DEL TIEMPO EN QUE NACIÓ CRISTO
Esta obra está dedicada a Serafín Centellas, conde de Oliva.
Vives explica que envía al conde dos pequeños tratados porque considera que reúne tres cualidades excepcionales: nobleza, riqueza y, sobre todo, erudición. Aprovecha esto para expresar un ideal típicamente humanista: las clases dirigentes no deberían distinguirse solamente por su linaje o fortuna, sino también por su formación intelectual. Según Vives, si las personas principales siguieran ese modelo podrían regresar simbólicamente aquellos «dorados siglos de los griegos y de los romanos», cuando, según su idealización, nobleza y cultura iban unidas.
Conocer el pasado no es simplemente acumular datos o satisfacer una curiosidad erudita: la historia proporciona enseñanzas para comprender el presente y orientar correctamente la conducta. Esto ayuda a entender el método que empleará en el tratado.
Pero Vives quiere unir ese conocimiento histórico con la piedad cristiana. Dice que sus dos libros mezclan «la historia y la piedad», de manera que «el fruto de la religión» llegue al lector acompañado por «la dulzura de la historia». Es prácticamente una declaración del propósito de la obra: enseñar religión mediante la historia y hacer atractiva la historia mediante su significado religioso. Estamos, por tanto, ante una combinación muy característica del humanismo cristiano de Vives.
El primero de los dos tratados es precisamente sobre la paz en que nació Cristo. Vives destaca que Cristo vino al mundo en una época caracterizada por una especial tranquilidad y convierte esa circunstancia histórica en una reflexión sobre la virtud de la paz. Por eso elogia al conde por su carácter dulce y pacífico y señala que, con la madurez, debería apreciar todavía más la paz y sentir mayor rechazo hacia «los alborotos bélicos». Desde la propia dedicatoria queda claro que la investigación histórica tendrá también una finalidad moral.
El segundo tratado anunciado tratará sobre «el escudo de Cristo» y las armas que deberían adoptar los cristianos. La imagen sugiere desde ya una inversión del lenguaje militar: frente a las armas y guerras humanas, Vives propondrá unas armas propiamente cristianas. Esto encaja con el énfasis que acaba de poner en la paz y anticipa probablemente un contraste entre la guerra material y el verdadero combate moral o espiritual.
Vives resta importancia a la brevedad material de sus opúsculos. Aunque sean pequeños y puedan parecer insuficientes para una persona de la categoría del conde, pide que sean juzgados por su intención y por la importancia de su materia, no por su extensión. La dedicatoria funciona así como presentación de un programa: historia clásica, erudición humanista, moral y cristianismo deben trabajar conjuntamente.
Tiempo en que nació Cristo
Vives aclara que no pretende escribir una historia completa de Roma. Por eso menciona rápidamente las guerras de Mario y Sila, la guerra servil, Catilina y, especialmente, la guerra entre Pompeyo y César, pero decide comenzar su narración detallada con el asesinato de Julio César en el 44 a. C.. Le interesa reconstruir el proceso que conduce desde el caos de las guerras civiles hasta la paz de la época de Augusto.
Es importante observar que Vives no escribe como un historiador completamente neutral. Presenta a César como alguien que gobernaba «incivil y desaforadamente» y llama a sus asesinos «vengadores de la libertad romana». Hay aquí una sensibilidad republicana muy marcada: la concentración del poder en César aparece como una amenaza para la libertas romana. Sin embargo, su asesinato no devuelve inmediatamente la libertad. Todo lo contrario: de sus heridas, dice Vives mediante una poderosa metáfora, «brotó un infinito semillero de guerras». El intento de acabar con la tiranía desencadena una violencia todavía mayor.
A partir de ahí, Vives centra la narración en Marco Antonio, Cicerón y el joven Octavio. Antonio moviliza al pueblo contra los asesinos de César y posteriormente marcha contra Décimo Bruto. Cicerón, por su parte, aparece extraordinariamente elogiado: Vives destaca su patriotismo, su elocuencia, su consulado y su papel frente a Catilina. En esta parte, Cicerón representa prácticamente la defensa de la legalidad republicana frente al avance de los poderes militares.
