MARCO FABIO QUINTILIANO
VIDA Y OBRA
Quintiliano nació aproximadamente hacia el 35 d. C., probablemente en Calagurris, en Hispania Tarraconense, la actual Calahorra, España. Calahorra. No debemos imaginar la Hispania de Quintiliano como un territorio recién conquistado y completamente ajeno a Roma. Para el siglo I d. C., amplias zonas llevaban generaciones experimentando un intenso proceso de integración política, jurídica, económica y cultural en el mundo romano.
Calagurris tenía además una historia particular. Había sido escenario de las guerras civiles romanas del siglo I a. C., pero durante el período imperial se encontraba incorporada al sistema romano. De hecho, la ciudad llegó a utilizar el título Calagurris Iulia Nassica.
Por tanto, Quintiliano nace siendo un provincial del Imperio, pero dentro de una sociedad profundamente romanizada.
Cicerón había muerto en 43 a. C., casi ocho décadas antes del nacimiento de Quintiliano. Por tanto, Quintiliano nunca lo conoció: lo recibió como modelo literario y retórico.
Para Quintiliano, Cicerón representaba prácticamente la culminación de la elocuencia latina. Le interesaba su amplitud de vocabulario, la construcción equilibrada de los períodos, su capacidad argumentativa y la combinación entre filosofía, derecho, política y retórica.
Esto resulta fundamental para comprender la Institutio Oratoria. Quintiliano no quiere formar simplemente a alguien capaz de pronunciar discursos bonitos. Busca recuperar el ideal ciceroniano del orador inttegral, ampliamente educado.
Educación
La educación de Quintiliano se desarrolló principalmente en Roma, aunque no podemos reconstruir con exactitud todas sus etapas ni sabemos con certeza a qué edad llegó desde Hispania. Lo que sí sabemos por sus propias referencias es que durante su juventud tuvo contacto con importantes intelectuales y oradores de la época.
Su formación habría seguido aproximadamente el modelo educativo romano de las élites: primero el estudio de la gramática y la literatura, y posteriormente una preparación especializada en retórica y oratoria.
El grammaticus no enseñaba simplemente reglas gramaticales. El estudiante analizaba grandes obras griegas y latinas, aprendiendo vocabulario, estilo, interpretación, historia y mitología. Esta formación literaria será posteriormente fundamental en el pensamiento educativo de Quintiliano: para aprender a escribir y hablar hay que leer a los mejores autores.
Después venía la formación con el rhetor, orientada directamente hacia la oratoria. El estudiante aprendía las diferentes partes de la construcción del discurso y realizaba ejercicios progresivamente más complejos, especialmente las suasoriae y controversiae.
Durante su juventud, Quintiliano pudo además escuchar personalmente a algunos de los grandes oradores de su tiempo. Entre ellos destacó Domicio Afro, a quien posteriormente recordaría con gran admiración. Afro murió en el año 59 d. C., cuando Quintiliano tendría aproximadamente veinticuatro años. También escuchó a Servilio Noniano, conocido como historiador y orador. El contacto con estas figuras permitió que su aprendizaje no dependiera únicamente de los libros: podía observar directamente cómo un orador experimentado construía argumentos, utilizaba la voz, presentaba los hechos y buscaba persuadir a su audiencia.
Sin embargo, el gran modelo intelectual y estilístico de Quintiliano fue Cicerón. Aunque había muerto décadas antes de su nacimiento, sus discursos y tratados continuaban siendo fundamentales en la enseñanza de la oratoria romana. Quintiliano admiraba especialmente su capacidad para combinar argumentación, conocimiento, elegancia estilística y persuasión. De ahí surgirá posteriormente su insistencia en la imitatio: el estudiante debe estudiar a los mejores autores, comprender las razones de su excelencia e incorporar progresivamente sus virtudes, sin limitarse a copiarlos mecánicamente.
Las primeras planteaban problemas deliberativos: el alumno debía aconsejar a un personaje histórico o legendario qué decisión tomar.
Las controversiae, en cambio, se parecían mucho más a casos judiciales ficticios: había una norma, unos hechos problemáticos y dos posiciones enfrentadas. El estudiante tenía que construir la acusación o la defensa.
