martes, 1 de septiembre de 2026

Porfirio - Vida y obra (232 - 304)

Porfirio de Tiro fue mucho más que un discípulo de Plotino: fue uno de los grandes organizadores y transmisores del pensamiento antiguo. Filósofo neoplatónico del siglo III, convirtió las complejas ideas de su maestro en una tradición capaz de atravesar los siglos y, con su célebre Isagoge, planteó problemas sobre los universales que marcarían profundamente a la filosofía medieval. Pero Porfirio también fue un pensador polémico: defendió una vida filosófica de purificación, cuestionó el cristianismo de su tiempo y buscó en Platón una vía para comprender el alma y su retorno a lo divino. Conocer a Porfirio es descubrir uno de los grandes puentes entre la filosofía griega y el mundo medieval.

PORFIRIO

Porfirio nació hacia el año 234 d. C. en Tiro, importante ciudad fenicia perteneciente entonces al Imperio romano, en una región marcada por el encuentro entre las culturas griega, romana y oriental. Su nombre original habría sido Malco (Malchus), término de origen semítico relacionado con la idea de «rey»; posteriormente recibiría el nombre griego Porfirio, tradicionalmente asociado al color púrpura y, de manera indirecta, a su nombre original. Sabemos muy poco sobre su infancia concreta: las fuentes antiguas no ofrecen detalles seguros sobre sus padres, hermanos o primeros años. Sin embargo, su posterior dominio del griego, su enorme cultura literaria y filosófica y su formación intelectual permiten pensar que recibió una educación griega sólida, probablemente dentro del ambiente culto de las ciudades helenizadas del Mediterráneo oriental. 

Después de una infancia sobre la que prácticamente no poseemos información directa, la figura de Porfirio comienza a hacerse algo más visible cuando nos acercamos a sus años de formación intelectual. Sin embargo, incluso aquí debemos ser prudentes: no conservamos una biografía antigua que relate detalladamente dónde estudió durante cada año de su juventud ni quiénes fueron todos sus primeros maestros. Buena parte de lo que podemos reconstruir procede de sus propios escritos, especialmente de la Vida de Plotino, y de testimonios posteriores. Lo que sí resulta evidente es que Porfirio recibió una educación griega extraordinariamente sólida, indispensable para comprender la amplitud de intereses que demostraría durante toda su vida.

Estudios

Aunque desconocemos el programa exacto que siguió Porfirio, podemos situarlo dentro de la paideia característica de las élites educadas del mundo grecorromano. La formación comenzaba normalmente con el dominio de la lengua: lectura, escritura, gramática y memorización. Pero aprender griego en este contexto significaba mucho más que adquirir una herramienta práctica. Los grandes textos literarios constituían el centro de la educación, y entre ellos Homero ocupaba una posición privilegiada. La Ilíada y la Odisea eran estudiadas no solamente como relatos, sino como modelos lingüísticos, literarios, morales y culturales.

Esto resulta particularmente importante en el caso de Porfirio porque posteriormente desarrollaría un notable interés por la interpretación filosófica y alegórica de Homero. Para él, un antiguo relato podía esconder significados mucho más profundos que los que aparecían inmediatamente ante el lector. Su obra Sobre la gruta de las ninfas en la Odisea, por ejemplo, interpreta filosóficamente el famoso pasaje homérico de la cueva de Ítaca. Detrás de una descripción aparentemente poética, Porfirio busca significados relacionados con el cosmos, las almas y su tránsito por el mundo sensible. Esa manera de leer presupone una familiaridad extraordinaria con la tradición literaria griega.

A la literatura se sumaban la gramática y la retórica. Un intelectual del siglo III necesitaba aprender a analizar palabras, distinguir significados, construir argumentos y comprender las diferentes formas de expresión. Esto ayuda a entender un rasgo que posteriormente caracterizaría a Porfirio: su preocupación por la precisión conceptual. Porfirio podía ser profundamente religioso y metafísico, pero también poseía una mente especialmente interesada en clasificar, distinguir y ordenar conceptos.

Precisamente esa combinación acabaría produciendo una de las paradojas más interesantes de su legado. El mismo hombre que escribió sobre la elevación del alma hacia lo divino terminaría siendo fundamental para la historia de la lógica. Su Isagoge, introducción a las Categorías de Aristóteles, se convertiría siglos después en uno de los textos básicos para el estudio de la lógica en la Edad Media.

El descubrimiento de la filosofía

En algún momento de su juventud, la educación literaria de Porfirio dio paso a un interés cada vez más profundo por la filosofía. Y debemos evitar imaginar la filosofía antigua como una disciplina universitaria moderna separada de la vida cotidiana. Para muchos filósofos de la Antigüedad tardía, estudiar filosofía significaba preguntarse cómo debía vivir una persona, qué era el alma, cuál era el principio último de la realidad y cómo podía el ser humano acercarse a lo divino.

Porfirio terminaría haciendo precisamente de estas preguntas el centro de su existencia.

El ambiente intelectual del siglo III era extraordinariamente complejo. Platónicos, aristotélicos, estoicos y otras corrientes continuaban dialogando con tradiciones filosóficas mucho más antiguas. Al mismo tiempo, el cristianismo estaba aumentando progresivamente su presencia dentro del Imperio romano, mientras diferentes movimientos religiosos y filosófico-religiosos competían por ofrecer explicaciones sobre Dios, el cosmos y la salvación del alma.

Porfirio se formó, por tanto, en una época en que filosofía y religión estaban profundamente entrelazadas. Para él, Platón no sería simplemente un autor antiguo digno de estudio histórico. Su filosofía contenía verdades acerca de la estructura de la realidad y del destino del ser humano. La tarea del filósofo consistía, entre otras cosas, en descubrir esas verdades, explicarlas correctamente y vivir de acuerdo con ellas.

Aristóteles antes de Plotino

Otro aspecto fundamental de su formación fue su conocimiento de Aristóteles. A veces, al presentar a Porfirio exclusivamente como discípulo de Plotino, se puede producir la impresión de que toda su filosofía procede directamente de su maestro. Pero Porfirio poseía intereses intelectuales propios y se convertiría en una figura decisiva en la incorporación de la lógica aristotélica al ambiente neoplatónico.

Esto es fundamental para comprender su importancia histórica. Los neoplatónicos no necesariamente consideraban que estudiar a Platón implicara rechazar completamente a Aristóteles. Porfirio contribuyó de manera importante al desarrollo de una tradición interpretativa que intentaba comprender las relaciones entre ambos filósofos.

Su futura Isagoge sería un magnífico ejemplo. Porfirio explicaría allí conceptos como género, especie, diferencia, propio y accidente, proporcionando al estudiante herramientas para introducirse en la lógica aristotélica. Lo extraordinario es que aquel pequeño tratado acabaría teniendo una influencia que Porfirio difícilmente podría haber imaginado: traducido y comentado posteriormente, se convertiría en una puerta de entrada a algunas de las grandes discusiones lógicas y metafísicas medievales.

Roma

Antes de llegar a Roma, Porfirio estudió en Atenas, uno de los grandes centros simbólicos de la filosofía griega. Allí entró en contacto con una figura que tendría una influencia decisiva sobre su formación: Casio Longino.

Longino era reconocido por su enorme erudición y por sus conocimientos de literatura, crítica textual, retórica y filosofía. La formación que Porfirio recibió junto a él debió reforzar precisamente aquellas capacidades que después encontramos continuamente en sus obras: lectura minuciosa de textos, preocupación filológica, conocimiento de autores antiguos y capacidad para comparar diferentes interpretaciones.

La relación fue suficientemente importante como para dejar incluso una marca en su identidad. Según la tradición transmitida por fuentes antiguas, fue Longino quien llamó a Malco «Porfirio». El razonamiento probablemente jugaba con el significado del nombre semítico de Malco —relacionado con «rey»— y la asociación de la púrpura con la realeza. Porphyrios remitía precisamente a la púrpura.

Así, el hombre que había nacido como Malco pasó a la historia de la filosofía como Porfirio.

La etapa ateniense resulta crucial porque permite distinguir dos grandes maestros en la formación de Porfirio. Longino representaba una formación especialmente erudita, filológica y literaria; Plotino, con quien estudiaría posteriormente en Roma, lo conduciría hacia una experiencia filosófica y metafísica mucho más intensa.

La diferencia entre ambos ambientes impresionó al propio Porfirio. Más adelante, al comparar intelectuales de su época, Porfirio llegó a presentar a Longino como uno de los grandes críticos o filólogos de su tiempo. Esto no significaba despreciarlo: al contrario, mostraba el enorme prestigio intelectual que había alcanzado.

Con Plotino

En Roma entró en contacto con el círculo de Plotino, quien llevaba años enseñando allí y había reunido a su alrededor a numerosos discípulos e intelectuales.

El propio Porfirio nos proporciona el dato fundamental al comienzo de su Vida de Plotino: cuando llegó a conocer a Plotino, este se encontraba en el décimo año del reinado del emperador Galieno, es decir, aproximadamente en 263. Plotino tenía entonces alrededor de 59 años, mientras Porfirio rondaba los treinta. Era, por tanto, el encuentro entre un filósofo ya maduro y reconocido y un joven intelectual que llegaba a Roma con una sólida educación previa.

