domingo, 30 de noviembre de 2025

Sexto Empírico - Contra Profesores (Libro I: La Gramatica)


Esta obra de Sexto Empírico se inscribe dentro de la tradición escéptica griega y tiene como propósito examinar críticamente las doctrinas de las diversas escuelas filosóficas de su tiempo. A diferencia de los Esbozos pirrónicos, cuyo fin es conducir a la suspensión del juicio (epoché) y a la serenidad del espíritu (ataraxia), aquí se percibe una actitud más polémica y analítica, orientada a refutar los dogmas ajenos mediante una revisión minuciosa y sistemática de sus fundamentos. En lugar de afirmar o negar, el escéptico investiga, mostrando que a toda afirmación puede oponerse otra de igual fuerza, revelando así la imposibilidad de alcanzar una verdad definitiva.

CONTRA MATEMÁTICOS

LIBRO I

Epicúreos y pirrónicos

La critica a los matemáticos proviene tanto de los epicúreos como d los pirrónicos. Epicuro, contrario a las disciplinas liberales —como la retórica y la dialéctica—, rechazó la formación académica de los “profesores” al considerar que su enseñanza no conducía a la verdadera sabiduría. Su actitud, interpretada tanto como una reacción contra su propia falta de cultura como un gesto de rebeldía intelectual, lo llevó a despreciar el conocimiento técnico y formal. Así, intentó presentarse como un filósofo autodidacta y original, diferenciándose de su maestro Nausífanes, al que atacó con dureza. En este contexto, la crítica de Sexto Empírico revela el contraste entre el escepticismo metódico de los pirrónicos —centrado en la suspensión del juicio— y el antiintelectualismo práctico de Epicuro, que buscaba desligarse de toda erudición académica.

Mientras Epicuro las rechaza por considerarlas inútiles para alcanzar la sabiduría —motivación teñida de orgullo y carencia de formación—, los discípulos de Pirrón no las desechan por dogma ni por desprecio, sino porque su experiencia filosófica los llevó a una conclusión escéptica: incluso en el estudio de dichas disciplinas, la verdad se muestra inaprensible. De este modo, los pirrónicos suspenden el juicio también en el ámbito del saber técnico, manteniendo coherencia con su método de duda radical. El texto culmina anunciando la intención de continuar esa tradición crítica, no por espíritu de disputa, sino por fidelidad al ejercicio reflexivo del escepticismo.

La disciplina

Sexto Empírico plantea que, para admitir la existencia de una disciplina, sería necesario que se verificaran cuatro elementos: la materia enseñada, el maestro, el discípulo y el método de enseñanza. Sin embargo, al negar la certeza o la existencia real de cualquiera de estos componentes, concluye que ninguna disciplina puede afirmarse con fundamento. Así, el autor no busca resolver la disputa filosófica sobre el aprendizaje, sino mostrar —siguiendo la línea del escepticismo pirrónico— que toda afirmación sobre el conocimiento humano se disuelve al someterse a un examen riguroso, revelando la imposibilidad de un saber seguro.

La materia enseñada

Sexto Empírico examina el primer elemento necesario para la existencia de una disciplina: aquello que se enseña. Su razonamiento parte de una dicotomía lógica: si algo puede ser enseñado, debe ser o bien lo existente en tanto que existente, o bien lo no existente en tanto que no existente. Sin embargo, el filósofo demuestra que ninguna de las dos opciones es válida. Lo no existente no puede enseñarse porque carece de accidentes, no puede producir representación ni provocar conocimiento; enseñar lo inexistente sería enseñar la nada. Por otra parte, lo existente tampoco puede enseñarse, porque si ya es patente y conocido, no puede ser objeto de aprendizaje —pues aprender supone pasar de lo no sabido a lo sabido—. Así, tanto lo existente como lo no existente resultan inenseñables, y de ello se sigue que ninguna materia puede ser realmente enseñada. 

Su razonamiento se apoya en la imposibilidad lógica de que la nada sea enseñada, pues carece de accidentes y no puede ser objeto de conocimiento o transmisión. Pero del mismo modo, el “algo” también se vuelve inenseñable, ya que si pudiera enseñarse dejaría de ser algo en sí para convertirse en un objeto dependiente de otro —del acto mismo de enseñanza—, lo cual contradice su propia naturaleza. A esta paradoja se suma otra: si algo es enseñado, debe serlo por medio de algo o de nada; pero ni lo uno ni lo otro resulta viable, pues nada no enseña y algo no puede mediar en su propio conocimiento. Finalmente, Sexto concluye que lo enseñado no puede ser ni corpóreo ni incorpóreo, cerrando así el argumento con una negación total de la posibilidad de enseñanza. 

Corpóreo

Sexto Empírico aborda el problema de si lo corporal puede ser objeto de enseñanza. Su análisis parte de una premisa clave: todo lo que se enseña debe ser reducible al lenguaje, ya que la enseñanza implica la comunicación mediante palabras. Sin embargo, lo corpóreo —según los estoicos y también Epicuro— no puede reducirse plenamente al lenguaje, pues es una conjunción de magnitud, forma y solidez, es decir, una composición de elementos sensibles y racionales. Si lo corpóreo no es enteramente sensible ni inteligible, entonces no puede ser enseñable. Por eso, no es totalmente accesible ni al pensamiento ni a la palabra.

Incorpóreo

Dice que, si alguien sostiene que lo corpóreo puede enseñarse porque es algo que la mente puede comprender (es “inteligible”), entonces debería poder explicarse o representarse mentalmente sus dimensiones —longitud, anchura y profundidad—. Pero aquí surge el problema: esas dimensiones son incorpóreas, no las captamos con los sentidos, sino que las concebimos de manera abstracta.

Por tanto, para entender lo corpóreo habría que entender primero esas dimensiones incorpóreas; pero como no las percibimos con los sentidos, tampoco podemos comprenderlas plenamente, ni mucho menos enseñarlas.

Si lo que se enseña es corpóreo, entonces debe ser o sensible o inteligible; pero no puede ser sensible, porque lo sensible es evidente y perceptible para todos, y no puede ser inteligible, porque no es evidente ni se puede conocer con certeza. Por eso, dice Sexto, existe una disputa interminable entre los filósofos sobre si lo corpóreo es divisible o indivisible, lo que demuestra que no hay acuerdo ni claridad sobre su naturaleza; por tanto, no puede enseñarse.

Luego aplica el mismo razonamiento a lo incorpóreo (como las ideas platónicas, el vacío, el tiempo o el espacio). Dice que tampoco puede enseñarse, porque su existencia es aún más incierta y abstracta. Así, tanto lo corpóreo como lo incorpóreo carecen de una naturaleza clara y comprobable.entre las cosas que existen —corpóreas o incorpóreas— ninguna puede enseñarse, porque sobre ambas hay controversia: algunos filósofos afirman que existen, otros que no, y otros suspenden el juicio. Y no puede enseñarse algo que ni siquiera se sabe si existe.

Luego agrega otro argumento: si algo pudiera enseñarse, tendría que ser verdadero o falso. Pero lo falso no se enseña (porque sería un error) y lo verdadero tampoco, ya que el escéptico considera que todo lo verdadero está sujeto a duda. Si nada puede afirmarse con certeza, entonces nada puede enseñarse con verdad.

Finalmente, señala que si algo fuera enseñado, debería ser técnico o no técnico, y si no es técnico, no es enseñable; pero si lo es, debe ser algo evidente o susceptible de método. Como nada es completamente evidente, tampoco puede haber técnica ni enseñanza posible.

El maestro y el discípulo

Sexto nos dice que si alguno de estos existe, entonces el lego enseñará al lego y el maestro al maestro. Sin embargo, se pueden dar uan serie de situaciones. 

  • El lego no puede enseñar al lego
  • El lego no puede enseñar al experto

Por lo tanto, sería lógico decir que es el experto quien puede enseñar al lego, pero esto, nos dice Sexto, es más ridículo que lo anterior. 

  • El experto no puede enseñarle al lego (pues el lego es siempre lego, no puede entender los principios fundantes del experto)
  • El experto no puede enseñarle al expero (porque ya sabe)

Pero Sexto nos dice que hagamos de cuenta por un momento que sí existe un maestro, un discípulo y una materia a enseñar. 

Sexto distingue dos posibles modos de enseñar:

  • Por evidencia sensible (es decir, mostrando algo visible, audible, tangible).

  • Por medio del lenguaje (enseñar mediante palabras).

Primero analiza la enseñanza por evidencia sensible.


Dice: “La evidencia sensible sólo se da en los objetos susceptibles de ser mostrados” —por ejemplo, mostrar un color, un sonido, una forma—.

Pero estos objetos, al ser manifiestos por sí mismos, no necesitan ser enseñados: todos los perciben igual.

Luego examina la enseñanza mediante palabras o lenguaje, y aquí su argumento se vuelve más sutil.

Dice: el lenguaje significa algo o no significa nada.

  • Si no significa nada, evidentemente no enseña.

  • Si significa algo, lo hace por naturaleza o por convención.

Si el significado es por naturaleza (es decir, intrínseco a las palabras), entonces todas las personas entenderían las mismas palabras, griegos y bárbaros por igual —lo cual es falso—.

Si el significado es por convención, entonces sólo quienes ya conocen esa convención (quienes ya aprendieron los objetos y las palabras que los designan) pueden entender lo dicho.

Por tanto, solo aprende el que ya sabe, y el que no sabe no puede aprender.


En conclusión no existe ni el maestro, ni el discípulo ni la materia a enseñar pues todo esto es imposible. Veamos, nos dice Sexto si las pretensiones de cada ciencia o disciplina pueden lograr los objetivos que se proponen. 


Contra gramáticos

La gramática es el punto de partida de aprendizaje para cualquiera y el inicio para luego conocer las demás ciencias. Posteriormente, la gramática se da ínfulas de ser una de las mejores ciencias, prometiendo —al igual que las Sirenas en la Odisea— revelar la verdad de las cosas a quienes se acercan a ellas. Decían:


Ven, famoso Odiseo, gloria preclara de los aqueos.
Para aquí tu navío y escucha el cantar que cantamos.
Nunca nadie pasó por aquí con su negro navío
sin que de nuestras bocas escuchara las voces suaves,
y después, deleitados, se iban sabiendo más cosas.
No ignoramos los males que en Troya la vasta sufrieron
los argivos y teucros por causa de un dios que lo quiso,
y sabemos también lo que ocurre en la tierra fecunda.

Es por eso que la gramática llama tanto la atención a los aprendices y se esmeran en aprender sus reglas. Sexto se propone analizar la clasificación de la gramática. 

Cuantos sentidos se habla la gramática

La gramática tiene dos sentidos:
  • Sentido amplio: conocimiento de cualesquiera letras, ya sean griegas o bárbaras, es decir, lo que habitualmente se llama leer y escribir
  • Sentido específico: discipina elaborada y perfeccionada por Crates de Malos, Aristófanes y Aristarco. 

La segunda viene de la primera por extensión, del mismo modo que la medicina vproviene de la práctica de extraer el veneno, o la geometría que recibió este nombre por la medición de la tierra. 

También, existe un sentido que se da derivado de la gramática que sería la composición, pues a veces se dice ''gramma'' al poema y en otra al escrito en prosa. 

Sexto nos dice que en cuanto al primer sentido de gramática, no hay duda que existe verdadera utilidad con respecto al conocimiento de las letras. Este arte de leer y escribir es una de las actividades más útiles que hay, si bien priemro está la medicina, por procurarse la salud antes de cualquier cosa, en segudo lugar estpa la navegación por la necesidad de contactarse con los otros pueblos, sin la gramática sería imposible enseñar alguna cosa útil y en consecuencia, seríamos todos ignorantes de no tenerla en cuenta. Es una de las actividades más útiles que existen. 

Ahora bien, Sexto comenta que algunos intentan defender la gramática diciendo que, si fuese inútil, no se habría conservado ni transmitido a lo largo del tiempo.

Pero este argumento es débil: muchas cosas inútiles se transmiten igual. Por eso dice que usar ese razonamiento “volvería la argumentación contra nosotros mismos”.

Sexto cita a Timón, famoso pirrónico, quien decía:

“La gramática… a la que no tiene que prestar atención el que investiga.”

Es decir, según Timón, la gramática no es necesaria para el sabio ni para quien busca la verdad.

Aprender “los signos fenicios de Cadmo” (es decir, aprender a leer y escribir) no implica investigar la esencia de las cosas.

Para Timón, aprender a escribir no requiere contemplación filosófica, es mera práctica.

Sexto dice que Timón entendió mal.

Según Sexto, esto sí es útil y merece gratitud. Es necesario para la vida, para comunicarse y para transmitir lo que se piensa. No requiere teorías, solo práctica.

Esa gramática que discute:

  • si una letra es vocal, semivocal o muda,

  • si una sílaba es larga o breve,

  • si tal sonido tiene naturaleza doble,

  • si debe pronunciarse de una manera u otra,

  • etc.

Sexto dice claramente:

Todo eso “carece de utilidad”.

Es pedantería de los gramáticos que creen explicar la realidad a través de tecnicismos que no aportan nada a la vida ni al conocimiento real. Estos son llamados ''gramaticos infatuados''. 

Qué es la gramática

Para empezar, Sexto acude a Dionisio Tracio:

''La gramática es ante todo el conocimiento empírico de la lengua de poetas y escritores''

Aquí se tiene en cuenta ya sea a los poetas o a los que escriben en prosa, que Tracio los llama escritores. 