Regreso a Hispania y relación con Galba
Después de completar una parte importante de su formación en Roma, Quintiliano regresó a Hispania, aunque desconocemos la fecha exacta y las razones concretas de este regreso. Las fuentes conservadas no permiten reconstruir detalladamente qué hizo durante estos años, por lo que debemos ser prudentes. Lo importante es que esta etapa coincide con un período decisivo de la historia romana: los últimos años del gobierno de Nerón y el progresivo deterioro de su autoridad.
En Hispania aparece una figura que tradicionalmente se relaciona con el siguiente gran cambio en la vida de Quintiliano: Servio Sulpicio Galba. Galba pertenecía a una antigua familia aristocrática romana y había desarrollado una extensa carrera política y militar. Durante el reinado de Nerón fue nombrado gobernador de la Hispania Tarraconense, provincia en la que se encontraba Calagurris, la ciudad tradicionalmente considerada lugar de nacimiento de Quintiliano. Galba permaneció allí durante varios años, hasta que la crisis política del año 68 d. C. transformó completamente su situación.
En el año 68 d. C., varias rebeliones comenzaron a debilitar definitivamente el gobierno de Nerón. Uno de los principales movimientos fue encabezado en la Galia por Cayo Julio Vindex, quien se rebeló contra el emperador y buscó el apoyo de Galba. Aunque Vindex fue derrotado, la crisis continuó. Finalmente, Nerón perdió el respaldo político y militar necesario para mantenerse en el poder y se suicidó en junio del año 68. Con su muerte terminó la dinastía Julio-Claudia, que había gobernado Roma desde Augusto.
Galba fue reconocido entonces como emperador y abandonó Hispania para dirigirse a Roma. Es en este contexto donde tradicionalmente se sitúa el regreso de Quintiliano a la capital alrededor del año 68 d. C. Algunas reconstrucciones biográficas sostienen que viajó a Roma relacionado con Galba o formando parte de su entorno. Sin embargo, este punto debe formularse con cautela: no tenemos evidencia suficiente para afirmar que Quintiliano fuera un colaborador cercano de Galba ni conocemos con precisión las circunstancias de su traslado.
Quintiliano tendría entonces aproximadamente treinta y tres años. Por tanto, ya no era el joven estudiante que anteriormente había acudido a Roma para formarse. Regresaba como un hombre adulto que poseía una sólida preparación retórica y que estaba en condiciones de comenzar una carrera profesional. Este segundo establecimiento en Roma será fundamental, porque desde entonces su vida quedará estrechamente vinculada a la capital imperial.
La situación política que encontró era extremadamente inestable. Galba apenas permaneció unos meses en el poder. En enero del año 69 d. C. fue asesinado, iniciándose el turbulento período conocido como el Año de los Cuatro Emperadores, durante el cual Galba, Otón, Vitelio y finalmente Vespasiano disputaron el poder. Quintiliano, por tanto, se instaló en Roma precisamente cuando el Imperio atravesaba una de sus crisis políticas más graves desde las guerras civiles que habían terminado con la República.
La caída de Galba, sin embargo, no significó el final de la carrera de Quintiliano. Este dato resulta importante porque muestra que su futuro profesional no dependía exclusivamente de la protección del efímero emperador. Quintiliano consiguió establecerse en Roma y comenzó a desarrollar una reputación propia, particularmente en dos ámbitos que estaban íntimamente relacionados en la sociedad romana: los tribunales y la enseñanza de la retórica.
Abogado y profesor
Cuando Quintiliano se estableció nuevamente en Roma hacia el año 68 d. C., tenía aproximadamente treinta y tres años y comenzaba la etapa decisiva de su carrera. Ya poseía una sólida formación retórica y había conocido personalmente a importantes oradores de la generación anterior. A partir de entonces desarrolló dos actividades estrechamente relacionadas en el mundo romano: la práctica de la oratoria forense y la enseñanza de la retórica. No debemos imaginarlo, por tanto, únicamente como un profesor dedicado a estudiar discursos antiguos; también conocía desde dentro el funcionamiento de la argumentación ante los tribunales.