Lo interesante es que Porfirio probablemente ya conocía la reputación intelectual de Plotino antes de integrarse plenamente en su círculo. Roma era entonces uno de los grandes centros culturales del Imperio y Plotino llevaba enseñando allí desde aproximadamente el año 244. Sus reuniones atraían no solamente a estudiantes de filosofía, sino también a miembros de las élites romanas. Sin embargo, no poseemos evidencia suficiente para afirmar que Porfirio viajara desde Atenas exclusivamente con el propósito de convertirse en discípulo de Plotino.

Porfirio no quedó convertido inmediatamente en un seguidor incondicional. Su formación anterior hacía que tuviera opiniones propias.

En una de las discusiones filosóficas sostuvo que los inteligibles existían fuera del Intelecto, posición que chocaba con la concepción de Plotino. Porfirio defendió su interpretación y el desacuerdo fue suficientemente importante para provocar una discusión dentro del círculo.

Uno de los discípulos más antiguos de Plotino, Amelio, intervino contra Porfirio. Escribió una extensa respuesta tratando de demostrarle su error. Porfirio contestó, Amelio volvió a responder y la discusión continuó hasta que finalmente Porfirio reconoció que la posición de Plotino era superior.

Gradualmente, Porfirio pasó de ser el recién llegado que planteaba objeciones a convertirse en uno de los miembros intelectualmente más importantes del círculo.

Circulaban entonces ciertos escritos atribuidos a Zoroastro que algunos utilizaban para respaldar determinadas doctrinas religiosas y filosóficas. Plotino y sus discípulos consideraban problemáticos algunos de estos textos.

Porfirio concluyó que determinados escritos atribuidos a Zoroastro eran falsificaciones relativamente recientes, es decir, que no procedían realmente del antiguo personaje al que se atribuían.

Plotino era capaz de desarrollar especulaciones metafísicas de enorme profundidad, pero no era especialmente cuidadoso con la presentación material de sus escritos. Porfirio relata que su maestro escribía de una manera muy particular.

Plotino concebía mentalmente su argumento antes de escribirlo. Una vez que comenzaba, podía desarrollar el texto con extraordinaria continuidad. Pero después no acostumbraba revisar cuidadosamente lo escrito.

Además, según Porfirio, su vista era deficiente y no tenía demasiado interés por cuestiones ortográficas o caligráficas.

Porfirio, en cambio, poseía una mentalidad especialmente apropiada para clasificar, revisar, interpretar y organizar.

Personalidad

Lo describe como alguien extraordinariamente poco preocupado por su propia apariencia física. Según la famosa frase con la que prácticamente comienza su biografía, Plotino parecía sentirse avergonzado de estar en un cuerpo.

Por eso se negaba a hablar extensamente sobre sus antepasados, su familia o su lugar de nacimiento.

Incluso rechazaba que se realizara un retrato suyo.

Porfirio cuenta que un discípulo consiguió solucionar el problema de una manera bastante ingeniosa. Un pintor llamado Carterio asistió a las reuniones de Plotino y observó cuidadosamente su rostro. Después realizó una imagen basándose en su memoria.

Porfirio conoció, por tanto, a un maestro que intentaba vivir coherentemente con su metafísica: el cuerpo no constituía nuestra realidad más elevada.

Porfirio relata un detalle extraordinariamente humano sobre Plotino. Varias familias romanas confiaban en él hasta tal punto que, cuando algunos padres estaban próximos a morir, le encomendaban el cuidado de sus hijos y de sus bienes.

La casa donde vivía Plotino llegó así a estar llena de jóvenes.

Porfirio cuenta incluso que Plotino prestaba atención a las cuentas y propiedades de aquellos que estaban bajo su responsabilidad.

Esto desmonta una posible caricatura del filósofo completamente desconectado de la realidad cotidiana. Plotino podía hablar durante horas sobre el Uno y el Intelecto, pero al mismo tiempo era considerado suficientemente responsable como para que otras personas le confiaran aquello que más les importaba.

Porfirio observó directamente esta combinación entre contemplación y vida práctica.

Según su relato, Plotino alcanzó en varias ocasiones una unión con el principio supremo, aquello que los neoplatónicos denominaban el Uno.

No debemos entender esto simplemente como que Plotino «pensaba mucho en Dios». Dentro de su filosofía, el Uno se encuentra incluso más allá del Intelecto. No puede ser conocido como conocemos normalmente un objeto porque eso implicaría una separación entre quien conoce y aquello que es conocido.

La culminación de la vida filosófica consistía en superar momentáneamente esa separación.

Porfirio afirma que Plotino alcanzó ese estado cuatro veces durante los años que estuvieron juntos.

Y todavía resulta más interesante que Porfirio diga haber experimentado él mismo una unión semejante una vez, cuando tenía sesenta y ocho años.

Por tanto, aquello que aprendió junto a Plotino no quedó para él reducido a una teoría abstracta. Porfirio terminó considerando que la filosofía podía conducir a una experiencia real de elevación del alma.

Sin embargo, estos años de extraordinaria intensidad intelectual tuvieron un final inesperado.

Hacia 268 d. C., cuando llevaba aproximadamente cinco años junto a Plotino, Porfirio comenzó a atravesar una profunda crisis personal.

Nuestro conocimiento procede del propio Porfirio, por lo que es uno de los testimonios más íntimos que poseemos sobre su vida.

La crisis llegó hasta el punto de que pensó en quitarse la vidaPlotino se dio cuenta de que algo estaba ocurriendo con su discípulo.

Según Porfirio, su maestro comprendió que aquel deseo de morir no procedía de una decisión racional, sino de un estado que describió como melancólico. Por ello le aconsejó algo muy concreto:abandonar Roma. Porfirio obedeció.

Partió hacia Sicilia, instalándose en Lilibeo, en el extremo occidental de la isla. No podía saber entonces que aquella despedida sería definitiva.

Nunca volvería a ver a Plotino.

Cuando Porfirio dejó Roma alrededor del 268, Plotino todavía estaba vivo. Pero aproximadamente dos años después, en 270, el maestro murió. Porfirio se encontraba lejos.

Crisis personal y cambios intelectuales

Precisamente en Sicilia habría trabajado en escritos relacionados con diferentes cuestiones filosóficas y religiosas. Sin embargo, reconstruir exactamente qué escribió allí y cuándo resulta difícil, porque la cronología de numerosas obras porfirianas sigue siendo discutida.

Por ello conviene no imaginar su viaje como una especie de retiro completamente silencioso.

Porfirio se alejó de Roma, pero no de la filosofía.

Y parece que el consejo de Plotino cumplió su propósito: Porfirio superó aquella crisis y viviría todavía varias décadas.

El hombre que había pensado en morir hacia el 268 sobrevivió a su maestro y acabaría convirtiéndose precisamente en quien preservaría la memoria de Plotino.

Plotino había ejercido sobre él una influencia decisiva, pero Porfirio desarrolló intereses muchísimo más amplios. Se dedicó a comentar e interpretar tanto a Platón como a Aristóteles, trabajó sobre cuestiones de lógica, escribió sobre el alma y las virtudes, reflexionó sobre religión y sacrificios, interpretó alegóricamente a Homero y defendió la abstención del consumo de animales.

Su enorme producción incluía obras como la Isagoge, Sobre la abstinencia de los animales, Sobre la gruta de las ninfas, la Vida de Pitágoras, las Sentencias y numerosos comentarios filosóficos. Muchas otras obras se perdieron.

Esta amplitud muestra una diferencia interesante respecto de Plotino.

Plotino era fundamentalmente un gran metafísico. Porfirio era además un extraordinario organizador, comentarista y erudito.

Su formación anterior con Longino parece reaparecer aquí con toda su fuerza. Porfirio combinó dos herencias: la enorme cultura literaria y filológica adquirida durante su juventud y la metafísica que había aprendido junto a Plotino.

El gusto por Aristóteles

Uno de los aspectos más interesantes de la madurez intelectual de Porfirio es su profunda dedicación al estudio de Aristóteles. A primera vista esto puede resultar extraño. Porfirio era un filósofo claramente platónico y, sobre todo después de su encuentro con Plotino, entendía la realidad desde una perspectiva que hoy denominamos neoplatónica. Sin embargo, esto no significaba que considerara a Aristóteles un adversario que debía ser rechazado. Por el contrario, Porfirio contribuyó decisivamente a una tendencia que sería característica del neoplatonismo posterior: estudiar a Aristóteles como una preparación necesaria para comprender adecuadamente a Platón.

El interés de Porfirio por Aristóteles probablemente no nació después de la muerte de Plotino. Cuando llegó a Roma en torno al año 263 ya poseía una sólida formación filosófica, y dentro del propio círculo de Plotino se estudiaban y discutían tanto textos aristotélicos como los comentarios escritos sobre ellos. El mismo Porfirio recuerda que durante las reuniones de Plotino se leían obras de diferentes comentaristas anteriores. Por tanto, el ambiente intelectual en el que se formó no establecía una frontera absoluta entre «ser platónico» y «leer a Aristóteles». La cuestión era más bien determinar hasta qué punto las doctrinas aristotélicas podían ser compatibles con la filosofía de Platón.

