viernes, 14 de agosto de 2026

Juan de Mariana - Contra los Juegos Públicos

CONTRA LOS JUEGOS PÚBLICOS

Capítulo I: Motivos del tratado

Mariana sostiene que los espectáculos públicos —especialmente el teatro— habían sido condenados durante siglos por los cristianos, pero que en su época ya eran considerados entretenimientos legítimos e incluso compatibles con la piedad. Para él, esto demuestra cómo una mala costumbre puede terminar por transformar el juicio moral de una sociedad.

El teatro no es un lugar inocente de diversión, sino una "oficina de deshonestidad y desvergüenza". Allí, hombres y mujeres de todas las edades aprenden, mediante la representación, conductas inmorales que luego imitan en la vida real.

Mariana insiste en que la vista y el oído son las principales puertas de entrada del pecado. Las historias de adulterios, prostitución, engaños, alcahuetería y seducción, acompañadas de versos elegantes y actuaciones atractivas, hacen que el mal resulte agradable y memorable.

Primero las personas ríen viendo representar el vicio; luego hablan de él sin vergüenza; finalmente terminan practicándolo. En otras palabras, la representación disminuye el rechazo moral y facilita el paso de la imaginación a la acción.  Mariana apoya su argumento citando Proverbios 10:23: "Como diversión es para el necio hacer maldad." Con ello pretende demostrar que reírse del pecado ya constituye una forma de aprobarlo.

Algunos pueblos paganos fueron más estrictos que los propios cristianos al prohibir determinados espectáculos por considerarlos perjudiciales para las costumbres públicas. Esto convierte, según él, la tolerancia cristiana hacia el teatro en una contradicción.

Mariana no solo culpa al pueblo. Critica duramente a los teólogos y juristas de su tiempo que defendían estos espectáculos alegando utilidad, descanso u honestidad. Anuncia que dedicará el resto del tratado a refutar esos argumentos apelando a la tradición de los Padres de la Iglesia.

No espera convencer a todos. Su aspiración es más modesta: que, después de leer el tratado, quien asista a un teatro lo haga sabiendo que, según Mariana, entra en un lugar tan peligroso para el alma como una taberna donde se conspira para robar o una casa de prostitución.

Capítulo II: Sobre el género de espectáculos

Mariana define el espectáculo como un juego organizado públicamente para entretener al pueblo. Aunque algunos pudieran justificarse como ejercicios de entrenamiento físico, demostraciones de valentía o competiciones deportivas, sostiene que su finalidad última siempre es la misma: proporcionar diversión.

Desde el comienzo deja claro que el placer del público es el elemento común de todos estos espectáculos.

Apoyándose en autores como Tertuliano, Isidoro de Sevilla, Varrón, Livio y Valerio Máximo, muestra que los juegos públicos poseen una larga tradición en el mundo antiguo. Este recurso a numerosas autoridades clásicas y cristianas no es casual: Mariana busca demostrar que su crítica no descansa únicamente en argumentos religiosos, sino también en el conocimiento histórico y en la tradición intelectual recibida.

Después de esta introducción, clasifica los espectáculos en dos grandes grupos. Por un lado, los espectáculos escénicos, que comprenden las tragedias, comedias, mimos, pantomimas y todas las formas de representación teatral, incluyendo tanto a los actores que hablaban como a quienes expresaban sus personajes únicamente mediante gestos y movimientos del cuerpo. Por otro lado, distingue los espectáculos gimnásticos, donde se incluyen las luchas, las carreras, los saltos, el pugilato, las carreras de carros y los grandes certámenes atléticos de la antigua Grecia, como los Juegos Olímpicos, Ístmicos, Píticos y Nemeos.

Siguiendo la clasificación tradicional de Tertuliano e Isidoro de Sevilla, Mariana precisa aún más esta división y distingue cuatro grandes tipos de juegos públicos: los gimnásticos, dedicados a las competiciones físicas; los circenses, centrados principalmente en las carreras de caballos y carros; los gladiatorios, celebrados en los anfiteatros mediante combates entre hombres o contra fieras; y los escénicos, desarrollados en los teatros mediante representaciones dramáticas. Esta clasificación servirá como base para los argumentos que desarrollará en los capítulos posteriores.

Los juegos gimnásticos estaban vinculados al culto de Minerva; los circenses se dedicaban al Sol, a Cástor y Pólux, a Neptuno o a Ceres; los combates de gladiadores nacieron como sacrificios humanos destinados a honrar o apaciguar a los difuntos; y las representaciones teatrales se encontraban consagradas a Venus y Baco, divinidades asociadas al placer, la embriaguez y la sensualidad. Para Mariana, esta procedencia demuestra que tales entretenimientos nunca fueron moralmente neutros, sino que estuvieron ligados desde su nacimiento a prácticas religiosas y culturales incompatibles con el cristianismo.

Capítulo III: Arquitectura del teatro y el circo

Mariana comienza explicando la estructura del teatro romano. Describe un edificio de planta casi circular, presidido por la escena, donde actuaban los representantes, y el proscenio o tablado donde se desarrollaban las representaciones. Explica también la función de la orquesta y distingue cuidadosamente el teatro del anfiteatro, señalando que este último era, en esencia, la unión de dos teatros enfrentados, formando un recinto oval destinado a combates y espectáculos de mayor magnitud. Su descripción revela un notable interés por la arquitectura clásica y por la precisión técnica de cada una de sus partes.

A continuación, dedica varias páginas a describir el anfiteatro, especialmente el Coliseo romano. Explica su enorme capacidad, la disposición de las graderías, los corredores, las entradas, los vomitorios, las zonas reservadas para senadores, caballeros y pueblo, así como los ingenios destinados a proteger a los espectadores del sol y facilitar el funcionamiento del recinto. Más que un simple edificio, el anfiteatro aparece como una gigantesca máquina diseñada para albergar espectáculos multitudinarios con un cuidadoso orden jerárquico entre los asistentes.

Después dirige su atención al circo, dedicado principalmente a las carreras de carros. Describe su inmenso tamaño, las puertas desde donde partían los competidores, las graderías, las metas y el famoso obelisco situado en el centro del recinto. Sin embargo, junto con estos elementos arquitectónicos, Mariana pone especial énfasis en los numerosos símbolos religiosos que decoraban el edificio: altares, capillas, imágenes de dioses, obeliscos dedicados al Sol y a la Luna, monumentos a Venus, Neptuno, Conso y otras divinidades paganas. Para él, estos elementos demuestran que los juegos circenses no eran simples competiciones deportivas, sino auténticas ceremonias religiosas profundamente vinculadas al paganismo.

El autor continúa describiendo la pompa con que comenzaban los espectáculos. Antes de iniciarse las competiciones se celebraban sacrificios, desfilaban las imágenes de los dioses, sacerdotes, magistrados, corporaciones de la ciudad y el pueblo entero en una solemne procesión que concluía con nuevos sacrificios antes de dar comienzo a los juegos. De esta manera, Mariana pretende demostrar que el entretenimiento estaba completamente integrado en el culto pagano y que la diversión servía de vehículo para la veneración de las divinidades antiguas.

Explica el papel de los organizadores, jueces y sacerdotes, la función de los desfiles ceremoniales y hasta los distintos colores que identificaban a los aurigas y sus caballos, colores que simbolizaban las estaciones del año y los elementos de la naturaleza. Con ello quiere mostrar que nada en estos espectáculos era casual: toda su organización estaba impregnada de simbolismo religioso y ritual. 

En primer lugar, menciona al designador (designator), cuya función era objeto de discusión entre los estudiosos. Algunos autores sostenían que era simplemente quien distribuía los asientos entre los asistentes. Sin embargo, Mariana discrepa de esa interpretación apoyándose en el jurista romano Ulpiano. Según este último, los designadores eran los que los griegos llamaban brabeutas, es decir, los jueces o maestros de los juegos, encargados de presidir las competiciones y otorgar los premios a los vencedores. Para Mariana, esta interpretación es la correcta, pues considera que el designador era la máxima autoridad durante el espectáculo y no un simple acomodador.

También menciona al arúspice, sacerdote especializado en interpretar presagios mediante las entrañas de los animales sacrificados. Mariana reconoce que no tiene certeza absoluta sobre cuál era su función específica en estos espectáculos. Propone tres posibilidades: que certificara simbólicamente que el difunto había alcanzado el cielo; que en realidad el texto de Tertuliano debiera decir aúspice, es decir, el presidente o patrocinador de la ceremonia; o que su función consistiera en realizar los augurios necesarios antes del comienzo de los juegos. Aunque no resuelve definitivamente la cuestión, considera probable que estuviera relacionado con los ritos religiosos que precedían al espectáculo.

Además, describe que en las procesiones participaban sacerdotes, magistrados, corporaciones de la ciudad, artesanos y el pueblo, todos organizados según un orden ceremonial. Los magistrados y autoridades civiles encabezaban parte del desfile, mientras que los sacerdotes dirigían los sacrificios y actos religiosos que precedían a los juegos. Solo después de completarse esta ceremonia se daba la señal para iniciar las competiciones. 

Capítulo IV: El deleite

Según afirma, el deleite termina debilitando las virtudes, sometiendo la razón y conduciendo progresivamente a toda clase de vicios. Para apoyar esta idea recurre a Platón, quien había dicho que el placer vuelve al hombre "como de cera", fácilmente moldeable por las pasiones, y que constituye el cebo de todos los males.

Mariana ilustra este peligro recurriendo tanto a la historia bíblica como a la historia antigua. Recuerda cómo Salomón, pese a su extraordinaria sabiduría, fue vencido por los placeres; cómo Aníbal perdió la fortaleza de su ejército tras los lujos de Capua; y cómo la propia Roma comenzó su decadencia cuando adoptó los refinamientos y comodidades procedentes de Asia. Para el autor, estos ejemplos muestran que las grandes civilizaciones no suelen ser derrotadas primero por sus enemigos, sino por la corrupción que introduce el exceso de placer.

No obstante, Mariana no sostiene que todo deleite sea malo. Reconoce que Dios puso el placer en la naturaleza humana como un incentivo para realizar aquellas acciones necesarias para la conservación de la vida, como el trabajo, la alimentación y la procreación. El deleite, por tanto, tiene un origen legítimo y cumple una función positiva cuando permanece sometido a la razón. El problema aparece cuando deja de ser un medio para el bien y se convierte en un fin en sí mismo, transformándose entonces en enemigo de la virtud.

Uno de los aspectos más originales del capítulo es que Mariana amplía el concepto tradicional de intemperancia. Observa que muchos moralistas condenaban únicamente los excesos relacionados con el gusto o el placer sexual, mientras consideraban inocentes los deleites de la vista y del oído. Él rechaza esta distinción. A su juicio, el placer que producen los espectáculos teatrales, la música o el canto puede ser tan peligroso como los excesos del comer o de la sensualidad. Incluso pregunta retóricamente quién no llamaría disoluto a quien pasara los días enteros sentado en el teatro o mantuviera actores en su propia casa para disfrutar continuamente de sus representaciones.

A partir de esta idea, Mariana sostiene que todos los deleites corporales proceden de una misma raíz y terminan alimentando las mismas pasiones. Aunque algunos parezcan más refinados o espirituales, todos tienen capacidad para perturbar el alma, apartar al hombre de la contemplación de Dios y conducirlo poco a poco hacia pecados mayores. El placer nunca permanece aislado: quien se acostumbra a uno termina buscando otro más intenso, iniciando una escalada difícil de detener.

Para explicar este proceso utiliza la imagen mitológica de la Hidra. Así como el monstruo regeneraba sus múltiples cabezas cada vez que una era cortada, el deleite produce constantemente nuevas formas de apetito. Si no se combate desde su origen, cada satisfacción despierta un deseo aún mayor. Por ello afirma que esta inclinación no puede vencerse únicamente mediante el esfuerzo humano, sino que necesita también la ayuda de la gracia divina y de la caridad.

Mariana interpreta las prescripciones del Antiguo Testamento sobre los sacrificios como una enseñanza moral. La grasa de los animales ofrecidos a Dios simbolizaría los deleites que deben ser consumidos por el fuego espiritual. Algunos placeres, como los venéreos, pueden abandonarse completamente; otros, como los relacionados con la vista, el oído o la alimentación, son inevitables, pero deben mantenerse siempre dentro de los límites de la moderación. El verdadero peligro consiste en permitir que esos placeres crezcan sin control, pues terminan despertando la lujuria, corrompiendo el alma y conduciendo al hombre hacia su ruina espiritual. 

Capítulo V: Por qué deleita tanto las representaciones

¿Por qué las representaciones teatrales ejercen un poder tan grande sobre las personas? Su respuesta parte de la idea desarrollada en el capítulo anterior: si todos los placeres de los sentidos están unidos entre sí y unos conducen a otros más intensos, entonces el teatro constituye una de las formas más eficaces de despertar y alimentar esos deseos. Por ello, sostiene que quienes acuden constantemente a los espectáculos no avanzan hacia la virtud, sino que se hunden cada vez más en el deleite y, con él, en el vicio.

Para explicar este fenómeno, Mariana analiza los distintos recursos que utilizan las representaciones para cautivar al público. En primer lugar, destaca el atractivo de las historias extraordinarias. El ser humano, afirma, siente una inclinación natural hacia los sucesos sorprendentes e inesperados. Las tragedias y comedias presentan acontecimientos admirables, llenos de giros dramáticos, que despiertan la curiosidad y mantienen suspendida la atención del espectador. Incluso una simple narración resulta agradable; cuánto más una historia cuidadosamente construida y representada ante los ojos.

A ello se suma el poder del lenguaje. Mariana observa que las obras están compuestas con palabras escogidas, sentencias elegantes y versos armoniosos que no solo agradan al oído, sino que también se fijan con mayor fuerza en la memoria. La belleza de la elocuencia y del ritmo poético convierte el mensaje en algo mucho más persuasivo, pues el hombre, por naturaleza, experimenta un profundo placer ante la armonía y la musicalidad del lenguaje.

El espectáculo se vuelve todavía más seductor cuando incorpora música, instrumentos, canto y movimiento. Flautas, cornetas, vihuelas y melodías acompañan la representación, aumentando el placer de los sentidos. Mariana considera que cada uno de estos elementos sería suficiente por sí solo para entretener durante largo tiempo; reunidos en un mismo espectáculo, su capacidad de atraer al público se multiplica.

Otro elemento esencial es la actuación misma. Los actores representan personajes de toda condición —jóvenes, ancianos, prostitutas, rufianes, criados o truhanes— mediante gestos, vestimentas y expresiones cuidadosamente estudiadas. Además, las obras recurren constantemente al humor, las burlas y la sátira de las costumbres humanas, recursos que provocan la risa del público y hacen aún más agradable aquello que se representa. Para Mariana, precisamente porque el vicio se presenta envuelto en diversión, resulta mucho más fácil aceptarlo y recordarlo.

Sin embargo, el autor considera que el recurso más peligroso es la exhibición de la belleza física. Señala que muchachos hermosos y, sobre todo, mujeres jóvenes de extraordinaria belleza aparecen en escena adornadas con ricos vestidos, brocados, púrpuras y toda clase de lujos. La combinación de belleza natural, vestuario y representación dramática ejerce, según él, una poderosa atracción incluso sobre personas prudentes y moderadas. No se trata simplemente de contemplar una obra de arte, sino de poner constantemente delante de los ojos aquello que despierta las pasiones.

Si las historias giran en torno a seducciones, engaños de doncellas, amores ilícitos, prostitución o alcahuetería, el espectador no solo disfruta del espectáculo, sino que revive interiormente esas mismas pasiones. Las imágenes, las palabras y las emociones representadas actúan como un estímulo para el apetito desordenado, haciendo que el público participe emocionalmente en esos amores fingidos como si fueran reales. Por ello, Mariana sostiene que el teatro no es un entretenimiento inocente, sino un poderoso instrumento capaz de despertar y fortalecer los vicios, razón por la cual considera necesario combatirlo y apartarlo de la vida cristiana.

Capítulo VI: Comedias antiguas y nuevas

Antigua

Los hombres vivían solitarios como animales. Luego se reunió en familias y en ellas, el que tenía más edad mandaba en el hogar. Luego se formaron los pueblos y las personas comenzaron a elegir a líderes para guiar al resto. Una vez que todos se asentaron se comenzó a incorporar el juego para disfrute de las personas. 

Los atenienses antes de Teseo, tenían por costumbre juntarse para hacer los sacrificios y en ese escenario se molestaban poniéndose apodos tanto a los que estaban presentes como ausentes. 

Mariana sostiene que una práctica semejante existía también entre los antiguos campesinos de Italia, quienes, después de los sacrificios, intercambiaban bromas, versos satíricos e incluso expresiones obscenas. Estos versos recibieron el nombre de fescénicos, porque, según la tradición que recoge, comenzaron a utilizarse en la ciudad etrusca de Fescenia antes de difundirse por el resto de Italia.

A medida que estas burlas comenzaron a gustar al público urbano, dejaron de ser un entretenimiento campesino y fueron adoptadas por poetas y escritores, quienes las transformaron en composiciones literarias y representaciones públicas. Los antiguos rústicos fueron reemplazados por autores profesionales que empleaban el verso y la escena para satirizar las costumbres, ridiculizar a personajes concretos y atacar tanto a personas presentes como ausentes. Mariana presenta esta evolución como el nacimiento mismo del teatro satírico, cuyo objetivo ya no era únicamente divertir, sino también censurar, humillar y exponer públicamente a otros.

Sin embargo, añade que esta libertad terminó generando conflictos. Como los poetas utilizaban el escenario para satisfacer enemistades personales y muchos espectadores se sentían directamente ofendidos por las burlas, comenzaron disputas y enfrentamientos entre el público y los autores. Debido a estos abusos, las autoridades intervinieron y dictaron una ley que prohibía mencionar por su nombre a personas determinadas durante las representaciones teatrales. Para Mariana, esta prohibición constituye una prueba de que el teatro, desde sus propios orígenes, estuvo asociado a los excesos de la sátira, la injuria y el desorden, de modo que incluso las autoridades paganas se vieron obligadas a limitar la libertad de los actores y dramaturgos para preservar la paz pública.

La comedia antigua, la primera, desapareció cuando las autoridades prohibieron que los dramaturgos atacaran directamente a personas concretas desde el escenario. Sin embargo, los autores intentaron eludir esta restricción dejando de mencionar los nombres de sus víctimas, aunque seguían describiéndolas con tal cantidad de detalles y circunstancias que el público podía reconocer fácilmente a quién se dirigían las burlas. Esta práctica tampoco fue tolerada durante mucho tiempo, pues mantenía el mismo espíritu ofensivo que había caracterizado a la comedia antigua.

Como consecuencia de estas prohibiciones surgió la llamada comedia nueva, que abandonó la sátira personal para concentrarse en argumentos ficticios. En lugar de ridiculizar a individuos determinados, las obras comenzaron a tratar asuntos como la seducción y caída de jóvenes doncellas, los amores y matrimonios de los mancebos, los engaños de prostitutas y alcahuetas, así como diversas intrigas amorosas. Mariana observa que, aunque estas representaciones ya no atacaban directamente a personas concretas, seguían teniendo un contenido profundamente inmoral, pues giraban en torno a conductas que consideraba contrarias a la virtud.

A pesar de las leyes que intentaban limitar los ataques personales, en Grecia la comedia antigua siguió cultivando la costumbre de ridiculizar públicamente a individuos concretos. Roma, en cambio, adoptó una postura más severa. Recuerda que ya la Ley de las Doce Tablas prohibía componer versos destinados a manchar la fama de otra persona y sostiene que los romanos, durante los primeros siglos de la República, ni siquiera admitieron espectáculos teatrales. Según Mariana, estos solo fueron introducidos durante una epidemia, como consecuencia de un voto religioso inspirado en los Libros Sibilinos, lo que evidencia, una vez más, el origen religioso de estas representaciones.

Sin embargo, reconoce que ni siquiera en Roma desaparecieron completamente los ataques personales. Recuerda episodios en que actores aprovecharon el escenario para lanzar críticas veladas contra personajes poderosos, como Pompeyo Magno o el emperador Maximino. Estos ejemplos muestran, a su juicio, que el teatro conservó siempre una inclinación a la sátira y a la censura pública, aun cuando las leyes intentaran moderarla.

Mariana dirige luego su atención a un aspecto que considera todavía más grave: la representación irreverente de los propios dioses paganos. Apoyándose extensamente en Arnobio, observa que poetas, pantomimos e histriones convertían a las divinidades en objeto de burlas, presentando a Venus como una prostituta enamorada, a Cibeles entregada a pasiones desordenadas, a Hércules sufriendo de forma miserable y al mismo Júpiter recurriendo al adulterio y al engaño para satisfacer sus deseos. Lo más llamativo para Mariana es que estas representaciones se realizaban ante la presencia de sacerdotes, magistrados, pontífices, vestales, senadores e incluso emperadores, sin que nadie pareciera escandalizarse por semejantes injurias contra sus propios dioses.

No obstante, el autor aclara que esta situación ya no ocurre en el mundo cristiano. Reconoce que nadie toleraría que en un teatro se ridiculizara públicamente a los santos o a las figuras sagradas del cristianismo. Sin embargo, sostiene que ello no resuelve el problema fundamental. Aunque las representaciones cristianas ya no blasfemen contra Dios ni contra los santos, siguen presentando adulterios, prostitución, engaños y otras acciones inmorales. En consecuencia, concluye que los actores que mantienen vivo ese tipo de representaciones continúan siendo igualmente perjudiciales para la sociedad, pues siguen alimentando en la imaginación del público la memoria y el atractivo del vicio, razón por la cual considera que deberían ser apartados de la vida pública.

Capítulo VII: Las comedias no son para honrar a los santos

Reconoce desde el comienzo que combatir esta costumbre no es tarea fácil, pues se encuentra profundamente arraigada y cuenta con el entusiasmo del pueblo. Sin embargo, sostiene que el verdadero honor a Dios no consiste en aumentar la solemnidad de las fiestas mediante espectáculos teatrales, sino en hacerlo con aquello que realmente fomenta la piedad: oraciones, votos, sacrificios, cantos, flores y toda manifestación exterior que eleve el alma hacia Dios. Su tesis es clara: los actores y las comedias deben ser completamente excluidos tanto de los templos como de las celebraciones religiosas, porque el modo de honrar a Dios debe ser coherente con la santidad que se le atribuye.

Para reforzar su posición, Mariana recurre primero al sofista griego Arístides, quien, aun siendo pagano, sostenía que las comedias eran impropias de las fiestas dedicadas a los dioses. Resume varios de sus argumentos: la mejor ofrenda que puede hacerse a la divinidad es un corazón recto y pacífico; las festividades religiosas deben fortalecer la amistad entre los hombres y no convertirse en ocasión de burlas; si nadie se atrevería a injuriar a un amigo respetable en su presencia, mucho menos debería hacerse algo semejante delante de los dioses. Del mismo modo, recuerda que en los sacrificios el pregonero exhortaba al pueblo a pronunciar únicamente palabras buenas, de manera que resulta contradictorio introducir en las ceremonias religiosas expresiones deshonestas o asuntos propios de los burdeles.

Mariana dirige luego una crítica especialmente severa contra quienes justificaban las comedias diciendo que servían para enseñar la vida humana y advertir a los jóvenes sobre los engaños del mundo. Considera absurdo confiar la formación moral a personas cuya propia conducta era desordenada. Recurre a varias comparaciones: así como un borracho no puede enseñar templanza ni un hombre deshonesto puede enseñar castidad, tampoco un actor acostumbrado a representar vicios puede educar en la virtud. Si para custodiar una casa se busca una persona honrada, con mayor razón —afirma— debe escogerse cuidadosamente a quienes influyen en la educación moral de los hijos y de toda la comunidad.

El autor apoya también su postura en san Agustín. Recuerda que el obispo de Hipona ya había señalado la contradicción del paganismo romano: los actores eran considerados personas infames y excluidos de los honores públicos, pero al mismo tiempo eran los encargados de rendir culto a los dioses mediante las representaciones teatrales. Mariana hace suya esta crítica y añade que incluso hubo momentos en que los propios romanos excluyeron a los histriones de los templos por considerar que su oficio era incompatible con el culto religioso. Si esto sucedía entre los paganos, pregunta, ¿con qué razón los cristianos permiten que actores procedentes de los teatros y de las plazas participen en las solemnidades de la Iglesia? Además, recuerda que el derecho canónico les impedía acceder a las órdenes sagradas, lo que demuestra, a su juicio, que la propia Iglesia tradicionalmente había considerado incompatible su profesión con el servicio divino.

Incluso concediendo —dice— algo que considera prácticamente imposible, esto es, que los actores actuaran siempre con absoluta modestia y únicamente representaran historias sagradas, la práctica seguiría siendo perjudicial para la religión. La razón no radica solo en el contenido de las obras, sino también en la condición moral de quienes las representan. A juicio de Mariana, resulta impropio que personas cuya profesión considera deshonrosa se disfracen de Cristo, de la Virgen María, de los apóstoles o de grandes santos como san Francisco, santo Domingo o san Agustín. Hacerlo supone, según su expresión, mezclar el cielo con el cieno, es decir, unir lo sagrado con aquello que estima moralmente degradado.

Para reforzar esta idea, recurre nuevamente a los Padres de la Iglesia. Cita a Arnobio, quien criticaba a los antiguos romanos porque permitían que los actores se vistieran como sus dioses para provocar la risa del público, y a Tertuliano, quien censuraba que personas de vida infame representaran a las divinidades paganas sobre el escenario. Mariana considera que esos mismos argumentos pueden trasladarse perfectamente al cristianismo: si los paganos eran reprendidos por hacer representar a sus dioses mediante actores, con mayor razón los cristianos deberían rechazar que quienes viven del teatro encarnen a Cristo o a los santos. Incluso llega a formular una afirmación llamativa: preferiría que los actores representaran historias profanas antes que historias sagradas, pues las figuras santas exigen una dignidad y un decoro que, a su juicio, los comediantes no pueden ofrecer debido a la mala reputación de su oficio y a la ligereza de sus gestos y costumbres.

