llamado estudio general consiste en exponer las características propias del escepticismo: su definición, sus principios, sus razonamientos, su criterio, su finalidad y los procedimientos que conducen a la suspensión del juicio. Esto resulta interesante porque contradice la idea de que el escéptico simplemente duda por hábito o por confusión. Existe una disciplina intelectual detrás de esa actitud. Sexto intenta mostrar cómo opera el pensamiento escéptico antes de ponerlo a trabajar contra otras doctrinas.
El estudio específico, por otra parte, consiste en argumentar contra cada uno de los apartados de la filosofía tradicional. Una vez establecidas las bases generales, el escepticismo pasa a convertirse en un instrumento crítico. Sexto prepara primero el método y luego lo aplicará al examen de las afirmaciones de otras escuelas filosóficas.
Luego comienza a explicar los distintos nombres que recibe la orientación escéptica. El primero es Zetética, que proviene de la idea de búsqueda e investigación. Este nombre enfatiza que el escéptico es alguien que permanece constantemente investigando. Mientras otras escuelas consideran la investigación un medio para alcanzar una respuesta definitiva, el escéptico parece convertir el acto mismo de buscar en una forma de vida filosófica.
El segundo nombre es Eféctica, relacionado con la actitud mental que surge durante la investigación. Cuando aparecen argumentos igualmente fuertes a favor y en contra de una cuestión, el escéptico no se precipita hacia una conclusión; suspende el juicio.
El tercer nombre es Aporética, relacionado con la aporía o dificultad intelectual. El escéptico se mueve entre argumentos enfrentados y permanece en esa tensión sin apresurarse a resolverla artificialmente. La incertidumbre deja de verse como un fracaso del pensamiento y pasa a convertirse en una condición propia de la investigación filosófica.
Escepticismo
De acuerdo con Sexto, el escepticismo es una capacidad. El escéptico no afirma poseer una verdad sobre la realidad; posee una habilidad intelectual: la capacidad de enfrentar cosas opuestas entre sí. Esa oposición puede darse entre fenómenos sensibles, entre razonamientos o incluso entre ambos. La tarea del escéptico consiste en colocar frente a frente argumentos o apariencias contrarias y observar qué ocurre.
No existe un único modo de producir oposición. A veces se enfrentan percepciones sensibles; otras veces teorías; otras veces se compara una percepción con una explicación racional. Su intención es abarcar todas las formas posibles en que algo puede ser cuestionado.
Los fenómenos corresponden a aquello que aparece a los sentidos; las consideraciones teóricas corresponden a las construcciones intelectuales elaboradas por la razón. Sin embargo, el escéptico no pretende explicar qué son realmente esas cosas o cómo se originan. Las toma simplemente tal como aparecen. Esta actitud es muy significativa porque evita entrar inmediatamente en discusiones metafísicas sobre la naturaleza última de la realidad.
Aquí puede verse una diferencia importante con otras filosofías. Mientras otras escuelas buscan ir detrás de las apariencias para descubrir una esencia oculta, el escéptico parece suspender esa búsqueda y limitarse a describir lo que se manifiesta.
Proposiciones contrapuestas
Proposiciones contrapuestas. Lo esencial es que ninguno tenga una ventaja evidente sobre el otro. Cuando dos argumentos poseen una fuerza semejante, se produce lo que llama equivalencia.
Esta equivalencia no significa que ambas cosas sean verdaderas o falsas; significa únicamente que ninguna parece más digna de confianza que la otra. El escéptico se encuentra entonces en una situación de equilibrio intelectual: las razones a favor y en contra parecen tener el mismo peso.
A partir de esta igualdad de fuerzas surge la suspensión del juicio (epoché). Sexto la define como un estado de equilibrio de la mente donde no se afirma ni se niega nada definitivamente. El escéptico no concluye que algo sea verdadero ni que sea falso; simplemente deja el asunto en suspenso.
Después de la suspensión del juicio aparece algo que constituye una de las ideas más conocidas del pirronismo: la ataraxia, es decir, la serenidad o tranquilidad del espíritu. Sexto sostiene que esta calma surge como una consecuencia de la suspensión del juicio.
Sexto señala luego que el filósofo escéptico o pirrónico es simplemente quien participa de esta capacidad. El escéptico no se define por una doctrina particular ni por un catálogo de creencias, es por una manera específica de pensar y relacionarse con los problemas filosóficos.
Los seres humanos comenzaron a investigar porque estaban perturbados por la diversidad de opiniones y querían alcanzar serenidad mediante el descubrimiento de la verdad. Creían que si encontraban qué cosas eran verdaderas y cuáles falsas podrían descansar intelectualmente.
Los Tropos
La mente llega a un estado de equilibrio al encontrarse frente a afirmaciones opuestas que no logran imponerse unas sobre otras. El escepticismo, por tanto, comienza con una experiencia intelectual: la dificultad para elegir entre razones igualmente persuasivas.
Las oposiciones pueden adoptar diversas formas. Se pueden contraponer fenómenos a fenómenos, razonamientos a razonamientos o razonamientos a fenómenos. Sexto muestra esto mediante ejemplos concretos. La torre que parece circular desde lejos y cuadrangular desde cerca revela que una misma realidad puede presentarse de formas distintas dependiendo de las condiciones de observación. Esto plantea inmediatamente una pregunta inquietante: ¿cuál de las dos apariencias representa la realidad verdadera?
La oposición también puede surgir entre razonamientos. Sexto ofrece el ejemplo de la Providencia. Algunos argumentan que el orden visible del cosmos demuestra una inteligencia organizadora; pero otros responden señalando que los hombres buenos muchas veces sufren y los malos prosperan. Si el mundo estuviera dirigido por una providencia justa, podría esperarse lo contrario. Así, una explicación racional entra en conflicto con otra explicación racional.
Sexto presenta un tercer tipo de oposición: la que existe entre fenómenos y teorías. Menciona el caso de Anaxágoras, quien sostenía que la nieve, aunque se manifiesta blanca a nuestros ojos, debía ser negra porque procede del agua y el agua sería negra por naturaleza. Aquí la apariencia sensible entra en conflicto con una construcción racional.
Incluso cuando una tesis parece imposible de refutar, el escéptico recuerda que podría existir una explicación contraria todavía desconocida. Antes de que una teoría apareciera históricamente, esa teoría existía potencialmente sin ser conocida por nadie; del mismo modo, algo opuesto podría existir aún sin haber sido descubierto.
Sexto pasa luego a explicar los llamados tropos o modos de suspensión del juicio. Los presenta con una advertencia importante: no afirma que sean definitivos o completos. Incluso estos procedimientos podrían ser insuficientes o imperfectos. Esta aclaración es coherente con el espíritu del escepticismo: ni siquiera sus propias herramientas son consideradas absolutamente seguras.
Los diez tropos son distintos modos de mostrar la inestabilidad de nuestros juicios. Algunos dependen de quien percibe, otros de la cosa percibida y otros de la relación entre ambos. Entre ellos aparecen factores como la diversidad de los animales, las diferencias entre los seres humanos, las condiciones de los sentidos, las circunstancias particulares, las distancias, las mezclas, las cantidades, las relaciones, la frecuencia de las experiencias y las costumbres o creencias.
- El primero, el de «según la diversidad de los animales».
- El segundo, el de «según la diferencia entre los hombres».
- El tercero, el de «según las diferentes constituciones de los sentidos».
- El cuarto, el de «según las circunstancias».
- El quinto, el de «según las posiciones, distancias y lugares».
- El sexto, el de «según las interferencias»
- El séptimo, el de «según las cantidades y composiciones de los objetos».
- El octavo, el de «a partir del con relación a algo»
- El noveno, el de «según los sucesos frecuentes o los raros».