Esto requiere recordar que Plotino había criticado determinadas posiciones de Aristóteles. No aceptaba sin modificaciones su concepción de las categorías, del Intelecto o de la realidad inteligible. Porfirio, sin abandonar las posiciones fundamentales de Plotino, parece haber desarrollado una actitud considerablemente más conciliadora. Su tendencia fue buscar maneras de mostrar que muchas de las aparentes contradicciones entre Platón y Aristóteles podían explicarse porque ambos estaban hablando de niveles diferentes de la realidad o utilizando conceptos desde perspectivas distintas. Esta búsqueda de armonía tendría enormes consecuencias para la historia posterior del neoplatonismo.

Porfirio comprendió especialmente bien la utilidad de la lógica aristotélica. Antes de preguntarse por las realidades más elevadas —el alma, el Intelecto o el principio supremo—, el estudiante debía aprender a pensar correctamente, distinguir conceptos, comprender las relaciones entre términos y evitar confusiones. Aristóteles proporcionaba herramientas extraordinariamente útiles para esa formación. De esta manera comenzó a desarrollarse una especie de recorrido pedagógico: primero Aristóteles para aprender a razonar y analizar la realidad; después Platón para ascender hacia las cuestiones metafísicas más elevadas. Los neoplatónicos posteriores convertirían este procedimiento en algo mucho más sistemático.

Porfirio se interesó especialmente por las Categorías de Aristóteles. Esta obra estudia conceptos fundamentales utilizados cuando hablamos de las cosas: sustancia, cantidad, cualidad, relación, lugar, tiempo y otras formas básicas de predicación. Pero existía un problema importante para los platónicos. ¿Las categorías aristotélicas describían toda la realidad, incluyendo el mundo inteligible, o solamente aquello de lo que hablamos dentro del mundo sensible? Esta cuestión tenía consecuencias enormes. Si las categorías fueran absolutamente universales, parecería que incluso las realidades inteligibles tendrían que someterse a ellas.

Porfirio desarrolló una interpretación que permitía integrar las Categorías dentro de una filosofía platónica. En lugar de considerarlas necesariamente una teoría destinada a describir los niveles supremos del ser, podían entenderse principalmente como un análisis de las cosas significadas mediante nuestras expresiones y de las estructuras que utilizamos para hablar de ellas. Así, aceptar la utilidad de Aristóteles no obligaba a abandonar la metafísica de Plotino. Porfirio podía ser simultáneamente un lector respetuoso de Aristóteles y continuar siendo un filósofo platónico.

Esta preocupación produjo una de sus obras más famosas: la Isagoge, palabra griega que significa aproximadamente «introducción». Porfirio la escribió como una introducción al estudio de las Categorías de Aristóteles. Es una obra relativamente breve si la comparamos con la enorme importancia que terminaría alcanzando. Allí Porfirio explica cinco conceptos fundamentales que posteriormente serían conocidos como los cinco predicables: género, especie, diferencia, propio y accidente. Por ejemplo, «animal» puede funcionar como género respecto de «ser humano»; «ser humano» como especie; «racional» como diferencia que permite distinguirlo dentro de ese género.

Pero al comienzo de la Isagoge, Porfirio plantea un problema que terminaría teniendo una repercusión extraordinaria. Cuando hablamos de géneros y especies —por ejemplo, «animal», «ser humano» o «caballo»— podemos preguntarnos: ¿qué clase de realidad poseen esas cosas universales? ¿Existen realmente fuera de nuestra mente? ¿Son solamente conceptos? Y si existen realmente, ¿son corporales o incorpóreas? ¿Existen separadas de los individuos o solamente en ellos?

Lo sorprendente es que Porfirio se niega deliberadamente a resolver estas preguntas allí. Considera que son demasiado profundas para una obra introductoria. Su intención inmediata era enseñar lógica, no resolver una enorme controversia metafísica. Sin embargo, precisamente las preguntas que decidió dejar abiertas terminarían atravesando siglos de filosofía.

Cuando la Isagoge fue posteriormente traducida al latín, especialmente gracias a Boecio, estas cuestiones llegaron al mundo medieval latino. Filósofos posteriores comenzaron a discutir intensamente acerca del estatuto de los universales. ¿Existe realmente la humanidad además de los seres humanos individuales? ¿Qué significa decir que Sócrates y Platón pertenecen a la misma especie? ¿La universalidad está en las cosas, en nuestra mente o en ambas de alguna manera? Estas preguntas contribuirían al desarrollo de una de las controversias más importantes de la filosofía medieval.

Existe, por tanto, una extraordinaria ironía histórica: Porfirio se hizo famoso durante siglos precisamente por una pregunta que decidió no contestar. Su breve advertencia de que no trataría allí aquellas cuestiones terminó ayudando a generar una discusión que involucraría posteriormente a algunos de los mayores pensadores medievales.

Su interés por Aristóteles tampoco se limitó a la Isagoge. Porfirio escribió comentarios sobre obras aristotélicas y dedicó considerable atención a problemas de interpretación lógica. Conservamos, por ejemplo, un comentario en forma de preguntas y respuestas sobre las Categorías, mientras que otros trabajos se han perdido total o parcialmente. Su actividad contribuyó a establecer una tradición de comentario que posteriormente continuarían filósofos neoplatónicos como Jámblico, Dexipo, Siriano, Amonio y Simplicio.

Lo verdaderamente importante es que Porfirio ayudó a cambiar la relación entre platonismo y aristotelismo. En lugar de preguntar simplemente «¿Platón o Aristóteles?», los neoplatónicos comenzaron cada vez más a preguntarse cómo deben interpretarse ambos para descubrir la armonía existente entre ellos. Naturalmente, esto no significa que Porfirio creyera que ambos filósofos estaban de acuerdo absolutamente en todo. Existían diferencias reales. Pero su tendencia consistía en reducir los conflictos cuando podían explicarse mediante diferentes niveles de análisis.

Además, para Porfirio existía una jerarquía implícita. Aristóteles era enormemente valioso, pero Platón seguía ocupando el nivel filosófico superior. Podríamos decir que Aristóteles enseñaba al estudiante a organizar correctamente su pensamiento y comprender conceptualmente las cosas, mientras Platón permitía avanzar hacia las grandes cuestiones acerca del alma, el Intelecto y lo divino. Y por encima de ambos estaba para Porfirio la experiencia filosófica que había recibido de Plotino: la filosofía debía culminar no simplemente en saber cosas, sino en la purificación y elevación del alma.

Jámblico

Después de Plotino, una de las figuras más importantes para comprender la evolución del pensamiento de Porfirio es Jámblico. Tradicionalmente se ha considerado que Jámblico fue discípulo de Porfirio, aunque las circunstancias exactas de esa relación no están tan bien documentadas como la relación entre Porfirio y Plotino. Lo seguro es que Jámblico conoció profundamente la obra de Porfirio, recibió una enorme influencia de ella y, al mismo tiempo, terminó discrepando de su maestro en cuestiones fundamentales, especialmente en lo relativo a la religión, los rituales y la posibilidad de que el ser humano alcance lo divino únicamente mediante la filosofía.

Jámblico nació probablemente hacia mediados del siglo III en Calcis de Celesiria, dentro de una familia acomodada de origen sirio. Esto producía una curiosa semejanza con Porfirio: ambos procedían del Mediterráneo oriental, ambos estaban profundamente integrados en la cultura filosófica griega y ambos terminaron convirtiéndose en figuras centrales del neoplatonismo. Pero sus maneras de comprender la tradición de Plotino acabarían siendo bastante diferentes.

Las fuentes posteriores presentan a Jámblico estudiando con Porfirio, pero no conocemos con seguridad cuándo ni dónde ocurrió. Tampoco debemos imaginar necesariamente una convivencia semejante a los años que Porfirio pasó junto a Plotino en Roma. Lo importante es que Jámblico tuvo acceso a las doctrinas porfirianas y llegó a conocerlas suficientemente bien como para discutirlas detalladamente. Porfirio se convirtió así en una especie de puente generacional: Plotino enseñó a Porfirio y Porfirio transmitió el neoplatonismo a la generación de Jámblico, aunque este último modificaría profundamente lo recibido.

Al comienzo existían numerosos puntos de continuidad. Ambos eran platónicos, aceptaban una realidad jerárquicamente organizada, reconocían la superioridad del mundo inteligible sobre el sensible y consideraban que el objetivo último de la vida humana estaba relacionado con el retorno del alma hacia lo divino. Ambos tenían además un enorme interés por las antiguas tradiciones religiosas. Porfirio no era en absoluto un racionalista moderno enemigo de toda religión ritual. Escribió sobre oráculos, demonios, sacrificios y prácticas religiosas, y consideraba que las antiguas tradiciones podían contener verdades importantes.

El desacuerdo surgió cuando apareció una pregunta fundamental: ¿cómo puede el alma humana regresar realmente hacia los dioses?

Aquí Porfirio comenzó a manifestar dudas que resultarían decisivas. Una de las fuentes más importantes es su obra conocida como Carta a Anebo. Anebo aparece como un sacerdote egipcio al que Porfirio dirige numerosas preguntas sobre las prácticas religiosas de su época. El texto completo se ha perdido, pero conocemos buena parte de sus cuestiones gracias precisamente a la respuesta que provocó.

Porfirio planteaba preguntas incómodas. ¿Cómo sabemos que durante un ritual realmente se presenta un dios y no algún espíritu inferior? ¿Por qué determinados dioses deberían responder a palabras, símbolos o fórmulas pronunciadas por seres humanos? ¿Cómo puede un hombre pretender obligar o manipular a una divinidad mediante un ritual? ¿Por qué los dioses, que deberían ser superiores e inmutables, parecen reaccionar ante sacrificios materiales?