Mariana insiste además en que los templos y las festividades religiosas tienen un único propósito: despertar la piedad y orientar el espíritu hacia la contemplación de Dios. Todo aquello que fomente la risa desordenada, los gritos, el bullicio o el entretenimiento mundano resulta incompatible con esa finalidad. Si una persona aislada interrumpiera los oficios religiosos con risas y escándalo sería considerada irreverente; por ello, pregunta, ¿cómo puede justificarse que el mismo comportamiento sea aceptado cuando lo realiza una multitud reunida para presenciar un espectáculo?

A continuación apela a la autoridad del derecho canónico. Recuerda que el papa Inocencio III prohibió expresamente los juegos teatrales dentro de las iglesias, porque consideraba que eran incompatibles con la dignidad del culto. Aunque algunos comentaristas interpretaban esta prohibición como dirigida únicamente contra espectáculos profanos, Mariana sostiene que la exclusión debería alcanzar también a las representaciones de argumento religioso cuando son ejecutadas por actores profesionales, ya que el problema no reside únicamente en el contenido de las obras, sino también en quienes las representan. Según él, los comediantes, acostumbrados al lenguaje obsceno y a los gestos deshonestos, terminan inevitablemente introduciendo esas mismas costumbres incluso cuando interpretan asuntos sagrados.

Su crítica se amplía después a otras manifestaciones festivas desarrolladas en torno a las iglesias. Condena las danzas realizadas por hombres enmascarados al son del tamboril durante las celebraciones religiosas, porque perturban la oración y convierten el templo en un lugar de diversión más que de recogimiento. Como ejemplo moralizante recuerda una leyenda medieval según la cual un grupo de hombres y mujeres que bailó irrespetuosamente en un cementerio durante la noche de Navidad fue castigado con la obligación de bailar sin descanso durante un año entero hasta morir. Independientemente del valor histórico del relato, Mariana lo presenta como una advertencia contra la falta de reverencia en los lugares sagrados.

También manifiesta reservas frente al desarrollo de la música litúrgica. Señala que el uso abundante de instrumentos musicales en las grandes solemnidades había sido limitado por el papa Juan XXII, no porque la música fuera mala en sí misma, sino porque podía convertir la liturgia en un espectáculo. Aclara que no pretende abolir una práctica ya muy arraigada, sino recordar que toda innovación en el culto debe estar subordinada a la piedad. El peligro, afirma, consiste en que los fieles acudan a la iglesia con el mismo ánimo con que asistirían a un teatro o a una fiesta profana, o que incluso se adapten melodías populares y licenciosas cambiando únicamente la letra, conservando la música asociada al vicio.

Finalmente, Mariana recurre a la legislación de los emperadores cristianos para demostrar que incluso las autoridades civiles comprendían la diferencia entre el culto y el espectáculo. Recuerda que diversas leyes imperiales permitían las representaciones teatrales para entretenimiento del pueblo, pero prohibían expresamente celebrarlas los domingos y en las principales festividades cristianas, precisamente para que los fieles dedicaran esos días al culto divino y no al ocio teatral. Para Mariana, esta legislación confirma que ni siquiera quienes toleraban el teatro pensaban que este formara parte del culto religioso. Por ello concluye que constituye una grave contradicción convertir las fiestas cristianas en ocasiones para exhibir actores y espectáculos, pues el templo debe ser una escuela de virtud y de oración, nunca un lugar destinado al entretenimiento público.

Capítulo VIII: Las mujeres no deben salir a las comedias a representar

La presencia femenina sobre el escenario no constituye un simple recurso artístico, sino un medio deliberadamente utilizado para atraer espectadores y aumentar las ganancias de las compañías teatrales. Según él, la extraordinaria belleza, la gracia en los movimientos, las posturas y los vestidos de las actrices ejercen una poderosa atracción sobre los hombres, despertando la lujuria y favoreciendo la corrupción de las costumbres. En consecuencia, sostiene que el teatro no busca principalmente educar o entretener, sino explotar las pasiones humanas para obtener beneficio económico.

Mariana observa que los empresarios teatrales organizan cuidadosamente sus espectáculos con ese propósito. Afirma que toda su preocupación consiste en atraer a la multitud y aumentar sus ingresos, sin prestar atención a la honestidad o a la virtud. Por ello recurren a mujeres de gran belleza, capaces de cautivar al público tanto por la vista como por el oído, convencidos de que ningún otro recurso despierta tanto interés entre los espectadores. Desde la perspectiva del autor, esta estrategia convierte al teatro en un instrumento especialmente eficaz para alimentar los deseos desordenados y debilitar la disciplina moral de la sociedad.

Lo que más preocupa a Mariana es que esta práctica cuente con defensores incluso entre personas cultas y respetables. Reconoce que no son únicamente las clases populares quienes justifican la presencia de mujeres en escena, sino también hombres instruidos y considerados prudentes. Precisamente por ello estima necesario combatir esta opinión, pues entiende que el error se ha difundido ampliamente y ha echado profundas raíces. Considera que todavía existen personas de buena intención que desaprueban estos excesos y que corresponde especialmente a los gobernantes resistir la liviandad del pueblo y corregir aquellas costumbres que contribuyen a la decadencia moral.

A continuación, el autor admite que la presencia de mujeres en el teatro tenía antecedentes en la Antigüedad. Recuerda la tradición según la cual el trágico Furio habría sido el primero en introducir mujeres en las representaciones teatrales, y menciona también los juegos florales de Roma, donde algunas mujeres aparecían prácticamente desnudas, cubriendo únicamente sus partes íntimas. Sin embargo, Mariana subraya que aquellas mujeres eran esclavas o prostitutas públicas, completamente ajenas a la moral cristiana. Por ello sostiene que semejantes ejemplos paganos no pueden servir de justificación para las costumbres de una sociedad cristiana.

Para reforzar su postura, recurre nuevamente a la autoridad de diversos escritores antiguos y Padres de la Iglesia. Cita varias leyes del Código de Teodosio, que regulaban la condición de las actrices, así como a Tertuliano, quien describía el escenario como un lugar donde mujeres de vida deshonesta exhibían públicamente sus cuerpos y contribuían a la corrupción moral de todas las edades. Del mismo modo, recuerda que san Juan Crisóstomo condenó repetidamente la presencia de mujeres en el teatro, especialmente en sus homilías sobre el Evangelio de san Mateo, donde denunciaba los espectáculos como una fuente permanente de vanidad y corrupción.

Mariana sostiene que existe una contradicción evidente en la conducta humana: fuera del teatro, cualquier persona consideraría escandaloso encontrar a una mujer desnuda en la calle o incluso dentro de una casa ajena, mientras que, una vez sentado en un espectáculo, acepta sin reparos contemplar aquello mismo que normalmente juzgaría vergonzoso. Para Crisóstomo, esta diferencia no cambia la naturaleza del acto. La desnudez sigue siendo la misma, aunque se produzca en un escenario y delante de una multitud. La aprobación social no convierte en honesto aquello que por sí mismo considera deshonesto.

Mariana reconoce que en los teatros de su tiempo las actrices probablemente no aparecían completamente desnudas, como sucedía en algunos espectáculos de la Antigüedad. Sin embargo, afirma que el problema permanece porque muchas veces visten ropas tan finas y ajustadas que dejan ver claramente las formas del cuerpo. A ello se añaden los movimientos, los gestos, las miradas y las palabras afectuosas o insinuantes que forman parte de la actuación. En conjunto, todos estos elementos convierten el espectáculo, según el autor, en un poderoso estímulo para las pasiones humanas. A su juicio, pocas cosas poseen tanta capacidad para despertar el deseo como la contemplación de una mujer hermosa que, además de su apariencia física, busca deliberadamente cautivar al público mediante la representación.

Para fortalecer su razonamiento, Mariana recurre a la Sagrada Escritura. Recuerda que san Pablo prohibió a las mujeres enseñar públicamente en la Iglesia, interpretación que atribuye a san Anselmo, porque incluso la voz femenina podía convertirse en ocasión de distracción y despertar deseos desordenados. Con mayor razón —deduce— nadie debería confiar en permanecer inmune cuando contempla durante largo tiempo a mujeres actuando, cantando y moviéndose sobre un escenario. La confianza excesiva en la propia fortaleza espiritual le parece una grave imprudencia.

El autor ilustra este peligro con ejemplos bíblicos. Menciona a David, quien, siendo un hombre escogido por Dios, cayó en adulterio después de contemplar a Betsabé. Si un profeta pudo sucumbir por una simple mirada, pregunta Mariana, ¿cómo puede cualquier cristiano considerarse seguro asistiendo voluntariamente a lugares donde la belleza femenina constituye uno de los principales atractivos? Asimismo cita las palabras de Cristo en el Evangelio de Mateo: «Todo el que mira a una mujer para desearla ya cometió adulterio con ella en su corazón», y el testimonio de Job, quien declara haber hecho un pacto con sus ojos para no fijarlos siquiera en una joven. Para Mariana, ambos textos enseñan que el pecado comienza en la mirada, pues de ella nace el pensamiento y del pensamiento brota el deseo.

El teatro aparece entonces descrito mediante una poderosa metáfora: un horno encendido. Mariana compara los escenarios con el horno de Babilonia, aunque sostiene que el fuego de las pasiones es todavía más peligroso que el fuego material, porque consume el alma sin que quien lo padece sea plenamente consciente de ello. Mientras el fuego físico produce dolor inmediato, el fuego del deseo se presenta bajo la apariencia del placer; por eso las personas ríen y disfrutan precisamente allí donde, según el autor, están poniendo en peligro su salvación eterna. Inspirándose nuevamente en san Juan Crisóstomo, considera que una de las mayores desgracias consiste en confundir la propia miseria con el deleite.

Lamentando que los hombres, incluso los más prudentes, concedan mayor importancia a los bienes temporales que a los espirituales. Lo que más le sorprende no es tanto que el pueblo disfrute de los espectáculos, sino que personas consideradas sabias los apoyen públicamente, pues con su ejemplo animan a otros a asistir y terminan convirtiéndose, según él, en responsables de la corrupción moral de quienes los imitan. Además, observa que estos defensores sostienen que el teatro no es malo por naturaleza, sino que únicamente se vuelve perjudicial cuando las personas hacen un mal uso de él.

Mariana rechaza esta explicación, aunque anuncia que responderá con mayor profundidad en otro lugar de su tratado. Por ahora se limita a examinar un argumento concreto empleado por sus adversarios. Estos sostenían que, si se prohibía la participación de mujeres en las comedias, habría que volver a utilizar muchachos para interpretar personajes femeninos, práctica que consideraban todavía más peligrosa. A su juicio, el deseo que podría despertar la contemplación de jóvenes hermosos disfrazados de mujer conduciría al pecado contra natura, el cual estimaban más grave que la atracción entre hombres y mujeres. Por ello defendían la presencia de mujeres sobre el escenario como un mal menor.

Mariana considera completamente inaceptable esta justificación. Afirma que, amparándose en ese razonamiento, algunas personas ya habían conseguido introducir mujeres en representaciones realizadas incluso dentro de iglesias españolas. Señala que él mismo conocía un caso ocurrido en un templo muy importante de España y sospechaba que la práctica comenzaba a extenderse a otros lugares. La sola idea le parece escandalosa y declara sentir vergüenza incluso de describir el contenido de aquellas representaciones. Según su interpretación, quienes promovían estas novedades no buscaban realmente evitar un mal mayor, sino encontrar un pretexto respetable para mantener unos espectáculos que consideraba igualmente inmorales.

A continuación añade nuevas objeciones. Observa que las actrices no solo representaban personajes femeninos, sino también soldados, esclavos, rufianes y otros papeles masculinos, vistiendo ropa de hombre. Para Mariana, esta inversión de los papeles propios de cada sexo constituye una perversión adicional, pues entiende que altera el orden natural y social. Asimismo rechaza que se presente la homosexualidad como un peligro tan extendido que obligue a adoptar semejantes medidas. Afirma que, salvo casos excepcionales, ese vicio era naturalmente rechazado por la sociedad española gracias a la buena educación y a la severidad de las autoridades, por lo que considera exagerado utilizar ese argumento para justificar la presencia femenina en el teatro.

Mariana contrapone ambos tipos de atracción recurriendo a una explicación que atribuye a san Basilio. Según expone, Dios creó a los seres humanos divididos en dos sexos e infundió en ellos una inclinación natural para atraerse mutuamente, especialmente entre el hombre y la mujer. Precisamente porque ese deseo heterosexual es natural y especialmente intenso, concluye que la contemplación de mujeres en escena resulta mucho más peligrosa para la mayoría de los espectadores que la presencia de muchachos representando personajes femeninos. De esta manera, invierte el argumento de sus adversarios: allí donde ellos veían una solución práctica para evitar un pecado mayor, Mariana ve un riesgo todavía más grave, pues considera que la belleza femenina posee una fuerza mucho mayor para despertar las pasiones del público y, por tanto, para conducirlo al pecado.

Afirma que Dios creó a la mujer a partir del costado del hombre y la colocó bajo su autoridad, mientras que al mismo tiempo infundió en el varón un profundo amor y deseo hacia ella. Según Mariana, esta doble disposición explica que el hombre experimente una poderosa atracción natural hacia la mujer, de manera que ambos sexos quedan mutuamente vinculados, aunque de formas distintas. El autor utiliza incluso la imagen del imán, afirmando que, así como la piedra imán atrae el hierro sin moverse, la mujer posee una capacidad natural para atraer al hombre mediante su propia presencia.

A partir de esa premisa, Mariana describe las cualidades físicas femeninas que, según él, hacen especialmente intensa esa atracción: la suavidad del cuerpo, la blancura de la piel, la delicadeza de la voz, la hermosura del rostro y la armonía de toda su figura. Apoya esta idea recordando las palabras del Génesis: «Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer», interpretándolas como prueba de que el deseo entre ambos sexos forma parte del orden natural establecido por Dios. Sin embargo, precisamente porque considera que esta inclinación es natural y poderosa, concluye que debe ser cuidadosamente gobernada mediante la virtud de la castidad y no alimentada innecesariamente mediante espectáculos públicos.

Mariana añade que este peligro no afecta únicamente a los hombres. También las mujeres pueden verse perturbadas por la contemplación del cuerpo masculino, razón por la cual recuerda una medida atribuida al emperador Augusto, quien prohibió la asistencia de mujeres a las competiciones de luchadores. Con ello pretende demostrar que incluso los gobernantes paganos reconocían la fuerza que ejercía la contemplación del cuerpo sobre las pasiones humanas. En consecuencia, sostiene que quienes desean conservar la castidad deben mantenerse alejados de aquellas situaciones que favorecen el despertar del deseo, especialmente de los teatros, donde convergen simultáneamente la belleza física, la música, la actuación y el ambiente festivo.

Tras desarrollar este argumento moral, Mariana introduce una segunda crítica, de carácter social. Afirma que muchas de las mujeres que acompañan a las compañías teatrales viven de la prostitución o mantienen relaciones extramatrimoniales con los propios actores. A su juicio, la convivencia permanente entre hombres y mujeres dentro de esas compañías hace prácticamente imposible conservar una vida honesta. Describe ese ambiente como una ocasión constante de inmoralidad y compara la capacidad de seducción de estas mujeres con la de la hechicera Circe, quien en la mitología clásica transformaba a los hombres en bestias mediante sus encantamientos. Para Mariana, los halagos, las palabras y la belleza de las actrices producen un efecto semejante sobre quienes caen bajo su influencia.

Con el propósito de demostrar que estos peligros no son meramente teóricos, relata un episodio que afirma haber conocido directamente. Cuenta que en Alcalá de Henares una actriz que representaba a María Magdalena fue descubierta manteniendo una relación ilícita con el actor encargado de interpretar a Cristo. Lo que más le escandaliza no es solo la conducta privada de ambos, sino el contraste entre esa vida y los personajes sagrados que representaban ante un público profundamente conmovido. Según Mariana, muchos espectadores llegaban incluso a derramar lágrimas durante aquellas representaciones sin sospechar la conducta moral de quienes actuaban sobre el escenario. Este ejemplo pretende demostrar que la apariencia de devoción puede ocultar una realidad completamente distinta.

Afirma que numerosos jóvenes abandonaban a sus familias, desperdiciaban su patrimonio y recorrían ciudades enteras siguiendo a las actrices de las que se enamoraban. Relata casos de enfrentamientos violentos entre pretendientes y actores, robos, heridas e incluso homicidios provocados por rivalidades amorosas. Añade que los propios compañeros de las compañías actuaban como intermediarios interesados, facilitando estos encuentros a cambio de dinero, mientras que alcahuetas aprovechaban la llegada de los teatros para organizar nuevas relaciones ilícitas. Todo ello le lleva a concluir que el teatro no solo constituye un peligro para la moral individual, sino también una fuente de desorden público, violencia y ruina familiar. Por esa razón considera que la presencia de mujeres en las compañías teatrales agrava aún más los males que, a lo largo de toda la obra, viene atribuyendo a los espectáculos públicos.

Concluye su argumentación afirmando que todos los abusos que ha descrito no son simples excesos aislados, sino males públicos que exigen una intervención firme de las autoridades. Llega incluso a sostener que quien no considere necesario reprimir con energía estos escándalos demuestra haber perdido el juicio y el sentido común. A su entender, las consecuencias del teatro sobre la moral, la familia y el orden social son tan evidentes que no basta con lamentarlas: corresponde a los gobernantes impedir que continúen propagándose.

Para demostrar que esta preocupación no era exclusiva del cristianismo, Mariana vuelve a citar la legislación del Imperio romano. Recuerda una ley del Código de Teodosio que prohibía comprar, vender, instruir o presentar en banquetes y espectáculos a mujeres músicas o tañedoras. Mariana interpreta esta disposición como una prueba de que los propios emperadores paganos comprendían el peligro que suponía utilizar mujeres para entretener al público. Si gobernantes que desconocían la fe cristiana estimaron necesario imponer semejantes restricciones, razona Mariana, con mayor motivo deberían hacerlo las autoridades cristianas.

Añade enseguida un ejemplo tomado de la vida del emperador Augusto, según el relato de Suetonio. Cuenta que un actor llamado Estefanión utilizó a una mujer casada disfrazada de muchacho durante una representación teatral. Cuando Augusto descubrió el engaño, ordenó que el actor fuera azotado públicamente tres veces en el teatro y posteriormente lo desterró. Mariana presenta este episodio como una manifestación de la severidad con que incluso un gobernante pagano castigaba aquello que consideraba una corrupción de las costumbres y un abuso del escenario.

El capítulo concluye con una pregunta retórica que resume todo su razonamiento. Si los antiguos romanos, cuya moral juzga inferior a la cristiana, adoptaron medidas tan estrictas para controlar estos espectáculos, ¿cómo es posible que en una sociedad cristiana, donde —según él— la corrupción de las costumbres es todavía mayor, no se actúe con la misma firmeza? Para Mariana, la respuesta resulta evidente: lejos de mostrarse más tolerantes, los gobernantes cristianos deberían ejercer una vigilancia aún más estricta. De esta manera, el capítulo termina reforzando una idea que atraviesa toda la obra: el teatro no constituye únicamente un problema de entretenimiento privado, sino una cuestión de orden público y de responsabilidad política, por lo que corresponde tanto a la Iglesia como a las autoridades civiles impedir que los espectáculos se conviertan en una fuente permanente de corrupción moral.

Capítulo IX: Que no se deben hacer teatros públicos a los representantes

Antes de ofrecer su propia respuesta, expone los argumentos históricos de ambas posiciones. Comienza recordando que el primer gran teatro permanente de Roma fue construido por Cneo Pompeyo, cuya magnificencia fue tan admirada por el pueblo que, según Casiodoro y Tertuliano, contribuyó a consolidar el sobrenombre de Magno. Sin embargo, señala que esa obra no fue recibida con aprobación unánime, sino que dividió profundamente a la opinión romana.

Mariana resume primero los argumentos de quienes se oponían a la construcción de teatros permanentes. Según estos autores, un edificio estable fomentaba el ocio y la pereza, pues permitía que la población permaneciera durante días enteros dedicada al espectáculo. Además, sostenían que ello provocaba el abandono de las antiguas virtudes romanas, favorecía la lascivia, estimulaba los amores ilícitos, acostumbraba al pueblo a un lenguaje licencioso y a canciones sensuales, y facilitaba que hombres y mujeres permanecieran juntos durante largas jornadas y aun durante la noche, multiplicando así las ocasiones de pecado. En definitiva, para este sector el teatro permanente no era un simple edificio, sino una institución que contribuía al deterioro de las costumbres públicas.

A continuación expone los argumentos de quienes defendían los teatros. Estos afirmaban que los propios antepasados romanos nunca habían rechazado los espectáculos, sino que simplemente los habían organizado de manera distinta según sus posibilidades. Añadían que las artes teatrales no eran ejercidas por ciudadanos romanos de buena familia, que mantener un teatro fijo resultaba más económico que levantar estructuras temporales cada año, que proporcionaba al pueblo un entretenimiento suficiente evitando que reclamara espectáculos todavía más costosos y que, además, estimulaba el desarrollo de la oratoria, la poesía y otras manifestaciones del ingenio. También sostenían que magistrados y senadores podían asistir ocasionalmente a estas diversiones sin perjuicio para sus obligaciones y que, hasta entonces, no se había demostrado que la existencia de un teatro permanente hubiera producido por sí sola grandes males para la ciudad.

Incluso los paganos discutieron seriamente si los teatros eran beneficiosos para la república, con mayor razón los cristianos deberían rechazarlos, pues la religión cristiana exige un grado mucho más elevado de continencia, castidad y pureza de costumbres. Para Mariana, el simple hecho de que una sociedad menos exigente moralmente hubiera dudado de su conveniencia constituye ya un poderoso argumento contra su establecimiento en una república cristiana.

Indica uno de los peligros que considera más graves: la construcción de teatros con palcos o aposentos privados destinados a personas distinguidas. Menciona expresamente que en ciudades españolas como Toledo, Salamanca y Madrid se había planteado o realizado la construcción de estos espacios reservados, algunos incluso con entradas secretas para preservar el anonimato de sus ocupantes. A su juicio, semejante disposición arquitectónica facilita los encuentros discretos entre hombres y mujeres y convierte el teatro en un lugar especialmente propicio para el inicio de relaciones ilícitas.

Mariana añade un argumento económico. Afirma que quien administra un teatro tiene interés en obtener el mayor beneficio posible y, por tanto, estará dispuesto a vender toda la libertad que los espectadores deseen comprar. De este modo, el empresario terminaría favoreciendo la disolución de las costumbres porque esa misma corrupción aumenta sus ganancias. En consecuencia, sostiene que un teatro organizado de esa manera acaba convirtiéndose en un burdel encubierto, incluso más peligroso que los prostíbulos propiamente dichos, ya que oculta su verdadera naturaleza bajo la apariencia de un lugar de entretenimiento.

Para reforzar esta idea recurre nuevamente a la Antigüedad. Cita a Isidoro de Sevilla para afirmar que algunos teatros romanos llegaron a ser conocidos como burdeles porque en sus partes inferiores existían pequeñas habitaciones donde ejercían prostitutas. Según Mariana, la excitación producida por los espectáculos llevaba inmediatamente a muchos jóvenes a buscar satisfacción de sus deseos en esos mismos lugares. Desde su perspectiva, ello demuestra que el teatro y la prostitución estuvieron históricamente estrechamente vinculados.

Mariana extiende después esta reflexión a las mujeres honestas. Considera que la existencia de un teatro facilita enormemente las oportunidades para establecer contactos secretos entre hombres y mujeres que, en otras circunstancias, permanecerían vigiladas por sus familias y por el control social. Reconoce que algunos podrían objetar que ninguna vigilancia basta para proteger a una mujer si ella misma no desea guardar su virtud, citando para ello versos del poeta griego Alexis y de Ovidio, quienes afirmaban que ninguna muralla puede custodiar eficazmente a una mujer y que la verdadera custodia depende de la propia voluntad.

Sin embargo, Mariana responde que, aunque la responsabilidad personal existe, las ocasiones influyen decisivamente en la conducta humana. Su argumento final es que muchas faltas —como adulterios, homicidios o robos— nunca llegarían a cometerse si no existieran las circunstancias que las favorecen. Por ello entiende que corresponde a los gobernantes no solo castigar los delitos consumados, sino también eliminar aquellas ocasiones que previsiblemente facilitan su comisión. Desde esta perspectiva, el teatro no constituye simplemente un lugar donde algunas personas pecan por decisión propia, sino una institución que multiplica las oportunidades para el pecado y, precisamente por eso, considera que su establecimiento permanente resulta incompatible con el bien de la república cristiana.

El tiempo que muchas personas emplean asistiendo a los espectáculos podría dedicarse a actividades mucho más provechosas para el individuo y para la república. Propone como ejemplos el ejercicio físico —montar a caballo, practicar la equitación, lanzar la barra, ejercitar el arco o el arcabuz— o incluso la conversación y el estudio sobre las artes del buen gobierno. El verdadero descanso, sostiene, no debe consistir en una diversión que debilite el cuerpo y envilezca el alma, sino en actividades que fortalezcan las virtudes y preparen a los jóvenes para la vida pública. En esta idea aparece una constante de toda la obra: los entretenimientos forman el carácter, y por ello importa enormemente a qué placeres se acostumbra una persona desde su juventud.

