jueves, 4 de diciembre de 2025

Plutarco - Moralia: Cómo distinguir a un adulador de un amigo

Plutarco abre Cómo distinguir a un adulador de un amigo con una advertencia incisiva: nada es más peligroso que aquel que imita los gestos de la amistad sin poseer su esencia. Dedicado a Antioco Filópapo, el tratado combina psicología moral y técnica retórica en dos secciones complementarias: primero, un minucioso examen comparativo entre el amigo auténtico y el adulador —sus semejanzas aparentes, su habilidad para procurar placer, su uso distorsionado de la franqueza y sus servicios interesados—; luego, una reflexión sobre la parresía, la franqueza bien ejercida, su aplicación y su oportunidad. El texto se nutre de una rica tradición peripatética que remonta a Teofrasto y Aristóteles, y muestra cómo Plutarco, fiel a su talante ético, busca ofrecer un arte para reconocer lo verdadero en medio de lo que seduce, evitando que la máscara de la adulación corrompa el juicio y dañe la vida comunitaria.


CÓMO DISTINGUIR A UN ADULADOR DE UN AMIGO

Capítulo 1 — El amor propio como puerta de entrada a la adulación

El amor excesivo que cada uno profesa hacia sí mismo. Tomando a Platón como autoridad, explica que quien se ama demasiado pierde imparcialidad y se vuelve juez injusto de sí mismo, pues “el amor ciega”. Esta ceguera interior crea el espacio perfecto para que el adulador se infiltre, presentándose como testigo externo que confirma lo que uno ya desea creer. Así, el individuo, por su tendencia natural a autoadularse, recibe sin resistencia al adulador externo, reforzando ilusiones peligrosas sobre sus propias cualidades. Plutarco enfatiza que este autoengaño contradice incluso el mandato délfico “conócete a ti mismo”, convirtiendo al adulador en enemigo de la verdad y, por extensión, de los dioses. 

Capítulo 2 — El peligro universal de la adulación y la necesidad de prevenirla

Plutarco dice que la adulación no es un mal que afecte solo a los ignorantes o vulgares; por el contrario, afecta más gravemente a los virtuosos, poderosos y ambiciosos, igual que la carcoma ataca la madera más noble. La adulación prospera especialmente en los entornos de poder —casas influyentes, magistraturas, principados—, donde puede causar estragos políticos y morales. De ahí la importancia de no esperar a la experiencia, pues esta llega demasiado tarde cuando ya se ha sufrido el daño. Así como las monedas se prueban antes de usarlas, también los amigos deben examinarse antes de la necesidad, para distinguir al verdadero del falso. Plutarco advierte que no se debe confundir lo agradable con lo adulador, pues el amigo también procura placer y dulzura, del mismo modo que acepta dar amonestaciones cuando es necesario. 

Capítulo 3 — Los falsos estereotipos del adulador y la dificultad real de reconocerlo

Plutarco responde a una objeción anticipada: si el amigo también produce placer y alaba cuando corresponde, ¿cómo distinguirlo entonces del adulador? La respuesta del Plutarco consiste en desmontar los estereotipos vulgares sobre la adulación. La mayoría cree que adulador es únicamente el parásito grosero, el bufón hambriento que se arrastra por comida o bebida; figuras caricaturescas cuya bajeza los delata sin esfuerzo. Pero Plutarco sostiene que este no es el verdadero problema: el auténtico adulador no es el parásito tosco, sino el experto, el que ejerce su oficio con sutileza, arte e inteligencia. Por eso resulta tan difícil de reconocer, pues no se reduce a gestos de servilismo evidente ni a escenas burlescas como las de Melantio o los parásitos cómicos. Plutarco aclara que tales personajes no requieren refutación, porque su torpeza habla por sí misma; el peligro está en quienes adoptan la apariencia del amigo y se introducen en la vida ajena con eficacia. 

Capítulo 4 — El adulador que imita la amistad: su invisible peligrosidad

Plutarco señala que la verdadera amenaza proviene del adulador que no parece adulador, el que se mantiene sobrio, participa en conversaciones serias, interviene en asuntos importantes y se comporta como “actor trágico” de la amistad, no como simple bufón. Su peligro radica en la simulación: parece justo sin serlo, como señala Platón. Esta forma de adulación —profunda, sistemática, razonada— mina la confianza que sostiene la amistad auténtica, porque muchas veces coincide en apariencia con ella. La anécdota de Gobrias y Darío ilustra el riesgo: así como en la oscuridad no se distingue enemigo de aliado, también en la vida moral se corre el riesgo de herir al amigo por evitar al adulador, o de acoger al adulador por conservar al amigo. 

Capítulo 5 — La estrategia del adulador: imitación, placer y falsa franqueza

¿Por qué el adulador logra infiltrarse tan eficazmente en el espacio de la amistad? porque imita los elementos que sostienen la relación amistosa —el placer, el servicio, la utilidad y la semejanza de caracteres—. 

Sabiendo que la amistad es la más dulce de las experiencias humanas, el adulador se sirve de los placeres para atraer, se muestra diligente y servicial, y adopta las ocupaciones y gustos del otro como si fuera un ideal camaleón moral. Esta capacidad para imitar comportamientos y afectos lo vuelve extraordinariamente convincente, hasta el punto de borrar la frontera entre copia y original. Plutarco subraya que su habilidad más peligrosa consiste en simular la franqueza, lenguaje natural de la amistad: no una franqueza auténtica, sino una versión edulcorada, superficial, comparable a los condimentos que suavizan un exceso de dulzor. Así, el adulador se oculta como los animales que adaptan su color al entorno; por eso debe ser descubierto no por las semejanzas que exhibe, sino por las diferencias internas que disimula. 

Capítulo 6 — Cómo la adulación invade la semejanza natural que origina la amistad

Plutarco retoma el principio fundamental del nacimiento de la amistad: la afinidad natural de caracteres, costumbres y alegrías compartidas. La semejanza atrae, une y genera confianza. Precisamente por ello el adulador aprovecha esta base psicológica para aproximarse lentamente, imitando gustos, ocupaciones y hábitos hasta volverse familiar y “doméstico” para su víctima. Como un animal que se acostumbra al pasto donde se alimenta, el adulador se adapta al entorno afectivo de la persona a la que desea ganar, criticando aquello que ella critica y exaltando con exceso aquello que ella admira. Su táctica consiste en reforzar la ilusión de que ambas voluntades coinciden espontáneamente, ocultando que su supuesto “juicio” no es más que oportunismo. Plutarco advierte que esta concordancia artificial no es fruto de una afinidad real, sino una construcción estratégica diseñada para moldear la percepción del otro. 

Capítulo 7 — La inconstancia del adulador frente a la firmeza del amigo

Plutarco introduce el criterio decisivo para distinguir la imitación de la autenticidad: la estabilidad del carácter. El amigo verdadero posee una unidad interior —una coherencia de gustos, juicios y modos de vida— que se mantiene a lo largo del tiempo. El adulador, en cambio, carece por completo de un centro propio: vive no desde sí, sino “para otros”, mudando de forma como agua vertida en recipientes distintos. Su arte consiste en adaptar su apariencia al interlocutor, tal como el búho orejudo que imita movimientos humanos o como un actor que interpreta papeles distintos según el escenario. Si su objetivo es agradar a un cazador, imita la pasión por los perros y el monte; si persigue a un erudito, se viste de filósofo; si busca atraer a un disoluto, abandona la austeridad y se entrega al vino y las burlas. El ejemplo mayor es Alcibíades, cuyo carácter se desdoblaba según el lugar en que estaba, a diferencia de Epaminondas, Agesilao y del propio Platón, quienes conservaban su identidad sin importar el entorno. 

Capítulo 8 — Los cambios repentinos del adulador: un espejo sin sustancia

Plutarco muestra que su mutabilidad no solo afecta su conducta exterior, sino también sus preferencias, opiniones y afectos. Lo que ayer alababa, hoy lo condena; lo que antes despreciaba, ahora lo celebra. Carece de criterio propio y de afectos verdaderos: recibe las emociones ajenas como un espejo, reflejándolas sin llegar nunca a poseerlas. Así, si criticamos a alguien, él asegura que “ya lo había notado”; si luego lo elogiamos, dice alegrarse y agradecerlo; si buscamos la vida retirada, dice que siempre quiso lo mismo; si volvemos a la vida pública, celebra el cambio con igual entusiasmo. Plutarco señala que esta maleabilidad extrema revela que no estamos ante un amigo, sino ante alguien que solo “asiente y cambia conmigo”, como la sombra, sin aportar juicio ni ayuda verdadera. Por eso concluye que la prueba esencial es preguntarse si el otro mantiene su identidad cuando nuestras opiniones cambian, o si se limita a reflejarlas. La amistad requiere firmeza; la adulación, en cambio, se nutre de ser siempre otra.

Capítulo 9 — Semejanza verdadera y semejanza corrupta: el criterio moral que distingue al amigo del adulador

La semejanza que nace de la amistad es moral, selectiva y orientada al bien, mientras que la del adulador es indiscriminada y se inclina con facilidad hacia lo vergonzoso. El amigo imita solo lo que es noble —nunca acompaña al otro en actos injustos o viciosos, salvo cuando una cercanía excesiva lo arrastra involuntariamente—. Sin embargo, el adulador se comporta como un camaleón imperfecto: así como el animal imita todos los colores excepto el blanco, el adulador copia todas las conductas excepto las virtuosas. Su incapacidad para reproducir lo noble lo lleva a pervertir la semejanza, imitando defectos, excesos y pasiones: la ira injusta, la superstición, el mal trato a los criados, la desconfianza familiar, e incluso los sufrimientos íntimos. Explota las desgracias ajenas para fingir afinidad emocional —como los aduladores de Dionisio, que tropezaban fingiendo ceguera para congraciarse con el tirano—. Esta falsificación de afinidades lleva incluso a “contagiarse” de conflictos familiares o males imaginarios para obtener confianza. Plutarco ilustra el punto con un caso extremo: un hombre se separó de su esposa imitando a su supuesto amigo, solo para descubrir que este último seguía visitando a la suya en secreto. 

Capítulo 10 — La imitación desigual: cómo el adulador amplifica lo malo y minimiza lo bueno

Plutarco revela la astucia más sutil del adulador: en lo bueno, siempre se declara inferior; en lo malo, siempre superior. El amigo verdadero no compite, no envidia y acepta los logros del otro con ecuanimidad. En cambio, el adulador adopta una postura estudiadamente humilde ante las excelencias del adulado —“tú vuelas, yo solo corro”, “tu poesía truena como Zeus, la mía apenas suena”—, reservando siempre para sí el papel de admirador vencido. Pero esta humildad desaparece cuando se trata de vicios: si el otro es irritable, él se declara furioso; si el otro es supersticioso, él pretende estar poseído; si el otro ama, él finge un amor desbordado. En el vicio busca superarlo; en la virtud, rendirse, porque su objetivo es legitimar las inclinaciones del otro reforzando sus excesos y debilitando su sentido crítico. Así, su imitación nunca es equilibrada ni moralmente neutra: es una herramienta para moldear la voluntad del adulado. 

Capítulo 11 — El criterio del placer: finalidad y medida de la amistad verdadera

Plutarco advierte que el placer no distingue por sí mismo al amigo del adulador, porque ambos producen agrado. La diferencia está en para qué se produce ese placer. Plutarco muestra que el placer del adulador es como el perfume: existe solo para agradar. En cambio, el placer que acompaña a la amistad es accidental, un adorno de lo provechoso, como el buen olor de una medicina cuyo fin es curar. Los amigos comparten risas, banquetes y bromas, pero esto funciona como condimento de la relación, no como su esencia ni como su propósito. El adulador, en cambio, hace del placer su oficio, creyendo que debe complacer en todo momento y con cualquier medio. El amigo, como el médico, ofrece agrado o desagrado según convenga al bien moral del otro: elogia cuando es útil y reprende cuando es necesario. La amistad, entonces, está regida por la utilidad y la virtud; la adulación, por la búsqueda exclusiva de agradar.