Resulta especialmente llamativa la manera en que Vives presenta al joven Octavio, el futuro Augusto. Lejos de idealizar desde el principio al emperador bajo cuyo gobierno llegará la paz, lo juzga con enorme dureza. Cuando Octavio vuelve sus tropas contra la propia República y termina acercándose a Marco Antonio, Vives lo describe como un «muchacho» que merecía «ayo y azotes» y califica sus acciones de criminales. Esto es importante porque significa que Vives no construye una sencilla propaganda augustea: la paz de Augusto surgirá después de un proceso profundamente violento y moralmente condenable.
Todo el pasaje está dominado además por imágenes de desorden y autodestrucción. Marte se enfurece, la Fortuna actúa contra Roma y el enorme poder que el pueblo romano había acumulado termina volviéndose contra sí mismo. Esta última idea es especialmente interesante: Roma había llegado a ser tan poderosa que prácticamente ninguna fuerza exterior podía destruirla; por eso su propia fuerza acaba siendo utilizada contra ella misma. La guerra civil es presentada así como algo peor que una guerra convencional: es una comunidad que emplea su propia potencia para destruirse.
Los episodios de Módena, la muerte de Hircio y Pansa, la huida de Antonio y los acontecimientos relacionados con Dolabela, Casio y Bruto forman parte de esa acumulación deliberadamente agotadora de violencia. Vives quiere que el lector experimente la impresión de que una guerra engendra otra y cada muerte produce nuevas venganzas, alianzas y enfrentamientos. La historia romana parece haber entrado en una espiral de violencia de la que no puede salir.1
Segundo Triunvirato
Su posición frente a este segundo triunvirato es absolutamente negativa. Fue, en sus palabras, una furia mortal, peste de todos los ciudadanos.
Vives insiste especialmente en su dimensión moral: no se trata solamente de que el Estado mate a determinados adversarios, sino de que convierte la muerte en un sistema organizado y recompensado. Las listas públicas y los premios ofrecidos por las cabezas de los proscritos muestran una sociedad en la que la violencia ha sido institucionalizada. El resultado es una destrucción de los vínculos humanos normales: la ciudad entera llora, las familias viven aterrorizadas y hasta los perros abandonados participan simbólicamente de ese escenario de desolación.
No había escapatoria, salvo el suicidio. Puertas, ríos y puentes estaban vigilados. Vives crea así la imagen de Roma convertida prácticamente en una cárcel dominada por las armas.
Nos habla también de su admiración por Cicerón. Lo llama «dechado y espejo de ciudadanía» y recuerda que fue asesinado por Popilio Lenas, a quien el propio Cicerón había defendido anteriormente. La ironía es deliberadamente trágica: el hombre que había utilizado su palabra para salvar a otros termina muerto por uno de aquellos a quienes había ayudado. Su cabeza y sus manos son expuestas en los Rostros, precisamente el espacio público asociado a la oratoria romana. Las partes del cuerpo con las que Cicerón había pensado, escrito y hablado quedan convertidas en trofeos políticos.
El triunvirato es un «inmenso Océano de ambición» que nunca logra saciarse. Después de las proscripciones de numerosos hombres, la persecución alcanza incluso a cuatrocientas mujeres de familias nobles. Para Vives, esto representa una nueva transgresión de los límites: la violencia política ha llegado a tal extremo que ya ni siquiera respeta a quienes, según las convenciones de su época y de la tradición que está evocando, solían quedar al margen de estas represalias.
El propio Sol parece horrorizarse y durante aquel año ofrece una luz débil y pálida. Roma ha llegado a una situación tan monstruosa que hasta el cielo parece reaccionar ante sus crímenes.
Hay enfrentamientos en Grecia, Libia, Asia Menor, Macedonia y el Mediterráneo. Vives enumera a Cornificio, Lelio, Sextio, Dolabela, Casio, Bruto, Sexto Pompeyo y otros protagonistas para producir una sensación de conflicto generalizado. No estamos ante una guerra localizada: todo el espacio político romano parece encontrarse en armas.
El momento culminante es la lucha entre Bruto y Casio contra Antonio y Octavio, que conduce a las batallas de Filipos. Vives recuerda que aquella región ya había recibido abundante «sangre latina» durante el conflicto entre César y Pompeyo y ahora vuelve a ser regada con sangre romana. Los romanos ya no están conquistando pueblos extranjeros; están utilizando contra otros romanos la fuerza con la que habían conquistado el mundo.
