lunes, 16 de octubre de 2023

Martín Lutero - Juicio sobre los votos monásticos

 


A partir de ciertos hechos controversiales como el casamiento de unos monjes, Martín Lutero elabora una obra tal que señala una contradicción entre la vida monástica y las Sagradas Escrituras. Sin embargo, Lutero no quiere polemizar con esta obra, pero desafortunadamente tiene el mismo efecto que sus 95 tesis, las cuales tampoco eran ideas para generar una gran polémica, todo lo contrario, el reformador quiere exhortar a que todos los cristianos viven un sacerdocio en su interior. Veamos esta gran obra. 



JUICIO SOBRE LOS VOTOS MONÁSTICOS

Dedicatoria al padre

Este escrito está dedicado al padre de Lutero; Hans Lutero, que nunca estuvo de acuerdo en que Lutero entrara en una orden monástica. Lutero había entrado al monacato agustino, pero luego de sus reflexiones y pensamientos se retira del mismo. Fue escrito en el castillo de Wartburg.

Si hay algo que los papistas consideran algo de admiración es la virginidad y la abstinencia. Sin embargo, la virginidad no es alabada en las Sagradas Escrituras, sino que más bien solo aprobada. Los papistas toman estas dos condiciones como si fueran de orden divino cuando en realidad no lo son. 

El padre de Lutero no quería que entrara a un monasterio, pero contra toda la autoridad de sus padres, Lutero entró de todas maneras. Se arrepiente y señala la importancia de obedecer a los padres, y como los que entran a los monasterios lo hacen con el propósito de escapar de la autoridad de sus padres. 

Naturaleza del voto

Para analizar la naturaleza del voto, Lutero señala que no es importante ver si los votos se deben cumplir, puesto que sí se deben cumplir, pero lo importante es ver cuáles son los votos verdaderamente piadosos, buenos y agradables a Dios.

Votos monásticos

Ahora bien, cuando se hablan de los votos monásticos, son estos los que van en contra de la palabra de Dios. Para Lutero, la castidad es un voto perpetuo de una extraordinaria y muy rara virtud, pues ni siquiera están en el Antiguo Testamento ni tampoco en el Nuevo Testamento. Sí sabemos que Pablo hizo votos y se purificó a sí mismo junto con otros cuatro hombres, pero este fue un voto limitado además de ser un residuo del Antiguo Testamento.

El primero en instituir la vida monástica fue San Antonio quien dijo que para iniciar una vida monástica solo era necesario seguir las Sagradas Escrituras, pero lo que el apoyaba no es nada parecido a lo que existía en tiempos de Lutero. Todos los hombres que vinieron después exageraron las palabras de San Antonio e hicieron todas las actividades a su modo, tomando votos que no tenían nada que ver ni con su vida ni con las Sagradas Escrituras. 

Otro santo que profesaba una vida parecida a la monástica era San Francisco de Asís, quien efectivamente enseñó sobre la castidad. Sin embargo, el santo estableció que se viva libremente sea con la castidad o no, no obligando a tomar una vida monástica necesariamente. No obstante, Lutero nos dice que Francisco sí habría cometido errores, como pensar que lo que dicen las Sagradas Escrituras son solo consejos (como enseñan otras escuelas impías). 

A los monjes franciscanos también se les llamaba ''minoritas''  Estos tienen por costumbre el celibato y no tocar dinero, pero si se les pregunta porqué lo hacen, siendo que Cristo no ordenó ninguna de esas cosas, lo único que pueden decir es que San Francisco lo dictó de ese modo. 

Los votos monásticos van más allá de lo que Cristo indica, que tengan fe. Por eso, al exceder el mandamiento, los votos monásticos deberían estar prohibidos. 

Supuestos fundamentos de los votos

Los votos monásticos tienen dos principios que giran entre los conceptos de consejo y mandamiento. El primero versa sobre los consejos.

La aseveración de que el evangelio no es común a todos, sino que se divide en consejos y mandamientos es la base de su pensamiento. Así, no solo se observan también los consejos y no sólo los mandamientos, los cuales fueron establecidos para el resto del vulgo.
Manejando los mandamientos y los ''consejos'' de esta forma, los monjes creen servir a Dios de una manera mejor que cualquier otro cristiano. Pero en la sentencia de estas ideas está la soberbia de cada uno de ellos. 

"Si hablases en lenguas humanas y angélicas, si repartieses todos tus bienes para dar de comer a los pobres, si entregases tu propio cuerpo para ser quemado, nada eres y nada hiciste si no tienes amor"
(1 Colosenses 13:1-3)

En consecuencia, los monjes no siguen a Cristo sino que siguen lecciones de hombres posteriores que no enseñan las Sagradas Escrituras. Viven en la mentira. 

El segundo principio es la división de la vida cristiana en dos:

  • Perfección: el que vive en el estado de perfección es aquél que con fe ardiente desprecia la muerte, la vida, la gloria y el mundo entero y con ferviente amor se hace siervo de todos.
  • Imperfección: Al pueblo en general le asignan el estado de imperfección

Pero la soberbia de creerse los perfectos, hacen que estos justamente caigan en lo que desagrada a Dios. Se puede practicar la virginidad o castidad, pero siempre que no sea pensada como querer agradar a Dios, pues Dios no lo ha mandado. 

Virginidad

Lo más fundamental en los monjes es la virginidad, que dentro de sus argumentos lo usan como consejo, no como mandamiento. Sin embargo, Lutero nos dice que Cristo ni siquiera enseña esto como consejo; al contrario, antes disuade todo esto. Cuando Cristo hace mención a los eunucos dice:

''El que sea capaz de recibir esta, que lo reciba"
"No todos san capaces de recibir esta"
(Mateo 19:11-12)

Estas frases no invita o incitan a seguir tal vida, sino que simplemente describe un estado de cosas, dice Lutero. Además, si esto es solo un consejo, ¿por qué los monjes se lo toman como si fuera un férreo mandamiento en su vida?

Voto de pobreza

Este es otro de los votos fundamentales en la vida monástica. Sin embargo, Lutero nos dice que esto no ofrece nada más que el cuidado de los bienes exteriores. Los bienes interiores ya son tratados en el bautismo, y la buena administración de los bienes (exteriores) ya está establecida en las Sagradas Escrituras, dejándose para sí aquellos bienes que son necesarios (de los cuales ni siquiera los monjes pueden rechazar). 

Los votos son contrarios a la fe

Una vez que se demuestran que los votos son contrarios a la Palabra de Dios, veamos entonces cómo los votos con contrarios a la fe. Para comenzar con este análisis, Lutero pide que se tenga en consideración el siguiente versículo:

''Todo lo que no proviene de fe, es pecado''
(Romanos 14:23)

De modo que si los votos monásticos no provienen de la fe, son pecados absolutamente. La fe sola, sin las obras, produce la remisión de pecados, la justificación y la buena conciencia; y en cambio, que las obras que siguen a la fe, son frutos del hombre ya justificado, provenientes de la remisión de pecados y la buena conciencia, es decir, de la fe y del amor.

Los votos y las obras votivas son ley y obras, no fe ni productos de la fe. En efecto, ¿Qué es un voto sino una especie de ley? Las propias palabras de nuestros antagonistas lo atestiguan cuando dicen: "Lo que antes del voto era libre y espontáneo, después del voto es obligatorio; y ya no es más un consejo, sino un mandamiento"

Por lo tanto, los que hacen votos en la creencia de que mediante ese género de vida llegan a ser buenos y salvos, y de que así eliminan los pecados y se hacen ricos en buenas obras, son a todas luces impíos y judíos, hombres que apostataron de la fe y hasta blasfeman y reniegan de la fe; pues atribuyen a sus leyes y a sus propias obras lo que en realidad pertenece a la fe sola.

Pablo profetizó:

"En los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios, por la hipocresía de mentirosos"
(1 Timoteo 4:1-2)

Para Lutero, este tipo de vida es superfluo e innecesario. dicen que el hombre puede obtener la gracia y el perdón de los pecados mediante sus propias obras naturales. Es esta, en efecto, la opinión de todos ellos; y con este propósito hacen también sus votos, a saber, para alcanzar con tal género de vida la gracia de Dios, conforme al principio ya enunciado de su mal llamada fe.

En efecto, son los demonios y los espíritus engañadores enseñan que el hombre es justificado y salvado por las obras, y se apartan de la fe al considerar su propia obediencia, pobreza y castidad, no sólo como caminos seguros a la salvación, sino como caminos más perfectos y excelentes que los de los demás fieles, lo que es una mentira evidente y rotunda y un error y un pecado contra la fe. Nada les queda, de hecho, sino la hipocresía y una conciencia cauterizada.

Se puede objetar que la vida de ciertos santos ha sido así, cómo la vida monástica, pero Lutero nos dice que no. Ninguno de los santos llegó a ser bueno con ayuda de la vida monástica, ni pueden ellos aducir ejemplo alguno al respecto. Antes bien, todos llegaron a ser buenos y salvos en Cristo solo mediante la fe.

De hecho, se admira a San Bernardo por su vida monástica, pero Lutero nos dice que antes de su muerte, el santo dijo:

''Eché a perder mi tiempo, porque llevé una vida condenable. Pero una cosa me consuela: que al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios"

"Cristo posee el reino con doble derecho: primero por ser el Hijo, segundo por haber padecido. De este segundo mérito empero él mismo no tenía necesidad alguna, mas me lo ha dado a mí y a todos los creyentes"

Estas son las palabras de San Bernardo, como se puede ver, no pondera para nada el voto de pobreza, obediencia y castidad, antes bien, llama a su propia vida una vida condenable; y en esta fe ha sido guardado y justificado juntamente con todos los santos. 

