miércoles, 2 de abril de 2025

Arbitrismo

Arbitrismo

¿Qué es el arbitrismo? el arbitrismo comprende una corriente de pensamiento económico nacida en España, que surge con la necesidad de reparar ciertas dificultades económicas que tenía el país entre los siglos XV y XVI.

Conocidos como ''arbitristas'' estos pensadores daban sus propuestas al rey de España para mejorar la situación. 

Etimología

La palabra arbitrista deriva del sustantivo arbitrio, del latín arbitrium, que significa "decisión", "juicio" o "voluntad". En el contexto de la España del Siglo de Oro, un arbitrio era una propuesta concreta —generalmente escrita— para solucionar los problemas del Estado, especialmente los económicos.

Contexto

Durante los siglos XVI y XVII, España se convirtió en el imperio más poderoso del mundo occidental. Sin embargo, esta hegemonía estuvo acompañada de profundas crisis internas: inflación descontrolada por la llegada de metales preciosos de América, desequilibrios fiscales, empobrecimiento del campesinado, expulsión de los moriscos, y una aristocracia improductiva.

Tras las conquistas en América y la expansión territorial en Europa bajo los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II, España se convirtió en el primer imperio global. Sin embargo, esta expansión se sostuvo en gran medida sobre la extracción masiva de metales preciosos del Nuevo Mundo, principalmente oro y plata, lo que alimentó una economía de apariencia próspera, pero estructuralmente débil.

La entrada de metales generó un fenómeno que hoy conocemos como inflación de origen externo, encareciendo los productos y debilitando el poder adquisitivo interno. La famosa frase "todo sube como la espuma" del siglo XVII se refería, en parte, a este proceso.

A diferencia de otros reinos europeos como Inglaterra u Holanda, que comenzaron a desarrollar manufacturas, España mantuvo una economía agraria y extractiva. Además, el sistema social promovía una cultura del honor basada en el ocio, despreciando el trabajo manual y elevando a la nobleza improductiva como ideal de vida. Muchos aspiraban a vivir del Estado, de rentas o de cargos en la administración colonial.

Esto llevó a un proceso de desindustrialización precoz, agravado por la importación de productos manufacturados desde el extranjero y el abandono del campo. Las ciudades crecían, pero no por industrialización, sino por burocracia y mendicidad.

La expulsión de los moriscos (1609) —una parte considerablemente trabajadora de la población rural— significó la pérdida de miles de agricultores y artesanos. A esto se sumaron las continuas guerras europeas, como las Flandes o la Guerra de los Treinta Años, que agotaban las arcas del Estado.

Además, se vivía una crisis moral y religiosa. En una sociedad fuertemente marcada por el catolicismo contrarreformista, los arbitristas también eran moralistas: veían la decadencia económica como reflejo de la decadencia espiritual y moral del reino.

El sistema de gobierno era profundamente centralista, basado en un poder absoluto de la monarquía. Sin embargo, los reyes se veían atrapados en una red de compromisos financieros: recurrían constantemente a créditos de banqueros alemanes, genoveses o flamencos, y sufrían quiebras periódicas (como en 1557, 1575 y 1596).

En este marco, el Consejo de Castilla, órgano asesor del rey, se convertía en el receptor de propuestas y proyectos. Era allí donde llegaban los memoriales de los arbitristas: diagnósticos y soluciones para recuperar la salud del cuerpo político.

Principales exponentes

Los arbitristas no fueron un grupo homogéneo ni una escuela organizada. Más bien, fue una categoría difusa de pensadores que compartían un mismo objetivo: proponer soluciones para los males del Estado español. Algunos eran juristas, otros clérigos, algunos eran cortesanos y otros hombres de letras. 

Uno de los más reconocidos fue Martín González de Cellorigo, jurista de la Chancillería de Valladolid y autor del Memorial de la política necesaria y útil restauración a la República de España (1600). En esta obra, Cellorigo denuncia la falsa prosperidad de España, basada en la abundancia de oro y plata provenientes de América, y advierte que la riqueza verdadera no reside en los metales preciosos, sino en el trabajo productivo. Critica duramente el lujo, la especulación financiera, el desprecio por el trabajo manual y la creciente ociosidad de nobles y clérigos. Propone, en cambio, una restauración de la vida económica centrada en la agricultura, el artesanado y la moderación en el consumo. Su pensamiento lo convierte en uno de los arbitristas más cercanos a un enfoque estructuralista de la crisis del imperio.

Supongamos que en Castilla se encontraban sin cultivar unas 500.000 hectáreas debido a la migración a las ciudades y la expulsión de los moriscos. Cellorigo habría propuesto distribuir parcelas de 10 hectáreas a campesinos sin tierra, beneficiando directamente a unas 50.000 familias. Si cada familia produjera anualmente unas 12 fanegas de trigo por hectárea (lo que equivale a unas 120 fanegas por parcela), el total sería de 6 millones de fanegas anuales adicionales, contribuyendo a la autosuficiencia alimentaria del reino y reduciendo la dependencia del comercio exterior.

Otro autor de peso fue Sancho de Moncada, fraile mercedario, teólogo y catedrático en la Universidad de Alcalá. En su obra Restauración política de España defendió con pasión una visión moral y religiosa de la economía. Consideraba que los males del reino tenían su raíz tanto en el mal gobierno como en la decadencia espiritual de sus habitantes. Moncada propuso limitar las importaciones, fomentar la producción nacional, controlar la inflación a través de una reforma monetaria y reducir el gasto suntuario de la corte y de la Iglesia. Su pensamiento combina elementos económicos concretos con un llamado a la regeneración moral del Estado, en una línea que mezcla escolástica tardía con principios de reforma política.

Un ejemplo concreto habría sido prohibir la importación de sedas italianas, que costaban en ese entonces entre 20 y 30 ducados la vara (aproximadamente medio metro). Si la corte y la nobleza española compraban unas 10.000 varas al año, eso equivaldría a un gasto de unos 250.000 ducados anuales enviados a Génova o Florencia. Sustituyendo esa demanda con telares locales, Moncada estimaba que podrían emplearse al menos a 2.000 tejedores en Castilla, con salarios anuales de entre 80 y 100 ducados, lo que no solo retendría la riqueza dentro del país, sino que también reduciría el desempleo urbano.

También merece destacarse a Luis Ortiz, uno de los arbitristas más tempranos, activo en la segunda mitad del siglo XVI. Su Memorial al Rey para que no salgan dineros de estos reinos de España (1558) es un texto pionero que refleja preocupaciones similares a las de los posteriores autores: evitar la fuga de capitales, fomentar la producción nacional y crear una banca estatal que pudiera independizar al imperio del crédito extranjero. Ortiz aboga por una economía cerrada y autosuficiente, basada en la idea de que el oro debe servir para enriquecer el país y no para mantener guerras o pagar deudas internacionales. Su pensamiento anticipa el proteccionismo mercantilista que caracterizaría el siglo XVII en Europa.

Imaginemos que entre 1550 y 1560, España exportó unas 2.000 toneladas de plata hacia Flandes, Italia y Alemania, tanto para pagar deudas como para comprar productos manufacturados. Ortiz habría propuesto redirigir al menos un 10% de ese flujo (unas 200 toneladas, equivalentes a unos 50 millones de maravedís) para financiar manufacturas locales. Con esa cantidad, podrían haberse fundado al menos 50 talleres textiles o de herrería en ciudades medias como Toledo, Burgos o Valladolid, cada uno empleando a entre 50 y 100 trabajadores, generando así hasta 5.000 empleos directos en sectores productivos.

En la misma línea, pero con una perspectiva más administrativa y pragmática, se encuentra Pedro Fernández Navarrete, clérigo y funcionario del Consejo de Hacienda. Su obra Conservación de Monarquías (1626) muestra un profundo conocimiento de las estructuras de poder y de los problemas financieros del Estado. Navarrete insiste en la necesidad de moderar el gasto público, evitar la corrupción, revalorizar el trabajo productivo y ordenar la vida económica con criterios de eficiencia. Propone medidas concretas como la mejora del sistema tributario, la promoción del comercio interior y la supervisión del comportamiento de la nobleza cortesana. A diferencia de otros arbitristas más utópicos, Navarrete se mueve en el terreno de las reformas factibles desde dentro de la maquinaria del Estado.

Supongamos que en 1620 el gasto de la corte ascendía a unos 1,5 millones de ducados anuales, gran parte de los cuales se destinaban a salarios de criados, banquetes, fiestas, vestuario de lujo y pensiones a nobles improductivos. Navarrete proponía reducir este gasto en al menos un 20%, lo que representaría un ahorro de 300.000 ducados por año. Esa cantidad, reasignada al mantenimiento de caminos y puentes, permitiría construir unos 1.000 kilómetros de calzada real, facilitando el comercio interior y reduciendo los costos del transporte de mercancías, con beneficios para campesinos, artesanos y comerciantes.

Aunque posterior al periodo clásico de los arbitristas, se suele mencionar también a Jerónimo de Uztáriz, autor de Teoría y práctica del comercio y marina (1742), ya en el contexto de la Ilustración. Su obra recoge muchas de las preocupaciones de los arbitristas, como la protección del comercio nacional y la necesidad de reforzar el poder naval y mercante del imperio. En él se ve una transición desde el pensamiento moralista de los arbitristas a una economía más sistemática, basada en estadísticas, tratados internacionales y el fomento de una burguesía productiva.

Calculaba que la pérdida anual por piratería en las rutas del Caribe podía ascender a unos 5 millones de reales. Si se invertía un millón de reales en navíos escoltados y flotas bien armadas, la monarquía podría reducir esas pérdidas en un 50%, ganando tanto en seguridad económica como en prestigio internacional. Además, propuso establecer consulados comerciales en puertos como Hamburgo, Londres y Ámsterdam, con un coste anual de 20.000 reales cada uno, pero que permitirían canalizar exportaciones de lana, vino y aceite hacia Europa del norte con mayor rentabilidad.

Declive

Con la muerte de Carlos II en 1700 y la llegada de los Borbones, se inicia una nueva etapa en la monarquía española. El enfoque centralista, reformista y tecnocrático de los Borbones (influenciados por el absolutismo francés) dejó atrás la figura del arbitrista independiente que enviaba memoriales al rey. En su lugar, se consolidó una administración más profesional y planificada desde el Estado.

Durante el siglo XVIII, el pensamiento económico español empezó a estar influido por las corrientes ilustradas europeas, especialmente el mercantilismo francés y, más adelante, el liberalismo económico británico. Autores como Campomanes, Jovellanos o Floridablanca adoptaron un enfoque más técnico y sistemático, dejando atrás el tono moralizante y católico de los arbitristas.

Mientras los arbitristas operaban como "outsiders" del sistema, proponiendo reformas desde fuera (en memoriales, panfletos, discursos), el siglo XVIII trajo consigo reformas impulsadas desde dentro del Estado, como las Reales Juntas de Comercio y Moneda, los ensayos de fomento agrícola y la reforma fiscal borbónica. Así, el arbitrismo se volvió innecesario como estilo de intervención.

La figura del arbitrista también sufrió un fuerte desprestigio literario e intelectual, ya desde el Siglo de Oro. Cervantes, Quevedo y otros autores ridiculizaron al arbitrista como un soñador ridículo, un obsesionado con soluciones absurdas. En el siglo XVIII, esta imagen se consolidó, y el término pasó a tener una connotación peyorativa.