Capítulo 12 — La corrupción del juicio a través de la alabanza: cómo la adulación deforma la virtud

Plutarco establece criterios concretos para distinguir la alabanza sincera de la adulación: la alabanza verdadera es coherente, recae sobre las acciones y no sobre la persona, no induce vergüenza futura y no cambia de tono según conveniencia. La alabanza aduladora, en cambio, altera el valor de las palabras para justificar vicios —tal como describe Tucídides en las guerras civiles— y convierte la maldad en virtud: la crueldad en justicia, la prodigalidad en liberalidad, el miedo en prudencia, el desenfreno en humanidad. Con ejemplos históricos —Dionisio, Fálaris, Ptolomeo, Marco Antonio, Nerón— Plutarco muestra que la adulación destruye pueblos enteros cuando enmascara la tiranía bajo nombres virtuosos. El amigo puede entristecer, reprender y oponerse porque su meta es preservar el carácter; el adulador toca directamente “la semilla de la vida”, corrompiendo la raíz del juicio moral. Por eso, Plutarco equipara al adulador con el parásito que no roba del montón, sino de la simiente misma.

Capítulo 13 — Las formas disimuladas de la alabanza: estrategias encubiertas del adulador

Profundiza en la astucia del adulador al momento de elogiar, mostrando que la alabanza directa ya no es su herramienta principal, porque comprende que suscita sospechas. Por ello, adopta métodos indirectos, velados y circulares. Cuando trata con personas rústicas o extravagantes, usa la burla disfrazada de elogio; cuando se enfrenta a quienes poseen discernimiento, se desliza como una fiera que tantea el terreno antes de atacar. Su técnica más peligrosa consiste en atribuir las alabanzas a terceros: extranjeros, ancianos, ciudadanos anónimos que supuestamente lo admiran. Otras veces inventa pequeñas acusaciones falsas para provocar una negación, de modo que pueda cubrir inmediatamente al interlocutor con elogios, reforzando la imagen de hombre virtuoso y magnánimo. El adulador no halaga solo con palabras: manipula emociones, crea narrativas y aprovecha la tendencia humana a querer ser defendida frente a una injusticia aparente. 

Capítulo 14 — La adulación que deforma la virtud: censuras falsas, autoenvilecimiento y elogios por contraste

Plutarco expone técnicas aún más sofisticadas: la adulación por contraste y la autodegradación calculada. Así como los pintores intensifican la luz colocando sombras alrededor, el adulador condena lo contrario de los vicios del adulado para que estos últimos parezcan virtudes. Si el otro es libertino, llama “rusticidad” a la moderación; si es arrogante y cruel, disfraza la justicia de debilidad; si es perezoso, desprecia la vida política llamándola ocupación ajena. Incluso las mujeres disolutas elogian a sus pares llamando “frías” o “incapaces de amor” a las mujeres fieles.

Pero el recurso más turbio es la autocensura estratégica: el adulador se declara a sí mismo cobarde, débil o ignorante para elevar al otro por contraste, empujándolo hacia la soberbia. Frente a personas austeras o amantes de la franqueza, aplica otro método: pedir consejo, someter escritos, presentarse como discípulo que busca guía, transformando la consulta en una alabanza implícita. El caso extremo son quienes adulaban a Mitrídates ofreciéndose para ser abiertos o cauterizados por él, exaltando su habilidad médica a través del sacrificio corporal.

Plutarco concluye que estas alabanzas veladas son aún más peligrosas porque requieren una vigilancia fina: el adulador finge pedir ayuda o corrección, pero en realidad busca inflar la vanidad del otro, aprobando todo sin resistencia. Su objetivo final es que, como en el verso citado, “pregunte por una contraseña, pero busque otra cosa”: no busca consejo, sino un pretexto para enaltecer y envanecer al adulado.

Capítulo 15 — La adulación silenciosa: gestos, concesiones y servidumbres disimuladas

La alabanza sin palabras es la que se expresa mediante gestos, silencios y concesiones. Así como los cazadores disimulan sus intenciones fingiendo realizar otras actividades, el adulador obtiene más poder cuando su conducta no parece adular, sino mostrar cortesía o prudencia. Ceder la silla, interrumpir un discurso para dejar hablar a un poderoso, ocupar los mejores asientos solo para abandonarlos ante los ricos: todos estos actos constituyen una adulación muda, pero profundamente eficaz. No se rinde homenaje al mérito, sino al dinero, al estatus o a la fama. Plutarco denuncia que esta forma de “retirada estratégica” no obedece a la virtud ni a la experiencia ni a la edad, sino únicamente a la riqueza y al prestigio social.

Mediante anécdotas ejemplares, como la de Apeles que humilla a Megabizo recordándole que su silencio impresionaba más que sus palabras ignorantes, o la de Solón que rechaza la visión adulatoria de Creso sobre la felicidad, Plutarco muestra que la adulación silenciosa no solo es servil, sino que fomenta la ignorancia y la corrupción del juicio. Frente a la actitud de los aduladores, quienes proclaman que los ricos y poderosos son los más felices, sabios y virtuosos, Plutarco opone la figura de los sabios que no se dejan engañar por las apariencias ni por el boato.

Capítulo 16 — La inflación de cualidades: cuando la riqueza suplanta la virtud

Atribuir al rico cualidades que no posee, simplemente porque las desea o porque su posición permite que se las finjan. Así como los estoicos atribuían simbólicamente al sabio todas las perfecciones, los aduladores atribuyen al rico todos los talentos posibles: orador, poeta, músico, atleta, artista. Esta inflación artificial, que se ajusta a los deseos del adulado, no hace sino deformarlo moralmente. Plutarco contrasta esta actitud con la claridad de Carnéades, quien observaba que los hijos de los reyes solo aprenden bien a montar a caballo porque es el único maestro que no puede adularlos.

La lógica del adulador se expone mediante la anécdota de Crisón, que corría lentamente para no vencer a Alejandro, provocando así el enojo del rey: hasta el débil intento de preservar su vanidad mediante la sumisión es insultante. Por eso Plutarco critica también el razonamiento de Bión, que comparaba la alabanza al hombre con la alabanza al campo: mientras la tierra no empeora por elogios inútiles, el ser humano sí se corrompe cuando se le miente sobre sus talentos.

Capítulo 17 — La falsa franqueza: el arma imitada que no puede sostener el adulador

La franqueza, elemento esencial de la amistad verdadera. Debería ser —dice— el único atributo que el adulador no podría imitar, del mismo modo que Patroclo, pese a revestirse con las armas de Aquiles, no osó tocar la lanza sagrada del héroe. Pero el adulador, lejos de evitar este terreno, también intenta apropiarse de él. Huye de ser reconocido por sus risas, su desenfreno y su servilismo festivo, y por ello compone un semblante serio, mezcla advertencias discretas y reproches cuidadosamente dosificados para parecer íntegro y valiente.

Plutarco explica que esta “franqueza” adulterada es comparable al falso Heracles de Menandro, cuya maza era solo una imitación hueca y esponjosa. La franqueza del adulador parece firme, pero se hunde como un cojín suave: carece de fuerza, no hiere, no corrige, no purifica. La franqueza auténtica, en cambio, provoca una tristeza saludable —como la miel que limpia las llagas— y busca siempre el bien del amigo.

La estrategia del adulador consiste primero en mostrarse severo con otros, casi cruel: censura a los criados, ridiculiza a parientes, ataca a terceros como si fuese amante de la justicia. Pero cuando se trata del “adulado”, se limita a reprochar defectos mínimos e irrelevantes —un mueble mal puesto, un caballo mal cuidado, la barba descuidada— mientras calla ante los vicios verdaderamente graves, como el maltrato familiar, la negligencia moral o la ruina económica. Sus críticas funcionan como las de un maestro inútil que golpea al alumno por la tablilla pero ignora sus barbarismos; o como el médico que corrige uñas y cabellos mientras el cuerpo está lleno de tumores.

Capítulo 18 — La franqueza que halaga: elogiar mientras se finge reprender

La franqueza usada para producir placer, no para corregir. Es la técnica del adulador que parece oponerse al adulado, pero cuyo reproche es una puerta a la adulación más eficaz.

Ejemplos históricos ilustran esta estrategia. Agis, al ver que Alejandro premiaba a un bufón, finge indignación moral, comparándolo con los héroes mitológicos que también se divertían con personajes grotescos. Así, bajo apariencia de crítica, refuerza la grandeza del rey, equiparándolo con Heracles y Dioniso.

Algo similar ocurre con el adulador de Tiberio: invoca el deber de la franqueza, capta la atención del Senado y del emperador, y entonces pronuncia un reproche invertido: “Todos te censuramos porque trabajas demasiado por nosotros”. El orador Casio Severo sentencia la naturaleza de tal engaño: “Esta franqueza matará a este hombre”, porque es la franqueza que halaga, no la que cura.

Capítulo 19 — El reproche invertido: cuando el adulador acusa lo contrario del vicio real

El reproche inverso, es decir, criticar al adulado no por sus defectos reales, sino por lo contrario de lo que verdaderamente es, con el fin de inflamar sus pasiones, manipular su autoestima o fortalecer sus errores.

Así, algunos aduladores acusan de corrupción al avaro más grosero, o de tacañería a los más pródigos. Otros exhortan a gobernantes crueles a que no sean “tan clementes”, alimentando su sed de dureza. Es una técnica doblemente destructiva: no solo evita la corrección moral, sino que impulsa al viciado a profundizar en su vicio creyendo que está siendo demasiado moderado.

Plutarco muestra que esta inversión del juicio también opera en la vida cotidiana: el adulador que finge temer al hombre más torpe para hacerlo creer astuto, o el que arrebata la alabanza a otros para sugerir que el sujeto es demasiado grande para ser comparado. En el ámbito amoroso, el adulador enciende los celos, alimenta rencores familiares, exacerba conflictos domésticos o aviva pasiones ilícitas, bajo la apariencia de franqueza, como ocurrió con Marco Antonio y Cleopatra: los aduladores reforzaban su enamoramiento fingiendo reprenderlo, haciendo de su emoción un rasgo heroico y digno de compasión.

Plutarco compara esta técnica con el vino que, en vez de neutralizar un veneno, aumenta su potencia, porque el calor acelera la difusión del tóxico. Así, la franqueza falsa no sana: disfraza la adulación con severidad, y por ello es la forma más peligrosa de todas.

Capítulo 20 — La defensa interior: cómo reconocer al adulador observando el alma propia

Plutarco enseña que la única manera eficaz de protegerse es conocer la estructura dual del alma: una parte racional y amante del bien, y otra irracional y proclive al placer, la mentira y la pasión.

El amigo verdadero se alinea siempre con la parte noble, como el médico que fortalece la salud; el adulador, en cambio, se instala en la parte irracional, alimenta los deseos, acaricia el enojo, excita la envidia, inspira miedo, despierta sospechas y hace crecer cualquier emoción turbia como si fuera un tumor.

Para Plutarco, éste es el signo más inequívoco:

  • El amigo refrena, modera, aconseja prudencia.

  • El adulador empuja: “¿Estás colérico? Castiga”; “¿Deseas algo? Cómpralo”; “¿Tienes miedo? Huyamos”; “¿Sospechas? Créeme”.

Como la razón queda vencida cuando las pasiones se agitan, es en las cosas pequeñas donde el adulador se delata más claramente. El amigo, al ver que el otro ha bebido demasiado, le aconseja moderación; el adulador lo arrastra al baño o a seguir bebiendo. Si hay dudas sobre un viaje, el amigo evalúa lo oportuno; el adulador ofrece aplazarlo todo para complacer. Si uno prometió ayudar a un familiar y luego se arrepiente, el amigo recuerda el deber; el adulador insiste en retener el dinero.

