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martes, 8 de septiembre de 2026

Juan Luis Vives - Quienes fueron los godos y cómo ganaron a Roma (1522)

 QUIENES FUERON LOS GODOS Y CÓMO GANARON ROMA

Vives parte de un acontecimiento histórico muy concreto: el saqueo de Roma por los godos y su relación con La ciudad de Dios de san Agustín. Como explica al comienzo, Agustín había aprovechado la caída de Roma para responder a quienes responsabilizaban al cristianismo de las desgracias del Imperio. Vives quiere ir «más arriba»: antes de entrar en las consecuencias intelectuales y religiosas de la caída de Roma, quiere averiguar quiénes eran esos godos, de dónde procedían y cómo llegaron hasta Roma.

Esto nos muestra inmediatamente un Vives bastante historiográfico y filológico. No comienza narrando batallas, sino intentando resolver un problema de identificación: ¿quiénes eran realmente los godos? Su primera tesis es que los pueblos posteriormente denominados godos habrían sido conocidos antiguamente como getas. Según Vives, se produjo una transformación lingüística del nombre: «a los que la edad anterior había llamado getas, los llamó godos la edad que la siguió».

Para demostrarlo, Vives no se limita a afirmarlo, sino que acumula autoridades textuales. Cita a Rutilio, Claudiano, Orosio y san Jerónimo. Especialmente importante es Orosio, cuya formulación —«Los getas, que ahora se llaman también godos»— parece proporcionar a Vives una prueba explícita de continuidad entre ambos nombres. San Jerónimo también le sirve para reforzar la identificación al decir que los godos eran denominados getas por la antigua erudición.

Hay que hacer aquí una distinción importante para nuestra lectura: estamos reconstruyendo lo que sostiene Vives, no afirmando que la historiografía moderna identifique simplemente a getas y godos como un mismo pueblo. Su procedimiento corresponde a la historiografía humanista de comienzos del siglo XVI, basada en la comparación de testimonios antiguos y en la búsqueda de continuidad entre nombres étnicos encontrados en las fuentes.

Después de establecer provisionalmente esa identificación, Vives intenta localizar geográficamente a los getas. Para ello vuelve a recurrir a autoridades clásicas como Estrabón, Pomponio Mela y Plinio. Los sitúa principalmente alrededor del bajo Danubio, en una extensa región relacionada con Escitia y Tracia. Introduce además un detalle literario muy característico de un humanista: menciona Tomos, lugar célebre porque allí fue desterrado Ovidio, quien habla repetidamente de vivir entre los getas en sus Tristes y Pónticas.

El procedimiento es interesante porque Vives está construyendo una especie de mapa histórico mediante textos. Las obras de geógrafos, historiadores, poetas y autores cristianos funcionan conjuntamente como testimonios. Ovidio, por ejemplo, no es citado simplemente por su valor poético: su experiencia del destierro sirve también como evidencia acerca de la presencia de los getas en aquella región.

Surge entonces un nuevo problema: la relación entre getas y dacios. Estrabón sostiene, según Vives, que ambos pueblos hablaban la misma lengua, aunque reserva denominaciones diferentes según su situación geográfica. Plinio, en cambio, parecería sugerir que la diferencia es fundamentalmente nominal: aquellos a quienes los griegos llamaban getas serían los mismos que los romanos denominaban dacios.

Y aquí aparece algo que ya habíamos observado en Orígenes, escuelas y loores de la filosofía: Vives compara fuentes que no coinciden completamente y toma una decisión. No oculta la discrepancia. Dice explícitamente: «Yo, por lo que a mí toca, en este caso concreto seguiré a Estrabón». 

La llegada de los godos a Roma no fue un acontecimiento repentino: detrás del saqueo de la ciudad existía, según su reconstrucción, una larga historia de enfrentamientos entre este pueblo y Roma. Por eso retrocede varios siglos y presenta una sucesión de invasiones, derrotas, recuperaciones y nuevas incursiones.