- El décimo, el de «según las formas de pensar, costumbres, leyes, creencias míticas y opiniones dogmáticas».
Sexto comienza el primer tropo mostrando que distintos animales reciben impresiones diferentes de las mismas cosas. El objetivo no es simplemente hablar de las diferencias entre especies, sino atacar la idea de que podamos afirmar con seguridad cómo son realmente los objetos. Si un mismo fenómeno aparece de maneras distintas dependiendo del ser que lo percibe, entonces surge una dificultad inmediata: ¿cuál de todas esas apariencias corresponde a la realidad verdadera?
El argumento parte de la enorme diversidad corporal de los animales. Sexto describe cómo algunos parecen surgir del fuego, otros del agua corrompida, otros del barro, de frutos o incluso de cuerpos en descomposición, mientras otros nacen mediante reproducción sexual. Algunos nacen vivos, otros salen de huevos y otros presentan formas intermedias. Aunque muchas de estas ideas biológicas hoy son incorrectas, la intención filosófica sigue siendo clara: mostrar que la naturaleza produce seres profundamente distintos entre sí, y que esa diferencia probablemente afecta también su forma de percibir el mundo.
Luego Sexto se concentra en la visión. Señala que incluso entre seres humanos la percepción cambia según el estado corporal. El enfermo de ictericia ve amarillas cosas que otros ven blancas; quien tiene un hematoma percibe tonos rojizos. Si pequeñas alteraciones físicas ya modifican nuestra percepción, entonces resulta razonable pensar que especies enteras con órganos visuales radicalmente distintos experimenten el mundo de formas completamente diferentes.
Sexto acumula ejemplos para reforzar esta idea. Después de mirar el sol durante mucho tiempo las letras parecen doradas y giratorias; ciertos ungüentos cambian los colores percibidos; presionar el ojo altera las formas visibles. Incluso los espejos deforman tamaños, posiciones y figuras según su estructura. Todo esto apunta hacia una misma conclusión: la percepción depende tanto del órgano que percibe como del objeto percibido.
El argumento se vuelve todavía más fuerte cuando habla de las pupilas animales. Los gatos, cabras o peces poseen ojos distintos a los humanos y, por tanto, no existe motivo para pensar que perciban las mismas formas o dimensiones que nosotros. Aquí Sexto introduce una idea muy profunda: quizá nunca percibimos las cosas “tal como son”, sino únicamente tal como aparecen según nuestra constitución corporal.
Después extiende el razonamiento a los demás sentidos. El tacto cambia entre animales cubiertos de plumas, escamas o conchas. El oído depende de la forma del conducto auditivo. El olfato varía según la composición corporal; incluso entre humanos, cuando estamos resfriados o enfermos, los olores cambian completamente. Lo mismo ocurre con el gusto: durante una fiebre los alimentos parecen amargos o secos aunque antes parecieran agradables.
Las diferencias entre los animales no solo afectan la forma de percibir, sino también aquello que consideran agradable, útil o dañino. Para explicar esto utiliza varias analogías. El mismo alimento, una vez ingerido, se transforma en distintas partes del cuerpo: hueso, nervio, sangre o arteria. Del mismo modo, el agua que recibe un árbol produce corteza, ramas o frutos distintos según la parte donde actúe. Incluso el mismo soplo produce sonidos diferentes en una flauta dependiendo del lugar por donde pasa. Con estas comparaciones Sexto quiere mostrar que una misma realidad puede generar resultados distintos según la constitución de aquello que la recibe.
La conclusión implícita es importante: si los organismos poseen naturalezas diferentes, entonces es razonable que los objetos exteriores también produzcan representaciones mentales diferentes en cada uno de ellos.
Luego Sexto se concentra en lo apetecible y lo desagradable para los animales. Lo que para los hombres es placentero puede resultar insoportable o mortal para otras especies. Los perfumes agradan a los humanos pero repelen a ciertos insectos; el aceite beneficia a las personas y mata a las abejas; el agua salada resulta desagradable para los hombres pero agradable para los peces. Los cerdos prefieren revolcarse en el barro, mientras otros animales comen madera, carne cruda o alimentos descompuestos que los humanos rechazarían inmediatamente.
El argumento adquiere aquí un tono casi acumulativo. Sexto enumera caso tras caso para producir una impresión de enorme relatividad en la experiencia animal. La cicuta, venenosa para el hombre, engorda a las codornices; las salamandras son comidas por las cerdas; ciertos insectos producen enfermedad en humanos pero sirven como remedio para osas enfermas. Incluso algunos animales reaccionan de manera radical frente a simples sonidos o plantas específicas.
La intención de toda esta enumeración es mostrar que las cualidades agradables o desagradables no parecen pertenecer absolutamente a los objetos mismos, sino depender del ser que los experimenta. Si lo placentero y lo doloroso cambian según la constitución del animal, entonces resulta difícil afirmar qué son realmente las cosas en sí mismas.
Sexto extrae entonces una consecuencia escéptica decisiva: solo podemos decir cómo aparecen las cosas para nosotros, pero no cómo son realmente. Nosotros percibimos el mundo de cierta manera porque poseemos una constitución humana determinada. Sin embargo, no poseemos un criterio absoluto que permita afirmar que nuestra perspectiva sea superior a la de otros animales.
Aquí introduce un problema filosófico muy profundo: el de quién puede actuar como juez imparcial entre distintas percepciones. Sexto sostiene que nosotros mismos somos parte de la disputa y, precisamente por eso, estamos menos capacitados para juzgar objetivamente. El ser humano no puede colocarse fuera de su propia condición para comparar neutralmente todas las perspectivas posibles.
Luego analiza el problema de la demostración. Si alguien quisiera probar que las percepciones humanas son más fiables que las animales, tendría que hacerlo mediante una demostración. Pero esa demostración también sería percibida por seres humanos y, por tanto, seguiría estando sometida al mismo problema que intenta resolver. La prueba dependería precisamente del criterio que se encuentra en cuestión. El argumento se vuelve circular: intentamos justificar nuestra percepción utilizando instrumentos cuya validez aún no ha sido demostrada.
Por eso Sexto concluye que no existe una demostración definitiva capaz de establecer la superioridad de las representaciones humanas sobre las animales. Y si las apariencias difieren y no poseemos un criterio neutral para decidir entre ellas, entonces la consecuencia natural es la suspensión del juicio respecto de cómo son realmente los objetos exteriores.
Finalmente Sexto pasa a un tema particularmente provocador: la inteligencia de los animales. Aquí adopta un tono casi irónico contra los dogmáticos, a quienes acusa de arrogancia. Decide utilizar el ejemplo del perro, precisamente porque suele considerarse un animal vulgar. Incluso en este caso, afirma, el perro demuestra capacidades cognitivas notables.
Los animales no son inferiores a los seres humanos ni siquiera en aquello que normalmente se considera exclusivamente humano: la razón. Para ello distingue entre una razón interior y la facultad de expresión. La razón interior corresponde a la capacidad de elegir lo conveniente, evitar lo perjudicial, adquirir habilidades útiles y desarrollar virtudes.
El ejemplo elegido sigue siendo el perro, precisamente porque suele considerarse un animal común y poco admirable. Sexto observa que el perro busca lo que le beneficia y evita lo que le daña: persigue comida y rehúye el castigo. Además posee un arte propio, la caza, lo que implica cierta capacidad técnica orientada hacia fines específicos.
Pero Sexto va todavía más lejos. Afirma que el perro participa incluso de virtudes. Lo considera justo porque distingue entre amigos y extraños: protege a quienes conoce y ahuyenta a quienes considera peligrosos. También lo describe como valiente e inteligente. Utiliza aquí el célebre episodio de Argos en la Odisea, donde el perro de Ulises reconoce a su amo pese a que todos los demás han sido engañados por su apariencia transformada. El animal demuestra conservar una especie de “imagen conceptual” más firme que la de los hombres.