Capítulo 21 — Las ayudas y servicios: la hiperactividad sospechosa del adulador

Los favores y servicios —aparentemente la señal más clara de amistad— son justamente uno de los terrenos donde más confusión produce el adulador, porque imita la diligencia del amigo pero exagerándola.

La primera distinción clave que propone es de estilo y naturalidad:

  • El amigo tiene un trato espontáneo, cercano, simple: basta una mirada, una sonrisa o un gesto para comunicar afecto y disponibilidad.

  • El adulador, en cambio, se desborda en atenciones: corre, saluda de lejos, se justifica, jura, insiste, se ofrece constantemente y se molesta si no se le pide algo.

Esa hiperactividad servicial no nace de la bondad, sino de una necesidad interior: Plutarco dice que el adulador es “un enfermo que necesita de muchos remedios”. Su actividad no lo sana: lo delata.

Luego contrasta las actitudes frente a las pequeñas obligaciones. El amigo deja pasar muchas sin contarlas; el adulador quiere estar en primera línea de cada detalle, sin dar espacio a nadie más. Si no se le permite servir, se irrita. Esta disponibilidad excesiva no es generosidad, sino una ambición disfrazada, una manera de instalarse en las decisiones ajenas y controlar la imagen que el otro tiene de él.

Sobre las promesas, Plutarco introduce el contraste más nítido:

  • El amigo promete solo lo que es posible y conveniente.

  • El adulador responde siempre: “di lo que piensas”, es decir, ofrece todo sin medida ni criterio.

La temeridad del adulador en las promesas busca evitar sospechas: teme que se piense que rechaza algo por prudencia o independencia. Y como los poderosos prefieren, según Plutarco, un coro que aplauda y acompañe como en tragedia, el adulador se vuelve exactamente eso: el acompañamiento ruidoso que el hombre vanidoso desea oír.

Aquí aparece también la diferencia en la deliberación:

  • El amigo analiza, reflexiona, contradice, aconseja.

  • El adulador asiente siempre. Frunce el ceño para parecer profundo, mueve la cabeza para fingir juicio, y si el otro dice algo, responde: “yo iba a decir lo mismo”.

Su pensamiento es como una línea matemática que se mueve junto al cuerpo que la sostiene: no tiene vida propia.

Plutarco contrasta la discreción del verdadero amigo —que ayuda sin que se note— con la ostentación del adulador, que convierte cada favor en un drama ruidoso, sudoroso y teatral. El amigo cura sin que el paciente lo sepa; el adulador se encarga de que cada movimiento sea visible, comentado e incluso contado como hazaña heroica.

Capítulo 22 — Las promesas y los consejos: cómo el adulador se infiltra en la deliberación

Aquí Plutarco se centra en las promesas, el consejo y la intervención en la toma de decisiones, mostrando que el adulador es más peligroso en este ámbito porque puede arrastrar al otro a lo dañino.

El amigo solo ofrece su colaboración después de haber sido llamado a deliberar y tras estudiar si lo que se pide es útil, justo y prudente. La participación del amigo es racional; la del adulador es siempre apresurada y ansiosa, porque teme ser considerado tibio o poco leal.

En la caricatura que presentan los cómicos —dice Plutarco— vemos a personajes que prometen hazañas imposibles con tal de impresionar. Eso hace el adulador: promete todo, sin evaluar consecuencias.

El punto más profundo es el contraste con los poderosos. Plutarco señala que los reyes y ricos rara vez desean un amigo que les diga la verdad “dejando el temor a un lado”. Prefieren lo que en la tragedia es el coro: acompañamiento, música, repetición. Y el adulador lo comprende bien: él se vuelve ese coro, que da forma sonora a los deseos, pasiones y caprichos del adulado.

Cita a Mérope (Eurípides), donde la reina aconseja aceptar como amigos a los que contradicen cuando es necesario, y desconfiar de los que agradan para obtener favores. Pero los poderosos hacen justamente lo contrario: rechazan la voz que no cede y abren sus casas —e incluso sus emociones— a los cobardes y a los charlatanes.

El adulador más simple se limita a ser servidor; el más astuto participa en las deliberaciones simulando profundidad: calla, frunce el ceño, afirma con la cabeza, y cuando el otro habla dice que él pensaba lo mismo. Su pensamiento se adapta al del adulado como una superficie matemática que toma la forma del cuerpo que la manipula.

Luego Plutarco ofrece hermosos ejemplos de la ayuda verdadera: Arcesilao socorriendo discretamente a Apeles enfermo, colocando monedas bajo su almohada sin que lo notara; Lácides ocultando el anillo que podía condenar a un amigo; los dioses, que ayudan sin exhibirse. Aquí contrasta lo auténtico con lo servil: la virtud oculta frente a la teatralidad aduladora.

En cambio, los servicios del adulador son ruidosos, exagerados, llenos de carreras, tensiones en el rostro y relatos posteriores. Es una ayuda que molesta incluso mientras está ocurriendo, porque se delata como una forma de esclavitud.

Capítulo 23 — El criterio decisivo: si el servicio es noble o vergonzoso

No se debe evaluar al adulador por la cantidad de servicios que presta, sino por su calidad moral. El punto decisivo no es si sirve mucho o poco, sino en qué tipo de cosas está dispuesto a servir: en las nobles y justas, o en las vergonzosas y deshonestas.

El amigo, dice Plutarco, no comparte la locura, ni acompaña al otro en lo injusto. Cita la advertencia de Gorgias y luego el dicho de Foción a Antípatro: “No puedes usarme como amigo y como adulador”. Es decir, el amigo sirve, pero no sirve para lo malo; ayuda, pero no para la infamia; acompaña en la desgracia, pero no en la injusticia. Su fidelidad está regulada por la virtud, no por el deseo de agradar.

Plutarco ofrece el ejemplo de los lacedemonios derrotados por Antípatro: aceptan todos los castigos, menos los vergonzosos. Ese es el espíritu del amigo, que acepta esfuerzo, peligro o gasto, pero jamás la complicidad en actos indignos.

El adulador hace lo contrario:

  • se excusa de lo que exige valor o sacrificio,

  • pero está siempre disponible para lo indecoroso y torpe.

Esta disposición revela la naturaleza servil del adulador: como el mono que no sirve para nada útil y por eso se presta para juegos, burlas y espectáculos, así el adulador no puede destacar en tareas nobles, pero se ofrece con entusiasmo en lo vil y lo oscuro: arreglos de amantes, servicios degradantes, intrigas familiares, expulsión de una esposa, manipulación de parientes, atención a prostitutas, gastos de banquetes, borracheras, y todo acto que requiera audacia en lo inmoral.

Esta es la clave interpretativa que Plutarco quiere que el lector retenga: quien sirve solo en lo indigno no es un servidor leal, sino un instrumento corruptor. Si alguien está siempre dispuesto para lo vergonzoso, aunque no tenga energía para lo noble, es fácil distinguirlo: ha renunciado a sí mismo con tal de agradar.

Así, concluye Plutarco, la diferencia entre amigo y adulador se ilumina en la prueba moral: el amigo se retira de lo deshonesto; el adulador se apresura hacia ello.

Capítulo 24 — El comportamiento del adulador frente a los demás amigos

Ahora Plutarco nos dice cómo se comporta el adulador respecto de los otros amigos del mismo hombre

El amigo genuino desea que su amigo tenga muchos amigos. Cree en la comunión, en la reciprocidad y en la expansión de la red de afectos. Comparte alegrías, honores y vínculos, porque concibe que lo de los amigos es común, y nada debe ser más común que los propios amigos.

El adulador, en cambio, es esencialmente exclusivista y celoso. No soporta la presencia de amigos verdaderos porque sabe que su papel no resiste el escrutinio. Es bastardo en afecto, falso en lealtad y, además, envidioso por naturaleza.

Plutarco describe tres signos inconfundibles:

  1. El adulador excluye o expulsa a los otros amigos, como el pintor mediocre que no soporta que se acerquen gallos reales a su pintura mal hecha. Teme el contraste porque revela su falsedad.

  2. Si no puede expulsarlos, los adula públicamente pero los calumnia en privado. Esta estrategia es sutil: simula respeto, pero siembra duda en secreto. Busca generar esa herida interna de la sospecha, que luego “deja cicatriz”, como enseñaba Medio, el maestro de aduladores de la corte de Alejandro.

  3. Cuando no consigue destruir a los amigos verdaderos de inmediato, procura deteriorarlos lentamente, dejando esa “marca” que, aunque no derrote al instante, debilita la relación. Es la política del veneno lento.

Plutarco menciona aquí a Medio, el adulador de Alejandro, como un ejemplo extremo: un hombre que enseñaba a sus cómplices a atacar con calumnias sabiendo que “aunque la herida cierre, queda la cicatriz”. Así corrompieron a Alejandro, llevándolo a ejecutar a hombres rectos como Calístenes y Parmenión, mientras que exaltaba a favoritos indignos como Bagoas o Demetrios.

La enseñanza es doble:

  • el adulador teme a la amistad verdadera,

  • y la amistad verdadera puede perder a un hombre si éste se deja gobernar por los falsos.

La grandeza y el poder hacen a los hombres más vulnerables a la adulación, porque su elevación los separa del juicio sobrio y los expone a quienes trepan como los pequeños animales que encuentran fácil la ascensión por superficies suaves. Es decir, la altivez y la buena fortuna abren la puerta al adulador.

Capítulo 25 — Contra el amor propio y por una franqueza moderada

Plutarco afirma que la primera defensa contra la adulación no consiste en observar a los demás, sino en corregir el interior. El amor propio y la arrogancia preparan el terreno para que el adulador nos engañe: la propia vanidad nos halaga antes de que llegue la halagadora voz del otro. Por eso recomienda, retomando el “conócete a ti mismo”, examinar la propia naturaleza, la crianza y la educación, para reconocer lo mucho que falta y lo mucho que está mezclado de manera imperfecta en uno mismo. Alejandro sirve de ejemplo: desconfiaba de quienes lo divinizaban porque sabía que en el sueño y en los placeres era débil, y no quería que sus flaquezas fueran encubiertas por elogios interesados. Así también cualquiera que mire con honestidad sus defectos comprenderá que necesita amigos que reprendan y censuren, no que aplaudan indiscriminadamente. Sin embargo, Plutarco advierte que la franqueza también puede dañar cuando se usa sin oportunidad o dureza excesiva: así como la medicina mal administrada provoca dolor innecesario, la franqueza mal ejercida empuja hacia los aduladores, que ofrecen consuelo donde otros generan heridas. Por eso la franqueza debe mezclarse con cortesía, moderación y tino, para que quienes son sensibles o están cansados de censuras no huyan hacia la suavidad engañosa del adulador. El error está en creer que se evita la adulación cayendo en el extremo opuesto: la desvergüenza, la grosería o una libertad de palabra sin medida. La verdadera alternativa no es la aspereza, sino la virtud moderada; no la hostilidad disfrazada de sinceridad, sino la corrección amable. Plutarco concluye que tanto la búsqueda de favores como la franqueza desmedida destruyen la amistad: la primera la rebaja, la segunda la hiere. La única vía segura es la templanza, que evita ambos excesos y mantiene la amistad en el punto justo.

