lunes, 31 de agosto de 2026

Los capítulos de Montaigne que incomodaron a la Iglesia

Los capítulos de Montaigne que incomodaron a la Iglesia

Michel de Montaigne fue católico, nunca abandonó formalmente su fe y vivió en una Francia profundamente marcada por las guerras de religión. Sin embargo, eso no impidió que algunas de las ideas contenidas en sus Ensayos despertaran sospechas en las autoridades eclesiásticas de su tiempo.

En 1581, durante su estancia en Roma, los Ensayos fueron examinados y Montaigne recibió una serie de observaciones sobre determinados pasajes de su obra. ¿Qué podía resultar problemático en ellos? Su manera de hablar de la fortuna y el azar, sus elogios a determinados autores considerados herejes, algunas de sus ideas sobre la educación y, especialmente, ciertas reflexiones relacionadas con la oración y la religión.

Pero aquí debemos hacer una precisión importante: no podemos simplemente decir que «la Iglesia prohibió los Ensayos de Montaigne» en 1581. La historia es bastante más interesante. Montaigne escuchó las objeciones de los censores, respondió a ellas y dejó un relato del episodio en su propio diario de viaje. Décadas después de su muerte, en 1676, los Ensayos terminarían efectivamente incorporados al Index Librorum Prohibitorum.

Por eso, en esta entrada vamos a regresar al Libro I de los Ensayos para detenernos en algunos de sus capítulos más polémicos. Veremos cuáles estuvieron realmente relacionados con las objeciones que recibió Montaigne en Roma, cuáles simplemente contienen ideas que podían resultar incómodas en el contexto religioso del siglo XVI y, sobre todo, qué nos revela todo esto acerca de la peculiar relación de Montaigne con la fe, la duda y la libertad de juicio.

Porque quizás lo más interesante no sea preguntarnos simplemente por qué censuraron a Montaigne, sino algo mucho más montaigniano: ¿qué había en su manera de pensar que podía resultar tan incómodo?

Capítulo XXVI: De la educación de los hijos

Comencemos con uno de los capítulos más famosos del Libro I de los Ensayos: «De la educación de los hijos». A primera vista, puede parecer extraño encontrar un ensayo sobre educación entre los textos que podían despertar las sospechas de los censores romanos. Sin embargo, cuando examinamos lo que Montaigne propone, comenzamos a entender por qué algunas de sus afirmaciones podían resultar problemáticas.

Montaigne rechaza una educación basada simplemente en llenar la memoria del estudiante. Para él, el objetivo fundamental de la enseñanza debe ser formar el juicio. No quiere un alumno capaz únicamente de repetir las opiniones de Aristóteles, Cicerón o cualquier otra autoridad, sino una persona que sea capaz de examinarlas, compararlas y finalmente elaborar un juicio propio.

Por eso propone que el maestro no entregue inmediatamente una doctrina terminada al estudiante. Debe permitirle conocer diferentes posiciones y juzgarlas por sí mismo. Incluso cuando el estudiante termina adoptando una opinión ajena, debe haberla hecho verdaderamente suya después de examinarla.

Aquí encontramos una de las ideas fundamentales de todo el pensamiento de Montaigne: no debemos aceptar algo simplemente porque una autoridad lo afirma. El verdadero aprendizaje exige apropiarse intelectualmente de aquello que aprendemos.

Esta propuesta educativa también explica la enorme importancia que Montaigne concede a la experiencia. El joven debe salir al mundo, viajar, conversar con personas diferentes y conocer otras costumbres. El mundo entero puede convertirse en una especie de libro en el cual aprender.

Y precisamente esta amplitud de experiencia aparece entre las cuestiones que llamaron la atención durante el examen romano de los Ensayos en 1581.

Pero había otro elemento todavía más concreto.

En este capítulo Montaigne menciona favorablemente a George Buchanan, uno de los grandes humanistas escoceses del siglo XVI. Buchanan era un extraordinario latinista, poeta y educador, pero existía un problema evidente desde la perspectiva de un censor católico: era protestante.

