miércoles, 2 de abril de 2025

Arbitrismo

Arbitrismo

¿Qué es el arbitrismo? el arbitrismo comprende una corriente de pensamiento económico nacida en España, que surge con la necesidad de reparar ciertas dificultades económicas que tenía el país entre los siglos XV y XVI.

Conocidos como ''arbitristas'' estos pensadores daban sus propuestas al rey de España para mejorar la situación. 

Etimología

La palabra arbitrista deriva del sustantivo arbitrio, del latín arbitrium, que significa "decisión", "juicio" o "voluntad". En el contexto de la España del Siglo de Oro, un arbitrio era una propuesta concreta —generalmente escrita— para solucionar los problemas del Estado, especialmente los económicos.

Contexto

Durante los siglos XVI y XVII, España se convirtió en el imperio más poderoso del mundo occidental. Sin embargo, esta hegemonía estuvo acompañada de profundas crisis internas: inflación descontrolada por la llegada de metales preciosos de América, desequilibrios fiscales, empobrecimiento del campesinado, expulsión de los moriscos, y una aristocracia improductiva.

Tras las conquistas en América y la expansión territorial en Europa bajo los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II, España se convirtió en el primer imperio global. Sin embargo, esta expansión se sostuvo en gran medida sobre la extracción masiva de metales preciosos del Nuevo Mundo, principalmente oro y plata, lo que alimentó una economía de apariencia próspera, pero estructuralmente débil.

La entrada de metales generó un fenómeno que hoy conocemos como inflación de origen externo, encareciendo los productos y debilitando el poder adquisitivo interno. La famosa frase "todo sube como la espuma" del siglo XVII se refería, en parte, a este proceso.

A diferencia de otros reinos europeos como Inglaterra u Holanda, que comenzaron a desarrollar manufacturas, España mantuvo una economía agraria y extractiva. Además, el sistema social promovía una cultura del honor basada en el ocio, despreciando el trabajo manual y elevando a la nobleza improductiva como ideal de vida. Muchos aspiraban a vivir del Estado, de rentas o de cargos en la administración colonial.

Esto llevó a un proceso de desindustrialización precoz, agravado por la importación de productos manufacturados desde el extranjero y el abandono del campo. Las ciudades crecían, pero no por industrialización, sino por burocracia y mendicidad.

La expulsión de los moriscos (1609) —una parte considerablemente trabajadora de la población rural— significó la pérdida de miles de agricultores y artesanos. A esto se sumaron las continuas guerras europeas, como las Flandes o la Guerra de los Treinta Años, que agotaban las arcas del Estado.

Además, se vivía una crisis moral y religiosa. En una sociedad fuertemente marcada por el catolicismo contrarreformista, los arbitristas también eran moralistas: veían la decadencia económica como reflejo de la decadencia espiritual y moral del reino.

El sistema de gobierno era profundamente centralista, basado en un poder absoluto de la monarquía. Sin embargo, los reyes se veían atrapados en una red de compromisos financieros: recurrían constantemente a créditos de banqueros alemanes, genoveses o flamencos, y sufrían quiebras periódicas (como en 1557, 1575 y 1596).

En este marco, el Consejo de Castilla, órgano asesor del rey, se convertía en el receptor de propuestas y proyectos. Era allí donde llegaban los memoriales de los arbitristas: diagnósticos y soluciones para recuperar la salud del cuerpo político.

Principales exponentes

Los arbitristas no fueron un grupo homogéneo ni una escuela organizada. Más bien, fue una categoría difusa de pensadores que compartían un mismo objetivo: proponer soluciones para los males del Estado español. Algunos eran juristas, otros clérigos, algunos eran cortesanos y otros hombres de letras. 

Uno de los más reconocidos fue Martín González de Cellorigo, jurista de la Chancillería de Valladolid y autor del Memorial de la política necesaria y útil restauración a la República de España (1600). En esta obra, Cellorigo denuncia la falsa prosperidad de España, basada en la abundancia de oro y plata provenientes de América, y advierte que la riqueza verdadera no reside en los metales preciosos, sino en el trabajo productivo. Critica duramente el lujo, la especulación financiera, el desprecio por el trabajo manual y la creciente ociosidad de nobles y clérigos. Propone, en cambio, una restauración de la vida económica centrada en la agricultura, el artesanado y la moderación en el consumo. Su pensamiento lo convierte en uno de los arbitristas más cercanos a un enfoque estructuralista de la crisis del imperio.