Conclusión

El arbitrismo fue más que una serie de propuestas económicas: fue una expresión profunda de conciencia crítica en una sociedad en crisis. Lejos de ser meros soñadores o moralistas fuera de lugar, los arbitristas intentaron pensar soluciones concretas desde la tradición, la fe y la razón práctica, en un contexto de decadencia imperial y desorden estructural. Su legado no está en que sus arbitrios hayan sido aplicados, sino en haber formulado la pregunta fundamental que atraviesa toda reforma: ¿cómo transformar el presente sin destruir los principios que le dan sentido? En ese esfuerzo, a medio camino entre la utopía y el realismo, el arbitrismo dejó una huella singular en la historia del pensamiento político hispánico.

lunes, 31 de marzo de 2025

Bullionismo

 

Bullionismo

Antes de que el mercantilismo se consolidara como la gran doctrina económica de la Edad Moderna, el bullionismo encendió la fiebre del oro en las cortes europeas. Esta visión primitiva pero poderosa sostenía que la riqueza de una nación dependía exclusivamente de la cantidad de metales preciosos que lograra acumular, impulsando políticas centradas en exportar más de lo que se importaba y evitar a toda costa la salida de oro y plata. El bullionismo no solo marcó el inicio de una nueva forma de pensar la economía, sino que preparó el terreno para el desarrollo posterior del mercantilismo, con una lógica donde la acumulación era sinónimo de poder y supervivencia en el escenario internacional.

Etimología

La palabra "bullion" tiene sus raíces en el francés antiguo, específicamente en el término "billon", que significaba "barra de metal precioso" o "lugar donde se acuñan monedas" (es decir, una casa de moneda o ceca). Este término francés deriva de "bille", que significa "palo" o "bloque de madera", y está influenciado por el verbo "boillir", que significa "hervir", proveniente del latín "bullire". La conexión con "hervir" se relaciona con el proceso de fundición de metales. El término pasó al inglés medio alrededor del siglo XIV como "bullion", refiriéndose al oro o plata sin acuñar.

Contexto

El bullionismo surgió en la Europa de los siglos XV y XVI, en un contexto donde las naciones buscaban consolidar su poder y riqueza. Esta doctrina económica identificaba la riqueza nacional con la acumulación de metales preciosos, especialmente oro y plata. La expansión colonial y el descubrimiento de América facilitaron la llegada masiva de estos metales, particularmente a España, lo que reforzó la creencia de que la prosperidad dependía de su acumulación.

Las cifras son ilustrativas: se estima que sólo entre 1492 y 1560 se extrajeron más de 100 toneladas de oro de las Américas, pero esa cantidad fue eclipsada por la plata: hacia el año 1600, alrededor de 25.000 toneladas de plata habían sido enviadas a España en las flotas del tesoro​. De hecho, la mina del Cerro Rico de Potosí (en el Alto Perú, actual Bolivia) llegó a ser considerada la fuente de plata más rica de la historia mundial: entre los siglos XVI y XVIII aportó cerca del 80% de la oferta global de plata​ 

Este flujo masivo de riqueza mineral apuntaló la economía española y estimuló la adopción del bullionismo: al tener acceso directo a oro y plata, la Corona española buscó atesorarlos y convertirlos en moneda para financiar sus empresas imperiales (guerras en Europa, construcciones, pagos a funcionarios y mercenarios, etc.)

El origen filosófico del bullionismo también supuso una ruptura con la mentalidad medieval. En la Edad Media, bajo la influencia de la escolástica, prevalecía la idea de que la economía era un juego de suma cero limitado por consideraciones morales (se condenaba la usura y la acumulación excesiva)​.

Se señalaba el aforismo: 

''La ganancia de una nación significaba necesariamente, la pérdida de otra''

Bajo esta premisa, los estados debían competir por acaparar la mayor porción posible de metales preciosos.

Por tanto, la acumulación de metales preciosos estaba estrechamente vinculada con la seguridad y la influencia internacional de un país. Este vínculo riqueza-poder fue destacado por autores de la época: por ejemplo, el francés Jean Bodin (1530-1596) –considerado mercantilista tempranero– sostenía que la fortaleza de un príncipe dependía de sus recursos económicos y financieros, y apoyó políticas para aumentar el tesoro real​.

Igualmente, el inglés Thomas Gresham (1519-1579), famoso por la Ley de Gresham sobre moneda, fue asesor de la Corona inglesa y propugnó medidas para mantener la plata dentro del país, entendiendo que la riqueza del reino se medía en metálico​.

Otro fundamento teórico del bullionismo fue la búsqueda de una balanza comercial favorable como mecanismo para obtener metales. Aunque en su forma más primitiva el bullionismo hacía hincapié simplemente en retener oro y plata, pronto se reconoció que la forma sana de lograrlo era vender más de lo que se compraba al exterior. Si un Estado lograba un superávit comercial, la diferencia positiva se saldaría en entradas netas de oro y plata desde otros países​

De ahí que los bullionistas insistieran en fomentar las exportaciones y restringir las importaciones: el comercio exterior se concebía como una competición donde el premio era el ingreso de metálico. En la teoría mercantilista clásica se formalizó este principio, pero ya los primeros bullionistas intuían la idea.

Operación

El bullionismo operaba bajo la premisa de que la riqueza y el poder de una nación se medían por la cantidad de metales preciosos, como el oro y la plata, que poseía.

Una nación rica sería aquella que lograra acumular en su tesoro la mayor cantidad de oro y plata posible, ya fuera en forma de monedas o lingotes. De ahí deriva el propio término (del inglés bullion, lingote): la acumulación de lingotes de metales preciosos era vista como la única riqueza verdadera​.

Para lograr este objetivo, los gobiernos promovieron activamente las exportaciones de bienes y servicios, incentivando la producción nacional orientada al comercio exterior. Simultáneamente, se impusieron aranceles elevados y restricciones a las importaciones, con el propósito de minimizar la salida de metales preciosos del país y proteger las industrias locales.

Además, se implementaron leyes que prohibían la exportación de oro y plata, buscando retener y aumentar las reservas internas de estos metales. El Estado también asumió un papel central en la regulación económica, supervisando el comercio, estableciendo monopolios y controlando la producción y distribución de bienes, todo ello orientado a consolidar la riqueza nacional en forma de metales preciosos.

Esta visión justificaba prácticas proteccionistas y colonialistas, con el objetivo de asegurar un flujo constante de metales preciosos hacia la metrópoli y mantener la supremacía económica en el escenario internacional.

Exponentes

​Thomas Milles

Thomas Milles (c. 1550–1627) fue un funcionario de aduanas y escritor económico inglés, reconocido por su defensa del sistema de "staple" y sus críticas a las prácticas comerciales de su época. Nacido en Kent alrededor de 1550, Milles se desempeñó en diversos roles públicos, incluyendo misiones diplomáticas en Francia, Flandes y Escocia. En 1579, fue nombrado alguacil de Sandwich, Kent, y posteriormente ocupó el cargo de oficial de aduanas en la misma ciudad, posición que le permitió involucrarse profundamente en asuntos comerciales y económicos.

Un "staple" era un mercado designado por el gobierno donde ciertas mercancías, especialmente productos básicos como lana, cuero y estaño, debían ser obligatoriamente llevadas para su venta o exportación. Estos mercados estaban ubicados en ciudades específicas y operaban bajo estrictas regulaciones estatales, con el propósito de centralizar el comercio, facilitar la recaudación de impuestos y asegurar la calidad de los productos exportados.

Un ejemplo destacado es la ciudad de Calais, que, tras ser conquistada por Inglaterra en 1347, fue designada en 1363 como el principal puerto de "staple" para la exportación de lana y cuero. Esto significaba que toda la lana destinada al comercio exterior debía primero ser llevada a Calais, permitiendo al gobierno inglés controlar y gravar adecuadamente estas transacciones. Este sistema estuvo vigente hasta 1558, cuando Calais fue retomada por Francia.

Milles defendía la revitalización de este sistema de "staple". Argumentaba que centralizar el comercio en mercados específicos permitiría un mayor control estatal sobre las exportaciones, prevendría prácticas comerciales desleales y fortalecería la economía nacional al garantizar que los beneficios del comercio exterior se mantuvieran dentro del país.

Abogó por la implementación de un sistema de monopolio estatal en el comercio exterior de Inglaterra. Su propuesta se centraba en restringir el comercio de exportación a ciertas compañías y ciudades específicas, con el objetivo de centralizar y controlar las actividades comerciales del país. Milles consideraba que esta centralización permitiría una supervisión más efectiva de los comerciantes extranjeros y garantizaría que los beneficios del comercio internacional favorecieran directamente a la economía inglesa.

Además, Milles proponía la implementación de "estatutos de empleo" que obligarían a los comerciantes extranjeros a reinvertir en productos ingleses las ganancias obtenidas por sus ventas en Inglaterra, evitando así la salida de oro y plata del país. Criticaba duramente a los banqueros y a las compañías mercantiles reguladas, acusándolos de prácticas monopólicas que, según él, perjudicaban la economía nacional y socavaban la autoridad real.

Un ejemplo práctico: Imaginemos que en el año 1600, Inglaterra produce 10.000 fardos de lana para exportar.

Sin las propuestas de Milles, estos podrían ser vendidos y exportados libremente desde cualquier puerto del país (por ejemplo: Londres, Southampton, Liverpool), y el Estado no siempre sabría cuánta lana se vendió ni cuánto ingreso se obtuvo por ello.

Con la propuesta de Milles, solo 3 ciudades estarían autorizadas como "staple towns" para este comercio (por ejemplo: Bristol, York y Exeter).

Gerard Malynes 

Gerard de Malynes (1586–1641) fue un economista y comerciante inglés de origen flamenco, conocido por su defensa del bullionismo y su preocupación por el desequilibrio en la balanza comercial de Inglaterra. Fue una figura destacada en los debates económicos del siglo XVII, y sus ideas reflejan claramente las tensiones en torno al comercio internacional, el valor del dinero y el rol del Estado en la economía.

Malynes creía que la riqueza de un país debía medirse por la cantidad de metales preciosos que poseía, especialmente oro y plata. Para él, la pérdida de estos metales a través del comercio internacional era una amenaza directa a la economía nacional.

Malynes sostenía que los cambistas y banqueros manipulaban los tipos de cambio en perjuicio de Inglaterra. A través de transacciones internacionales, permitían la salida de metales preciosos de forma encubierta, lo que él consideraba una forma de saqueo económico. 

Proponía que el Estado debía fijar los tipos de cambio y controlar el comercio exterior para impedir el déficit de la balanza comercial. Creía que sin esta intervención, la economía quedaría en manos de intereses privados que no defendían el bien común.

El problema se puede presentar con un ejemplo práctico: Supongamos que un comerciante inglés vende lana inglesa al extranjero y gana £1.000. Con ese dinero, luego importa vino francés por £1.200Ese déficit de £200 debe pagarse con oro o plata, ya que el comerciante no tiene suficiente ingreso de exportación para cubrir su importación.

Malynes diría que el Estado está comprando más de lo que vende. Está generando una salida neta de riqueza, en su época oro/plata. Por lo tanto, El Estado debe fijar el tipo de cambio entre la libra y el euro para impedir que los comerciantes manipulen el mercado a su favor. Por ejemplo, en vez de que el euro valga £0,85 en el mercado libre, el Estado podría fijarlo a £0,90 si eso evita la salida de capital.

Si se importan más bienes de los que se exportan, se deberían imponer impuestos o cuotas para frenar las compras externas, obligando a los comerciantes a gastar dentro del paísSi un comerciante francés gana euros en Inglaterra, no puede simplemente llevarse el dinero; debe gastar ese dinero comprando productos ingleses.

Luis Ortiz

Luis Ortiz fue un economista y funcionario español del siglo XVI, consejero de Hacienda de Felipe II y una de las voces más lúcidas del pensamiento económico de su tiempo. Aunque su obra ha sido menos difundida que la de otros autores, es considerado un precursor del pensamiento económico moderno en España.

Ortiz compartía la preocupación por la salida de metales preciosos del país, como todo bullionista. Sin embargo, fue crítico con el mal uso que se hacía del oro y la plata procedentes de América. Observó que, en lugar de fomentar la producción nacional, esos metales se gastaban rápidamente en importar bienes del extranjero.