El argumento se vuelve particularmente interesante cuando Sexto cita a Crisipo, uno de los grandes representantes del estoicismo y crítico de los animales irracionales. Según Sexto, incluso Crisipo admitía implícitamente cierta racionalidad en el perro. El famoso ejemplo del cruce de caminos muestra al perro razonando deductivamente: si la presa no pasó por dos caminos, entonces tuvo que pasar por el tercero. Sexto utiliza esto para sugerir irónicamente que el animal emplea formas de razonamiento lógico similares a las humanas.
Después menciona la capacidad del perro para curarse a sí mismo. El animal extrae espinas, limpia heridas, evita apoyar patas lesionadas y consume hierbas cuando necesita expulsar algo dañino de su cuerpo. Todo esto parece mostrar experiencia, memoria, adaptación y cierta forma de conocimiento práctico.
La intención filosófica de Sexto es clara: desmontar la arrogancia humana. Los dogmáticos consideran que la racionalidad humana garantiza una superioridad epistemológica absoluta. Sexto responde mostrando que muchos comportamientos animales parecen manifestar inteligencia, razonamiento práctico e incluso algo parecido a virtudes morales.
Luego pasa al lenguaje. Algunos filósofos ya habían considerado que el habla no era esencial para la virtud, y Sexto recuerda además que un hombre mudo no deja por ello de ser racional. Pero incluso dejando eso de lado, observa que ciertos animales imitan palabras humanas y que quizá los animales posean formas de comunicación que nosotros simplemente no comprendemos.
Aquí introduce una comparación muy interesante: cuando escuchamos hablar una lengua extranjera que desconocemos, sus sonidos pueden parecernos un ruido uniforme. Del mismo modo, quizá el lenguaje animal nos parece incomprensible únicamente porque no sabemos interpretarlo. Los distintos ladridos del perro según las circunstancias —amenaza, dolor, alegría o advertencia— muestran que existe diferenciación expresiva y comunicación contextual.
Sexto concluye entonces que los animales no parecen inferiores a los humanos ni en sensibilidad, ni en razón interior, ni siquiera completamente en la facultad de expresión. Por ello, no tenemos motivos suficientes para considerar menos fiables sus representaciones mentales.
Incluso las aves, dice Sexto, parecen poseer capacidades admirables: anticipan acontecimientos y comunican señales a quienes saben interpretarlas. Más allá de que hoy podamos explicar muchos de estos fenómenos de otra manera, el punto escéptico permanece intacto: el ser humano no posee una posición tan privilegiada como suele imaginar.
Segundo tropo
Incluso si alguien concediera que los hombres son superiores a los animales en fiabilidad, dice Sexto, el problema persiste, porque tampoco entre nosotros existe uniformidad. Los hombres difieren tanto corporal como mentalmente, y esas diferencias producen también percepciones y juicios distintos sobre las cosas.
Comienza hablando del cuerpo. Los pueblos poseen rasgos físicos distintos y diferentes constituciones orgánicas. Según la teoría antigua de los humores, estas diferencias afectan directamente las representaciones mentales y las preferencias. Por eso distintos pueblos disfrutan cosas distintas y rechazan cosas distintas. El hecho de que las mismas cosas resulten agradables para unos y desagradables para otros revela, según Sexto, que no producen las mismas impresiones en todos.
Luego acumula una enorme cantidad de ejemplos de diferencias fisiológicas extremas. Algunas personas toleran sustancias venenosas como la cicuta o el opio; otras enferman por alimentos o perfumes comunes. Unos soportan mordeduras venenosas; otros padecen alteraciones físicas extraordinarias, como ver en la oscuridad o sentir una figura humana delante de ellos constantemente.
El objetivo de esta enumeración no es meramente curioso o anecdótico. Sexto quiere mostrar que incluso dentro de la especie humana las experiencias del mundo son profundamente variables. Si los cuerpos son distintos y reaccionan de maneras tan diversas frente a las mismas cosas, entonces también las percepciones y juicios derivados de esos cuerpos serán diferentes.
Después traslada el argumento al alma o la mente. La mejor prueba de las diferencias humanas, dice, es el desacuerdo constante acerca de lo que debe elegirse o evitarse. Las personas valoran cosas distintas, persiguen ideales distintos y consideran buenas o malas acciones completamente opuestas. Para ilustrarlo cita a poetas y tragedias griegas que ya habían observado que cada hombre disfruta ocupaciones diferentes y que aquello que resulta admirable para unos puede parecer odioso para otros.
Aquí Sexto conecta placer y desagrado con percepción e imaginación. Si las mismas cosas generan reacciones emocionales diferentes según la persona, entonces no parece posible afirmar objetivamente que algo sea bueno o malo por naturaleza. Nuevamente, solo podemos decir cómo aparece algo para cada individuo.
La consecuencia escéptica vuelve a ser la suspensión del juicio. Podemos describir cómo las cosas parecen según cada persona, pero no podemos afirmar con certeza cómo son realmente. Si intentamos decidir quién tiene razón, surgen inmediatamente nuevos problemas. Si damos la razón a todos, caemos en contradicciones. Si escogemos a algunos, cada escuela filosófica defenderá a sus propios maestros: el platónico a Platón, el epicúreo a Epicuro, y así sucesivamente.
Sexto también rechaza la idea de aceptar la opinión de la mayoría. Considera absurda esa solución porque nadie puede consultar realmente a todos los seres humanos. Además, lo que es común en unas regiones puede ser raro en otras. La apelación a la mayoría no resuelve el problema, sino que simplemente desplaza la dificultad.
Finalmente dirige una crítica especialmente dura contra los dogmáticos que se consideran a sí mismos más dignos de confianza que los demás. Sexto sostiene que esto es circular y arbitrario. Quienes se proclaman jueces de la verdad forman parte de la misma disputa y no pueden asignarse autoridad antes de demostrarla. Según él, hacen trampa desde el inicio, porque se otorgan a sí mismos la decisión antes de comenzar verdaderamente la investigación.
Tercer tropo
Sexto reduce ahora el problema todavía más. Ya no necesita comparar animales distintos ni diferentes seres humanos; basta observar que incluso dentro de una sola persona los sentidos se contradicen entre sí. El tercer tropo muestra que una misma cosa aparece de maneras distintas según el sentido que la percibe, y que por eso resulta imposible afirmar con certeza cómo es realmente el objeto.
Los ejemplos son simples pero muy efectivos. Un cuadro parece tener profundidad para la vista, pero el tacto revela que es completamente plano. La miel es agradable al gusto, pero puede resultar desagradable a la vista. Un perfume agrada al olfato y desagrada al tacto. Algunas sustancias dañan ciertos órganos y benefician otros. El agua de lluvia es saludable para los ojos, pero irrita pulmones y garganta; el aceite suaviza la piel; el pez torpedo entumece ciertas partes del cuerpo y no otras.
La conclusión que Sexto extrae es que no podemos afirmar cómo son realmente esas cosas, sino únicamente cómo aparecen en relación con cada sentido. El objeto parece fragmentarse en múltiples apariencias dependiendo del órgano que lo percibe.
Luego introduce el ejemplo de la manzana, que se vuelve central en este tropo. La manzana aparece amarilla, dulce, lisa y fragante. Pero Sexto pregunta algo mucho más profundo: ¿posee realmente todas esas cualidades en sí misma? ¿O acaso tiene una única naturaleza que se manifiesta de modos distintos según el sentido que la recibe? Incluso plantea otra posibilidad todavía más radical: quizá la manzana posea cualidades adicionales completamente inaccesibles para nosotros porque no poseemos los órganos adecuados para percibirlas.