Vives muestra una simpatía evidente hacia Casio y, sobre todo, Bruto. Los presenta como supervivientes de la «vieja y auténtica hidalguía romana», mientras que Antonio y Octavio quedan asociados a la degradación política. Bruto recibe un tratamiento casi heroico: antes de suicidarse lamenta la suerte de la República y afirma haber intentado devolver al Senado su antigua dignidad. Su fracaso no invalida, para Vives, la nobleza de su propósito. Por eso habla de sus «honrosos conatos» y hasta de su «sagrado pecho».
Luchas de poder
Antes del nacimiento de Cristo, la violencia no afectaba solamente a Roma; también alcanzaba directamente la región en la que Jesús habría de nacer.
Vives se concentra en las luchas por el poder en Judea protagonizadas por Herodes, Antígono, Faselo e Hircano, en medio además de la intervención de los partos. Judea estaba atrapada entre conflictos internos e intereses de grandes potencias. Herodes combate contra Antígono; este consigue apoyo parto; Faselo e Hircano son capturados y Herodes debe huir. No existe todavía un orden político estable, sino una sucesión de alianzas, invasiones, luchas y venganzas.
La descripción vuelve a ser deliberadamente violenta. El palacio de Herodes arde, parte de Jerusalén es saqueada y destruida, los alrededores sufren pillajes y Faselo, desesperado por su cautiverio, se suicida golpeándose la cabeza contra una pared. Vives continúa acumulando imágenes extremas porque quiere transmitir la sensación de un mundo incapaz de encontrar descanso.
El caso de Hircano además nos da una violencia con significado político y religioso. Antígono le corta las orejas para impedir que vuelva a ejercer el sumo sacerdocio.
Herodes
Después de acudir a Roma, Herodes obtiene, gracias especialmente al apoyo de Marco Antonio y a una decisión del Senado romano, el reconocimiento como rey de Judea. Sin embargo, el título concedido por Roma no significa que Herodes controle inmediatamente el territorio. Tiene que conquistar efectivamente el reino mediante las armas. Vives relata sus campañas contra Antígono, los asedios de Jerusalén, los combates en Galilea y las sucesivas intervenciones militares. La descripción vuelve a transmitir una sensación de guerra casi permanente: incluso cuando Herodes suspende temporalmente el sitio de Jerusalén durante el invierno, no permanece inactivo, sino que emprende nuevas operaciones militares.
Herodes regresa con mayores fuerzas y vuelve a asediar Jerusalén, contando además con refuerzos enviados por Antonio. Vives señala que los judíos se resisten porque no desean aceptar «a un rey extranjero». Aquí aparece un elemento importante: el conflicto no es solamente una disputa personal entre Herodes y Antígono, sino también una cuestión de legitimidad política. Herodes llega al trono respaldado por el poder romano y debe imponer militarmente una autoridad que una parte importante de la población rechaza.
La caída de Jerusalén constituye el momento más dramático. Vives afirma que la matanza posterior «no respetó sexo ni edad» y que la catástrofe cambió completamente la fisonomía de la ciudad. A ello añade la ejecución pública de cincuenta personajes destacados. La llegada de Herodes al poder no aparece, por tanto, como una transición pacífica, sino como el resultado de asedios, intervenciones extranjeras, ejecuciones y una enorme violencia contra la población.
Resulta además muy significativa la observación de que Jerusalén cayó precisamente durante el «año del descanso». Hay una fuerte ironía en el relato: el año destinado tradicionalmente al reposo coincide con la conquista violenta de la ciudad. En un tratado cuyo tema central será precisamente la paz, esta contradicción resulta especialmente expresiva: el mundo humano llama a un período «de descanso», pero continúa produciendo guerra y muerte.
De vuelta a Roma
Retoma los acontecimientos posteriores a Filipos y muestra que la derrota de Bruto y Casio tampoco produjo la paz. Marco Antonio marcha hacia Oriente y Octavio hacia Occidente, mientras la alianza triunviral comienza rápidamente a resquebrajarse. Se confirma así una de las ideas que atraviesan esta primera parte: una paz construida sobre la ambición y la violencia no puede ser estable.
Vives presenta además a Marco Antonio de manera profundamente negativa. Su relación con Cleopatra es descrita como una caída en los placeres: Antonio se «abisma» en sus brazos y permanece sometido a esa relación hasta la muerte. No es simplemente una información biográfica; Vives interpreta moralmente la historia. Las desgracias políticas aparecen asociadas también a los vicios personales de quienes gobiernan, especialmente la ambición, la temeridad y el desenfreno.