La caracterización inicial es muy fuerte: los getas serían una nación «bárbara y fiera, de corpulencia y ánimo descomunal». Vives explica especialmente su desprecio de la muerte mediante sus creencias acerca del alma. Siguiendo a Pomponio Mela, señala que pensaban que las almas regresaban o que, después de morir, emigraban hacia una existencia mejor. Lo importante para Vives no es determinar exactamente cuál de esas creencias tenían, sino explicar una consecuencia militar: un pueblo que no teme morir resulta especialmente peligroso en combate.

La frase según la cual, bajo cualquiera de esas creencias, «la muerte es más apetecible que la vida» debe entenderse dentro de esa descripción de los getas y no necesariamente como una afirmación general de Vives sobre la muerte. Está reconstruyendo una mentalidad en la cual la muerte deja de representar el peor de los males y, por tanto, pierde parte de su capacidad para intimidar al guerrero.

Vives intenta después explicar la división entre ostrogodos y visigodos mediante la geografía: unos estarían asociados al Oriente y otros al Occidente. Además relaciona a los antiguos getas con los ostrogodos y a los dacios con los visigodos. Pero vuelve a introducir una advertencia historiográfica muy importante: «los autores, así los modernos como los antiguos, con harta frecuencia confunden esas denominaciones». Es decir, Vives sabe que las fuentes no proporcionan una terminología étnica perfectamente estable. Nuevamente vemos al humanista intentando ordenar testimonios contradictorios.

A partir de allí comienza una larga historia de enfrentamientos con Roma. El patrón narrativo se repite: los godos/getas salen de sus territorios, invaden provincias romanas, son derrotados, regresan y vuelven a atacar años después. Vives menciona una sucesión de generales y emperadores —Lúculo, Augusto, Domiciano, Trajano, Caracalla, Gordiano, Decio, Galieno, Claudio, Aureliano, Constantino— precisamente para mostrar la duración histórica del conflicto.

La figura de Burebista ocupa un lugar importante porque representa la transformación de aquella población guerrera en una fuerza organizada. Vives afirma que la acostumbró «a los trabajos y a la disciplina militar» y que, después de ello, pudo conquistar otros pueblos y amenazar Tracia, Macedonia e Iliria. Aquí aparece una idea militar clásica: la ferocidad natural no basta; cuando se combina con disciplina, se convierte en auténtico poder político y militar.

También resulta importante la imagen que Vives construye de Roma. Aunque continúa siendo una enorme potencia capaz de infligir derrotas devastadoras, los godos aparecen como un problema que Roma nunca consigue eliminar definitivamente. Una victoria romana puede ser extraordinaria, pero después de algunos años los enemigos vuelven a aparecer. Vives incluso expresa su sorpresa ante su capacidad demográfica: «Por fuerza tenían que ser inagotables los recursos humanos de esa nación».

La descripción final resume perfectamente esa dinámica: «vencían con gran daño de los enemigos y eran vencidos con no menor daño propio». Los godos de Vives son una sociedad guerrera extraordinariamente resistente, pero esa resistencia tiene un precio enorme. Su fuerza no consiste en ser invencibles —de hecho, Vives enumera numerosas derrotas—, sino en su capacidad de recomponerse después de ellas y regresar al combate.

Vives dice: «Estas fueron las hazañas de los getas mientras tuvieron moradas fijas». Con esta frase Vives anuncia claramente un cambio de etapa. Hasta ahora ha descrito a un pueblo establecido en un territorio determinado que periódicamente cruza las fronteras romanas, ataca y después regresa. Lo que probablemente seguirá será una situación diferente: el abandono o desplazamiento de esas moradas y el comienzo de grandes migraciones, que finalmente conducirán a los godos hacia el interior del Imperio.

Los godos dejan de realizar incursiones periódicas desde sus territorios y pasan a convertirse en un pueblo desplazado que busca asentarse dentro del Imperio romano. Esto explica la frase con la que había terminado el fragmento anterior: aquellas habían sido sus hazañas «mientras tuvieron moradas fijas». Ahora comienza la etapa en que pierden precisamente esas moradas.