Estas preguntas no significan necesariamente que Porfirio rechazara todos los rituales. Su posición religiosa fue bastante más compleja. Pero revelan una tendencia característica de su pensamiento: quería comprender filosóficamente aquello que la tradición religiosa afirmaba y desconfiaba de ciertas explicaciones demasiado simples acerca de la magia, los sacrificios y la comunicación con los dioses.

Jámblico escribió una extensa respuesta a las preguntas de Porfirio. La obra es conocida tradicionalmente con el título latino De Mysteriis —Sobre los misterios egipcios—, aunque Jámblico escribió bajo la figura de un sacerdote egipcio llamado Abamón, presentado como maestro de Anebo.

Jámblico consideraba que Porfirio estaba intentando comprender mediante la razón filosófica algo que se encontraba por encima de las capacidades normales de la razón humana. El problema de Porfirio, desde su perspectiva, era precisamente creer que el alma podía elevarse suficientemente hacia lo divino mediante sus propias capacidades intelectuales.

Para Jámblico, eso no bastaba.

El alma humana se encontraba demasiado profundamente vinculada al mundo material. No podía simplemente pensar correctamente, purificarse intelectualmente y ascender por sí sola hasta los dioses. Necesitaba que los propios dioses descendieran hacia ella.

La theourgía puede traducirse aproximadamente como «obra divina». Consistía en un conjunto de rituales, símbolos, invocaciones y prácticas religiosas mediante los cuales el ser humano participaba en una actividad cuya eficacia procedía, en último término, de los propios dioses.

Porfirio tendía a conceder una enorme importancia a la purificación intelectual y moral del alma. Jámblico consideraba que eso era insuficiente para alcanzar los niveles supremos.

La diferencia puede expresarse de una manera sencilla:

Porfirio confiaba mucho en la filosofía como camino de elevación. Jámblico sostenía que para la unión con lo divino necesitábamos además la acción de los propios dioses mediante la teúrgia.

Pero Jámblico tenía que responder a una objeción muy fuerte de Porfirio. Si pronunciamos determinadas palabras y un dios aparece, ¿no significa eso que estamos obligando al dios? No para Jámblico.

Los seres humanos no controlan a los dioses mediante rituales. El poder del ritual procede precisamente de los dioses. Los símbolos utilizados en la teúrgia poseen eficacia porque existe una correspondencia divina establecida en el propio cosmos. El teúrgo no manda sobre la divinidad; participa en un orden que la propia divinidad ha establecido.

Porfirio también preguntaba por qué los dioses necesitarían sacrificios materiales. Si son seres superiores e incorpóreos, ¿qué podrían obtener de humo, animales, alimentos o sustancias?

Nuevamente Jámblico respondía que el ritual no debía entenderse como si los dioses fueran seres humanos hambrientos que necesitan recibir regalos. Los sacrificios funcionaban dentro de una estructura cósmica de correspondencias entre diferentes niveles de la realidad.

Porfirio y Marcela

Existe un aspecto de la vida de Porfirio que permite conocerlo de una manera muy diferente a la que encontramos cuando estudiamos sus comentarios sobre Aristóteles o sus discusiones metafísicas con otros neoplatónicos: su matrimonio con Marcela. No conocemos todos los detalles de esta relación y debemos evitar completar los silencios de las fuentes con una historia romántica que no podemos demostrar. Sin embargo, conservamos un documento excepcional, la Carta a Marcela (Ad Marcellam), escrito por el propio Porfirio. Gracias a él podemos saber no solamente que estuvo casado, sino también por qué decía haberse casado y qué esperaba de su esposa desde el punto de vista filosófico.

Porfirio contrajo matrimonio cuando ya era un hombre maduro. Él mismo señala que no tomó esta decisión buscando simplemente las ventajas habituales asociadas al matrimonio. Marcela era viuda y madre de varios hijos, y Porfirio explica que había sido esposa de un hombre que había sido amigo suyo. Esto es importante porque su decisión no aparece presentada como el comienzo convencional de una familia joven. Porfirio estaba entrando en una familia que ya existía y asumía una relación con una mujer que tenía responsabilidades familiares anteriores.

Precisamente por eso Porfirio siente la necesidad de explicar su decisión. En la Carta a Marcela insiste en que no se casó buscando riqueza, prestigio social ni descendencia. Presenta el matrimonio fundamentalmente como una relación vinculada a la filosofía. Una de sus motivaciones, según explica, era ayudar a Marcela a progresar intelectualmente y convertirla en una compañera en la vida filosófica. Esto nos permite comprender algo fundamental: para Porfirio, la filosofía no era simplemente una profesión que ejercía fuera de casa. La filosofía debía organizar la totalidad de la existencia, incluyendo las relaciones personales.

Sin embargo, poco después del matrimonio ocurrió algo que obligó a Porfirio a separarse temporalmente de Marcela. Tuvo que realizar un viaje. Las razones exactas y las circunstancias de esta ausencia no son completamente claras, por lo que conviene no presentar como seguro aquello que Porfirio no explica detalladamente. La separación parece haber causado dificultades, especialmente porque Marcela permanecía responsable de su familia. Fue durante esta ausencia cuando Porfirio decidió escribirle la famosa carta.

Una de las ideas centrales es que la felicidad no debe depender completamente de aquello que ocurre fuera de nosotros. La fortuna puede cambiar, podemos perder posesiones, separarnos de personas queridas o encontrarnos en circunstancias desagradables. Si nuestra tranquilidad depende exclusivamente de estas cosas, nuestra vida queda permanentemente sometida al azar.

La verdadera riqueza, para Porfirio, se encuentra en el alma. Por eso insiste en el dominio de los deseos, la moderación y la independencia respecto de los bienes externos. Aquí encontramos una idea que atraviesa buena parte de la filosofía antigua: no es pobre quien posee poco, sino quien necesita constantemente más para sentirse satisfecho.

Esto no significa que Porfirio recomendara a Marcela abandonar sus responsabilidades familiares. El desafío era precisamente aprender a mantener una disposición filosófica dentro de las circunstancias ordinarias de la vida. Marcela tenía hijos, preocupaciones y obligaciones. La filosofía debía ayudarla a relacionarse correctamente con esas cosas, no simplemente hacerlas desaparecer.

Últimos Años

Cuando Porfirio llegó a la vejez ya era uno de los filósofos platónicos más importantes de su época. Sin embargo, sabemos sorprendentemente poco sobre dónde pasó exactamente sus últimos años. Las fuentes tardías ofrecen algunas noticias, pero no permiten reconstruir año por año su vida. Por eso es mejor hablar de una última etapa de intensa actividad intelectual que intentar fabricar una cronología demasiado precisa.

Uno de los acontecimientos más importantes ocurrió hacia el año 301, cuando Porfirio tenía aproximadamente 68 años. Fue entonces cuando preparó la edición definitiva de las obras de Plotino. Su maestro había dejado numerosos tratados, pero no una obra sistemáticamente organizada. Porfirio reunió 54 tratados y los distribuyó en seis grupos de nueve, de donde procede precisamente el nombre Enéadas. También escribió la Vida de Plotino como introducción a la colección. Gracias a este trabajo conocemos hoy buena parte del pensamiento y de la vida de su maestro.

Resulta significativo que Porfirio dedicara una parte de su vejez a esta tarea. Habían pasado aproximadamente treinta años desde la muerte de Plotino, pero continuaba considerando fundamental preservar su pensamiento. Al mismo tiempo, Porfirio no era ya simplemente aquel joven discípulo que había llegado a Roma y discutido con su maestro: para entonces había desarrollado una producción filosófica propia sobre lógica, ética, religión, interpretación de Homero, abstinencia de carne, metafísica y filosofía aristotélica.

Porfirio cuenta además algo extraordinario acerca de esta última etapa. Afirma que, cuando tenía 68 años, experimentó una unión con el principio supremo. Según su relato, Plotino había alcanzado varias veces este tipo de experiencia durante los años en que estuvieron juntos; Porfirio afirma haberla alcanzado una vez. Para un neoplatónico esto tenía enorme importancia, porque significaba experimentar aquello hacia lo cual había orientado durante décadas su filosofía: el ascenso del alma hacia lo divino.

También pertenecen a su madurez sus relaciones y controversias con otros filósofos. La tradición vincula especialmente a Porfirio con Jámblico, aunque no podemos reconstruir con seguridad una relación maestro-discípulo prolongada. Lo que sí sabemos es que Jámblico conoció profundamente su pensamiento y terminó apartándose de él en cuestiones importantes, especialmente respecto de la teúrgia. Así, mientras Porfirio envejecía, estaba comenzando a formarse una nueva generación neoplatónica que transformaría algunas de sus enseñanzas.

Pensamiento

Para comprender verdaderamente a Porfirio hay que dejar de verlo únicamente como discípulo de Plotino o comentarista de Aristóteles. Para él, la filosofía no consistía simplemente en acumular conocimientos o aprender determinadas teorías acerca de la realidad. La filosofía debía transformar a la persona que filosofaba. Alguien podía conocer perfectamente a Platón y Aristóteles y, sin embargo, continuar dominado por sus deseos, temores, ambiciones y placeres. En ese caso, desde la perspectiva de Porfirio, todavía no habría alcanzado la verdadera finalidad de la filosofía. El objetivo era mucho más profundo: purificar el alma, conocer nuestra auténtica naturaleza y regresar progresivamente hacia el principio divino del que procede toda la realidad.