Aquí Sexto desarrolla una especie de crítica a los límites humanos del conocimiento. Nosotros asumimos que percibimos la totalidad de las cualidades de las cosas simplemente porque disponemos de cinco sentidos. Pero eso podría ser una ilusión. Imagina a una persona nacida sin vista ni oído: para ella no existirían colores ni sonidos, y pensaría que las únicas propiedades reales son las que puede captar mediante tacto, gusto y olfato. Del mismo modo, nosotros quizá ignoramos innumerables aspectos de la realidad simplemente porque carecemos de los sentidos correspondientes.
El argumento es extraordinariamente moderno, porque introduce la idea de que nuestras capacidades cognitivas podrían ser parciales y limitadas sin que podamos advertir plenamente esas limitaciones.
Luego Sexto anticipa una posible objeción: alguien podría decir que la Naturaleza creó precisamente los sentidos adecuados para captar correctamente lo sensible. Pero Sexto responde atacando inmediatamente el concepto mismo de Naturaleza. ¿Quién puede afirmar con certeza qué es la Naturaleza o cómo actúa, cuando los propios filósofos discrepan radicalmente sobre su existencia y funcionamiento? Y quien intenta resolver la cuestión tampoco puede presentarse como juez neutral, porque él mismo participa de la disputa.
Finalmente Sexto resume el problema: no sabemos si las cosas poseen únicamente las cualidades que percibimos, más cualidades que las percibidas o incluso menos de las que creemos captar. Y si los sentidos no logran mostrarnos con claridad cómo son los objetos exteriores, tampoco la inteligencia podrá hacerlo, porque la inteligencia depende finalmente de aquello que recibe mediante los sentidos.
Cuarto tropo
Sexto introduce ahora el cuarto tropo, centrado en las distintas disposiciones o circunstancias en las que puede encontrarse una persona. La idea es que las cosas no se nos aparecen siempre del mismo modo, sino que cambian según nuestro estado físico, emocional o mental. Esto permite llevar la duda todavía más lejos: incluso si se tratara de una sola persona y de un solo sentido, las apariencias variarían dependiendo de la situación concreta en que esa persona se encuentre.
Sexto enumera múltiples circunstancias: estar sano o enfermo, despierto o dormido, joven o anciano, en movimiento o quietud, enamorado u odiando, hambriento o saciado, ebrio o sobrio, triste o alegre, valiente o temeroso. Cada una de estas condiciones altera profundamente la manera en que percibimos las cosas.
Los ejemplos vuelven a ser muy concretos. Los delirantes creen oír voces o percibir olores inexistentes para otros. El agua tibia parece hirviendo sobre una piel inflamada. La miel resulta dulce para unos y amarga para quienes sufren ictericia. Sexto anticipa inmediatamente la objeción de que los enfermos poseen percepciones deformadas, y responde con un argumento muy interesante: también los sanos poseen una constitución corporal particular. Si concedemos que ciertos humores alteran la percepción en los enfermos, ¿por qué no podrían alterarla también en los sanos? El “estado normal” resulta relativo dependiendo de quién juzgue.
El mismo problema aparece en el sueño y la vigilia. En sueños experimentamos cosas que parecen plenamente reales mientras soñamos, aunque desaparezcan al despertar. Pero Sexto evita concluir simplemente que los sueños son falsos. Lo importante es que algo puede “ser” en relación al sueño y dejar de ser en relación a la vigilia. El ser ya no aparece como algo absoluto, sino condicionado por estados particulares de conciencia.
También la edad transforma el mundo. El frío, los colores, los sonidos y los gustos cambian según seamos niños, adultos o ancianos. Las preferencias mismas se modifican: aquello que fascina a un niño carece de interés para un adulto. Esto muestra nuevamente que las cosas no producen impresiones fijas e invariables.
El movimiento altera igualmente la percepción. Desde un barco en movimiento parece desplazarse la costa, aunque quien observa desde tierra diría lo contrario. El amor y el odio transforman la apariencia de las personas; la comida cambia según el hambre; el vino cambia de sabor dependiendo de lo que se haya comido antes; el miedo convierte cosas ordinarias en amenazas terribles; la tristeza vuelve doloroso aquello que en otros momentos resulta agradable.
La acumulación de ejemplos busca mostrar que no existe una percepción pura e independiente de circunstancias. Siempre percibimos desde algún estado particular. Por eso Sexto concluye que podemos describir cómo las cosas aparecen en determinadas condiciones, pero no cómo son objetivamente.
Después lleva el argumento hacia un problema más técnico: el del criterio de verdad. Si alguien quisiera decidir cuál disposición produce percepciones correctas y cuál incorrectas, tendría que hacerlo desde alguna disposición concreta. Pero entonces no sería un juez neutral, sino parte del mismo problema que intenta resolver.
Quinto tropo
En el quinto tropo Sexto analiza cómo las cosas cambian de apariencia según la posición, la distancia y el lugar desde donde son observadas. El argumento continúa profundizando la misma idea central de los tropos anteriores: nunca accedemos a los objetos de manera absoluta, sino siempre desde determinadas condiciones que modifican su manifestación.
Los ejemplos son muy visuales. Un pórtico visto desde un extremo parece estrecho y deformado, mientras que desde el centro parece perfectamente proporcionado. Un barco lejano parece pequeño e inmóvil, pero de cerca aparece grande y en movimiento. La misma torre parece redonda desde lejos y cuadrada desde cerca. Sexto insiste constantemente en algo importante: no está negando las apariencias, sino mostrando que varían dependiendo de la perspectiva.
Luego pasa a los lugares y medios en los que se encuentran las cosas. La luz de una lámpara parece débil bajo el sol y brillante en la oscuridad. El remo dentro del agua parece quebrado y fuera de ella recto. El coral es blando en el mar y duro fuera de él. El sonido cambia según se produzca en distintos instrumentos o directamente en el aire.
La posición también modifica lo percibido. Un cuadro colocado horizontalmente parece plano, pero cuando se cuelga adecuadamente adquiere profundidad y relieve. Los colores del cuello de una paloma cambian dependiendo del ángulo desde el cual se observen. Sexto acumula estos ejemplos para mostrar que ninguna percepción aparece aislada de condiciones espaciales y contextuales.
La conclusión escéptica es que todos los fenómenos son percibidos necesariamente desde algún lugar, distancia y posición determinados. No existe una percepción absolutamente neutra o “desde ninguna parte”. Y si cada condición modifica la apariencia del objeto, entonces resulta muy difícil afirmar cómo es el objeto en sí mismo independientemente de todas esas relaciones.
Sexto vuelve luego al problema del criterio. Si alguien quisiera afirmar que una de esas apariencias es la verdadera y las demás falsas, tendría que demostrarlo. Pero entonces surge nuevamente el problema infinito de las demostraciones: toda prueba requerirá otra prueba que garantice su validez, y así sucesivamente sin término. Si intenta evitar la demostración, simplemente afirmando una percepción como superior, su opinión carecerá de fundamento.
Sexto tropo
Nunca percibimos las cosas de manera aislada o pura. Todo objeto se nos presenta mezclado con otras condiciones, medios o elementos que interfieren en nuestra percepción. Por eso, cuando creemos percibir algo, quizá no estemos captando el objeto mismo, sino una combinación entre el objeto y aquello que lo rodea o media entre él y nosotros.
Para ilustrar esta idea, Sexto señala que el color de la piel cambia según se observe bajo la luz intensa del sol o en un ambiente frío y oscuro. El mismo sonido se percibe de manera distinta en un aire ligero o en uno denso. Los olores resultan más fuertes en una sala de baños o bajo el calor del sol que en un lugar fresco. Un cuerpo sumergido en agua parece ligero, mientras que fuera de ella parece pesado. En todos estos casos, lo percibido depende no solamente del objeto, sino también del medio en que se encuentra.