Ortiz propuso que el oro y la plata no debían ser el único fin de la economía, sino un medio para activar el trabajo, la agricultura, la manufactura y la industria dentro del país. Fue uno de los primeros en sostener que el trabajo es fuente de riqueza, adelantándose a ideas que luego recogería la economía clásica.

Recomendó políticas proteccionistas: reducir importaciones, desarrollar industrias locales y evitar la salida de dinero al extranjero. Su preocupación era que España, a pesar de ser rica en metales, se empobrecía al comprar bienes foráneos sin desarrollar su propia economía interna.

Para Ortiz, si España recibía 1.000 kilos de plata de América, y usaba 800 de esos kilos para importar telas de Flandes, especias de Asia o productos de lujo italianos, Ortiz consideraba que eso era una pérdida. En vez de fortalecer el país, se enriquecían los extranjeros.

Su solución era usar esa plata para invertir en agricultura, talleres, artesanos e industrias locales, generando empleo y riqueza sostenible dentro del reino. Entendía que la verdadera riqueza a largo plazo no podían ser sólo los metales, sino la capacidad de producir bienes (llegó a decir que “todos deben ponerse a trabajar, pues esos [oficios] constituían los verdaderos tesoros”)


Impacto del bullionismo

Las ideas bullionistas influyeron poderosamente en las políticas económicas de la Europa moderna, particularmente en el siglo XVI y comienzos del XVII. En ese periodo, reyes y ministros adoptaron medidas concretas inspiradas en la noción de que preservar y aumentar el oro y la plata era la clave del bienestar nacional. A continuación, se examina su impacto, enfocando especialmente el caso de España, pero señalando también otros ejemplos en Europa.

Portugal, poseedora de minas de oro en Brasil en el siglo XVIII, aplicó bullionismo al repatriar la mayor parte de ese oro a Lisboa (el cual, dicho sea de paso, terminó en buena parte en manos de Inglaterra a cambio de bienes manufacturados, en virtud del tratado de Methuen de 1703). Los principados italianos, aunque menos influyentes, también mostraron rasgos bullonistas: por ejemplo, en la República de Venecia se dictaban leyes contra la exportación de oro, y en Estados como los de la Iglesia se acumulaban tesoros para gastos bélicos.

En general, el impacto político del bullionismo en Europa fue impulsar un alto grado de proteccionismo económico y regulación estatal. Los gobiernos veían su misión económica primordial como acumular reservas y proteger el tesoro nacional. Esto a menudo condujo a economías cerradas, tarifas elevadas y tensiones comerciales entre países (pues cada uno buscaba superar al vecino en acopio de oro). También fomentó la carrera colonial: quien no tenía minas dentro de su territorio procuró obtener colonias que las tuvieran o, en su defecto, dominar rutas comerciales para desviar el flujo de riqueza hacia sí.

Finalmente, a nivel interno, el bullionismo influyó en las finanzas públicas: Muchos estados crearon tesoros o depósitos para emergencias (por ejemplo, reservas de oro para financiar guerras inesperadas). España mantuvo durante un tiempo un “tesoro de guerra” (que se agotó rápidamente en conflictos). Inglaterra, tras la Gloriosa Revolución, estableció el Banco de Inglaterra (1694) y aunque eso marca la transición a un sistema de crédito más moderno, inicialmente el banco garantizaba sus billetes con depósitos de oro y plata, idea heredera del bullionismo​. En Francia, antes de John Law (que introdujo papel moneda con desastrosos resultados en 1720), también se confiaba en metálico; de hecho, Law fue criticado por romper la ortodoxia metálica.

En Inglaterra, la polémica Malynes–Misselden–Mun en las décadas de 1620-1630 mostró un primer choque de visiones: Malynes (bullionista puro) fue refutado por Edward Misselden y luego por Thomas Mun, quienes reconocieron la importancia de las leyes del comercio. Misselden argumentó que si Inglaterra perdía oro era porque importaba demasiado y exportaba poco, no por conspiraciones de banqueros; Mun fue más allá y razonó que sacar oro podía ser necesario para obtener ganancias mayores (anticipando la idea de inversión de capital en el exterior para beneficios futuros).

 Así, Mun criticó la miopía de prohibir cualquier exportación de bullion y se convirtió en un precursor de una visión más liberal del comercio, aunque aún mercantilista en objetivos.

La crítica frontal y definitiva al bullionismo llegó en el siglo XVIII con los economistas fisiócratas y clásicos (liberales). Los fisiócratas franceses como François Quesnay (1694-1774) y Anne Turgot (1727-1781) rechazaban el mercantilismo en general: para ellos, la riqueza provenía de la producción (especialmente agrícola) y no del comercio o la acumulación monetaria. Abogaban por el laissez-faire y la eliminación de trabas al comercio, con lo que negaban la utilidad de amasar oro si eso implicaba restringir la economía. Turgot en particular desmontó la idea de que el dinero es la única riqueza, mostrando que es un medio de intercambio y que la prosperidad real viene del trabajo y la tierra.

Pero el crítico más famoso fue sin duda Adam Smith. En 1776, Smith publica “La Riqueza de las Naciones”, obra fundacional del liberalismo económico, donde dedica largas páginas a criticar el sistema mercantilista, al que él llamó despectivamente “sistema mercantil o sistema del comercio”. Smith argumentó que los mercantilistas confundían dinero con riqueza, una falacia según la cual acumular oro equivaldría a ser próspero​

. Por el contrario, Smith sostenía que el verdadero indicador de la riqueza de una nación era el producto anual de su tierra y trabajo, es decir, la cantidad de bienes y servicios que producía (lo que hoy llamaríamos PIB). En su análisis, el oro y la plata eran simplemente mercancías más, útiles como medio de cambio pero sin valor intrínseco superior a otros bienes​

. Criticó mordazmente las políticas bullionistas: mencionó cómo España y Portugal, a pesar de todo su afán de acumular metales, no lograron una prosperidad sostenible y vio esas políticas como ejemplos de la mala dirección de la economía por los gobiernos​

Smith también introdujo la idea de que el comercio internacional no es un juego de suma cero, refutando la creencia mercantilista: todas las naciones pueden beneficiarse del intercambio si se especializan y comercian libremente, en lugar de pensar que sólo ganando oro de los otros se progresa​.

Otro crítico importante fue el filósofo-economista David Hume, contemporáneo de Smith. Hume, en su ensayo “Of the Balance of Trade” (1742), presentó el mecanismo del flujo monetario de especie. Allí explicaba que si un país acumulaba mucho oro (por superávit comercial o conquistas), su oferta monetaria crecía, los precios internos subían, lo que hacía menos competitivas sus exportaciones y más baratas las de sus vecinos, hasta que inevitablemente el oro comenzaba a fluir hacia fuera para comprar bienes más baratos extranjeros, restaurando el equilibrio​.

 Esta teoría demostraba que tratar de atesorar indefinidamente metales era fútil, pues las fuerzas de mercado tenderían a redistribuirlos; en otras palabras, “la riqueza no se puede clavar en el suelo” – una crítica directa a la idea bullonista de retener el oro como riqueza permanente. Hume concluía que la mejor política era dejar que el comercio se autorregule, sin interferir con prohibiciones de exportar oro, ya que el oro circularía donde hiciera falta de acuerdo con la actividad económica real​.

Con estas contribuciones, el liberalismo económico clásico demolió intelectualmente los postulados bullionistas. Para finales del siglo XVIII, en Gran Bretaña y en Francia las políticas mercantilistas estaban siendo fuertemente cuestionadas (en Francia, la Revolución de 1789 eliminó el monopolio colonial y abrió la economía; en Gran Bretaña, a inicios del siglo XIX, se inició una era de librecambio desmontando las viejas leyes mercantilistas). En España, la transición fue más lenta, pero pensadores ilustrados como Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811) abogaron por la libertad de comercio y criticaron las ataduras del sistema colonial y gremial. Tras la independencia de las colonias americanas (1820s), España y otras potencias europeas se vieron obligadas a modernizar sus economías sin los influjos fáciles de metales, adoptando gradualmente políticas más liberales.

Conclusión

En resumen, el bullionismo pasó de ser una doctrina casi indiscutida en el 1600, a ser ampliamente refutada en el 1800. Sus críticos demostraron que la riqueza de las naciones no consiste sólo en lingotes, y que la obsesión por el oro podía ser perjudicial. La economía política evolucionó hacia entender conceptos como renta nacional, producción, ventaja comparativa y dinero fiduciario, todos incompatibles con la simple acumulación metalista. Sin embargo, vale señalar que ciertas prácticas bullionistas revivieron puntualmente (por ejemplo, a inicios del siglo XIX, en la llamada “controversia bullionista” en Inglaterra, economistas como Ricardo discutieron sobre el retorno al patrón oro, lo que muestra que aún se valoraba la estabilidad en metal). Incluso hoy, la idea de mantener reservas internacionales en oro sigue vigente en los bancos centrales, reflejo tardío de aquella antigua máxima. Pero el consenso actual es que el bullionismo, como teoría exclusiva, está superado: la riqueza de una economía radica en su productividad, innovación y capital humano, más que en sus cofres de oro.

domingo, 30 de marzo de 2025

Avicebrón - La mejora de las cualidades morales (1045)

Sin tener la intención de establecer un gran sistema de principios morales, el legado que nos deja Ibn Gabirol es absolutamente imprescindible. Ibn Gabirol escribió la Ética como una obra preliminar a su tratado filosófico principal, el Fons Vitae. En la Ética, analiza las facultades del alma humana, es decir, los impulsos naturales que, si se gobiernan adecuadamente, conducen a la virtud, pero si se dejan sin control, llevan al vicio. Este texto tiene un enfoque práctico y moral, basado en la experiencia humana, y busca mostrar cómo el alma puede elevarse espiritualmente mediante la autodisciplina.

LA MEJORA DE LAS CUALIDADES MORALES

PARTE I:

Capítulo I: Tratado del orgullo

Ibn Gabirol inicia su reflexión destacando el peligro de una actitud común pero mal entendida: la soberbia. Observa que incluso entre los sabios y personas virtuosas hay quienes dan demasiada importancia al orgullo, hasta convertirlo en un hábito que deforma su carácter. Esta disposición, particularmente presente en los jóvenes de temperamento ardiente, se manifiesta en formas como la vanidad, la jactancia y la arrogancia. Para Gabirol, estos rasgos están ausentes en los antiguos santos y sabios, cuyas virtudes verdaderas se oponían a tales excesos.

Como remedio, propone una reflexión sobre la fragilidad y transitoriedad de la existencia. Recordar que todos los seres están destinados a la disolución —incluyendo el propio cuerpo— lleva al alma altiva a la humildad. La soberbia, sostiene, no aporta beneficio alguno; por el contrario, aleja al individuo de la sabiduría y lo conduce al error, especialmente cuando lo lleva a rechazar el consejo ajeno. Gabirol respalda su advertencia con ejemplos bíblicos de figuras arrogantes que terminaron humilladas, como Faraón, Goliat o Nabucodonosor.

Además, advierte sobre las consecuencias sociales del orgullo. El hombre soberbio desprecia a sus compañeros, se vuelve altanero con sus familiares y actúa guiado únicamente por su juicio, creyéndose superior a los demás. Aunque algunos intentan justificar esta actitud como un impulso natural hacia la excelencia, Gabirol muestra que ese argumento encubre una pasión desordenada. Solo cuando el orgullo se transforma en firmeza de carácter orientada al bien y al servicio de Dios, puede ser considerado aceptable.

Finalmente, recurre a la sabiduría clásica, citando a Sócrates y Aristóteles, quienes también criticaban el orgullo desmedido y exaltaban la virtud del carácter. 

Sócrates: “¿De quién nunca se aparta la decepción? De aquel que busca un rango para el cual su capacidad es demasiado débil.”

Sócrates: “El que se erige como sabio será tenido por necio por los demás.”