La causa inmediata son los hunos. Vives los presenta como un pueblo todavía más feroz y apartado de la civilización que los propios godos. Su avance obliga a estos últimos a abandonar sus tierras. Hay aquí un cambio interesante en la representación de los godos: antes eran ellos quienes invadían territorios ajenos; ahora son víctimas de otro pueblo invasor. Vives subraya expresamente la ironía: quienes estaban acostumbrados «a invadir las fronteras ajenas» terminan convertidos en personas «huérfanas de patria, de vivienda, de lares, de penates».

Esta situación cambia completamente la naturaleza del problema godo. Ya no se trata simplemente de guerreros que cruzan una frontera para saquear y después regresar, sino de una población que necesita encontrar un nuevo territorio donde vivir. Vives plantea crudamente sus alternativas: afrontar la muerte o instalarse en tierras ajenas. La presión de los hunos pone así en movimiento una cadena de desplazamientos que terminará afectando profundamente al Imperio romano.

Vives vuelve, además, a mostrar cautela frente a las fuentes. Algunos historiadores, señala, consideran que quienes penetraron en territorio romano no fueron exactamente los ostrogodos expulsados directamente por los hunos, sino los visigodos, que, viendo lo sucedido a sus vecinos y aliados, decidieron desplazarse antes de sufrir el mismo destino. Lo importante es que Vives no oculta la discrepancia: nuevamente presenta diferentes versiones y reconoce la dificultad de reconstruir exactamente los movimientos de estos pueblos.

El siguiente elemento es fundamental porque demuestra que, según la narración de Vives, los visigodos no entraron inicialmente como conquistadores enemigos. Enviaron embajadores al emperador Valente solicitando autorización para establecerse en Mesia, al otro lado del Danubio. A cambio ofrecían convertirse al cristianismo, pagar tributos y defender la frontera romana frente a otros pueblos. Es decir, proponían integrarse dentro de la estructura imperial como población asentada y militarmente útil.

Aquí comienza una dimensión política y moral especialmente importante. El emperador acepta, pero los funcionarios encargados del asentamiento, Lupicino y Máximo, actúan —según Vives— con «avaricia y crueldad». Los godos inicialmente soportan los abusos porque se encuentran en una tierra extranjera y no desean provocar un conflicto inmediatamente. Incluso esperan que la codicia de los funcionarios tenga un límite una vez que estos se hayan enriquecido.

Pero sucede exactamente lo contrario. La mala administración de los abastecimientos provoca una hambruna. Vives establece así una relación causal muy clara: la rebelión goda no aparece simplemente como consecuencia de una supuesta ferocidad natural, sino también como resultado del mal gobierno romano. Los godos habían solicitado entrar pacíficamente y habían ofrecido obediencia; la corrupción y crueldad de quienes debían administrar su establecimiento transforman aquella posibilidad de integración en una insurrección.

La expresión con que describe la reacción resulta significativa: los godos se ven «como bestias salvajes alanceados por las fieras embestidas del hambre». El hambre destruye la paciencia inicial y convierte la desesperación en violencia. Matan a los funcionarios y sus escoltas, recorren Mesia armados y penetran después en Tracia. De este modo, Vives convierte un problema administrativo y humanitario en el comienzo de una catástrofe militar para Roma.

El momento culminante es la batalla contra Valente. Históricamente estamos ante el desastre romano de Adrianópolis (378), aunque en este pasaje Vives no utiliza el nombre de la batalla. El ejército romano es derrotado y el emperador muere. Conviene señalar que la versión concreta que reproduce Vives sobre Valente —capturado y quemado vivo— pertenece a las tradiciones que circularon sobre su muerte; las fuentes antiguas transmiten versiones distintas acerca de cómo murió exactamente.

Más importante para comprender la obra es la lógica moral de la narración. Vives parece construir una cadena de causas:

hunos → expulsión de los godos → petición de refugio a Roma → corrupción de los funcionarios romanos → hambre → rebelión → derrota del ejército imperial.

Esta cadena modifica mucho la imagen simplista de «los bárbaros destruyeron Roma». Los godos son violentos, y Vives no disimula su ferocidad, pero Roma también contribuye a producir su propio desastre mediante la codicia, la crueldad y la incompetencia de sus representantes.