De acuerdo con Lutero, la única forma de hacer un voto para con Dios es esta:

''Heme aquí, oh Señor, te prometo llevar este género de vida, mas no porque lo considere como camino a la justicia y la salvación, o como una manera de hacer satisfacción por mis pecados. Esta idea, te ruego, apártala de mi mente por tu misericordia; pues esto resultada en vituperio para Cristo, mi Señor, porque significaría negar sus méritos, tener por inmunda su sangre y hacer burla de tu Hijo que es el único a quien corresponde esta gloria de ser el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y que con su sangre lava y justifica a todos los hombres; lejos esté de mí el desechar tan sacrílegamente tu gracia. Todas estas bendiciones las esperaré de él solo, y para su obtención confiaré sólo en él, y de ninguna manera en mí mismo o en alguna otra cosa creada, y mucho menos en mis votos y obras. Mi propósito es éste: ya que debo vivir en la carne y no debo estar ocioso, me dedicaré a esta forma de vida para ejercitar mi cuerpo, para servir a mi prójimo, para meditar en tu palabra, del mismo modo como otro se dedica a la agricultura o a la artesanía, cada cual para tener en qué trabajar, sin ninguna pretensión de méritos o justificación, porque esta justificación debe existir ya antes en la fe, debe permanecer siempre primero y reinar sobre todas las demás cosas, etcétera"


Por lo tanto, queda claro que existen votos que son apóstatas como los monásticos, y otros que son cristianos como lo indica Lutero. 


Votos contrarios a la libertad evangélica

¿Qué es la libertad cristiana?

El voto monástico es enteramente voluntario porque no es necesario para la justicia y la salvación. Entonces ¿por qué se hacen los votos? No podría contestarse a estas preguntas. Por lo demás, el hombre está justificado por la fe y no por las obras.


"Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado"

(Romanos 3:20) 


Pero también se dice:


"Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos"

(Mateo 19)


Es decir, las únicas obras válidas son la de los mandamientos que deben ser acompañadas por la fe. Por la fe no se invalida la ley, sino que se confirma. 

La libertad cristiana o evangélica es, pues, la libertad de la conciencia, por la cual la conciencia es desligada de las obras, no en el sentido de que no haya que hacer obra alguna, sino en el sentido de que no hay que depositar la confianza en obra alguna. Pues la conciencia no es como un poder ejecutivo, sino como un poder judicial, que juzga sobre las obras. 

Cristo libró a la conciencia de las obras, pues que en su evangelio le enseña que no confíe en obra alguna, sino que se aferre y se atenga sólo a la misericordia de él. Y así, la conciencia creyente se basa, con exclusividad absoluta, en las obras de Cristo. 

Por otro lado, Lutero señala que las obras de la ley tienen dos maneras de ser realizadas:

  • Por uno mismo
  • Por Cristo

¿Cómo podemos ver a qué ley pertenecen los votos? Debemos distinguir que estos votos se siguen de dos maneras:

  • Por uno mismo
  • Por Cristo

Por supuesto, los primeros deben ser desechados porque son obras humanas, pero las segundas deben seguirse. Estos se deben guardar gratuitamente, sin la intención de lograr satisfacer con ellos por los pecados, ni para tratar de obtener la justicia y la salvación. Nada de malo hay en tales votos; porque el cristiano tiene plena libertad de observar todas las leyes, ritos y costumbres de todos los hombres y adaptarse a ellos, siempre que no estén en pugna con los mandatos divinos, y siempre que no deposite en ellos la confianza de su conciencia.

Ahora bien, si hay una libertad cristiana, podríamos pensar que un cristiano puede cambiar sin problemas desde el matrimonio al celibato o viceversa cuando quiera. Sin embargo, Lutero nos dice que la libertad cristiana no consiste en la relación que tiene uno con el prójimo, sino que es la que tiene Dios con uno mismo. 

Los votos son contrarios a los mandamientos de Dios 

El monacato no sólo no proviene de Dios (pues no tiene ningún testimonio divino en las Escrituras, ni tampoco hay señal o prodigio alguno por el cual sea ratificado desde lo alto; antes bien queda prohibido y reprobado, como todas las demás tradiciones humanas) sino que está reñido también con la fe cristiana y la libertad evangélica. 

Los votos son contrarios al amor

Cuando hablamos del segundo mandamiento podemos entender que es dirigido a los padres y al amor al prójimo. Sin embargo, los monjes ya no obedecen a los padres cuando están en su monasterio, pues están consagrados a él. Tampoco les interesa el prójimo porque están encerrados en sus propios asuntos. 

Existen algunas historias en las Biografías de los Padres, en que una madre fue a visitar a sus hijos ermitaños, pero estos le cerraron en la puerta provocando el dolor y la indignación en la madre. Muchas historias similares de este tipo existen en las biografías de los padres, y claro, los monjes, cuando dejan el hogar (o el mundo como lo mencionan ellos) citan ciertos pasajes bíblicos:

''Cualquiera que haya dejado casa, o hermanos, etc., recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna"
(Mateo 10:37)

"Oye, hija, y mira, e inclina tu oído; olvida tu pueblo y la casa de tu padre, etc."
(Salmo 45:11)


Lutero no oculta su indignación ante estos usos de las Sagradas Escrituras, y nos dice que los monasterios deberían ser erradicados y abolidos. 

Antes de analizar estos pasajes, Lutero nos habla de los sacrificios, pues los monjes dicen que es mejor obedecer que realizar sacrificios. Por ese motivo, estos no sirven al prójimo o no lo hacen sin la autorización de un superior. En segundo lugar, sostienen que los padres espirituales son de una categoría más alta que los padres carnales, y que por lo tanto es preciso también obedecer antes a los espirituales que a los carnales. En tercer lugar, afirman que no obstante estas restricciones, ellos practican el amor al prójimo, pero ante todo entre los hermanos del convento. 

Estas son las respuestas de Lutero frente a estas reglas:
  • Primero: aquello de que "el obedecer es mejor que los sacrificios" se refiere particular y únicamente a los mandamientos de Dios y está en abierta contradicción con la obediencia monástica; pues el que hace voto de monje, se ofrece a sí mismo en sacrificio a Dios (como lo llaman ellos), pero el Señor dice que para él, ese sacrificio es una abominación si se hace a despecho de la obediencia a su mandamiento. Su mandamiento empero es: obedecer a los padres, y servir al prójimo.


Cuando los monjes presentan estos argumentos se excusan de ayudar al prójimo, y es más, se libran de las obras de misericordias que Cristo exige en el juicio. Lutero nos dice en sus propias palabras:


''En caso de que un monje vea a un hambriento, a un sediento, o desnudo, o vagabundo, a un encarcelado, etc., cuídese bien y no salga de su convento, no visite al enfermo, no consuele al afligido, sino deje ir y perecer lo que pereciere, cierre su corazón aunque pudiese prestar ayuda a su prójimo necesitado, y después diga que no practicó la caridad por no querer presentar un sacrificio en lugar de ser obediente. Y haga lo mismo cuando su padre o su madre comiencen a tener necesidad de sus propias obras, sea para que los sustente o para que les preste otra clase de servicios. ¡Oh inaudita locura! Yo fui en mis años de monje un hombre tosco e ignorante; sin embargo, nada me repugnó tanto como esa crueldad y ese sacrilegio de negar el amor a otro''

  • Segundo: Padres espirituales son aquellos que nos ensenan, ante todo, a obedecer los mandamientos de Dios, sujetarse a los padres, servir al prójimo, así como hicieron los apóstoles en su enseñanza. Ellos empero, por cuanto ensenan preceptos humanos y los suyos propios, contrarios a los divinos, son en efecto padres espirituales, pero según el espíritu engañador al cual se refiere Pablo en sus proféticas palabras de 1 Timoteo 4: 1 al decir: "algunos escucharán a espíritus engañadores". Pero tampoco a los apóstoles habría que hacerles caso, y ni siquiera a los mismos ángeles, si enseñasen algo que no armoniza con la obediencia a los padres y el amor al prójimo. 

Ahora bien, esta regla tendrá que significar, además, que todos los hijos tendríamos que hacer oídos sordos a todo lo que nos digan nuestros padres directos. 

  • Tercero: El amor es algo que se ejerce libre y espontáneamente, no con restricción a determinadas personas; ellos en cambio lo hacen extensivo sólo a los suyos y a sí mismos, descuidando por completo a los demás; tal amor es ficticio y fomenta facciones y odios, como lo vemos en las encarnizadas luchas de un convento contra otro, y de una orden contra la otra. Aquel amor genuino y universal, descrito por el Apóstol en 1 Corintios 13, que ofrece sus servicios a todos por igual, tanto amigos como enemigos: es para ellos cosa prohibida e ilícita. 


Pues como ya se dijo, a un religioso no le es lícito salir del monasterio, visitar enfermos y dedicarse a otros servicios cristianos, ni siquiera cuando existe la necesidad y posibilidad de hacerlo; por el contrario, a despecho de toda sana práctica, se quedan con los brazos cruzados, permitiendo que el mundo entero los colme de bienes a ellos solos; sanos y robustos, devoran el sustento de todos, incluso para gran perjuicio de los que en verdad son pobres. 


La vida monástica es contraria a la razón

Como la razón proviene de la naturaleza, de acuerdo a Lutero, como bien se sabe, no llega a comprender por sí mismo la luz y las obras de Dios, de modo que en materia de proposiciones afirmativas (como ellos dicen) su juicio es falible; en materia de proposiciones negativas en cambio, juzga con acierto. En efecto, la razón no comprende qué es Dios, pero sí comprende con toda claridad y certeza qué no es Dios. Así, pese a que no intuye qué es recto y bueno ante Dios (a saber, la fe), no obstante sabe perfectamente que la incredulidad, el homicidio y la desobediencia son cosas malas.

Ahora bien como la razón no es infalible en las proposiciones afirmativas, la decisión racional de tomar un voto como el del celibato estaría en juego por su falibilidad. Si se hiciese un voto de castidad y luego se da cuenta de que no le es posible cumplirlo  ¿acaso no tienes plena libertad de casarte, y de interpretar tu voto como condicional? ¿Qué podría impedirte proceder de esta forma?

