DISCURSO SOBRE LA HISTORIA UNIVERSAL
La historia como ciencia crítica y normativa en Ibn Jaldún
Ibn Jaldún establece desde el inicio la dignidad epistemológica de la historia, definiéndola no como un simple repertorio de relatos, sino como una ciencia noble por su objeto, su utilidad práctica y la relevancia de sus resultados. La historia permite conocer las costumbres de los pueblos antiguos, las acciones de los profetas y las formas de gobierno de los reyes, pero su valor no es meramente erudito: constituye una fuente indispensable para quienes buscan comprender y administrar los asuntos humanos, tanto espirituales como temporales. Así, la historia se presenta como un saber orientado a la acción, estrechamente vinculado con el arte de gobernar y con la vida social.
Sin embargo, Ibn Jaldún advierte que este valor solo se alcanza cuando la historia se apoya en métodos rigurosos y conocimientos diversos. El acceso a la verdad histórica exige investigación atenta, esfuerzo sostenido y una base amplia que incluya la experiencia, los principios del gobierno, la naturaleza del desarrollo social y las circunstancias propias de la sociedad humana. La simple transmisión tradicional de relatos no basta: sin contraste, sin comparación entre pasado y presente, y sin juicio racional, el historiador queda expuesto al error y al extravío.
El autor subraya con fuerza los peligros de una historiografía acrítica. Muchos historiadores reputados —incluso expertos en tradiciones— han incurrido en graves equivocaciones precisamente por aceptar indiscriminadamente todo tipo de relatos, lo verdadero y lo falso, sin someterlos a principios generales ni a reglas racionales. La ausencia de análisis filosófico, de comparación con casos análogos y de conocimiento de la naturaleza humana conduce a una historia ilusoria, más cercana a la ficción que a la verdad.
Ibn Jaldún identifica un ámbito especialmente propenso al error: el de los números, como las cifras de riquezas o de ejércitos. En estos casos, las exageraciones y embustes son frecuentes, y solo pueden ser detectados mediante el control racional basado en principios generales y en el buen sentido.
Ejemplos de historiadores
Masudí, uno de los grandes historiadores y geógrafos del mundo islámico medieval, a menudo llamado “el Heródoto de los árabes”, sostiene que Moisés, al hacer el censo en el desierto, encontró más de seiscientos mil hombres aptos para las armas, mayores de veinte años. Esta cifra procede de la tradición bíblica (Libro de los Números) y fue reproducida por historiadores musulmanes al narrar la historia de Banī Isrāʾīl.
Jaldún dice que para dar estas tremendas cifras, los historiadores debieron preguntarse si Siria y Egipto eran capaces de proporcionar aquel numero de guerreros y mantenerlos, es decir, para el historiador esto parece inverosímil.
Todo reino —afirma— solo puede mantener un número de soldados acorde con sus medios financieros y productivos. El gasto militar está necesariamente limitado por la capacidad económica del Estado; si el número de soldados excede esa capacidad, el sistema se vuelve inviable. Un ejército excesivamente numeroso no solo es económicamente insostenible, sino también tácticamente inoperante. En un terreno limitado, un cuerpo de tropas tan vasto se extendería más allá del campo visual, impidiendo la coordinación, el mando y la comunicación entre alas. La guerra, en tales condiciones, se vuelve imposible. Ibn Jaldún apela aquí a la experiencia concreta del combate y a las leyes prácticas de la organización militar, desmontando la verosimilitud de cifras exageradas transmitidas por la tradición.
Dice Jaldún:
''El pasado y el futuro se parecen como dos gotas de agua''
El imperio persa superaba con mucho al reino de los judíos, tanto en extensión territorial como en recursos. Como prueba histórica concreta, recuerda la conquista de Judá por Nabucodonosor II, quien destruyó Jerusalén y puso fin a la soberanía política y religiosa del pueblo israelita. El dato clave es que este caudillo no era el soberano supremo, sino un gobernador provincial —un sátrapa— lo que subraya aún más la desproporción de fuerzas entre ambos Estados.
El imperio persa, que incluía regiones vastísimas como los dos Irak, Jorasán, Transoxiana, las Puertas del Caspio y Berbanda. Este dominio territorial era incomparablemente mayor que el de los israelitas; sin embargo, incluso con semejante base económica y demográfica, los ejércitos persas nunca alcanzaron cifras cercanas a los cientos de miles de combatientes que algunos historiadores atribuían a Banī Isrāʾīl.
Ibn Jaldún recurre a ejemplos militares documentados. Cita la batalla de Batalla de al-Qadisiyya, donde, según Saif ibn Umar, el mayor ejército persa reunido alcanzó unos 120.000 combatientes, cifra que se eleva a poco más de 200.000 al incluir asistentes. Otras autoridades, como Aisha bint Abi Bakr y Al-Zuhri, reducen aún más el número, señalando que el ejército persa comandado por Rostam Farrokhzad frente a Sa'd ibn Abi Waqqas contaba con unos 60.000 hombres, cada uno con su asistente.
Si Banī Isrāʾīl hubiese contado realmente con cientos de miles de guerreros, su dominio —afirma— habría debido expandirse de manera proporcional. La fuerza militar no es un dato aislado: implica recursos, población abundante y capacidad de control territorial. Un ejército numeroso genera, casi necesariamente, un poder expansivo.
A partir de este principio general, Ibn Jaldún introduce una ley histórica que luego desarrollará sistemáticamente en el Libro Primero: los reinos son grandes o pequeños según la magnitud de su población y de sus efectivos militares. El poder político no surge del azar ni de relatos tradicionales, sino de condiciones materiales y sociales concretas.
Su territorio nunca alcanzó grandes dimensiones. Del lado de Siria, no se extendió más allá del Río Jordán y Palestina; y del lado del Hiyaz, solo llegó hasta Yathrib (Medina) y Khaybar. Un pueblo con un dominio reducido no puede haber sostenido un ejército desmesurado.
Según los investigadores y las propias fuentes tradicionales, solo cuatro generaciones separan a Moisés de Israel (Jacob). La línea genealógica —Moisés, Amrán, Yashar, Qahat, Leví, Jacob— muestra una sucesión breve, lo que establece un marco temporal preciso para evaluar la plausibilidad del crecimiento poblacional. Ibn Jaldún subraya que esta genealogía no es conjetural, sino que proviene del Pentateuco, en particular del Éxodo (cap. VI), lo que refuerza el peso de la fuente.
Genealogía
A continuación, apela al testimonio de Al-Masʿūdī, quien precisa el dato cronológico: Israel entró en Egipto con setenta personas en total —los hijos, jefes de tribu y sus descendientes— y la permanencia del grupo en Egipto hasta el éxodo bajo Moisés habría sido de aproximadamente 220 años, bajo dominio de los faraones. Este dato es crucial porque permite calcular el crecimiento demográfico dentro de un período concreto y relativamente corto.
Es inverosímil que, en solo cuatro generaciones y en poco más de dos siglos, una familia de setenta individuos se transforme en cientos de miles de hombres aptos para la guerra. No se trata de negar el relato religioso, sino de someter sus cifras a un examen racional conforme a las leyes naturales del crecimiento humano, a la experiencia histórica y a la proporción.
Señala que entre Salomón e Israel (Jacob) median solo once generaciones, las cuales enumera cuidadosamente a partir de la genealogía bíblica. Acepta que, en once generaciones, la descendencia de un solo hombre podría alcanzar centenares o algunos miles, pero considera imposible que llegue a cifras que se multiplican “por decenas de veces”, como afirman ciertos historiadores. El punto no es negar el crecimiento, sino marcar sus límites naturales.
Cita los datos de los anales bíblicos que indican que la guardia de Salomón estaba compuesta por 12.000 infantes y una caballería de 1.400 caballos (con variantes textuales que mencionan cifras mayores para carros y caballos). Para Ibn Jaldún, estas cifras —aunque elevadas— son verosímiles y coherentes con la extensión territorial y el grado de prosperidad del reino en su momento de máximo esplendor. Precisamente por tratarse del apogeo del reino judío, cualquier exageración posterior queda aún más en evidencia. Ibn Jaldún afirma que solo los datos corroborados por fuentes coherentes y por la razón histórica merecen crédito, mientras que las tradiciones exageradas deben ser descartadas como embustes.
Al describir imperios, ejércitos, finanzas públicas o lujos de los potentados —ya sean musulmanes o cristianos—, los hombres tienden a dejarse arrastrar por lo descomunal, excediendo los límites que la experiencia cotidiana demuestra como posibles. Esta tendencia no es accidental, sino una constante del espíritu humano, atraído por lo extraordinario y lo grandioso.
A continuación, Ibn Jaldún contrasta esas exageraciones con la realidad verificable. Afirma que, si se consultara directamente a los responsables de la administración militar, o si se investigara con rigor la situación económica de los ricos, sus privilegios y gastos reales, apenas se encontraría una fracción —ni siquiera la décima parte— de lo que los relatos históricos suelen afirmar. Con ello, vuelve a insistir en la necesidad de confrontar los discursos con los hechos efectivos, y de no confundir la fama o la apariencia con la realidad material.
El núcleo de la crítica recae, sin embargo, en el historiador negligente. Ibn Jaldún acusa a muchos de no comprobar los datos, de no buscar los errores —sean involuntarios o deliberados— y de no mantener el justo medio en la narración. En lugar de someter los relatos a un análisis crítico, permiten que su lengua “corra libre”, transformando la historia en un terreno propicio para la mentira y la distorsión. Aquí la falta no es solo intelectual, sino también ética: el historiador tiene la responsabilidad de custodiar la verdad.
¿Milagros en el crecimiento de la población?
Ahora bien, Ibn Jaldún reconoce que alguien podría sostener que el crecimiento extraordinario del pueblo de Israel no debe juzgarse según la experiencia ordinaria, pues habría sido el resultado directo de un milagro divino, conforme a la promesa hecha por Dios a Abraham, Isaac y Jacob. En este marco, la multiplicación hasta cifras inmensas no sería un fenómeno natural, sino un prodigio sobrenatural, y por tanto no podría ser tachado de falso por criterios históricos comunes.
Ibn Jaldún acepta plenamente esta posibilidad y no la rechaza. De hecho, afirma explícitamente que, si se trata de un milagro, los acontecimientos ordinarios no se oponen en nada al relato, y nadie debería considerarlo falso. Con ello establece una distinción fundamental: la historia natural y social opera bajo leyes regulares, mientras que el milagro constituye una ruptura excepcional de ese orden, que no puede ser evaluada con los mismos criterios. La razón histórica tiene límites, y uno de ellos es el ámbito de la intervención divina extraordinaria.
A continuación, Jaldún descarta otro posible ataque: la acusación de que el Pentateuco habría sido alterado. Señala que esta opinión carece de valor entre críticos serios, pues la experiencia demuestra que las comunidades religiosas no suelen falsificar deliberadamente sus libros sagrados. Apoya esta afirmación citando la autoridad de Al-Bukhari, reforzando así su defensa de la integridad textual desde una perspectiva islámica. Con ello, Ibn Jaldún se distancia tanto del escepticismo radical como de la credulidad acrítica.
El crecimiento extraordinario de Banī Isrāʾīl fue un milagro ajeno al curso natural, pero no implicó inmediatamente un poder militar ni un imperio. Los israelitas no eran originariamente guerreros ni habían fundado un reino; su multiplicación tenía como finalidad la futura conquista de Canaán, purificada por la voluntad divina. Entonces, reconoce el milagro en el plano teológico, pero mantiene que, fuera de esos casos excepcionales, la historia debe regirse por leyes naturales, proporción y experiencia. De este modo, afirma que Dios guía a los hombres hacia la verdad, tanto por medio de los prodigios como mediante el orden racional del mundo.
Otras narraciones históricas inconsistentes
Se refiere a los relatos sobre los Tobbaʿ (Tubbaʿ), reyes himyaríes del Yemen y de la península arábiga, a quienes algunas tradiciones atribuyen conquistas desmesuradas que abarcarían desde el Magreb hasta China y Constantinopla. El autor no niega la existencia histórica de estos soberanos, pero cuestiona frontalmente la verosimilitud de tales campañas, que contradicen la experiencia, la geografía y las capacidades reales de los reinos antiguos.
Ibn Jaldún resume estas leyendas señalando que los Tobbaʿ habrían partido del Yemen para combatir a los bereberes en Ifriqiya, invadir el país de los turcos, penetrar en el Tíbet y hasta devastar China, dejando allí tribus himyaríes. Incluso se afirma que uno de estos reyes, Ifrīqish, habría dado nombre a los bereberes por burlarse de su lengua. Para Ibn Jaldún, estas historias revelan una clara confusión entre mito, etimología popular y propaganda, pues pretenden explicar el origen de pueblos enteros mediante episodios anecdóticos y poco plausibles.
Estas versiones fueron transmitidas por historiadores prestigiosos como Al-Tabari, Al-Masʿudi, Al-Kalbi y Al-Bayhaqi, lo que demuestra que incluso las autoridades más reconocidas pueden incurrir en errores cuando abandonan el juicio crítico. En particular, Ibn Jaldún destaca que los genealogistas bereberes rechazan con razón la pretensión de hacer descender a tribus como los Sanhaja y los Kutama de Himyar, pues no existe base genealógica sólida para ello.
