lunes, 13 de febrero de 2017

San Agustín de Hipona - Salmo contra la secta de Donato (394).

Esta puede ser un obra de arte en San Agustín de Hipona, si lo vemos desde la perspectiva literaria, es decir, como una poesía o novela. Hemos querido daros el Salmo de San Agustín, pero también hacer una introducción sobre quiénes eran estos tipos que se llamaban donatistas justamente por seguir a su maestro Donato. Por supuesto, el Donatismo fue otras de las sectas religiosas a las que San Agustín tenía cierta aversión por atacar a la Iglesia Católica. Veamos más detalladamente el nacimiento del Donatismo y cómo San Agustín compuso este salmo.

Definiciones:

(1) Ruptura que se da dentro de una organización. 

SALMO CONTRA LA SECTA DE DONATO

¿Quiénes eran los Donatistas?

Historia previa

El cristianismo había sufrido numerosas persecuciones alrededor del siglo III y una de las más sistemáticas fue en el gobierno de Decio en los año 249 y 251. El cristianismo era visto como una amenaza para el emperador, pues estos estaban construyendo un Estado dentro de otro Estado, y su aceptación en oriente se hacía cada vez más grande. 

El problema más grande para los cristianos era hacer sacrificios al emperador que no era cristiano. Sin embargo, el sacrificio era una obligación que además debía ser probada mediante un cumplimiento llamado ''libellus'' que certificaba que el ciudadano cumplía con el sacrificio. Con el tiempo, lamentablemente, muchos cristianos fueron doblegados a aceptar el mandato del emperador, y muchos adeptos al cristianismo traicionaron su ideología cristiana, dando al emperador toda la información sobre los cristianos. 

Todas las persecuciones posteriores terminaron con el reinado de Diocleciano (284 - 305) que fueron tiempos de paz y tolerancia religiosa, aunque luego se volvió a perseguir a los cristianos con mucha más dureza. Se tuvo que firmar un edicto de tolerancia que fue firmado por Galerio, donde los cristianos pudieron estar tranquilos nuevamente. 

Finalmente, tuvo que llegar Constantino I para que el Imperio Romano aceptara el cristianismo como la religión oficial de todo el territorio. 

La búsqueda de los culpables

Los cristianos quisieron revelar todo lo oscuro que hubo en la persecución de Decio. El gran problema surgió cuando se consagró como obispo de Cartago a Ceciliano quien había participado con Félix de Apthungi considerado traidor en esos años. 

Los obispos se reunieron inmediatamente para invalidar la elección y elegir como obispo de Cartago a Mayorino. Con el tiempo, las diversas sucesiones dieron con Donato Magno, maestro de la secta donatista.

Los traidores y los donatistas

Donato no quería que los que sean vinculados con las traiciones de Decio ocuparan puestos públicos. Primero tenían que bautizarse nuevamente y aceptar la fe para hacerlo, cosa que no querían volver a hacer. 

Constantino I promulgó muchas legislaciones donde se condenaba totalmente a los donatistas, haciendo que cerraran sus iglesias. No obstante, el mismo Donato logró que Constantino I lo indemnizara por todos los daños de aquella legislación. 

El donatismo se expandió en todo Cartago y el norte de África quedando las rivalidades perfectamente divididas. Estaban lso que estaban con Ceciliano (quienes los donatistas llamaban traidores), mientras que por otro lado, estaban los donatistas. Hubo un comisario imperial llamado Macario que trató de conciliar las dos posturas, pero fracasó irremediablemente y no haciendo más que acrecentar las diferencias. 

Filosofía de los donatistas

Bajo esta especie de justicia, los donatistas querían vengarse de quienes habían sido traidores al cristianismo. De aquí se forma el primer cisma(1) de la iglesia, de hecho, este es uno de los más importantes en la historia del cristianismo.

Los donatistas consiguieron muchos adeptos tras sus peticiones de indemnizaciones sociales, políticas y económicas. Estos representaban un gran problema para la Iglesia Católica y sobre todo para San Agustín quien nunca aprobó a los donatistas. 