La guerra de Perusia, provocada en el contexto del enfrentamiento entre Octavio y Lucio Antonio, sirve como otro ejemplo de la incapacidad romana para detener su autodestrucción. Perusia termina sometida por el hambre, saqueada, incendiada y con numerosos habitantes muertos. Vives incorpora incluso el prodigioso relato del buey que habla, anunciando que pronto no faltaría trigo, sino hombres que pudieran comerlo. Más allá de que Vives acepte o no literalmente el prodigio, su función literaria es clara: la guerra está despoblando el mundo. El verdadero problema ya no será producir alimentos, sino que la violencia acabará con quienes deberían consumirlos.
Después el escenario vuelve a expandirse hacia Oriente mediante las guerras contra los partos. Estos aprovechan las divisiones internas de Roma para atravesar sus fronteras y atacar Siria. Es una consecuencia importante de la guerra civil: mientras los romanos utilizan sus fuerzas unos contra otros, los enemigos exteriores pueden aprovechar su debilidad. Vives muestra así que la discordia interna no solamente destruye directamente a los ciudadanos, sino que vuelve vulnerable todo el Imperio.
La desastrosa campaña de Antonio profundiza esta imagen. Sus soldados padecen frío, hambre, ataques enemigos y llegan a consumir plantas desconocidas, algunas de las cuales provocan locura y muerte. Vives insiste nuevamente en los efectos concretos de la guerra sobre los cuerpos: hambre, enfermedad, agotamiento y muerte. No está narrando las campañas como una sucesión gloriosa de hazañas militares, sino como una acumulación de sufrimiento.
Y el hambre llega incluso a Roma. El bloqueo marítimo de Sexto Pompeyo interrumpe los abastecimientos, de modo que quienes habían sobrevivido a las armas comienzan a morir por falta de alimentos. La frase de Vives resume perfectamente la situación: «aquellos a quien perdonara la espada, matábales el hambre». La guerra mata incluso cuando no se está combatiendo directamente.
La escasez de alimentos genera disturbios y los robos se producen incluso «de día claro y en pleno foro». Roma, tradicionalmente presentada como «madre de las leyes», se ha transformado, según Vives, en una «selva poblada de ladrones». La imagen es muy significativa: la guerra ha hecho retroceder a la sociedad desde la civilización y el derecho hacia una situación dominada por la fuerza.
A partir de aquí, Vives centra su crítica en la falsedad de las alianzas políticas. Los triunviros continúan unidos, pero no porque exista verdadera concordia entre ellos. Su «solidaridad» es «hipócrita» y se mantiene únicamente porque necesitan protegerse de amenazas externas. El miedo funciona como un pegamento provisional: Antonio, Octavio y Lépido permanecen juntos mientras esa asociación resulta útil, aunque debajo de ella continúen creciendo las enemistades.
Esta idea permite a Vives introducir una distinción fundamental entre paz verdadera y paz aparente. Los romanos utilizan palabras como «amistad», «paz», «alianza», «tregua» y «coalición», pero Vives afirma que son «mentidos nombres». Una paz no merece verdaderamente ese nombre cuando carece de «sinceridad, solidez» y «lealtad». Por tanto, el problema no consiste solamente en que las treguas sean breves: son falsas desde su origen porque cada parte las acepta únicamente mientras le resultan convenientes.
El ejemplo concreto es el acuerdo con Sexto Pompeyo. Los triunviros buscan su amistad porque necesitan aliviar el bloqueo y la escasez que padecía Roma. Pero, una vez recuperado el abastecimiento, Octavio rompe el pacto cuando considera que ya no le resulta necesario. Vives condena expresamente esta conducta como contraria «a todo derecho y equidad» y señala que incluso Marco Antonio, pese a su propia falta de escrúpulos, reconoció la injusticia de la acción.
Después de la derrota de Sexto Pompeyo y de la eliminación política de Lépido, el enorme conflicto que había involucrado a numerosos protagonistas comienza a reducirse a dos hombres: Marco Antonio y Octavio. La narración avanza así hacia el enfrentamiento definitivo del que surgirá un único gobernante y, posteriormente, la paz que interesa a Vives para explicar el contexto del nacimiento de Cristo.