En este punto Porfirio continúa claramente la metafísica de Plotino. La realidad está organizada jerárquicamente. El mundo material que percibimos mediante nuestros sentidos es real, pero no constituye el nivel más elevado de la existencia. Por encima de él encontramos el Alma, por encima del Alma se encuentra el Intelecto o Nous y, finalmente, por encima incluso del Intelecto encontramos el principio supremo: el Uno. No debemos imaginar estos niveles como lugares físicos situados unos encima de otros. Se trata de grados de realidad, unidad y perfección.

El Uno constituye el principio último de todo cuanto existe. Sin embargo, describirlo resulta extraordinariamente difícil porque cualquier característica que le atribuyamos parece limitarlo. Si decimos que es una determinada cosa, lo estamos distinguiendo de otras cosas; pero el principio absolutamente primero debe encontrarse antes de todas esas distinciones. Por eso el neoplatonismo considera que el Uno está incluso más allá de las categorías normales mediante las cuales pensamos la realidad. Podemos aproximarnos a él diciendo aquello que no es, pero nunca encerrarlo completamente dentro de una definición. Aquí encontramos una de las raíces antiguas de aquello que posteriormente será conocido como teología negativa.

Del Uno procede el Intelecto, pero esta «procedencia» tampoco debe entenderse como una creación ocurrida en determinado momento histórico. El Uno no tomó un día la decisión de fabricar el Intelecto. La relación es eterna. Los neoplatónicos utilizan frecuentemente imágenes como la del Sol: el Sol produce luz sin perder una parte de sí mismo por iluminar. De manera análoga, las realidades inferiores proceden de las superiores sin que estas pierdan su perfección. El Intelecto contiene las realidades inteligibles, equivalentes en términos generales a las Formas platónicas. Aquí encontramos la verdad, la inteligibilidad y el ser en un grado mucho más perfecto que en el mundo sensible.

Precisamente sobre esta cuestión Porfirio había discutido inicialmente con Plotino. Cuando llegó a Roma, Porfirio sostenía que los inteligibles podían existir de alguna manera fuera del Intelecto. Plotino rechazaba esa separación. En el nivel inteligible, aquello que piensa y aquello que es pensado no están separados como ocurre normalmente con nosotros. Porfirio terminó aceptando la posición de su maestro. Este episodio es importante porque muestra que algunas de las doctrinas fundamentales que posteriormente defendió fueron el resultado de auténticas discusiones filosóficas y no simplemente de una aceptación pasiva de la autoridad de Plotino.

Del Intelecto procede posteriormente el Alma, que ocupa una posición intermedia fundamental. El Alma puede dirigirse hacia aquello que está por encima de ella —el Intelecto—, pero también puede dirigir su actividad hacia el mundo sensible. Esta doble posibilidad permite comprender la situación del ser humano. Nuestra alma pertenece a una realidad superior al cuerpo, pero se encuentra relacionada con un cuerpo y vive dentro del mundo sensible. El problema fundamental no consiste simplemente en encontrarnos en este mundo, sino en que podemos olvidar nuestra verdadera naturaleza y terminar identificándonos completamente con aquello que es inferior.

Para Porfirio, buena parte de la existencia humana ordinaria se caracteriza precisamente por ese olvido. Nos preocupamos por el dinero, el prestigio, las posesiones, la comida, los placeres y el reconocimiento de los demás hasta terminar creyendo que esas cosas determinan quiénes somos. Pero todas ellas pertenecen al ámbito de lo cambiante. El cuerpo nace, crece, enferma, envejece y finalmente muere. Las riquezas pueden desaparecer y la reputación puede cambiar. Si hacemos depender nuestra felicidad completamente de estas realidades, entonces nuestra vida quedará sometida permanentemente a aquello que no podemos controlar.

Esto no significa que Porfirio considere que el cuerpo sea maligno. Esa sería una simplificación excesiva. El problema no consiste en tener cuerpo, comer, poseer bienes o experimentar placer. El problema comienza cuando el alma se vuelve esclava de esas cosas. Una persona necesita alimentarse, pero puede convertir la comida en una obsesión; necesita ciertas cosas materiales, pero puede hacer depender su felicidad de poseerlas; puede experimentar placeres, pero también puede organizar toda su existencia alrededor de su búsqueda. Para Porfirio, la filosofía intenta invertir esa relación: la razón debe gobernar nuestra relación con el cuerpo y no el cuerpo gobernar al alma racional.

Por eso uno de los conceptos centrales de su ética es la purificación. Purificar el alma significa disminuir progresivamente su dependencia respecto de las pasiones y de las realidades sensibles. No significa necesariamente abandonar el mundo ni maltratar el cuerpo. Significa aprender a utilizar las cosas corporales sin convertirnos en sus esclavos. Esta idea aparece de manera especialmente clara en las Sentencias que conducen a los inteligibles, donde Porfirio sistematiza diferentes niveles de virtud.

Para Porfirio, en efecto, no todas las virtudes poseen exactamente la misma función. Existen primero las virtudes que permiten ordenar correctamente nuestra vida humana y social. La prudencia, la justicia, la fortaleza y la moderación permiten controlar las pasiones y comportarnos racionalmente dentro de la comunidad. Estas virtudes son importantes y convierten a una persona en moralmente buena, pero representan solamente el comienzo del camino filosófico.

Por encima de ellas aparecen las virtudes purificatorias. Aquí ya no se trata simplemente de controlar nuestras pasiones, sino de disminuir progresivamente nuestra dependencia de ellas. Existe una diferencia importante entre sentir continuamente un deseo y conseguir dominarlo, por una parte, y alcanzar una condición en la que ese deseo haya perdido buena parte de su poder sobre nosotros, por otra. La primera persona posee autocontrol; la segunda ha avanzado más profundamente en la purificación de su alma. Por encima de estas virtudes Porfirio reconoce todavía niveles relacionados con la contemplación y con la vida intelectual superior.

El objetivo último es alcanzar aquello que la tradición platónica denominaba «hacerse semejante a Dios en la medida de lo posible». Naturalmente, Porfirio no quiere decir que una persona pueda transformarse literalmente en el principio supremo. La semejanza consiste en aproximarse a lo divino mediante la virtud, la inteligencia, el orden interior y la contemplación. Cuanto menos dominada se encuentra nuestra alma por las pasiones irracionales y cuanto más orientada está hacia las realidades inteligibles, más se aproxima al tipo de existencia correspondiente a aquello que es superior.

El árbol de Porfirio

El llamado Árbol de Porfirio es probablemente una de las consecuencias más famosas de la obra lógica de Porfirio, aunque hay que comenzar con una precisión histórica importante: Porfirio no dibujó literalmente el famoso árbol tal como aparece en los manuales medievales. El esquema gráfico fue desarrollado posteriormente a partir de las distinciones que Porfirio presentó en su Isagoge, su introducción a las Categorías de Aristóteles. Con el tiempo, los comentaristas representaron esas relaciones mediante un árbol y este terminó recibiendo el nombre de Arbor Porphyriana, el «Árbol de Porfirio».

La intención de Porfirio era ayudar al estudiante a comprender cómo podemos clasificar las cosas desde conceptos muy generales hasta conceptos cada vez más específicos. Para ello trabaja especialmente con cinco nociones que posteriormente serían conocidas como los cinco predicables: género, especie, diferencia, propio y accidente. El árbol permite visualizar particularmente bien la relación entre género, diferencia y especie.

Podemos comenzar con un concepto extremadamente general: la sustancia. Dentro de las sustancias podemos distinguir entre sustancias corpóreas e incorpóreas. Si seguimos la rama de las sustancias corpóreas, podemos realizar una nueva división: existen cuerpos animados y cuerpos inanimados. Seguimos entonces descendiendo por la rama correspondiente a los cuerpos animados.

Dentro de los seres animados podemos distinguir entre aquellos que poseen sensibilidad y aquellos que no la poseen. Aquellos seres animados que poseen sensibilidad pertenecen al género animal. Pero todavía estamos ante un concepto muy general: un caballo es animal, un perro es animal y un ser humano también es animal. Necesitamos, por tanto, continuar dividiendo.

Dentro de los animales podemos distinguir entre racionales e irracionales. Cuando añadimos la diferencia «racional» al género «animal», obtenemos una especie: ser humano.

Cada vez que descendemos añadimos una diferencia que restringe la extensión del concepto. «Sustancia» puede aplicarse a muchísimas cosas. «Sustancia corpórea» se aplica a menos. «Ser vivo sensible» reduce todavía más el conjunto. «Animal racional» finalmente nos conduce hacia la especie humana.

Pero ocurre algo muy interesante: lo que funciona como especie desde una perspectiva puede funcionar como género desde otra. «Animal», por ejemplo, es una especie respecto de un género más amplio como «ser viviente», pero funciona como género cuando preguntamos por animales racionales e irracionales. Esto permite construir una estructura jerárquica de conceptos.

