jueves, 8 de enero de 2026

Plutarco - Vidas Paralelas (Demetrio - Marco Antonio)

En Vidas paralelas, Plutarco enfrenta a Demetrio y Marco Antonio para mostrar cómo el genio militar y el carisma pueden naufragar cuando el poder se entrega al exceso. No es un relato de conquistas, sino una lección moral: dos vidas brillantes que, seducidas por la gloria, el lujo y la pasión, revelan el costo ético de gobernar sin dominio de sí. Aquí la historia se vuelve espejo, y la grandeza, advertencia.

VIDAS PARALELAS

DEMETRIO

El valor moral del ejemplo: virtudes y vicios en las vidas de Demetrio y Marco Antonio

Hay una diferencia entre los sentidos y las artes. Ambos comparten la capacidad de discernir contrarios —blanco y negro, dulce y amargo, bueno y malo—, pero se distinguen por el fin al que orientan ese juicio. El sentido se limita a percibir y transmitir impresiones a la inteligencia, sin elección ni propósito; en cambio, las artes, guiadas por la razón, juzgan con miras a un fin, buscando deliberadamente lo que conviene y rechazando lo contrario. Así, cuando la medicina se ocupa de la enfermedad o la música de la disonancia, no lo hace por amor a lo negativo, sino para alcanzar con mayor precisión la salud o la armonía.

Sobre esta base, el autor sostiene que las artes más perfectas —la templanza, la justicia y la prudencia— no solo conocen lo honesto, lo justo y lo útil, sino también sus opuestos: lo torpe, lo injusto y lo perjudicial. No se trata de una pureza ingenua que ignore el mal, sino de un conocimiento lúcido de los vicios, indispensable para quien aspire a vivir bien. Por ello se critica la simplicidad que presume virtud por desconocimiento: lejos de ser excelencia moral, es ignorancia de aquello que más importa comprender en la vida ética.

A continuación, el texto recurre a ejemplos pedagógicos para justificar el valor formativo del mal conocido. Se menciona la práctica espartana de exhibir a los hilotas embriagados como advertencia para los jóvenes, aunque se matiza que no resulta ni humano ni político corregir a unos mediante el desorden de otros. Sin embargo, se acepta que las vidas de hombres poderosos que, en medio de grandes cargos y responsabilidades, manifestaron una maldad notable, pueden y deben ser presentadas como ejemplo. La comparación musical atribuida a Ismenias y Antigenidas refuerza esta idea: se aprende mejor lo correcto después de haber oído lo incorrecto, pues el contraste afina el juicio y despierta un deseo más vivo de imitación de lo bueno.

DEMETRIO

El carácter doble de Demetrio: belleza, exceso y energía regia

Plutarco nos da una incertidumbre genealógica que no es menor, pues ya introduce el tono ambiguo de la figura de Demetrio. La opinión más extendida sostiene que recibió su nombre de Demetrio y que su hermano fue llamado Filipo por el padre; sin embargo, otras versiones afirman que Demetrio no era hijo, sino sobrino de Antígono, y que fue tenido por hijo de este debido al temprano fallecimiento de su padre y al nuevo matrimonio de su madre. Esta duda sobre su origen anticipa una vida marcada por la mezcla, la apariencia y la confusión entre lo que es y lo que parece.

A continuación, el texto se detiene largamente en la descripción física, destacando su extraordinaria belleza. Aunque algo más bajo que su padre, Demetrio era alto y de una figura tan admirable que ningún escultor ni pintor pudo reproducirla fielmente. En su aspecto se conjugaban contrarios: lo festivo con lo grave, lo fiero con lo bello, la osadía juvenil con una apacibilidad y majestad que evocaban lo heroico y lo regio. No se trata solo de un elogio estético, sino de una clave interpretativa: su cuerpo mismo es símbolo de una naturaleza compuesta y extrema.

Esta unión de opuestos se refleja con igual fuerza en su carácter y costumbres. Demetrio podía ser, al mismo tiempo, terrible y gracioso. En los momentos de ocio aparecía como el más jovial y voluptuoso de los reyes, entregado al lujo, la bebida y las francachelas; pero cuando las circunstancias lo exigían, emergía en él una energía completamente distinta: actividad incansable, vehemencia en la acción y una constancia infatigable en los asuntos graves. El texto insiste en que no se trata de cambios superficiales, sino de una coexistencia real de disposiciones opuestas.

Esta dualidad se expresa en el modelo divino que Demetrio prefería imitar: Dionisio, dios que une la guerra con la paz, la violencia con la alegría, el desorden festivo con la potencia creadora. La elección no es casual: resume en una figura simbólica la vida misma de Demetrio, capaz de alternar —y a veces confundir— el placer y la disciplina, el goce y la conquista. Así, Plutarco no presenta solo a un rey extravagante, sino a un ejemplo vivo de cómo los caracteres extraordinarios concentran en sí mismos tanto el esplendor como el peligro del exceso.

Concordia dinástica y humanidad de Demetrio: poder, confianza y justicia

Existió una relación excepcional entre Demetrio y su padre Antígono. Una prueba de afecto genuino y no de mera adulación al poder. La escena en que Demetrio, recién llegado de la caza y aún armado, se acerca, besa a su padre y se sienta a su lado ante los embajadores, es altamente simbólica. Antígono aprovecha el gesto para hacer públicamente la concordia y confianza que reinan entre ambos, presentándolas como fundamento de la fuerza de su reinado. En un contexto donde el poder suele ir acompañado de sospecha, aislamiento y miedo, esta cercanía armada del hijo al padre se convierte en demostración política y moral.

El texto amplía esta idea situándola en el marco general de las monarquías helenísticas, caracterizadas por la desconfianza interna y la violencia intrafamiliar. Tras la muerte de Alejandro, las casas reales se vieron marcadas por asesinatos de hermanos, hijos, madres y esposas, hasta el punto de que el fratricidio parecía una regla tácita de seguridad dinástica. Frente a este panorama, la casa de Antígono aparece como una excepción casi única, conservada durante generaciones sin esos crímenes, con una sola mancha posterior. La comparación refuerza el valor ejemplar de la relación entre Antígono y Demetrio, presentada como rara combinación de poder y confianza.

En la sección siguiente, Plutarco aporta una prueba concreta del carácter humano y amistoso de Demetrio. La historia de Mitrídates, joven amigo suyo e hijo de Ariobarzanes, muestra cómo la lealtad y la justicia pueden imponerse incluso frente a la obediencia debida al padre y al juramento. Antígono, inquieto por un sueño profético, decide dar muerte a Mitrídates, interpretando la visión como anuncio de una futura amenaza. Al confiar este propósito a su hijo bajo juramento de silencio, coloca a Demetrio ante un dilema moral extremo.

La reacción de Demetrio revela, sin palabras, su disposición ética. Incapaz de traicionar el juramento y negándose al mismo tiempo a permitir la injusticia, advierte a su amigo escribiendo en la tierra con la punta de la lanza: “Huye, Mitrídates”. El gesto es sobrio, silencioso y eficaz. Mitrídates escapa esa misma noche hacia el Ponto Euxino, y el tiempo confirma el carácter casi oracular del sueño de Antígono: el joven funda una poderosa dinastía en el Ponto, que perdurará varias generaciones hasta su extinción a manos de los romanos.

Juventud probada en la guerra: derrota, clemencia y restitución del honor

Plutarco hace una comparación filosófica tomada de Empédocles, donde el mundo se rige por la pugna y la amistad entre los elementos. Plutarco traslada esta imagen al escenario histórico: las luchas entre los sucesores de Alejandro no solo eran inevitables, sino más intensas cuanto mayor era la proximidad territorial y de intereses. Así se explica la rivalidad particularmente aguda entre Antígono y Tolomeo, cuyas ambiciones chocaban directamente en Siria y las regiones vecinas.

En este contexto, Antígono confía por primera vez un mando de gran responsabilidad a su hijo Demetrio, que apenas contaba veintidós años. El contraste es deliberado: un joven inexperto frente a Tolomeo, veterano formado en las campañas de Alejandro. La derrota de Gaza aparece así como un resultado casi natural: Demetrio pierde hombres, campamento, riquezas y hasta su servidumbre personal. Sin embargo, el episodio no se detiene en el fracaso militar, sino en la actitud moral del vencedor, pues Tolomeo devuelve generosamente los prisioneros y bienes, acompañando el gesto con una declaración significativa: la guerra no debe hacerse por riquezas, sino por gloria y poder.

La reacción de Demetrio es clave para comprender su carácter. Lejos de quedar humillado, recibe el gesto con gratitud, pero pide a los dioses no permanecer mucho tiempo en deuda con su enemigo. Su conducta posterior revela firmeza y madurez: se dedica a reorganizar sus fuerzas, reclutar tropas, asegurar la lealtad de las ciudades y ejercitar al ejército, comportándose no como un joven abatido por el primer revés, sino como un general consciente de la inestabilidad de la fortuna. 

La confianza de Antígono en su hijo se manifiesta de modo explícito. Al conocer la derrota, minimiza el éxito de Tolomeo diciendo que solo ha vencido a muchachos, y permite que Demetrio continúe la guerra por su cuenta. Esta libertad desemboca pronto en la revancha. Cuando Ciles, general de Tolomeo, avanza confiado para expulsar a Demetrio de Siria, el joven rey lo sorprende con un ataque súbito, captura el campamento, hace miles de prisioneros y obtiene un inmenso botín. La victoria no es solo militar, sino estratégica y simbólica: invierte completamente la situación creada por la derrota anterior.

Lo más significativo es el uso moral de la victoria. Demetrio no se alegra tanto por la riqueza o la fama como por la posibilidad de devolver el beneficio recibido. Su objetivo principal es corresponder a la humanidad de Tolomeo con humanidad equivalente. Consultado Antígono, y con su aprobación expresa, Demetrio colma de regalos a Ciles y devuelve a sus amigos cargados de honores y riquezas. De este modo, transforma la guerra en un espacio de competencia ética, donde la magnanimidad se convierte en prolongación del triunfo militar.

El resultado político es inmediato: Tolomeo es expulsado de Siria y Antígono acude gozoso a reunirse con su hijo. Pero el efecto más profundo es moral y pedagógico. Plutarco presenta aquí a Demetrio en su mejor momento: un joven que aprende de la derrota, vence sin soberbia y entiende el poder no solo como dominio, sino como capacidad de restituir el honor mediante la justicia y la generosidad. Esta imagen prepara, una vez más, el contraste con las derivas posteriores de su vida, donde esa noble disposición inicial se verá puesta a prueba por el exceso y la fortuna.

De la audacia militar a la liberación de Grecia: Demetrio entre la gloria y la política

El relato presenta a Demetrio desplegando una audacia eficaz en escenarios difíciles. La expedición contra los nabateos lo coloca en peligro por la falta de agua, pero su serenidad personal —no mostrarse turbado ante la adversidad— intimida al enemigo y conduce al éxito: botín abundante y setecientos camellos. 

El episodio mesopotámico introduce una lección estratégica ambigua. Tras la recuperación de Babilonia por Seleuco, Demetrio cruza el Éufrates con rapidez, ocupa una de las dos ciudades y deja una fuerte guarnición; pero al permitir el saqueo del territorio y retirarse, transmite la señal de que no pretende conservar la región. El resultado paradójico es fortalecer a Seleuco: tratar la tierra como ajena equivale a reconocerla como tal. La guerra, aquí, se decide tanto por gestos políticos como por victorias tácticas.

La rivalidad con Tolomeo reaparece cuando Demetrio levanta el sitio de Halicarnaso, arrebatándosela. Estos éxitos encadenados consolidan su reputación y preparan un giro mayor: el proyecto idealista de liberar Grecia del dominio de Casandro y Tolomeo. Plutarco presenta esta empresa como la más justa y honesta emprendida por reyes, pues las riquezas obtenidas de campañas contra “bárbaros” se destinan al bien de los griegos, movidos por la gloria y no por el lucro.

La opción por Atenas concentra el sentido político del plan. Frente al consejo de conservar la ciudad como “escala” estratégica, Antígono responde con una máxima decisiva: la mejor escala es el amor de los pueblos. Atenas, atalaya del mundo griego, amplificaría cualquier acción ante todos. La estrategia privilegia legitimidad y prestigio por sobre ocupación y control directo.

La entrada teatral y calculada en el Pireo culmina la escena. Con una flota imponente y recursos cuantiosos, Demetrio llega sin ser advertido; el engaño inicial —confundir sus naves con las de Tolomeo— provoca desorden defensivo. Una vez dentro del puerto, exige silencio y anuncia, mediante heraldo, su misión: expulsar la guarnición de Demetrio de Falera, restituir leyes y gobierno patrio, y liberar a los atenienses. La guerra se convierte así en acto político fundacional: victoria sin derramamiento previo, proclamación de libertad y búsqueda de adhesión cívica.

De libertador a objeto de culto: la gloria que se vuelve exceso

Tras el anuncio de la liberación, la reacción popular es inmediata y reveladora: los atenienses arrojan los escudos, aclaman a Demetrio y lo proclaman salvador y bienhechor. El entusiasmo cívico contrasta con la prudencia de Demetrio de Falera y su partido, que consideran inevitable recibir al vencedor aun cuando no cumpla lo prometido. Plutarco destaca aquí un rasgo importante del joven rey: su humanidad política. Recibe con benevolencia a los enviados, atiende a la suerte personal de Falereo y, por respeto a su prestigio, le concede escolta segura hasta Tebas. Además, se impone a sí mismo una regla simbólica: no entrar en Atenas hasta que la ciudad esté plenamente libre de guarniciones.

El episodio siguiente introduce una fisura moral en el carácter de Demetrio. Mientras actúa con grandeza en lo público, se deja arrastrar en lo privado por el deseo, exponiéndose a una captura vergonzosa en su imprudente visita a Cratesípolis. El contraste es deliberado: el libertador de ciudades casi cae cautivo por una pasión personal. Plutarco muestra así cómo la fortuna y el prestigio pueden volverse frágiles cuando el gobernante pierde el dominio de sí.

Recobrada la iniciativa, Demetrio toma Mégara y, gracias a la intercesión ateniense, evita el saqueo, expulsa la guarnición y concede la libertad a la ciudad. En este contexto aparece la célebre anécdota con Estilpón, que sirve como contrapunto filosófico a la acción política. A la pregunta del rey sobre si había sufrido pérdidas, Estilpón responde que nadie le ha robado la ciencia; y cuando Demetrio afirma haber dejado libre la ciudad, el filósofo replica con ironía que así es, pues no han quedado esclavos. Plutarco introduce aquí una crítica sutil: la libertad política es incompleta si se acompaña de despojo y servidumbre.

La culminación llega con la entrada en Atenas tras la caída de Muniquia. Demetrio restituye la democracia después de quince años y promete auxilios materiales decisivos en nombre de Antígono. El beneficio es real y sustancial; sin embargo, Plutarco dirige la mirada a la reacción desmedida de los atenienses. El agradecimiento degenera en servilismo: llaman reyes a Demetrio y Antígono —título que antes reservaban con celo—, los proclaman dioses salvadores, alteran el calendario cívico, introducen sacerdocios nuevos, tejen sus imágenes junto a las de los dioses, consagran altares y reforman tribus y consejo.

La adulación como corrupción política: Estrátocles y el extravío de Atenas

Plutarco intensifica aquí su crítica moral mostrando cómo la gratitud ateniense hacia Demetrio degenera en una adulación desmedida, cuyo principal artífice es Estrátocles. A él se atribuyen las invenciones más extremas: proponer que los enviados oficiales a Demetrio y Antígono se llamen teoros, como los delegados sagrados a Delfos u Olimpia, equiparando así la política exterior ateniense a un acto de culto religioso. La confusión entre lo cívico y lo sagrado es deliberada y revela hasta qué punto la adulación ha perdido toda medida.

Su vida disipada, su insolencia y su descaro lo emparentan con el viejo demagogo Cleón, célebre por su desprecio al pueblo. Las anécdotas que se narran —el comentario cínico a su amante Filacio o la falsificación triunfalista de la derrota naval de Amorgo— no son meros chismes, sino pruebas de una mentalidad política corrupta: para Estrátocles, gobernar al pueblo es jugar con él, manipularlo incluso en el dolor, y convertir la mentira en instrumento de dominio.

Otros proponen decretos aún más “ardientes”: recibir a Demetrio como a Deméter y Dioniso, renombrar meses, días y fiestas tradicionales, y recompensar con dinero público la brillantez de tales cultos. La ciudad altera su calendario, su ritual y su memoria colectiva para divinizar a un hombre vivo. Plutarco destaca aquí el núcleo de su advertencia: cuando la polis sustituye las leyes por el culto a los poderosos, se encamina a su propia ruina.

A esta hybris política responden, en el relato, signos ominosos: el peplo tejido con los retratos de Demetrio y Antígono se desgarra en plena procesión; brota cicuta en torno a sus altares; heladas intempestivas arruinan vides, higueras y trigales. Plutarco no impone una interpretación supersticiosa, pero sugiere una correspondencia moral entre la impiedad cívica y el desorden de la naturaleza. La ironía del poeta cómico Filípides condensa la lección: no es la comedia la que arruina al pueblo, sino otorgar honores divinos a los hombres.

Filípides, enemigo de Estrátocles y amigo de Lisímaco, encarna una actitud opuesta: prudente, independiente del palacio, irónica sin servilismo. Su respuesta al rey —aceptar cualquier don salvo un secreto— resume una ética política basada en la libertad interior y la distancia crítica frente al poder. Oponer al demagogo de la tribuna el cómico de la escena, para mostrar que la corrupción no proviene del poder en sí, sino de la adulación que lo sacraliza y de la ciudad que la tolera.

Delirio honorífico y desorden privado: el poder sin medida

Plutarco culmina su crítica al extravío ateniense con un decreto que roza lo sacrílego. A propuesta de Dromoclides, el pueblo decide consultar a Demetrio como si fuera un oráculo, sustituyendo a Delfos por la voluntad del “Salvador”. El tenor literal del decreto —mandar a un ciudadano a hacer libaciones y preguntar a Demetrio cómo proceder con mayor piedad— muestra hasta qué punto se ha invertido el orden religioso y político. Plutarco es explícito: tales desatinos terminaron por embaucar a un hombre ya inclinado a la falta de juicio, sugiriendo que la adulación no solo degrada a quien la practica, sino que desfigura el carácter del adulado.

A continuación, el relato se desplaza al ámbito privado, donde se refuerza la misma lección moral. Durante su estancia en Atenas, Demetrio contrae matrimonio con Eurídice, viuda y descendiente de Milcíades. El pueblo interpreta la boda como un honor cívico, una gracia concedida a la ciudad. Sin embargo, Plutarco introduce inmediatamente una nota de ironía: Demetrio es “muy fácil” para concertar matrimonios y mantener varios enlaces simultáneos, lo que relativiza el supuesto privilegio concedido a Atenas.

La figura entre sus esposas es File, respetada tanto por su linaje —hija de Antípatro— como por haber sido esposa de Crátero, uno de los sucesores de Alejandro más estimados por los macedonios. Plutarco recuerda incluso la anécdota en que Antígono persuade a su hijo a casarse con ella citando, con malicia interesada, a Eurípides, subordinando la “naturaleza” al provecho. La escena revela cómo el matrimonio, en este mundo de poder, se concibe ante todo como instrumento político.

A pesar del honor formal que Demetrio dispensaba a File y a sus esposas, su conducta sexual era desvergonzada: trato habitual con rameras y mujeres libres, hasta el punto de gozar de la peor reputación entre los reyes en este aspecto. Plutarco cierra así el paralelismo entre lo público y lo privado: la ciudad que convierte a un hombre en oráculo y dios prepara el terreno para que ese mismo hombre pierda la medida en su vida personal. La adulación excesiva corrompe al gobernante, y el desorden íntimo aparece como reflejo inevitable del desorden cívico.

La gran prueba del poder: Chipre, Tolomeo y la victoria decisiva

Demetrio es llamado por su padre Antígono para combatir a Tolomeo en Chipre, una orden ineludible. Sin embargo, Plutarco señala su disgusto por abandonar la empresa —más noble y gloriosa— de liberar Grecia. Antes de partir, intenta aún una vía política: ofrece dinero a Cleónides para evacuar Sición y Corinto. El rechazo precipita la guerra, mostrando cómo, cuando fracasa la persuasión, la fuerza se impone sin dilación.

En Chipre, Demetrio vence de inmediato a Menelao, pero la llegada del propio Tolomeo eleva el conflicto a contienda hegemónica. El intercambio de amenazas no es mera retórica: ambos saben que el vencedor no solo ganará Chipre o Siria, sino la preeminencia entre los diádocos. Plutarco destaca el suspenso universal: todos los príncipes observan, conscientes de que el equilibrio del mundo helenístico pende de esta batalla.

Tolomeo dispone ciento cincuenta naves y ordena a Menelao salir con sesenta para golpear la retaguardia enemiga. Demetrio responde con audacia calculada: bloquea la estrecha boca del puerto con solo diez naves —las suficientes— y concentra el golpe principal con ciento ochenta, apoyándose en posiciones dominantes de la costa. El resultado es aplastante: Tolomeo huye con apenas ocho naves; el resto se pierde o cae prisionero. La victoria no es parcial, sino total: armas, máquinas, caudales y personas quedan en manos de Demetrio.

Entre las capturadas destaca Lamia, famosa por su arte y por su vida licenciosa. Aunque ya en declive de belleza, ejerce un dominio afectivo profundo sobre Demetrio, mucho más joven, que la prefiere sobre todas. El contraste es intencional: junto a la cima del poder militar asoma la dependencia privada, presagio de excesos que erosionarán la grandeza lograda en el campo de batalla.

Menelao se rinde sin resistencia, entrega Salamina, la flota y un ejército considerable. Demetrio alcanza así el máximo de su fortuna: victoria decisiva, botín inmenso y supremacía momentánea. Pero Plutarco, fiel a su método moral, deja sembrada la advertencia: cuando la gloria se une al placer y al dominio sin freno, la misma fuerza que eleva puede preparar la caída.

De la victoria a la realeza: la adulación que transforma el poder

Plutarco presenta la culminación moral y política de la victoria de Chipre mostrando a Demetrio todavía en su mejor luz: magnánimo tras el triunfo. Honra a los enemigos caídos con sepultura, libera a los cautivos y ofrece a Atenas un don simbólico —mil doscientas armaduras— que convierte la victoria militar en capital cívico. La gloria se completa con mansedumbre, conforme al ideal helénico del vencedor moderado.

El envío del mensaje a Antígono introduce, sin embargo, el veneno de la adulación. Aristodemo de Mileto, consumado cortesano, escenifica la noticia con calculada crueldad: retarda el anuncio, finge gravedad, aumenta la ansiedad del padre. La escena es teatral y reveladora: la verdad no basta; debe producir efecto. Antígono reconoce el tormento, y su respuesta irónica deja ver el costo humano de la adulación incluso cuando trae buenas nuevas.

La multitud proclama reyes a Antígono y Demetrio; la diadema consagra lo que la victoria ha permitido. La reacción en cadena confirma el alcance del gesto: Tolomeo se proclama rey en Egipto para no parecer inferior; Lisímaco adopta la diadema; Seleuco asume trato real incluso ante los griegos; Casandro, aunque reticente en las formas, acepta el título en el uso común. La monarquía se normaliza entre los sucesores de Alejandro.

El título alteró los ánimos. Como actores trágicos, los nuevos reyes cambiaron gesto, voz, trato y modo de sentarse; con ello se endureció la justicia y se abandonó el disimulo que aún preservaba cierta benignidad. La palabra —impulsada por el adulador— transformó la conducta y el régimen. La lección moral es contundente: una sola proclamación, cuando legitima el orgullo, puede reconfigurar el poder en toda la tierra, desplazando la moderación por la altanería y la ley por la apariencia.

El asedio de Rodas: poder técnico, resistencia cívica y respeto por el arte

Plutarco presenta el asedio de Rodas como el escenario donde el genio técnico de Demetrio alcanza su máxima expresión y, al mismo tiempo, donde su carácter muestra límites y contrastes. La guerra se origina por la alianza de los rodios con Tolomeo, y Demetrio despliega una maquinaria sin precedentes: la gran helépolis, de dimensiones colosales, cuidadosamente equilibrada y repleta de combatientes. 

A este despliegue se suma la exhibición de tecnología militar. Las corazas de hierro probadas con catapulta, la impenetrabilidad demostrada ante todos y la figura de Álcimo de Epiro, guerrero de fuerza excepcional que muere combatiendo junto al teatro, refuerzan la idea de una guerra llevada a extremos casi épicos. Sin embargo, pese a tales medios, Plutarco señala con intención que Demetrio no logró nada decisivo, encontrando en la defensa rodia una resistencia firme y organizada.

Los rodios interceptan cartas y regalos enviados por File, esposa de Demetrio, y los remiten a Tolomeo, conducta que Plutarco contrapone a la nobleza ateniense en un caso análogo. Aunque ofendido, Demetrio se contiene cuando la ocasión lo exige, revelando una humanidad selectiva que no siempre acompaña a su orgullo.

Ese límite moral se vuelve nítido en el célebre episodio del arte salvado de la guerra. Al ocupar un arrabal donde Protógenes pintaba su Iáliso, Demetrio acepta preservar la obra y declara que antes quemaría los retratos de su propio padre que destruir un trabajo artístico de tal excelencia. La anécdota se completa con el juicio de Apeles, quien, aun reconociendo la grandeza del cuadro, afirma la superioridad de su propio arte. Plutarco insinúa así que la verdadera gloria puede residir fuera del campo de batalla.

La guerra concluye no por victoria, sino por acuerdo político. Gracias a la mediación ateniense, Demetrio obtiene una paz decorosa: Rodas auxiliará a Antígono y a Demetrio, salvo contra Tolomeo. El balance es elocuente: la potencia técnica y el asedio más impresionante de su tiempo no doblegan a la ciudad; en cambio, la combinación de resistencia, diplomacia y respeto por el arte deja una enseñanza central de Plutarco: el poder que no sabe limitarse ni escuchar acaba deteniéndose ante aquello que no puede conquistar.

Libertador y profanador: la paradoja final de Atenas bajo Demetrio

Plutarco presenta aquí uno de los contrastes más violentos de toda la vida de Demetrio. Llamado por los atenienses ante el asedio de Casandro, Demetrio acude con una fuerza imponente y obtiene éxitos decisivos: expulsa a Casandro del Ática, lo derrota hasta las Termópilas, recibe la adhesión voluntaria de Heraclea y la defección de miles de macedonios. A su regreso, libera a los griegos de la región, restituye fortalezas clave a Atenas y devuelve, en términos militares y políticos, una libertad efectiva que pocos habían podido garantizar. En el plano estratégico, Demetrio aparece nuevamente como protector y restaurador.