Capítulo 26 — La franqueza sin pasión y la amonestación desinteresada

La franqueza debe estar libre de amor propio y resentimiento. La censura que parece motivada por un agravio personal deja de ser franqueza amistosa y se convierte en reproche egoísta; el amigo, en vez de corregirse, se defiende. Plutarco distingue con precisión: la franqueza es noble y honrosa, pero el reproche es mezquino. Por eso respetamos a quien nos corrige sin interés, y despreciamos al que censura porque está irritado o herido. Lo ilustra con Agamenón, quien no soporta las palabras de Aquiles cuando percibe que hablan desde una pasión propia, pero sí tolera y acepta la dura amonestación de Odiseo, porque éste habla por el bien de toda Grecia y no por una querella personal. Incluso Aquiles mismo, de carácter irascible, escucha a Patroclo cuando éste lo acusa con severidad: acepta sus palabras porque vienen de un afecto sincero y no de un interés propio. Plutarco establece así la regla esencial: la reprensión que nace del desinterés tiene autoridad; la que nace del enojo pierde su fuerza. El que censura debe mostrar claramente que las ofensas personales están olvidadas y que critica lo que es dañino para el amigo, no lo que daña su orgullo. Esa mezcla de dulzura en el ánimo y firmeza en la palabra vuelve la amonestación irresistible. Además, el verdadero amigo no sólo reprende por lo que le afecta a él, sino que advierte de otros descuidos que perjudican al mismo amigo, aunque a uno no le toquen directamente. El ejemplo de Platón con Dionisio lo muestra: en vez de reclamar por sí mismo, le advierte que está desatendiendo a Esquines, un hombre de virtud que ha venido de lejos; esa preocupación desinteresada conmueve al tirano y lo lleva a corregir su conducta. La franqueza verdadera, por tanto, no defiende el ego del que habla, sino el bien del que escucha, y esa orientación altruista es la que distingue al amigo sincero del reprochador y, por supuesto, del adulador.

Capítulo 27 — La franqueza debe ser seria, digna y despojada de burla

En este capítulo, Plutarco introduce una distinción decisiva: incluso la franqueza que procede de la buena intención puede perder su fuerza si se contamina con burlas, arrogancia o ingenio mal empleado. La metáfora médica es central: así como quien hace una purga debe evitar movimientos bruscos y cortes innecesarios, también quien amonesta debe hacerlo con delicadeza, sobriedad y limpieza, sin mezclar gesticulaciones grotescas o humor desmedido. La sátira y la broma —que pueden tener un rol legítimo entre amigos— destruyen la seriedad necesaria cuando se quiere corregir de verdad. Por eso Plutarco contrasta buenos y malos ejemplos: el arpista que responde con humildad a Filipo para desactivarlo sin humillarlo es un modelo de elegancia; en cambio, Epicarmo o Antifonte, que lanzan comentarios hirientes o ingeniosos contra tiranos como Hierón o Dionisio, llevan la franqueza al límite de la agresión y, en vez de corregir, siembran odio y terminan destruyéndose a sí mismos. De este modo, Plutarco señala que la franqueza no debe convertirse en un vehículo para el lucimiento personal, para la ironía maliciosa ni para golpes teatrales. La mordacidad puede divertir, pero no cura; puede provocar una risa momentánea, pero no produce ningún provecho moral. Por eso el discurso que busca corregir debe tener un tono serio, fidedigno y oportuno, capaz de conmover por su forma y por su gravedad. Incluso en banquetes y en el vino —espacios donde la risa y el descuido abundan— la franqueza debe ser administrada con prudencia: hablar cuando el otro está ebrio o irritado no es valentía, sino cobardía disfrazada de sinceridad. De igual modo, lanzarse a censurar en un ambiente distendido es “cubrir el buen tiempo con nubes”: se provoca crispación gratuita, se traiciona el ambiente y se convierte la corrección en enemistad. Así, Plutarco concluye que la franqueza debe evitar dos extremos: la dureza insolente y el ingenio cómico. Lo que se espera del amigo que corrige no es que haga reír ni que humille, sino que sane.

Capítulo 28 — La oportunidad de la franqueza: cuándo corregir y cuándo sostener

Muchos no se atreven a corregir cuando el amigo prospera, pero se ensañan con él cuando cae. En vez de hablar cuando la mente está soberbia y necesita freno, esperan el derrumbe para escarbar en la herida abierta. Contra esto cita a Eurípides: no es en la desgracia donde se requiere menos al amigo, sino en la prosperidad, donde la fortuna tiende a inflar el ánimo y volverlo incapaz de verse a sí mismo. La mayoría, dice Plutarco, necesita espejos externos —consejos, palabras, amonestaciones— para no dejarse arrastrar por el éxito. En cambio, cuando la divinidad derriba al afortunado, el mismo dolor interna lo corrige y no aprovecha la franqueza dura, sino el apoyo suave y la palabra alentadora. Por eso insiste: la franqueza aplicada al que sufre es como un colirio arrojado sobre un ojo inflamado; en vez de sanar, irrita. Las censuras que un hombre sano recibe con calma —por ejemplo, reproches sobre el exceso de bebida, la pereza o los amores— se vuelven insoportables cuando el mismo hombre está abatido, enfermo o desterrado. La imagen médica vuelve a aparecer: no se reprocha al niño que acaba de caerse, sino que primero se lo levanta, se lo limpia y se lo calma; sólo después se le advierte. Así también con los amigos. El ejemplo de Demetrio Falereo: temía la dureza cínica de Crates, pero al verlo llegar con suavidad, consuelo y palabras de ánimo, descubrió un tipo de franqueza que cura en vez de herir. Esa es la verdadera amonestación amistosa: la que comprende el estado del otro y toma la forma adecuada para sanar. En contraste, Plutarco retrata a los aduladores como seres que celebran el éxito ajeno y abandonan al amigo en desgracia, o que incluso se aprovechan de su caída para recriminarle desde una falsa superioridad. El amigo verdadero actúa al revés: frena en la prosperidad y sostiene en la caída; corrige cuando hay soberbia y consuela cuando hay dolor. La franqueza, por tanto, necesita discernir el momento, el tono y el estado del alma del amigo, porque fuera de su tiempo la verdad se vuelve crueldad.

Capítulo 29 — Cuándo la franqueza debe ser severa y cortar de raíz el exceso

Plutarco establece el criterio más importante de todo su tratado: la franqueza severa no debe usarse siempre, sino justamente cuando el amigo está siendo dominado por pasiones que lo extravían: el placer irreflexivo, la ira que oscurece la razón, la soberbia alimentada por la fortuna, la avaricia que corrompe el carácter o la insensatez que ya se convierte en hábito. Son estos estados los que exigen la intervención firme del amigo, como un cirujano que corta lo que amenaza la vida moral. Por eso evoca el célebre encuentro de Solón con Creso: el rey, cegado por una felicidad engañosa, necesitaba una palabra que lo volviera hacia su propio final. Sócrates, del mismo modo, no dudó en llorar por Alcibíades cuando lo reprendía; sus lágrimas muestran que la dureza auténtica no nace del enojo, sino del amor. Plutarco amplía la idea con ejemplos históricos: Ciro conteniendo la arrogancia de Ciáxares, Platón advirtiendo a Dión sobre la soberbia que acecha al gobernante solitario, y Espeusipo recordándole que la verdadera gloria no está en los rumores de jóvenes y mujeres, sino en reformar con justicia Sicilia. Son intervenciones duras, pero todas tienen un mismo fin: impedir que el éxito se transforme en tiranía interior. En contraste, Plutarco presenta el caso de Eucto y Euleo, aduladores de Perseo. Mientras la fortuna le sonreía, lo seguían y celebraban; cuando cayó derrotado y humillado, se lanzaron a culparlo y a torturarlo con reproches retrospectivos. Esa supuesta franqueza, ejercida sólo cuando el otro no puede defenderse, es mezquina, cobarde y destructiva; por eso Perseo, consumido por la desgracia y la rabia, terminó asesinándolos. Así enseña Plutarco que la severidad recta se emplea cuando el amigo está en lo alto y corre riesgo de deformar su alma, no cuando ya está caído. La franqueza que nace del cuidado evita el exceso; la que nace del oportunismo destruye.

Capítulo 30 — La franqueza debe aprovechar el momento que ofrece el amigo

Tras definir la oportunidad general de la franqueza, Plutarco examina un matiz más fino: muchas veces el propio amigo crea un espacio implícito para ser corregido, y ese instante debe ser aprovechado. Preguntas indirectas, relatos casuales, comparaciones con otros o dudas expresadas al pasar son señales de que el alma está receptiva. El amigo auténtico no deja pasar ese umbral. Así ocurrió cuando Demarato llegó a Macedonia: Filipo le preguntó por la concordia entre las ciudades griegas, y Demarato aprovechó esa puerta abierta para recordarle que ignoraba el desorden de su propia casa. Fue una corrección directa, pero nacida del vínculo y de la oportunidad ofrecida por el mismo rey. También aparece el episodio de Diógenes: al encontrar a Filipo preparándose para la guerra contra los griegos, el filósofo respondió a su pregunta con una verdad demasiado cruda —que sí, era un espía, pero de su necedad—, verdad que, aunque justa, Plutarco reconoce como excesiva. Esta diferencia entre ambos casos es crucial. La franqueza de Demarato fue oportuna, mesurada y eficaz; la de Diógenes, aunque reveladora, excedió el tono que un amigo podría sostener sin destruir la relación. De este modo Plutarco concluye que el amigo debe estar atento a las situaciones en que el otro, voluntaria o involuntariamente, permite la intervención moral. La franqueza no entra por la fuerza: aprovecha la grieta que abre la confianza. Y aunque a veces el momento permita una palabra más dura, ésta debe buscar la corrección, no la humillación. Cuando el amigo mismo ha abierto la puerta, la franqueza se vuelve un acto de gracia; cuando se fuerza por gusto personal, se vuelve insolencia disfrazada de virtud.

Capítulo 31 — La franqueza cuando el amigo está herido por críticas ajenas

Plutarco describe una oportunidad particularmente delicada para ejercer la franqueza: cuando el amigo ha sido censurado por otros y esa censura lo ha golpeado en el ánimo. En ese instante, el alma está herida, insegura, y más que nunca necesita una corrección que no humille, sino que reconstruya. Plutarco recomienda que el amigo prudente aproveche esa situación para separar al ofensor de la corrección. No debe sumarse a los que hieren, sino retirarlos simbólicamente y decirle en privado: “Precisamente para que tus enemigos no tengan motivos, debes arrancar aquello por lo que te atacan”. Así, la afrenta queda en quien critica, mientras el beneficio moral recae en quien es amonestado. Algunos maestros, dice Plutarco, empleaban un método aún más sutil: corregían indirectamente. Amonio, al enterarse del exceso cometido por algunos discípulos, ordenó azotar a un esclavo propio por haber comido sin frugalidad, pero mirando a los estudiantes implicados. El mensaje llegaba sin exponerlos. Esta táctica revela la esencia de la franqueza bien ejercida: sanar sin abrir una herida mayor, corregir sin destruir el pudor. La amonestación, cuando el amigo ya está dolido por terceros, debe funcionar como una medicina que, en vez de sumarse al golpe, guía la llaga hacia su curación.

Capítulo 32 — La franqueza nunca debe ejercerse en público

Corregir públicamente no es franqueza, sino humillación. Y la humillación destruye el vínculo, alimenta la vergüenza y proporciona terreno fértil a los aduladores. El filósofo cita el reproche de Platón a Sócrates: si era impropio reprender a un discípulo en público, también lo era criticar a quien reprende en público, lo que muestra que incluso los más sabios pueden caer en la falta si no vigilan el modo de corregir. La anécdota de Pitágoras es aún más extrema: un joven se ahorcó tras ser reprendido severamente frente a otros, y Pitágoras decidió no repetir jamás una amonestación de ese tipo. La vergüenza pública, señala Plutarco, opera como una enfermedad vergonzosa: debe tratarse en secreto. Reprender a alguien ante quienes conforman su círculo afectivo —su esposa, sus hijos, sus discípulos— es peor que una agresión física, pues lo hiere en el núcleo de su identidad. Ejemplos históricos ilustran este peligro: Clito murió por irritar a Alejandro cuando, delante de otros, lo ofendió; Aristómenes perdió la vida por reprender a Ptolomeo frente a una embajada, dando armas a los aduladores. Incluso Atenas entera se indignaba cuando Cleón criticaba a la ciudad en presencia de extranjeros. Todo ello confirma que la franqueza en público degenera en ostentación, rivalidad y demagogia.