Cuando llegamos a «ser humano» alcanzamos tradicionalmente una especie ínfima (species infima): ya no continuamos dividiéndola en nuevas especies mediante diferencias esenciales. Por debajo encontramos individuos concretos: Sócrates, Platón, Aristóteles, Porfirio, tú, yo, etc. Sócrates no constituye una nueva especie debajo de «ser humano»; es un individuo perteneciente a esa especie.

Contra los cristianos

Uno de los aspectos más polémicos de Porfirio fue su enfrentamiento intelectual con el cristianismo. En algún momento de su madurez escribió una extensa obra conocida tradicionalmente como Contra los cristianos (Adversus Christianos), aparentemente compuesta por quince libros. La obra no ha llegado completa hasta nosotros. La conocemos principalmente a través de fragmentos, referencias y, paradójicamente, de los propios autores cristianos que intentaron refutarla. Por eso debemos ser prudentes: podemos reconstruir varias de sus críticas, pero no conocemos con certeza la estructura ni todas las afirmaciones de la obra original.

Porfirio tampoco era un crítico moderno de la religión. Este punto es fundamental. No rechazaba el cristianismo porque considerara absurda cualquier creencia en los dioses, en el alma o en una realidad espiritual. Todo lo contrario: Porfirio era un hombre profundamente religioso. Creía en una realidad divina, en la inmortalidad y elevación del alma, en seres espirituales y en la posibilidad de aproximarse a lo divino mediante la purificación y la contemplación. Su conflicto con los cristianos era, por tanto, una disputa entre diferentes maneras de comprender lo divino, no una confrontación sencilla entre religión y ateísmo.

El contexto también importa. Porfirio vivió en el siglo III, cuando el cristianismo estaba creciendo considerablemente dentro del Imperio romano, pero todavía no se había convertido en la religión favorecida por los emperadores cristianos del siglo IV. Para un filósofo pagano como Porfirio, el cristianismo planteaba un desafío intelectual importante porque los cristianos afirmaban poseer una revelación verdadera y utilizaban las Escrituras hebreas para demostrar que la venida de Cristo había sido anunciada siglos antes.

Y aquí Porfirio encontró uno de sus principales blancos: la interpretación de las Escrituras.

Porfirio no parece haberse limitado a burlarse superficialmente de los cristianos. Conocía textos bíblicos y discutió problemas concretos de interpretación. Esto hace que su crítica resulte históricamente mucho más interesante. Su estrategia consistía en preguntar si determinadas afirmaciones cristianas podían sostenerse cuando los textos eran examinados histórica y filológicamente.

Uno de los ejemplos más famosos se encuentra en el Libro de Daniel.

La interpretación cristiana tradicional consideraba que Daniel había vivido durante el siglo VI a. C., en tiempos del exilio babilónico. El libro contiene visiones que parecen anunciar acontecimientos políticos posteriores. Para los cristianos, aquello podía funcionar como una prueba del carácter profético de las Escrituras: Daniel había anunciado acontecimientos que todavía no habían ocurrido.

Porfirio propuso una explicación completamente diferente.

Según él, el libro no había sido compuesto realmente por Daniel en el siglo VI a. C., sino por un autor posterior que escribió durante la época de Antíoco IV Epífanes, en el siglo II a. C.

La consecuencia era devastadora para el argumento profético.

Porfirio estaba diciendo, en esencia:

Daniel no predijo esos acontecimientos; el autor ya los conocía.

El escritor habría presentado acontecimientos pasados bajo la apariencia literaria de predicciones realizadas siglos antes.

Esta interpretación provocó una enorme reacción entre los autores cristianos. Jerónimo de Estridón, por ejemplo, conocía el argumento de Porfirio y lo discutió extensamente en su comentario sobre Daniel. Precisamente gracias a adversarios como Jerónimo conocemos parte del razonamiento porfiriano.

Lo llamativo es que la cuestión planteada por Porfirio sobrevivió durante siglos. La datación de partes importantes del libro de Daniel en el contexto de la crisis macabea del siglo II a. C. sería posteriormente defendida por gran parte de la investigación histórico-crítica moderna, aunque naturalmente utilizando métodos y presupuestos muy diferentes de los de Porfirio. Esto convierte su crítica a Daniel en uno de los episodios más famosos de la antigua discusión crítica sobre los textos bíblicos.

Había además un problema relacionado con la antigüedad de las tradiciones religiosas. Para los intelectuales cristianos era importante mostrar que su tradición no constituía simplemente una religión recientemente inventada. Aunque Cristo había aparecido recientemente en términos históricos, el cristianismo se entendía como cumplimiento de una historia religiosa que comenzaba mucho antes, con los patriarcas, Moisés y los profetas.

Esto permitía además sostener que la sabiduría bíblica era anterior a buena parte de la filosofía griega.

Porfirio cuestionaba las interpretaciones mediante las cuales los cristianos intentaban apropiarse filosóficamente de esos textos. Desde su perspectiva, existía una tradición filosófica griega extraordinariamente rica que culminaba especialmente en Platón, y el hecho de que los cristianos encontraran posteriormente semejanzas entre sus doctrinas y determinadas ideas filosóficas no demostraba automáticamente la superioridad de la revelación cristiana.

Pero aquí aparece algo interesante: Porfirio podía respetar ciertas tradiciones antiguas de los pueblos y, al mismo tiempo, atacar las interpretaciones cristianas de ellas. Su problema no era simplemente que los cristianos utilizaran textos judíos, sino cómo los reinterpretaron alrededor de Cristo.

Filosofía práctica

Para Porfirio, la filosofía no debía limitarse a estudiar a Platón, Aristóteles o Plotino. Ser filósofo significaba vivir de determinada manera. El conocimiento tenía valor en la medida en que ayudaba a ordenar la vida, dominar las pasiones y liberar progresivamente al alma de su excesiva dependencia del cuerpo.

Por eso defendía una vida marcada por la moderación y el autocontrol. El filósofo debía evitar convertirse en esclavo del placer, el lujo, la riqueza o la búsqueda de reconocimiento. Esto no significaba necesariamente abandonar todas las cosas materiales, sino utilizarlas solamente en la medida en que fueran necesarias. Cuantas más necesidades artificiales desarrollamos, más difícil resulta alcanzar la independencia interior.

La alimentación era un ejemplo importante. En su obra Sobre la abstinencia de los animales, Porfirio defendió evitar el consumo de carne, especialmente para quienes habían escogido la vida filosófica. Su vegetarianismo estaba relacionado con la purificación: una alimentación sencilla ayudaba a reducir la preocupación por el cuerpo y facilitaba una vida dedicada a la contemplación. Además, desarrolló argumentos sobre la justicia hacia los animales y cuestionó que carecieran completamente de razón.

También concedía gran importancia al control de las pasiones. El objetivo no era convertirse simplemente en alguien incapaz de sentir, sino conseguir que deseos, miedos e impulsos no gobernaran nuestras decisiones. Primero aprendemos a moderarlos mediante la razón y, conforme avanzamos filosóficamente, intentamos disminuir nuestra dependencia de ellos.

La práctica filosófica incluía además el examen de uno mismo, el estudio, la contemplación y el cultivo de las virtudes. El filósofo debía dirigir progresivamente su atención desde las preocupaciones externas hacia su propia alma y, desde allí, hacia las realidades inteligibles. Por eso el famoso «conócete a ti mismo» adquiría para Porfirio un sentido profundamente espiritual: conocernos significa descubrir que nuestra identidad más profunda no se reduce al cuerpo.

Incluso su religiosidad seguía este principio. Porfirio consideraba insuficiente realizar sacrificios o ceremonias si la persona continuaba viviendo dominada por sus vicios. La mejor ofrenda a lo divino era un alma purificada y virtuosa. La auténtica religiosidad debía manifestarse en nuestra forma de vivir.

Conclusión

Porfirio fue mucho más que el discípulo y editor de Plotino: fue uno de los grandes puentes entre la filosofía antigua y el pensamiento medieval. Neoplatónico, estudioso de Aristóteles, defensor de la filosofía como forma de vida y crítico del cristianismo, dedicó su existencia a comprender cómo el alma podía purificarse y elevarse hacia lo divino. Su Isagoge, el llamado Árbol de Porfirio y su edición de las Enéadas garantizaron una influencia que sobrevivió durante siglos. Paradójicamente, incluso aquellos cristianos cuya religión combatió terminaron estudiándolo: una buena muestra de que las ideas pueden sobrevivir a las disputas de su propio tiempo.

lunes, 31 de agosto de 2026

Los capítulos de Montaigne que incomodaron a la Iglesia

Los capítulos de Montaigne que incomodaron a la Iglesia

Michel de Montaigne fue católico, nunca abandonó formalmente su fe y vivió en una Francia profundamente marcada por las guerras de religión. Sin embargo, eso no impidió que algunas de las ideas contenidas en sus Ensayos despertaran sospechas en las autoridades eclesiásticas de su tiempo.

En 1581, durante su estancia en Roma, los Ensayos fueron examinados y Montaigne recibió una serie de observaciones sobre determinados pasajes de su obra. ¿Qué podía resultar problemático en ellos? Su manera de hablar de la fortuna y el azar, sus elogios a determinados autores considerados herejes, algunas de sus ideas sobre la educación y, especialmente, ciertas reflexiones relacionadas con la oración y la religión.