Sin embargo, Plutarco desplaza de inmediato la mirada hacia el extravío cívico de Atenas. Lejos de moderar sus honores, los atenienses los extreman hasta el sacrilegio: alojan a Demetrio en el Partenón, interpretando su estancia como una hospitalidad divina. El contraste con la severidad moral de Antígono —que reprocha a un hijo por alojarse entre jóvenes— acentúa el escándalo: el templo de la virgen Atenea recibe a un huésped cuya conducta dista de ser pura o moderada.

El capítulo siguiente expone el punto más bajo de esta degradación. Demetrio profana el recinto sagrado con violencias contra jóvenes libres y ciudadanas honestas, hasta el punto de que Plutarco, por pudor hacia la ciudad, se niega a detallar los hechos. La gravedad no reside solo en el vicio privado, sino en el ultraje simbólico: el alcázar, corazón religioso y político de Atenas, queda mancillado por quien había sido llamado libertador. La ironía es devastadora: el lugar parece más puro cuando Demetrio se entrega a rameras que cuando abusa de ciudadanas.

En medio de esta corrupción surge una figura trágica de virtud, Damocles, cuya resistencia absoluta frente al poder se convierte en ejemplo moral supremo. Incapaz de ceder a la coacción del rey, el joven elige una muerte atroz antes que la deshonra, actuando —dice Plutarco— de un modo digno de su patria y de su belleza. Frente a él, el caso de Cleáneto encarna la degradación opuesta: la sumisión interesada, la utilización del favor real para torcer la justicia y provocar inestabilidad cívica.

El episodio político que sigue revela el vaciamiento total de la libertad ateniense. Un decreto que intenta limitar la intromisión de cartas reales es anulado por temor; sus promotores son ejecutados o desterrados; y se proclama finalmente que todo mandato del rey Demetrio es santo ante los dioses y justo ante los hombres. La réplica irónica de Demócares a Estrátocles condensa la tragedia: la locura no está en proponer la adulación, sino en vivir bajo un régimen que la exige para sobrevivir.

Atenas se cree libre porque ha expulsado una guarnición, pero acepta humillaciones más profundas que cualquier ocupación armada. La lección moral es nítida y severa: la libertad no se pierde solo por la fuerza, sino también por el consentimiento; y el mayor triunfo del poder no es dominar los muros de una ciudad, sino habitar su conciencia.

Fortuna sin freno y sacrilegio político: Demetrio entre hegemonía y desmesura

Plutarco describe el avance de Demetrio por el Peloponeso como una hegemonía sin resistencia: las ciudades se rinden o son abandonadas, y el dominio se consolida mediante rescates y pactos. La política de restituciones —Sición, Argos, Corinto— combina fuerza y dinero, mientras que la presidencia de las fiestas de Hera en Argos y el matrimonio con Deidamía, hermana de Pirro, sellan alianzas simbólicas. El traslado y rebautizo de Sición como Demetría exhiben un poder que reordena el espacio y la memoria, inscribiendo el nombre del vencedor en el mapa.

La asamblea del Istmo consagra esta trayectoria al nombrarlo generalísimo de Grecia, título que despierta en Demetrio una ambición comparativa con Filipo y Alejandro. Plutarco marca el contraste moral: Alejandro no humilló a otros reyes ni se proclamó “rey de reyes”, mientras que Demetrio ridiculiza a sus pares y disfruta de brindis que los degradan a oficios subalternos. La escena del banquete revela la hybris del poder: el título no solo manda, también deforma el trato y el juicio.

La reacción de los otros diádocos confirma el clima de rivalidad: algunos ríen; Lisímaco se indigna, percibiendo la burla como castración simbólica; y el intercambio de invectivas sobre Lamia exhibe cómo el prestigio político se mezcla con ataques personales. Plutarco sugiere que la grandeza exterior convive con una fragilidad moral que aflora en la sátira y el insulto.

El retorno a Atenas lleva la desmesura a su cumbre sacrílega. Demetrio exige completar en una sola vez los misterios eleusinos, violentando el calendario sagrado y la progresión ritual. La resistencia del portaantorcha Pitodoro es anulada por el oportunismo de Estrátocles, que decreta el tiempo para acomodarlo al deseo del rey: los meses cambian de nombre y función hasta consumar la iniciación íntegra. La ley religiosa cede ante la voluntad política.

La sátira de Filípides clausura el juicio moral: reducir el año a un mes y convertir el alcázar en mesón resumen la profanación de la ciudad. Plutarco no necesita condenar explícitamente: muestra cómo la fortuna, cuando no reconoce límites, convierte la hegemonía en burla de los dioses y de las leyes. La lección final es severa: mandar sobre hombres no autoriza a mandar sobre el tiempo ni sobre lo sagrado; cuando se cruza esa frontera, el poder deja de ser político para volverse impío.

De la comedia del poder a la tragedia de la ambición: Lamia y el giro del destino

La exacción inmediata de doscientos cincuenta talentos y su posterior desprecio público, cuando Demetrio ordena entregar el dinero a Lamia y a sus acompañantes “para jabón”. Plutarco dice que la vergüenza pesó más que la multa: no fue solo violencia económica, sino afrenta simbólica. La anécdota —discutida por algunos en cuanto al destinatario— fija el tono: la ciudad paga, pero lo que duele es el escarnio.

La figura de Lamia concentra el exceso privado que invade lo público. Su banquete, financiado por exacciones personales y celebrado por su suntuosidad, se vuelve tema histórico y cómico; el mote de Helépolis (máquina de asedio) ironiza sobre su capacidad de devastación social. Las burlas cruzadas con Lisímaco —león contra “otra fiera”— exhiben cómo la intimidad del poder se vuelve arma política. Plutarco insiste en la paradoja: Demetrio, que vaciló en casarse con File por la edad, queda dominado por Lamia ya pasada su flor. Los dichos mordaces (Demo/Manía; la respuesta “vieja, señor”) y la sentencia de Bocoris reinterpretada por Lamia sirven para cerrar el retrato: ingenio brillante, pero al servicio de la codicia y el dominio afectivo. Con razón Plutarco concluye: “baste lo dicho acerca de Lamia”.

El relato cambia entonces del registro cómico al trágico. Se forma la coalición de los demás reyes contra Antígono, y Demetrio acude desde Grecia para unir fuerzas. La clave no es solo militar, sino moral: Antígono, altivo e insolente, ofende a aliados y adversarios por igual; su jactancia (“dispersaré la liga como bandada de pájaros”) revela una hybris que prepara la caída. Plutarco contrasta el potencial —superioridad numérica inicial— con la falta de mesura que erosiona la cohesión.

En vísperas del choque decisivo, Antígono muestra un cambio de ánimo: menos bravata, más gravedad; designa públicamente a Demetrio como sucesor y, por primera vez, delibera a solas con él. El gesto sorprende porque rompe su hábito autoritario. La anécdota final —el reproche juvenil sobre la retirada— resuena ahora con ironía trágica: quien antes no oía la trompeta, aprende tarde a escucharla. Plutarco prepara así el desenlace: cuando el poder ha vivido de la adulación y del exceso, la prudencia llega como presagio, no como remedio.

Presagios, derrota y desengaño

Plutarco introduce el desenlace con presagios adversos que anuncian la inversión de la fortuna. El sueño de Alejandro —que, al oír la consigna “Zeus y la victoria”, se pasa al bando enemigo— simboliza el abandono del carisma fundador. A ello se suma la caída de Antígono al salir a ordenar el ejército, gesto ominoso que culmina en su plegaria extrema: victoria o muerte antes de la derrota. Plutarco encuadra así la batalla decisiva bajo el signo de la hybris castigada.

En el combate, Demetrio manda la mejor caballería y combate con arrojo, pero persigue más allá de la oportunidad. Ese exceso táctico —valor sin mesura— rompe la coordinación: los elefantes impiden el regreso de la caballería, la infantería queda expuesta y Seleuco aprovecha para envolverla y provocar deserciones. La derrota no nace de cobardía, sino de un error de juicio. Antígono, esperando el auxilio del hijo, muere bajo una lluvia de saetas; el abandono inmediato de su entorno muestra la soledad final del poder. Solo Tórax guarda el cadáver, imagen sobria del fin.

Consumada la batalla, los vencedores reparten el imperio de Antígono y Demetrio como despojo. Demetrio huye con restos del ejército hacia Éfeso y, contra lo esperado, zarpa enseguida rumbo a Grecia, fiándolo todo al amor de Atenas: allí dejó flota, recursos y a Deidamía. El golpe decisivo no es militar, sino político-moral: los embajadores atenienses le niegan la entrada por decreto que excluye a todos los reyes y conducen a Deidamía con honores a Mégara. El héroe cae no solo por la espada, sino por el retiro del favor popular.

Plutarco detiene el relato para extraer su lección ética. El exceso de honores es el indicio menos fiable del amor de la multitud: donde manda el miedo, los decretos imitan al afecto, pero carecen de fe. Los prudentes no miden la estima por estatuas, pinturas o apoteosis, sino por los hechos; y las ciudades, cuando honran sin medida, suelen aborrecer en secreto a quienes reciben esos honores con desdén. El desengaño de Demetrio —la cólera por la esperanza fallida— confirma la tesis central de Plutarco: la adulación no funda lealtad, y el poder que la confunde con amor prepara su caída.

Errancia, alianzas y codicia

Plutarco muestra a Demetrio entrando en una fase errante de su vida, marcada por la pérdida de apoyos y la necesidad de rehacerse. Incapaz de vengarse de Atenas, se limita a quejas moderadas mientras recupera sus naves y constata que, en Grecia, las guarniciones se le han ido apartando una a una. Deja a Pirro en observación del territorio y se dirige al Quersoneso para sostener al ejército con la guerra, talando las tierras de Lisímaco. La escena revela una inversión de papeles: quien fue hegemonía pasa a subsistir por expedientes.

En este contexto surge un giro diplomático decisivo. Seleuco solicita en matrimonio a Estratónice, hija de Demetrio y File. La alianza responde a cálculo y necesidad: asegurar sucesión y equilibrar enlaces frente a Tolomeo y Lisímaco. Para Demetrio, el enlace es una felicidad inesperada: de vencido pasa a suegro del rey más poderoso. El viaje a Siria, con arribadas forzosas, abre un conflicto con Plistarco, pero Demetrio se adelanta, reúne recursos y logra una entrevista ejemplar con Seleuco: franca, sin guardias, con banquetes y mutua hospitalidad. La boda sella la concordia y Demetrio recobra Cilicia; envía a File a la corte de Casandro para desactivar acusaciones, mientras la muerte de Deidamía introduce una nota de pérdida íntima.

La concordia, sin embargo, se quiebra. A través de Seleuco, Demetrio pacta con Tolomeo y acuerda un nuevo matrimonio; pero Seleuco exige luego Cilicia por dinero y, ante la negativa, reclama Sidón y Tiro con enojo y amenazas. Quien domina desde la India hasta Siria se muestra tan pobre de ánimo que no soporta dejar dos ciudades a un hombre que, además de suegro, ha padecido los vaivenes de la fortuna.

Plutarco invoca a Platón para afirmar que la verdadera riqueza no consiste en acumular, sino en disminuir el deseo. La avaricia perpetúa la pobreza del alma; quien no la aquieta vive siempre necesitado. Así, la biografía vuelve a su eje moral: en la vida de Demetrio, las alianzas y victorias muestran que la falta de medida, más que la escasez de medios, es la causa última de la miseria y del conflicto.

El retorno de Demetrio a Atenas

Demetrio rechaza vender su dignidad por alianzas y, asegurando Sidón y Tiro, vuelve la mirada a Atenas ante la amenaza de Lácares. La fortuna, sin embargo, se vuelve a interponer: una tormenta destroza su flota frente al Ática y frustra el golpe rápido. Tras intentos infructuosos, se desplaza al Peloponeso, asedia Mesena y sufre una herida grave por catapulta; repuesto, regresa con método y dureza.

La estrategia de estrangulamiento marca el punto más áspero del relato. Demetrio ocupa Eleusis y Ramnunte, tala el país y corta el abastecimiento: ejecuta al comerciante y al piloto de un navío de grano, sembrando el terror. El efecto es devastador: hambre extrema, inflación obscena (sal y trigo a precios desmesurados) y miseria generalizada. El auxilio naval enviado por Tolomeo es ahuyentado cuando Demetrio reúne una flota superior; Lácares huye y la ciudad queda a merced del vencedor.

La capitulación ateniense es descrita con crudeza humana. Pese a prohibiciones previas de hablar de paz, las puertas se abren por necesidad. Plutarco intercala escenas que fijan el costo moral del asedio —el ratón disputado por padre e hijo; la sobriedad solidaria de Epicuro repartiendo habas— para indicar que la derrota no es solo militar, sino vital. Atenas entra en el teatro del miedo.

El gesto político de Demetrio invierte la escena. Rodeado de armas y bajando “como actor trágico”, comienza con amenaza, pero cambia el tono: se queja sin acrimonia, concede perdón, envía cien mil fanegas de trigo y restituye magistrados aceptables. La ciudad pasa del pánico al alivio. La adulación reaparece de inmediato: Dromoclides impulsa decretos que entregan El Pireo y Muniquia al rey.

Demetrio acepta las concesiones, pero guarnece el Museo por iniciativa propia: la reconciliación queda asegurada por las armas. Plutarco deja así su juicio: la clemencia existe, pero no hay confianza; el perdón alimenta, la guarnición manda. Atenas recupera pan y magistrados, pero la libertad permanece condicionada. La lección final es severa y coherente con toda la Vida: cuando el poder se ejerce entre castigo y dádiva, la paz es real, pero no es libre.

Del asedio de Esparta al golpe macedonio

Tras reducir Atenas, dirige su empuje contra Lacedemonia y derrota al rey Arquidamo cerca de Mantinea, invade la región y causa severas pérdidas a la vista de Esparta. La ciudad, jamás tomada hasta entonces, queda a punto de caer. Pero Plutarco introduce de inmediato su tema rector: la mutabilidad extrema de la Fortuna, que eleva y abate sin aviso. El propio Demetrio lo reconoce citando a Esquilo: quien alienta, también precipita.

El giro es brusco. Mientras Demetrio avanza en Grecia, llegan noticias devastadoras: Lisímaco ocupa ciudades en Asia; Tolomeo se apodera de Chipre, salvo Salamina, donde los hijos y la madre de Demetrio quedan sitiados. La Fortuna, como la mujer engañosa de Arquíloco, ofrece agua y fuego a la vez: aparta de Esparta con males urgentes, pero abre nuevas oportunidades.

Esa oportunidad surge en Macedonia tras la muerte de Casandro y de su hijo Filipo. La discordia entre los hermanos —Antípatro y Alejandro— desemboca en crimen (el asesinato de Tesalónica) y en la llamada a auxiliadores: Pirro y Demetrio. Pirro llega primero y cobra territorio; Demetrio, al presentarse, impone su prestigio: Alejandro lo recibe con honores, pero pronto se instala la sospecha recíproca.

Plutarco narra con maestría el juego de astucias. Advertido de una posible emboscada, Demetrio no se altera: refuerza discretamente su seguridad y neutraliza el peligro en el banquete. Al día siguiente se retira con pretexto, sembrando confianza. En Larisa, ambos reanudan los convites, cada uno urdiendo celadas. La clave trágica es la imprudencia de Alejandro, que, por no parecer temeroso, renuncia a guardias y se expone a su propio plan. Invitado por Demetrio, lo sigue hasta la puerta; allí, con una orden lacónica, Demetrio consuma el golpe. La frase final —“un solo día se nos adelantó”— sella la ironía fatal.

El balance moral es nítido. La Fortuna derriba y encumbra, pero la decisión humana inclina el desenlace. Demetrio, que ha sufrido pérdidas repentinas, recupera iniciativa con frialdad y cálculo, mientras su adversario cae por exceso de confianza. Plutarco no celebra la violencia; la explica como resultado de la mezcla peligrosa de ambición, prestigio y temor. La lección vuelve a ser la misma: en tiempos de mudanza, la prudencia decide, y la Fortuna solo remata.

Legitimación política y drama doméstico

Plutarco muestra cómo Demetrio convierte una noche de zozobra en consenso político. Aunque los macedonios recelan tras la muerte de Alejandro, la ausencia de un rival creíble y la disposición de Demetrio a “sincerarse” desactivan el temor. No hace falta un largo alegato: el odio común a Antípatro —por el asesinato de su madre— y la falta de alternativas llevan a proclamar a Demetrio rey. La memoria del mal gobierno de Casandro y el vínculo de Demetrio con la casa de Antípatro a través de File (y de su hijo ya apto para las armas) facilitan una transición aceptada tanto por tropas como por población.

La fortuna vuelve a sonreír con noticias familiares. Los hijos y la madre de Demetrio han quedado libres y honrados por Tolomeo; y su hija Estratónice alcanza rango regio al casarse con Antíoco, heredero de Seleuco. Plutarco detalla el drama íntimo que explica el enlace: Antíoco, enamorado de su madrastra, se consume en silencio; el médico Erasístrato diagnostica el amor observando los signos descritos por Safo (quebranto de la voz, rubor, sudor, pulso alterado).

La grandeza moral de Seleuco cierra el episodio: dispuesto a ceder incluso el reino por salvar al hijo, transforma la tragedia privada en solución política. Convoca al pueblo, proclama a Antíoco rey de las provincias altas y a Estratónice reina, y legitima el matrimonio por el bien común. Así, Plutarco contrapone dos escenas: la legitimación por adhesión (Demetrio aceptado por los macedonios) y la legitimación por sacrificio (Seleuco renunciando a sí mismo). En ambos casos, el poder se consolida cuando se subordina —al menos por un momento— a la prudencia, la piedad y el cuidado de los vínculos, recordando que la política, sin gobierno de las pasiones, degenera; y que, gobernadas, puede humanizar incluso a los reyes.

Demetrio frente a Beocia y Tebas

Plutarco muestra a Demetrio en la cúspide de su poder territorial: controla Macedonia, Tesalia y gran parte del Peloponeso, con la sola excepción del istmo de Mégara y Atenas. Desde esa posición se dirige contra Beocia. Al comienzo, las ciudades aceptan una paz razonable, signo de que la autoridad de Demetrio impone respeto. Sin embargo, la llegada del espartano Cleónimo a Tebas y la influencia de Pisis de Tespias, figura destacada por prestigio y poder local, reavivan el orgullo beocio y provocan la rebelión. 

Demetrio acude con máquinas de guerra, símbolo de su fama como Poliorcetes. El mero despliegue basta para que Cleónimo huya y los beocios, atemorizados, se rindan a discreción. Aquí aparece la ambivalencia del personaje: impone guarniciones y contribuciones elevadas —afirmación dura del dominio—, pero combina el castigo con una clemencia selectiva. Nombra como procurador y presidente a Jerónimo, el historiador, gesto que sugiere una administración ordenada y legitimada por la cultura y la memoria histórica.

Aunque Demetrio lo captura, no lo castiga, sino que lo trata con afabilidad y lo designa comandante de la flota de Tespias. Plutarco parece insinuar que Demetrio busca ganar a las élites locales integrándolas en su sistema de poder, más que aniquilarlas. Esta política, que puede parecer benigna, tiene un reverso: no elimina del todo los focos de resistencia.

La inestabilidad se confirma cuando Demetrio recibe la noticia de que Lisímaco ha sido hecho prisionero por Dromiquetes. Demetrio se precipita hacia Tracia con la esperanza de ocuparla como territorio vacío; pero el cálculo falla. Lisímaco recupera la libertad y, en ausencia de Demetrio, los beocios se rebelan otra vez. El rey se ve forzado a regresar airado, solo para encontrar que su propio hijo, Antígono, ya ha vencido a los rebeldes y ha vuelto a poner sitio a Tebas.

El dominio basado en la fuerza y en concesiones tácticas puede ser eficaz a corto plazo, pero no garantiza estabilidad duradera. La repetida rebelión de Beocia y Tebas revela que la obediencia obtenida por temor o por favores personales es frágil. Al mismo tiempo, el éxito militar del joven Antígono anticipa el relevo generacional y sugiere que la continuidad del poder de Demetrio dependerá cada vez más de otros, incluso de su propio hijo.

Tebas castigada, clemencia tardía y la hybris ritual de Demetrio

Mientras Pirro devasta Tesalia y alcanza las Termópilas, Demetrio confía a su hijo Antígono la continuación del asedio de Tebas y sale a enfrentarlo. La sola presencia del rey basta para que Pirro se retire; Demetrio deja tropas de contención y vuelve de inmediato sobre Tebas, revelando su prioridad absoluta: no tolerar la desobediencia reiterada.

El asedio adquiere un tono casi simbólico con el traslado de la helépolis, máquina descomunal cuyo avance lentísimo —dos estadios en dos meses— encarna tanto la potencia técnica como la ceguera voluntariosa del atacante. Los beocios resisten con valentía; Demetrio, por empeño personal, expone reiteradamente a sus soldados. El diálogo con Antígono es clave para el juicio moral de Plutarco: el hijo, compasivo, pregunta por qué mueren innecesariamente; el padre replica con cinismo brutal, reduciendo la vida del soldado a un costo contable. La escena desnuda una concepción del mando donde la eficacia devora la humanidad.

Sin embargo, Plutarco no permite que Demetrio quede como mero tirano insensible. En un combate, una saeta le atraviesa el cuello; la herida grave funciona como reverso trágico del reproche: el rey comparte el riesgo que impone. Aun así, no cede. Toma Tebas por segunda vez en menos de diez años desde su reconstrucción. La entrada anuncia venganza, pero el desenlace sorprende: ejecuta a trece, destierra a algunos y perdona al resto. Es una clemencia limitada, suficiente para afirmar autoridad sin aniquilar la ciudad; Plutarco sugiere que Demetrio aprende tarde a moderar el castigo.

Al celebrarse los Juegos Píticos, Demetrio, impedido por los etolios en los pasos, decide trasladarlos a Atenas. Justifica lo inédito alegando que allí debe venerarse ante todo un dios considerado patricio y fundador de la ciudad. El gesto mezcla piedad y propaganda: sustituye Delfos por Atenas y reordena el espacio sagrado según la conveniencia del poder. Plutarco deja así la impresión final: Demetrio es capaz de perdonar ciudades, pero también de forzar la tradición cuando estorba a su voluntad. La lección se afina: la grandeza militar sin dominio de sí oscila entre clemencia y exceso, y aun los actos piadosos pueden convertirse en instrumentos de soberbia.

El rey actor y el contraste con la realeza justa

Plutarco dibuja aquí un viraje decisivo en la percepción del poder de Demetrio. Inquieto en la paz y más respetado en campaña que en la ciudad, Demetrio busca autoridad en la guerra: marcha contra los etolios y, al dejar fuerzas al mando de Pantauco, se cruza estratégicamente con Pirro. El choque indirecto —Pirro derrota a Pantauco con valentía personal y toma cinco mil prisioneros— tiene un efecto corrosivo para Demetrio: no tanto por el daño material como por el prestigio moral que Pirro gana al combatir “con su propia mano”. Entre los macedonios se instala la comparación: en Pirro reconocen el ardor de Alejandro; en Demetrio, una imitación teatral de su pompa.

Demetrio adopta un aparato escénico —dobles diademas, púrpura y oro, coturnos dorados— y manda tejer un manto cósmico, imagen del mundo y de los astros, que quedará inconcluso con la ruina de su fortuna. Plutarco sugiere que ese lujo no es grandeza, sino desfase: un decorado sin sustancia política. El vestuario sustituye a la virtud; la forma, al fondo.

A la ostentación se suma la mala praxis del gobierno civil. Demetrio rehúye audiencias o las concede con aspereza; humilla a peticionarios (arrojando memoriales al río Axio); posterga embajadas. Frente a la agudeza lacónica del embajador espartano —“es a uno solo”—, el rey queda expuesto como irritable y poco magnánimo. La memoria colectiva contrasta su conducta con la afabilidad de Filipo, modelo de cercanía regia.

Plutarco introduce entonces un correctivo moral: la anciana que, al no ser oída, le espeta “pues no reines”. El golpe de verdad surte efecto. Demetrio comprende que reinar es administrar justicia, y se entrega durante días a escuchar causas. El autor eleva el episodio a doctrina: la guerra pertenece a Ares (tiránica por naturaleza), pero la ley es reina de todos, como canta Píndaro; y Homero enseña que Zeus no confía a los reyes armas ni naves, sino leyes. Incluso Timoteo es citado para oponer tiranía y justicia.

Mientras Zeus es “protector y conservador de ciudades”, Demetrio se gloría del título de Poliorcetes, “expugnador de ciudades”. En ese nombre, dice Plutarco, se confunden lo honesto y lo torpe: se pretende alojar en uno mismo la gloria y la injusticia. La lección final es inequívoca: cuando el poder prefiere el espectáculo a la ley y la conquista a la justicia, la realeza se vacía, aunque el escenario brille.

La grandeza que se desmorona

Repuesto de una grave enfermedad en Pela, Demetrio rechaza a Pirro y pacta con él no por prudencia duradera, sino para liberar sus manos y reconstruir el imperio de su padre. La magnitud de los preparativos —casi cien mil infantes, doce mil jinetes y una flota proyectada de quinientas naves— revela tanto su genio organizador como su ceguera estratégica. Demetrio asombra al mundo helénico con galeras gigantes, superiores incluso a las extravagancias posteriores de Tolomeo Filopátor; a diferencia de estas, las suyas son bellas y operativas. Pero Plutarco sugiere que la eficiencia técnica no compensa el aislamiento político.

La reacción de los otros diádocos es inmediata y coordinada. Seleuco, Tolomeo y Lisímaco forman una liga y empujan a Pirro a invadir Macedonia, desenmascarando la paz previa como una tregua instrumental. El ataque es triple: Tolomeo desgarra Grecia desde el mar, Lisímaco avanza desde Tracia y Pirro irrumpe por occidente. Demetrio deja a su hijo al frente de Grecia y corre a salvar Macedonia, pero la guerra ya no se decide por maniobras, sino por lealtades.

La toma de Berea por Pirro desata el pánico entre los macedonios: lloros, imprecaciones y deserciones. Demetrio intenta oponer a Pirro con Lisímaco, creyendo que el carácter “extranjero” del epirota le restará apoyo; ocurre lo contrario. Pirro encarna el ideal guerrero que los macedonios veneran desde Alejandro: valentía personal y humanidad con los cautivos. Demetrio, en cambio, carga con la fama de luchar por lujo y delicias. La comparación es letal.