La consecuencia es que no podemos afirmar con seguridad cómo es realmente el objeto. Podemos describir cómo aparece cuando está combinado con determinadas circunstancias, pero no cómo sería considerado completamente por sí mismo.
Sexto lleva el argumento todavía más cerca del sujeto que percibe. Incluso nuestros propios órganos sensoriales constituyen una interferencia. Los ojos contienen humores, membranas y diversos elementos físicos. Por tanto, la visión no consiste en un contacto directo con la realidad, sino en una percepción mediada por toda esa estructura corporal. El ejemplo de los ictéricos, que ven las cosas amarillentas, y de quienes padecen ciertas afecciones que alteran los colores percibidos, sirve para mostrar cómo el órgano modifica aquello que se presenta ante él.
Lo mismo ocurre con el oído. Los sonidos llegan a través de conductos complejos y son afectados por el estado del aire, por la forma del canal auditivo y por diversas condiciones corporales. Tampoco el olfato y el gusto escapan a esta situación, ya que los objetos son olidos y gustados a través de tejidos, fluidos y órganos específicos que intervienen en la percepción.
Por ello Sexto concluye que los sentidos nunca captan los objetos exactamente como son. Siempre reciben una mezcla en la que participan tanto el objeto percibido como el medio y el órgano que percibe.
Pero el argumento no termina ahí. Incluso si alguien quisiera confiar en la inteligencia para corregir los errores de los sentidos, Sexto sostiene que tampoco la mente está libre de interferencias. En primer lugar, porque recibe su información precisamente a través de sentidos potencialmente engañosos. Y en segundo lugar, porque la propia mente está ligada a una constitución corporal determinada. Los filósofos discutían si residía en el cerebro, en el corazón o en otra parte del cuerpo, pero cualquiera que fuese su ubicación, estaba asociada a órganos y humores particulares.
De esta manera, tampoco la razón puede presentarse como un observador puro e independiente. Así como los sentidos reciben mezclas, la inteligencia trabaja sobre materiales ya mezclados y probablemente añade sus propias modificaciones.
Séptimo tropo
Las cosas cambian de apariencia y de efectos según su cantidad y según la forma en que están compuestas. Lo que parece tener una naturaleza determinada cuando está aislado puede parecer completamente distinto cuando forma parte de un conjunto.
Los ejemplos son muy reveladores. Las pequeñas esquirlas del cuerno de una cabra parecen blancas cuando se observan por separado, pero el cuerno completo se ve negro. Las limaduras de plata parecen negras individualmente, mientras que la masa compacta de plata aparece brillante y blanca. Los granos de arena aislados resultan ásperos al tacto, pero reunidos en gran número producen una sensación de suavidad. Lo que percibimos depende entonces no solo del objeto, sino también de su tamaño, cantidad y organización.
Sexto muestra que este fenómeno no afecta únicamente a la apariencia visual. También afecta a los efectos físicos que las cosas producen. El eléboro, una planta medicinal muy utilizada en la Antigüedad, actúa de forma distinta según se tome pulverizado o entero. El vino fortalece cuando se consume moderadamente, pero perjudica cuando se bebe en exceso. El alimento sostiene la vida en cantidades adecuadas y provoca enfermedad cuando se consume desmesuradamente.
Aquí aparece una observación muy importante: las propiedades de las cosas no parecen ser absolutas, sino dependientes de ciertas proporciones. Lo beneficioso puede convertirse en perjudicial simplemente por variar la cantidad. A la inversa, algo potencialmente dañino puede resultar inocuo o incluso útil en pequeñas dosis.
Sexto encuentra una confirmación especialmente fuerte de esta idea en la medicina. Los medicamentos suelen componerse de sustancias simples cuidadosamente mezcladas. Una variación mínima en las proporciones puede transformar un remedio eficaz en una sustancia dañina. Esto sugiere que las propiedades que atribuimos a las cosas no pertenecen necesariamente a una esencia fija, sino que dependen de relaciones cuantitativas y composiciones específicas.
La consecuencia filosófica es clara. Cuando observamos un objeto, nunca sabemos con certeza si las propiedades que percibimos pertenecen a la cosa misma o si son el resultado de una determinada combinación, cantidad o disposición de sus partes. Podemos describir cómo aparece una sustancia aislada y cómo aparece cuando forma parte de un conjunto, pero no podemos afirmar cuál de esas manifestaciones expresa su verdadera naturaleza.
Octavo tropo
Mientras los primeros tropos mostraban cómo las cosas cambian según los animales, los hombres, los sentidos, las circunstancias o las posiciones, ahora Sexto sostiene que todas esas diferencias tienen una raíz común: nada se presenta de manera absoluta, sino siempre en relación con algo más.
Antes de desarrollar el argumento, Sexto realiza una aclaración característica del lenguaje escéptico. Cuando dice que las cosas “son” con relación a algo, en realidad quiere decir que “aparecen” con relación a algo. El escéptico evita afirmar cómo son las cosas en sí mismas y se limita a describir cómo se manifiestan.
La relación puede entenderse de dos maneras. En primer lugar, toda cosa aparece en relación con quien la percibe. Un objeto se muestra de una manera para un hombre, de otra para un animal, de una forma para un sentido y de otra según las circunstancias. Esta dimensión ya había sido desarrollada ampliamente en los tropos anteriores.
En segundo lugar, existen las relaciones entre las propias cosas. Conceptos como derecha e izquierda, grande y pequeño, igual y desigual, semejante y diferente, no pueden entenderse por sí solos. Algo es grande en comparación con algo menor; algo es derecho respecto de algo situado a su izquierda. Estas nociones carecen de significado absoluto y solo existen dentro de una relación.
Sexto intenta demostrar entonces que incluso aquello que parece independiente resulta ser relativo. Si una cosa se distingue de otra, esa diferencia misma constituye una relación. Algo es diferente únicamente respecto de aquello de lo que se diferencia. Por tanto, incluso la noción de diferencia presupone una referencia a otra cosa.
Luego dirige su atención a las clasificaciones filosóficas tradicionales. Los dogmáticos hablan de géneros supremos, especies, categorías y jerarquías de seres. Pero todas estas clasificaciones son relacionales. Una especie existe en relación con un género; un género se define en relación con las especies que contiene. La estructura misma del conocimiento parece depender de relaciones.
Incluso la distinción entre lo manifiesto y lo oculto, fundamental para muchas filosofías, resulta también relacional. Los dogmáticos sostienen que las cosas visibles sirven como signos de realidades invisibles. Pero si algo es signo de otra cosa, entonces ambas están definidas por una relación mutua: una como significante y otra como significado.
Sexto lleva el argumento hasta una consecuencia muy ingeniosa. Supongamos que alguien quisiera negar que todo es relativo. Al hacerlo estaría afirmando que la tesis “todo es relativo” es válida solamente para los escépticos y no para todos. Pero entonces estaría introduciendo nuevamente una relación: esa afirmación sería verdadera respecto de unos y falsa respecto de otros. Intentar escapar de la relatividad termina confirmándola.
La conclusión es que nunca podemos decir cómo es una cosa según su naturaleza propia, aislada de toda relación. Siempre la conocemos en relación con un observador, una circunstancia, una comparación o una referencia. Podemos describir cómo aparece bajo determinadas condiciones, pero no cómo es en sí misma y absolutamente considerada.
Noveno tropo
Nuestra valoración de las cosas cambia según estemos acostumbrados a ellas o no. Lo frecuente pierde capacidad de impresionarnos, mientras que lo raro o extraordinario despierta admiración, temor o fascinación. A partir de esta observación intenta demostrar que tampoco nuestras valoraciones sobre los objetos reflejan necesariamente su verdadera naturaleza.
