lunes, 5 de diciembre de 2016

San Agustín de Hipona - Sobre la vida feliz (386)

No podía faltar en un cristiano el consejo de cómo llevar una buena vida en este mundo, para luego obtener el descanso eterno. Bueno, en realidad no es una cosa sólo de Cristianos, pues los filósofos más extraordinarios también hablaron de cómo llevar una buena vida, sin necesariamente recurrir a Dios. No hemos visto nada de cómo el cristianismo nos puede dar una buena vida en este blog, por lo que podríamos decir que es una nueva forma de ver la filosofía de vida. Veamos que nos tiene deparado el Doctor de la gracia en los siguientes apuntes de filosofía. 

SOBRE LA VIDA FELIZ


Capítulo I: Exhortación a la filosofía cristiana

Este es un libro dedicado a alguien llamado Teodoro (seguramente su discípulo), a quien Agustín exhorta y pide por favor guiarse por el rumbo de la filosofía. 

Primero le explica que hay tres clases de hombres que se acogen a la filosofía:

Primer hombre: los primeros son aquellos que apenas llegan a la edad apropiada de la lucidez, comienzan a integrarse a la filosofía por medio del estudio común de todos los ciudadanos, no necesitan mucho esfuerzo para captar la filosofía. 

Segundo hombre: los que se dejan llevar por la ''buena bonanza'' y creen que no necesitan nada más que su fortuna. Suele ser difícil despertar a estos a que sigan las lecturas de los grandes filósofos. 

Tercer hombre: este es uno que está en medio de los dos, por ejemplo, un adolescente que está perdido y no sabe si guiarse por el placer o la sabiduría. 

Estos hombres son llevados por distintas razones al estudio de la filosofía. Cada uno tendrá su modo de verla y sentirse atraído, pero lo mejor es que se vean así atraídos. 

El mismo Agustín fue uno de los primeros hombres, ya que en su lectura del Hortensio de Cicerón pudo conocer lo increíble que era la filosofía. Eso sí, Agustín reconoce que tuvo muchas dificultades para llegar a la verdad, pero las ganas y el ánimo de encontrarla a través de la filosofía siempre siguió. 

Finalmente, Agustín le dice a Teodoro que siga el camino de la filosofía si quiere conseguir la verdad, pues nadie quiere saber lo falso, sino lo verdadero. 


Capítulo II: El alma y la felicidad


En este capítulo encontramos a un nuevo personaje llamado Navigio quien es nada más ni nada menos que el hermano de Agustín

El alimento del cuerpo y del alma

Para empezar esta discusión, Agustín les pregunta si todo ser humano está hecho de cuerpo y alma, a lo que todos responden afirmativamente excepto Navigio, quien no cree que exista algo más allá del cuerpo. Para despejar las dudas de éste, Agustín pregunta si el alimento está relacionado con la parte del cuerpo que nos hace crecer. Se responde afirmativamente a esta cuestión, pues siempre vemos que el cuerpo crece y decrece con la ingesta del alimento. 

La gran pregunta está en pensar si el alma es la que tiene algún tipo de alimento. Uno de los discípulos responde que por un lado, el alma se alimenta de la ciencia, mientras que un conocido Trigecio nos dice que también se nutre de la imaginación y el pensamiento. 

Más que estas dos posturas que son bastante probables, Agustín nos da el punto de partida contrario diciendo que cuando el alma no se alimenta, esta se pone viciosa y crea hombres sin beneficio. Es decir, la maldad crece en ellos al no tener el alimento que necesita su alma. Entonces ¿Cuál es el alimento del alma? su alimento indudablemente es la virtud. 

La felicidad en el hombre

El siguiente tema es la felicidad del hombre en cuanto al deseo ¿Es feliz el hombre si tiene todo lo que desea? probablemente no, pues dar rienda suelta a los deseos puede acabar en un desastre. Sin embargo, un hombre que no tiene ninguna cosa, tampoco podríamos decir que es feliz. ¿Quién podrá ser feliz entonces? 

Seguramente, el hombre feliz será aquel que posea cosas imperecederas en vez de cosas perecederas. Ahora, el único que es imperecedero es Dios y por lo tanto, quien tenga a Dios en su interior podrá ser el hombre más feliz del mundo. 