Capítulo 33 — La franqueza que incluye al propio censor

En este capítulo Plutarco aborda una de las técnicas más nobles y eficaces de la franqueza: amonestar incluyendo al propio hablante dentro de la falta. El reproche que se comparte es mejor recibido que el que desciende desde una supuesta superioridad moral. Por eso cita versos homéricos en los que el héroe no dice “tú has fallado”, sino “nosotros hemos olvidado nuestro valor”; o “ya no valemos ni lo que valía uno solo”, palabras que convocan al reproche desde la comunidad, no desde el juicio. Sócrates mismo, recuerda Plutarco, corregía a los jóvenes como si él también necesitara aprender y purificarse. Esa actitud genera confianza porque el reproche viene desde la solidaridad en la ignorancia, no desde la acusación. El verdadero amigo aparece como alguien que crece con el otro.

Plutarco contrasta este método con el del censor que se exhibe puro y limpio, alabándose a sí mismo mientras corrige al otro. Salvo que sea un anciano de moral intachable, tal persona sólo despierta rechazo. Fénix, en la Ilíada, evitó esta arrogancia recordando a Aquiles sus propios errores: su intento violento contra su padre y el arrepentimiento posterior. No era exhibicionismo de miseria, sino un modo de decir: “también yo conozco la ira, también yo he errado, por eso puedo aconsejarte”.

Plutarco añade un segundo recurso: suavizar el reproche mediante alabanza que recuerde al amigo quién es en su mejor versión. Los versos homéricos sobre la bravura, las preguntas sobre la fama de Pándaro, el recuerdo de Edipo o de Heracles funcionan como espejos que invitan a recuperar la excelencia propia. El reproche se vuelve una exhortación a ser fiel a la propia dignidad. Pero esta estrategia debe cuidarse: comparar al amigo con otras personas puede despertar celos y resistencia. Sólo se admite alabanza ajena si se cita a los padres, pues ellos forman parte del linaje y del honor del amonestado. Así, Agamenón elogia a Tideo para amonestar al hijo, y el poeta trágico reprocha al joven noble que su conducta deshonra la luz de su linaje. 

Capítulo 34 — No responder a la franqueza con franqueza

Plutarco continúa delimitando las reglas de la corrección amistosa y afirma que cuando uno es amonestado no debe responder con una amonestación inmediata, como si se devolviera golpe por golpe. Esa réplica transforma la franqueza en disputa, en competencia, y hace pensar que el corregido no soporta la verdad. Lejos de mejorar, ambos se irritan y la conversación degenera en rivalidad defensiva.

El remedio, enseña Plutarco, es soportar la corrección del amigo y abstenerse de responder en el mismo tono. Si en el futuro ese amigo incurre en un error y requiere también ser corregido, allí —y sólo allí— puede recordarse su propia costumbre de reprochar para ofrecerle una franqueza justa. Pero no como venganza ni ajuste de cuentas, sino como prolongación coherente del mismo bien que él ha intentado hacer. De ese modo, la palabra franca que uno devuelve se convierte en gratitud, no en resentimiento; es un reequilibrio de la amistad, no un duelo de acusaciones.

Capítulo 35 — La franqueza sólo para lo importante

Plutarco abre este capítulo con la máxima de Tucídides: quien se expone por asuntos grandes y graves “decide rectamente”. La idea es que la franqueza tiene una jerarquía: debe reservarse para las faltas verdaderamente importantes, no para detalles nimios, reproches constantes ni pequeñas molestias cotidianas. El amigo que critica todo, a cada momento, deja sin fuerza sus palabras cuando llega el instante decisivo. Igual que un médico que gasta los remedios más fuertes en enfermedades menores, quejarse siempre debilita la autoridad moral. Por eso Plutarco aconseja al amigo prudente evitar convertirse en un censor permanente: no todo exige franqueza, no todo merece corrección.

De esta misma lógica nace la oportunidad que ofrece el amigo quisquilloso. Cuando éste insiste en censurar pequeñeces, entonces es posible recordarle —con firmeza proporcionada— que lo importante no son el banquete, ni los bufones, ni la charla trivial, sino los vicios verdaderos: el juego, la concubina, los derroches graves. La anécdota del médico Filótimo lo ilustra de manera contundente: ante un paciente que muestra su dedo infectado, el médico le señala que su verdadera enfermedad está en el hígado. Así también el amigo debe desplazar la discusión hacia el mal real, hacia aquello que verdaderamente destruye la vida moral. Quien concede indulgencia en lo pequeño, añade Plutarco, acepta con mejor disposición la franqueza en lo grande. El contrario —aquel que todo lo amarga y todo lo observa— es insoportable incluso para quienes están obligados a tolerarlo: hijos, hermanos, esclavos. El capítulo, en suma, define la proporcionalidad: la franqueza es un recurso serio y limitado; pierde eficacia cuando se trivializa.

Capítulo 36 — Suavidad, alabanza y arte terapéutico de la palabra

No basta con corregir sólo cuando es necesario; también es preciso reconocer lo bueno, alabar sinceramente, preparar el ánimo del amigo para recibir la franqueza. Eurípides había dicho que no todos los males acompañan a la vejez; Plutarco extrapola la idea: tampoco todos los actos de un amigo exigen censura. Cuando se alaba de buena gana, el alma se ablanda —como el hierro cuando se calienta— y entonces puede recibir la corrección templada, sin quebrarse. La franqueza no entra como martillo, sino como temple. La ocasión adecuada permite decir: “¿ves qué frutos produce lo bueno?, ¿ves lo digno que es este camino y qué ajeno a ti son aquellos vicios?”. La corrección surge como invitación a lo mejor de sí, no como acusación humillante.

Plutarco recurre nuevamente a Homero: aquellas cosas que deben ser arrojadas “al monte o al mar resonante” son los vicios ya incompatibles con la virtud del amigo. Y compara la franqueza con la medicina: así como el buen médico prefiere curar con sueño y alimento antes que con castor o escamonea —medicamentos violentos— también el buen amigo prefiere la alabanza y la benevolencia antes que el reproche duro. De allí se desprende otro principio esencial: hay que facilitar excusas tolerables cuando el amigo yerra, rechazando la interpretación más grave para ofrecerle una más amable. Héctor, al corregir a su hermano, transforma la falta en un exceso de ira, no en cobardía; Néstor, al corregir a Agamenón, atribuye su error a un impulso del corazón. Plutarco considera que decir “no te diste cuenta” es mejor que “has cometido injusticia”. La clave está en disminuir la dureza sin mentir: el objetivo es curar, no herir.

Luego introduce una estrategia más intensa: cuando es necesario frenar a quien va directo al mal o animar a quien se hunde en la pasividad, puede emplearse la provocación inversa. Sófocles presenta a Odiseo sugiriendo a Aquiles que huye no por resentimiento, sino por miedo a Héctor. Esta “acusación por contraste” despierta el orgullo noble del héroe y lo reorienta hacia el bien, no hacia la impulsividad. Del mismo modo, llamar mezquindad a la tacañería del generoso, o libertinaje al desánimo del moderado, es un modo de recordarle quién es y qué espera su propia excelencia.

Plutarco concluye mostrando que enemigos y amigos, cada uno a su modo, revelan nuestros errores: los enemigos con su censura, los amigos con su franqueza. Pero la franqueza amiga es superior, porque busca la salvación moral, no la ruina. Y por eso insiste: la franqueza es la medicina más grande de la amistad, pero requiere el arte de aplicarla: oportunidad justa, moderación del carácter, benevolencia, tacto y precisión.

Capítulo 37 — La franqueza como cirugía moral: herir para curar, curar después de herir

Plutarco retoma una imagen médica que recorre todo el tratado: la franqueza es una intervención semejante a la cirugía. A menudo causa dolor, incluso al que la ejerce correctamente, porque decir la verdad a quien amamos nunca es emocionalmente sencillo. Pero ese dolor inicial, necesario para extirpar el mal, no debe dejarse crudo ni expuesto. Los médicos, dice Plutarco, no practican un corte y se marchan: una vez abierta la herida, aplican ungüentos suaves, lociones tibias y fomentos que alivian. Así también debe obrar el amigo que amonesta: después del golpe verbal —del “cincel” que talla el defecto— debe suavizar, pulir y reconfortar, como hacen los escultores que, tras golpear el mármol, lo abrillantan hasta dejarlo firme y armonioso.

No basta con reprender; también es un deber moral acompañar a quien ha sido herido por la franqueza. Si el amigo queda irritado, hinchado de ira, dolido o avergonzado, abandonarlo en ese estado puede arruinar la relación y cerrar definitivamente la puerta a futuras admoniciones. La franqueza no debe terminar con dureza, sino con consuelo. El objetivo es restaurar la serenidad del alma: conversar de nuevo, cambiar el tono, añadir palabras moderadas que devuelvan estabilidad y hagan sentir al otro que no ha sido atacado, sino ayudado.

Dejar la conversación abruptamente —dice Plutarco— permite que “algo triste e irritante” ocupe el lugar de la amistad. Si el amonestado se queda solo con su resentimiento, se vuelve inaccesible en la siguiente ocasión en que necesite corrección. Es decir, la franqueza sin cuidado posterior daña y la franqueza acompañada cura. El amigo no sólo debe saber cuándo y cómo hablar con dureza, sino también cómo cerrar la herida que él mismo ha abierto, para que el vínculo quede más fuerte que antes. La franqueza, en su aplicación perfecta, no destruye; purifica y reintegra.

Conclusión

Plutarco muestra que la verdadera amistad no se reconoce por la dulzura de las palabras, sino por el valor de la verdad. El adulador, siempre dispuesto a agradar, esclaviza el alma con elogios que corrompen; el amigo, en cambio, corrige con franqueza, pero con oportunidad, prudencia y cariño. La diferencia esencial está en la intención: el adulador busca provecho propio, mientras que el amigo busca nuestra mejora. Así, Plutarco enseña que la amistad auténtica es una artesanía moral: sabe herir para curar, hablar para elevar y callar para preservar, dejando claro que sólo quien tiene el coraje de decirnos lo que no queremos escuchar es digno de nuestra confianza.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Plutarco - Moralia: Sobre la abundancia de amigos

Plutarco fue un hombre que tuvo que mantener lazos de amistad en diversas oportunidades. Al estar tomando lo mejor y lo peor de dos culturas, el filósofo pudo verificar la importancia de la amistad en la vida. En Sobre la abundancia de amigos, obra que dialoga con Cómo distinguir a un adulador de un amigo y Cómo sacar provecho de los enemigos, Plutarco reflexiona sobre los límites y el sentido profundo de la philía, recordando que la auténtica amistad se funda en la virtud, la utilidad y el placer compartido, y que su verdadera naturaleza exige estabilidad de carácter y afinidad de vida. Aunque él mismo cultivó un círculo vasto y diverso de amistades —que incluyó incluso mujeres cultas como Clea e Ismenodora, y a su propia esposa Timóxena—, en este tratado sostiene, siguiendo a la tradición griega, que la amistad genuina es rara, difícil de encontrar y naturalmente selectiva. Así, su análisis no solo sintetiza siglos de reflexión moral, sino que abre la puerta para discutir la tensión entre la vida real del polígrafo de Queronea, colmada de vínculos, y su enseñanza teórica sobre los riesgos y límites de tener “muchos amigos”.

SOBRE LA ABUNDANCIA DE AMIGOS

Capítulo 1 — El peligro de multiplicar amigos sin poseer amistad verdadera

Así como Menón hablaba de muchas virtudes sin conocer ninguna, también nosotros podemos temer “tener muchos amigos” sin comprender ni cultivar una sola amistad auténtica. Quien no ha adquirido la verdadera amistad se engaña creyendo estar rodeado de amigos, y su ilusión es tan absurda como la del lisiado que teme convertirse en Briareo o Argos. Frente a esta exageración, Plutarco recuerda el sabio dicho del joven de Menandro: incluso la sombra de un solo amigo es un prodigioso bien. La abundancia numérica es irrelevante si no existe la sustancia moral que hace posible la amistad real.