Otro hombre que define a la gramática reprocha a Dionisio haber dicho que es un ''conocimietno empírico'', porque por esto se entiende la mera observación del habla, cuando en realidad la gramática es un arte. Esto lo dice Tolomeo el peripatético. Sin embargo, Sexto nos dice que al llamarlo Dionisio el ''conocimiento empírico, al mismo tiempo está conectando el concepto de arte, porque la gente común considera que expertos y artistas son una misma cosa. Por ejemplo Metrodoro decía que la filosofía es la única que se ve a sí misma entre las disciplinas, es decir, es un arte único. 

Sin embargo, Sexto nos dice que la gramática va incluso más allá, considera también las conversaciones ocasionales que tienen las personas, y de ahí se deriva lo que se conoce como barbarismos, solecismo, lo que es griego lo que no lo es, etc. 

Con todo, Sexto nos plantea ahora lo que se proponía en un principio, verificar si existe la gramática.

Si la definición de arriba es correcta, debemos analizar si esta definición se refiere a toda la lengua o una parte de ella. Si es de toda la lengua entonces se trata de algo infinito. Ahora bien, como de lo infinito no hay conocimiento empírico es imposible que pueda existir de esta forma, por lo cual tampoco habría gramática. Si bien es una parte solamente, entonces aquellas personas que poseen conocimientos gramaticales sin conocer a los poetas y escritores quedarían fuera, a pesar de sí tener conocimientos gramaticales. Esto, por cierto, no puede ser. 

Sexto añade una excepción: a menos que con una parte se refieran a una eventual diferencia que pueda descubrirse, teniendo en cuenta la dicotomía de lo general y lo particular. Sin embargo, esto, para Sexto es solo seguir agregando problemas a lo que ya tiene bastantes. 

De hecho, cuando se dice que es ''una parte'' empezamos a caer en la paradoja de Zenón; el mijo. Cada vez que agregas uno más, sigue siendo ‘muchos’, y nunca alcanzas una frontera clara. Lo mismo pasa con: “muchos”, “mayor parte”, “muy grande”, “poco”, “muy pequeño”. Esos términos son indefinidos.

Por lo tanto, hay que buscar otra definición. Para eso, Sexto cita a Asclepíades que nos entrega lo siguiente: 

''La gramática es el arte que trata de la lengua de poetas y escritores''

No obstante, Sexto define el arte como ''un sistema de aprehensiones''. Pero, si esto es así, sabemos que nadie tiene la capacidad para aprehender toda la lengua de los poetas y escritores, por lo tanto, no existe la gramática. 

Debemos buscar otra definición.

Según Querís, la gramática cabal es:

“La facultad, derivada de un arte, capaz de discernir con máxima precisión las palabras y conceptos griegos, excepto lo que pertenece a otras artes.”

Sexto observa que este intento de delimitar el objeto de la gramática genera más problemas que soluciones. En primer lugar, la distinción entre lo que pertenece a la gramática y lo que corresponde a otras artes no es nada evidente, pues el lenguaje es uno y continuamente atraviesa múltiples áreas del saber. Las palabras no vienen etiquetadas por disciplinas, y pretender que ciertos términos pertenecen a la música, otros a la matemática y otros a la gramática introduce fronteras artificiales que no existen en el uso real de la lengua. Además, la clasificación que propone Querís es inestable, porque incluso términos aparentemente técnicos —como los que significan “cuatro”, “accesible” o ciertos nombres dialectales— también participan del uso común y literario, y no es posible separarlos mediante criterios seguros.

A esto se suma una dificultad mayor: Querís afirma que la gramática se ocupa únicamente del significante, y no del significado, pero Sexto recuerda que para comprender una palabra es necesario comprender también su concepto. No puede estudiarse una palabra en aislamiento, prescindiendo de su contenido semántico, porque el lenguaje no se reduce a formas vacías. Además, otros filósofos, como los estoicos, sostenían exactamente lo contrario, afirmando que la gramática debía atender sobre todo al significado. La falta de acuerdo entre los expertos confirma que la disciplina carece de un objeto definido y estable. La propia oposición entre significante y significado, tal como la presenta Querís, resulta insuficiente y contribuye a mostrar que la gramática no posee una identidad firme.

Otro elemento que Sexto expone críticamente es la distinción que Querís recoge de Crates: la diferencia entre el crítico y el gramático. Según Crates, el crítico es un experto en toda la ciencia lingüística, mientras que el gramático estaría subordinado a él, limitado a explicar dialectos, prosodia y pequeñas dificultades. Querís compara al crítico con un arquitecto y al gramático con un obrero subalterno. Para Sexto, esta distinción no hace más que subrayar la inconsistencia de la disciplina, pues revela que ni siquiera sus defensores están de acuerdo sobre quién posee la autoridad y cuál es el alcance de su arte. El hecho de que la gramática requiera ser subordinada a otra ciencia más amplia (la crítica) ya evidencia su incapacidad para constituirse como arte autónoma.

La gramática tal como la define Querís no puede ser un arte ni una facultad real, porque no se sabe con claridad qué estudia, cuáles son sus límites, ni sobre qué fundamentos se apoya. Su objeto es incierto, su método es ambiguo y su diferenciación frente a otras disciplinas es puramente artificial. De esta manera, la definición de Querís, lejos de fortalecer la gramática, sirve para mostrar que su entidad es vacilante y contradictoria, y por tanto incapaz de sostener las pretensiones de rigor y autoridad que los gramáticos se atribuyen.

Sin duda hay que agradecerle a Querís, que haya liberado a la gramática de la paradoja del montón al delimitar su arte, pero eso no hace que la gramática sea inexistente. 

Demetrio, apodado el Cloro con otros gramáticos definen así:

''El arte gramática es el conocimiento del lenguaje de los poetas y también de la conversación común''

Pero con esto sigue existiendo el mismo problema. No se puede tener la totalidad del conocimiento de los poetas ni mucho menos de la conversación común, cuyos temas pueden ser infinitos.

Ahora bien se podría decir que no se conocen todas las expresiones una por una, sino que se conocen solamente las generales, pero aún así siendo generales son muchas. 

Algunos gramáticos afirmaban que, por ejemplo, los dorios acentúan de cierta manera y los jonios de otra; que existen usos comunes propios de cada dialecto; y que el gramático, al dominar tales diferencias, podría considerarse conocedor legítimo de la lengua. Esto, dice Sexto, podría sonar verosímil, pero no es verdadero. La razón es clara: no existe un único uso para cada dialecto, porque los dialectos mismos son muchos y muy variados. Los dorios no hablan todos igual, ni los jonios son uniformes, ni existe una regla general que abarque todas las expresiones de un mismo dialecto. Los gramáticos idealizan un orden que en realidad no existe.

Sexto señala que las reglas gramaticales, especialmente las relativas al acento (como la distinción entre oxítonos y barítonos), no se aplican a todas las palabras, sino solo a algunos casos concretos. Esto demuestra que la gramática no puede pretender abarcar “todas las expresiones generales”, porque incluso las reglas que considera universales solo se cumplen en parte del vocabulario. Se trata, por tanto, de reglas incompletas, incapaces de englobar toda la complejidad y variación real de la lengua hablada.

Partes de la gramática

Sexto establece que una parte de la gramática es la historia, otra es técnica y la última es especial.

  • La parte técnica es la que se ocupa de las reglas formales: los elementos del discurso, las categorías gramaticales, la ortografía, el uso correcto de la lengua y temas afines. 
  • La parte histórica, por su parte, abarca contenidos que parecen pertenecer más a la mitografía, la geografía o la narración que a la gramática propiamente tal. Se enseña sobre dioses, héroes, seres humanos y también sobre accidentes geográficos, ficciones y mitos. 
  • La parte especial examina el lenguaje de poetas y prosistas: interpreta expresiones difíciles, juzga lo correcto y lo incorrecto y distingue entre obras auténticas y espurias. 

Estas tres partes de la gramática no se pueden ver de forma separada sino que entrelazadas. Sexto verá que basta que una de ellas tenga una inconsistencia para que las demás también la tengan. En efecto, los poetas necesitan la parte técnica, la parte histórica y vicerversa. Nadie podría dar valor a su parte si no es actuando todas en conjunto. 

Parte técnica

Esta es una de las partes por la que los gramáticos más se vanaglorian creyendo que dejan a todos en ridículo con sus intervenciones. 
Primero aborda el término “elemento”, que puede significar tres cosas: el carácter escrito, la marca sonora y la sílaba. Sexto decide concentrarse en la acepción que los gramáticos consideran central, es decir, la letra como unidad del habla articulada. Sin embargo, incluso ahí la doctrina es confusa. 

Los gramáticos distinguen entre vocales y consonantes, afirmando que las vocales son siete: alfa (α), épsilon (ε), eta (η), yota o iota (ι), ómicron (ο), ípsilon o upsilon (υ) y omega (ω). Luego cuentan que las vocales se dividen en tres grupos: unas son largas por naturaleza, como eta (η) y omega (ω); otras son breves por naturaleza, como épsilon (ε) y ómicron (ο); y otras pueden ser tanto largas como breves, como alfa (α), iota (ι) y ípsilon (υ), a las que llaman dícronas, fluidas, ambiguas o cambiantes. Esta tercera categoría depende de ejemplos tomados de la poesía —Sexto cita versos de Homero— mostrando que la supuesta “naturaleza” larga o breve de estas vocales no es una propiedad real del lenguaje, sino una convención métrica tomada por los gramáticos como regla.

A continuación, Sexto aborda las consonantes. Los gramáticos afirman que algunas son semivocales, porque pueden producir cierto sonido por sí mismas, como rho (ρ), sigma (σ), mi (μ) y ni (ν), e incluso letras como zeta (ζ), theta (θ) o lambda (λ), aunque aquí no hay acuerdo entre los expertos. Otras son consonantes propiamente dichas, que no pueden pronunciarse solas y necesitan una vocal para sonar, como beta (β), gamma (γ), delta (δ), kappa (κ), pi (π) y tau (τ). De nuevo, Sexto señala que esta clasificación varía según la escuela: algunos incluyen theta (θ), phi (φ) y chi (χ) como semivocales, otros las consideran siempre consonantes plenas, lo que demuestra la falta de consenso.

También se hace una distinción entre consonantes aspiradas —como theta (θ), phi (φ) y chi (χ)— y consonantes no aspiradas —como kappa (κ), pi (π) y tau (τ). Pero incluso aquí hay dudas: algunos gramáticos dicen que rho (ρ) puede ser aspirada o no, dependiendo del contexto, lo que añade otra capa de inestabilidad a la clasificación.

Finalmente, Sexto menciona las consonantes llamadas “dobles”, como zeta (ζ), xi (ξ) y psi (ψ). Según los gramáticos, zeta (ζ) estaría compuesta por sigma (σ) y delta (δ), xi (ξ) por kappa (κ) y sigma (σ), y psi (ψ) por pi (π) y sigma (σ). Pero esta interpretación es problemática: en la tradición antigua se discutía si zeta (ζ) era realmente una combinación o un sonido simple. Estas discrepancias muestran que las supuestas “verdades técnicas” de la gramática están lejos de ser unívocas y descansan más en interpretaciones arbitrarias que en hechos objetivos del lenguaje.

Dicho esto, para Sexto decir que algunos elementos son dobles es absurdo. Un elemento, por definición, es algo simple, no compuesto de otras partes. Si una letra está compuesta de dos consonantes —como pretendían los gramáticos al decir que zeta se compone de sigma y delta, o que psi se compone de pi y sigma— entonces ya no es un elemento, sino un compuesto. Por lo tanto, si aceptamos la idea de “elemento”, es imposible aceptar a la vez la existencia de “elementos dobles”. Y si aceptamos que existen elementos dobles, entonces el concepto mismo de “elemento” se destruye, pues ya no sería una unidad mínima, sino un conjunto de unidades.

A continuación, Sexto aplica el mismo razonamiento a las vocales dícronas, aquellas que supuestamente pueden ser largas o breves según el verso o el contexto: alfa (α), iota (ι) e ípsilon (υ). Los gramáticos consideran que estas vocales poseen una “naturaleza común”, es decir, una estructura interna que hace posible que a veces sean largas y otras veces breves. Pero Sexto responde que este argumento no tiene sentido, porque la forma escrita de la letra no indica nada sobre una supuesta naturaleza doble. Una letra como alfa no se alarga ni se acorta por sí sola: solo parece larga o breve debido a la prosodia, es decir, al efecto que produce su uso dentro de un verso o una palabra. La prosodia es externa al elemento, por lo que no puede usarse para definir su naturaleza. Del mismo modo, no podemos atribuir a una vocal dos cantidades (larga y breve simultáneamente), pues es imposible que una misma letra tenga dos naturalezas contradictorias al mismo tiempo.

Algunos gramáticos podrían decir que los elementos dícronos —como alfa, iota e ípsilon— son “comunes por naturaleza” porque pueden adoptar tanto cantidad larga como cantidad breve. Pero Sexto muestra que este argumento cae en la misma contradicción que antes: algo no es lo que es “susceptible de ser”, sino lo que realmente es. Por ejemplo, el bronce es susceptible de convertirse en estatua, pero mientras no sea estatua, no puede llamarse estatua. La madera es susceptible de convertirse en barco, pero mientras no sea barco, no puede llamarse barco. De la misma manera, una vocal no puede llamarse larga y breve por el simple hecho de que pueda llegar a serlo; mientras no se realice prosódicamente, no es ni larga ni breve. Por tanto, no se puede decir que estos elementos sean “comunes” en el sentido de poseer dos naturalezas posibles.