Supongamos que en Castilla se encontraban sin cultivar unas 500.000 hectáreas debido a la migración a las ciudades y la expulsión de los moriscos. Cellorigo habría propuesto distribuir parcelas de 10 hectáreas a campesinos sin tierra, beneficiando directamente a unas 50.000 familias. Si cada familia produjera anualmente unas 12 fanegas de trigo por hectárea (lo que equivale a unas 120 fanegas por parcela), el total sería de 6 millones de fanegas anuales adicionales, contribuyendo a la autosuficiencia alimentaria del reino y reduciendo la dependencia del comercio exterior.

Otro autor de peso fue Sancho de Moncada, fraile mercedario, teólogo y catedrático en la Universidad de Alcalá. En su obra Restauración política de España defendió con pasión una visión moral y religiosa de la economía. Consideraba que los males del reino tenían su raíz tanto en el mal gobierno como en la decadencia espiritual de sus habitantes. Moncada propuso limitar las importaciones, fomentar la producción nacional, controlar la inflación a través de una reforma monetaria y reducir el gasto suntuario de la corte y de la Iglesia. Su pensamiento combina elementos económicos concretos con un llamado a la regeneración moral del Estado, en una línea que mezcla escolástica tardía con principios de reforma política.

Un ejemplo concreto habría sido prohibir la importación de sedas italianas, que costaban en ese entonces entre 20 y 30 ducados la vara (aproximadamente medio metro). Si la corte y la nobleza española compraban unas 10.000 varas al año, eso equivaldría a un gasto de unos 250.000 ducados anuales enviados a Génova o Florencia. Sustituyendo esa demanda con telares locales, Moncada estimaba que podrían emplearse al menos a 2.000 tejedores en Castilla, con salarios anuales de entre 80 y 100 ducados, lo que no solo retendría la riqueza dentro del país, sino que también reduciría el desempleo urbano.

También merece destacarse a Luis Ortiz, uno de los arbitristas más tempranos, activo en la segunda mitad del siglo XVI. Su Memorial al Rey para que no salgan dineros de estos reinos de España (1558) es un texto pionero que refleja preocupaciones similares a las de los posteriores autores: evitar la fuga de capitales, fomentar la producción nacional y crear una banca estatal que pudiera independizar al imperio del crédito extranjero. Ortiz aboga por una economía cerrada y autosuficiente, basada en la idea de que el oro debe servir para enriquecer el país y no para mantener guerras o pagar deudas internacionales. Su pensamiento anticipa el proteccionismo mercantilista que caracterizaría el siglo XVII en Europa.

Imaginemos que entre 1550 y 1560, España exportó unas 2.000 toneladas de plata hacia Flandes, Italia y Alemania, tanto para pagar deudas como para comprar productos manufacturados. Ortiz habría propuesto redirigir al menos un 10% de ese flujo (unas 200 toneladas, equivalentes a unos 50 millones de maravedís) para financiar manufacturas locales. Con esa cantidad, podrían haberse fundado al menos 50 talleres textiles o de herrería en ciudades medias como Toledo, Burgos o Valladolid, cada uno empleando a entre 50 y 100 trabajadores, generando así hasta 5.000 empleos directos en sectores productivos.

En la misma línea, pero con una perspectiva más administrativa y pragmática, se encuentra Pedro Fernández Navarrete, clérigo y funcionario del Consejo de Hacienda. Su obra Conservación de Monarquías (1626) muestra un profundo conocimiento de las estructuras de poder y de los problemas financieros del Estado. Navarrete insiste en la necesidad de moderar el gasto público, evitar la corrupción, revalorizar el trabajo productivo y ordenar la vida económica con criterios de eficiencia. Propone medidas concretas como la mejora del sistema tributario, la promoción del comercio interior y la supervisión del comportamiento de la nobleza cortesana. A diferencia de otros arbitristas más utópicos, Navarrete se mueve en el terreno de las reformas factibles desde dentro de la maquinaria del Estado.