Capítulo 2 — La inconstancia humana y la imposibilidad de sostener múltiples amistades

Como el muchacho que recoge flores sin detenerse, seducidos por la novedad perseguimos muchas relaciones superficiales y abandonamos las que ya habíamos comenzado a cultivar. Para contrarrestar esta tendencia, Plutarco recurre a la tradición heroica —Teseo y Pirítoo, Aquiles y Patroclo, Orestes y Pílades— para recordar que la amistad verdadera siempre ha sido relación de pares, nunca de multitudes. La amistad exige virtud, afecto y estabilidad; bienes rarísimos que no pueden dividirse sin agotarse. Como los ríos que al repartirse pierden fuerza, así el alma que intenta amar a muchos termina debilitándose. La naturaleza misma lo enseña: el amor más intenso se da allí donde hay un único ser al que amar.

Capítulo 3 — La amistad verdadera requiere tiempo, prueba y exclusividad razonable

Plutarco critica las “amistades instantáneas” propias de quienes confunden convivencia o entretenimiento con philía, recordando que un amigo auténtico es aquel que ha compartido con nosotros una larga fanega de sal. Contra la ilusión de quienes parecen rodeados de amigos por su riqueza o poder, Plutarco insiste en que la amistad exige virtud, trato constante y utilidad recíproca, elementos imposibles de evaluar cuando se acumulan relaciones sin discernimiento. La abundancia, lejos de fortalecer, impide probar el carácter de cada uno: así como no podemos juzgar a muchos bailarines o remeros compitiendo a la vez, tampoco podemos examinar múltiples amistades simultáneamente. De ahí la advertencia: aceptar amigos no probados introduce monedas falsas en nuestra vida afectiva, y desprenderse luego de esos vínculos dañinos es tan doloroso como expulsar un alimento nocivo. La amistad exige preparación, tiempo y prueba; lo contrario conduce al engaño y al sufrimiento.

Capítulo 4 — No aceptar amigos fáciles: buscar al digno, no al disponible

No se debe acoger con ligereza a cualquiera que se cruce en nuestro camino ni amar a quienes buscan nuestra amistad por conveniencia. El verdadero criterio consiste en seleccionar cuidadosamente a quienes son dignos de afecto, virtud y utilidad mutua. Así como evitamos las zarzas y espinos para acercarnos al olivo y la vid, también debemos rechazar al que se ofrece demasiado rápido, y en cambio abrazar solo a quienes hemos aprendido a valorar. La amistad no puede nacer de la facilidad, sino de la elección deliberada y prudente.

Capítulo 5 — La amistad exige tiempo, convivencia y unidad: por eso no puede multiplicarse

Plutarco comienza comparando la amistad con las obras de Zeuxis: aquello que está hecho “para durar” requiere tiempo, cuidado y prueba. De igual modo, no se debe acoger a un amigo sin un examen prolongado, porque el verdadero disfrute de la amistad depende del trato íntimo y constante, de compartir días y noches, y de la cohesión que surge de la convivencia profunda. Plutarco emplea imágenes potentes: la amistad auténtica actúa como el cuajo que solidifica la leche, uniendo y dando consistencia; en cambio, la amistad con muchos deshace esa cohesión, obliga a repartir atención y desalienta la consolidación afectiva. La diversidad de intereses, impulsos y circunstancias entre numerosos amigos introduce desigualdad, confusión y dispersión: lo útil de la amistad se vuelve inútil cuando se divide. La naturaleza misma de la amistad —que requiere unión sólida, continuidad y convergencia vital— la vuelve incompatible con la multiplicidad excesiva.

Capítulo 6 — Las exigencias contradictorias de muchos amigos hacen imposible satisfacerlos a todos

Plutarco profundiza en el conflicto práctico generado por la abundancia de amigos. Si todos desean lo mismo al mismo tiempo, es imposible cumplir con todos; y si desean cosas distintas, es igualmente imposible estar presente en cada situación. El amigo reclama compañía en los viajes, defensa en los juicios, apoyo en la administración doméstica, celebración en los matrimonios y presencia en los funerales. Pero al faltar a uno por acudir a otro, se despiertan celos y resentimientos. La mayoría quiere muchos amigos solo para recibir beneficios, olvidando que también deben dar ayuda a muchos. Así, quien pretende multiplicar amistades se ve atrapado en un círculo de exigencias inagotables, como un Briareo con cien manos que debe atender cincuenta bocas. Plutarco refuta a Eurípides, quien aconsejaba amistades “moderadas y fáciles de deshacer”, afirmando que esa flexibilidad debe aplicarse a las enemistades, no a las amistades. La verdadera amistad exige profundidad y entrega, pero esa misma intensidad implica que, donde hay amigos, también habrá necesariamente enemigos. En suma, la multiplicación de vínculos desborda la capacidad humana y pervierte la esencia de la relación amistosa.

Capítulo 7 — Los peligros inevitables de la amistad: compartir enemigos, riesgos y desgracias

Plutarco muestra que todo amigo verdadero entra de inmediato en las enemistades de su amigo: los adversarios de uno sospechan y odian a los allegados del otro, y la abundancia de amigos transforma el “enjambre” amistoso en un avispero peligroso. Los grandes ejemplos históricos —Filotas, Parmenión, los amigos de Dion, de Plauto o de Sejano— refuerzan la idea de que, cuando un amigo cae, sus allegados suelen caer con él. También los más virtuosos perecen por solidaridad, como Teseo con Pirítoo o los atenienses descritos por Tucídides durante la peste. Quien multiplica amistades multiplica, a la vez, riesgos y cargas que pueden arrastrarlo a la ruina.

Capítulo 8 — La verdadera amistad exige igualdad de carácter: por eso es imposible tener muchos amigos

Plutarco afirma que no debe entrelazarse la propia virtud con cualquiera, sino reservarla para quienes pueden corresponder verdaderamente al afecto y la participación. La amistad nace solo entre iguales: así como los animales rehúyen unirse a especies distintas, también los seres humanos solo pueden establecer relaciones firmes con quienes comparten modo de vida, carácter y disposiciones emocionales. La armonía musical puede surgir de tonos opuestos, pero la armonía amistosa no admite divergencias profundas: debe haber comunión en palabras, consejos, opiniones y afectos, “como si una sola alma habitara varios cuerpos”. Esta exigencia de semejanza convierte en imposible la amistad con muchos.

Capítulo 9 — La imposibilidad de adaptarse a muchos: la amistad requiere estabilidad, no metamorfosis

Plutarco pregunta retóricamente qué tipo de hombre podría transformarse tantas veces como para acomodarse a numerosos amigos distintos. Se burla del consejo de Teognis —el del pulpo que adopta el color de la roca— porque, a diferencia de la superficial metamorfosis del animal, la amistad exige una transformación profunda: coincidencia de caracteres, pasiones, palabras y ocupaciones. Para ilustrar el absurdo de la “abundancia de amigos”, recurre a la figura de Proteo, capaz de cambiar sin cesar de forma: aquel que quiere contentar a muchos debería ser un ser inestable, capaz de volverse dialéctico con los dialécticos, luchador con los luchadores, cazador con los cazadores, bebedor con los bebedores y político con los políticos, perdiendo todo arraigo y consistencia. Tal como la materia indeterminada que cambia según las cualidades que la afectan, quien tiene demasiados amigos tendría que poseer un alma blanda, moldeable y volátil. Pero la amistad —insiste Plutarco— exige lo contrario: un carácter firme, sólido y constante. Por eso el amigo fiel es raro, precisamente porque la amistad auténtica no admite transformaciones oportunistas ni multiplicación indiscriminada de vínculos.


Conclusión

Plutarco nos deja una advertencia tan lúcida como provocadora: quien quiere “muchos amigos” termina sin ninguno. La amistad auténtica no nace de la abundancia, sino de la elección cuidadosa, del tiempo compartido, de la prueba silenciosa y de la afinidad que une como si dos almas fueran una sola. Acumular amistades dispersa el corazón, multiplica enemigos, exige máscaras cambiantes y nos arrastra a peligros que no alcanzamos a ver. En cambio, un amigo verdadero —uno solo, pero firme, probado y constante— vale más que cualquier multitud ruidosa y pasajera. El tratado entero es un llamado a preferir la profundidad sobre la cantidad, la lealtad sobre la apariencia y la identidad sobre la adaptación interminable. Plutarco nos invita, en suma, a elegir mejor, a amar mejor y a no confundir compañía con amistad.

martes, 2 de diciembre de 2025

Sexto Empírico - Contra profesores (Libro II: La retórica)




LA RETÓRICA

Concepto

Sexto nos dice que la reótica es un arte más varonil que se pone a prueba en las asambleas y en los tribunales. No obstante, señala que será mucho más provechoso indagar en las definiciones de distintos filósofos. 

En el Gorgias de Platón, se nos dice que:

''La retórica es productora de persuasión por medio de las palabras, radicando su poder en las propias palabras, y es persuasiva, no instructiva''

Si bien la retórica es una especie de arte en que se usan palabras para persuadir, no es menos cierto que existen otras ciencias que persuaden por medio de la palabra. Así, Platón comentaba que el médico, el artista, el geómetra son capaces de persuadir a una persona por medio de la palabra, pues son los expertos en la materia. 

Ahora bien, Jenócrates, Platón y los estoicos decía que la retórica era:

''La ciencia del buen lenguaje''

Jenócrates dice ''la ciencia'' como decir ''el arte'', como sinónimos. De ahí que la retórica se diferencie de la dialéctica con respecto a su extensión: la retórica es más extensa que la dialéctica. Zenón de Citio lo ejemplificaba con el puño de una mano; empuñaba la mano señalando que así es la dialéctica, concisa; en cambio, la retórica se representa con la mano abierta. 

Aristóteles también define la retórica como:

''El arte de hablar''

Teniendo en cuenta esto, Sexto comienza por definir lo que es el arte diciendo que 

''Es un sistema de aprehensiones que se ejercitan conjuntamente a y que encaminadas a un fin de utilidad para la vida''

Ahora bien, Sexto nos dice que la retórica no es en absoluto un sistema de aprehensiones, y por lo tanto, tampoco un arte. De hecho, nos asegura que la retórica no existe. 

Sin fundamento

Para verificar si la retórica se atañe como las demás disciplinas tendrá que tener dos cosas:

  • Tiene un resultado fijo
  • Se mantiene la mayoría del tiempo
En primer lugar, la retórica no tiene un resultado fijo porque no puede evitar la victoria del contrincante, y en ocasiones, el orador propone una cosa y le resulta otra en la discusión. Tampoco se mantiene la mayoría del tiempo, pues la mayoría del tiempo el orador es derrotado más que darse por ganador. Por lo tanto, no es un arte.

Por lo demás, si uno puede convertirse en orador sin estudiar retórica, entonces el arte de la retórica no existe. En efecto, existen muchos hombres que no tienenun conocimiento de la técnica retórica, todo lo contrario, carecen de ella. Y por el contrario, hay quienes estudian muchísimo la técnica de la retórica y no ganan las discusiones en tribunales o en las asambleas. 

Ciudades en contra de la retórica

Existen algunas ciudades que prohibieron la retórica e incluso expulsaron a ciudadanos por practicarla. Es el caso de Tales de Creta quien creó una ley para expulsar a quienes se vanagloriaban de su elo cuencia. Licurgo expulsó a un ciudadano que se había instruido en retórica en otra ciudad, fundamentándo que este hablaba de una forma fraudulenta que constituía un peligro para la ciudad. A un embajador de Quíos lo expulsaron por pedir una exportación de trigo de forma demasiado prolija. Los de Quíos, complicados por esta situación, enviaron a alguien de pocas palabras y le concedieron la exportación.