Uno de los conceptos fundamentales para los donatistas era la pureza. Esta pureza de la que hablaban los donatistas estaba aceptada bajo el siguiente punto de vista


''Los hombres de la Iglesia deben ser perfectos y puros''

¿Qué significa esto? que los hombres que quieran entrar a la religión donatista no deberán tener ningún pecado a su haber, y además no deben tener ninguna vinculación con los traidores. De aquí se dividen los hombres en dos clases: los puros (los santos) y los impuros. Por lo demás, nadie que haya sido impuro puede volver a ser puro o a ocupar algún cargo en la Iglesia. 

De alguna manera, la Iglesia de Donato era la iglesia de los mártires cristianos que fueron asesinados a manos del emperador y gracias a los traidores que los entregaron. 

El problema de la filosofía donatista radica justamente en el planteamiento de hombres perfectos y puros. De hecho, los donatistas exigían un segundo bautismo en el caso de los traidores para que se ''purificaran''. 

Salmo de San Agustín

Para San Agustín, el concepto de cisma era una cuestión difícil y vergonzosa. Los donatistas representaban una religión de resentimiento, donde se exige al ser humano algo que no es, pues nadie puede ser perfecto. El perdón y la misericordia es algo central en la obra de Jesús y los donatistas no lo están aceptando. 

Es así que San Agustín compone este salmo contra la secta donatista:

Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
Con acepción de personas es vergonzoso juzgar.
Nunca podrán los injustos el Reino de Dios ganar.
Que rasgues la ajena túnica nadie lo tolerará:



¿Cuánto más reo es de muerte romper de Cristo la paz?
Al autor de estos delitos busquémoslo sin errar.
Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
Atormenta a los hermanos la abundancia de malvados.

Ya quiso nuestro Señor dejarnos bien avisados,
asemejando una red con el celeste Reinado
que por los mares recoge toda clase de pescados

La sacan hasta la orilla, comienzan a separarlos:
los buenos van a las cestas, al mar se tiran los malos.
Quien conozca el Evangelio hallará, con temor santo,
que en la red vemos la Iglesia, y el mar es el caos mundano

La mezcla de peces dice que viven buenos con malos.
El fin del mundo es la orilla: allí separarse han ambos.
Quienes rompieron las redes mucho al mar se aficionaron.
Las cestas son de los santos los tronos que no alcanzaron.

Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
Buen hombre, tal vez preguntes: ¿Y quiénes la red rompieron?
Los henchidos de soberbia, que se dicen justos ellos.
Han creado divisiones, altar contra altar han puesto.

Al diablo se han entregado, con altercados muy viejos,
y el crimen que cometieron lo cargan a hombros ajenos.
Entregaron la Escritura, mas con gran atrevimiento
nos acusan a nosotros, quedando de manifiesto
que es mayor hoy su pecado que lo fuera en otro tiempo.

Podrá excusarse la entrega de los Libros, por el miedo,
que por temor a morir de Cristo renegó Pedro.
Pero ¿cómo excusarán ser causa de enfrentamiento
de un altar contra otro altar? ¿Y el culpable rompimiento
de la paz que nos dio Cristo, sólo en el hombre poniendo
su esperanza? Tanto daño a la Iglesia nunca hicieron
todas las persecuciones, como ellos en paz le han hecho.

Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
Custodio nuestro, Dios grande: Tú nos puedes liberar
de estos bastardos profetas que nos quieren devorar.
Negro corazón de lobo quieren ellos ocultar
bajo piel de oveja mansa, con nombre de santidad,
pero en sus entrañas fieras él cisma escondido está.

Los que ignoran la Escritura se les suelen acercar;
oyen hablar de «traidores» sin conocer la verdad
de los hechos ya pasados. Si yo les digo: -«Probad
lo que afirmáis como cierto”, no saben qué contestar.

Ellos dicen que a los suyos creyeron sin vacilar.
Yo les digo que mintieron, pues nosotros, a la par,
a los nuestros damos fe, que testimonio nos dan
de ser vosotros «traidores».

 ¿Quiénes dicen la verdad? Los que en la raíz se injertan.
¿Y quiénes la falsedad? Solamente quien no vive
con todos en la unidad.