Sócrates: “Se siente aversión por quien tiene una naturaleza malvada, tanto que los hombres huyen de él.”

Aristóteles: “Así como la belleza de la forma es una luz para el cuerpo, así la belleza del carácter es una luz para el alma.”

Aristóteles: “No muestra mucha nobleza de propósito un rey que domine sobre los hombres; y menos aún, un hombre sobre otro hombre.”

Recurre a proverbios, relatos y versos que ridiculizan la vanagloria y recuerdan la humildad propia de quien reconoce su condición mortal. Se recuerda a Ardeshir:

Se cuenta de Ardeshir, el rey, que dio un libro a un hombre que solía estar a su lado y le dijo: ‘Cuando me veas encolerizarme con violencia, dámelo’. Y en el libro estaba escrito: ‘Contrólate, pues no eres Dios; eres solo un cuerpo, una parte del cual está a punto de consumir a la otra, y en poco tiempo te convertirás en gusano, polvo y nada’.

Con ello, Ibn Gabirol invita a cultivar una humildad lúcida, consciente del límite humano, abierta al consejo y orientada a la perfección espiritual.


Capítulo II: Tratado sobre la mansedumbre

Ibn Gabirol nos dice que alcanzar este estado es una de las cosas más perfectas en el hombre. 

Gabirol elogia la humildad como una de las disposiciones más nobles del alma humana, digna de alabanza y símbolo de verdadera grandeza. Afirma que esta virtud fue propia de los profetas y sabios, quienes, a pesar de su elevada dignidad espiritual, se reconocían como “polvo y ceniza” (Génesis 18:27) o como “gusano y no hombre” (Salmo 22:7). Estas expresiones no rebajan su dignidad, sino que revelan su sabiduría y cercanía a Dios. Gabirol enseña que la humildad no solo conduce al honor y la prosperidad, sino que también facilita el logro de los fines en esta vida, como lo demuestra el caso del tercer capitán de Acazías, quien, al hablar con respeto al profeta Elías, salvó su vida (II Reyes 1:13). La conclusión es clara: la recompensa de la humildad es riqueza, honor y vida, tal como lo enseña el proverbio (Prov. 22:4).

 Relata la anécdota de un rey ilustre que, durante una reunión, se levantó para encender una lámpara por sí mismo. Al preguntarle por qué no dio la orden a un sirviente, respondió: “Como rey me levanté, y como rey vuelvo a sentarme”, mostrando así que el verdadero poder se manifiesta en la humildad. Este rey solía decir: “Toda gracia humana es envidiada, excepto la mansedumbre”.

La sabiduría oriental también respalda esta virtud. El filósofo Buzurjmihr decía que “los frutos de la humildad son el amor y la tranquilidad”. Ibn Gabirol añade que honrar al prójimo es honrarse a uno mismo, y que la verdadera humildad se expresa en gestos cotidianos: saludar primero, tratar con amabilidad a todos, y no temer descender de rango si es necesario.

Junto a la mansedumbre, el autor exalta la virtud de la contentación (satisfacción con lo que se tiene), a la que considera una forma de sabiduría. Quien posee esta virtud ya ha alcanzado una forma de superioridad. Cita el proverbio: “A quien Dios ama, lo inspira con contentamiento”, y recuerda que “el justo come hasta saciar su alma, pero el vientre del malvado tendrá necesidad” (Prov. 13:25). Para Gabirol, la verdadera riqueza no es material, sino interior: la tranquilidad, la paciencia y la conformidad con lo suficiente.

Advierte que estas virtudes no deben practicarse sin discernimiento. Aclara que no es correcto humillarse ante los malvados, ya que eso no es verdadera humildad, sino una forma de degradación. Cita el proverbio bíblico (Proverbios 25:26): “El justo que cae delante del impío es como fuente turbia y manantial corrompido”, lo que indica que someterse ante la injusticia equivale a deshonrar la virtud.

Para reforzar su argumento, Gabirol recoge sabiduría de diversas tradiciones. En los dichos de Lokman el sabio, se señala que “cuando el noble abandona el mundo, se vuelve humilde; pero el innoble, al hacerlo, se vuelve altivo”, lo que implica que la humildad verdadera surge del carácter elevado, no de la debilidad. Asimismo, cita el Libro de al-Kuti, que enseña: “Sé humilde sin arrastrarte, y viril sin ser arrogante”. Esta máxima distingue entre la humildad digna y la sumisión indigna, y afirma que la arrogancia es como un desierto, un extravío voluntario sin rumbo ni sentido.

Capítulo III

Tratado sobre la modestia

Ibn Gabirol comienza este capítulo señalando la estrecha relación entre la modestia y la inteligencia. Un sabio, al ser preguntado por el significado de la inteligencia, respondió que era la modestia, y cuando le preguntaron por la modestia, contestó que era inteligencia. Esto sugiere que ambas cualidades son inseparables y que la modestia es una manifestación de la inteligencia verdadera. Aunque se parece a la mansedumbre, la modestia tiene un rango más alto por estar vinculada directamente con la razón.

El intelecto, según el autor, es lo que distingue al ser humano del animal, ya que permite dominar los impulsos naturales y las pasiones. Gracias a él, el ser humano puede adquirir conocimiento, comprender la naturaleza de las cosas, reconocer la unidad de Dios y asemejarse moralmente a los ángeles. Por lo tanto, si la inteligencia es tan elevada, la modestia, que se le parece, también lo es. La prueba de esta relación es que no se encontrará un hombre inteligente que no sea modesto, ni un modesto que no sea inteligente.

Dado esto, Ibn Gabirol aconseja poner todos los esfuerzos en cultivar esta cualidad. La modestia debe ser preferida a los impulsos naturales y vista como superior a otras cualidades, porque gracias a ella se obtienen muchas virtudes y se ocultan los vicios. Quien es vestido por la modestia, dice el texto, verá que sus errores no son fácilmente notados por los demás. La modestia, entonces, trae dignidad, honor y aceptación ante Dios, y es fuente de guía y enseñanza espiritual, como indican los textos bíblicos citados.

El autor señala que la modestia no debe ejercerse solo en público, sino también en soledad. Se dice que la fe y la modestia son inseparables, y que una no está completa sin la otra. También se cita a poetas y sabios árabes que alaban la modestia como marca del noble, y se la asocia con la verdadera fe, en oposición a la impudencia que se relaciona con la incredulidad. Para adquirirla, uno debe rodearse de personas modestas, y se alaba al amigo que, incluso cuando es ofendido, actúa con comprensión y humildad.

Se cita una enseñanza profética que dice: “Si no tienes pudor, haz lo que quieras”, lo que indica que la ausencia de pudor abre la puerta al pecado. Un poeta señala que quien posee modestia irradia luz y piedad. Al-Fadil indica que las personas se mantienen unidas primero por la fe y luego por la modestia y la integridad. Aristóteles también elogia la modestia, señalando que ella multiplica los amigos y se refleja en los rostros de los niños castos. Pudor y vida están, incluso lingüísticamente, relacionados.

Se destaca que la modestia se mantiene incluso en la ira, y que la enemistad de un modesto es menos peligrosa que la amistad de un necio. Sin embargo, Ibn Gabirol advierte contra el uso excesivo del pudor cuando se trata de decir la verdad, promover el bien o difundir la religión. En esos casos, la modestia no debe impedir la acción. Cita el salmo: “Hablaré de tus testimonios ante los reyes y no me avergonzaré”, como ejemplo de valor virtuoso.

Finalmente, recuerda cómo Saúl, elegido por Dios como rey, se ocultó con modestia entre los utensilios, lo que fue visto como una señal de su humildad y valía. Concluye afirmando que, para los filósofos y sabios, la modestia es una de las virtudes más nobles del alma, comparable al alma misma en relación con el cuerpo. Un filósofo define la modestia como la capacidad de actuar del mejor modo posible y de preservar lo mejor en las cosas. El hombre modesto, en última instancia, alcanzará el poder.

Capítulo IV:

Tratado sobre la impudicia 

Ibn Gabirol comienza reconociendo que mientras dedicó muchas palabras a ensalzar la modestia, bastan pocas para condenar su opuesto: la impudencia. Esta cualidad, afirma, es reprobable a los ojos de Dios. Cita a Jeremías para describir a los impúdicos como personas endurecidas, incapaces de arrepentirse. Son comparados con quienes tienen el rostro más duro que una roca, lo que indica una falta total de vergüenza o autocrítica.

Luego, refuerza la crítica con un proverbio bíblico: “Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra”, lo cual sugiere que la impudencia, que suele acompañar al orgullo, conduce inevitablemente al desprecio social. Incluso si el impúdico es sabio o instruido, la gente no lo respeta ni lo toma en serio como lo haría con una persona modesta. Por eso se afirma que la sabiduría se encuentra con los humildes, no con los soberbios.

Aquel que es sabio y desea seguir el camino aceptable ante Dios debe alejar de su alma esta mala disposición. Ibn Gabirol cita otro proverbio: “Orgulloso y arrogante escarnecedor es su nombre”, lo que indica que Dios castigará al impúdico conforme a sus acciones. Esta impudencia se manifiesta también como una actitud provocadora que irrita a los demás, por lo cual merece reprensión.

Cuando esta cualidad se arraiga en el carácter de una persona, quienes conviven con ella deben corregirla con firmeza, incluso incomodándola, hasta que logre liberarse de esa disposición. Esto se vincula con otra cita: “El hombre malo endurece su rostro”, es decir, se vuelve insensible y obstinado.

Sin embargo, Ibn Gabirol introduce una matización importante: la impudencia puede ser positiva si se manifiesta como audacia en defensa de la religión, al realizar el servicio a Dios o al decir la verdad. En esos contextos, la valentía que supera la timidez es virtuosa. Pero si esa audacia se usa para oponerse a los justos o a los profetas, se convierte en pecado. Así lo demuestra una cita de Ezequiel que denuncia a los “hijos impúdicos y de corazón obstinado”.

Por último, advierte que si una persona tiene una constitución física colérica (de naturaleza biliosa) y muestra esta tendencia desde joven, debe esforzarse por contrarrestarla con su opuesto. Confíe en Dios, dice Ibn Gabirol, y con práctica podrá habituarse a evitar esta cualidad reprobable y dominarla.


PARTE II:

Capítulo II: La cualidad del amor

Ibn Gabirol inicia este capítulo señalando que el amor, o más precisamente el deseo apasionado, es casi inevitable en el ser humano. Sólo aquel cuya razón domina completamente su naturaleza podría librarse de él, y este tipo de hombre es muy raro y excepcional. El deseo, afirma, es una parte fundamental de la naturaleza humana, pero quien aspire a gobernarse a sí mismo debe rechazarlo, evitarlo y no usarlo, ya que se trata de una cualidad inferior.

El sabio no alcanza la perfección hasta que su alma somete sus pasiones. Las acciones del hombre cuyo intelecto domina sobre su deseo son dignas de alabanza. En cambio, la satisfacción de los deseos suele conducir al infortunio. Uno de los signos del hombre dominado por el deseo es la inestabilidad: cambia fácilmente, es inquieto y su habla es voluble. Esta situación se agrava cuando la persona tiene una constitución colérica, está en la juventud y en la primavera del año, momento en que los impulsos son más intensos.

Por ello, el sabio debe apartarse del deseo, ya que trae consigo desprecio, oscuridad y humillación. Ibn Gabirol recuerda el caso bíblico de Amnón, quien fue destruido por seguir ciegamente su deseo. El deseo, sostiene, debe emplearse solo en el servicio a Dios y a su ley, como lo indican los salmos que hablan del deleite en la Ley del Señor.

Una forma de alejarse del deseo es el estudio, tanto del conocimiento teórico como de la ética práctica, pues quien se dedica a la sabiduría no tiene tiempo para las pasiones. Un sabio aconseja: si te ocurre algo y no sabes a quién consultar, aléjate de aquello que despierte tu pasión, ya que el deseo es enemigo del corazón. Otro dicho afirma: quien se somete al deseo, está perdido; quien se rebela contra él, obtiene la victoria.