A continuación aborda una cuestión muy concreta que se discutía en la España de su tiempo: la utilización de los ingresos de los teatros para financiar los hospitales generales y el auxilio de los pobres. Mariana explica que, al organizarse hospitales públicos en diversas ciudades, algunos hombres prudentes propusieron construir teatros municipales y arrendarlos a compañías de actores. Con el dinero obtenido mediante esos arriendos se pretendía sostener económicamente a los hospitales y, al mismo tiempo, mantener bajo control a los representantes imponiéndoles reglamentos, vigilancia y normas de decoro. El autor reconoce que la intención de quienes formularon esta propuesta era buena y que el proyecto parecía, en teoría, prudente y beneficioso para la comunidad.

Sin embargo, rechaza completamente esa solución porque considera imposible reformar el teatro únicamente mediante reglamentos. Según Mariana, ninguna ley basta para contener la perversidad de los actores ni la frivolidad del público cuando la institución misma favorece la corrupción. A su juicio, el problema no reside únicamente en los abusos, sino en la propia naturaleza del espectáculo. Por ello sostiene que toda apariencia de utilidad económica termina convirtiéndose en un simple pretexto para mantener una actividad moralmente perjudicial.

Para ilustrar esta crítica establece una comparación histórica con Pompeyo Magno. Recuerda que, cuando Pompeyo fue criticado por construir el primer teatro permanente de Roma, intentó legitimar la obra levantando junto a él un templo dedicado a Venus y presentando el edificio como un complemento del culto religioso. Mariana cita a Tertuliano, quien interpretaba esa maniobra como un intento de encubrir una institución reprobable bajo el prestigio de la religión. El paralelismo es evidente: así como Pompeyo habría querido ocultar el teatro detrás de un templo, los promotores de los hospitales generales —según Mariana— intentaban ocultar el teatro detrás de una obra de caridad.

Este razonamiento conduce a una de las afirmaciones más contundentes del capítulo. Mariana declara que, si no existiera otro medio para sostener a los pobres, preferiría que los hospitales carecieran de recursos antes que financiar su mantenimiento mediante los ingresos procedentes de los espectáculos teatrales. La ayuda a los necesitados es un bien, pero no puede obtenerse, a su juicio, recurriendo a una actividad que considera causa permanente de corrupción moral. El fin benéfico no justifica los medios empleados para alcanzarlo.

Finalmente vuelve a la autoridad de los antiguos. Recuerda que los censores romanos destruyeron repetidas veces los teatros porque los consideraban focos de inmoralidad y escuelas de deshonestidad. Si incluso una sociedad pagana llegó a esa conclusión, pregunta Mariana, ¿cómo puede una sociedad cristiana pretender reedificar los teatros precisamente en nombre de la religión y de la beneficencia? Anticipando una posible objeción, reconoce que los teatros de su época eran mucho más modestos que los de la Roma imperial, pero responde que el tamaño o el lujo del edificio son irrelevantes. Lo que condena no es la arquitectura, sino la naturaleza misma de la institución. Recurriendo a una comparación muy expresiva, afirma que el pequeño arroyo posee la misma naturaleza que la fuente de la que nace, y una rama conserva las propiedades del árbol del que procede. Del mismo modo, aunque los teatros modernos sean más humildes, participan —según él— de la misma esencia corruptora que los antiguos. Por eso concluye citando a san Agustín, quien llamaba a los teatros "escuelas de torpezas y públicas profesiones de maldades", preguntándose con indignación cómo es posible que los cristianos quieran reconstruir aquello que sus propios antepasados habían dejado desaparecer.

Capítulo X: Que los farsantes estén privados de los sacramentos

La profesión de farsante no solo era socialmente despreciada, sino que también implicaba, a su juicio, una situación objetivamente incompatible con la vida cristiana. Para ello comienza citando la primera ley del título de los Digestos dedicado a las personas infames, donde se establece que incurren en infamia, entre otros, quienes ejercen públicamente el oficio de actor o salen a representar sobre la escena. Mariana considera que esta disposición constituye una prueba evidente de que el orden jurídico romano veía el teatro como una actividad deshonrosa.

Sin embargo, introduce inmediatamente una precisión importante. Explica que los juristas limitaban esta infamia a quienes actuaban públicamente y representaban obras cuyo contenido era deshonesto, especialmente si lo hacían de forma habitual. Además, aclara que la deshonestidad no depende únicamente del argumento principal de la obra, sino también de los entremeses, canciones y demás elementos del espectáculo. Da lo mismo —afirma— que las obscenidades se expresen abiertamente o mediante insinuaciones y dobles sentidos, pues ambos procedimientos producen el mismo efecto: despertar en la imaginación del espectador el recuerdo y el deseo del vicio. Incluso considera más peligroso el lenguaje insinuado, porque actúa con mayor sutileza y resulta más difícil de advertir y rechazar.

Mariana añade que los antiguos romanos no se limitaron a censurar moralmente a los actores, sino que les impusieron consecuencias civiles concretas. Recuerda que los censores podían expulsarlos de sus tribus y privarlos de ciertos derechos propios de los ciudadanos honorables. A partir de esta circunstancia formula un razonamiento característico de toda su obra: si el derecho imponía una pena tan severa, ello debía responder necesariamente a la gravedad moral de la conducta sancionada. En consecuencia, concluye que quienes ejercían ese oficio se encontraban ordinariamente en estado de pecado grave, pues una sanción tan importante no habría recaído sobre una actividad inocente o sobre una simple falta leve.

Para reforzar esta conclusión, Mariana compara la situación de los actores con la de otros oficios humildes. Observa que profesiones socialmente modestas o físicamente desagradables, como las de cargador, carnicero o carbonero, nunca fueron castigadas con la pena de infamia. Si el legislador distinguía entre unos oficios y otros, sostiene, ello demuestra que el problema no radicaba en la humildad del trabajo, sino en su dimensión moral. Del mismo modo, recuerda que la ley calificaba también como infames a rufianes, corruptores de la justicia y otros individuos cuyas conductas eran manifiestamente delictivas, por lo que considera injustificado separar a los actores de ese conjunto y presentarlos como personas moralmente irreprochables.

No obstante, Mariana reconoce que existen objeciones contra esta interpretación. La primera consiste en señalar que la propia ley romana declaraba infames a algunas personas sin que necesariamente hubieran cometido un pecado grave, como determinadas viudas que contraían nuevas nupcias antes de concluir el período legal de luto o quienes celebraban ciertos matrimonios prohibidos por la legislación civil. El autor responde que esas situaciones dependían de normas jurídicas específicas de su tiempo y que, una vez modificadas esas leyes por el derecho posterior y por el derecho canónico, desapareció también la correspondiente infamia. Por tanto, no constituyen un verdadero argumento para relativizar el caso de los actores.

Hasta aquí había identificado habitualmente el oficio de actor con una profesión moralmente reprobable. Sin embargo, ahora, siguiendo expresamente a santo Tomás de Aquino (Suma Teológica, II-II, cuestión 168, artículo 3), reconoce que el juego, el entretenimiento y aun el arte dramático no son malos por naturaleza. El ser humano necesita momentos de recreación para mantener una convivencia sana, de modo que el arte destinado al esparcimiento puede ser legítimo siempre que permanezca dentro de los límites de la honestidad y del decoro. Incluso admite que los actores pueden recibir dinero por su trabajo sin cometer por ello pecado.

No obstante, Mariana añade inmediatamente una consecuencia jurídica que considera lógica. Si un actor representa únicamente obras honestas y nunca recurre a palabras obscenas, gestos deshonestos o argumentos inmorales, no debería ser considerado infame. A su juicio, sería contradictorio tener por deshonroso un oficio que se reconoce útil para la sociedad. Explica entonces que la infamia atribuida tradicionalmente a los actores responde más bien a una presunción jurídica: los jueces parten de la experiencia de que la inmensa mayoría de los farsantes, movidos por el afán de lucro, terminan representando cualquier clase de torpeza con tal de atraer público. Sin embargo, sostiene que esa presunción podría destruirse mediante prueba en contrario. Si un actor pudiera demostrar con testigos fidedignos que siempre ha respetado la honestidad en todas sus representaciones, no debería sufrir la pena de infamia.

Esta distinción permite comprender mejor la posición de Mariana. Su condena no recae exclusivamente sobre el teatro como actividad artística, sino sobre la forma concreta en que, según él, el teatro de su tiempo se desarrollaba habitualmente. En teoría admite la posibilidad de un teatro honesto; en la práctica, considera extraordinariamente difícil que exista, porque entiende que el deseo de obtener ganancias empuja inevitablemente a los actores hacia espectáculos cada vez más licenciosos.

El autor pasa luego al ámbito del derecho canónico. Se pregunta si un actor verdaderamente honesto podría acceder a las órdenes sagradas. Recuerda que las normas eclesiásticas prohibían ordenar sacerdotes a quienes ejercían el oficio teatral, así como a quienes se casaban con mujeres dedicadas a los espectáculos públicos. Explica, sin embargo, que la razón principal de esta prohibición no era el simple hecho de pertenecer al mundo del teatro, sino la convicción de que muchas de aquellas mujeres llevaban una vida sexual desordenada. Es decir, vuelve a insistir en que el verdadero problema reside en la corrupción moral normalmente asociada al ambiente teatral.

Mariana refuerza este punto citando una carta de san Cipriano dirigida a Eucracio. En ella se plantea el caso de un maestro que enseñaba a muchachos el arte de representar personajes femeninos mediante disfraces y gestos propios de mujeres. Aunque aquel hombre ya no actuaba públicamente en los teatros, san Cipriano sostuvo que no debía ser admitido a la comunión de la Iglesia porque ese oficio seguía siendo incompatible con la dignidad cristiana. Mariana utiliza este ejemplo para afirmar que quienes continúan dedicándose a representaciones deshonestas deben ser excluidos de los sacramentos hasta que abandonen sinceramente esa profesión.

La consecuencia pastoral es especialmente severa. Según Mariana, el actor que persevera públicamente en representaciones inmorales y muere sin haber dado señales claras de arrepentimiento no debería recibir sepultura eclesiástica, del mismo modo que ocurría con otros pecadores públicos. Para ilustrar esta doctrina narra un episodio contemporáneo: un actor murió repentinamente durante una representación mientras pronunciaba invocaciones a dioses paganos y fingía suicidarse sobre el escenario. Algunos compañeros afirmaron que tenía intención de abandonar pronto el teatro para hacerse fraile, pero Mariana considera que esa simple afirmación no bastaba para presumir una verdadera conversión y critica que las autoridades eclesiásticas no aplicaran con mayor rigor la disciplina canónica.

Después de haber admitido, siguiendo a santo Tomás de Aquino, que en teoría podría existir un teatro honesto, concluye que esa posibilidad no se verifica en la práctica. A su juicio, las compañías de representantes que recorren España viven precisamente de ofrecer al público aquello que despierta las pasiones y asegura una mayor concurrencia de espectadores.

Mariana explica que los actores evitan normalmente las obscenidades demasiado explícitas porque saben que un lenguaje excesivamente grosero provocaría el rechazo del público y vaciaría los teatros. En lugar de ello recurren a procedimientos más sutiles: insinuaciones, dobles sentidos, alusiones y situaciones cuidadosamente construidas que despiertan en el espectador la imaginación y el recuerdo del vicio. Para el autor, este método resulta incluso más peligroso que la obscenidad manifiesta, porque introduce la deshonestidad de forma encubierta y con mayor eficacia psicológica.

Sobre esa base, Mariana formula un juicio categórico respecto de las compañías teatrales de su época. Afirma que prácticamente todas las representaciones que se ofrecen en España contienen, abierta o veladamente, elementos inmorales: engaños de rufianes, amores de prostitutas, seducciones y violaciones de doncellas, adulterios y otras historias semejantes. Aunque evita describir esos contenidos por considerarlos indignos de ser repetidos, sostiene que constituyen la materia habitual del teatro contemporáneo y que precisamente de ellos depende gran parte de su éxito económico.

La consecuencia moral que extrae es coherente con todo el razonamiento desarrollado en los capítulos anteriores. Si los actores viven ordinariamente de representar y difundir tales asuntos, considera que su profesión los coloca en una situación objetiva incompatible con la vida sacramental de la Iglesia. Por ello sostiene que deben ser excluidos de los sacramentos mientras perseveren en ese oficio, no por el simple hecho de representar, sino porque —según su apreciación— la práctica habitual del teatro de su tiempo está inseparablemente unida a la difusión del vicio y de la deshonestidad.

Declara que nunca ha asistido a este tipo de representaciones y que considera impropio que sacerdotes o religiosos frecuenten tales espectáculos, pues ello desacreditaría la dignidad del estado eclesiástico. Sin embargo, añade que ha oído hablar de las obras y de las canciones que en ellas se representan, y asegura que su contenido es tan indecente que ni siquiera se atrevería a reproducirlo por escrito, del mismo modo que una persona honesta —afirma— no podría escucharlo sin experimentar vergüenza y desagrado. Con esta afirmación termina el capítulo reafirmando la tesis central de toda la disputa: el problema del teatro no radica únicamente en el arte dramático en sí mismo, sino en el contenido moral de las representaciones que, según Mariana, dominaban la escena española de finales del siglo XVI y comienzos del XVII.


Capítulo XI: Sobre la música teatral

Mariana deja momentáneamente de analizar las comedias en sí mismas para concentrarse en uno de sus elementos más influyentes: la música teatral. Su tesis es que el canto, las melodías y los bailes no son simples adornos del espectáculo, sino instrumentos de enorme poder sobre el alma humana. Precisamente porque la música posee la capacidad de modelar las emociones y las costumbres, considera que constituye uno de los medios más eficaces tanto para educar en la virtud como para conducir al vicio. Por ello entiende que el problema del teatro no reside únicamente en sus argumentos o en sus actores, sino también en la música que acompaña las representaciones.

Mariana comienza reconociendo una opinión común según la cual la música solo serviría para proporcionar placer, del mismo modo que el sueño o la comida restauran las fuerzas del cuerpo. No niega esta función recreativa; por el contrario, explica que el ser humano experimenta una inclinación natural hacia la armonía y el ritmo porque toda la creación humana está regida por proporciones numéricas. Como ejemplos menciona el pulso de las arterias, el desarrollo del niño en el vientre materno y otros fenómenos naturales. De ahí concluye que los versos medidos, las melodías y el canto producen un deleite espontáneo, pues responden a una estructura que el propio ser humano lleva inscrita en su naturaleza.

Sin embargo, para Mariana el verdadero poder de la música va mucho más allá del simple entretenimiento. Afirma que las melodías son capaces de despertar, modificar y dirigir los afectos del alma. Las voces armoniosas, los instrumentos y el ritmo no solo alivian las preocupaciones, sino que suavizan incluso los temperamentos más ásperos. Para demostrarlo cita al historiador Polibio, quien explicaba que los habitantes de Arcadia utilizaban la música como medio para dulcificar el carácter endurecido que les producía la rudeza de su clima y de sus trabajos agrícolas. Tanto jóvenes como adultos recibían formación musical durante muchos años porque entendían que contribuía directamente a la educación moral de la comunidad. En cambio, los habitantes de otra región de Arcadia, los cinetenses, al haber abandonado la música, habrían degenerado —según Polibio— en costumbres mucho más violentas y bárbaras. Mariana presenta este contraste como prueba de que la música influye decisivamente en el comportamiento humano.

También recurre a la tradición clásica para ilustrar esa misma idea. Recuerda las conocidas leyendas de Orfeo, cuyo canto amansaba a las fieras, y de Anfión, cuya cítara hacía moverse las piedras con las que se edificaron los muros de Tebas. Aunque reconoce el carácter fabuloso de estos relatos, entiende que expresan simbólicamente una verdad: la música posee una fuerza extraordinaria para dominar aquello que parece más difícil de gobernar.

Mariana menciona después otro ejemplo célebre, atribuido a Timoteo y a Alejandro Magno. Según la tradición, una determinada melodía despertó en Alejandro un entusiasmo guerrero tan intenso que se levantó de la mesa dispuesto a empuñar las armas; otra composición diferente consiguió serenarlo poco después. Mariana admite que este episodio puede haber sido exagerado, pero no lo descarta por completo. Añade además el testimonio de Plutarco, quien afirmaba que la música había servido en diversas ocasiones para calmar tumultos e incluso aliviar enfermedades.

A continuación introduce el ejemplo bíblico de David y el rey Saúl. Recuerda que, según las Escrituras, David tocaba el arpa y con ello conseguía tranquilizar al rey cuando era atormentado por un espíritu maligno. Aunque reconoce que la acción divina intervino en aquel episodio, sostiene que también existía una explicación natural: la música apaciguaba la melancolía y la agitación interior de Saúl, debilitando así el poder que el demonio ejercía sobre él. Con este ejemplo pretende mostrar que la eficacia de la música no pertenece únicamente al ámbito de las leyendas, sino que encuentra confirmación incluso en la Biblia.

Si la música tiene capacidad para modificar las emociones humanas, también puede formar o deformar las costumbres. Las virtudes consisten precisamente en gobernar rectamente los movimientos del alma, mientras que los vicios nacen de afectos desordenados como la ira, el deseo desenfrenado, el miedo excesivo o la tristeza sin control. Por ello sostiene que el tipo de música que escucha una sociedad nunca es indiferente: influye directamente en la formación del carácter de sus ciudadanos.

La música influye directamente en el carácter de las personas y, por esa misma razón, termina influyendo también en las leyes y en la estabilidad de los Estados. Para demostrarlo recurre principalmente a Platón, Cicerón, Aristóteles y Casiodoro, integrando sus enseñanzas dentro de su propia crítica a los espectáculos públicos.

Comienza recordando una afirmación de Platón, quien, siguiendo al músico y teórico Damón, sostenía que nunca cambia la música de una ciudad sin que poco después cambien también sus leyes y su organización política. Mariana entiende esta sentencia como una advertencia de enorme importancia: las transformaciones culturales preceden a las transformaciones políticas. Por ello el legislador no debe permanecer indiferente frente a los estilos musicales que predominan entre el pueblo. Añade que la misma idea fue recogida, aunque con mayor moderación, por Cicerón en De Legibus y desarrollada ampliamente por Aristóteles en la Política, donde el filósofo distingue entre diversos modos musicales y recomienda que la educación de los jóvenes utilice únicamente aquellos que favorecen el equilibrio del carácter.

Para explicar mejor esta doctrina, Mariana reproduce la clasificación de Casiodoro, quien distingue cinco grandes modos musicales: dórico, frigio, eolio, yastro (o jónico) y lidio, cada uno con efectos distintos sobre el ánimo humano. El modo dórico, caracterizado por su firmeza y equilibrio, favorece la castidad, la fortaleza y las virtudes militares. El frigio despierta el ardor y la combatividad, razón por la cual se empleaba en ciertas ceremonias religiosas. El eolio produce serenidad y sosiego, hasta el punto de predisponer al sueño. El yastro o jónico estimula el ingenio y la contemplación intelectual. Finalmente, el lidio, por su dulzura y suavidad excesivas, fomenta la relajación y los afectos amorosos, motivo por el cual los antiguos lo consideraban el modo más peligroso desde el punto de vista moral. Mariana recoge estas descripciones no como simples curiosidades musicales, sino como prueba de que desde la Antigüedad se reconocía el poder educativo de la música.

No obstante, introduce una precisión. Reconoce que en su tiempo ya no era posible identificar con certeza aquellos antiguos modos musicales con las escalas utilizadas en la música renacentista. Incluso admite que la fuerza psicológica que los autores clásicos atribuían a cada uno de esos modos no se experimenta ya de la misma manera. Aun así, cree que el principio general permanece válido: la combinación de melodía, ritmo, poesía y contenido moral sigue teniendo una enorme influencia sobre las emociones y la conducta de las personas.

Precisamente por eso lamenta que los gobernantes de su época hayan abandonado casi por completo esta preocupación. Mientras los antiguos filósofos consideraban que la regulación de la música formaba parte de las tareas propias del legislador, los príncipes contemporáneos, afirma Mariana, apenas prestan atención al tipo de canciones que escucha el pueblo. Esta despreocupación, según él, explica en buena medida la corrupción moral que observa en su sociedad. Las melodías se han vuelto blandas y afeminadas, los actores han corrompido la música convirtiéndola en vehículo de la sensualidad, y las letras que acompañan esas canciones están llenas de alusiones amorosas y obscenas. El resultado es que la música deja de formar ciudadanos virtuosos para convertirse en un instrumento que acostumbra lentamente a la población al vicio.

Destaca además un fenómeno que considera especialmente peligroso: la difusión social de estas canciones. Las tonadas nacidas en los teatros no permanecen allí, sino que pasan rápidamente a las plazas, a las tabernas y finalmente a los hogares particulares. Gracias a la fuerza de la melodía, las palabras quedan grabadas en la memoria con extraordinaria facilidad. Mariana utiliza una imagen muy expresiva al afirmar que la deshonestidad queda adherida al recuerdo como si estuviera pegada con engrudo, de modo que las personas terminan repitiendo constantemente aquello mismo que contribuye a corromper sus costumbres.

Frente a esta situación contrapone el ejemplo de los primeros cristianos. Recuerda el testimonio de san Jerónimo, según el cual en Palestina los artesanos y campesinos acostumbraban aliviar el trabajo cantando salmos y alabanzas a Dios. En su opinión, esa era la finalidad que debía cumplir la música en una sociedad cristiana: elevar el espíritu, fortalecer la virtud y mantener viva la memoria de Dios y de los santos. Sin embargo, observa que la realidad de su tiempo es exactamente la contraria. En las calles, en las casas y en los espacios públicos predominan canciones amorosas que denomina simbólicamente "alabanzas de Venus", es decir, composiciones centradas en el deseo y la pasión.

La crítica alcanza su punto más severo cuando denuncia que esas mismas melodías han penetrado incluso en las iglesias. Mariana afirma que en ocasiones se utilizan para el culto religioso tonadas tomadas directamente de canciones populares de contenido amoroso, sustituyendo únicamente la letra. Considera esta práctica una gravísima profanación, porque aunque las palabras cambien, la melodía sigue evocando en la memoria de los fieles el contexto sensual del que procede. A su juicio, tanto quienes introducen esas composiciones como las autoridades que las toleran son responsables de un grave menosprecio hacia el culto divino.

Mariana define la música teatral como una "peste gravísima" que se difunde silenciosamente por ciudades y pueblos, acostumbrando poco a poco a la población al desorden moral. Como la corrupción se produce de manera gradual, muchos no perciben su gravedad hasta que las costumbres de toda la sociedad se encuentran ya profundamente deterioradas. Por ello sostiene que los príncipes tienen el deber de intervenir activamente en esta materia y que responderán ante Dios si permiten que la música, especialmente la utilizada por los teatros, continúe fomentando la sensualidad, la obscenidad y la relajación de las costumbres. Con este razonamiento prepara el terreno para el siguiente capítulo, donde anuncia que examinará con mayor detalle los abusos concretos de las canciones y bailes empleados en las representaciones teatrales.

Capítulo XII: Del baile y cantar llamado zarabanda

La zarabanda no constituye una simple diversión, sino una práctica profundamente deshonesta que pone en peligro la moral pública y que, lo que juzga todavía más grave, ha llegado incluso a incorporarse a celebraciones religiosas.

Mariana comienza reflexionando sobre los efectos de la paz y la prosperidad. Reconoce que la estabilidad política, mantenida durante muchos años gracias al gobierno de los reyes de Castilla y a la providencia divina, ha producido grandes beneficios: abundancia de alimentos, riqueza, desarrollo de las ciudades y tranquilidad para el reino. Sin embargo, siguiendo una idea frecuente en el pensamiento moral clásico y cristiano, sostiene que de la abundancia nacen también peligros. Del mismo modo que en un campo fértil crecen junto al trigo las malas hierbas, la prosperidad favorece el ocio, la soberbia, la lujuria y el exceso. Para Mariana, estos vicios terminan preparando el terreno para futuras guerras y desórdenes, pues las sociedades demasiado entregadas al placer acaban debilitándose moralmente.

Según el autor, precisamente ese ambiente de paz y abundancia explica la aparición en España de nuevas formas de entretenimiento desconocidas por las generaciones anteriores. Señala que en las dos últimas décadas se ha multiplicado el número de comedias, compañías teatrales y espectáculos, cuyos autores buscan constantemente nuevas invenciones para atraer al público. Entre todas ellas destaca especialmente la zarabanda, que considera el ejemplo más extremo de esta degradación.

La descripción que hace de este baile es extraordinariamente dura. Afirma que se trata de un canto y una danza "tan lascivos en las palabras y tan feos en los meneos" que bastan para excitar incluso a las personas más honestas. Aunque reconoce que existen distintas teorías sobre el origen del nombre "zarabanda", sostiene que lo único seguro es que nació en España. Esta circunstancia le produce una profunda vergüenza, pues entiende que el baile contribuye a difundir por Europa la imagen de que los españoles son un pueblo inclinado naturalmente a la deshonestidad. Incluso recuerda haber oído en París a un hombre culto afirmar —con evidente exageración, según admite el propio Mariana— que los criados de un solo caballero español causaban más escándalo moral que todos los naturales de la ciudad.

Lo que más escandaliza al autor no es únicamente el contenido del baile, sino su forma de representación. Describe la zarabanda como una sucesión de abrazos, besos, movimientos corporales y gestos que reproducen públicamente los actos propios de los burdeles. Los movimientos del cuerpo, los brazos, la boca y las caderas expresan —según Mariana— aquello mismo que resulta indecoroso incluso narrar con palabras. Por ello recurre nuevamente a la autoridad de los teólogos y canonistas, citando a Silvestre y a Martín de Azpilcueta (Navarro), quienes consideraban gravemente pecaminosos los juegos y bailes capaces de despertar la lujuria. Si ya era peligroso representar verbalmente acciones inmorales, sostiene, mucho más lo es exhibirlas visualmente mediante el cuerpo.