Tras derrotar a Valente, los godos intentan incluso avanzar sobre Constantinopla, aunque no consiguen conquistarla. La resistencia de la ciudad detiene momentáneamente su expansión y finalmente los visigodos retroceden. Sin embargo, algo fundamental ya ha cambiado: un pueblo que había solicitado humildemente tierras dentro del Imperio acaba de destruir un ejército romano y provocar la muerte de un emperador.

Mientras existe un poder imperial fuerte y competente, los godos pueden ser contenidos e incluso incorporados al sistema romano. El verdadero deterioro comienza cuando la debilidad política interna permite que las ambiciones particulares utilicen a los pueblos bárbaros como instrumentos.

El gran contraste lo establece Teodosio. Vives lo presenta de manera extraordinariamente favorable: derrota militarmente a los godos, los obliga a solicitar la paz y, una vez sometidos, se la concede. Pero lo más significativo ocurre después: durante su reinado, los godos «militaron bajo sus órdenes» y reconocieron los caudillos designados por el emperador. Es decir, Vives demuestra nuevamente que la convivencia entre Roma y los godos era posible. Los godos podían convertirse en soldados y aliados del propio Imperio cuando existía una autoridad capaz de gobernarlos.

Por eso la muerte de Teodosio funciona como una auténtica ruptura histórica. Vives lo llama «sin disputa el mejor en la guerra y en la paz», expresión que resume el ideal clásico del buen gobernante: competente tanto para derrotar enemigos como para mantener el orden. Al morir, deja el Imperio dividido entre sus jóvenes hijos, Arcadio en Oriente y Honorio en Occidente. El problema para Vives no parece ser simplemente la división territorial, sino que ambos son demasiado jóvenes y quedan bajo la influencia de quienes deberían protegerlos.

Entran entonces en escena Rufino y Estilicón, y el relato adquiere un carácter abiertamente moral. Vives los presenta como tutores que transforman una responsabilidad pública en una oportunidad para aumentar su riqueza y poder. Especialmente duro es con Estilicón, al que describe como «hombre malvado y de torcidas intenciones». El problema político fundamental es la ambición privada infiltrada en el gobierno.

Vives atribuye a ambos un razonamiento especialmente perverso: necesitan la guerra. En tiempos de paz, sus intenciones podrían quedar al descubierto; en una situación de emergencia, en cambio, los jóvenes emperadores dependerían todavía más de sus consejeros y les entregarían poderes extraordinarios. Es muy significativa la comparación de Vives: la paz es como un «cielo sereno y tranquilo» donde las acciones pueden verse con claridad; la guerra crea confusión y permite ocultar las ambiciones.

Así aparece una de las ideas políticas más interesantes de la obra: la guerra puede ser provocada deliberadamente por quienes esperan beneficiarse de ella. Según la narración de Vives, Rufino y Estilicón incitan a los godos aprovechando su predisposición al combate y ofreciéndoles la expectativa de botín. El enemigo exterior se convierte, por tanto, en una herramienta de las luchas internas romanas.

En este contexto surge Alarico, elegido rey por los godos. Su aparición es fundamental porque será quien finalmente conduzca a los visigodos hasta Roma. Vives presenta su elección como consecuencia de esta nueva movilización: los godos recuperan una dirección política propia y salen nuevamente de sus territorios. Se les suma además Radagaiso con una enorme fuerza, que debe dividirse porque ningún territorio puede alimentar a semejante cantidad de soldados.

Vives introduce entonces un elemento que no debemos pasar por alto: la logística. Los grandes ejércitos necesitan alimentos. La marcha de una masa militar gigantesca explica en parte las devastaciones que acompañan su avance, pero también constituye su mayor debilidad. Precisamente eso destruye al ejército de Radagaiso: queda atrapado en una posición desfavorable, se le cortan los abastecimientos y el hambre acaba con su capacidad militar.

Resulta interesante comparar este episodio con el anterior. Bajo Valente, fueron los funcionarios romanos quienes provocaron un hambre que empujó a los godos a rebelarse; ahora los propios romanos utilizan el hambre como arma militar contra ellos. Vives muestra repetidamente que la guerra no depende solamente del valor en combate: abastecimiento, posición geográfica, disciplina y capacidad estratégica pueden resultar decisivos.