Algunos aconsejan a Demetrio huir; otros saquean su tienda. El gesto final es simbólico y devastador: Demetrio se despoja del atuendo regio y huye no como rey, sino como actor, confirmando la metáfora que Plutarco había construido a lo largo de la Vida. Pirro entra, restablece el orden y ocupa el campamento; luego, con Lisímaco, se reparte toda Macedonia, que Demetrio había dominado sin oposición durante siete años.

La grandeza material —ejércitos colosales, naves prodigiosas— no sostiene un poder cuando el gobernante pierde el corazón de quienes lo siguen. Demetrio cae no por inferioridad técnica, sino por quiebra moral y política: cuando el rey se convierte en espectáculo, la realeza se disuelve.

Caída íntima, resurgimiento fugaz y errancia trágica

Plutarco conduce ahora la tragedia personal de Demetrio hasta un punto de desnudez moral. Tras perder Macedonia, huye a Casandrea, donde File, abatida por la inversión total de la fortuna, rehúsa verlo y, sin esperanza, se quita la vida. El golpe es doble: político y doméstico. Demetrio, que tantas veces confundió grandeza con espectáculo, queda ahora solo, y su naufragio se mide por la pérdida del vínculo más firme que le quedaba.

Sin embargo, fiel al ritmo que Plutarco imprime a la Vida, la rueda de la Fortuna vuelve a girar. Demetrio navega a Grecia, reúne amigos y generales y, como el Menelao de Sófocles, experimenta ascensos y descensos lunares: parece extinguirse y vuelve a brillar. Por primera vez recorre ciudades como particular, sin insignias reales; en Tebas alguien le aplica con ironía versos de Eurípides, subrayando la metamorfosis: de dios a hombre, de rey a mortal visible en las riberas de Dirce e Ismeno. La literatura trágica no adorna el relato: lo interpreta.

El resurgir es breve y contradictorio. Demetrio restituye a Tebas su gobierno, gesto de moderación tardía; en cambio, Atenas se rebela, borra el culto a los “salvadores” y restaura los arcontes conforme a las leyes patrias. Temiendo a Demetrio, los atenienses llaman a Pirro; éste asedia la ciudad, pero, persuadido por el filósofo Crates, levanta el sitio y se retira a Asia. El contraste es elocuente: la filosofía logra lo que no la fuerza.

Demetrio aprovecha el hueco asiático. Se casa con Tolemaida, traída por Eurídice, y avanza por Caria y Lidia: algunas ciudades se someten, otras caen por la fuerza; Sardes se rinde, y varios capitanes de Lisímaco desertan con tropas y caudales. Pero el empuje se frena con la llegada de Agatocles. Demetrio se interna en Frigia, proyecta Armenia y las provincias altas —plan audaz, casi quimérico— y queda cortado de víveres.

El hambre recrudece; un error al vadear el río Lico causa numerosas muertes arrastradas por la corriente. Aun así, los soldados conservan la mordacidad: ante la tienda del rey alguien parodia el inicio del Edipo (“Hijo de Antígono, viejo y falto de ojos, ¿qué región es ésta?”). La burla es cruel y exacta: Demetrio avanza a tientas, sin mapa político ni sostén moral.

El balance de Plutarco es severo y coherente con toda la Vida. Demetrio resplandece y se apaga con la misma rapidez; cuando gobierna por la fuerza y el ornamento, pierde adhesiones; cuando cede, ya es tarde. La tragedia no culmina en una gran batalla, sino en la fatiga del mando sin reino. La Fortuna gira, sí; pero el texto insiste: la falta de mesura acelera cada caída.

Miseria extrema, clemencia temerosa y último rebrote de audacia

A la penuria se suma la peste, fruto de la necesidad y de alimentos impropios; ocho mil hombres perecen y el ejército se reduce a restos. Cercado por Agatocles en las gargantas del Tauro, Demetrio intenta evitar provocar a Seleuco y le escribe una carta de súplica extrema, apelando no a la alianza, sino a la compasión humana: que se apiade aun siendo enemigo.

La respuesta inicial de Seleuco es benigna: ordena trato regio para Demetrio y provisiones abundantes para sus tropas. Pero la prudencia —encarnada por Patrocles— introduce el giro decisivo: alojar a Demetrio, aun a costa del gasto, es peligroso; la desgracia empuja a los hombres más audaces a la violencia. Convencido, Seleuco marcha con un gran ejército hacia Cilicia. El gesto revela una constante de Plutarco: la clemencia, sin cálculo, se vuelve riesgo.

Sorprendido por la mudanza, Demetrio se repliega a los lugares inaccesibles del Tauro y ruega de nuevo: pide retirarse a tierras bárbaras independientes para vivir en quietud o, al menos, pasar el invierno con sustento; no ser arrojado, desnudo, a manos de enemigos. Seleuco escucha con sospecha y ofrece una salida condicionada: invernar en Cataonia con rehenes de confianza; al mismo tiempo fortifica las entradas de Siria. Demetrio queda encerrado, “como una fiera”.

Sin salida diplomática, vuelve el Demetrio combativo. Tala el país y, cuando Seleuco ataca, sale airoso en los choques; rechaza carros falcados y llega a apoderarse de las gargantas de Siria. El ánimo revive: los soldados se enardecen y Demetrio se dispone a jugar el todo por el todo. Incluso Seleuco vacila: rehúsa auxilios de Lisímaco por desconfianza y teme enfrentarse solo a un adversario célebre por resurgir de la miseria.

La Fortuna, sin embargo, vuelve a inclinar la balanza. Una enfermedad gravísima postra a Demetrio; la persona cae y con ella el proyecto. Siguen deserciones y pases al enemigo. Tras cuarenta días, apenas convaleciente, intenta engañar con una maniobra: aparenta dirigirse a Cilicia, levanta el campamento de noche y marcha en sentido contrario, atraviesa el Amano y devasta la Cirréstica. Es el último destello del estratega: audaz, móvil, capaz de sorprender aun en ruina.

Demetrio alterna súplica y violencia, clemencia ajena y audacia propia; cada alivio engendra sospecha, cada avance convoca el golpe de la Fortuna. El texto insiste: la grandeza que no se acompaña de mesura y estabilidad produce resplandores breves y caídas más hondas. Aquí, la audacia todavía muerde; pero el cuerpo —y el tiempo— ya no sostienen al rey.

Rendición, esperanza y cautiverio

Demetrio intenta un ataque nocturno contra Seleuco, pero la traición —algunos desertores alertan al enemigo— frustra la sorpresa. Al amanecer, Seleuco da el golpe decisivo no con hierro, sino con autoridad personal: se apea, se descubre el casco y, hablando directamente a los mercenarios, los gana uno a uno. Es la deserción moral del ejército lo que decide la jornada. Demetrio comprende que ésta es “la última de tantas mudanzas”.

La huida subsiguiente —selvas, intentos fallidos de llegar al mar, auxilios tardíos— desemboca en la decisión extrema: entregarse. El gesto de Demetrio (amagar el suicidio y aceptar luego la persuasión de los amigos) subraya el contraste entre el antiguo Poliorcetes y el hombre vencido por la Fortuna. Seleuco, al recibir la noticia, formula una frase reveladora: Demetrio no se salva por su fortuna, sino por la fortuna de Seleuco, que ahora puede exhibir clemencia. Ordena preparativos regios y envía a un amigo común para tranquilizarlo.

Plutarco introduce entonces una ironía amarga: la compasión ajena se trueca en envidia. Los cortesanos, temiendo que Demetrio recupere influencia, siembran recelos. En el mismo instante en que la esperanza renace —promesas, halagos, expectativa de reconciliación cuando lleguen Antíoco y Estratonica— irrumpe la realidad: Demetrio es detenido sin audiencia y conducido al Quersoneso de Siria.

El vencedor administra la misericordia, el vencido vive de esperanza diferida. La grandeza de Demetrio no termina en el patíbulo, sino en una prisión honorable, donde la clemencia es a la vez consuelo y control. Así, la biografía cierra este arco mostrando que, cuando la Fortuna se agota, el poder subsiste sólo como representación concedida por otro.

Demetrio, ya cautivo, se declara a sí mismo muerto: ordena a su hijo Antígono que ignore incluso sus cartas y conserve las ciudades como si el padre no existiera. Es un gesto extremo de desapego político, impropio del conquistador Poliorcetes y profundamente revelador del juicio que ahora hace sobre su propia vida. Antígono responde con la piedad filial esperable: luto, súplicas, ofrecimiento de rehenes y bienes. Frente a ello, Plutarco subraya el contraste moral: Lisímaco aparece como el más cruel —capaz de ofrecer dinero por la muerte del cautivo—, mientras que Seleuco, aunque humano en apariencia, prolonga deliberadamente el cautiverio, reservando la liberación como una gracia política para su hijo y para Estratonica.

Ya sin esperanza activa, se abandona al banquete, al juego y a la bebida. Plutarco no lo presenta solo como decadencia física, sino como una confesión existencial tardía: Demetrio descubre —cuando ya no puede elegir— que la vida que buscó en guerras, flotas y asedios era, en realidad, la que siempre había deseado evitar por una gloria vana. La crítica es durísima: los reyes no solo se equivocan al preferir el placer a la virtud, sino que ni siquiera saben gozar bien del placer cuando lo alcanzan.

La muerte de Demetrio, a los cincuenta y cuatro años, no es trágica en el sentido épico, sino patética en sentido moral: muere por exceso, desidia y abandono de sí. El remordimiento final de Seleuco —al compararse desfavorablemente con Dromiquetes, que trató con verdadera nobleza a su prisionero— cierra el círculo ético de la biografía. El vencedor no queda indemne: también él es juzgado.

Funeral de Demetrio

El funeral no es sobrio ni severo, sino teatral y musical, casi una tragedia representada sobre el mar. La urna de oro, la púrpura y la diadema real, la música fúnebre de Jenofanto y el ritmo acompasado de los remos convierten el traslado de las cenizas en una última puesta en escena, perfectamente acorde con la vida de quien fue llamado Poliorcetes. Plutarco subraya así una ironía final: Demetrio, que vivió como actor de tragedia, es enterrado como tal, no en el silencio del filósofo ni en la sobriedad del legislador, sino en el espectáculo del lamento público.

La figura de Antígono introduce el contrapunto moral. Su dolor sincero, visible y humano conmueve más que todo el aparato regio. Con ello, Plutarco desplaza el foco desde la grandeza externa hacia la piedad filial, única virtud que queda en pie al final del drama. Antígono honra al padre no por su éxito político, sino por lo que fue como hombre caído, cerrando así el ciclo de Fortuna.

El depósito de las cenizas en Demetríade, ciudad que llevaba su nombre, es también profundamente simbólico: Demetrio termina reducido a restos mortales en una ciudad artificial, fundada por agregación, del mismo modo que su poder había sido una construcción inestable, fruto de la fortuna más que de la mesura. La enumeración final de su descendencia y la mención de Perseo, último rey macedonio vencido por Roma, amplían la perspectiva histórica: el destino de Demetrio no es solo personal, sino genealógico y político, preludio del fin de la monarquía macedónica.

MARCO ANTONIO

Desde el primer párrafo, Marco Antonio aparece vinculado a una herencia ambigua. Su abuelo, Antonio el Orador, muere violentamente por haber apoyado a Sila, a manos de Cayo Mario: el linaje de Antonio queda así marcado desde el comienzo por las guerras civiles, el odio político y la venganza. El padre, Antonio Crético, carece de brillo público, pero Plutarco se detiene en un episodio doméstico muy significativo: su liberalidad excesiva, llevada hasta el engaño doméstico, muestra una generosidad sin prudencia, virtud mal gobernada que Antonio heredará amplificada.

La figura decisiva es la madre, Julia, presentada como modelo de virtud romana. Plutarco subraya su influencia educativa y la conecta directamente con el odio visceral de Antonio hacia Cicerón, a raíz de la ejecución de Cornelio Léntulo. Aunque el propio Plutarco se apresura a desmentir la versión más acusatoria contra Cicerón, el dato importa menos por su veracidad histórica que por su valor psicológico: Antonio aprende a odiar a Cicerón no solo como rival político, sino como enemigo casi familiar. El conflicto entre ambos, que más tarde adquirirá dimensiones trágicas, queda aquí anticipado.

El retrato moral se completa con la juventud disipada de Antonio. Su amistad con Curión funciona como corrupción por contagio, un motivo muy plutarqueo: el carácter aún maleable se precipita en el lujo, la deuda y el exceso. La cifra —doscientos cincuenta talentos— no es casual: es desmesurada, y señala ya el rasgo central de Antonio, la falta de medida (akrasía). El paso posterior por Clodio confirma su inclinación hacia figuras turbulentas y demagógicas, pero también muestra inestabilidad: Antonio abandona a Clodio no por virtud, sino por miedo y hastío.

La retirada a Grecia introduce un contraste revelador. Allí Antonio se forma en dos ámbitos decisivos: el cuerpo y la palabra. Sin embargo, incluso su educación retórica es descrita con ironía: adopta el estilo asiático, exuberante, inflado y arrogante, perfectamente acorde con su temperamento. Plutarco no lo critica por ignorancia, sino por exceso, del mismo modo que criticará más adelante su vida amorosa, su política y su ambición.

Desde el comienzo, Marco Antonio rehúsa servir como simple particular y exige un mando: no es soberbia vacía, sino conciencia de su propio temple para la guerra. Nombrado jefe de la caballería por Aulo Gabinio, se distingue de inmediato en Judea contra Aristóbulo II. Plutarco nos da un rasgo constante: Antonio no solo combate, sino que va siempre delante, escala el primero los fuertes y decide la batalla aun con fuerzas inferiores. Aquí aparece ya el Antonio de la acción impetuosa, del riesgo personal, que gana prestigio no por cálculo sino por audacia visible.

La expedición a Egipto refuerza ese perfil. Frente a las dudas de Gabinio y de los demás jefes, Antonio impulsa la empresa movido por el deseo de grandes gestas y por su inclinación natural hacia Tolomeo XII Auletes. El episodio del paso de Pelusio es clave: Antonio domina la logística, asegura los accesos y convierte el punto más peligroso de la campaña en una ventaja decisiva. Plutarco lo presenta aquí no solo como valiente, sino como eficaz estratega de caballería, capaz de abrir el camino tanto física como moralmente, infundiendo confianza al ejército.

Pero el rasgo más característico aparece en su humanidad dentro de la guerra. El entierro regio de Arquelao, enemigo muerto pero antiguo huésped, revela una ética personal que no coincide plenamente con la severidad romana ni con la crueldad oriental: Antonio actúa movido por la lealtad personal, incluso por encima de la conveniencia política. Este gesto explica por qué, según Plutarco, deja una memoria duradera en Alejandría y gana la adhesión de los soldados: no es solo un jefe victorioso, sino un hombre que honra vínculos.

Plutarco describe cuidadosamente el cuerpo de Antonio —barba, frente, nariz— para asociarlo visualmente con Hércules. No se trata de una simple comparación estética: Antonio construye deliberadamente su imagen como heraclida, reforzando una tradición familiar que lo vincula al héroe por linaje y por estilo de vida. Su vestimenta ruda, la espada grande, el manto tosco, todo contribuye a esa escenificación del héroe fuerte, popular y cercano al soldado.

Lo que en otros sería vulgaridad —beber en público, comer con los soldados, bromear, jactarse— en Antonio se vuelve capital político. Su carácter expansivo, incluso sus excesos, generan adhesión. El soldado ve en él no a un aristócrata distante, sino a un compañero engrandecido. La liberalidad extrema, ilustrada en el episodio de los sestercios, completa el cuadro: Antonio desprecia el dinero como límite, y esa prodigalidad, aunque peligrosa, es uno de los pilares de su poder.

Guerra civil

Su ascenso a tribuno de la plebe y a augur no es presentado como fruto de virtud cívica, sino de una combinación de elocuencia popular, dinero político y respaldo militar indirecto de Julio César. Plutarco subraya que Antonio utiliza las magistraturas no como árbitro de la legalidad, sino como instrumentos de obstrucción: bloquea la transferencia de tropas a Pompeyo Magno, fuerza la lectura de las cartas de César en el Senado y, sobre todo, introduce una propuesta aparentemente equitativa —que ambos caudillos depongan las armas— sabiendo que esa igualdad formal es políticamente explosiva.

Antonio encarna la paradoja del tribuno que, invocando la equidad y la libertad, desestabiliza el orden constitucional. El entusiasmo del Senado ante su propuesta revela, para Plutarco, no prudencia sino cansancio institucional, y la posterior reacción de los cónsules —en especial la expulsión de Antonio del Senado— marca el punto de no retorno. La huida de Antonio disfrazado de esclavo no es solo un episodio dramático: simboliza la quiebra efectiva de la inviolabilidad tribunicia, uno de los pilares del sistema republicano.

Plutarco nos da una reflexión crítica a través de Cicerón, quien en las Filípicas atribuye a Antonio el papel de “Helena” de la guerra civil. Plutarco rechaza esta explicación simplista y moralizante: Antonio no causa la guerra, sino que proporciona el pretexto. César ya estaba decidido; Antonio le ofrece la coartada jurídica y emocional. La causa profunda, insiste Plutarco, es la misma que movió a Alejandro o a Ciro: una ambición desmedida de mando, incompatible con cualquier equilibrio republicano.

Una vez que César cruza a Italia y se apodera de Roma, Antonio recibe un poder enorme: el control de Italia y de los ejércitos, mientras Lépido queda a cargo de la ciudad. Aquí el retrato se oscurece deliberadamente. Antonio se gana al soldado —conviviendo, ejercitándose y repartiendo donativos—, pero pierde al ciudadano. Plutarco enfatiza su negligencia administrativa, su desprecio por la justicia civil, su arrogancia personal y su desorden moral. El resultado es claro: el gobierno de César se vuelve odioso no por César, sino por sus hombres, y Antonio aparece como el más culpable precisamente porque tenía mayor poder.

El juicio final es severo y típicamente plutarquiano: Antonio no es aún un tirano, pero ya actúa como factor de corrupción del poder legítimo. Donde César podía parecer aún un magistrado extraordinario, Antonio introduce el abuso, la violencia cotidiana y el descrédito moral. 

General eficaz y magistrado

En el plano militar, Antonio aparece como colaborador clave de Julio César. La audaz travesía desde Brindis hasta la costa macedónica, en pleno invierno y bajo persecución enemiga, lo muestra como hombre de resolución extrema, capaz de arriesgarlo todo por lealtad personal. Plutarco subraya aquí un elemento típico de la historiografía antigua: la intervención de la fortuna. El viento que primero lo arroja hacia las rocas y luego destruye a la flota enemiga funciona como signo de que Antonio está hecho para la guerra, ámbito donde el arrojo, la rapidez y el azar pueden favorecer al audaz. Su llegada con veinte mil infantes y ochocientos caballos no solo salva a César de una situación comprometida, sino que restablece la confianza estratégica del bando cesariano.

Este prestigio se consolida en las campañas posteriores. Antonio se distingue repetidamente por detener fugas, reorganizar tropas y revertir derrotas, cualidades supremas del buen general. El gesto de César en Farsalia —reservarse el ala derecha y confiar la izquierda a Antonio— es presentado por Plutarco como un juicio definitivo sobre su competencia militar. Después de César, nadie goza de mayor crédito entre los soldados.

Sin embargo, el retrato cambia bruscamente cuando Antonio pasa del campo de batalla a la administración civil. Nombrado tribuno de la plebe y enviado a Roma mientras César persigue a Pompeyo Magno, Antonio se revela incapaz de gobernar con templanza. Plutarco insiste en que el tribunado, en ausencia del dictador, es la magistratura suprema, lo que agrava sus faltas: no es un subordinado menor, sino el rostro visible del poder cesariano en la ciudad.

Dolabela muestra esta incapacidad con claridad. Antonio no actúa movido por principios políticos estables, sino por pasiones privadas: primero se inclina a favor de la abolición de deudas para halagar a la multitud; luego, al sospechar una ofensa personal en su matrimonio, cambia de bando y recurre a la fuerza armada contra su antiguo aliado. La mezcla de interés público y resentimiento íntimo es, para Plutarco, uno de los signos más peligrosos del mal gobernante. Aunque actúa con respaldo del Senado, el resultado es desastroso: pierde el favor del pueblo sin ganar el respeto de los hombres prudentes.

 Plutarco acumula ejemplos de desorden, embriaguez y ostentación obscena: noches enteras de banquetes, apariciones públicas indignas, prostitución exhibida con pompa casi oficial, lujo oriental impropio de una ciudad exhausta por la guerra. El contraste es deliberado y cruel: mientras César duerme al raso y arriesga la vida para cerrar definitivamente el conflicto civil, Antonio derrocha el fruto de esas victorias en espectáculos que insultan a ciudadanos y soldados por igual.

Antonio desacredita el poder de César. Lo que en el dictador podría parecer aún una autoridad necesaria y excepcional, en manos de Antonio se transforma en arbitrariedad, corrupción y escándalo moral. Por eso, dice Plutarco, Antonio nunca gozó del aprecio de los hombres sensatos: no por una sola falta, sino por una forma de vida incompatible con la responsabilidad política.

Antonio y César

Plutarco dice que la conducta de Marco Antonio no era un vicio privado sin consecuencias, sino un factor activo de sedición. Su ejemplo relajaba la disciplina del ejército: cuando el jefe se entrega al desenfreno, los soldados se sienten autorizados para la rapiña, la insolencia y el abuso. 

Por esta razón, cuando César regresa, actúa con una mezcla de clemencia y distancia. Perdona a Dolabela —lo que refuerza su imagen de magnanimidad—, pero toma una decisión política muy significativa: al ser elegido cónsul por tercera vez, no elige a Antonio como colega, sino a Lépido. Plutarco deja claro que este gesto no es casual. No es una ruptura abierta, pero sí una desconfianza política: César reconoce la utilidad militar de Antonio, pero no lo considera apto para compartir la magistratura suprema. Plutarco deja entrever que esta exclusión es una corrección silenciosa, más eficaz que una reprimenda pública.

Antonio compró en subasta pública la casa de Pompeyo Magno en Roma. Esto ocurrió después de la derrota y muerte de Pompeyo Magno, cuando los bienes del vencido fueron confiscados por el Estado y puestos en venta, como era habitual en las guerras civiles romanas. Legalmente, la operación era posible; políticamente, era explosiva.

La casa de Pompeyo no era una vivienda cualquiera. Era un símbolo del viejo orden republicano, del prestigio senatorial y del poder del gran rival de Julio César. Que Antonio la comprara significaba ocupar físicamente el lugar del enemigo derrotado, casi como un gesto de apropiación del prestigio y de la victoria. Para muchos romanos, esto ya era una provocación.

El problema surge cuando Antonio no paga el precio completo. La casa había sido subastada, pero Antonio —acostumbrado a vivir del favor político y del botín— se molesta cuando se le exige el pago efectivo, como a cualquier ciudadano. Aquí está el punto central del reproche de Plutarco: Antonio cree que sus méritos militares lo colocan por encima de la ley y de las obligaciones civiles.

La reacción de Antonio es reveladora y poco digna: se queja, se indigna, y llega incluso a decir que no acompañó a César a África porque no se le recompensaba lo suficiente. Esto muestra una mentalidad peligrosa para Roma: el general que empieza a pensar que el Estado le debe todo, pero que él no debe nada al Estado. Plutarco lo presenta como un signo de ingratitud, soberbia y falta de moderación.

Frente a esto, la actitud de César es muy significativa. No lo castiga abiertamente, pero le retira confianza política. Por eso no lo elige como colega en el consulado. César distingue entre el Antonio útil para la guerra y el Antonio peligroso para el gobierno civil. Es una corrección silenciosa, pero muy dura. Para corregir —al menos en parte— el desorden de vida de Antonio, César no recurre a castigos, sino a una solución típicamente romana y política: el matrimonio. Antonio se casa con Fulvia, viuda de Clodio, un demagogo violento y agitador popular. No es una esposa doméstica ni sumisa, sino una mujer ambiciosa, dominante y políticamente activa, que no busca obedecer a un marido, sino gobernar a través de él.

Fulvia no está hecha para la vida privada, sino para el mando. Quiere dirigir al que manda y guiar al que conduce ejércitos. En este punto introduce una observación irónica y profunda: Fulvia es el “entrenamiento previo” que prepara a Antonio para someterse después a Cleopatra. No es Cleopatra quien por primera vez domina a Antonio, sino que Antonio ya había aprendido a dejarse dominarAun así, Antonio no renuncia a su carácter festivo y burlesco. Intenta incluso “ablandar” a Fulvia con bromas y juegos, integrándola en su estilo de vida jovial. De esta relación nace una mezcla peligrosa.

Un ejemplo de broma es el siguiente: Cuando César regresa victorioso de España, corre el rumor de que ha muerto y que los enemigos se acercan a ItaliaEntonces, Antonio regresó apresuradamente a Roma, y para no ser reconocido —o para gastar una broma afectuosa— se disfrazó de esclavoAsí, Antonio, vestido como esclavo, fue de noche a casa de Fulvia, fingiendo que traía una carta de Antonio para ella.

Antes de abrir la supuesta carta, Fulvia pregunta con ansiedad si Antonio vive. O sea, Antonio ocupa el centro afectivo de Fulvia y que su vínculo no es meramente conyugal, sino político y pasional. En ese momento, Antonio no responde con palabras: se arroja a sus brazos, revelando su identidad. El episodio tiene algo de comedia, pero Plutarco no lo incluye por trivialidad. Lo presenta como síntoma de una personalidad que confunde lo político con lo teatral, lo privado con lo público, y el poder con la representación.

Ambición, poder y señales

Plutarco indica este favor mediante un gesto simbólico: César viaja en carruaje con Antonio a su lado, mientras que Bruto Albino y Octavio (el futuro Augusto) van detrás (Plutarco, Vida de Marco Antonio, XI). En una cultura política romana profundamente simbólica, la disposición física en una comitiva expresaba jerarquía y confianza. Antonio aparece aquí como el colaborador principal de César, incluso por sobre figuras que luego serían decisivas en la historia de Roma.

Sin embargo, esta cercanía se vuelve conflictiva cuando César, elegido cónsul por quinta vez, intenta ceder el consulado a Dolabela. Antonio se opone con violencia verbal, invocando agravios personales y políticos, lo que provoca un enfrentamiento público que obliga a César a retroceder por vergüenza (Plutarco, Ant., XI). El episodio revela dos elementos clave: por un lado, la influencia real de Antonio sobre César; por otro, su carácter impulsivo, que introduce tensiones innecesarias en el gobierno. Cuando más adelante Antonio vuelve a impedir el ascenso de Dolabela alegando malos presagios religiosos, Plutarco deja ver el uso instrumental de los agüeros como arma política, algo especialmente grave en una república donde la religión estaba ligada al orden constitucional.