Tiempo ha concluyó la causa ¿Por qué no vivís en paz?
Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
Dijeron nuestros mayores, y pusieron por escrito
los cargos que ahora os probamos: ellos fueron los testigos.

Hubo algunos «traditores» de los Sacrosantos Libros.
No eran hombres de la plebe: eran los propios obispos
de la región de Numidia; en Cartago reunidos
para ordenar nuevo obispo, encontraron que había sido
ya ordenado Ceciliano y en su sede establecido;
grande fue su indignaciónal verse ellos excluidos.

Era Botro, era Celestio, de Ceciliano enemigos,
-más vale de ellos no hablar-soberbios, truhanes, impíos.
Se confabularon todos inventando este delito:

Que su obispo consagrante entregó los Santos Libros
¡La red de la paz rompieron y andan por la mar perdidos!
Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
¡Es tan dulce y delicioso el convivir como hermanos!
Oíd la voz del profeta para que estéis aunados.

¿Quiénes lograrán probar este tan viejo pecado?
¿Quién fue su fiscal en juicio? ¿Y qué jueces se sentaron?
¿Quiénes fueron los testigos de quien osó confirmarlo?
Pero todo es invención, porque en sus hechos pasados
la fama bien claro hablaba de sus Libros entregados.

Los verdaderos autores en este caos se ocultaron.
Echaron a otros la culpa para esconder su pecado,
y, a partir de sus mentiras, han vivido equivocados
los jefes de su partido, por creerlos como a hermanos.

¡Que se acabe ya el error y la unidad construyamos!
Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
Fueron sus antojos ley, sumidos en su ceguera:
para juicio tan solemne, para una causa tan seria
no eligieron sacerdotes  en número según regla;
el acusador y el reo no presentaron sus pruebas;
no hubo escritos ni testigos que el crimen probar pudieran
furor, engaño y tumulto se imponen en la tiniebla.

¿Podéis mostrarnos las actas que todo concilio lleva?
¿Qué obligó a nuestros altares enfrentar con violencia?
Si era indigno el sacerdote, que antes removido fuera,
y si esto no era posible, que en la red se mantuviera,
como ahora mantenéis tantos malos, a fe cierta.

Los que a muchos aguantáis por mor de vuestra fiereza,
para que hagamos las paces, aguantad a uno siquiera
Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
Gozo inmenso nos daría saber que jamás antaño
quisisteis vuestros errores.

Mas si entonces no fue claro dónde estaba la verdad,
vedlo ahora los letrados. Muchos malvados tenéis
que soportáis de mal grado, mas de vuestra comunión
no consentís separarlos No hablo -los podréis negar-
de los famosos pecados: palizas, hogueras, muertes,
obra de vuestros sicarios a la luz del pleno día.

Y los sufrís, sin embargo, por error o por temor.
Hubieran bien soportado vuestros padres, por la unión,
a lo menos un malvado, si la protesta era tal
que impidiese degradarlo.

Añade que era inocente, sin nada en contra probado.
Mas porque nadie moviese la verdad de su pecado,
se fingieron los muy justos, siempre embrollos planeando.
Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
Honores vanos quien busca, con Cristo no ama reinar,
como el jefe de esta plaga -«partido» nombrado le han-
Sí, Donato ambicionaba toda África conquistar
y pidió al Emperador jueces de allende del mar:
petición esta muy justa, mas no según caridad.

Da voces la verdad sola que ahora os voy a contar.
Consiente el Emperador, prelados a Roma van,
que a Ceciliano y Donato puedan en juicio escuchar.
Donato nada probó, pero se atreve a apelar:
del juicio de sus colegas, al Emperador irá.

La apelación por sí prueba no estar en la caridad
Vencido, a los ya cristianos comenzó a rebautizar
Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
Investigad todo el caso, si queréis ser imparciales.
Lo que luego hizo Donato, ¿por qué no haberlo hecho antes?

Los obispos africanos no lograban concordarse:
Bien será, pues, que lo juzguen jueces de allende los mares.
¿Por qué corristeis al cisma, enfrentando ambos altares,
para cerrar los oídos a los fallos judiciales,
y que vuestros propios jueces a apelar os obligasen,
mientras por todos los medios procuráis que se proclame
el imperio del error?

