viernes, 22 de mayo de 2026

Najmánides - Comentarios sobre la Torá (Génesis 1)

Comentarios sobre la Torá

Génesis 1

En este comentario, Najmánides comienza con una pregunta fundamental sobre el propósito mismo de la Torá: si es un libro que contiene mandamientos y normas, ¿por qué inicia con el relato de la creación? Citando la explicación tradicional recogida por Rashi, señala que el relato de la creación establece una idea esencial: “El mundo entero pertenece al Santo, bendito sea Él. Lo dio a quien quiso y, según Su voluntad, lo quitó y lo dio a otros.” La creación, entonces, no solo explica el origen del universo, fundamenta la soberanía absoluta de Dios sobre la historia y sobre la tierra.

Sin embargo, Najmánides considera que existe un problema más profundo. Introduce una objeción señalando que el comienzo del Génesis sí era necesario porque “esto es la raíz de la fe”.  El relato de la creación no es simplemente un antecedente narrativo; constituye el principio que sostiene toda la religión. Si Dios no creó el mundo, la relación entre Dios y la realidad cambia completamente. 

Pero Najmánides introduce una dimensión todavía más compleja cuando afirma que “el proceso de la creación es un misterio profundo”.  Su propósito es señalar que el Génesis no puede leerse únicamente como una descripción literal de acontecimientos materiales. La creación pertenece a un orden de conocimiento oculto y su comprensión completa no surge simplemente de la lectura del texto.

Más adelante refuerza esta idea al señalar que quienes conocen estos misterios “están obligados a ocultarlos”. Para Najmánides la Torá posee niveles internos de significado que no están disponibles de manera inmediata para cualquier lector.

El relato completo de Génesis sirve para mostrar un patrón permanente en la historia humana. El eje de esta idea aparece en la afirmación: “cuando un pueblo continúa pecando debe perder su lugar y otro pueblo heredar su tierra.”

Para Najmánides, la historia de Adán, del Edén, del diluvio y de la dispersión de los pueblos no son relatos aislados, son ejemplos sucesivos de un mismo principio: la relación entre conducta moral y permanencia en la tierra. Adán pierde el Edén debido a su transgresión; la generación del diluvio pierde el mundo que habitaba por su corrupción; los descendientes posteriores son dispersados por sus actos. 

La posesión del territorio no depende únicamente de la herencia biológica o del poder político, mas bien de una dimensión ética y espiritual. Introduce entonces una cita central: “Él expulsó a quienes se rebelaron contra Él y estableció allí a quienes le servían.” 

Sin embargo, Najmánides introduce algo muy interesante: esta misma regla también amenaza a Israel. La elección no constituye un privilegio incondicional. Lo expresa mediante una imagen poderosa: “la tierra los vomitará.” La tierra prometida no es un territorio que garantice seguridad automática; exige una relación moral con Dios. Así, la elección implica también responsabilidad.

Citando a los sabios afirma: “Declarar el poder del proceso de creación a un ser humano es imposible.” Con esto retorna a una idea central de su pensamiento: aunque la Torá narra la creación, no revela completamente su mecanismo interno. El Génesis ofrece indicios, símbolos y acontecimientos visibles, pero el misterio profundo de cómo surge el ser permanece más allá de la comprensión humana ordinaria.

Cita a Rashi, quien recoge una interpretación rabínica según la cual el mundo fue creado “por causa de la Torá” y “por causa de Israel”, ambos llamados reshith (“principio” o “primicia”). Sin embargo, Najmánides advierte que estos comentarios no deben entenderse superficialmente. Dice explícitamente que este Midrash es “muy oculto y secreto”

Luego presenta varios ejemplos donde los sabios relacionan reshith con las primicias, los diezmos o la ofrenda de masa, y señala que todas estas interpretaciones tienen un significado común y oculto. El punto central aparece cuando afirma que “bereshith alude a la creación del mundo por diez emanaciones” y especialmente a la emanación de la Sabiduría, citando: “El Señor fundó la tierra mediante la sabiduría.”

La creación ya no es vista como un acto simple y directo, sino como una manifestación gradual de principios divinos. La Sabiduría aparece como el fundamento a partir del cual la realidad adquiere orden y existencia. El universo no surge de manera caótica; posee una arquitectura espiritual previa.

Más adelante conecta esta idea con Israel y Moisés, pero lo hace en un sentido muy distinto de una elección puramente nacional o histórica. Israel representa una realidad espiritual más amplia y Moisés ocupa un lugar privilegiado porque “contempló aquello que es llamado reshith”. El conocimiento de Moisés no consiste solamente en recibir leyes; implica una comprensión más profunda de la estructura divina que sostiene la realidad.

Sin embargo, Najmánides inmediatamente vuelve a poner límites y afirma que “es imposible discutir esta explicación extensamente por escrito.” Esto es muy importante porque muestra una tensión constante en su pensamiento: quiere revelar algo del misterio, pero simultáneamente protegerlo. Enseña y oculta al mismo tiempo.

Afirma que Dios creó “de la absoluta no-existencia” y añade que la lengua sagrada posee un verbo específico para ello: bara (“crear”). Con esto Najmánides establece una diferencia fundamental entre crear y formar. Crear significa producir algo donde antes no existía absolutamente nada; en cambio, formar u ordenar consiste en trabajar sobre algo ya existente. 

Dios no creó todas las cosas individualmente desde la nada. Creó primero una sustancia primordial extremadamente sutil, descrita como “una sustancia muy tenue, desprovista de corporeidad, pero con potencia para asumir forma”. Esta sustancia, que identifica con la hyly (materia prima de la filosofía griega), funciona como un principio potencial desde el cual posteriormente emerge toda la realidad material.

Najmánides adopta categorías filosóficas —materia y forma, potencia y acto— pero las transforma profundamente. En Aristóteles la materia es eterna; en Najmánides esa materia misma es creada. Conserva la estructura filosófica, pero elimina la eternidad del universo.

Después pasa a interpretar las palabras tohu y bohu, que normalmente se traducen como “desorden y vacío”. Sin embargo, para él no describen simplemente caos. Señala que tohu corresponde a la materia primordial todavía indeterminada, mientras que bohu corresponde a una realidad que ya comienza a asumir forma: “bo hu”, es decir, “en ello hay algo”. Así el aparente vacío del Génesis deja de ser una ausencia absoluta; representa una realidad potencial aún no estructurada.

Najmánides desarrolla entonces una cosmología completa. Afirma que los cielos y la tierra fueron creados inicialmente como dos sustancias fundamentales y que luego todas las cosas fueron organizadas a partir de ellas. Más adelante interpreta incluso los elementos presentes en el texto: la oscuridad corresponde al fuego elemental, el abismo al agua y el espíritu al aire. 

Toda la creación comenzó como “un punto muy pequeño” desde el cual surgió el universo. Para Najmánides el universo visible es una expansión progresiva de una realidad inicial extremadamente simple.

Finalmente vuelve a su dimensión mística y afirma que Bereshit alude secretamente a la Sabiduría (Jojmá), que llama “la cabeza de todos los comienzos”. Con esto la creación deja de ser únicamente un proceso físico: la Sabiduría divina aparece como el principio mediante el cual la realidad adquiere orden y existencia.

Génesis 1:3 ''Y Dios dijo: Sea la luz; y se hizo''

Najmánides pasa desde el problema de la materia primordial al problema de la acción creadora misma: ¿qué significa que Dios “dijo” algo? Najmánides afirma que “la palabra ‘decir’ aquí indica voluntad”, y además puede entenderse como pensamiento. Dios no habla porque necesite sonidos o lenguaje humano; el “decir” divino expresa un acto interno de voluntad e inteligencia.

La expresión “Y Dios dijo” no describe una voz que resuena en el vacío cósmico. Lo que intenta comunicar es un acto intelectual perfecto mediante el cual la realidad pasa a existir. Por eso añade algo muy importante: “la creación no fue hecha con esfuerzo.” Dios no trabaja ni lucha para producir el universo; la creación ocurre mediante una voluntad absolutamente eficaz.

Luego Najmánides introduce una idea muy interesante al señalar que los sabios llamaron a este proceso “pensamiento”, indicando que “hay una razón para todo lo creado.” La realidad no aparece como una expresión espontánea o irracional del poder divino. Cada cosa creada posee una finalidad y un orden interno. La creación está estructurada por una inteligencia previa.

Más adelante explica la expresión “Sea la luz”, afirmando que la luz surge desde la materia creada inicialmente. La luz no aparece como una creación totalmente separada, es como una manifestación que procede de aquella sustancia primordial que Dios había producido desde la nada. La creación comienza a verse como un despliegue gradual: primero existe una realidad potencial, luego esa realidad adquiere formas sucesivas.

Después introduce una observación muy llamativa sobre la frase “Y hubo luz”, señalando que aquí no aparece la expresión “y fue así”, presente en otros días de la creación. Dice que esto ocurre porque “la luz no permaneció en ese estado todo el tiempo.” Aunque evita desarrollar completamente la idea, señala que los sabios vieron aquí “un secreto profundo.” La sugerencia es que esta primera luz posee una naturaleza distinta a la luz física ordinaria. 