El autor insiste en que nadie puede permanecer inmune ante semejante espectáculo. Utiliza una comparación muy expresiva: si incluso los ermitaños, debilitados por la penitencia y acostumbrados al retiro, difícilmente resistirían una tentación tan intensa, con mayor razón caerán quienes viven inmersos en los placeres del mundo. La fuerza del argumento descansa nuevamente en la idea central de toda la obra: el ser humano debe evitar las ocasiones próximas de pecado, y la zarabanda constituye una de las más peligrosas.

A partir de aquí, Mariana dirige su crítica contra las autoridades civiles y eclesiásticas. Afirma que estas danzas no solo se practican en plazas y teatros, sino que han penetrado incluso en el culto religioso. Señala que en una importante ciudad española la zarabanda fue bailada durante la procesión del Corpus Christi, y que posteriormente se representó también en diversos conventos femeninos durante la misma festividad. El autor considera este hecho una auténtica profanación. Le resulta inconcebible que una danza inspirada, según él, en la sensualidad pueda formar parte de una celebración destinada a honrar la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Para expresar la gravedad de esta situación establece una comparación con la religión pagana. Sostiene que introducir la zarabanda en las fiestas cristianas equivale a recuperar antiguas celebraciones dedicadas a Príapo, divinidad asociada a la sexualidad, o las fiestas de Venus y Adonis, célebres por sus excesos y desórdenes. Incluso llega a afirmar que aquellas antiguas procesiones paganas quizá habrían resultado menos peligrosas que los movimientos obscenos que, según él, acompañaban a la zarabanda de su tiempo.

Con el propósito de demostrar que esta danza posee antecedentes antiguos, Mariana recuerda una observación transmitida por un amigo suyo. Según esa noticia, ya en época romana existían bailes semejantes ejecutados por mujeres procedentes de Gades (Cádiz), conocidas precisamente como gaditanas. Para apoyar esta afirmación cita a Juvenal y a Marcial, quienes describieron en sus obras las danzas sensuales de aquellas bailarinas hispanas. Aunque no traduce los versos latinos por considerarlos demasiado indecentes, entiende que constituyen una prueba de que España había sido desde antiguo origen de este tipo de espectáculos licenciosos.

Mariana afirma que la zarabanda parece haber "salido nuevamente del infierno" para ofender gravemente a Dios y destruir poco a poco la moral del pueblo cristiano. Suplica que Dios ilumine a los gobernantes para que comprendan el daño que produce este baile y lo prohíban antes de que sea demasiado tarde. Añade una última observación que considera especialmente reveladora: los propios bailarines modifican las letras y suavizan los movimientos cuando actúan delante de jueces o autoridades capaces de castigarlos. Para Mariana, esta conducta demuestra que ellos mismos son plenamente conscientes de la inmoralidad de aquello que representan. Si adaptan el espectáculo cuando saben que están siendo vigilados, concluye, es porque reconocen que su forma habitual de ejecutarlo no podría resistir un examen serio. De esta manera, el capítulo termina presentando la zarabanda como el símbolo más acabado de la decadencia moral que, según Juan de Mariana, amenazaba a la sociedad española de comienzos del siglo XVII.

Capítulo XIII: Qué sintieron los padres antiguos de estos juegos

Los espectáculos teatrales del mundo pagano eran condenables por tres motivos fundamentales. En primer lugar, porque atribuían a los dioses acciones vergonzosas e inmorales que ningún hombre honesto se atrevería siquiera a escuchar sin rubor. Las tragedias y comedias presentaban a las divinidades como adúlteras, violentas, engañosas y dominadas por las pasiones, degradando así la propia idea de la divinidad. En segundo lugar, porque aquellos espectáculos formaban parte del culto religioso pagano: asistir al teatro, al circo o a los juegos significaba participar, aunque fuera indirectamente, en la idolatría. Finalmente, porque las representaciones excitaban las pasiones desordenadas del público. Al mostrar delitos fingidos, terminaban despertando el deseo de cometer delitos verdaderos, introduciendo la corrupción moral a través de los ojos y de los oídos.

Mariana reconoce que los dos primeros argumentos pertenecen principalmente al mundo antiguo, ya que el cristianismo había destruido el culto a los dioses paganos y había acabado con aquellas supersticiones. Sin embargo, insiste en que el tercer motivo conserva toda su fuerza en la sociedad cristiana. Aunque hayan desaparecido los ídolos, permanece el peligro fundamental: las representaciones continúan despertando la lujuria, la violencia y los malos deseos. Por ello, considera que la crítica de los Padres de la Iglesia sigue siendo plenamente aplicable a las comedias de su tiempo.

El primer autor citado es Tertuliano, quien reprocha a los paganos que sus diversiones consistan precisamente en ridiculizar a los mismos dioses que veneran. Mariana reproduce pasajes donde Tertuliano recuerda que en las comedias se representaba a Anubis, Diana, Hércules y, sobre todo, a Júpiter realizando acciones ridículas e inmorales. La contradicción resulta evidente: quienes afirmaban honrar a sus dioses eran los mismos que públicamente los convertían en objeto de burla.

A continuación cita a san Cipriano, quien desarrolla el mismo argumento con mayor fuerza moral. Cipriano describe cómo los teatros presentaban a Venus como una prostituta, a Marte como un adúltero y a Júpiter engañando mujeres mediante diversas transformaciones, ya fuera convertido en cisne, en lluvia de oro o utilizando cualquier otro engaño. Según el obispo africano, quienes contemplaban estos espectáculos terminaban imitando a los dioses que adoraban, de modo que la inmoralidad quedaba legitimada por la propia religión pagana.

Mariana incorpora después un largo pasaje de Arnobio, quien denuncia que incluso Júpiter, considerado el rey del cielo, aparecía en las obras teatrales ejerciendo el oficio de adúltero y engañando a las esposas ajenas mediante disfraces. Para Arnobio, semejantes representaciones constituían una prueba del absurdo de la religión pagana, pues los propios dioses eran presentados como modelos de inmoralidad.

Añade seguidamente el testimonio de san Agustín, quien sostiene que el pueblo termina aprendiendo mucho más de aquello que ve representado en los teatros que de lo que establecen las leyes civiles. Si los dioses aparecen cometiendo adulterios, engaños o actos violentos, el espectador concluye fácilmente que esas conductas son legítimas o, al menos, disculpables. San Agustín afirma que, si los poetas habían mentido atribuyendo tales acciones a Júpiter, los propios dioses deberían haber castigado esas representaciones en lugar de permitirlas. Precisamente por esta razón —recuerda Mariana— Platón había propuesto expulsar a los poetas de su ciudad ideal, pues las historias que contaban acerca de los dioses resultaban profundamente perjudiciales para la educación moral de los ciudadanos.

Superado este primer grupo de argumentos, Mariana pasa a la segunda gran línea de testimonios: la relación entre los espectáculos y la idolatría. Vuelve nuevamente a Tertuliano, quien recuerda que los cristianos renunciaban expresamente, en el bautismo, a las pompas del demonio y, por tanto, también a los espectáculos públicos, porque todos ellos tenían su origen en ceremonias dedicadas a los dioses paganos. Tertuliano analiza el origen religioso de cada tipo de juego —los circenses, los escénicos y los combates de gladiadores— para demostrar que ninguno podía separarse de la superstición idolátrica que les había dado nacimiento.

Lactancio resume la cuestión afirmando que todos los espectáculos deben ser evitados por dos razones. Por una parte, porque pueden introducir vicios en el alma del espectador y apartarlo de la vida virtuosa. Por otra, porque históricamente fueron creados para honrar a los dioses paganos: los juegos gladiatorios estaban dedicados a Saturno, los espectáculos teatrales a Baco y los juegos circenses a Neptuno, mientras que posteriormente otros dioses recibieron también sus propias celebraciones. Por ello, concluye Lactancio, quien participa en esos espectáculos acaba separándose del verdadero culto de Dios y uniéndose, aunque sea indirectamente, al culto de las falsas divinidades.

Citando nuevamente a Lactancio, quien sostiene que los espectáculos deben evitarse porque poseen una extraordinaria capacidad para corromper el alma humana. Según Lactancio, cada uno de los grandes espectáculos romanos estaba dedicado a una divinidad pagana: los juegos gladiatorios a Saturno, el teatro a Baco y los juegos circenses a Neptuno. En consecuencia, quien asistía a ellos abandonaba, aunque fuera indirectamente, el culto al verdadero Dios para participar en ceremonias consagradas a los dioses falsos. Para Mariana, este argumento demuestra que el espectáculo nunca fue una diversión moralmente neutra, sino una institución estrechamente ligada a la religión pagana.

Después incorpora el testimonio de san Juan Crisóstomo, quien utiliza un lenguaje todavía más severo. El arzobispo de Constantinopla afirma que los espectáculos públicos no pertenecen al mundo de los hombres, sino al de los demonios, y exhorta a los cristianos a mantenerse alejados de las fiestas de Satanás. Si ya era ilícito entrar en un templo pagano, sostiene Crisóstomo, con mayor razón debía evitarse la participación en unas solemnidades inspiradas directamente por los demonios. Mariana recoge esta idea para reforzar el carácter profundamente anticristiano que, según la tradición patrística, poseían los espectáculos.

El siguiente autor citado es Salviano de Marsella, quien interpreta las desgracias sufridas por el Imperio romano como consecuencia de los pecados de sus habitantes. Entre esos pecados sitúa la afición al teatro. Incluso cuando el espectador simplemente ríe ante las representaciones, afirma Salviano, participa en un mal gravísimo, porque esas diversiones destruyen la salvación del pueblo cristiano mientras ofenden simultáneamente a Dios. Para él existe una doble culpa: por un lado, el alma del espectador se degrada moralmente; por otro, la participación en espectáculos consagrados antiguamente a los ídolos constituye una ofensa religiosa. Recuerda que Minerva era honrada en los gimnasios, Venus en los teatros, Neptuno en los circos y Marte en los anfiteatros, de manera que asistir a esos lugares equivalía a tomar parte en formas de culto idolátrico.

Mariana añade luego la autoridad de san Isidoro de Sevilla, cuya importancia resulta especialmente significativa por tratarse de un Padre hispano. En sus Etimologías, san Isidoro afirma que los juegos circenses fueron creados para honrar a los dioses paganos y que, por ello, quienes los contemplan parecen participar del culto a los demonios. Reconoce que montar a caballo o correr no son actividades malas por naturaleza; sin embargo, cuando esos ejercicios se transforman en espectáculos religiosos dejan de ser un uso legítimo y pasan a formar parte de la superstición pagana.

El obispo sevillano desarrolla todavía más esta idea al describir el circo romano. Según él, todos sus elementos arquitectónicos y simbólicos estaban dedicados a divinidades o a los astros, de modo que el edificio entero constituía un espacio ocupado por los espíritus malignos. Por eso exhorta al cristiano a mantenerse completamente alejado de aquel lugar, afirmando que el circo pertenece al diablo y a sus ángeles. Finalmente concluye que el verdadero cristiano no debe tener relación alguna con la locura del circo, la deshonestidad del teatro, la crueldad del anfiteatro ni la lujuria de los juegos públicos. Quien participa en ellos contradice la renuncia que realizó al demonio y a sus obras en el bautismo.

Mariana concede especial importancia a este testimonio porque san Isidoro escribió cuando el cristianismo ya era la religión dominante y el paganismo prácticamente había desaparecido. Es decir, no se trataba simplemente de evitar que los fieles se mezclaran con los paganos, sino de una condena de los espectáculos como tales. El autor concluye que fue precisamente esta actitud firme de los Padres la que provocó que los teatros fueran abandonados y terminaran arruinándose del mismo modo que los antiguos templos paganos. A partir de esta constatación lanza una pregunta retórica dirigida a sus contemporáneos: si los cristianos más santos destruyeron o abandonaron aquellos teatros, ¿cómo puede justificarse que la sociedad de su tiempo pretenda reconstruirlos y devolverles su antiguo esplendor?

Tras terminar esta segunda serie de autoridades, Mariana pasa a un tercer grupo de testimonios, centrado ya no en la idolatría, sino en la inmoralidad de las representaciones teatrales. El primero es Clemente de Alejandría, quien afirma que los espectáculos y las canciones deben ser rechazados porque están llenos de maldad, obscenidades y palabras indecentes. Clemente observa que casi no existe acto vergonzoso que no sea representado en el teatro, ni expresión impúdica que no pronuncien los actores para provocar la risa del público. Quienes disfrutan con esas representaciones terminan llevando consigo una imagen permanente de aquellos vicios, mientras que solo quien rechaza ese deleite permanece protegido frente a la corrupción moral.

El Padre alejandrino responde además al argumento, frecuente ya en su época, según el cual el teatro constituye simplemente una diversión destinada a recrear el espíritu. Para él, una ciudad que convierte el espectáculo en asunto serio demuestra una profunda decadencia moral. El hombre prudente nunca debe anteponer el placer a la virtud, ni buscar descanso mediante entretenimientos que alimentan las pasiones desordenadas. Mariana reproduce estas palabras porque considera que expresan perfectamente la actitud que debe adoptar todo cristiano.

Mariana recuerda que antiguamente la fórmula del bautismo incluía una renuncia expresa no solo a Satanás y a sus obras, sino también a sus "pompas y espectáculos". Según el autor, cuando los teatros desaparecieron también dejó de ser necesario mencionar expresamente los espectáculos en esa fórmula bautismal. Sin embargo, advierte que, si los teatros vuelven a reedificarse y recuperar su antigua importancia, casi habría que reincorporar nuevamente esa renuncia. Con ello pretende mostrar hasta qué punto la Iglesia primitiva consideraba el teatro incompatible con la vida cristiana. Critica además a ciertos teólogos de su tiempo que defendían la licitud de estos espectáculos, afirmando que con ello contradicen abiertamente la tradición eclesiástica.

El primer gran testimonio que desarrolla es nuevamente el de Tertuliano, quien describe el teatro como "un santuario de Venus", es decir, como un lugar consagrado simbólicamente a la lujuria. Recuerda que incluso los censores romanos, cuando todavía conservaban autoridad moral, destruían los teatros porque comprendían que favorecían la relajación de las costumbres. Para Mariana, este hecho resulta especialmente significativo: si hasta los paganos más prudentes procuraban limitar el teatro por razones morales, mucho más debería hacerlo una sociedad cristiana. Tertuliano añade además que el teatro constituye un verdadero consistorio de deshonestidad, donde únicamente se celebra aquello que fuera de él todos reprueban. Allí los actores imitan mujeres, reproducen gestos obscenos y trasladan al escenario las mismas prácticas propias de los prostíbulos.

Seguidamente aparece san Cipriano, quien considera que el teatro perpetúa la memoria de los grandes crímenes de la humanidad. Las tragedias vuelven a representar parricidios, incestos y adulterios para que jamás caigan en el olvido. Lo que en otro tiempo fue un delito termina convirtiéndose en espectáculo y diversión. Cipriano sostiene que los espectadores aprenden el adulterio contemplándolo, porque la autoridad pública termina legitimando aquello que exhibe. Incluso la mujer honesta que entra al teatro puede salir de él moralmente corrompida. El obispo africano denuncia también la afeminación de los actores masculinos, cuyos movimientos y gestos femeninos considera una inversión del orden natural y una fuente adicional de corrupción.

Mariana muestra después cómo Lactancio desarrolla prácticamente las mismas ideas. Las comedias, afirma, giran alrededor de la caída de las doncellas y de los amores de las prostitutas. Cuanto más elegante es el lenguaje del poeta y más armoniosos son los versos, con mayor facilidad permanecen esas imágenes en la memoria del público. A ello se añade la fuerza expresiva de los gestos de los actores, que enseñan visualmente aquello mismo que representan. Lactancio considera que los jóvenes aprenden las malas costumbres viendo estas representaciones y que tanto muchachos como ancianos regresan del teatro más inclinados al pecado que antes de entrar.

El siguiente testimonio corresponde a san Basilio, quien advierte que los cristianos deben apartar tanto la vista como el oído de los espectáculos. Según él, la música teatral no solo proporciona placer, sino que engendra servidumbre moral, debilita el carácter y estimula los deseos desordenados. Mariana destaca esta reflexión porque enlaza directamente con los capítulos anteriores, donde había dedicado un amplio espacio a denunciar el poder corruptor de la música, los bailes y los cantares teatrales.

También cita a san Agustín, quien define los teatros con una expresión especialmente contundente: "jaulas de torpezas y públicas profesiones de maldades". La fórmula resume perfectamente la tesis central de toda la obra de Mariana: el teatro no constituye una diversión inocente, sino una auténtica escuela pública del vicio.

Uno de los testimonios más extensos es el de Salviano, quien distingue los distintos modos en que el pecado afecta al ser humano. Otros delitos pueden comprometer únicamente una parte de la persona; en cambio, el teatro corrompe simultáneamente el alma, la vista y el oído. El pensamiento se llena de imágenes impuras, los ojos contemplan gestos deshonestos y las orejas escuchan palabras obscenas. Por eso considera que las inmoralidades teatrales son tan vergonzosas que incluso resulta difícil describirlas sin perder la propia honestidad. Mariana reproduce esta observación porque coincide plenamente con una de sus ideas recurrentes: existen espectáculos cuya sola descripción ya provoca rubor, lo que demuestra su incompatibilidad con la moral cristiana.

Dedica especial atención a san Juan Crisóstomo, a quien considera el más severo de todos los Padres respecto del teatro. Señala que casi ninguna de sus homilías deja de condenar los espectáculos. Crisóstomo sostiene que quien ha asistido al teatro no debería acercarse inmediatamente a la comunión hasta haber hecho penitencia. Explica que basta la contemplación de una mujer hermosa para despertar la concupiscencia; con mayor razón ocurre esto en el teatro, donde las mujeres aparecen cuidadosamente adornadas, acompañadas de músicas, cantos y gestos seductores destinados precisamente a excitar las pasiones. Por ello describe el teatro como una "escuela de incontinencia", una "oficina de lujuria", un "horno de Babilonia", una "fuente de todos los males" y una auténtica "meditación de adulterio".


Capítulo XIV: Que está establecido de estos juegos por derecho civil y pontificio

Después de haber desarrollado extensamente argumentos morales, filosóficos y teológicos contra las comedias y los espectáculos públicos, ahora pretende demostrar que también el Derecho civil romano y el Derecho canónico condenaron esta clase de diversiones. Su propósito es mostrar que la oposición al teatro no es una simple opinión personal, sino una doctrina respaldada por siglos de legislación y tradición jurídica. Para Mariana, el juicio de los antiguos Padres de la Iglesia y de los legisladores debería tener fuerza suficiente para impedir que las costumbres cambien por mero gusto o por el deseo de adaptarse a los tiempos. Critica expresamente a quienes sostienen que, porque las épocas cambian, también deben cambiar las costumbres, afirmando que la sociedad cristiana debe conformarse a la sabiduría de sus antepasados y no apartarse de ella.

Comienza examinando el Derecho romano y recuerda que los actores no solo eran considerados personas de mala fama, sino que sufrían verdaderas consecuencias jurídicas. Eran declarados infames, quedaban excluidos de las magistraturas y de los honores públicos y podían incluso ser borrados de los registros censales por decisión de los censores. Mariana cita a san Agustín y a Cicerón para demostrar que esta práctica estaba firmemente establecida en la República romana y añade que, según Cornelio Tácito, ningún ciudadano romano honorable se atrevía a ejercer el oficio de actor por temor a la deshonra que ello implicaba. Para el autor, si incluso los paganos consideraban el teatro una profesión indigna, con mayor razón debería rechazarla una sociedad cristiana.

Mariana recuerda también que durante los primeros siglos del cristianismo se exigía a los actores abandonar definitivamente su profesión cuando recibían el bautismo. Cita diversas leyes del Código Teodosiano que ordenaban que quienes hubiesen recibido los sacramentos, especialmente si habían sido bautizados en peligro de muerte, no podían volver jamás a los escenarios. Asimismo, esas leyes protegían a las hijas de actores que deseaban llevar una vida honesta y ordenaban apartar del teatro a quienes abrazaban la religión cristiana. Todo ello le sirve para sostener que la Iglesia antigua veía el ejercicio del teatro como una ocupación incompatible con la nueva vida del bautizado.

Prosigue señalando que el propio Derecho romano limitó severamente la celebración de espectáculos durante las grandes solemnidades religiosas. Los emperadores prohibieron las representaciones teatrales en domingos, Navidad, Pascua y otras fiestas importantes para impedir que el pueblo abandonara el culto divino por acudir al teatro. Para Mariana, esta legislación demuestra que incluso los gobernantes civiles comprendían el peligro de que los espectáculos desplazaran la práctica religiosa.

Expone algunas consecuencias jurídicas que hoy resultan llamativas. Recuerda que una esposa podía ser legítimamente repudiada si acudía al teatro o al circo contra la voluntad de su marido. Como ejemplo menciona a Publio Sempronio Sofus, quien divorció a su mujer únicamente porque asistió a unos juegos sin su consentimiento. Del mismo modo, un padre podía desheredar a un hijo que ingresara en la profesión teatral contra su voluntad, señalando además que este principio pasó posteriormente a la legislación castellana a través de las Partidas.

Mariana añade el ejemplo de Tiberio, quien expulsó de Roma a los actores porque corrompían las costumbres y provocaban disturbios públicos. En cambio, fue Calígula quien volvió a admitirlos. A partir de este contraste introduce una observación de carácter moral: sostiene que, a lo largo de la historia, quienes más favorecieron los teatros solían ser precisamente gobernantes de escasa virtud y mal ejemplo.

Tras examinar el Derecho romano, el autor pasa al Derecho canónico. Recuerda que los actores estaban excluidos de las órdenes sagradas y podían ser privados de los sacramentos. Cita a san Agustín para afirmar que incluso era una gran falta hacer donaciones a los actores, de donde deduce que, si ni siquiera era correcto favorecerlos económicamente, mucho menos podía justificarse dedicar largas horas a contemplar sus representaciones.

Posteriormente revisa diversos concilios que prohibían expresamente a los clérigos asistir a espectáculos, banquetes donde hubiera bailes o cantos amorosos y cualquier representación considerada indecorosa. La razón que ofrecen estos concilios es que quienes están destinados al servicio divino no deben contaminar sus ojos y sus oídos con espectáculos mundanos. El Concilio de Laodicea incluso ordenaba que los clérigos abandonaran los banquetes antes de que comenzaran las actuaciones teatrales.

Mariana lamenta que algunos clérigos hubieran llegado a convertirse ellos mismos en actores. Por ello recuerda una disposición de Bonifacio VIII que establecía que cualquier clérigo que ejerciera durante un año el oficio teatral y persistiera en él después de haber sido amonestado debía perder todos los privilegios propios de su estado clerical.

La prohibición, sin embargo, no alcanzaba únicamente al clero. Mariana cita el IV Concilio de Cartago, que castigaba con excomunión a quienes abandonaran las ceremonias religiosas para asistir a espectáculos, y el III Concilio de Cartago, que prohibía a todos los cristianos concurrir a ellos. Después destaca especialmente el VI Concilio Ecuménico de Constantinopla, el cual prohibía las representaciones teatrales, los espectáculos de caza y los bailes públicos, imponiendo la deposición para los clérigos y la excomunión para los laicos que desobedecieran estas disposiciones. El autor considera especialmente relevante este concilio porque fue celebrado cuando el Imperio ya era plenamente cristiano y, por tanto, sus decisiones no podían explicarse únicamente por la necesidad de evitar la idolatría pagana.

Después dirige su atención a España y recuerda que el Concilio de Toledo de 1565 intentó corregir los abusos que se habían introducido en las iglesias. Ese concilio prohibió determinados juegos teatrales dentro de los templos, ordenó que no se celebraran espectáculos durante el oficio divino y prohibió que los clérigos participaran disfrazados en representaciones. Sin embargo, Mariana lamenta que muchas de estas disposiciones apenas se cumplieran y que la costumbre siguiera imponiéndose sobre la ley.

San Isidoro enseña que los clérigos deben apartarse de los espectáculos, las pompas y los entretenimientos mundanos, mientras que san Epifanio enumera los teatros junto a pecados tan graves como la fornicación, el adulterio, la idolatría, la hechicería y la usura. Con ello, Mariana pretende demostrar que la condena de los espectáculos no fue una opinión aislada, sino una constante de la tradición cristiana. Su conclusión es que tanto el Derecho romano como el Derecho canónico coincidieron durante siglos en considerar el teatro una actividad perjudicial para las costumbres, incompatible con la disciplina cristiana y merecedora de importantes restricciones jurídicas. 

Capítulo XV: Qué sintieron los filósofos de los juegos escénicos

Juan de Mariana añade un nuevo tipo de autoridad para sostener su condena de los espectáculos públicos. Después de haber expuesto el parecer de los Padres de la Iglesia y de las leyes civiles y canónicas, ahora recurre a los filósofos paganos y a los hombres prudentes de la Antigüedad. Su intención consiste en demostrar que incluso quienes solo fueron guiados por la razón natural, sin conocer la revelación cristiana, llegaron a conclusiones semejantes respecto del peligro moral que encerraban las comedias y el teatro. Según Mariana, nadie que posea verdadero entendimiento puede negar que estos filósofos alcanzaron importantes verdades acerca de la virtud y del gobierno de la vida humana, por lo que su opinión merece ser escuchada con respeto.

El primer ejemplo que presenta es el de Esparta. Afirma que en los tiempos antiguos los lacedemonios no permitían representaciones de comedias ni tragedias dentro de su ciudad, pues su severidad de costumbres era incompatible con tales diversiones. Reconoce que posteriormente esta disciplina se relajó y que incluso llegaron a admitirse mujeres en las representaciones, pero insiste en que lo verdaderamente digno de imitación es la antigua Esparta, antes de la corrupción de sus costumbres. Para Mariana, el deterioro posterior no invalida el ejemplo primitivo, sino que demuestra cómo incluso las sociedades más virtuosas pueden degradarse cuando ceden a la búsqueda del placer.