 Y ahora que en vosotros nadie ignora lo sucedido,
os fingís los ignorantes; y si la verdad os urge,
decís que erraron los padres, como si alguien impidiera
que abjuréis las falsedades. Por la soberbia estáis presos
a una cátedra infamante.

Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
Caridad cristiana tiene quien ante todo es pacífico.
Prestadnos atención, pueblos, y a la concordia aveníos
quienes carecéis de sede que defender con prejuicios:
Si en un lugar contendiesen entre sí vuestros obispos,
¿a qué jueces llamaríais, como ajenos al litigio,
sino a obispos de otras tierras?

Y si ellos en justo juicio condenasen una parte,
¿no seríais vosotros mismos los primeros en romper
vuestra unión con los obispos que a los jueces imparciales
hicieran sordos oídos? ¿Cómo, pues, sois partidarios
de quienes, en tiempos idos, esto mismo realizaron?

Ellos son quienes, sin tino, a los jueces de ultramar
no les prestaron oídos en sentencia a favor nuestro;
y nos están hoy unidos. ¿Aún tendréis que replicar,
si lo declara el Juez, Cristo?

Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
La verdad conoceréis, si hay luz en vuestro interior.
Se conservan todavía para darnos la razón,
Preces y Actas de Donato: comprobadlas, por favor,
Si no las queréis creer, probad con otra razón,
y si ésta la rechazamos, habrá eterna discusión.

Abracemos, pues, la paz: ¿Qué importa lo que pasó?
Nos acusáis viejas faltas y ésta es la contestación:
también vosotros faltasteis. Por Macario alzáis la voz
y nosotros contestamoscon lo del circuncelión
Lo nuestro ya está pasado, mas lo vuestro sigue hoy.
Si hay pajas en nuestra era, paja en ella sólo sois,
cuando no queréis la paz; y esos otros el bastón
levantan con amenazas.

¡Y ojalá sólo el temor, sin las palizas diarias,
infundieran! Pero no; porque si quitáis a éstos,
vuestro reino terminó.

Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
Macario en su proceder si tal vez fue más allá
de la mesura cristiana, luchaba por la unidad,
haciendo cumplir las leyes que dio el edicto imperial.
No digo que él no pecase, pero vosotros aún más.
¿Quién ordenó a esos furiosos ensañarse con crueldad,
como lo han hecho en el África?

No invoquéis la autoridad, de Cristo ni del Imperio:
no la podéis demostrar para quemas y apaleos
y locuras sin piedad. El palo -dicen- no es crimen,
porque sólo escrito está: Mete la espada en la vaina.
No es que lleguen a matar; les basta un duro apaleo:
él solo se morirá entre crueles dolores.

Si les mueve la piedad, se compadecen, sirviendo
un solo golpe mortal. «Israel» llaman al palo:
así Dios lo quiso honrar pero ultrajan más su nombre
que el cuerpo que tundirán.

Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
No nos imputéis, hermanos, lo de tiempos de Macario.
De su mucha crueldad estamos avergonzados;
si de ellos dicen calumnias, Dios es quien puede juzgarlo.

Amemos la paz de Cristo, jubilosos nos unamos.
Nada nos podrá dañar que en la Iglesia queden malos,
y si no pueden vivir entre nosotros mezclados,
separados sean al punto, dejando la paz a salvo.

Si esto no es posible, sean del corazón apartados
Dijo el profeta Ezequiel que unos hombres señalados10
se lamentan de maldades causadas por sus hermanos;
pero de ellos no se apartan, siguen viviendo a su lado.

No nos apartemos, pues, por los hermanos malvados,
de nuestra única madre. Esto lo hicieron antaño
los impíos, erigiendo su propio altar separado,
para contar en sus filas peores y más dañados
que los que, fingiendo, dicen haber ellos evitado

Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
Ojeando la Escritura, verás de forma sencilla
lo que pretendo explicar: que predicó Juan Bautista
a los judíos, muy claro, que Cristo los limpiaría
como se aventa la parva de la era preferida.