A pesar de estos roces, Plutarco aclara que César no temía ni odiaba a Antonio, ni siquiera cuando se le advertía contra él. La famosa frase atribuida a César —que no teme a “estos gordos y tragones”, sino a los “pálidos y flacos” (Bruto y Casio)— es reveladora (Plutarco, Ant., XI). Antonio es visto como peligroso por exceso y desorden, pero no como conspirador; en cambio, César percibe correctamente que el verdadero riesgo proviene de hombres austeros, severos y silenciosos, movidos por convicciones morales y políticas profundas.

Plutarco nos habla ahora de la escena de los Lupercales. Durante esta festividad arcaica, de carácter religioso y purificador, Antonio —que corre como uno de los magistrados— rompe el ritual tradicional y ofrece públicamente una diadema a César, insinuando abiertamente la realeza (Plutarco, Ant., XII). Este gesto no es inocente: en Roma, el título de rex estaba cargado de una memoria traumática, asociada a la tiranía y a la expulsión de los reyes etruscos. Plutarco destaca que el pueblo no rechaza el poder de hecho de César, sino el nombre de rey, pues considera que en él reside la destrucción de la libertad.

La reacción popular es decisiva: César rechaza la corona dos veces, y cada negativa provoca una ovación general, mientras que Antonio apenas recibe aplausos forzados. El mensaje es inequívoco. Plutarco interpreta esta escena como una prueba de que el pueblo romano toleraba la dominación, pero no su legitimación simbólica (Plutarco, Ant., XII). El propio César, visiblemente molesto, llega a ofrecer su cuello a quien quisiera herirlo, en un gesto teatral que mezcla desafío, ironía y conciencia del peligro.

El episodio finaliza con otro acto revelador: cuando los tribunos de la plebe destruyen una corona colocada en una estatua de César, el pueblo los aplaude; sin embargo, César los destituye (Plutarco, Ant., XII). Con esto, Plutarco sugiere que, aunque César rechaza el título de rey, castiga cualquier resistencia institucional a su poder. Antonio, al haber provocado la escena de los Lupercales, queda así como causa indirecta del descrédito de César y como catalizador del miedo que llevará, poco después, a la conjura.

Del asesinato de César a la furia popular

Bruto y Casio avanzan ya claramente hacia la conjura contra Julio César, y revela la ambigüedad estratégica de Marco Antonio. Los conjurados dudan seriamente sobre qué hacer con él: algunos proponen asociarlo al complot, reconociendo su cercanía a César y su enorme peso político y militar. Sin embargo, Trebonio se opone con un testimonio clave: relata que, en el viaje desde España, insinuó con cautela el plan a Antonio, quien lo comprendió, no lo aceptó, pero tampoco lo denunció (Plutarco, Vida de Marco Antonio, XIII). Este detalle es crucial: Antonio aparece como un hombre que entiende el peligro, sabe callar y mantiene una lealtad ambigua, fiel a César en el silencio, pero sin comprometerse activamente.

Pese a ello, algunos conjurados proponen eliminar también a Antonio junto con César, por temor a su fuerza y a la dignidad de su magistratura. Es Bruto quien se opone con firmeza, argumentando que una acción emprendida “en defensa de las leyes y de lo justo” no debe contaminarse con nuevas injusticias (Plutarco, Ant., XIII). Este razonamiento refleja la autoimagen moral del partido republicano, pero también su ingenuidad política: subestiman la capacidad de Antonio para reconducir los acontecimientos. En vez de matarlo, deciden neutralizarlo momentáneamente, asignando a algunos conjurados la tarea de entretenerlo fuera del Senado mientras se ejecuta el asesinato.

El primer gesto de Antonio es de puro instinto de supervivencia: se disfraza de esclavo y se oculta, temiendo ser la siguiente víctima. Este detalle, repetido varias veces por Plutarco, no es anecdótico: muestra a Antonio como un hombre pragmático, capaz de humillarse y desaparecer cuando la situación lo exige. Sin embargo, una vez que comprende que los conjurados no planean una matanza general, emerge rápidamente su faceta política. Se presenta como mediador, convence a los asesinos de bajar del Capitolio y entrega incluso a su hijo como rehén, gesto extremo destinado a generar confianza.

En esta primera fase, Antonio actúa con una prudencia notable. Convoca al Senado, promueve una amnistía, acepta que se asignen provincias a Bruto y Casio, y logra que se ratifique que nada de lo hecho por César sea anulado (Plutarco, Ant., XIV). Desde su perspectiva inmediata, el balance es perfecto: evita la guerra civil, preserva el orden institucional y se coloca como figura central del nuevo equilibrio político. Plutarco cuenta que Antonio sale del Senado “el hombre más satisfecho del mundo”, convencido de haber manejado una situación extrema con habilidad excepcional.

No obstante, esta moderación dura poco. Apoyado en el estado emocional del pueblo, Antonio cambia radicalmente de estrategia. El punto de inflexión es el elogio fúnebre de César. Siguiendo la costumbre, comienza con alabanzas formales, pero al percibir la atención y la emoción de la multitud, decide explotar deliberadamente el pathos. El gesto culminante es teatral y devastador: despliega la túnica ensangrentada y agujereada por las puñaladas, llamando a los conjurados “matadores” y “asesinos” (Plutarco, Ant., XIV). Aquí Antonio se revela como un maestro de la retórica emocional, capaz de transformar una asamblea en una multitud furiosa.

El efecto es inmediato y violento. El pueblo, fuera de sí, improvisa una pira funeraria en la plaza, quema el cuerpo de César allí mismo y, con los tizones encendidos, corre a atacar las casas de los conjurados, decidido a incendiarlas. Plutarco presenta este estallido como una consecuencia directa de la maniobra de Antonio, que convierte el duelo en ira política. La prudencia inicial da paso a la ambición: Antonio ya no busca equilibrio ni concordia, sino quedar como el heredero efectivo del poder de César, eliminando a Bruto y a sus aliados mediante la presión popular.

No es un conspirador filosófico como Bruto ni un ambicioso frío como Octavio, sino un hombre que lee el pulso de la multitud, alterna astucia y exceso, y transforma una crisis constitucional en una oportunidad personal. 

Antonio y el ''poder del muerto''

Tras la huida de Bruto y los demás conjurados, la situación en Roma queda marcada por un vacío de poder que Marco Antonio se apresura a ocupar. Los partidarios de César se agrupan en torno a él, y Calpurnia, viuda del dictador, le entrega en depósito la mayor parte de la fortuna de su marido, que Plutarco cifra en cuatro mil talentos. Este gesto es decisivo: Antonio no solo pasa a controlar el dinero, sino también los papeles y libros de César, es decir, los registros de decisiones, nombramientos y proyectos aún no ejecutados (Vidas paralelas, Antonio, XV). Con ello, Antonio adquiere un poder extraordinario, pues en Roma la autoridad de César muerto seguía teniendo un peso casi sagrado.

Plutarco subraya que Antonio abusa deliberadamente de esta situación. Añade a los registros lo que le parece conveniente y actúa “como si así lo hubiese ordenado César”: nombra magistrados, introduce nuevos senadores, libera presos, permite el regreso de desterrados. A quienes se beneficiaban de estas decisiones se los llamaba irónicamente “Caronitas”, en alusión a Caronte, el barquero de los muertos, porque su defensa jurídica consistía en apelar a los decretos de un difunto. El pasaje es una crítica clara: Antonio gobierna invocando la autoridad del muerto, transformando el legado de César en un instrumento personal y despótico.

Este dominio se ve reforzado por su posición institucional. Antonio es cónsul, y además concentra poder familiar: su hermano Gayo es pretor y Lucio tribuno de la plebe. Plutarco deja entrever un verdadero control oligárquico, donde la legalidad formal sirve de cobertura a un ejercicio arbitrario del poder. Roma no ha salido aún de la guerra civil, pero ya se perfila un nuevo conflicto interno, esta vez entre los herederos del cesarismo.

En este contexto aparece una figura clave: Octavio, el joven sobrino-nieto de César, nombrado heredero en su testamento. Llega desde Apolonia y se presenta ante Antonio con respeto, como “amigo del padre”, pero introduce de inmediato un punto delicado: exige el dinero necesario para cumplir el testamento, que ordenaba entregar setenta y cinco dracmas a cada ciudadano romano. Antonio lo desprecia inicialmente, considerándolo demasiado joven e inexperto para asumir una herencia tan pesada. Esta actitud revela un error político fundamental: Antonio subestima a quien pronto será su rival más peligroso.

La tensión escala rápidamente. Antonio no solo se niega a entregar el depósito, sino que hostiga activamente a Octavio: se opone a su acceso al tribunado de la plebe y lo amenaza con la cárcel si intenta exhibir en el teatro la silla curul de César, símbolo de su dignidad. Plutarco muestra aquí a un Antonio celoso del capital simbólico del dictador, decidido a impedir que el heredero legítimo se convierta en foco de lealtades populares.

Ante esta presión, Octavio actúa con astucia: se apoya en Cicerón y el Senado, enemigos declarados de Antonio, mientras por su cuenta gana al pueblo y a los veteranos asentados en las colonias. Se produce así una inversión progresiva de fuerzas. Antonio, que al inicio parecía dueño absoluto de la situación, empieza a sentir temor. Ambos se reconcilian momentáneamente en una entrevista en el Capitolio, pero Plutarco introduce un elemento simbólico y psicológico: el sueño del rayo que hiere la mano derecha de Antonio, presagio de pérdida de poder o de traición.

Poco después corre el rumor de que Octavio planea atentar contra su vida. Aunque el joven lo niega, Antonio no le cree. La enemistad se reaviva y ya no tiene marcha atrás. Ambos recorren Italia compitiendo por atraer a los veteranos con dinero y promesas, preparando el terreno para un nuevo enfrentamiento armado. Plutarco deja claro que aquí nace el conflicto que marcará el final de la República: no como un choque ideológico, sino como una lucha por apropiarse del nombre, la herencia y el poder de César.

De enemigo público a caudillo reforzado

Impulsado por Cicerón, que en ese momento domina el Senado y la opinión pública, Antonio es declarado enemigo público (hostis publicus). El Senado entrega las fasces y las insignias de pretor a Octavio (César) y encomienda a los cónsules Pansa e Hircio la misión de expulsar a Antonio de Italia. Esta decisión marca el punto más bajo de su posición política: legalmente proscrito, militarmente presionado y moralmente desacreditado.

La campaña culmina en la batalla de Módena (Mutina). Aunque las fuerzas senatoriales, con Octavio combatiendo a su lado, obtienen la victoria, el resultado es paradójico: mueren ambos cónsules, Pansa e Hircio. Antonio huye derrotado, pero la muerte de los magistrados deja al bando vencedor sin dirección clara. Plutarco subraya aquí una ironía histórica recurrente: Antonio pierde la batalla, pero el equilibrio político se descompone en su favor, porque la autoridad que debía sustituirlo desaparece con los cónsules caídos.

Durante la huida, Plutarco introduce un retrato moral muy significativo. Antonio, acostumbrado al lujo, se transforma en la adversidad. El biógrafo señala que en la desgracia Antonio se vuelve mejor de lo que era por naturaleza: soporta el hambre, bebe agua corrompida, se alimenta de raíces, frutos silvestres e incluso cortezas de árbol al cruzar los Alpes. Este contraste cumple una función ética típica de Plutarco: mostrar que la virtud práctica no siempre se manifiesta en tiempos de éxito, sino que emerge con claridad en la necesidad extrema. Antonio aparece aquí como un líder capaz de compartir el sufrimiento de sus soldados, lo que refuerza su carisma militar.

El objetivo estratégico de Antonio es unirse a las tropas de Lépido, que mandaba fuerzas importantes en la Galia y debía favores a César gracias a la mediación previa de Antonio. Al principio, Lépido se muestra ambiguo y evita cualquier gesto público de apoyo. Entonces Antonio recurre a una puesta en escena cuidadosamente calculada: se presenta despeinado, barbado, vestido con toga de duelo, y se acerca al valladar del campamento enemigo para hablar directamente. Lépido intenta neutralizar el efecto ordenando tocar las trompetas, pero ese gesto produce el efecto contrario: los soldados se conmueven aún más, y la compasión se transforma en conspiración.

Los soldados de Lépido, disfrazados de mujerzuelas, se acercan a Antonio para asegurarle que será recibido y que incluso están dispuestos a matar a su propio general. Antonio rechaza el asesinato de Lépido, lo que refuerza su imagen de jefe magnánimo y prudente. Al día siguiente cruza el río el primero, gesto simbólico de liderazgo, y al ver que los soldados derriban el valladar y le tienden las manos, entra en el campamento sin resistencia. El control real pasa a Antonio, aunque conserva a Lépido los honores y el título de emperador, tratándolo con deferencia y llamándolo “padre”. Esta combinación de autoridad efectiva y respeto formal revela una notable inteligencia política.

Planco se une también con sus tropas, y Antonio emerge de la proscripción no solo rehabilitado, sino militarmente fortalecido. Cruza nuevamente los Alpes hacia Italia con diecisiete legiones de infantería y diez mil jinetes, dejando además seis legiones de reserva en la Galia bajo el mando de Vario. Plutarco deja claro que el hombre que había sido declarado enemigo público reaparece ahora como uno de los caudillos más poderosos del mundo romano.

El Segundo Triunvirato

Octavio (ya distanciado de Cicerón, al que percibe demasiado comprometido con la causa republicana), inicia contactos con Marco Antonio, y a ellos se suma Lépido. Los tres se reúnen en una pequeña isla fluvial —detalle simbólico que subraya el carácter excepcional y casi extralegal del encuentro— y durante tres días negocian el reparto del poder. En lo esencial, el acuerdo es rápido: se distribuyen la autoridad “como una herencia paterna”, es decir, como si el Estado romano fuera un patrimonio privado que puede dividirse entre herederos.

La verdadera dificultad no surge en el reparto de provincias o cargos, sino en la lista de los condenados. Plutarco subraya que la mayor disputa no fue sobre cómo gobernar, sino sobre a quién matar. Cada uno deseaba eliminar a sus enemigos personales y salvar a sus allegados, y el acuerdo final se alcanza mediante un trueque moralmente monstruoso: cada triunviro acepta sacrificar a personas cercanas si con ello consigue la muerte de quienes más odia. El pasaje insiste en la idea de la permuta de muertes, donde se intercambian víctimas como mercancía política, anulando por completo los vínculos de parentesco, amistad y gratitud.

El ejemplo más célebre y significativo es el de Cicerón. Octavio —que debía su carrera política inicial en gran parte al prestigio del orador— lo entrega a Antonio, mientras que Antonio consiente en que Octavio haga ejecutar a Lucio César, tío suyo por parte de madre. A Lépido se le atribuye la muerte de su propio hermano Paulo (aunque Plutarco señala que existen versiones divergentes). El énfasis del relato no está en la exactitud jurídica del dato, sino en el efecto moral: nunca, dice implícitamente Plutarco, se había visto una degradación tan completa de la vida pública, donde los hombres son más injustos con los amigos que con los enemigos, pues a aquellos los matan sin odio, solo por conveniencia.

Octavio toma por esposa a Claudia, hija de Fulvia y, por tanto, hijastra de Antonio. La unión matrimonial cumple aquí la función clásica de garantizar la estabilidad del pacto, pero contrasta brutalmente con el contexto de las proscripciones: bodas y asesinatos conviven como instrumentos del mismo cálculo de poder.

La ejecución de Cicerón ocupa el centro trágico del relato. Antonio ordena que le corten la cabeza y la mano derecha, símbolo directo de la palabra y de la escritura con que el orador lo había combatido en las Filípicas. Plutarco describe con crudeza la reacción de Antonio: contempla los restos con placer, ríe repetidamente y ordena exhibirlos en la tribuna del foro. El gesto no es solo una venganza personal, sino una escenificación del triunfo del poder sobre la palabra, de la violencia sobre la elocuencia cívica. Sin embargo, el biógrafo introduce un juicio moral severo: Antonio cree insultar a un enemigo muerto, pero en realidad se insulta a sí mismo, porque muestra públicamente la corrupción de su carácter y la bajeza del poder que ejerce.

El episodio final de Lucio César introduce un contraste deliberado. Mientras los triunviros negocian muertes con frialdad, una mujer —hermana de Lucio y madre de Antonio— se interpone físicamente ante los asesinos y declara que deberán matarla primero. Su gesto salva al hermano y devuelve momentáneamente la escena a un plano humano y ético. Plutarco contrapone así la crueldad calculada del poder masculino con la firmeza moral de una mujer, cerrando el pasaje con una lección característica de su obra: incluso en medio de la barbarie política, la virtud individual todavía puede manifestarse y avergonzar a los poderosos.

El Segundo Triunvirato se vuelve abiertamente odioso para Roma. Aunque formalmente el poder estaba repartido entre Marco Antonio, Octavio y Lépido, la opinión general —según Plutarco— atribuía la mayor responsabilidad del abuso a Antonio. La razón no es solo política, sino moral: era el mayor en edad, el más experimentado y el que ejercía mayor influjo, por lo que se esperaba de él una conducta más moderada. En lugar de ello, una vez relajada la presión de los negocios, Antonio retorna a la vida disoluta de su juventud, confirmando el juicio negativo que ya pesaba sobre su carácter Plutarco, Vida de Antonio 21.

Un símbolo central de este descrédito es la casa de Pompeyo Magno, donde Antonio se instala. Para los romanos, no se trata de una simple residencia, sino de un emblema moral. Pompeyo Magno había sido admirado no solo por sus triunfos, sino por su sobriedad y vida casi privada. Ver esa misma casa convertida en un espacio cerrado a magistrados y generales, pero abierto a bufones, farsantes, aduladores y comensales ebrios, resultaba un insulto público. Plutarco subraya el contraste: la austeridad del antiguo dueño frente al lujo insolente del nuevo, que dilapida una riqueza obtenida por medios violentos y arbitrarios.

La crítica se agrava cuando Plutarco describe los métodos económicos del triunvirato, especialmente de Antonio. No se trataba solo de confiscar los bienes de los proscritos —ya de por sí un acto extremo—, sino de recurrir a toda clase de exacciones y, en un gesto particularmente escandaloso, saquear depósitos custodiados por las Vírgenes Vestales, que incluían bienes de ciudadanos y extranjeros. Este detalle no es casual: tocar los bienes confiados a las Vestales implicaba una violación directa de lo sagrado, y refuerza la imagen de un poder que ha perdido todo límite religioso y moral (Vida de Antonio 21).

Ante esta voracidad sin freno, Octavio propone repartir los caudales y también el ejército, con el objetivo práctico de ordenar la situación y preparar la guerra decisiva contra Bruto y Casio. Así, Antonio y Octavio marchan a Macedonia, dejando a Lépido en Roma. El relato entra entonces en la campaña de Filipos, donde Plutarco atribuye de forma clara el peso militar de la victoria a Antonio.

En la primera batalla, Octavio es derrotado por Bruto y pierde su campamento, salvándose por poco; mientras tanto, Antonio vence a Casio. Plutarco menciona versiones alternativas —algunos dicen que Antonio llegó después del combate—, pero la tradición dominante le asigna el mérito. Casio, creyéndose derrotado definitivamente e ignorando que Bruto había vencido en su sector, ordena a su liberto Píndaro que lo mate. El error trágico subraya el carácter caótico y fatal de la guerra civil..

En la segunda batalla, Bruto es vencido y se suicida. Aquí Plutarco es explícito: la gloria del triunfo corresponde principalmente a Antonio, mientras Octavio estaba enfermo. El comportamiento de Antonio ante el cadáver de Bruto es ambiguo y revelador. Primero le reprocha la muerte de su hermano Gayo; luego, descargando la culpa en Hortensio, ordena que éste sea ejecutado sobre la tumba de Bruto. A continuación, arroja sobre el cuerpo del vencido su propio manto de púrpura —gesto solemne y casi regio— y encarga a un liberto los funerales. Este contraste entre honor público y crueldad privada es típico del retrato moral de Plutarco.

Antonio manda ejecutar al liberto encargado del entierro por haber escatimado parte del manto y del dinero destinado a las exequias. Así, incluso un gesto aparentemente noble se ve contaminado por la desconfianza y la violencia. Plutarco deja claro que el triunfo de Filipos, aunque militarmente decisivo, no ennoblece a Antonio, sino que refuerza la imagen de un hombre capaz de grandes acciones y, al mismo tiempo, de excesos implacables.

El “Dionisismo político” de Marco Antonio en Oriente

Tras la victoria de Filipos, Marco Antonio toma un camino distinto al de Octavio. Mientras éste regresa a Roma, Antonio se dirige a Oriente con una finalidad muy concreta: recaudar enormes sumas de dinero para cumplir la promesa hecha a sus soldados —cinco mil dracmas por hombre—. Plutarco subraya desde el inicio la ambigüedad del personaje: la necesidad financiera lo empuja a exacciones durísimas, pero su trato personal con los griegos resulta, en apariencia, amable y seductor. Se muestra afable con los intelectuales, asiste a juegos e iniciaciones religiosas y disfruta siendo llamado “amigo de los griegos” y, sobre todo, “amigo de los atenienses” (Plutarco, Vida de Antonio, 23).

Este filohelenismo tiene un tono irónico y casi teatral. El episodio de Mégara —cuando califica su casa de consejo como “pequeña, pero vieja”— muestra a un Antonio ingenioso, burlón y consciente del valor simbólico de las ciudades griegas. Del mismo modo, su intención de restaurar el templo de Apolo Pitio refuerza la imagen de protector cultural del mundo helénico. Sin embargo, Plutarco deja claro que este encanto no elimina la carga fiscal, sino que la disimula con gestos culturales y humorísticos (Vida de Antonio, 23).

El giro decisivo ocurre cuando Antonio entra en Asia. Allí, rodeado de reyes, riquezas y halagos, recae plenamente en su antigua vida de lujo. Plutarco pinta un cuadro casi moralmente alegórico: músicos, bailarines y juglares “asiáticos” invaden su casa; el palacio se convierte en un centro de fiestas ininterrumpidas, y toda Asia parece, como en la tragedia, llena a la vez de perfumes, cantos… y lamentos. La entrada triunfal en Éfeso es descrita como una auténtica epifanía báquica: mujeres vestidas de Bacantes, hombres como Sátiros y Panes, hiedra, tirsos y flautas, mientras Antonio es aclamado como Dioniso, “Baco el benéfico y melifluo”.

Plutarco introduce aquí una distinción moral clave: Antonio es “Baco” solo para unos pocos, los aduladores y favoritos; para la mayoría, resulta cruel y desabrido. Bajo el ropaje festivo se esconde el expolio sistemático: despoja a ciudadanos honestos de sus bienes para recompensar a parásitos, concede haciendas de hombres vivos como si estuvieran muertos, e incluso entrega la casa de un ciudadano de Magnesia a un cocinero como premio por una cena. El contraste entre el lenguaje religioso-dionisíaco y la realidad administrativa revela la crítica profunda de Plutarco al uso del poder.

Aquí aparece Hibreas, orador local, cuya ironía —“si puedes cobrar dos veces en un año, haz que haya dos veranos y dos otoños”— condensa el descontento general. Cuando Hibreas añade que, si Antonio ya ha recibido los doscientos mil talentos y no los tiene, entonces el Asia está perdida, Plutarco introduce un elemento importante: Antonio ignora buena parte de los abusos cometidos en su nombre, no tanto por maldad deliberada, sino por una confianza excesiva en su entorno (Vida de Antonio, 24).

Antonio posee, según Plutarco, un fondo de sencillez: no es naturalmente suspicaz, y cuando reconoce un error, lo siente con vehemencia y procura reparar el daño. Sin embargo, esta misma disposición lo hace vulnerable. Es excesivo tanto en recompensar como en castigar, y sobre todo incapaz de distinguir la burla honesta de la adulación interesada. Al permitir un trato desenfadado, cree tratar con amigos libres cuando en realidad muchos lo engatusan, mezclando chanza con lisonja para dominarlo en los asuntos graves.

Cleopatra y la rendición de Marco Antonio

Plutarco presenta el amor de Cleopatra como el punto de inflexión decisivo en la vida moral y política de Marco Antonio. No se trata de un afecto más, sino del “último mal” que se añade a un carácter ya inclinado al exceso. Según el biógrafo, Cleopatra no crea desde cero los vicios de Antonio, sino que despierta y exacerba disposiciones latentes, borrando los últimos restos de moderación que aún subsistían en él (Vida de Antonio, 25). El amor aparece así como una fuerza disolvente: no añade simplemente una pasión, sino que destruye cualquier freno previo.

Antonio convoca a Cleopatra a Cilicia para que responda a graves acusaciones: haber auxiliado a Casio, enemigo de los cesarianos. Sin embargo, Plutarco introduce de inmediato a Delio, mensajero de Antonio, como figura clave de mediación. Delio, al percibir la inteligencia, el porte y la agudeza de Cleopatra, comprende que la relación de poder se invertirá: no será Antonio quien domine a la reina, sino ella quien “prive con él”. Este juicio anticipa todo el desarrollo posterior y subraya que la derrota de Antonio comienza antes incluso del encuentro, en la percepción psicológica de quienes los rodean.

Cleopatra acepta el consejo de Delio y prepara su estrategia con plena conciencia de su experiencia pasada. Plutarco recalca que no es una joven inexperta, sino una mujer que ya ha tratado con César y con Pompeyo hijo, y que sabe medir a los hombres poderosos. La diferencia ahora es doble: ella se halla en la plenitud de su belleza y su ingenio, y Antonio en la edad en que el poder se combina peligrosamente con la vanidad y la inclinación al placer. Por eso, aunque lleva consigo riquezas y dones propios de un reino opulento, pone su mayor confianza en sí misma, en su carisma, su inteligencia y su capacidad de seducción.

La entrada de Cleopatra por el río Cidno es uno de los pasajes más célebres y simbólicos de Plutarco. No llega como una acusada que debe justificarse, sino como una epifanía divina cuidadosamente escenificada. La galera de popa de oro, las velas púrpuras, los remos de plata acompasados por música, y la propia Cleopatra reclinada bajo un dosel dorado, figurada como Afrodita, convierten la política en teatro. Nada es improvisado: incluso las criadas representan a Nereidas y Gracias, y los perfumes invaden las orillas. Plutarco insiste en que la ciudad entera abandona la plaza para asistir al espectáculo, dejando a Antonio solo en el tribunal.

Aquí se produce la inversión simbólica fundamental: el magistrado romano queda vacío de autoridad, mientras la reina egipcia concentra en torno a sí a la multitud. La frase que corre de boca en boca —“Venus viene a ser festejada por Baco en bien del Asia”— resume el sentido profundo del episodio. Antonio es identificado con Dioniso/Baco, figura del exceso, del vino y de la disolución, mientras Cleopatra encarna a Venus, el poder irresistible del amor. No es una metáfora poética inocente: es la anticipación del dominio que ella ejercerá sobre él.