Anticipando una objeción, reconoce que muchos podrían responder que el resto de las ciudades griegas sí apreciaban el teatro y que en ellas los actores alcanzaban incluso las más altas magistraturas. Sin embargo, responde que precisamente esas ciudades constituyen un ejemplo de corrupción y decadencia, mientras que él desea mostrar cómo actuaban los pueblos cuando todavía conservaban la austeridad y la virtud.

Después menciona el ejemplo de Marsella, cuya severidad elogia citando a Valerio Máximo. Allí no se permitía la entrada de actores en los escenarios porque se entendía que la mayoría de las representaciones contenían deshonestidades y que la costumbre de contemplarlas terminaba por convertirlas en objeto de imitación. Mariana formula entonces una pregunta dirigida al lector: si los habitantes de Marsella consideraban tan peligroso el teatro para sus costumbres, ¿cómo podrían los cristianos mostrarse menos cuidadosos que ellos? La conclusión es evidente para el autor: una sociedad que profesa la santidad del Evangelio debería ser aún más exigente que una ciudad pagana.

Prosigue recordando que diversos emperadores romanos expulsaron de Roma a los actores porque los consideraban una verdadera peste para las costumbres públicas. Incluso el emperador Domiciano, célebre por la corrupción de su vida, prohibió los pantomimos, aunque posteriormente Nerva los restituyó por petición popular. Más tarde el pueblo solicitó nuevamente a Trajano que los expulsara. Mariana cita a Plinio el Joven, quien afirma que el mismo pueblo que antes había aplaudido esas representaciones terminó rechazándolas por considerarlas ejercicios afeminados y vergonzosos para la sociedad. A partir de este episodio, Mariana expresa su esperanza de que también en su tiempo el pueblo llegue algún día a comprender el daño que producen los teatros y reclame su desaparición.

Mariana introduce entonces un argumento económico. Pregunta al lector si consideraría prudente que una persona destinara toda su fortuna a mantener espectáculos teatrales de forma perpetua mediante una cláusula testamentaria. Recuerda que entre los romanos existieron legados destinados a financiar juegos públicos, pero añade que tales disposiciones fueron desaprobadas por las autoridades. Cita el caso de un ciudadano de Viena de la Galia que dejó bienes para sostener espectáculos llamados agónicos y cómo el gobernador anuló aquella disposición por considerarla perjudicial para la ciudad. El propio emperador confirmó esa decisión, estimando que tales liberalidades solo proporcionaban un placer pasajero al pueblo sin aportar verdadero beneficio al bien común. Mariana concluye que si el teatro fuera realmente útil y necesario para la sociedad, no existiría razón para impedir que se financiara perpetuamente; el hecho de que las autoridades lo prohibieran demuestra, a su juicio, que reconocían su carácter nocivo.

A continuación responde a quienes sostienen que las comedias son simples entretenimientos sin consecuencias reales porque todo lo que en ellas se representa ocurre "de burlas". Mariana replica recurriendo a Platón. Recuerda que el filósofo enseñaba que las burlas repetidas terminan convirtiéndose en costumbres y que las costumbres terminan formando el carácter de las personas. Las acciones representadas por diversión acaban siendo imitadas en la vida real. Como ejemplo cita una anécdota de Solón, quien, después de asistir a una tragedia, preguntó indignado al autor si no le avergonzaba decir tantas mentiras. Cuando este respondió que solo eran ficciones hechas para divertir, Solón golpeó el suelo con su bastón y advirtió que si tales engaños eran aplaudidos terminarían produciendo verdaderos males en la república. Mariana adopta plenamente esta reflexión y afirma que de las burlas se pasa fácilmente a las acciones verdaderas.

Para reforzar esta idea, cita también a Tertuliano, quien había afirmado que aquello que se rechaza en las obras no debe aceptarse tampoco en las palabras. Es decir, si determinadas conductas son moralmente malas cuando se realizan, tampoco deberían representarse como objeto de diversión.

Posteriormente desarrolla con mayor amplitud el pensamiento de Aristóteles. Recuerda que, en el último libro de la Política, el filósofo sostiene que los juegos de los niños deben ser una preparación para las ocupaciones serias de la vida adulta. Por esa razón, el legislador debe desterrar de la ciudad las palabras torpes, las imágenes obscenas y toda representación que pueda corromper a los jóvenes. Aristóteles insiste en que desde los primeros años los niños no deben escuchar expresiones deshonestas ni contemplar pinturas indecentes, porque la educación moral depende en gran medida de las primeras impresiones recibidas durante la infancia. Mariana pregunta retóricamente si un filósofo que enseñaba semejantes principios habría permitido que los jóvenes frecuentaran los teatros, respondiendo implícitamente que jamás lo habría hecho.

Todavía más importante resulta para Mariana la autoridad de Platón. Recuerda que en La República sostiene que toda modificación en la música termina produciendo profundas transformaciones en las leyes y en la organización del Estado. Por ello insiste en que los niños deben acostumbrarse desde pequeños únicamente a diversiones honestas, ya que las burlas indecentes acaban formando ciudadanos corruptos. Asimismo, en Las Leyes Platón sostiene que el oído de los jóvenes debe educarse únicamente con cantos capaces de conducirlos hacia la virtud. Mariana concluye que un filósofo que daba tanta importancia a la educación moral jamás habría aceptado la existencia de teatros donde continuamente se representaban escenas capaces de despertar todos los vicios.

Recuerda que el mismo Platón propuso expulsar de su ciudad ideal a los poetas, incluido Homero, porque atribuían a los dioses acciones vergonzosas y porque sus obras excitaban las pasiones humanas en lugar de someterlas al gobierno de la razón. Mariana contrapone entonces esta actitud a la de los teólogos y juristas de su tiempo que defendían los espectáculos públicos. Les reprocha que concedan a las ciudades aquello mismo que Platón y Aristóteles, aun siendo paganos, negaron cuidadosamente a sus propias repúblicas por considerarlo perjudicial para la virtud.

Capítulo XVI: Que no se han de permitir dichos juegos

Los teatros y las representaciones públicas, tal como existían en la España de su tiempo, no solo eran moralmente peligrosos, sino que constituían una amenaza permanente para las costumbres cristianas y para el orden de la república.

Mariana comienza recordando que los actores de su época mezclan deliberadamente escenas honestas con otras deshonestas porque saben que estas últimas atraen más público y producen mayores ganancias. Por ello sostiene que los representantes son jurídicamente infames y que su profesión no puede ejercerse sin incurrir normalmente en pecado grave. A continuación responde a una objeción frecuente: algunos afirmaban que una mujer elegantemente vestida podía provocar tanta tentación como una representación teatral. Mariana distingue ambos casos apoyándose en santo Tomás de Aquino. Explica que el adorno femenino no constituye siempre pecado, pues puede responder a fines legítimos, como agradar al esposo. En cambio, el teatro reúne simultáneamente vestidos llamativos, gestos provocativos, música, bailes, versos, ingenio y escenas amorosas, todo orientado a despertar las pasiones del espectador. Esa acumulación de estímulos convierte al espectáculo en un peligro incomparablemente mayor.

Posteriormente analiza la responsabilidad moral de quienes asisten a las comedias. Afirma que la mayoría de los espectadores, especialmente los jóvenes y las personas de carácter débil, pecan gravemente al exponerse voluntariamente a un ambiente que saben que excita las pasiones desordenadas. Para Mariana no basta decir que el espectador no desea pecar; quien libremente entra en una situación donde sabe que ordinariamente caerá en tentaciones acepta implícitamente ese riesgo. Utiliza el ejemplo del hombre que, sabiendo que el vino le hace perder el control, decide embriagarse: aunque no quiera directamente el delito posterior, es responsable porque voluntariamente aceptó la causa que normalmente lo produce.

Ni siquiera los hombres virtuosos quedan completamente libres de culpa. Mariana reconoce que puede haber personas de gran fortaleza moral que resistan las tentaciones del teatro; sin embargo, aun ellas pecan por el escándalo que producen. Cuando personas respetadas por su autoridad, su saber o su dignidad eclesiástica asisten públicamente a las representaciones, inducen al pueblo a creer que tales espectáculos son moralmente aceptables. El pueblo imita con facilidad el ejemplo de sus superiores y termina participando en diversiones que pueden llevarlo al pecado. De este modo, quienes ocupan cargos públicos o eclesiásticos tienen una responsabilidad todavía mayor.

El autor plantea entonces una cuestión política de gran importancia: aun suponiendo que los teatros sean moralmente malos, ¿no sería conveniente tolerarlos para ofrecer al pueblo un entretenimiento que evite males mayores? Reconoce que esta es una cuestión difícil y admite que probablemente nunca logrará convencer a todos, porque muchos gobernantes consideran necesario proporcionar diversiones públicas para mantener tranquila a la población. No obstante, expresa su esperanza de que, al menos, las personas de conciencia recta comprendan el peligro de estos espectáculos y que algunos gobernantes decidan finalmente eliminarlos.

Mariana manifiesta luego su propia posición. Coincide con diversos juristas y humanistas en que lo más beneficioso para la república sería desterrar completamente a los actores profesionales. Los acusa de conocer todos los medios posibles para obtener dinero, de enseñar nuevas formas de corrupción, de fomentar la ociosidad —que considera raíz de todos los vicios—, de abrir el camino a los engaños y a la deshonestidad y, además, de apartar al pueblo del culto divino durante las fiestas religiosas. Desde su perspectiva, el daño social producido por los teatros supera con creces el entretenimiento que proporcionan.

Sin embargo, consciente de que una prohibición absoluta quizá no sea políticamente posible, propone un conjunto de medidas destinadas a reducir los daños. Sugiere que toda obra teatral y cada uno de sus entremeses sean previamente examinados por censores de edad madura y probada virtud. Critica que esta función se encomiende a jóvenes poco experimentados, pues considera que carecen del juicio necesario para distinguir adecuadamente lo moralmente aceptable. Invoca incluso el ejemplo de Platón, quien proponía que las composiciones poéticas fueran revisadas por hombres mayores de cincuenta años antes de hacerse públicas.

Asimismo insiste en prohibir que las mujeres actúen en escena, ya sea vestidas como mujeres o disfrazadas de hombres, debido a los numerosos peligros morales que, según él, ello ocasiona. También rechaza que las ciudades construyan teatros permanentes con recursos públicos o con el pretexto de obtener ingresos para obras benéficas, porque estima que la autoridad civil no debe enriquecerse mediante una actividad que considera moralmente perjudicial.

Mariana propone además limitar severamente el tiempo y el lugar de las representaciones. Considera impropio que se celebren en domingos, fiestas principales, días de ayuno, Cuaresma, vigilias o témporas, pues esos momentos deben destinarse exclusivamente al culto divino y a la penitencia. Mucho menos deberían representarse dentro de los templos o durante las procesiones en honor de los santos. También recomienda impedir la asistencia de niños y jóvenes, ya que entiende que las primeras experiencias de la vida son decisivas para la formación moral de las personas.

Los gobernantes solo la tolerarían como un mal menor para satisfacer el deseo popular, del mismo modo que en ocasiones las autoridades permiten ciertos males para evitar otros considerados más graves. Como apoyo cita una carta de Casiodoro, donde el rey Teodorico explica que algunas diversiones populares deben tolerarse porque la mayoría de las personas busca el placer antes que la virtud. Mariana reproduce este argumento únicamente como expresión de una política de tolerancia, no de aprobación. En realidad, concluye que el ideal sigue siendo la desaparición de los teatros, pues los considera incompatibles con una sociedad verdaderamente cristiana. 

Capítulo XVII: Si conviene que haya rameras

El punto de partida es que las casas públicas constituyen para Mariana un mal evidente: allí, según sus palabras, está «puesta en venta la vergüenza de mujeres desdichadas» y se peca públicamente. Sin embargo, reconoce inmediatamente una dificultad política: se trata de una práctica antiquísima y generalmente tolerada. Por eso la cuestión no consiste simplemente en determinar si la prostitución es moralmente mala —para Mariana eso no está en discusión—, sino en determinar si es políticamente conveniente tolerar un mal moral que parece muy difícil de erradicar.

Aquí aparece una distinción fundamental para comprender todo el capítulo: una cosa es aprobar moralmente una conducta y otra tolerarla jurídicamente. Mariana recuerda que los husitas habían criticado a la Iglesia precisamente porque permitía la existencia de casas públicas. Él se distancia expresamente de los husitas, pero señala algo importante: el Concilio de Constanza no habría condenado específicamente esa acusación entre los errores husitas. Mariana interpreta esto como una señal de que la cuestión permanecía abierta a discusión.

El gran argumento a favor de la tolerancia procede de san Agustín. Mariana cita el libro II de De ordine, donde aparece la célebre idea de que, si se eliminan las prostitutas de la sociedad, esta podría verse perturbada por otras formas de desorden sexual. Mariana reproduce la sentencia: «Quita las rameras de las cosas humanas y turbarás todo el mundo con deshonestidades». La prostitución aparece entonces como una especie de mal menor: no es buena en sí misma, pero su tolerancia podría impedir males considerados todavía más graves.

Esta doctrina, explica Mariana, fue acogida posteriormente por numerosos teólogos escolásticos. Utiliza una imagen especialmente gráfica: las prostitutas serían toleradas como una «sentina» de la sociedad, es decir, como aquel lugar hacia el cual se canalizan determinadas inmundicias para evitar que se extiendan por todo el cuerpo social. La comparación es deliberadamente desagradable: quienes defienden la tolerancia no están diciendo que la prostitución sea buena, sino que consideran políticamente peligroso intentar eliminar de golpe todos los vicios.

Aquí aparece también santo Tomás de Aquino, al que Mariana vincula con la doctrina de la prudencia del gobernante. Según este razonamiento, los príncipes y magistrados deben saber que gobiernan seres humanos imperfectos. Una comunidad política no puede pretender eliminar inmediatamente todos los pecados. Mariana resume esta posición diciendo que, dada la enorme diversidad de personas existentes dentro de la república cristiana, resulta imposible conseguir que nadie peque. Por eso los gobernantes pueden tolerar «los menores» para evitar «los más graves», siempre que esos males menores no destruyan la paz de la república.

Este es, en realidad, un problema clásico de filosofía política y jurídica: la ley civil no necesariamente debe prohibir todo aquello que la moral considera malo. Mariana está discutiendo hasta dónde debe llegar la coerción política. El argumento favorable a las casas públicas podría formularse así: la fornicación es moralmente mala; sin embargo, intentar erradicarla completamente mediante la ley podría generar males mayores; por consiguiente, el gobernante prudente puede tolerarla sin aprobarla.

Pero Mariana no queda convencido por este argumento. Después de exponerlo, comienza su ofensiva diciendo que «por la contraria hay más y no menos fuertes» razones. Su primer gran argumento es bíblico. Recurre al Deuteronomio 23, señalando que en el antiguo Israel existía un precepto contra la prostitución: «no habrá ramera de las hijas de Israel, ni fornicario de los hijos de Israel». Después refuerza la interpretación recurriendo a Orígenes, Clemente de Alejandría y Filón.

Y aquí Mariana formula una pregunta decisiva: si Dios exigió semejante pureza al pueblo de Israel, ¿por qué una sociedad cristiana habría de conformarse con una norma moral inferior? Para Mariana, el cristianismo no disminuye las exigencias morales del Antiguo Testamento, sino que las eleva. Los cristianos cuentan, además, con mayores auxilios espirituales —los sacramentos, la sangre de Cristo y el ejemplo de los santos y mártires—, por lo que resultaría extraño sostener que aquello que podía exigirse a los antiguos israelitas fuera imposible para una sociedad cristiana.

Mariana sabe que existe una objeción evidente: en la propia Biblia aparecen prostitutas entre los israelitas. Por eso aborda los ejemplos de Tamar y de las dos mujeres que comparecen ante Salomón disputándose un niño. Su respuesta es significativa: la existencia histórica de una conducta no demuestra que esa conducta estuviese jurídicamente permitida. Puede tratarse simplemente de una transgresión de la ley. Utiliza incluso otros ejemplos de pecados existentes entre los israelitas para mostrar que no puede deducirse la licitud de una práctica simplemente porque sepamos que efectivamente se practicaba.

Esto es importante porque Mariana está distinguiendo entre norma y realidad social. Que una sociedad padezca prostitución no significa que deba institucionalizarla. Del mismo modo, la existencia de otros pecados en Israel no significa que estuviesen autorizados por la legislación religiosa. Por eso Mariana rechaza utilizar la persistencia histórica del vicio como argumento suficiente para su tolerancia.

También ataca directamente uno de los principales argumentos pragmáticos en favor de los burdeles: que servirían para evitar delitos sexuales considerados peores. Mariana sostiene precisamente lo contrario. Según él, la tolerancia de la prostitución no necesariamente apaga el deseo sexual desordenado, sino que puede alimentarlo. Es decir, rechaza la idea de que exista una cantidad fija de deseo que simplemente necesite una vía de escape. El hábito, para Mariana, transforma a la persona: cuanto más se acostumbra alguien al placer desordenado, más aumenta su apetito.

Por eso afirma que allí donde determinados vicios están extendidos también puede existir un gran número de prostitutas. Su conclusión es que el verdadero instrumento para contener esos comportamientos no es proporcionarles una salida institucional, sino el temor al castigo y la diligencia de los gobernantes. Mariana incluso apela a su propia observación de ciudades cercanas entre sí: en una habría existido mayor corrupción, mientras que en otra las costumbres eran más moderadas debido a la vigilancia de sus magistrados.

A continuación incorpora a Lactancio, san Jerónimo y nuevamente san Agustín para fortalecer su posición. Es especialmente interesante lo que hace con Agustín: anteriormente había utilizado el famoso pasaje favorable a la tolerancia de las prostitutas, pero ahora señala que un Agustín más maduro parece expresarse de manera mucho más crítica respecto de las casas públicas. Mariana intenta así neutralizar la autoridad patrística más poderosa utilizada por sus adversarios.

Finalmente aparece un ejemplo político que para Mariana resulta especialmente importante: san Luis, rey de Francia. Lo presenta como un gobernante que habría expulsado las prostitutas y eliminado las casas públicas de su reino. Mariana llega a exclamar: «Ojalá vivieras, rey Luis», deseando que los demás monarcas imitasen su política. Frente a la objeción de que la medida no duró mucho tiempo, responde que ello se debió a la debilidad de sus sucesores y no a que la política hubiese sido equivocada.

Capítulo XVIII: No se puede llevar algún tributo a las casas públicas

Mariana ya ha cuestionado que la prostitución deba ser tolerada por la república; ahora se plantea un problema todavía más específico: suponiendo incluso que las autoridades la toleren, ¿puede el Estado obtener ingresos fiscales de ella? Su respuesta es tajante: no. Para Mariana, existe una diferencia moral decisiva entre tolerar un mal y convertir ese mal en una fuente de ingresos públicos.

Mariana comienza afirmando que siempre se ha considerado «cosa torpísima» que la república reciba una parte de las ganancias de las prostitutas mediante un tributo. Su razonamiento es sencillo: si el Estado recibe dinero proporcionalmente derivado de esa actividad, se convierte de alguna manera en partícipe de aquello que moralmente condena. De ahí su pregunta retórica: «¿qué otra cosa sería que hacelle compañero de la maldad y de la torpeza, de cuya ganancia participó?». El problema, por tanto, no reside simplemente en el origen desagradable del dinero, sino en que la autoridad pública obtiene un interés económico en la continuación del vicio.

Aunque en España aparentemente no existiese un impuesto formal cobrado directamente a las prostitutas, Mariana considera que había mecanismos que producían prácticamente el mismo resultado.

El mecanismo que denuncia consiste en el arrendamiento de las casas públicas. Según Mariana, en algunas ciudades quien controlaba la casa donde ejercían las prostitutas pagaba por ella «tres tanto ó cuatro tanto más» de lo que habría valido como vivienda ordinaria. Esa diferencia terminaba destinada a los gastos públicos municipales o, en ocasiones, beneficiaba a algún particular que había recibido del rey el privilegio de construir y explotar aquella casa. Para Mariana, la diferencia formal entre esto y un impuesto directo es irrelevante: en ambos casos existe una ganancia obtenida gracias a la prostitución.

Su crítica se vuelve entonces económica. Si el administrador de la casa tiene que pagar una cantidad extraordinariamente alta para conservar el negocio, necesariamente intentará recuperar ese dinero y obtener además una ganancia. Esto crea, según Mariana, un incentivo para aumentar la actividad que supuestamente se pretende simplemente tolerar. El administrador buscará más mujeres, preferirá aquellas que considere más atractivas y llegará incluso a pagar a arrieros para que las busquen y las lleven hasta la casa. La tolerancia institucional termina así creando un verdadero mercado alrededor de la prostitución.

Además, Mariana denuncia que el administrador obtiene ganancias adicionales explotando económicamente a las propias mujeres. Les vende la comida más cara, les alquila vestidos por cantidades superiores a su valor normal y les presta dinero. Esto último le parece especialmente grave porque genera una situación de endeudamiento y dependencia: una vez endeudadas, las mujeres quedan «atadas» al establecimiento y encuentran mayores dificultades para abandonarlo.

Por eso Mariana observa una consecuencia particularmente perversa: las prostitutas pueden verse obligadas a ejercer con mayor frecuencia precisamente para pagar las deudas y los gastos que les impone quien administra la casa. El sistema que teóricamente pretendía controlar una realidad considerada inevitable termina incrementando la intensidad de esa misma actividad.

El administrador tiene además incentivos para incumplir las restricciones impuestas por las autoridades. Mariana afirma que se permite entrar a hombres durante días u horas prohibidos, se tolera la presencia de rufianes y se organizan «bailes y cantares deshonestísimos» destinados expresamente a estimular el deseo de quienes concurren al lugar. Incluso menciona la existencia de puertas y entradas secretas destinadas a clientes que, por su posición social o preocupación por su reputación, no querrían ser vistos entrando públicamente.

Este último punto es importante dentro del razonamiento de Mariana. La vergüenza social funciona para él como un freno de la conducta. Si el propio establecimiento proporciona mecanismos para eliminar ese freno —por ejemplo, entradas secretas—, el sistema institucional deja de limitar el comportamiento y comienza a facilitarlo. Por eso pregunta irónicamente si semejantes «artificios» producen realmente algún beneficio para la república o, por el contrario, le ocasionan un daño mayor.

Sin embargo, el pasaje se vuelve particularmente interesante cuando Mariana menciona la intervención de Felipe II. Aquí descubrimos que, pese a la posición personal de Mariana favorable a una política mucho más restrictiva, la monarquía española había optado por una solución regulatoria. Mariana menciona expresamente una disposición promulgada en Madrid el 10 de marzo de 1571, mediante la cual Felipe II habría moderado otra normativa promulgada el año anterior.

Mariana reproduce extensamente sus disposiciones porque considera que, mientras no se consiga eliminar completamente aquellas casas, por lo menos deberían aplicarse rigurosamente las restricciones establecidas por el rey. Es una posición pragmática: Mariana preferiría la supresión, pero, mientras exista tolerancia legal, exige una regulación efectiva que reduzca sus abusos.

La primera medida consiste en controlar al denominado «padre de la casa pública», es decir, al administrador. No cualquiera podía ejercer esa función: debía ser aprobado por el regimiento municipal y jurar previamente que respetaría las normas establecidas. La regulación intenta así someter al administrador a una responsabilidad directa frente a la autoridad local.

Una de las prohibiciones más importantes consiste en que el administrador no puede alquilar vestidos a las prostitutas. Mariana ya había explicado la razón: el alquiler podía transformarse en un mecanismo para extraerles dinero y aumentar su dependencia económica. La norma establecía sanciones progresivas: pérdida del vestido y multa inicialmente y, en caso de reincidencia, duplicación de la sanción económica, azotes y destierro.

Todavía más significativa es la prohibición de admitir mujeres endeudadas y de prestarles dinero. Y la regulación establece expresamente algo que Mariana considera fundamental: si una mujer quiere «convertirse y dejar aquella vida», puede abandonar libremente la casa aunque tenga deudas. La deuda, por tanto, no podía convertirse en instrumento jurídico para obligarla a continuar ejerciendo la prostitución.

La normativa también regula la alimentación. Las mujeres podían comprar directamente comida en la plaza; si decidían adquirirla del administrador, este debía vendérsela al precio oficialmente tasado. Nuevamente aparece la misma preocupación: impedir que el administrador utilice su posición para obtener beneficios extraordinarios de las mujeres que dependen del establecimiento.

Hay asimismo una regulación sanitaria bastante detallada. Debía existir un médico o cirujano que examinara a las mujeres cada ocho días. Cuando llegaba una mujer nueva debía ser examinada, y aquellas que padeciesen enfermedades contagiosas debían ser enviadas a hospitales. El administrador no debía mantener en la casa a mujeres enfermas para continuar la actividad.

También se establecía un límite económico al alojamiento: por habitación, cama y demás elementos necesarios las mujeres no podían pagar más de un real diario. Y cuando se arrendase la casa debía advertirse expresamente que el arrendamiento quedaba sometido a todas estas condiciones. Es decir, la regulación no solamente disciplinaba a las prostitutas, sino también —y de manera muy importante— al empresario que obtenía ganancias de ellas.

Para fiscalizar el cumplimiento, el regimiento debía designar dos regidores encargados de visitar la casa. Estos tenían que informar al corregidor si descubrían incumplimientos o cualquier otro problema que requiriese intervención. Los inspectores debían renovarse cada cuatro meses, aunque uno de los anteriores permanecía junto con el recién nombrado, probablemente para mantener cierta continuidad en la fiscalización.