Montaigne podía admirar las cualidades intelectuales de una persona independientemente de sus diferencias religiosas. Para un hombre que constantemente observa la enorme diversidad de opiniones humanas, que un autor perteneciera a otra confesión no significaba necesariamente que todo cuanto hubiera escrito careciera de valor.

Sin embargo, debemos situarnos en 1581. Europa estaba dividida por la Reforma y la Contrarreforma, y Francia había atravesado décadas de violentas guerras de religión. La distinción entre autores católicos y protestantes no era simplemente una discusión académica.

Por eso, cuando los Ensayos fueron examinados en Roma, una de las observaciones formuladas contra Montaigne estuvo relacionada precisamente con haber elogiado a poetas considerados heréticos.

Lo interesante es que aquí comenzamos a encontrar un rasgo que aparecerá repetidamente en los Ensayos: Montaigne puede seguir siendo católico y, al mismo tiempo, negarse a reducir el valor intelectual de una persona exclusivamente a la etiqueta religiosa que lleva.

Y eso nos conduce a una pregunta mucho más profunda.

¿Hasta dónde puede llegar la libertad de juicio de un católico?


Capítulo XXXIII: Coincidencias del acaso y la razón

El siguiente capítulo que merece nuestra atención es el XXXIII, titulado «Coincidencias del acaso y la razón».

Aquí debemos hacer inmediatamente una precisión histórica: no tenemos evidencia de que este capítulo concreto haya sido censurado por las autoridades romanas en 1581. Sin embargo, resulta especialmente interesante porque toca uno de los asuntos que sí aparecen entre las observaciones formuladas a Montaigne: su utilización de conceptos como fortuna, suerte y azar.

Para comprender el problema debemos situarnos nuevamente en el contexto religioso del siglo XVI.

Cuando Montaigne explica determinados acontecimientos recurriendo a la fortuna o al azar, un lector cristiano podía preguntarse: ¿qué lugar queda entonces para la Providencia divina?

Desde luego, esto no significa que Montaigne estuviera negando la Providencia. Sería exagerado convertir estas expresiones en una declaración de incredulidad. Además, palabras como «fortuna» eran habituales en la tradición clásica y humanista que Montaigne conocía extraordinariamente bien.

El problema estaba en la manera en que podían interpretarse.

Si afirmamos que algo ocurrió «por fortuna», podemos simplemente querer decir que ocurrió de manera inesperada desde nuestra perspectiva. Pero también podría entenderse que estamos atribuyendo los acontecimientos a una fuerza autónoma llamada fortuna, como si el mundo estuviera gobernado por el azar y no por Dios.

Y precisamente en este capítulo Montaigne reúne ejemplos en los cuales la casualidad parece producir aquello que la razón buscaba deliberadamente.

El asunto resulta profundamente montaigniano. Los seres humanos elaboramos planes, calculamos posibilidades y creemos controlar los acontecimientos mediante nuestra inteligencia. Sin embargo, muchas veces ocurre algo completamente imprevisto que produce un resultado tan bueno —o incluso mejor— que aquello que habíamos diseñado racionalmente.

La frontera entre razón y azar comienza entonces a volverse menos clara.

Pero Montaigne no necesita construir una gran teoría filosófica acerca del azar. Como hace tantas veces en los Ensayos, simplemente coloca frente a nosotros distintos casos y permite que sean ellos los que debiliten nuestra confianza excesiva en las explicaciones demasiado seguras.

Y aquí aparece nuevamente su escepticismo.

El problema no consiste necesariamente en afirmar que todo ocurre por azar. Montaigne tampoco necesita demostrar semejante cosa. Lo que hace es mucho más sencillo: mostrarnos que nuestra razón no controla ni comprende los acontecimientos tanto como creemos.

Nosotros reconstruimos los hechos después de que han ocurrido y encontramos explicaciones racionales. Pero ¿cuánto de aquello que atribuimos a nuestra prudencia dependió realmente de circunstancias que jamás habíamos previsto?

La fortuna se convierte así en una especie de recordatorio de nuestra ignorancia.