Pero aquí debemos hacer una precisión importante: no podemos simplemente decir que «la Iglesia prohibió los Ensayos de Montaigne» en 1581. La historia es bastante más interesante. Montaigne escuchó las objeciones de los censores, respondió a ellas y dejó un relato del episodio en su propio diario de viaje. Décadas después de su muerte, en 1676, los Ensayos terminarían efectivamente incorporados al Index Librorum Prohibitorum.

Por eso, en esta entrada vamos a regresar al Libro I de los Ensayos para detenernos en algunos de sus capítulos más polémicos. Veremos cuáles estuvieron realmente relacionados con las objeciones que recibió Montaigne en Roma, cuáles simplemente contienen ideas que podían resultar incómodas en el contexto religioso del siglo XVI y, sobre todo, qué nos revela todo esto acerca de la peculiar relación de Montaigne con la fe, la duda y la libertad de juicio.

Porque quizás lo más interesante no sea preguntarnos simplemente por qué censuraron a Montaigne, sino algo mucho más montaigniano: ¿qué había en su manera de pensar que podía resultar tan incómodo?

Capítulo XXVI: De la educación de los hijos

Comencemos con uno de los capítulos más famosos del Libro I de los Ensayos: «De la educación de los hijos». A primera vista, puede parecer extraño encontrar un ensayo sobre educación entre los textos que podían despertar las sospechas de los censores romanos. Sin embargo, cuando examinamos lo que Montaigne propone, comenzamos a entender por qué algunas de sus afirmaciones podían resultar problemáticas.

Montaigne rechaza una educación basada simplemente en llenar la memoria del estudiante. Para él, el objetivo fundamental de la enseñanza debe ser formar el juicio. No quiere un alumno capaz únicamente de repetir las opiniones de Aristóteles, Cicerón o cualquier otra autoridad, sino una persona que sea capaz de examinarlas, compararlas y finalmente elaborar un juicio propio.

Por eso propone que el maestro no entregue inmediatamente una doctrina terminada al estudiante. Debe permitirle conocer diferentes posiciones y juzgarlas por sí mismo. Incluso cuando el estudiante termina adoptando una opinión ajena, debe haberla hecho verdaderamente suya después de examinarla.

No debemos aceptar algo simplemente porque una autoridad lo afirma. El verdadero aprendizaje exige apropiarse intelectualmente de aquello que aprendemos.

Esta propuesta educativa también explica la enorme importancia que Montaigne concede a la experiencia. El joven debe salir al mundo, viajar, conversar con personas diferentes y conocer otras costumbres. El mundo entero puede convertirse en una especie de libro en el cual aprender.

Y precisamente esta amplitud de experiencia aparece entre las cuestiones que llamaron la atención durante el examen romano de los Ensayos en 1581.

Pero había otro elemento todavía más concreto.

En este capítulo Montaigne menciona favorablemente a George Buchanan, uno de los grandes humanistas escoceses del siglo XVI. Buchanan era un extraordinario latinista, poeta y educador, pero existía un problema evidente desde la perspectiva de un censor católico: era protestante.

Montaigne podía admirar las cualidades intelectuales de una persona independientemente de sus diferencias religiosas. Para un hombre que constantemente observa la enorme diversidad de opiniones humanas, que un autor perteneciera a otra confesión no significaba necesariamente que todo cuanto hubiera escrito careciera de valor.

Sin embargo, debemos situarnos en 1581. Europa estaba dividida por la Reforma y la Contrarreforma, y Francia había atravesado décadas de violentas guerras de religión. La distinción entre autores católicos y protestantes no era simplemente una discusión académica.

Por eso, cuando los Ensayos fueron examinados en Roma, una de las observaciones formuladas contra Montaigne estuvo relacionada precisamente con haber elogiado a poetas considerados heréticos.

Lo interesante es que aquí comenzamos a encontrar un rasgo que aparecerá repetidamente en los Ensayos: Montaigne puede seguir siendo católico y, al mismo tiempo, negarse a reducir el valor intelectual de una persona exclusivamente a la etiqueta religiosa que lleva.

Y eso nos conduce a una pregunta mucho más profunda.

¿Hasta dónde puede llegar la libertad de juicio de un católico?


Capítulo XXXIII: Coincidencias del acaso y la razón

El siguiente capítulo que merece nuestra atención es el XXXIII, titulado «Coincidencias del acaso y la razón».

Aquí debemos hacer inmediatamente una precisión histórica: no tenemos evidencia de que este capítulo concreto haya sido censurado por las autoridades romanas en 1581. Sin embargo, resulta especialmente interesante porque toca uno de los asuntos que sí aparecen entre las observaciones formuladas a Montaigne: su utilización de conceptos como fortuna, suerte y azar.

Para comprender el problema debemos situarnos nuevamente en el contexto religioso del siglo XVI.

Cuando Montaigne explica determinados acontecimientos recurriendo a la fortuna o al azar, un lector cristiano podía preguntarse: ¿qué lugar queda entonces para la Providencia divina?

Desde luego, esto no significa que Montaigne estuviera negando la Providencia. Sería exagerado convertir estas expresiones en una declaración de incredulidad. Además, palabras como «fortuna» eran habituales en la tradición clásica y humanista que Montaigne conocía extraordinariamente bien.

El problema estaba en la manera en que podían interpretarse.

Si afirmamos que algo ocurrió «por fortuna», podemos simplemente querer decir que ocurrió de manera inesperada desde nuestra perspectiva. Pero también podría entenderse que estamos atribuyendo los acontecimientos a una fuerza autónoma llamada fortuna, como si el mundo estuviera gobernado por el azar y no por Dios.

Y precisamente en este capítulo Montaigne reúne ejemplos en los cuales la casualidad parece producir aquello que la razón buscaba deliberadamente.

El asunto resulta profundamente montaigniano. Los seres humanos elaboramos planes, calculamos posibilidades y creemos controlar los acontecimientos mediante nuestra inteligencia. Sin embargo, muchas veces ocurre algo completamente imprevisto que produce un resultado tan bueno —o incluso mejor— que aquello que habíamos diseñado racionalmente.

La frontera entre razón y azar comienza entonces a volverse menos clara.

Pero Montaigne no necesita construir una gran teoría filosófica acerca del azar. Como hace tantas veces en los Ensayos, simplemente coloca frente a nosotros distintos casos y permite que sean ellos los que debiliten nuestra confianza excesiva en las explicaciones demasiado seguras.

Y aquí aparece nuevamente su escepticismo.

El problema no consiste necesariamente en afirmar que todo ocurre por azar. Montaigne tampoco necesita demostrar semejante cosa. Lo que hace es mucho más sencillo: mostrarnos que nuestra razón no controla ni comprende los acontecimientos tanto como creemos.

Nosotros reconstruimos los hechos después de que han ocurrido y encontramos explicaciones racionales. Pero ¿Cuánto de aquello que atribuimos a nuestra prudencia dependió realmente de circunstancias que jamás habíamos previsto?

La fortuna se convierte así en una especie de recordatorio de nuestra ignorancia.

Y precisamente por eso este capítulo resulta tan interesante cuando conocemos las observaciones que Montaigne recibió en Roma. Entre ellas estaba su frecuente utilización del término «fortuna».

Desde una perspectiva teológica, podía ser necesario aclarar que aquello que nosotros llamamos fortuna no constituye un poder independiente de Dios.

Pero desde la perspectiva filosófica de Montaigne, la palabra cumple otra función: nos recuerda que el ser humano no posee el dominio intelectual del mundo que muchas veces se atribuye.

No necesariamente existe una contradicción entre ambas afirmaciones. La Providencia puede pertenecer al orden divino mientras que el azar describe nuestra experiencia humana de acontecimientos cuyas causas y consecuencias somos incapaces de prever.

Precisamente ahí encontramos una posible lectura compatible con el escepticismo de Montaigne: lo que para Dios puede no tener nada de azaroso, para nosotros puede ser completamente imprevisible.

Por eso el capítulo XXXIII no debe presentarse como «un capítulo censurado». No tenemos fundamento suficiente para decirlo.

Pero sí podemos considerarlo un capítulo que nos ayuda a comprender por qué el lenguaje de Montaigne sobre la fortuna llamó la atención de los censores romanos.

Y todavía nos queda un caso mucho más delicado. Porque una cosa era hablar de educación, razón o fortuna. Otra muy distinta era entrar directamente en cuestiones religiosas.

Capítulo LVI: De las oraciones

Llegamos ahora probablemente al capítulo más delicado desde el punto de vista religioso de todo el Libro I de los Ensayos: el capítulo LVI, «De las oraciones».

A diferencia de otros capítulos que podemos considerar polémicos por nuestra propia interpretación, aquí existe una razón histórica concreta para detenernos: las reflexiones de Montaigne sobre la oración estuvieron entre las cuestiones que llamaron la atención de los censores romanos cuando examinaron los Ensayos en 1581.

Y esto no resulta demasiado sorprendente. Montaigne está entrando en un terreno particularmente sensible. Ya no está hablando simplemente de educación, costumbres o acontecimientos gobernados aparentemente por la fortuna. Está hablando directamente de la relación del ser humano con Dios.

Montaigne comienza el ensayo con una actitud aparentemente muy prudente. Reconoce que tratar asuntos religiosos exige especial cuidado y deja claro que no pretende presentarse como teólogo. Esta actitud aparecerá frecuentemente en su obra: Montaigne distingue entre aquello que pertenece propiamente a la autoridad religiosa y aquello sobre lo cual él, como hombre particular, puede reflexionar.