Afirma que los seis días de la creación son días reales, compuestos de tiempo verdadero, rechazando una lectura que los transforme únicamente en símbolos. Pero agrega inmediatamente una segunda lectura: “las emanaciones que proceden del Altísimo son llamadas días.”

Los días dejan de ser únicamente períodos cronológicos y pasan a representar grados mediante los cuales la realidad emerge progresivamente desde Dios. Sin embargo, Najmánides coloca un límite y admite humildemente: “nuestro conocimiento de ello es menor que una gota frente al vasto océano.”

Génesis 1:4 ''Dios vio que la luz era buena y separó la luz de la oscuridad''

¿Qué significa realmente que “Dios vio que la luz era buena”? El problema que intenta resolver es que una lectura superficial podría hacer pensar que Dios crea primero algo y luego lo evalúa, como un artesano humano que observa su obra y decide posteriormente si le agrada o no. Por eso rechaza las interpretaciones de Rashi y Ibn Ezra porque, según él, podrían sugerir “un cambio de pensamiento y un nuevo consejo” en Dios.

Para Najmánides esto sería imposible, ya que implicaría imperfección o aprendizaje. Dios no descubre algo nuevo después de crearlo. Por ello redefine completamente el significado de las expresiones utilizadas en el relato de Génesis. Afirma que “la producción de las cosas hacia la existencia real es llamada ‘decir’ (amirah)”, mientras que “la permanencia de las cosas traídas a la existencia es llamada ‘ver’ (re'iyah)”.

Esta distinción es una de las ideas más profundas del comentario. El acto de decir hace existir; el acto de ver conserva la existencia. Así, cuando el texto dice: “Y Dios vio que era bueno”, no significa que Dios emitió un juicio posterior sobre la calidad de la creación, sino que expresó Su voluntad de que esa realidad continuara existiendo.

Najmánides incluso formula una idea metafísica muy fuerte cuando señala que “si esa voluntad se apartara de ellas por un instante, volverían a la nada.” Aquí la creación deja de entenderse como un evento único ocurrido en un pasado lejano. La existencia del universo aparece como una dependencia continua respecto de Dios. Las cosas no existen por sí mismas; permanecen siendo porque la voluntad divina las sostiene constantemente.

Luego pasa a explicar la separación entre luz y oscuridad. Rechaza la idea de que la oscuridad mencionada aquí sea la misma oscuridad primordial de los primeros versículos. Señala que ahora la oscuridad significa simplemente ausencia de luz, es decir, una condición derivada de la regulación del tiempo y no una sustancia independiente.

Afirma que “desde el momento en que alguna sustancia vino a existir, el tiempo ya era parte de ella.” Esta observación es extraordinaria porque el tiempo deja de ser una realidad eterna previa a la creación. El tiempo nace junto con el universo mismo. Antes de la existencia creada no habría sucesión temporal tal como la conocemos.

Génesis 1:5 “Y llamó Dios a la luz Día… Y hubo tarde y hubo mañana: un día”

Comienza afirmando que el versículo enseña que “el tiempo fue creado” y que Dios estableció la duración del día y de la noche. Esta observación es importante porque el tiempo deja de ser una realidad eterna o independiente. Para Najmánides, el tiempo no existía previamente esperando la creación; aparece junto con ella. La alternancia entre día y noche constituye el primer ritmo que organiza la realidad.

Luego analiza el verbo “llamó” (vayikra). Cita la interpretación de Ibn Ezra, quien sostenía que Dios dio nombres a las cosas creadas antes de la aparición de Adán, ya que posteriormente el ser humano daría nombres a los seres vivos. Sin embargo, Najmánides considera insuficiente esta explicación y propone otra interpretación más profunda.

Señala que el acto de llamar no consiste simplemente en asignar etiquetas o nombres, sino en establecer límites y funciones dentro del orden creado. Cita la tradición rabínica: “El día será tu límite, y la noche será tu límite.” Así, nombrar significa determinar la identidad y la esfera de acción de cada cosa. El acto creador no produce solamente existencia; produce orden.

Más adelante analiza la frase “Y hubo tarde y hubo mañana: un día.” Explica la etimología de ambas expresiones: la tarde (erev) se relaciona con mezcla o confusión porque las formas se vuelven difíciles de distinguir, mientras que la mañana (boker) se relaciona con discernimiento y examen porque la luz permite distinguir las cosas unas de otras.

La interpretación es interesante porque trasciende el plano físico y parece insinuar una dimensión simbólica. La oscuridad representa una condición de indistinción y la luz una condición de conocimiento. La creación comienza pasando de lo indeterminado hacia lo inteligible.

Finalmente Najmánides aborda una cuestión gramatical que podría parecer pequeña, pero que para él tiene importancia: el texto no dice “primer día”, sino “un día”. Explica que “primero” presupone una serie ya existente, mientras que “uno” no exige todavía la existencia de un segundo elemento. El primer día aparece así como una realidad única y completa en sí misma, el punto inicial desde el cual surgirán los demás días.

Génesis 1:6 ''Y dijo Dios: Haya un firmamento en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas''

Hasta este punto existía una materia primordial y diversos elementos todavía mezclados; ahora comienza un proceso de diferenciación y estabilización del cosmos.

Najmánides explica que Dios ordenó que la sustancia creada inicialmente desde la nada se convirtiera en un firmamento extendido como una tienda en medio de las aguas. La creación comienza con un acto inicial absoluto, y luego continúa mediante procesos sucesivos de organización y formación.

Para explicar esto cita una interpretación rabínica según la cual “los cielos estaban en una forma fluida el primer día, y en el segundo día se solidificaron.” El universo no aparece terminado instantáneamente; existe un desarrollo gradual desde una condición potencial e indeterminada hacia una realidad estable y ordenada.

Otra interpretación rabínica que menciona afirma: “Que el firmamento se vuelva como una placa.” La imagen de una lámina extendida sugiere algo desplegado o expandido. La función del firmamento no es simplemente ocupar espacio; existe para separar y ordenar.

Después Najmánides dirige la atención a la expresión “en medio de las aguas.” Señala que esto significa literalmente una posición intermedia entre las aguas superiores y las inferiores. Pero aquí aparece uno de los temas más misteriosos de todo el comentario: la existencia de las “aguas superiores”.

Explica que el firmamento se encuentra equidistante entre ambas regiones y añade que las aguas superiores permanecen suspendidas “por el mandato de Dios.” Esto indica que el orden cósmico no se sostiene por una necesidad natural independiente; depende continuamente de la voluntad divina.

Sin embargo, es precisamente aquí donde Najmánides se detiene deliberadamente y establece un límite. Dice claramente: “Esto forma parte del proceso de creación… no esperes que escriba algo acerca de ello.” Esta afirmación vuelve a mostrar una característica constante de su pensamiento: revelar parcialmente y luego detenerse frente al misterio.

Más adelante añade algo todavía más enfático: “es uno de los misterios de la Torá.” Con esto indica que el lenguaje sobre las aguas superiores probablemente posee un significado más profundo que una simple descripción física del cielo. Parece insinuar una estructura espiritual o metafísica que el texto bíblico menciona solo de forma velada.

Génesis 1:7 “E hizo Dios el firmamento… Y fue así”

En este comentario, Najmánides se concentra en una diferencia textual aparentemente pequeña, pero que considera teológicamente importante: el uso del verbo “hacer” (asi’yah) y la expresión “y fue así”.

Comienza explicando que “hacer” significa ajustar algo a su proporción requerida. Esto es importante porque vuelve a insistir en una idea que atraviesa toda su lectura del Génesis: Dios no está creando continuamente nuevas sustancias desde la nada. El acto inicial de creación absoluta ya había ocurrido; ahora el proceso consiste en ordenar, desarrollar y perfeccionar aquello que ya existe potencialmente. Hacer significa dar estructura y disposición adecuada a una realidad creada previamente.

Luego dirige la atención hacia un problema textual. En el primer día se dice: “Y dijo Dios: Sea la luz… y hubo luz.” Allí el efecto sigue inmediatamente a la orden divina. Pero en este caso aparece una secuencia distinta:

“Y dijo Dios: Haya un firmamento…”

y posteriormente:

“E hizo Dios el firmamento…”

y solo después:

“Y fue así.”

Najmánides considera que esta estructura no es accidental. Sostiene que “y fue así” tiene aquí una función especial: indicar permanencia. La frase no solo señala que algo ocurrió, decía que “sería así para todos los tiempos.”

Esta observación es importante porque muestra que el firmamento ocupa un lugar especial dentro de la organización del cosmos. 

Después critica la interpretación de Ibn Ezra, quien relacionaba la expresión “y fue así” con el versículo siguiente. Najmánides considera insuficiente esa explicación porque no resuelve la verdadera dificultad del texto.

Luego introduce una discusión rabínica muy interesante sobre Ben Zoma. Los sabios dicen que este versículo era difícil para él:

“¿No fue creado el mundo por la palabra?”

La dificultad surge porque en otros días la orden divina parece producir inmediatamente el resultado, mientras que aquí aparece un acto intermedio: “E hizo Dios el firmamento.”