A este razonamiento se podría contraponer lo siguiente:  "Donde las circunstancias imposibilitan la acción material, Dios premia la voluntad del corazón; por tanto aquel devoto de Santiago cumple su voto con la voluntad, aunque no pueda hacerlo con los hechos; de la misma manera también los santos (encarcelados, etc.) cumplen los mandamientos de Dios"

A esto Lutero respondería: ''Tu argumento o no es prueba suficiente, o confirma lo que yo acabo de exponer. No es prueba suficiente, porque tanto el voto como el mandamiento atañen no a la voluntad o a la intención solamente, sino también a la obra misma. El hombre aquel prometió con su voto no la mera voluntad de realizar una peregrinación, sino la acción misma''

Pues que voto sería este: "te prometo con solemne voto retener la voluntad de peregrinar a Santiago"? Así, un mandamiento de Dios obliga necesariamente a realizar la obra. ¿Qué sentido tendría decir: "Te mando querer hacer una cosa"? Esto no es un mandamiento; es una sinrazón. Por ello la clara conclusión es ésta: los votos siempre exceptúan el caso de imposibilidad, así como exceptúan también las obras externas requeridas por los mandamientos de Dios. 

De ahí que tampoco el celibato está comprendido en el voto, al menos en lo que atañe a la obra externa, si resulta imposible guardarlo una vez hecho el voto. Esto tienes que admitirlo sin reparos ni reservas. Pero si donde falta la posibilidad basta la voluntad sola, triunfó entonces mi argumento; porque yo sólo discuto respecto de aquel que quiere cumplir el voto de celibato y no puede hacerlo a causa de la debilidad de la carne; de aquel que hizo frecuentes tentativas y no obstante no logró sujetar la carne ni con ayunos ni con otro esfuerzo alguno, y que contra su voluntad, vencido por el ardor de la sensualidad, sufre a veces efusiones impuras, despierto o durmiendo, a pesar de ser, por lo demás, una persona de vida intachable. 


Por ende, al célibe que le fuere imposible observar el celibato, le  queda el derecho de casarse y anular su voto: aunque confieso que donde existe en rica medida el espíritu que opera la voluntad plena de contenerse, allí sigue también necesariamente la continencia, como bien sabemos que ocurrió con los santos. 

Sin embargo, con toda esta argumentación, si el monacato no es racional ¿por qué Lutero ingresa a la orden agustina?

Lutero y la orden agustina

Lutero entró a la orden agustina donde se decía que donde quiera que uno fuera no debía estar solo. Un día Lutero fue atrapado por unos maleantes y fue tomado prisionero y obligado a permanecer solo ¿Qué debería haber hecho en ese caso? si el voto no exceptúa el caso de imposibilidad, entonces, como no se cumple con el voto, Lutero debió darse muerte, pero como está solo ¿Cómo se le puede matar? La única opción entonces sería anular el voto. Los votos siempre tienen que seguir el Salmo 76:

''Haced promesas y cumplidlas''

(Salmo 76)

Por lo tanto, o el voto tiene fuerza obligatoria sólo hasta el límite de lo posible, o tienes que admitir que nunca jamás hubo monje alguno; pues no hubo ninguno que no se hubiera visto impedido alguna vez de cumplir.

En todo caso, los monjes también tenían votos esenciales y accidentales; estos últimos que consistían en dispensas que los liberaban de cumplir ciertas reglas.  Esenciales fueron declarados estos tres: pobreza, obediencia y castidad. Todo lo demás se les antojó accesorio, y en consecuencia resolvieron que infractores del voto eran solamente aquellos que violaran los esenciales. Tal es el común acuerdo de todos. Pero con esto no se remedia nada. Es una invención humana, completamente inútil para dar tranquilidad y firmeza a la conciencia; antes bien, es un medio eficaz para seducirla.

Examen de los tres votos monásticos

Voto de pobreza

Lutero inicia el examen con el voto de pobreza. 

Ésta tiene dos facetas; una de ellas, espiritual. De la pobreza espiritual habla Cristo en Mateo 5:3, donde dice: "Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos". Esta pobreza en espíritu no puede ser objeto de voto, ya que es común a todos los cristianos. Consiste en ocupar frente a los bienes de esta tierra una posición de libertad espiritual; en usarlos y ser amo de ellos en vez de esclavo, en no estar apegado a ellos; en no confiar ni gloriarse en las riquezas, y en no ser uno de esos "hombres ricos" que menciona el evangelio (Mateo 15:24), mas contra esta pobreza espiritual los monjes pecan de diversa manera: en primer lugar, porque la convierten en un "consejo"; y en segundo lugar, porque la tratan como una exclusividad de ellos solos y se jactan de jurarla con solemne voto. 

Que no son "consejos" lo comprueba el hecho de que Jesús llama "bienaventurados" a los pobres en espíritu, con lo que claramente sindica como condenados a los que no son pobres. La bienaventuranza, en efecto, la suele asignar a aquellos que hacen y guardan las cosas necesarias, como por ejemplo cuando dijo, al censurar a cierta mujer: "Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan" o en otra ocasión: "Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás" además: "Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis". Igualmente, al decir que "de ellos (de los pobres en espíritu) es el reino de los cielos", da a entender con toda claridad que la servidumbre del infierno pesa sobre aquellos que no son pobres.

Pecado en este voto

En primer lugar encaran el asunto con un criterio impío, considerando consejo lo que es mandamiento, y así al hacer su voto invalidan el mandamiento divino, negándole el carácter de tal. Su segundo pecado consiste en que fingen prometer algo distinto de lo que ya prometieron en el bautismo, y con esta hipocresía revocan o desprecian la promesa bautismal, como si fuese una pequeñez o una nada en comparación con su voto. En todo caso, esta pobreza consiste en prescindir de todo, pero esto no es posible porque siempre se necesitará alimento y vestido. 

También se señala que el voto de pobreza consistiría en no poseer bienes propios o no tener que ver con ellos, pero solamente los niños pueden estar en ese estado al ser irracionales, así como también los enfermos. Lo que buscan con este voto es poder vivir tranquilos y ociosos en una abundancia acumulada y procurada por manos de otros, donde lo que menos hay es necesidad y pobreza.

Voto de obediencia

Hay también dos clases de obediencia: la una es la obediencia evangélica por la cual todos estamos sujetos unos a otros; ésta la prometemos ya en el bautismo, y si hiciésemos votos de ella por segunda vez, tal cosa no sería sino hipocresía y burla. La otra es la obediencia corporal, contraria a la obediencia evangélica.

Sin embargo, puede decirse que es la obediencia propia de esposas, hijos, siervos, cautivos y de todos aquellos que por alguna obligación (necessitateestán subordinados a otro; porque la obediencia evangélica es una obediencia libre y espontánea hacia una persona cuyo derecho de superioridad radica sólo y únicamente en el hecho de que Dios quiso que nos sujetemos a ciertas personas a quienes no debemos obediencia por derecho alguno. 

También en este punto los monjes yerran con la misma insensatez con que yerran en lo relativo a la pobreza: en primer lugar, porque convierten la obediencia en consejo, y en segundo lugar, porque la consideran una exclusividad de ellos solos. Por esto, al hacer voto de obediencia, niegan con toda alevosía que aquélla sea un mandamiento de Dios, y además condenan en forma sacrílega el voto hecho en su bautismo, aparentando prometer algo distinto y mayor de lo que habían prometido en el bautismo.

Con su obediencia, los monjes quieren darse una categoría especial y ocupar un rango más elevado que el establecido por el evangelio, más elevado también que el de los demás hombres. Ellos solos quieren ser las novias y esposas de la Divina Majestad y convierten a ésta en un Baal, esto es, en un ''marido'', que les pertenece a ellos y a quien ellos a su vez pertenecen, siendo una carne y un espíritu con él; a los demás hombres, en cambio, los consideran como siervos de la casa, jornaleros y concubinas. 

Voto de castidad

Este puede ser uno de los votos más evidentes y genuinos porque no tiene parcialidades. A primera vista, pareciera ser que la castidad no tiene una simulación posible como sí lo tiene el voto de pobreza y el voto de obediencia. 

Sin embargo, de acuerdo a Lutero la castidad no añade nada al buen cristiano. Recordemos que para Lutero lo único importante para ser salvo es tener fe. En verdad, este es un voto absolutamente innecesario porque la castidad depende de la libertad de cada quien, no de un voto. 

Ahora bien, a Lutero se le podría contraponer el siguiente versículo:

''A los eunucos que guarden mis días de reposo, y escojan lo que yo quiero, y abracen mi pacto, yo les daré lugar en mi casa y dentro de mis muros, y nombre mejor que el de hijos e hijas; nombre perpetuo les daré, que nunca perecerá''

(Isaías 56:4)

Martín Lutero nos dice que este pasaje es de consolación a los eunucos, es decir, consolación de señalarles que no piensen que son nada por no tener hijos. Por cierto, Cristo no mandó ni aconsejó ni aprobó la castidad, sino que entró subrepticiamente por la ligereza censurable y la ignorancia de los hombres.

Ahora bien, ¿qué promete un célibe que hace voto de castidad? Promete algo que de ninguna manera está en su poder ni puede estarlo, puesto que se trata exclusivamente de un don de Dios que el hombre puede recibir, pero no ofrecer. Esto quiere decir que con su voto, el célibe se burla de Dios, exactamente como si jurase hacerse obispo, apóstol, príncipe o rey, aun sabiendo que nada de esto está en el poder de él. El voto depende del arbitrio de otro y de la autoridad del que extiende el llamado. Imagínate por ejemplo, que un loco hiciese a Dios un voto de este tipo: "Te prometo y juro, Señor hacer nuevas estrellas o trasladar montes". ¿Qué opinarías de un voto tal? 