Su actividad como abogado y orador forense tuvo una importancia considerable para su posterior pensamiento. Quintiliano intervino en causas judiciales y alcanzó reputación como orador. Aunque conservamos muy poco de sus actuaciones concretas, él mismo hace referencias en la Institutio Oratoria a casos en los que participó. Esta experiencia práctica explica por qué su tratado presta tanta atención a cuestiones como la construcción de argumentos, la presentación de pruebas, el interrogatorio, la credibilidad de los testigos, la narración de los hechos y las estrategias destinadas a convencer a los jueces.
Para Quintiliano, por tanto, la retórica no podía reducirse a producir discursos elegantes. Un abogado debía saber analizar un caso, descubrir cuáles eran sus puntos fuertes y débiles, anticipar los argumentos del adversario y presentar los hechos de la manera más favorable para su posición. En este sentido, buena parte de la Institutio Oratoria posee una dimensión claramente forense. Sus reflexiones procedían no solamente de la tradición teórica de Cicerón y otros autores, sino también de su propia experiencia dentro de los tribunales romanos.
Paralelamente, Quintiliano comenzó a desarrollar una importante carrera como maestro de retórica. La educación retórica representaba la etapa superior de la formación de muchos jóvenes pertenecientes a las élites. Después de estudiar lengua y literatura con el grammaticus, quienes aspiraban a carreras públicas o jurídicas acudían al rhetor, donde aprendían a construir y pronunciar discursos. Quintiliano se convirtió progresivamente en uno de los profesores más prestigiosos de Roma.
Sus estudiantes practicaban mediante ejercicios de dificultad creciente. Entre ellos destacaban las declamaciones, especialmente las suasoriae y las controversiae. En las primeras, el alumno debía aconsejar a un personaje sobre una determinada decisión; en las segundas se enfrentaba a un conflicto jurídico ficticio y tenía que elaborar la acusación o la defensa. Quintiliano valoraba estos ejercicios, pero también era consciente de sus peligros: si las situaciones planteadas eran excesivamente fantasiosas, el estudiante podía acostumbrarse a una retórica espectacular que después resultara poco útil en los tribunales reales.
Su enseñanza, por ello, buscaba mantener una relación entre teoría y práctica. El futuro orador debía leer a los grandes autores, analizar discursos, escribir constantemente, realizar ejercicios, memorizar, escuchar a buenos oradores y finalmente practicar él mismo. Quintiliano tampoco creía que bastara con proporcionar al estudiante una colección de reglas. El maestro tenía que identificar las capacidades de cada alumno y conducirlo progresivamente hacia formas más complejas de expresión y argumentación.
Esta experiencia docente explica también la enorme importancia que Quintiliano concedería posteriormente a la figura del maestro. El profesor debía poseer conocimientos, paciencia y capacidad para corregir sin humillar. Pero además tenía una responsabilidad moral, porque los estudiantes jóvenes podían imitar tanto sus virtudes como sus defectos. El maestro era, por consiguiente, algo más que un transmisor de técnicas retóricas: debía convertirse en un modelo de conducta.
El gran cambio en la posición profesional de Quintiliano se produjo durante el gobierno de Vespasiano. Después de las guerras civiles del año 69, Vespasiano consiguió imponerse y fundó la dinastía Flavia. Su gobierno buscó estabilizar las instituciones y las finanzas del Imperio después de la crisis que había seguido a la muerte de Nerón. Dentro de ese proceso, la educación retórica recibió también atención imperial.
La tradición antigua, especialmente a través de Suetonio, relaciona a Vespasiano con el establecimiento de remuneraciones públicas para profesores de retórica griega y latina. Quintiliano suele ser identificado como uno de los principales beneficiarios de esta política y tradicionalmente se lo presenta como el primer profesor de retórica latina remunerado con fondos públicos en Roma. Conviene formularlo de esta manera y no como si hubiera sido un «profesor universitario» moderno: Roma no poseía una universidad pública en nuestro sentido contemporáneo. Lo significativo es que la autoridad imperial estaba otorgando reconocimiento y apoyo económico a la enseñanza profesional de la retórica.