La pregunta implícita es profunda: si la palabra divina basta para crear, ¿por qué aquí parece existir una acción adicional? Najmánides sugiere que detrás de esta dificultad puede existir “una interpretación secreta que él no quiso revelar.”

Nuevamente aparece una característica constante de Najmánides: cuando llega a ciertos puntos del relato de la creación, las explicaciones racionales parecen acercarse a un límite y comienzan a aparecer indicios de un significado oculto. La creación visible parece esconder una estructura metafísica más profunda.

Génesis 1:8 “Y llamó Dios al firmamento Cielos”

Señala que el nombre “cielos” fue dado en el segundo día porque solo entonces aquello creado comenzó a poseer una forma definida. Explica: “en el primer día los cielos todavía estaban en proceso de creación, pero el nombre no les fue dado hasta que asumieron esta forma.”

Para Najmánides, nombrar implica que algo ha adquirido una naturaleza determinada dentro del orden del cosmos.

Luego analiza la palabra hebrea shamayim (cielos) y propone una interpretación etimológica. Señala que el nombre puede entenderse como “aguas que se han condensado y extendido como una tienda.” Más adelante cita una interpretación rabínica: “shamayim significa shem mayim” (“nombre de las aguas”).

Después introduce una distinción extremadamente importante entre dos tipos de cielos. Señala que los “cielos” mencionados en el primer versículo de Génesis no son los cielos visibles o las esferas astronómicas ordinarias, sino unos cielos superiores, situados “sobre la Merkavá (el Carro Divino)”.

Sin embargo, inmediatamente Najmánides señala algo importante: “La Escritura no relató nada acerca de su creación.” Así como la Torá no explica la creación de los ángeles o de las inteligencias incorpóreas, tampoco desarrolla completamente estas realidades superiores.

Más adelante vuelve a introducir uno de sus temas recurrentes: los límites del conocimiento humano. Afirma que “hay un secreto sublime y oculto en el nombre ‘cielo’ y en el nombre ‘trono’.” La expresión es importante porque muestra que incluso palabras aparentemente simples contienen niveles ocultos de significado.

Finalmente termina con una idea que resume gran parte de su cosmología: “las primeras cosas fueron creadas de la nada, y el resto fue derivado de la primera sustancia creada.” Esta afirmación sintetiza todo el sistema de Najmánides: primero existe un acto absoluto de creación desde la nada; después ocurre un desarrollo progresivo mediante formas y transformaciones sucesivas.

Génesis 1:9 “Que las aguas debajo de los cielos se reúnan en un lugar y aparezca lo seco”

¿Por qué existe tierra visible si, según la naturaleza de los elementos, debería permanecer cubierta por las aguas?

Comienza señalando que el abismo (tehom) consistía originalmente en una mezcla de agua y arena semejante a aguas turbias. Luego Dios decreta que las aguas “se reúnan en un lugar” y que la arena se eleve y se vuelva tierra seca apta para ser habitada. 

Najmánides considera la posibilidad de que la tierra sea esférica, mencionando incluso que esto era sostenido por los griegos mediante argumentos racionales. 

Pero el punto central aparece cuando afirma que la situación actual de la tierra contradice la tendencia natural de los elementos. Explica que, por naturaleza, la tierra por su peso debería hundirse hacia el centro y el agua por su ligereza debería cubrirla completamente. Por ello afirma que aquí existen “dos decretos” o dos actos especiales de la voluntad divina.

La primera acción es:

“Que las aguas se reúnan en un lugar.”

La segunda:

“Que aparezca lo seco.”

Esto es muy importante porque para Najmánides el mundo no funciona exclusivamente por leyes naturales autónomas; el orden natural mismo descansa sobre una voluntad divina continua. La tierra habitable no es simplemente una consecuencia mecánica de los elementos; es una realidad mantenida por una disposición divina específica.

Originalmente estas realidades poseían un solo nombre colectivo: “el abismo”, y solo después recibieron nombres propios al adquirir formas determinadas. 

Génesis 1:10: "Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno."

Las cosas reciben su identidad definitiva cuando adquieren una forma y una función dentro del orden de la creación. Explica que el nombre natural de la tierra seca habría sido “yabashah” (“lo seco”), porque aparece cuando las aguas se separan; sin embargo, Dios le otorga el nombre “eretz” (“tierra”). La razón de este cambio es importante: ese nombre ya existía desde el comienzo y había servido para designar el conjunto de los elementos creados inicialmente. Ahora ese nombre se concentra específicamente en la tierra habitable.

Lo más interesante es la explicación que añade: “todos ellos fueron creados para la tierra, para que existiera una morada para el hombre, pues entre las criaturas inferiores solo el hombre reconoce a su Creador.”

Najmánides entiende la estructura de la creación como orientada hacia un propósito. Los elementos, las separaciones y el orden del cosmos convergen hacia la posibilidad de una realidad habitable donde pueda existir un ser capaz de reconocer a Dios. 

Luego comenta la expresión “reunión de las aguas”, explicando que Dios las llamó “mares” (yamim). Señala que el mar no designa simplemente agua, es una masa o acumulación organizada. 

Después llega a una expresión que Najmánides ya había comentado anteriormente:

“Y vio Dios que era bueno.”

Vuelve a insistir en una interpretación que considera fundamental. Explica que esto no significa que Dios examinó algo para decidir si le agradaba o no, sino que “su existencia continua dependía de Su voluntad.”

La frase “era bueno” equivale entonces a una afirmación de permanencia. 

Finalmente conecta esto con una observación rabínica interesante:

“¿Por qué no se dice en el segundo día ‘que era bueno’?”

La respuesta es que la obra relacionada con las aguas no quedó concluida hasta el tercer día. Por ello en el tercer día la expresión aparece dos veces: una por la culminación de la obra iniciada anteriormente y otra por la obra propia de ese día.

Genesis 1:11, “Y dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde…”

Najmánides explica que Dios “decretó que hubiera entre los productos de la tierra una fuerza que crece y produce semilla, para que las especies existan para siempre.” 

Luego menciona una tradición rabínica muy interesante:

“No existe una sola brizna de hierba abajo que no tenga una constelación en los cielos que la golpee y le diga: ‘Crece’.”

Najmánides no presenta esta afirmación como una simple imagen poética. Lo que intenta expresar es que el mundo inferior y el superior están conectados. El crecimiento visible de las plantas posee correspondencias con principios superiores. 

Después aparece una consecuencia ética y legal muy importante cuando comenta la expresión:

“según su especie.”

Afirma que esta frase constituye el fundamento de la prohibición bíblica de mezclar especies (kilayim), porque:

“quien las mezcla obra contra la potencia de la obra de la creación.”

Las leyes no son simples mandatos arbitrarios; reflejan la estructura interna de la realidad creada. Alterar los límites establecidos entre especies significaría intervenir en el orden que Dios imprimió en el mundo.

Más adelante entra en una discusión lingüística con Rashi acerca de los términos deshe y esev. Sin entrar únicamente en un problema gramatical, Najmánides propone una distinción dinámica: el deshe sería el crecimiento joven o inicial, mientras que esev sería la planta madura que ya produce semilla.

Finalmente plantea una pregunta sorprendente:

“¿Por qué la Escritura no mencionó los árboles estériles?”

Y menciona una tradición según la cual inicialmente incluso los árboles hoy estériles daban fruto, y solo después de la maldición posterior surgieron árboles improductivos.

Genesis 1:12, “Y vio Dios que era bueno”

En este breve comentario, Najmánides vuelve a una idea que ha desarrollado varias veces: la expresión “y vio Dios que era bueno” no significa que Dios evalúa algo después de crearlo, como si descubriera posteriormente su valor, sino que expresa Su voluntad de permanencia. 

Después Najmánides añade una observación interesante: “no hubo un día especial asignado para este mandamiento respecto de la vegetación sola.” La razón es que la vegetación constituye una manifestación de la misma tierra. La tierra sigue siendo una sola realidad “ya produzca algo o sea tierra salada.”

Genesis 1:14, “Y dijo Dios: Haya lumbreras en el firmamento de los cielos…”

Najmánides aborda una dificultad importante: si la luz ya había sido creada el primer día, ¿por qué aparecen el sol y la luna recién en el cuarto día? 

Explica que “la luz fue creada el primer día”, pero posteriormente el firmamento actuó como una separación que impidió que esa luz alcanzara directamente el mundo inferior. Por eso, cuando Dios ordena la aparición de las lumbreras, no está produciendo luz desde cero; está estableciendo instrumentos visibles que transmitirán esa luz hacia la tierra.

Najmánides afirma que Dios decretó que aquella luz inicial “se volviera corpórea”, es decir, que asumiera una forma material concreta mediante cuerpos luminosos: uno mayor para el día y otro menor para la noche. 

Después introduce una idea muy interesante: los cuerpos celestes podrían actuar como receptores o reflejos de una luz superior. Los compara con materiales que reciben y transmiten claridad, y por ello explica que el texto utiliza la palabra me’oroth y no simplemente orim. La sugerencia es que las lumbreras visibles no serían la fuente absoluta de la luz, sino vehículos o manifestaciones de algo más elevado.