Y precisamente por eso este capítulo resulta tan interesante cuando conocemos las observaciones que Montaigne recibió en Roma. Entre ellas estaba su frecuente utilización del término «fortuna».

Desde una perspectiva teológica, podía ser necesario aclarar que aquello que nosotros llamamos fortuna no constituye un poder independiente de Dios.

Pero desde la perspectiva filosófica de Montaigne, la palabra cumple otra función: nos recuerda que el ser humano no posee el dominio intelectual del mundo que muchas veces se atribuye.

No necesariamente existe una contradicción entre ambas afirmaciones. La Providencia puede pertenecer al orden divino mientras que el azar describe nuestra experiencia humana de acontecimientos cuyas causas y consecuencias somos incapaces de prever.

Precisamente ahí encontramos una posible lectura compatible con el escepticismo de Montaigne: lo que para Dios puede no tener nada de azaroso, para nosotros puede ser completamente imprevisible.

Por eso el capítulo XXXIII no debe presentarse como «un capítulo censurado». No tenemos fundamento suficiente para decirlo.

Pero sí podemos considerarlo un capítulo que nos ayuda a comprender por qué el lenguaje de Montaigne sobre la fortuna llamó la atención de los censores romanos.

Y todavía nos queda un caso mucho más delicado. Porque una cosa era hablar de educación, razón o fortuna. Otra muy distinta era entrar directamente en cuestiones religiosas.

Capítulo LVI: De las oraciones

Llegamos ahora probablemente al capítulo más delicado desde el punto de vista religioso de todo el Libro I de los Ensayos: el capítulo LVI, «De las oraciones».

A diferencia de otros capítulos que podemos considerar polémicos por nuestra propia interpretación, aquí existe una razón histórica concreta para detenernos: las reflexiones de Montaigne sobre la oración estuvieron entre las cuestiones que llamaron la atención de los censores romanos cuando examinaron los Ensayos en 1581.

Y esto no resulta demasiado sorprendente. Montaigne está entrando en un terreno particularmente sensible. Ya no está hablando simplemente de educación, costumbres o acontecimientos gobernados aparentemente por la fortuna. Está hablando directamente de la relación del ser humano con Dios.

Montaigne comienza el ensayo con una actitud aparentemente muy prudente. Reconoce que tratar asuntos religiosos exige especial cuidado y deja claro que no pretende presentarse como teólogo. Esta actitud aparecerá frecuentemente en su obra: Montaigne distingue entre aquello que pertenece propiamente a la autoridad religiosa y aquello sobre lo cual él, como hombre particular, puede reflexionar.

Sin embargo, precisamente después de establecer esa prudencia comienza a formular preguntas bastante incómodas.

Una de ellas se refiere a la relación entre oración y conducta moral.

Montaigne observa una contradicción profundamente humana: podemos pedir ayuda a Dios y, al mismo tiempo, continuar deliberadamente realizando aquello que sabemos que está mal.

Podemos rezar antes de ejecutar nuestros proyectos, pedir que Dios favorezca nuestros propósitos e incluso utilizar palabras sagradas mientras nuestras acciones contradicen aquello que supuestamente profesamos.

Y Montaigne encuentra algo profundamente problemático en esto.

¿Qué significa pedir la ayuda de Dios cuando no tenemos ninguna intención de abandonar aquello que consideramos malo?

La oración corre entonces el peligro de transformarse en una herramienta al servicio de nuestros propios intereses. En lugar de modificar nuestra voluntad para acercarla al bien, pretendemos que Dios favorezca aquello que nuestra voluntad ya ha decidido realizar.

El problema se vuelve todavía más evidente cuando pensamos en la violencia.

Montaigne vivió durante las guerras de religión francesas, un período en el cual católicos y protestantes podían invocar a Dios mientras combatían, perseguían e incluso mataban a otros cristianos.

La pregunta que se encuentra detrás de sus reflexiones resulta entonces extraordinariamente incómoda:

¿podemos pedir a Dios que nos ayude a realizar aquello que sabemos que puede ser moralmente reprochable?

Para Montaigne, existe algo contradictorio en recurrir a la oración mientras voluntariamente permanecemos comprometidos con el vicio.