El relato alcanza su punto más extremo cuando se atribuye a los Tobbaʿ conquistas simultáneas de Persia, Transoxiana, China, Asia Menor y Constantinopla. Ibn Jaldún presenta estos episodios casi como una acumulación deliberada de exageraciones: ejércitos que cruzan desiertos imposibles, campañas en continentes enteros y hermanos que se encuentran “casualmente” en China tras haber devastado países distintos. La logística, el tiempo, los recursos humanos y la organización política necesarios para tales hazañas superan con creces lo que cualquier reino del Yemen antiguo pudo haber sostenido.
Entonces, los relatos sobre las supuestas conquistas universales de los Tobbaʿ pertenecen al ámbito de la fantasía, no al de la historia. Para demostrarlo, abandona la mera negación y aplica su método más característico: el análisis geográfico concreto. Señala que el reino de los Tobbaʿ estaba encerrado dentro de la península arábiga, con capital en Saná, y rodeado por mares en tres de sus lados: el océano Índico al sur, el golfo Pérsico al este y el mar Rojo al oeste. Esta delimitación física convierte en altamente problemática cualquier empresa militar de largo alcance fuera de Arabia.
A partir de esta base, Ibn Jaldún razona sobre la única ruta posible hacia el Magreb: el paso por Suez, cruzando territorios que no pertenecían a los Tobbaʿ. Aquí introduce un principio político-militar esencial: ningún ejército numeroso puede atravesar tierras ajenas sin control político previo. Un monarca solo puede movilizar grandes fuerzas a larga distancia si los territorios intermedios están sometidos, aliados o tributarios. Fuera de esas condiciones, la marcha de un ejército se vuelve impracticable.
En la época referida, los amalecitas, cananeos y coptos ocupaban respectivamente esas regiones, y no existe ninguna tradición fiable que indique guerras o dominación de esos pueblos por parte de los Tobbaʿ. La ausencia total de testimonios sobre conquistas intermedias invalida de raíz la posibilidad de expediciones tan lejanas como las que narran las leyendas. Para Ibn Jaldún, el silencio de las fuentes donde debería haber abundancia es una prueba negativa decisiva.
Un ejército en marcha necesita cantidades inmensas de víveres y forraje. Si atraviesa territorio enemigo, debe saquear; si transporta provisiones desde su país, necesita animales de carga en número imposible. En ambos casos, la operación fracasa. Y la hipótesis de que pueblos extranjeros abastecieran pacíficamente a ejércitos invasores es, para Ibn Jaldún, todavía más absurda. Aquí se anticipa claramente una teoría de la logística militar que solo se formalizará siglos después.
Ibn Jaldún remata su crítica a las narraciones fabulosas sobre los Tobbaʿ atacando uno de sus elementos más llamativos: el supuesto “río de arena” (wādī al-rimāl) que habría impedido el paso de un ejército en el Magreb. El argumento es empírico y contundente: jamás se oyó hablar de tal río en una región intensamente recorrida durante siglos por caravanas y ejércitos en todas direcciones. La inexistencia de cualquier referencia consistente convierte ese detalle en una invención literaria, reproducida no por su verdad, sino por su exotismo y capacidad de despertar curiosidad.
Aun concediendo que el acceso oriental es más amplio que el istmo de Suez, la distancia es mucho mayor y, sobre todo, los obstáculos políticos son decisivos. Antes de alcanzar las tierras de los turcos o el Tíbet, cualquier ejército debería atravesar Persia y Asia Menor, territorios dominados por potencias sólidas como los persas y los griegos. Y aquí el criterio histórico vuelve a ser negativo: no existe tradición fiable alguna que afirme que los Tobbaʿ conquistaran Persia ni los dominios griegos de Asia Menor.
Reconoce que los Tobbaʿ combatieron en zonas limítrofes —entre Bahréin, al-Ḥīra, Iraq y Arabia— contra reyes de la dinastía kianí y, más tarde, contra los sasánidas. Estas hostilidades son históricamente verosímiles y están documentadas. Pero una cosa son conflictos de frontera y otra muy distinta campañas transcontinentales que atraviesan múltiples imperios sin dejar rastro político ni administrativo.
La cantidad de pueblos hostiles en el trayecto, la necesidad permanente de víveres y forrajes, y la enorme longitud del recorrido. Aquí vuelve a aplicar su principio rector: los acontecimientos históricos deben juzgarse conforme al curso normal de los hechos, no según deseos, prestigio retrospectivo o imaginación épica. Incluso relatos procedentes de “buena fuente” deben ser rechazados si contradicen la razón y la experiencia.
Finalmente, Ibn Jaldún introduce una lectura correctiva de las fuentes. Señala que cuando Ibn Ishaq habla de una expedición oriental del último Tobbaʿ, debe entenderse razonablemente como una campaña hacia Iraq y Persia, no hacia los países de los turcos ni el Tíbet. De este modo, muestra cómo el trabajo del historiador consiste también en restringir y precisar los relatos, no en aceptarlos en su forma más grandilocuente.
Por lo tanto, ningún relato debe ser creído sin examen. Todo acontecimiento ha de ser reflexionado, analizado minuciosamente y confrontado con los cánones de veracidad dictados por el buen sentido. Solo así se alcanza la conclusión más sólida posible. Y, como remate teológico que armoniza razón y fe, Ibn Jaldún afirma que Dios orienta siempre hacia la verdad, tanto por el orden racional del mundo como por la rectitud del juicio humano cuando este se ejerce con rigor.
Opúsculo
Ibn Jaldún dirige su análisis hacia un terreno especialmente delicado: las interpretaciones históricas excesivas realizadas por algunos exégetas del Corán. Señala que la narración que más se aparta de la verosimilitud es la que ciertos hermeneutas construyen a partir de la sura al-Fajr:
«¿No has visto de qué manera tu Señor trató a Aad Iramdzat-el-Imad?»
Ciertos intérpretes del Corán sostienen que “Iram” sería el nombre de una ciudad real, adornada con ʿimād, es decir, columnas monumentales. Según esta lectura, el versículo coránico no estaría aludiendo de forma general a un pueblo poderoso, sino describiendo una ciudad concreta, fastuosa y material.
Luego explica cómo estos narradores construyen una historia genealógica completa a partir de esa suposición. Dicen que ʿĀd sería hijo de Aws, hijo de Iram, y que de ʿĀd nacieron dos hijos, Shadīd y Shaddād, quienes se sucedieron en el trono. Aquí Ibn Jaldún nos deja ver algo importante: cuando falta información real, muchos historiadores rellenan los vacíos imitando los modelos de las monarquías conocidas, inventando linajes, sucesiones y reyes, como si toda sociedad antigua debiera parecerse a los reinos bien documentados.
Shaddād, quien queda como soberano absoluto tras la muerte de su hermano. Según el relato, todos los reyes de los alrededores se someten a él, lo cual ya introduce una exageración evidente. Shaddād escucha la descripción del Paraíso y decide construir uno igual en la Tierra. Aquí se confunden dos planos que no deben mezclarse: el Paraíso como realidad escatológica y simbólica, y la arquitectura humana. El error no es religioso, sino intelectual: trasladar lo que pertenece al orden divino y moral al plano material, como si pudiera copiarse con piedra, oro y jardines.
Después vienen los datos más claramente fantásticos. Se afirma que Shaddād vivió novecientos años, y que la ciudad tardó trescientos años en construirse. Ibn Jaldún no discute estas cifras una por una, porque su objetivo es otro: mostrar que estas duraciones rompen con toda experiencia humana conocida, con los ciclos de vida, con la organización del trabajo y con la transmisión del poder entre generaciones. Son números propios del mito, no de la historia.
Una vez terminados los últimos detalles de la obra —esa ciudad paradisíaca construida por Shaddād— el rey se dirige hacia ella acompañado de sus súbditos. Sin embargo, cuando aún se encuentran a un día y una noche de distancia, se desencadena desde lo alto del cielo un clamor terrible y atronador que provoca la muerte inmediata de todos. Ibn Jaldún indica cuidadosamente quiénes transmiten este relato: historiadores y exégetas como al-Tabarí, al-Thaʿalibí, al-Zamakhsharí, entre otros.
En otro relato, se dice que ʿAbd Allah ibn Qallaba, compañero del Profeta, salió un día a buscar unos camellos perdidos y encontró casualmente unas ruinas riquísimas, de las cuales tomó cuanto pudo cargar. Cuando la noticia llega al califa Muʿawiya ibn Abi Sufyan, manda llamar a Ibn Qallaba para que relate lo sucedido. Acto seguido, el califa manda a llamar a Kaʿb al-Ahbar, famoso transmisor de relatos antiguos. Al ser consultado, Kaʿb afirma sin vacilar que esas ruinas corresponden a Iram dhāt al-ʿImād, y añade una profecía extraordinariamente precisa: dice que durante el reinado de Muʿawiya entraría en esa ciudad un musulmán de tez rojiza, de baja estatura, con un lunar en la sien y otro en el cuello, y que ese hombre estaría buscando sus camellos. Al girarse y ver a Ibn Qallaba, lo identifica inmediatamente como el personaje anunciado.
Desde aquella época jamás volvió a oírse noticia alguna de una ciudad como Iram. Si realmente hubiese existido una urbe tan extraordinaria —con columnas gigantescas, riquezas incomparables y dimensiones colosales—, habría dejado huellas claras en la memoria histórica, en la geografía o al menos en las tradiciones locales. Sin embargo, no existe ninguna referencia sólida que confirme su presencia en ningún lugar del mundo.
Luego centra su atención en el lugar donde se dice que fue construida: los desiertos de Adén, en el centro del Yemen. Ibn Jaldún dice que esta región no ha estado jamás deshabitada. Por el contrario, ha sido transitada constantemente por caravanas, comerciantes, guías y viajeros, que han recorrido sus rutas en todas direcciones durante siglos. Si una ciudad de tales características hubiese existido allí, no habría pasado inadvertida. El silencio total de quienes conocían y atravesaban la región es, para él, una prueba contundente contra la veracidad del relato.
Señala que ningún cronista ni narrador, ni musulmán ni extranjero, ha mencionado jamás la existencia de semejante ciudad. Si se dijera que la ciudad fue destruida y desapareció, como ocurrió con tantos otros monumentos antiguos, el relato podría resultar verosímil. Pero los autores de la leyenda afirman algo mucho más problemático: que la ciudad aún existe, que sigue en pie.
Algunos sostienen que la ciudad de Iram sería Damasco, apoyándose en la idea de que la tribu de ʿĀd habría ocupado esa región. Para él, esta explicación no resuelve nada: se trata simplemente de reubicar la fábula en un lugar conocido, sin pruebas históricas ni continuidad documental. No hay evidencia alguna que permita identificar a Damasco con la Iram coránica. Algunos llegan a afirmar que Iram es invisible, y que solo puede ser percibida por hombres dedicados a la alta devoción o a la magia. todas estas suposiciones no pertenecen al ámbito de la historia, sino al de los mitos y las fantasías propias de cuentistas. No se trata de interpretaciones piadosas ni de tradiciones respetables, sino de relatos que han abandonado toda relación con la razón, la experiencia y el examen crítico.
Los hermeneutas quisieron “dar razón” de una determinada construcción lingüística del versículo, en la que la expresión dhāt al-ʿimād aparece como calificativo de Iram. Al entender ʿimād en el sentido de columnas, concluyeron precipitadamente que Iram debía ser un edificio o una ciudad construida, y no un pueblo o una denominación tribal.
Este error se agravó porque algunos intérpretes, siguiendo un ejemplo atribuido a ʿAbd Allah ibn al-Zubayr, asumieron que la expresión debía leerse como una anexión gramatical (iḍāfa), algo así como “Iram de las columnas”. A partir de esa lectura formal, dedujeron una realidad material: una ciudad concreta, monumental, con columnas, palacios y riquezas. Para Ibn Jaldún, aquí se produce el salto ilegítimo: de una cuestión gramatical se pasa a una afirmación histórica sin pruebas.
Ibn Jaldún aclara que la palabra ʿimād no significa exclusivamente columnas de piedra. En su uso originario designa también los postes de las tiendas, es decir, elementos propios de la vida nómada. Por tanto, el término puede aludir perfectamente a un rasgo del pueblo de ʿĀd, sin necesidad de suponer una ciudad de mármol y esmeraldas. Incluso concediendo —dice— que ʿimād se entienda como columnas arquitectónicas, eso solo indicaría que los ʿaditas eran buenos constructores y físicamente poderosos, algo que ya formaba parte de su reputación tradicional, no que existiera una ciudad única y mítica llamada Iram.
A continuación, Ibn Jaldún ofrece la interpretación correcta desde la lengua árabe: la relación entre Iram y dhāt al-ʿimād puede entenderse igual que muchas relaciones tribales habituales en árabe, como Quraysh–Kināna, Ilyās–Muḍar o Rabīʿa–Niẓār. En estos casos, un nombre no designa un edificio, sino una rama, linaje o cualidad de un grupo humano. Así, Iram dhāt al-ʿimād puede significar simplemente “Iram, la de la fuerza / las columnas”, del mismo modo que se califican tribus por sus atributos.
Por eso, Ibn Jaldún afirma que no había ninguna necesidad de llevar la interpretación tan lejos, ni de inventar ciudades desaparecidas, ruinas fabulosas o relatos llenos de prodigios. Todo ese edificio narrativo surge de una mala lectura lingüística, amplificada por la imaginación y transmitida sin crítica, hasta convertirse en lo que él llama claramente “historietas quiméricas”.