La brevedad y la largura son cualidades opuestas que no pueden coexistir. La largura consiste en la desaparición de un sonido breve, y la brevedad en la desaparición de un sonido largo. No pueden manifestarse al mismo tiempo en una misma vocal porque se anulan mutuamente. Sexto ilustra esta idea señalando que una vocal marcada con acento circunflejo no puede ser breve, ya que ese acento implica necesariamente cantidad larga. Así, si un elemento fuera verdaderamente dícrono por naturaleza, tendría que ser largo y breve simultáneamente o bien alternarse entre ambas cantidades. La simultaneidad es imposible porque dos cualidades contrarias no pueden coexistir en un mismo sonido al mismo tiempo.

Respecto a la alternancia, Sexto afirma que tampoco es viable. Si la vocal es larga cuando se la pronuncia como larga, entonces no es breve en ese momento. Si en otro contexto se la pronuncia como breve, entonces no es larga en ese momento. Pero en ninguno de los dos casos puede llamarse “común”, ya que nunca es larga y breve a la vez, y lo que no es simultáneamente las dos cosas no puede poseer una doble naturaleza. Por ello, cuando una vocal se pronuncia larga, es solo larga; cuando se pronuncia breve, es solo breve; pero nunca es ambas cosas simultáneamente ni tiene en sí misma una naturaleza doble que la haga “dícrona”.

Si las vocales alfa (α), iota (ι) e ípsilon (υ) no pueden ser “comunes” —es decir, no pueden ser largas y breves por naturaleza—, entonces deben ser dobles, una versión larga y otra breve. Esto destruye el sistema tradicional de siete vocales del griego. Si se aceptara la conclusión lógica de los propios gramáticos, habría que decir que las vocales no son siete, sino diez: cinco largas —eta (η), omega (ω), alfa larga, iota larga, ípsilon larga— y cinco breves —épsilon (ε), ómicron (ο), alfa breve, iota breve, ípsilon breve. Con esta enumeración, Sexto muestra que la doctrina gramatical se colapsa internamente: basta tomar en serio sus supuestos para que el número de vocales se duplique absurdamente.

Pero el argumento se vuelve aún más agudo cuando Sexto introduce otro elemento enseñado por los gramáticos: la prosodia, que además de determinar si una vocal es larga o breve, también añade acentos (agudo, grave y circunflejo) y el espíritu (suave o áspero). Según la teoría gramatical, cada una de estas cualidades recae sobre la vocal misma. Sexto razona: si estas cualidades se consideran propiedades naturales del “elemento”, entonces cada vocal debe dividirse nuevamente según cada una de estas posibilidades. Por ejemplo, una vocal larga puede tener acento agudo, grave o circunflejo; y espíritu suave o áspero. De modo análogo con las breves. Si esto se toma como naturaleza del elemento, cada vocal se multiplica por el número de combinaciones prosódicas posibles.

Así, Sexto muestra que si las dos vocales largas (eta y omega) pueden recibir acento agudo, grave, circunflejo y además espíritu suave o áspero, entonces solo las vocales largas ya no serían dos, sino doce. Y si las tres vocales dícronas convertidas en dobles (alfa larga/breve, iota larga/breve, ípsilon larga/breve) también admiten las mismas seis cualidades prosódicas (tres acentos + dos espíritus), entonces cada una se convertiría en seis elementos distintos. Esto convierte el total de vocales en veinticuatro.

Luego, Sexto amplía el razonamiento: si además añadimos que las vocales largas pueden recibir también el circunflejo —que solo se aplica a las largas—, las posibilidades aumentan aún más, y lo mismo ocurre con las consonantes aspiradas y no aspiradas. Sumando todo, la teoría gramatical conduciría a que hubiera no siete vocales ni diez, sino cuarenta y tres vocales. Y si a esto se suman las distintas categorías de consonantes explicadas antes, el cómputo final ascendería a sesenta elementos.

Si los gramáticos dicen que alfa (α) larga y alfa breve no son dos elementos distintos, sino un solo elemento “común”, entonces deben aceptar la misma consecuencia para otras vocales. Si alfa larga y alfa breve cuentan como un solo elemento porque comparten la misma “potencialidad”, entonces también eta (η) y épsilon (ε) deberían contar como un solo elemento, ya que épsilon es simplemente una eta abreviada, y eta es una épsilon alargada. Lo mismo ocurriría con ómicron (ο) y omega (ω): ómicron es una omega breve, y omega es un ómicron largo. Por tanto, si seguimos el razonamiento gramatical, en vez de siete vocales habría que decir que existen solo cinco: alfa, épsilon–eta, ípsilon, ómicron–omega e iota. Sexto remata señalando que los gramáticos “están ciegos” porque no ven lo que se sigue de sus propias doctrinas: si aceptan la naturaleza “común”, su clasificación se reduce y colapsa, y siete vocales se transforman en cinco, contradiciendo el sistema tradicional.

El segundo argumento va en la dirección contraria y es igualmente corrosivo. Algunos filósofos sostienen que habrá más elementos, no menos, si se toma en cuenta que ciertos sonidos no simples como ai o ei se presentan de manera natural en el habla y tienen una cualidad uniforme a lo largo de su pronunciación. Sexto explica que el criterio decisivo para que algo sea un “elemento” es que tenga un sonido simple, no compuesto, y uniforme desde el comienzo hasta el final. Por ejemplo, cuando se pronuncia ra, no se percibe un sonido estable: al inicio se oye la vibración peculiar de la consonante rho (ρ), y solo después aparece la alfa; el sonido se altera en el transcurso, por lo que no puede considerarse simple. En cambio, cuando se pronuncia ai, el oído recibe exactamente el mismo sonido desde el principio hasta el final, sin variación interna, por lo que —según este razonamiento— ai sería un elemento. De igual modo, ei y ou también serían elementos básicos porque su sonido se percibe uniforme e inalterado durante toda la pronunciación.

Propone dejar atrás la discusión técnica sobre si las letras vocales —alfa, iota y ýpsilon— pueden considerarse “comunes” por ser susceptibles de pronunciarse como largas o breves. Su punto es que, si los gramáticos aceptan que estas tres letras se comportan así, entonces deberían aceptar también que todas las letras tienen algo “común”, porque todas pueden recibir cualidades prosódicas (acento grave, agudo, circunflejo, espíritu áspero o suave). En otras palabras, si admiten que algunas letras son comunes por ser largas o breves, deben admitir que todas lo son por compartir otras características prosódicas. Si eso les parece absurdo, entonces tampoco deben sostener que alfa, iota y ýpsilon sean “comunes”. Esto revela incoherencia en la doctrina gramatical.

Una vez que Sexto considera que la noción de “elementos” gramaticales ha sido dejada en duda —o incluso destruida— declara que ya no queda nada sólido para los gramáticos respecto de los principios fundamentales de su arte. Si los elementos (las letras) ya no pueden definirse correctamente, los gramáticos pierden la base misma de su disciplina, pues todo lo que enseñan se construye sobre esos principios. De esta manera, Sexto muestra que la gramática, considerada como ciencia, queda sin fundamentos.

A pesar de haber puesto en entredicho los principios, Sexto propone avanzar aún más y examinar lo que viene “después” de ellos, es decir, aquello que se construye sobre los elementos. Para proceder, sugiere someter a crítica el funcionamiento de las sílabas, puesto que los gramáticos enseñan que las sílabas están compuestas por los elementos. Si los elementos son problemáticos, las sílabas también lo serán. Sexto anuncia que comenzará la refutación de la teoría gramatical sobre las sílabas de manera ejemplificada, continuando así su método sistemático de desmontar la gramática desde sus fundamentos hasta sus partes más complejas.

Sobre las sílabas

La doctrina común de los gramáticos: toda sílaba es larga o breve (μακρά o βραχεῖα), ya sea por naturaleza o por posición. Una sílaba es larga por naturaleza cuando contiene un elemento vocálico largo por sí mismo, como ocurre con el diptongo αὐ en αὔρα (“aurora”), donde tanto η (ēta) como ω (ōmega) son ejemplos clásicos de vocales largas por naturaleza. También puede ser larga por naturaleza una sílaba formada por dos vocales que no constituyen diptongo, como εἰ en εἴσειμι (“siempre”), pues ambas vocales largas o que producen efecto de vocal larga la convierten en sílaba larga. Sexto menciona Ἄρης (“Ares”) para mostrar una contradicción de los gramáticos: allí la alfa (α) debería ser larga, pero también breve si se considera dícrona, lo cual ya fue refutado anteriormente. Si una sílaba se clasifica como larga o breve por naturaleza en estos casos, es evidente que la teoría se sostiene sobre elementos que ya fueron puestos en duda. Cuando la sílaba es larga por posición —por ejemplo, cuando termina en dos consonantes o la siguiente comienza con consonante doble— la regla depende de elementos consonánticos. Pero si los elementos (vocales y consonantes) no existen con la naturaleza que los gramáticos les atribuyen, entonces tampoco puede existir la sílaba, que se compone justamente de ellos. Así, Sexto señala que si se han abolido los elementos (στοιχεῖα), necesariamente se han abolido también las sílabas (συλλαβαί), y por lo mismo las palabras y todas las partes del discurso.

Sexto continúa mostrando que incluso si uno intentara salvar la noción de sílaba breve diciendo que tiene “una duración mínima”, el concepto se deshace. Toda duración temporal puede dividirse indefinidamente, y si no existe un “tiempo mínimo” porque el tiempo es divisible ad infinitum, tampoco puede existir un sonido mínimo que constituya la sílaba breve. Por lo tanto, una sílaba breve carece de duración propia, y una sílaba larga —que sería dos breves— también se derrumba. Si los gramáticos dicen que la sílaba breve es mínima por naturaleza (φύσει ἐλάχιστα), Sexto responde que esto es ininteligible, pues nada puede considerarse mínima unidad de tiempo si todo puede dividirse interminablemente. Así, la sílaba breve no puede existir en la realidad perceptiva.

Sexto introduce entonces un argumento auditivo: aquello que los gramáticos llaman “sílaba breve”, como ἐκ, no es percibido como una unidad indivisible por el oído. En la audición distinguimos primero el sonido ε y luego el sonido κ, lo cual significa que la sílaba no es simple ni mínima, sino divisible. Si pronunciamos ρκ al revés, el oído percibe claramente primero la rho () y luego la kappa (κ), y no una unidad mínima. Cualquier sílaba supuestamente breve tiene dos momentos auditivos distintos, y ya que la percepción no registra una unidad sonora simple, la sílaba breve no puede existir como los gramáticos la definen. Sexto señala irónicamente que quizás los músicos —con entrenamiento especial para distinguir duraciones mínimas— podrían detectar tales diferencias, pero el lenguaje común no puede hacerlo. Si quienes usan el lenguaje en la vida real no perciben estas unidades mínimas, entonces la teoría gramatical no está describiendo la realidad, sino inventando entidades que no tienen respaldo perceptivo.

Estas observaciones llevan a Sexto a su conclusión escéptica: la sílaba breve carece de existencia, y con ello la sílaba en general. Si no hay sílaba breve, no hay sílaba larga, y por tanto la distinción fundamental del sistema gramatical entre μακραί y βραχεῖαι se derrumba. Es la continuación lógica del argumento pirrónico: si los elementos no existen, tampoco existen las sílabas; y si las sílabas no existen, tampoco existen las palabras y, en consecuencia, no existe el lenguaje tal como lo concibe la gramática dogmática. La técnica gramatical, que presume describir la estructura real del lenguaje, queda así sin fundamento y reducida a una construcción arbitraria y contradictoria.

Los gramáticos afirman que la sílaba larga es dícrona (δίκρονος), es decir, que posee dos tiempos: un primer tiempo y un segundo tiempo. Pero para Sexto, estos “dos tiempos” no pueden coexistir simultáneamente. Si son dos, lo son precisamente porque se distinguen entre sí: uno está presente y el otro no, y viceversa. Y si no pueden existir juntos, no pueden producir un único sonido continuo que sea la sílaba larga. Por lo tanto, la sílaba larga, concebida como una unidad compuesta de dos tiempos consecutivos, carece de existencia real.

Sexto continúa argumentando que si el primer tiempo está presente, el segundo debe estar ausente, y cuando el segundo se presenta, el primero ya ha desaparecido. Desde esta perspectiva, dividir la sílaba larga en “dos tiempos” equivale a dividirla en partes que no coexisten, y si las partes no coexisten, entonces no pueden constituir una unidad continua llamada sílaba larga. En ese caso, la supuesta sílaba larga se deshace en simples partes sucesivas, lo cual no la distingue en nada de una serie de dos sílabas breves. La sílaba larga, al no poseer simultaneidad interna, no puede existir como una entidad singular y estable.

Sexto anticipa una posible respuesta gramatical: que la sílaba larga no existe por coexistencia actual de dos tiempos, sino por “memoria conjunta” (κοινὴ μνήμη), es decir, que mientras percibimos el segundo tiempo recordamos todavía el primero, y esa conjunción mental sería la “unidad” de la sílaba larga. Pero Sexto desmonta esta explicación mostrando que apelar a la memoria no crea simultaneidad real: lo único que se obtiene es admitir que la sílaba larga no existe actualmente, sino que es un recuerdo de algo que ya no está. Y si la sílaba solo existe en el recuerdo y no en el presente, entonces su existencia se vuelve ficticia y no puede ser fundamento de la gramática.

