viernes, 9 de diciembre de 2016

San Agustín de Hipona - Soliloquios (Libro I: Dios y razón) (386)

Nos encontramos con un diálogo diferente. Ya no están los discípulos o amigos de Agustín, ni siquiera su madre. Este pareciera ser un diálogo interno entre el joven Agustín y su interlocutor llamado ''Razón''. Más que un diálogo a presentar como discutía con sus alumnos,  este pareciera ser un diálogo profundo consigo mismo para descubrir la verdad sobre Dios y los misterios que lo rodean. ¿Qué nos puede entregar la razón que a ratos está tan lejos de Dios? ¿Acaso Agustín querrá unir estos dos conceptos irreconciliables durante años? Veamos lo que nos depara el obispo de Hipona.

SOLILOQUIOS

LIBRO I: DIOS Y RAZÓN

Capítulo I: Plegaria a Dios

Como dijimos en la introducción, Agustín habla consigo mismo diciendo que hay una voz que escucha llamada ''Razón''. Esta le hace una pregunta trascendental que es: ''¿Será la memoria suficiente para mantener tus pensamientos?'' a lo que Agustín responde que no, la única forma para retenerlos sería escribirlos, pero no todos se puede escribir (pues requiere mucho tiempo libre).

La Razón le dice que de todas maneras tome apunte a lo que pueda y Agustín se pone a dar unas oraciones a Dios, estableciendo la importancia de la búsqueda sobre Dios lo cual significa que si buscamos es porque ya lo tenemos. 

Capítulo II: Lo que se ha de amar

Ahora que Agustín ha rezado y rogado a Dios, Razón le dice qué quisiera conocer y Agustín le pregunta a Dios, sin embargo, Agustín no sabe cómo hacerlo pues no conoce nada similar a Dios. 

Agustín admite que no conoce a Dios, pero que lo ama, así como también ama su alma que fue obra de Dios. Cuando Razón le pregunta si ama a sus amigos, Agustín responde que sí, pero especifica que ama el alma de sus amigos y no como animales.

Capítulo III: Conocimiento de Dios

Razón le pregunta si le gustaría conocer a Dios tanto como conoce a su amigo Alipio, pero San Agustín le responde que no, puesto que no conoce bien a su amigo Alipio. ¿Cómo? Alipio puede ser uno de los amigos más cercanos de Agustín y éste dice que ¿no lo conoce?

Lo que pasa es que Agustín sólo conoce a Alipio a través de los sentidos y no mucho a través del entendimiento. Dice que es muy difícil conocer a todos a través de esto, pues Agustín declara que tampoco se conoce a sí mismo (ni Alipio tampoco se conoce a sí mismo). Razón le pregunta si no sería cruel desconocer al amigo y este responde que no ni siquiera Alipio se conoce a sí mismo. 

Por lo tanto, si aún no puede conocer del todo a Alipio, mucho más costoso será conocer a Dios. 

Capítulo IV, V, VII y VIII : El deseo de conocer a Dios

Agustín nos dice que es muy complicado conocer a Dios y no existe instrumento equivalente con el cual se pueda medir y elaborar un juicio. 

Razón le dice a Agustín al menos un camino para llegar a Dios tiene que ser el de la esperanza o el de la fe. Si a un enfermo se le da un remedio el cual no cree indispensable o necesario, éste no lo tomará. Así, fe y esperanza son los conceptos apropiados para seguir el camino a la contemplación de Dios. 

Capítulo IX y X: Amor a las cosas

El temor a perder

La pregunta que da Razón es importantísima, ¿amas a alguna cosa fuera de tu alma y fuera de Dios? Agustín desearía responder negativamente a esta pregunta, pero nos dice ''no sé''. El obispo nos dice que mediante la experiencia se ha impresionado de cosas pasadas que antes no le llamaban la atención, pero que analizandolas más en detalle si le llaman la atención. 

Eso sí, Agustín confiesa que hay tres cosas que lo perturban siempre, es decir, que les tiene aversión. 


  • Miedo a perder a sus amigos
  • El dolor
  • La muerte


Si Agustín tiene miedo de perder a sus amigos, entonces el filósofo ama a sus amigos, ya que de lo contrario no tendría miedo de perderlos. Esto desencadenaría dos consecuencias; la primera, que Agustín es desdichado al no tener a sus amigos siempre; la segunda, es dichoso cuando están todos sus amigos alrededor suyo. 