El ejemplo más llamativo es el del Sol y los cometas. Objetivamente, el Sol es muchísimo más grande, poderoso e impresionante que cualquier cometa. Sin embargo, como lo vemos todos los días, apenas nos detenemos a pensar en él. Los cometas, en cambio, aparecen raramente y por eso provocan asombro e incluso temor. Los antiguos llegaban a interpretarlos como señales divinas o presagios extraordinarios. Sexto observa que esta diferencia de reacción no se debe necesariamente a la naturaleza de los objetos, sino a la frecuencia con que aparecen.
Para reforzar la idea, invita a realizar un experimento mental. Imaginemos que el Sol solo apareciera una vez cada muchos años. De repente iluminaría todo el cielo, disiparía la oscuridad y alteraría completamente el paisaje. En esas condiciones nos parecería mucho más aterrador y maravilloso que cualquier cometa. El objeto sería el mismo; lo único que habría cambiado sería la frecuencia de su aparición.
Lo mismo ocurre con los terremotos. Una persona que experimenta uno por primera vez puede quedar profundamente aterrorizada, mientras que quienes viven en regiones sísmicas y han convivido con ellos durante toda su vida reaccionan con mucha más tranquilidad. El fenómeno físico es idéntico; lo que cambia es la familiaridad con él.
Sexto menciona también el mar. Para quien nunca lo ha visto, el océano puede resultar sobrecogedor. Pero para quienes viven constantemente junto a él termina formando parte del paisaje cotidiano. Algo parecido ocurre con la belleza humana: una belleza contemplada de forma inesperada puede conmovernos intensamente, mientras que la misma belleza observada continuamente pierde parte de su capacidad de impresionarnos.
Luego amplía el argumento hacia el valor de las cosas. Lo raro suele parecernos valioso precisamente porque es raro. El agua, que normalmente es abundante, suele ser considerada algo ordinario. Pero si escaseara gravemente, llegaría a parecernos más preciosa que muchos tesoros. Por el contrario, si el oro estuviera disperso por el suelo con la misma abundancia que las piedras, probablemente dejaría de ser considerado valioso.
Décimo tropo
Mientras los tropos anteriores se centraban principalmente en la percepción sensible, aquí Sexto muestra que la misma diversidad y conflicto aparecen en aquello que los seres humanos consideran correcto, justo, sagrado o verdadero.
Comienza definiendo los distintos elementos que intervienen en este tropo. Las formas de pensar son modos de vida o escuelas filosóficas; las leyes son normas escritas respaldadas por castigos; las costumbres son prácticas aceptadas socialmente sin necesidad de sanciones legales; las creencias míticas son relatos tradicionales aceptados por muchas personas; y las opiniones dogmáticas son doctrinas filosóficas sostenidas mediante razonamientos o demostraciones.
La estrategia de Sexto consiste en mostrar que todos estos criterios entran constantemente en conflicto unos con otros. Lo que una sociedad considera correcto, otra lo considera incorrecto. Lo que una ley ordena, otra ley prohíbe. Lo que una escuela filosófica enseña, otra lo rechaza. Lo que un mito afirma, otro mito lo contradice.
Los ejemplos etnográficos ocupan un lugar central en su argumentación. Algunos pueblos tatúan a sus hijos recién nacidos mientras otros no lo hacen. Los persas consideran decorosas ciertas formas de vestir que los griegos juzgan impropias. Algunos pueblos practican públicamente conductas que otros consideran vergonzosas. El objetivo no es juzgar estas costumbres, sino mostrar que las normas humanas varían enormemente dependiendo del lugar y la cultura.
La misma diversidad aparece en las leyes. Sexto menciona casos donde una acción permitida en una ciudad está prohibida en otra. Lo que una comunidad considera un deber, otra puede verlo como algo opcional o incluso incorrecto. Así, la ley deja de parecer una expresión universal de la justicia y aparece como algo dependiente de convenciones humanas particulares.
También las escuelas filosóficas discrepan profundamente. Los seguidores de una filosofía sostienen principios incompatibles con los de otra. Algunas doctrinas afirman que existe una sola sustancia fundamental; otras sostienen que existen muchas. Algunos filósofos defienden la inmortalidad del alma; otros la niegan. Algunos creen en la providencia divina; otros la rechazan.
Particularmente interesante es la manera en que Sexto hace chocar entre sí los distintos niveles de autoridad. No se limita a mostrar conflictos entre costumbres o entre filosofías; también enfrenta costumbres con leyes, leyes con mitos, mitos con doctrinas filosóficas y doctrinas filosóficas con costumbres. Así crea una red de contradicciones donde ningún criterio parece poseer una autoridad absoluta.
Por ejemplo, ciertos mitos atribuyen a los dioses conductas que las leyes humanas condenan. Algunas costumbres aceptan prácticas que determinadas filosofías consideran erróneas. Algunas doctrinas filosóficas sostienen ideas que chocan frontalmente con las normas legales de la comunidad. El resultado es una especie de conflicto permanente entre todas las fuentes posibles de autoridad.
Los Cinco Tropos
Con los cinco tropos de los escépticos más recientes, Sexto Empírico realiza una importante simplificación de la argumentación escéptica. Mientras los diez tropos anteriores analizaban diversas situaciones concretas relacionadas con la percepción, las costumbres o las circunstancias, estos cinco pretenden funcionar como principios más generales capaces de abarcar prácticamente cualquier discusión filosófica.
El primer tropo es el del desacuerdo. Su punto de partida es muy sencillo: sobre casi todas las cuestiones importantes existen profundas discrepancias entre las personas corrientes y entre los filósofos. Cuando encontramos opiniones opuestas defendidas por individuos igualmente competentes, carecemos de un criterio evidente para decidir cuál debe aceptarse. Por ello el desacuerdo conduce naturalmente a la suspensión del juicio. Sexto no afirma que ninguna de las posiciones sea verdadera o falsa; simplemente señala que no poseemos una base segura para elegir entre ellas.
El segundo tropo es el de la recurrencia al infinito. Ocurre cuando una afirmación necesita una prueba, pero esa prueba requiere a su vez otra prueba que la garantice, y así sucesivamente. Cada fundamento necesita un nuevo fundamento. Como la cadena nunca termina, nunca alcanzamos un punto absolutamente seguro desde el cual comenzar. El resultado es que la demostración queda suspendida indefinidamente.
El tercer tropo es el de la relación. Aquí Sexto retoma una idea ya desarrollada anteriormente: las cosas aparecen de una determinada manera dependiendo de quien las observa y de las circunstancias en que son observadas. Por ello conocemos únicamente apariencias relativas y no la naturaleza absoluta de los objetos.
El cuarto tropo es el de la hipótesis. Surge cuando, para escapar de la regresión infinita, alguien decide detener arbitrariamente la cadena de justificaciones y acepta un principio sin demostrarlo. Los dogmáticos suelen recurrir a este procedimiento cuando consideran ciertas proposiciones como evidentes por sí mismas. Sexto critica esta estrategia porque cualquier persona podría adoptar una hipótesis contraria con la misma legitimidad. Además, aquello que se acepta sin prueba queda precisamente privado de la garantía que se pretendía obtener.
El quinto tropo es el del círculo vicioso. Este aparece cuando una proposición es utilizada para demostrar otra, pero a su vez la segunda es necesaria para demostrar la primera. En lugar de avanzar hacia una justificación, el razonamiento gira sobre sí mismo. Ninguna de las dos afirmaciones puede servir de fundamento porque ambas dependen mutuamente.