Con un razonamiento más agudo aún, Sexto añade que si la sílaba larga existe, debe existir el sonido pronunciado en primer lugar o el pronunciado en segundo lugar, o ambos. Pero ninguno de estos sonidos puede constituir por sí mismo la sílaba larga: el primero es solo el primer tiempo, y el segundo es solo el segundo tiempo. Ninguno de los dos es la sílaba larga completa. Tampoco pueden coexistir, como ya se demostró, así que no puede decirse que la sílaba larga existe como suma simultánea de ambos sonidos. Y si solo existen los sonidos aislados, uno existente y el otro inexistente en cada momento, entonces no puede concebirse una sílaba larga como unidad compuesta. Lo existente no puede unirse con lo inexistente para formar algo real.

La sílaba larga no existe. Y no existe por razones paralelas a las que se aplicaron contra la sílaba breve: porque para que exista una unidad sonora debe haber simultaneidad, continuidad real y una presencia indivisible del sonido. Pero en la sílaba larga, al igual que en la breve, lo que encontramos es sucesión, desaparición y división temporal infinita. Lo que la gramática llama μακρά συλλαβή no corresponde a ninguna realidad perceptible ni conceptual sólida.

Las mismas dificultades que destruyeron la existencia de la sílaba deben aparecer necesariamente cuando se trata del análisis de la palabra (λέξις) y de las partes del discurso (μέρη τοῦ λόγου). Si, como ya se mostró anteriormente, la sílaba no existe porque no puede sostener ni su duración mínima ni su unidad perceptiva, entonces la palabra tampoco puede existir, pues las palabras reciben su existencia de las sílabas. La palabra, tal como la definen los gramáticos, no es otra cosa que una o varias sílabas articuladas. Si la sílaba no existe, la palabra tampoco. La dependencia ontológica es directa: destruir la parte destruye el todo.

Sexto añade que incluso si se intentara salvar la palabra diciendo que es una sola sílaba o un conjunto de sílabas, de cualquier manera quedaría expuesta a los mismos ataques que él dirigió contra las sílabas. Una palabra monosilábica tiene exactamente los mismos problemas que una sílaba breve o larga, y una palabra polisilábica es una multiplicación de esas mismas entidades imposibles. Pero para evitar dar la impresión de repetir los mismos argumentos, Sexto da un paso más: dirige su crítica contra la noción de “partes del discurso” —como ὄνομα (nombre), ῥῆμα (verbo), ἄρθρον (artículo), etc.—, que los gramáticos consideran elementos esenciales de la estructura lingüística. Su pregunta inicial es simple y devastadora: ¿de dónde sacan que estas son “partes”? ¿Por qué el sustantivo o el verbo deben considerarse partes del discurso? Esto no es evidente, sino pura convención.

Los gramáticos responden —o así lo reconstruye Sexto— que estas categorías son partes del lenguaje porque el discurso en su totalidad puede concebirse como compuesto de ellas, igual que un objeto puede concebirse como compuesto de sus partes. Frente a esto, Sexto propone un ejemplo concreto para poner a prueba la afirmación: el famoso verso homérico Μῆνιν ἄειδε, θεά, Πηληϊάδεω Ἀχιλῆος (“La cólera canta, diosa, de Aquiles Pelida”). Divide el verso en lo que los gramáticos llamarían sus partes: “cólera” (μῆνιν), “canta” (ἄειδε), “diosa” (θεά), “Pelida” (Πηληϊάδεω) y “Aquiles” (Ἀχιλῆος). Si tomamos estas palabras como “partes”, Sexto pregunta: ¿puede el verso existir si eliminamos alguna de ellas? Evidentemente no: si quitamos “cólera” o “canta”, el verso deja de ser lo que es. El enunciado completo no puede subsistir sin sus partes.

Pero aquí viene el giro crucial: si el verso es la “suma de sus partes”, entonces la suma no tiene existencia independiente de sus componentes. El conjunto no existe separado de las partes que lo constituyen. Sin embargo, los gramáticos también quieren decir que las partes tienen existencia independiente del conjunto. Sexto muestra que esto es contradictorio: si el conjunto depende absolutamente de las partes, entonces el conjunto solo existe mientras las partes existen; pero si el conjunto deja de existir sin las partes, entonces las partes no pueden existir sin el conjunto. De hecho, si quitamos “cólera”, el verso desaparece; y si desaparece el verso, también desaparecen las palabras entendidas como partes del discurso, pues “parte” solo tiene sentido dentro de un todo. Ninguna parte puede existir sin el conjunto que la define como parte. Del mismo modo que no puede haber derecha sin izquierda, o arriba sin abajo, tampoco pueden existir partes del discurso si no existe el discurso.

Sexto completa el argumento señalando que si el enunciado completo no existe —porque su estructura depende de entidades inexistentes como sílabas y palabras— tampoco existen sus partes; y si las partes no existen, tampoco existe el enunciado. Entramos en un círculo negativo que destruye por completo la gramática: no hay sílaba, no hay palabra, no hay partes del discurso, no hay discurso. Todo el edificio gramatical se desmorona porque las categorías básicas que lo sustentan no tienen realidad.

Ahora, Sexto se propone analizar si el discurso existe. El discuro está compuesto de partes. como ὄνομα (nombre), ῥῆμα (verbo), ἄρθρον (artículo) y demás—, pero los gramáticos no explican de dónde proviene esa denominación. ¿Son partes del lenguaje en general o partes del enunciado? Si el lenguaje es concebido como un todo orgánico y continuo, no puede tener partes sin destruir su unidad. Y si el lenguaje es concebido como una suma de partes, entonces habría que mostrar cómo esas partes subsisten por sí mismas. Para ilustrarlo, Sexto propone un ejemplo concreto tomado de un verso épico: La cólera canta, diosa, de Aquiles Pelida. Las partes gramaticales serían: «cólera» (ὀργή), «canta» (ᾄδει), «diosa» (θεά), «Aquiles» (Ἀχιλλεύς), «Pelida» (Πηλείδης). Pero si se elimina cualquiera de ellas, incluso una sola —por ejemplo «cólera» o «canta»—, el verso deja de existir como verso. Eso demuestra que el enunciado no puede subsistir independientemente de sus partes.

Si se considera que el enunciado es la reunión de sus partes, entonces esa “reunión” debería ser una entidad real, pero eso es absurdo, porque la reunión no es algo distinto de las partes reunidas. No se puede decir que el “todo” sea algo que subsiste aparte de las partes, del mismo modo que la “distancia” no subsiste independientemente de los objetos distantes. Si el enunciado es solo la reunión de partes, entonces no es una entidad independiente. Pero —y aquí está el golpe final— si el enunciado no existe por sí mismo aparte de sus partes, entonces sus partes tampoco pueden existir como partes del discurso, porque una parte debe estar incluida en el todo del cual es parte. Si no hay un todo subsistente, tampoco puede haber partes reales.

Las manos son partes del cuerpo humano, los dedos son partes de la mano y las uñas son partes del dedo. Todas estas partes tienen un “lugar propio” en el objeto del cual son parte; no están unas contenidas en otras en un sentido absurdo. No se dice que la mano derecha “complete” a la izquierda o que el índice “complete” al pulgar. Por analogía, sería irracional decir que «cólera» está contenida en «canta» o «canta» en «diosa», o peor aún, que todas están contenidas unas en otras. De aceptar la tesis de los gramáticos, se llegaría a esa conclusión absurda.

Por ello, no existiría el lenguaje. 

Ahora bien, Supongamos que “la cólera” es parte del verso. Pero el verso es un todo completo. Si meto una parte que también es completa dentro del todo, pasa algo absurdo: La palabra “cólera” sería mayor que sí misma (si es completada por el verso). O sería menor que sí misma (si ayuda a completar el verso). En ambos casos, la parte se vuelve contradictoria: sería más grande y más pequeña que sí misma.

Por lo tanto, no es posible que “cólera” sea parte del verso completo, porque eso genera una parte que se completa a sí misma, lo cual es una contradicción.

Tampoco puede ser parte del resto del verso, es decir, de ‘canta, diosa, de Aquiles Pélida. Para que algo sea parte de un todo, debe estar incluido en él. Pero “cólera” no está dentro de “canta, diosa, de Aquiles Pélida”. Un todo lingüístico no puede contener partes que no están literalmente contenidas en él.

Una vez eliminadas esas dos posibilidades, el argumento llega a una conclusión devastadora: el verso completo no es simplemente «canta, diosa, de Aquiles Pélida»; por lo tanto, «cólera» no es parte de ese verso restante, ni tampoco parte del verso completo. Y como fuera de esas dos no existe un tercer “enunciado” donde esta palabra pueda alojarse, se deduce que «cólera» no es parte de ningún enunciado. La consecuencia es radical: si una palabra no puede ser parte de ningún enunciado, entonces la noción de “parte del discurso”, tal como la manejan los gramáticos, se desintegra. La crítica no afecta sólo a esta palabra, sino que se convierte en un argumento general contra toda la estructura gramatical clásica.

Todas esas distinciones hechas por los gramáticos no se sostienen, porque ya demostró antes que conceptos básicos como “sílaba”, “palabra” y “enunciado” son problemáticos o incluso inexistentes cuando se examinan con rigor. Si esos fundamentos no existen, tampoco pueden existir las categorías superiores que dependen de ellos.

Luego añade algo muy irónico: dice que si uno se mete a seguir todas las distinciones técnicas que los gramáticos inventan para cada una de esas partes del discurso, se encontrará con un montón de palabrería interminable. Para rematar, compara ese material con “charlas de abuelas”, una forma cómica de decir que es redundante, inútil y lleno de detalles sin importancia. Se burla de que los gramáticos aman acumular distinciones inútiles y tecnicismos.

Acerca de los nombres

Los gramáticos dicen que los nombres son por naturaleza masculino y otros femeninos, unos singulares y plurales, otros duales y otros de una palabra, etc. Sexto se propone investigar si efectivamente es así por naturaleza que los nombres están dispuestos. 

Pero es imposible que los nombres tengan una naturaleza, pues si esto fuera así, los distintos pueblos se entendrían sin necesidad de distinguir entre las palabras. En efecto, lo que afecta siempre ''naturalmente'' se aplica a todo tipo de cosas. De ahí que se diga que el fuego afecta tanto a griegos como bárbaros, el fuego no calienta a uno y enfría a otros, y lo mismo puede decirse de la nieve. 

Distintas ciudades griegas asignan géneros distintos a las mismas palabras.

  • Los ateniense dicen hê kántharos (ἡ κάνθαρος, “la” cántaro —femenino).

  • Los peleponesios dicen hó stámnon (ὁ στάμνος, “el” cántaro —masculino).

Otro caso:

  • Unos dicen hó boión (ὁ βοιόν, “el redondo”)

  • Otros tò boión (τό βοιόν, “lo redondo” —neutro).

Si diferentes pueblos llaman a la misma cosa con diferentes géneros, ese género no puede estar en la naturaleza del objeto, sino en una convención social.

Dentro de un mismo dialecto, una palabra puede usarse en los tres géneros según contexto.

  • ho kórax (ὁ κόραξ) “cuervo” —masculino
    pero también hê korax (ἡ κόραξ) si se refiere a la hembra.

  • ho aetos (ὁ ἀετός) “buitre” —masculino

  • hê empís (ἡ ἔμπις) “mosca”— femenino, aunque el macho es macho de ese mismo animal.

Esto muestra que imaginar un vínculo natural entre género lingüístico y sexo biológico es insostenible, porque la lengua no sigue ninguna regla fija al respecto.

Entonces si las palabras no obedecen al género, podríamos designar a las palabras con el mejor articulo que es nos antoje, pues bien se podría decir el golondrina y la buitre. El gramático no podría reprocharnos absolutamente nada. 

En consecuencia, como y establecimos que los nombres no son naturales, tendríamos que decir que son una convención. Pero si esto es así, entonces la gramática no sería una ciencia, sino solo una observación de costumbres linguisticas. 

Lenguaje y partes del lenguaje

Sexto empieza diciendo que, antes de pasar al siguiente tema, quiere examinar qué entienden los gramáticos por “lenguaje” y “partes del lenguaje”. Esta pregunta es crucial, porque toda su ciencia depende de definir eso con precisión.

Entonces plantea dos posibles definiciones que manejan:

  1. Que “lenguaje” sea la voz física, el sonido emitido por la boca.

  2. Que “lenguaje” sea el significado incorpóreo transmitido por esa voz.


En primer lugar, Sexto se propone desmontar el primer razonamiento. el lenguaje no es la voz física porque esta se oye por iguale entre todos: griegos, romanos, bárbaros, cultos, incultos, niños y adultos. Todos oyen los mismos sonidos. Pero en cambio el lenguaje y sus partes solo los comprenden quienes han aprendido griego, es decir, quienes conocen la técnica gramatical.

Si todos oyen la voz pero no todos entienden el lenguaje, entonces la voz no es lo mismo que el lenguaje. Por tanto, la corporeidad de la voz no puede ser el lenguaje.

En segundo lugar, Sexto recuerda que los filósofos llevan siglos peleando sobre si existen o no los incorpóreos (por ejemplo, espacios, vacíos, ideas platónicas, números, significados, etc.).

En esa discusión —esto es importante— muchos sostenían que solo existen dos cosas:

  • cuerpo (sōma)

  • vacío (kenón)

Sexto usa ese trasfondo para poner contra las cuerdas a los gramáticos:

  1. Si algo se mueve, es cuerpo.

  2. Si algo no resiste el paso de los cuerpos, es vacío.

  3. Si algo permanece quieto y resiste el paso de los cuerpos, también es cuerpo.

Es decir, no hay ninguna categoría intermedia llamada “incorpóreo significativo” que pueda existir como entidad.

De modo que no tiene sentido afirmar que el lenguaje es un “significado incorpóreo” (lektón), porque con eso los gramáticos introducen una tercera categoría ontológica que los filósofos han rechazado durante siglos.