Más adelante entra nuevamente en uno de sus temas místicos favoritos: la luz primordial. Rechaza la idea de que hubiera sido simplemente retirada al cuarto día y afirma que, según la tradición rabínica, “la luz primordial funcionó durante tres días.” Después de ello habría surgido una emanación secundaria a partir de la cual se formaron el sol y la luna.

La frase más importante aparece cuando señala:

“Este mundo no era digno de ser servido por esa luz primordial sin intermediario.”

La luz primordial deja de ser una realidad física ordinaria y adquiere un carácter casi espiritual. Su ocultamiento no representa una pérdida definitiva; queda reservada para los justos en el mundo venidero

Najmánides también comenta las funciones de las lumbreras descritas en el texto. Cuando el versículo dice:

“Y serán por señales”

explica que se refiere a signos y acontecimientos extraordinarios en el cielo y en la tierra.

Luego comenta:

“Y para estaciones”

relacionándolo con los ciclos naturales: siembra, cosecha, frío, calor, verano e invierno.

Y finalmente:

“Y para días y años”

explicando que los movimientos celestes establecen las medidas temporales mediante los ciclos solares y lunares.

Genesis 1:15, “Y sean por lumbreras en el firmamento de los cielos para alumbrar sobre la tierra”

Najmánides introduce una precisión aparentemente pequeña, pero que para él tiene un significado importante. Observa que el versículo añade explícitamente:

“para alumbrar sobre la tierra.”

Najmánides considera que esta expresión no es redundante. Explica que la luz podría existir en los cielos y cumplir otras funciones sin necesariamente iluminar la tierra. El texto quiere indicar que las lumbreras no fueron colocadas simplemente como cuerpos celestes visibles o como mecanismos para medir el tiempo; poseen una orientación específica hacia el mundo inferior.

Las lumbreras aparecen como instrumentos mediante los cuales aquella realidad luminosa alcanza el mundo terrestre. No basta con que exista luz; debe existir una luz dirigida y ordenada hacia un propósito determinado.

También puede verse una dimensión antropológica implícita. La tierra es el lugar donde existe la vida y donde habita el hombre, quien —como Najmánides había señalado antes— es el único entre las criaturas inferiores capaz de reconocer a su Creador. La iluminación de la tierra adquiere así un sentido más amplio: el orden celeste se dirige hacia el ámbito donde la creación alcanza su expresión más consciente. 

Genesis 1:16–17, “E hizo Dios las dos grandes lumbreras… y las puso Dios en el firmamento de los cielos”

Najmánides continúa aclarando la naturaleza de las lumbreras y realiza una distinción importante entre el firmamento mismo y los cuerpos luminosos que fueron colocados en él.

La frase clave es:

Esto nos enseña que estas lumbreras no fueron hechas del cuerpo del firmamento, sino que eran cuerpos puestos en él.”

La observación puede parecer pequeña, pero tiene una gran importancia dentro de su cosmología. Najmánides quiere evitar la idea de que el sol, la luna y las estrellas sean simplemente modificaciones o extensiones de la sustancia del cielo mismo. Para él poseen una existencia propia y diferenciada, aunque estén integrados dentro del orden celeste.

Esto continúa una línea que venía desarrollando anteriormente: Dios primero crea las estructuras generales y luego introduce dentro de ellas realidades particulares con funciones determinadas. El firmamento funciona como un ámbito o espacio ordenado; las lumbreras son entidades específicas establecidas dentro de ese orden.

También aparece una especie de jerarquía en la creación. Primero existe la materia primordial; luego el firmamento; posteriormente las lumbreras son “puestas” en él. 

Genesis 1:18, “Y para señorear en el día y en la noche, y para separar la luz de las tinieblas”

Najmánides profundiza en el significado del dominio de las lumbreras y distingue cuidadosamente entre iluminar y gobernar. La luz y el gobierno no son la misma función. El sol y la luna no existen únicamente para alumbrar el mundo visible; ejercen además una influencia activa sobre el orden de la creación.

Najmánides afirma que:

su gobierno sobre la tierra comprende los cambios que producen en ella y el poder de producir la existencia y el deterioro de las cosas en el mundo inferior.

El sol y la luna participan en los procesos de generación y transformación del mundo. Explica que el sol, mediante su dominio diurno, favorece el crecimiento, la propagación y el desarrollo de las cosas cálidas y secas, mientras que la luna influye sobre las aguas, las fuentes, los mares y las cosas húmedas y frías.

Es importante notar que Najmánides no está describiendo simplemente un mecanismo astronómico moderno. Está presentando una cosmología medieval donde el universo forma una unidad ordenada en la que las realidades superiores ejercen influencia sobre las inferiores. El cielo y la tierra no aparecen separados; están vinculados mediante relaciones constantes.

Después desarrolla una idea todavía más profunda cuando señala que el gobierno de las lumbreras podría incluir una “potencia de emanación”. Esto significa que los cuerpos celestes actuarían como canales mediante los cuales ciertas influencias llegan al mundo inferior. 

Sin embargo, Najmánides establece inmediatamente un límite muy importante. Aunque las estrellas posean determinadas influencias, afirma:

Todo ocurre por el poder del Altísimo y conforme a Su voluntad.”

Esta precisión es esencial. No sostiene una astrología independiente donde los astros gobiernen autónomamente el destino humano. Las fuerzas celestes permanecen subordinadas a Dios y actúan únicamente dentro del orden que Él establece.

Más adelante comenta la expresión:

para separar la luz de las tinieblas.”

Se distancia de la explicación de Ibn Ezra y propone que “luz” significa aquí el día y “tinieblas” la noche, retomando la denominación dada anteriormente en el relato de la creación.

Genesis 1:20, “Produzcan las aguas seres vivientes en abundancia, y aves que vuelen sobre la tierra”

Se concentra primero en el significado de la palabra sheretz (“enjambre”, “multitud que se mueve” o “seres que pululan”), porque considera que su sentido es mucho más amplio de lo que parecía en interpretaciones anteriores. Rechaza la explicación de Rashi y adopta una interpretación cercana a la de Onkelos: los sheratzim son llamados así por su movimiento continuo.

La frase importante es:

“Shratzim son llamados así por su constante movimiento.”

La observación parece lingüística, pero posee un significado más profundo. La vida animal comienza a diferenciarse aquí de las formas anteriores de existencia porque aparece un nuevo elemento: el movimiento autónomo. Hasta este momento la creación había producido tierra, vegetación y crecimiento; ahora surge una realidad capaz de desplazarse y actuar.

Najmánides incluso propone una etimología interesante:

“sheretz: aquello que corre.”

La vida se define por dinamismo. 

Luego analiza la creación de las aves y aborda una dificultad textual importante. Génesis parece relacionar a las aves con las aguas, mientras otro pasaje parece asociarlas con la tierra. Para resolver esto señala:

“En el quinto día el mandato de creación fue dado a las aguas.”

Por ello interpreta que las aves también poseen una relación originaria con el agua. Cita tradiciones rabínicas según las cuales las aves surgieron del agua o de los pantanos.

Más adelante aparece una de las ideas filosóficas más interesantes del comentario. Al hablar de peces y animales acuáticos afirma:

“tanto el cuerpo como el alma de los peces provienen de las aguas.”

En los animales, cuerpo y principio vital aparecen unidos dentro del proceso creador mismo. Pero respecto del hombre recuerda que Dios forma el cuerpo y luego insufla el aliento de vida. El ser humano recibe un tratamiento completamente distinto.

Después establece otra diferencia entre plantas y animales:

“la potencia de crecimiento que reside en las plantas no es un alma.”

Menciona esta postura, pero parece distinguir entre una fuerza de crecimiento y una auténtica alma viviente.

Conclusiòn

En conjunto, el comentario de Najmánides sobre los primeros capítulos del Génesis presenta la creación no como una simple secuencia de acontecimientos materiales, sino como un despliegue progresivo de un orden divino oculto. Todo comienza con una creación absoluta desde la nada y continúa mediante la formación, diferenciación y perfeccionamiento de la realidad: la materia recibe forma, la luz recibe dirección, el tiempo adquiere ritmo, la tierra se vuelve habitable y la vida surge en grados cada vez más elevados. Detrás de cada acto creador existe sabiduría, propósito y una estructura secreta que el texto apenas deja entrever. El universo entero aparece como una realidad sostenida continuamente por la voluntad divina, donde nada existe por azar y donde toda la creación avanza hacia una finalidad superior cuyo centro visible es el hombre, criatura capaz de reconocer a su Creador y contemplar el orden escondido en la obra de Dios.

jueves, 21 de mayo de 2026

Najmánides - Vida y obra (1194 - 1270)

Moshé ben Nahmán, más conocido como Najmánides o Rambán (1194–1270), fue uno de los más grandes pensadores judíos de la Edad Media, destacando como rabino, filósofo, médico, jurista, cabalista y comentarista bíblico. Nacido en la ciudad de Gerona, desarrolló una obra que combinó la tradición talmúdica, la interpretación bíblica, la reflexión filosófica y el misticismo judío. Vivió en una época marcada por intensos debates entre la filosofía aristotélica y la tradición religiosa, participando en importantes controversias teológicas y defendiendo la fe judía frente a críticas externas. Sus escritos ejercieron una profunda influencia en el pensamiento posterior, especialmente sus comentarios a la Torá, donde unió análisis literal, interpretación espiritual y elementos cabalísticos, convirtiéndose en una figura esencial para comprender la historia intelectual y religiosa del judaísmo medieval.