El deseo es atractivo para los necios por el placer inmediato que proporciona, así como por la diversión, el canto y el entretenimiento. Pero ignoran el sufrimiento que vendrá después. Se entregan al placer presente porque el gozo de la sabiduría o de servir a Dios les parece lejano. Sin embargo, dice Ibn Gabirol, ese gozo no está lejos en realidad, sino que solo lo parece desde una mente no cultivada.

Por tanto, el amor debe dirigirse hacia Dios, como ordena el Deuteronomio: “Amarás al Señor tu Dios”. También debe aplicarse al amor del alma, como en el afecto entre Jonatán y David; al amor por los parientes, como el de Jacob por Raquel; a los hijos, como el de Israel por José; a la patria, como lo expresa la nostalgia del regreso a la tierra propia; a los amigos, a la esposa y, especialmente, al amor por la sabiduría, que alegra al padre del sabio. Moralmente, este amor debe mostrarse hacia todos los hombres, ya que el beneficio genera amor así como el daño engendra odio.

Ibn Gabirol advierte también contra los deseos imposibles de alcanzar. El hombre sabio debe entrenarse para mantenerse alejado de ellos, pues solo conducen al cansancio del alma, la inquietud constante y el desasosiego prolongado. Cita a poetas que describen esta frustración: durante el día se busca el entretenimiento, pero llega la noche y se encuentra dolor. Se disfruta como reyes, pero al amanecer solo queda la pobreza.

Cuando el deseo domina el alma, los sentidos se embotan y la persona pierde conciencia, entregada por completo al placer. Esto recuerda a quienes llaman al mal “bien” y al bien “mal”. Un sabio afirma que el amor por algo nos vuelve ciegos y sordos. Otro sostiene que no se alcanza lo que se ama sin sufrir por lo que se aborrece, ni se escapa de lo que se detesta sin pasar antes por el sufrimiento causado por lo que se ama.

Este capítulo, en suma, expone una visión filosófica y ética del amor y el deseo, subrayando la necesidad de que la razón y la virtud guíen las pasiones, y que el amor se oriente hacia fines nobles, no hacia placeres pasajeros que ciegan y degradan al alma

Capítulo II: Tratado sobre el odio

Ibn Gabirol comienza este capítulo afirmando que quien odia a los demás, inevitablemente será odiado por ellos. El odio, una vez que se arraiga profundamente en el alma, acaba por destruirla, ya que puede llegar incluso a hacer que la persona deteste lo que le permite vivir, como la comida y la bebida. Además, el que odia se expone al daño de la hostilidad ajena, quedando vulnerable ante las represalias o el aislamiento.

El autor observa que cuando el amor se dirige excesivamente hacia lo que no es divino, suele transformarse en odio intenso. Cita el caso bíblico de Amnón, quien tras obtener lo que deseaba de Tamar, inmediatamente la odió con gran violencia. Esto sirve como advertencia: el amor condicionado por intereses o pasiones es inestable y puede volverse destructivo cuando desaparece la causa que lo originó.

En este sentido, Ibn Gabirol aconseja no confiar en los “consejos del enemigo”, pues como dice Proverbios, los besos del enemigo son engañosos. A partir del odio surge el resentimiento, una actitud crítica y constante que ha sido ampliamente censurada, ya que el resentido nunca se encuentra en paz, no tiene amigos, y vive siempre en una condición perturbada y miserable.

El resentido es comparado con el perezoso que ni siquiera aprovecha lo que ha cazado, como dice el proverbio: “El perezoso no asa lo que ha cazado”. Esto subraya su incapacidad de disfrutar o valorar lo que tiene, a causa de su amargura. Además, Ibn Gabirol señala que muchas personas aparentan amistad con sus palabras, pero en realidad ocultan odio en sus corazones. Por eso, advierte que no se debe confiar ni siquiera en el discurso amable de alguien, pues podría ser una trampa, como ocurrió con Joab o Ismael en las Escrituras, quienes simularon afecto antes de cometer traición.

El proverbio “quien siembra odio, cosechará remordimiento” resume bien la enseñanza del capítulo: el odio no solo es dañino para los otros, sino también para quien lo alberga. La persona odiosa es incapaz de actuar correctamente ni siquiera en asuntos personales, y con mayor razón fallará en su relación con Dios. Puede parecer que reza o actúa con piedad, pero sus pensamientos son hipócritas y falsos. Así lo describen los salmos: "Le halagaban con su boca, pero mentían con su lengua."

Ibn Gabirol recuerda una enseñanza atribuida a Sócrates, en la que advertía a sus discípulos sobre el peligro del odio en el corazón, ya que los corazones de los hombres son como espejos: lo que sientes, otros lo reflejan. Es decir, si odias, tarde o temprano serás odiado. Por eso, se dice también que así como el rostro se refleja en el agua, el corazón del hombre refleja al de su prójimo.

Finalmente, el autor considera que el odio más persistente y destructivo es el que nace de la envidia. Un poeta citado afirma que todo tipo de enemistad puede curarse, excepto la que proviene de la envidia. Para cerrar, Ibn Gabirol cita el Libro de al-Kutī, donde se dice que lo mejor que puede esperarse respecto a un enemigo es lograr que vuelva a amarte, si ello es posible. Con esta idea, propone como ideal la transformación del odio en reconciliación.

Capítulo III: Tratado de la cualidad de la compasión y la misericordia

La misericordia y la compasión son cualidades que reflejan directamente la naturaleza divina del Creador. Por lo tanto, estas virtudes se vinculan con los atributos de Dios descritos en la tradición, conocidos como los trece atributos de misericordia, entre los que se cuentan ser clemente, piadoso, lento para la ira, abundante en bondad, y perdonador de la iniquidad. El sabio, dice el autor, debe esforzarse por imitar estos atributos en su conducta diaria, tanto como le sea posible.

Así como el ser humano desea que se le trate con misericordia cuando se encuentra en necesidad o aflicción, también debe mostrarse misericordioso con quienes recurren a él. Esta cualidad es sumamente loable, y según Ibn Gabirol, Dios ha distinguido a sus siervos justos precisamente por su amor hacia la misericordia. Cita como ejemplo a José, cuando se dice que “sus entrañas se conmovieron por su hermano”, señal de su compasión genuina.

La misericordia, explica, surge naturalmente en el alma del hombre sabio e íntegro. Es fruto de la bondad y la honestidad del carácter. En este sentido, también recuerda cómo el rey Salomón exhorta a socorrer a los que están en peligro de muerte, como muestra de verdadera compasión, al decir: “Si te abstienes de liberar a los que son llevados a la muerte…”

Ibn Gabirol señala que uno de los aspectos más bellos de esta virtud, cuando se piensa en Dios, es que su misericordia se extiende a todas sus criaturas, como lo dice el salmo: “El Señor es bueno con todos, y sus misericordias están sobre todas sus obras.” Esto implica que el modelo de misericordia divina debe guiar también la conducta humana.

En apoyo a esto, el autor cita el Libro de al-Kutī, donde se exhorta a no escatimar esfuerzo en salvar a quienes enfrentan la muerte. También se condena la injusticia contra los débiles, recordando que su protector es Dios mismo, el poderoso. Quien tiene un corazón compasivo y humilde, afirma el texto, encontrará prosperidad. En cambio, quien no es misericordioso, morirá a manos de otro que tampoco lo será. Esta advertencia subraya que la misericordia no solo es una virtud espiritual, sino también una necesidad práctica para la convivencia y la protección mutua entre los seres humanos.

Capítulo IV: Tratado de la dureza del corazón

Ibn Gabirol comienza afirmando de forma categórica que la dureza de corazón no se encuentra entre los hombres justos ni entre los sabios. Esta cualidad la asocia más bien con personas cuya naturaleza es similar a la de una bestia feroz, como el león, cuya hambre nunca se sacia. Esta analogía sirve para ilustrar el carácter salvaje e insaciable de quienes actúan sin compasión, y los vincula con los pueblos descritos en Deuteronomio como “una nación de rostro fiero”, lo cual es símbolo de brutalidad y falta de humanidad.

Declara que la dureza de corazón es una cualidad completamente despreciable, sin importar su grado, ya sea leve o extremo. Esta condición, explica, surge cuando el espíritu de la ira se apodera del hombre. Es decir, no es una cualidad natural del alma racional, sino una deformación provocada por la cólera desmedida. Si bien esta dureza puede llegar a utilizarse como mecanismo para ejercer venganza contra enemigos, Ibn Gabirol aclara que el sabio no debería buscar la venganza, pues eso es indigno. Para reforzar esta idea, cita Proverbios: “No te alegres cuando caiga tu enemigo”.

El uso de la dureza de corazón para hacer daño a los demás, matar sin razón, o apoderarse de los bienes de alguien inocente, es completamente condenable. Ibn Gabirol ruega a Dios que lo libre de personas así, y recuerda un salmo que muestra cómo la protección divina libró a Israel de la furia de tales enemigos despiadados: “Nos habrían tragado vivos, cuando su ira se encendió contra nosotros”.

Luego señala que incluso cuando los malvados aparentan misericordia, esta no es más que una forma de crueldad. Cita el proverbio: “Las ternuras del impío son crueles”, para mostrar que no puede esperarse verdadera piedad de un corazón endurecido. Esta dureza es, por lo tanto, una señal inequívoca de impiedad y corrupción del alma.

Finalmente, Ibn Gabirol menciona a Platón, quien en sus leyes sobre la venganza aconsejaba que quien quiera vengarse de su enemigo debe hacerlo superándolo en excelencia. Es decir, que la verdadera “venganza” del sabio no es castigar al enemigo, sino perfeccionarse a sí mismo, actuar con virtud y elevarse por sobre la ofensa. Con esto, Ibn Gabirol concluye que la dureza de corazón no tiene cabida en el alma noble.

PARTE III:

Capítulo I: Tratado del júbilo

Ibn Gabirol comienza reconociendo que la alegría se manifiesta de manera distinta en las personas, y en algunos casos es natural. Esta forma de alegría natural se encuentra especialmente en aquellos cuya complexión es cálida y húmeda, es decir, personas sanguíneas, sanas, con esperanzas ordenadas y libres de sufrimiento o aflicción. En ellas, la alegría se expresa en un exterior saludable, una constitución robusta y una vejez que llega sin prisa. Cita Proverbios para reforzar esta idea: “Un corazón alegre es buena medicina, pero el espíritu triste seca los huesos”.

Otra forma de alegría aparece cuando se logra un deseo o se cumple un anhelo. A veces, esta alegría se muestra en una sonrisa constante y sin causa aparente. Sin embargo, Ibn Gabirol advierte que esta forma de alegría superficial muchas veces va acompañada de liviandad, de la cual se burla el Eclesiastés: “Como el crujir de los espinos bajo la olla, así es la risa del necio”. La risa sin motivo es señal de necedad, según un dicho que cita el autor.

A pesar de estas reservas, Ibn Gabirol sostiene que la verdadera alegría se encuentra sobre todo en las almas puras, justas y piadosas, aquellas destinadas al Reino Celestial. Estas almas se alegran plenamente en su estado de servicio a Dios y encuentran un gozo profundo en la adoración. Para sustentar esta visión cita el Salmo 32: “Alegraos en el Señor y regocijaos, justos; y cantad con júbilo, todos los rectos de corazón”.

Aun así, Ibn Gabirol señala que el hombre bien educado debe evitar reír excesivamente en público, ya que la risa excesiva disminuye el respeto que otros le tienen y quita el velo de la dignidad. La alegría mal encauzada puede volverse frívola. Así como la ansiedad provoca lágrimas, la alegría intensa puede producir risa. Sin embargo, estas manifestaciones pertenecen al alma animal, no al alma racional, siguiendo la línea de pensamiento de Galeno. Prueba de esto es que, a veces, el hombre ríe incluso en momentos trágicos, sin poder evitarlo.