Sin embargo, en nada difiere de esto el voto de castidad; pues la castidad no es menos una obra milagrosa de Dios que el hacer estrellas y trasladar montes. Entonces, puesto que Dios ordena que quien promete u ofrece algo, lo ofrezca de sus propios bienes y de los dones que le han sido dados por la bendición del Señor (como lo expresan todos los pasajes de la ley mosaica que se refieren al voto), es evidente que el voto de castidad no puede agradar a Dios ni ser exigido por él, ya que se hace respecto de una cosa que aún no ha sido dada y que tampoco depende de nuestra facultad. Pues si tiene validez un voto respecto de cosas no nuestras, sino puestas en manos de Dios, podríamos también hacer votos respecto de todas las cosas que Dios tiene y puede hacer, y todos éstos serían lícitos y agradables al Señor.

En cambio, si todo esto carece de valor, tampoco tendrá valor precisamente aquel voto de castidad. Podrías por lo tanto hacer votos de ser salvo con absoluta certeza, o de ilegal a ser igual a San Pedro, o de asolar el imperio otomano, o de vivir tantos años como Matusalén, en fin, podrías hacer votos respecto de todo lo que Dios hace o puede hacer entre los hombres. 

Cuando se hace voto de virginidad o castidad, ¿acaso está Dios ahí presente y la entrega como voto, la promete y ofrece? ¿Cuándo, en efecto, prometió dártela? ¿y de dónde sacas la seguridad de que te la concederá? ¿No es que te haces presente tú solo, sin la cosa misma que prometes? ¿No estás tú solo, el que hace promesa, sin que haya quien te responda y acepte tu promesa? ¿Y por qué habría de aceptarla, si es una promesa vana y tonta, si prometes algo que no tienes?


Lo que dice San Pablo sobre las viudas

Existe un pasaje en la biblia por el cual se podría pensar que las Sagradas Escrituras están a favor de los votos:

"Cuando, impulsadas por sus deseos, se rebelan contra Cristo, quieren casarse, incurriendo así en condenación, por haber quebrantado su primera fe"

(1 Timoteo 5:11)


San Agustín interpreta este pasaje para formular su célebre sentencia de que "las monjas incurren en un acto condenable no sólo si se casan, sino también si abrigan el deseo de casarse".

Sin embargo, Lutero dice que será mejor tomar las mismas palabras de Pablo, y así se refutaría la misma autoridad de San Agustín. 

En primer lugar, es del todo evidente que Pablo no habla para nada de una práctica como la del voto, puesto que la iglesia primitiva jamás conoció tal género de votos; sino que habla de viudas que eran mantenidas con fondos de la congregación y atendidas por los diáconos, de lo cual tenemos un ejemplo en Hechos.

Para nada habla Pablo allí de religiosos, ni de vírgenes, sino que se refiere a las viudas pobres para las cuales la ley de Moisés reclama encarecidamente el cuidado de la comunidad. En efecto, en el mismo capítulo Pablo decreta que las viudas con familiares en condiciones de mantenerlas no deberán ser mantenidas con fondos de la congregación.

La palabra "fe" no puede tener aquí el significado de "voto", puesto que aquellas mujeres no habían hecho voto de viudez, no hay tampoco texto bíblico alguno donde fe signifique voto. Antes bien, esa fe es la fe en Cristo que ellas, para poder casarse con tanto mayor seguridad, habían negado, recayendo en el judaísmo o en el paganismo, como queda demostrado claramente por las circunstancias y consecuencias. La "primera fe" es la fe cristiana, de la cual en la iglesia primitiva muchos apostataron cuando esa fe era aún muy reciente.


Conclusión

El monacato siempre ha parecido ser el lugar de hombres que mantienen con rigor la palabra de Dios, en comparación al resto de las personas. Sin embargo, Lutero nos lleva a pensar que en verdad, los votos monásticos no tienen nada de cumplimiento con respecto a las Sagradas Escrituras, es más, son contrarias. Sin duda que esto generará una gran reacción en el mundo cristiano e incluso, algunos abandonarán sus votos...

sábado, 7 de octubre de 2023

Vigilanti iura subveniunt (El derecho ayuda a quien vigila)


Vigilanti iura subveniunt

(El derecho ayuda a quien vigila)

Esta frase se ha conocido de diversas maneras:

  • Vigilantibus non dormientibus iura succurrunt (El derecho protege a los vigilantes, no a los indolentes)
  • Ius civile vigilantibus scriptum est (El derecho civil está escrito para el vigilante)

Pero la idea principal de esta aforismo latino es señalar que el derecho no protege a aquellos que no han observado con debida diligencia sus propios derechos. En efecto, aunque el caso pueda estar a favor de una de las partes, ésta no puede adoptar una posición pasiva, pues debe estar constantemente revisar su causa. Un ejemplo de esto es cuando pasan los plazos para presentar apelaciones o no comparecer en el proceso por su voluntad. 

En cuanto a la pasividad, aquella parte que supuestamente tiene la razón de su lado, no puede esperar a que sea el juez o la otra parte quien resuelva el derecho invocado, como si su causa se resolviera automáticamente sin mediar ningún proceso. 

El origen de esta oración es mucho más conocida del ius commune (Derecho Común que es la combinación del Derecho Canónico, el Derecho del Código de Justiniano y las contribuciones de los glosadores y comentaristas de la Edad Media), y pasó al renacentismo temprano. 

Visión bíblica

Sin embargo, es posible que podamos ahondar mucho más atrás en este principio. Quizás la inspiración de este aforismo puede provenir de las enseñanzas bíblicas, con respecto a la labor de los pastores con su rebaño. En efecto, se señala en el Lucas 2:8

''Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor, los rodeó de un resplandor, y tuvieron gran temor, pero el ángel les dijo: 'No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo que serán para todo el pueblo...''
(Lucas 2:8)

''Cuiden del rebaño que Dios les ha encomendado. Háganlo con gusto, no de mala gana ni por el beneficio personal que pueden obtener de ello, sino porque están deseosos de servir a Dios''
(1 Pedro 5:2)


Entre otros versículos que indican la tarea pastoral, se puede inferir la labor de diligencia del pastor con respecto a su rebaño. 

Martín Lutero, en su obra ''Las Buenas Obras'', menciona esta misma máxima que como dijimos, pertenece al renacentismo temprano, pero el reformador la criticaba enormemente. En realidad, Lutero no tenía mucho afecto a la disciplina del derecho por las circunstancias religioso-históricas en las que estaba sumido. Los romanistas eran teólogos al servicio del papa quienes eran expertos en Derecho Canónico. 

Para Lutero, el brocardo vigilanti iura subveniunt hace parecer que el derecho no tiene responsabilidad de proteger al prójimo, y en esa línea, los defensores omiten las acciones que podrían ayudar a una causa justa, invocando esta causal ya sea por lucro, por ignominia o por cualquier otra cosa. El cristiano, de acuerdo a la visión de Lutero, no puede ver solo por el interés propio sino que también por la protección al prójimo. 

Otra variante relacionada

Por otro lado, también existe una frase propia del derecho penal relacionado con el delito de estafa: ''El Derecho no protege a los tontos''. El origen de esta frase no parece provenir del derecho romano, antes parece ser una frase posterior. Esto quiere decir que el ''tonto'', es decir, una persona muy negligente, no será protegida por el derecho. Sin embargo, esto envuelve la obligación de la otra persona de ser absolutamente desconfiada cada vez que esté en frente de un intercambio de bienes, pues solo por una compleja estructura de engaño esa persona sería protegida. De alguna forma, el estafador sería protegido contra aquellos que son negligentes y en consecuencia, tendría una pena menor o incluso no tenerla. Además, esto significa que los sectores más desprotegidos de la población no podrían defenderse ante las estafas.

Conclusión

Como podemos ver, esta frase lleva una controversia enorme con respecto al acceso a la justicia. Claro, por un lado debe existir preocupación por las causas, pero también es cuestionable el interés que se ejerce en estos casos en donde el más astuto prevalece por sobre el menos instruido. Esto nos lleva a la máxima de Trasímaco en la República de Platón: ''La justicia es lo que conviene al más fuerte'', pero si esto es así, entonces todos aquellos que no saben del sistema jurídico, estarán condenados a ser engañados y desprotegidos. 

viernes, 6 de octubre de 2023

Martin Lutero - Las Buenas Obras (1520)

 


Ya se ha hablado latamente en la obra de Martín Lutero lo importante que es la fe, pero al fin y al cabo, ¿Cómo actúa un hombre de fe? Ante esta pregunta, podremos ver que Lutero ya nos quiere perfilar la doctrina evangélica por medio de la enseñanza de la conducta cristiana. Sabemos la desconfianza que muestra Lutero por el concepto de ''buena obra'', pero tampoco quiere decir que lo deseche del todo. El futuro reformador, ante todo, quiere darle otro sentido y otro lugar distinto al que le dan los escolásticos. Veamos de qué se trata 


LAS BUENAS OBRAS


Primera buena obra

Martín Lutero comienza diciendo que las únicas buenas obras son aquellas que son mandadas por Dios, y no hay pecados excepto los prohibidos por él. ¿Dónde están estas buenas obras? de acuerdo a Lutero, en los 10 mandamientos:


''Si quieres ser salvo, guarda los mandamientos de Dios''

(Mateo 19:17)


Por lo tanto, no hay más que hacer que seguir los mandamientos. No hay más obras que realizar excepto aquellas. Sin embargo, existen otro tipo de obras llevadas por los hombres, que en verdad no son las obras de las Sagradas Escrituras, sino que la de los hombres mismos. Por ejemplo, ayunar, realizar fundaciones, entre otras. En todo caso, Lutero nos dice que estas personas que hacen estas buenas obras, son, en efecto, gente respetable. No obstante, si se les pregunta que si con esas obras satisfacen a Dios, responden que no saben o que dudan de ello.

En consecuencia, lo que se debe tener principalmente es fe, luego se pueden realizar las obras. 