Ahora bien, podrían los gramáticos simplemente decir ''el significado incoróreo existe'', pero a eso, de la misma manera, simplemente, se le puede oponer ''el significado incorpóreo no existe''. 

En consecuencia, Sexto concluye que el lenguaje no es nada. Sin embargo, nos pide que aceptemos que el lenguaje existe de todas maneras. 

Acerca de la división

Sexto comienza señalando que la técnica gramatical descansa sobre dos pilares fundamentales: primero, la escansión del verso, es decir, la distribución de los pies métricos; y segundo, la división de las partes de la oración, como sustantivo, verbo, artículo, etc. Si se quiere refutar de manera completa la gramática —como él mismo anuncia— hay que atacar ambos pilares. En lo que respecta a los pies métricos, Sexto anticipa que ya ha discutido ese problema detalladamente en su libro Contra los músicos, donde demostró que los pies son invenciones arbitrarias y no existen en la realidad del lenguaje. Para no repetir argumentos que pertenecen a otra obra, decide dejar de lado por ahora el tema de la escansión y concentrarse en el segundo pilar: la división de las partes del verso y de la oración.

A continuación, Sexto describe cómo procede el gramático cuando “divide” un verso: extrae ciertos elementos y añade otros. Por ejemplo, toma el verso completo y separa palabras como «cólera» o «canta» del resto del enunciado; o, en los casos de palabras con elisión, “completa” lo que falta añadiendo vocales, como cuando restaura haima eméon (αἷμα ἐμέον, “vomitando sangre”) a partir de haim’ eméon con la alfa elidida, o bē d’ akéōn (βῆ δ’ ἀκέων, “y se fue en silencio”) completando la épsilon en bé d’ akéon. Este es el procedimiento técnico de los gramáticos: dividir, separar, completar, añadir.

Pero aquí es donde Sexto introduce su ataque. Para que la división gramatical sea posible, debe ser posible sustraer algo de algo, o añadir algo a algo. Sin embargo, Sexto afirma que tanto la sustracción como la adición son imposibles. Y para demostrarlo empieza por el caso de la sustracción. La sustracción, dice, solo puede darse de cuatro maneras: o bien el todo se sustrae del todo; o bien una parte se sustrae de otra parte; o bien el todo se sustrae de la parte; o bien una parte se sustrae del todo. Sexto examina estas posibilidades para mostrar que ninguna tiene sentido en el plano lingüístico.

Comienza por la primera: sustraer el todo del todo. Si se toma como ejemplo un verso entero —pongamos el verso homérico que usó antes—, sustraer una palabra como «cólera» del verso entero significaría quitar el todo del todo, pues la palabra es, según los propios gramáticos, una parte constitutiva del verso. Pero si el todo ha sido sustraído, el verso debería dejar de existir: ¿cómo puede seguir ahí el verso si su “todo” ha sido quitado? Y si el verso sigue ahí, entonces no se ha producido ninguna sustracción real. Por tanto, no se puede sustraer el todo del todo.

Luego analiza que, si el verso ya no está presente, entonces no puede decirse que se le ha sustraído algo, porque no se puede sustraer algo de lo que no existe. Con esto Sexto muestra que la operación misma de “extraer partes” es contradictoria: si el verso persiste, no se ha sustraído nada; si el verso no persiste, no hay nada de donde sustraer. Así, la “sustracción” que los gramáticos creen estar haciendo al dividir un verso es ilusoria.

Con esta base, Sexto empieza a desmontar la propia idea de división gramatical: si no es posible sustraer nada de nada ni añadir nada a nada —como mostrará en los argumentos próximos—, entonces la división de un verso o de una oración no puede realizarse de forma coherente. El resultado es claro y devastador: la división gramatical es imposible, y por tanto la técnica gramatical que la presupone se derrumba. Terminada esta parte, Sexto se prepara para atacar una por una las otras formas supuestas de sustracción, hasta demostrar que ninguna operación lingüística de división se sostiene lógicamente.

Ya había demostrado que no puede sustraerse el todo del todo, y ahora añade que tampoco puede sustraerse el todo de la parte, porque el todo no está incluido dentro de la parte. Con un ejemplo muy claro: el verso completo «la cólera canta, diosa, de Aquiles Pelida» no se encuentra “dentro” de la palabra «cólera». Para que algo pueda sustraerse de otra cosa, debe estar contenido en ella; y como el todo no está contenido en la parte, esta forma de sustracción es imposible. Así, la única opción que queda es que se sustraiga la parte del todo o la parte de la parte, pero Sexto mostrará que incluso estas posibilidades conducen a contradicción.

Cuando el gramático dice que sustrae «cólera» del verso entero, Sexto responde que esto implicaría también sustraer «cólera» de sí mismo. Esto ocurre porque, para los propios gramáticos, el verso completo está “concebido” como un conjunto que incluye esa palabra; si la palabra forma parte constitutiva del todo, sustraerla del todo sería al mismo tiempo sustraerla de sí misma, una imposibilidad lógica. Además, si la palabra es sustraída del verso entero, entonces el resto del verso también debería resultar modificado, pues toda cosa que experimenta una sustracción sufre un cambio. Pero, como los gramáticos continúan usando «canta, diosa, de Aquiles Pelida» como si permaneciera intacto tras extraer «cólera», se contradicen: el todo no puede permanecer inalterado después de perder una de sus partes. Y además, Sexto añade un argumento adicional: si «cólera» fuera realmente sustraída del verso, debería “llevarse algo” de cada una de las otras partes del verso, cosa que es absurda. Todas estas inconsistencias muestran que tampoco es posible sustraer una parte del todo.

Con esto, Sexto concluye que:

  • no puede sustraerse el todo del todo,

  • ni una parte de una parte (como demostrará más adelante),

  • ni el todo de la parte,

  • ni una parte del todo.

Y dado que no existe ninguna otra forma lógica de sustracción, la conclusión es inevitable: la sustracción es imposible, y por tanto la división de un verso no puede llevarse a cabo como los gramáticos pretenden.

Tras cerrar el tema de la sustracción, Sexto pasa ahora a destruir la otra operación necesaria para la división gramatical: la adición. Esta operación aparece cuando los gramáticos “completan” palabras donde hay elisión, como restaurar haima eméon o bé de akéon. Pero Sexto plantea un experimento: tomar el hemistiquio «canta, diosa, de Aquiles Pelida» y añadirle «cólera» para formar un hexámetro heroico completo. Entonces pregunta: ¿a qué se “añade” exactamente la palabra «cólera»?

Examina las tres posibilidades lógicas. Primero, no puede añadirse a sí misma, porque algo no puede doblarse ni diferenciarse de sí mismo para ser añadido. Segundo, no puede añadirse al hemistiquio preexistente, porque si lo hiciera se igualaría en extensión a él: «cólera» se convertiría en un hemistiquio, y ello implicaría que lo largo se vuelve corto y lo corto largo, algo evidentemente absurdo. También es imposible añadir «cólera» solamente a una parte del hemistiquio —por ejemplo, a la palabra «canta»— porque aumentar una sola parte sin afectar al conjunto no puede producir un verso completo. Por tanto, la única posibilidad restante es que «cólera» se añada al conjunto entero del hemistiquio y de la propia palabra, es decir, al verso heroico completo.

Pero esta última opción también es insostenible por una razón muy simple y poderosa: aquello que recibe una adición debe existir antes de que la adición ocurra. Sin embargo, el verso heroico completo —el hexámetro— no existe antes de que se le añada «cólera»; surge precisamente como resultado de la adición. Entonces, ¿cómo podría «cólera» añadirse a algo que todavía no existe? Y cuando el verso heroico ya existe, la adición ya ha terminado, por lo que tampoco puede estar añadiéndose en ese momento. En consecuencia, no hay ningún momento en que la adición pueda tener lugar de manera coherente.

Si no existe sustracción ni existe adición, entonces la división que realizan los gramáticos es imposible, y por tanto queda abolido uno de los pilares fundamentales de su supuesta técnica.

Acerca de la ortografía

Sexto Empírico critica la doctrina ortográfica de los gramáticos mostrando que se basa en tres criterios —la cantidad, la cualidad y la división— pero que ninguno de ellos resulta útil ni necesario para la vida real. La cantidad genera dudas sobre si agregar o no una iota en los dativos o si escribir palabras con iota o ei; la cualidad discute si ciertas palabras deben escribirse con sigma o zeta; y la división plantea incertidumbres sobre dónde comienza una sílaba o dónde colocar consonantes dentro de un nombre. Según Sexto, estas reglas no sirven porque, en primer lugar, existe un desacuerdo eterno entre los mismos especialistas: lo que unos escriben de una manera, otros lo escriben de otra, sin llegar jamás a consenso. Y si realmente dependiéramos de tales reglas para escribir correctamente, tanto los gramáticos como la gente común vivirían en constante confusión al redactar cualquier palabra. 

Pero eso no ocurre: todos logramos escribir lo necesario sin caer en dudas paralizantes, precisamente porque no seguimos estas reglas sofisticadas, sino una práctica común y compartida, una convención general que basta para identificar cada palabra. Por eso, concluye Sexto, la ortografía científica de los gramáticos es inútil, pues no añade nada a la capacidad efectiva que ya tienen las personas para comunicarse mediante la escritura sin recurrir a disputas técnicas interminables.

Nada real cambia si escribimos un dativo con iota o sin ella, o si palabras como smilíon (“bisturí”) o Smyrna se escriben con sigma o con zeta, o si en un nombre como Aristíōn colocamos la sigma al final de la sílaba anterior o al inicio de la siguiente. Si el bisturí dejara de ser bisturí por una letra —si pasara a ser una hoz—, o si Aristíōn cambiara de identidad por mover una consonante, entonces tendría sentido preocuparse por la corrección ortográfica. Pero como la realidad referida por las palabras no depende de pequeñas variaciones gráficas, todas las discusiones de los gramáticos son, para Sexto, “vanas y estúpidas”, carentes de utilidad práctica. El objeto sigue siendo el mismo, se escriba como se escriba, y por eso la ortografía no aporta nada esencial al conocimiento ni a la vida.

Sobre el arte de la corrección

La corrección es una cuestión que sucede a menudo en el empleo de la gramática. De ahí que muchos comiencen a burlarse de aquellso que pronuncian o constryen mal las oraciones, mientras que los que tienen una buena gramática son aclamados por la claridad de sus ideas. 

Hay dos formas de corrección:

  • Analogía gramatical
  • Comunicación común

La primera queda fuera del uso común, mientras que la segunda es de uso común. 

Veamos ejemplos de la primera con la palabra Zeús. 

Los nombres cambian su forma según la función que cumplen dentro de la oración: no es lo mismo decir “Zeus” como sujeto que decir “de Zeus”, “a Zeus” o “con Zeus”. Estos cambios se llaman casos gramaticales. Los gramáticos antiguos buscaban aplicar correcciones analógicas, es decir, reglas lógicas y uniformes para que todas las palabras siguieran patrones regulares. Por eso algunos formaban los casos de Zeus como Zeós, Zeí, Zéna, intentando aplicar reglas generales, incluso si eran poco usadas por los hablantes reales. En cambio, otras personas simplemente seguían el uso común y decían Zēnós, Zēní, Zēna, que eran las formas vivas y naturales del idioma.

Entonces, parece ser que la corrección es más propio del uso común que de la analogía gramatical que pretenden los gramáticos. Si existe un arte de la corrección lingüística, entonces o tiene principios básicos, o no los tiene. Esta es una disyuntiva obligatoria. Y como ningún gramático aceptaría que su arte carece de principios —porque todo arte debe fundarse en algún principio—, deben admitir que sí los tiene. La cuestión siguiente, según Sexto, es determinar la naturaleza de esos principios: o son técnicos (propios de un arte) o son no técnicos (externos al arte).

Si los principios fueran técnicos, Sexto muestra una dificultad inmediata: todo principio técnico debe basarse en otro principio técnico previo (porque un arte se aprende mediante otro arte). Ese segundo principio exigiría un tercero, y así sucesivamente hasta el infinito. Esta regresión infinita (apò eis apeíron) destruye la posibilidad de que el arte tenga fundamentos sólidos: un arte sin principio primero no es arte, pues no posee base estable. Por tanto, el arte de la corrección no puede fundarse en principios técnicos.

Si los principios fueran no técnicos, queda solo un candidato: el uso común (ho koinós chrēsis). Esto significa que la corrección no depende de una ciencia ni de reglas formales, sino simplemente de cómo hablan los griegos en la vida cotidiana. Así, el “arte” de la corrección queda reducido a observar lo que es costumbre lingüística. Sexto concluye que el uso es el verdadero criterio de lo correcto o incorrecto, no una técnica gramatical.

Después Sexto formula una segunda investigación: existen artes auténticas (como la escultura y la pintura) y existen artes aparentes (como la astrología o la adivinación por sacrificios). Por eso se necesita un criterio para juzgar si el supuesto “arte” de la corrección pertenece al primer grupo o al segundo. Pero ese criterio, dice Sexto, será técnico o no técnico. Si es técnico y pertenece al mismo arte de la corrección, reaparece la regresión infinita: se estaría usando el arte para validar al arte mismo. Si el criterio es no técnico, solo queda de nuevo el uso común.

Ahora bien, si no es posible aprender bien griego por medio de las reglas gramáticales, entonces estas reglas deben ser naturalmente evidentes. Sin embargo, es obvio que no lo son porque de ser así todos los seres humanos sabrían griego.

Lo evidente no necesita arte ni técnica para captarse. Como no existe ese acuerdo universal sobre el griego correcto, queda demostrado que no es algo evidente.