La derrota de Radagaiso parece inicialmente una gran victoria romana. Su ejército queda destruido y los supervivientes son vendidos como esclavos a precios bajísimos. Pero inmediatamente aparece Alarico, y el peligro vuelve a comenzar. De nuevo se confirma el patrón que Vives había establecido anteriormente: los godos pueden sufrir derrotas devastadoras y, sin embargo, reaparecer poco después como una amenaza formidable.

Entonces sucede algo todavía más significativo. Vives afirma que Estilicón podía haber acabado con Alarico. Los romanos tenían inferioridad numérica, pero una clara superioridad en «pericia y disciplina militar». Estilicón derrota repetidamente a los godos y consigue encerrarlos en una posición de la cual podría destruirlos. Sin embargo, deliberadamente no lo hace.

La razón que proporciona Vives es política: Estilicón esperaba la llegada de los vándalos a la Galia porque pretendía aprovechar la descomposición del Imperio para favorecer las aspiraciones de su hijo Euquerio. Por tanto, desde la perspectiva de Vives, Roma no está perdiendo todavía porque sus enemigos sean militarmente superiores. Posee ejércitos capaces de vencerlos. El problema es que algunos de quienes controlan esos ejércitos anteponen sus intereses particulares a la supervivencia del Estado.

Ruptura entre Alarico y el Imperio

Alarico descubre las intenciones de Estilicón y las comunica a Honorio. Al mismo tiempo formula una propuesta: solicita una parte de la Galia donde pueda establecer a su pueblo y promete que los godos vivirán «según las leyes romanas», obedecerán al emperador y contribuirán militarmente a la defensa del Imperio. Esto refuerza una idea que Vives ya había presentado anteriormente: los godos podían convertirse en súbditos y soldados del orden romano, y no necesariamente tenían como objetivo destruirlo.

Honorio acepta porque se encuentra «amenazado con aquella espada de dos filos»: por un lado están los godos y, por otro, la posible traición de Estilicón. Entre ambos peligros, considera preferible conceder territorio a Alarico. Vives presenta esta decisión casi como un cálculo de supervivencia política: integrar a los godos parece menos peligroso que enfrentarse simultáneamente a ellos y a una conspiración dentro del propio gobierno.

Estilicón, sin embargo, ve frustrados sus proyectos y, según la versión de Vives, intenta deliberadamente hacer fracasar el acuerdo. Aquí aparece Saulo, a quien habría sobornado para provocar a los godos. El propósito es muy claro: atacar a algunos de ellos para que un pueblo que Vives considera fácilmente irritable responda violentamente y se rompa así la alianza con Honorio. Estamos nuevamente ante el mismo motivo político del fragmento anterior: la guerra provocada artificialmente para servir a intereses particulares.

La elección del momento del ataque adquiere además una enorme carga religiosa. Saulo ataca un domingo, precisamente cuando los godos están escuchando misa. Vives los presenta aquí explícitamente como cristianos. Ante la agresión incluso dudan inicialmente si defenderse porque sienten escrúpulos de empuñar las armas y derramar sangre durante el día del Señor. Esta representación contrasta radicalmente con la imagen inicial de los getas como pueblo «bárbaro y fiero».

Cuando finalmente se defienden, Vives presenta su reacción como una consecuencia de la necesidad. No serían ellos quienes han decidido profanar voluntariamente el domingo: sus atacantes los han obligado a hacerlo. Por eso, después de vencer, se lamentan de haber tenido que «quebrantar el derecho divino por los violadores de todo derecho». La construcción moral es evidente: los godos siguen siendo violentos y peligrosos, pero en este episodio Vives procura hacer comprensible e incluso justificable su reacción.

Es especialmente significativa la invocación a Cristo. El pacto con Roma había sido sancionado bajo su nombre y ahora los godos consideran que ese pacto ha sido traicionado. El conflicto deja así de aparecer simplemente como romanos cristianos contra bárbaros paganos. Los godos son también cristianos y creen que Roma ha violado un compromiso realizado bajo una autoridad religiosa común.