Existían también restricciones religiosas. Durante la Semana Santa las mujeres no podían ejercer la prostitución. El incumplimiento podía producir azotes públicos tanto para ellas como para el administrador cuando hubiese consentido o disimulado la infracción. Aquí se ve claramente que la regulación de Felipe II no supone una aceptación moral de la prostitución: se trata de una actividad tolerada pero considerada deshonesta y sometida a restricciones.

La legislación imponía además una diferenciación visual entre las prostitutas y las consideradas «mujeres honestas». Las primeras no podían utilizar determinados mantos, guantes, sombreros o chapines y debían llevar mantillos amarillos. Desde nuestra perspectiva contemporánea es una regulación fuertemente estigmatizante, pero dentro de la lógica jurídica y moral que describe Mariana tenía como finalidad impedir que desapareciera públicamente la distinción entre ambas condiciones.

También se prohibía que estuviesen en las casas públicas mujeres casadas, mujeres cuyos padres vivieran en la misma ciudad y mulatas. Finalmente, todas estas normas debían escribirse en una tabla colocada dentro del establecimiento en un lugar visible. Esto permitía que las reglas fueran públicamente conocidas y facilitaba exigir su cumplimiento.

Mariana menciona todavía una pragmática de Madrid de 1575, que añadía otras restricciones: las prostitutas no podían vestir hábitos religiosos, llevar escuderos que las acompañasen, emplear criadas menores de cuarenta años ni utilizar en las iglesias almohadas o estrados de la misma manera que las demás mujeres consideradas honestas.

Hay aquí una aparente tensión en Mariana, pero en realidad su razonamiento es coherente. Él no está presentando estas normas como su solución ideal. Al contrario, inmediatamente antes de reproducirlas expresa la esperanza de que algún día pueda desaparecer completamente lo que considera una «afrenta». Pero mientras eso no ocurra, piensa que por lo menos debe aplicarse rigurosamente la regulación existente.

De este modo, Mariana maneja en estos capítulos tres niveles distintos. El primero es el ideal moral: considera que las casas públicas deberían desaparecer. El segundo es la tolerancia política: reconoce que las autoridades pueden mantenerlas por razones prudenciales. El tercero es la regulación jurídica: si efectivamente se toleran, deben existir normas estrictas destinadas a impedir la explotación, el endeudamiento, la captación, los abusos económicos, los riesgos sanitarios y la expansión del negocio.

Para justificar esta posición, Mariana recurre primero al Deuteronomio 23. La ley divina prohibía ofrecer en el templo el «salario de ramera». Mariana interpreta este precepto en términos más amplios: aquello que procede directamente de una actividad considerada inmoral no debe transformarse en fuente de financiación de una institución que pretende representar el bien. En su lectura, incluso se prohibía a los sacerdotes recibir tales ofrendas para impedir que tuviesen algún interés económico en favorecer o tolerar aquella conducta.

Después pasa de la argumentación bíblica a la historia fiscal romana. Mariana recuerda la existencia de un antiguo impuesto que gravaba a prostitutas, proxenetas y determinadas personas vinculadas a prácticas sexuales consideradas ilícitas. Ese tributo llegó a conocerse como chrysargyron o chrysargyrum. Para Mariana, su existencia constituye una «grande afrenta del pueblo romano»: el poder público obtenía recursos precisamente de comportamientos que consideraba degradantes.

Resulta interesante que Mariana mencione a Alejandro Severo. Según la tradición histórica que utiliza, este emperador, aunque no eliminó completamente el impuesto, habría ordenado que los ingresos obtenidos de él no ingresasen en el tesoro público, sino que se destinasen a gastos públicos concretos, como la reparación del teatro, el circo, el anfiteatro y el estadio. Mariana presenta esto como prueba de que incluso dentro del mundo romano existía cierta conciencia de que aquel dinero resultaba moralmente problemático.

Después introduce al emperador Anastasio, quien habría ido mucho más lejos: eliminó completamente el tributo y ordenó incluso quemar los registros en que constaba su recaudación. Mariana cita extensamente a Evagrio para elogiar esta decisión. El impuesto es descrito como «miserable», «aborrecible a Dios» e indigno incluso de los bárbaros. La condena no procede simplemente de que el tributo fuese elevado, sino de aquello que estaba siendo gravado y de la relación que establecía entre el poder político y el vicio.

Aquí aparece además un detalle importante. Mariana explica que el impuesto era cobrado periódicamente y que su recaudación terminaba generando «una grande muchedumbre de dinero». Esto permite comprender mejor su preocupación: cuanto mayores fueran las ganancias procedentes de esas actividades, mayores serían también los ingresos del poder público. Se produce entonces una perversión de incentivos: aquello que la autoridad debería querer disminuir pasa a proporcionarle recursos.

Mariana incluso concede que el tributo pudo haberse establecido inicialmente con una buena intención. Quizá, dice, se pensó que gravar económicamente a esas personas las espantaría, las apartaría de aquellas actividades o actuaría como una especie de castigo fiscal. Este punto es especialmente interesante porque Mariana no supone necesariamente una intención corrupta en el legislador. Una política puede haber sido concebida con una finalidad moralmente correcta y, sin embargo, producir consecuencias exactamente contrarias.

Eso es precisamente lo que, según Mariana, ocurrió. Una vez establecido el impuesto, el encargado de cobrarlo comenzó a tener interés en que las actividades gravadas continuasen existiendo, porque de ellas obtenía «mayor fruto y ganancia». De esta manera, escribe Mariana, «no se remedió la lujuria, sino encendió más». La medida destinada supuestamente a castigar o contener el vicio acabó generando incentivos económicos para conservarlo.

Este razonamiento es bastante sofisticado desde una perspectiva política. Mariana está describiendo algo que hoy llamaríamos un problema de incentivos institucionales. El Estado puede condenar formalmente una conducta, pero si obtiene recursos de ella puede desarrollar simultáneamente un interés material en su supervivencia. La política pública comienza entonces a contradecir su propia finalidad: cuanto más eficaz fuese eliminando la actividad, menos recaudaría.

Por eso el argumento de Mariana no puede reducirse simplemente a que «el dinero de la prostitución es impuro». Hay dos niveles distintos. Existe primero un argumento moral: la república no debe hacerse «compañera» del vicio participando de sus ganancias. Pero existe además un argumento político mucho más interesante: hacer depender ingresos públicos de una conducta que se pretende combatir puede provocar que las propias instituciones terminen favoreciendo aquello que deberían restringir.

Esto enlaza perfectamente con el capítulo XVII. Allí Mariana había distinguido implícitamente entre tolerancia y aprobación. Una república podría tolerar excepcionalmente un mal por razones prudenciales sin considerarlo bueno. Pero en el capítulo XVIII añade una segunda frontera: incluso admitiendo la tolerancia, no se sigue que sea legítimo lucrar fiscalmente con aquello que se tolera.





Capítulo XIX: Si es lícito alquilar casas a rameras

Mariana parte distinguiendo situaciones. La primera es sencilla: si alguien vende o arrienda precisamente con la intención de ayudar al otro a pecar, también participa moralmente de ese pecado. No basta con que su propia conducta material —vender, arrendar— sea lícita; si su finalidad es facilitar directamente el acto malo, existe cooperación. Por eso recuerda el principio según el cual son culpables no solamente quienes realizan el mal, sino también quienes conscientemente colaboran con él.

En el extremo contrario se encuentra quien desconoce completamente las intenciones del comprador o arrendatario. Mariana considera que esta persona no incurre en culpa. Por ejemplo, alguien vende una cosa de uso ordinario sin saber que será posteriormente empleada para cometer un acto ilícito. No existe aquí participación voluntaria porque falta precisamente el conocimiento acerca del propósito del comprador.

El verdadero problema aparece en una tercera situación intermedia: el vendedor o arrendador no desea el pecado ni comparte la intención del pecador, pero sabe perfectamente para qué será utilizada la cosa que entrega. Mariana formula entonces la pregunta central: ¿el mero conocimiento convierte al vendedor o arrendador en participante del pecado ajeno?

Para mostrar la dificultad, presenta primero los argumentos favorables a considerar ilícita esa conducta. Hay casos evidentes en los cuales entregar una cosa significa colaborar directamente con el mal: no sería lícito entregar una espada a quien sabemos que pretende utilizarla para matar ni proporcionar arsénico a quien sabemos que quiere envenenar a otra persona. Del mismo modo menciona la prohibición de arrendar una casa a quien la utilizará para practicar la usura. La razón sería que nadie debe proporcionar deliberadamente a otra persona los medios necesarios para realizar un acto malo.

Aplicado a la prostitución, el argumento sería bastante directo: quien arrienda una casa a una prostituta sabiendo que la utilizará para ejercer allí su actividad está proporcionándole un medio que facilita esa conducta. Algo semejante ocurriría con quien vende cosméticos u otros productos sabiendo que serán utilizados específicamente para esa finalidad. De allí que algunos autores concluyeran que tales contratos no estaban completamente libres de culpa.

Pero Mariana inmediatamente presenta el argumento contrario, y aquí aparece el verdadero interés filosófico del capítulo. Señala que existe una práctica social generalizada de vender y arrendar bienes a las prostitutas, incluso en Roma y bajo conocimiento de las autoridades eclesiásticas. Por tanto, parece difícil sostener que cualquier relación comercial con una persona que vive en pecado convierta automáticamente al comerciante en cómplice.

Mariana lleva entonces el argumento hasta sus últimas consecuencias: si fuera ilícito arrendarles una vivienda porque sabemos que ejercen la prostitución, también debería ser ilícito venderles alimentos, puesto que estos conservan sus fuerzas y, en último término, permiten que continúen realizando aquella actividad. El razonamiento conduce fácilmente al absurdo: prácticamente cualquier bien vendido a una persona que sabemos que realiza actos moralmente malos podría considerarse cooperación con esos actos.

Mariana parte de que la república puede tolerar la existencia de la prostitución sin aprobarla moralmente. Si la autoridad legítimamente tolera ese mal para evitar otros que considera mayores, parece contradictorio permitir la actividad pero impedir absolutamente todos los medios materiales sin los cuales esa actividad no podría desarrollarse. De ahí su argumento: si la república puede tolerar aquello sin participar moralmente del pecado, habría que explicar por qué un particular no podría realizar determinados actos ordinarios —como vender o arrendar— sin compartir la intención pecaminosa de quien recibe el bien.

El problema que Mariana está construyendo puede expresarse mediante una distinción que será fundamental para comprender todo el capítulo: no es lo mismo querer el pecado ajeno que realizar una acción lícita sabiendo que otro aprovechará esa acción para pecar. En el primer caso existe participación intencional; en el segundo habrá que determinar hasta qué punto la conexión entre nuestra conducta y el pecado ajeno es suficientemente directa para hacernos responsables.

Por eso los ejemplos de la espada y el arsénico son especialmente importantes. Mariana los contrapone implícitamente al alimento y al alojamiento. Dar veneno a alguien que manifiesta que pretende envenenar a otro está inmediatamente ordenado al homicidio; vender comida a una prostituta no está inmediatamente ordenado a la prostitución, aunque indirectamente permita que continúe viviendo y ejerciendo su actividad. El capítulo está intentando determinar dónde se encuentra exactamente esa frontera moral entre cooperación y simple provisión de un bien que puede ser utilizado para el mal.

Si puede alguien arrendar una casa o vender determinados bienes a una prostituta sabiendo que los utilizará en el ejercicio de la prostitución. Comienza reconociendo abiertamente que no existe unanimidad entre los autores. Menciona que algunos, como Mayor, admitían esta posibilidad, mientras que san Antonino y Medina sostenían la posición contraria. Para Mariana, por tanto, no se trata de una cuestión sencilla: dice expresamente que «tiene esta cuestión grande dificultad».

Antes de resolverla, Mariana vuelve brevemente a su posición política general. Considera que la solución ideal sería que los príncipes eliminaran la prostitución, porque así desaparecería también el problema moral acerca de la cooperación de terceros. Sin embargo, es bastante pesimista: cree que las autoridades difícilmente harán esto debido a la fuerza de la costumbre y a la creencia de que la prostitución constituye un mal que debe tolerarse. Como esa solución política parece improbable, se ve obligado a determinar qué pueden hacer lícitamente los particulares mientras la prostitución continúe existiendo.

Para resolver el problema adopta una distinción que atribuye al cardenal Cayetano. Hay, según esta distinción, dos clases fundamentales de cosas. Por una parte, existen objetos que por su propia naturaleza están ordenados directamente hacia un fin malo. Mariana pone como ejemplos los ídolos y las vestiduras sacerdotales utilizadas en los cultos paganos. En su concepción cristiana, estos objetos están específicamente destinados a la idolatría y, por tanto, su utilización normal ya está vinculada al acto que considera ilícito.

Por otra parte, existen cosas que son buenas o moralmente indiferentes por su propia naturaleza y están normalmente destinadas a fines legítimos, pero que pueden ser utilizadas mal por las personas. Mariana pone precisamente los ejemplos relevantes para la cuestión: la casa, el alimento y el vestido. Ninguna de estas cosas tiene por finalidad natural la prostitución. Una casa sirve para habitar, el alimento para sustentarse y el vestido para cubrirse. Es la persona quien posteriormente puede emplearlas dentro de una forma de vida que Mariana considera pecaminosa. Por eso dice que «la malicia de los hombres y abuso las tuerce y ordena á mal».

Esta distinción es fundamental porque permite comprender mejor la diferencia que insinuaba en el fragmento anterior entre dar arsénico a quien quiere envenenar a alguien y proporcionar una casa a una prostituta. No se trata simplemente de preguntar si sabemos que alguien cometerá un pecado, sino también de determinar qué relación objetiva existe entre la cosa proporcionada y ese pecado. Si la cosa está específicamente destinada al acto malo, proporcionarla conscientemente constituye una cooperación mucho más directa. Si, en cambio, se trata de una cosa ordinariamente destinada a un uso legítimo que posteriormente es utilizada abusivamente, la situación moral es diferente.

Mariana afirma categóricamente respecto del primer género que dar, vender o arrendar esas cosas a quien sabemos que pretende utilizarlas para el mal constituye pecado. Aquí el conocimiento de la finalidad ilícita, unido a la naturaleza específicamente ordenada del objeto hacia esa finalidad, hace que quien lo proporciona participe en cierta medida de aquella conducta. No importa demasiado que formalmente exista una compraventa, un arrendamiento o una entrega gratuita: el problema está en proporcionar conscientemente un instrumento específicamente ordenado hacia el acto considerado malo.

Para reforzar este principio introduce un ejemplo religioso que, dentro de la mentalidad teológica de su época, considera particularmente claro: un cristiano no podría construir ni reparar un templo pagano o una sinagoga destinada al culto judío, porque estaría contribuyendo materialmente al ejercicio de un culto que Mariana considera contrario a la verdadera religión. Aquí hay que leerlo dentro del contexto confesional y jurídico-teológico de los siglos XVI y XVII: no es una afirmación sobre libertad religiosa en sentido moderno, sino un razonamiento propio de la teología política católica de Mariana.

Precisamente para demostrar que esta posición no era una invención suya, Mariana recurre a san Ambrosio y al emperador Teodosio. Recuerda el célebre conflicto en que Ambrosio reprochó a Teodosio que ordenara que los cristianos responsables de la destrucción de una sinagoga contribuyeran a su reconstrucción. Para Ambrosio, obligar a los cristianos a financiarla significaba hacerlos participar en la restauración de un lugar destinado a un culto que consideraba falso. Mariana cita este episodio porque encaja perfectamente con la primera categoría de Cayetano: una cosa destinada específicamente a un fin considerado ilícito no debe ser proporcionada por quien conoce ese destino.

Luego agrega el ejemplo transmitido por Sozomeno sobre Marco de Aretusa. Según el relato que utiliza Mariana, Marco había participado en la destrucción de un templo pagano durante el reinado de Constancio. Cuando posteriormente el emperador Juliano ordenó que reconstruyera el templo o pagara su valor, Marco se negó y prefirió sufrir persecución y tormentos antes que contribuir a restaurarlo. Para Mariana, nuevamente, el ejemplo demuestra que existe una diferencia entre proporcionar una cosa ordinaria susceptible de abuso y participar directamente en la construcción o restauración del instrumento mismo mediante el cual se realizará el acto considerado ilícito.

Otro ejemplo histórico, esta vez tomado de Teodoreto y el obispo Audás de Persia. Audás había destruido un templo donde se rendía culto al fuego y posteriormente se le ordenó reconstruirlo. Mariana recoge la valoración de Teodoreto con una distinción interesante: Audás actuó incorrectamente al destruir por iniciativa propia el templo, porque no correspondía combatir una religión ajena mediante la destrucción material —Mariana recuerda que san Pablo, estando en Atenas, no destruyó los altares paganos, sino que combatió sus creencias mediante la palabra—; sin embargo, una vez destruido, Audás hizo bien, según esta tradición, en negarse a reconstruirlo, incluso estando dispuesto a sufrir la muerte. Para Mariana, una cosa es no tener derecho a destruir el bien destinado a un culto ajeno y otra distinta ser obligado a colaborar activamente en su reconstrucción.

Con esto refuerza la primera categoría que había tomado de Cayetano: cuando una cosa se encuentra específicamente destinada a una actividad considerada ilícita, no es legítimo contribuir directamente a producirla o restaurarla. Por eso pregunta retóricamente cómo podría sostenerse que carpinteros o albañiles pueden colaborar sin pecado en la reconstrucción de una sinagoga. Dentro de su razonamiento teológico, el trabajo material de construcción constituye una cooperación suficientemente inmediata con aquello que considera un culto erróneo.

Después vuelve a la segunda categoría, que es mucho más problemática: las cosas que son buenas en sí mismas y solamente son utilizadas mal por las personas. Aquí reconoce expresamente que algunas veces será lícito proporcionarlas a alguien aun sabiendo que pretende utilizarlas para pecar, mientras que otras veces no. El problema consiste entonces en encontrar una regla que permita distinguir ambos casos.

La primera regla que examina se basa en la clase de pecado que pretende cometer quien recibe la cosa. Según esta solución, habría que distinguir los pecados contra la justicia de los pecados contra otras virtudes. Cuando la conducta perjudica injustamente a un tercero, existe además un deber de impedir el daño en cuanto sea posible. Por eso vuelve al ejemplo de la espada: no se puede entregar una espada a quien sabemos que pretende matar a otra persona, porque allí existe una víctima concreta cuyo derecho debe ser protegido. Proporcionar el instrumento del homicidio significaría cooperar con una injusticia que tenemos obligación de impedir.

En cambio, cuando se trata de un pecado contra otras virtudes que no perjudica de esa manera los derechos de un tercero, esta primera teoría permitiría proporcionar el bien. Mariana lo explica apelando a la libertad humana: Dios habría creado al hombre libre y, por consiguiente, no corresponde impedir materialmente todos los pecados que una persona libre pueda decidir cometer. Conforme a esta solución, sería lícito vender cosméticos a una prostituta e incluso arrendarle una casa, porque Mariana entiende que el pecado de prostitución, considerado en sí mismo, no constituye aquí una lesión de la justicia respecto de un tercero.

Sin embargo, Mariana no queda satisfecho con esa distinción. Encuentra inmediatamente contraejemplos. Si todo dependiera de si el pecado es contra la justicia, surgiría el problema de vender incienso o flores a un idólatra para realizar su culto, porque la religión era concebida por la escolástica como una virtud relacionada con la justicia. Asimismo aparece el problema del préstamo a interés y del arrendamiento de una casa a quien ejerce la usura. Estos casos muestran, para Mariana, que la simple división entre pecados contra la justicia y pecados contra otras virtudes no proporciona una solución suficientemente coherente.

Por eso propone una segunda regla, que considera mejor: hay que atender a lo que la ley y la república permiten o prohíben. Esta es probablemente la idea central de todo este fragmento. Mariana desplaza parcialmente el problema desde la naturaleza abstracta del pecado hacia su situación dentro del orden jurídico y político de la comunidad. Su fórmula es, en esencia, que será lícito proporcionar una cosa susceptible de ser utilizada para pecar cuando la conducta para la cual será empleada está tolerada por la república; si esa conducta está jurídicamente prohibida, proporcionar conscientemente los medios para realizarla no será lícito.

Aplicando esta regla, Mariana concluye que sería lícito vender afeites a una prostituta y arrendarle una casa cuando la prostitución está tolerada por la república. La clave no es que Mariana considere buena la prostitución —todo el tratado demuestra precisamente lo contrario—, sino que distingue entre aprobar moralmente una conducta y tolerarla jurídicamente. Si la autoridad ha decidido tolerarla, el particular puede realizar determinados negocios jurídicos ordinarios con quien la ejerce sin convertirse automáticamente en participante de su pecado.

El mismo principio lo aplica sorprendentemente a la usura. Allí donde el orden político permite a determinados grupos practicarla, Mariana considera posible arrendarles una casa aun sabiendo para qué será utilizada. En cambio, donde la usura está absolutamente prohibida —pone expresamente el ejemplo de España—, no sería lícito proporcionar una casa para establecer allí ese negocio. Así, una misma conducta del propietario puede tener distinta valoración dependiendo del régimen jurídico existente.

Hace exactamente el mismo razonamiento respecto de las minorías religiosas. En un territorio donde el culto no cristiano no está permitido, según Mariana no sería lícito proporcionar conscientemente incienso, flores u otros elementos destinados a ese culto. Pero introduce una excepción muy significativa: si judíos o gentiles están legítimamente autorizados a vivir entre los cristianos y practicar su religión, entonces considera lícito venderles incluso las flores o el incienso que sabemos que utilizarán en sus ceremonias. Invoca para ello a santo Tomás, Summa Theologiae, II-II, cuestión 10, artículo 11, sobre la tolerancia de los ritos de los infieles.

La consecuencia de esta regla es importante: la tolerancia jurídica modifica los deberes de cooperación de los particulares. Mariana no está diciendo que aquello que la ley permite se transforme automáticamente en moralmente bueno. La prostitución sigue siendo para él pecado; la usura y los cultos que considera falsos siguen siendo moralmente censurables. Lo que sostiene es algo más limitado: cuando la autoridad legítima ha decidido tolerar una determinada conducta, un tercero puede proporcionar ciertos bienes ordinarios a quien la realiza sin compartir necesariamente su intención.

Mariana, sin embargo, lleva nuevamente su propia regla hasta situaciones difíciles. Se pregunta qué ocurre con la mujer adúltera que compra cosméticos para agradar a su amante o con el jugador que compra naipes o dados para participar en juegos prohibidos. Como esas conductas están prohibidas por el derecho, su principio debería llevar a decir que el comerciante que conoce claramente la finalidad tampoco debería proporcionarles esos objetos.

Y eso es exactamente lo que Mariana acepta. Afirma que no sería lícito vender los afeites a la adúltera ni los naipes o dados al jugador cuando se conoce claramente la intención ilícita. Pero introduce una precisión práctica fundamental: el comerciante no tiene obligación de investigar las intenciones secretas de todos sus clientes. Dice expresamente que quien vende «no debe escudriñar con curiosidad los bajos intentos» del comprador. Solamente cuando conoce claramente la mala intención debe abstenerse de vender.

Si la prostitución solo es tolerada jurídicamente bajo determinadas condiciones, entonces la posibilidad de vender o arrendar bienes se extiende únicamente a quienes están comprendidas dentro de esa tolerancia. No pretende afirmar que exista una regulación idéntica en todas partes. Al contrario, señala expresamente que las costumbres varían entre ciudades. Pone como ejemplo Roma, donde las cortesanas podían encontrarse dispersas por toda la ciudad, aunque en otros momentos o lugares podían ser obligadas a residir en un barrio determinado. Por eso, para Mariana, lo decisivo no es necesariamente que la prostituta viva en una determinada «casa pública», sino que su actividad se encuentre dentro de aquello que la autoridad permite o tolera.

Esta precisión le permite formular con mayor claridad su conclusión: a aquellas mujeres cuyo ejercicio de la prostitución está tolerado por la república es lícito venderles afeites y arrendarles una casa donde vivir. Mariana sigue considerando moralmente mala la prostitución, pero sostiene que quien realiza esos contratos ordinarios no se convierte por ello en cooperador del pecado de la prostituta. Su razonamiento es que el vendedor o arrendador no coopera directamente con la maldad de la mujer, sino con la situación de tolerancia establecida por la república.

Esta frase es probablemente la más importante del pasaje: «Ni por esta causa coopera su maldad sino á la permisión de la república». Mariana establece aquí una separación muy precisa entre cooperar con el acto malo y actuar dentro de un régimen jurídico que tolera ese acto. El propietario que simplemente arrienda una vivienda por su valor ordinario no pretende que la mujer ejerza la prostitución, no comparte su finalidad y no obtiene específicamente una ganancia derivada del pecado; simplemente realiza un negocio permitido dentro de una situación que la autoridad ha decidido tolerar.

Esto explica también por qué Mariana distingue estos casos de los demás pecados que la república no permite. Cuando no existe tolerancia jurídica alguna, ya no puede decirse que el tercero simplemente actúa dentro de una situación permitida por el orden político. Si entrega conscientemente un instrumento destinado a realizar el acto prohibido, su cooperación se conecta directamente con la conducta ilícita. En cambio, cuando existe una tolerancia legítima, Mariana considera posible realizar ciertos actos neutrales que permiten materialmente la existencia de aquella situación sin aprobar moralmente lo que allí ocurre.

Pero Mariana introduce inmediatamente un límite decisivo: el propietario puede arrendar la casa, pero no puede cobrarle a la prostituta un precio muy superior al valor normal precisamente porque sabe que ella obtiene ganancias mediante la prostitución. Aquí cambia completamente la naturaleza moral de la relación. Si cobra el alquiler ordinario, obtiene el beneficio propio y legítimo del arrendamiento. Si, en cambio, exige una renta extraordinariamente elevada aprovechándose de la actividad de la mujer, comienza a recibir indirectamente una participación en las ganancias provenientes de la prostitución.