A continuación Sexto intenta demostrar que cualquier cuestión filosófica puede reducirse a alguno de estos cinco tropos. Comienza distinguiendo entre aquello que pertenece al conocimiento sensible y aquello que pertenece al conocimiento intelectual. Ambas clases de conocimiento han sido objeto de controversias interminables. Algunos filósofos confían en los sentidos, otros en la razón y otros combinan ambas facultades. Pero precisamente esa diversidad de opiniones ya pone en funcionamiento el primer tropo: el desacuerdo.
Si alguien sostiene que el desacuerdo puede resolverse, Sexto pregunta mediante qué criterio. Si se utiliza un criterio sensible para justificar lo sensible, ese criterio requerirá a su vez una nueva justificación, generando una regresión infinita. Si se utiliza un criterio intelectual, entonces la razón misma deberá ser justificada, pues también está en discusión. Así aparece nuevamente la recurrencia al infinito.
Cuando se intenta utilizar lo intelectual para justificar lo sensible y lo sensible para justificar lo intelectual, aparece el círculo vicioso. Cada facultad necesita a la otra para validarse, pero ninguna puede ofrecer una garantía independiente.
Si alguien decide detener el proceso aceptando un principio sin demostración, incurre en el tropo de la hipótesis. Sexto observa que esto resulta arbitrario. Si se permite aceptar algo sin prueba, cualquier afirmación podría ser aceptada de la misma manera, incluso la contraria. El procedimiento deja de proporcionar una base racional para distinguir entre verdad y error.
Además, tanto el conocimiento sensible como el intelectual son relativos. Lo sensible depende de quien percibe y de las circunstancias de la percepción. Lo intelectual depende de quien piensa. Si las cosas fueran exactamente como cada filósofo las concibe, no existirían las disputas que efectivamente observamos. La persistencia misma de los desacuerdos parece mostrar que nuestras concepciones están condicionadas por perspectivas particulares.
Después de exponer los diez tropos tradicionales y los cinco tropos de los escépticos más recientes, Sexto menciona una formulación aún más condensada del escepticismo: los llamados dos tropos. Su objetivo es reducir toda la discusión sobre el conocimiento a una pregunta fundamental: ¿cómo se conoce algo?
Los escépticos observan que cualquier conocimiento posible parece tener únicamente dos alternativas. O una cosa es conocida por sí misma, o es conocida a través de otra cosa. No parece existir una tercera posibilidad. Por ello intentan demostrar que ambas vías fracasan y que, en consecuencia, el conocimiento seguro resulta imposible.
La primera posibilidad consiste en que algo sea conocido por sí mismo. Sexto responde que esto no ocurre porque existe un desacuerdo profundo acerca de todas las cuestiones importantes, tanto sensibles como intelectuales. Los filósofos discrepan sobre la naturaleza de la realidad, sobre el alma, sobre los sentidos, sobre la razón y sobre prácticamente cualquier asunto relevante. Si algo pudiera conocerse directamente por sí mismo, sin necesidad de justificación alguna, no existirían estas controversias interminables.
Además, para determinar qué conocimiento es verdadero necesitaríamos un criterio de verdad. Pero los propios criterios están en discusión. Algunos confían en los sentidos, otros en la razón y otros en una combinación de ambos. Como no existe acuerdo sobre el criterio, tampoco puede afirmarse que algo sea aprehendido inmediatamente por sí mismo.
La segunda posibilidad es que una cosa sea conocida mediante otra. Aquí aparece una dificultad diferente. Si una afirmación necesita ser garantizada por otra, entonces debemos preguntarnos cómo se garantiza esa segunda afirmación. Si requiere una tercera, y ésta una cuarta, caemos en una regresión infinita. Nunca llegamos a un fundamento definitivo.
Si intentamos detener esa cadena haciendo que una afirmación se justifique mediante otra que, a su vez, depende de la primera, caemos en el círculo vicioso. Ninguna de las dos proporciona un fundamento independiente para la otra.
Y si alguien intenta escapar afirmando que una de esas proposiciones se conoce directamente por sí misma, vuelve a encontrarse con el problema anterior: precisamente eso es lo que todavía no ha sido demostrado. El razonamiento regresa al punto de partida.
Lo interesante es que estos dos tropos contienen, en forma resumida, los cinco tropos anteriores. El fracaso del conocimiento por sí mismo remite al desacuerdo y a la falta de un criterio seguro. El fracaso del conocimiento mediante otra cosa remite a la regresión infinita, al círculo vicioso y a la hipótesis arbitraria.
Los filósofos dogmáticos hablan con demasiada seguridad acerca de por qué ocurren las cosas, cuando en realidad sus explicaciones están llenas de dificultades.
Sexto atribuye estos argumentos a Enesidemo, uno de los grandes renovadores del escepticismo pirrónico. Los ocho tropos que presenta no pretenden demostrar que las causas no existan, sino poner en duda la pretensión de conocerlas con certeza. La crítica se dirige contra quienes afirman haber descubierto los mecanismos ocultos que explican la realidad.
El primer tropo señala que las causas suelen situarse en realidades no manifiestas. Cuando los filósofos explican un fenómeno, normalmente recurren a entidades o procesos invisibles. Pero precisamente porque son invisibles carecen de una confirmación unánime en la experiencia. La explicación causal se mueve en un terreno donde las evidencias son discutibles.
El segundo tropo critica la tendencia a escoger una única explicación cuando existen varias posibilidades igualmente plausibles. Muchas veces un fenómeno podría explicarse de diversas maneras, pero el dogmático selecciona una y la presenta como la verdadera sin haber descartado satisfactoriamente las demás.
El tercer tropo denuncia que los filósofos a menudo intentan explicar fenómenos ordenados mediante causas que carecen de orden o claridad. La explicación resulta más confusa que aquello que pretende explicar.
El cuarto tropo apunta a una extrapolación injustificada. Los filósofos creen que, porque han comprendido cómo funcionan ciertas cosas visibles, también pueden comprender las invisibles mediante analogía. Pero Sexto recuerda que lo oculto podría funcionar de manera semejante a lo visible o podría obedecer a principios completamente distintos. No existe garantía de que la analogía sea correcta.
El quinto tropo observa que las explicaciones causales suelen depender de las teorías previas de cada filósofo. Los estoicos explican el mundo según sus principios, los epicúreos según los suyos, los aristotélicos según otros distintos. Las causas parecen derivar de las hipótesis del sistema más que de una investigación imparcial de los hechos.
El sexto tropo denuncia un sesgo intelectual muy reconocible incluso hoy: los filósofos aceptan con facilidad aquello que confirma sus teorías y rechazan aquello que las contradice, aunque ambas posibilidades tengan una plausibilidad semejante. Sexto está describiendo algo parecido a lo que actualmente llamaríamos sesgo de confirmación.
El séptimo tropo muestra que algunas explicaciones causales llegan a contradecir no solo la experiencia observable, sino incluso los propios principios de la escuela filosófica que las propone. El sistema termina entrando en conflicto consigo mismo.
El octavo tropo sostiene que muchas veces las teorías causales se construyen sobre bases tan problemáticas como los fenómenos que pretenden explicar. En lugar de aclarar la dificultad inicial, simplemente la trasladan a otro nivel igualmente oscuro.
Después de presentar estos ocho argumentos, Sexto observa que ni siquiera son estrictamente necesarios. Los cinco tropos de la suspensión del juicio ya bastan para poner en dificultades cualquier teoría causal. Si alguien propone una causa, inmediatamente surge el problema del desacuerdo: otras escuelas ofrecerán causas distintas. Si intenta justificarla, aparecerá la regresión infinita. Si utiliza una causa para justificar otra y viceversa, caerá en el círculo vicioso. Si detiene arbitrariamente la cadena de explicaciones, recurrirá a una hipótesis indemostrada. Y si intenta defender una explicación frente a otras, terminará dependiendo de relaciones y perspectivas particulares.