''Todo lo que no procede de fe o no se realiza en ella, es pecado''

(Romanos 14:23)


Debemos considerar que todas aquellas obras que son llamadas ''buenas obras'', las puede realizar cualquiera, un turco, un pagano o un judío. Una vez que las obras han sido hechas con fe, todas se vuelven iguales, ninguna es mejor que otra. 

Las obras del primer mandamiento (''No tendrás dioses ajenos delante de mí), de acuerdo a Agustín de Hipona son tres: la fe, la esperanza y el amor. En todo caso, Lutero nos dice que lo que va simultáneamente con la fe es el amor porque nadie confiaría en Dios si no le fuera favorable y amoroso. Como se puede ver, la fe no tiene que ver con grandes obras como las que algunos hombres pretenden de alguna forma ''comprar'' o ''hacerse agradables a Dios''. Lutero nos dice que las obras del primer mandamiento son confundidas con las siguientes actividades:

  • Cantar
  • Leer
  • Tocar el órgano
  • Celebrar misa
  • Rezar
  • Adornar iglesias
  • Acumular tesoros
  • Visitar Roma
  • Adorar imágenes
  • Venerar santos

Todas estas cosas nombradas pueden ser realizadas perfectamente por un usurero, un adúltero y en fin, toda clase de pecadores e incluso practicarlo diariamente. Se insiste que lo más importante es la fe, no las obras, por muchas que estas sean, no pueden igualarse a la fe. 

Ahora bien, se puede objetar la necesidad de tantas leyes eclesiásticas para realizar buenas obras. Esto es precisamente porque no todos tienen fe para ejercer dichas obras, pues si todos tuviesen fe, no habría ley alguna. 

A este respecto, existen cuatro clases de hombres según Lutero:

  • Los justos: no necesitan de ley alguna como dice el Timoteo 1:9 ''No hay ley impuesta para el justo''
  • Los perezosos: abusan de la libertad de la fe como dice el Pedro 2:16 ''Viviréis como los que son libres pero no haréis de la libertad cobertura del pecado''
  • Los siempre dispuestos a pecar: hay que obligarlos con leyes eclesiásticas y seculares, de lo contrario, hay que privarlos de la vida por espada secular
  • Traviesos e infantiles en la comprensión de la fe: hay que enseñarles a través de las ceremonias. Sin embargo, algunos gobernantes enfatizan demasiado las obras. 

Un buen cristiano debe solidarizar con ellos y ayudarlos, pero si no quiere tampoco está obligado. En todo caso, lo que debiera hacerse es que los mejores deben enseñarles a los más débiles de fe, y que esto no es porque ellos sean malos en sí mismos, sino que porque han sido enseñados por un mal maestro. 

Un cristiano podría preguntarse ¿cómo puedo saber si mis obras agradan a Dios? Lutero dice que el motivo de esta pregunta es presentar a la fe como otra obra más. 

La fe ha de generarse por la sangre, de las heridas de la muerte y de Cristo. Desde ahí todo proviene de la fe. 

Segunda buena obra

Ya vimos el análisis de las obras a la luz del primer mandamiento, aunque Lutero dice que se podría decir mucho más. Ahora se proponen analizar la segunda obra. 

''Debemos honrar el nombre de Dios''

Como todas las demás, esta se debe realizar por medio de la fe, de lo contrario será simulación y apariencia. Este mandamiento es importante porque exige dos cosas: honrar y no hablar en vano. 

En todo caso, pareciera ser fácil honrar el nombre de Dios por medio de la alabanza. Sin embargo, la alabanza parece malentenderse con las obras, es decir, construir obras o realizar obras creyendo que con ellas se alaba a Dios. Este mandamiento es justamente para todo lo contrario, para que el hombre se evite todo tipo de realización de obras. 

¿Cómo se sigue esta honra a Dios? Lutero nos dice que se necesitan ciertas cosas:

  • Mandamiento de Dios
  • Temor de Dios
  • Complacencia de Dios
  • Fe y confianza a él

Por mucho que el hombre cumpla con todas estas cosas, no debe vanagloriarse de ellas, y si se realizan obras con fe, estas deben solamente considerarse como perfeccionamiento dirigido hacia los demás. Se ensalce a Dios por medio del perfeccionamiento de los demás. Por otro lado, si alguien alaba a este hombre, no debe permitir nunca que se le alaba por sí mismo sino que a Dios. 

Tercera buena obra

Seguimos mediante el segundo mandamiento y la tercera obra:

''Debemos honrar a Dios y no tomar el nombre de Dios en vano''

La tercera obra de este mandamiento es invocar el nombre de Dios en toda clase de desgracia. Dios considera que su nombre es santificado y honrado sobremanera cuando lo llamamos e invocamos en la tentación y en el infortunio.

Existen otros casos en que es importante invocar el nombre de Dios, por ejemplo, la prueba y tentación más peligrosa es precisamente cuando no hay prueba y tentación y cuando todo está bien y anda perfectamente. Es de esperar que en este estado el hombre no olvide a Dios y se torne demasiado libre y abuse del tiempo afortunado. En este caso es diez veces más necesario invocar el nombre de Dios que en la adversidad.

La carne busca gozo y tranquilidad; el mundo aspira a bienes, favores, a poder y gloria; el espíritu maligno tiende hacia la soberbia, la gloria y la complacencia en su persona e induce a menospreciar a los demás. Y todas estas cosas son tan poderosas, que una sola por sí basta para confundir a un hombre, y nosotros no las podemos vencer de manera alguna, sino sólo invocando el santo nombre de Dios en una fe firme.

También corresponde a las obras de este mandamiento que no juremos, maldigamos, mintamos, engañemos, conjuremos y cometamos otro abuso con el santo nombre de Dios. Son cosas muy comunes y conocidas por todos. Esos pecados son casi los únicos que se predican y se señalan con respecto a este mandamiento. En esto está comprendido también que impidamos que otros mientan, juren, engañen, maldigan, conjuren y de otra manera pequen contra el nombre de Dios. Se nos da mucha oportunidad para hacer lo bueno e impedir lo malo.

La obra más grande y más difícil de este mandamiento es defender el santo nombre de Dios de todos los que abusan de él de un modo espiritual y difundirlo entre todos ellos. No basta con que yo lo alabe y lo invoque por mí mismo y en mí mismo en dicha e infor­tunio. Debo ser valiente y, por la honra y el nombre de Dios, tomar sobre mí la enemistad de todos los hombres, como Cristo dijo a sus discípulos:

''Y seréis aborrecidos de todos por mi nombre''

(Mateo 10:22)


Por lo tanto, debemos irritar al padre, a la madre y a los mejores amigos. Debemos oponernos a las autoridades eclesiásticas y seculares y seremos reprendidos por desobediencia. 


El Tercer Mandamiento

El tercer mandamiento es:

''Santificarás el día de reposo''

En el primero se ordena cómo ha de llevarse nuestro corazón frente a Dios en pensamientos; en el segundo, cómo se portará nuestra boca en palabras. En este tercer mandamiento se ordena cómo hemos de conducirnos frente a Dios en obras.

Estos tres mandamientos gobiernan al hombre por el lado derecho, es decir, en las cosas que atañen a Dios y en las cuales Dios tiene que ver con el hombre y éste con Dios sin mediación de criatura alguna. Pero ¿a qué llamamos ''servir''? Lutero nos responde de la siguiente manera:

Es menester que a las misas se asista con el corazón. Las palabras de Cristo son "Tomad, comed; esto es mi cuerpo dado por vosotros", y luego, sobre el cáliz: ''Tomad, bebed de él todos; esto es un nuevo pacto eterno en mi sangre derramada por vosotros y por muchos para remisión de los pecados. Haced esto todas las veces que bebiereis en memoria de mí". 

Por estas palabras Cristo instituyó para sí un día conmemorativo o aniversario para que fuera festejado diariamente en toda la cristiandad y le afianzó un testamento espléndido, opulento y grande, en el cual no se legan y se disponen réditos, dinero o bienes temporales, sino la remisión de todos los pecados, gracia y misericordia para la vida eterna, para que todos los que vienen a este día conmemorativo tengan el mismo testamento.

La predicación no debería ser otra cosa sino el anuncio de este testamento. Esta predicación debe estimular a los pecadores para que sientan sus pecados y para encender en ellos el ansia de poseer el tesoro del evangelio. Por ello es terrible y tremendo ser obispo, párroco y predicador en nuestra época, dice Lutero, puesto que nadie ya conoce este testamento y menos aún lo predica, lo que, sin embargo, es su única y suprema obligación y deber.

Hay que orar, no como es la costumbre contando muchas hojas del devocionario y cuentas del rosario, sino que hemos de exponer alguna adversidad apremiante, ansiar con toda seriedad ser librado de ella y en esto ejercitar la fe y la confianza en Dios de manera que no dudemos de ser atendidos.

De esto resulta que un verdadero adorador jamás duda de que su oración será ciertamente agradable y atendida, aunque no se le dé precisamente lo mismo que él pide.

Así vemos que este mandamiento, lo mismo que el segundo, no ha de ser otra cosa que un ejercicio y una aplicación del primero, es decir, de la fe, fidelidad, confianza, esperanza y amor de Dios que siempre el primer mandamiento es el principal de todos y la fe es la obra suprema y la vida de todas las demás, sin la cual, como queda dicho, no podrían ser buenas.

El orar tampoco debe ser algo innecesario, debe ser una acción honesta y sincera. No es mala la oración larga, pero no es la oración verdadera que puede elevarse en todo tiempo y que sin el ruego interior de la fe no es nada. Debemos cultivar también la oración exterior a su tiempo, máxime en la misa, como exige este mandamiento y cuando es provechosa para la oración interior y la fe.

Volviendo al día de reposo y su santificación, este reposo o interrupción del trabajo es de carácter doble: corporal y espiritual. Por ello también este mandamiento se interpreta en dos sentidos.

El feriado y reposo corporales, como se dijo arriba, consisten en dejar nuestra tarea profesional y trabajo, para reunirnos en la iglesia, asistir a misa, oír la palabra de Dios y rogar en común al unísono.