La caída de Sexto Pompeyo es casi universal. Su padre Pompeyo había muerto en África, su hermano en Europa y él termina su vida en Asia. Vives aprovecha esta distribución geográfica para representar simbólicamente la destrucción completa de una familia que poco antes había alcanzado un poder extraordinario. Es otro ejemplo de la inconstancia de la fortuna, tema que Vives viene utilizando reiteradamente: ninguna grandeza política es suficientemente sólida como para garantizar su permanencia.
Después Vives formula claramente el problema político: el mundo romano ya no podía soportar varios señores simultáneamente. La lógica del triunvirato llevaba inevitablemente a una lucha por el poder absoluto. Por eso califica a los triunviros como «tres gladiadores bellacos»: no son gobernantes que cooperan por el bien común, sino combatientes encerrados en una arena, destinados finalmente a destruirse entre sí. El mundo se convierte metafóricamente en el escenario de su combate.
Primero cae Lépido. Intenta enfrentarse a Octavio, pero este consigue neutralizarlo, quitarle su poder político y relegarlo a Circeyos. Desde ese momento quedan solamente Antonio y Octavio. Vives señala que ya nadie podía dudar de que ambos terminarían enfrentándose en una batalla definitiva por la «hegemonía». La paz todavía no puede existir porque la ambición de ambos exige que uno de los dos desaparezca políticamente.
Vives vuelve además a establecer un fuerte contraste moral entre ambos. Antonio aparece entregado a los banquetes, la lujuria y su relación con Cleopatra. Pero esto no significa que Octavio sea presentado como moralmente virtuoso. Al contrario, Vives muestra también su capacidad para la manipulación política: envía a su hermana Octavia, esposa de Antonio, sabiendo prácticamente que este la rechazará por Cleopatra. Octavio espera utilizar ese rechazo como justificación para romper la alianza.
Este último detalle es particularmente importante porque Vives distingue entre una causa verdaderamente justa y un pretexto que solamente parece honorable. Octavio no estaría buscando sinceramente preservar la concordia matrimonial o política; estaría preparando cuidadosamente una razón que le permita presentar como legítima una guerra que ya desea. Vuelve así el problema del fragmento anterior: detrás de palabras aparentemente honorables como paz, alianza, matrimonio o justicia se esconden intereses, ambición y cálculo político.
Mientras Octavia se dirige hacia su marido Antonio, ignorando las maniobras políticas de su hermano, Octavio emprende nuevas campañas militares en los Balcanes. Vives describe las guerras contra dálmatas, panonios y otros pueblos con especial atención a su brutalidad, incluyendo ciudades destruidas, poblaciones masacradas y jóvenes vendidos como esclavos.
Es significativo que Vives no presente estas campañas como gloriosas conquistas romanas. Afirma que algunas poblaciones prácticamente desaparecieron y resume el resultado con una expresión muy fuerte: «los vencedores lloraron y los vencidos fenecieron». Incluso una victoria militar produce sufrimiento para ambas partes. Esta observación encaja perfectamente con el propósito moral del tratado: Vives está cuestionando la idea misma de la gloria bélica, porque ganar una guerra no elimina su carácter destructivo.
Octavio tampoco permanece físicamente al margen de esa violencia. Vives recuerda sus heridas y accidentes durante las campañas. Pero después introduce el acontecimiento que Octavio esperaba: Antonio repudia a Octavia. La llama «matrona discreta e irreprochable», reforzando la culpabilidad moral de Antonio. Al mismo tiempo, Vives recuerda que Octavio deseaba precisamente esta oportunidad. El repudio proporciona el pretexto político que necesitaba para convertir definitivamente su rivalidad con Antonio en una guerra abierta.
La cita de Virgilio permite representar el enfrentamiento con dimensiones casi universales. Antonio aparece acompañado por Egipto y por fuerzas procedentes de Oriente, mientras Octavio reúne sus propios ejércitos. Vives vuelve a llamar a ambos «gladiadores», retomando la metáfora anterior: dos hombres combaten entre sí y utilizan prácticamente el mundo entero como arena. No es una guerra por la defensa de Roma frente a un enemigo exterior, sino una lucha para decidir quién será dueño del mundo romano.
Llegamos así a la batalla de Accio (31 a. C.), que constituye el punto de inflexión fundamental para el argumento de la obra. Vives afirma explícitamente que «los dos no podían» gobernar: necesariamente debía quedar uno solo. La victoria corresponde a Octavio, mientras Antonio y Cleopatra huyen hacia Egipto y finalmente ambos se suicidan. Con sus muertes desaparece el último gran rival capaz de disputar a Octavio el dominio romano.