Este punto es particularmente importante si recordamos el comienzo de la obra. Vives había mencionado que san Agustín escribió La ciudad de Dios porque algunos paganos culpaban al cristianismo de la caída de Roma. La narración que Vives está construyendo hace cada vez más difícil esa explicación simplista. Los propios godos que marcharán contra Roma aparecen aquí celebrando el culto cristiano e invocando a Cristo. Por tanto, el problema no puede reducirse a que el cristianismo haya debilitado a Roma frente a unos enemigos ajenos a esa religión.

Tras la provocación y el combate llega la consecuencia decisiva: los godos, «rojos de ira», atraviesan Italia con sus banderas desplegadas y se dirigen «a la propia ciudad de Roma». Hemos llegado finalmente al movimiento que anunciaba el título de la obra. Pero Vives ha dedicado muchas páginas a explicar por qué llegan hasta allí.

Así, cuanto más avanza la obra, menos parece que la respuesta de Vives a «¿cómo ganaron los godos a Roma?» vaya a ser simplemente «porque los godos eran militarmente poderosos». Roma había demostrado repetidamente que podía derrotarlos y también que podía integrarlos. Lo que está destruyendo su capacidad de respuesta es la combinación de corrupción, conspiraciones palaciegas, intereses privados, incumplimiento de pactos y mala administración.

Incluso el último detalle refuerza esa interpretación: Estilicón había licenciado tropas porque aparentemente ya no eran necesarias y ahora, ante una crisis que él mismo habría contribuido a provocar, necesita pedir urgentemente soldados al emperador. Hay una ironía política evidente: quienes manipulan los conflictos creyendo que pueden controlarlos terminan generando una amenaza que ya no pueden manejar fácilmente.

Tras descubrirse la conspiración de Estilicón, Honorio ordena matarlo junto con su hijo. Vives no lamenta especialmente la eliminación del conspirador; el problema está en lo que Honorio hace después: nada. Por miedo a que otro general acumule tanto poder como Estilicón, no nombra un comandante capaz de sustituirlo. La consecuencia es desastrosa: el ejército queda sin una dirección eficaz, sufre derrotas y desarrolla «un profundo terror del nombre gótico». Vives presenta aquí a Honorio como «imprudente e irresoluto»: intenta evitar una posible amenaza política y, al hacerlo, debilita todavía más la defensa del Imperio.

De esta manera, cuando Alarico llega a Roma, el Imperio continúa existiendo, pero su capacidad de respuesta se encuentra gravemente deteriorada. La ciudad es sometida a un prolongado asedio y finalmente conquistada. Pero Vives introduce inmediatamente una precisión fundamental: los godos la saquean «más con alboroto y pillaje que con matanzas y estupros». No niega la violencia de la conquista, pero insiste en que no se produjo, según las fuentes que sigue, el grado de atrocidad que normalmente acompañaba a la toma de una ciudad.

Esto se debe en buena medida a la representación que hace de Alarico. Antes de entrar en Roma habría ordenado evitar asesinatos y violaciones y, sobre todo, respetar a quienes se refugiaran en determinados templos cristianos, especialmente los asociados con san Pedro y san Pablo. La pena para quien incumpliera estas órdenes sería la muerte. Este detalle será fundamental para el argumento religioso que aparecerá al final.

Vives reconoce después algo metodológicamente muy interesante: no sabe con certeza cómo fue tomada Roma. Dice que los historiadores proporcionan pocos detalles y admite incluso: «Yo no he tenido aún la suerte de ver a Procopio». Por eso depende del relato de Bautista Egnazio, a quien considera un escritor diligente. Esta confesión es muy característica del Vives humanista: distingue entre la fuente original que no ha podido consultar y la fuente secundaria de la que depende.

Según ese relato, Alarico habría recurrido a una estratagema después de no conseguir tomar Roma por la fuerza. Trescientos jóvenes godos habrían sido entregados como presentes a importantes romanos; después de ganarse la confianza de sus dueños, debían abrir una puerta de la ciudad en un momento convenido. Vives añade, sin embargo, otra tradición: Proba, movida por compasión ante el hambre y las enfermedades que sufría la población, habría facilitado la entrada de los godos. Nuevamente, en vez de fingir certeza, presenta versiones alternativas.