Esto lleva a Ibn Gabirol a afirmar que el ser humano debe esforzarse por someter su alma animal a su alma racional, permitiendo que la inteligencia gobierne sobre la naturaleza. Quien logra esto se convierte en uno de los hombres excelentes. Cita a Sócrates, quien dijo que todo lo que causa alegría puede también causar tristeza, mostrando así la doble cara de los afectos humanos.

Finalmente, recuerda una enseñanza ética de Diógenes: la alegría es vida y elevación para el corazón, mientras que la tristeza es angustia y destrucción. Esta última reflexión sugiere que, aunque la alegría debe estar gobernada por la razón, es una fuerza vital indispensable para una vida plena y virtuosa.

Capítulo II: Tratado sobre la aflicción

Ibn Gabirol comienza señalando que el dolor o la tristeza profunda suele instalarse en el alma cuando no se cumplen los deseos o cuando se pierden los objetos del amor. Esta emoción puede ser tan intensa que pone al alma al borde de la muerte. Por ello, la define como una cualidad grave y destructiva: un “vivo morir”. El autor anuncia que se detendrá especialmente en este capítulo, con la esperanza de que sus palabras sirvan de consuelo espiritual, ya que —afirma— los males del alma solo se curan con remedios del espíritu.

Esta tristeza tiene una constitución fría y seca, como el humor melancólico (bilis negra), y aunque nadie puede librarse totalmente de ella, hay quienes la sufren en grado extremo, llegando a padecimientos psíquicos. Ibn Gabirol cita Proverbios: “La congoja en el corazón del hombre lo abate”, y recuerda que la tristeza es visible en el rostro, como se ve en las Escrituras: José advirtió la tristeza en los siervos de Faraón por su semblante, y el rey Artajerjes notó el rostro afligido de Nehemías aunque no estaba enfermo.

La tristeza también se manifiesta en quienes aman demasiado este mundo, marcado por la generación y la corrupción. Tales personas buscan gratificaciones sensoriales constantes; si las alcanzan y luego las pierden, caen en profunda melancolía. En cambio, quien se aleja del mundo sensible y se orienta al mundo del intelecto puede liberarse de estos males, inclinándose hacia la ética y la ley divina. Por ello, el sabio debe rechazar tanto las pasiones vulgares como la ostentación de los poderosos.

Si no se puede tener lo que se desea, aconseja el autor, hay que aprender a desear lo que se tiene. No se debe preferir una vida de tristeza constante. Así como aceptamos tratamientos dolorosos (fuego o hierro) para curar el cuerpo, también debemos enfrentar molestias para sanar el alma, con firmeza y propósito. Además, sugiere una actitud filosófica: si creemos que nunca sufriremos, estamos deseando no existir, ya que el dolor es inherente al cambio, y el cambio es esencial para la existencia.

Por tanto, quien desea evitar toda desgracia desea lo imposible, y el deseo imposible lleva al sufrimiento. Ibn Gabirol nos llama a avergonzarnos de ceder al dolor y a aspirar en cambio a la beatitud. Una estrategia es imaginar de antemano la pérdida de aquello que amamos, para que no nos golpee con tanta fuerza si llega a suceder. Así lo enseña un poeta-filósofo: el prudente anticipa sus desgracias y no se aterroriza cuando llegan, pues ya las había contemplado con la mente.

Las almas elevadas no conocen la tristeza en forma profunda, como demuestra la anécdota sobre Sócrates, a quien se le preguntó por qué nunca mostraba signos de tristeza. Respondió que no poseía nada cuya pérdida pudiera lamentar. Ibn Gabirol afirma que todo lo que crece en este mundo empieza siendo insignificante, menos la tristeza, que nace grande y se desvanece con el tiempo. Por eso, el hombre fuerte es aquel que se afirma con todas sus fuerzas en la hora de la aflicción.

Cita una historia de Alejandro Magno, quien para consolar a su madre planeó una fábula: al morir, ella debía reunir una gran ciudad para un banquete, pero prohibiendo la entrada a cualquiera que hubiera conocido una desgracia. Como nadie pudo entrar, entendió que todos sufren, y comprendió el mensaje de su hijo. Alejandro había oído a Aristóteles decir que el dolor daña y destruye el corazón. Para comprobarlo, experimentó con un animal de naturaleza cercana a la humana, y al matarlo encontró que su corazón se había disuelto por la tristeza.

Galen también enseñó que la tristeza consume el corazón, y que la aprensión es una enfermedad del alma. La tristeza se siente por lo que ya ocurrió; la aprensión, por lo que puede ocurrir. Ambas destruyen la vitalidad del hombre. Otro sabio afirma que “beber veneno es más fácil que la aprensión”. Pero incluso el llanto, cuando se produce, puede tener un efecto purificador: al llorar se expulsan humores dañinos que el cuerpo no puede absorber, especialmente en los niños.

Así, Sócrates afirmaba que las penas son enfermedades del corazón como las enfermedades del cuerpo lo son del organismo físico. Por último, Ibn Gabirol recuerda las palabras de Ptolomeo: “Quien desee vivir mucho, debe prepararse a afrontar las desgracias con un corazón paciente.” Con esto concluye que el dolor, aunque inevitable, puede ser enfrentado con sabiduría, dignidad y una disposición racional del alma.

Capítulo III: Tratado de la tranquilidad

Ibn Gabirol inicia el capítulo señalando que la tranquilidad es una cualidad digna de alabanza cuando se dirige correctamente, es decir, cuando proviene de la fe en Dios y de una confianza total en Él. No se trata de una tranquilidad pasiva o indiferente, sino de una serenidad activa y consciente, basada en la seguridad interior que da el abandono confiado en la voluntad divina. Cita el libro de los Proverbios: “Para que tu confianza esté en el Señor”, como fundamento bíblico de esta actitud.

Este tipo de tranquilidad —la que nace de la fe— es vista como una disposición noble, merecedora de bendiciones y de una gran misericordia divina. El Salmo 32 dice: “Al que confía en el Señor, lo rodea la misericordia”, mostrando así que la tranquilidad del alma que se apoya en Dios atrae el favor divino. Quien vive así, confiando en el Señor, es llamado bienaventurado, como dice Jeremías: “Bendito el varón que confía en el Señor, y cuya confianza es el Señor”.

Ibn Gabirol observa que esta cualidad es propia de los justos, aquellos que temen a Dios y viven de acuerdo con sus preceptos. Son ellos los destinatarios del mandato: “Los que teméis al Señor, confiad en el Señor”, como dice el Salmo 115. La tranquilidad espiritual, entonces, no es fruto del azar ni de la indiferencia emocional, sino el resultado de una vida orientada a lo alto, a la confianza en lo eterno y no en lo pasajero.

Destaca también cómo Dios promete esta tranquilidad a los suyos: la concede a Jacob incluso durante el sueño, como símbolo de su cuidado constante. En Isaías leemos: “No temas, Jacob, siervo mío”, lo cual refuerza la idea de que la tranquilidad se funda en la protección divina. De manera similar, el justo que confía plenamente en Dios no teme las malas noticias, porque su corazón está firme, anclado en esa confianza. Esta última idea la toma del Salmo 112: “No temerá malas noticias; su corazón está firme, confiado en el Señor.”

Con esto, Ibn Gabirol eleva la tranquilidad a la categoría de virtud espiritual: una señal de fe madura, de confianza interior y de una vida alineada con la voluntad de Dios.

Capítulo IV: Tratado de la penitencia

Ibn Gabirol abre este capítulo afirmando que la penitencia es una cualidad que surge cuando una persona abandona un estado de pecado y se arrepiente sinceramente. El arrepentimiento auténtico se manifiesta cuando alguien muestra señales claras de haber cambiado. Para que este arrepentimiento sea completo, deben cumplirse tres condiciones: tener remordimiento por el pecado cometido, pedir perdón, y comprometerse firmemente a no volver a la misma conducta.

Cita a Saadia Gaón (Saadya Alfayumi), quien enseñaba que quien se arrepiente de sus pecados pasados es como si nunca hubiese pecado. Esta visión resalta el valor positivo de la penitencia como medio de renovación moral. Sin embargo, Ibn Gabirol también advierte que hay un aspecto reprobable del remordimiento, y es cuando se asocia con la inconstancia o la debilidad de carácter: personas que dicen “sí” hoy y luego se arrepienten, o que hacen votos —como ayunar o dar limosna— y después se retractan de ellos. Este tipo de arrepentimiento no nace del alma recta, sino de la falta de reflexión previa y la falta de firmeza.

Por ello, el autor sostiene que lo razonable es evitar colocarse en situaciones que puedan llevarnos al arrepentimiento. En otras palabras, actuar con previsión, prudencia y control interior, para no tener que lamentar luego decisiones impulsivas. Aunque reconoce que no todos los hombres pueden dominar por completo sus cualidades desde el inicio, afirma que sí es posible desear y trabajar en una transformación gradual, ascendiendo desde los hábitos bajos hacia una conducta elevada y virtuosa.

La cumbre de la dicha humana, dice Ibn Gabirol, consiste en poder dominar el alma, guiarla y conducirla por el camino correcto. Quien logra someter su naturaleza a la razón se convierte en un hombre noble, su mérito se eleva y sus acciones se vuelven beneficiosas y dignas de alabanza. Así, la penitencia verdadera no solo es un acto de arrepentimiento, sino también un punto de partida hacia la excelencia moral y espiritual.

PARTE IV:

Capítulo IV: Tratado de la ira

Ibn Gabirol comienza reconociendo que, aunque la ira es una fuerza propia del alma animal, se la puede considerar como una cualidad humana debido a su relación con otras pasiones y conductas. Afirma que, como sucede con todas las cualidades del alma, incluso las más censurables pueden tener un uso provechoso en ciertas circunstancias. De la misma forma en que el silencio es bueno pero puede ser perjudicial si se guarda frente a la necedad, la ira también puede ser útil si se expresa, por ejemplo, para corregir el mal o indignarse por la injusticia.

Sin embargo, el sabio debe evitar los extremos: ni entregarse al desenfreno colérico ni reprimir completamente cualquier reacción. Debe buscar el punto medio, siguiendo el camino de la moderación, como enseñaban Aristóteles y Galeno. Galeno decía que la ira y el enojo son términos equivalentes, y que la cólera descontrolada afecta el cuerpo con fiebre, palpitaciones y tensión. También señalaba que la verdadera dignidad se manifiesta cuando uno se enoja con reflexión, y no impulsivamente, pues quien se deja llevar fácilmente por la ira se aproxima a la locura.

Ibn Gabirol menciona una enseñanza del Libro de al-Kutī: el hombre colérico jamás es verdaderamente feliz. Luego clasifica a las personas según su disposición hacia la ira. Existen cuatro tipos: el que se enoja rápido pero se calma rápido (una disposición equilibrada); el que se enoja lento y se calma lento (también equilibrado); el que se enoja rápido y se calma lento (el peor de todos, pues no tiene control); y finalmente, el más virtuoso: el que se enoja lentamente y se calma con facilidad. Este último representa el ideal del sabio, que apenas muestra señales de ira y tiene el alma en paz.

Los que dominan su ira son descritos como nobles y elevados, y cita el proverbio: “El que tarda en airarse es mejor que el valiente.” Incluso, la lentitud para la ira es uno de los atributos divinos, como se menciona en Éxodo 34:6, donde Dios es descrito como “lento para la ira”. La ira, entonces, es vista como una enfermedad del alma, así como la sarna lo es del cuerpo. El hombre moral no debe encolerizarse con frecuencia, ya que la ira lo lleva a cargas innecesarias, como enseña Proverbios: “El hombre iracundo cargará con su castigo.”