Sobre las expresiones escépticas
Después de explicar los tropos de la suspensión del juicio, pasa a examinar las expresiones características del lenguaje escéptico. Esto es importante porque los adversarios del escepticismo solían acusar a los escépticos de contradecirse: si suspenden el juicio sobre todo, ¿cómo pueden seguir hablando y formulando afirmaciones? Sexto intenta aclarar que las expresiones escépticas no funcionan como doctrinas dogmáticas, sino como maneras de describir un estado mental.
La primera expresión analizada es «no es más» (ou mallon). Esta fórmula fue muy utilizada en la tradición pirrónica y constituye una de las expresiones más representativas del escepticismo antiguo. Cuando el escéptico dice que algo «no es más» de una manera que de otra, no está afirmando una teoría sobre la realidad, sino describiendo la situación en la que dos afirmaciones opuestas le parecen igualmente plausibles.
Sexto explica que la expresión es abreviada. Cuando dice «no es más», el sentido completo sería algo así como: «no es más esto que aquello», «no es más verdadero que falso», o «no es más una cosa que otra». Lo importante es la idea de equilibrio entre posiciones contrapuestas. La fórmula intenta expresar que ninguna de las alternativas consigue imponerse claramente sobre la otra.
Algunos escépticos incluso preferían formular la expresión en forma de pregunta: «¿Qué más es esto que esto?». La intención era reforzar la ausencia de preferencia entre las opciones enfrentadas. No se trata de afirmar una igualdad objetiva entre ellas, sino de señalar que no se encuentra una razón suficiente para favorecer una sobre la otra.
Analiza la expresión «no afirmo nada», comienza distinguiendo dos sentidos de la palabra afirmación. En un sentido amplio, afirmar incluye tanto las afirmaciones como las negaciones; en un sentido más estricto, solo incluye las afirmaciones positivas. El escéptico utiliza la expresión en el primer sentido. Decir que no afirma nada significa que ni establece ni rechaza dogmáticamente ninguna tesis acerca de las cosas no manifiestas. No está proclamando una verdad universal sobre la realidad, sino describiendo su actitud actual frente a las cuestiones que investiga.
Sin embargo, Sexto introduce una precisión importante. El escéptico no deja de asentir a todo. Cuando experimenta hambre, frío, dolor o cualquier afección sensible inmediata, la acepta naturalmente. Lo que evita es el asentimiento dogmático respecto de teorías sobre realidades ocultas o no evidentes. El escéptico no niega que siente calor; lo que evita es afirmar con certeza qué es realmente el calor en sí mismo.
A continuación examina expresiones como «quizás», «es posible» o «puede ser». Estas fórmulas representan muy bien el lenguaje escéptico porque dejan abiertas las posibilidades opuestas. Cuando el escéptico dice «quizás es», está dejando implícita también la posibilidad de que «quizás no sea». No pretende afirmar una de las alternativas, sino manifestar que ninguna ha conseguido imponerse de manera concluyente. Por ello estas expresiones son simplemente otra forma de indicar el no-asentimiento.
Luego Sexto analiza la famosa expresión «suspendo el juicio». Esta fórmula tampoco debe entenderse como una doctrina filosófica. Significa simplemente que el escéptico no encuentra razones suficientes para decidir cuál de las posiciones enfrentadas merece crédito y cuál no. Las tesis opuestas le aparecen equilibradas en cuanto a credibilidad e incredibilidad. Por eso la mente permanece suspendida, sin aceptar ni rechazar ninguna de ellas.
Algo similar ocurre con «nada determino». Sexto define determinar como expresar con asentimiento una cosa no manifiesta. Cuando el escéptico dice que no determina nada, no está formulando un principio metafísico, sino relatando una experiencia personal: en este momento no encuentra fundamento para establecer ni rechazar dogmáticamente ninguna de las cuestiones investigadas. La expresión describe su estado mental, no la naturaleza de la realidad.
Especialmente interesante es la explicación de la frase «todo está indeterminado». A primera vista parece una afirmación universal sobre todas las cosas. Pero Sexto insiste en que debe entenderse de manera restringida. El escéptico habla únicamente de aquellas cuestiones no manifiestas examinadas por los filósofos. Además, el sentido real de la expresión es «todo me aparece indeterminado». La referencia implícita al sujeto es fundamental. No se está afirmando una característica objetiva de los seres, sino describiendo cómo se presentan al investigador escéptico.
Lo mismo ocurre con «todo es inaprehensible». Sexto rechaza la interpretación académica según la cual la inaprehensibilidad sería una verdad objetiva acerca de las cosas. El escéptico no sostiene que las cosas sean realmente inaprehensibles. Lo que dice es algo mucho más modesto: hasta ahora, debido a la equivalencia de los argumentos opuestos, él no ha logrado aprehender ninguna de las cuestiones discutidas por los dogmáticos. La inaprehensibilidad no se presenta como una propiedad de la realidad, sino como una descripción de su experiencia intelectual.
Finalmente, Sexto explica expresiones como «no capto» o «no aprehendo». También ellas son simplemente indicadores de la actitud escéptica. No significan que el escéptico haya demostrado la imposibilidad absoluta del conocimiento, sino que actualmente evita establecer o rechazar dogmáticamente las cuestiones no manifiestas sometidas a investigación.
Ahora llega a una de las fórmulas más famosas del escepticismo pirrónico: «a cada argumento se opone un argumento equivalente». Esta expresión resume buena parte del método escéptico y explica cómo se alcanza la suspensión del juicio.
Sin embargo, Sexto aclara inmediatamente que no se refiere a cualquier argumento imaginable. Habla específicamente de los argumentos dogmáticos, es decir, de aquellos que intentan establecer alguna verdad acerca de cuestiones no manifiestas. Tampoco entiende la equivalencia en el sentido de que ambos argumentos sean verdaderamente iguales, sino en el sentido de que le parecen igualmente creíbles o igualmente poco creíbles. Y cuando habla de oposición, se refiere a una contradicción entre tesis enfrentadas.
Lo más importante es que vuelve a introducir la cláusula característica del pirronismo: «según me aparece». Cuando el escéptico afirma que a cada argumento se opone otro equivalente, no está formulando una ley universal del pensamiento ni una verdad objetiva sobre todos los razonamientos posibles. Lo que está diciendo es simplemente que, en su experiencia de investigador, cada argumento dogmático que ha examinado ha encontrado otro argumento de fuerza semejante que lo contradice. La expresión describe una experiencia intelectual personal, no una teoría definitiva sobre la realidad.
Sexto menciona además que algunos escépticos formulaban esta máxima de forma práctica: «oponer a cada argumento otro argumento equivalente». En este caso ya no se trata de una descripción, sino de una recomendación metodológica. El escéptico debe acostumbrarse a buscar siempre el argumento contrario cuando encuentre una tesis presentada con excesiva seguridad. La finalidad de esta práctica es impedir que la mente se precipite hacia el dogmatismo.
Sexto considera que el peligro principal es que el investigador se deje seducir demasiado pronto por una explicación aparentemente convincente. La búsqueda de argumentos opuestos sirve precisamente para conservar la investigación abierta y evitar el asentimiento precipitado. Según los pirrónicos, esta actitud conduce finalmente a la serenidad de espíritu que acompaña a la suspensión del juicio.
Reconoce abiertamente que los escépticos no pretenden que estas fórmulas sean verdades absolutas. De hecho, sostiene que pueden aplicarse a sí mismas. Utiliza una comparación célebre: los medicamentos purgantes expulsan del cuerpo los humores nocivos, pero finalmente también son expulsados ellos mismos. Del mismo modo, las expresiones escépticas sirven para combatir el dogmatismo, pero no quedan excluidas de la propia crítica escéptica.
Escepticismo y los demás filósofos
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