El Libro de Dios está completamente libre de este tipo de interpretaciones. No es el Corán el que induce al error, sino los intérpretes que abandonan la sobriedad del lenguaje, la razón y la experiencia, y proyectan sobre el texto sus fantasías. El Corán —insiste Ibn Jaldún— no necesita mitos para enseñar, ni fábulas para advertir; su verdad no contradice la realidad.
El califa Harún al-Rashid
El caso que examina es muy conocido: la supuesta razón por la cual el califa Harún al-Rashid decidió destruir el poder de los Barmécidas. Según la versión popular, todo se explicaría por una aventura amorosa entre al-ʿAbbasa, hermana del califa, y Jaʿfar ibn Yahya, hijo de Yahya ibn Khalid.
El relato, tal como lo resumen los historiadores que Ibn Jaldún critica, sostiene que Harún al-Rashid, por afecto hacia ambos y por compartir aficiones como el vino, habría permitido que Jaʿfar y al-ʿAbbasa contrajeran matrimonio con una condición absurda: que no mantuvieran relaciones íntimas. La historia continúa diciendo que la princesa, enamorada, recurrió a la astucia para verse con Jaʿfar en secreto y que, en un momento de embriaguez, quedó encinta. Descubierto el hecho, el califa habría reaccionado con furia, ordenando el exterminio político de los Barmécidas.
Ibn Jaldún se detiene aquí con indignación evidente. Considera esta historia repugnante e inverosímil, no solo por su contenido escandaloso, sino porque ignora por completo el contexto social, religioso y moral de los personajes implicados. Para él, atribuir semejante conducta a al-ʿAbbasa es una falta grave de juicio histórico. No se trata de defender personas concretas, sino de entender qué comportamientos son plausibles en determinados entornos sociales.
Por eso, Ibn Jaldún recuerda con detalle la genealogía y la posición de al-ʿAbbasa. Ella era hija del califa al-Mahdi, nieta de al-Mansur, y descendiente directa de al-ʿAbbas ibn ʿAbd al-Muttalib, tío del Profeta. Apenas la separaban cuatro generaciones de ese linaje fundador del islam. Vivía, además, en un entorno todavía cercano al primer ideal religioso, no en una corte decadente y corrompida como algunos relatos posteriores pretenden sugerir.
Ibn Jaldún insiste en que al-ʿAbbasa era hija y hermana de califa, rodeada del prestigio del trono abasí, de la dignidad del califato como vicariato del Profeta y del respeto debido a los Compañeros del Enviado de Dios. A su juicio, resulta inconcebible que una mujer de tal rango, formación y entorno abandonara el pudor, la castidad y la dignidad para entregarse a un comportamiento propio de relatos frívolos. La pregunta que formula es demoledora: si la virtud no se encontrara en una mujer como al-ʿAbbasa, ¿dónde podría encontrarse entonces?
Los Barmécidas, aunque elevados por el favor abasí, eran clientes de origen persa, antiguos servidores incorporados a la élite por decisión política. Para Ibn Jaldún, es absurdo suponer que Harún al-Rashid —conocido por su altivez y dignidad— habría consentido casar a su hermana con un cliente extranjero, manchando así la nobleza árabe de su linaje. La elevación de los Barmécidas fue una gracia política, no una igualdad de estatus.
Que los abasíes distinguieran a los Barmécidas no significa que los consideraran iguales en nobleza ni aptos para matrimonios dinásticos. Confundir promoción política con igualdad social es, para él, un error grave de comprensión histórica.
Cualquier persona que reflexione con serenidad —dice— y que evalúe la conducta esperable de una princesa abasí, rechazaría inmediatamente este relato. No haría falta refutarlo con documentos: bastaría comprender el contexto humano y social. Por eso concluye que esta historia debe ser descartada sin vacilación y desmentida, pues no resiste el menor examen racional.
La desgracia de los Barmécidas no tuvo nada que ver con escándalos amorosos, sino con algo mucho más serio y estructural: la apropiación efectiva del poder del Estado. Su caída fue consecuencia directa de la conducta que adoptaron al concentrar en sus manos la totalidad de la autoridad imperial, hasta vaciar de contenido el poder del propio califa Harún al-Rashid.
Según Ibn Jaldún, los Barmécidas llegaron a controlar completamente las finanzas públicas. Administraban todas las rentas del imperio de tal manera que el califa, en ocasiones, se veía reducido a pedir pequeñas sumas de dinero, que además no se le concedían con facilidad. Esta imagen es demoledora: el soberano nominal del imperio islámico dependía económicamente de sus propios ministros. En términos reales, ya no ejercía soberanía.
Este punto es crucial en el pensamiento de Ibn Jaldún: quien controla los recursos controla el poder. Aunque el título de califa seguía perteneciendo a Harún al-Rashid, el ejercicio efectivo de la autoridad había pasado a manos de los Barmécidas. Ellos participaban decisivamente del gobierno, hasta el extremo de que el califa ya no disponía libremente de la administración de su imperio. La soberanía había sido vaciada desde dentro.
Ibn Jaldún describe luego la expansión desmesurada de la influencia barmécida. Su poder se había extendido por todos los ámbitos del Estado y su renombre llegaba a regiones muy alejadas. No se trataba solo de influencia en la corte: la dignidad misma del imperio había quedado absorbida por una sola familia.
Todos los cargos importantes —visires, ministros, comandantes militares, chambelanes, altos funcionarios civiles, cargos de la espada y de la pluma— estaban ocupados directamente por miembros de los Barmécidas o por personas protegidas por ellos. El resto de la élite quedaba completamente marginada, sin posibilidad de acceso al poder ni participación en la administración. El Estado había dejado de ser un aparato plural para convertirse en una estructura familiar cerrada.
Ibn Jaldún aporta incluso un dato concreto para mostrar el grado de esta monopolización: se decía que en la corte de Harún al-Rashid había veinticinco grandes dignatarios, entre civiles y militares, y que todos eran hijos de Yahya ibn Khalid. Estos desplazaban físicamente a los demás cortesanos, disputándoles los cargos “a empellones”. La imagen es deliberadamente gráfica: el poder no se compartía, se acaparaba.
La razón de este dominio absoluto se explica por la relación personal entre Yahya ibn Khalid y el califa. Yahya había sido tutor de Harún al-Rashid cuando aún era príncipe heredero, y luego continuó dirigiendo los asuntos del imperio cuando este se convirtió en califa. Harún había crecido bajo su protección, literalmente “a la sombra de sus alas”. De este modo, Yahya adquirió una ascendencia total sobre él, hasta el punto de que el propio califa lo llamaba “padre mío”.
Los miembros de la familia Barmécida recibían de Harún al-Rashid un trato privilegiado y favores constantes. Sin embargo, esa cercanía con el califa no produjo moderación, sino todo lo contrario: generó insolencia, exceso de confianza y una influencia sin límites claros. Para Ibn Jaldún, este es un signo inequívoco de decadencia política: cuando el favorecido olvida su condición de servidor y comienza a comportarse como dueño del poder.
En su presencia se inclinaban las cabezas, se depositaban esperanzas y ambiciones. Es decir, el centro real de gravedad del poder ya no era el califa, sino los Barmécidas. Esto es crucial: en la lógica jalduniana, cuando el reconocimiento simbólico del poder se desplaza, el derrumbe del equilibrio político es solo cuestión de tiempo.
Desde las regiones más lejanas del imperio, reyes y emires enviaban regalos suntuosos directamente a los Barmécidas. No lo hacían por cortesía, sino para ganar su favor personal, lo que implica que las decisiones importantes ya no se esperaban del soberano, sino de sus ministros. De este modo, las rentas del imperio fluían hacia sus arcas privadas, no como ingresos legales, sino como tributos informales destinados a comprar influencia.
Ibn Jaldún subraya un punto decisivo: los Barmécidas redistribuían generosamente esos recursos. Concedían dones a los partidarios de la dinastía abasí, ayudaban económicamente a los nobles empobrecidos, liberaban prisioneros y ejercían actos de beneficencia pública. Todo esto les granjeaba elogios y alabanzas… que ya no recibía el califa. Es decir, se apropiaron no solo del poder material, sino también del capital moral y político del gobierno.
Además, otorgaban cargos, favores y valimientos a quienes invocaban su generosidad, creando una red clientelar propia, paralela y más eficaz que la del soberano. Al mismo tiempo, se apropiaban de aldeas, tierras y propiedades tanto en los suburbios de las ciudades como en las provincias, consolidando así una base económica independiente del Estado.
El dominio de los Barmécidas provocó el descontento general de los cortesanos, la ira de los allegados al soberano y el resentimiento de los grandes dignatarios del Estado. Lo que antes se disimulaba por conveniencia —envidia, celos, frustración— ahora emerge abiertamente. Ibn Jaldún usa una imagen muy elocuente: la calumnia se desliza como escorpiones hasta los lechos de los Barmécidas, aun cuando estos se hallaban “bajo el amparo del trono”. Es decir, ni siquiera la protección del califa podía ya contener el clima de hostilidad que los rodeaba.
Luego introduce a los delatores más encarnizados, entre los que se encontraban los hijos de Qaḥṭaba, tíos maternos de Yafar al-Barmaki. Aquí Ibn Jaldún subraya algo importante: ni los lazos de sangre bastaron para frenar el odio. El resentimiento político había superado incluso los vínculos familiares, lo que demuestra hasta qué punto los Barmécidas habían concentrado poder y generado enemistades.
A este clima externo se sumaba el conflicto interior del propio soberano, Harún al-Rashid. Ibn Jaldún describe con gran finura psicológica el estado del califa: celos, disgusto latente, sensación de estar bajo tutela y, sobre todo, el amor propio herido. El califa ya no se sentía dueño de su imperio. A esto se añadía un rencor silencioso alimentado por actos repetidos de presunción y familiaridad excesiva por parte de los Barmécidas, que persistían en su conducta hasta rozar —y finalmente cruzar— el umbral de la desobediencia grave.
El ejemplo decisivo que presenta Ibn Jaldún es el caso de Yaḥyā, descendiente de Ali ibn Abi Talib, miembro de la familia alí y hermano de Muḥammad al-Mahdī, conocido como an-nafs az-zakiyya (“el alma pura”), quien se había rebelado contra el poder abasí. Según Al-Tabari, Yaḥyā fue persuadido por al-Faḍl, hijo de Yaḥyā el Barmécida, para abandonar su rebelión en Daylam y regresar a Bagdad bajo una salvaguardia firmada de puño y letra por el califa, además de recibir una enorme suma de dinero.
El califa confió el prisionero a Yaʿfar, para que lo mantuviera detenido en su palacio. Durante un tiempo, la orden se cumplió. Pero luego Yaʿfar, abusando de su cercanía con el soberano, liberó al cautivo por decisión propia. El motivo alegado fue el respeto a la familia del Profeta; sin embargo, Ibn Jaldún deja claro que la verdadera razón era otra: demostrar que podía hacerlo todo, que su poder estaba por encima incluso de los decretos del califa.
Cuando Harún al-Rashid confrontó a Yaʿfar, este confesó el hecho. El califa fingió aprobación, pero guardó un resentimiento profundo. Este momento es clave: la ruptura no fue inmediata, pero quedó sellada interiormente. Para Ibn Jaldún, aquí Yaʿfar allanó él mismo el camino de su ruina y la de toda su casa.
Con actos como este, el “trono” de los Barmécidas comenzó a desmoronarse: el cielo de su gloria se desplomó, la tierra se hundió bajo sus pies y fueron arrastrados con todas sus pertenencias. Su caída se convirtió así en un ejemplo histórico para la posteridad, exactamente el tipo de lección política que Ibn Jaldún considera esencial para una historia verdaderamente científica.
cualquiera que examine con atención el curso del Imperio abasí y la Conducta de los Barmécidas reconocerá que existían causas reales, suficientes y objetivas para su ruina. No fue un accidente ni una anécdota moralizante, sino el resultado lógico de una acumulación de factores políticos. Ibn Jaldún subraya así su método: la historia debe juzgarse por las dinámicas del poder, no por relatos sensacionalistas.
A continuación cita a Ibn Abd Rabbih, quien recoge una conversación transmitida por su tío abuelo paterno, Dāwūd ibn ʿAlī, mantenida con Harún al-Rashid sobre el colapso de los Barmécidas. Este testimonio aparece en la obra Al-ʿIqd al-Farīd, y se complementa con un diálogo relatado por Al-Asmaʿi, sostenido en un ambiente familiar entre el califa y Al-Fadl ibn Yahya. Todo ello refuerza la idea de que la desgracia de los Barmécidas no fue súbita ni injustificada, sino largamente gestada.
De estos relatos se desprende con claridad —dice Ibn Jaldún— que su perdición fue causada por la rivalidad y la envidia que habían despertado, tanto en el ánimo del califa como entre los cortesanos. La causa profunda fue siempre la misma: el acaparamiento total del poder administrativo, que dejó al soberano y a la corte en una posición de subordinación humillante. El poder excesivo genera inevitablemente enemigos, y los Barmécidas los habían acumulado en todos los niveles del Estado.