Si lo correcto en griego no es evidente, entonces debe ser algo incierto que solo puede conocerse a través de algún criterio. Sexto entonces examina cuál podría ser ese criterio: o existe un criterio natural para distinguir lo correcto de lo incorrecto, o el criterio debe buscarse en el uso lingüístico de una persona particular o en el uso de todas las personas. Sexto dice que no hay ningún criterio natural: cuando un hablante ático considera correcto decir to tárichos (neutro: “el salazón”) y un peloponesio dice ho tárichos (masculino) y ambos lo consideran correcto, el gramático no tiene ningún fundamento natural para decidir cuál es el correcto. Solo puede remitirse al uso, pero el uso no es ni una técnica ni algo natural, sino simplemente hábito.

Luego analiza la posibilidad de tomar como criterio el habla correcta de una sola persona. Si alguien dijera: “hay que seguir a esta persona porque habla el verdadero griego correcto”, Sexto responde que esa afirmación puede ser contrarrestada diciendo: “no, mejor seguir a la mayoría antes que a uno solo”. Y si alguien intentara demostrar metódicamente que esa persona habla bien el griego, entonces lo que se convertiría en criterio no sería la persona misma, sino el método que demuestra su corrección. Por tanto, tampoco es válido tomar como criterio a un solo individuo.

Con todo lo anterior, Sexto concluye que la única opción que queda es seguir el uso de la mayoría, es decir, observar cómo hablan realmente los griegos y qué expresiones consideran correctas o incorrectas. Si ese es el criterio real y efectivo, entonces no se necesita ninguna analogía gramatical ni ningún arte de la corrección: basta observar cómo habla la gente.

Lenguaje homérico

Es más, la sustancia del análisis gramatical viene del uso común; por lo tanto, habrá que decir a los gramáticos si los fundamentos de la gramática con el uso común o no lo son. Si lo aceptan, el problema previo queda resuelto, pero si lo rechazan y dado que la analogía está fundada en el uso común como se demostró, entonces siguen acepotando el uso común como base. 

Pindarion decía:

''La analogía toma su punto de partida del uso común , todo el mundo está de acuerdo en ello; en efecto, la analogía es la consideración de lo igual y de lo desigual, y lo igual y lo desigual se toman del uso común reconocido como válido, y la poesía de Homero es 10 más antiguo y reconocido como válido, pues no ha llegado hasta nosotros ningún poema más antiguo que la poesía de aquél.''

Pero la verdad es que Pindarión no esclarece nada relevante en su pensamiento, pues de todas maneras tendremos que preguntar si Homero se sujeta del uso común o de la analogía. Por lo demás, usar el lenguaje homérico será objeto de burla por parte de los contemporáneos de Sexto. Entonces tampoco serviría como un referente. 

De hecho, esto solo demuestra que Homero se guió en el habla por aquellos hombres de su época, es decir, del lenguaje que fue de uso común en su tiempo. 

Barbarismos y solecismos

Los gramáticos definen el barbarismo como una desviación del “uso común” en una sola palabra; y definen el solecismo como una desviación en una combinación de palabras, es decir, un error sintáctico. Pero Sexto recuerda que, más arriba, él ya demostró —siguiendo su programa escéptico— que no existe tal cosa como una palabra simple ni tampoco una combinación demostrable de palabras, porque las nociones de “adición” y “sustracción” en el lenguaje son imposibles de fundamentar. Si no existe palabra simple, entonces no puede existir barbarismo; y si no existe combinación de palabras, no puede existir solecismo. Así, las dos nociones quedan anuladas usando los propios criterios técnicos que los gramáticos aceptan.

Luego agrega otro argumento aún más concreto. Si el barbarismo se define como un error en una sola palabra y el solecismo como un error en la combinación de varias, pero estos errores no se aplican a las cosas en sí mismas sino solo al uso lingüístico, ¿cómo se explicaría un error evidente como señalar a un hombre diciendo “ésta” o señalar a una mujer diciendo “éste”? Ese error no encaja ni en barbarismo (porque la palabra no es extraña o incorrecta) ni en solecismo (porque no hay una frase, sino una sola palabra). Esto muestra que la teoría gramatical no logra abarcar los errores reales del habla común y, por tanto, su sistema es inútil en la práctica.

Sexto utiliza ejemplos para rematar su punto. Palabras realmente consideradas “barbarismos” por los gramáticos —como elélythan o apelélythan, formas dialectales usadas en Alejandría— muestran que lo que se considera correcto o incorrecto no depende de una ciencia, sino del uso local y convencional. Si en un lugar esas palabras son perfectamente normales y en otro no, es absurdo pretender que haya una regla universal derivada de un arte técnico como la gramática. Con esto, Sexto demuestra que la corrección lingüística depende del uso compartido y no de principios abstractos.

Si uno se guía solo por lo “similar”, llegaría a formas que suenan correctas desde el punto de vista de la regla, pero que nadie usa realmente. Parte del ejemplo de los verbos formados sobre nombres de partes del cuerpo: si existe el verbo ἀντικνημιάζειν (antiknēmiázein, “recibir un golpe en la espinilla”), por pura analogía morfológica los gramáticos deberían aceptar también gastrízein (“recibir un golpe en el vientre”, de γαστήρ, gastḗr) y myktērízein (“recibir un golpe en la nariz”, de μυκτήρ, myktḗr). Pasa luego a otros ejemplos del mismo tipo: ἱππάζεσθαι (hippázesthai, “cabalgar”), κατακρημνίζεσθαι (katakrēmnízesthai, “despeñarse”), ἡλιάζεσθαι (hēliázesthai, “calentarse al sol”). Si seguimos estrictamente la “transformación por semejanza”, habría que multiplicar verbos de este tipo cada vez que encontremos un patrón parecido.

Pero aquí está el punto. Sexto dice que, pese a que esas formas son “correctas” según la analogía, no las usamos, precisamente porque están fuera del uso común. Lo mismo ocurre con formas verbales como λύσω (lýsō), φερήσω (pherēsō) y otras que la analogía exigiría, pero que de hecho no se emplean en el habla corriente. Es decir, la lengua real no obedece dócilmente a la regla abstracta; más bien, la regla abstracta es la que se rompe contra la práctica viva del lenguaje. Por eso Sexto concluye que, si decimos que el mejor hablante de tracio es quien habla “como hablan los tracios”, y el mejor hablante de latín es quien habla “como hablan los romanos”, entonces, coherentemente, el que habla bien griego será quien hable “como hablan los griegos”, ajustándose al uso efectivo, no a un sistema de analogías construido por los gramáticos.

Regla universal

La analogía gramatical solo puede relacionarse con el uso común de dos maneras: o bien coincide con él, o bien no coincide. Si coincide, entonces la analogía no puede ser considerada un arte técnico, porque todo aquello que está de acuerdo con lo no técnico (el uso común, to ethos) pasa a ser él mismo algo no técnico. En esa situación, lo que es “griego correcto” según la analogía será exactamente lo que ya es “correcto” según el uso común, y por tanto la analogía es prescindible: no añade nada. El hablante puede regirse únicamente por el uso sin necesidad de reglas abstractas.

Luego afirma que si, por el contrario, la analogía no coincide con el uso común, entonces es peor todavía: introducirá un modo de hablar ajeno a la costumbre, una especie de “griego bárbaro”. Esa desviación la convierte en algo completamente inútil e incluso absurdo, porque se propone como guía para hablar bien, pero produce expresiones que nadie emplea. Así, el arte de la analogía queda desacreditado tanto si coincide como si diverge del uso común.

A continuación, Sexto dirige una crítica estructural a los gramáticos: su arte se basa en principios universales que pretenden aplicar a casos particulares. Pero —dice— ese método es imposible, porque no se ha demostrado que tales principios sean realmente universales, ni conservan su supuesta universalidad cuando se pretende trasladarlos a situaciones concretas. Para demostrarlo, toma un ejemplo típico de los propios gramáticos.

Los gramáticos discuten cómo debe pronunciarse el genitivo de eumenḗs (“benévolo”). Para decidirlo, apelan a una supuesta regla universal: “Todo nombre simple terminado en -ēs y oxítono forma su genitivo con sigma: euphýēs/euphyoûs, eusebḗs/euseboûs, eukleḗs/eukleoûs… Por tanto —dicen— también eumenḗs debe decirse eumenoûs". Pero el escéptico observa que este razonamiento es circular: el que sostiene que debe decirse eumen(o)ú (sin sigma) simplemente no aceptará que la regla sea universal. Sexto muestra que el gramático da por sentado —sin probar— aquello mismo que debería demostrar.

Sexto añade un argumento epistemológico decisivo: si la regla fuera realmente universal, entonces debería haberse formulado después de revisar exhaustivamente todos los nombres particulares, para descubrir la analogía en ellos. Pero eso es imposible, porque los nombres son infinitos y el infinito no puede conocerse. Y si solo han visto algunos, no tienen ningún fundamento para afirmar que “todos” funcionan igual: lo que ocurre en un subconjunto limitado no autoriza a generalizar al total. Así, la universalidad que proclaman se desvanece por completo, y con ello la base del arte gramatical que pretenden sostener.

Por otro lado, hay quienes confirman que la analogía gramatical se confirma por el uso de la mayoría. Pero una cosa es que algo sea universal y otro que la mayoría tenga algo por verdadero. Lo universal jamás tendrá algo falso, en cambio lo de la mayoría puede fallar ocasionalmente.

El uso linguistico

Los usos lingüísticos son múltiples y contradictorios: existe un uso ateniense, otro lacedemonio, otro antiguo, otro moderno, otro propio de las aldeas y otro de la ciudad. Para reforzar esta diversidad, cita incluso a Aristófanes, quien distingue entre la forma refinada de hablar de algunos atenienses y la rusticidad de otros. Con esta enumeración, los gramáticos buscan mostrar que, dado que no existe un único “uso común”, sería necesario un criterio técnico —la analogía— para decidir cuál forma lingüística elegir.

Sexto responde de manera incisiva: si los gramáticos declaran necesaria la investigación sobre qué uso seguir, están presuponiendo la existencia de un arte de corrección lingüística, que es justamente lo que él está refutando. Además, ese supuesto “arte”, la analogía, funciona a partir de la observación de lo similar y lo disímil entre palabras y formas. Pero tanto lo similar como lo disímil se toman precisamente del uso común, no de una norma abstracta. Es decir, la analogía no inventa nada: simplemente selecciona o descarta elementos que ya provienen del habla ordinaria. Por lo tanto, si el uso cotidiano es la fuente del material que la analogía clasifica, carece de sentido afirmar que la analogía es superior al uso o que puede reemplazarlo como criterio.

Sexto entonces formula un giro argumental: si los gramáticos dicen que los usos son muchos y contradictorios, deben explicar de cuál de esos usos obtienen ellos sus «semejanzas» y «diferencias». Si escogen uno, entonces ese mismo puede ser escogido también por el escéptico sin necesidad de apelar a una técnica gramatical; si no escogen ninguno, su propia analogía queda sin fundamento. Así, cualquier respuesta que los gramáticos den para salvar su método será igualmente válida para quienes —como Sexto— sostienen que el uso común basta para hablar correctamente, sin necesidad de un arte técnico.

Sexto les recuerdaque ellos mismos definen el barbarismo como “una desviación errónea de una sola palabra respecto del uso común”. Entonces les pregunta: ¿de qué uso común hablan, si hay tantos? La pregunta busca demostrar que el concepto de “uso común” sólo puede tener sentido en relación con la práctica real de una comunidad concreta, no como un criterio técnico universal. Por eso concluye que, si la dificultad es compartida por ambos —gramáticos y escépticos—, la solución es más sencilla en su postura: basta seguir el uso práctico más estable y generalizado, sin recurrir a teorías abstractas como la analogía.

Si el uso común es desigual e inestable, entonces cualquier arte basado en él —como la analogía— también carecerá de estabilidad. Esto es esencial porque la analogía pretende establecer reglas generales y constantes basadas en similitudes; pero si esas similitudes provienen del uso popular, el cual es variable y contradictorio, las reglas no pueden ser fijas ni universales. Así, Sexto muestra que la analogía depende de algo que ella misma critica: la irregularidad del lenguaje ordinario.

Luego Sexto demuestra esta inestabilidad con ejemplos concretos. Comienza con los nombres: palabras que en nominativo son análogas o similares, en los casos oblicuos se vuelven divergentes. Cita pares como Ares, Cháres, chártēs, cuyos genitivos Áreos, Chárētos, chártou no siguen un mismo patrón. También menciona nombres como Mémnon, Théon, léon, que en genitivo producen Mémnonos, Théonos, léontos, mostrando irregularidad incluso entre palabras formalmente parecidas. Esta variedad interna del griego impide que la analogía establezca reglas universales.

El argumento se extiende a los verbos. Sexto indica que muchos verbos que parecen semejantes en el presente se comportan de manera diferente en otros tiempos: cita el par heurískei / aréskei, que forman perfectos distintos (heúrēken, arérēken). Añade verbos defectivos —formas que existen en un tiempo pero no en otro— como éktone sin éktanke. Esto prueba que la analogía verbal tampoco funciona como regla estable.

Pasa luego a los participios, donde la irregularidad es todavía más notoria. Participios como boón, sarón, noón forman genitivos boóntos, saroúntos, nooúntos, cada uno con una variación distinta. La conclusión es que ni siquiera dentro de una misma categoría morfológica se puede formular una regla única basada en la analogía.

