viernes, 19 de junio de 2015

Platón - Menéxeno (o del discurso funebre).

Más que un libro estrictamente filosófico, Menéxeno es un libro de ejercicio retórico, el cual gira en torno a la imagen de Tucídides y la oración que hubo en su funeral. La autenticidad de este texto ha sido debatida por muchos expertos, pero una de las conclusiones que más me gusta, es que sea auténtico o no, en esencia es definitivamente un diálogo platónico. Derivando el conocimiento a otras personas o en ultima instancia a la divinidad, Sócrates aplica la dialéctica para que sus interlocutores consigan llegar a la verdad.

Referencias:

(1) Arquino: Político de la Antigua Grecia que colaboró con la integración de la democracia en Atenas en 395 a. C.

(2) Aspasia: Compañera y pareja de Pericles. Conocida por ser oradora según Sócrates. 


Menéxeno

Personajes:

- Sócrates 
- Menéxeno

El funeral público

Sócrates se encuentra con Menéxeno quien estaba en el Agora, específicamente en la cámara del consejo, donde se elegiría a alguien para hablar sobre la muerte. Esto a causa de que se llevará a cabo un funeral público.

Menéxeno dice a Sócrates que aún no se ha llegado a una decisión de quién será capaz de pronunciar tal discurso, pero Menéxeno cree que posiblemente puede ser Arquino(1) o Dion. 

Los oradores

Ciertamente dice Sócrates, los oradores en los discursos fúnebres deleitan a sus espectadores. Los encantan con bellas palabras incluso haciéndolos sentir mejor de como habían llegado. Realmente es muy bueno el trabajo que ejercen los oradores. 

Sin embargo, Sócrates al decir que aprecia el arte de ellos, en realidad lo que está haciendo es una burla. No cree en realidad que sean grandes oradores sino que más bien, entregan un placer temporal a quienes los escuchan. Y como ya sabemos, en Sócrates la apariencia es algo que dura hasta cierto punto, es temporal y no esencial. Esa es la razón del por qué Sócrates hace una burla a los oradores

Menéxeno dice que quien sea elegido quizás no pueda decir mucho debido a que la noticia es muy reciente. Prácticamente tendría que improvisar en público. No obstante, Sócrates le dice que eso no sería problema para un orador quien constantemente debe dar discursos en Atenas. En palabras de Sócrates ''puede alabar a los Atenienses tanto como a los Peloponesios''. 

Entonces, Menéxeno le dice que por qué no va él mismo a dar el discurso fúnebre. Sócrates le dice que él sería capaz de hacerlo gracias a que tiene por maestra a una excelente retórica, Aspasia(2). Pero Sócrates añade que no es necesario tener grandes maestros para pronunciar un discurso, incluso, el hombre más inferior podría hacerlo sin ningún problema.


Aspasia y su discurso

Al terminar esto, Menéxeno pregunta a Sócrates que hubiera dicho él en el discurso fúnebre. Éste dice que probablemente nada que provenga del él mismo, pero sí de Aspasia quien ya había oído la noticia del discurso fúnebre y estaba preparándolo para el momento. 

En verdad, el discurso de Aspasia está construido sobre la base de un discurso fúnebre pronunciado por Pericles. 

*Las palabras marcadas en color corresponden a las similitudes en el discurso de Tucídides.


Discurso de Aspasia

''Por lo que toca a los actos, estos hombres han recibido de nosotros las atenciones que se les debían y, tras recibirlas, emprenden el camino fijado por el destino, acompañados públicamente por la ciudad y privadamente por sus familiares. En lo que concierne a la palabra, la ley ordena tributar a estos hombres el postrer homenaje, y ello es un deber. Porque con un discurso bellamente expuesto sobreviene el recuerdo de las acciones gloriosamente efectuadas y el homenaje para sus autores de parte de los que las escuchan. Se requiere, pues, un discurso tal que ensalce cumplidamente a los muertos y exhorte con benignidad a los vivos, recomendando a los descendientes y hermanos que imiten la virtud de estos hombres, y dando ánimos a los padres, las madres, y a los ascendientes más lejanos que aún queden. ¿Qué discurso se nos revelaría como tal? ¿Por dónde daríamos comienzo correctamente al elogio de unos hombres valientes, que en vida alegraban a los suyos con su virtud y que han aceptado la muerte a cambio de la salvación de los vivos?