Ibn Jaldún añade un elemento particularmente revelador: la poesía como arma política. Los enemigos palatinos de los Barmécidas utilizaban versos satíricos y ambiguos, introducidos maliciosamente en el entorno del califa a través de cantores y poetas, con el fin de herir su orgullo y reavivar su resentimiento. La poesía, en la cultura cortesana islámica, no era un adorno, sino un medio poderoso de insinuación y crítica velada.
El verso citado es especialmente significativo, porque insinúa que quien no ejerce realmente el poder es impotente. Al oírlo, Harún al-Rashid reaccionó con una exclamación reveladora: «Ciertamente, ¡por Dios!, soy un impotente». Con ello Ibn Jaldún muestra cómo estas insinuaciones lograron activar el conflicto interior del soberano, tocando el punto más sensible: su autoridad real.
Atribuir a Harún al-Rashid una vida de embriaguez resulta incompatible con lo que se conoce de su carácter, de su conducta pública y de su modo de ejercer el califato. Para Ibn Jaldún, aceptar tales relatos implicaría renunciar a cualquier criterio serio de verosimilitud histórica.
A continuación enumera una serie de rasgos positivos y comprobables del califa: su escrupuloso cumplimiento de los deberes religiosos, su sentido de la justicia social y, sobre todo, su preferencia por rodearse de hombres reconocidos por su saber y su piedad. No eran cortesanos frívolos quienes ocupaban su entorno más íntimo, sino figuras ascéticas y moralmente exigentes, cuyas palabras lo conmovían hasta las lágrimas y lo movían al arrepentimiento y a la oración. La imagen que construye Ibn Jaldún es la de un gobernante espiritualmente sensible, no la de un libertino.
Refuerza esta imagen recordando prácticas concretas: Harún al-Rashid realizaba con regularidad la peregrinación a La Meca, participaba con fervor en los ritos, y se mostraba vigilante incluso en los momentos más íntimos de la devoción, como cuando se levantaba antes del alba para no perder la oración prescrita. Estas observaciones no son anecdóticas: para Ibn Jaldún, la regularidad ritual es un indicador histórico fiable del carácter.
Luego cita a Al-Tabari y a otros historiadores para subrayar un dato particularmente elocuente: Harún al-Rashid realizaba diariamente cien rakaʿāt como obras supererogatorias (oraciones voluntarias), y alternaba cada año entre la guerra en defensa del Islam y la peregrinación. Ibn Jaldún no presenta esto como santidad legendaria, sino como testimonio histórico transmitido por fuentes acreditadas.
Aunque el califa ríe espontáneamente ante la broma, marca de inmediato un límite infranqueable: el Corán y la religión no son objeto de burla. Este gesto revela, para Ibn Jaldún, una personalidad equilibrada: capaz de humanidad y humor, pero profundamente consciente del respeto debido a lo sagrado.
A partir de ahí, Ibn Jaldún introduce un argumento genealógico y cultural decisivo: Harún al-Rashid estaba muy próximo cronológicamente a la generación fundadora del poder abasí. Su abuelo, Al-Mansur, era célebre por su saber, su austeridad y su piedad. Harún no heredó un trono ya corrompido por siglos de lujo, sino una tradición todavía marcada por la sobriedad, la disciplina y el ideal religioso.
El relato culmina con una escena clave: el consejo que Al-Mansur dio a Malik ibn Anas, instándolo a escribir el Al-Muwatta. Ibn Jaldún incluye esta anécdota para mostrar el ambiente intelectual y moral del que procedía Harún al-Rashid: un poder que promovía el saber jurídico equilibrado, evitando tanto el laxismo como el rigor excesivo, y buscando una vía clara y accesible para la comunidad.
Al-Mahdi, hijo de Al-Mansur y padre de Harun al-Rashid, sorprende a su propio padre negociando con sastres para remendar ropa vieja de la servidumbre, en vez de adquirir prendas nuevas con fondos públicos. El detalle no es anecdótico: Ibn Jaldún lo introduce para mostrar hasta qué punto Al-Mansur llevaba el escrúpulo fiscal y moral al extremo, incluso en asuntos aparentemente menores.
La reacción de Al-Mahdi es reveladora: se avergüenza de esa austeridad, pero no la cuestiona desde el punto de vista ético. No propone gastar dinero del tesoro, sino ofrecer sus propios emolumentos personales para vestir a la familia. La respuesta de Al-Mansur es igualmente significativa: acepta el gesto del hijo, pero se cuida de que ni un solo gasto recaiga sobre el erario de los musulmanes. Para Ibn Jaldún, este intercambio cristaliza un principio central del buen gobierno: la separación estricta entre lo público y lo privado.
A partir de esta escena, Ibn Jaldún formula una pregunta retórica decisiva: ¿cómo sería razonable suponer que Harún al-Rashid, formado tan de cerca por hombres de esta índole, educado en un ambiente de austeridad, escrúpulo y autocontrol, pudiera haberse entregado al vicio del vino de forma abierta y habitual? La argumentación no es teológica, sino histórico-moral: los caracteres no surgen de la nada, sino que se moldean por el ejemplo inmediato.
Luego añade un argumento cultural más amplio: incluso antes del islam, muchos árabes nobles evitaban el vino por considerarlo un vicio indigno. Ibn Jaldún recuerda que la vid no era propia del suelo árabe y que el consumo de alcohol no formaba parte del ideal tradicional de nobleza. Con ello desmonta la idea —muy difundida en crónicas tardías— de una aristocracia árabe naturalmente inclinada a la embriaguez cortesana.
Finalmente, el pasaje culmina subrayando que Harún al-Rashid y sus predecesores eran extremadamente celosos de su reputación moral, tanto en el plano religioso como en el social. El califa no solo debía ser justo, sino parecerlo, encarnar visiblemente los valores de honestidad, moderación y perfección moral que el ideal árabe-islámico exigía a quien gobernaba.
En conjunto, Ibn Jaldún no está simplemente “defendiendo” a Harún al-Rashid: está enseñando a leer la historia. Frente a relatos sensacionalistas, propone atender a la coherencia entre educación, contexto cultural, prácticas familiares y conducta pública. Este pasaje es un ejemplo paradigmático de su método: desmontar la fábula no con indignación ciega, sino con razonamiento histórico apoyado en costumbres, estructuras sociales y transmisión ética.
Gabriel ibn Bakhtishu
Ibn Jaldún introduce el episodio del médico Gabriel ibn Bakhtishu recurriendo a dos autoridades historiográficas mayores, Al-Tabari y Al-Masudi, para reforzar la credibilidad del relato. El propósito no es narrar una anécdota curiosa, sino demostrar indirectamente la conducta personal de Harún al-Rashid frente al vino, punto central de la polémica que Ibn Jaldún viene desmontando.
El relato comienza con un detalle cotidiano: se sirve pescado en la mesa del califa Harun al-Rashid, y su médico se lo prohíbe por razones de salud. El médico ordena que el pescado sea enviado a su propia casa, lo que despierta la sospecha del califa. Aquí Ibn Jaldún subraya el carácter vigilante y racional del soberano: no reacciona con ira, sino que manda discretamente seguir al médico para comprobar si este incumple su propia prescripción.
Ibn Bakhtishu divide el pescado en tres porciones y las somete a distintos tratamientos: una mezclada con otros alimentos, otra con agua fría y la tercera con vino puro. Este experimento culinario tiene un fin médico: demostrar que el pescado combinado con vino se conserva, mientras que las otras combinaciones se corrompen rápidamente. El resultado confirma la explicación del médico y sirve para justificar su conducta ante el califa.
Sin embargo, Ibn Jaldún extrae de este episodio una conclusión mucho más importante que la anécdota misma: el hecho de que el médico use vino como reactivo demuestra que el consumo de vino no era habitual en la mesa del califa. Si Harún al-Rashid hubiera sido bebedor, el uso del vino no habría resultado llamativo ni habría requerido justificación alguna. El episodio presupone, por el contrario, que el vino estaba ausente del entorno cotidiano del soberano.
Ibn Jaldún refuerza esta conclusión con otro ejemplo: el castigo impuesto al poeta Abu Nuwas, conocido por su afición al vino. El califa lo manda encarcelar hasta que se arrepiente y renuncia públicamente a ese hábito. Para Ibn Jaldún, esto prueba que Harún al-Rashid no solo evitaba el vino, sino que combatía su consumo cuando lo consideraba moralmente peligroso.
A continuación introduce una distinción jurídica crucial. Harún al-Rashid bebía nabīdh de dátiles, una bebida fermentada leve, cuya licitud era aceptada por los juristas hanafíes de Iraq. Ibn Jaldún insiste en que esto no es vino de uva, que está explícitamente prohibido en el islam. La aclaración es fundamental: muchas leyendas posteriores confunden deliberadamente ambas bebidas para desacreditar al califa.
El argumento se amplía al plano dinástico. Ibn Jaldún afirma que la casa abasí, en sus primeras generaciones, conservaba todavía la sobriedad beduina: sencillez en el vestir, austeridad en el ornamento y rechazo del lujo excesivo. Incluso cita que los califas anteriores montaban a caballo con adornos apenas de plata, y que el oro no se introdujo hasta generaciones posteriores, con Al-Mu'tazz. Si eran sobrios en lo visible, razona Ibn Jaldún, con mayor razón lo eran en lo moral.
¿Cómo sería razonable creer que una dinastía tan celosa de lo lícito abandonara lo permitido para entregarse a lo prohibido? Aquí Ibn Jaldún vuelve a su principio metodológico central: la historia debe juzgarse según la coherencia entre contexto social, derecho, costumbres y carácter, no por relatos sensacionalistas repetidos sin crítica.
El caso de Yahya ibn Aktham, cadí y jurista cercano al califa Al-Ma'mun, es un ejemplo más del mismo fenómeno que ha venido denunciando: la fabricación de leyendas morales para desacreditar a figuras eminentes del poder y del saber. El relato popular —según el cual Yahya habría bebido vino hasta embriagarse y habría sido enterrado bajo flores por sus compañeros— es presentado por Ibn Jaldún no como una anécdota inocente, sino como una calumnia nacida del resentimiento y la envidia.
El autor comienza desmontando el núcleo del relato: la acusación de embriaguez. Insiste en que lo que se bebía en la mesa del califa no era vino de uva (khamr), sino nabīdh, bebida fermentada leve de dátiles, considerada lícita por los juristas hanafíes de Iraq. Ibn Jaldún subraya un punto esencial: la embriaguez es incompatible con la conducta conocida de Yahya ibn Aktham, y no existe ninguna prueba seria de que haya ocurrido. El error historiográfico consiste en confundir licitud jurídica con corrupción moral.
A continuación, Ibn Jaldún refuerza su argumento describiendo la relación personal entre Yahya y Al-Ma'mun. No se trataba de una amistad fundada en el placer, sino en la afinidad religiosa y moral. Ambos compartían habitación, rezaban juntos la oración del alba y se trataban con respeto y cuidado mutuo. El califa bajando silenciosamente del lecho para no despertar a su compañero y saciar su sed es presentado como una prueba de carácter, modestia y consideración espiritual, completamente incompatible con la imagen de una convivencia disoluta.
Recuerda que Yahya ibn Aktham pertenece al círculo de los grandes transmisores de la Tradición profética. Cita explícitamente la autoridad de Ahmad ibn Hanbal, del cadí Ismail y de At-Tirmidhi, quienes aceptaron y transmitieron hadices por su autoridad. Añade que incluso Al-Bukhari lo incluyó entre sus garantes. Para Ibn Jaldún, este dato es definitivo: atacar el honor moral de Yahya equivale a socavar la credibilidad de toda la ciencia del hadiz.
Al-Muzani, reconocido como ḥāfiẓ (erudito de altísimo nivel en tradiciones), afirma que Al-Bukhari, en una obra distinta de su célebre recopilación de hadices, citó a Yahyā ibn Aktham como uno de sus garantes. Esto es crucial: ser aceptado como transmisor por al-Bujārī equivale a un certificado máximo de fiabilidad moral e intelectual dentro del islam sunní. Para Ibn Jaldún, este solo dato vuelve prácticamente imposible cualquier acusación de corrupción personal grave.
Atacar el carácter de Yahyā ibn Aktham no es atacar solo a un individuo, sino poner en cuestión la autoridad de todos los grandes sabios que confiaron en él. La calumnia, por tanto, no se detiene en la persona difamada, sino que se extiende como un daño estructural al edificio entero de la tradición religiosa y científica.
En el segundo movimiento del texto, Ibn Jaldún califica la acusación de inclinaciones sexuales perversas como algo “imperdonable”, y emplea una expresión de enorme peso teológico: afirma que es como mentir contra Dios mismo, porque supone atribuir falsedad a quienes custodian y transmiten el conocimiento sagrado. Aquí se ve con claridad su ética historiográfica: la mentira contra los sabios no es solo un error histórico, sino una falta moral y religiosa.
Luego explica el origen real de estas acusaciones: no son hechos, sino invenciones de enemigos movidos por la envidia. Los méritos excepcionales de Yahyā ibn Aktham y la cercanía que tenía con el califa lo convirtieron en un blanco natural de resentimientos. Ibn Jaldún muestra así un mecanismo social recurrente: cuanto más alto es el prestigio de un sabio, mayor es la tentación de desacreditarlo mediante escándalos.