Antonio, queriendo mostrarse humano y deferente, acepta acudir como invitado, y allí se encuentra con un lujo que lo sobrepasa. Sin embargo, Plutarco subraya que no es el oro ni la riqueza lo que más lo impresiona, sino el ingenio del espectáculo: la disposición de las luces en círculos y figuras, creando una visión inolvidable. Cleopatra no vence por ostentación bruta, sino por inteligencia estética y control de la escena, cualidades que Antonio, amante del teatro y del exceso, no puede resistir.

Cleopatra termina de someter por completo a Marco Antonio, no por la belleza física —que el propio autor relativiza— sino por una superioridad intelectual, lingüística y psicológica, unida a un dominio absoluto del tiempo, del ocio y de la escena social. Aquí el tema central ya no es el primer deslumbramiento, sino la consolidación de una dependencia que tiene consecuencias políticas y militares gravísimas.

Plutarco comienza subrayando un dato clave: cuando Antonio devuelve la invitación, fracasa incluso en el terreno que él cree dominar, el del lujo y la magnificencia. Cleopatra no solo lo supera en esplendor y delicadeza, sino que lo hace de tal modo que Antonio, consciente de su inferioridad, opta por la burla de sí mismo. Esta reacción es significativa: en lugar de recuperar autoridad, asume el papel del soldado tosco, aceptando implícitamente la jerarquía cultural que Cleopatra impone. Ella capta de inmediato que su autoironía no es fina, sino “soldadesca”, y decide tratarlo con una familiaridad burlona que elimina toda distancia reverencial.

Su belleza, dice, no era fulminante ni deslumbrante, pero su trato poseía un “atractivo inevitable”. El énfasis está en la conversación, en la voz, en la gracia del discurso y en la inteligencia adaptable. La reina aparece como una figura casi filosófica del logos vivo: su palabra deja “un aguijón en el ánimo”. Esta imagen es fundamental, porque desplaza la explicación del dominio de Cleopatra desde el cuerpo al intelecto y la comunicación, algo mucho más peligroso y duradero (Vida de Antonio, 27).

El pasaje sobre las lenguas refuerza esta idea. Cleopatra habla directamente con pueblos diversos —etíopes, árabes, sirios, medos, partos— sin intérprete, y Plutarco subraya el contraste con sus antecesores, que ni siquiera dominaban el egipcio. Aquí Cleopatra representa el poder universal del entendimiento, frente a Antonio, cuyo poder es esencialmente militar y cada vez más inactivo. El dominio lingüístico simboliza el dominio político y cultural: quien puede hablar con todos, gobierna sin violencia (Vida de Antonio, 27).

Plutarco muestra las consecuencias prácticas de esta fascinación. Antonio abandona asuntos urgentes: la guerra pártica, la amenaza de Labieno, la situación en Macedonia y hasta el conflicto abierto con Fulvia, su esposa. El general romano, responsable de ejércitos y provincias, se deja arrastrar a Alejandría y adopta una vida de ocio impropio de su edad y cargo. La expresión de Antifón que cita Plutarco es clave: el mayor gasto es el tiempo, porque es irreparable. Antonio no solo gasta dinero, sino su capacidad de gobernar.

La llamada “comunión de vida inimitable” ilustra esta degradación. Cleopatra y Antonio convierten la existencia en un juego continuo de banquetes alternados, donde el exceso se vuelve norma. El relato del médico Filotas, transmitido por Lamprias, cumple una función moral: mostrar la irracionalidad del lujo. Ocho jabalíes asados para doce comensales no son signo de abundancia, sino de desorden, porque el verdadero problema no es la cantidad de invitados, sino la incapacidad de prever la voluntad caprichosa de Antonio. El poder se subordina al impulso

La liberalidad desmedida, encarnada ahora en el hijo de Antonio, muestra cómo el vicio del padre se reproduce y normaliza. El joven puede regalar sin pensar un tesoro, y el criado advierte que incluso eso depende del capricho del padre. La riqueza deja de tener medida, y con ello desaparece toda noción de justicia, proporción y gobierno racional.

Antonio entre Cleopatra y el derrumbe del gobierno

Plutarco muestra el punto más bajo de la degradación política de Marco Antonio, cuando la fascinación por Cleopatra ya no es solo privada, sino que absorbe por completo su vida pública, transformando al general romano en un actor cómico permanente. El tema central aquí es claro: el poder que se abandona al juego termina siendo gobernado por quienes aún toman en serio la realidad.

Plutarco comienza subrayando la sofisticación psicológica de Cleopatra. No se trata de una adulación simple, sino —en palabras del autor— de una adulación “múltiple”, más allá incluso de la que Platón criticaba. Cleopatra se adapta a todos los registros de Antonio: si está en asuntos serios, le ofrece encanto; si está en juegos, lo acompaña; si bebe, bebe con él; si caza, lo observa; si se disfraza y sale de noche a burlarse de los ciudadanos, ella también lo hace. La clave está en que no le deja nunca un espacio de sobriedad, ni de día ni de noche. Antonio no gobierna ya ni siquiera su tiempo.

El detalle del disfraz de esclavos es especialmente revelador. Antonio, el triunviro romano, recorre Alejandría de noche como un sirviente, recibiendo burlas e incluso golpes. Plutarco no lo narra como una simple anécdota pintoresca, sino como un símbolo de inversión del orden: quien debía imponer respeto se expone voluntariamente al ridículo. Esto explica la ambigüedad de la reacción alejandrina: se ríen con él, pero también de él, diciendo con ironía que con los romanos usa la “máscara trágica” y con ellos la “cómica”. Antonio ya no es una figura coherente de poder.

Antonio, incapaz de tolerar quedar mal ante Cleopatra, recurre al engaño infantil: hace que los pescadores coloquen peces ya capturados en su anzuelo. Cleopatra entiende de inmediato el truco, pero en lugar de reprocharlo, lo supera con una burla más fina y humillante: al día siguiente hace que Antonio pesque un pez salado, ridiculizándolo ante todos. Su frase final es demoledora: le recuerda que su verdadera “pesca” no son peces, sino ciudades, reyes y provincias. Es una corrección política disfrazada de chanza (Vida de Antonio, 29).

Dos noticias llegan casi al mismo tiempo: en Italia, su hermano Lucio y su esposa Fulvia han provocado una guerra civil fallida contra César; en Oriente, Labieno, al frente de los Partos, ha conquistado vastos territorios romanos. La imagen es deliberada: Antonio despierta “como de un sueño o de una embriaguez”. No es una metáfora retórica, sino una descripción moral de su estado (Vida de Antonio, 30).

Su reacción inicial es errática. Primero intenta enfrentarse a los Partos, pero las cartas de Fulvia lo arrastran de nuevo hacia Italia. Durante el viaje descubre la verdad: Fulvia había provocado el conflicto no por Roma, sino por celos, con la esperanza de arrancarlo de Cleopatra. El desenlace es irónico y cruel: Fulvia muere antes de reencontrarse con él, y su muerte, lejos de causar una tragedia política, facilita la reconciliación con César.

Plutarco es implacable en este punto. La muerte de Fulvia permite que Antonio y César se entiendan sin reproches: César culpa a Fulvia de todo, Antonio acepta esa versión, y ambos sellan un acuerdo que divide el mundo romano. Oriente para Antonio, Occidente para César, África para Lépido. El imperio se reparte no tras deliberación republicana, sino tras una cadena de pasiones privadas, juegos, celos y muertes.

Octavia como remedio político y la paz frágil de los ambiciosos

Plutarco muestra un intento consciente de convertir la vida privada en instrumento de estabilidad política, pero deja claro que se trata de un remedio precario, sostenido más por conveniencia que por virtud. El matrimonio, la diplomacia y los banquetes aparecen como formas externas de concordia, incapaces de corregir los vicios profundos que ya dominan a los protagonistas.

Plutarco introduce primero la figura de Octavia, hermana de César, como un contrapunto moral directo a Cleopatra. Octavia no es descrita por su astucia ni por su seducción, sino por su “admirable gravedad y juicio”, presentándose como un ideal romano de virtud femenina. El autor subraya que César la amaba profundamente y que era considerada un “ejemplo maravilloso de mujeres”, lo que no es un elogio ornamental, sino una cualificación política: Octavia encarna la moderación, la concordia y la estabilidad que Roma necesita.

Antonio, tras la muerte de Fulvia, aparece formalmente como viudo, aunque Plutarco introduce una ambigüedad significativa: no niega su relación con Cleopatra, pero tampoco admite estar casado con ella. Esta ambivalencia es clave, porque muestra que Antonio intenta conservar una salida política sin romper del todo con su pasión. El matrimonio con Octavia es promovido por todos como una solución institucional al desorden personal, con la esperanza de que el afecto legítimo y la virtud de ella dominen al carácter inestable de él.

El Senado incluso flexibiliza la ley que exigía un plazo de diez meses para que una viuda pudiera volver a casarse, dispensando a Octavia del tiempo restante. Este detalle es importante: la legalidad se acomoda a la necesidad política, señal de que la república ya no gobierna a los hombres, sino que se adapta a sus ambiciones. El matrimonio no surge de un orden moral firme, sino de una urgencia estratégica.

En el capítulo siguiente, Plutarco desplaza el foco hacia Sexto Pompeyo, quien controla Sicilia y amenaza a Italia mediante el dominio del mar. La situación es grave: el comercio está paralizado, Roma sufre escasez, y los triunviros se ven forzados a negociar incluso con un enemigo. Aquí Plutarco muestra cómo la fuerza militar convierte al rebelde en interlocutor legítimo.

El pacto de Miseno es presentado como un acuerdo pragmático, no como una reconciliación moral. Sexto Pompeyo conserva Sicilia y Cerdeña; a cambio, debe limpiar el mar de piratas y abastecer a Roma de trigo. El imperio se administra como un reparto funcional de territorios, no como una comunidad política regida por leyes comunes.

Cuando Pompeyo dice que su galera es “la casa paterna que le ha quedado”, hiere deliberadamente a Antonio, recordándole que habita la casa de Pompeyo Magno en Roma. El insulto no es casual: Plutarco lo inserta para subrayar que las heridas del pasado no están cerradas, aunque se finja cordialidad. El banquete, lleno de bromas mordaces contra Antonio y Cleopatra, es una tregua teatral más que una paz real.

El momento culminante llega con la propuesta del pirata Menas, quien ofrece a Pompeyo la oportunidad de asesinar a sus invitados y hacerse dueño del imperio. La respuesta de Pompeyo es moralmente significativa: rechaza la traición, no porque carezca de ambición, sino porque no quiere convertirse en perjuro. Plutarco lo presenta aquí como moralmente superior a los triunviros, pues, aun siendo rebelde, conserva un límite ético.

Marco Antonio y César

Su inseguridad frente a la fortuna de César y su progresiva dependencia de signos, augurios y voces supersticiosas, al mismo tiempo que muestra una paradoja central de su vida política: Antonio triunfa más por medio de otros que por sí mismo.

Tras el acuerdo político con César, Antonio actúa todavía como aliado responsable del orden romano. Envía a Ventidio Baso al Asia con la misión de contener a los Partos y acepta, como gesto de deferencia política, el sacerdocio del culto de César dictador. Exteriormente, todo parece armonía: colaboran en los asuntos graves y mantienen una relación cordial. Sin embargo, Plutarco introduce un elemento psicológico clave: Antonio empieza a sentirse disminuido junto a César, especialmente en contextos lúdicos y privados.

El motivo inmediato de este malestar es aparentemente trivial: en los juegos, en los dados, en los sorteos y hasta en las peleas de animales, Antonio siempre pierde y César siempre vence. Plutarco subraya que esta reiteración no es anecdótica, sino simbólica: la fortuna de Antonio “se marchita” al lado de la de César. Este sentimiento se ve agravado por la presencia de un adivino egipcio, probablemente ligado a Cleopatra, que refuerza la idea de que el destino de Antonio está subordinado al de su aliado.

El adivino le dice algo crucial: el genio de Antonio se encoge en presencia de César, pasa de ser festivo y altivo cuando está solo a quedar empequeñecido cuando el joven aparece. Plutarco no afirma que esta explicación sea verdadera, pero sí que Antonio la cree, y que los hechos —las derrotas en los juegos— parecen confirmarla. Aquí se revela un rasgo profundo de Antonio: su tendencia a interpretar la política en términos de fortuna personal, más que de cálculo racional. Por ello decide alejarse de Italia, dejando sus asuntos domésticos en manos de César, aunque todavía actúa como esposo legítimo llevando consigo a Octavia hasta Grecia (Vida de Antonio, 33).

El contraste es notable: mientras Antonio se inquieta por presagios, sus generales obtienen éxitos militares decisivos. Las noticias que recibe en Atenas son extraordinarias: Ventidio ha derrotado a los Partos, ha dado muerte a Labieno y a Farnapates, y ha vengado simbólicamente la catástrofe de Craso. Plutarco enfatiza la importancia histórica de estas victorias: los Partos son rechazados más allá de la Media y la Mesopotamia, restaurando el honor romano (Vida de Antonio, 33–34).

Antonio celebra estos éxitos de manera típicamente helénica y teatral: ofrece banquetes públicos, organiza combates y participa personalmente en los juegos, despojándose de las insignias del mando. Este gesto muestra una búsqueda de popularidad y cercanía, pero también una cierta ligereza: mientras otros consolidan el imperio con la espada, Antonio celebra como un agonoteta griego (Vida de Antonio, 33).

Cuando decide partir finalmente a la guerra, Plutarco vuelve a subrayar su inclinación religiosa y simbólica: toma una corona de olivo sagrado y lleva consigo agua de la Clepsidra, obedeciendo a un oráculo. Sin embargo, una vez más, el protagonismo militar no es suyo. Ventidio derrota de nuevo a los Partos, mata a Pácoro —hijo del rey— y logra una victoria que Plutarco califica como una de las más celebradas de Roma (Vida de Antonio, 34).

Aquí emerge con claridad la paradoja central: Antonio teme la envidia si sus subordinados brillan demasiado, e interrumpe a Ventidio cuando éste negocia con Antíoco de Comagene. Desea que el éxito lleve su nombre, pero carece de la capacidad para sostenerlo. El resultado es humillante: prolonga un sitio inútil, fracasa, y termina aceptando una paz peor que la inicialmente ofrecida. Plutarco muestra así cómo la vanidad de Antonio daña sus propios intereses (Vida de Antonio, 34).

No obstante, el biógrafo es justo: Antonio reconoce el mérito de Ventidio, le concede honores y le permite triunfar en Roma. Plutarco subraya el carácter excepcional del hecho: Ventidio es el único romano que ha celebrado un triunfo sobre los Partos, y su ascenso —de origen humilde a vencedor glorioso— confirma otra máxima implícita del texto: Antonio y César son más afortunados mandando a otros que mandando ellos mismos (Vida de Antonio, 34).

El quiebre definitivo: Octavia, Cleopatra y la ruina del equilibrio político

Llegamos al punto de no retorno en la vida de Marco Antonio: el momento en que el frágil equilibrio entre deber político y pasión personal se rompe definitivamente. La contraposición entre Octavia y Cleopatra no es solo sentimental, sino moral, política y simbólica, y marca el tránsito de Antonio desde un dirigente romano aún recuperable a un caudillo dominado por el exceso.

Antonio aparece nuevamente indispuesto contra César por rumores y sospechas, lo que revela su carácter voluble y su facilidad para dejarse arrastrar por chismes. Reúne una flota imponente —trescientas galeras— y navega hacia Italia, gesto que roza la amenaza bélica. Sin embargo, el rechazo que sufre en Brindis ya indica un deterioro de su prestigio en suelo italiano. El contraste es importante: Antonio llega con fuerza militar, pero sin autoridad moral ni consenso político.

Aquí emerge con fuerza la figura de Octavia, presentada por Plutarco como un modelo de virtud romana: está encinta, ha dado ya hijos a Antonio y, lejos de exacerbar el conflicto, se ofrece como mediadora. Su discurso ante César, Agripa y Mecenas es profundamente humano y político a la vez: no habla de poder ni de derechos, sino de su situación trágica, pues en cualquier desenlace —victoria o derrota— ella pierde. Plutarco subraya que Octavia es respetada no por intrigas, sino por su dignidad, y es precisamente esa dignidad la que doblega a César y lo conduce a Tarento en son de paz (Vida de Antonio, 35).

El encuentro de Tarento representa la última reconciliación real entre Antonio y César. El espectáculo es grandioso: ejércitos, flotas, banquetes y abrazos públicos. El acuerdo es equilibrado en apariencia: César entrega legiones para la guerra contra los Partos; Antonio ofrece naves para la lucha contra Pompeyo. Octavia incluso mejora el pacto con gestiones personales, obteniendo más barcos y soldados para ambos bandos. Todo parece indicar que el matrimonio había cumplido su función política, y que el orden romano podía sostenerse todavía (Vida de Antonio, 35).

Pero este equilibrio es solo superficial. Plutarco introduce una imagen poderosa y deliberadamente moralizante: el amor de Cleopatra como una peste latente, que había permanecido dormida y ahora reaparece con violencia. No se trata de un afecto nuevo, sino de algo antiguo, reprimido por la razón y el deber, que vuelve a imponerse cuando Antonio se aproxima a Siria. Plutarco recurre a Platón para describir este proceso: el apetito como un caballo indócil que pisotea todo lo honesto y saludable. La metáfora es clara: Antonio pierde el dominio de sí mismo (Vida de Antonio, 36).

La llamada de Cleopatra a Siria no es un gesto privado, sino un acto político de enormes consecuencias. Antonio no solo la recibe, sino que le entrega provincias enteras: Fenicia, Celesiria, Chipre, gran parte de Cilicia, territorios de Judea y zonas costeras de Arabia Nabatea. Plutarco enfatiza el escándalo romano: provincias conquistadas con sangre romana son regaladas a una reina extranjera, no por necesidad estratégica, sino por pasión. Aquí Antonio ya no aparece como un mal administrador, sino como alguien que confunde el imperio con su patrimonio personal (Vida de Antonio, 36).

La indignación aumenta cuando Antonio ordena la ejecución del rey judío Antígono, imponiendo una pena —la decapitación— que hasta entonces no se había aplicado a un monarca. El contraste es brutal: crueldad extrema con unos, generosidad excesiva con Cleopatra. Para Plutarco, esto no es simple injusticia, sino pérdida total de medida, de sōphrosýnē.

El nacimiento de los hijos gemelos de Cleopatra —Alejandro Helios y Cleopatra Selene— profundiza el escándalo. Antonio no solo los reconoce, sino que hace ostentación simbólica de ellos, llamándolos Sol y Luna. Plutarco presenta este gesto como parte de una ideología peligrosa: Antonio empieza a justificar sus excesos apelando a una grandeza mítica, afirmando que la verdadera gloria de Roma no está en lo que conquista, sino en lo que reparte, y que su linaje heraclida legitima una fecundidad sin límites ni leyes.

Este razonamiento marca una ruptura decisiva con la mentalidad romana tradicional. Antonio se sitúa por encima de las leyes, de las costumbres y de la moral cívica, sustituyéndolas por un modelo heroico-mítico que justifica la desmesura. Para Plutarco, este es el verdadero comienzo del fin: no la guerra con César, sino la rendición interior de Antonio ante el exceso, donde el poder deja de estar al servicio de la res publica y pasa a ser instrumento de la pasión.

La campaña pártica frustrada: precipitación, desmesura y dependencia de Cleopatra

Plutarco presenta el fracaso militar de Antonio frente a los Partos no como un simple revés estratégico, sino como la consecuencia directa de un desequilibrio interior: la subordinación del juicio político y militar a la pasión por Cleopatra. El relato insiste en que Antonio contaba con medios humanos y materiales extraordinarios, suficientes para una empresa exitosa, pero que su carácter, ya debilitado, lo llevó a arruinarlo todo.

El episodio se abre con la huida de Moneses, noble parto que se refugia en Antonio tras el parricidio cometido por Fraates. Plutarco subraya la teatralidad del gesto: Moneses compara su situación con la de Temístocles, y Antonio, halagado, responde con una generosidad desmedida, entregándole tres ciudades importantes (Larisa, Aretusa y Hierápolis). Esta liberalidad no responde tanto a una política sólida como al deseo de escenificar grandeza, rasgo ya reiterado en Antonio. Al mismo tiempo, intenta jugar a dos bandas: acepta la reconciliación que propone Fraates con la esperanza de recuperar las insignias de Craso y los prisioneros romanos, objetivo de enorme valor simbólico para Roma (Vida de Antonio, 37).

En este punto, Plutarco introduce un giro decisivo: Antonio envía a Cleopatra de regreso a Egipto, no por ruptura, sino para poder iniciar la campaña. Sin embargo, la separación es solo aparente. El biógrafo insiste en que Cleopatra sigue determinando sus decisiones, incluso en ausencia. Antonio reúne entonces un ejército colosal: sesenta mil infantes romanos, diez mil jinetes hispanos y galos, treinta mil tropas auxiliares y el poderoso contingente de Artavasdes de Armenia, con diecisiete mil caballos. Plutarco recalca que este despliegue atemorizó incluso a regiones lejanas de Asia, subrayando que el fracaso no se debió a debilidad militar, sino a mala conducción (Vida de Antonio, 37).

La causa del desastre es explicitada sin ambigüedades: Antonio, dominado por el deseo de volver cuanto antes con Cleopatra, precipita la guerra. Plutarco emplea un lenguaje casi médico y mágico, afirmando que actuaba como un hombre “hechizado”, con los ojos siempre puestos en ella, más preocupado de regresar a su lado que de vencer al enemigo. Esta afirmación es clave: la derrota no es externa, sino psicológica y moral.

Muestra con detalle los errores estratégicos concretos. Antonio debió invernar en Armenia, permitir el descanso de tropas exhaustas tras una marcha de ocho mil estadios y atacar Media en primavera, antes de que los Partos salieran de sus cuarteles. Era una estrategia prudente y convencional. Sin embargo, incapaz de esperar, avanzó de inmediato, bordeando Armenia y entrando en Atropatena, devastando el territorio sin consolidar posiciones. La impaciencia se convierte aquí en imprudencia militar (Vida de Antonio, 38).

El error más grave fue la gestión de las máquinas de asedio. Antonio transportaba un enorme tren de sitio —trescientos carros y un ariete gigantesco— indispensable para tomar ciudades fortificadas. Pero, queriendo avanzar rápido, las dejó atrás bajo custodia, en una región donde no podía reponer materiales por la mala calidad de la madera. Plutarco destaca la ironía: Antonio se apresura y, precisamente por ello, queda atrapado en un asedio para el que ya no tiene medios técnicos.

La consecuencia es inmediata y devastadora. Fraates, informado, envía su caballería contra la retaguardia. El comandante Estaciano muere, diez mil hombres son masacrados, las máquinas destruidas y numerosos soldados capturados, entre ellos el rey Polemón. Este golpe no es solo táctico: priva a Antonio de la posibilidad real de continuar la campaña, obligándolo a una guerra de desgaste que no había previsto.

La guerra que no decide nada: victoria estéril, desgaste moral y retirada inevitable

Este es uno de los momentos más lúcidos y a la vez más desesperanzados de la campaña pártica de Marco Antonio. No se trata ya de errores iniciales o de precipitaciones —como en los capítulos anteriores—, sino del descubrimiento brutal de una verdad estratégica: incluso cuando los romanos vencen, no avanzan; y cuando pierden, lo hacen de manera devastadora. La guerra entra así en una fase de agotamiento sin resolución, donde el ánimo del ejército se quiebra.

Artavasdes de Armenia abandona a Antonio. La retirada del aliado más poderoso, que además había sido uno de los principales instigadores de la guerra, deja al ejército romano aislado y confirma que la empresa empieza a parecer perdida incluso para quienes antes la promovían. Plutarco subraya aquí una ironía amarga: quien empujó a Antonio al conflicto es el primero en desertar cuando la fortuna cambia (Vida de Antonio, 39).

Ante el riesgo de que la inactividad multiplique el desaliento, Antonio toma una decisión activa: sale del campamento con una parte importante de sus fuerzas para recolectar víveres y, al mismo tiempo, forzar a los Partos a una batalla campal. Esta maniobra revela que Antonio aún conserva capacidad táctica y autoridad militar. La descripción de la formación romana —ordenada, silenciosa, sin descomposición— contrasta con la movilidad de los Partos y provoca incluso la admiración del enemigo. Plutarco se detiene en este punto para mostrar que la disciplina romana, cuando se despliega correctamente, sigue siendo imponente.

La batalla que sigue es, en apariencia, una victoria. La caballería romana carga, la infantería avanza, los caballos partos se desordenan y huyen antes del choque directo. Sin embargo, el resultado revela el drama central de la campaña: la victoria no produce efectos reales. Tras una persecución larguísima, el balance es ridículo —ochenta muertos y treinta cautivos—. El ejército comprende entonces la paradoja fatal: vencer no desgasta al enemigo, pero ser vencidos sí puede aniquilarlos. Esta constatación hunde la moral más que una derrota abierta, porque hace visible que no hay salida honrosa ni decisiva (Vida de Antonio, 39).

El regreso al campamento confirma esta sensación. Los Partos, lejos de intimidarse, vuelven con mayor audacia, hostigan continuamente a los romanos y los obligan a marchar bajo presión constante. Cuando los sitiados medos hacen una salida exitosa contra las trincheras, el nerviosismo estalla. Antonio responde con una medida extrema y arcaica: la decimación. Ejecuta a uno de cada diez soldados considerados cobardes y sustituye el trigo por cebada, castigo simbólico que rebaja a los legionarios al nivel de animales de carga. Plutarco no presenta esta acción como crueldad gratuita, sino como señal de desesperación disciplinaria: Antonio intenta imponer orden cuando ya no puede ofrecer esperanza.

La guerra se transforma en un duelo de resistencias. Ambos bandos temen el futuro. Antonio teme el hambre y la imposibilidad de abastecerse sin pérdidas; Fraates teme el invierno, porque sabe que los partos no soportan bien el frío ni las noches al raso. Plutarco introduce aquí un elemento psicológico refinado: el ardid diplomático de los Partos. Estos comienzan a tratar a los romanos con cortesía, a elogiar su valor y a insinuar que el rey desea la paz por compasión, no por debilidad.