Creo que es preciso hacer su elogio según el orden natural en que han sido valientes. Valientes lo fueron por haber nacido de valientes. Elogiemos, pues, en primer lugar, su nobleza de nacimiento y, en segundo lugar, su crianza y educación. Después de esto, mostremos cuán bella y digna de ellas fue la ejecución de sus acciones. Primer fundamento de su noble linaje es la procedencia de sus antepasados, que no era foránea ni hacía de sus descendientes unos metecos en el país al que habían venido desde otro lugar, sino que eran autóctonos y habitaban y vivían realmente en una patria, criados no como los otros por una madrastra, sino por la tierra madre en la que habitaban, y ahora, después de muertos, yacen en los lugares familiares de la que los dio a luz, los crió y los acogió. Por tanto, lo más justo es tributar, en primer lugar, un homenaje a la madre misma, porque de esta forma resulta enaltecida, además, su nobleza de nacimiento.

Nuestro país es digno de ser alabado por todos los hombres y no sólo por nosotros, por muchas y diversas razones, la primera y principal porque resulta ser amado de los dioses. Da fe de esta opinión nuestra la disputa y el juicio de los dioses que por él rivalizaron entre sí. Si los dioses lo han elogiado, ¿cómo no va a ser justo que lo elogien todos los hombres? Se le debería en justicia otro elogio. Que en aquel tiempo en que toda la tierra producía y hacía crecer animales de toda especie, salvajes y domésticos, entonces la nuestra se mostró estéril y limpia de bestias salvajes y de entre los seres vivos escogió para sí y procreó al hombre, el cual sobresale entre los demás seres por su inteligencia y es el único en reconocer una justicia y unos dioses. Una prueba importante de mi argumento de que esta tierra engendró a nuestros antepasados y a los de estos hombres es que todo ser vivo procreador tiene el alimento apropiado para su cría, y en esto se distingue claramente la mujer que realmente es madre de la que no lo es, pero lo finge, si no lleva consigo las fuentes del alimento para el recién nacido. Pues bien, nuestra tierra y, al propio tiempo, madre nos da una prueba convincente de que ha engendrado hombres: sólo ella en aquel tiempo produjo, la primera, un alimento idóneo para el hombre, el fruto del trigo y la cebada, con el cual se alimenta el género humano de la manera mejor y más bella, por haber engendrado en realidad ella misma este ser. Y este tipo de pruebas conviene admitirlas más para la tierra que para la mujer: no ha imitado, en efecto, la tierra a la mujer en la gestación y en el alumbramiento, sino la mujer a la tierra. Y no ha reservado celosamente para sí este fruto, sino que lo ha distribuido también a los demás. Después de esto, ha suscitado para sus hijos el nacimiento del aceite, auxilio contra las fatigas. Y después de haberlos criado y haberlos hecho crecer hasta la juventud, ha introducido como sus gobernantes y educadores a los dioses, cuyos nombres que ya conocemos conviene omitir en una ocasión como ésta. Ellos han organizado nuestra vida de cara a la existencia cotidiana, al habernos educado, los primeros, en las artes y habernos enseñado la adquisición y el manejo de las armas para la defensa de nuestro país.
Nacidos y educados de esta forma, los antepasados de estos muertos vivían según el régimen político que habían organizado, el cual es oportuno recordar brevemente. Por que un régimen político es alimento de los hombres: de los hombres buenos, si es bueno, y de los malos, si es lo contrario. Es necesario, por tanto, demostrar que nuestros padres han sido criados bajo una buena forma de gobierno, merced a la cual también ellos fueron virtuosos como lo son los hombres de hoy, entre los cuales se hallan estos muertos aquí presentes. Pues estaba vigente entonces, como ahora, el mismo sistema político, el gobierno de los mejores, que actualmente nos rige y que desde aquella época se ha mantenido la mayor parte del tiempo. Unos lo llaman gobierno del pueblo, otros le dan otro nombre, según les place, pero es, en realidad, un gobierno de selección con la aprobación de la mayoría. Porque reyes siempre tenemos; unas veces lo son por su linaje, otras veces por elección. Pero el poder de la ciudad corresponde en su mayor parte a la mayoría, que concede las magistraturas y la autoridad a quienes parecen ser en cada caso los mejores. Y nadie es excluido por su endeblez física, por ser pobre o de padres desconocidos, ni tampoco recibe honra por los atributos contrarios, como en otras ciudades. Sólo existe una norma: el que ha parecido sensato u honesto detenta la autoridad y los cargos. La causa de este sistema político nuestro es la igualdad de nacimiento. Porque otras ciudades están integradas por hombres de toda condición y de procedencia desigual, de suerte que son también desiguales sus formas de gobierno, tiranías y oligarquías. En ellas viven unos pocos considerando a los demás como esclavos y la mayor parte teniendo a éstos por amos. Nosotros, en cambio, y nuestros hermanos, nacidos todos de una sola madre, no nos consideramos esclavos ni amos los unos de los otros, sino que la igualdad de nacimiento según naturaleza nos obliga a buscar una igualdad política de acuerdo con la ley y a no hacernos concesiones los unos a los otros por ningún otro motivo que por la estimación de la virtud y de la sensatez.