EI feriado espiritual a que Dios se refiere especialmente en este mandamiento, consiste en esto: que no sólo dejemos el trabajo y la tarea profesional, sino más bien que solamente a Dios dejemos obrar en nosotros y no obremos nada propio con todas nuestras fuerzas. El feriado en que interrumpimos nuestra tarea y que sólo Dios obra en nosotros, se verifica de dos maneras; primero, por nuestra ejercitación propia; segundo, por los ejercicios y los impulsos de otras personas ajenas.

Después siguen los ejercicios de la carne, de mortificar los apetitos groseros y malos, para alcanzar reposo y tener feriado. Los tenemos que apagar y calmar con ayunos, vigilias y trabajos. De esta causa aprendemos cuánto y por qué se debe ayunar, vigilar o trabajar. Por desgracia hay muchos hombres ciegos que practican la mortificación, trátese de ayunar, vigilar o trabajar, por la única causa que creen que son buenas obra; por las cuales se logran grandes méritos.

Por eso se comprometen y algunos de ellos llegan al extremo de arruinar el cuerpo y enloquecer la cabeza.

De este modo, Lutero admite que cada cual elija el día, la comida y la cantidad, como él quiera, con tal que no se limite a eso, sino que cuide su carne. Si es voluptuosa y fatua, le imponga en proporción ayuno, vigilia y trabajo y no más, aun cuando lo hayan mandado el papa, la iglesia, el obispo, el confesor o quien sea. Nadie debe tomar jamás la medida y la regla del ayuno, de la vigilias y del trabajo, considerando la vianda, la cantidad o los días, sino como norma la disminución o el aumento de la voluptuosidad y concupiscencia de la carne. Sólo para apagarlas y calmarlas se instituyeron el ayuno, la vigilia y el trabajo. Si no existiese esa voluptuosidad, comer valdría tanto como ayunar; dormir, tanto como estar de vigilia; estar ocioso, como trabajar. Una cosa sería tan buena como la otra y no habría diferencia.


El Cuarto Mandamiento

El primer mandamiento es:

''Honrarás a tu padre y a tu madre''

La desobediencia es pecado peor que homicidio, deshonestidad, hurto, estafa y lo que está comprendido en ellos. Esta honra no consiste sólo en mostrarla con ademanes. Debemos obedecerles, considerar sus palabras y obras, estimarlas y apreciarlas. Les daremos la razón en lo que manifiestan. Nos callaremos y sufriremos según como nos traten, a no ser que se oponga a los tres primeros mandamientos. Además, si lo necesitan, los proveeremos de comida, vestido y habitación.

Ahora bien, esta honra no se debe confundir con el temor, pues dijo San Gerónimo: 

''Lo que tememos lo odiamos también"

Hay que considerar que los padres también tienen muchas responsabilidades con respecto a este mandamiento. Si los padres: son tan necios que educan a sus hijos mundanamente, éstos no les deben obedecer de manera alguna, puesto que Dios en los primeros tres mandamientos debe estimarse más que los padres. Lutero llama educar mundanamente, cuando los padres les ensenan a no buscar más que el placer, la honra y los bienes o el poder de este mundo. Para el reformador, los padres no pueden merecer más fácilmente el infierno que por sus propios hijos, en su propia casa, cuando los descuidan y no les ensenan las cosas arriba indicadas.

Llevar ornamentos decentes y buscar sostén honesto es necesidad y no pecado. Pero, es preciso que el hijo lamente siempre en su corazón el hecho de que esta mísera vida en la tierra no pueda empezarse ni conducirse, a no ser que se usen más ornamentos y bienes de lo que es menester para cubrir el cuerpo, defenderse del frío y tener alimento.

De la misma manera que se obedece a los padres, también debe obedecerse a la autoridad eclesiástica. Como padres, la autoridad eclesiástica debe cuidar de aquellos quienes están a su cuidado. Sin embargo, en los días de Lutero, la autoridad eclesiástica ha perdido su autoridad, su reconocimiento. La superioridad abandona con tanta desidia sus obras y está pervertida, es la consecuencia natural que abuse de su poder y emprenda obras malas y ajenas, como lo hacen los padres, cuando mandan algo que está en contra de Dios.

Estamos obligados a resistir en la medida de nuestras fuerzas. Debemos proceder como los buenos hijos cuyos padres se han vuelto locas y vesánicos. Los obispos y prelados religiosos no hacen nada; no se oponen o tienen miedo y permiten así la ruina de la cristiandad. Por tanto, primero, imploraremos humildemente a Dios que nos ayude a impedir el abuso. No es justo que alimentemos al papa, a sus siervos, su corte y hasta a sus mancebos y rameras perdiendo y dañando nuestras almas.

Por ello, para los señores será de suma utilidad leer y hacerse leer desde jóvenes las historias de los libros santos y de los paganos. En ellos encontrarán más ejemplos y arte de gobernar que en todos los libros de derecho. Los ejemplos y las historias dan y enseñan siempre más que las leyes y el derecho. Allí enseña la experiencia cierta, aquí instruyen palabras inseguras e inexpertas.

Todo lo que se dijo de estas obras está comprendido en las dos virtudes, obediencia y solicitud. La obediencia corresponde a los súbditos; la solicitud a los superiores. Deben empeñarse en gobernar a sus súbditos, tratarlos con suavidad y hacer cuanto les resulte útil y los ayude. Por otra parte la obediencia corresponde a los súbditos que deben emplear toda su diligencia y su atención para hacer y dejar lo que sus superiores exigen de ellos. De esto no deben dejarse apartar y desviar, hagan otros lo que quisieren.


El Quinto Mandamiento

El Quinto Mandamiento es:

''No matarás''

De lo que se trata este mandamiento, dice Lutero, es sobre el impulso de ira y de venganza. Este mandamiento comprende una obra que abarca mucho y expulsa muchos vicios y se llama mansedumbre. Esta mansedumbre la mostramos a los amigos que nos son útiles y beneficiosos en bienes, honras y favores o a los que no nos agravian ni con palabra ni con obras. Tal mansedumbre tienen también los animales irracionales, los leones, las serpientes, los paganos, los judíos, los turcos, los bribones, los asesinos y las mujeres malas.

Empero, donde hay mansedumbre profunda, el corazón se compadece de todo mal que sufre su enemigo. Son los verdaderos hijos y herederos de Dios y los hermanos de Cristo, quien hizo lo mismo por todos nosotros en la santa cruz. Así vemos que un buen juez da su fallo sobre el culpable con sufrimiento íntimo, puesto que le duele la muerte que el derecho impone al reo.


El Sexto Mandamiento

El Sexto Mandamiento es

''No cometerás adulterio''

Dentro de este mandamiento se encuentra la pureza o castidad. Este mandamiento no se cumple debidamente como cualquiera pudiera pensar, la verdad, dice Lutero, es que este mandamiento se viola por la disposición al hombre a cometer aquello que está prohibido. 

Ante todo, las defensas más eficaces son la oración y la palabra de Dios. Cuando se despiertan los instintos malos, el hombre debe refugiarse en la oración, implorar la gracia y el auxilio de Dios, leer el evangelio y meditar sobre él, mirando el padecimiento de Cristo. Así dice el Salmo 136: 

"Bienaventurado el que tomará los niños de Babilonia y los estrellará contra las piedras"

Una fe fuerte y buena, ayuda en esta obra más eficazmente que en casi ninguna otra. Tanto más fácilmente resistirá a la impureza de la carne. Y en tal fe, de seguro el espíritu le indicará cómo ha de evitar malos pensamientos y cuanto se oponga a la castidad.

Sin embargo, no debemos desesperar si no nos libramos rápidamente de la tentación. De ningún modo debemos imaginamos que nos dejará en paz mientras vivamos. Hemos de considerarla como una incitación y exhortación para orar, ayunar, vigilar, trabajar y para otros ejercicios de apagar la carne y sobre todo para practicar la fe en Dios y ejercitarla. Porque no es castidad preciosa la que se manifiesta por quieto sosiego, sino la que está en guerra con la deshonestidad y está luchando.



El Séptimo Mandamiento

El séptimo mandamiento es:

''No robarás''

En este mandamiento se incluye una buena obra que abarca otras buenas obras: la generosidad. Es una obra que indica que cada cual debe estar dispuesto a ayudar y servir con sus bienes.

No sólo lucha contra el hurto y robo, sino contra todo el menoscabo que uno pueda practicar en los bienes temporales con relación al otro, a saber, avaricia, usura, precios excesivos, engaño, el uso de mercaderías, medidas y pesas falsas. 

La fe nos enseña por sí misma esta obra, puesto que cuando el corazón espera la merced divina y confía en ella, ¿cómo será posible que sea avaro y esté preocupado? Sin dudar, debe estar seguro de que Dios se preocupa por él. Por ello no se pega al dinero, lo usa con alegre generosidad para el provecho del prójimo. 

Por la confianza en Dios el hombre es generoso y no duda de que siempre le alcanzará. En cambio, es avaro y está preocupado, porque no confía en Dios. Como en este mandamiento la fe es nuestro artífice e impulsor de la buena obra de la generosidad, lo es también en todos los demás mandamientos. Sin semejante fe, la generosidad no vale nada, sino es más bien un desidioso derroche del dinero.

El Octavo Mandamiento

El octavo mandamiento es:

''No hablarás contra tu prójimo falso testimonio''

La obra que contiene en sí este mandamiento es decir la verdad y contradecir la mentira cuando haga falta.