Sin embargo, precisamente después de establecer esa prudencia comienza a formular preguntas bastante incómodas.

Una de ellas se refiere a la relación entre oración y conducta moral.

Montaigne observa una contradicción profundamente humana: podemos pedir ayuda a Dios y, al mismo tiempo, continuar deliberadamente realizando aquello que sabemos que está mal.

Podemos rezar antes de ejecutar nuestros proyectos, pedir que Dios favorezca nuestros propósitos e incluso utilizar palabras sagradas mientras nuestras acciones contradicen aquello que supuestamente profesamos.

Y Montaigne encuentra algo profundamente problemático en esto.

¿Qué significa pedir la ayuda de Dios cuando no tenemos ninguna intención de abandonar aquello que consideramos malo?

La oración corre entonces el peligro de transformarse en una herramienta al servicio de nuestros propios intereses. En lugar de modificar nuestra voluntad para acercarla al bien, pretendemos que Dios favorezca aquello que nuestra voluntad ya ha decidido realizar.

El problema se vuelve todavía más evidente cuando pensamos en la violencia.

Montaigne vivió durante las guerras de religión francesas, un período en el cual católicos y protestantes podían invocar a Dios mientras combatían, perseguían e incluso mataban a otros cristianos.

La pregunta que se encuentra detrás de sus reflexiones resulta entonces extraordinariamente incómoda:

¿podemos pedir a Dios que nos ayude a realizar aquello que sabemos que puede ser moralmente reprochable?

Para Montaigne, existe algo contradictorio en recurrir a la oración mientras voluntariamente permanecemos comprometidos con el vicio.

Y precisamente aquí encontramos uno de los puntos que generaron observaciones durante el examen romano de los Ensayos.

Los censores repararon en la manera en que Montaigne hablaba de la disposición moral que debía acompañar a la oración. El problema no consistía simplemente en que Montaigne rechazara la oración —no lo hacía—, sino en que un escritor laico estaba formulando afirmaciones sobre las condiciones morales y espirituales bajo las cuales debía realizarse.

Y eso nos permite comprender mejor la particular posición de Montaigne.

No estamos ante un enemigo de la religión. Tampoco ante alguien que pretenda construir una nueva teología. Montaigne insiste repetidamente en su pertenencia al catolicismo.

Lo que encontramos es algo diferente: un hombre que aplica su examen crítico incluso al comportamiento religioso de los propios creyentes.

Y en este punto su crítica puede resultar especialmente severa.

Porque Montaigne parece menos preocupado por atacar las doctrinas religiosas que por denunciar la facilidad con que los seres humanos utilizan la religión para justificar aquello que ya querían hacer.

  • Podemos invocar a Dios.
  • Podemos pronunciar oraciones.
  • Podemos defender públicamente nuestra religión.

Y, sin embargo, nada de eso garantiza por sí solo que nuestras acciones sean buenas.

Por eso «De las oraciones» resulta fundamental para comprender la relación de Montaigne con la religión. 

Otros capítulos del Libro I que también incomodaban... aunque no fueron censurados en 1581

Hasta aquí hemos visto los capítulos que sí estuvieron relacionados con las observaciones hechas a Montaigne durante su estancia en Roma. Pero el Libro I contiene otros ensayos que, leídos en el contexto de la Contrarreforma, podían resultar profundamente incómodos. No existe evidencia de que fueran señalados específicamente por los censores romanos de 1581, pero sí desarrollan algunas de las ideas más audaces de Montaigne.

Y curiosamente, varios de ellos son hoy algunos de los ensayos más famosos de toda su obra.

Capítulo XXIII: De la costumbre y de no cambiar fácilmente una ley recibida

Si tuviera que escoger un capítulo verdaderamente revolucionario del Libro I, probablemente sería este.

Montaigne parte de una observación muy sencilla: la costumbre gobierna gran parte de nuestra vida. Aquello que consideramos natural, correcto o evidente suele ser simplemente aquello a lo que estamos acostumbrados desde niños.

Y comienza entonces una larga serie de ejemplos sorprendentes. Describe pueblos con costumbres matrimoniales distintas, formas diferentes de vestir, de comer, de impartir justicia y de organizar la sociedad. Lo que para unos parece monstruoso, para otros resulta completamente normal.

La conclusión no es que todas las costumbres sean iguales ni que toda verdad desaparezca. La conclusión es mucho más incómoda:

Muchas veces confundimos la costumbre con la naturaleza.

Es decir, creemos que algo es universal cuando en realidad es simplemente el hábito de nuestra propia cultura.

Aquí aparece uno de los rasgos más característicos del escepticismo de Montaigne: desconfiar de aquello que parece evidente únicamente porque siempre lo hemos visto así.

Para una Europa del siglo XVI, profundamente convencida de la superioridad de sus instituciones y de su religión, esta reflexión podía ser inquietante.

Porque obliga al lector a hacerse una pregunta difícil:

¿Y si algunas de mis certezas son simplemente costumbres heredadas?

Capítulo XXX: De los caníbales

Este es, probablemente, el ensayo más famoso de Montaigne.

Todo comienza con el relato de los pueblos indígenas del Brasil. El lector espera encontrar una condena del canibalismo. Sin embargo, Montaigne cambia completamente el enfoque.

Dice una frase célebre:

«Llamamos bárbaro a aquello que no es de nuestro uso.»

Es una inversión extraordinaria.

Montaigne no niega que el canibalismo exista. Lo que pregunta es por qué los europeos se escandalizan tanto por esa práctica mientras toleran torturas, guerras civiles, matanzas religiosas y crueldades mucho peores.

Y entonces formula una comparación devastadora.

Según él, es más bárbaro torturar lentamente a un hombre vivo en nombre de la religión que comerse el cuerpo de un enemigo ya muerto como parte de un ritual guerrero.

Francia acababa de vivir episodios como la Matanza de San Bartolomé. Católicos y protestantes se asesinaban invocando a Dios.

Montaigne utiliza América para hablar, en realidad, de Europa.

No idealiza completamente a los indígenas; pero tampoco acepta que Europa ocupe automáticamente una posición moral superior.

Este capítulo anticipa ideas que siglos después aparecerán en la antropología y en la crítica al etnocentrismo.

Capítulo XI: De los pronósticos

A primera vista parece un ensayo menor, pero es sorprendentemente moderno.

Montaigne examina la obsesión humana por conocer el futuro: augurios, profecías, astrología, señales y presagios. Su actitud vuelve a ser escéptica.

No intenta demostrar que todas las profecías sean falsas. Más bien muestra cómo las personas recuerdan los aciertos y olvidan los errores.

Es una crítica a nuestra tendencia a encontrar patrones donde quizá sólo existe coincidencia.

En otras palabras, Montaigne sospecha de nuestra necesidad de convertir el azar en destino.

Capítulo XV: Se castiga la cobardía más que otros vicios

Montaigne observa que muchas sociedades condenan la cobardía con mayor severidad que delitos moralmente peores.

¿Por qué un cobarde produce más desprecio que un hombre cruel?

La respuesta lo lleva a cuestionar los valores del honor militar y de la gloria.

En una sociedad aristocrática, donde el honor era casi una virtud sagrada, esta reflexión resultaba profundamente provocadora.

Capítulo XVII: Del miedo

Montaigne sostiene que el miedo puede hacer perder completamente la razón. Personas valientes huyen; otras quedan inmóviles; algunas incluso mueren de terror sin haber sido heridas.

Otra vez aparece la desconfianza hacia la imagen orgullosa que tenemos de nuestra propia racionalidad.

¿Entonces la Iglesia censuró todos estos capítulos?

La respuesta es no.

Es importante distinguir dos cosas.

  • Históricamente, las objeciones documentadas en Roma se dirigieron a pasajes concretos de los Ensayos, especialmente relacionados con la educación, la oración, la utilización del término «fortuna», el elogio de autores considerados herejes y otros puntos específicos.
  • Filosóficamente, muchos otros capítulos del Libro I desarrollan ideas que podían resultar incómodas para el clima intelectual y religioso del siglo XVI: la relatividad de las costumbres, la crítica al etnocentrismo, la desconfianza hacia las certezas humanas y la constante invitación a examinar nuestras propias creencias.

Y quizá esa sea la mejor manera de entender a Montaigne.

No era un filósofo que quisiera destruir la religión ni reemplazarla por otra doctrina.

Conclusión

Cuando pensamos en la censura de Montaigne, es fácil imaginar a un filósofo perseguido por ser escéptico. La realidad es más compleja. Montaigne fue un católico que dialogó con las autoridades romanas, aceptó algunas observaciones y defendió otras de sus ideas. Pero sus Ensayos nunca dejaron de plantear preguntas incómodas.

El verdadero problema de Montaigne no era decirle al lector qué debía creer. Era preguntarle por qué estaba tan seguro de creerlo.

Por eso, cuatro siglos después, sus ensayos siguen incomodando. Porque nos obligan a examinar nuestras costumbres, nuestras opiniones, nuestra educación y hasta nuestra manera de vivir la religión.

Y quizá esa sea la lección más escéptica de Montaigne: el peligro no está en tener dudas; el peligro está en no dudar nunca de nuestras propias certezas.