De aquí que, criados en plena libertad los padres de estos muertos, que son también los nuestros, y estos muertos mismos, de noble cuna, además hayan mostrado a todos los hombres muchas acciones bellas, privada y públicamente, convencidos de que era preciso combatir por la libertad contra los griegos en favor de los griegos y contra los bárbaros en favor de todos los griegos. Cómo rechazaron a Eumolpo y a las Amazonas y a otros aún antes que a ellos, que habían invadido el país, y cómo defendieron a los argivos contra los cadmeos y a los heráclidas contra los argivos, él tiempo es corto para contarlo dignamente. Además, los poetas ya lo han dado a conocer a todos, celebrando en sus cantos magníficamente su virtud. Si, por tanto, nosotros intentáramos celebrar las mismas hazañas en prosa, quizás pareceríamos inferiores. Por estas razones creo que pasar por alto estas gestas, pues ya tienen también su estimación. En cambio, creo que debo recordar aquellas otras, de las cuales ningún poeta ha obtenido una fama digna de temas tan dignos y que aún están en el olvido, haciendo su elogio y facilitando a otros el camino para que las introduzcan en sus cantos y en otros tipos de poesía de una manera digna de los que las han llevado a cabo. De las hazañas a que me refiero, he aquí las primeras: a los persas, que eran dueños de Asia y se disponían a someter a Europa, los detuvieron los hijos de esta tierra, nuestros padres, a quienes es justo y necesario que recordemos en primer lugar para enaltecer su valor. Si se quiere hacer un buen elogio, es preciso observar ese valor trasladándose por la palabra a aquella época, en que toda Asia estaba sometida, ya por tercera vez, a un rey. El primero de ellos, Ciro, tras conceder la libertad a los persas, sometió con la misma soberbia a sus propios conciudadanos y a los medas, sus señores, y puso bajo su mando el resto de Asia hasta Egipto; su hijo puso bajo el suyo Egipto y Libia, hasta donde le fue posible penetrar. El tercero, Darío, fijó por tierra los límites de su imperio hasta los escitas. Dominaba con sus naves el mar y las islas, de modo que nadie se atrevía a enfrentarse con él, y las opiniones de todos los hombres se hallaban sometidas a esclavitud: ¡tan numerosos y grandes y belicosos eran los pueblos que el poderío persa había subyugado!  

Miremos atentamente algunos fragmentos de Tucídides y nos daremos cuenta de la relación que hay entre ambos:

Fragmento del discurso de Tucídides:

''En mi opinión, sin embargo, sería suficiente que a hombres cuyo valor se ha manifestado en actos también se les tributaran los honores mediante actos, tal como hoy mismo estáis presenciando en estos funerales dispuestos por el Estado''. 

''Y quien ha hecho el favor está en mejores condiciones para conservar vivo, mediante muestras de benevolencia hacia aquel a quien concedió el favor, el agradecimiento que se le debe''.


''Ellos habitaron siempre esta tierra y, en el sucederse de las generaciones, nos la han transmitido libre hasta nuestros días gracias a su valor. Y si ellos son dignos de elogio, todavía lo son más nuestros padres, pues al legado que habían recibido consiguieron añadir, no sin esfuerzo, el imperio que poseemos, dejándonos así a nuestra generación una herencia incrementada''.

''Ellos habitaron siempre esta tierra y, en el sucederse de las generaciones, nos la han transmitido libre hasta nuestros días gracias a su valor''. 

''Explicaré, en cambio, antes de pasar al elogio de nuestros muertos, qué principios nos condujeron a esta situación de poder, y con qué régimen político y gracias a qué modos de comportamiento este poder se ha hecho grande. Considero que en este momento no será inadecuado hablar de este asunto, y que es conveniente que toda esta muchedumbre de ciudadanos y extranjeros lo escuche. Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás, somos un modelo a seguir''

''y tampoco nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a la oscuridad de su condición social si está en condiciones de prestar un servicio a la ciudad''. 

Finalmente, los dos dialogantes concuerdan en que el discurso de Aspasia es muy raro y ambos se van.


Conclusión

Sin duda, uno de los libros más controversiales en cuanto a la legitimidad. Como podemos ver, no existe nada filosófico en este diálogo, salvo la exposición del discurso de Aspasia. Pudimos saber un poco más de la opinión que tenía Sócrates de los oradores, aunque a decir verdad, las pistas a las podemos encontrar en otros libros. Finalmente, una rareza entre la gran obra de Platón que nos hará pensar sobre lo importante de la apariencia en un discurso.

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