La imagen del hambre es especialmente significativa. Roma, que durante siglos había dominado pueblos y territorios, aparece ahora con su población muriendo en calles y plazas. La caída no es solamente militar: representa la impotencia de una estructura imperial que ya no consigue proteger ni alimentar adecuadamente a su propia capital.

También resulta muy reveladora la anécdota sobre Honorio. Cuando le comunican que «Roma se había perdido», interpreta inicialmente que se refieren a un atleta llamado Roma con quien se había entretenido. Independientemente del valor histórico de la anécdota, su función literaria es evidente: sirve para representar la desconexión y frivolidad del emperador frente a la magnitud de la catástrofe. Mientras la antigua capital imperial cae, el gobernante aparece preocupado por un entretenimiento personal.

Pero entonces llegamos al verdadero objetivo de toda la obra. Vives recuerda que algunos paganos responsabilizaron al cristianismo de la caída de Roma. Su argumento sería que la ciudad había permanecido segura mientras conservó los cultos tradicionales y que comenzó a sufrir calamidades después de abandonarlos. Precisamente contra esta interpretación había escrito san Agustín los veintidós libros de La ciudad de Dios.

Vives responde mediante un argumento histórico muy sencillo pero poderoso: Roma ya había sufrido calamidades antes de ser cristiana. Los galos habían conquistado y devastado la ciudad siglos antes, cuando los antiguos cultos paganos estaban plenamente vigentes. Por tanto, resulta lógicamente imposible sostener que la adopción del cristianismo sea una condición necesaria para explicar que Roma pudiera ser conquistada.

Añade un segundo argumento: hubo emperadores cristianos que gobernaron competentemente. El ejemplo más claro en la narración precedente había sido Teodosio. Por consiguiente, tampoco puede establecerse una relación automática entre cristianismo y mal gobierno.

Y proporciona todavía un tercer argumento, quizá el más importante históricamente dentro de la obra: la decadencia romana había comenzado antes de la cristianización del Imperio. Vives recuerda los desastres sufridos bajo emperadores paganos como Galieno. El proceso de debilitamiento de Roma, por tanto, posee causas políticas e históricas mucho más profundas.

Así podemos comprender finalmente por qué Vives dedicó tantas páginas a explicar los acontecimientos anteriores al saqueo. Su recorrido histórico funciona como una demostración causal. La caída de Roma se explica mediante invasiones, desplazamientos de pueblos, corrupción administrativa, luchas internas, ambiciones cortesanas, incompetencia militar, ruptura de pactos, debilidad imperial y, finalmente, la desidia de Honorio. No necesita recurrir al abandono de los dioses paganos para explicar lo sucedido.

Incluso hay una ironía adicional: los mismos godos que conquistaron Roma eran presentados por Vives como cristianos, y durante el saqueo respetaron determinados lugares sagrados precisamente por su carácter cristiano. De esta manera, el cristianismo no aparece como causa de una violencia indiscriminada; dentro del relato de Vives funciona incluso como un límite moral impuesto a la violencia de los vencedores.

Con ello comprendemos también la estructura circular de la obra. Vives comenzó diciendo que san Agustín había tomado la «cautividad de Roma» como ocasión para escribir La ciudad de Dios. Después retrocedió para preguntarse quiénes eran los godos y cómo llegaron hasta Roma. Ahora, una vez reconstruida toda esa historia, vuelve exactamente a san Agustín. El recorrido histórico sirve para reforzar la respuesta apologética agustiniana.

Conclusión

En Quiénes fueron los godos y cómo ganaron a Roma, Juan Luis Vives reconstruye el origen de los godos y su prolongado enfrentamiento con el Imperio para demostrar que la conquista de Roma no fue consecuencia del cristianismo, sino de una combinación de presión exterior y decadencia interna. La corrupción, las luchas por el poder, la mala administración y la debilidad de gobernantes como Honorio fueron debilitando a un Imperio que todavía tenía capacidad para contener a los godos. Vives concluye así, siguiendo la defensa de san Agustín, que Roma no cayó por abandonar a los antiguos dioses, sino fundamentalmente por causas políticas, militares y humanas.