Y precisamente aquí encontramos uno de los puntos que generaron observaciones durante el examen romano de los Ensayos.

Los censores repararon en la manera en que Montaigne hablaba de la disposición moral que debía acompañar a la oración. El problema no consistía simplemente en que Montaigne rechazara la oración —no lo hacía—, sino en que un escritor laico estaba formulando afirmaciones sobre las condiciones morales y espirituales bajo las cuales debía realizarse.

Y eso nos permite comprender mejor la particular posición de Montaigne.

No estamos ante un enemigo de la religión. Tampoco ante alguien que pretenda construir una nueva teología. Montaigne insiste repetidamente en su pertenencia al catolicismo.

Lo que encontramos es algo diferente: un hombre que aplica su examen crítico incluso al comportamiento religioso de los propios creyentes.

Y en este punto su crítica puede resultar especialmente severa.

Porque Montaigne parece menos preocupado por atacar las doctrinas religiosas que por denunciar la facilidad con que los seres humanos utilizan la religión para justificar aquello que ya querían hacer.

Podemos invocar a Dios.

Podemos pronunciar oraciones.

Podemos defender públicamente nuestra religión.

Y, sin embargo, nada de eso garantiza por sí solo que nuestras acciones sean buenas.

Aquí aparece nuevamente uno de los grandes temas de los Ensayos: la distancia entre aquello que decimos y aquello que realmente somos.

Por eso «De las oraciones» resulta fundamental para comprender la relación de Montaigne con la religión. Su escepticismo no necesariamente lo conduce a rechazar la fe. Más bien lo vuelve profundamente desconfiado frente a la pretensión humana de hablar con excesiva seguridad en nombre de ella.

Otros capítulos del Libro I que también incomodaban... aunque no fueron censurados en 1581

Hasta aquí hemos visto los capítulos que sí estuvieron relacionados con las observaciones hechas a Montaigne durante su estancia en Roma. Pero el Libro I contiene otros ensayos que, leídos en el contexto de la Contrarreforma, podían resultar profundamente incómodos. No existe evidencia de que fueran señalados específicamente por los censores romanos de 1581, pero sí desarrollan algunas de las ideas más audaces de Montaigne.

Y curiosamente, varios de ellos son hoy algunos de los ensayos más famosos de toda su obra.

Capítulo XXIII: De la costumbre y de no cambiar fácilmente una ley recibida

Si tuviera que escoger un capítulo verdaderamente revolucionario del Libro I, probablemente sería este.

Montaigne parte de una observación muy sencilla: la costumbre gobierna gran parte de nuestra vida. Aquello que consideramos natural, correcto o evidente suele ser simplemente aquello a lo que estamos acostumbrados desde niños.

Y comienza entonces una larga serie de ejemplos sorprendentes. Describe pueblos con costumbres matrimoniales distintas, formas diferentes de vestir, de comer, de impartir justicia y de organizar la sociedad. Lo que para unos parece monstruoso, para otros resulta completamente normal.

La conclusión no es que todas las costumbres sean iguales ni que toda verdad desaparezca. La conclusión es mucho más incómoda:

Muchas veces confundimos la costumbre con la naturaleza.

Es decir, creemos que algo es universal cuando en realidad es simplemente el hábito de nuestra propia cultura.

Aquí aparece uno de los rasgos más característicos del escepticismo de Montaigne: desconfiar de aquello que parece evidente únicamente porque siempre lo hemos visto así.

Para una Europa del siglo XVI, profundamente convencida de la superioridad de sus instituciones y de su religión, esta reflexión podía ser inquietante.

Porque obliga al lector a hacerse una pregunta difícil:

¿Y si algunas de mis certezas son simplemente costumbres heredadas?

Capítulo XXX: De los caníbales

Este es, probablemente, el ensayo más famoso de Montaigne.

Todo comienza con el relato de los pueblos indígenas del Brasil. El lector espera encontrar una condena del canibalismo. Sin embargo, Montaigne cambia completamente el enfoque.

Dice una frase célebre:

«Llamamos bárbaro a aquello que no es de nuestro uso.»