NAJMÁNIDES

VIDA Y OBRA

Ascendencia

Es difícil encontrar la ascendencia de Najmánides pero hay algunas cosas que podrían servirnos como antecedentes preliminares.

Respecto de su familia, las tradiciones genealógicas señalan que descendía de Isaac ben Reuben Albargeloni, talmudista y poeta, relacionado con círculos rabínicos contemporáneos de Isaac Alfasi. También se menciona que su madre era hermana de Abraham, padre de Yoná Gerondi, por lo que Najmánides y Yoná Gerondi habrían sido primos. Esto sitúa a Najmánides dentro de una red familiar de importantes eruditos y autoridades religiosas, lo que ayuda a comprender el ambiente intelectual en el que se formó.

Infancia

El nacimiento de Moshé ben Nahmán se sitúa tradicionalmente en el año 1194, en la ciudad de Gerona, que en ese momento formaba parte de la Corona de Aragón y constituía uno de los centros más importantes de la vida intelectual judía medieval. Gerona poseía una comunidad judía particularmente activa en el estudio del Talmud, la filosofía y las primeras corrientes cabalísticas, contexto que ejerció una influencia decisiva en su formación temprana.

Nació dentro de una familia, como habíamos señalado anteriormente, de prestigio rabínico y académico, vinculada a importantes linajes de eruditos judíos. Este entorno favoreció que desde muy joven recibiera una educación rigurosa en la interpretación bíblica, la ley judía y las tradiciones intelectuales hebreas. Años más tarde, aquel niño nacido en Gerona llegaría a convertirse en una de las figuras más influyentes del judaísmo medieval, uniendo exégesis bíblica, filosofía y misticismo en una obra que marcaría profundamente el pensamiento judío posterior.

Estudios

Los estudios de Moshé ben Nahmán comenzaron desde una edad muy temprana dentro del modelo educativo judío medieval, basado en el aprendizaje intensivo de textos religiosos y jurídicos. En Gerona recibió una formación rigurosa centrada primero en el estudio de la Torá, el Talmud y la tradición rabínica. Su educación no consistía únicamente en memorizar textos: implicaba discusión, análisis, comparación de interpretaciones y resolución de problemas legales derivados de la ley judía. Este método buscaba desarrollar la capacidad de razonamiento y argumentación más que la simple acumulación de información.

Maestros

Azriel de Gerona fue uno de los cabalistas más importantes del siglo XIII y una figura central de la llamada Escuela de Gerona, uno de los primeros grandes centros de desarrollo de la Cábala en la España medieval. Nació y vivió en Gerona, en Cataluña, donde se formó en las enseñanzas místicas que comenzaban a difundirse entre ciertos círculos de estudiosos judíos. Su influencia fue tan grande que llegó a ser considerado uno de los principales sistematizadores de la Cábala temprana.

Fue discípulo de Isaac el Ciego, una de las figuras más influyentes de los orígenes de la Cábala. Sin embargo, maestro y discípulo no coincidían plenamente en la forma de transmitir estos conocimientos. Isaac prefería que las enseñanzas cabalísticas permanecieran reservadas para un grupo muy reducido de iniciados, mientras que Azriel favorecía una difusión más amplia entre los estudiosos preparados para comprenderlas. Esta diferencia es conocida gracias a una carta conservada de Isaac el Ciego, en la que expresa sus reservas respecto de la divulgación de estos secretos.

Azriel también fue contemporáneo de Ezra ben Salomón y ejerció una profunda influencia sobre Moisés ben Nahmán. Debido a ello, ocupa un lugar fundamental en la historia intelectual del judaísmo medieval. A través de él, muchas ideas cabalísticas llegaron a incorporarse a la tradición sefardí y, posteriormente, a los comentarios bíblicos y teológicos de Najmánides.

Una de las características más notables de Azriel fue su esfuerzo por explicar la Cábala mediante un lenguaje filosófico. En una época en que los judíos estaban profundamente influidos por la filosofía aristotélica y neoplatónica, intentó mostrar que la tradición mística poseía una coherencia intelectual capaz de dialogar con las corrientes filosóficas de su tiempo. Gracias a ello, sus escritos presentan una terminología precisa y un estilo reflexivo que los distingue de otros textos cabalísticos más simbólicos o esotéricos.

Entre las ideas que desarrolló destaca la doctrina del Ein Sof, el Infinito divino que trasciende toda comprensión humana. Según Azriel, Dios en su esencia absoluta está más allá de cualquier atributo, nombre o concepto. Sin embargo, ese Dios infinito se manifiesta mediante las sefirot, que son las emanaciones o aspectos a través de los cuales la divinidad se hace presente en el mundo y permite la existencia de toda la creación. Estas enseñanzas se convertirían en pilares fundamentales de la Cábala posterior.

Toda la obra conocida de Azriel está dedicada a temas cabalísticos. Escribió comentarios al Sefer Yetzirá y diversos tratados sobre las sefirot, la creación y la naturaleza de Dios. Durante siglos, varios de estos escritos fueron confundidos con los de Ezra ben Salomón debido a la cercanía doctrinal y geográfica entre ambos autores. Los estudios modernos han permitido distinguir con mayor claridad sus respectivas contribuciones y reconocer a Azriel como uno de los pensadores más originales de la primera Cábala española.

Bajo la enseñanza de maestros como Judah ben Yakar y Nathan ben Meir de Trinquetaille, adquirió una sólida preparación en la Halajá (ley judía) y en la interpretación talmúdica. Durante esta etapa también asimiló las tradiciones intelectuales provenientes de las escuelas rabínicas francesas y españolas, que buscaban armonizar el estudio detallado del texto con la argumentación lógica.

Su formación, sin embargo, fue más amplia que la de un simple jurista religioso. Estudió filosofía, medicina, gramática hebrea y conocimientos científicos propios de la Edad Media. Aunque conocía el pensamiento filosófico de autores influyentes, mantenía una postura cautelosa frente a la excesiva dependencia de la filosofía racional. Consideraba que la razón humana era una herramienta valiosa, pero insuficiente para comprender plenamente los misterios divinos.

Otro aspecto decisivo de sus estudios fue su contacto con las primeras corrientes de la Cábala desarrolladas en Girona. Mientras muchos eruditos se limitaban al análisis legal y textual, Najmánides comenzó a integrar interpretaciones místicas de la Escritura, sosteniendo que la Torá contenía niveles profundos de significado oculto. 

Rabino y maestro

Tras completar su formación en las ciencias rabínicas, la filosofía y las primeras enseñanzas místicas, Najmánides comenzó a destacar rápidamente por su extraordinaria capacidad intelectual. A una edad relativamente temprana adquirió prestigio como jurista, comentarista y maestro, convirtiéndose poco a poco en una de las voces más respetadas del judaísmo medieval de Cataluña. 

Consideraba que las enseñanzas de los sabios de la Mishná, el Talmud y de los Geonim no debían ser sometidas a duda o crítica ordinaria. Según sus propias palabras, el creyente debía inclinarse ante ellos y aceptar sus enseñanzas incluso cuando la razón de ciertas afirmaciones no resultara completamente evidente. 

Esta posición probablemente tuvo varias causas. Por una parte, puede explicarse por su profunda religiosidad y por la influencia de las escuelas rabínicas del norte de Francia, caracterizadas por una gran fidelidad a las autoridades anteriores. Pero también parece haber sido una reacción al crecimiento de la filosofía greco-árabe entre los judíos de España y Provenza, especialmente tras la difusión de la obra Guía de los Perplejos de Maimonides. Mientras algunos pensadores comenzaron a interpretar numerosos relatos bíblicos de manera alegórica y a disminuir el carácter milagroso de las Escrituras, Najmánides adoptó una postura más conservadora. Defendió con fuerza la realidad histórica y espiritual de los milagros y sostuvo que la razón filosófica no debía reemplazar la autoridad de la revelación y de la tradición rabínica.

Esto no significa que Najmánides rechazara completamente la filosofía; conocía muy bien el pensamiento racional de su tiempo. Sin embargo, buscó establecer límites claros: la razón humana podía servir como herramienta para comprender ciertos aspectos de la realidad, pero no debía convertirse en juez supremo sobre la fe ni sobre la herencia espiritual recibida de los antiguos sabios.

Por otro lado, según los testimonios conservados en las responsa de Shlomo ibn Aderet, también habría estudiado medicina, disciplina que muchos sabios judíos medievales cultivaban junto con las ciencias religiosas. Durante su adolescencia su reputación como erudito empezó a extenderse, y hacia los dieciséis años ya había iniciado la redacción de obras jurídicas, algo notable para alguien de su edad.

Entre sus primeras obras destacó Milhamot Hashem (Guerras del Señor), texto en el que defendió las decisiones legales de Isaac Alfasi frente a las críticas de Zerachiah ha-Levi de Girona. Esta obra temprana ya permitía observar uno de los rasgos centrales que caracterizarían toda su producción intelectual: una enorme reverencia hacia las autoridades rabínicas del pasado.