No presenta ninguna utilidad para aquellos que quieren servirse de ella, pues quienes utilizan la retórica están constantemente metiéndose en problemas. Las discusiones, más que salvarlos de una determinada situación, los ponen en circunstancias muy dificiles. 

La retórica va contras las leyes

Esto se prueba por lo siguiente. Los bárbaros no tienen retórica alguna, solo atacan a su oponente, sin conversar. En cambio, en las ciudades civilizadas, las leyes cambian permanentemente, una ley deroga a otra. ¿Por qué ocurre esto? porque cuando la retórica se presenta ante las leyes, ésta las tuerce por medio de la interpretación. Llega a ser tanto así que finalmente, las leyes se hacen conveniente solo para quien las dicta. De ahí que diga el bizantino cuando le preguntaron ''¿como son las leyes de tu país?'' y él contesto:

''Como a mi me convienen''

Por lo demás, no solo es perniciosa para las leyes sino que también para la política, pues con la retórica se forma la demagogia. 

Los dos tipos de retórica

Ahora bien, Sexto nos dice que existen dos tipos de retórica:

  • La de los sabios
  • La de la gente mediocre

Si bien hay cierta gente que podríamos considerar como ''mala'' que usa la retórica, no podemos decir que la retórica lo hace malo sino que su propia maldad. Por lo tanto, estos dos tipos de retórica pueden presentarse en una persona. 

Ahora bien, la retórica de los sabios debe ser excelente, pero al mismo tiempo muy rara y escasa. En cuanto a los segundos, la retórica consiste siempre en contradecir aquello que una persona ha dicho, pero eso quiere decir que el orador puede ser alguien injusto, pues en algún momento tendrá que contradecir la justicia.

''si la calumnia y la demagogia se ejercitan en el
lenguaje pero no son artes, es evidente que, bien examinada,
tampoco lá retórica será un arte por el mero hecho de
haber adquirido con esfuerzo la facultad oratoria''

Toda “facultad técnica” (téchnē) debe tener necesariamente un fin. Si una actividad no tiene finalidad, no puede ser un arte. Con esto establece un marco: demostrar que la retórica carece de finalidad bastará para mostrar que no es un arte. Luego señala que “la mayoría de los sabios” creen que su fin es la persuasión: cita así a Platón, Jenócrates, Aristóteles, Ariston, Hermágoras, Ateneo y Isócrates, quienes definen la retórica como la facultad o la ciencia de persuadir. Sexto no discute aún esas definiciones, sino que las toma como punto de partida para analizar qué significa “persuadir” y si tal fin es coherente.

Acto seguido, distingue tres sentidos de “creíble”, porque persuadir siempre implica actuar sobre lo creíble. Lo creíble puede ser: (1) lo que es manifiestamente cierto y cuya verdad se impone por sí misma; (2) lo que es falso, pero da la apariencia de verdad (lo “verosímil” de los oradores); y (3) lo que participa a la vez de verdad y falsedad. De este modo, si la retórica tiene como fin lo creíble, es necesario preguntar a los oradores de cuál de estos tres “creíbles” se ocupan, pues cada uno implica una realidad distinta.

Sexto descarta primero que la retórica tenga como objeto lo que es manifiestamente cierto. Lo cierto persuade por sí solo: no requiere arte que alguien acepte que es de día, ni que quien ha sido sorprendido en flagrancia es culpable. Lo evidente, en su carácter de evidente, hace inútil la retórica: no se necesita persuasión para lo que se impone a los sentidos o al juicio inmediato. Si la retórica pretendiera ocuparse de estas cosas, sería redundante e innecesaria.

Pero luego agrega un argumento más profundo: si la retórica conociera lo creíble evidente, debería conocer también lo increíble, porque ambos existen en correlación. Conocer un término implica conocer su opuesto. Así como comprender la “izquierda” implica también comprender aquello a cuya izquierda se está, así el que distingue lo creíble verdadero distingue también lo increíble. Y si puede hacer esto respecto de lo evidente, entonces debe abarcar todo ámbito de verdad, porque toda verdad es o creíble o increíble. De aquí se seguiría que la retórica sería conocimiento de toda verdad.

Y este razonamiento lleva a una conclusión aún más grave: si la retórica conociera toda la verdad, debería conocer también toda la falsedad, pues distinguir lo creíble de lo increíble obliga a conocer ambos. Así, por simetría, la retórica terminaría siendo conocimiento de lo falso en cuanto falso. Pero Sexto afirma que esto es absurdo e incompatible con la retórica tal como la conciben los propios oradores. Por tanto, no puede dedicarse a lo manifiestamente cierto, porque llevaría a una hipertrofia ridícula: la retórica se volvería ciencia total de lo verdadero y lo falso, algo que ni reclama ni puede reclamar.

La retórica no puede ser un arte (téchnē) porque, para serlo, debería tener un fin propio. Esto es decisivo para él: «toda facultad técnica va encaminada a algún fin». Si la retórica carece de un fin claro, no puede ser un arte. A partir de aquí, expone que la tradición retórica afirma unánimemente que el fin de la retórica es la persuasión, y cita a diversos autores: Platón dice que es «la facultad de persuadir por medio de palabras»; Jenócrates la llama «productora de persuasión»; Aristóteles, «la facultad de discernir lo creíble»; Ariston afirma que su fin es la persuasión misma; Hermágoras sostiene que el orador perfecto debe presentar su causa de forma más convincente; Ateneo la denomina «la facultad cuyo objetivo es persuadir a los oyentes»; e Isócrates declara que los oradores solo se ocupan de «la ciencia de la persuasión». Estos testimonios sirven para que Sexto construya su crítica sobre un punto admitido por todos: la retórica pretende persuadir.

A partir de esto, Sexto introduce un análisis técnico sobre el concepto de “lo creíble” (pistón), que es clave para la persuasión. Afirma que «creíble» se dice en tres sentidos: (1) aquello que es visiblemente cierto, que por su evidencia mueve al asentimiento; (2) aquello que es falso pero verosímil, que produce apariencia de verdad; y (3) aquello que mezcla verdad y falsedad. Estos tres tipos abarcan todo lo que puede ser creído. Si la retórica debe persuadir respecto de lo creíble, resulta necesario preguntar a cuál de estos tres creíbles se refiere la retórica como fin propio.

Sexto expone primero que la retórica no puede ocuparse de lo que es visiblemente cierto, porque lo evidente se impone por sí mismo y no requiere persuasión. Del mismo modo que no necesitamos un arte para persuadirnos de que es de día o de que alguien está hablando, tampoco se requiere retórica para asentir ante hechos manifiestos, como un homicida sorprendido en flagrancia. Si la retórica se ocupara de lo evidente, sería superflua. Además, añade Sexto, si la retórica versa sobre lo creíble evidente, necesariamente abarcaría también lo increíble, pues «lo creíble» y «lo increíble» son correlativos: quien conoce uno conoce el otro. Esto conduce a un absurdo, porque entonces la retórica debería ocuparse de todo lo verdadero (ya que todo lo verdadero es o creíble o increíble), y por correlación también de todo lo falso. El resultado sería que la retórica se convierte en conocimiento universal de lo verdadero y lo falso, lo cual es absurdo y contradice la naturaleza limitada de cualquier arte.

Luego Sexto añade un argumento central: la retórica pretende defender causas opuestas, pero las cosas opuestas no son ambas verdaderas; por lo tanto, la retórica no persigue la verdad. Tampoco persigue la falsedad, pues ningún arte se ocupa de lo falso. Si la retórica se dedicara a lo falso, quedaría degradada a un artificio o engaño. Pero además, si la retórica se ocupa de lo creíble falso, por la misma correlación antes mencionada, también abarcaría lo increíble, y por tanto todo lo falso, y por oposición todo lo verdadero, convirtiéndose nuevamente en un saber universal idéntico a la dialéctica, lo que resulta igualmente absurdo.

Sexto continúa mostrando que la retórica tampoco puede ocuparse de lo verosímil más que de lo inverosímil, porque, según explica, si lo verosímil es aquello que presenta más asideros de verdad y lo inverosímil aquello que posee menos, la retórica hace uso de ambos por igual cuando defiende causas opuestas. Así, la retórica no tiene como fin preferente lo verosímil —un resultado incompatible con su definición canónica—. Tampoco puede su fin ser aquello que mezcla verdad y falsedad, porque ello implica servirse de elementos falsos, lo cual es impropio de cualquier arte verdadero. Y como no existe nada creíble aparte de esos tres tipos —lo evidente, lo verosímil falso, o lo mixto—, y la retórica no puede consistir en ninguno, entonces la persuasión no puede ser su competencia.

Si la retórica no puede tener como objeto ni lo verdadero, ni lo falso, ni lo verosímil, ni lo mixto —y no existe nada creíble fuera de estas categorías—, entonces la retórica no tiene fin y, por consiguiente, no es un arte. Con esto Sexto culmina una demostración que no solo desarma la definición tradicional de retórica, sino que también muestra que el concepto de persuasión, tal como es entendido por los retóricos, no puede sostener una disciplina técnica.

Sexto recoge otra objeción común contra la retórica: si es un arte, debería tener un fin propio y exclusivo; pero el supuesto fin de la retórica —la persuasión— no es exclusivo de ella, porque también persuade quien posee belleza, riqueza o gloria. Esto impide definir la retórica como un arte con finalidad específica. Incluso añade que, en los juicios, después de que el orador ha hablado, muchas veces continúa suplicando al tribunal, lo que muestra que la persuasión no es el fin real, sino apenas un paso previo hacia otra cosa que la retórica no controla. Por tanto, si tuviera algún fin, sería algo que ocurre después de persuadir, y no la persuasión misma.

Luego se introduce una nueva línea crítica: el lenguaje retórico se opone a la persuasión. Por un lado, es superfluo, y la superfluidad irrita a la mayoría de los oyentes; por otro, su estilo —cargado de períodos y entimemas— es oscuro, y aquello que carece de claridad no persuade. Esto implica que el estilo característico del orador profesional reduce, más que aumentar, la fuerza persuasiva del discurso.

Sexto añade que la persuasión surge mejor del lenguaje que inspira benevolencia, es decir, del habla sencilla y común. El discurso retórico, al contrario, provoca rechazo: los oyentes sospechan que el orador, mediante artificios, está haciendo parecer justo lo que no lo es. En cambio, la expresión sencilla de un ciudadano común despierta simpatía, incluso cuando su causa no es la más fuerte. Esto explica por qué en el Areópago se prohibía el uso de abogados: se buscaba evitar trucos retóricos y escuchar a cada uno defenderse con su habla natural; es decir, máxima justicia con mínima retórica.

Finalidad

Sexto comienza afirmando que ya ha demostrado previamente que la persuasión no puede ser el fin de la retórica. Desde ese punto, examina otras propuestas que algunos autores han dado como finalidad: encontrar las palabras apropiadas, implantar en los jueces la opinión deseada, lo conveniente y la victoria. Es un catálogo de alternativas que intenta refutar una por una. La primera, “encontrar las palabras apropiadas”, implica que el orador busca palabras verdaderas o posibles. Sin embargo, Sexto dice que esto es imposible: para elegir palabras verdaderas habría que tener un criterio para distinguir verdad y falsedad, cosa que la retórica no posee. Y si no sabe distinguir lo verdadero, tampoco sabrá determinar lo posible, porque lo posible se apoya en lo que es verdadero. Con esto, Sexto concluye que la búsqueda de las palabras apropiadas no puede ser la finalidad de la retórica.