Por eso Mariana afirma que quien cobra «muy más caro de lo que vale» participa, mediante esa ganancia extraordinaria, también del pecado. El problema no está entonces simplemente en recibir dinero de una prostituta, sino en estructurar la remuneración de manera que el propietario se beneficie específicamente de la actividad considerada pecaminosa. Cuanto más se vincula su ganancia con la prostitución, más difícil resulta sostener que permanece exterior a ella.

Podemos imaginar la diferencia que establece Mariana mediante dos casos. Si una vivienda normalmente se arrienda por cien y el propietario la arrienda por cien a una mujer que ejerce legalmente una actividad tolerada, Mariana considera que el propietario cobra por el uso de su inmueble. Pero si, precisamente porque sabe que allí se ejercerá la prostitución y que generará grandes ingresos, exige trescientos, ese excedente ya no se explica simplemente por el valor de la vivienda: está aprovechándose económicamente de la actividad pecaminosa. Allí comienza para Mariana una verdadera participación en sus frutos.

Esto conecta directamente con algo que Mariana había tratado anteriormente y que él mismo recuerda: los ingresos públicos obtenidos de actividades moralmente reprochables. Cuando dice que la doctrina de Cayetano resulta pertinente «para lo que arriba queda dicho de la ganancia que destas cosas para el público se saca», está extendiendo el problema desde los particulares hacia la propia autoridad. La mera tolerancia de un mal puede justificarse para Mariana por razones de prudencia política; otra cosa diferente es que la autoridad transforme deliberadamente ese mal tolerado en una fuente de ingresos.

La distinción es, por tanto, bastante sofisticada. Tolerar no equivale a aprobar; permitir no equivale a promover; y realizar un negocio ordinario con quien practica una actividad tolerada no equivale necesariamente a participar de esa actividad. Pero obtener deliberadamente una ganancia extraordinaria precisamente porque existe esa actividad puede transformar al tercero en participante económico de aquello que formalmente dice limitarse a tolerar.

Así termina Mariana la discusión con su expresiva frase: «tiempo es de sacar la pluma deste cieno, y volverla á los espectáculos». Con ella cierra esta larga digresión sobre prostitución y cooperación moral y regresa al tema principal de Contra los juegos públicos. Su conclusión específica puede formularse así: es lícito arrendar normalmente una casa a quien ejerce una actividad que la república legítimamente tolera, aunque el arrendador conozca esa actividad; lo que no es lícito es convertir conscientemente el pecado ajeno en una fuente adicional de beneficio propio, cobrando más precisamente para participar económicamente de sus ganancias.


Capítulo XX: Qué origen tienen el error de los toros

Mariana quiere determinar si un espectáculo popular puede ser legítimo cuando implica un peligro serio para la vida humana. Su caso concreto son las corridas de toros, una costumbre que reconoce como profundamente arraigada en España.

Mariana comienza señalando que la cuestión ya era discutida en su propia época. Había quienes consideraban las corridas de toros un espectáculo «cruel, indigno de las costumbres cristianas», porque en ellas morían personas. Otros, en cambio, las defendían como una forma de entretenimiento público e incluso como un ejercicio útil. Mariana advierte además que existían tres bulas pontificias relacionadas con la cuestión, lo que demuestra que no se trataba simplemente de una discusión abstracta, sino de una controversia religiosa y jurídica real.

El primer argumento contra las corridas se basa directamente en el riesgo para la vida. Mariana recuerda que en el derecho canónico se prohibían ciertos torneos porque producían frecuentemente muertes y heridas. Su razonamiento consiste en trasladar esa lógica a los toros: si se prohíben los torneos por el peligro que representan, parece razonable prohibir también un espectáculo en el que igualmente «muchas veces mueren hombres».

A esto añade una comparación con los espectáculos romanos. Mariana recuerda que anteriormente había condenado los juegos en los cuales hombres peleaban con fieras. Desde esa perspectiva, resulta difícil explicar por qué sería moralmente distinto colocar a un hombre delante de un toro. La pregunta que subyace es sencilla: si condenamos el espectáculo romano porque exponía deliberadamente vidas humanas al peligro, ¿por qué aceptar una práctica semejante simplemente porque se ha convertido en costumbre española?

Sin embargo, Mariana introduce inmediatamente una distinción importante. Los antiguos combates con fieras podían implicar personas obligadas a enfrentarse a los animales, mientras que quienes participan en los toros españoles normalmente lo hacen voluntariamente. Esto cambia parcialmente el problema moral. El participante sabe que existe peligro y decide asumirlo.

Pero Mariana considera que la voluntariedad no resuelve completamente la cuestión. Recurre al principio según el cual los gobernantes tienen el deber de impedir que las personas se perjudiquen gravemente incluso cuando voluntariamente se exponen al peligro. Lo compara con el médico que debe intentar curar al enfermo aunque este sea imprudente o no comprenda correctamente aquello que le conviene.

Aquí aparece una distinción interesante entre finalidad y riesgo. Mariana reconoce que existen actividades peligrosas que pueden ser legítimas porque persiguen un bien proporcionado. Pone ejemplos como el entrenamiento militar, los ejercicios con armas, la caza o determinadas actividades físicas. Una persona puede exponerse razonablemente a algún peligro para adquirir destreza militar, fortalecer el cuerpo o conseguir alimento.

El problema de los toros es que Mariana no encuentra inicialmente esa justificación. El participante arriesga su vida fundamentalmente para proporcionar entretenimiento al público. Por eso la proporcionalidad le parece dudosa: una cosa es asumir riesgos para defender la república o adquirir una habilidad necesaria y otra exponer la vida simplemente para que otros se diviertan.

Mariana insiste además en que no se trata de peligros meramente hipotéticos. Las muertes ocurren efectivamente y con cierta frecuencia. Frente al argumento de que algunas muertes pueden considerarse accidentes imprevisibles, responde que eso podría valer si ocurrieran excepcionalmente. Pero si «ordinariamente en los toros sean muertos hombres ó heridos», entonces el peligro pertenece a la naturaleza misma del espectáculo. Ya no puede tratarse como un accidente completamente externo.

A los daños físicos añade los efectos morales que había utilizado anteriormente contra otros espectáculos: aglomeraciones, excesos en comidas y bebidas, desórdenes, ocasiones de encuentros considerados deshonestos entre hombres y mujeres y otras consecuencias derivadas de las grandes concentraciones públicas. Sin embargo, él mismo reconoce que estos argumentos no son exclusivos de los toros, pues podrían aplicarse también a muchas otras fiestas populares. Por eso no constituyen su argumento principal.

Hasta aquí parecería que Mariana se encamina directamente hacia una prohibición. Pero entonces introduce el argumento contrario más fuerte: la costumbre española. Las corridas estaban profundamente asentadas en el país y, según explica, los pontífices habían ido moderando las restricciones anteriores. Además, teólogos y juristas respetados consideraban que podían realizarse lícitamente bajo determinadas condiciones.

Mariana menciona aquí a Juan de Medina y Bartolomé de Medina, entre otros. Esto lo obliga a reconocer que no puede simplemente declarar intrínsecamente ilícita toda corrida. Existe una tradición doctrinal considerable que admite su legitimidad, especialmente cuando se adoptan medidas destinadas a reducir los riesgos.

Aquí llegamos al núcleo de la posición de Mariana: no termina defendiendo una prohibición absoluta de las corridas, pese a haber presentado argumentos bastante fuertes para ella.

Su solución consiste en transformar las condiciones bajo las cuales se realizan. Afirma que «los toros se pueden correr lícitamente», pero exige que se adopten precauciones. Menciona expresamente la posibilidad de cortar o proteger las puntas de los cuernos, como se hacía en Roma, o utilizar participantes a caballo que pudiesen escapar con mayor facilidad. Lo importante es reducir significativamente el peligro.

También distingue entre quienes participan voluntariamente y quienes pudieran verse obligados. La voluntariedad disminuye el problema, pero no autoriza cualquier nivel de riesgo. El gobernante continúa teniendo la responsabilidad de establecer condiciones que hagan el espectáculo razonablemente seguro.

Mariana llega incluso a considerar un argumento de utilidad pública: los toros podrían servir como una especie de entrenamiento para hombres valerosos, especialmente relacionado con la equitación y las habilidades militares. Recuerda que anteriormente los españoles eran considerados excelentes jinetes y sostiene que ciertos ejercicios peligrosos, cuando se realizan adecuadamente, pueden contribuir a formar hombres capaces de actuar en la guerra.

Por eso propone una comparación muy reveladora: correr toros podría aproximarse a correr caballos, tirar al blanco, practicar justas o torneos. Si el riesgo se mantiene dentro de límites razonables y existe alguna utilidad física o militar, el espectáculo deja de ser simplemente una exposición inútil de la vida humana.

Pero Mariana establece una condición decisiva: si no pueden evitarse las muertes, entonces el juego debe prohibirse. Lo formula con bastante claridad: si el peligro de muerte es inevitable, «es ilícito y se debe desterrar de la república». En otras palabras, la costumbre por sí sola no convierte una práctica peligrosa en legítima.

También rechaza el argumento de que bastaría con la aceptación voluntaria del riesgo por parte de los participantes. Los gobernantes siguen teniendo la obligación de «proveer y quitar semejantes peligros». Mariana utiliza una analogía cotidiana: los magistrados deben controlar los alimentos dañinos y evitar que entren en la ciudad productos perjudiciales para la salud. No sería suficiente decir que quien los consume lo hace voluntariamente. De manera semejante, tampoco basta afirmar que el participante acepta libremente enfrentarse al toro.

Esta comparación permite entender bastante bien su concepción del poder político. Para Mariana, el gobernante no es simplemente un árbitro que garantiza elecciones individuales. Tiene una función paternal y moral: debe proteger la vida, las costumbres y el bienestar de la comunidad, incluso estableciendo límites a determinadas decisiones voluntarias.


Capítulo XVII: La Bula de Pío V

Mariana comienza reproduciendo extensamente la bula. Pío V parte de una consideración general: los espectáculos en los que existe peligro de muerte son contrarios a la «piedad y caridad cristiana». El Papa reconoce que en muchas ciudades se celebraban espectáculos en los que hombres combatían con toros y otras fieras para demostrar «sus fuerzas y atrevimiento», pero señala que de ellos resultaban frecuentemente «muertes de hombres, cortamientos de miembros y peligros de almas».

Por ello, Pío V establece una prohibición general de las corridas de toros y espectáculos semejantes. La prohibición afecta especialmente a quienes tienen autoridad política: emperadores, reyes, príncipes, duques, condes, barones y demás autoridades. Se les ordena que no permitan estos espectáculos en sus ciudades y territorios.

La sanción que acompaña esta prohibición es particularmente grave: excomunión. Mariana reproduce la disposición según la cual quienes permitan tales espectáculos incurren en la pena correspondiente. Por tanto, no estamos simplemente ante una recomendación moral del pontífice, sino ante una norma acompañada de una sanción eclesiástica.

La bula también se dirige directamente a los participantes. Pío V prohíbe que los soldados y demás personas participen en estos espectáculos y dispone algo todavía más severo: si alguno muere como consecuencia de participar en ellos, debe ser privado de sepultura eclesiástica.

Esto es importante porque muestra la gravedad con que Pío V entiende el acto. Quien voluntariamente se expone a semejante peligro no está simplemente practicando una diversión arriesgada, sino realizando una conducta considerada incompatible con las exigencias de la moral cristiana.

Además, la bula afecta específicamente a los clérigos. Se les prohíbe asistir a estos espectáculos. Mariana cita el mandato según el cual los clérigos que posean beneficio eclesiástico o hayan recibido órdenes sagradas no deben encontrarse en ellos.

Pío V incluso se preocupa de evitar una forma de evasión bastante evidente: que alguien hubiese prometido o jurado participar en estas actividades. Por eso declara que los votos y juramentos realizados para intervenir en esos juegos no obligan y pueden quebrantarse sin escrúpulo. La razón es que un juramento no puede convertir en lícito aquello que se considera ilícito.

Hasta aquí Mariana prácticamente está exponiendo la bula. Pero después comienza su análisis, y aquí aparece lo verdaderamente interesante.

Mariana se pregunta cuál es exactamente el alcance de la prohibición. Es decir, ¿Pío V quiso declarar que toda corrida de toros es ilícita por su propia naturaleza? ¿O prohibió determinadas formas especialmente peligrosas de celebrarlas?

Mariana interpreta la bula en un sentido bastante preciso. Señala que los espectáculos condenados son aquellos en que los hombres se enfrentan a los toros de una manera que implica un peligro manifiesto de muerte. Por eso introduce nuevamente la distinción que había utilizado en el capítulo XXI.

Según Mariana, si el peligro puede reducirse suficientemente mediante determinadas precauciones, la situación cambia. Vuelve al ejemplo de proteger o modificar las astas de los toros y a otras formas de disminuir el peligro. El elemento determinante no sería entonces simplemente la existencia del toro o del espectáculo, sino la exposición temeraria de la vida humana.

Esta interpretación le permite sostener que la prohibición pontificia no necesariamente condena toda forma imaginable de corrida de toros. Condena principalmente aquella en que existe un peligro grave y previsible para la vida.

Pero aparece entonces otro problema: ¿qué ocurre con los clérigos que simplemente asisten como espectadores?

Aquí Mariana realiza una distinción jurídica muy interesante. Reconoce que la bula de Pío V parece prohibir a los clérigos asistir a las corridas. Sin embargo, señala que posteriormente la disciplina fue modificada y que existen otras disposiciones que deben tenerse en cuenta. Es decir, no interpreta la bula aisladamente, sino dentro de la evolución posterior de la normativa eclesiástica.

También se pregunta por la naturaleza de la sanción. Una cosa es que determinada conducta esté prohibida; otra distinta es que produzca automáticamente pecado mortal; y otra, además, que genere excomunión. Mariana procura separar estas tres cuestiones.

En particular, discute la posición según la cual un clérigo que asiste a los toros necesariamente cometería pecado mortal simplemente por encontrarse allí. Mariana considera que hay que mirar las circunstancias. Si no existe escándalo grave, daño a terceros u otra circunstancia especialmente seria, no resulta evidente que toda asistencia deba considerarse automáticamente pecado mortal.

Sin embargo, esto no significa que Mariana apruebe que los clérigos vayan a los toros. Al contrario, sostiene que los sacerdotes deben evitar espectáculos impropios de su estado. Su argumento es que una conducta puede ser inconveniente, indecorosa o contraria a la disciplina eclesiástica sin que necesariamente toda infracción particular constituya por sí sola pecado mortal.

Aquí aparece una distinción muy útil para entender a Mariana:

ilicitud jurídica ≠ pecado mortal automático ≠ excomunión automática.

Las tres categorías pueden relacionarse, pero no son idénticas.

Mariana también se preocupa por determinar cuándo opera la excomunión ipso iure, es decir, por el hecho mismo de realizar la conducta prohibida. Y aquí se muestra bastante cuidadoso: una sanción tan grave no debe extenderse más allá de lo que establece expresamente la norma.

Por eso insiste en interpretar cuidadosamente las palabras de Pío V. No basta decir: «el Papa condenó los toros» y deducir de ahí que cualquier persona que de cualquier manera se relacione con una corrida queda automáticamente excomulgada. Hay que determinar quién realiza la conducta prohibida, qué conducta realiza y qué sanción está específicamente asociada a ella.

Esto conecta perfectamente con el capítulo anterior. Allí Mariana había llegado a una posición relativamente moderada: los toros pueden ser lícitos si el peligro grave para la vida puede evitarse. Ahora intenta demostrar que esa posición no necesariamente contradice la bula de Pío V.

En el fondo, Mariana interpreta la bula atendiendo a su razón o finalidad. ¿Por qué prohíbe Pío V estos espectáculos? Porque producen «muertes de hombres» y «peligros de almas». Si mediante determinadas medidas desaparece o disminuye sustancialmente ese peligro, Mariana considera que cambia también la situación moral del espectáculo.

Por eso el capítulo XXII es bastante importante para entender su método. Mariana no se limita a citar una autoridad y terminar la discusión. Primero presenta la norma pontificia, después identifica la conducta prohibida, luego analiza su finalidad, posteriormente distingue los sujetos afectados y finalmente estudia las consecuencias jurídicas y morales.

Y hay una tensión interesante entre Pío V y Mariana. Pío V aparece mucho más severo, mientras que Mariana busca delimitar la prohibición y hacerla compatible con la posibilidad de corridas reguladas. Mariana no niega la autoridad de la bula; intenta demostrar que no toda corrida cae necesariamente dentro del supuesto que Pío V quiso condenar.


Capítulo XXIII: La bula de Gregorio

El propio pontífice recuerda que su predecesor, Pío V, había prohibido los espectáculos de toros y otras fieras bajo penas muy graves, incluida la excomunión. Sin embargo, explica que Felipe II de España solicitó una modificación de esa disciplina. El motivo era que la prohibición absoluta había provocado dificultades en los reinos españoles.

Gregorio XIII accede a la petición de Felipe II y establece una distinción decisiva. Levanta las penas y censuras establecidas por Pío V respecto de los laicos y de los soldados, permitiéndoles participar en estos espectáculos, aunque sometidos a determinadas condiciones.

Por tanto, Mariana deja claro que Gregorio XIII no deroga completamente la bula de Pío V. Lo que hace es reducir su alcance. En palabras de Mariana, la nueva bula «no muda la naturaleza de los toros, si es lícito ó ilícito correr los de naturaleza del mismo juego». Es decir, Gregorio XIII modifica fundamentalmente las penas canónicas, pero eso no resuelve automáticamente la cuestión moral.

Esta distinción es muy importante. Mariana está diciendo aproximadamente esto: que desaparezca una excomunión no significa necesariamente que la conducta se haya vuelto moralmente buena. Una cosa es determinar si una conducta constituye pecado y otra establecer qué sanción jurídica eclesiástica se aplica por realizarla.

Gregorio XIII impone además ciertas condiciones. Los espectáculos no deben celebrarse en días de fiesta, y los participantes deben procurar que, en cuanto sea posible, no se produzca ninguna muerte. Mariana cita la bula precisamente en ese sentido: se permite a los laicos y soldados participar «con tal que los dichos fieles soldados no sean ordenados de orden sacra, y que los juegos de toros no se hagan en día de fiesta, no obstante lo que se ha dicho y todas las demás cosas que hagan en contrario; proveyendo empero aquellos a quien toca que por esta causa, en cuanto fuere posible, no se pueda seguir muerte de alguno».

Esto encaja perfectamente con la tesis que Mariana había defendido en el capítulo XXI: el problema fundamental es el peligro de muerte.

Pero queda un grupo fuera de esta flexibilización: los clérigos.

Mariana observa que Gregorio XIII elimina las censuras para laicos y soldados, pero «de donde se puede colegir que las otras personas regulares ó que tienen orden sacro ó beneficio eclesiástico quedan sujetos á las tales censuras». Por tanto, aparentemente la prohibición de Pío V continúa respecto de ellos.

Aquí, sin embargo, Mariana introduce otra precisión histórica. Señala que posteriormente Sixto V promulgó una nueva bula que volvió a modificar la situación respecto de los clérigos. Por eso advierte que no se puede leer a Pío V de manera aislada: hay que considerar la sucesión normativa Pío V → Gregorio XIII → Sixto V.

Y Mariana se pregunta entonces por qué los clérigos estaban sometidos a una disciplina más estricta.

Su respuesta es muy reveladora: por el escándalo y por la dignidad de su estado.

Mariana considera que los clérigos deben dar ejemplo al resto de la sociedad. Aunque determinados espectáculos puedan tolerarse para los laicos, resulta inconveniente que sacerdotes y religiosos concurran a ellos, particularmente porque su presencia puede legitimar socialmente una práctica peligrosa o moralmente dudosa.

Pero nuevamente Mariana evita identificar automáticamente la infracción disciplinaria con el pecado mortal. Incluso se pregunta si la asistencia de un clérigo a una corrida constituye necesariamente pecado mortal y responde con cautela. El hecho de que exista una prohibición eclesiástica grave no significa que en absolutamente todas las circunstancias haya que concluir inmediatamente que existe pecado mortal.

Después Mariana desarrolla una cuestión especialmente interesante: ¿cuándo puede considerarse legítimo un espectáculo peligroso?

Para responder utiliza una comparación con actividades ordinarias. Hay personas que realizan trabajos peligrosos porque necesitan ganarse la vida: marineros, trabajadores, quienes realizan actividades físicamente arriesgadas, etc. El simple hecho de que exista peligro no convierte automáticamente una actividad en ilícita.

Por eso vuelve a distinguir entre un riesgo razonable asociado a una actividad útil y un riesgo grave asumido solamente por diversión.

Ahí está el corazón de su razonamiento.

Mariana admite que «no se puede hacer cosa alguna sin peligro». La vida humana contiene inevitablemente riesgos. No sería razonable prohibir toda actividad simplemente porque alguien puede morir realizándola.

El problema aparece cuando el riesgo es innecesario y desproporcionado.

Por eso cita también los torneos medievales. Recuerda que fueron prohibidos precisamente por el elevado número de muertes que ocasionaban. Si una actividad recreativa produce normalmente graves heridas o muertes, el mero entretenimiento no constituye una justificación suficiente.

Mariana aplica entonces este criterio a las corridas. Si el peligro puede eliminarse o reducirse suficientemente, la situación puede ser tolerable. Pero si la actividad conserva un peligro manifiesto y grave de muerte, la condena de Pío V mantiene toda su fuerza moral.

Esto explica algo que podría parecer contradictorio. Mariana reconoce la bula de Gregorio XIII, que flexibiliza la disciplina, pero al mismo tiempo no concluye que las corridas sean simplemente lícitas.

La bula de Gregorio responde principalmente a la cuestión:

¿Quién está sometido a las censuras establecidas por Pío V?

Mientras que Mariana sigue planteándose otra cuestión:

¿Cuándo es moralmente lícito correr toros?

Son problemas relacionados, pero diferentes.

Hacia el final del capítulo aparece además una crítica muy interesante a los propios clérigos. Mariana señala que algunos habían interpretado la flexibilización de Gregorio XIII como una oportunidad para volver masivamente a estos espectáculos. Le parece particularmente impropio porque quienes tienen una función religiosa deberían evitar aquello que pueda producir escándalo o dar mal ejemplo.

Por eso termina señalando que algunos clérigos «quebrantaron el atrevimiento de los unos y la libertad de opinar de los otros», precisamente porque la relajación de las penas había generado interpretaciones demasiado permisivas.


Capítulo XXIV: La bula de Sixto V sobre los toros

Si Pío V había establecido una prohibición muy severa y Gregorio XIII posteriormente había suavizado parte de ella, Sixto V vuelve a endurecer expresamente la disciplina respecto de los clérigos. Y aquí Mariana encuentra un argumento especialmente fuerte para sostener que, al menos para ellos, la asistencia a las corridas constituye una conducta gravemente ilícita.

Mariana comienza reproduciendo la bula de Sixto V, dirigida al rector y profesores de la Universidad de Salamanca. El Papa explica que ha recibido noticias de que, después de que Pío V prohibiera los espectáculos de toros y otras fieras y Gregorio XIII posteriormente levantara ciertas penas para los laicos y soldados, algunos clérigos habían comenzado nuevamente a asistir a estos espectáculos.

El problema, entonces, era una interpretación demasiado amplia de la flexibilización introducida por Gregorio XIII. Algunos parecían entender que, si las censuras habían sido levantadas para determinados sujetos, la prohibición había perdido prácticamente toda su fuerza. Sixto V rechaza esta interpretación.

La bula recuerda expresamente que Gregorio XIII había levantado las penas únicamente respecto de los laicos y soldados, no respecto de los clérigos. Por consiguiente, las disposiciones anteriores seguían vigentes para quienes pertenecían al estado eclesiástico.

Pero Sixto V va más allá. Mariana reproduce una parte muy significativa de la bula en la cual el Papa señala que los clérigos deben comportarse de manera acorde con su estado, evitando los espectáculos que puedan resultar incompatibles con su dignidad. De ahí que ordene a los profesores, lectores y maestros de Salamanca que no permitan ni toleren que los clérigos asistan a las corridas.

La bula contiene además una fórmula jurídicamente muy fuerte. Sixto V declara que esta prohibición debe cumplirse «no obstante» cualquier constitución, ordenanza, costumbre, privilegio o indulto contrario. Mariana reproduce cuidadosamente esta cláusula porque impide argumentar que una práctica local o una costumbre anterior pudiera legitimar la asistencia.

Más aún, Sixto V dispone expresamente que quedan derogadas todas las disposiciones contrarias exclusivamente en aquello que resulte incompatible con esta prohibición. Es decir, intenta cerrar jurídicamente las posibles vías de excepción.

Mariana aporta después un dato histórico concreto. Señala que la bula fue dada en Roma, en San Pedro, el 14 de abril de 1586, durante el primer año del pontificado de Sixto V. Añade además que su contenido concuerda con un decreto del Concilio de Toledo, celebrado también en 1586, en el cual se ordenó que los clérigos no asistiesen a corridas de toros ni a otros juegos semejantes y que, si lo hacían, fueran castigados por el ordinario.

A partir de aquí Mariana entra en la cuestión moral, y este es probablemente el punto más interesante del capítulo.

En el capítulo anterior había sido relativamente prudente al determinar si la asistencia de un clérigo a los toros constituía necesariamente pecado mortal. Ahora, sin embargo, la bula de Sixto V le proporciona nuevos elementos.

Mariana se fija especialmente en la gravedad de las palabras utilizadas por el Papa. Sixto V no presenta la cuestión como una mera recomendación disciplinaria. Habla en términos severos, ordena que los transgresores sean castigados y permite incluso la utilización de censuras eclesiásticas para hacer cumplir la prohibición.