Pero Vives mantiene una actitud muy crítica hacia el vencedor. Una vez más llama a Octavio «hijo de la Fortuna», sugiriendo que su éxito no debe interpretarse simplemente como consecuencia de una superioridad moral. Incluso plantea una visión pesimista del poder absoluto: el vencedor podrá convertirse en señor del mundo y potencialmente «destrozarlo» o entregarlo posteriormente a herederos igualmente destructivos. Por tanto, Vives no identifica automáticamente la victoria de Octavio con el triunfo del bien.
Vives presenta por fin a Octavio como vencedor único, pero nuevamente evita convertirlo en un héroe ideal. Tras la desaparición de sus rivales, el Senado comienza a tratarlo servilmente, le concede el título de Augusto y da su nombre a un mes del año. Para Vives, esto evidencia también la degradación de la antigua libertad republicana: el Senado ha perdido autoridad y quienes antes representaban una institución fundamental de Roma ahora adulan al nuevo príncipe.
Es muy expresiva la frase: «acabó la Naturaleza de parir un rey, cuyo preñado fue tan costoso y tan prolijo». Vives convierte todas las guerras anteriores en los dolores de un gigantesco parto histórico. Después de décadas de asesinatos, proscripciones y guerras civiles, finalmente nace un régimen encabezado por un único gobernante. Pero la metáfora es deliberadamente ambigua: el nacimiento del poder de Augusto ha costado una cantidad enorme de sangre. La paz política que se aproxima tiene, por tanto, un origen terrible.
Sin embargo, Vives deja claro que la victoria de Augusto sobre Antonio no significó que inmediatamente reinara la paz universal. En Judea todavía ocurren calamidades: un enorme terremoto provoca miles de muertos y los árabes aprovechan la situación para atacar, hasta ser derrotados por Herodes. Paralelamente siguen existiendo conflictos con numerosos pueblos —bastarnos, tracios, dacios, sármatas, germanos, hispanos, réticos, nóricos y otros— que Roma debe someter mediante nuevas campañas.
Aquí aparece finalmente una frase fundamental para comprender el propósito del tratado: «Acercábase al universo mundo la más bella de todas las cosas, la paz». Después de tantas páginas describiendo guerras, Vives anuncia que la tempestad está terminando. La personificación es muy significativa: la paz parece acercarse progresivamente al mundo, como si estuviera preparando el escenario histórico para otro acontecimiento todavía mayor, el nacimiento de Cristo.
Pero Vives introduce una observación psicológica y moral muy interesante: después de vivir durante tanto tiempo en guerra, los seres humanos ya no saben soportar la paz. Han adquirido el hábito de la violencia. Por eso todavía surgen rebeliones y conflictos. La paz no consiste simplemente en ordenar que terminen las guerras; una sociedad acostumbrada durante generaciones al enfrentamiento necesita también aprender nuevamente a vivir sin él.
Las rebeliones de Germania e Iliria son presentadas como los últimos grandes estertores de ese mundo bélico. Vives emplea una imagen particularmente eficaz al llamar a la guerra de Iliria «el postrer mordisco de la guerra moribunda». La guerra aparece como una bestia que está muriendo, pero que antes de desaparecer todavía puede lanzar un último ataque feroz. Las enormes fuerzas necesarias para someter Iliria y recuperar el control de Germania muestran que la transición hacia la paz fue difícil y sangrienta.
La Paz excepcional
Todo lo narrado anteriormente —décadas de guerras civiles, proscripciones, invasiones, hambre, rebeliones y matanzas— estaba encaminado hacia este momento. Vives presenta finalmente el extraordinario contraste que había anunciado desde el comienzo: la tempestad de la guerra se extingue y Cristo nace cuando el mundo alcanza una paz excepcional.
Los últimos conflictos se solucionan o quedan contenidos. Los partos abandonan Armenia y devuelven las insignias romanas perdidas anteriormente; escitas e indios solicitan relaciones amistosas con Roma. Vives puede entonces afirmar que existe una «increíble paz en el orbe todo, en el mar y en la tierra». El símbolo histórico de esta situación es el cierre de las puertas del templo de Jano, que permanecían abiertas durante las guerras. Para Vives, su cierre representa visualmente el silenciamiento de las armas.