Relación con la élite romana
Después de años ejerciendo como abogado y maestro de retórica, Quintiliano alcanzó una posición extraordinariamente prestigiosa dentro de la sociedad romana. Su reputación no procedía únicamente de sus conocimientos teóricos, sino de la combinación de experiencia forense, capacidad como orador y una larga trayectoria dedicada a la enseñanza. Durante aproximadamente veinte años formó a jóvenes destinados, en muchos casos, a desenvolverse en los tribunales, la administración y los círculos políticos del Imperio. La retórica constituía una parte esencial de la educación superior de las élites romanas y, por ello, convertirse en uno de sus principales maestros significaba ocupar una posición intelectualmente muy influyente.
Entre las figuras tradicionalmente vinculadas con su enseñanza destaca Plinio el Joven, nacido hacia el año 61 o 62 d. C. Plinio desarrollaría posteriormente una importante carrera como abogado, senador, funcionario y escritor, y sus Cartas constituyen una de nuestras principales fuentes para conocer la sociedad romana de su tiempo. La relación de Plinio con Quintiliano permite apreciar el tipo de formación que podía proporcionar un maestro de retórica prestigioso: no se trataba simplemente de enseñar técnicas para pronunciar discursos, sino de preparar a jóvenes que posteriormente participarían activamente en la vida jurídica, administrativa y política del Imperio.
La influencia de Quintiliano llegó también al mundo literario. Marcial, poeta nacido en Bilbilis, en Hispania, fue contemporáneo suyo y se refiere a Quintiliano como una figura destacada de la educación de la juventud romana. Es interesante que ambos procedieran de Hispania y terminaran desarrollando sus carreras en Roma. Para finales del siglo I, Quintiliano ya no era simplemente un provincial que había conseguido establecerse en la capital: se había convertido en una figura reconocida dentro de la cultura romana.
Su prestigio terminó acercándolo incluso a la casa imperial. Durante el gobierno de Domiciano, Quintiliano recibió el encargo de participar en la educación de los jóvenes hijos de Flavio Clemente y Flavia Domitila, parientes del emperador. Domiciano había señalado a estos niños dentro de la sucesión dinástica y les había dado los nombres de Vespasiano y Domiciano. Que Quintiliano fuera escogido para participar en su educación constituye una señal particularmente clara del prestigio que había alcanzado como pedagogo.
Retiro
Quintiliano se retiró de la actividad docente, probablemente hacia finales de la década de los 80 d. C. Para entonces había alcanzado una posición excepcional dentro de la sociedad romana: había ejercido como orador forense, formado a jóvenes de las élites y conseguido reconocimiento incluso en los círculos vinculados a la casa imperial. Su retiro, sin embargo, no significó el abandono de la actividad intelectual. Al contrario, durante esta etapa comenzó a concentrar buena parte de su experiencia en la obra que terminaría convirtiéndose en la Institutio Oratoria.
De la vida privada de Quintiliano conocemos relativamente poco, pero existe una excepción extraordinaria: el propio autor habla de su esposa y de sus hijos en términos profundamente personales. El testimonio aparece especialmente en el prólogo del Libro VI de la Institutio Oratoria. Gracias a estas páginas podemos conocer un aspecto de Quintiliano muy diferente del profesor sistemático y del teórico de la retórica: el de un hombre que sufrió sucesivamente la muerte de las personas más cercanas a él.
Quintiliano se casó con una mujer considerablemente más joven que él. No conocemos con seguridad su nombre. Según el propio Quintiliano, ella murió cuando tenía aproximadamente diecinueve años. Sus palabras muestran que la pérdida lo afectó profundamente. Habla de su esposa con admiración y destaca sus cualidades personales, presentándola como una mujer cuya madurez y virtudes superaban lo que cabría esperar de su corta edad.