Este cambio de tono no es ingenuo. Los Partos apuntan a un enemigo nuevo y más eficaz que las armas: el invierno y el hambre. La estrategia busca quebrar la voluntad romana sin combatir. Antonio, prudente por una vez, no acepta de inmediato. Exige garantías y envía emisarios, reclamando no solo la retirada segura, sino también los cautivos y las insignias perdidas con Craso, para no aparecer como un general que huye.

La respuesta de Fraates es ambigua y calculada: promete seguridad solo si Antonio renuncia a esas exigencias. Antonio comprende entonces que no hay paz honorable posible y opta por salvar al ejército. Decide la retirada. Pero Plutarco subraya un detalle revelador: Antonio, famoso por su elocuencia y carisma, no se atreve a exhortar personalmente a las tropas. Delegar el discurso en Domicio Enobarbo muestra su vergüenza interior y su cansancio moral. Algunos soldados se ofenden; otros, entendiendo la razón, se someten con mayor obediencia.

La retirada bajo acoso

Plutarco nos habla uno de los momentos más tensos y reveladores del mando de Marco Antonio: la retirada del ejército romano en territorio enemigo, acosado constantemente por la caballería parta. Ya no se trata de conquistar ni de vencer, sino de sobrevivir sin descomponerse, y el relato muestra con claridad cómo la guerra se decide tanto por la disciplina como por la prudencia.

Antonio demuestra por una vez capacidad de escucha y juicio estratégico. Su plan inicial era regresar por el mismo camino llano y abierto, pero un árabe de los Mardos —parcialmente asimilado a las costumbres partas— le advierte del peligro: ese terreno es ideal para la caballería enemiga y letal para una infantería pesada. Plutarco subraya aquí la astucia del enemigo: Fraates había ofrecido condiciones benignas de retirada precisamente para inducir a Antonio a exponerse en campo abierto. El consejo del guía no solo propone seguridad táctica, sino también un camino más corto y con aldeas, es decir, con víveres, lo que lo vuelve doblemente persuasivo.

Antonio vacila, y esa vacilación es significativa. Por un lado, teme parecer desconfiado tras el tratado; por otro, comprende el riesgo real. La solución que adopta —exigir una prenda y mantener al guía atado— revela un equilibrio entre cautela y necesidad. Durante dos días todo marcha bien, lo que confirma que la advertencia era sincera. Pero al tercer día, cuando el ejército ha bajado la guardia, el guía descubre una presa rota que inunda el camino: señal inequívoca de una maniobra parta para desordenar la marcha romana. Plutarco muestra aquí cómo la guerra parta no se basa solo en el choque, sino en el uso del terreno, del engaño y del tiempo.

El ataque que sigue es rápido y envolvente. Los Partos intentan rodear y fragmentar al ejército, pero la reacción romana es eficaz: las tropas ligeras resisten, la caballería celta contraataca y dispersa al enemigo. El día termina sin que los Partos vuelvan a aparecer. Este episodio refuerza una idea clave: cuando el ejército actúa coordinadamente y obedece, puede neutralizar incluso a un enemigo superior en movilidad (Vida de Antonio, 41).

Antonio aprende de la experiencia y ajusta su táctica. Refuerza la retaguardia y los flancos con ballesteros y honderos, ordena marchar en formación cerrada y establece una regla crucial: la caballería debe rechazar al enemigo, pero no perseguirlo. Esta decisión es estratégica y profundamente romana: evita la dispersión, que es precisamente lo que los Partos buscan. Tras cuatro días de fracasos, los enemigos empiezan a desistir, atribuyendo su retirada a la estación del año, es decir, al invierno que se aproxima (Vida de Antonio, 42).

Sin embargo, el peligro no viene solo del enemigo externo, sino de la indisciplina interna. En el quinto día, Flavio Galo —buen militar, pero imprudente— pide refuerzos para realizar una acción memorable. Antonio se los concede, y al principio la maniobra parece exitosa. El problema surge cuando Galo rompe la doctrina establecida: no se repliega tras el choque, sino que se queda combatiendo, separándose de la infantería. Plutarco presenta este momento como un ejemplo clásico de cómo el afán de gloria individual puede poner en riesgo a todo un ejército.

Las advertencias no faltan. El cuestor Ticio lo increpa duramente, incluso con las insignias en la mano, pero Galo lo desprecia. Cuando finalmente es rodeado y herido, pide auxilio. Aquí ocurre el error más grave: los comandantes de infantería, entre ellos Canidio, envían auxilios parciales y sucesivos, que son derrotados uno tras otro. Plutarco insiste en que este fue un yerro evidente: debieron atacar con toda la hueste compacta. La consecuencia casi es catastrófica: la derrota parcial amenaza con transformarse en derrota general (Vida de Antonio, 42).

La situación solo se salva por la intervención directa de Antonio. Abandonando el frente, acude con la infantería y ordena a la tercera legión abrirse paso entre los fugitivos y cargar contra el enemigo. Esta acción detiene la persecución y evita el colapso. El gesto es decisivo y simbólico: Antonio recupera momentáneamente su autoridad no por discursos ni por prestigio, sino poniéndose físicamente donde el peligro es mayor.

Resistencia extrema y liderazgo bajo el límite humano

Plutarco presenta uno de los retratos más favorables y complejos de Marco Antonio como general: no el conquistador brillante, sino el jefe que sostiene a un ejército exhausto cuando todo parece perdido. La narración combina pérdidas terribles, disciplina admirable y una retirada que, sin ser victoriosa, adquiere un carácter casi heroico.

El filósofo describe las consecuencias inmediatas del combate anterior: alrededor de tres mil muertos y cinco mil heridos, entre ellos Flavio Galo, que muere finalmente por la gravedad de sus heridas. Lo decisivo no es la cifra, sino la reacción de Antonio. Plutarco subraya que visita personalmente a los heridos, llora con ellos y comparte su dolor. Lejos de debilitar su autoridad, este comportamiento la refuerza: los soldados, tomándole la mano, lo llaman imperator y le declaran que se consideran a salvo con tal de que él viva. El ejército de Antonio no destaca solo por su resistencia física, sino por una lealtad afectiva excepcional hacia su general.

Plutarco explica esta fidelidad por varias causas acumuladas: el linaje de Antonio, su elocuencia, su liberalidad, su trato cercano y su humor. En este punto, Plutarco afirma algo muy fuerte: en obediencia unida al amor y en preferir la honra de su general a la propia vida, ningún romano antiguo lo superaba. Esta afirmación no es casual; funciona como contrapeso moral frente a los grandes errores estratégicos que llevaron a esta situación. Antonio aparece aquí como un jefe querido incluso cuando fracasa.

La confianza romana provoca un nuevo peligro. Los Partos, creyendo al ejército ya vencido, se acercan de noche al campamento con intención de saqueo y al amanecer regresan en número aún mayor —según Plutarco, hasta cuarenta mil jinetes—. Antonio quiere presentarse ante sus tropas con toga de duelo, como gesto de humildad y expiación, pero sus amigos se lo impiden. Entonces habla como general, elogiando a los valientes y reprendiendo a los que huyeron. La respuesta del ejército es inmediata: los primeros renuevan su ánimo y los segundos se ofrecen incluso a ser castigados con tal de que Antonio no se muestre abatido (Vida de Antonio, 44).

El gesto más significativo viene después: Antonio eleva una plegaria pública, pidiendo a los dioses que, si deben castigar su fortuna pasada, descarguen la pena sobre él y no sobre el ejército. Este momento refuerza su figura como líder sacrificial, dispuesto a asumir personalmente la culpa del desastre. Plutarco sugiere que este acto tiene un efecto moral profundo: restaura la cohesión y el ánimo colectivo.

Se describe la continuación de la retirada, ahora mejor organizada. Los Partos, esperando una huida desordenada, se topan con una infantería firme y disciplinada. El episodio culminante es la descripción de la formación defensiva romana, comparable a un tejado (la testudo), que hace resbalar los proyectiles enemigos. Plutarco recalca el efecto psicológico: los Partos, creyendo que los romanos se arrodillan por agotamiento, abandonan el combate a distancia y atacan de cerca; justo entonces los romanos se levantan de golpe y los rechazan con violencia, causando una nueva retirada (Vida de Antonio, 45).

Sin embargo, el enemigo más implacable no es ya el ejército parto, sino el hambre. El relato entra aquí en un registro casi trágico: precios desorbitados del grano, falta de molinos, consumo de hierbas desconocidas y una planta que provoca locura antes de la muerte. La imagen de soldados arrancando piedras sin sentido, hasta morir vomitando bilis, es una de las más duras de toda la Vida de Antonio. Plutarco muestra así la degradación física y mental que acompaña a las retiradas prolongadas.

Antonio exclama repetidas veces: “¡Oh diez mil!”, aludiendo a la retirada de los mercenarios griegos narrada por Jenofonte en la Anábasis. La comparación no es retórica: Plutarco sugiere que, aunque la retirada de Antonio no sea una victoria, su ejército ha logrado algo comparable a una hazaña clásica, sobreviviendo en condiciones extremas frente a un enemigo superior en su propio terreno.

El engaño parto, la sed y el límite de la resistencia

El enemigo principal deja de ser la fuerza de los Partos y pasa a ser el engaño, la sed, el agotamiento y la descomposición interna del ejército. La narración avanza desde la astucia enemiga hasta el punto en que Antonio llega a contemplar su propia muerte para evitar la humillación.

Los Partos cambian deliberadamente de táctica. Al no poder romper la formación romana ni derrotarlos en combate directo, recurren a la guerra de persuasión. Se acercan de manera aparentemente amistosa, muestran los arcos flojos —como señal de que no combatirán— y aseguran que la guerra ha terminado. Este gesto, acompañado de saludos y cortesías, busca generar confianza y relajación. El efecto es real: los romanos comienzan a tranquilizarse, y Antonio considera abandonar el camino montañoso —duro pero seguro— para descender a la llanura, donde supuestamente habría más agua. Plutarco deja claro que esta es exactamente la trampa: atraerlos al terreno ideal para la caballería parta, del mismo modo en que cayó Craso años antes.

La irrupción de Mitrídates es decisiva. No aparece como un enemigo cualquiera, sino como alguien vinculado personalmente a Antonio por Moneses, a quien este había favorecido antes. El aviso es claro y brutal: si bajan a la llanura, les espera la misma suerte que a Craso, es decir, la aniquilación total. La referencia no es casual: Craso representa en la memoria romana el ejemplo supremo de desastre por ignorar el terreno y subestimar a los Partos. Antonio, atrapado entre la sed del ejército y el peligro estratégico, consulta a sus amigos y al guía árabe, que confirma el diagnóstico: el atajo de la llanura es una ratonera.

Antonio decide entonces lo más difícil: mantener el camino de los montes, aun sabiendo que carecen de agua. La marcha nocturna que ordena muestra su capacidad de mando bajo presión, pero también el nivel extremo de penuria. La imagen de los soldados llenando de agua los cascos, y hasta las pieles con que se cubren, subraya el grado de desesperación. Los Partos, rompiendo incluso sus propias costumbres, los persiguen de noche, y al amanecer alcanzan a una retaguardia agotada tras recorrer doscientos cuarenta estadios sin descanso. El combate, lejos de aliviar la situación, aumenta la sed, pues obliga a luchar mientras marchan.

Aunque se les advierte que el agua es dañina, muchos soldados beben compulsivamente, incapaces de resistir. El agua no solo no calma la sed, sino que la agrava y provoca dolores intensos. Aquí Plutarco muestra la derrota del cuerpo sobre la disciplina: el instinto vence a la razón, incluso en un ejército acostumbrado a obedecer. Antonio recorre las filas, suplica, promete que pronto encontrarán agua potable y que luego el terreno será inaccesible para la caballería enemiga. Para dar un mínimo alivio, ordena acampar, buscando al menos sombra.

Reaparece Mitrídates, confirmando su papel de salvador inesperado. Advierte que, tras un breve descanso, deben cruzar cuanto antes el río siguiente, pues los Partos no lo pasarán. La escena del soborno —vasos y tazas de oro— muestra la ambigüedad moral del episodio: la salvación del ejército se entrelaza con el interés personal y el saqueo silencioso. Sin embargo, Antonio actúa con rapidez y levanta el campamento aún de día.

Lo más trágico ocurre no por obra del enemigo, sino por el propio ejército. Durante la noche, estalla el caos: soldados roban, asesinan a compañeros con oro o plata y saquean los equipajes, incluso los cofres personales de Antonio. La disciplina se rompe desde dentro. Este momento es clave para entender la psicología de Antonio: creyendo que el desorden anuncia un ataque final o una derrota total, toma una decisión extrema y ordena a su liberto Ramno que jure matarlo y decapitarlo si es capturado. No quiere ni caer vivo en manos de los Partos ni ser reconocido después de muerto. Es el punto más bajo del relato, donde el general victorioso de otras campañas se ve reducido a anticipar su propia ejecución.

La tensión se resuelve solo cuando el guía árabe logra tranquilizarlo con señales naturales: el aire húmedo, la brisa fresca y la sensación de cercanía del río. Otros informan que el tumulto no fue una emboscada, sino simple latrocinio interno. Antonio recupera entonces el control y ordena acampar, conteniendo una desintegración total.

La salvación al borde del abismo y el balance final de la campaña pártica

Este es el momento exacto en que el ejército de Marco Antonio logra salvarse, no por una victoria decisiva, sino por resistencia, disciplina y pura perseverancia. El peligro no ha desaparecido, pero se atenúa progresivamente hasta permitir la retirada definitiva hacia Armenia. La escena tiene un tono casi épico: no es el triunfo del conquistador, sino la supervivencia del ejército exhausto.

El ejército romano, tras la noche de caos y saqueo interno, empieza por fin a recobrar el orden. Sin embargo, los Partos aún hostigan a la retaguardia con sus saetas. Antonio responde de la manera ya probada: da la señal de batalla a las tropas ligeras, y la infantería adopta de nuevo la formación en testudo o “tejado” de escudos. Esta formación, más defensiva que ofensiva, cumple su objetivo: los Partos no se atreven a acercarse, conscientes de que los romanos, aunque agotados, siguen siendo peligrosos en combate cerrado.

El punto decisivo llega con la aparición del río. Antonio actúa con claridad táctica y sentido humano: hace pasar primero a los enfermos, protegiéndolos con la caballería formada frente al enemigo. Solo después cruzan los combatientes. La reacción de los Partos es reveladora: al ver el río, relajan la presión, aflojan las cuerdas de los arcos y hasta elogian el valor romano, invitándolos a pasar sin temor. Plutarco sugiere aquí una mezcla de respeto militar y cálculo estratégico: los Partos consideran cumplido su objetivo —expulsar a los romanos— sin necesidad de aniquilarlos.

Aunque ya a salvo del acoso inmediato, los romanos no se fían. Continúan la marcha con cautela hasta que, seis días después del último combate, alcanzan el río Araxes, frontera natural entre Media y Armenia. El temor reaparece: corre el rumor de una emboscada. Sin embargo, el cruce se realiza sin oposición. El gesto de los soldados al pisar suelo armenio es profundamente simbólico: besan la tierra, lloran, se abrazan, como náufragos que tocan tierra firme. Plutarco refuerza esta imagen diciendo que lo sienten “como si acabaran de salir del mar”, subrayando que la retirada ha sido una auténtica travesía de supervivencia.

Paradójicamente, una vez a salvo, sobreviene otro problema: la abundancia. Tras semanas de hambre extrema, el acceso repentino a alimentos provoca enfermedades como hidropesía y cólicos. Plutarco introduce aquí una lección moral clásica: incluso el alivio puede ser peligroso cuando el cuerpo ha sido llevado al límite.

Antonio realiza el balance final de la campaña, y este es demoledor en términos estratégicos. Ha perdido veinte mil infantes y cuatro mil caballos, no solo por combate, sino en gran parte por enfermedades, agotamiento y penurias. La retirada desde Fraata ha durado veintisiete días y se han librado dieciocho batallas, pero ninguna ha sido decisiva. Las victorias romanas no han tenido efecto duradero porque nunca pudieron explotar la huida enemiga: los Partos siempre lograban rehacerse y volver al ataque.

Plutarco identifica con claridad una causa política y militar fundamental del fracaso: la defección del rey de Armenia, Artavasdes. Si los dieciséis mil jinetes armenios —acostumbrados a combatir como los Partos— hubieran permanecido junto a Antonio, las derrotas parciales de los enemigos se habrían convertido en aniquilaciones completas. La retirada armenia permitió a los Partos escapar una y otra vez y mantener la presión constante. Por ello, muchos instan a Antonio a castigar de inmediato al rey de Armenia.

Sin embargo, Antonio no actúa movido por la ira. En ese momento, debilitado y con pocas tropas, opta por la prudencia: no lo acusa abiertamente ni le retira honores. Plutarco presenta esta actitud como un cálculo racional, no como debilidad. El castigo llegará más tarde, cuando Antonio, ya en mejor posición, atraiga a Artavasdes con engaños, lo capture y lo exhiba en Alejandría. Pero ese episodio —aclara Plutarco— pertenece a otra fase de la historia y tendrá consecuencias políticas graves, sobre todo porque ofende a Roma al convertir una victoria romana en espectáculo para Egipto y Cleopatra.

Tras la retirada de la campaña pártica, la situación de Antonio empeora aún más. Durante la marcha invernal por regiones nevadas y extremadamente duras, pierde otros ocho mil hombres, no en combate, sino por frío, agotamiento y penurias. Cuando finalmente alcanza la costa, llega con un ejército reducido y exhausto a Leucecome, una fortaleza entre Berito y Sidón. Allí decide detenerse a esperar a Cleopatra, lo que ya indica hasta qué punto su centro de gravedad político y emocional se ha desplazado de Roma hacia Egipto. Mientras ella tarda en llegar, Antonio se muestra profundamente inquieto: bebe hasta la embriaguez, pero ni siquiera el vino logra aquietarlo. Se levanta constantemente de la mesa, va al puerto, mira al mar, incapaz de reposar, lo que Plutarco presenta como un signo claro de dependencia afectiva.

Cuando Cleopatra finalmente arriba, trae ropa para los soldados y grandes sumas de dinero. Sin embargo, Plutarco introduce una duda significativa: algunos dicen que el dinero no lo aportó ella, sino que Antonio lo puso de su propio patrimonio, fingiendo que era un don de Cleopatra. Esto no es un detalle menor, porque muestra cómo Antonio protege la imagen política de Cleopatra, incluso a costa de ocultar la verdad, reforzando su prestigio ante el ejército y el entorno romano.

En ese mismo tiempo surge una grave desavenencia interna entre los Partos: el rey de los Medos entra en conflicto con el rey parto Fraates, principalmente por el botín arrebatado a los romanos. Temiendo ser despojado de su reino, el rey medo busca la alianza de Antonio y le promete ayuda militar total. Para Antonio esto abre una nueva esperanza estratégica, porque la gran debilidad de su campaña anterior había sido la inferioridad en caballería y arqueros, precisamente las fuerzas en las que los Medos podían reforzarlo. De este modo, Antonio se prepara para una nueva expedición, proyectando avanzar por Armenia y reunirse con el rey medo en el río Araxes para reiniciar la guerra contra Partia.

En paralelo, se desarrolla un episodio decisivo en el plano político y personal. Octavia, esposa legítima de Antonio y hermana de Octavio César, decide viajar desde Roma para reunirse con su marido. César se lo permite, pero Plutarco deja claro que no lo hace por benevolencia, sino porque una eventual humillación de Octavia serviría como justificación moral para una futura guerra. Cuando Octavia llega a Atenas, Antonio le envía una carta ordenándole que no continúe el viaje y que permanezca allí, alegando la expedición militar. Octavia comprende perfectamente que es un pretexto, pero responde con dignidad y prudencia, preguntando dónde debe enviar los abundantes recursos que trae consigo: ropa para los soldados, animales de carga, dinero, regalos para oficiales y, además, dos mil soldados escogidos perfectamente armados para la guardia pretoriana de Antonio.

Este gesto convierte a Octavia en una figura moralmente superior: cumple con todos los deberes de esposa y aliada política, incluso cuando es rechazada. Cleopatra, al enterarse de esto, entra en pánico político y emocional. Comprende que, si Octavia se impone, ella perderá a Antonio definitivamente, porque Octavia reúne lo que Cleopatra no puede contrarrestar por completo: legitimidad romana, el respaldo de César, dignidad moral y una dulzura sin escándalo. Entonces Cleopatra recurre a una estrategia teatral y psicológica: finge estar consumida por el amor, se debilita deliberadamente, come poco, se muestra pálida, llora en secreto, simula querer ocultar su sufrimiento. Todo está calculado para que Antonio la vea como una mujer frágil, abandonada y al borde de la muerte.

Los aduladores del entorno refuerzan esta puesta en escena, acusando a Antonio de cruel e insensible si la deja. Subrayan que Octavia tiene el respaldo de Roma y el título legal de esposa, mientras Cleopatra, pese a ser reina de muchos pueblos, se conforma con el nombre de amante, y que esa humillación solo la soporta por amor. El efecto es devastador: Antonio cede por completo. Temiendo que Cleopatra se deje morir, abandona el proyecto inmediato de la campaña, regresa a Alejandría y da largas al rey de los Medos, desperdiciando una ocasión estratégica excepcional, justo cuando Partia atravesaba conflictos internos.

Más adelante, Antonio retomará la alianza con el rey medo y sellará el vínculo mediante un matrimonio político, uniendo a uno de sus hijos con Cleopatra con una hija del rey, aún niña. Pero ese retorno ya no será para una gran guerra oriental, sino en vísperas de la guerra civil romana, lo que marca el giro definitivo: Antonio deja de ser el general que aspira a restaurar el honor romano en Oriente y pasa a ser el hombre atrapado entre el poder, la pasión y la fatalidad.

Donaciones de Alejandría

Cuando Octavia vuelve de Atenas, Octavio César interpreta su situación como una afrenta pública: Antonio la ha rechazado sin causa formal y ha preferido abiertamente a Cleopatra. Por ello le ordena que abandone la casa de Antonio y se traslade a la suya propia. Sin embargo, Octavia responde con una dignidad extraordinaria: se niega a dejar la casa de su marido y ruega a su hermano que, si no existen razones verdaderamente políticas, no convierta este conflicto en una guerra civil. Subraya que sería indecoroso que los dos hombres más poderosos de Roma arrastraran a la República a la guerra por motivos pasionales: uno por amor y el otro por celos.

Plutarco refuerza esta imagen moral mostrando que Octavia no se limita a palabras, sino que actúa conforme a ellas. Continúa ocupándose de la casa de Antonio como si él estuviera presente, cuida con igual dedicación a los hijos que tuvo con ella y a los que Antonio había tenido con Fulvia, y protege con diligencia a los amigos y partidarios de su marido cuando acuden a Roma en busca de magistraturas o favores políticos. Paradójicamente, esta conducta, que pretende proteger a Antonio, termina dañándolo aún más: cuanto más virtuosa y ejemplar se muestra Octavia, más odioso resulta Antonio ante la opinión romana por haberla despreciado.

Este descrédito se ve agravado por un acto que Plutarco presenta como teatral, soberbio y radicalmente antirromano: la llamada escena de Alejandría, conocida históricamente como las Donaciones de Alejandría. Antonio convoca a una gran multitud en el Gimnasio y, sobre una gradería de plata, hace colocar tronos de oro para él y para Cleopatra, junto con otros menores para los hijos. Desde allí proclama a Cleopatra reina de Egipto, Chipre, África y Siria inferior, asociándola en el trono con Cesarión, presentado como hijo de Julio César. Este gesto no es solo simbólico: implica cuestionar implícitamente la herencia política de Octavio.

Luego Antonio distribuye reinos enteros entre los hijos que ha tenido con Cleopatra, aún siendo niños. A Alejandro le asigna Armenia, Media y el futuro reino de los Partos; a Tolomeo, Fenicia, Siria y Cilicia. La puesta en escena refuerza el mensaje: Alejandro aparece vestido a la manera de los reyes medos y armenios, con tiara y ornamentos orientales, mientras Tolomeo luce el atuendo macedónico de los sucesores de Alejandro Magno. Incluso las guardias asignadas —armenios para uno, macedonios para otro— subrayan que Antonio está repartiendo el mundo romano como una monarquía oriental hereditaria, no como una república gobernada desde Roma.

Plutarco remarca el carácter casi religioso de esta transformación: Cleopatra se presenta en público vestida como Isis, y Antonio la trata como una diosa viviente que emite oráculos. Para el lector romano, esto no solo es impiedad política, sino una traición cultural: Antonio ha abandonado las formas romanas para adoptar plenamente el modelo helenístico-oriental del poder.

Octavio aprovecha estos hechos con gran habilidad política. Informa al Senado y al pueblo, repite las acusaciones en público y logra que la multitud se irrite contra Antonio. La respuesta de éste no se hace esperar: envía mensajeros con una serie de cargos contra César. Le reprocha haberle quitado Sicilia a Pompeyo sin compartirla, no haberle devuelto las naves prestadas, haber despojado a Lépido de su mando y haberse apropiado de su ejército y provincias, y sobre todo, haber repartido Italia entre sus propios soldados sin dejar nada para los de Antonio.

César replica con frialdad jurídica y política. Justifica la destitución de Lépido por abuso de poder, afirma que compartirá sus conquistas cuando Antonio haga lo mismo con Armenia, y sostiene que los soldados de Antonio ya tienen suficientes recompensas, pues poseen —al menos en el discurso— Media y Partia, ganadas en campaña. Plutarco deja entrever la ironía: esas tierras existen más en la propaganda que en la realidad efectiva del dominio romano.

El último punto de no retorno antes de Actium

Marco Antonio, al enterarse de la ofensiva política de Octavio César, adopta una decisión estratégica decisiva: ordena a Canidio que baje al mar con dieciséis legiones, mientras él mismo se desplaza con Cleopatra a Éfeso, donde concentra una armada gigantesca. Plutarco subraya el dato simbólico y político: de unas ochocientas naves, doscientas las aporta Cleopatra, junto con veinte mil talentos y el abastecimiento completo del ejército. Esto no es un detalle menor: Antonio ya no depende de Roma, sino del poder económico egipcio.

Varios de sus hombres —especialmente Domicio— comprenden el peligro político y le aconsejan que Cleopatra se retire a Egipto. La razón es evidente: mientras ella esté presente, Octavio podrá presentar la guerra como un conflicto entre Roma y una reina extranjera, no entre dos romanos. Pero Cleopatra actúa con inteligencia política: teme que, si se aleja, Octavia vuelva a convertirse en mediadora y se alcance un nuevo acuerdo que la excluya. Por eso soborna a Canidio, quien convence a Antonio con tres argumentos clave:

  1. no es justo apartar a quien ha financiado la guerra,

  2. los egipcios son una parte sustancial del ejército,

  3. Cleopatra no es inferior en prudencia política a los demás reyes aliados, pues ha gobernado por sí misma durante años.