Su exclamación indignada —«¿quién ha podido proferir semejante embuste?»— funciona como veredicto definitivo. Ibn Hanbal no solo rechaza la acusación, sino que la combate explícitamente y refuerza los elogios hacia Yahyā. Con esto, Ibn Jaldún muestra cómo debe actuar la verdadera autoridad intelectual frente a la calumnia: defender la verdad, no repetir rumores.
También tenemos la reacción del Ismail ibn Ishaq, quien responde con una súplica a Dios para que no se permita que un espíritu justo sea manchado por la mentira de un malvado o de un envidioso. Esta reacción no es retórica: Ibn Jaldún la usa como testimonio directo de alguien que conoció personalmente a Yahyā ibn Aktham, y que puede dar fe de su conducta. Ismail afirma haber conocido sus sentimientos más íntimos y haberlo considerado siempre un hombre profundamente temeroso de Dios. El único “defecto” que admite es su carácter jovial y afable, rasgo que —según Ibn Jaldún— suele ser precisamente el que despierta sospechas injustas y facilita la calumnia entre quienes confunden severidad con virtud.
Luego añade la opinión de Ibn Hayyan, quien incluye a Yahyā ibn Aktham entre los transmisores fiables de la tradición. Su juicio es tajante: las historias que circulan sobre él no merecen ninguna atención, porque no son más que una cadena de mentiras. Aquí Ibn Jaldún refuerza su argumento con un principio metodológico claro: cuando una figura es reconocida como autoridad en la transmisión del saber religioso, los relatos escandalosos sin prueba deben ser descartados de plano.
A continuación, Ibn Jaldún amplía el análisis introduciendo otro ejemplo del mismo tipo de falsificación histórica: el relato transmitido por Ibn Abd Rabbih sobre el supuesto episodio romántico que habría conducido al matrimonio del califa Al-Ma'mun con Burān, hija de al-Hasan ibn Sahl. Resume el relato con cuidado: la escena nocturna, el cesto suspendido, el lujo deslumbrante, el encuentro con la joven bellísima, el vino, la noche que pasa sin que se advierta el tiempo. Ibn Jaldún no se detiene en el encanto del relato, sino que lo presenta como una construcción literaria diseñada para seducir al lector.
Después viene el golpe crítico decisivo: pregunta cómo puede conciliarse ese cuento con lo que se sabe del carácter real de al-Ma'mun. Enumera sus rasgos históricos verificables: su piedad, su saber, su respeto por la ley islámica, su afán por imitar a los califas rectos, su cercanía a los ulemas, su vida intelectual y religiosa disciplinada. Para Ibn Jaldún, no basta con que una historia sea posible en abstracto: debe ser compatible con el carácter, la posición social y el contexto moral del personaje.
Jaldún nos hablara sobre el joven Burān. Pregunta cómo podría encajar tal conducta con su noble linaje, su educación y la reputación de virtud que la rodeaba en la casa de su padre. De este modo, Ibn Jaldún muestra que la leyenda falla por ambos lados: degrada al califa y degrada a la mujer, reduciendo a personajes históricos complejos a figuras de novela libertina.
Sostiene que este tipo de relatos —escándalos, aventuras nocturnas, excesos privados atribuidos a grandes personajes— abundan en las obras de muchos historiadores, no porque sean verdaderos, sino porque responden a las inclinaciones humanas hacia lo prohibido, al gusto por vulnerar la decencia y por fisgonear en la intimidad ajena. Estas historias sirven, según él, como justificación indirecta del libertinaje: quien desea entregarse a ciertos vicios busca amparo en ejemplos atribuidos a figuras prestigiosas del pasado.
Por eso tales personas se aferran con tanto entusiasmo a estas fábulas, rebuscándolas en compilaciones históricas, mientras ignoran deliberadamente los rasgos verdaderamente dignos de imitación de esos mismos autores y gobernantes: su rectitud, su disciplina, su sentido del deber, su nobleza de carácter. Ibn Jaldún lamenta que no comprendan que la verdadera grandeza histórica no está en las anécdotas licenciosas, sino en las virtudes que explican la permanencia de su fama.
El ejemplo personal que añade —el reproche dirigido a un príncipe aficionado a la música— refuerza esta idea. No niega que un miembro de una dinastía haya destacado en ese arte, pero subraya que tomar como modelo el rasgo que contribuyó a su decadencia es un error. La enseñanza es clara: no todo lo que existió en los grandes hombres es digno de imitación, y elegir mal el modelo conduce a la pérdida del rango, la dignidad y el propósito.
Kairuán y los aglabíes
Jaldún sitúa cronológicamente los hechos: todo ocurre antes de que los chiíes arrebataran Kairuán a los aglabíes. Luego describe la expansión progresiva de los obeidíes (fatimíes), que triunfan sucesivamente en Ifrīqiya y el Magreb, después en Yemen y Alejandría, y finalmente en Egipto, Siria e Hiyaz. Esta enumeración no es casual: busca mostrar que su avance fue sistemático, amplio y sostenido, hasta el punto de disputar palmo a palmo el dominio del imperio islámico a los abasíes.
A continuación, Ibn Jaldún introduce un ejemplo clave: al-Basāsīrī, un dailamita que llegó a proclamar la causa obeidí en la misma Bagdad, corazón del poder abasí. Durante un año entero, se llegó a mencionar a los obeidíes en los púlpitos de las mezquitas de Irak. Esto ilustra el grado extremo de debilidad abasí y, al mismo tiempo, la fuerza real del movimiento rival. No se trató de una revuelta marginal, sino de una amenaza estructural al califato.
El argumento se refuerza al recordar que los abasíes, además de esta presión interna, sufrían amenazas externas: los omeyas de al-Ándalus también los hostigaban desde el otro lado del Mediterráneo. El imperio estaba cercado política y simbólicamente.
Para reforzar su tesis, introduce el contraejemplo de Qarmat (el qarmatí): un impostor que sí pretendía falsamente descender del Profeta. Su movimiento fue rápidamente desenmascarado, sus seguidores dispersados y su empresa acabó en ruina. Esto demuestra el principio general que Ibn Jaldún quiere establecer: los fraudes políticos y genealógicos no resisten la prueba del tiempo ni del poder efectivo.
La dinastía obeidita se mantuvo en el poder durante cerca de doscientos setenta años. No solo gobernó territorios periféricos, sino que llegó a controlar los lugares más sagrados del islam: la Estación de Abraham, el oratorio, la patria y sepulcro del Profeta, los destinos del peregrinaje y los lugares vinculados a la presencia angélica. Esta enumeración tiene un peso decisivo: quien domina esos espacios no puede ser un simple impostor tolerado momentáneamente.
Luego, Ibn Jaldún pone el acento en la adhesión sincera y persistente de sus partidarios. Durante generaciones, estos seguidores obedecieron a la dinastía con la convicción íntima de que su origen provenía legítimamente del imán Ismail, hijo de Jaʿfar al-Ṣādiq. Esa convicción no desapareció con la caída del poder obeidita: incluso después de su extinción política, sus partidarios siguieron alzándose en armas, proclamando los derechos de sus descendientes al califato y apelando a disposiciones testamentarias de imanes anteriores.
A partir de esto, Ibn Jaldún introduce un argumento psicológico y social muy característico de su método: nadie arriesga la vida, los bienes y la seguridad colectiva durante tanto tiempo por una mentira que sabe falsa. Si los seguidores hubieran tenido la menor duda sobre la autenticidad del linaje, no habrían afrontado peligros tan enormes ni sostenido una causa derrotada durante generaciones.
Después añade un principio general: todo innovador digno de crédito, que habla anticipando hechos claros y no ambiguos, no se contradice a sí mismo. Es decir, la coherencia sostenida a lo largo del tiempo es un signo de autenticidad histórica, incluso cuando el contenido doctrinal pueda ser erróneo o herético.
Desde ahí, Ibn Jaldún dirige una crítica directa al cadí Abu Bakr al-Bāqillānī, reprochándole haber aceptado rumores débiles y mal fundados sobre el linaje obeidita. Según Ibn Jaldún, su error proviene del odio doctrinal hacia los principios chiíes, considerados impíos y heréticos. Ese rechazo teológico, sostiene, no debía nublar el juicio histórico.
Reconocer la legitimidad genealógica no implica aprobar la doctrina religiosa. Al-Bāqillānī podría haber admitido la autenticidad de su descendencia sin concederles salvación, rectitud ni justificación ante Dios.
Para reforzar esta separación entre linaje y valor moral o religioso, Ibn Jaldún recurre a dos autoridades supremas: el Corán y el Profeta. Cita el versículo donde Dios dice a Noé que su hijo no es “de su familia” por haber obrado impíamente, mostrando que la filiación biológica no garantiza rectitud espiritual. Luego recuerda la exhortación del Profeta a Fátima, donde deja claro que ni siquiera el parentesco con él la exime de la responsabilidad personal ante Dios.
El investigador
Cuando una persona alcanza la certeza de una idea, tiene el deber de comunicarla. No se trata de una opción personal, sino de una responsabilidad ante la verdad. Por eso apela al Corán, subrayando que Dios es veraz y guía por el camino recto. Con ello deja claro que la búsqueda histórica no es neutral ni decorativa, sino una forma de servicio a la verdad frente a la mentira, especialmente cuando esta se ha difundido y consolidado socialmente.
Luego explica la situación de extrema vulnerabilidad en que se encontraron durante largo tiempo los partidarios de la familia de Alí. Vivían bajo la sospecha permanente de los gobernantes abasíes, eran vigilados como posibles rebeldes y se veían forzados a actuar con cautela debido al crecimiento numérico y territorial de su causa. Esta presión política constante provocó que muchos de sus jefes se ocultaran, vivieran en el anonimato y evitaran toda exposición pública. El ocultamiento, por tanto, no respondía a un misterio doctrinal ni a una impostura, sino a una necesidad de supervivencia frente a un poder hostil.
A partir de ahí, Ibn Jaldún explica el verdadero sentido del sobrenombre al-Maktūm (“el oculto”), aplicado a Muhammad ibn Ismaíl, antepasado de Ubayd Allah al-Mahdí. Este calificativo no indica falsedad ni ambigüedad en su origen, sino que describe una situación histórica concreta: sus propios seguidores lo mantenían oculto deliberadamente para protegerlo de sus enemigos. El ocultamiento fue una estrategia defensiva, no una señal de ilegitimidad, y confundir ambas cosas es un error grave de interpretación histórica.
Ibn Jaldún señala entonces cómo los abasíes aprovecharon esa clandestinidad para atacar la genealogía de los obeiditas cuando estos se manifestaron abiertamente en la escena política. La negación de su linaje profético fue un recurso propagandístico destinado a encubrir derrotas militares y fracasos políticos. Desprestigiando el origen de sus adversarios, los abasíes buscaban aliviar la vergüenza de haber perdido territorios clave como Siria, Egipto y el Hiyaz, especialmente a manos de fuerzas bereberes que apoyaban la causa obeidita.
En este contexto analiza el famoso documento firmado en Bagdad por jueces y notables que negaba cualquier vínculo entre los obeiditas y la familia del Profeta. Ibn Jaldún desacredita este testimonio señalando que se basaba únicamente en rumores, opiniones populares y prejuicios políticos dominantes en la capital abasí. Los cronistas lo reprodujeron sin espíritu crítico, confundiendo autoridad institucional con verdad histórica. Para Ibn Jaldún, este es un ejemplo claro de cómo una mentira puede adquirir apariencia de certeza cuando es avalada por el poder.
Frente a estos rumores, introduce una prueba histórica de mayor peso: los despachos oficiales enviados por el califa abasí Al-Muʿtaḍid a distintos gobernantes del Magreb. En ellos se reconoce implícitamente la genealogía obeidita. Este testimonio es decisivo porque procede de una autoridad que no tenía interés alguno en favorecer a sus enemigos y que, además, estaba más próxima que nadie al tronco profético. Para Ibn Jaldún, este tipo de documentación administrativa vale infinitamente más que declaraciones ideológicas o actas motivadas por el miedo y la rivalidad.
El Estado como un mercado universal. En él confluyen relatos, saberes, anécdotas y doctrinas, pero no todo lo que circula en ese mercado es verdadero. Cuando el poder es justo y desapasionado, circulan el oro y la plata del conocimiento auténtico; cuando el poder está dominado por intereses, rencores y prejuicios, prosperan las falsificaciones y los abalorios de la pseudo-erudición. El éxito de una idea en la esfera oficial no es prueba de su verdad, sino de su utilidad política.
El investigador debe llevar en sí mismo su propia balanza, su criterio de examen y su disciplina de indagación. No debe dejarse arrastrar por la autoridad, el consenso ni la tradición cuando estos contradicen la razón y los hechos. Así, este pasaje no solo defiende una genealogía concreta, sino que expone una auténtica teoría del conocimiento histórico, donde la verdad se construye mediante análisis riguroso y no por obediencia al poder o a la opinión dominante.
Genealogía de los idrisíes
Jaldún señala que ciertos detractores niegan que Idrís II sea hijo legítimo de Idrís I, descendiente directo de la línea de Ḥasan ibn ʿAlī, nieto del Profeta. La objeción que plantean se basa en que Idrís II nació después de la muerte de su padre, y a partir de ese hecho intentan sembrar dudas sobre su legitimidad, afirmando que el verdadero padre habría sido Rāshid, liberto de la familia. Ibn Jaldún reacciona con indignación ante esta acusación, calificándola no solo de falsa, sino de calumniosa y moralmente infame, propia de quienes buscan manchar linajes nobles sin pruebas.