A la mies, como operarios, sus discípulos envía:
tras recoger la cosecha, es la Cruz quien la ventila.
El trigo -los justos- llenan la Iglesia de castas vidas;
diciéndole adiós al mundo, vendieron cuanto tenían.

Eran como la simiente por todo el mundo esparcida,
para que brote otra mies que sólo al final se limpia.
Esta crece entre cizaña por doquier: las herejías.
Quienes rompen la unidad son la paja de esta trilla.
y si Macario en su tiempo se contaba entre sus filas,
¿por qué razón nos queréis rebautizar todavía?

Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
Pon dentro del corazón las dos eras, para ver
lo que quiero demostrar. Las Escrituras dan fe
que en el Viejo Testamento había santos también:
Dijo Dios que siete milse guardaba para El;
sacerdotes, reyes, santos, muchos hay bajo la Ley.
Allá ves muchos profetas, y de la plebe los ves.

Mas, dime, ¿quién de estos justos su propio altar quiso hacer?
Cometió muchos pecados el inicuo pueblo aquel:
sacrificó a falsos dioses, mató a profetas también,
pero nadie entre los santos la unidad quiso romper.

A los malos soportaban todos los hombres de bien,
en espera de que el bieldo supiera el grano escoger.
Aunque en el templo mezclados, mezclada el alma no fue,
y por más que los acusen, sólo un altar ha de haber.

Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
¿Qué pensáis de todo esto? Otra mies nueva nació:
la Iglesia por todo el orbe, que ha de sufrir el dolor.
En Jesús tiene un ejemplo con lo de Judas traidor.
Lo admitía entre los buenos y a predicar lo envió.
Un mal siervo predicaba, pero la fe a Cristo vio,
porque los que al juez creían, se olvidaban del pregón.

Cuando dio la Santa Cena, ni siquiera lo excluyó16,
y aunque antes salido hubiese, fuera también su traición
quien a Jesús entregara. Pero ejemplo nos dejó,
de tolerar a los malos, y si la separación
no es posible, la ruptura sólo sea de corazón.
Pero cual paja de espigas algunos soberbios son,
que antes de ser aventados la tempestad arrastró.

Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
Responded: ¿Por qué razón nos queréis rebautizar?
A vuestros obispos reos expulsáis de la unidad
pero nadie después de ellos se atrevió a rebautizar,
y a los que ellos bautizaron en vuestra unión aceptáis.

¿Qué pudieron transmitirles si nada tenían que dar?
Mirad cómo a los adúlteros la Ley manda castigar.
No podrán decir que el miedo si bautizan sólo santos,
tras ésos rebautizad. ¿Nos calumniáis a nosotros,
que estamos en la unidad, y que no éramos nacidos
cuando aquella crueldad?

Los pecados de los padres los hijos no cargarán.
Esto dice la Escritura, y que buen fruto no da
si el sarmiento de la vid cortado del tronco está.

Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
Sabéis bien qué es «la Católica», y qué «de la vid cortado».
Si de en medio de vosotros hay algunos avisados,
que vuelvan, y vivirán en la raíz injertados,
y, antes de ser ramas secas, serán del fuego librados.
La fe sólo tiene un signo, y a nadie rebautizamos,
por usar la única fórmula, no por veros como a santos.
Ambos la tienen: la cepa y el sarmiento separado.
Mas ¿qué aprovecha la forma a quien está desgajado?
Venid, si queréis hermanos, y a la vid incorporaos.

Nos duele veros yacer por el suelo así cortados.
A partir del mismo Pedro, si queréis, id numerando
los pontífices, y ved qué padres antepasados
en su cátedra se han ido uno tras otro sentando:
Ella es la Roca invencible ante las fuerzas del Tártaro.

Vosotros, que amáis la paz,  juzgad ahora la verdad.
Tú, si un católico viene, hacia ti de buena fe,
hombre santo, como todos aquellos hombres de bien
que solemos escuchar, y te pregunta: «¿Por qué
me quieres rebautizar? Del pasado yo no sé;
sólo sé que ahora en Cristo tengo la auténtica fe.