Controversia maimonidiana

Hacia el año 1238, Najmánides fue llamado a intervenir en el conflicto surgido entre partidarios y opositores de Maimónides. La disputa se había intensificado después de que Solomon ben Abraham de Montpellier, crítico de ciertos aspectos del pensamiento filosófico maimonidiano, fuera excomulgado por seguidores de Maimónides. Debido a su enorme prestigio intelectual, Najmánides fue visto como una figura capaz de mediar entre las partes. En respuesta, escribió cartas dirigidas a las comunidades judías de Aragón, Navarra y Castilla, donde criticó duramente los excesos y agresividad que habían aparecido dentro del conflicto.

Sin embargo, Najmánides ocupó una posición compleja. Aunque mantenía importantes diferencias con Maimónides, especialmente en el grado de confianza otorgado a la filosofía racional, sentía un enorme respeto por él como autoridad religiosa y jurídica. Debe recordarse que cuando Najmánides nació, Maimónides tenía aproximadamente cincuenta y ocho años y ya era una figura de enorme influencia. Esa admiración, unida a su carácter moderado, impidió que se alineara completamente con los grupos antimaimonidianos.

En una carta dirigida a rabinos franceses, Najmánides elogió particularmente la obra Mishné Torá, señalando que lejos de suavizar las exigencias de la ley judía, en muchos casos incluso podía interpretarse como más rigurosa. Respecto de la Guía de los Perplejos, sostuvo que debía entenderse adecuadamente: no estaba destinada a creyentes firmes en su fe, sino a personas confundidas o influenciadas por la filosofía no judía, especialmente por las ideas de Aristóteles y Galeno.

Con el propósito de poner fin a la controversia, Najmánides propuso una solución intermedia: levantar las prohibiciones dirigidas contra el Mishné Torá, pero mantener restricciones sobre el estudio público de la Guía de los Perplejos, además de conservar ciertos límites respecto de interpretaciones alegóricas excesivas de la Biblia. Su intención era preservar la unidad comunitaria y evitar extremos doctrinales. Sin embargo, su propuesta fue rechazada por ambos bandos. Paradójicamente, ni los defensores más radicales de Maimónides ni sus opositores quedaron satisfechos con la mediación, demostrando que incluso la autoridad y prestigio de Najmánides tenían límites frente a divisiones intelectuales tan profundas.

Disputa de Barcelona

Hasta ese momento Najmánides había llevado una vida relativamente tranquila como rabino de Girona y posteriormente como una de las mayores autoridades religiosas de Cataluña. Sin embargo, en 1263 su vida cambió profundamente cuando fue convocado a defender públicamente el judaísmo frente a acusaciones formuladas por Pablo Christiani, un antiguo judío convertido al cristianismo que actuaba con el apoyo de Raymond de Penyafort y de la corte del rey Jaime I de Aragón.

Antes de aceptar, Najmánides exigió una condición esencial: libertad absoluta de expresión. Tuvo que viajar a Barcelona. El rey aceptó, y durante cuatro días —entre el 20 y el 24 de julio de 1263— se desarrolló el debate en presencia del rey, miembros de la corte y representantes de la Iglesia. Las cuestiones discutidas fueron centrales para las diferencias entre judaísmo y cristianismo: si el Mesías ya había aparecido, si el Mesías era una figura divina o humana y cuál de las dos religiones representaba la verdadera fe. Christiani contó con el apoyo de Raimundo de Peñafort, jefe de la Inquisición dominica en Aragón y Maestro de la Orden, y de Pedro de Juana, general de los franciscanos españoles. 

Pablo Christiani intentó demostrar la verdad del cristianismo utilizando pasajes talmúdicos y rabínicos, afirmando que los propios sabios judíos habrían reconocido a Jesús como el Mesías. Najmánides respondió que tales interpretaciones desfiguraban completamente el sentido original de los textos. Argumentó que si los sabios del Talmud realmente hubieran creído que Jesús era el Mesías, entonces ellos mismos habrían sido cristianos y no judíos. Además, sostuvo que las profecías mesiánicas anunciaban un futuro de paz universal y justicia que evidentemente aún no se había realizado.

Durante la disputa formuló también una de sus observaciones más conocidas y audaces: señaló que le parecía extremadamente difícil aceptar racionalmente la idea de que el Creador del universo hubiera nacido como un ser humano, crecido, sufrido y muerto. Afirmó que tales doctrinas eran aceptadas por costumbre y educación, pero que una persona que las escuchara por primera vez siendo adulta probablemente tendría dificultades para admitirlas.

Según numerosos relatos, la discusión pareció inclinarse a favor de Najmánides. El propio rey expresó admiración por su capacidad argumentativa y le entregó trescientas monedas de oro como muestra de respeto. Se conserva una famosa frase atribuida al monarca: 

“Nunca he visto a un hombre que, estando equivocado, defendiera tan bien su causa.”

Sin embargo, la victoria intelectual tuvo consecuencias dolorosas. Los dominicos declararon haber triunfado y denunciaron posteriormente ciertas expresiones utilizadas por Najmánides como blasfemias contra el cristianismo. Aunque el rey reconoció que Najmánides únicamente había repetido argumentos expuestos bajo la libertad que él mismo le había concedido, terminó siendo condenado al exilio. Inicialmente la sanción era de dos años, pero la intervención papal la convirtió prácticamente en un destierro permanente. Este hecho provocó que abandonara su tierra natal y emprendiera el camino hacia la Tierra de Israel, una experiencia que marcaría profundamente sus últimos años.

Después de la disputa

Tras las consecuencias de la Disputa de Barcelona y su posterior exilio, abandonó Aragón y permaneció durante algunos años entre Castilla y el sur de Francia. Finalmente, en 1267 emprendió su viaje hacia Eretz Israel buscando refugio y la posibilidad de vivir en la tierra que consideraba el centro espiritual del pueblo judío.

Al llegar a Jerusalén encontró una ciudad profundamente empobrecida y casi vacía de población judía. A pesar de esa situación, emprendió un esfuerzo por restaurar la vida religiosa y comunitaria. La tradición sostiene que estableció una sinagoga en la Ciudad Vieja, posteriormente conocida como la Sinagoga Rambán, considerada uno de los símbolos más importantes de la renovación de la presencia judía en Jerusalén. Más tarde se trasladó a Acre, donde desarrolló una intensa actividad educativa y reunió un círculo de discípulos alrededor suyo.

Su influencia fue tan amplia que personas de regiones muy alejadas acudían para escuchar sus enseñanzas. Algunas tradiciones incluso sostienen que miembros de grupos caraítas asistían a sus lecciones, aunque ciertos historiadores posteriores cuestionaron la exactitud de ese relato. Fue precisamente durante esta etapa cuando, con el propósito de despertar un renovado interés por el estudio bíblico, trabajó en la elaboración y revisión de su gran Comentario sobre la Torá, obra que terminaría convirtiéndose en una de las más influyentes del judaísmo medieval.

Sin embargo, aunque estaba rodeado de discípulos y admiradores, Najmánides experimentó profundamente el dolor del exilio. En una de sus cartas escribió palabras de gran carga emocional: “Dejé a mi familia, abandoné mi hogar... allí quedaron mis hijos e hijas, los dulces y queridos niños que crié junto a mis rodillas; allí quedó también mi alma.” Durante los tres años que permaneció en Tierra Santa mantuvo una constante correspondencia con España. En una carta dirigida a su hijo Nahmán describió la desolación de Jerusalén y señaló que apenas encontró dos habitantes judíos permanentes, dos hermanos dedicados al oficio de teñidores. En otras cartas dejó consejos morales a sus hijos: recomendó la humildad como la primera y más importante de las virtudes, insistió en la importancia de la oración diaria y advirtió especialmente sobre la necesidad de mantener una conducta moral íntegra. 

Rishonim

Moshé ben Nahmán perteneció al grupo de sabios conocidos como los Rishonim, término hebreo que significa literalmente “los primeros”. Esta denominación fue utilizada para designar a las grandes autoridades rabínicas medievales que sucedieron al período de los Geonim y precedieron a los Acharonim

Sin embargo, Najmánides no fue simplemente otro integrante más entre los Rishonim; llegó a convertirse en una de sus figuras más destacadas. Su singularidad radicó en que reunió áreas del conocimiento que a menudo aparecían separadas: dominó la Halajá o ley judía, desarrolló comentarios bíblicos de enorme profundidad y además incorporó enseñanzas místicas relacionadas con la Cábala. 