Supongamos que en 1620 el gasto de la corte ascendía a unos 1,5 millones de ducados anuales, gran parte de los cuales se destinaban a salarios de criados, banquetes, fiestas, vestuario de lujo y pensiones a nobles improductivos. Navarrete proponía reducir este gasto en al menos un 20%, lo que representaría un ahorro de 300.000 ducados por año. Esa cantidad, reasignada al mantenimiento de caminos y puentes, permitiría construir unos 1.000 kilómetros de calzada real, facilitando el comercio interior y reduciendo los costos del transporte de mercancías, con beneficios para campesinos, artesanos y comerciantes.

Aunque posterior al periodo clásico de los arbitristas, se suele mencionar también a Jerónimo de Uztáriz, autor de Teoría y práctica del comercio y marina (1742), ya en el contexto de la Ilustración. Su obra recoge muchas de las preocupaciones de los arbitristas, como la protección del comercio nacional y la necesidad de reforzar el poder naval y mercante del imperio. En él se ve una transición desde el pensamiento moralista de los arbitristas a una economía más sistemática, basada en estadísticas, tratados internacionales y el fomento de una burguesía productiva.

Calculaba que la pérdida anual por piratería en las rutas del Caribe podía ascender a unos 5 millones de reales. Si se invertía un millón de reales en navíos escoltados y flotas bien armadas, la monarquía podría reducir esas pérdidas en un 50%, ganando tanto en seguridad económica como en prestigio internacional. Además, propuso establecer consulados comerciales en puertos como Hamburgo, Londres y Ámsterdam, con un coste anual de 20.000 reales cada uno, pero que permitirían canalizar exportaciones de lana, vino y aceite hacia Europa del norte con mayor rentabilidad.

Declive

Con la muerte de Carlos II en 1700 y la llegada de los Borbones, se inicia una nueva etapa en la monarquía española. El enfoque centralista, reformista y tecnocrático de los Borbones (influenciados por el absolutismo francés) dejó atrás la figura del arbitrista independiente que enviaba memoriales al rey. En su lugar, se consolidó una administración más profesional y planificada desde el Estado.

Durante el siglo XVIII, el pensamiento económico español empezó a estar influido por las corrientes ilustradas europeas, especialmente el mercantilismo francés y, más adelante, el liberalismo económico británico. Autores como Campomanes, Jovellanos o Floridablanca adoptaron un enfoque más técnico y sistemático, dejando atrás el tono moralizante y católico de los arbitristas.

Mientras los arbitristas operaban como "outsiders" del sistema, proponiendo reformas desde fuera (en memoriales, panfletos, discursos), el siglo XVIII trajo consigo reformas impulsadas desde dentro del Estado, como las Reales Juntas de Comercio y Moneda, los ensayos de fomento agrícola y la reforma fiscal borbónica. Así, el arbitrismo se volvió innecesario como estilo de intervención.

La figura del arbitrista también sufrió un fuerte desprestigio literario e intelectual, ya desde el Siglo de Oro. Cervantes, Quevedo y otros autores ridiculizaron al arbitrista como un soñador ridículo, un obsesionado con soluciones absurdas. En el siglo XVIII, esta imagen se consolidó, y el término pasó a tener una connotación peyorativa.

Conclusión

El arbitrismo fue más que una serie de propuestas económicas: fue una expresión profunda de conciencia crítica en una sociedad en crisis. Lejos de ser meros soñadores o moralistas fuera de lugar, los arbitristas intentaron pensar soluciones concretas desde la tradición, la fe y la razón práctica, en un contexto de decadencia imperial y desorden estructural. Su legado no está en que sus arbitrios hayan sido aplicados, sino en haber formulado la pregunta fundamental que atraviesa toda reforma: ¿cómo transformar el presente sin destruir los principios que le dan sentido? En ese esfuerzo, a medio camino entre la utopía y el realismo, el arbitrismo dejó una huella singular en la historia del pensamiento político hispánico.