A continuación desmonta la acusación recurriendo a un argumento sociológico y etnográfico muy característico de su método. Recuerda que Idrís I se había casado con una mujer bereber y que, desde su llegada al Magreb hasta su muerte, se integró plenamente en la vida tribal del desierto. Esa forma de vida —insiste— no permite secretos ni ocultamientos prolongados. En las sociedades nómadas y seminómadas, donde se vive en tiendas o viviendas contiguas, sin compartimentos cerrados ni espacios privados reales, la vida doméstica es visible y audible para todos. Las mujeres están constantemente expuestas a la observación de vecinas y parientes, y cualquier irregularidad habría sido inmediatamente conocida por la comunidad.
Nos dice que Rāshid, lejos de actuar en secreto, estaba encargado del servicio de las mujeres de la familia y se hallaba permanentemente bajo la vigilancia de los allegados y partidarios de los idrisíes. Su posición hacía imposible cualquier conducta clandestina sin que esta fuera detectada. La acusación contra él, por tanto, no solo carece de pruebas, sino que contradice abiertamente las condiciones sociales y materiales en las que vivía esa comunidad. Aquí Ibn Jaldún vuelve a aplicar uno de sus principios centrales: un relato histórico debe ser compatible con las circunstancias reales de la vida social; si no lo es, debe rechazarse.
Tras la muerte de Idrís I, todos los bereberes del Magreb al-Aqṣā reconocieron de manera espontánea y unánime a Idrís II como su soberano legítimo. No se trató de una imposición forzada ni de una maniobra de una élite reducida, sino de un consenso general que se expresó mediante el juramento de obediencia y la disposición a defenderlo incluso a costa de la propia vida. Ibn Jaldún destaca que esas gentes combatieron, hicieron incursiones y afrontaron la muerte para sostener su causa, algo impensable si hubieran tenido la menor duda sobre su origen. De este modo, concluye implícitamente que la aceptación colectiva, sostenida en el tiempo y sellada con sacrificio, constituye una prueba histórica mucho más sólida que las calumnias tardías fabricadas por enemigos políticos.
Si hubiese existido la más mínima sospecha real sobre el origen del caudillo idrisí, esa duda habría surgido primero entre sus propios partidarios. En cualquier movimiento político o dinástico, basta un rumor persistente —aunque provenga de un enemigo anónimo o de un falso aliado— para que algunos seguidores se desanimen, abandonen la causa o, al menos, se abstengan de comprometer su vida por ella. Sin embargo, nada de eso ocurrió. Los partidarios de los idrisíes permanecieron firmes, cohesionados y dispuestos al sacrificio, lo que demuestra, según Ibn Jaldún, que no existía ninguna sospecha interna sobre la legitimidad de su jefe.
A continuación identifica el verdadero origen de la calumnia: no nació en el Magreb ni entre los bereberes, sino en Bagdad, en el seno del poder abasí. La duda genealógica fue un arma política fabricada por el gobierno abasí y compartida por sus aliados, como los aglabíes, que administraban Ifrīqiya en nombre de los califas. Para estos poderes, la familia idrisí representaba un rival directo, tanto por su ascendencia alí como por su pretensión al califato, y por ello resultaba estratégico desacreditar su linaje.
Ibn Jaldún recuerda luego los hechos históricos que explican esta hostilidad. Tras la batalla de Fakh (Balj), Idrís I huyó hacia Occidente, y el califa al-Hādī ordenó a los aglabíes desplegar una estricta vigilancia en todo su territorio para capturarlo. A pesar de estas medidas, Idrís logró llegar al Magreb, donde se estableció como soberano y proclamó su autoridad política, desafiando abiertamente la hegemonía abasí. Este éxito inicial ya bastaba para explicar el resentimiento de Bagdad.
Más tarde, el califa Hārūn al-Rashīd descubrió que Wāḍiḥ, gobernador de Alejandría y cliente de los abasíes, había colaborado con la huida de Idrís I por simpatía hacia la familia de ʿAlī. Considerado una traición imperdonable, Wāḍiḥ fue condenado a muerte. Al mismo tiempo, el califa decidió eliminar definitivamente a Idrís, enviando en secreto a un liberto de confianza, al-Shammākh, con instrucciones precisas de recurrir a cualquier engaño necesario para asesinarlo.
El relato del asesinato subraya la perfidia política de la operación. El espía llegó a África fingiendo ser un ferviente partidario de Idrís y renegando públicamente de los abasíes. Gracias a esta estrategia, fue recibido con honores, integrado en el círculo íntimo del soberano y tratado como un aliado sincero. Aprovechando un momento en que se hallaba a solas con él, le administró un veneno de efecto mortal, consumando así el crimen.
La reacción de los abasíes fue de júbilo: creyeron haber destruido definitivamente la causa de los descendientes de ʿAlī en el Magreb. Sin embargo, su satisfacción fue prematura. Ignoraban que Idrís había dejado a su esposa embarazada. Cuando esta circunstancia se hizo pública, ya no les quedaba margen para actuar, y optaron por la negación obstinada de la legitimidad del hijo por nacer, recurriendo a la calumnia genealógica como último recurso político.
Lejos de extinguirse, la dinastía idrisí resurgió con más fuerza. Los partidarios de la familia manifestaron abiertamente su lealtad y restablecieron el poder proclamando soberano a Idrís II. No solo fracasaron en su intento de erradicar la dinastía, sino que su crimen terminó fortaleciendo la cohesión y legitimidad de sus adversarios.
Decadencia y senectud del imperio árabe
Las energías que en otro tiempo habían permitido campañas lejanas, control territorial efectivo y reacción rápida ante amenazas periféricas se habían agotado. El poder central, incluso en la figura prestigiosa de Hārūn ar-Rashīd, ya no podía imponerse por la fuerza militar directa, y se veía reducido a recursos indirectos, como la intriga, el espionaje y la traición, para eliminar a un rival como Idrís I, que contaba con un apoyo sólido entre los bereberes del Magreb extremo. Esta incapacidad militar revela que la crisis abasí no era coyuntural, sino sistémica.
Ante esa debilidad, los abasíes no tuvieron más alternativa que delegar la contención del peligro idrisí en sus representantes regionales, los aglabíes de Ifrīqiya. Desde Bagdad se les instruyó para emplear cualquier medio disponible con el fin de cerrar esa peligrosa brecha abierta en Occidente, sofocar la rebelión antes de que se expandiera y evitar un efecto dominó que pusiera en riesgo la integridad del imperio. Estas órdenes fueron emitidas durante el califato de al-Ma’mūn y continuaron bajo sus sucesores, lo que muestra que el problema persistió durante generaciones sin resolverse.
Sin embargo, Ibn Jaldún aclara que los aglabíes no estaban en condiciones reales de enfrentarse militarmente a los bereberes del Magreb al-Aqṣā. No solo carecían de la fuerza necesaria, sino que además se encontraban psicológica y políticamente más inclinados a imitar el ejemplo de independencia que a sofocarlo. Esta ambigüedad se explica por el contexto interno del propio califato: en ese período, los mamelucos extranjeros de la guardia califal ya se habían apoderado de Bagdad, usurpando la autoridad efectiva del califa y controlando todos los resortes del poder —militares, administrativos y fiscales— según sus propios intereses.
Ibn Jaldún ilustra esta situación de humillación institucional con un verso satírico de la época, que retrata con crudeza la pérdida de soberanía real del califa:
Un califa en una jaula.
Entre Wāṣif y Bāghā,
repitiendo lo que le dicen
tal como lo hace el babgá.
La imagen es devastadora: el califa reducido a un loro enjaulado, repitiendo órdenes ajenas, simboliza la disolución de la autoridad central y explica por qué las provincias comenzaron a actuar con autonomía creciente.
Temerosos de intrigas palaciegas, denuncias cruzadas y castigos ejemplares, los emires aglabíes optaron por una política evasiva. En ocasiones comunicaban a Bagdad un desprecio calculado hacia el Magreb y sus habitantes, minimizando la amenaza; en otras, exageraban el peligro, presentando la empresa idrisí como algo temible e incontenible. Esta oscilación retórica respondía a un mismo objetivo: evitar verse obligados a intervenir militarmente contra los idrisíes.
Para reforzar su discurso, los aglabíes afirmaban que la autoridad de los insurgentes ya había sobrepasado los límites de sus territorios. Incluso cuando enviaban tributos o regalos a la corte abasí, introducían deliberadamente monedas acuñadas por los idrisíes, como prueba simbólica del poder creciente de sus adversarios. Con ello buscaban infundir temor en Bagdad y justificar su inacción, sugiriendo que cualquier ofensiva podría resultar desastrosa para el imperio.
En sus mensajes advertían que, si se les forzaba a combatir, el califato recibiría un golpe mortal, “un golpe que podría herirle el corazón”. Esta retórica del desastre inminente iba acompañada, cuando convenía, del recurso más vil: la calumnia genealógica, destinada a desacreditar a Idrís y debilitar su influencia moral y política. Ibn Jaldún subraya con dureza que estas acusaciones se difundían sin importar si eran verdaderas o falsas.
Esta estrategia resultaba viable gracias a tres factores: la gran distancia entre Ifrīqiya y Bagdad, la debilidad intelectual y política de los califas contemporáneos, y la credulidad de los mamelucos, dispuestos a creer cualquier presagio negativo. Así, los aglabíes sostuvieron esta política hasta el colapso de su propio poder. Mientras tanto, la difamación lanzada contra los idrisíes se filtró en la conciencia popular y fue conservada por amantes de la calumnia como un arma retórica para denigrar a la descendencia de Idrís.
Ibn Jaldún deja claro que estas falsedades no nacieron de la verdad histórica, sino del miedo, la impotencia y la corrupción política, y que su persistencia se debe más a la debilidad del poder central que a cualquier duda legítima sobre la genealogía idrisí. La calumnia, una vez sembrada por interés político, adquiere vida propia y sobrevive incluso a quienes la inventaron.
La defensa de la genealogía idrisí
Idrís II nació dentro del lecho legítimo de su padre, y, conforme al principio reconocido por la ley islámica, “el hijo pertenece al lecho”. Esta máxima no es una simple regla social, sino un criterio normativo que cierra cualquier sospecha sobre la filiación. A ello se añade un argumento de rango superior: la descendencia del Profeta está, por dogma de fe, purificada y protegida de toda mácula, según la declaración coránica. En consecuencia, negar la legitimidad de Idrís II no es solo un error histórico, sino una falta grave que roza la infidelidad, pues implica contradecir una afirmación explícita del Corán y poner en duda la pureza que Dios mismo ha otorgado a la Casa del Profeta.
El autor justifica la extensión y firmeza de su refutación explicando que no se trata de un ejercicio académico gratuito, sino de una respuesta necesaria a imputaciones reales y maliciosas que él mismo ha escuchado. Estas acusaciones eran empleadas como arma por individuos animados por la envidia, con el fin de desacreditar la genealogía idrisí mediante anécdotas engañosas, atribuidas falsamente a historiadores del Magreb. Ibn Jaldún deja claro que, de no existir tales ataques, su defensa sería innecesaria, pues no tiene sentido excusar una falta imposible. Su intervención nace, por tanto, de un deber moral: defender el honor de una familia injustamente atacada, esperando incluso una recompensa espiritual por ello.
A continuación, Ibn Jaldún identifica el origen social de estas calumnias. La mayoría de los detractores de la genealogía idrisí, afirma, son envidiosos: algunos pertenecen incluso a la propia familia del Profeta, otros son simples intrusos. El linaje profético conlleva un honor inmenso, reconocido por pueblos y naciones de todo el mundo, lo que inevitablemente despierta sospechas y resentimientos. En este contexto, los idrisíes —señores de Fez y del conjunto del Magreb— ocupaban una posición singular: su linaje gozaba de una fama tan antigua, clara y universal que resultaba inalcanzable e inimitable para otros pretendientes.
Ibn Jaldún refuerza esta idea apelando a la evidencia histórica y material. La memoria de Idrís I, fundador de Fez, no es una tradición vaga, sino una presencia viva en el espacio urbano y en la conciencia colectiva: su mezquita, su barrio, las residencias de sus descendientes, e incluso símbolos concretos como su espada suspendida del alminar. Estos elementos no pertenecen al ámbito de la fábula, sino al de una historia pública y compartida, cuya certeza —afirma Ibn Jaldún— supera incluso a la de muchas tradiciones consideradas plenamente auténticas.
Desde esta perspectiva, el autor invita a comprender el resentimiento de otros miembros de la familia profética que no alcanzaron semejante gloria. Al ver cómo Dios había colmado a los idrisíes con nobleza espiritual y con la majestad de un trono en el Magreb, algunos habrían asumido que esa grandeza les estaría siempre vedada. Sin embargo, esa frustración no justifica la negación de una genealogía. Muy por el contrario, quienes pertenecen a la noble Casa del Profeta y carecen de pruebas comparables deberían reconocer y respetar el honor de aquellos a quienes la historia y la tradición han confirmado.