Por hablar se quiere decir cuando uno tiene en los tribunales una causa injusta y quiere probarla y promoverla con fundamentos falsos. Con astucia trata de sorprender al prójimo; de proponer cuanto favorece y fomenta su causa; de callar y denigrar todo lo que apoye la buena causa del prójimo. En esto no procede con su prójimo como quisiera que lo tratasen a él. Algunos lo hacen por el lucro; otros, para evitar ignominia y deshonra. Con ello buscan más lo suyo que la observancia del mandamiento de Dios. Se disculpan diciendo: Vigilanti iura subveniunt (el derecho ayuda a quien vigila), como si no tuviesen la misma obligación de vigilar por la causa del prójimo como por la propia. De esta manera, a propósito hacen sucumbir la causa del prójimo, aunque sepan que es justa. 


Los dos últimos mandamientos

Con respecto a los dos últimos dos mandamientos:

''No consentirás pensamientos impuros''

''No codiciarás los bienes ajenos''

Estos deben ser combatidos siempre, pues no hay nadie tan santo que nunca haya tenido estos deseos.



Conclusión

Como podemos ver nuevamente, Lutero argumentó que las buenas obras eran importantes como una manifestación externa de la fe, pero no eran el medio para obtener la salvación. La posición de Martin Lutero sobre las buenas obras y los 10 mandamientos fue un componente esencial de su crítica a las prácticas de la Iglesia Católica de su época y contribuyó significativamente a la formación de la teología protestante. Su enfoque en la gracia, la fe y la primacía de la relación personal con Dios influyó en la manera en que muchas ramas del protestantismo posterior abordaron la cuestión de la salvación y la relación entre la moralidad y la fe.

jueves, 5 de octubre de 2023

Martín Lutero - Alegato contra los turcos (1529)

En 1528, Martín Lutero había escrito un tratado llamado ''La Guerra contra los Turcos'', pero por problemas con la imprenta terminó llamándose ''Alegato contra los Turcos''. Para Lutero, los turcos son un castigo de Dios y ese mismo se estaba recibiendo por las sucesivas invasiones de ellos a varios países. El reformador no quería enfrentarse a ellos como en una especie de cruzada, pues el papa pedía apoyo a los países, al contrario, abogaba Lutero más bien por una defensa nacional. Veamos lo que nos dice Lutero con respecto a los turcos. 


ALEGATO CONTRA LOS TURCOS

A propósito del sitio de Viena, Lutero nos dice que advirtió esta situación hasta el cansancio al pueblo alemán sobre esta invasión, pero nadie lo ha escuchado. De la misma forma le ocurrió numerosas veces al pueblo de Israel que no escuchaba la voz de los profetas, y finalmente, el pueblo nunca tuvo auxilio. 

A causa de esto, Lutero dividirá esta obra en dos aspectos:

Aleccionar las conciencias

Aleccionar a las conciencias servirá para saber con certeza quién es el turco y cómo hay que considerarlo según las Escrituras. De hecho, las Escrituras señalan a dos tiranos terribles que azotarán el mundo:


  • Espiritual: el papa y sus súbditos romanistas
  • Terrenal: los turcos

Como los turcos son los que amenazan terrenalmente, Lutero señala que los turcos son la última gran cólera del diablo contra Cristo. De ellos seguirá rápidamente el juicio y el infierno como lo indica Daniel:

''Pero se sentará el juez, y le quitarán su dominio para que sea destruido y arruinado hasta el fin''
(Daniel 7:26)

Esto no es todo. Daniel describe con detalle los cuatro imperios que se alzarán contra los cristianos (Daniel 7:3 y siguientes). Estas bestias habían salido del mar:

''La primera era como una leona, y tenía alas de águila. La segunda era semejante a un oso, y tenía tres hileras de  dientes en su boca. La tercera semejaba un leopardo, y tenía cuatro alas  y cuatro cabezas. La cuarta era una bestia cruel y extraña, y muy fuerte;  tenía grandes dientes de hierro con los cuales devoraba y despedazaba  a su alrededor, pisoteando lo que sobraba; y tenía diez cuernos. Yo  contemplaba los cuernos y, he aquí que entre ellos salió otro cuerno pequeño, delante del cual fueron arrancados tres de los primeros cuernos. Y ese cuerno tenía ojos como de hombre, y su boca hablaba cosas terribles.

Estuve mirando hasta que se colocaron sillas y se sentó el Anciano.  Se hizo juicio y se abrieron los libros. Yo observaba por causa de las horribles palabras que pronunciaba el cuerno, y advertí que la bestia  había sido muerta y que su cuerpo había sido destrozado y arrojado  al fuego para ser quemado. Y también se había quitado el dominio de las otras bestias.

Me acerqué a uno de los asistentes y le pregunté  la verdad acerca de todo esto. Y él me lo interpretó, dándome la siguiente explicación: 'Estas cuatro bestias son cuatro imperios que se levantarán en la tierra. Pero los santos del Altísimo poseerán el reino eternamente'. Luego quise saber qué era la cuarta bestia, la que era tan cruel y tenía dientes y patas de hierro, y que devoraba y despedazaba, pisoteando las sobras. Asimismo, quise saber qué eran los diez cuernos de su cabeza; y también qué era el otro cuerno delante del cual habían caído tres cuernos; y además qué era aquel cuerno que tenía ojos y una boca que hablaba cosas terribles y que era más grande que los otros. Y seguí observando, y vi que ese cuerno hacía guerra contra los  santos y los vencía hasta que se presentó el Anciano e hizo juicio, junto con los santos del Altísimo, y llegó la hora de que los santos poseyeran  el reino.  Y él me habló así: La cuarta bestia será el cuarto imperio en la tierra, que será más grande que todos los reinos, el cual devorará, destrozará y despedazará todos los países. Y los diez cuernos son diez reyes correspondientes a ese imperio. Después de ellos, se levantará otro cuerno que será más poderoso que los primeros, el cual someterá a tres reyes. Y hablará contra el Altísimo, y quebrantará a los santos del Altísimo. Y se atreverá a cambiar órdenes y leyes, las cuales estarán en sus manos por un tiempo, por algo más de tiempo y otro poco de tiempo. Y entonces  se hará el juicio, para que le sea quitado el dominio, y sea destruido y por último aniquilado. Pero el reino, el dominio y el poder que hay debajo del cielo será entregado a los santos del Altísimo, cuyo reino es eterno,  y todos los reyes les servirán y obedecerán''


Esta profecía ha sido interpretada de la siguiente manera: 

Los maestros como refiriéndose a los siguientes cuatro imperios: el primero es el imperio de Asiria y Babilonia; el segundo, el imperio de los persas y medos; el tercero, el imperio de Alejandro Magno y de los griegos; el cuarto es el imperio romano, el más grande, poderoso y cruel.

Como el último es el imperio romano y en tiempos de Lutero están atacando los turcos, entonces se deduce que los turcos son parte de este cuarto imperio. Por consiguiente, el turco no será emperador ni establecerá un nuevo o propio imperio, como evidentemente pretende. Pero ha de fracasar y fracasará, pues de otro modo Daniel se tornaría mentiroso, cosa que no es posible.

En la profecía, los turcos serían representados por el pequeño cuerno que se menciona después de los diez; del mismo modo, Muhammad sería parte de ese mismo cuerno. Pues surgió de humilde origen, pero ha crecido de tal modo que arrancó y quitó tres cuernos al imperio romano, es decir: Egipto, Grecia y Asia. Pues el sultán y los sarracenos han poseído durante mucho tiempo estos dos cuernos o reinos: Egipto y Asia, permaneciendo en ellos, así como el turco los ocupa hasta nuestros días, habiendo conquistado además el tercer cuerno: Grecia. Ningún otro lo ha hecho, teniendo nosotros a la vista lo que ha sucedido: aquí está el reino de Muhammad, que es sin duda el pequeño cuerno. 

Figura del turco

¿Cómo se considera a los turcos por Martín Lutero?

En primer lugar, habrá de ser un señor poderoso, al conquistar y dominar tres cuernos del reino romano, es decir tres de los mejores reinos: Egipto, Grecia y Asia, con lo cual es más poderoso que ningún otro de los diez cuernos.

En segundo lugar, el cuerno tiene ojos humanos, que es el Alcorán o ley de Muhammad, con la que gobierna. En esta ley no hay ojo divino, sino mera razón humana, sin palabra y espíritu de Dios. Pues su ley no enseña sino lo que la inteligencia y la razón humana pueden aceptar.

En tercer lugar, tiene una boca que habla cosas terribles, que son las blasfemias atroces con las cuales Muhammad no sólo niega a Cristo, sino que lo suprime por completo, afirmando que él es superior a Cristo y más digno delante de Dios que todos los ángeles, todos los santos, todas las criaturas, y aun que Cristo mismo. Cristo es un profeta menor cuyo mandato terminó. 

En cuarto lugar, hace la guerra contra los santos del Altísimo. Esto no necesita glosa ninguna, pues lo hemos visto y experimentado hasta ahora. Pues el turco no es enemigo de ningún pueblo sobre la tierra como de los cristianos; ni lucha contra nadie con tanta sed de sangre como contra ellos, para que se cumpla esta profecía de Daniel.

En quinto lugar, como se ha dicho, tendrá éxito en la guerra contra los cristianos, obteniendo por lo general la victoria y el triunfo. Esta circunstancia torna a los turcos tan orgullosos, obstinados y seguros de su fe que no dudan en ningún momento, considerando que su fe es verdadera y la de los cristianos falsa, ya que Dios les otorga tantas victorias y abandona a los cristianos. Pero no saben que en este pasaje de Daniel se anuncia de antemano que los cristianos serán castigados en esta tierra por sus pecados y que los inocentes serán hechos mártires. Cuando sus enemigos se han encumbrado al máximo, los castiga con el fuego eterno para siempre. 

En sexto lugar, después del reino y furor del turco, vendrá rápidamente el día final y el reino de los santos, como dice Daniel al señalar que la guerra y la victoria del cuerno durarán hasta que llegue el Anciano y se constituya en juez. Los turcos tampoco creen en esta amenaza y terrible juicio, con el cual Dios nos redimirá y los arrojará a ellos al infierno.