Después de la muerte de su esposa, Quintiliano quedó a cargo de sus dos hijos. En ellos depositó buena parte de sus esperanzas personales y familiares. Sin embargo, poco después sufrió una segunda tragedia: murió su hijo menor, cuando tenía aproximadamente cinco años. Quintiliano recuerda especialmente la dulzura y el afecto del niño, y su descripción transmite un dolor que resulta poco habitual encontrar expresado con tanta intimidad en un tratado antiguo dedicado a la retórica.
Todavía le quedaba su hijo mayor, hacia quien dirigió entonces sus esperanzas. Quintiliano veía en él grandes capacidades intelectuales y esperaba poder transmitirle personalmente todo aquello que había aprendido durante su carrera. Esta circunstancia tiene una importancia especial para comprender la Institutio Oratoria: la obra que explica cómo formar al orador ideal tenía también, al menos en parte, una dimensión relacionada con la educación que Quintiliano esperaba proporcionar a su propio hijo.
Pero el hijo mayor también murió, aproximadamente a los diez años de edad. Quintiliano había perdido así, en un período relativamente breve, a su esposa y a sus dos hijos. En el prólogo del Libro VI expresa abiertamente la devastación que estas muertes le produjeron. Incluso se pregunta por qué continúa viviendo después de haber sobrevivido a quienes esperaba que lo sobrevivieran a él.
La muerte del hijo mayor fue especialmente dolorosa porque Quintiliano había comenzado a imaginar en él la continuación de su propio proyecto intelectual. Había observado sus capacidades para aprender y hablar y esperaba personalmente acompañar su educación. Por eso la pérdida no significó solamente la muerte de un hijo, sino también la desaparición de un futuro que Quintiliano había comenzado a imaginar.
Institutio Oratoria
Después de retirarse de la enseñanza profesional, Quintiliano concentró buena parte de su experiencia en la obra que aseguraría su lugar en la historia: la Institutio Oratoria, conocida en español como Institución oratoria. Fue compuesta durante los últimos años de su vida profesional y publicada probablemente hacia el 95 d. C. Para entonces Quintiliano llevaba décadas vinculado a la retórica como estudiante, abogado y profesor, de modo que la obra constituye en gran medida la sistematización de toda una vida dedicada a estudiar cómo se forma un buen orador.
Quintiliano explica que decidió escribir porque existía interés en conocer sus ideas sobre la educación y la retórica. Sin embargo, su proyecto terminó siendo muchísimo más ambicioso que un simple manual para aprender a pronunciar discursos. Su intención fue seguir todo el proceso de formación del orador, comenzando prácticamente desde el nacimiento y terminando con el profesional completamente formado. Por eso la Institutio Oratoria es simultáneamente una obra sobre educación, literatura, lenguaje, argumentación, ética y retórica.
La obra está dedicada a Marco Vitorio Marcelo, una figura prominente de la Roma de Domiciano. Quintiliano presenta su tratado también pensando en la educación del hijo de Marcelo. Esto refuerza una característica fundamental del libro: no está escrito solamente para profesores profesionales de retórica, sino también para quienes tienen la responsabilidad de formar a una nueva generación.
La Institutio Oratoria está dividida en doce libros. El primero comienza con algo sorprendente para quien espera encontrarse inmediatamente con técnicas de persuasión: la educación del niño. Quintiliano habla de los padres, las nodrizas, el aprendizaje del lenguaje, la lectura, la escritura, la elección de maestros y la conveniencia de la educación pública frente a la enseñanza exclusivamente doméstica. Para él, la formación del orador comienza mucho antes de que el estudiante pronuncie su primer discurso.
El Libro II aborda progresivamente la transición hacia la enseñanza de la retórica. Quintiliano analiza el papel del maestro, los primeros ejercicios del estudiante y la naturaleza misma de la retórica. Aquí empieza además a defender una idea fundamental: la retórica no debe entenderse como una simple técnica que permite persuadir independientemente de la verdad o de la moralidad. La verdadera retórica debe estar vinculada al hablar bien y, en última instancia, al carácter del orador.
Los Libros III al VII constituyen buena parte del núcleo técnico de la obra. Quintiliano estudia los diferentes géneros de discurso, la búsqueda de argumentos, la organización del material y las distintas partes de una intervención oratoria. Aquí aparece con fuerza su experiencia jurídica. Analiza cómo presentar los hechos, establecer el punto central de una controversia, utilizar pruebas, responder a los argumentos contrarios y construir una estrategia adecuada para cada caso.