Capítulo III: La castidad como cercanía a Dios

Este capítulo se hizo al día siguiente del libro anterior y comienza con una pregunta sobre el tema anterior ¿Quién tiene a Dios en su interior? Agustín responde que lo tendrá quien siga sus órdenes y tenga un corazón puro. 

El espíritu impuro se inicia en cada uno de nosotros de dos maneras; cuando el alma está comenzando a ser invadida por el frenesí y el furor (los sacerdotes tienen que exorcizar) y cuando ya está invadida de vicios y errores. Es muy difícil tratar de evitar esto y por esta razón, la castidad será la solución para no tener el espíritu impuro.

Dicha y aprobación 

Ahora, podemos preguntarnos ¿qué pasará con aquellos que buscan a Dios y que por lo tanto no lo tienen? Agustín asegura que no es que no lo tengan, pero están sin él. En todo caso, los que buscan a Dios serían propicios a él, pero no serían dichosos. En cambio, quien sí lo encontró es dichoso.

Tenemos tres clases de hombres según la dicha

Quien tiene a Dios: propicio y dichoso a Dios
Quien busca a Dios: no es dichoso ni propicio a Dios
Quien no busca ni tieneno es dichoso ni propicio a Dios

Con todo esto falta sólo una cosa por resolver y esa es si un hombre puede ser feliz teniendo a Dios, pero viviendo en la miseria. 


Capítulo IV: La miseria y el sabio

¿Será el miserable feliz? Lo que afirma Agustín es que el hombre que no tiene necesidad es feliz, mientras que el que tiene necesidades no lo es. 

Miserabilidad 

Un ejemplo de hombre dichoso y sin necesidades era Marco Tulio Cicerón quien lo tuvo todo en la vida, pero nunca necesitó o quiso más de lo que tuvo. Licencio estuvo de acuerdo parcialmente porque podría pensarse que Cicerón, al ser un hombre muy inteligente, sabía que sus bienes eran caducos. Agustín le responde inmediatamente que fue la misma ciencia lo que hizo que Cicerón, en este sentido, no fuera del todo feliz pues quien teme que sus bienes sean arrebatados no puede ser feliz. 

Eso sí, en este caso no se puede hablar de necesidad porque Cicerón no temía por necesitar bienes, sino de perder los que ya tenía. Lo que sí podríamos decir es que Cicerón era un necio. Sí, ¿en qué sentido? en el sentido que teniendo necesitaba y el necio no puede ser feliz, sino más bien desgraciado. Es mucho más miserable carecer de sabiduría que carecer de bienes. 

Concepto de ''tener''

El más desgraciado de los hombres sería aquel que necesita y encima es necio, pero, como no hay un término para ese concepto, San Agustín se refiere a ellos como ''los que tienen el no tener'', es decir, los que necesitan. 

Por otro lado, los que tienen el no tener lo tienen porque son necios, y los necios son desgraciados, por lo tanto, todo miserable es indigente (necesita cosas) además de infeliz. Por otra parte, también hay un hombre que lo desea todo excesivamente por lo que tenemos dos extremos: la avaricia y la miseria

Siguiendo un razonamiento ciceroniano, Agustín opta por calificar la a virtud y a la sabiduría en la moderación (o plenitud), pues esta está en medio de las dos cosas nombradas anteriormente:

Avaricia: extrema necesidad
Plenitud: sin necesidad
Miseria: extrema necesidad

Más ¿cómo podremos vincular a Dios en estas premisas? Agustín nos dice que la verdad debe ser medida. La verdad es la justa medida de las cosas y no extremos; por lo tanto, al ser moderados estamos más cerca de Dios, pues Dios es la verdad y la verdad es la justa medida. 

Conclusión

Creo que los últimos razonamientos obedecen al pensamiento aristotélico, ciceroniano y además plotiniano (más que propiamente platónico). Aquí vemos la apología al cristianismo en su máxima expresión, añadiendo algunos matices de la filosofía clásica. Yo pensé que un principio diría que los miserables sí eran felices al abrazar los principios cristianos, pero la verdad es que me sorprendió el revés filosófico que dio San Agustín. Siendo uno de sus primeros escritos, el obispo de Hipona nos muestra una vez más por qué se necesita adorar a Dios y no sólamente quedar en el lado de la filosofía. 

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