Plutarco introduce aquí una frase decisiva y fatalista: “porque estaba en los hados que todo el imperio había de venir a reunirse en las manos de César”. Es decir, la permanencia de Cleopatra no es solo una decisión errónea, sino un designio trágico: cuanto más se aferra Antonio a ella, más facilita su propia ruina.

Con estas fuerzas reunidas, Antonio y Cleopatra se dirigen a Samos, donde ocurre algo que Plutarco presenta como escandaloso y simbólicamente funesto. Mientras el mundo romano está lleno de angustia y guerra, una sola isla canta y baila. Reyes, ciudades y pueblos aportan armas y hombres, pero también se obliga a acudir a cómicos, farsantes y juglares. El contraste es brutal:

el imperio se prepara para la guerra como si celebrara una victoria anticipada.

De ahí la frase mordaz que circula entre la gente: “¿Cómo celebrarán la victoria quienes festejan así los preparativos de la guerra?” Plutarco deja claro que este exceso no es alegría legítima, sino hybris, desmesura trágica.

Tras esta orgía de lujo, Antonio intenta poner orden: envía a los artistas a Priene y se dirige a Atenas. Pero ni allí abandona el teatro y el espectáculo. Cleopatra, por su parte, actúa movida por celos políticos, no amorosos: sabe que Octavia ha ganado un prestigio enorme en Atenas por su moderación y dignidad. Para contrarrestarlo, colma a la ciudad de regalos, y los atenienses, agradecidos, le conceden honores públicos.

El detalle más irónico —y revelador— es que Antonio actúa como embajador de Atenas ante Cleopatra, pronunciando un discurso solemne en su honor. Plutarco quiere que el lector vea la inversión total de valores: un romano, triunviro y general, habla como súbdito ante una reina extranjera.

Cleopatra da entonces el golpe definitivo: envía emisarios a Roma para expulsar a Octavia de la casa de Antonio. Octavia obedece sin resistencia. Sale llevándose a todos los hijos de Antonio, excepto el mayor tenido con Fulvia, y lo hace llorando, diciendo que parecerá ante todos como la causa de la guerra. El efecto público es devastador:

  • los romanos sienten compasión por Octavia,

  • pero sienten todavía más repugnancia por Antonio,
    sobre todo quienes han visto a Cleopatra y constatan —como dice Plutarco con crueldad serena— que ni en edad ni en belleza supera a Octavia.

Octavio César no estaba listo para una guerra inmediata. Los preparativos de Marco Antonio y Cleopatra lo inquietan seriamente, porque en Italia hay agotamiento económico y social. Octavio ha impuesto cargas extremas: a unos les exige la cuarta parte de los frutos, a otros la octava parte de todos sus bienes. El resultado es previsible: tumultos, sediciones y odio. Plutarco subraya aquí un punto decisivo: Antonio comete un error estratégico al retrasar la guerra, porque ese tiempo permite a Octavio apagar las revueltas y estabilizar Italia. La idea es muy fina: el pueblo se rebela mientras paga, pero se tranquiliza después de haber pagado. El tiempo, no las armas, empieza a jugar a favor de Octavio.

En este mismo contexto ocurre una deserción gravísima. Ticio y Planco, antiguos amigos y varones consulares del partido de Antonio, ofendidos por Cleopatra, huyen y se pasan a Octavio. No llevan solo apoyo político: denuncian la existencia del testamento de Antonio, custodiado por las Vírgenes Vestales. Este detalle es fundamental: el testamento no está en manos privadas, sino en una institución sagrada, lo que da a Octavio una excusa legal para actuar sin parecer violento.

Las Vestales se niegan a entregarlo, pero no lo impiden: dicen que si quiere, vaya y lo tome. Octavio lo hace. Primero lo lee en privado, seleccionando los pasajes más útiles para la acusación, y luego los lee en el Senado. Plutarco señala que muchos se escandalizan, no tanto por Antonio, sino por el precedente: juzgar en vida a alguien por lo que ha dispuesto para después de su muerte parece injusto. Sin embargo, el daño político ya está hecho.

El punto que más indigna a la opinión romana es la cláusula funeraria: Antonio ordena que, aunque muera en Roma, su cuerpo sea llevado en procesión por la ciudad y enviado después a Alejandría, a Cleopatra. Para un romano, esto equivale a confesar que su verdadera patria ya no es Roma. Octavio no necesita exagerar: basta leer esta cláusula para que Antonio aparezca como un hombre desnacionalizado, sometido a una reina extranjera incluso después de muerto.

A esto se añaden las acusaciones sensacionalistas de Calvisio, amigo de Octavio: que Antonio regaló a Cleopatra las bibliotecas de Pérgamo (doscientos mil volúmenes), que en público le hacía juegos amorosos impropios, que permitía que en Éfeso la llamaran “señora”, que leía billetes amorosos mientras administraba justicia, e incluso que abandonó un juicio para seguir su litera por la plaza. Plutarco es honesto aquí: dice expresamente que muchas de estas historias probablemente fueron inventadas. Pero también deja claro algo más importante: no necesitaban ser verdaderas para ser eficaces.

Vemos el último intento del círculo de Antonio por detener la catástrofe. Sus amigos en Roma envían a Geminio para advertirle que corre peligro real de ser despojado del mando y declarado enemigo público. Pero Geminio, apenas llega al entorno de Antonio, se vuelve sospechoso para Cleopatra, que lo humilla deliberadamente en los banquetes, colocándolo en lugares indignos. Este detalle no es anecdótico: Plutarco muestra cómo el entorno de Cleopatra expulsa sistemáticamente a los romanos sensatos.

Cuando por fin Geminio habla con franqueza y dice —sobrio o ebrio— que lo mejor sería que Cleopatra regresara a Egipto, Antonio se enfurece. Cleopatra, en cambio, responde con una frase cargada de ironía y crueldad política:

“Ha hecho muy bien Geminio en confesar la verdad sin que se le diera tormento.”
La frase convierte el consejo en traición y al consejero en culpable confeso. Geminio huye poco después.

Los amigos romanos de Antonio son expulsados uno a uno, no por Octavio, sino por el círculo de Cleopatra. Marco Silano, Delio el Historiador y otros se marchan. Delio incluso teme por su vida, avisado por un médico, tras haber hecho una burla mordaz: dijo que ellos bebían vinagre junto a Antonio, mientras en Roma Sarmento, un favorito de Octavio, bebía vino Falerno. La comparación es venenosa: Oriente decadente frente a Occidente sobrio y victorioso.

Octavio César ya no presenta el conflicto como una guerra civil romana, sino como una guerra justa contra una reina extranjera. Formalmente, el Senado declara la guerra a Cleopatra, no a Marco Antonio, aunque al mismo tiempo le quita a éste la autoridad por haberla “abandonado” en manos de una mujer. Esta distinción es crucial: Octavio evita aparecer como agresor de un ciudadano romano y transforma a Antonio en un hombre incapaz jurídicamente, dominado, según la propaganda, por drogas, hechizos y mujeres. La acusación de estar “emponzoñado con hierbas” no debe leerse literalmente, sino como lenguaje político: Antonio ya no gobierna con razón romana, sino bajo influencias orientales.

Para reforzar esta idea, Plutarco enumera los nombres de quienes, según la versión oficial, dirigen realmente la guerra: Mardión el eunuco, Potino, Eira la peinadora y Carmión. La intención es evidente: ridiculizar y deslegitimar el mando de Antonio mostrando que no está en manos de generales romanos, sino de esclavos, mujeres y eunucos del entorno de Cleopatra. No importa si esto es exacto; importa que, para la mentalidad romana, resulta intolerable. Antonio deja de ser visto como un dux y pasa a ser una marioneta oriental.

Plutarco añade luego una larga serie de prodigios y presagios, que no son simples adornos literarios. En la mentalidad antigua, estos signos indican que los dioses ya han juzgado el desenlace. La desaparición de una colonia fundada por Antonio, el sudor inexplicable de sus estatuas, el rayo que incendia el templo de Hércules y la caída del Baco en Atenas apuntan todos en la misma dirección: los dioses abandonan a Antonio. Esto es especialmente grave porque él se presentaba como descendiente de Hércules y nuevo Baco. Los símbolos de su identidad mítica se vuelven contra él.

Los colosos llamados “los Antonios”, derribados por el viento, y el prodigio de las golondrinas en la nave capitana de Cleopatra refuerzan la misma idea. En la simbología antigua, que unas golondrinas maten los polluelos de otras en una nave principal es un signo de discordia interna y destrucción del linaje. Plutarco está diciendo, sin decirlo abiertamente, que la unión entre Antonio y Cleopatra está destinada a destruirse a sí misma.

Plutarco hace algo muy importante: compara objetivamente las fuerzas. Antonio tiene más naves, más soldados y un apoyo impresionante de reyes orientales. Sus quinientas naves, muchas de ellas gigantescas y ricamente ornamentadas, y su ejército de cien mil infantes muestran un poder colosal. A su lado se agrupan monarcas de África, Asia Menor, Siria, Judea y Tracia. Es, literalmente, el bloque oriental del mundo mediterráneo.

Octavio, en cambio, tiene menos naves y menos infantería, pero su poder es más compacto y romano. Controla Italia, Hispania, la Galia, África y Occidente entero. Plutarco no lo dice explícitamente aquí, pero lo deja entender: Antonio gobierna un imperio amplio pero heterogéneo; Octavio gobierna un mundo cohesionado. Uno manda sobre reyes aliados; el otro, sobre provincias romanas.

La decisión fatal: Actium antes de Actium 

Plutarco muestra con especial claridad el error estratégico decisivo de Marco Antonio, error que no nace de la ignorancia militar, sino de la subordinación de la razón política y bélica a su vínculo con Cleopatra. Antonio sabía —y Plutarco lo subraya sin ambigüedades— que su superioridad estaba en las fuerzas de tierra, no en el mar. Contaba con una infantería numerosa, experimentada y acostumbrada a la guerra pesada, mientras que su flota estaba mal tripulada, con marineros improvisados, reclutados a la fuerza entre campesinos, viajeros y jornaleros de una Grecia exhausta. Aun así, decide la batalla naval, no por conveniencia militar, sino “a causa de Cleopatra”.

Marco Antonio aparece aquí como un general que actúa contra su propio juicio. Plutarco insiste en que Antonio ve el problema: las naves no están bien tripuladas, se sostienen “con gran dificultad”, y carecen de la agilidad necesaria para un combate decisivo. En contraste, Octavio César dispone de una flota ligera, bien entrenada, rápida y disciplinada, sin lujo ni ostentación, pero eficaz. La oposición no es solo técnica: es simbólica. Antonio combate con grandes naves ornamentadas, pensadas casi como escenarios de prestigio; César, con instrumentos de guerra.

Cuando César propone un desembarco seguro y un combate terrestre, Plutarco deja ver que la oferta es razonable y hasta generosa. César se muestra confiado en su posición y busca forzar la decisión. Antonio responde con fanfarronería, desafiándolo incluso a un combate singular o a repetir Farsalia. Plutarco presenta este intercambio como un eco vacío del pasado, una nostalgia mal entendida: Antonio quiere revivir la grandeza de los antiguos conflictos, pero sin las condiciones reales que los hicieron posibles.

El avance de César sobre el Epiro y la ocupación de Torine provoca confusión en el campo antoniano. En ese contexto aparece uno de los rasgos más característicos de Cleopatra en Plutarco: el ingenio burlón que encubre una visión estratégica distinta. Su frase irónica sobre el “cucharón” no es solo humor; revela que ella concibe la guerra desde la lógica del control naval y del escape, no desde la destrucción total del enemigo. Plutarco sugiere aquí, sin decirlo abiertamente, que Cleopatra piensa siempre en la retirada posible, mientras Antonio debería pensar en la victoria decisiva.

Plutarco describe una serie de maniobras defensivas y engaños tácticos de Antonio, como armar a los remeros y simular una flota plenamente operativa. Estas acciones muestran que Antonio todavía conserva habilidad militar, pero ya actúa a la defensiva. César, además, aplica una estrategia clásica y eficaz: cortar el acceso al agua. La guerra empieza a decidirse antes del combate, por desgaste, defecciones y control logístico.

La deserción de Domicio es especialmente significativa. Plutarco subraya el contraste moral: César trata con humanidad al traidor; Antonio, aunque herido por la traición, actúa con nobleza enviándole sus bienes. Sin embargo, esta grandeza ya no tiene efecto político. El gesto es tardío y estéril. La muerte de Domicio funciona como símbolo: la lealtad a Antonio ya no puede sostenerse, incluso cuando él actúa con dignidad.

Las defecciones de reyes aliados confirman el aislamiento progresivo. Finalmente, cuando Antonio y Canidio consideran volver a la guerra terrestre —la opción sensata— aparece el momento clave: Cleopatra se impone otra vez. Plutarco es explícito y severo: ella impulsa la batalla naval con la vista puesta en la huida, no en la victoria. El texto no deja lugar a dudas: la estrategia se organiza no para vencer, sino para escapar si se pierde.

Cleopatra aparece aquí como una figura trágica pero peligrosa: no porque sea incapaz, sino porque sus intereses no coinciden con los de Roma ni con los de Antonio. Para ella, la prioridad es la supervivencia personal y dinástica; para Antonio debería ser la victoria militar y política. El conflicto de fines hace imposible una estrategia coherente.

César casi logra capturar a Antonio por los ramales que unían campamento y flota.. Antonio ya no está seguro ni siquiera en sus propios desplazamientos. Se mueve entre tierra y mar, entre dos estrategias, entre dos mundos, y en ninguno domina plenamente. Escapa por poco, no por control, sino por azar.

Antonio, ya resuelto al combate naval, quema las naves egipcias sobrantes y conserva sólo las mejores, de mayor porte, desde trirremes hasta decerremes. Este gesto tiene un doble sentido. Por una parte, parece una medida de determinación: impedir la huida de aliados poco fiables. Pero, al mismo tiempo, revela una contradicción interna: Antonio desconfía de su propia flota y, sin embargo, insiste en jugarlo todo en el mar. Embarca veinte mil infantes y dos mil ballesteros, es decir, soldados pensados para la tierra, convertidos en carga flotante. Plutarco deja ver que el error no es técnico, sino de naturaleza: se obliga a la infantería a combatir donde no puede desplegar su virtud.

La protesta del veterano es uno de los pasajes más elocuentes de toda la Vida de Antonio. No es un soldado cualquiera, sino un combatiente cubierto de cicatrices, portavoz de la experiencia militar romana. Su reproche es claro: las heridas y la espada han dado siempre la victoria a Roma, no los “malos leños”. La súplica no es cobardía, sino doctrina militar clásica: Roma vence en tierra firme. El silencio de Marco Antonio es revelador. No responde con razones, sólo con un gesto. Plutarco subraya así que Antonio ya no manda convencido, sino resignado, y que ni siquiera él confía plenamente en lo que está haciendo.

Ese desasosiego se confirma cuando obliga a los capitanes a embarcar las velas, algo innecesario en una batalla naval clásica. La razón que da —no dejar escapar a ningún enemigo— es superficial. En realidad, Plutarco insinúa que Antonio teme la fuga, no del adversario, sino de los suyos… y quizá la propia. El lector ya sabe que Cleopatra tiene la retirada en mente, aunque Antonio todavía no lo reconoce abiertamente.

El retraso de cuatro días por el mal tiempo introduce un elemento decisivo: la batalla se posterga, pero la tensión aumenta. Cuando al quinto día el mar se calma, todo está dispuesto. Plutarco detalla las posiciones con precisión casi topográfica, como si quisiera mostrar que nada quedó al azar… salvo el juicio de Antonio. Él ocupa el ala derecha; la izquierda queda a cargo de Celio; el centro, de Octavio e Insteyo. En tierra, Canidio manda las tropas de Antonio. En el bando contrario, César se apoya en su mejor general naval: Marco Agripa, mientras Octavio César dirige el ala derecha.

El episodio del borriquillo, aparentemente anecdótico, cumple una función simbólica fundamental. En la mentalidad antigua, los nombres y los presagios importan. “Éutico” (el afortunado) y “Nicón” (el vencedor) son interpretados como augurios favorables. César no los desprecia: los fija en bronce. Plutarco no dice que César crea supersticiosamente en ellos, sino que sabe integrar el signo, el ánimo y la propaganda. Antonio, en cambio, no recibe augurios, sólo advertencias… y no las escucha.

El momento táctico clave llega cuando César observa que las naves de Antonio permanecen inmóviles, aferradas a las áncoras en el estrecho. La imagen es poderosa: una flota pesada, rígida, esperando el choque como si estuviera en tierra. César comprende de inmediato la ventaja: no atacar de frente, sino esperar a que se muevan, a que abandonen el abrigo del golfo. Retiene sus propias naves, ligeras y maniobrables, y deja que el error del enemigo madure por sí solo.

Cuando el viento empieza a levantarse y los capitanes de Antonio, confiados en el tamaño de sus naves, avanzan desde el ala izquierda, se cumple exactamente lo que César esperaba. Antonio pierde la protección natural del estrecho y entra en aguas abiertas, donde la masa y la lentitud se vuelven debilidad. La decisión ya no puede revertirse. Antes de que se crucen los espolones, la batalla está estratégicamente decidida.

La huida de Actium

No hay choques decisivos de espolón contra espolón, que eran el alma del combate naval antiguo, porque las naves de Marco Antonio, enormes y pesadas, carecen del ímpetu necesario, mientras que las de Octavio César, aunque ágiles, evitan embestir directamente por el riesgo de romper sus propios espolones contra los gruesos maderos reforzados con hierro. El resultado es una lucha híbrida, más parecida a un combate terrestre sobre plataformas flotantes que a una batalla naval propiamente tal: abordajes múltiples, armas arrojadizas, chuzos, lanzas, fuego y torres de madera desde las que se combate como si se tratara de murallas.

En este contexto táctico confuso, Plutarco introduce el movimiento decisivo de Agripa. Marco Agripa, comprendiendo la lentitud y rigidez del enemigo, extiende su ala para envolver a las fuerzas de Antonio. Esta maniobra obliga a Publícola a abrirse también, lo que rompe la cohesión del centro antoniano. La batalla aún es indecisa, pero el equilibrio es frágil: basta un acontecimiento inesperado para inclinarla definitivamente.

Ese acontecimiento es la huida de Cleopatra. Las sesenta naves egipcias, situadas deliberadamente a retaguardia de las más grandes, izan velas y se retiran aprovechando el viento favorable. No es una retirada ordenada, sino una fuga que atraviesa el campo de batalla, desorganizando las formaciones. Plutarco subraya el asombro de ambos bandos: los enemigos miran incrédulos cómo una parte entera de la flota abandona el combate rumbo al Peloponeso. Aquí no hay ambigüedad narrativa: el historiador presenta la huida como un acto consciente, previo, y no como resultado del pánico momentáneo.

Es en este punto donde Plutarco formula uno de los juicios morales más duros de toda la biografía. Antonio, al ver la nave de Cleopatra en fuga, deja de actuar como estratega. El biógrafo afirma explícitamente que no se condujo “ni como general ni como hombre que hiciera uso de su razón”, sino como amante, usando la célebre imagen de que “el alma del amante vive en un cuerpo ajeno”. Antonio abandona la batalla, a los soldados que aún luchan y mueren por él, y se lanza tras Cleopatra en una galera ligera, llevándose consigo sólo a unos pocos acompañantes. La derrota militar se consuma aquí como derrota moral.

La escena posterior en la nave de Cleopatra refuerza esta lectura trágica. Antonio es recibido, pero no se muestra ni habla con ella. Se sienta solo en la proa, la cabeza apoyada en las manos, en un silencio que Plutarco carga de vergüenza, ira y vacío interior. No es el silencio del estratega que reflexiona, sino el del hombre vencido por sus propias decisiones. Incluso cuando naves de César lo persiguen, Antonio apenas reacciona. El episodio de Euricles, que busca vengar la muerte de su padre, sirve para recordar que Antonio aún arrastra enemistades políticas y judiciales; pero incluso aquí su suerte parece depender más del azar que de su voluntad.

Durante tres días Antonio permanece aislado, sin hablar con Cleopatra, hasta llegar a Ténaro. Es significativo que sean las mujeres de su entorno quienes median para que vuelvan a verse, coman y reposen juntos: Antonio ya no dirige, es dirigido. Mientras tanto, llegan noticias parciales: la flota está perdida, aunque se cree —todavía— que el ejército terrestre resiste. Esta ilusión marca el último resquicio de esperanza.

La reacción de Antonio es reveladora de su derrumbe. Envía órdenes a Canidio para que retire el ejército, y luego prepara su propia huida. Escoge un transporte cargado de riquezas y lo entrega a sus amigos para que se salven. El gesto parece generoso, pero Plutarco lo presenta también como una renuncia anticipada al poder. Antonio ya no habla de reorganizar fuerzas ni de resistir, sino de repartir bienes y buscar clemencia. La carta a Teófilo, su mayordomo en Corinto, completa el cuadro: el antiguo dueño del mundo romano oriental piensa ya como un proscrito.

De Actium a la misantropía

Tras la huida de Marco Antonio, la batalla de Accio no se decide de inmediato. Plutarco subraya que la armada antoniana resiste durante horas frente a Octavio César, a pesar del mal tiempo y del castigo constante de la marejada. La derrota no es, por tanto, fruto de una inferioridad técnica absoluta, sino de una quiebra del mando. Las cifras que aporta —cinco mil muertos y trescientas naves capturadas— refuerzan la idea de un desastre serio, pero no aniquilador. Lo decisivo no es la pérdida material, sino la ausencia del general, algo que para los soldados resulta al principio increíble: cuesta aceptar que Antonio haya abandonado diecinueve legiones y doce mil jinetes todavía intactos.

Esa incredulidad se transforma en un último gesto de lealtad. Plutarco destaca con admiración que los soldados permanecen fieles siete días, rechazando los mensajes de César y esperando el regreso de Antonio. Esta fidelidad tardía funciona como contraste moral: el ejército se comporta mejor que su jefe. La deserción final no se produce por cobardía, sino por abandono de los mandos, cuando Canidio huye de noche y deja el campamento sin dirección. Así, la victoria de César aparece menos como triunfo militar que como resultado del colapso interno del bando contrario.

César, tras la rendición, adopta una política calculadamente conciliadora con Grecia. Plutarco introduce aquí un testimonio familiar —el de su bisabuelo Nicarco— para mostrar la dureza previa de las exacciones antonianas y el alivio que supuso la noticia de la derrota. El episodio cumple una función clara: presentar a César como restaurador del orden y del abastecimiento, frente a un régimen anterior percibido como opresivo y agotador.

Mientras tanto, Antonio desciende rápidamente en la escala del poder y del ánimo. En África, separado ya de Cleopatra, cae en una soledad casi absoluta, acompañado sólo por dos amigos fieles. El intento de suicidio frustrado marca un punto de no retorno: Antonio ya no lucha por el poder, sino por soportar la derrota. Cuando llega a Alejandría, se encuentra con el último gran proyecto de Cleopatra: el traslado de la flota por el istmo hacia el Mar Rojo, una empresa audaz que revela todavía ambición estratégica. El fracaso de este plan —por ataques externos y por falsas esperanzas militares— simboliza el agotamiento definitivo de cualquier salida política.

A partir de aquí, Plutarco introduce un giro moral y literario. Antonio se retira a una morada aislada junto al Faro y declara que quiere imitar la vida de Timón, el célebre misántropo ateniense. No es una comparación casual: Antonio se presenta a sí mismo como un hombre traicionado por todos, incapaz ya de confiar en los demás. Esta autoimagen resulta irónica, pues el lector sabe que la traición decisiva fue la suya, al abandonar a sus tropas en Accio. Plutarco deja así que la figura de Timón funcione como espejo deformante de Antonio.

El excursus final sobre Timón de Atenas no es un simple adorno erudito. Sirve para encuadrar filosóficamente la ruina de Antonio. Timón, enemigo declarado del género humano, aparece en la tradición cómica y filosófica como símbolo del resentimiento absoluto. Al identificarse con él, Antonio consuma su transformación: de general romano y árbitro del mundo mediterráneo pasa a ser un exiliado moral, que huye de los hombres no por sabiduría, sino por fracaso.

Resignación

Tras confirmarse la pérdida definitiva del ejército de Accio —noticia que le comunica el propio Canidio— y al saber que Herodes el Grande y los demás reyes aliados se han pasado a Octavio César, Antonio queda reducido exclusivamente a Egipto. Sin embargo, lo notable es que no se altera ni se desespera, sino que, según Plutarco, parece alegrarse de haber perdido toda esperanza, porque así se libera también del cuidado y de la tensión política. Esta actitud es clave: Antonio deja de luchar, no por prudencia, sino por renuncia interior.

Abandona entonces el retiro misantrópico del Timoneo y, llevado nuevamente al palacio por Cleopatra, vuelve a una vida de banquetes, donativos y celebraciones, como si se tratara de una negación consciente de la realidad. Los festejos tienen incluso un tono ritual y simbólico: se empadrona como efebo a Cesarión (hijo de Cleopatra y César) y se viste con la toga viril a Antilo, hijo de Antonio con Fulvia. Plutarco deja ver aquí un contraste irónico: ritos de paso y de vida en medio de una situación sin futuro.

Más inquietante aún es la creación de una nueva confraternidad, llamada “la de los que mueren juntos”, que sustituye a la antigua Vida Inimitable. El nombre no es metafórico: los participantes se comprometen a morir juntos, y los banquetes se convierten en una preparación festiva para la muerte. El hedonismo ya no es vitalista, sino tanático.

En este contexto se inserta uno de los pasajes más sombríos: los experimentos de Cleopatra con venenos. Plutarco describe con frialdad casi clínica cómo prueba distintas sustancias primero en condenados a muerte y luego en animales venenosos. El objetivo no es matar, sino hallar la forma de morir con menos dolor. El resultado —la elección del áspid— no es casual ni anecdótico: anticipa claramente el final que la tradición atribuirá a Cleopatra. La muerte buscada no debe ser violenta ni convulsiva, sino suave, adormecida, casi estética, acorde con la imagen que la reina quiere dejar.

La pareja intenta una última salida diplomática. Envían embajadores a César:

  • Cleopatra solicita que se mantenga el reino de Egipto para sus hijos.

  • Antonio pide algo mucho más modesto: vivir como particular, primero en Egipto y, si no es posible, en Atenas.

La asimetría de las peticiones es reveladora: Cleopatra aún piensa en dinastía y continuidad, Antonio sólo en retiro y supervivencia.