Los Libros VIII y IX están dedicados principalmente a la expresión y el estilo, la elocutio. Quintiliano examina la elección de palabras, las figuras retóricas, los tropos y la construcción de las frases. Pero vuelve a insistir en que el estilo no debe convertirse en un fin en sí mismo. Una expresión excesivamente ornamentada puede perjudicar el discurso si distrae de aquello que el orador intenta demostrar. La belleza del lenguaje debe estar subordinada a la claridad, la adecuación y la eficacia.
El Libro X es uno de los más conocidos actualmente porque contiene una extraordinaria reflexión sobre la lectura y la imitación de los grandes escritores. Quintiliano realiza allí una especie de recorrido crítico por la literatura griega y latina, comentando poetas, historiadores, filósofos y oradores. Homero, Demóstenes, Platón, Virgilio y especialmente Cicerón aparecen como grandes referentes. No propone copiarlos mecánicamente: el estudiante debe comprender qué hace excelente a cada autor y aprender de diferentes modelos hasta desarrollar su propia capacidad.
En este mismo contexto aparece su famosa valoración de Séneca. Quintiliano reconoce su inteligencia y talento, pero considera peligroso que los estudiantes jóvenes lo adopten como principal modelo estilístico. Le preocupaban particularmente su gusto por las frases breves y brillantes y la búsqueda constante del efecto. Quintiliano prefería como fundamento educativo el estilo más amplio, equilibrado y argumentativamente desarrollado que encontraba en Cicerón.
El Libro XI estudia cuestiones fundamentales para transformar un texto escrito en una verdadera actuación oratoria. Aquí aparecen la memoria y la pronunciación o actio. El orador debe saber recordar un discurso, controlar la voz, utilizar adecuadamente los gestos, adaptar su expresión facial y comprender cómo su propio cuerpo participa en la persuasión. Para Quintiliano, un argumento excelente podía perder buena parte de su fuerza si era presentado de manera deficiente.
Finalmente, el Libro XII presenta al orador completamente formado. Es aquí donde culmina todo el proyecto educativo. Quintiliano adopta la célebre definición asociada a Catón el Viejo del orador como:
vir bonus dicendi peritus,
es decir, «un hombre bueno, experto en hablar».
Esta fórmula resume prácticamente toda la obra. Quintiliano no quiere producir simplemente un individuo capaz de persuadir. Una persona malvada que domina extraordinariamente las técnicas retóricas no representa su ideal de orador. La excelencia retórica necesita estar acompañada por la excelencia moral. Por ello, la educación que comenzó en el Libro I con un niño aprendiendo sus primeras letras termina en el Libro XII con un adulto que debe poseer conocimientos, experiencia, capacidad de expresión y virtud.
La Retórica
Para Quintiliano, la retórica no consiste simplemente en poseer la capacidad de convencer a otras personas. Esta cuestión era fundamental porque desde hacía siglos existía una discusión acerca de la verdadera naturaleza de la retórica. Si la definimos únicamente como el arte de persuadir, surge inmediatamente un problema: una persona puede persuadir diciendo algo falso o defendiendo una causa injusta. El éxito persuasivo, por sí mismo, no demuestra que alguien sea un buen orador.
Quintiliano analiza distintas definiciones propuestas anteriormente y termina defendiendo una fórmula que procede de la tradición retórica: la retórica es la bene dicendi scientia, es decir, aproximadamente, «la ciencia o conocimiento de hablar bien». La palabra «bien» resulta fundamental. No significa únicamente hablar de manera elegante o gramaticalmente correcta. Para Quintiliano, hablar bien posee también una dimensión moral. El verdadero orador debe poseer tanto capacidad técnica como un carácter adecuado.