Por eso Mariana razona aproximadamente así: si se establecen penas tan graves contra una conducta, resulta difícil sostener que esa conducta sea simplemente una falta ligera.

Y formula una pregunta muy reveladora:

«¿quién se podrá persuadir que el Pontífice por un pecado venial se pusiese á hacer una bula ó breve con tan severas palabras...?»

Es decir, Mariana considera poco plausible que Sixto V hubiese utilizado semejante aparato normativo simplemente para combatir un pecado venial.

Esto lleva a Mariana hacia una conclusión más severa respecto de los clérigos: la asistencia voluntaria de un clérigo a las corridas, infringiendo conscientemente esta prohibición, parece constituir pecado grave.

Pero hay que entender bien la razón. Mariana no está afirmando simplemente que «ver toros = pecado mortal». Lo que agrava la situación del clérigo es la combinación de varios elementos: existe una prohibición pontificia expresa; la prohibición se dirige específicamente al estado clerical; pretende evitar el escándalo y preservar la dignidad eclesiástica; y su incumplimiento está acompañado de penas y censuras graves.

Así se entiende mejor toda la secuencia de los tres pontífices.

Pío V había establecido una prohibición general y extremadamente severa de los espectáculos taurinos por el peligro de muerte y por considerarlos incompatibles con la piedad cristiana.

Gregorio XIII, a petición de Felipe II, había levantado determinadas censuras respecto de laicos y soldados, siempre bajo ciertas condiciones, especialmente procurando evitar las muertes.

Sixto V, en cambio, deja claro que aquella flexibilización no debe extenderse a los clérigos y reafirma expresamente la prohibición para ellos.

Mariana, por tanto, no considera que exista necesariamente una contradicción entre los tres papas. Lo que existe es una evolución y delimitación del ámbito de aplicación de las normas.

Capítulo XXV: Conclusión de la obra

Su conclusión sobre el teatro es muy severa. Considera que, atendiendo a la «grandeza del argumento», todavía habría muchísimo más que decir, pero cree haber demostrado suficientemente su posición. Su objetivo no consiste simplemente en corregir algunos excesos particulares del teatro: quiere que desaparezca la práctica tal como existe en su tiempo.

Lo expresa con claridad cuando señala que espera que los príncipes puedan llegar a:

«desterrar como peste de la tierra esta fea y cruel pestilencia».

Pero inmediatamente introduce algo importante. Mariana sabe que su propuesta puede parecer demasiado rigurosa. Por eso reconoce que su juicio podrá parecer «áspero» y que probablemente encontrará pocos partidarios. Sin embargo, insiste en que los espectáculos producen un daño moral que excede el placer que proporcionan.

Aquí aparece nuevamente uno de los grandes principios de toda la obra: el placer no es malo en sí mismo.

Mariana no propone eliminar toda diversión. Su argumento es que los placeres deben estar subordinados a una determinada concepción de la virtud. El problema comienza cuando el entretenimiento produce efectos contrarios al carácter que debe tener el ciudadano.

Por eso escribe que deben evitarse aquellos deleites que «hacen los cuerpos débiles» y que vuelven a los hombres menos aptos para soportar «trabajos, sudores y peligros».

Esta idea es muy importante porque nos muestra que su crítica no es simplemente religiosa. Hay también una dimensión política y antropológica. Mariana piensa que las diversiones contribuyen a formar determinado tipo de ciudadano. Si una sociedad se acostumbra a placeres pasivos, sensuales y excesivos, terminará produciendo ciudadanos incapaces de soportar las dificultades necesarias para defender y gobernar la comunidad.

Por eso contrapone el teatro a otro tipo de actividades.

Mariana recomienda diversiones que ejerciten el cuerpo y formen el carácter: correr, saltar, luchar, montar a caballo, practicar con armas y realizar ejercicios físicos. Incluso menciona actividades como correr caballos, lanzar objetos, practicar con el arco y ejercitarse en otras habilidades semejantes.

La diferencia está en la finalidad. El entretenimiento correcto no debe simplemente producir placer. Debe ser, en la medida de lo posible, una especie de preparación para la virtud y para las obligaciones de la vida pública.

Esto conecta directamente con la tradición clásica que Mariana ha utilizado durante toda la obra, particularmente con Platón y Aristóteles. El ocio no es indiferente políticamente: la manera en que una comunidad se divierte contribuye a determinar la clase de personas que produce.

Mariana desarrolla después una reflexión histórica muy interesante. Recuerda que los teatros habían sido extraordinariamente importantes en Roma, pero señala que finalmente desaparecieron. Y utiliza esa historia como advertencia: aquello que una sociedad considera indispensable puede desaparecer completamente.

Su argumento es aproximadamente este: Roma tuvo espectáculos durante siglos y construyó enormes edificios destinados a ellos. Sin embargo, llegó un momento en que esos espectáculos desaparecieron y los propios teatros quedaron abandonados. Por tanto, no tiene sentido afirmar que una sociedad necesita necesariamente ese tipo de entretenimiento.

Aquí aparece una idea recurrente en Mariana: la costumbre no demuestra la bondad de una institución. Que algo exista desde hace mucho tiempo no significa que sea bueno. Una sociedad puede acostumbrarse precisamente a aquello que la perjudica.

Después Mariana profundiza en una cuestión filosófica: ¿qué clase de placer debe buscar el ser humano?

Y su respuesta es claramente jerárquica. No todos los placeres tienen el mismo valor.

Los placeres corporales son inferiores a los placeres del espíritu. El problema de los espectáculos que critica es precisamente que acostumbran al ser humano a buscar continuamente estímulos sensibles. Frente a eso, Mariana propone placeres vinculados con la razón, el conocimiento y la contemplación.

Aquí su argumentación adquiere un tono casi aristotélico. La felicidad propiamente humana no puede consistir simplemente en satisfacer los sentidos, porque eso es algo que compartimos con los animales. El ser humano posee razón y, por tanto, su perfección debe encontrarse principalmente en las actividades propias de la inteligencia.

Por eso Mariana llega a mencionar explícitamente la contemplación como una forma superior de deleite.

Pero esto no significa que todos deban convertirse en filósofos contemplativos. Mariana es consciente de que la sociedad necesita también actividades recreativas accesibles al conjunto de la población. Su propuesta consiste en que esas diversiones sean compatibles con la formación física, moral y política.

De ahí su defensa de los ejercicios corporales.

Y aquí reaparece incluso el problema de los toros que ocupó los capítulos anteriores. Mariana mantiene la posición que había desarrollado: las actividades físicas y ecuestres pueden ser útiles, pero no deben realizarse de manera que impliquen un peligro innecesario de muerte.

Es decir, incluso al final de la obra mantiene la misma regla: ejercicio sí; riesgo inútil y temerario, no.

También vuelve sobre otro asunto que había tratado anteriormente: los bailes. Su conclusión vuelve a ser matizada. No condena necesariamente toda danza. Lo que rechaza son los bailes que, por sus movimientos o por el contexto en que se realizan, despiertan la lujuria o conducen a comportamientos deshonestos.

Esto confirma algo importante para interpretar correctamente el libro. Mariana no está construyendo una teoría según la cual:

placer = pecado.

Su tesis es más bien:

el placer debe ser compatible con la virtud.

Por eso distingue continuamente. Hay música buena y música corruptora; ejercicios útiles y espectáculos peligrosos; recreaciones honestas y recreaciones deshonestas; placeres corporales moderados y placeres que terminan dominando al individuo.

Hacia el final, Mariana hace una recomendación concreta a quienes gobiernan. Los príncipes y magistrados deberían sustituir los espectáculos perjudiciales por diversiones saludables, no simplemente prohibir todo entretenimiento.

Esta cuestión es importante políticamente. Mariana comprende que una población necesita recreación. Si simplemente se elimina una diversión sin ofrecer alternativas, la prohibición puede resultar inútil. Por eso propone reemplazar los entretenimientos que considera corruptores por ejercicios físicos y actividades compatibles con la virtud.

En este sentido, Contra los juegos públicos no termina simplemente con una prohibición. Termina con una especie de programa alternativo de ocio público.

El ciudadano puede correr, saltar, montar a caballo, ejercitar las armas, practicar actividades corporales y disfrutar de recreaciones moderadas. Quienes posean capacidad y educación suficientes pueden además encontrar placeres superiores en el conocimiento y la contemplación.

Y aquí aparece probablemente la idea filosófica más interesante de toda la conclusión: el ocio también educa.

La formación moral no ocurre únicamente cuando alguien estudia una doctrina o recibe una ley. También se forma el carácter mediante aquello que una persona ve, escucha, canta, baila y hace repetidamente por diversión.

Por eso Mariana concede tanta importancia política a algo que hoy podríamos considerar simplemente entretenimiento. Para él, las costumbres privadas terminan convirtiéndose en costumbres públicas, y las costumbres públicas terminan afectando a la república.

El libro termina además con una declaración personal. Mariana afirma que ha escrito movido por el deseo de servir a la verdad y a la comunidad. Sabe que sus opiniones pueden resultar impopulares, pero espera que quienes gobiernan consideren sus argumentos y adopten las medidas necesarias.

La conclusión del tratado puede condensarse, entonces, de una manera bastante precisa: Mariana no pretende abolir el ocio ni el placer; pretende someterlos a la virtud. Los juegos públicos deben juzgarse por los hábitos que generan en quienes participan en ellos. Si acostumbran al ciudadano a la disciplina, fortaleza y moderación, pueden ser útiles; si fomentan la lujuria, la violencia innecesaria, la ociosidad o la pérdida del dominio racional sobre las pasiones, deben ser restringidos o eliminados.

Esto además permite ver la unidad de todo lo que hemos leído. El teatro, las actrices, la música, la zarabanda, la prostitución y las corridas de toros parecen problemas diferentes, pero Mariana los ha reunido porque para él todos plantean la misma pregunta fundamental:

¿qué clase de seres humanos producen las diversiones de una sociedad?

Y esa pregunta conduce directamente a otra, propiamente política: ¿qué clase de ciudadanos necesita una buena república?


Capítulo XXVI: El estado de las cosas en España

España vive un momento de extraordinaria grandeza, pero precisamente esa prosperidad puede estar generando las condiciones de su decadencia.

Mariana comienza diciendo que, terminada la discusión anterior, le parece oportuno añadir algunas consideraciones sobre «los vicios de nuestra nación». Su propósito declarado es advertirlos para intentar corregirlos antes de que produzcan consecuencias mayores. No está hablando ya únicamente de comedias, bailes o corridas de toros: ahora se pregunta qué está ocurriendo con el carácter de los españoles.

Y comienza reconociendo las virtudes de España. No presenta una imagen puramente negativa. Al contrario, considera que existen elementos extraordinariamente positivos: los estudios florecen como nunca antes, existen premios para las letras y la virtud, hay una gran preocupación por la justicia y, según él, los magistrados se encuentran sometidos a las leyes y a la autoridad.

También destaca especialmente la unidad religiosa. Dice que España se mantiene firme en la religión católica mientras otras naciones se encuentran divididas por conflictos religiosos. Evidentemente, Mariana escribe desde la perspectiva confesional católica de finales del siglo XVI, por lo que considera esa unidad una fortaleza política y religiosa.

A esto añade la expansión exterior. España ha penetrado en territorios lejanos, ha aumentado enormemente su poder y se encuentra en una posición internacional extraordinaria. Mariana reconoce incluso las virtudes que permitieron esa expansión: fortaleza, resistencia al trabajo, capacidad para soportar hambre y dificultades y valor militar.

Pero precisamente aquí comienza su advertencia.

Mariana teme que España esté perdiendo las mismas virtudes que hicieron posible su grandeza.

Mariana observa que las riquezas obtenidas mediante la guerra y la expansión han permitido vivir con mayor comodidad. Pero esa comodidad, según él, está transformándose en lujo, ocio y debilitamiento moral.

Lo formula mediante una comparación entre guerra y paz. Reconoce inmediatamente que la guerra es terrible: destruye campos y ciudades, mata personas, arruina familias y produce innumerables males. No está defendiendo la guerra como algo bueno en sí mismo.

Sin embargo, señala una paradoja: durante la guerra, la necesidad obliga a las personas a desarrollar ciertas virtudes —disciplina, fortaleza, industria, capacidad de sacrificio—, mientras que durante una paz prolongada pueden aparecer ociosidad, lujo, codicia, deshonestidad e indisciplina.

Por eso dice aproximadamente que en tiempo de guerra se despierta la industria, mientras que «en tiempo de paz reina el ocio».

Pero Mariana se anticipa a una objeción evidente: ¿está diciendo entonces que debemos preferir la guerra?

Responde claramente que no.

La guerra sigue siendo peor por los males inmediatos que produce. Su argumento es otro: precisamente porque la paz es preferible, hay que aprender a conservar durante la paz las virtudes que normalmente desarrolla la necesidad durante la guerra.

Por eso Mariana quiere una sociedad capaz de disfrutar de la paz sin caer en el ocio destructivo.

Los espectáculos que ha criticado durante toda la obra no son para él fenómenos aislados. Son síntomas de un problema social mucho mayor: una sociedad que, enriquecida y segura, comienza a sustituir las virtudes activas por el entretenimiento y el lujo.

Mariana introduce entonces el ejemplo histórico de Roma. Los romanos conquistaron enormes territorios gracias a su disciplina y austeridad, pero cuando alcanzaron la riqueza y comenzaron a disfrutar de ella, según la interpretación clásica que sigue Mariana, aparecieron el lujo y la corrupción.

Lo mismo había ocurrido, dice, con otros pueblos. El éxito militar produce riqueza; la riqueza produce comodidad; la comodidad produce ocio; el ocio debilita las virtudes militares y cívicas; y finalmente la sociedad pierde aquello que originalmente le permitió triunfar.

Por eso Mariana teme que España esté entrando en ese mismo ciclo.

Recuerda que España ha sufrido derrotas y dificultades militares precisamente cuando sus fuerzas no estaban suficientemente preparadas. Menciona, entre otras cosas, la expedición contra Inglaterra, es decir, el desastre de la Armada de 1588.

Mariana atribuye parte de aquel fracaso a problemas de preparación y organización. Habla de soldados poco preparados, dificultades de abastecimiento, enfermedades y problemas derivados de las condiciones del mar. No lo reduce todo simplemente a la mala fortuna.

También menciona la muerte de Sebastián de Portugal en África, en la batalla de Alcazarquivir de 1578, como otro ejemplo de los peligros de una empresa militar mal calculada.

Una potencia puede poseer enormes recursos, pero si pierde disciplina, organización, prudencia y preparación, esos recursos pueden resultar inútiles.

Por eso Mariana comienza a hablar de algo muy concreto: la preparación militar de los jóvenes.

En lugar de acostumbrarlos únicamente a placeres, banquetes, juegos y espectáculos, propone ejercitarlos físicamente. Retoma aquí las actividades que ya había mencionado en el capítulo anterior: montar a caballo, correr, saltar, practicar con armas y desarrollar las capacidades corporales necesarias para soportar dificultades.

Incluso critica que algunos jóvenes nobles se preocupen más por la apariencia exterior que por desarrollar habilidades realmente útiles. Describe a jóvenes «habilitados con vino y convites» y preocupados por sus caballos y adornos, pero insuficientemente preparados para la verdadera actividad militar.

Mariana está contraponiendo así apariencia caballeresca y verdadera virtud militar.

Tener un buen caballo, vestirse como caballero o participar en determinadas diversiones aristocráticas no convierte a alguien en buen soldado. Lo importante es disciplina, fortaleza, habilidad y resistencia.

También aparece aquí una preocupación económica muy interesante. Mariana señala que España recibe grandes riquezas mediante el comercio con las Indias y las navegaciones, pero advierte que esas riquezas pueden resultar inútiles si solamente sirven para financiar lujo, «glotonería», ocio y placeres.

Es decir, el problema no es simplemente tener riqueza, sino qué hace una sociedad con ella.

Eso permite entender mejor su crítica al lujo. Mariana no condena la riqueza porque sí. Le preocupa que la abundancia transforme los incentivos y hábitos de la sociedad. Si el dinero obtenido mediante la expansión permite abandonar el trabajo productivo y dedicarse al consumo suntuario, la riqueza termina debilitando la estructura que la hizo posible.

Por eso el capítulo posee también una dimensión económica: la riqueza puede consumir las virtudes productivas de una sociedad si no va acompañada de disciplina.

Hay además una idea muy cercana a lo que posteriormente llamaríamos el problema de la decadencia de los imperios. 

Y precisamente quiere romper ese ciclo en el punto riqueza → ocio.

La solución no consiste en volver voluntariamente a la pobreza o buscar guerras para endurecer a la población. Consiste en utilizar la paz para cultivar deliberadamente las virtudes que antes imponía la necesidad.

Por eso la educación adquiere tanta importancia.

Mariana quiere que los jóvenes aprendan disciplina antes de que una guerra los obligue brutalmente a adquirirla. Quiere que practiquen ejercicios físicos y militares durante la paz para que, cuando llegue una crisis, la sociedad esté preparada.

En ese sentido, su razonamiento tiene bastante coherencia con el capítulo XXV. Allí había explicado qué diversiones debían sustituir a los espectáculos que condenaba. Ahora entendemos mejor por qué insistía tanto en correr, montar a caballo, ejercitar las armas y fortalecer el cuerpo: no era simplemente una cuestión moral. Formaba parte de su concepción de la defensa de la república.

Por eso este capítulo cambia también nuestra lectura del libro entero. Contra los juegos públicos no trata simplemente de que Mariana sea un religioso escandalizado por el teatro, las actrices, la zarabanda o los toros. Su preocupación última es política.

Cree que los hábitos de entretenimiento de una sociedad revelan y al mismo tiempo forman su carácter.

Y al mirar la España de finales del siglo XVI ve una contradicción enorme: España nunca ha sido tan poderosa, pero esa misma grandeza está produciendo hábitos que podrían hacerla menos poderosa en el futuro.

Dice que los españoles se han vuelto «tan delicados y regalados» que ya no soportan las dificultades propias de la guerra. Le preocupa especialmente que las ciudades fortificadas hayan quedado descuidadas. Señala que muchas fortalezas y murallas están deterioradas y que, en algunos casos, ni siquiera se reparan después de haber sufrido daños.

Como durante muchos años no existe una amenaza inmediata, las personas comienzan a pensar que las defensas ya no son necesarias. Pero cuando aparece nuevamente el peligro, ya es demasiado tarde para improvisarlas.

Por eso Mariana recuerda una máxima militar: una fortaleza debe prepararse antes de que aparezca el enemigo, no cuando este ya se encuentra frente a las murallas.

Y pone como contraste el reinado de los Reyes Católicos. Según Mariana, después de la conquista de Granada, Fernando e Isabel ordenaron reparar y fortalecer numerosas plazas y fortalezas. Su punto no es simplemente histórico: quiere mostrar que los gobernantes prudentes utilizan los períodos de tranquilidad para prepararse para las crisis futuras.

A partir de allí pasa a algo todavía más preocupante: no solamente faltan fortalezas, sino también armas y preparación militar entre la población.

Mariana pregunta retóricamente si existen suficientes armas en las casas y ciudades españolas. Su respuesta es claramente negativa. Afirma incluso que muchas personas poseen armas solamente de apariencia, mientras que carecen de verdadera preparación para utilizarlas.

Por eso insiste nuevamente en la educación de los jóvenes. Dice que los soldados deberían ejercitarse desde pequeños y aprender las artes necesarias para la guerra. Lo que le preocupa es que España tenga fama de potencia militar mientras las nuevas generaciones están perdiendo las habilidades que hicieron posible esa reputación.

Menciona a los ingleses, que ejercitan a los jóvenes con el arco; a los venecianos, que practican con ballestas; y a otros pueblos que mantienen ejercicios físicos y militares durante la paz.

La idea es sencilla: la capacidad militar no aparece espontáneamente cuando comienza una guerra; se construye durante la paz.

Esto encaja perfectamente con su argumento anterior. Mariana no quiere guerras permanentes para mantener fuertes a los españoles. Quiere que la paz sea utilizada para entrenarse, educarse y prepararse.

Después el texto cambia progresivamente desde el problema militar hacia el problema moral.

Mariana vuelve a preguntarse qué están haciendo los españoles en lugar de ejercitarse. Y su respuesta es muy crítica: comer, beber, celebrar banquetes, buscar placeres y entretenerse.

El problema, entonces, no es solamente que hayan abandonado ciertos ejercicios. Es que esos ejercicios han sido sustituidos por un estilo de vida que Mariana considera incompatible con las antiguas virtudes españolas.

Incluso critica el cuidado excesivo del aspecto exterior. Habla de personas preocupadas por la vestimenta, los caballos, los adornos y las apariencias, mientras se descuidan las cualidades realmente necesarias para la defensa de la república.

Para Mariana, el lujo no es simplemente gastar mucho dinero. Tiene consecuencias antropológicas y políticas: acostumbra al individuo a la comodidad, disminuye su capacidad para soportar dificultades y transforma sus prioridades.

El hombre acostumbrado constantemente a la comodidad se vuelve menos capaz de soportar hambre, frío, cansancio, peligro o sacrificio.

Por eso lujo y debilidad militar aparecen relacionados.

Pero Mariana va todavía más lejos y entra en la educación.

Se pregunta qué se está enseñando a los niños y jóvenes. Su preocupación es que las nuevas generaciones están siendo formadas precisamente en aquellos hábitos que después critica en los adultos.

Por eso vuelve a una idea que ha atravesado todo Contra los juegos públicos: aquello que vemos, escuchamos y repetimos termina formando nuestras disposiciones morales.

El teatro, las canciones, los bailes, los banquetes, los juegos y los espectáculos no son, para Mariana, simples entretenimientos neutrales. Son mecanismos de formación de costumbres.

Vuelve al problema de los espectáculos y especialmente a las representaciones teatrales. Se queja de que incluso determinadas prácticas que considera deshonestas han penetrado en ambientes religiosos.

La crítica se vuelve especialmente dura cuando habla de los templos. Para Mariana, resulta escandaloso que ciertas representaciones, músicas o comportamientos que considera impropios puedan encontrarse incluso dentro de espacios dedicados al culto.

Su argumento es que se ha producido una especie de inversión: aquello que antiguamente habría provocado vergüenza comienza a aceptarse como normal.

Y esta es otra idea muy importante del capítulo: la corrupción moral avanza mediante habituación.

  • Al principio una práctica escandaliza.
  • Después se tolera.
  • Luego se vuelve habitual.
  • Finalmente deja incluso de percibirse como problemática.

Por eso Mariana insiste tanto en la vergüenza. Desde nuestra perspectiva contemporánea puede resultar extraño, pero dentro de su pensamiento la vergüenza cumple una función social: constituye una barrera que impide determinados comportamientos.

Cuando desaparece esa barrera, desaparece también uno de los mecanismos que contienen las pasiones.

Esto explica una frase especialmente significativa del fragmento cuando se pregunta, en esencia, qué pensarían los antepasados españoles si vieran las costumbres actuales.

Mariana utiliza constantemente el contraste entre los antiguos españoles y los españoles de su época. Los primeros aparecen como austeros, fuertes, trabajadores y disciplinados; los segundos comienzan a aparecer como cómodos, lujosos y entregados al entretenimiento.

Evidentemente, hay aquí una idealización del pasado, algo bastante característico de la literatura moral. Pero esa idealización cumple una función argumentativa: proporcionar un modelo con el cual juzgar el presente.

Después Mariana introduce una cuestión todavía más grave para él: la educación religiosa.

Le preocupa que los niños puedan aprender canciones, expresiones o comportamientos deshonestos mientras reciben insuficiente formación religiosa. Se pregunta qué aprenden realmente los niños y qué escuchan en sus hogares y en la sociedad.

Si un niño escucha continuamente determinadas canciones, presencia determinados espectáculos y vive rodeado de determinados ejemplos, Mariana piensa que todo ello va formando progresivamente su carácter.

Y las costumbres dependen en gran medida de la educación y de aquello a lo que las personas se acostumbran desde jóvenes.

Por consiguiente, corromper la educación significa, a largo plazo, corromper la república.

Esto permite comprender mejor por qué Mariana dedica una obra tan extensa a algo que aparentemente podría parecernos menor, como los espectáculos públicos.

Para él no son menores.

Son parte de la educación informal del pueblo.

Una comedia, una canción, un baile o una corrida congregan a miles de personas y les presentan modelos de conducta, emociones y formas de entender el placer. Por eso pueden tener, según Mariana, consecuencias políticas.

Al final del fragmento vuelve nuevamente sobre el problema religioso y dice algo especialmente revelador: los males que observa en la república no deben entenderse solamente como problemas particulares. Son síntomas de una enfermedad colectiva.

Por eso enumera males como la lujuria, el ocio, la pérdida de disciplina, el deterioro de las costumbres y el abandono de determinadas prácticas religiosas.

Conclusión

En Contra los juegos públicos, Juan de Mariana parte de una pregunta aparentemente pequeña —cómo se divierte un pueblo— para terminar planteando una cuestión mucho mayor: qué clase de sociedad estamos construyendo con aquello que elegimos para entretenernos. Para Mariana, los espectáculos revelan y al mismo tiempo educan las costumbres: acostumbrarse a contemplar la violencia, la lujuria, el exceso o la vulgaridad termina haciendo familiar aquello que antes parecía reprochable. Su crítica, por tanto, no es simplemente contra el teatro, los toros, los bailes o la música, sino contra una sociedad que confunde diversión con abandono de sí misma. En el fondo, toda la obra contiene una advertencia política: la decadencia de una república puede comenzar no en sus guerras ni en sus instituciones, sino silenciosamente, en los placeres a los que sus ciudadanos se acostumbran.