Si me mancha lo que ignoro, cómo eres hoy quiero ver.
Muéstrame todas tus caras, que el corazón no se ve.
Si me mancha lo que ignoro, me estás manchando tal vez.
y si te tengo por santo, has de examinar muy bien
con quiénes estás mezclado.

Si pecamos sin saber los pecados que tu gente
no cesa de cometer en secreto, te mancillan,
y santo no puedes ser y si de faltas que ignoras
te despreocupas, también yo quiero despreocuparme
de lo sucedido ayer ¡Y a un cristiano así te atreves a bautizarlo otra vez!

Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
Vuestras sedes pretendéis mantener contra justicia.
¡Ay de vosotros!, que sois -proclama vuestra osadía-
los únicos hombres santos, aunque de forma distinta
pensáis en el corazón, cuando veis en vuestras filas
los malos por todas partes abundar en demasía.

¿Podréis decirnos: «Estamos mezclados en la red misma»?
Os respondemos bien pronto que rota la red habíais.
No podréis decir que pajas soportáis en vuestra trilla:
- «¿Por qué antaño no lo hicisteis?», nuestra respuesta sería.
Los malos no eran peores que Judas traidor, y un día
los apóstoles aceptan tomar con él las primicias
del misterio de la Cena, sabiendo, como sabían,
todos ellos que era reo de tamaña felonía.

Tampoco a ellos les manchaban pecados de ajena vida.
¡Y a los cristianos osáis rebautizar todavía!

Vosotros, que amáis la paz, juzgad ahora la verdad.
Atendedme sin enojos a lo que os digo, hermanos:
Nada hay falso en lo que oís, y podéis bien comprobarlo.
¿Qué respondéis si la Iglesia como madre os fuese hablando.
- Hijos míos, a qué viene de vuestra madre quejaros?
Decidme más bien por qué me abandonasteis antaño.
Culpáis a vuestros hermanos, y es a mí a quien dais quebranto.

Antaño con los gentiles, cuando sufrí males tantos,
me abandonaron, sí, muchos, mas por miedo renegaron;
¿Y quién os fuerza a vosotros a estar contra mí luchando?
Decís estar de mi parte, pero bien sabéis que es falso.
Yo me llamo la Católica, vosotros los de Donato.
Rezar por todos los reyes me mandó el apóstol Pablo,
y a vosotros os da enojo de ver que ya son cristianos.
¿Cómo os doléis, si sois hijos, de que Dios me haya escuchado?

Cuando trajeron sus dones, no quisisteis aceptarlos,
olvidando a los profetas que tiempo ha profetizaron
que grandes reyes gentiles a la Iglesia harían regalos.

Y al rechazar estos dones dejasteis bien demostrado
no ser parte de la Iglesia, y obligasteis a Macario
dolido de tal desprecio a vengar su desagrado.
Pero yo, madre de todos, ¿qué males os he causado?
Si puedo expulso a los malos, y cuando no, los aguanto.

Los soporto hasta que sanen, o sean al fin separados.
Vuestra muerte me atormenta; ¿por qué os habéis alejado?
Si a los malos tanto odiáis, en los que tenéis fijaos.

Pero si también vosotros toleráis el tener malos,
¿por qué razón no ha de ser en unidad hermanados,
donde nadie rebautiza, ni hay altares enfrentados?
¡A cuántos malos sufrís!, pero será sin salario, pues que el sufrir lo debéis no a Cristo, sino a Donato.
Cantares de paz son éstos, si escuchar queréis, hermanos.
Os recuerdo que algún día llegará el Juez soberano:

Él es quien exige cuentas, nosotros quienes las damos.


Conclusión

A los donatistas podríamos ubicarlos como un movimiento social que buscaba justicia por las persecuciones en tiempos de Decio. Este fue un texto relativamente corto porque sólo consta de este salmo, donde San Agustín cuenta la historia de los donatistas, junto con el resentimiento que estos tienen debido a los traidores de esos tiempos. Cabe destacar cómo comprendían el concepto de perdón o misericordia de los donatistas, porque claramente no perdonaron nunca a los dichos traidores. ¿Qué piensan ustedes? ¿Perdonarían a los traidores?

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