Augusto prepara involuntariamente el escenario
Entonces aparece el acontecimiento que conecta directamente la historia romana con el relato evangélico: el censo ordenado por Augusto. Vives interpreta la historia universal de forma providencial. Augusto pretende conocer la población y el poder de su Imperio, pero su decisión provoca que José y María se desplacen a Belén, por pertenecer al linaje de David. Una medida administrativa del emperador romano termina, sin que Augusto lo sepa, contribuyendo al cumplimiento de las profecías mesiánicas.
Aquí se produce una inversión muy interesante entre Augusto y Cristo. Augusto parece ser el hombre más poderoso del mundo: ordena un censo de sus dominios y millones de personas obedecen. Sin embargo, dentro de la interpretación de Vives, el verdadero acontecimiento universal no está ocurriendo en el palacio del emperador, sino en Belén. Augusto cuenta a sus súbditos mientras nace aquel a quien Vives considera verdadero Rey del mundo.
La historia y la profecía coinciden
Vives acumula entonces las señales bíblicas que demostrarían que había llegado «la plenitud del tiempo». Miqueas había anunciado Belén; Daniel proporcionaba una cronología mesiánica; la profecía de Jacob era interpretada en relación con la pérdida del gobierno propio de Judá bajo Herodes; Simeón esperaba contemplar al Mesías antes de morir. Así, Vives hace converger historia romana e historia sagrada: las circunstancias políticas y las profecías bíblicas llegan simultáneamente a su punto culminante.
Esta es probablemente la idea fundamental de toda la obra. Vives no pretende simplemente responder en qué fecha nació Cristo, sino mostrar por qué aquel momento histórico resultaba apropiado para su nacimiento. Desde su perspectiva cristiana, no estamos ante una coincidencia: cuando las condiciones históricas y las profecías alcanzan conjuntamente su cumplimiento, llega el Mesías.
Augusto y Cristo representan dos tipos de paz
Vives introduce entonces a Ovidio para describir una época sin trompetas, cascos ni espadas, en la que el soldado permanece ocioso. Pero inmediatamente lleva esa paz romana hacia un significado superior. La paz política de Augusto funciona como escenario y signo de otra paz: la paz de Cristo.
Por eso identifica a Jesús con figuras bíblicas relacionadas con ella: Salomón, cuyo nombre está asociado a la paz, y Melquisedec, interpretado como «rey de paz». Incluso vuelve a apropiarse del lenguaje de Virgilio y la edad de oro. Aquella nueva época que la literatura pagana imaginaba encuentra, para Vives, su verdadero cumplimiento en Cristo. Es el mismo procedimiento que encontrábamos en el Horóscopo: la cultura clásica no es simplemente rechazada, sino reinterpretada cristianamente.
Y finalmente nace Cristo.
Después de cientos de nombres, ejércitos, generales y batallas, el momento central es sorprendentemente sencillo: María da a luz a Cristo. Vives contrapone deliberadamente el ruido de la historia política con la quietud del nacimiento. Además sostiene la doctrina tradicional del parto virginal: Cristo nace permaneciendo intacta la virginidad de María.
Cuando nace «el Autor de la luz», desaparecen simbólicamente las «tinieblas de la mente humana». Por eso la paz exterior del mundo tiene su correspondencia en una transformación espiritual: Cristo no solamente aparece cuando dejan de enfrentarse los ejércitos, sino que viene a terminar con una oscuridad mucho más profunda.
Y Vives termina de una manera muy característica: con el silencio. Después de haber empleado toda su erudición histórica, clásica y bíblica para conducirnos hasta Cristo, reconoce que el lenguaje humano resulta insuficiente para describir adecuadamente a Dios hecho hombre. Ante el misterio de la Encarnación, la verdadera actitud ya no es continuar argumentando, sino «venerarle con callado y piadoso recogimiento.
Conclusión
En conclusión, en Del tiempo en que nació Cristo, Juan Luis Vives presenta la historia romana como un largo tránsito desde la guerra hacia la paz, mostrando cómo décadas de conflictos civiles, ambiciones y matanzas terminaron dando paso a la tranquilidad del tiempo de Augusto. Para Vives, no se trata de una simple coincidencia histórica: era conveniente que Cristo, verdadero Rey y autor de la paz, naciera cuando las armas finalmente callaban. Así, la paz romana se convierte en preparación y símbolo de una paz superior, la de Cristo, que no solo reconcilia a los pueblos, sino que trae al ser humano reconciliación con Dios y una nueva edad espiritual.
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