Cristianos y turcos

Por estas razones, no debe abrigar dudas de que quien combate a los turcos (si éstos empiezan la guerra) está peleando contra los enemigos de Dios y los detractores de Cristo y, en efecto, contra el propio diablo. De este modo, cuando se mata a un turco no debe preocuparse de que ha derramado sangre inocente o ha matado a un cristiano, sino que ciertamente se ha matado a un enemigo de Dios y detractor de Cristo. 

En el ejército turco no puede haber ningún cristiano, ni adepto a Dios, a no ser uno que niegue y se convierta así también en adversario de Dios y de sus santos, sino que todos pertenecen al diablo y están poseídos por él. No se debe emprender la guerra contra los turcos bajo el nombre cristiano, ni se inicie la lucha contra él como enemigo de los cristianos. No se debe pelear como cristiano, o bajo este nombre, sino dejar que guerreen los soberanos temporales. Bajo su bandera has de ir a la guerra, como súbdito temporal, según el cuerpo, por haber jurado obediencia a tu príncipe con cuerpo y bienes.

Por supuesto, tomando esto en consideración, parece que ir a la guerra como buen cristiano, sin tener ninguna otra opción, y tener certeza de que puede morir en ella, sería algo que Martín Lutero aprobaría. En efecto, es mejor una muerte digna y santa, porque se moriría siguiendo los dictados de Dios. En ese caso, si no es por el mandato de Dios, se muere sólo por sí mismo, consumiéndose en una miserable úlcera o peste; en el otro caso, dice Daniel, mueren contigo muchos santos, tendrás muchos compañeros piadosos, santos y amados que te acompañen. 

Al cristiano solo le basta la gracia de que es cristiano y santo de Dios, por medio de Cristo nuestro señor, como dice Daniel. Y si no es posible de otro modo, dejan que los turcos obtengan la victoria, se jacten y enorgullezcan, mientras que ellos permanecen débiles y se dejan torturar. Pues advierten que al morir ellos sólo hay ángeles que velan por sus almas, mientras que en el ejército turco sólo hay diablos que velan por las almas de los turcos, y que los arrojan al abismo del infierno.

Ahora bien, si la situación se vuelve muy calamitosa, que resistan quienes puedan. La recomendación de Lutero, es altamente drástica: hasta que todos sean muertos, y además que ellos mismos incendien sus casas y propiedades, destruyéndolo todo, de modo que los turcos no encuentren nada más que niños pequeños a los cuales de todos modos acuchillan y despedazan. Será mejor entregarles a los turcos un lugar vacío que lleno.

Ya que en tal caso hay que arriesgar, y no se puede esperar piedad de parte del turco si nos destierra, sino que hemos de padecer todo tipo de desgracia, escarnio y burlas corporales, además del peligro espiritual de estar privados de la palabra, debiendo ser testigos de su escandalosa conducta mahometana, considero que es mejor encomendarse a Dios, y, por la debida obligación y obediencia a la autoridad, resistirse todo el tiempo que fuera posible y por cualquier medio, no dejándose tomar prisionero, sino matar, lanzar y acuchillar a los turcos hasta caer a tierra.

Con respecto a los niños, Lutero dice que los turcos no tendrán piedad con ellos, y tampoco con sus padres. Los llevarán al mercado y los venderán. 

Los turcos han sido un pueblo que ha atacado e invadido a sus enemigos exitosamente. Sin embargo, ¿cómo es posible que es un claro enemigo del cristianismo y por lo tanto de Dios tenga tal éxito? Lutero cree que todo ha sido por el plan divino, de otra forma, por fuerza humana, los turcos no podrían llegar tal lejos. En consecuencia, caen en una soberbia tan desmedida que maldicen e injurian a Cristo y los cristianos, a tal punto que entre sí se jactan y se burlan diciendo que los cristianos son mujeres y que los turcos son sus hombres, como si ellos fueran todos héroes y colosos y nosotros los cristianos meras mujeres. 

Posteriormente, con esta misma soberbia, los turcos tratan de convencer a los cristianos para sumarlos a sus filas. En efecto, existen costumbres entre los turcos que de alguna manera son apreciadas por los cristianos. 


''No beben vino, no se exceden en la comida y en la bebida como nosotros, no se visten con tanta frivolidad ni extravagancia, no edifican con tanta suntuosidad, ni hacen tanta ostentación, no juran ni blasfeman tanto, observan admirable obediencia, disciplina y reverencia para con su rey y señor; han establecido y consolidado su régimen de gobierno como a nosotros nos gustaría tenerlo en los territorios alemanes''


Lutero exhorta y consuela a aquellos cristianos que están en territorio turco y que lamentablemente fueron tomados prisioneros. Que no se dejen convencer por su cultura y sus reglas que parecen más apreciables que las de los cristianos. Por lo demás, Lutero nos dice que no tiene nada de malo que se sirva a un turco, en un contexto de esclavitud, y que por dentro se sea un creyente cristiano. En el propio territorio, a veces, también se sirve a un rey o un funcionario déspota, pero eso no quiere decir que puedan quitar la fe. 



Conclusión

Nuevamente, Lutero nos presenta su visión del momento histórico-político de Alemania, agregando su visión de las consecuencias y causas del porqué se producen estos hechos. Tal como lo harían otros intelectuales, San Agustín, entre otros, esta invasión es básicamente un plan de Dios para dar una lección a los cristianos. Esta no es la primera señal de aquello, pues también lo fue la revuelta de los campesinos. 

lunes, 2 de octubre de 2023

Inventa lege, inventa fraude (Hecha la ley, hecha la trampa)


Inventa lege, inventa fraude

(Hecha la ley, hecha la trampa)


Esta puede ser unas de las frases más famosas relativas a la ley, e incluso tiene gran relevancia en la contingencia de todos los países. En efecto, como se puede apreciar, es un aforismo romano cuya frase completa sería inventa lege, inventa est fraus legis. Es posible que los mismos desencantos que existen ahora hayan dado origen a este aforismo tan transversal. 

Antes de comenzar el análisis de esta oración, debemos entender algunas cosas básicas sobre la ley. Existe la ley humana, la ley divina y la ley natural. Todo está sometido a la ley divina que es la ley de Dios, luego tenemos la ley natural y en último lugar tenemos la ley humana. 

Por cierto que la ley humana está (o debería estar) inspirada por las leyes naturales y divinas (principalmente la divina), pero la verdad es que siempre necesita modificarse. Por lo tanto, la ley humana adolece de vicios que deben ser rectificados mediante la razón. Para ese propósito se necesita recurrir a un concepto que nace con Aristóteles llamado ''Equidad Natural''. La equidad natural servirá como un rectificador del rigorismo legal, pues cuando la ley es extremadamente justa, se vuelve injusta. Recordemos el aforismo de Marco Tulio Cicerón ''summus ius, summus iniuria''. En consecuencia, en términos de lo que debería ser la ley, se debe considerar que ésta debe tener un rigor que se debe cumplir, pero también debe existir el criterio de equidad que la rectifique. 

Estas dos dimensiones pueden darse con respecto a quien hace las leyes como a quien las aplica. Por ejemplo, el legislador intenta crear la ley con rigor, sin lagunas, y por otro lado, también crea la ley de modo que exista equidad en la misma. En cuanto al abogado, este puede posicionarse en un paradigma de legalidad estricta donde se confía en el rigorismo legal, así como también existe la posición de equidad que refiere a los principios y valores jurídicos.

Martín Lutero

Señalando la antigüedad de esta frase, en nuestro blog hemos visto que Martín Lutero la utiliza en su célebre obra ''¿Es posible ser soldado y cristiano?''. Esta confrontación y dualidad del cristiano en tener que ser soldado, obedecer a su señor, pero también cumplir con las convicciones divinas hace que exista un conflicto interno en él. A propósito de esto, Martín Lutero aprovecha de hablar de las leyes y su rigor. 

Lutero no llama a rebelarse contra el señor feudal, a menos que se trate o esté involucrado en un fraude.

Luego, a propósito del señor feudal, con respecto al derecho de guerra, la guerra puede estallar entre personas de igual categoría, es decir, ninguno de los individuos es vasallo del otro o sujeto a él, aunque el uno no sea tan grande, importante y poderoso como el otro. Igual cuando el superior guerrea contra el inferior. Nadie debe guerrear ni luchar contra su superior, porque a la autoridad se le debe obediencia, honra y temor.

Ahora bien, es preciso que el hombre actúe con equidad y con el derecho estricto, que, a veces, en su rigurosidad puede ser muy dañino. Esta es la situación en que una ley es tan rígida que llega a ser absurda, y por lo tanto, esta debe ser corregida con la equidad, lo mismo si en la ley existiera cierta contradicción, la equidad las aclararía y rectificaría. 

Sin embargo, Lutero nos advierte que de todas formas, la equidad podría transformarse en un neutralizador de la ley. En efecto, Lutero nos dice, si el hombre malo escucha que la equidad está por sobre la ley, entonces éste intentará presentar la ley como equidad y de este modo anonadar el derecho. Esto está sobre la base de una frase latina:

''Inventa lege, inventa est fraus legis''
(Hecha la ley, hecha la trampa)

Por cierto que debe existir una equidad con respecto a las fuerzas que pugnan. Pero, por eso mismo, no hay que confiarse de que las leyes son infalibles; todo lo contrario, pues ni el mismo creador de estas lo es. 

Conclusión

Es realmente interesante la visión de Lutero con respecto a este aforismo, pues el reformador no confiaba en absoluto en el derecho cuya experiencia proviene ya de los eruditos de la Iglesia Católica, quienes utilizaban el derecho solamente a su favor. Esta frase es cotidiana y común entre la sociedad actual. Sin embargo, la pregunta que viene es ¿qué hacer, entonces? ¿Vivir en una sociedad sin leyes? Platón decía en la República que el filósofo rey no necesitaba leyes (después se arrepintió), y la biblia dice ''La ley no se ha hecho para el justo sino para el injusto'' 1 Timoteo 1:9.