Nombres

Moshé ben Nahmán recibió varios nombres y títulos a lo largo de la tradición judía y de las fuentes medievales. Los más conocidos son:

  • Moshe ben Nahman (משה בן נחמן) → su nombre original hebreo, que significa “Moisés, hijo de Nahmán”.
  • Rambán (רמב״ן) → el nombre por el que es más conocido dentro del judaísmo. Es un acrónimo de Rabbi Moshe ben Nahman.
  • Rabenu Moshe ben Nahman → “Nuestro maestro Moisés hijo de Nahmán”, una fórmula de gran respeto.
  • Moses Gerondi o Moshe Gerondi → “Moisés de Gerona”, porque nació en Gerona.
  • Najmánides → forma latinizada utilizada posteriormente en estudios históricos occidentales.
  • Bonastruc ça Porta → nombre utilizado en documentos catalanes medievales. Algunos investigadores identifican a Najmánides con este nombre civil o administrativo, aunque ha existido discusión histórica sobre esa identificación.

Dentro de la tradición rabínica, la forma más habitual y respetuosa era simplemente Rambán. Del mismo modo que a Moses Maimonides se le conoce como Rambam, a Najmánides se le terminó llamando Rambán, nombre que con el tiempo prácticamente sustituyó a su nombre completo.

Muerte

La muerte de Moshé ben Nahmán ocurrió en la Eretz Israel alrededor del año 1270, después de haber superado los setenta años de edad; algunas tradiciones señalan que habría alcanzado aproximadamente los setenta y seis años. Sus últimos años transcurrieron dedicados a la enseñanza, la escritura y al fortalecimiento de la vida religiosa judía en Tierra Santa, después de una vida marcada por el estudio, la controversia intelectual y el exilio.

Sin embargo, el lugar exacto de su sepultura permanece envuelto en cierta incertidumbre histórica. Diversas tradiciones posteriores han señalado lugares distintos como sitio de su entierro. Algunas sostienen que fue enterrado en Haifa, otras mencionan Acre, mientras ciertas tradiciones lo sitúan en Hebrón o incluso en la llamada Cueva del Rambán. La falta de documentos definitivos ha impedido resolver completamente esta cuestión.

Pensamiento

Vida después de la muerte

Entre las doctrinas místicas que aceptó se encontraba la idea de la transmigración o reencarnación de las almas (gilgul neshamot). Según esta concepción, el alma puede volver a este mundo en más de una ocasión para completar una tarea espiritual o corregir aspectos que quedaron incompletos en una vida anterior.

Najmánides encontró indicios de esta doctrina en diversos pasajes bíblicos. Uno de los ejemplos más conocidos aparece en su interpretación del libro de Libro de Job. Basándose en las palabras: “Dios hace estas cosas dos y tres veces con el hombre, para hacer volver su alma del abismo y alumbrarla con la luz de los vivientes” (Job 33:29–30), sostuvo que el sufrimiento de Job podía entenderse desde la perspectiva de la reencarnación. El dolor humano no sería necesariamente un castigo inexplicable o injusto, sino que podría relacionarse con un proceso espiritual más amplio que se extiende más allá de una sola existencia.

Cábala

Aunque no fue el creador de la tradición cabalística, sí actuó como una de las figuras decisivas que la incorporó a la interpretación bíblica y al pensamiento rabínico medieval. Mientras el racionalismo de Maimonides buscaba explicar numerosos aspectos de la religión mediante la filosofía y la razón, Najmánides desarrolló una perspectiva que otorgaba un espacio mucho más amplio a las dimensiones ocultas y místicas de la Escritura. Por ello suele ser presentado como una de las principales figuras que se opusieron al racionalismo maimonidiano más extremo.

Su importancia para la Cábala posterior fue tan grande que muchos estudiosos consideraron que sus comentarios bíblicos contenían enseñanzas místicas muy condensadas y difíciles de comprender para lectores comunes. En particular, su famoso Comentario sobre la Torá está lleno de referencias breves y alusiones a doctrinas cabalísticas que frecuentemente aparecen sin una explicación extensa, pues Najmánides consideraba que ciertos conocimientos esotéricos no debían exponerse abiertamente.

Precisamente por esta dificultad interpretativa, siglos más tarde Yaakov Yehuda Aryeh Leib Frenkel escribió una obra titulada Gevuras Aryeh, publicada originalmente en 1915. Su propósito consistía en explicar y desarrollar sistemáticamente los conceptos cabalísticos presentes en el comentario de Najmánides a los cinco libros de Moisés. La existencia de una obra dedicada exclusivamente a aclarar estos elementos muestra hasta qué punto el pensamiento del Rambán fue considerado una fuente fundamental para comprender el desarrollo del misticismo judío.

Judaísmo ortodoxo

Dentro de la Halajá (ley judía) existe una distinción fundamental entre las leyes llamadas d'Oraita (de la Torá) y las leyes d'Rabanan (de los rabinos). Las primeras son consideradas mandamientos que provienen directamente de la revelación divina y pueden aparecer explícitamente en la Torá, derivarse mediante métodos tradicionales de interpretación o atribuirse a enseñanzas transmitidas a Moisés. Las segundas corresponden a normas establecidas posteriormente por las autoridades rabínicas para responder a nuevas circunstancias o proteger el cumplimiento de la ley religiosa.

El punto controvertido estaba en la naturaleza de la autoridad rabínica. Maimónides sostenía que la obediencia a las disposiciones de los rabinos poseía un fundamento bíblico directo. Según él, el mandato de obedecer a las autoridades religiosas aparecía ya establecido en la Escritura, por lo que el cumplimiento de las decisiones rabínicas era prácticamente una obligación de carácter divino.

Najmánides, sin embargo, adoptó una postura más matizada. No rechazaba la autoridad de los rabinos ni negaba que sus decisiones fueran obligatorias, pero consideraba excesivo equipararlas completamente con los mandamientos revelados por Dios. En su opinión, las disposiciones rabínicas eran vinculantes y debían obedecerse, aunque poseían un nivel normativo diferente y menos estricto que los preceptos directamente revelados.

Esta diferencia produjo consecuencias prácticas en la interpretación jurídica. La tradición talmúdica formuló una regla conocida: cuando existe duda respecto de una norma d'Oraita, debe adoptarse una interpretación más rigurosa; cuando la duda afecta una norma d'Rabanan, puede admitirse una interpretación más flexible. Muchas discusiones legales posteriores giraron precisamente en torno a determinar si una regla concreta pertenecía a una u otra categoría.

Los 613 mandamientos

Los 613 mandamientos (Taryag mitzvot, תריג מצוות) corresponden, según la tradición judía, al conjunto total de preceptos contenidos en la Torá dada por Dios a Moses en el Monte Sinaí. La idea tradicional sostiene que toda la ley revelada contiene exactamente 613 mandamientos, divididos en dos grupos:

  • 248 mandamientos positivos (mitzvot aseh) → ordenan realizar una acción: honrar a los padres, guardar el sábado, ayudar al necesitado, etc.
  • 365 mandamientos negativos (mitzvot lo ta'aseh) → prohíben determinadas acciones: no robar, no matar, no cometer falso testimonio, etc.

La tradición rabínica encontró además un simbolismo interesante en estos números:

  • Los 248 mandamientos positivos fueron asociados con las partes o miembros del cuerpo humano según antiguas concepciones rabínicas.
  • Los 365 mandamientos negativos fueron relacionados con los días del año solar.

La idea simbólica era que el ser humano entero —cuerpo y tiempo— debía orientarse hacia el servicio divino.

Sin embargo, aquí aparece un problema importante: la Torá nunca entrega una lista explícita diciendo: “estos son los 613 mandamientos”. El número surge de interpretaciones rabínicas posteriores. Una famosa tradición talmúdica afirma:

"Moisés recibió 613 mandamientos."

Pero el desafío estaba en determinar cuáles eran exactamente esos 613.

Por ejemplo:

  • ¿"Creer en Dios" es un mandamiento independiente?
  • ¿"Temer a Dios" es otro mandamiento separado?
  • Cuando la Torá repite una orden varias veces, ¿se cuentan varias mitzvot o una sola?
  • ¿Los mandamientos temporales cuentan o no?

Por esta razón aparecieron listas diferentes elaboradas por distintos sabios medievales.

Entre las más conocidas:

  • Maimonides escribió el Sefer HaMitzvot, donde estableció reglas precisas para determinar cuáles debían contarse.
  • Moshé ben Nahmán criticó varios criterios de Maimónides y añadió o eliminó ciertos mandamientos de la lista.

Najmánides decía algo muy interesante. Admitía que el conteo exacto era discutido entre los rabinos y que no existía total unanimidad, pero al mismo tiempo sostenía que el número 613 tenía una autoridad tradicional tan antigua y tan difundida que probablemente debía considerarse una enseñanza transmitida desde Moisés en el Sinaí.

Es decir, para Najmánides la pregunta no era tanto: “¿existen realmente 613?” sino más bien: “¿cómo debemos identificar correctamente esos 613?”.

Simeón y Levi

La historia comienza con la violación de Dinah por parte de Siquem, relatada en el libro del Génesis. Después del hecho, los hermanos de Dina, Simeón y Leví, reaccionaron con extrema violencia y mataron no solo a Siquem y a su padre Hamor, sino también a los hombres de toda la ciudad. Más tarde, en su lecho de muerte, Jacob no maldijo directamente a sus hijos, sino a su ira: «Maldita sea su ira, porque fue violenta» (Génesis 49). La tradición rabínica interpretó que el problema no era el celo moral en sí mismo, sino una fuerza justa dirigida hacia un objetivo equivocado.