El episodio final de Alexas Laodicense cumple una función moral muy clara. Antiguo favorito de Antonio y agente de Cleopatra contra Octavia, termina traicionándolo, pasa al bando de Herodes y luego intenta acogerse a César. No sólo fracasa, sino que es ejecutado. Plutarco subraya que la traición se castiga incluso antes de la muerte de Antonio, cerrando así el círculo de defecciones y deslealtades que han marcado su caída.

La oferta cruel de César

César rechaza sin ambigüedad la súplica de Marco Antonio. En cuanto a Cleopatra, su respuesta es brutalmente calculada:

no le faltará nada “razonable” si mata a Antonio o lo expulsa de su lado.

No es una negociación política, sino una trampa moral: César sabe que esta propuesta sembrará desconfianza y corrosión interna.

Para ejecutarla envía a Tirso, un liberto hábil y elegante, diseñado para halagar, insinuar y observar. El exceso de atención y de regalos que Cleopatra le dispensa despierta los celos ya patológicos de Antonio, que reacciona con violencia: manda azotar a Tirso y lo devuelve humillado a César, acompañando el gesto con una carta sarcástica y amarga. El tono revela a un Antonio quebrado, irritable, consciente de su decadencia.

Cleopatra, lejos de romper, intenta apaciguarlo con teatralidad afectiva. Su conducta es muy significativa:

  • celebra su propio cumpleaños con austeridad, acorde a la desgracia;

  • pero el de Antonio lo festeja con un lujo excesivo, casi obsceno.

Ella actúa, administra símbolos; Antonio reacciona, dominado por el ánimo. El mundo que los rodea ya se desmorona, pero el palacio sigue representando una ilusión de grandeza.

Mientras tanto, Marco Vipsanio Agripa apremia a César a volver a Roma: el conflicto entra en su fase final.

Tras el invierno, César avanza desde Siria y sus generales desde África. La caída de Pelusio marca el inicio del fin. Corren rumores de que Seleuco la entregó con el consentimiento de Cleopatra. Ella, para demostrar lo contrario, entrega a Antonio la esposa y los hijos de Seleuco para que los mate.
El gesto es terrible: no sabemos si Antonio ejecuta la orden, pero Plutarco muestra hasta qué punto la política ha descendido al terreno del sacrificio humano como prueba de lealtad.

Cleopatra, anticipando la derrota, construye monumentales sepulcros junto al templo de Isis, y acumula allí:

  • oro, plata, perlas, esmeraldas,

  • maderas preciosas, marfil, cinamomo,

  • y materiales inflamables.

El mensaje es claro: o reina o reduce todo a cenizas. César, temiendo perder ese botín, la mantiene con esperanzas falsas, no por clemencia, sino por cálculo económico y político.

En un último destello de grandeza trágica, Antonio sale a combatir cerca del circo, derrota a la caballería de César y la persigue hasta el campamento. Es una victoria real, pero inútil. Ya no cambia nada.

Regresa exaltado al palacio, armado aún, y presenta a Cleopatra al soldado más valeroso. Ella le entrega como premio una coraza y un casco de oro. Esa misma noche, el soldado desertó y se pasó a César.

Antonio envía todavía un último desafío a Octavio César, no porque crea que pueda vencer, sino porque necesita cerrar su vida como soldado. La respuesta de César es tajante y deshumanizada: Antonio tiene “muchos caminos para ir a la muerte”. No hay honor, ni duelo, ni reconocimiento del rival; solo la certeza de que su fin es inevitable.

Antonio entiende entonces que ya no se combate por victoria, sino por cómo morir. Decide salir a pelear no para salvarse, sino para no degradarse. Esa conciencia es lo que marca todo el pasaje.

Durante la cena, Antonio pide a sus esclavos que coman y beban con abundancia. Les dice que quizá al día siguiente sirvan a otros amos y que él mismo estará reducido a nada. No habla con teatralidad, sino con lucidez. Está despidiéndose del mundo.

Cuando ve llorar a sus amigos, aclara algo esencial: no los conduce a una batalla para ganar, sino a una en la que busca una muerte digna. Ya no espera fortuna; solo quiere conservar el último resto de su identidad.

Esa misma noche ocurre el prodigio. En el silencio de Alejandría se oyen músicas, cantos, gritos báquicos, como una procesión invisible que atraviesa la ciudad y se pierde hacia la puerta del enemigo. Para los antiguos, el significado es claro: Dioniso abandona a Antonio.

Plutarco subraya el golpe simbólico. Antonio se había presentado toda su vida como un nuevo Baco. Ahora, incluso ese dios lo deja solo. No queda protección divina, solo el peso de la ruina.

Al amanecer, Antonio contempla la escena final. Sus naves salen del puerto y, en lugar de combatir, saludan a la flota de César y se pasan al enemigo. La traición ocurre ante sus propios ojos, sin combate, sin resistencia.

Luego sucede lo mismo con la caballería. También lo abandona. La infantería, privada de mando y esperanza, se dispersa. Antonio comprende que ya no manda a nadie.

De regreso a la ciudad grita algo decisivo: ha sido entregado por Cleopatra a aquellos contra quienes luchaba por ella. No es solo una acusación política; es el quiebre emocional definitivo. Para Antonio, todo sacrificio ha perdido sentido.

Temiendo su reacción, Cleopatra se encierra en su sepulcro y hace correr la noticia de que ha muerto. No es un acto de traición consciente, sino de miedo; pero sus efectos serán irreversibles.

Antonio cree el mensaje. En ese instante se dice a sí mismo que la fortuna le ha quitado el único motivo que tenía para amar la vida. Ya no habla como general ni como político, sino como hombre completamente vencido.

Se quita la coraza y pronuncia una frase clave: no le duele perder a Cleopatra, porque pronto se reunirá con ella; lo que le duele es que, siendo un capitán tan acreditado, una mujer lo haya superado en valor. En el código romano, morir antes era una forma suprema de fortaleza.

Antonio llama a su esclavo fiel, Eros, y le exige que cumpla una promesa antigua: matarlo cuando se lo pidiera. Eros levanta la espada, pero no puede matar a su señor. En lugar de eso, se mata a sí mismo.

El gesto es profundamente romano y devastador: el esclavo enseña al amo cómo se muere con dignidad. Antonio lo entiende al instante.

Tomando la espada, Antonio se la clava en el vientre. La herida, sin embargo, no es mortal. La sangre se contiene, y él queda agonizante. Pide a los presentes que lo rematen, pero todos huyen, incapaces de asumir esa carga.

Antonio grita, se agita, suplica. No por miedo, sino porque ni siquiera morir le resulta ya sencillo.

En ese momento llega Diomedes, enviado por Cleopatra. Le dice que ella vive y que está encerrada en el sepulcro. Antonio no muere aún. Será llevado hasta allí, moribundo, para morir finalmente en su presencia.

Plutarco ha preparado así el desenlace: Antonio no cae como un simple derrotado, sino como una figura trágica a la que le han sido retirados el poder, los dioses, los hombres y el sentido. Si quieres, en el próximo mensaje puedo explicarte la escena final en el mausoleo, que es una de las más intensas de toda la obra.

Antonio, informado de que Cleopatra vive, ya no piensa en morir solo. Pide con insistencia a sus esclavos que lo tomen en brazos y lo lleven hasta el sepulcro. No camina: es llevado, porque su cuerpo ya no responde. La escena está marcada desde el inicio por la inversión total del orden: el general victorioso de tantas campañas es ahora un hombre ensangrentado, sostenido por otros.

Al llegar, Cleopatra no abre la puerta. El mausoleo se convierte en frontera entre la vida y la muerte. Desde lo alto arroja sogas y cuerdas; Antonio es izado como un cuerpo sin fuerza. Ella misma tira de las cuerdas con la ayuda de dos mujeres, las únicas que la acompañan. Plutarco subraya que el esfuerzo es casi imposible para ellas.

El espectáculo es descrito como “el más miserable y lastimoso”. Antonio, bañado en sangre, moribundo, tiende las manos hacia Cleopatra y fija en ella los ojos. No hay palabras, solo gestos de dependencia absoluta. El héroe romano ya no domina ni siquiera su propio final.

Cuando por fin logra subirlo y tenderlo en el lecho, Cleopatra se desborda. Rasga sus vestiduras, se araña el pecho, se mancha el rostro con su sangre. Lo llama con todos los nombres que concentran su relación:

“su señor, su marido y su emperador”.

Plutarco señala algo decisivo: en ese momento casi se olvida de sus propios males, absorbida por el dolor del otro.

Antonio la detiene. No quiere lamentos. Pide vino, quizá por sed, quizá porque espera que así la muerte llegue más rápido. Bebe y entonces pronuncia sus últimas exhortaciones. Le pide que, si puede salvarse sin ignominia, lo intente; que confíe en los amigos de César, especialmente en Proculeyo.

Respecto de sí mismo, le pide algo crucial:

que no llore por las mudanzas que ha sufrido,
sino que lo tenga por dichoso,
porque llegó a ser el más ilustre y poderoso de los hombres,
y si ahora es vencido, lo es “noblemente romano por romano”.

Aquí Antonio reconstruye su honor en el último instante. No niega la derrota, pero la integra en una ética romana de grandeza.

En el momento mismo de su muerte llega Proculeyo, enviado por Octavio César. La ironía es brutal: César es informado antes que Cleopatra de la muerte de su rival. Un asistente de Antonio, Derceteo, ha corrido con la espada ensangrentada para ser el primero en dar la noticia.

César, al recibirla, llora. Se retira al interior de su tienda y lamenta a quien fue su pariente y colega. Luego lee en voz alta las cartas entre ambos para mostrar a sus amigos que él había escrito con moderación, y que Antonio había respondido con insolencia. La escena sirve para justificar políticamente la victoria.

Pero César no quiere a Cleopatra muerta. La quiere viva. Por riqueza, sí, pero también por gloria: llevarla en el triunfo sería el remate simbólico del poder absoluto. Por eso envía a Proculeyo con la orden de capturarla con vida.

Cleopatra resiste. No permite que entren. La conversación se da a través de una puerta cerrada. Ella pide una sola cosa:

el reino para sus hijos.

Proculeyo le responde con palabras tranquilizadoras: que confíe, que se entregue, que César será clemente.

Mientras tanto, César prepara la trampa. Envía también a Galo para distraerla con una conversación más larga. En ese lapso, Proculeyo coloca una escala en la ventana por donde antes subieron a Antonio. Entra con dos hombres.

Una de las mujeres grita:

“¡Desgraciada Cleopatra, te cogen viva!”

Al verlo, Cleopatra intenta suicidarse con un puñal. Es el gesto final de su soberanía: prefiere morir que ser exhibida.

Proculeyo la detiene con ambas manos y le dice palabras durísimas y reveladoras:

“Injurias a ti y a César, quitando a éste la ocasión de dar pruebas de su bondad”.

Le quita el puñal, registra sus ropas buscando veneno. César no quiere símbolos trágicos fuera de su control.

Envía a Epafrodito, su liberto, con una orden clara: conservarla con vida a toda costa, tratándola con indulgencia extrema.

Así termina este tramo del relato:
Antonio muere como romano;
Cleopatra es salvada contra su voluntad;
y César comienza a convertir la tragedia ajena en capital político y simbólico.

César y Cleopatra

César se encaminó a la ciudad con plena conciencia del efecto escénico de su entrada. No entró solo: llevó a su lado al filósofo Areo, dándole la derecha, para que los ciudadanos vieran de inmediato qué tipo de vencedor llegaba: no solo el general, sino el protector de la filosofía y del orden racional.

Esta elección no es casual. Areo funciona como figura simbólica: la victoria no se presenta como mera fuerza, sino como restauración del logos.

César entró luego en el Gimnasio y subió a una tribuna preparada para él. El pueblo, aterrorizado, yacía postrado en tierra. César les ordenó levantarse y pronunció un perdón cuidadosamente argumentado. No fue una absolución simple, sino una absolución jerarquizada:

primero, por Alejandro, fundador de la ciudad;
segundo, por la belleza y grandeza de Alejandría, que lo había maravillado;
tercero, por consideración a su amigo Areo.

El perdón, así, no es igualdad, sino gracia concedida desde lo alto del poder.

Areo alcanzó entonces gran influencia. Gracias a él muchos obtuvieron clemencia. Entre ellos estaba Filóstrato, sofista notable por su habilidad para hablar improvisando, pero —según Plutarco— imprudentemente empeñado en inmiscuirse en la Academia.

César se mostraba reacio a perdonarlo. Filóstrato, entonces, recurrió a una estrategia simbólica: dejó crecer su barba blanca, vistió de negro y siguió a Areo por todas partes, recitando un verso significativo:

“Los que son sabios, a los sabios salvan”.

Cuando César comprendió el sentido del gesto, concedió el perdón, no tanto por salvar a Filóstrato, sino —dice Plutarco— por librar a Areo de la envidia. La política del vencedor cuida también las tensiones internas del prestigio.

El relato cambia entonces de tono y se vuelve crudo y descarnado.

De los hijos de Antonio, Antilo, el tenido en Fulvia, fue ejecutado. Había sido entregado por su ayo Teodoro. Cuando los soldados le cortaron la cabeza, el ayo le robó una piedra preciosa que llevaba al cuello y la escondió en el ceñidor.

Teodoro lo negó, pero fue descubierto y crucificado. Plutarco subraya aquí una constante: la traición suele castigarse incluso cuando sirve al vencedor.

Los hijos de Cleopatra fueron tratados con decoro, bajo la custodia de sus preceptores. No así Cesarión, el hijo que se decía nacido de César. Cleopatra lo envió con grandes riquezas hacia la India, por Etiopía, intentando salvar la línea dinástica.

Pero su ayo Rodón, imitando la traición de Teodoro, lo hizo volver con engaños, diciéndole que César lo llamaba al reino.

César deliberó sobre su destino. Plutarco refiere que Areo le dijo una frase lapidaria, tomada de Homero:

“No es bueno que haya muchos Césares”.

La sentencia encierra la lógica brutal del nuevo orden: la clemencia tiene límites cuando amenaza la unicidad del poder.

Cesarión fue ejecutado después de la muerte de Cleopatra.

Muchos reyes y generales pidieron a César el cuerpo de Antonio para darle sepultura. César se negó, no por crueldad, sino para no privar a Cleopatra de ese último acto. Ella misma sepultó a Antonio con magnificencia regia, tomando cuanto quiso para ello.

Plutarco insiste: fue Cleopatra quien lo enterró, como último gesto soberano.

Pero el cuerpo de Cleopatra ya estaba quebrado. Por los golpes que se dio en el pecho durante el duelo, se le inflamó éste y se le formaron llagas. Sobrevino la fiebre. Ella acogió ese estado como oportunidad: disminuyó voluntariamente el alimento, esperando morir.

Tenía un médico de confianza, Olimpo, a quien confesó su propósito y que la ayudaba como consejero. El propio Olimpo escribió una historia de estos hechos.

César, al sospecharlo, reaccionó con dureza. Amenazó a Cleopatra con sus hijos. Plutarco utiliza una imagen significativa: dice que César la sujetó “como con una batería”, es decir, mediante presión constante. Cleopatra, vencida no por las armas sino por el temor por sus hijos, se vio obligada a aceptar curación y alimento.El cuerpo de la reina queda así retenido por la política, del mismo modo que antes había sido retenido por el amor.

Pasados algunos días, César fue en persona a visitar a Cleopatra, con el propósito explícito de consolarla. El gesto es político y calculado: el vencedor no delega este momento decisivo.

Cleopatra se hallaba tendida humildemente en el suelo, no en un lecho regio. Apenas César entró, corrió hacia él en ropas menores y se arrojó a sus pies. Su aspecto era deliberadamente lastimoso: la cabeza y el rostro desaliñados, la voz trémula, la mirada apagada. El cuerpo denunciaba el sufrimiento del pecho y la fiebre; pero Plutarco subraya algo esencial: ni siquiera en ese estado había desaparecido del todo la gracia de su belleza. A través del abatimiento, todavía resplandecía en los movimientos del rostro.

César le ordenó que volviera a acostarse y se sentó junto a ella. Cleopatra comenzó entonces una defensa cuidadosamente construida, atribuyendo todo lo sucedido a la necesidad y al miedo de Antonio. Pero César, replicando punto por punto, desbarataba sus justificaciones. Al verse acorralada, mudó de estrategia: dejó la explicación racional y recurrió a la compasión y al ruego, como quien todavía se aferra a la vida.

Como gesto final de sometimiento, le presentó una lista detallada de sus riquezas. En ese momento, Seleuco, uno de sus mayordomos, la acusó de haber ocultado parte del tesoro. Cleopatra reaccionó con violencia inesperada: se abalanzó sobre él, lo tomó de los cabellos y lo abofeteó repetidas veces.

César se rió ante la escena y trató de calmarla. Ella entonces exclamó:

“¿No es cosa terrible, ¡oh César!, que habiéndote tú dignado venir a verme y hablarme en esta situación, me acusen mis esclavos si he separado alguna friolera mujeril, no ciertamente para el adorno de esta desgraciada, sino para tener con qué hacer algún leve obsequio a Octavia y a tu Livia, y conseguir por este medio que me seas más favorable y propicio?”

Estas palabras deleitaron a César, porque confirmaban lo que quería creer: que Cleopatra deseaba vivir. Le respondió que se lo permitía, que no se le reprocharía nada y que sería tratada con mayor decoro del que podía esperar.

Se retiró satisfecho, creyéndose engañador, cuando —dice Plutarco— era él el engañado.

Entre los amigos de César se hallaba Cornelio Dolabela, joven que había tomado afecto a Cleopatra. Deseoso de complacerla, y accediendo a sus ruegos, le reveló en secreto una decisión crucial: César se disponía a marchar por tierra hacia Siria, y había resuelto enviar a Cleopatra y a sus hijos a Roma dentro de tres días.

Al recibir esta noticia, Cleopatra actuó con rapidez. Lo primero que pidió fue permiso para celebrar las exequias de Antonio. César se lo concedió sin sospecha.

Cleopatra se dirigió entonces al sepulcro, y postrándose sobre el túmulo junto a las dos mujeres que la acompañaban, pronunció una de las lamentaciones más intensas de toda la obra:

“Amado Antonio, te sepulté poco ha con manos libres; pero ahora te hago estas libaciones siendo sierva, y observada con guardias para que no lastime con lloros y lamentos este cuerpo esclavo, que quieren reservar para el triunfo que contra ti ha de celebrarse.”

En estas palabras se condensa la tragedia: ella, reina, convertida en cautiva viva para un triunfo ajeno.

Continúa:

“No esperes ya otros honores que estas exequias, a lo menos habiendo de dispensarlos Cleopatra. Vivos, nada hubo que nos separara; pero en muerte, parece que quieren que cambiemos de lugares: tú, romano, quedando aquí sepultado, y yo, infeliz de mí, en Italia, participando sólo en esto de tu patria.”

La separación no es solo geográfica: es política, simbólica y escénica. Antonio queda enterrado como romano vencido; Cleopatra, destinada a Roma como espectáculo.

Finalmente, eleva su súplica a los dioses:

“Pero si es alguno el poder y mando de los dioses de ella, ya que los de aquí nos han hecho traición, no abandones viva a tu mujer, ni mires con indiferencia que triunfen de ti en esta miserable, sino antes ocúltame y sepúltame aquí contigo, pues que con verme agobiada de millares de males, ninguno es para mí tan grande y tan terrible como este corto tiempo que sin ti he vivido”.

Aquí queda sellada su decisión. No pide ya salvar el reino ni la vida, sino no sobrevivir a Antonio ni convertirse en instrumento del triunfo romano.

La muerte de Cleopatra

Después de haberse lamentado de esta manera ante el túmulo de Antonio, Cleopatra lo coronó y lo saludó, como último gesto regio y conyugal. Acto seguido, mandó que le prepararan el baño. El ritual no es casual: purificación, despedida y solemnidad preceden al acto final.

Bañóse, y luego mandó disponer un gran banquete. Mientras comía, llegó del campo un hombre trayendo una cestita. Los guardias le preguntaron qué llevaba; él abrió la cesta, retiró las hojas, y mostró que contenía higos de tamaño extraordinario y hermosura. Al verlos, los guardias se maravillaron; el hombre, riendo, les dijo que tomasen, y así, sin sospecha, le permitieron entrar.

Después del banquete, Cleopatra escribió y selló una esquela, que envió a César. Luego ordenó que todos se retiraran, excepto las dos mujeres que la acompañaban. Cerró entonces las puertas.

César abrió el billete y, al ver que contenía quejas y ruegos para que se le diera sepultura junto a Antonio, comprendió inmediatamente lo que estaba ocurriendo. En un primer impulso quiso ir él mismo a socorrerla; pero finalmente se limitó a enviar mensajeros con urgencia para que se informaran.

El daño, sin embargo, ya estaba consumado. Por más que corrieron, los enviados hallaron que los guardias no habían oído nada. Abrieron las puertas y vieron a Cleopatra muerta, tendida en un lecho de oro, regiamente adornada.

De las dos criadas, Eira yacía muerta a sus pies. Carmión, tambaleante y ya casi sin fuerzas, estaba aún colocándole la diadema en la cabeza. Uno de los presentes le dijo con enfado:

“Bellamente, Carmión”.

Ella respondió:

“Bellísimamente, y como convenía a la que era de tantos reyes descendiente”.

Y sin pronunciar otra palabra, cayó muerta junto al lecho.

Se dice que el áspid fue introducido entre los higos, cubierto con hojas, por orden de Cleopatra, para que el reptil la picara sin que ella lo advirtiese. Añaden que, al verlo, Cleopatra exclamó:

“¡Hola, aquí estaba esto!”,

y extendió el brazo desnudo para recibir la picadura.

Otros sostienen que el áspid había sido guardado en una vasija, y que Cleopatra lo irritó con un alfiler de oro, provocando que se aferrara a su brazo. Pero nadie sabe con certeza la verdad.

También se dijo que Cleopatra llevaba consigo veneno escondido en una navaja hueca, oculta entre los cabellos. Sin embargo, no se halló en su cuerpo mancha, cardenal ni señal clara de veneno, ni se encontró el reptil en la estancia. Sólo se dijo que se habían visto vestigios del áspid cerca del mar, bajo las ventanas del edificio.

Algunos afirmaron haber observado en el brazo de Cleopatra dos pequeñas junturas, casi imperceptibles. A esta versión parece haber dado crédito César, pues en su triunfo llevó una estatua de Cleopatra con el áspid prendido al brazo.

Así es como se dice que sucedieron los hechos.

César, aunque profundamente disgustado por la muerte de Cleopatra, no pudo menos que admirar su grandeza de alma, y ordenó que su cuerpo fuese sepultado magnífica y ostentosamente junto al de Antonio. Dispuso también honrosas exequias para las esclavas.

Cleopatra murió a los treinta y nueve años, tras haber reinado veintidós, y haber imperado junto a Antonio más de catorce.
Antonio, según unos, murió a los cincuenta y seis años, según otros, a los cincuenta y tres.

Las estatuas de Antonio fueron derribadas; las de Cleopatra se conservaron, porque su amigo Arquibio entregó a César mil talentos para evitar que corrieran la misma suerte.

Antonio dejó hijos de tres mujeres, siete en total, de los cuales sólo Antilo, el mayor, fue ejecutado por orden de César. De los demás se encargó Octavia, quien los crió junto con los suyos.

A Cleopatra, hija de Cleopatra, la dio en matrimonio a Juba, considerado el más culto de los reyes.
A Antonio, hijo de Fulvia, lo elevó tanto que, después de Agripa y los hijos de Livia, ocupaba el tercer lugar en el favor de César.

De la descendencia de Octavia y sus alianzas surgieron Druso, Germánico, Claudio, y finalmente Nerón, quien —dice Plutarco— estuvo cerca de destruir el Imperio por locura y necedad, siendo el quinto emperador después de Antonio según el orden sucesorio.

Comparación de Demetrio y Antonio

Plutarco compara a Demetrio y a Antonio como dos hombres que alcanzaron un poder extraordinario y lo perdieron por culpa propia, aunque de modo distinto. Demetrio heredó la grandeza de Antígono y ejerció el poder conforme a una tradición monárquica ya aceptada; Antonio, en cambio, se alzó por mérito propio, pero aspiró a someter al pueblo romano, que había rechazado la monarquía.

Demetrio, aun entregado a los placeres, supo separar el ocio del deber militar y no dejó que el deleite le hiciera perder oportunidades decisivas. Antonio, por el contrario, subordinó los asuntos públicos a su pasión por Cleopatra, abandonando empresas cruciales e incluso la victoria misma.

En el plano moral, Demetrio cometió faltas graves que dañaron a otros —impiedad, crueldad y abusos—, mientras que los excesos de Antonio recayeron principalmente sobre sí mismo, aunque con consecuencias políticas desastrosas para Roma. En la caída, Demetrio fue abandonado por sus soldados; Antonio abandonó él mismo a los suyos.

Finalmente, ninguno tuvo una muerte ejemplar, pero Plutarco juzga más indigna la de Demetrio, que aceptó vivir cautivo y entregado a la gula, mientras que Antonio, pese a su debilidad, eligió morir antes que ser exhibido por su enemigo.




Cuadro comparativo: Demetrio vs. Antonio

AspectoDemetrioAntonio
Origen del poderHereditario, sucesor de AntígonoAdquirido por mérito propio
Legitimidad políticaRey sobre pueblos acostumbrados a la monarquíaAspiró a esclavizar al pueblo romano
Uso del poderLibera ciudades griegas antes de su caídaCombate a Bruto y Casio contra la libertad romana
Relación con el placerDistingue ocio y guerraSubordina la política al amor por Cleopatra
Conducta militarActivo y eficaz cuando era necesarioAbandona campañas y la batalla decisiva
Vida privadaPoligamia aceptada por la costumbre realRepudia a su esposa romana por una extranjera
Daño moralPerjudica gravemente a otrosSe perjudica principalmente a sí mismo
Causa de la caídaDeserción de los macedoniosHuida personal del combate
Actitud finalAcepta el cautiverio y la degradaciónPrefiere la muerte a la captura
Juicio de PlutarcoMás censurable en su finalMás débil, pero más digno al morir


Conclusión

La vida paralela de Demetrio y Antonio muestra que el poder no se pierde sólo por la fortuna adversa, sino por la incapacidad de gobernarse a uno mismo: Demetrio cae por abusar del poder heredado y degradarlo en exceso, mientras Antonio, habiendo llegado a lo más alto por mérito propio, se destruye al subordinar la política, la guerra y la lealtad a la pasión. En ambos, Plutarco ve una advertencia moral severa: la grandeza sin dominio de sí degenera en ruina, y el mando que no se apoya en la virtud termina volviéndose contra quien lo ejerce, ya sea por la deserción de los otros o por la huida de uno mismo.