Ibn Jaldún distingue con claridad entre saber y suposición, entre la certeza fundada en el conocimiento y el juicio apoyado en rumores ajenos. La genealogía no puede refutarse por conjeturas, especialmente cuando la propia declaración de un linaje es, por principio, aceptada salvo prueba concluyente en contrario. La calumnia nace de confundir opinión con conocimiento, y de elevar la sospecha al rango de certeza.
Muchos de quienes atacan a los idrisíes desean despojarlos de su nobleza de origen para rebajarlos deliberadamente a una condición plebeya. No se trata de un error inocente ni de una discrepancia honesta, sino de una perfidia insistente, sostenida mediante falsedades propagadas con mala fe y animosidad. Estos detractores pretenden justificarse apelando a un falso principio de equivalencia —que dos opiniones contrarias tendrían el mismo valor cuando se fundan en probabilidades—, pero Ibn Jaldún rechaza de plano esta postura, señalando que no toda opinión es equiparable cuando existen pruebas claras y evidencias históricas sólidas.
Desde esta perspectiva, afirma con contundencia que en el Magreb no existe ninguna rama de la familia profética que pueda disputar a los idrisíes la autenticidad y claridad de su genealogía, cuyo linaje remonta sin ambigüedad a al-Ḥasan, nieto del Profeta. Lejos de moverse en el terreno de la abstracción, Ibn Jaldún aporta datos concretos: en su propio tiempo, los principales representantes de esta casa en Fez eran los Banū ʿImrān, descendientes directos de Idrís a través de una cadena genealógica conocida y públicamente reconocida. Estos no solo habitaban aún la residencia ancestral de Idrís, sino que gozaban de una preeminencia social ampliamente admitida por la población del Magreb, lo que refuerza el carácter público y verificable de su nobleza.
A continuación, Ibn Jaldún amplía su análisis mostrando que este patrón de difamación no es exclusivo del caso idrisí. Introduce un ejemplo paralelo: las acusaciones dirigidas contra el imán al-Mahdī Ibn Tūmart, fundador de la dinastía almohade. Algunos juristas magrebíes —a los que describe como de espíritu débil y juicio estrecho— lo tacharon de charlatán y embaucador, negando tanto su doctrina reformista sobre la unicidad divina como su denuncia de las desviaciones de los almorávides. Incluso rechazaron la creencia de sus seguidores de que pertenecía a la familia del Profeta. Para Ibn Jaldún, este ataque no nace de un examen doctrinal serio, sino nuevamente de la envidia provocada por el éxito y la influencia real del reformador.
Jaldún explica que estos juristas, al advertir la ventaja decisiva de al-Mahdī —su capacidad para imponer sus ideas y movilizar multitudes—, renunciaron al debate intelectual y recurrieron al arma típica del impotente: desacreditar moralmente al adversario y negar la legitimidad de sus pretensiones. Este proceder se vio reforzado por el contexto político: los almorávides, enemigos directos de Ibn Tūmart, colmaron de favores y consideración a estos doctores, integrándolos en el aparato administrativo y otorgándoles una posición privilegiada en la sociedad. Así, los juristas se convirtieron en aliados entusiastas del poder establecido y en adversarios encarnizados de los almohades.
Ibn Jaldún dice que este alineamiento no fue casual. Los juristas almorávides amaban a la dinastía lemtuní en la misma medida en que detestaban a los almohades, incapaces de perdonar a al-Mahdī su oposición frontal al régimen, sus reproches públicos y las hostilidades que desencadenó. La diferencia fundamental, señala el autor, es que la posición moral y espiritual de al-Mahdī superaba con creces la de los soberanos a los que combatía, lo que hacía inevitable el conflicto. Cuando un reformador censura abiertamente un gobierno, denuncia sus faltas y ve rechazados sus esfuerzos por los juristas oficiales, la consecuencia lógica —según Ibn Jaldún— no es el silencio, sino la acción.
No hay nada anómalo en que un hombre así convoque a los suyos y recurra a la lucha armada, asumiendo personalmente la guerra santa. De este modo, Ibn Jaldún presenta la caída de la dinastía almorávide no como un accidente ni como fruto de la impostura, sino como el resultado coherente de un proceso en el que la verdad doctrinal, la legitimidad moral y la fuerza histórica terminaron imponiéndose sobre la envidia, la calumnia y la defensa interesada del poder establecido.
Una potencia consolidada es reducida a desastre, no por una debilidad interna inmediata, sino por el empuje de un movimiento religioso que logra desarticularla desde sus fundamentos. La derrota no es presentada como un simple hecho militar, sino como una ruptura histórica que transforma de raíz el equilibrio político y religioso del Occidente islámico.
Muchos combatientes murieron convencidos de que su sacrificio era un acto de devoción, una entrega voluntaria de la vida en busca del favor divino y del triunfo de la doctrina almohade. Esta insistencia en la intención espiritual del sacrificio no es casual: Ibn Jaldún muestra que el éxito del movimiento no se explica solo por la fuerza de las armas, sino por la convicción religiosa profunda que animaba a sus seguidores, capaces de sostener la lucha incluso a costa de enormes pérdidas.
Como consecuencia de este sacrificio colectivo, el sistema religioso almohade logra imponerse sobre los demás, reemplazando las creencias y estructuras doctrinales de las dinastías anteriores tanto en el norte de África como en al-Ándalus. La mención explícita de “ambos lados del estrecho” refuerza la idea de una victoria total, no limitada a un territorio aislado, sino extendida a todo el espacio occidental del Islam. Se trata, por tanto, de un cambio civilizatorio, donde una nueva visión religiosa redefine la legitimidad del poder.
Ibn Jaldún dedica luego un retrato moral de al-Mahdī que cumple una función clave en su argumentación. Hasta el final de su vida, afirma, se distinguió por la austeridad, la templanza, la paciencia frente a la adversidad y el desapego radical de los bienes mundanos. La riqueza y los beneficios temporales carecían de atractivo para él, y el autor enfatiza incluso que no tuvo hijos, aquello que suele inclinar el corazón de los hombres hacia ambiciones terrenales. Este detalle refuerza la imagen de un líder desprendido de todo interés personal, incluso de los más comunes y humanamente comprensibles.
A partir de este retrato, Ibn Jaldún plantea una pregunta implícita de gran peso moral: ¿qué otra finalidad podía mover a este hombre sino el auxilio divino y la benevolencia de Dios, si no buscaba bienes, poder personal ni descendencia? El argumento es claro: la coherencia entre la vida austera del líder y el éxito de su causa actúa como prueba indirecta de la rectitud de sus intenciones. Para Ibn Jaldún, el triunfo histórico no puede separarse de la calidad moral del agente que lo impulsa.
Si las intenciones de al-Mahdī no hubieran sido sanas, jamás habría alcanzado la realización de su ideal. Su éxito es interpretado como confirmación de una ley divina que rige la historia, resumida en la cita coránica: «conforme a la regla seguida por Dios para con sus siervos». De este modo, Ibn Jaldún integra el acontecimiento político y militar en una visión más amplia, donde la historia humana se entiende como un espacio en el que la sinceridad, la austeridad y la justicia espiritual encuentran finalmente su confirmación en el curso mismo de los hechos.
Existe una obstinación de sus enemigos por negarle toda vinculación con la estirpe del Profeta. Jaldún es tajante: no existe prueba alguna que sustente tal negación. Frente a ello, se afirma un hecho considerado concluyente en la lógica social y jurídica islámica: al-Mahdī se atribuía ese origen y nadie fue capaz de demostrar la falsedad de su afirmación.
Ibn Jaldún apela aquí a un principio ampliamente reconocido: la declaración que un hombre hace sobre su propia filiación debe ser admitida, salvo prueba en contrario. No se trata de una ingenuidad genealógica, sino de una regla social profunda, indispensable para la estabilidad del orden político y familiar. Negar sistemáticamente la palabra del individuo sobre su origen sin pruebas equivaldría a abrir la puerta a una sospecha universal que haría imposible cualquier forma de legitimidad heredada o reconocida.
Jaldún no niega este principio; al contrario, anuncia que lo demostrará más adelante en su obra. Sin embargo, subraya que, aun aceptándolo, al-Mahdī cumple con esa condición, pues ejerció efectivamente el mando supremo sobre las tribus Maṣāmida, que constituían el núcleo del movimiento almohade.
La genealogía, por sí sola, no explica la obediencia ni el ejercicio efectivo del poder. Aunque al-Mahdī hacía remontar su origen a Fáṭima, hija de Muhammad, ese linaje no fue ni el único ni el principal fundamento de su autoridad. La adhesión de la multitud no se produjo por una conciencia clara de su filiación profética, sino por factores mucho más inmediatos y sociales: el sentimiento colectivo, la solidaridad tribal y la inserción real del caudillo en el cuerpo de su pueblo.
Ibn Jaldún subraya que el motor decisivo del seguimiento de al-Mahdī fue el espíritu nacional y tribal de los Harġa y de los Maṣāmida. Al-Mahdī no aparece aquí como un predicador abstracto de derechos dinásticos, sino como un hombre plenamente integrado en su entorno humano, compartiendo vínculos de sangre, alianzas y modos de vida. Esa pertenencia efectiva —ese arraigo— es lo que genera obediencia, mucho más que un linaje remoto del que la mayoría ni siquiera tenía noticia.
De hecho, Jaldún insiste en que la procedencia fāṭimí de al-Mahdī era prácticamente desconocida para el público. Su recuerdo se conservaba, a lo sumo, en el círculo íntimo de parientes cercanos, transmitido de manera privada. En la percepción general, al-Mahdī no se presentaba como descendiente de la casa del Profeta, sino como un auténtico miembro del grupo maṣāmida. Esta “desligadura” práctica del linaje originario no solo no le perjudicó, sino que reforzó su legitimidad local, al hacerlo aparecer como uno de los suyos.
Aquí Ibn Jaldún introduce una tesis clave: la filiación social puede imponerse a la filiación genealógica, sin que ello suponga falsedad ni injusticia. Cuando una ascendencia antigua se vuelve irrelevante o desconocida, y una nueva filiación se afirma en la práctica cotidiana, esta última adquiere plena validez política y social. La legitimidad, en este sentido, no es un dato fijo del pasado, sino una construcción viva sostenida por el reconocimiento colectivo.
Para ilustrar esta idea, el autor recurre a un ejemplo histórico clásico: el caso de Arfaǧa y Ǧarīr. Arfaǧa, que en realidad pertenecía a la tribu de Azd, se atribuyó la condición de badǧilita y disputó la jefatura de la tribu de Badǧila a Ǧarīr, su líder genuino, ante el propio califa Umar ibn al-Khattab. Los historiadores citan este episodio para mostrar que tales reasignaciones de filiación no eran excepcionales ni absurdas, sino fenómenos conocidos y aceptados dentro de ciertas condiciones sociales.
La crítica histórica como ciencia
La historia ha sido contaminada por relatos falsos asumidos acríticamente incluso por autores de prestigio. No se trata de errores marginales, sino de fallas estructurales en la transmisión del saber histórico.
Ibn Jaldún identifica como uno de los principales problemas el peso de la autoridad: muchos cronistas y compiladores aceptan y reproducen opiniones simplemente porque provienen de autores reconocidos. Estos relatos, una vez fijados en la memoria colectiva, son asumidos sin examen por lectores de “débil criterio”, es decir, por quienes carecen de formación crítica o de disposición intelectual para contrastar los datos. El resultado es grave: la historia deja de ser ciencia y se transforma en una mezcolanza de fábulas, errores e inverosimilitudes, donde lo legendario y lo histórico quedan al mismo nivel.
A partir de este diagnóstico, Jaldún establece con claridad las exigencias intelectuales del verdadero historiador. No basta con recopilar relatos ni con repetir tradiciones: el historiador debe dominar los principios de la política, el arte de gobernar y la naturaleza real de las entidades sociales. Esto implica comprender cómo funcionan el poder, las dinastías, las religiones y las comunidades humanas en su devenir concreto, no en abstracto ni desde el prejuicio moral.
Jaldún amplía esta exigencia hacia un conocimiento profundo de las diferencias entre naciones, regiones y épocas, subrayando el papel de la geografía, las costumbres, los usos sociales, las opiniones, los sentimientos religiosos y las formas de conducta. Cada sociedad responde a condiciones específicas, y sin esa conciencia contextual es imposible juzgar correctamente los hechos del pasado. Aquí se manifiesta con claridad la noción jalduniana de que los fenómenos históricos obedecen a leyes sociales y no a simples anécdotas.
Un punto clave del pasaje es la insistencia en la comparación entre pasado y presente. El historiador debe conocer lo que subsiste en su propio tiempo para confrontarlo con lo ocurrido anteriormente, identificando analogías y diferencias, y —sobre todo— explicando sus causas. No se trata solo de describir, sino de discernir la causalidad que da origen a semejanzas o divergencias históricas.
Asimismo, Ibn Jaldún exige un conocimiento preciso del origen de las dinastías y religiones, de los contextos en que surgieron, de las causas que impulsaron su aparición y de las personas que participaron en su fundación. La historia, en este enfoque, es inseparable del análisis de los actores sociales y de las motivaciones que los mueven. Nada ocurre por azar ni por simple voluntad individual.
La dignidad de la historia como ciencia depende del rigor metodológico del historiador. Ibn Jaldún sostiene que la alta estima de la historiografía en la Antigüedad se debía precisamente al empleo de atenciones escrupulosas en el examen de los relatos. Cita como modelos a At-Tabari, Al-Bukhari y a su predecesor Ibn Ishaq, quienes no se limitaron a transmitir noticias, sino que aplicaron criterios de selección, verificación y discernimiento. Frente a ellos, contrapone a numerosos autores posteriores que ignoraron ese “secreto” esencial del oficio histórico.