Los comentaristas medievales discutieron intensamente cómo entender la legitimidad de aquella matanza. Maimónides sostuvo que los habitantes de Siquem podían considerarse culpables porque habían incumplido una de las leyes universales dadas a la humanidad, las llamadas leyes de Noé: el deber de establecer un sistema de justicia. Al no castigar el crimen cometido por Siquem, toda la ciudad se volvía responsable.

Najmánides rechazó esta explicación. En su opinión, ese razonamiento era insuficiente, porque el deber de establecer tribunales era un mandato positivo y su incumplimiento no justificaba automáticamente una pena de muerte colectiva. En lugar de ello, propuso otra posibilidad: los habitantes de la ciudad quizá habían cometido otros pecados graves, como idolatría o inmoralidad, lo que podría explicar una responsabilidad más amplia. 

Más adelante, Judah Loew ben Bezalel replanteó el problema desde otro ángulo. En vez de analizar el hecho como un castigo judicial, sostuvo que podía entenderse como un acto de guerra o represalia. Así, el debate dejó de girar únicamente en torno a la culpabilidad individual y pasó a incluir cuestiones relacionadas con la justicia colectiva y la naturaleza de los conflictos entre pueblos.

Parashá Vaerá

La palabra Parashá (פרשה, parashah) significa literalmente “sección”, “porción” o “parte separada”. Dentro de la tradición judía, la Torá —los cinco libros de Moisés— se divide en porciones semanales que son leídas y estudiadas a lo largo del año en las sinagogas. Cada semana se estudia una nueva parashá, de modo que al finalizar el ciclo anual se ha leído la Torá completa. Estas divisiones no son simples cortes editoriales; cada parashá suele constituir una unidad temática con una enseñanza particular.

Vaerá (וָאֵרָא) es el nombre de una de esas porciones semanales y corresponde a una parte del libro del Libro del Éxodo. El nombre proviene de sus primeras palabras: “Vaerá el Abraham, el Isaac y el Jacob…” (“Y me aparecí a Abraham, Isaac y Jacob…”, Éxodo 6:3). La expresión Vaerá significa literalmente “Y aparecí” o “Y me manifesté”.

La parashá Vaerá narra un momento decisivo de la historia bíblica: Dios reafirma su alianza con Israel, ordena a Moises enfrentar al faraón y comienzan las primeras plagas de Egipto. También introduce un tema teológico muy profundo: la diferencia entre cómo Dios se reveló a los patriarcas y cómo se revelará ahora a Moisés y al pueblo de Israel. Precisamente sobre esta diferencia desarrolló Najmánides una de sus interpretaciones más conocidas sobre los milagros ocultos y los milagros manifiestos.

En su explicación de Éxodo 6:3, donde Dios declara: «Me aparecí a Abraham, Isaac y Jacob como El Shaddai, pero por mi nombre YHVH no me di a conocer a ellos», Najmánides sostuvo que esta afirmación no significaba simplemente una diferencia de nombres, era una diferencia en la manera en que Dios se manifiesta en la historia.

Según Najmánides, bajo el nombre El Shaddai, Dios actuaba mediante lo que podrían llamarse milagros ocultos. Son acontecimientos extraordinarios que, aunque dirigidos por la providencia divina, pueden parecer parte del curso ordinario de la naturaleza para quien los observa externamente. Los patriarcas experimentaron este tipo de intervención divina: protección, bendiciones y acontecimientos providenciales que no destruían las leyes aparentes del mundo. En cambio, el nombre YHVH representaba una revelación más directa y poderosa del gobierno divino, manifestada mediante milagros abiertos, es decir, acontecimientos que suspenden o superan claramente el orden natural, como las plagas de Egipto o la apertura del mar.


Obras

Iggeret ha-Kodesh 

Entre las obras que tradicionalmente fueron asociadas a Moshé ben Nahmán se encuentra Iggeret ha-Kodesh (La Santa Epístola), un tratado dedicado a temas como el matrimonio, la santidad y las relaciones conyugales. Durante siglos se creyó que Najmánides había escrito esta obra como un regalo de bodas dirigido a su hijo. Sin embargo, numerosos estudios modernos han cuestionado esta atribución y consideran más probable que el texto haya sido escrito por Joseph ben Abraham Gikatilla u otro autor perteneciente a círculos cabalísticos medievales.

El tratado posee una gran relevancia porque presenta una comprensión particular de la sexualidad humana desde una perspectiva religiosa y mística. El autor critica ciertas interpretaciones atribuidas a Moses Maimonides, según las cuales los impulsos sexuales podían ser considerados elementos inferiores o vinculados principalmente con la naturaleza corporal del ser humano. Frente a ello, el texto sostiene una visión distinta: si el cuerpo y todas sus funciones fueron creados por Dios, entonces también participan de un carácter sagrado.

Desde esta perspectiva, las relaciones conyugales legítimas no aparecen como algo vergonzoso o puramente material, sino como una realidad que puede adquirir un significado espiritual. La unión entre hombre y mujer, realizada dentro de un marco de santidad y rectitud, es entendida como una participación en el orden divino mismo. Esta idea tuvo gran influencia sobre el pensamiento cabalístico posterior, donde la vida humana, incluso en sus aspectos corporales, pasó a ser interpretada como una expresión de dimensiones espirituales más profundas.

Comentario sobre la Torah

El Comentario sobre la Torá —los cinco libros de Moisés— fue la última gran obra de Najmánides y la que alcanzó mayor prestigio. En ella combinó interpretación literal, análisis lingüístico, enseñanzas rabínicas tradicionales y elementos místicos provenientes de la Cábala. Frecuentemente dialogaba con comentarios anteriores, especialmente con los de Shlomo Yitzchaki, a quien respetaba profundamente aunque no dudaba en señalar desacuerdos y proponer interpretaciones alternativas cuando consideraba que el texto bíblico permitía otra lectura.

El propio Najmánides explicó que escribió este comentario con varios propósitos. En primer lugar, deseaba satisfacer la curiosidad intelectual de los estudiantes y estimular su pensamiento mediante una lectura crítica del texto sagrado. En segundo lugar, buscaba justificar los caminos de Dios y revelar significados ocultos presentes en las Escrituras, pues sostenía que la Torá contenía misterios profundos y sabidurías escondidas. Finalmente, también pretendía ofrecer explicaciones claras y agradables que ayudaran a los fieles durante la lectura pública de la Torá en sábados y festividades.

Uno de los aspectos más célebres de este comentario aparece en su explicación de la creación del mundo. Najmánides sostiene que Dios creó todas las cosas a partir de la nada absoluta (creatio ex nihilo). Según su interpretación, inicialmente Dios produjo una sustancia extremadamente sutil, carente de corporeidad pero poseedora de potencialidad para recibir formas y desarrollarse. Identificó esta materia primordial con lo que los filósofos griegos denominaban hylē o materia. A partir de esta materia primera, Dios habría dado forma al universo entero. Resulta interesante observar que, aunque utilizó terminología filosófica griega, la subordinó completamente a la doctrina bíblica de la creación divina.

En esta obra también se hacen visibles sus diferencias con filósofos racionalistas, especialmente con Aristóteles y, en ciertos puntos, con Moses Maimonides. Mientras Maimónides tendía a interpretar algunos milagros bíblicos mediante explicaciones más racionales o simbólicas, Najmánides enfatizaba su carácter real y sobrenatural. Llegó a afirmar que nadie podía comprender verdaderamente la Torá de Moisés sin reconocer que tanto la vida colectiva como la individual están continuamente bajo la acción providencial de Dios.

Para Najmánides existían cuatro principios fundamentales que sostenían la fe: la creación a partir de la nada, la omnisciencia divina, la providencia divina y la realidad de los milagros. Estos elementos constituían, en su pensamiento, pilares esenciales de la comprensión religiosa del mundo.

También mantuvo debates con Abraham ibn Ezra. Criticó en ocasiones su actitud hacia la Cábala y algunas interpretaciones exegéticas, aunque simultáneamente manifestó una enorme admiración por su erudición. Curiosamente, el comentario no permaneció estático: estudios posteriores muestran que Najmánides revisó y modificó su obra en más de doscientos lugares, especialmente después de trasladarse desde España a Eretz Israel, lo que revela que seguía reconsiderando y profundizando sus ideas incluso en los últimos años de su vida.

Conclusión

La vida de Moshé ben Nahmán fue la de un hombre que caminó entre mundos: entre la ley y el misterio, entre la razón y la revelación, entre el estudio silencioso y las grandes controversias públicas. Jurista, comentarista, médico, filósofo y cabalista, defendió con firmeza la tradición sin renunciar a la reflexión profunda. Debatió con reyes, desafió corrientes intelectuales de su tiempo, sufrió el exilio y terminó sus días lejos de la tierra que lo vio nacer. Sin embargo, mientras su cuerpo envejecía y cruzaba fronteras, sus ideas seguían construyendo puentes entre generaciones. Najmánides no dejó únicamente libros: dejó una manera de comprender la fe, donde cada palabra de la Escritura podía ocultar un universo entero y donde, detrás de la historia visible, continuaba actuando el misterio de Dios.