El Eclesiastés también desaconseja la ira impetuosa, pues “el enojo reposa en el seno de los necios.” De hecho, quien se deja llevar por la ira merece ser llamado necio. La ira violenta suele conducir al pecado grave y a la transgresión, como dice otro proverbio: “El hombre iracundo multiplica las ofensas.” En ese estado, muchos no miden las consecuencias de sus actos, como enseña Proverbios: “El necio da rienda suelta a toda su ira, pero el sabio la reprime.”

Cita también una enseñanza rabínica: quien desgarra sus vestiduras en un arranque de ira es como un idólatra, ya que ha perdido el control de sí mismo. El hombre superior no debe dejarse arrastrar por la cólera violenta, pues esto lo asemeja a las bestias salvajes. Tampoco debe ser tan apático que nunca se enoje, pues eso sería propio de niños pequeños. Lo correcto es adoptar una postura intermedia, dominada por la razón.

Ibn Gabirol concluye señalando que el perfeccionamiento del hombre ocurre cuando la razón domina la ira. Cita Proverbios nuevamente: “La prudencia del hombre detiene su ira.” Finalmente, recuerda una máxima de Ptolomeo: “Cuando te llenes de ira, perdona, porque si no cedes, la venganza será señal de debilidad.” Así, la capacidad de controlar la ira no solo es una virtud moral, sino una expresión de fortaleza interior y sabiduría verdadera.

Capítulo II: Tratado de la cualidad de la benevolencia

Ibn Gabirol comienza señalando que la buena voluntad es una cualidad muy loable, pero rara. Suele encontrarse únicamente en personas de alma noble, aquellas que aceptan las cosas tal como vienen, sin aspirar constantemente a algo mejor o sin quejarse de su situación. Esta disposición está estrechamente ligada con la satisfacción interior o contentamiento, una virtud que Ibn Gabirol ya había tratado en el primer libro, al hablar de la mansedumbre. La aceptación del destino, sin resentimiento ni codicia, es, para él, un signo de grandeza espiritual.

El justo que muestra buena disposición hacia los demás y es correspondido por ellos, dice el autor, cuenta con el favor de Dios. Más aún, incluso sus enemigos llegarán a estar en paz con él. Para sostener esta afirmación, cita Proverbios: “Cuando los caminos del hombre son agradables a Dios, aun a sus enemigos hace estar en paz con él.” Ejemplos de esto son la relación entre Abimelec y Abraham, y el modo en que Dios concedía paz a sus siervos fieles.

La buena voluntad también se asocia con la vida y la prosperidad, tanto en las relaciones humanas como en las bendiciones divinas. Cita otro proverbio: “En la luz del rostro del rey hay vida; y su favor es como nube de lluvia tardía.” La aprobación del poderoso —sea un rey o Dios mismo— se manifiesta como fuente de bienestar. Así lo vemos en las historias bíblicas: Faraón mostró buena voluntad hacia José, elevándolo al poder; y Asuero hizo lo mismo con Mardoqueo.

A partir de esto, Ibn Gabirol sugiere que si los hombres tratan así a quienes gozan de su favor, cuánto más lo hará Dios con quienes son agradables a Él. Cita Isaías para reforzar la idea de que Dios guía y favorece a los que están en su camino: “Yo soy el Señor tu Dios, que te enseña lo que te conviene, que te encamina por el camino que debes seguir.”

Introduce entonces una reflexión ética: “Quien está contento es rico; quien es obediente es feliz; quien se rebela, está triste.” Esta enseñanza relaciona el estado interior del alma con su actitud ante la vida: la riqueza no está en poseer, sino en la conformidad; la felicidad no está en el poder, sino en la obediencia sabia; la tristeza proviene del rechazo constante de la realidad. También recuerda un dicho: quien no se contenta voluntariamente con su condición, terminará resignándose a ella por necesidad, sin opción.

De esta actitud de buena voluntad derivan otras virtudes: la paciencia y el perdón, que son atributos tanto de Dios como de los sabios. Ibn Gabirol cita un verso de un poeta que reflexiona sobre el perdón fraterno: si no perdonara las faltas de sus hermanos, ¿dónde estaría su superioridad? Si se apartara de todos por sus errores, quedaría solo, sin compañía. El mensaje es claro: la verdadera grandeza está en la misericordia y en la capacidad de permanecer unido a los demás, incluso ante el daño.

El capítulo termina con una historia ilustrativa: un rey, airado con un grupo de hombres, ordena matarlos. Uno de ellos, reconociendo su culpa, apela a la bondad del rey y le pregunta si no mostrará su grandeza perdonando. El rey, tocado por la súplica, se arrepiente y les perdona la vida. Con este relato, Ibn Gabirol enfatiza que la buena voluntad, expresada como clemencia, es una manifestación de nobleza superior, tanto en el rey como en todo ser humano.

Capítulo III: Tratado sobre la envidia

La envidia, según Ibn Gabirol, surge como una prolongación de la ira y está presente en la mayoría de los seres humanos. No se trata simplemente de un deseo de tener lo que el otro posee, sino de una inquietud profunda que nace al ver el éxito o las posesiones ajenas. Esta inclinación lleva al hombre a imitar, incluso sin necesidad, aquello que ve en los demás: si su vecino adquiere algún bien, él también lo desea, aunque pudiera prescindir de ello. Este impulso competitivo, si no se modera, puede tornarse destructivo.

El autor recomienda no aferrarse a esos deseos ni prolongar el esfuerzo por conseguir lo que otro tiene. Cita el Eclesiastés para ilustrar que incluso las obras más justas suelen ser motivadas por la envidia del prójimo: una crítica velada a la motivación egoísta detrás de ciertas acciones aparentemente virtuosas. La persona dominada por esta pasión es censurable, pues la envidia conduce a la violencia, como advierte el profeta Miqueas: “Codician campos y los arrebatan.”

Más allá del daño social, Ibn Gabirol describe los efectos interiores de la envidia: fatiga del espíritu, tristeza persistente, insomnio, odio acumulado, y una preocupación constante que consume al alma. Además, advierte que quien envidia a los impíos por sus placeres está mal dirigido; el verdadero celo debe emplearse únicamente en el servicio a Dios, como lo hizo Finees, quien fue recompensado con la “alianza de paz” por su fervor piadoso.

También se refiere a la hipocresía que caracteriza al envidioso: se muestra cordial en presencia del otro, pero lo detesta en su ausencia. Aunque se disfrace de amistad, su intención es hostil. Por eso se ha dicho que el envidioso fue creado solo para enfadarse, y que su mayor tormento es ver la alegría de los demás.

Ibn Gabirol no propone evitar la envidia a toda costa, sino más bien transformarla. Anima al lector a elevarse a un nivel tal de virtud y excelencia que justifique ser envidiado. Termina citando un poema donde se afirma que ser envidiado es señal de valor, pues sólo se envidia lo que brilla: la paciencia, el saber, la nobleza y la generosidad. En vez de temer la envidia, uno debería preocuparse si nadie tiene razones para envidiarlo.

Capítulo IV: Tratado sobre la vigilancia o la lucidez del espíritu

Para comprender esta cualidad, Ibn Gabirol parte de su origen fisiológico: la asocia con la bilis amarilla, es decir, con un temperamento activo, determinado y energético. Sostiene que esta vigilancia interior se manifiesta especialmente en almas puras y nobles, libres de otras pasiones degradantes y de la tristeza. Lejos de ser una cualidad común, es un signo de excelencia espiritual y mental.

La lucidez o atención vigilante es altamente valiosa, particularmente cuando se aplica al estudio, al trabajo artístico, a la ciencia o a los asuntos espirituales. Proverbios la alaba con la expresión: “El bien del hombre diligente es precioso”, lo que para Ibn Gabirol significa que esta virtud es una de las más elevadas, tanto para esta vida como para la futura. El hombre vigilante aspira no solo al conocimiento y al servicio recto, sino también a alcanzar el mundo del intelecto.

En contraste, critica con dureza la debilidad de carácter y la pereza, que conducen a la pérdida del alma y del sentido. Así lo expresa el proverbio: “Si desmayas en el día de la angustia, tu fuerza es poca.” También evoca la imagen del cazador perezoso que ni siquiera cocina su presa, símbolo de quienes, teniendo medios, no los usan por falta de energía. Este tipo de abandono ya había sido asociado por Ibn Gabirol con el odio, en capítulos anteriores.

La diligencia y la prontitud en los asuntos importantes son signo de sabiduría práctica. “La mano de los diligentes gobernará”, recuerda, citando otro proverbio. El poeta también lo resume con una bella frase: “Cuando el alma se eleva demasiado en su ambición, el cuerpo se fatiga.” Así, advierte contra la desconexión entre deseo espiritual y capacidad física: la lucidez debe ser equilibrada y realista.

Ibn Gabirol advierte también sobre los efectos físicos de la pereza: cuando el cuerpo no se mueve y los vapores no se disipan, ascienden al cerebro, generando letargo. Esto afecta tanto al cuerpo como al alma. El Libro de al-Kutī resume esta idea con una imagen agrícola: quien cultiva su tierra con empeño, será recompensado con pan. La enseñanza es clara: el esfuerzo consciente tiene fruto.

Eso sí, advierte que esta vigilancia no debe confundirse con impulsividad. La rapidez irreflexiva es dañina y peligrosa. El sabio no actúa con apresuramiento, pues este conduce al fracaso. Ibn Gabirol cita: “Quien es apresurado, cae. El prudente, en cambio, alcanza su objetivo.” La verdadera lucidez, entonces, no consiste en moverse rápido, sino en tener la atención despierta y actuar con medida.

La lucidez virtuosa no debe manifestarse en pasiones como el deseo o la ira, donde suele transformarse en impaciencia o precipitación. Allí se vuelve una desviación. Su lugar natural es en los asuntos del espíritu, de la ley, de la ética. Quien guía sus acciones con vigilancia y claridad interior está en camino de éxito; quien cae en la dejadez, se aproxima al fracaso.

El capítulo cierra con una frase poética que sintetiza su enseñanza: “Las almas puras y nobles están despiertas, vigilantes y lúcidas; las torpes y bajas, adormecidas y oscuras.” Así, Ibn Gabirol presenta la vigilancia como una forma elevada de vivir con propósito, atención y dirección interior.

PARTE V:

Capítulo I: Tratado sobre la liberalidad (generosidad)

La generosidad, dice Ibn Gabirol, es una virtud loable siempre que se ejerza con moderación, sin caer en la prodigalidad o el despilfarro. Se trata de una disposición del alma que debe cultivarse como contrapeso a su opuesto, la avaricia, que nunca ha sido celebrada por los sabios ni por los grandes hombres. Ningún alma noble, afirma el autor, consideraría digna la tacañería. En cambio, la generosidad ha sido exaltada repetidamente en las Escrituras y en la sabiduría de los sabios.

Uno de los efectos más notables de esta virtud es que abre puertas en esta vida y también prepara al alma para la vida futura. Ibn Gabirol cita Proverbios: “El regalo del hombre le abre camino y lo lleva ante los grandes”, ilustrando cómo los dones generosos ganan el favor incluso de reyes, como lo prueban los casos de Ben-Hadad y Tiglat-pileser. En el plano espiritual, el dar se convierte en un acto de servicio a Dios, como enseña Isaías: “Por tanto, le daré parte con los grandes”, refiriéndose al mérito de quien se entrega por otros.

El modelo bíblico por excelencia de generosidad es Abraham, en quien esta virtud fue tan destacada que se convirtió en parte de su identidad espiritual. De ahí el versículo del salmo: “Se reunirán los nobles de los pueblos, el pueblo del Dios de Abraham”, lo que Ibn Gabirol interpreta como alabanza a su generosidad. A través de ella, el hombre gana estima, honra y afecto entre sus semejantes, como indica Proverbios: “Todo hombre es amigo del que da dones.”