Esta concepción responde en cierta medida a una antigua crítica contra la retórica. Desde Platón existía la sospecha de que el dominio de la persuasión podía transformarse en una herramienta peligrosa. Una persona suficientemente hábil podría conseguir que una audiencia aceptara una posición falsa o injusta. Quintiliano intenta solucionar el problema incorporando la virtud del orador a su propia concepción de la retórica. La formación técnica y la formación moral deben desarrollarse conjuntamente.
Sin embargo, esto no significa que Quintiliano desprecie la persuasión. Evidentemente, el orador pretende convencer. Su experiencia como abogado le permitía comprender perfectamente que un discurso forense busca obtener una determinada decisión de los jueces. Lo que rechaza es identificar completamente retórica y persuasión. Una persona puede persuadir accidentalmente sin conocer retórica y, a la inversa, un excelente orador puede realizar técnicamente un magnífico discurso y aun así perder una causa por factores que escapan a su control.
La retórica es para Quintiliano un arte que puede aprenderse. Existe ciertamente una disposición natural: algunas personas tienen mejor memoria, mayor facilidad verbal o una voz especialmente adecuada. Pero el talento natural no basta. El futuro orador necesita educación, conocimiento de los grandes autores, ejercicios constantes y experiencia. La naturaleza proporciona determinadas capacidades; la enseñanza debe desarrollarlas.
Quintiliano recoge además la tradicional división de la actividad retórica en cinco grandes partes: inventio, dispositio, elocutio, memoria y actio o pronuntiatio. Estas categorías permiten comprender todo el proceso que existe detrás de un discurso.
La inventio consiste en encontrar qué decir. El orador debe descubrir los argumentos, pruebas y recursos que resulten útiles para defender su posición. Imaginemos un juicio: antes de preocuparse por utilizar palabras elegantes, el abogado necesita determinar qué hechos favorecen a su representado, qué pruebas puede utilizar, cuál será probablemente el argumento contrario y cómo puede responderlo. Todo ese proceso pertenece fundamentalmente a la inventio.
La dispositio consiste en organizar aquello que hemos encontrado. Tener buenos argumentos no basta si están presentados de manera caótica. El orador debe decidir qué explicar primero, cuándo presentar las pruebas más fuertes, dónde responder al adversario y cómo terminar su intervención. La disposición convierte una colección de argumentos en un discurso estructurado.
La elocutio corresponde a la manera de expresar las ideas. Aquí aparecen la selección de palabras, la construcción de las frases, las figuras retóricas, los tropos y las diferentes cualidades del estilo. Quintiliano concede enorme importancia a esta dimensión, pero advierte contra el exceso de ornamentación. El lenguaje debe servir al argumento y no transformarse en un espectáculo que haga olvidar aquello que se intenta demostrar.
La memoria permite al orador retener el contenido y la estructura del discurso. En una cultura profundamente oral como la romana, esta capacidad tenía una importancia extraordinaria. El orador debía poder desarrollar intervenciones extensas sin depender constantemente de un texto escrito. Quintiliano analiza técnicas para organizar mentalmente la información y facilitar su recuperación durante el discurso.
Finalmente encontramos la actio o pronuntiatio, que corresponde a la ejecución del discurso. Aquí intervienen la voz, el ritmo, las pausas, la expresión facial, la mirada y los gestos. Para Quintiliano, un excelente argumento puede perder fuerza si es presentado de manera monótona o inadecuada. El orador persuade no solamente mediante las palabras que ha elegido, sino también mediante la manera en que las pronuncia.
Muerte
Después de retirarse de la enseñanza y dedicarse a la composición de la Institutio Oratoria, Quintiliano entró en una etapa de su vida sobre la que nuevamente poseemos poca información segura. Hacia mediados de la década del 90 d. C. era ya un hombre de aproximadamente sesenta años, con una larga carrera detrás de él como abogado, profesor y escritor. Había alcanzado un prestigio considerable en Roma y había estado relacionado incluso con la educación de jóvenes pertenecientes al entorno de la familia imperial.
La Institutio Oratoria fue terminada probablemente hacia el 95 d. C. y constituye nuestra principal referencia para esta última etapa de su vida. Para entonces Quintiliano había sufrido las pérdidas de su esposa y de sus dos hijos, de modo que sus circunstancias familiares habían cambiado dramáticamente. A pesar de ello, consiguió completar los doce libros de su gran tratado, reuniendo en ellos buena parte de los conocimientos acumulados durante décadas de enseñanza y práctica oratoria.