La crítica se vuelve más severa cuando el autor denuncia la democratización irresponsable de la escritura histórica. Personas sin formación sólida ni capacidad crítica se sintieron autorizadas a producir historiografía, reduciéndola a un ejercicio de divagación. De este modo, se mezcló lo serio con lo trivial, lo sustancial con lo accesorio, la verdad con la mentira. La imagen es elocuente: se confunde “la pulpa con la cáscara”, es decir, la esencia de los hechos con su envoltorio anecdótico. El resultado es una degradación del saber histórico, cuya consecuencia última queda, según el texto, en manos de Dios: «Las consecuencias de todas las cosas dependen de Dios» (Corán, sura XXI, vers. 21).
A continuación, el pasaje introduce un segundo tipo de error aún más profundo, nacido no de la mala fe, sino de la inadvertencia intelectual: la incapacidad de los historiadores para comprender el cambio histórico. Muchos autores, afirma Ibn Jaldún, relatan hechos del pasado como si las naciones, las costumbres y las ideas permanecieran inmutables. Esta ceguera frente a la mutabilidad de la vida social constituye una verdadera “enfermedad” del pensamiento histórico, tanto más peligrosa cuanto que puede pasar desapercibida durante siglos.
Ninguna sociedad permanece idéntica a sí misma. Las costumbres, las tendencias y las ideas no siguen un curso fijo ni uniforme, sino que atraviesan vicisitudes continuas. El devenir histórico es descrito como una transición constante de un estado a otro, análoga a los cambios que se observan en los individuos, las ciudades y los días, pero extendida ahora a regiones, imperios y largos períodos de tiempo. Esta concepción anticipa una visión estructural y dinámica de la historia, muy alejada del mero relato cronológico.
Los cambios históricos obedecen a una ley general querida por Dios, «conforme a la regla seguida por Dios para con sus siervos» (Corán, sura XL, vers. 85). No se trata de un caos arbitrario, sino de un orden profundo que el historiador debe aprender a reconocer. Comprender esa ley del cambio es condición indispensable para no proyectar el presente sobre el pasado ni juzgar épocas anteriores con criterios anacrónicos. Así, la historia se convierte en una ciencia del devenir humano, fundada en la crítica, la comparación y la comprensión de las transformaciones sociales a lo largo del tiempo.
La sucesión de las civilizaciones y la transformación de las costumbres
La historia humana, es entendida como una sucesión de civilizaciones dotadas cada una de rasgos propios. Se mencionan pueblos antiguos —persas, asirios, nabateos, los tubbāʿ del Yemen, los بنی إسرائيل (Banī Isrāʾīl) y los coptos— para subrayar que cada nación desarrolló formas específicas de organización política, dinástica y administrativa, así como artes, lenguas, convenciones sociales y modos particulares de relacionarse con sus contemporáneos. La historia no es, por tanto, homogénea: los vestigios materiales y culturales que han llegado hasta nosotros dan testimonio de esa diversidad real y concreta de civilizaciones.
El texto insiste luego en que la aparición de nuevos pueblos dominantes introduce rupturas históricas. Tras las primeras civilizaciones orientales surgen nuevas castas persas, los griegos, los romanos y, más tarde, los árabes. Con cada irrupción, las circunstancias heredadas se transforman: algunas costumbres se conservan parcialmente, otras se modifican y muchas desaparecen por completo. No se trata de un progreso lineal ni de una simple repetición, sino de un proceso de sustitución y adaptación, en el que lo antiguo es reinterpretado o desplazado por lo nuevo.
Un punto decisivo del análisis es la irrupción del Islam y el acceso de los árabes descendientes de Muḍar al poder. Este acontecimiento es presentado como una verdadera revolución civilizatoria, que altera profundamente las estructuras políticas, sociales y culturales anteriores. A partir de entonces se introducen usos y costumbres que, en gran medida, perduran por generaciones, transmitidos de padres a hijos. Aquí se subraya cómo una transformación religiosa y política puede fijar hábitos duraderos que definen una época entera.
Sin embargo, el autor muestra que ningún imperio es eterno. El dominio árabe entra en decadencia, desaparecen las generaciones que habían construido su grandeza y la autoridad pasa a manos de pueblos extranjeros: los turcos en Oriente, los bereberes en Occidente y los francos en el Norte. Este desplazamiento del poder provoca no solo cambios políticos, sino también la desaparición de costumbres y formas de vida asociadas al antiguo dominio, que acaban cayendo en el olvido. El colapso de un imperio arrastra consigo un mundo cultural entero.
La explicación sociológica central del pasaje se resume en una máxima proverbial: «Las gentes siguen la religión de su rey». Con ello se afirma que los pueblos tienden a imitar los hábitos, valores y modos de vida de quien detenta la autoridad suprema. Cuando una nueva dinastía accede al poder, adopta inevitablemente muchas de las costumbres de sus predecesores, pero también introduce las propias, procedentes de su generación o de su pueblo de origen. El resultado es una mezcla que distingue a cada dinastía de la anterior.
Cada nueva dinastía añade cambios sobre los ya existentes, de modo que las costumbres se van transformando progresivamente hasta llegar a una completa desemejanza con las de la primera dinastía. Así, mientras los pueblos y las naciones se sucedan en el ejercicio del poder, sus modos de ser y sus hábitos continuarán modificándose. La historia aparece, en consecuencia, como un flujo continuo de transformaciones culturales ligadas al poder, la dominación y la imitación social, y no como una repetición estática de formas invariables.
El error de la analogía histórica y la transformación del saber en la sociedad islámica
El hombre tiende espontáneamente a razonar por analogías y semejanzas. Este procedimiento, aunque útil, entraña un peligro constante, pues si se aplica sin reflexión crítica puede conducir a errores graves. El autor advierte que quien compara de manera inmediata los hechos del pasado con las realidades presentes, sin considerar los cambios profundos que experimentan las sociedades humanas a lo largo del tiempo, se desvía del verdadero objetivo del conocimiento histórico. La analogía superficial confunde lo que solo es externamente parecido, ignorando las diferencias estructurales entre épocas.
A partir de esta premisa general, se introduce un ejemplo concreto: la figura de Al-Ḥajjāj. Los historiadores señalan que su padre era maestro de escuela, y esta información, leída desde la perspectiva contemporánea, induce a un error de interpretación. En el tiempo del autor, la enseñanza se había convertido en un oficio remunerado, propio de personas humildes y sin peso social, lo que lleva a suponer erróneamente que Al-Ḥajjāj provenía de un origen social bajo. De este modo, muchos individuos de condición modesta se dejan llevar por una ilusión peligrosa, creyendo que pueden alcanzar altas dignidades simplemente por analogía con ese caso histórico.
Jaldún critica duramente esta extrapolación indebida. Quienes, desde una condición social inferior, aspiran a honores elevados basándose en ejemplos mal comprendidos del pasado, no advierten que las condiciones sociales han cambiado radicalmente. El resultado de tal error suele ser la ruina personal: la ambición se apoya en una cuerda frágil que termina rompiéndose. El autor subraya que no toda experiencia histórica es trasladable a cualquier contexto, y que desconocer esta verdad conduce a frustraciones y catástrofes individuales.
En los primeros tiempos del Islam y bajo las dos primeras dinastías, la enseñanza no era un oficio ni una profesión destinada a ganar el sustento. Consistía, más bien, en la transmisión gratuita de los mandatos divinos y de los principios religiosos directamente escuchados del Legislador. Enseñar no era una actividad subordinada ni remunerada, sino una función noble, inseparable de la autoridad moral y religiosa.
En ese contexto primitivo, quienes enseñaban el Libro de Dios y la ley del Enviado eran hombres de noble linaje y jefes poderosos de coaliciones tribales, muchos de ellos combatientes que habían luchado por establecer la fe. La enseñanza era una prolongación natural de su misión religiosa y política, no una ocupación especializada. Se trataba de comunicar la revelación divina y formar a la comunidad en la norma que debía regir su conducta, sin que intervinieran consideraciones de prestigio personal o beneficio material.
Jaldún refuerza esta idea recordando la práctica del propio Profeta, quien al despedir a las delegaciones de las tribus árabes enviaba con ellas a sus principales Compañeros para instruirlas en los preceptos de la ley divina. Esta tarea fue confiada primero a los diez Compañeros más destacados y, posteriormente, a otros de menor rango, lo que muestra que la enseñanza era una misión religiosa de alto honor, no una función social menor.
Sin embargo, con el paso del tiempo y la consolidación del Islam, la situación cambió profundamente. A medida que la comunidad se expandía y surgían nuevos problemas jurídicos, se hizo necesario sistematizar el conocimiento religioso. De los textos sagrados se extrajeron numerosas máximas destinadas a resolver los casos que se presentaban ante los tribunales, lo que exigió un saber técnico y especializado. Así, el conocimiento de la ley se transformó progresivamente en una ciencia, que requería estudios regulares y métodos de aprendizaje.
Este proceso culminó en la conversión de la enseñanza religiosa en una disciplina formal y, finalmente, en una profesión entre otras. Lo que en sus orígenes había sido una transmisión directa y noble de la revelación, pasó a integrarse en el conjunto de oficios y saberes especializados de la sociedad. Con ello, el texto ilustra de manera ejemplar su tesis central: los errores históricos nacen cuando se ignoran las mutaciones profundas del tiempo y se juzga el pasado con categorías del presente.
El error histórico surge cuando se proyectan categorías sociales contemporáneas sobre realidades pasadas sin atender a las transformaciones estructurales del poder, del saber y de los cargos públicos. Jaldún insiste en que muchos malentendidos nacen no de mala fe, sino de ignorar la mutación del significado social de las funciones.
En primer lugar, se explica cómo, una vez consolidado el imperio, los jefes de coaliciones y los detentadores del poder político dejaron de dedicarse directamente a la ciencia de la ley. Su atención pasó a centrarse en la conservación del dominio y la autoridad del Estado. Como consecuencia, el estudio y la enseñanza del derecho religioso quedaron en manos de quienes deseaban consagrarse exclusivamente a ello, transformándose progresivamente en un medio de subsistencia. Este desplazamiento produjo un cambio social decisivo: la enseñanza jurídica, antaño noble y ejercida por hombres de alto rango, pasó a ser considerada una ocupación menor, despreciada por los dignatarios del Estado y los miembros de la dinastía gobernante.
Este cambio explica el error de quienes interpretan retrospectivamente la figura de Al-Ḥajjāj como proveniente de un origen humilde por el solo hecho de haber enseñado el Corán. El texto aclara que Al-Ḥajjāj era hijo de Yūsuf, uno de los principales miembros de la tribu de Thaqīf, una tribu de altísimo prestigio entre los árabes, cuya nobleza rivalizaba con la de los Quraysh. En su tiempo, enseñar el Corán no tenía ninguna relación con la acepción moderna de un oficio remunerado o subordinado. Era una actividad honorable, plenamente compatible con la nobleza de linaje y la influencia política. El error consiste, pues, en confundir la función con su valoración social en épocas distintas.
Jaldún señala que confusiones semejantes se producen cuando algunos lectores, al hojear libros de historia, observan que en el pasado los cadíes encabezaban ejércitos y dirigían expediciones militares. Desde esa constatación, individuos movidos por la ambición imaginan que el cargo de cadí conserva hoy la misma naturaleza y el mismo alcance político que tuvo en épocas antiguas. Esta ilusión los lleva a aspirar a posiciones de poder que ya no corresponden a esa función.
Para reforzar su argumento, el texto menciona ejemplos célebres como Ibn Abī ʿĀmir (Almanzor) y Ibn ʿAbbād de Sevilla, ambos hijos de cadíes y figuras de enorme poder político. El error común consiste en creer que alcanzaron la soberanía gracias al cargo judicial de sus padres, sin advertir que el oficio de cadí ha sufrido una transformación radical. En realidad, tanto Ibn Abī ʿĀmir como Ibn ʿAbbād pertenecían a tribus árabes poderosas, profundamente ligadas a la dinastía omeya de al-Ándalus y a su facción dominante. Su ascenso se debió a su posición tribal y a sus alianzas políticas, no al ejercicio de la judicatura en sí misma.
En la antigüedad, el cargo de cadí se confiaba a hombres influyentes, pertenecientes a tribus fuertes o a coaliciones estrechamente vinculadas a la casa del soberano. Estos cadíes cumplían funciones que hoy corresponderían más bien a los visires en el Magreb: dirigían campañas militares, encabezaban expediciones estivales y administraban los asuntos más delicados del Estado. Tales responsabilidades solo podían confiarse a personas respaldadas por poderosas solidaridades tribales, capaces de garantizar la ejecución efectiva de las órdenes.
Quienes escuchan estos relatos sin conocer el contexto real caen inevitablemente en el error, pues imaginan un orden social completamente distinto del que efectivamente existía. El núcleo de la enseñanza es claro: la historia no puede leerse con categorías fijas, porque los cargos, las funciones y los oficios cambian de significado según las épocas. Ignorar esta mutabilidad conduce a falsas analogías, ambiciones ilusorias y graves errores de interpretación histórica.