Un poeta citado por el autor lo expresa bellamente: quien se acerca a un generoso lo encontrará tan dispuesto a dar que parecerá que recibe en lugar de entregar. Aun si solo tuviera su vida, el generoso estaría dispuesto a ofrecerla. Esta generosidad no solo es virtud, es también una demostración del temor de Dios y del verdadero valor del alma.

Ahora bien, Ibn Gabirol también señala los peligros de desvirtuar esta cualidad: cuando se gasta sin sentido, solo por placer o para satisfacer deseos desordenados, se cae en el derroche, y eso no pertenece al sabio. El regalo dado en el momento y lugar adecuados es un tesoro que no se pierde, sino que permanece en el tiempo. Así lo enseña el Eclesiastés: “Echa tu pan sobre las aguas, porque después de muchos días lo hallarás.” Es una exhortación a sembrar generosidad, confiando en que dará fruto.

En una frase poética, Ibn Gabirol resume la enseñanza: “Siembra generosidad en el campo de los dones, y cosecharás obras nobles.” La generosidad, lejos de empobrecer, enriquece. El que da no carece, sino que ve multiplicado su bien, como afirma Proverbios: “El que da al pobre no tendrá necesidad.” El salmista también lo confirma: “Reparte, da a los pobres; su justicia permanece para siempre.”

El autor va más allá y dice que dar es como prestarle a Dios mismo, citando Proverbios: “El que se apiada del pobre, a Dios presta.” Incluso recomienda dar no solo a los dignos, sino también a los indignos, porque si el otro no lo merece, quien da demuestra su propia nobleza. Esta idea refuerza que el acto de dar transforma al dador.

Finalmente, Ibn Gabirol trae una enseñanza del Libro de al-Kutī sobre la importancia de actuar con firmeza y reflexión. No se debe prometer apresuradamente lo que no se podrá cumplir. Es mejor actuar sin prometer que prometer y fallar. La acción debe ir acompañada de verdad y justicia. La generosidad, así concebida, no es solo dar, sino saber cuándo, cómo y por qué se da, y hacerlo con integridad y sabiduría.


Capítulo II: Tratado sobre la avaricia o mezquindad

Ibn Gabirol comienza su crítica con contundencia: entre los muchos defectos del alma, la avaricia es uno de los más aborrecibles. A diferencia del derrochador, que al menos obtiene placer y reconocimiento por su generosidad excesiva, el avaro no consigue ni placer ni buena reputación. Solo acumula bienes sin gozo y con la censura generalizada de los demás. Por eso, afirma que el hombre noble debe alejarse de esta cualidad en toda circunstancia.

El sabio señala que ni la virtud ni la hombría se armonizan con el ansia desmedida de riqueza. Quien vive dominado por la avaricia puede despedirse de una buena reputación y de un legado respetable. Cita Isaías: “El vil nunca más será llamado generoso, ni el mezquino será llamado noble”, y evoca la historia de Naval, el avaro del desierto de Maón, quien se negó a ayudar a David y sus hombres, y recibió castigo por ello.

No obstante, Ibn Gabirol reconoce que hay un aspecto útil en esta disposición: el avaro conserva su patrimonio y evita el despilfarro. Esta precaución, sin embargo, debe mantenerse en equilibrio. Si se exagera, se convierte en codicia, y esta tampoco es una cualidad de los sabios ni de los nobles. La moderación, una vez más, es la clave.

Trae a colación un proverbio: “El que retiene el grano, será maldecido por el pueblo; pero bendición vendrá sobre la cabeza del que lo vende.” Aunque en apariencia habla de comercio y caridad, el autor nos invita a una lectura más profunda: el grano simboliza el conocimiento. Así como quien comparte sus bienes materiales merece bendición, también lo merece quien reparte su sabiduría.

La enseñanza aquí es clara: el saber no se agota al compartirlo, de la misma manera en que una llama no se apaga al encender otra. Por tanto, el sabio no debe ser avaro en enseñar o instruir. Esta interpretación remite a una concepción espiritual del compartir, en que el bien intangible —el conocimiento— es aún más valioso que el material.

Finalmente, Ibn Gabirol ofrece un consejo práctico para superar la mezquindad: comenzar con gestos de generosidad hacia los más cercanos —familiares y amigos— hasta adquirir el hábito de la benevolencia. Con el tiempo, esta práctica conducirá naturalmente a la generosidad hacia los extraños. Así, el alma se entrena para preferir la virtud de dar por encima del miedo a perder.

Capítulo III: Tratado sobre el valor

Ibn Gabirol comienza analizando el fundamento físico de la valentía: suele hallarse en aquellos cuyo temperamento sanguíneo predomina, es decir, personas vigorosas, de gran corazón y fuerza física. Si a estas cualidades naturales se suma el dominio del arte de la guerra, es probable que estemos ante un verdadero hombre valeroso. Ahora bien, esta virtud solo es digna de alabanza cuando se manifiesta con equilibrio, en función del deber y la protección ante el peligro.

Si el valor se desborda y se mezcla con la necedad, deja de ser virtud y se convierte en temeridad. Así, quien se lanza imprudentemente a situaciones de riesgo sin justificación se aleja del ideal del sabio. Por eso cita el proverbio: “Dichoso el hombre que siempre teme, pero el que endurece su corazón caerá en el mal.” El temor aquí se interpreta como prudencia, no cobardía.

El texto bíblico proporciona múltiples ejemplos de hombres de valor reconocidos por signos celestiales y por sus actos: Josué, Gedeón, Sansón, Saúl, David, Jonatán, Joab y Abner. Todos fueron elogiados por su fuerza y coraje. En contraposición, otros personajes (que se examinarán en el siguiente capítulo) mostraron cobardía y no recibieron alabanza. El valor, por tanto, es una cualidad visible en la historia sagrada, pero solo es admirable cuando se pone al servicio de Dios.

Moisés y Finees ilustran esta idea: el primero llamó a los levitas a ejecutar juicio con la espada en nombre de Dios; el segundo, con su jabalina, detuvo la transgresión del pueblo. En ambos casos, el valor no fue brutalidad, sino celo sagrado. Esta clase de coraje es la que Ibn Gabirol ve como propia de las almas elevadas.

La paciencia ante el peligro es inseparable de la verdadera valentía. Un poema lo expresa así: “Vino un día cuyo calor era intenso, aunque no había fuego, y sin embargo actuaron como si lo hubiera. Pero nosotros soportamos hasta que el día terminó.” El mensaje es claro: solo la constancia trae consigo la victoria sobre el sufrimiento y la adversidad.

Otra máxima recuerda que a veces solo al afrontar la muerte se encuentra la vida: “Desea la muerte, y se te concederá la vida.” Este tipo de paradoja señala que el valor consiste, no en huir, sino en enfrentar lo inevitable con dignidad. De hecho, en la tradición árabe, el valiente era llamado “seguro”, no por evitar el peligro, sino por dominarlo.

Por tanto, el noble no debe ser insensato ni cobarde. Su camino está en el medio: firme, prudente, con dirección. Uno de los filósofos citados define el punto más alto del valor como “la fuerza y la perseverancia frente a aquello que detestas”. No hay lugar aquí para la vanidad ni la necedad; tampoco para la paciencia vacía que lleva al desgano. Quien persevera en lo justo, quien vence sus pasiones, quien prefiere morir dignamente antes que vivir indignamente, ha comprendido la verdadera naturaleza del valor.

Al final del capítulo, Ibn Gabirol cita el Libro de al-Kutī, que resume la enseñanza con precisión: “El valor es la naturaleza del alma noble, correspondiente a la fuerza del cuerpo.” Así, la valentía no es solo fuerza física, sino el reflejo de una grandeza interior que actúa con sentido, propósito y conciencia del bien.

Capítulo IV: Tratado sobre la cobardía

La cobardía es presentada por Ibn Gabirol como una de las cualidades más despreciables. Suele encontrarse en almas abatidas, pequeñas, sin vigor, pobres en ánimo y carentes de nobleza. El sabio debe evitarla activamente, ya que no aporta ningún beneficio: ni honor, ni seguridad, ni virtud. Por el contrario, acarrea desprestigio, mala fama y la pérdida del respeto de los demás. Una persona de alma elevada no debe permitir que esta disposición eche raíces en su carácter.

Uno de los frutos de la cobardía es la pereza, tema que Ibn Gabirol ya trató anteriormente. Retoma un versículo de Proverbios para ilustrar la ignominia del perezoso: “El perezoso mete su mano en el plato, pero no quiere llevarla a su boca.” Esta imagen refleja el extremo de la dejadez: ni siquiera tiene voluntad para alimentarse a sí mismo. El cobarde perezoso siempre encuentra excusas: teme viajar por los ladrones, teme comerciar por las pérdidas, teme ayunar por enfermar, y teme dar limosna por empobrecerse.

Así, el miedo paraliza toda acción, hasta el punto de convertir la vida en una existencia inmóvil. Como dice otro proverbio: “Como la puerta gira sobre sus goznes, así el perezoso en su cama.” Este tipo de persona teme incluso que su destino le alcance antes de tiempo, como ilustra un verso citado por el autor: “Si un pajarillo canta, el corazón del cobarde se estremece; pero su apetito es feroz a la hora de comer.” Una ironía amarga: cobarde para vivir, pero no para disfrutar de los placeres.

Ahora bien, Ibn Gabirol admite que en ciertos casos extremos, cuando no hay posibilidad de escape o salvación, un acto de cobardía puede estar justificado. Menciona la historia de un enviado del rey que se niega a cumplir una misión peligrosa, diciendo: “Mejor que me insultes vivo, a que me elogies muerto.” Este tipo de cálculo no se basa en la cobardía como hábito, sino en una prudencia desesperada.

Aun así, la cobardía se vincula con un amor desmedido por la comodidad. Algunos la eligen porque prefieren el reposo antes que cualquier esfuerzo. Pero esta idea es ilusoria, ya que el verdadero descanso solo se alcanza tras haber trabajado, organizado la vida y cumplido con los deberes. Como dice el proverbio: “Prepara tu trabajo fuera, y ponlo en orden en el campo; después edifica tu casa.” Quien busca el reposo sin preparación cae en la pereza y en la inacción.

El abandono del esfuerzo no solo empobrece el alma, sino que conduce a la miseria material. El mismo libro de Proverbios lo advierte con claridad: “Un poco de sueño, un poco de dormitar, un poco de cruzar los brazos para descansar, y vendrá tu pobreza como caminante, y tu necesidad como hombre armado.” Además de lo espiritual y lo económico, Ibn Gabirol señala que la cobardía conlleva consecuencias físicas: enfermedades por sedentarismo, flacidez, embotamiento mental, gota, ciática, elefantiasis, e incluso trastornos por mala digestión.

Esta degradación no solo afecta al cuerpo: se apodera del carácter. El cobarde habitual desprecia todo lo que no sea su comodidad, y se convence de que toda actividad es inútil o peligrosa. Si, además, su temperamento es flemático y está envejeciendo, la cobardía se vuelve más pesada aún, y lo arrastra hacia un final sin honor ni propósito.

En suma, Ibn Gabirol pinta un retrato severo de la cobardía como una decadencia del alma, el cuerpo y la vida. No hay virtud en ella, excepto quizás en momentos muy específicos de necesidad extrema. Frente a ello, el sabio debe cultivar la fortaleza, el equilibrio y la acción justa, sin dejarse paralizar por el temor.


Conclusión

Los capítulos estudiados revelan el ideal ético de Ibn Gabirol: el sabio debe cultivar virtudes como la generosidad, el valor, la vigilancia y la moderación, evitando los excesos y los vicios contrarios —como la cobardía, la avaricia, la envidia o la ira descontrolada—, que degradan el alma y conducen al desprestigio, al desequilibrio interior y a la ruina espiritual. Solo quien somete sus pasiones a la razón y actúa con propósito, justicia y templanza, puede alcanzar la verdadera nobleza del alma y vivir en armonía consigo mismo, con los demás y con Dios.