Incluso más fuerte es el argumento con palabras que pueden funcionar como nombres propios y participios, pero que se declinan de formas distintas según su función. Así, árchon como “gobernante” forma el genitivo Árchonos, mientras que como participio se declina árchontos. Lo mismo ocurre con ménon, théon, néon, cuyos genitivos varían entre Ménonos / ménontos, Théonos / théontos, etc. Este ejemplo destruye totalmente la pretensión de la analogía: una misma forma sonora puede tener dos paradigmas distintos según el uso, lo cual no puede resolverse por reglas generales, solo por práctica lingüística.

La variación del uso impide que la analogía funcione como arte o técnica normativa. Dado que las declinaciones y conjugaciones cambian sin seguir patrones fijos, es imposible derivar una regla universal para todas. Lo que queda, entonces, es seguir los paradigmas usados por la mayoría, es decir, el uso común del idioma tal como lo hablan los griegos. Así, la analogía queda desacreditada, y la corrección lingüística depende simplemente de la convención social.

Acerca de la etimología

Sexto nos dice que algo similar se tendrá que decir de la etimología, es decir, si su corrección viene por analogía o viene por el uso común. La cuestión se resuelve del mismo modo, pero Sexto nos añade un argumento más: corrección con respecto a sus étimos, esto es, la raíz del vocablo. Por ejemplo, la palabra pedagogía viene de ''guiar niños''.

Sin embargo, si es por étimos tendremos una regresión al infinito. En el caso anterior la palabra pedagogía va a derivar a otras como paidos y paidos de otra y así. En consecuencia, como hay una regresión, no hay ciencia posible de la etimología. Ahora bien, hay palabras sin etimologías, nos dice Sexto, como por ejemplo, Almohada que se dice proskephalaion; kephale y pro no tienen etimología. Pero como estas palabras no tienen etimología, será sin etimología la palabra proskephalaion

A veces un objeto recibe dos denominaciones:

Escabel se dice hypopódion en Atenas, pero en Cos se dice chelonis. La priemra tiene etimología y la segunda no. 

Parte histórica de la gramática

Los gramáticos consideran que la gramática posee una sección llamada “histórica” (historikón), entendida como la parte encargada de manejar información dispersa: datos sobre autores, variantes textuales, relatos asociados a pasajes, anécdotas y material erudito que no encaja en las otras ramas de la disciplina. Para fundamentar su presencia dentro del arte gramatical, menciona a Taurisco, discípulo de Crates de Malo, quien dividía la crítica literaria en tres secciones: la lingüística (centrada en vocabulario y figuras), la práctica (centrada en dialectos y estilos) y la histórica (centrada en información fragmentaria que acompaña los textos). Con ello, Sexto muestra que los propios críticos antiguos intentaron incorporar la “historia” como parte del trabajo filológico, aunque de manera poco sistemática.

A continuación, Sexto menciona a Dionisio Tracio, uno de los autores más influyentes en la tradición gramatical. Dionisio elaboró una división de seis partes de la gramática, entre las cuales también incluyó lo histórico, pero lo hizo mezclando actividades que no son propiamente “partes” sino resultados o aplicaciones: lectura en voz alta con atención a la prosodia, explicación de figuras poéticas, exposición de vocablos y contenido, búsqueda de etimologías, analogía, y crítica literaria. Sexto observa que Dionisio toma elementos que pertenecen claramente a otras disciplinas —como la crítica literaria o la lectura métrica— y los eleva, arbitrariamente, al rango de “partes” autónomas de la gramática. Con este ejemplo, el escéptico muestra que la clasificación de Dionisio no es coherente, porque mezcla niveles distintos y porque transforma procedimientos particulares en secciones completas de un arte.

La manera en que Dionisio y otros definen la parte “histórica” es confusa. En efecto, lo “histórico” termina siendo una miscelánea de datos, comentarios y explicaciones que no tienen unidad ni principios propios, y que dependen enteramente del poema o del autor que se explica. Por ello, la “parte histórica” no puede ser un componente formal del arte gramatical, sino un conjunto irregular de observaciones que pertenecen más bien a la tradición erudita, no a un téchne con principios sistemáticos. Este es el punto central: el escepticismo de Sexto apunta a mostrar que lo histórico es un agregado artificial, y que su inconsistencia revela que la gramática, como arte técnico, carece de fundamentos sólidos.

Asclepíades divide la gramática en tres partes: técnica, histórica y la “gramática” propiamente tal, que se vincula con las otras dos. Asclepíades vuelve a dividir lo histórico en tres géneros: lo verdadero, lo falso y lo que “parece verdad”. Lo verdadero se refiere a hechos reales —personajes divinos o humanos, lugares, tiempos y acciones—, lo falso corresponde a mitos y ficciones, y lo que “parece verdad” incluye géneros como la comedia o el mimo, que imitan la realidad sin ser verdaderos. Esta parte histórica también incluye, según Asclepíades, glosas y explicaciones de vocabulario, proverbios y definiciones. De esta manera, Asclepíades coincide con Dionisio en que la explicación de vocablos suele ser absorbida dentro de lo histórico.

Muchos gramáticos antiguos —como Dionisio Tracio, Taurisco y Asclepíades— consideraban la “historia” como una parte de la gramática, entendiendo por “histórica” toda información contextual sobre personas, lugares, tiempos, mitos, acciones y vocablos oscuros. Sin embargo, Sexto Empírico señala que ellos mismos reconocen que esa parte es “material desorganizado” y no técnico, lo que ya debilita su pretensión: si es algo no técnico, no puede formar parte de un arte, puesto que toda parte de un arte debe ser técnica.

Luego introduce su argumento principal: si la gramática es un arte, todas sus partes deben ser técnicas; pero si la “parte histórica” es reconocida como no técnica, entonces no puede ser una parte de la gramática. Este razonamiento se apoya en una comparación: así como el médico habla técnicamente sobre lo sano o lo enfermo apoyándose en principios generales, y el músico juzga lo armónico basándose en reglas técnicas sobre acordes, el gramático, en cambio, no posee ninguna teoría técnica general que le permita hablar sobre historias o mitos. No puede, desde un principio general, decir si el hombro de Pélope era de marfil o si Heracles se quedó calvo dentro del monstruo marino; para saber eso solo puede acudir a autores que lo mencionan. Por tanto, recopilar relatos particulares no es un procedimiento técnico, sino una mera acumulación de datos.

El argumento continúa: la parte histórica incluye información sobre lugares, tiempos, personas y acciones, pero ninguna de estas áreas puede considerarse técnica. Dar datos sobre lugares —por ejemplo que Brileso y Aracinto son montes del Ática— no requiere arte alguno; lo mismo vale para las fechas —como decir que Jenófanes nació en tal Olimpíada—. Y si hablar de lugares o tiempos no es técnico, tampoco lo será hablar de personas o acciones, dado que no hay diferencia esencial entre dominar unos datos u otros. Cualquier persona mínimamente informada puede referir estas cosas sin necesidad de ser gramático.

El texto refuerza esta idea con ejemplos concretos: cualquiera puede decir que Platón antes se llamaba Aristocles, que tenía la oreja perforada, o que Pitiade —hija de Aristóteles— se casó con tres hombres distintos. Lo mismo ocurre con los detalles biográficos de médicos, filósofos o figuras menores de la historia intelectual griega. Toda esta información es, según Sexto, inútil para la gramática, pues no contribuye a ningún método técnico ni se deriva de un arte. No hay en la exposición de historias ninguna “facultad técnica” comparable a la del músico o el médico.

Los propios gramáticos quieren convertir lo histórico en una parte de la gramática. Sin embargo, ellos mismos han reconocido que la historia, entendida como recopilación de materiales dispersos, no es técnica, es decir, no pertenece a un arte con fundamentos y método. Este reconocimiento, dice Sexto, en la práctica ya los refuta: si la gramática es un arte, y sus partes deben ser todas técnicas, entonces lo histórico —por ser algo no técnico— no puede ser una parte del arte gramatical.

A partir de aquí explica por qué la historia —en el sentido gramatical antiguo— no puede ser técnica. Compara la actividad del gramático con la del médico y la del músico. El médico aplica principios técnicos para juzgar si algo es sano o enfermo; el músico, para determinar lo armónico o lo inarmónico. Pero el gramático, cuando relata episodios míticos o biográficos (como el hombro de marfil de Pélope o la calvicie de Heracles), no aplica ningún principio técnico general, sino que depende totalmente de recopilar relatos particulares en diversos autores. Y recopilar historias no es un arte, sino una labor puramente acumulativa.

Luego Sexto señala que la parte histórica incluye cosas muy distintas: relatos sobre lugares, tiempos, personas y acciones. Pero ninguna de estas tareas implica un conocimiento técnico: cualquiera puede decir que un monte está en el Ática o que un filósofo nació en cierta Olimpiada, del mismo modo que cualquiera puede repetir anécdotas biográficas. Por lo tanto, tampoco esta clase de información puede formar parte técnica de la gramática.

A continuación añade otro argumento: no puede haber un arte sobre lo infinito ni sobre lo que cambia continuamente. Pero los relatos históricos y míticos son infinitos en número, divergentes entre sí y mutables. Sexto enumera múltiples versiones contradictorias sobre la muerte de Asclepio, mostrando que los relatos no solo se multiplican sino que se transforman. Una materia que es infinita, falsa en su origen y variable no puede ser objeto de un arte técnico.

Sexto distingue luego entre historia, ficción y mito: la historia refiere hechos verdaderos; la ficción, situaciones inventadas pero parecidas a lo real; y el mito, relatos imposibles y ficticios. Dado que la gramática se ocupa en gran parte de mitos y ficciones, y que ninguna técnica puede versar sobre cosas imposibles o falsas, concluye que tampoco puede existir un arte técnico de la historia gramatical.

Los gramáticos no proporcionan ningún criterio de verdad para distinguir qué relatos son verdaderos y cuáles falsos. Sin ese criterio, no puede haber técnica alguna.

Relativa a los poetas

La poesía queda prácticamente anulada, porque depende necesariamente de las partes técnica e histórica, las cuales él ya refutó en los pasajes anteriores como inconsistentes o no-técnicas. Si esas dos partes no existen como artes verdaderas, tampoco puede sostenerse la legitimidad de una explicación literaria basada en ellas. Con ello, establece que la sección “poética” de la gramática queda debilitada desde la base, porque no tiene cimientos metodológicos válidos.

A pesar de esto, Sexto reconoce que los gramáticos confían enormemente en esta parte y la utilizan para defender que la gramática es útil para la vida y necesaria para la felicidad. Su argumento es que la poesía está llena de enseñanzas morales —“muchos apoyos de cara a la sabiduría y a una vida feliz”—, pero que sin la gramática no sería posible comprender correctamente lo que los poetas dicen. Por tanto, concluyen ellos, la gramática sería indispensable para acceder a la sabiduría contenida en los versos.

Sexto concede que la poesía ha sido efectivamente un medio de transmisión de sabiduría, ya que muchas doctrinas filosóficas antiguas nacieron de sentencias poéticas. De hecho, menciona que los filósofos solían concluir sus exhortaciones morales con versos, como si cerraran sus argumentos con un sello prestigioso. Cita, por ejemplo, el verso que exalta el valor de la virtud: «La virtud, aunque uno muera, no perece». También menciona la crítica a la avaricia: «No me hables de Riqueza; yo no venero a un dios que incluso el más canalla adquiere fácilmente». Y finalmente, la defensa de la autosuficiencia mediante Eurípides: «Pues ¿qué necesitan los mortales sino sólo dos cosas, el fruto de Deméter y el agua que vierte el manantial? Ambas están a mano y son nuestro alimento natural».

Según los gramáticos, la poesía sería útil para la vida y, en consecuencia, la gramática sería necesaria para comprenderla correctamente. Según ellos —dice Sexto— la poesía contiene enseñanzas que favorecen la sabiduría y fortalecen el carácter, por lo que la lectura correcta, apoyada en la gramática, sería indispensable para captar su sentido. Para mostrar esta idea, los gramáticos destacan que muchos filósofos han recurrido a versos poéticos para reforzar exhortaciones morales, como si los poemas ofrecieran una especie de autoridad ética superior.

El texto recoge varios ejemplos. Se cita el verso:
«La virtud, aunque uno muera, no perece»,
como prueba de que los poetas enseñan valores duraderos. También se utiliza la advertencia contra la avaricia:
«No me hables de Riqueza; yo no venero a un dios que incluso el más canalla adquiere fácilmente»,
que pone en relieve la peligrosidad moral del dinero. Luego aparece el pasaje de Eurípides que exalta la autosuficiencia:
«Pues ¿qué necesitan los mortales sino sólo dos cosas, el fruto de Deméter y el agua que vierte el manantial? Ambas están a mano y son nuestro alimento natural»,
mostrando que la simplicidad es suficiente para la vida humana.

Sexto añade algo estratégico: incluso quienes rechazan la gramática —Pirrón y Epicuro— terminan dependiendo de la poesía. De Pirrón se dice que leía a Homero de forma constante, lo cual, para los gramáticos, demostraría que la poesía requiere comprensión técnica. De Epicuro se afirma que tomó elementos centrales de su doctrina desde versos antiguos. Por ejemplo, la definición epicúrea del placer como ausencia de dolor estaría inspirada en:
«Cuando hubieron satisfecho el deseo de beber y de comer».
Del mismo modo, la célebre sentencia epicúrea «la muerte no es nada para nosotros» tendría un antecedente en Epicarmo:
«Morir o estar muerto no me afecta».
Y la idea de que los muertos no sienten estaría tomada de Homero:
«Porque enfureciéndose insulta a lo que tan sólo es ya insensible tierra».