Durante estos años continuó el reinado de Domiciano, emperador desde el 81 hasta el 96 d. C. Como vimos, Quintiliano estuvo relacionado con la casa imperial y habla favorablemente de Domiciano en su obra. Sin embargo, no sabemos con precisión cómo experimentó personalmente los últimos y más represivos años de aquel gobierno. Conviene evitar atribuirle una oposición secreta al emperador, porque no disponemos de evidencia que permita demostrarlo.
Domiciano fue asesinado en septiembre del 96 d. C., y el Senado reconoció como emperador a Nerva. Con ello comenzó una nueva etapa política para Roma. Es probable que Quintiliano todavía estuviera vivo durante estos acontecimientos, aunque a partir de este momento las noticias acerca de él se vuelven extraordinariamente escasas.
Existe además una cuestión complicada respecto de otras obras atribuidas a Quintiliano. Han llegado hasta nosotros dos colecciones conocidas como Declamationes Maiores y Declamationes Minores, las Declamaciones mayores y Declamaciones menores. Tradicionalmente fueron transmitidas bajo su nombre, pero la autoría quintilianea es discutida y actualmente no deben presentarse simplemente como obras indudablemente escritas por él. Probablemente reflejan, al menos en parte, el ambiente de enseñanza retórica relacionado con su época y tradición.
Quintiliano también había escrito anteriormente una obra titulada De causis corruptae eloquentiae, aproximadamente «Sobre las causas de la corrupción de la elocuencia». Desgraciadamente, esta obra se ha perdido. Por lo que podemos reconstruir, allí habría abordado el problema del deterioro que percibía en la oratoria contemporánea. Su pérdida es especialmente lamentable porque probablemente nos habría permitido comprender mucho mejor sus opiniones sobre la cultura literaria y retórica de su época.
También circularon textos de carácter retórico vinculados con sus enseñanzas que Quintiliano no necesariamente había preparado personalmente para publicación. Esto ayuda a comprender una de las razones por las que decidió elaborar la Institutio Oratoria: quería presentar de manera organizada y autorizada su propia concepción de la educación y de la retórica, en lugar de depender exclusivamente de materiales derivados de sus clases.
Sobre la fecha exacta de su muerte no poseemos certeza. Tradicionalmente suele situarse alrededor del año 100 d. C., aunque algunas reconstrucciones permiten extender su vida algunos años dentro del siglo II. Por ello es preferible decir que murió hacia finales del siglo I o comienzos del siglo II d. C., probablemente durante los primeros años de la dinastía Antonina o poco antes de su consolidación.
Tampoco conocemos con seguridad dónde murió ni cuáles fueron las circunstancias de su muerte. No existe un relato antiguo comparable al que poseemos para personajes políticos o militares. Quintiliano simplemente desaparece progresivamente de nuestras fuentes. Esto resulta bastante característico de su biografía: conocemos muchísimo mejor sus ideas como educador que los acontecimientos privados de sus últimos años.
Su vida había recorrido, sin embargo, una trayectoria extraordinaria. Había nacido en Hispania hacia el 35 d. C., se había formado en Roma, había regresado a su provincia, vuelto posteriormente a la capital, ejercido como abogado, enseñado retórica durante aproximadamente veinte años, alcanzado reconocimiento imperial, formado a miembros de las élites y finalmente compuesto uno de los tratados educativos más importantes conservados de la Antigüedad.
Además, su vida atravesó un período políticamente extraordinario. Quintiliano nació durante los últimos años de Tiberio, vivió los gobiernos de Calígula, Claudio y Nerón, presenció la crisis del Año de los Cuatro Emperadores, desarrolló gran parte de su carrera bajo Vespasiano y Tito y alcanzó su madurez durante Domiciano. Si sobrevivió hasta alrededor del año 100, habría conocido además los gobiernos de Nerva y los comienzos del de Trajano.
Conclusión
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