Tras negar que la elección de palabras sea el fin de la retórica, Sexto añade un argumento circular: si la retórica “no consiste sino en encontrar palabras apropiadas”, entonces decir que ese es su fin equivale a decir que la retórica es el fin de la retórica, lo cual es absurdo. Luego profundiza: todo orador actúa buscando un resultado posterior a los argumentos, no por los argumentos mismos. Es decir, el orador no habla para “decir palabras adecuadas”, sino para obtener un efecto ulterior. Por eso, si el orador busca algo más allá de los argumentos, entonces ese “más allá” es su fin, y no la mera escogencia de palabras. También introduce el ejemplo del particular que contrata al orador: ese particular no contrata a un retórico para que elija palabras bellas, sino para conseguir un resultado práctico. Por lo tanto, la finalidad tampoco puede ser “encontrar las palabras apropiadas”.

Sexto revisa la segunda alternativa: que el fin de la retórica sea implantar en los jueces la opinión que el orador desea. Su refutación es breve: eso es exactamente lo mismo que persuasión. Pero él ya ha demostrado que la persuasión no puede ser el fin de la retórica. En consecuencia, tampoco puede serlo el implantar opinión, porque ambas operaciones son idénticas: persuadir es implantar una opinión. Sexto cierra así el segundo camino alternativo.

El tercer posible fin es “lo conveniente”. Sexto desarma esta propuesta mostrando un error lógico en los oradores: ellos mismos dicen que “lo conveniente” es el fin de la retórica deliberativa, una parte interna del arte. Pero lo que es fin de una parte no puede ser automáticamente el fin del todo. Además, Sexto añade un argumento adicional: “lo conveniente” es el fin común de todas las artes prácticas, no sólo de la retórica. Por ejemplo, también el médico, el gobernante o el arquitecto buscan lo conveniente en sus actos. Pero un fin que es común a todas las artes no define a ninguna en particular. Por tanto, “lo conveniente” no puede ser el fin propio de la retórica.

Sexto intenta mostrar que esto es imposible porque ninguna arte se define por un fin que el practicante no logra habitualmente. De hecho, quien no alcanza repetidamente el fin de una técnica no es realmente un técnico: el que no sana enfermos no es médico, el que no compone música no es músico. Aplicado a los oradores, éstos pierden más causas de las que ganan, especialmente cuando son especialmente competentes (porque quienes tienen causas injustas los buscan insistentemente). Por lo tanto, si el fin fuera la victoria, habría que concluir que ningún orador es orador, lo cual es absurdo. A esto añade otro argumento: alabamos oradores que han perdido, lo que demuestra que su valor no depende de la victoria; luego, la victoria no es el fin de la retórica.

Partes de la retórica

Es posible poner en aprietos a los defensores de la retórica examinando sus tres partes tradicionales: la judicial, la deliberativa y la encomiástica. Según los propios retóricos, cada una tiene un fin propio: la judicial busca lo justo, la deliberativa lo conveniente, y la encomiástica lo noble y hermoso. Sexto señala que esta división genera problemas internos, porque si cada parte tiene materias distintas, necesariamente tendrán fines distintos. Sin embargo, al distinguir esos fines se producen conclusiones absurdas: si lo conveniente es el fin exclusivo de la deliberativa, entonces lo justo no es conveniente, lo cual contradice nuestra intuición moral. A su vez, si lo noble y hermoso es el fin de la encomiástica, entonces podría ocurrir que lo noble fuese injusto, o que lo justo no fuese hermoso, lo cual también es absurdo.

Luego Sexto introduce un argumento más decisivo: si cada parte tiene un fin distinto y la retórica en su conjunto tendría como fin la persuasión, entonces ni lo justo, ni lo conveniente ni lo noble serían persuasivos por sí mismos. Esto es contradictorio, porque los retóricos afirman que la retórica como un todo tiene por objeto persuadir. Si ninguno de los fines particulares es persuasivo por naturaleza, entonces la estructura tripartita colapsa respecto del objetivo global de la disciplina.

El texto continúa examinando la parte judicial. Sexto plantea que, si la parte judicial pretende conducir a los jueces hacia su fin —lo justo—, debe hacerlo por medio de discursos. Pero esos discursos pueden ser: exclusivamente justos, exclusivamente injustos, o de ambos tipos. La primera posibilidad se descarta: si la retórica judicial usara solo discursos justos, se convertiría en una virtud, porque siempre promovería lo justo. Pero la retórica, tal como la conciben sus defensores, no es una virtud; además, la práctica real muestra que la persuasión de las masas se vale con frecuencia de recursos engañosos y vulgares.

Sexto elimina también la posibilidad de que la retórica judicial use solamente discursos injustos, porque esto la convertiría en un vicio, y además anularía su propia existencia: si solo hay discursos injustos y no existe un discurso contrario a ellos, desaparece la oposición necesaria para el ejercicio retórico. El mismo problema se aplica al caso anterior: sin oposición no hay retórica.

Quedaría entonces la alternativa de que la retórica judicial se sirva tanto de discursos justos como injustos. Pero esto lleva a una contradicción aún más grave: la retórica sería simultáneamente una virtud (cuando emplea lo justo) y un vicio (cuando emplea lo injusto). Para Sexto esto es metafísicamente incoherente, pues nada puede ser al mismo tiempo virtud y vicio. Por ello concluye que la parte judicial no puede tener por fin lo justo y, en consecuencia, tampoco puede constituir una verdadera parte de la retórica tal como la definen sus defensores.

Los justos

Sexto Empírico examina la pretensión de la retórica judicial de “hacer ver lo justo” a los jueces. Su estrategia consiste en mostrar que, aun aceptando esa definición del fin de la parte judicial, la retórica se destruye a sí misma. Comienza distinguiendo dos posibilidades: o aquello “justo” que el orador muestra es evidente por sí mismo, o no lo es. Si fuese evidente por sí mismo, no habría nada que discutir, pues lo evidente no requiere discurso retórico para persuadir; lo evidente impone por sí solo el asentimiento. Por tanto, la retórica judicial no puede tener como materia lo evidente, ya que lo evidente no necesita ser defendido. Con esto, Sexto Empírico elimina la primera opción y obliga a aceptar que lo “justo” en la retórica es siempre lo disputado.

Pero al situar el “justo” en el ámbito de lo discutible, surge un problema aún mayor: el propio funcionamiento de la retórica no resuelve el desacuerdo, sino que lo vuelve más agudo. Cuando dos oradores defienden posiciones contrarias en una causa judicial, lejos de aclarar el asunto, cada uno introduce argumentos que aumentan la confusión del tribunal. En vez de iluminar el punto controvertido, lo oscurecen. Así, la retórica judicial, cuyo fin declarado sería conducir a la manifestación de lo justo, provoca el efecto contrario: obstaculiza el acceso a la justicia al incrementar la complejidad y el enredo mental del juez.

Para probar esta tesis, Sexto Empírico introduce la anécdota tradicional de Córax y su discípulo, un caso paradigmático de razonamientos que se neutralizan mutuamente. El joven estudiante de retórica había acordado pagar a Córax sus honorarios si ganaba su primera causa. Cuando Córax le exige el pago antes de que ello ocurra, ambos llevan la disputa ante un tribunal, y allí cada uno utiliza el mismo argumento para probar lo contrario: Córax sostiene que, tanto si gana como si pierde, debe recibir el pago; y el discípulo replica que, tanto si gana como si pierde, no tiene que pagarlo. La forma puramente retórica de razonar produce dos discursos simétricos, igualmente plausibles y mutuamente destructivos, que dejan al tribunal sin salida racional.

Los jueces, incapaces de decidir, expulsan a ambos con la frase proverbial “de mal cuervo, mal huevo”, mostrando que la retórica no logra esclarecer lo justo. Por el contrario, genera situaciones en las que no se puede determinar qué parte debe prevalecer. Con este ejemplo, Sexto Empírico concluye que la retórica judicial, lejos de conducir a la verdad o a la justicia, produce indeterminación y confusión, revelando así que no puede ser un arte con un fin claro ni un método fiable para resolver controversias.

Género encomiástico

Sexto Empírico extiende al género encomiástico (la alabanza) las mismas dificultades que ya había mostrado respecto de la parte judicial y deliberativa. La primera objeción es que no existe un método retórico para encomiar, porque el elogio depende de algo subjetivo: la disposición interna de la persona elogiada. Como esa disposición no es perceptible, el orador no tiene criterios seguros para saber qué tipo de elogio será adecuado. A esto se añade que los maestros de retórica nunca han dejado reglas claras sobre cuándo, cómo o a quién alabar, lo cual vuelve imposible que la alabanza sea una actividad regida por un arte técnico.

Luego Sexto añade una aporía incluso más profunda: el orador solo puede elogiar acciones que parecen buenas o acciones que realmente lo son. Pero si alaba acciones que no son buenas, contribuye a corromper moralmente a quienes elogia, y si quiere alabar acciones realmente buenas, entonces se enfrenta a una dificultad mayor: el propio orador ignora en qué consiste lo bueno, cuestión que ni siquiera los filósofos han logrado resolver de modo definitivo. La idea radical es que, si la filosofía aún disputa sobre la naturaleza del bien, con mayor razón la retórica no puede enseñar a elogiar lo bueno.

A continuación Sexto ataca directamente los criterios tradicionales usados por los oradores para construir un elogio (linaje, belleza, riqueza, número de hijos). El argumento es que estas cualidades no dependen de la persona. Como el elogio debe dirigirse a las acciones o rasgos que radican en nosotros, elogiar la alcurnia o la belleza carece de fundamento. Sexto refuerza la crítica con ejemplos paradójicos: si se elogia el linaje por sí mismo, entonces habría que elogiar a personajes monstruosos como Busiris, Ámico o Anteo, solo por ser hijos de Poseidón; y si se censura la pobreza o la fealdad, habría que censurar a Ulises, Perseo o Heracles, quienes en muchos relatos aparecen pobres, disfrazados o con vestimentas rústicas.

Tras desmontar los criterios del elogio, Sexto hace una transición decisiva: concede provisionalmente que las partes de la retórica son las tres señaladas (judicial, deliberativa, encomiástica). Pero si esas partes se basan en fines como lo justo, lo conveniente y lo hermoso, y estos fines solo pueden establecerse por demostración, entonces la retórica se derrumba porque —según él ya ha demostrado en otros tratados— no existe demostración alguna. Si la demostración no existe, no puede existir tampoco aquello que se pretende demostrar (lo justo, lo conveniente, lo hermoso) y, por consiguiente, tampoco pueden existir las partes de la retórica fundadas en tales nociones.

El resto del pasaje es una recapitulación escéptica. Sexto argumenta que, si el lenguaje no existe —tesis que él cree haber demostrado antes— tampoco puede existir la demostración, porque esta no es sino un tipo particular de lenguaje. Luego refuerza la inexistencia de la demostración mostrando que, si existiera, sería o evidente o no evidente. Pero si fuese evidente, no necesitaría demostración, y si es no evidente, entonces se necesitaría otra demostración para confirmarla, lo que conduce a un regreso al infinito. De esta forma concluye que no existe demostración genérica ni específica y, por tanto, tampoco puede haber ninguna disciplina que pretenda fundarse en demostraciones, incluida la retórica.

Conclusión

La postura de Sexto Empírico contra la retórica es, en último término, una demolición escéptica de su pretensión de ser un téchnē verdadera. Tras examinar sus fines, sus partes y sus métodos, concluye que la retórica no posee ni un objeto propio ni un fin estable que la legitime como arte. No persuade por lo verdadero, porque lo verdadero no necesita persuasión; no persuade por lo verosímil, porque ello implica falsedad; no persuade por lo conveniente, ni por lo noble, ni por la victoria, porque cada una de esas opciones conduce a contradicciones. Y cuando analiza sus partes —judicial, deliberativa y encomiástica— demuestra que están plagadas de aporías, carecen de método y dependen de criterios que ni los propios oradores pueden justificar. Para Sexto, la retórica es humo: presume de guiar, pero no sabe hacia dónde; pretende enseñar, pero no sabe qué; aspira a un fin, pero no puede definirlo. Por eso, con precisión escéptica, concluye que la retórica no existe como arte, sino como una ilusión que se desvanece cuando se examina con rigor.