Es una inversión extraordinaria.

Montaigne no niega que el canibalismo exista. Lo que pregunta es por qué los europeos se escandalizan tanto por esa práctica mientras toleran torturas, guerras civiles, matanzas religiosas y crueldades mucho peores.

Y entonces formula una comparación devastadora.

Según él, es más bárbaro torturar lentamente a un hombre vivo en nombre de la religión que comerse el cuerpo de un enemigo ya muerto como parte de un ritual guerrero.

Pensemos en el contexto.

Francia acababa de vivir episodios como la Matanza de San Bartolomé. Católicos y protestantes se asesinaban invocando a Dios.

Montaigne utiliza América para hablar, en realidad, de Europa.

No idealiza completamente a los indígenas; pero tampoco acepta que Europa ocupe automáticamente una posición moral superior.

Este capítulo anticipa ideas que siglos después aparecerán en la antropología y en la crítica al etnocentrismo.

Capítulo XI: De los pronósticos

A primera vista parece un ensayo menor, pero es sorprendentemente moderno.

Montaigne examina la obsesión humana por conocer el futuro: augurios, profecías, astrología, señales y presagios.

Su actitud vuelve a ser escéptica.

No intenta demostrar que todas las profecías sean falsas. Más bien muestra cómo las personas recuerdan los aciertos y olvidan los errores.

Es una crítica a nuestra tendencia a encontrar patrones donde quizá sólo existe coincidencia.

En otras palabras, Montaigne sospecha de nuestra necesidad de convertir el azar en destino.

Capítulo XV: Se castiga la cobardía más que otros vicios

Montaigne observa que muchas sociedades condenan la cobardía con mayor severidad que delitos moralmente peores.

¿Por qué un cobarde produce más desprecio que un hombre cruel?

La respuesta lo lleva a cuestionar los valores del honor militar y de la gloria.

En una sociedad aristocrática, donde el honor era casi una virtud sagrada, esta reflexión resultaba profundamente provocadora.

Capítulo XVII: Del miedo

Montaigne sostiene que el miedo puede hacer perder completamente la razón. Personas valientes huyen; otras quedan inmóviles; algunas incluso mueren de terror sin haber sido heridas.

Su conclusión es sencilla:

El ser humano no es tan dueño de sí mismo como imagina.

Otra vez aparece la desconfianza hacia la imagen orgullosa que tenemos de nuestra propia racionalidad.

¿Entonces la Iglesia censuró todos estos capítulos?

La respuesta es no.

Es importante distinguir dos cosas.

  • Históricamente, las objeciones documentadas en Roma se dirigieron a pasajes concretos de los Ensayos, especialmente relacionados con la educación, la oración, la utilización del término «fortuna», el elogio de autores considerados herejes y otros puntos específicos.
  • Filosóficamente, muchos otros capítulos del Libro I desarrollan ideas que podían resultar incómodas para el clima intelectual y religioso del siglo XVI: la relatividad de las costumbres, la crítica al etnocentrismo, la desconfianza hacia las certezas humanas y la constante invitación a examinar nuestras propias creencias.

Y quizá esa sea la mejor manera de entender a Montaigne.

No era un filósofo que quisiera destruir la religión ni reemplazarla por otra doctrina.

Conclusión

Cuando pensamos en la censura de Montaigne, es fácil imaginar a un filósofo perseguido por ser escéptico. La realidad es más compleja. Montaigne fue un católico que dialogó con las autoridades romanas, aceptó algunas observaciones y defendió otras de sus ideas. Pero sus Ensayos nunca dejaron de plantear preguntas incómodas.

El verdadero problema de Montaigne no era decirle al lector qué debía creer. Era preguntarle por qué estaba tan seguro de creerlo.

Por eso, cuatro siglos después, sus ensayos siguen incomodando. Porque nos obligan a examinar nuestras costumbres, nuestras opiniones, nuestra educación y hasta nuestra manera de vivir la religión.

Y quizá esa sea la lección más escéptica de Montaigne: el peligro no está en tener dudas; el peligro está en no dudar nunca de nuestras propias certezas.

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