Los gramáticos también recurren a ejemplos relacionados con la piedad y la justicia divina. Citan un pasaje del Frixo de Eurípides:
«El mortal que actuando mal cada día cree que pasa desapercibido a los dioses se equivoca malamente, y así queda en evidencia cuando Justicia tiene tiempo libre para ello»,
lo que mostraría que los poetas hablan correctamente también sobre la vida religiosa y moral de los hombres.

Los gramáticos utilizan estas pruebas incluso para resolver disputas prácticas. Así, en una controversia local en Lébedos, un gramático ganó citando un verso de Hiponacte:

«Ni comer higos secos lebedios de Camandodo»,

demostrando con la autoridad del poeta cuál era el uso correcto o la referencia adecuada en la discusión.

Además, Sexto presenta la anécdota de Sóstrato, quien, enviado por Ptolomeo ante Antígono, consigue suavizar la respuesta del rey citando unos versos: «¿He de llevar a Zeus… una respuesta tan dura…? La mente de los sensatos es flexible». La historia sirve como ejemplo de cómo la habilidad para citar poesía puede influir en una conversación política o diplomática.

A partir de estos ejemplos, Sexto analiza críticamente la pretensión de los gramáticos. Señala primero que la idea de que los «dichos sentenciosos» de los poetas constituyen la base de la filosofía y ayudan a vivir bien es una afirmación propia de los gramáticos, no una realidad demostrada. Sexto no acusa a la poesía en sí, pero distingue entre dos tipos de versos: los claros y exhortativos, que se entienden por sí mismos, y los oscuros o enigmáticos, que requieren explicaciones. Los primeros no necesitan al gramático; los segundos, por su inutilidad práctica, tampoco justifican la existencia de la gramática. Así, el supuesto beneficio moral de la poesía no prueba la utilidad de la ciencia gramatical.

Luego Sexto observa que los dichos poéticos no constituyen argumentos, sino meras afirmaciones. Una sentencia como «una resolución sabia supera a muchas manos» es solo una frase: el entendimiento humano no se convence por afirmaciones, sino por demostraciones, y estas pertenecen a la filosofía, no a la gramática. Por tanto, aunque los versos puedan contener intuiciones correctas, la gramática no es la disciplina que permite evaluar su verdad o utilidad.

Más aún, Sexto muestra que, si la gramática se alza como intérprete de versos útiles y edificantes, también debería serlo de los versos dañinos y contrarios a la virtud, que ―según él― son muchos más. Cita deliberadamente versos que exaltan la riqueza, el éxito sin escrúpulos o el abandono de los amigos, mostrando cómo la poesía también contiene mensajes destructivos. Como ambos tipos de versos carecen de demostración, las personas tienden a inclinarse hacia los peores. Esto convierte a la poesía en potencialmente nociva, y si se necesita discernir entre dichos buenos y malos, la disciplina competente no es la gramática, sino la filosofía, que sí provee criterios racionales.

Los filósofos auténticos, dice, no necesitan versos para convencer, porque su razonamiento basta por sí mismo. Quienes recurren constantemente a citas poéticas son más bien aquellos que buscan seducir o manipular a la gente común. Además, es fácil mostrar que los poetas se contradicen entre sí y “cantan lo que les viene en gana”, igual que muchos filósofos dicen cosas opuestas entre sí. Por eso, fundar la verdad en el testimonio de los poetas es poco riguroso.

Luego Sexto introduce el caso de Pirrón. Sus adversarios habían dicho: “Mira, incluso Pirrón leía a Homero; luego la poesía (y la gramática) son necesarias”. Sexto responde que Pirrón leía a Homero no como autoridad doctrinal, sino probablemente “como quien va a una comedia”: por placer, por recreación, o quizá para observar figuras retóricas y recursos estilísticos. Incluso se cuenta que escribió un poema para Alejandro Magno y recibió por ello una gran recompensa; pero todo esto no prueba que necesitara a Homero para fundamentar su filosofía. Es decir, el uso que hace Pirrón de la poesía es estético y ocasional, no filosófico ni normativo.

A continuación, Sexto defiende a Epicuro frente a la acusación de que habría “robado” sus ideas a los poetas. Sus críticos decían que la definición epicúrea de la intensidad del placer como «supresión de todo lo doloroso» sería una copia del verso homérico «Cuando hubieron satisfecho el deseo de beber y de comer». Sexto muestra que esto es falso: Homero describe una escena puntual —saciar el hambre y la sed—, mientras que Epicuro formula una definición general y sistemática del placer, válida para todos los bienes (incluidos, por ejemplo, los placeres sexuales). No es lo mismo relatar que unos comensales quedaron contentos tras comer y beber que definir conceptualmente el placer como ausencia de dolor. Ahí se ve la diferencia entre un enunciado poético concreto y una tesis filosófica general.

Algo similar pasa con la frase «la muerte no es nada para nosotros». Sexto concede que ya había sentencias parecidas en Sofrón u otros autores, pero subraya que lo decisivo en Epicuro no es “decir la frase”, sino demostrarla. Cualquiera puede repetir una máxima ingeniosa; lo filosóficamente importante es aportar el razonamiento que la sostiene. Epicuro no quiere decir que da lo mismo estar vivo o muerto; afirma que, como el bien y el mal sólo existen donde hay sensación, en el estado de insensibilidad (la muerte) ya no hay ni bien ni mal. Vivir sigue siendo preferible mientras hay sensación; la muerte es “nada” porque no se padece ni se goza en ella. Además, la idea de que los cuerpos muertos no sienten no es un descubrimiento poético: lo sabe todo el mundo, y los lamentos de una madre ante el cadáver de su hijo ya expresan que el muerto no percibe nada y que el dolor lo sufre el vivo.

Una vez dicho esto, Sexto golpea el punto clave: los propios poetas, y en particular Homero, se contradicen sobre la condición de los muertos. Por un lado se podría decir que los cadáveres son “tierra insensible”; pero por otro, en el Hades las almas se muestran sedientas de sangre, capaces de hablar y de sufrir. Habla de las ánimas que beben sangre para poder decir “verdades”, de Ticio martirizado por buitres que le devoran el hígado, de Tántalo agonizando de sed con el agua al cuello sin poder beber. Si las almas pueden sufrir sed, dolor, castigo y deseo, entonces la muerte no es simplemente “nada” para ellas. Esto muestra que la poesía no ofrece una doctrina coherente, sino imágenes cambiantes, y por tanto no puede ser tomada como fundamento seguro de una filosofía.

Después Sexto vuelve al supuesto ejemplo “favorable” a los poetas: el verso de Eurípides sobre la justicia divina —«El mortal que actuando mal cree pasar inadvertido a los dioses…»—, que los gramáticos usaban como prueba de la utilidad moral de la poesía. Sexto observa que el pueblo llano tiene proverbios que dicen exactamente lo mismo, como el refrán «Los molinos de los dioses muelen despacio, pero muelen muy fino». La única diferencia es el tipo de verso o la forma literaria; la idea es idéntica. Por tanto, no hace falta gramática especializada ni poesía trágica para acceder a esa enseñanza moral: basta el lenguaje común y la sabiduría popular.

Sexto señala que, si uno examina con cuidado, las concepciones de los poetas sobre los dioses suelen ser peores que las de la gente corriente. Cita al “filósofo de la escena” —probablemente Eurípides— que hace decir a un personaje algo como: «Oh Zeus, fundamento de la tierra, sea lo que seas: naturaleza necesaria, mente de los hombres…». Aquí Zeus aparece como una realidad oscura, ambiguamente definida, entre necesidad natural y mente humana. En lugar de ofrecer una doctrina clara, la poesía escénica exhibe dudas y vacilaciones. No sólo la gramática es inútil para la vida feliz, sino que la propia poesía, tomada como guía doctrinal, es ambigua, contradictoria y potencialmente dañina. La auténtica tarea crítica y la verdadera discriminación entre lo aceptable y lo rechazable no es obra de los gramáticos, sino de la filosofía.

Los Dioses

Sexto comienza recordando, con apoyo en Jenófanes, que Homero y Hesíodo atribuyen a los dioses “innumerables fechorías”, tales como robos, adulterios y engaños mutuos. Esta cita le sirve para introducir un punto clave: si la poesía es considerada por los gramáticos un medio de educación y de vida virtuosa, entonces hay que examinar qué imagen transmite realmente de los dioses. Y lo que muestran estos poetas —dice Sexto— es profundamente contradictorio, moralmente dudoso y, por lo tanto, inservible para formar el carácter.

A renglón seguido ofrece ejemplos directos. Primero menciona cómo Crono, a pesar de vivir en una época “feliz”, castra a su padre y devora a sus hijos, y cómo Zeus, su hijo, lo destrona y lo encierra “en lo más profundo del Tártaro”. Esto ilustra que las genealogías divinas están cargadas de acciones atroces, indignas de seres venerados como modelos de vida. Después recuerda episodios donde otros dioses conspiran contra Zeus, y este es salvado solo por la intervención de Tetis. Este cuadro, señala Sexto, es incoherente: ¿cómo puede ser modélico un dios que necesita de la ayuda de mortales o semidioses para protegerse de sus propios parientes?

El argumento se vuelve más incisivo cuando cita las quejas de Zeus sobre la violencia que soportó al ser colgado por Hera, quien le ató manos y pies con cadenas irrompibles. Sexto destaca la humillación divina descrita por los poetas, incompatible con la idea de una divinidad perfecta. Esta secuencia refuerza su punto: la poesía pinta dioses débiles, coléricos, engañados o castigados, por lo que no puede ser guía fiable de virtud.

Luego agrega la escena donde Hefesto es arrojado del cielo por la cólera de Zeus, y otra en la que Poseidón aparece con moradas oscuras y odiosas incluso para los propios dioses. También recuerda cómo Hera, tramando contra Zeus, se prepara cuidadosamente, pero aun así termina sufriendo castigos y desprecios, lo que muestra un mundo divino sujeto a pasiones indignas y enredos ridículos. Y menciona la unión adulterina de Zeus con otra mujer en el monte Ida, cuyo contacto produce flores y hierbas. Todos estos episodios, subraya Sexto, son ejemplos de mitos inmorales, contradictorios o fantásticos, que los gramáticos sin embargo consideran “útiles para la vida”.

Una vez demostrado que la poesía está llena de fábulas y contradicciones, Sexto sostiene que la gramática, al depender de esta materia, deviene inútil. Un arte que pretende enseñar rectitud, dice, no puede fundarse en narraciones tan disparatadas. Para cerrar la objeción, introduce el famoso caso de Lébedos: los gramáticos afirman que en ese litigio un verso de Hiponacte resolvió un conflicto territorial. Sexto concede que este tipo de ejemplos puede probar que el testimonio poético sirve ocasionalmente para algún beneficio cívico, pero insiste en que algo útil en una circunstancia fortuita no constituye un arte ni demuestra utilidad universal. La utilidad episódica no convierte a la gramática en necesaria para la vida.

A continuación amplía el argumento mediante una comparación: ciertos oficios —como el del zapatero o el herrero— son útiles para la ciudad, pero eso no significa que sean necesarios para la felicidad del individuo ni que todos deban convertirse en artesanos. Análogamente, incluso si la poesía aportara en ocasiones algo conveniente, de ello no se sigue que debamos convertir la gramática en una disciplina esencial. Lo útil en un contexto político no es necesariamente útil para la formación personal o la vida buena.

Menciona el episodio de Demades, capturado por Filipo de Macedonia, quien, obligado a participar en un banquete, se negó recordando que ningún hombre razonable podría disfrutar de comida o bebida antes de liberar a sus amigos presos. Con este ejemplo, Sexto muestra que la verdadera sensatez y virtud provienen del carácter moral, no de la instrucción gramatical ni del uso de versos poéticos. Así, vuelve a su tesis fundamental: la gramática no es un arte necesario para la vida ni para la felicidad, porque ni su materia (la poesía) es consistente ni su uso garantiza discernimiento moral.

Prosistas y poetas

Siendo los poetas y la gramática inútil, parece ser que los prosistas y los filósofos sí son más útiles. Esto porque los filósofos, por una parte, buscan la verdad y los poetas solo buscan el deleite que viene con la mentira. Por otro lado, así como la rgamática es inútil, lo es también la poesía, pero esta última además es dañina porque fortifica las pasiones humanas, del mismo modo que los bebedores se enloquecen las bebidas, la poesía les refuerza esta conducta. 

Ahora bien, los que apoyan la gramática dicen que ésta sirve para desentrañar lo que han dicho poetas y prosistas. 

Sin embargo, de ser así, los gramáticos deberían ser versados en todas las ciencias, pues la poesía habla sobre todas ellas. No obstante, el gramático no lo es, mal podría interpretar la poesía, e incluso ocurriría lo mismo con los textos filosóficos. No tendría más remedio que llamar ignorantes o fanfarrones a los filósofos, pero solo por no entender lo que ellos dicen, pues lo resolverían todo en clave literal y no interpretativa. En palabras del mismo Sexto:

''Los gramáticos no entienden los elementos subyacentes del lenguaje''

Así, queda entonces demostrada la inutilidad de la gramática y los gramáticos. Sexto pasará en el libro segundo a criticar a los retóricos.


Conclusión

Es interesante ver como Sexto desentraña la insuficiencia de la gramática para ser un arte, una ciencia, una disciplina como tal. En efecto, si entendemos la gramática solo como aquello dirigido al orden de las palabras, es muy probable que nos sea insuficiente. Hoy sabemos que la gramática abarca otros aspectos como son la semántica y la pragmática, quizás por las mismas razones que Sexto nos señala en esta obra. Sin duda una obra para reflexionar. 

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