Inmediatamente, Razón le dice a Agustín que es presa de los placeres del alma. Está condicionado por los placeres, puesto que la asistencia de sus amigos es crucial para que se encuentre feliz. 

Abstinencia a las cosas materiales

Agustín le confiesa a Razón que ha dejado de querer las riquezas, así como también ha dejado de buscar los honores. También se le pregunta si quisiera tener mujeres, pero Agustín dice que tampoco. Su abstinencia ha llegado a un punto tal que ya no le llaman la atención las mujeres hermosas. Finalmente, tampoco está adherido a los manjares, pues el obispo nos dice que los quiere en cuanto procuran la salud del cuerpo; es decir, los manjares necesarios. 

Capítulo XI: El uso de los bienes

Si bien Agustín demuestra una abstinencia admirable, para poder estar con sus amigos necesitará de una base básica de economía y para enseñar a todos su sabiduría tendrá que obtener honores. Quizás no sea necesario tener mujeres, pero sí serán necesarios los otros casos. Agustín responde afirmativamente a las preguntas señaladas por la razón. 

Sin embargo, Agustín añade que la economía y los honores no son deseables por sí mismos. Para alcanzar todos los objetivos nombrados por Razón, la economía y el honor serán tolerables y no deseables a la hora de alcanzar los objetivos más nobles.

Capítulo XII: Pasiones y deseos al sumo bien

Agustín declara a Razón que las pasiones y deseos que tiene siempre se los utilizará como un medio para obtener otras cosas; por ejemplo, la sabiduría o el conocimiento divino de Dios. Podemos ver que en este aspecto Agustín adhiere a los estoicos, pues estos también decían que el placer y el dolor son medios para alcanzar el supremo bien. 

El obispo de Hipona nos dice incluso que desprecia su vida en cuanto le impide alcanzar la sabiduría y ese conocimiento divino que quiere. Sólo desea la vida en cuanto le permite vivir para alcanzar cierto objetivo, pero no en sí misma. 

Capítulo XIII y XIV: Los medios para alcanzar la sabiduría

Nuevamente se dice que los ojos son los apropiados para poder ver las cosas interiores. Estos se utilizan pero para mirar al interior nuestro y así alcanzar la contemplación de Dios. 

Razón comienza a relatar una serie de sucesos con lo cual Agustín se ha sentido bien con los placeres. La caricia de las mujeres es una cosa irresistible para San Agustín al igual que los manjares que comía sin medida. Los sentidos nos atraen mucho y nos engañan al hacernos pensar que nos muestran la verdad; sobre todo, cuando el médico nos dice que corporalmente estamos bien. Ahí tendremos que confiar en nuestros sentidos y agradecerle al médico. 

Capítulo XV: Conocimiento del alma y confianza en Dios

Agustín se ve angustiado e incluso llora ante estos recuerdos que Razón le da. Sin embargo, antes de acabar el primer libro, Agustín le dice que antes quisiera saber entonces cómo llegar a Dios. Para conocer a Dios lo primero que se debe conocer es la verdad, pues ésta es el medio para encontrar a Dios. 

Primero que todo, Razón le pide a Agustín que distinga entre Verdad y Verdadero. A Agustín le parece que son cosas distintas, así como la castidad es diferente de lo casto. En efecto, lo más excelente es la verdad porque no hace lo verdadero a la verdad, sino todo lo contrario. En todo caso, lo que es verdadero, lo es a causa de la verdad. 

No obstante, Razón le pregunta, si un hombre deja de ser casto ¿se acabará castidad? Agustín responde que sí y a ésta respuesta, Razón le dice que entonces la verdad depende totalmente de lo verdadero. Agustín queda asombrado y muy intrigado ante tal argumentación. 

Razón le argumenta que nada hay verdadero sin que exista la verdad. La verdad resiste a todo, pero no se puede alcanzar con los sentidos, ciertamente, la verdad no está en ninguna parte a no ser que se vea con lo inteligible. 

Conclusión

Otra magnífica defensa a la subjetividad y a la verdad interior que subyace en todos los seres humanos. Todos estos argumentos lógicos hablan sobre la verdad de Dios en el hombre, y como éste se debe alejar de las cosas materiales, o por lo menos, no alejarse, pero sí usarlas como un medio y no como un fin (al igual como lo dicen los estoicos. En todo caso, estas ideas de San Agustín no son muy distintas de las planteadas por Cicerón sobre todo cuando se trata del desprecio por las cosas materiales. Quizás, esto sirva como una reafirmación de tales valores para luego integrarlos al cristianismo. 

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